PABLO FIDALGO LAREO. LA DEJADEZ. 

PABLO FIDALGO LAREO. LA DEJADEZ.  COL. LETRA BASTARDA. EDITORIAL LETRAVERSAL
El carácter terapéutico de la escritura nadie parece ponerlo ya en duda, un carácter terapéutico que afecta tanto al escritor como al lector, no sé si en igual medida.  Lo cierto es que cuando leemos libros como La dejadez, la última entrega de Pablo Fidalgo Lareo (1984) ―un libro en la estela de Mis padres. Romeo y Julieta, que intenta cerrar las grietas emocionales que quedaron abiertas en ese libro, no nos queda ninguna duda al respecto. Si en el primero Fildalgo realizó «un proceso de mitificación y desmitificación» de su historia familiar y de la historia de sus padres, en La dejadez (un libro editado con exquisito cuidado), su continuación, cuatro pilares básicos sustentan los poemas: el colegio, el cuerpo, la venta de la casa familiar y, como no, la relación maternofilial, siendo este último el que refuerza los tres anteriores. La madre y la relación amor/odio que mantiene con ella el personaje poético que protagoniza estos poemas acapara la atención de la mayoría, de tal forma que los otros temas mencionados parecen secundarios.
La disyuntiva que se plantea inicialmente se resume en estos tres versos: «¿Cómo voy a elegir / entre el deseo de tener una casa / y librarme de esa herencia?». El pasado es visto como un lastre del que es preciso desprenderse, pero, al mismo tiempo, ese pasado, cifrado en la casa familiar, es el puntal sobre el que se construye la identidad, una identidad, como veremos, en permanente proceso de incertidumbre. La infancia, una infancia desmitificada, no demasiado feliz ―algo que humaniza al poeta de cara al lector, acostumbrado este a leer casi siempre sobre infancias felices―, a tenor de los reproches que menudean en los poemas provoca una serie de inseguridades que la escritura trata de minimizar: «He tenido miedo del colegio. / Miedo a no tener amigos. / Miedo a los cumpleaños y las celebraciones. / Miedo a los regalos. / Miedo a defraudar a mi abuelo. / Miedo a que me echen del equipo. / Miedo a la llegada de mi padre…». Esta enumeración ―incompleta― de temores está muy lejos de representar una época paradisíaca ―«paraíso imperfecto» lo llamó Robert Lowell, un poeta con quien Fidalgo tiene cierto parentesco estético―, más bien al contrario, por eso, si como asegura Rilke, la infancia es la patria del hombre, el hombre que crean esas experiencias de desarraigo retrata a un hombre inseguro y dubitativo que busca en las preguntas respuestas que, salvo él mismo, nadie puede darle, por eso escribe: «¿Debo dar por hecho que mi cuerpo / solo puede pagarle a mi cuerpo, / que todos han huido / y que debería parar aquí?», y afirma, unos versos más adelante, que debe «enfriar esas preguntas / que solo existen para mí».
El desarrollo de los poemas, todos ellos sin título, es circular, envolvente mejor sería decir. Los temas antes aludidos se repiten desde diferentes perspectivas y esas repeticiones van creando una atmosfera opresiva que instintivamente va situando al lector en la posición que el poeta desea. Muchas de esas preguntas van, sin manifestarlo claramente, dirigidas a un tú que solo puede tomar forma en un receptor anónimo, pero otras van dirigidas a la madre y son, más que preguntas, afeamientos: «Madre, ¿yo tenía esta voz entonces? / ¿O solo podías oír a quien te gritaba? / Madre, ¿no oyes tampoco hoy?» y decepciones: «Madre es alguien que nunca está. / Madre es alguien que deja pasar las cosas. / Madre es alguien que llega con los brazos cargados de novedades. / Madre sabe que cada novedad es una maldición». Es de ese ambiente de gritos y disputas del que el niño primero, y después el adolescente, quiere huir y, sin embargo, el deseo de regresar al lugar, a la casa natal ―una casa al parecer en la que, como escribía José Hierro, «Nunca pulsó nadie el bordón / del grave acento: “nos queremos, / te quiero, me quieres, nos quieren…”»― no desfallece, y es que, como decía Bachelard «la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre […] La  casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad […] Es cuerpo y alma», cuerpo sobre todo, para Fidalgo Lareo, un cuerpo del que toma conciencia, un cuerpo desatendido, casi invisible para quienes deberían abrazarle: «Yo no estaba preparado para que el cuerpo, / así como era, fuese deseado». El escaso sentido maternal que desvelan estos versos nos sugiere precisamente lo contrario, pero debemos recordar que estamos hablando de poesía, y por muy testimonial y autobiográfica que esta sea, no tiene obligatoriamente que ser fiel a la verdad. De hecho, el poeta afirma ser «lo que no pudo ser. / Esa necesidad absoluta / de cuestionarlo todo. / Esa atención extrema / a que nadie me toque». No está exento este libro también de ternura. La persona que te muerde y que te cura es la misma y estos vaivenes del comportamiento suscitan innumerables sentimientos encontrados que, en el fluir de los versos, en ocasiones desembocan en contradicciones: «Estamos atrapados por nuestras / contradicciones y elecciones», escribe. El discurso esta muy fragmentado por los encabalgamientos y por las pausas versales, magníficamente utilizadas por nuestro poeta. Estos recursos, junto a las reiteradas anáforas y un lenguaje directamente denotativo dotan al poema de un tono conversacional que consigue sin esfuerzo la complicidad del lector. Estamos en La dejadez en el segundo capítulo de un proceso de sanación por la palabra y, probablemente, la mayoría de esas preguntas  ―interrogantes que pretenden averiguar cómo se ha configurado la identidad y cuáles son los acontecimientos verdaderamente importantes― que han quedado en el aire, encontrarán respuesta en una próxima entrega. Pero una cosa es cierta, pese a su magia, ni siquiera las palabras son capaces de restituir lo perdido, menos si se pierde por «por dejadez, / por indiferencia, / por exclusión».
·         Reseña publicada en https://elcuadernodigital.com/2022/08/11/la-dejadez/

