JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. LA MIRADA. ANTOLOGÍA ESENCIAL*

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. LA MIRADA. ANTOLOGÍA ESENCIAL. EDITORIAL FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, 2018*

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es uno de los protagonistas de un hecho que se viene repitiendo con cierta asiduidad en los últimos años. Me refiero a esa especie de reivindicación tardía de ciertos autores que pasaron casi desapercibidos —o se mantuvieron en una segunda fila, menos combativa—, generalmente por motivos extraliterarios, cuando despuntaban los miembros más conspicuos de su generación, en el caso que nos ocupa, la generación de los 80. Estoy hablando de poetas, por otra parte, muy diferentes, como Alejandro Céspedes, José Fernández de la Sota, Rafael Fombellida, Rivero Taravillo, Xelo Candel o, los ahora célebres, Juan Carlos Mestre y Manuel Vilas, entre otros, que se encuentran en plena efervescencia creativa, pero que estuvieron excluidos del aluvión de antologías grupales que se sucedieron a lo largo de la década, aunque algunos de ellos, como el propio Cilleruelo, participaron esporádicamente en las más notables.

     Las cosas, como digo, están cambiando y el tiempo parece que, esta vez, sí está poniendo las cosas en su lugar. Algunos de los poetas que quedaron entonces eclipsados, desenfocados por cierta miopía crítica han resurgido de sus cenizas y están ocupando el espacio que su calidad merece. También, por otra parte, se ha producido el efecto contrario. Autores canonizados prematuramente, han sido descabalgados por la crítica y los lectores con posterioridad.

     Cilleruelo es un caso quizá único porque siempre ha permanecido en una especie de umbral, sin llegar a atravesar la puerta nunca del todo. Fue, como hemos apuntado, incluido muy pronto en alguna de algunas de las antologías que marcaron época —La generación de los 80, de José Luis García Martín—, pero no hubo la continuidad necesaria para considerarle parte del canon.

Vicente Luis Mora, el responsable de esta edición, lo seleccionó en la antología La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015), uno de los primeros intentos serios de reescribir dicho canon. Mora, editor de La mirada, en el ensayo que precede a los poemas, nos ofrece algunas claves para “leer” la poesía de Cilleruelo: «No es un poeta “realista” al uso, porque su subjetivismo es irreductible, resguardado en las peculiaridades que esa mirada toma o adopta; la poesía de Cilleruelo no es realista, porque ni se propone “reproducir” la realidad ni tampoco imitarla. Más bien selecciona cuidadosamente una serie de colores, objetos, tonalidades, estados, apariencias y gestos y elabora con ellos un discurso dirigido a la producción de un estado de ánimo en el lector».

     La mirada es una antología esencial, es decir, recoge solo aquella obra que han consensuado autor y editor y que ambos consideran imprescindible. En un autor con tantas aristas como Cilleruelo la elección supone dejar fuera partes sustantivas de su obra o dar una muestra excesivamente breve de otras, pero hay que respetar los criterios editoriales y, por otra parte, todo lo seleccionado responde a la idea motriz de dar una visión gradual sobre una obra en permanente mutación. Además, una parte importante de los poemas que la integran son inéditos, algo que debemos señalar especialmente, por la excepcionalidad del hecho, lo que nos permite vislumbrar hacia dónde se encamina la poesía de nuestro autor. Él mismo nos da una información precisa: «El nuevo sustrato que alimenta los poemas que ahora escribo, perceptible en la tercera parte de este volumen, es la convicción de que el espacio es un tema esencial de la poesía y del arte contemporáneos […] Y la convicción, también, de que el espacio es más determinante en la conciencia humana que en el tiempo».

   La división del volumen no se atiene a la clásica sucesión cronológica de libros publicados. Recordemos que su obra se compone, en lo que se refiere a la poesía, de doce títulos, entre los que incluimos los libros de poemas en prosa. Los poemas que integran el volumen están divididos en tres periodos, «Maleza», «Mirlo» y «Mondaduras», compuesto exclusivamente con poemas en prosa. Esta original distribución nos permite leer La mirada. Antología esencial como un libro nuevo, redefinido en sus objetivos. El lector debe ser quien establezca los nexos de unión entre los poemas más antiguos y los de más reciente escritura, participando así de este entramado no como testigo, sino como cómplice, algo que ha sabido ver claramente Vicente Luis Mora en su elaborado prólogo, cuando se refiere a la otredad y a «los sucesivos poblamientos y despoblamientos del sujeto», en los cuales me parece intuir el propósito de que sea el mencionado lector quien porte la máscara de alguno de esos yoes en disputa. Una cuidadísima edición, impecable, tal y como nos tiene acostumbrados la editorial Fondo de Cultura Económica, pone aún más de relieve una obra que se incorpora por derecho propio a ese privilegiado grupo de los imprescindibles, sea cual sea la época que nos ocupe.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 17/08/2018

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BRUNO MONTANÉ KREBS. EL FUTURO. POESÍA REUNIDA (1979-2016)*

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BRUNO MONTANÉ KREBS. EL FUTURO. POESÍA REUNIDA (1979-2016). EDITORIAL CANDAYA, 2018

Pese a vivir en España desde 1986, la obra de Bruno Montané Krebs (Valparaíso, 1957) es poco conocida en nuestro ámbito poético, circunstancia que esperamos cambie radicalmente gracias a esta poesía reunida bajo el título El futuro. No es el momento para hacer un relato biográfico pero sí conviene resaltar que participó, durante su breve estancia en México, en el movimiento poético infrarrealista, junto a, entre otros, Mario Santiago y Roberto Bolaño, quien lo parodió en su novela Los detectives salvajes. El futuro acoge entre sus páginas la obra completa del autor, dividida en cuatro libros. “El maletín de Stevenson”, el primero de ellos, recoge poemas escritos entre 1979 y 1981 y está integrado por los títulos El maletín de Stevenson (1979), El agujero de las sendas (1980) y Las colinas interiores del planeta (1980-1981). Estamos, pues, ante su primera etapa creativa y, sin duda, la más cercana al vanguardismo de nuevo cuño que se extendió por Hispanoamérica durante aquellos años, algo que se aprecia en la ausencia de puntuación de muchos poemas y en la particular disposición de los versos en la página, una disposición que facilita la fragmentación semántica, llena de recovecos y pistas falsas, aunque delimitada, generalmente, por unos versos finales que cierran los poemas casi de forma sentenciosa, como, por ejemplo: «Toda llamada es un brazo como un junco / asomado en el agua del estanque». La personal forma de distorsionar la realidad de Montané necesita una forma de expresión distinta a la habitual, una expresión que intente ser fiel a esa conciencia elíptica y, en ocasiones, lúdica que habita en su mente: «Tu vida —escribe— tiembla frente a toda clase de imágenes / capaces de decir nuestra precariedad y nuestra fuerza, /nuestras paranoias, nuestras soluciones, / nuestros campos transparente, / nuestros templos de visiones acabadas».

