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IGNACIO CARTAGENA. LOS ÚLTIMOS DÍAS DE PLINIO EL VIEJO. EDITORIAL ARS POÉTICA

A pesar de haber publicado con anterioridad seis libros de poesía —Los últimos días de Plinio el Viejo es el séptimo—, no había tenido la oportunidad de conocer la obra de Ignacio Cartagena (Alicante, 1977), y bien que lo lamento, porque la lectura de este libro me ha deparado excelentes momentos y muy gratas sorpresas por más que recurra a un viejo tópico —quizá no tanto como el del manuscrito— como es el de un supuesto legado, en este caso con los poemas que han ido escribiendo a lo largo de su vida un anacrónico profesor: «A los pocos días de fallecer mi profesor de latín, a quien llamábamos Plinio el Viejo, su viuda, que también fue profesora mía, de matemáticas, me llamó para entregarme unos cuadernos llenos de versos». Pues bien, con este supuesto material Ignacio Cartagena ha organizado y publicado un libro atendiendo al requerimiento de la viuda y lo ha dividido en las siguientes secciones: «Lluvia tras los cristales», integrado por los poemas que escribió en los últimos años que ejerció como profesor; «Ensayo de paz perpetua», con poemas escritos durante la jubilación y «El bárbaro Odoacro», con los poemas últimos. Se incluyen, además, dos largos poemas sin fecha: «Desnudo para principiantes» y «La academia de la lengua» y unos «breves fragmentos arqueológicos» que Cartagena ha titulado «En la Ciudad Efímera». Lo primero que nos llama la atención es que dichos poemas parecen estar escritos por un hombre de espíritu jovial que casa mal con la idea preconcebida que tenemos de un profesor a punto de jubilarse o ya jubilado, aunque recurra a una escenografía clásica, como hizo magistralmente, y salvando las distancias, Kavafis: «Dos mil años más tarde, en esta casa, / los gestos que acabamos desechando / tendrán las asas rotas, y sus curvas /serán de arcilla espesa, / sin esmalte».

     El desparpajo y la ironía frecuentan estos poemas de principio a fin. No hay afán alguno de trascendencia y si mucha anécdota —versificada con un ritmo ascendente y métricamente ortodoxa—, hilarante en muchos casos, como en el largo poema «Desnudo para principiantes», en el un manual de pintura pone patas arribas la convivencia familiar: «Quité el precinto / —con una vaga idea de cruzar el Rubicón— / y abriéndolo al azar os enseñé / a ti, s tu madre y desde luego / a tu hijo adolescente, esas valquirias…».

En la segunda sección, «Lluvia tras los cristales», el magisterio, visto desde diferentes ángulos, es el tema central. El contraste entre la juventud de un alumnado más preocupado por seducir y juguetear con el sexo opuesto que por aprender una lengua muerta lleva al profesor a reflexionar de esta forma: «Yo soy la decadencia de mi mundo, / la tumba de mis propios descendientes, / la crisis —hecha carne— de mi siglo. / … Perdón, Minerva, ya sé que me alargo». Este es el tono general de todo el libro. Prima en él un contenido sarcasmo que se tiene a sí mismo como diana, algo que no debe resultar nada fácil a un provecto profesor (como he dicho antes, esta dislocación entre la factura de los poemas —más propia de, por ejemplo, un tesinando o de un becario— y la supuesta venerabilidad de un profesor en sus últimos días, resta credibilidad, que no intensidad y emoción, a estos poemas).

     En «Ensayo de paz perpetua» la sensualidad juvenil se impone. La influencia de poetas de la línea clara, sobre todo de un Juvenal Soto o de Luis Alberto de Cuenca, parece clara, como delatan estos versos, que marcan la inflexión general de todos los poemas: «Moviendo el agua espesa del otoño, / disuelta, diluviada tantas veces, / filtrada por un muesli diminuto / de conchas de cangrejos, de alquitrán, / pasea la odalisca / tan fresca, tan recién desayunada, / que a medio metro escaso de mi sombra / diríase pintad por un Rubens»).

     El asunto de la vejez y sus consecuencias se instala en los poemas de «El bárbaro Odoadro», pero no se muestra como una tragedia irreparable. El sentido del humor sigue impregnado estos poemas, algunos construidos partiendo de frases comunes: «Parece que fue ayer, el otro día / en la presentación. Tosía mucho, / se le iba fácilmente la cabeza. // Me dijo que y ano tenía fuerzas ni palabras. / En fin, que lo dejaba». El juego de identidades se amplia ahora hasta Euegenio Montale, de quien se reproducen tres poemas apócrifos.

     El libro finaliza con la sección «La Academia de la Lengua» es acaso la más heterogénea, aunque la poesía, desde la construcción del poema a la experiencia vital de al que se nutre o la relación, tan analizada, de poesía y vida predominan en ella: «Delante de los torvos catedráticos / —preséntese y exponga sus motivos— / les digo la verdad: “mi nombre es nadie”. / — Reuma, por favor: sin poesía. // Me observan mientras leo algunos versos. // — Son malos, la verdad. Peor, mediocres». A tenor de lo leído, los poemas del desencantado profesor de latín —de Plinio el Viejo— que Ignacio Cartagena a tenido a bien rescatar del anonimato, merecen una lectura distendida que permita indagar en todo lo que se esconde detrás de la equilibrada sátira que sirve de envoltura a los versos.

‘Los últimos días de Plinio el Viejo’, de Ignacio Cartagena

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