AFORISMOS 5. BENITO ROMERO. UNA GALAXIA IMPERFECTA

BENITO ROMERO. UNA GALAXIA IMPERFECTA. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ
Una galaxia imperfecta está divido den cinco secciones. En la primera de ellas, «Trayecto», el autor, Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983) se dirige a una tercera persona que bien pudiera ser el trasunto del autor, o un compendio de actitudes concentradas en un solo interlocutor. En todo caso, el recetor asume que «Las dudas reforzaban su integridad» y, a partir de esta convicción, repasa algunas de los hechos que determinan su conducta, hechos que, en general, no lo dejan bien parado porque: «A partir de cierta edad extendía sobre la cama sus certidumbres y las contemplaba embelesado justo antes de dormirse».  
     En la segunda parte, «Territorio», la escritura se convierte el eje central sobre el que giran los aforismos, objeto de análisis no solo como acto creativo, sino como una actividad profesional que padece los mismos vicios y defectos que cualquier otra, así escribe: «Mundillo literario: soporífera Guerra Fría». El escritor no se libra de un análisis despiadado, un análisis de alguien que demuestra conocer bien el espacio en el que se mueve: «Escritores que salen del armario cuando reconocen que su obra ha sido un error», «El sueño dorado de los escritores autodidactas: que la gramática y la sintaxis se les arrime con lascivia», «Hay escritores cuya obra no tiene mayor mérito que la de ocupar con alevosía un espacio importante» o «Los escritores, tras aplaudirse en público, se despellejan en privado como medida de saneamiento». Los poetas no salen mejor parados, desde «los poetas místicos obsesionados con la fama y el dinero» a los metafísicos que contemplan «la vulgaridad del mundo desde su feliz globo imaginario».
«Gavetas», la tercera sección, es una especie de diccionario personal. Las definiciones que describen cada concepto solo en algunas ocasiones poseen algún parecido con el habitual, así la cultura es definida como «Patio de la cárcel», el desdén como «Playa nudista atestada de cueros decrépitos», como suicida: «Persona que rebusca de manera enfermiza en la poesía y la filosofía. esperando encontrar las proteínas necesarias con las que subsistir».
     «Impresiones» son relámpagos que en su brevedad iluminan toda una teoría vital. En general se asientan en elementos contradictorios, de los que nace la paradoja, como este: «Ser mezquino por amor: perversa paradoja» o este otro: «La función de la realidad es contradecirnos». La diversidad de temas es notable, desde la desmitificación de la infancia, el cinismo, la pedantería, la candidez, el odio, la corrección política, el debate electoral, etc., todos ellos tratados con rigor, sin asomo de un humor que rebaje la crítica subyacente.
     El libro finaliza con la sección «Escombros», que no se diferencia en mucho de la precedente, aunque sean personas ―adolescentes, bebés, opositores, optimistas, cuarentones― y, por decirlo de algún modo, propósitos de reconstruir el mundo desde un nuevo filtro óptico en que no falte la corrosiva ironía: «Un matrimonio de traductores con problemas de comunicación» o «Un club de lectura en el que sus miembros no hayan comprendido ninguno de los libris sobre los que debaten».
     Como colofón, no podemos dejar de mencionar las habituales reflexiones sobre el aforismo, presentes de manera inevitable en todo libro aforismos: «Los mejores aforismos son zarpazos que lamemos con gusto», «El aforismo es la manera más rápida para detectar la sabiduría o la bisoñez intelectual de su autor», y es que, según Benito Romero, «existen dos clases de aforismos: los que poseen algunos aforismos desacertados y los que albergan un puñado de aforismos certeros». ¿En cuál de ellas, querido lector, encuadrarías lo de este libro? Yo lo tengo muy claro.
 
 