En El cielo de los topos (1987-1995), el segundo libro, la herencia vanguardista se ha atenuado, aunque el humor, el sarcasmo sigue presente en muchos poemas: «Tengo la oreja izquierda reflejada / en el resplandor de un charco». Pero versos como estos no deben hurtarnos la posibilidad de trascender lo anecdótico. Esa visión oblicua que permite ver la oreja reflejada en un charco simboliza una forma extrema de complejidad contemplativa. Desde determinadas atalayas las cosas no son lo que parecen, remiten siempre a otros conceptos que a las palabras les cuesta definir; palabras, versos, poemas que se convierten en la reflexión central del siguiente libro, Mapas de bolsillo (2013): «Si pudiéramos oír todas las palabras / quizá nada tendría sentido». El cambio formal, ya percibido en “El cielo de los topos” es aquí determinante. La poesía se vuelve discursiva y las extrañezas expresivas, núcleo de la poesía anterior de Montané, dejan paso a un discurso lógico en el que las encadenamientos metafóricos se transforman en series enunciativas, como en el poema «Oleaje», en el que el juego aliterativo actúa casi como una plegaria. El yo, y las voces del yo, se disgrega hasta sentirse un desconocido: «Eres un puñado de perspectivas / no aplicadas a las visiones / de los constructores del abismo. / Eres como aquel que busca su sitio / en los imperceptibles temblores / de la luz».

Montané va desgranando en sus versos una asociación no por manoseada, menos efectiva, la de la poesía y la política. Ignacio Echevarría lo expone en el prólogo con innegable acierto: «La poesía de Montané no está exenta de marcados acentos sociales y políticos. Él mismo se plantea la actividad poética como una política de resistencia contra una realidad que tiende a devorar este mundo que permanece a la escucha». El poema «Política» es paradigmático en este sentido: «Mucho dinero, poca poesía. / ¿Qué política lo dice? / Frágil punto en el que la realidad / prosigue su eterno asalto a lo real». Pero no solo la actividad poética se cuestiona, y mucho, a sí misma, como si el poema fuera una fuente no solo de resistencia exterior sino una especie de frontera impermeable que lo separa del mismo yo que lo construye. Los ejemplos que podemos citar son muchos, pero quizá estos sean los más explícitos: «… el poema se alimenta / de algo que no transcurre / en el centro de esta escena» o «el poema recuerda que el silencio / de un fuego lejano / crepita en nuestra imaginación».

El futuro, su libro más reciente, cierra este volumen. En el poema «El cielo», probablemente símbolo de lo intangible, están cifradas las intenciones, las expectativas vitales y creativas de Bruno Montané: «Por ese trabajo escribimos / poemas inútiles y, mientras soñamos, / nos sumergimos en el futuro». El trabajo de dar sentido al sinsentido de la realidad, el trabajo de formular con un lenguaje siempre insuficiente la experiencia de la realidad que se transforma en la mente. Montané no necesita, sin embargo, dislocar el lenguaje porque le basta su mirada para desenfocar los perfiles de lo real, para especular sobre sus formas.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 10/08/2018

JOSÉ ANTONIO CONDE. PALABRAS ROTAS

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JOSÉ ANTONIO CONDE. PALABRAS ROTAS. LOS LIBROS DEL GATO NEGRO, 2018

Hemos comentado en otras ocasiones libros de José Antonio Conde (1961) EN este foro y en dichos comentarios hemos puesto de manifiesto su gusto por la poesía alusiva, desnuda, esencialista, de carácter simbólico en la que el lenguaje trata de desperezarse para dar nuevos significados a la cotidianidad. La práctica de un poema breve de versos concisos en los cuales la subordinación de las ideas está prácticamente ausente se ha transformado en Palabras rotas en poemas en prosa con un engranaje de referencias subordinadas que contribuyen a crear una gran tensión semántica que no deja un momento de respiro al lector.