CENTENARIO DE PHILIP LARKIN

EL POETA DE LA VIDA COTIDIANA
Centenario del nacimiento de Philip Larkin
 
De entre las distintas formas de enfrentarse al paso del tiempo, al declive físico y a la pérdida de memoria, nos referiremos a dos. La primera de ellas consiste en ignorar la inexorabilidad de ese destino común a todos los mortales y actuar en consecuencia, viviendo el día a día, pero como si fuéramos inmortales. La concepción del tiempo como un lastre es la que predomina en la segunda de las opciones. La presencia de la muerte ensombrece cada uno de nuestros actos y acentúa el carácter melancólico y escéptico común a muchos de los que así piensan. Por supuesto, hay quienes participan de ambas interpretaciones, según la época de su vida que estén atravesando. La frontera entre la madurez y la vejez suele ser campo abonado para que la semilla de la nostalgia eche sus raíces porque las debilidades emocionales se hacen más evidentes y los límites temporales se vuelven más nítidos, aun así, hay quien los asume con entereza y los soporta con el consuelo de la fe o de cualquier otro ardid que el pasado proporcione y hay quien no se resiga y se rebela y reniega y maldice porque carece de todo sentido trascendente. Este último parece ser el caso del poeta, novelista, experto en jazz y bibliotecario Philip Larkin, de quien se cumple el centenario de su nacimiento el próximo día 9. Nació en Coventry en 1922, en una familia acomodada. Estudio en Oxford Lengua y Literatura inglesas entre los años 1940 y 1943 (se libró del ejército por su vista deficiente). En sus años de estudiante trabó amistad con Kingsly Amis, amistad que mantuvo, pese a las discrepancias que surgieron con los años, hasta el final de sus días. Ejerció toda su vida como bibliotecario, tras Leicester y Belfast, desde 1955 lo hizo en la Biblioteca Brynmor Jones de la Universidad de Hull.
    Larkin, desde joven, se cuestionó sus creencias religiosas y padeció un casi enfermizo miedo a la muerte, un miedo que se ocupó de trasmitir a los demás, acaso porque su preocupación fundamental a lo largo de su no muy larga vida, como aseguran sus biógrafos, fue él mismo, acaso también porque, a pesar de su fama de arisco y malhumorado, no escondía su vena tierna e incluso alegre, sus ganas de vivir, lo que incide directamente en el terror que le producía la muerte, muy patente en los últimos versos del poema «Dockery e hijo»: «La vida primero es tedio, luego miedo. / La utilicemos o no, pasa, / y deja lo que algo ajeno a nosotros eligió, / y la vejez, y luego el único fin de la vejez».  En el poema «Albada» refleja aún con mayor énfasis su idea de la muerte. Después de enumerar los actos cotidianos y de hacer una prospección de carácter moral en sus consecuencias, habla de «la segura extinción a la que viajamos / y en la que nos perderemos para siempre», para cerrar en su última estrofa con el convencimiento del vacío y de la nada que espera tras la muerte: «Lentamente se hace de día, y la habitación cobra forma. / Es evidente como un guardarropa, lo que sabemos, / lo que hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar, / pero no lo aceptamos. Algo tendrá que desaparecer»
     Su primer libro El barco del Norte (1945) fue considerado posteriormente por el autor como un conjunto de «poemas muy juveniles, nacidos de la lectura de Yeats», de la fiebre celta yeatsiana. No sería hasta el año siguiente cuando la lectura de Thomas Hardy le descubrió otra forma de poetizar la realidad más acorde con su temperamento: «En lugar de simbolismo encontró fidelidad a los hechos familiares; en lugar de música grandilocuente encontró el sonido de una mente exigente pensando en voz alta; en lugar de retórica elevada encontró una modesta atención; en lugar de un anhelo de trascender encontró una inmersión total en las cosas cotidianas», escribe su biógrafo, el poeta Andrew Motion. Esta decisión suponía refutar los principios poéticos del Modernismo británico, encarnados por Ezra Pound y por T. S. Eliot, pero para alguien que vivía ―o anhelaba vivir― alejado de los requerimientos y trampas del mundo editorial, de las modas y movimientos poéticos y de la mundanidad del éxito literario, esta oposición no le debió de resultar muy problemática. Su carácter independiente y poco sociable, sus peculiaridades ―era aficionado a la pornografía y él mismo se tildaba de borracho contumaz―, su misoginia, su ironía y su acendrado pesimismo contribuyeron a asentar su voluntario aislamiento.
    En cuanto a su poética, el uso de palabras sencillas «como alas de pájaros» ―y en esto, como en algunos otros aspectos, participa de una idea similar José Hierro― le resultaba suficiente para captar las impresiones que provenían de alguien consciente de llevar una vida normal, sin grandes aventuras, pero también sin grandes contratiempos. Acaso sea la poesía el único bagaje que convierte su travesía vital en algo diferente, pues será a la hora de mirarse en el espejo de las palabras cuando el hombre vulgar se transforme en alguien consciente de su vulnerabilidad, en alguien que desoye los cantos de sirena de la realidad y busca la verdad y la belleza entre las rendijas de una existencia anodina. Seamus Heaney afirma que lo que nos atrae de la poesía de Larkin resulta de la combinación de una mente compasiva e infalible con sus propios conflictos internos, conflictos que reconocemos como similares a los nuestros.  No escribió mucho. Las novelas Jill (1946) y Una chica en invierno (1947) precedieron al que fue el primer libro de poemas en el que su voz alcanza tonalidades propias, Engaños (1955). En 1964 publicó Las bodas de Pentecostés y en 1974 Ventanas altas, libro que obtuvo un inusual éxito de ventas y le consagró como el poeta de referencia para los jóvenes poetas. Renunció a ser poeta laureado en 1984, sustituyendo al fallecido John Betjeman, a quien, en su momento, él había recomendado que aceptara el puesto.
     Pese a mantener varias relaciones sentimentales, su aversión al matrimonio le mantuvo soltero durante toda su vida., aunque llegó a proponerle matrimonio a Ruth Bowman, su primera relación seria, en 1948, pero cuando le destinaron a Belfast, el compromiso se rompió. Por esa época conoció a Monica Jones, profesora de la Universidad de Leicester, lugar al que fue destinado posteriormente, con quien mantuvo una relación llena de altibajos durante más de treinta años, como constata el epistolario publicado en 2010, pero varias de sus colegas, como Meave Brennan o Winifred Arnott, fueron también parejas temporales del poeta, en ocasiones de manera simultánea. En 1983, Monica Jones enfermó gravemente y Larkin tomó la decisión de irse a vivir con ella para prestarle su apoyo. (El 31 de agosto se estrenará la obra Larkin con mujeres en el Old Red Lion de Hull. Dicha obra, producida por la compañía Strut & Fret, trata de la relación de Larkin con tres mujeres muy diferentes entre sí, independientes e inteligentes ―Monica, Betty y Maeve― y de cómo esa relación influyó en su poesía). Poco tiempo después, se le diagnosticó a Larkin cáncer de esófago. El 11 de junio de 1985 fue operado, pero el cáncer estaba muy extendido y resultaba inoperable. Murió el 2 de diciembre de 1985, cuando contaba 63 años. Desde entonces, no han sido pocas las controversias que su legado ha generado. Muchos de sus papeles fueron destruidos, otros, de los que fue albacea Monica Jones, fallecida en 2001, han visto la luz y gracias a ellos conocemos mejor al poeta que hizo de su vida cotidiana su fuente constante de inspiración.
·        Una versión más reducida de este artículo se publicó en El Diario Montañés, 5/08/2022

NICOLÁS CORRALIZA TEJERA. INVENTARIO DE DESPREFECTOS

NICOLÁS CORRALIZA TEJERA. INVENTARIO DE DESPERFECTOS. DECENARIO POÉTICO 2011-2022. PRÓLOGO DE MIGUEL VEIRAT

HUERGA Y FIERRO EDITORES.

Reúne este volumen los poemas escritos y publicados durante el último decenio, pero conviene adelantar que esta reunión no describe una antología o una compilación al uso, porque Nicolás Corraliza Tejero (Madrid, 1970) ―autor de títulos como “La belleza inalcanzable” (2012) “La huella de los días” (2014), “Viático” (2015) o “El estro de los locos” (2018)―, ha prescindido de cualquier referencia textual que posibilite la adscripción de un poema a un determinado libro. Estamos, por tanto, ante un libro nuevo que, según el autor, «Es un viaje por el tiempo de la memoria basado en hechos reales y ficticios donde el poema toma forma y espacio». Así, los poemas, ordenados temporalmente de forma inversa, desde el presente al pasado, están divididos en dos secciones, los más recientes en la titulada «Cosas de poca importancia (2022-2019» y «Asunto de bienes (2018-2012)».

La poesía de Corraliza posee algunas características que la singularizan dentro del variado panorama de la poesía actual. Su tendencia a la brevedad es un rasgo bastante común, pero no lo es tanto que en sus poemas, más que la descripción de un paisaje, tanto da que sea interior como exterior, predomine la búsqueda de un espacio personal en el que los acontecimientos son categorizados en función de su efecto en el sentimiento del autor. Los versos finales del primer poema nos pueden dar una idea de lo que afirmo: «Lo que buscamos en la luz ya no existe. / Hace tiempo que somos otros». Somos nosotros quienes hemos cambiado, nos dice el autor, y es, por ende, nuestra mirada la que cambia las cosas, estas no cambian por sí mismas. Los objetos, inmóviles, permanecen inalterables. Su supervivencia se consolida en el poema («No hay nadie más. / Solo nosotros / y un poema / que acabó siendo la vida»), pero ese instante sin tiempo que intentan reflejar las palabras del poema son evanescentes, se ha ido antes de aprehenderlo, así que no queda más remedio que confiar en la imperturbabilidad del poema para fijarlo. «Siempre es el mismo poema», titula uno de los suyos Corraliza, pero las circunstancias son otras. Las palabras convocan la realidad, pero también el mundo de lo entrevisto: «Cierra los ojos. / En esta oscuridad / todo es visible», escribe. Aparecen entonces paradójicas dicotomías como la del poema titulado «Fe»: «Nada / con la muerte. / Vida después /de la vida», la de la realidad o el amor e, incluso, algunas otras conceptualizadas en modo sentencioso o aforístico: «La única verdad es el silencio, lo demás son variaciones del lenguaje».

Por otra parte, sí podemos cifrar como predominante tras la lectura de estos poemas es del conflicto identitario. Son recurrentes los versos que dejan entrever ese desarraigo con la propia identidad y su compensación con la otredad. Veamos algunos ejemplos: «Cuando yo era otro, / fui feliz en el ruido de la metalurgia. / Ahora trabajo para los pájaros / a la altura de las grúas» o «Son los ojos de otro / los que nos hacen / ver lo invisible. ―Atardece― / en la fe y en la poesía». Subyace una especie de inconformismo con la yoidad que avanza hacia la disociación del lenguaje, utilizada como recurso ante la falta de respuestas. La incertidumbre, por tanto, no se diluye. El yo no se reconoce salvo en la multiplicidad, y es mudable, como lo es el criterio ajeno, pero adquiere consistencia cuando reconoce sus limitaciones. Paradójicamente, este saberse “defectuoso” no conlleva, como ocurre a muchos otros poetas, sentimiento de culpa alguna. Nicolás Corraliza enumera los desperfectos, y su personaje poético parece tenerlos bien asumidos porque la contrición ―me atrevo a decir, por fortuna― está ausente.

Otro de los temas que asoman con frecuencia tiene que ver con el análisis de la propia creación del poema y su labor de reconstrucción personal, como en este poema: «A veces, / entre la devastación y la furia / surge el poema». Nuestro autor se ha sentido permanentemente atraído por el proceso de creación. En el poema titulado «C», que entendemos como la formulación de una poética: «Entre los juncos de los manantiales / se esconde el pájaro del poema. / No vuela si no quiere. A veces está quieto / y a veces no está…» encontramos la más clara evidencia.