Conde ha publicado en apenas quince años (de 2003 data su primer libro, La vigilia del mármol) más de una decena de libros. Si bien es verdad que la mayoría de ellos son breves esta prolijidad nos alerta sobre la importancia que, para relacionarse tanto consigo como con su pasado y su presente, la palabra poética tiene para nuestro poeta. En los últimos años ha dado a la imprenta títulos como Botánica de un sueño (2011), Discanto ((2012), El signo impreciso (2013), Un juego de llaves (2014), Agnus hominis (2015), Témpora (2016) y Pasos mínimos (2017). Ahora llega este Fronteras rotas (2018), divido en tres partes muy desiguales en cuanto a alcance y extensión: «Dicterio», la más amplia; «Neumas» y «Duelo». El libro cuenta además con un excelente prólogo de Antonio Pérez Lasheras que nos ofrece de forma didáctica las características más señaladas de la poesía de Conde: «Su poesía —escribe— nos sorprende por su sincretismo, su concentración conceptual y su destilación de las palabras hasta acrisolarlas y hacer que digan lo que hasta ese momento no habían dicho nunca», y, en efecto, esa es una de las premisas de la palabra poética, decir aquello que no se puede decir nada más que mediante el lenguaje poético, tan distinto en propósito del lenguaje informativo o comunicativo. La palabra de Conde comunica, pero no hechos sino sentimientos, intuiciones más que constataciones todo ello gracias a un lenguaje exigente y multirreferencial con hondas raíces en la irracionalidad, como podemos ver en esto ejemplos escogidos aleatoriamente: «un mosaico de estribos que respira», «el temor es la ganancia del granizo». «La obra —volvemos a Pérez Lasheras— está llena de alusiones crípticas (imprecisas, en ocasiones, otras explícitas), pero muy concretas en la memoria, de lugares, fechas, acontecimientos, sentimientos, carencias, recelos, odios, hambres, huidas, enajenaciones, paisajes, miedos, miserias, injurias, mentiras…» y es que Palabras rotas nos habla de un pasado aún demasiado vivo en la memoria y con heridas por cerrar, el de la guerra civil. José Antonio Conde acude a sus recuerdos para vivificarlos en la pagina. Recuerdos propios y ajenos, recuerdos familiares (el libro está dedicado a su padre, Alfredo Conde) de quienes sufrieron el oprobio y la humillación por parte de los vencidos, con la connivencia de la jerarquía eclesiástica y de su infantería (militar y religiosa) «En la paciencia de las aldeas todo transcurre como dicta el botarate, ese que saca pecho junto a la estola corrompida, el mismo que envenena las alondras y trenza con sus manos la bruma y las incógnitas». Como decíamos, la poesía de Conde establece asociaciones mediante un lenguaje autorreferencial que exige una complicidad tanto testimonial como reivindicativa por parte del lector. Nos encontramos frente a una poesía de denuncia, pero no a la manera de la poesía social, sino con la conciencia de que en el propio tratamiento de la palabra poética se encuentra la raíz de ese compromiso con el yo colectivo, con el nosotros, como ocurre en algunos de nuestros mejores poetas, hablo de Julieta Velero o Antonio Méndez Rubio, por ejemplo. La palabra rota es la palabra del hombre comprometido con su tiempo, con su historia, la del hombre que vive con un conflicto interior que se revela contra el testigo mudo: «es habitual ver al místico junto a los escaparates vacíos, tomar el té a las cinco en casa del gobernador, recoger estramonio para la mansedumbre de las beatas y ocultar los preceptos de Isaías».

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES. LA MEDIDA DEL TIEMPO. *

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES. LA MEDIDA DEL TIEMPO. COLECCIÓN: A LA SOMBRA DE LOS DÍAS. CONSEJERÍA DE CULTURADEL GOBIERNO DE CANTABRIA, 2018

Todo lector de periódicos está familiarizado con el nombre de Javier Menéndez Llamazares porque lo puede leer habitualmente en las páginas de El Diario Montañés. Llamazares se ocupa en dicho rotativo de asuntos deportivos, de música pop —algo más que una afición en su caso—, de los altibajos de la cotidianidad y, cómo no, de literatura. Llamazares es lo que antiguamente se denominaba un periodista todo terreno, pero además, y esto lo sabe ya menos gente, práctica otros géneros como la novela (ha publicado El método Coué y La teoría del vaso de agua, ambas con notable éxito), el relato (Con amigos como tú) y, también, la poesía (Cosas que no se pueden encontrar en internet). Da la impresión de que sólo fragmentándose en todas las posibilidades que la escritura ofrece pudiera nuestro autor dar rienda a su sentir más hondo, a sus reflexiones, a sus pensamientos. No conocemos el proceso de decantación que conduce ideas o actos a un género u otro. Quizá sea el propio tema el que elige su disposición en la página, el que proporciona la tensión suficiente para que se convierta en escritura, el caso es que, después de muchos años —el libro fue escrito a primeros de los noventa— aparece La medida del tiempo. Durante ese periodo la escritura experimenta en cualquiera que se precie alteraciones notables, algunas vinculados, como no puede ser de otra forma, a cambios en la propia biografía y otras de carácter ideológico y estético. Este último —el estético— es el caso de Javier Menéndez. Él mismo lo aclara en las palabras previas: «Mi verdadero viaje sería hermenéutico: de la oscuridad a la luz, del simbolismo a la línea clara», aunque este testimonio no implique una sumisión absoluta a lo real. Hay una dosis muy bien proporcionada de irracionalidad, como podemos observar ya desde el primer poema, «Autoescuela»: «Y los crustáceos que forman escalas y navegan por mi pensamiento y la inexactitud de sus efluvios…», uno de los poemas en prosa —hay otros en verso— que integran el volumen y que, pese a su forma, no padecen ese afán descriptivo más propio del reportaje y de la narrativa en general (quizá con la única excepción del poema «Cronogramática»). Tal vez el ejercicio del periodismo, cuyo uso de un lenguaje informativo está tan distante del lenguaje poético, ha influido de alguna manera al autor y ha contribuido a crear una nueva poética que mezcla la claridad del lenguaje directo con el lenguaje oscuro de las emociones y de la imaginación. El resultado son unos poemas que aluden a un yo que está como en duermevela, como en una realidad otra en la que lo inexistente revela su importancia frente a lo evidente. Aparece un hombre que ya ha muerto, dos interlocutores hablan de lo que no ocurrió, las labios del autor hablan de lo que nunca sucedió. El poeta reordena el mundo desde su privilegiada posición, lo reinterpreta desde la ausencia, lo que confiere a su identidad unos rasgos agonistas. Javier asume una identidad solo expuesta o contrarrestada en el papel, la del disidente, la del que pretende reescribir la historia, tal vez porque el tiempo habita en él «como último / residuo de irrealidad», una irrealidad auspiciada —sin embargo— por referentes concretos, como el deseo o la amistad. Ambos coberturas sirven a Javier Menéndez Llamazares para establecer un diálogo con los otros yoes que conviven dentro de sí: «No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, más conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos». Un diálogo establecido más desde la virtualidad de la ficción que desde un efectivo contrates de emociones, hasta el punto de que, en muchas ocasiones, el diálogo se suscita solo con el propio poema, como en el titulado «Página en blanco». El lenguaje, tal y como anunciaba el autor, es claro, pero dicha claridad no es sinónimo de banalidad porque las palabras están cargadas de dobleces, de significados personales con los cuales trasmuta la realidad y esa realidad es resbaladiza, ambigua, atenta a los códigos culturales, sociales, económicos e históricos —muy presentes estos últimos, aunque no de forma directa— del propio autor. Este tipo de figuración constructiva no rehúye la imagen directa ni la intención didáctica pero ambas configuran diferentes capas de sentido que confieren a la cotidianidad cierto hermetismo templado en las fraguas de una conciencia que se deslee a medida que la temporalidad se hace más manifiesta: «El tiempo entrará en ti / y tú podrás tomar / la medida del tiempo» dicen los últimos versos del libro, en lo que suponemos versos escritos ya desde la madurez, porque solo desde ella se puede escribir incluso sobre lo que no se ha vivido con esa combinación de cordura y lealtad que llamamos sabiduría.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 3 de agosto de 2018

ELIAS MORO. DE NÓMADAS Y GUERREROS.

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ELIAS MORO. DE NÓMADAS Y GUERREROS. COL. TOURMALET. EDITORIAL LETOUR 1987. 2018

No es Elías Moro —nacido en Madrid, 1959 pero residente en Mérida desde 1982— un autor que se prodigue en exceso. Su presencia editorial suelen estar suficientemente espaciada en el tiempo como para que seamos conscientes de que nada hay más ajeno al mundanal ruido que la forma de entender el acto poético que tiene nuestro poeta. En el ámbito poético su primer título fue Contrabando Después han aparecido Casi humanos (Bestiario) (2001) , Palos de ciego, La tabla del 3, Abrazos y sendas antologías de su obra, En piel y huesos (1987-2008) y Hay un rastro (2015). Por lo que respecta a la narrativa, ha publicado el libro de relatos Óbitos súbitos, un volumen misceláneo titulado Me acuerdo (2005), un dietario: El juego de la taba (2010); 99 morerías, Manga por hombro (2013) y los volúmenes de aforismos Algo que perder (2015) y Morerías, publicado en 2016. A la vista de lo aquí enumerado, podemos decir que la actividad poética se bifurca en distintos géneros, tal vez porque, a tenor de lo leído, las fronteras temáticas son fácilmente transgredidas por la mano del escritor seguramente sin tener de conciencia de ello en muchas ocasiones. En uno de sus aforismos escribe: «Poeta: traductor del silencio». Es muy posible que esta máxima sea la que le obliga, de alguna manera, a no tentar la suerte y a escribir textos fragmentarios, libros de escasa extensión, como este De nómadas y guerreros, que contiene poco más de veinte poemas —y, en general, de breve factura—, una renta escasa para quienes admiramos su poesía.

   Percibimos en esta nueva entrega un aliento épico del cual podemos rastrear influencias en Cavafis, en Borges (las enumeraciones del poema «Roles del cobarde» remiten indefectiblemente al argentino) y en alguno de sus herederos poéticos, como Julio Martínez Mesanza: «Han sacado brillo a los escudos / —atacarán de cara al sol— / y han apacentado a los caballos / que defecan nerviosos en las cuadras»., que recuerdan al ciclo Europa. Elías Moro se pone en la piel de nómadas y guerreros (ambos confluyen en muchas ocasiones) de diferentes tribus y relata sus costumbres, aunque violentas, muchas veces generosas y heroicas. Hay una admiración implícita en estos poemas, incluso en el titulado «Sicario» (una profesión ciertamente denostada), que finaliza con estos versos: «Era glotón y lascivo, / pero nunca satisfizo sus lujurias / por serle fiel a la pereza». Hasta el asesino posee, en el fondo, debilidades, y es que no estamos ante una glorificación del vencedor, sino ante un intento de penetrar en la memoria que ha configurado la historia de pueblos como el mongol o el bosquimano. Elías Moro no oculta sus predilecciones y nosotros, sus lectores, nos dejamos llevar por sus versos y nos sentimos cómplices de ese «hombre que camina, / [de] esa mancha negra y escasa que se aleja».

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. AFORISMOS E IDEAS

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. AFORISMOS E IDEAS LÍRICAS. EDICIÓN DE JOSÉ LUIS MORANTE. EDICIONES LA ISLA DE SILTOLÁ.

Resumir en un libro de poco más de doscientas páginas la obra aforística de Juan Ramón Jiménez, acaso el mejor poeta de nuestro siglo XX y dueño, además, de un pensamiento certero y afilado como un hacha, no es tarea fácil. Uno se imagina al autor de la edición, José Luis Morante, fatigando las decenas de volúmenes que a día de hoy componen la obra ¿completa? del moguereño, dejándose la vista entre cientos de páginas en busca de ese verso suelto, de esa frase que contenga en sí misma las características del aforismo, esto es, la brevedad y la contundencia, el doble sentido y el asombro. Afortunadamente, como afirma Morante en el prólogo, el trabajo, con ser arduo, contaba con precedentes que han facilitado la tarea de elaborar esta antología: «Los más de ochocientos aforismos que integran esta compilación proceden en su totalidad de los contenidos asentados en Ideolojía, la edición realizada en 1999 por el profesor y ensayista Antonio Sánchez Romeralo, sin duda la más completa de las sucedidas hasta el presente y la más fiel a la cartografía espiritual de Juan Ramón Jiménez». Pero tal y como dice el título, el libro no está compuesto solo de aforismos, lo integran también fragmentos reflexivos sobre el arte y el poema que exceden por su extensión el marco concreto del aforismo. En cualquier caso, Morante, con acertado criterio, ha respetado «la división [de Sánchez Romeralo] en libros y secciones porque ilustra sobre la concepción terminológica del escritor». No cabe duda de que seguir la estela de las correcciones y/o rectificaciones del poeta —Arturo del Villar nos avisa de que «la tarea creadora constituía para él una afirmación de su estar en el mundo, que deseaba contemplar en un presente continuo»— hubiera supuesto una tarea ciclópea.