Nicolás Corraliza ha reunido en este libro un inventario de desperfectos que busca reconciliarse consigo mismo en un intento de blindar los ejes cardinales de su existencia y de subsistir, como escribía san Agustín, «entre los restos de nuestra propia oscuridad». Las palabras actúan, en este contexto, como puentes, como mediadoras en el conflicto entre lo cotidiano y lo universal, entre lo individual y lo colectivo. Será, según esta propuesta, el lector quien deba encontrar el lenguaje apropiado para asimilar su propio conflicto.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 5/08/2022

FERNANDO SANMARTÍN. EVITAR LA NIEBLA

FERNANDO SANMARTÍN. EVITAR LA NIEBLA

EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS

Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) alterna con absoluta naturalidad el verso y la prosa, la narración o el libro de viajes y el apunte diarístico con poemas de tono narrativo y carácter testimonial, acaso porque para él no existe fractura entre una y otra forma de seguir el hilo de su existencia. Su escritura no admite, según nos parece intuir, distinciones entre géneros. Es una búsqueda ―por otra parte, no forzada―, de unidad expresiva que surge de modo espontáneo y va tomando cuerpo en títulos como ―por citar solo las últimas entregas― el libro de poemas “Ir al norte” (2020), la novela “Os contaré la verdad” (2020) o el libro de viajes “Diario de Nueva York” (2021). “Evitar la niebla”, el volumen que hoy comentamos, es su nueva entrega poética y está impregnada de las mismas tonalidades que abundan en su obra anterior: ciudades, libros, escritores, políticos, filósofos, músicos, etc. van tejiendo un entramado de referencias que vertebran la escritura de Sanmartín. De hecho, el verso inicial del libro («Aira dice que somos lo que escribimos») nos deja suficientes indicios como para pensar que el ejercicio de la escritura ―en el caso de Sanmartín― no es algo coyuntural, sino una actividad incrustada en la propia vida. Vida y escritura no discurren por caminos paralelos, trazan una misma línea que se orienta hacia un fin común, la voluntad de poner coto al olvido. La memoria necesita el amparo de la palabra para cuantificar pérdidas y desgarros vitales, pero esas palabras, y este es el caso que nos ocupa, también preservan el discurrir cotidiano y el asombro que esa cotidianidad dispensa a quien sabe distanciarla de la rutina, no de otra forma podemos interpretar, pongo por caso, que junto a un muchacho musculado y tatuado aparezcan madame Bovary o Rabelais; que la vendedora de una perfumería ―«que no sabrá que forma parte de un poema»― sea la interlocutora apropiada para preguntar «qué fue del hijo de Moby Dick».

De esa cotidianidad proceden también las reflexiones de cariz metafísico en torno a la muerte: «Temo a la muerte / y protejo mi vida / de cada atardecer / tachando catálogos de rifles / mientras Jesús el Nazareno, / al que nadie conoce / por ser un anciano / que viste pantalón de cuadros, / reza en la basílica del Pilar / y cena en Las Palomas». Sorprenden al lector estas asociaciones de herencia surreal, muy frecuentes en estos poemas, y esta es una de las mejores aportaciones de este libro, ya que en sus anteriores entregas dicho recurso estaba más racionado, acaso porque ahora el poeta necesita dar una mayor relevancia a la metáfora, necesita «un buzón diferente, / desheredarme, oler a pintura, / bailar sobre Nietzsche». Da la impresión de que Fernando Sanmartín ha intentado esta vez hacer borrón y cuenta nueva, reaprender, no como si viviera la infancia de nuevo, sino con la esperanza de que el lastre de lo superfluo se haga progresivamente más liviano. Desprenderse de un bagaje innecesario para hacer recuento de lo verdaderamente importante: «Solo me queda ser / lo que he perdido», escribe. Pero ese proceso de depuración, para ser realmente eficiente, necesitaría una especie de vaciado de la memoria, y eso resulta imposible, más aún en el caso de Sanmartín, por eso no le importa contradecirse (conforma de nuevo su identidad con su bagaje intelectual: «Yo, / la tumba de Potocki, / mi paciencia, / el autorretrato que me hice / después de leer a Gramsci…») y recurrir a la benevolencia del lector: «Rechazo siempre / que el poema / se convierta en la llaga / y exijo, / lector, / tu réplica». Más que llaga, será entonces, venda, apósito.

     Otro de los recursos que suscita mayor interés es el de las alteraciones temporales. Situar, por ejemplo, a Balzac en el aeropuerto de Heathrow o ser testigo en una sala de espera de que Carlos Marx ande «con un problema de cadera» provocan en el lector cierta perplejidad, por más que el propio poeta ofrezca alguna pista cuando afirma que no es fácil para él «convertir el pasado / en un folleto de publicidad, / oponerme a las aceras, / esconder una cita a la que no iré / o adoptar la impureza / como rito de supervivencia». No hay pasado ni futuro. Todo es presente. Y es que no resulta fácil, por supuesto, extraer del pasado un cúmulo de experiencias que ayuden a perseverar en esa búsqueda de la felicidad, como a la chita callando, sin alardes ni esoterismos varios. Fernando Sanmartín, gracias al vuelo semántico de sus metáforas, contempla y se contempla con un voluntarioso entusiasmo y gracias a él logra trasmitir al lector, a pesar de que el mundo sea inexplicable, la importancia de lo aparentemente minúsculo, de los pequeños detalles, para evitar la niebla que ensombrece la existencia.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 29/07/2022

AFORSIMOS 4. DANIEL RIVALLO. INTUILECTOS


DANIEL RIVALLO. INTUILECTOS. (RAZONARES INTELISIBLES). EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ. AFORISMOS.
Como otros autores han hecho con anterioridad, David Rivallo (1976) ha bautizado sus aforismos con un palabra de su propia cosecha: intuilectos. «El intuilecto -nos explica- es un neologismo originado a partir de la forma latina intuito, intuitiones (…) y del sustantivo intellectus (habilidad de escoger bien), formado a partir del prefijo inter (entre) y lectus (elegir, escoger)». Con estos datos ya podemos hacernos una idea de lo que vamos a encontrarnos en sus páginas. Desde luego, no faltan neologismos que buscan una definición más precisa de lo descrito, como sæbriedad, veluzidad, etilicidad o yoyofísica, pero, además, encontramos en la mayoría de estos intuilectos grandes dosis de ironía, no importa el tema tratado. «El aforismo da que pensar», escribe, y, efectivamente, esa ironía busca el reverso de las cosas. Desdeña el sentido habitual y crea, mediante opuestos o resaltando el sentido paradójico, un significado que se multiplica como si estuviera dentro de una habitación llena de espejos. No otra cosa parece ser esa realidad que describe con «la mordacidad de un diente de ajo». No siempre resulta fácil diferenciar la ironía con el mero ingenio. Hay reflexiones que parecen caer en esto último, como: «Era un hombre viceversa», «Mantenerse a calvo de una melena» o «Que duda, cabe», pero estos casos son anecdóticos. En la mayoría, el mero juego de palabras logra resultados sorprendentes: «La poesía es el paso del percentil al porsentir» o «Si alineas una ensalada, la deconstruyes». No escasean, además, las definiciones, en una especie de RAE paralelo. Entresacamos algunas de las más originales: «Latemusar: cada uno de los golpes producidos por el movimiento alternativo de dilatación y contracción del corazón de un poeta», «Oxímoron: moción de censura» o «Ubicuidad: aforo limitado». En un género como el aforístico, con tantos adeptos en los últimos tiempos, es difícil aportar algo nuevo, pero Daniel Rivallo consigue sorprendernos con una medida combinación de ironía e intuición, eso sí, siempre al servicio de su espíritu contemplativo.
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 

MICHEL F. CONTRADICCIONES REUNIDAS

AFORISMOS (3)

MICHEL F. CONTRADICCIONES REUNIDAS. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ

«Sin errores ni contradicciones, ¿qué me quedaría de valor», se pregunta el enigmático Michel F. y, a tenor de lo leído, este aforismo bien puede resumir con suficiente precisión el contenido de Contradicciones reunidas, aunque tampoco podemos dejarnos engañar porque no debemos obviar el alto porcentaje de ironía y de escepticismo que revelan sus textos: «Caminar y escribir aforismos, no mucho más hago en la vida. Como purgatorio es aceptable».

     Si nos atenemos a los temas de los que se ocupan estas reflexiones pronto percibimos que el cuestionamiento de la identidad es uno de los más frecuentes. Veamos algunos ejemplos: «Necesidad de retirarse al fondo de sí mismo. Desconexión. Con hielo y lima si es posible», «El ego siempre quiere las luces sobre él, como si así pudiese compensar todas sus sombras», «El ego es una rata, se alimenta de cualquier cosa», un asunto también muy candente en la poesía actual, aunque, en el aforismo, la ausencia de retórica permite enfatizar el sinsentido o la paradoja.

La relación del individuo con el mundo que le rodea, o, más bien, el desacuerdo con ese mundo, suscita también algunas reflexiones no exentas de autocrítica: «Esas situaciones, cada vez más frecuentes, en las que la inteligencia es inútil».    No falta, como ocurre con la mayoría de los aforistas ―a la poste, ellos también poetas―, una mirada irónica sobre los poetas («El parecido entre poetas confirma la promiscuidad de las musas», «Escribe como si mirase todo por última vez», «Filosofo, poeta, bufón: algo de cada», «Una vez que prohíban la poesía todos querrán ser poetas») o reflexiones en torno a la creación poética y sobre el propio aforismo: «El aforista no busca la brevedad del relámpago, sino la de la hoja que cae», «Un buen aforismo se confunde con el gorjeo de los pájaros», por más que con una buena dosis de humor reconozca que: «Nadie que se tome en serio escribe aforismos» o, en este ejemplo, con una dosis no menor de retranca, afirme que  «Un aforista que se tome en serio no puede ser más que un suicida», lo que, en ambas situaciones, entra en contradicción ―recordemos el título― con esa idea de que la escritura del aforismo quizá sirva «no para conservar el presente, sino para delimitarlo». En definitiva, Michel F. no ha mentido al titular su libro. Hay contradicciones, si, y resultaría descorazonador que no las hubiera, porque en la contradicción, en la duda está la esencia de la creación y porque: «Un pensador que no se permita