     Aforismos e ideas líricas es un libro tan denso que requiere de varias lecturas complementarias. No es preciso seguir un orden determinado, todo lo contrario, quizá lo mejor sea espigar entre las páginas y abrirse a las continuas sorpresas que el poeta nos depara. El mismo Juan Ramón parece dar el beneplácito a un trabajo como el que ha emprendido Morante cuando escribe: «La compilación, en poesía [nosotros lo hacemos extensivo al aforismo], por ejemplo, es válida si el esfuerzo que cueste interpretarla se ve recompensado por el revelarse de un tesoro equivalente en proporción y calidad de belleza». Por lo demás, hay tanto jugo esencial en estos aforismos que decantarse por alguno de ellos sería una temeridad, aunque reconozco que, como poeta, uno siente debilidad por todos aquellos que de manera específica se refieren al acto creador. Como crítico, sin embargo, me atrevo a seleccionar este: «No quiero compromisos literarios. Me gusta ser libre en mi poesía y en mi crítica (he procurado serlo siempre, aunque a veces me haya escedido en la cariñosa esaltación), y me gusta que los demás sean libres conmigo. Crítica libre doy y pido, pero que pueda demostrarse. Yo estoy siempre dispuesto a demostrar cuanto escribo o digo de otros o de mí. Libertad no puede, no debe querer decir, en mi caso ni en el ajeno, irresponsabilidad, disimulo o mentira».

La coherencia estética de Juan Ramón es tan grande que incluso cuando uno no está de acuerdo con él se ve obligado a rendirse a la capacidad intuitiva de su razonamiento. Esta es una de las muchas enseñanzas que la lectura de un libro como Aforismos e ideas líricas puede ofrecernos. Cada editor tiene su propio punto de vista, como no puede ser de otra forma («Hay quienes repiten inconcientemente lo que otro dice (limite de la imperfección). Quienes lo repiten concientemente. Quienes concientemente no lo repiten. Quienes no lo repiten inconcientemente (límite de la perfección)»). El punto de vista de José Luis Morante nos complace especialmente porque coincide en su mayor parte con nuestros intereses más concretos, algo que agradecemos con satisfacción.

ARTURO TENDERO. EL OTRO SER

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ARTURO TENDERO. EL OTRO SER. LA ISLA DE SILTOLA. 2018

No es una tarea fácil cambiar de destino, ser alguien distinto a quien uno es. Querámoslo o no, somos lo que somos y las posibilidades de redención son más bien escasas. El otro ser trasmite la sensación de que su autor, Arturo Tendero, hubiera querido ser un hombre más sabio, más perseverante, más perceptivo, quizá menos vehemente, en todo caso menos absorbido por la cotidiana tarea de sobrevivir. Hubiera querido ser un hombre al que nada le fuera ajeno y no se viera obligado a procrastinar ninguna decisión trascendental: «He llegado a una edad donde las cosas / que no emprendas ahora / ya no las harás nunca», escribe consciente de que el paso del tiempo es irrevocable y ya no queda mucho para malgastarlo en disipación o indolencia. Acaso por esa razón Tendero busca amparo en la rememoración, en un pasado que actúa como un escudo ante las incendiarias flechas de un presente trivial y oneroso.

     Aunque el libro presenta una estructura unitaria, los poemas que lo integran se pueden dividir, al menos, en dos secciones, aquellos en los que la anécdota actúa como motor de una reflexión vital a la que preceden unos versos aclarativos podría ser una de ellas. Aquí encontramos poemas como «Caldofrán» y «Sin billete de vuelta», claramente evocativos, «Tertulianos y ranas» o «Mi primer tresmil», ambos con un tono más ligero en el que lo circunstancial prevalece por encima de otras ambiciones de carácter íntimo (Eloy Sánchez Rosillo lo resume magistralmente en el texto de la contracubierta: «Nada de relieve parece ocurrir en estos versos, sino los avatares propios de la vida de un hombre»). Una segunda sección sería aquella en la que los poemas se nutren de referencias a la naturaleza y alcanzan un vuelo cosmológico. El hombre está frente al mundo que lo rodea. De esta guisa son poemas como «Perseidas», «Atardecer de mayo (Poema sinfónico») o el estupendo «El ruiseñor», que evita muchos de los lugares comunes asociados a esta ave tan cantada en la tradición poética universal. Evidentemente, esta sistematización no carece de fisuras. Hay poemas que participan de ambas propuestas porque el hombre —el poeta— se hace uno con la naturaleza hasta el punto de sentirse un minúsculo organismo en el cosmos infinito. El poema final del libro, «Relatividad», ejemplifica acaso como ningún otro esta idea. El espectáculo celeste que imanta la vista al comienzo del libro se compara ahora con las luces de la ciudad. De lo general a lo particular. La asociación semántica entre unas y otras permite al poeta debilitar la falsedad de algunas emociones precipitadas y, por el contrario, enaltecer la última certeza de la que logramos apropiarnos, la de los recuerdos: «Aunque ya no sucede en primer plano, / no deja de ocurrir este recuerdo: / Pregunta ¿Y ahora qué? Y yo le respondo: / Vivamos este ahora. / Su luz, como una estrella que murió, / y sin embargo vemos aún brillas, / sigue parpadeando todavía, / a sideral distancia, en estos versos».

     La identidad personal, más que en los hechos, se configura en la memoria de esos hechos, por eso Arturo Tendero se remonta a la infancia en algunos de sus poemas más memorables, como el ya citado «Caldofrán» o «Moreras», al que pertenece esta estrofa: «Se mezcla en la memoria / el olor de las ruinas y el de la clorofila / con el de aquellas cajas de zapatos / tan llenos de agujeros / para que los gusanos respiraran», buscando un asidero que el presente hurta, pero hasta qué punto el recuerdo es fiel a lo real. ¿No falsea la memoria los recuerdos para hacer más soportable la pérdida? Las deudas con el pasado son el origen de mucha de la gran poesía escrita a lo largo del tiempo y, por muy trillado que esté dicho argumento, hay mil formas nuevas de intentar aprehenderlo. Tendero lo intenta desde una especie de asentimiento conciliador que el poema «Balance» resume como ninguno: «No es que me queje, agarro / como puedo la luz y resplandezco, / aferrado en el aire / a la sustancia mía / más sutil que conozco: / mi propio pensamiento». Resulta meridianamente claro que el poema puede sustituir a la filosofía cuando se trata de expresar pensamientos de forma asistemática, sobre todo cuando estos están sazonados con condimentos tales como la aquiescencia, el agradecimiento o el júbilo vital. De esta elaboración hay mucho en estos poemas. Sin llegar a manifestarlo de forma clara, Tendero parece decirnos que, a pesar de todo, el mundo está bien hecho. «Escucho ese tesoro —escribe en el poema “El ruiseñor”— hasta colmarme / y lo dejo después, / resonando en la fronda, / para que su secreto / mantenga vivo el mundo al que regreso». Nada que objetar, claro, pero, por poner una pega a este excelente y reconfortante libro es lo que Ricardo Piglia ha llamado «momentos críticos», es decir, esos instantes de turbación y desconsuelo, por qué no, de dolor y frustración que provocan una conflagración interior, conflagración que deja su huella en versos más irascibles, menos condescendientes, quizá incluso menos correctos. En todo caso, como digo, nos encontramos con el Tendero más consciente del paso del tiempo, de la fugacidad, lo que, lejos de dejarle caer en el desaliento, le produce un sentimiento de gratitud por lo vivido que ojalá todos sus lectores podamos compartir.

AL SUR DE LA PALABRA. POETAS MARROQUÍES CONTEMPORÁNEOS.*

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AL SUR DE LA PALABRA. POETAS MARROQUÍES CONTEMPORÁNEOS. EDICIÓN DE JUAN ANTONIO TELLO. EDITORIAL PRENSAS DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, 2018

La colección «La gruta de las palabras» que dirige con exquisito criterio el poeta y novelista Fernando Sanmartín ha gozado siempre de un merecido prestigio, aunque su limitada difusión haya lastrado un tanto la altura de su catálogo. Ese lastre se aligeró con la publicación de un libro tan excepcional como Poesía a contragolpe. Antología de poesía polaca contemporánea a cargo de tres magníficos traductores, Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Farré. Otros títulos posteriores de autores como David Mayor, José Ángel Cilleruelo, Antón Castro, Ramiro Gairín o Jordi Doce han contribuido a situar dicha colección en el mapa editorial de nuestro país. Un libro como el recientemente aparecido Al sur de la palabra. Poetas marroquíes contemporáneos no hace más que confirmar lo que venimos diciendo porque, teniendo en cuenta el desconocimiento general que padecemos sobre la poesía —y, por ende, la cultura— de nuestro vecino del sur, este libro resulta imprescindible en cualquier biblioteca que se precie. Juan Antonio Tello, en la actualidad profesor del Instituto Español Severo Ochoa de Tánger y Victoria Khraiche Ruiz-Zorrila, doctora en Estudios Semíticos por la Universidad Complutense y, entre otras cosas, especialista en traducción árabe-español por la Escuela de Traductores de Toledo, son, como se ve, interlocutores privilegiados para esta empresa. En su atinado prólogo, Tello nos descubre algunas claves de lectura indispensables: «El presente volumen —escribe— nos ofrece una muestra, necesariamente incompleta, de lo escrito en las tres últimas generaciones, con sus hitos intergeneracionales, concretamente autores nacidos entre los años cuarenta y ochenta, con atención especial a aquellos escritores que están en plena producción en estos primeros años del siglo XXI». Son veintitrés poetas —en las páginas finales se añade una breve pero necesaria nota bibliográfica de cada uno de ellos— que van desde los más veteranos Abdellatif Laâbi (Fez, 1942) y Mostafa Nissabouri (Casablanca, 1943) hasta Nassima Raoui (Rabat, 1988) y Abdejaoud El Aoufir (Rabat, 1980). ¿Qué pueden tener en común poetas de edades tan diferentes? En primer lugar, su relación con el entorno y con las tradiciones de la cultura autóctona, evidentemente, mucho más tamizada en los autores más jóvenes, los cuales exhiben un cosmopolitismo similar al de, por ejemplo, sus contemporáneos europeos, aunque sin perder de vista sus raíces. Por otra parte, la relación con la cultura francófona —algunos residen en Francia y una gran parte tiene estudios filológicos relacionados con dicho país— ha dotado a sus obras de una mayor amplitud temática. No escasean los poemas de corte metafísico como la de Abdelhak Serhane (Sefrou, 1950), pero hay también autores como Jamal Boudouma (Midelt, 1973) que maneja sabiamente la ironía o Abderrahim Elkhassar (Safi, 195), uno de los que prefiero, que trasforma esa ironía en crítica social: «Haré que los soldados me sigan, / llevando laúdes y violines, / balanceándose como espigas / que se aman en un campo / y recitando el himno que se perdió», escribe en «El mago». La sensorialidad, el amor y el deseo, incluso el erotismo, también están muy presentes en algunos autores como Hassan Najmi (1960) o Abdelghani Fennane (Marrakech, 1969). Es muy posible que nuestra propia visión del mundo nos impida advertir en toda su extensión la riqueza de una poesía como la marroquí, tan cercana geográficamente, pero tan alejada culturalmente. Acaso esta limitación nos prive de valorar en sus justa medida el paso cualitativo y cuantitativo que representan las mujeres poetas que integran este libro, como Aicha Bassry (Setta, 1960), Malika El Assimi (Marrakech, 1946) o Rachida Madani (Tánger, 1951). Significativos resultan estos versos: «La poesía habla más en femenino del ser, aunque haya todavía muchos más poetas hombres» del antes citado Abdellatif Laâbi. Por lo demás, y atendiendo a esa vinculación con la cultura francés, Juan Antonio Tello abunda en ello en el prólogo: «Un comentario sobre el estado actual de la poesía en Marruecos o escrita por poetas marroquíes, pues existe un buen número de ellos que permanecen en la diáspora , no puede abordarse si no es desde la multiplicidad y la pluralidad. Las diferentes formas de expresión se ven marcadas por el plurilingüismo propio del país». A esto debemos añadir la pujanza de las diferentes lenguas que se hablan dentro de sus fronteras y que contribuyen a remarcar la idiosincrasia de su cada territorio. El éxodo permanente y las difíciles condiciones de vida que lo propician subyacen en los autores más comprometidos con el devenir social y político de su país: «El poeta —escribe Tello— ve, escucha, reescribe el mundo desde su prisma personal, lo convierte en texto, resiste y se rebela contra él, lo trasmuta por medio de la imaginación». Al sur de la palabra es una muestra mínima de la poesía marroquí, pero lo suficientemente reveladora como para despertar el gusanillo de la curiosidad que todos llevamos dentro.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 20/07/2018