MATTHEW ZAPRUDER. DÍA DEL PADRE

MATTHEW ZAPRUDER. DÍA DEL PADRE. TRADUCCIÓN DE IGNACIO PÉREZ CERÓN. EDICIONES VALPARAÍSO.
Nacido en Washington D.C. en 1967, Matthew Zapruder es autor de cinco libros de poesía  ―“American Lindel” (2002), The Pajamist” (2006), “Come on all your Ghost” (2010), “Sun Bear” (2014) y “Father’s Day” (2019) y de un ensayo acerca de la lectura de poesía por el público lector, “Why Poetry”(2017), texto en el que el propio poeta dice que trata «de argumentar que no solo es posible, sino necesario, preservar un espacio libre dentro de uno mismo para la imaginación». Además de poeta es profesor, músico y editor: cofundó Verse Press junto a Bryan Henri en el año 2000. Por su labor poética ha merecido premios y distinciones como la beca Guggenheim o los premio William Carlos William y May Sarton. “Día del padre” es el primer libro del autor que se traduce al español de forma íntegra, lo que, ya de por sí podemos calificar como un gran acierto gracias al trabajo de Ignacio Pérez Cerón. Estamos frete a un libro unitario en el que, sin embargo, la variedad de temas nos hace desechar toda presunción de monotonía, pero si hay un asunto predominante, este es el de el autismo de su hijo. Estos versos del poema «Mi vida» son suficientemente explícitos: «El y yo / solos en un cuarto / se suave luz blanca, / vino una enfermera / y nos dijo que todo fue bien, / tú no del todo / pero allí estabas […] luego vinieron / los meses de angustia / de orgullo alegría e insomnio / luego el lento darse cuenta / del pavor en el recreo / el año / del diagnóstico cuando / nuestra vida aún / era un lugar / donde los peores miedos / llegan en una comodidad / envidiable…». La poesía de Zapruder emplea una sintaxis conversacional para hablar del dolor, de la pérdida, del desengaño, pero también de la alegría y de la emoción compartida.  Por otra parte, su dominio del ritmo es excepcional. Versos cortos generalmente, con encabalgamientos perfectamente estudiados dan fluidez al relato, y digo relato porque los poemas de Zapruder cuentan cosas siempre, del ámbito íntimo, como el día que conoció a su mujer o sus problemas con la geometría, y de su vida como ciudadano, pero también los homenajes sociales, políticos y literarios tienen su importancia en el volumen, como el «Poema para Coleridge», del que copiamos estos versos: «diría que un sentimiento / de inexorable comunión mística / me arrastró hacia las vetustas / aguas azules, lo que significa / que ya lo hube olvidado, como / siempre hablé más de la cuenta / para alejar lo innumerable» o el dedicado a Tomaž Šalamun.
Zapruder Yuxtapone momentos de su vida privada con otros de carácter público. Así lo vemos en el poema que da título al libro, en que la celebración se transforma en una reflexión de carácter moral: «los niños que duermen / solos en un centro / de detención cualquiera / no necesitan / nuestra honestidad brillante / hacer unas llamadas / no son nuestros».  Analiza, a través de detalles de la vida cotidiana, los cambios sustanciales, inesperados en muchos casos, que ocurren en la vida actual, de ahí la combinación que encontramos en sus poemas de versos que inducen al optimismo con otros inquietantes. En ellos se sustentan las contradicciones morales que nos aquejan. No rehúye escribir sobre los sucesos que convulsionan el mundo, sobre política («la política ha sido parte de mi poesía, simplemente porque pensar y preocuparme por ella es tanto parte de mi vida como Algo más») y utilizar la poesía para remover las conciencias, es decir, no duda en someterse a lo que Stevens llamó las «presiones de lo real». «Creo ―escribe Zapruder― que hay verdades sobre estar vivo que uno solo puede descubrir en la imaginación liberándose de toda obligación. Encontrar esas verdades y devolverlas a los demás es el papel del artista. Y hacerlo no es solo preservarse uno mismo, sino también abrir la posibilidad, por pequeña que sea, de que otra persona con la que no está de acuerdo pueda hacer lo mismo, y cruzar algún tipo de frontera que no se puede cruzar ni con argumentos ni con hechos». Otros temas como la paternidad, las cuestiones de ética y de moralidad, la función de la poesía en la sociedad del siglo XXI ― «En tiempos tan duros nos aferramos / a entender la poesía», escribe―, la Corte Federal o el derecho al voto. No escasea la ironía en su manera de entender el mundo, como sucede en el poema «Poema veraniego #3» o en «El crítico», del que extraemos estos versos: «te contaré / un secreto que todo /aquel que conoce / a un poeta sabe: / casi siempre / los poetas no son tal / son burócratas / que cuentan y cuentan / hasta vaciarse de todo / menos de angustia». El poeta escribe desde sus propias experiencias, pero, y esto lo sabe muy bien Matthew Zapruder, también debe explorar las experiencias ajenas, los «momentos de vida» (Woolf) para lograr una comprensión más puntual de esa realidad tan inaprensible.
·         Reseña publicada en El Diario Montañés,

HIRIAM BARRIOS. DISPAROS AL AIRE. ANTOLOGÍA DEL AFORISMO EN HISPANOAMÉRICA

 
 