REVISTERO VERANO 2018

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REVISTERO VERANO 2018

Continúa la Revista de Nueva Literatura Clarín, dirigida por José Luis García Martín, fiel a sus propósitos, combinando esa nueva literatura del título con rescates que van desde la literatura decimonónica, como ocurre con el ensayo dedicado a José Iribarne «Zaratustra», de Javier Barreiro a la literatura contemporánea: «Silvano Sernesi. El eslabón perdido del postismo», de Ernesto Baltar puede ser un buen ejemplo. Junto a estos espléndidos trabajos encontramos un interesantísimo recorrido por las librerías que marcaron su adolescencia lectora de Felipe Benítez Reyes y sendos diarios de viajes a cargo de José Manuel Benítez Ariza —por la ciudad de Barcelona— y Mario Martín Gijón —«Una semana en México». La sección «Metamorfosis» se ocupa de la traducción. Por una parte cinco poetas francesas del siglo XVI a cargo de Fermín Beruete Valencia y por otra, Louis Simpson, poeta norteamericano nacido en Jamaica (1923-2012) de cuyos textos se ocupa Javier Cantero Sabata. Conviven con los textos citados la siempre interesante sección «Paliques», dedicada a las reseñas, «Conversaciones», en la que José Vicente Quirarte Rivas conversa con el autor napolitano Giuseppe Montesano que ha publicado recientemente Lectores salvajes, un libro de casi dos mil páginas en el que estudia «la historia de la creatividad humana». Especialmente interesantes son los aforismos de Francisco Pérez de los Cobos y las viñetas de Víctor Botas. Toni Montesinos escribe sobe Emilio Salgari en «Colección de vidas»; Paul Brito hace lo propio en «El sensor cósmico de la comedia» y Fernando Sánchez Alonso recrea la relación del restaurante Lhardy y la literatura, ambos en la sección «Inventario». El número concluye con un jugoso comentario sobre el novelista Jorge Ordaz a cargo de Ana Vega.

Una extensa entrevista al siempre interesante Pere Gimferrer, realizada por Fernando Valls con la maestría y la erudición que le caracteriza, es, para este lector, uno de los mejores alicientes para leer este número de Turia, el 127, cuyo dossier está dedicado a la literatura peruana actual. Como viene siendo habitual, la revista está cargada de contenido y de posibilidades de lectura. Vila Matas es analizado por la pluma siempre certeza de Mercedes Monmany. Impagable son también las «Diez instantáneas de Eduardo Chirinos», escritas por Fernando Iwasaki, amigo desde la infancia, o la rememoración de la amistad con Gil de Biedma que escribe Luis Antonio de Villena. En la sección «Taller», relatos —Armburu, Tizón, Roncagliolo— y fragmentos de novelas como la de Carlos Pardo. En la sección dedicada a la poesía, entresacamos, entre los muchos colaboradores, a Álvaro Valverde, a Aurora Luque, a José Manuel Bonet, a Menchu Gutiérrez o Fernando Sanmartín. Félix Terrones realiza un exhaustivo recorrido por la novelística peruana en su ensayo «Los firmamentos de la narrativa peruana contemporánea» que sirve de prólogo a los textos que se reproducen posteriormente. Relatos de como Ricardo Sumalavia, Irma del Águila o Yeniva Fernández conviven con los poemas de Grecia Cáceres, Martín ridríguez Gaona, Nilton Santiago o Denisse Vega Farfán. Por otra parte, en la sección «La isla», fragmentos del diario del director de la revista, Raúl Carlos Maícas. La revista se completa con un nutrido conjunto de reseñas agrupadas bajo el epígrafe de «La torre de Babel».

21veintiúnversos. Revista de poesía contemporánea, alcanza ya su número 6. Ilustrado en esta ocasión por la artista Pamen Pereira, nacida en El Ferrol en 1963 pero radicada en Valencia desde que se desplazó a esta ciudad para estudiar Bellas Artes. El número cuenta con los habituales veinte poetas, de los que se ofrece cumplida información en las páginas finales del volumen, algo que resulta especialmente necesario cuando algunos de los/las poetas son desconocidos para este lector. Así, junto a nombres como Julia Uceda, Miguel D’Ors, Ponç Pons, Luis García Montero o Karmelo Iribarren, encontramos autores como Elena Torres, María Barceló Chico o Juan José Romero Cortés que, pese a tener una obra amplia e, incluso, reconocida por importantes galardones, no han gozado de una difusión que, a tenor de lo leído, sin duda merecen. La apuesta de 21veintiúnversos es plausible. Paliar la escasa difusión de autores de contrastada calidad pero escasamente difundidos es una labor que toda revista que se precie debe tener entre sus prioridades. Sus responsables, con Juan Pablo Zapater a la cabeza, son conscientes de ello y actúan en consecuencia. Interesante resulta también el pequeño homenaje que se le tributa a Manuel Molina (Orihuela, 1917-Alicante 1990). Dos poemas son poca cosa para dar una idea cabal de una obra, pero, al menos, servirán para que el lector interesado investigue y lea con más detenimiento al autor. No podemos dejar de mencionar a algunos de los más importantes jóvenes poetas actuales, como Javier Vela, Ben Clark o la ecuatoriana Carla Badillo Coronado.

Licencia poética. Revista temática de poesía, como su propio subtítulo deja entrever, atiende más a los temas monográficos que a la actualidad poética. Así, en este tercer número, el motivo central es la poesía del exterminio, la poesía que se escribió en los campos de concentración. Su director, el poeta José Manuel Suárez lo explica detalladamente en el editorial: «Este es el origen del número de Licencia poética [se refiere a la exposición Auschwitz, no hace mucho, no muy lejos que aún, creo, puede verse en Madrid]. Propuse al editor publicar un número monográfico sobre la poesía hecha en los campos de concentración, o sea, “poesía escrita en Auschwitz”: Naturalmente, Auschwitz son por extensión todos los campos». Poemas de Shmuel Refael Vivante, ensayos sobre el poeta Itsjok Katzenelson, , una pequeña antología antología de poesía sefardita escrita en los campos, el estudio de Mercedes Monmany sobre los poetas de Auschwitz o el de José Ramón Ripoll sobre Cuarteto para el fin de los tiempos, de Olivier Messiaen integran un volumen que completa una sección del libro de José Manuel Suárez Transoscurecer hacia ti. Culpa y reparación en Paul Celan, reeditado y corregido recientemente. Licencia poética es una revista literaria distinta que, confiamos, encontrará ese lector que huye de la actualidad poética para refugiarse en lo trascendente, en aquello que no pasa de moda y necesita ser revisitado para no perder el norte, y no solo estético.

Paraíso. Revista de poesía, dirigida por el poeta Juan Carlos Abril y patrocinada por la Diputación de Jaén alcanza el número 13 fiel a sus principios. Tanto la cubierta como las ilustraciones son obra de Ginés Liébana, como en los números anteriores. Una sabia decisión esta de mantener una imagen que identifique la revista al primer golpe de vista. Las secciones son también las habituales: «Tres morillas», integrada por pequeños ensayos, en este caso de Ana Rodríguez Callealta, de Juan José Téllez y de José Ángel Leyva. De la poesía completa de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) se ocupa con su habitual solvencia Luis Bagué Quílez. Yolanda Castaño traza una excelente panorámica sobre la poesía gallega de las últimas décadas. Excelente y necesaria puesta al día de una poesía que goza de una vitalidad envidiable y que necesita ser revisitada por el lector de poesía. Una fotografía de Miguel Hernández da pie a José María Balcells para rastrear la fugaz visita que el poeta hizo a Barcelona. La sección «Ya se ven» recoge poemas de autores como Felipe Benítez reyes, José Luis Rey, Víctor Rodríguez Núñez o Zingonia Zingone. No falta, lamentablemente, espacio para la sección «Paraíso perdido», que ofrece poemas de tres poetas fallecido recientemente: Eduardo Chirinos (1960-2016), Eduardo García (1965-2016), Enrique Fierro (1941-2016) y Adolfo Cueto (1969-2016). La revista finaliza con la sección «Los alimentos», integrada por reseñas poéticas a cargo, entre otros, de Carmen Camacho, Elena Feliú, Juan José Cabanillas, José Luis Gómez Toré, Sergio C. Fanjul o Aitor L. Larrabide. En resumen, un excelente número un tanto lastrado por l desubicación temporal de algunas de las colaboraciones.

JOSÉ MANUEL RAMÓN. LA TIERRA Y EL CIELO

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JOSÉ MANUEL RAMÓN. LA TIERRA Y EL CIELO. COL. ARS NOVA. EDITORIAL ARS POÉTICA.

No parecen ser cuatro los elementos que necesita José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) para indagar en el abismo profundo de la creación, en el origen del ser. Le bastan dos, la tierra y el cielo (que tanto nos recuerdan al juanramoniano título Piedra y cielo, quizá porque su búsqueda se remonta mucho más allá de los filósofos presocráticos, hasta aquellos neandertales que poblaron nuestra geografía hace decenas de miles de años. El cielo —«Memorial de antorchas», lo llama Ramón— nos remite a una atmósfera tenebrosa, acaso el interior de una caverna paleolítica iluminada por el fuego de unas antorchas —«alumbrar trascendencia»— que enturbiaban el aire y creaba en el imaginario de los seres que las habitaban un cielo amenazante. La cueva como refugio, como espacio mágico pero también como lugar de sombras y fantasías: «entregada / a tan altos propósitos / la tribu concibió la cueva / como un primigenio universo / de astas sangre y lunas / recientes». La tierra, inmersa en una enorme glaciación, es nieve perpetua: «un abrazo de nieve / destierra horizontes y ausencia / cauterizando heridas». La nieve oculta y embellece, falsea distancias, unifica el primor de la mirada. Pero quizá más que fijarse en lo que expresan los verso de José Manuel Ramón, debiéramos fijarnos en cómo lo expresa. El lenguaje que utiliza rehúye el utilitarismo y se adentra con frecuencia a términos que implican un sondeo en la experiencia ahistórica, términos que remiten al origen del universo. Tal vez por esa razón, la tercera sección del libro, «Noche profunda (Inframundo)», comience con estos versos: «avanzan siglos / por oscuros corredores / franqueando el útero de la tierra / y buscando pasos ocultos hacia / el inframundo». En general, la expresión entrecortada y fragmentaria de los versos crea en un clima de desconcierto en el lector que no siempre se despeja. Siguiendo a Henri Meschonnic, podríamos decir que nos encontramos ante una poesía de exploración del lenguaje, de búsqueda formal. «La exploración del lenguaje […] muestra la solidaridad del signo y de una idea formal de la poesía. Porque el signo solo es el emisor y el beneficiario de la noción de forma y de lengua que la exploración del lenguaje supone. La lengua no tiene sujeto. Solo el discurso tiene uno, y se funda por su historicidad». Hallar los cimientos en los que descansa esa historicidad es posiblemente una las intenciones primordiales de La tierra y el cielo: «milenario ahínco / desde simas concebidas / antes de lo humano / mucho antes / que despertara la conciencia del ser / antes que la sombra / y el sueño fuesen / increados». Miguel Veyrat lo explica de forma diáfana en el prólogo: «… el poeta José Manuel Ramón […] ha fundido aquel hielo intermedio en el recorrido entre “l atierra y el cielo”, para modular o entonar ese grito primigenio nacido al Alba del entendimiento consolidando sus propios puentes gramaticales. Abriendo un diálogo infinito, una interpretación semiótica […] entre el hombre y la Naturaleza», una naturaleza tan primitiva que no esconde aún ningún paradigma filosófico y en la que la muerte no se ha convertido todavía en una metáfora del destino. El hombre comienza a relacionarse también con las cosas, con el entorno. El silencio, esa antesala del lenguaje, perfila conceptos, se adueña de lo que el ojo registra, madura conceptos en el interior del propio ser que pugnan por salir al exterior. Las primeras imágenes pintadas en las cavernas paleolíticas son el mejor ejemplo.