HIRIAM BARRIOS. DISPAROS AL AIRE. ANTOLOGÍA DEL AFORISMO EN HISPANOAMÉRICA. EDITORIAL TREA
 
Teniendo en cuenta el auge del aforismo experimentado en nuestro idioma en los últimos años, un libro como este se nos antoja absolutamente imprescindible porque nos da a conocer una selección de los mejores escritores de dicho género en Hispanoamérica ―esa gran desconocida― lo que implica una más que notable variedad de registros y de maneras de entender lo que José Antonio Ramos Sucre definió como «disparos al aire». En el volumen participan sesenta y cinco autores y el arco temporal se ensancha desde el siglo XIX ―la selección se inicia con José de la Luz y Caballero (1800-1862)― hasta la actualidad ―Matín Cadés (1986) o Roy Herbach (1991).
     Aunque bajo el paraguas de aforismo, al menos en nuestro país, se han refugiado escritos de otra índole, como reflexiones o fragmentos de cierta extensión, lo cierto es que Hiriam Barrios, a nuestro parecer, con buen criterio, ha desechado estas fórmulas y se ha decantado en su elección por el aforismo propiamente dicho, aunque reconoce que «El uso poco riguroso del término, las distintas acepciones que ha poseído, la sinonimia difusa que incluso los diccionarios especializados ofrecen, la dificultad para precisar límites con otras formas de la brevedad ―literarias o no― y la libertad de composición que privilegia la práctica contemporánea contribuyen a la indeterminación», es decir, atendiendo, principalmente al aspecto formal, es decir, a su brevedad, de la que quedan excluidos, por tanto, los textos fragmentarios o las reflexiones más o menos discursivas.
     En un libro como este, en el que, por su propia configuración, se agrupan autores tan dispares de geografías tan distintas, no podía faltar un estudio previo que tratara de contextualizar los antecedentes culturales comunes. Barrios ha dedicado un extenso espacio a ello, bajo el título «La tradición aforística». Rastrea el autor los orígenes del término, que se remontan a Hipócrates en el siglo IV a. C., incluso antes, según algunos estudiosos. En cualquier caso, nadie duda de que nace en Grecia. Tal y como lo entendemos ahora, el referente más antiguo serían Las meditaciones de Marco Aurelio. Barrios va paso a paso siguiendo ese rastro a lo largo de los siglos y menciona a algunos de los autores que con más constancia y eficacia practicaron el género: Isidoro de Sevilla, Erasmo de Rotterdam, Baltasar Gracián, los moralistas franceses, Lichtenberg, Pascal, Renard, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Canetti, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Antonio Porchia o Nicolás Gómez Dávila, por ejemplo. Se hace alusión también a la escasa presencia de autoras en los siglos precedentes, aunque en la actualidad, por fortuna, tal anomalía se ha subsanado con suficiencia.
     El aforismo moderno es, según Hiram Barrios, «en esencia una herencia de pensadores que rechazaron los sistemas filosóficos tradicionales, bien por especulativos, bien por abstractos, en aras de formas de expresión que vincularan la experiencia de vida con el mundo». Pero las características que lo distinguen de cualquier otro género siguen siendo la concisión, el contenido asistemático y la conclusión sorpresiva.
     El experto analiza las distintas peculiaridades del aforismo: La concisión, o condensación verbal, es decir, la brevedad que tiene como objetivo sugerir, evocar más que definir; la discontinuidad, es decir, que cada aforismo posee su propia autonomía: «Cada pieza sería autónoma e independiente; su aislamiento permitiría utilizarla y aun ajustarla a cualquier otro contexto referencial sin detrimento del enunciado. El espacio en blanco funcionará como un corte, una invitación a desprenderse de lo leído para adentrarse en una inquisición nueva o diferente, pues este delimitaría un universo autónomo»; la discordancia: «El discurso aforístico refuta, critica o ridiculiza: en cada objeto que aborda hay una observación que desvela una postura discordante»; la ficcionalidad, es decir, la oposición a todo intento de categorización. Todo es relativo, por eso no se busca una verdad absoluta sino formas, válidas en sí mismas, de aproximarse a la verdad y la hibridez: «El aforismo moderno se distingue por las colindancias y las intersecciones que establece con otras formas textuales cimentadas en la brevedad y la concisión».
   Una vez sentadas las premisas teóricas, Hiram Barrios profundiza en los orígenes del aforismo en Hispanoamérica, objeto de este estudio. Se remonta hasta el siglo XVI para llegar hasta nuestros días, aunque la selección de autores comienza en el siglo XIX. La bibliografía que maneja Barrios es exhaustiva, casi apabullante ―no podemos adjudicarle este aforismo de Sergio Golwarz: «El que un escritor no mencione jamás a otro en sus obras puede ser indicio de independencia, pero también de gran ignorancia»―, pero necesaria para seleccionar esos sesenta y cinco autores, lo más granado del género aforístico en español. Nombres como Rafael Barret, Antonio Porchia, Ramos Sucre, Vallejo, Huidobro, Francisco Tario, Gómez Dávila Alberto Girri, Bioy Casares, Roberto Juarroz, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, José Balza o Julio Ramón Ribeyro son imprescindibles en cualquier recuento que se precie.
     El trabajo que ha realizado Hiriam Barrios es digno de encomio. La empresa, por su envergadura, no era fácil, pero con Disparos al aire. Antología del aforismo en Hispanoamérica ha logrado sentar las bases para futuros estudios. Este libro será referencia obligada para quien se aventure por el populoso mundo del aforismo en español.
 
Reseña publicada en https://elcuadernodigital.com/2022/07/12/una-antologia-imprescindible/

ANGÉLICA MORALES. MI PADRE CUENTA MONEDAS

 
ÁNGÉLICA MORALES. MI PADRE CUENTA MONEDAS. V PREMIO INTERNACIONAL POESÍA GABRIEL CELAYA. EDICIONES EL GALLO DE ORO.
 
 
La trayectoria poética de Angélica Morales (Teruel, 1970) está jalonada de galardones y premios, entre otros el Villa de Martorell o el Vicente Núñez. “Mi padre cuenta monedas”, el título que comentamos en esta oportunidad, fue galardonado con el Premio Gabriel Celaya. Todos sabemos que los premios no hacen mejores ―ni peores― los libros de poemas galardonados, pero sí contribuyen a su difusión, un aspecto importante, sobre todo teniendo en cuenta la precariedad de los sistemas de distribución en lo que respecta a la poesía. Gracias a la persuasión que lleva implícito un premio cayó en mis manos este libro que me ha descubierto una voz muy potente y segura de su dicción, un libro deudor de esa poética confesional de herencia norteamericana ―desde Anne Sexton, Sharon Olds o Diane Wakoski―, pero que aporta cierta novedad en la tradición poética española porque no son frecuentes los saltos al pasado sin red, el desnudamiento emocional en la página sin el amparo de la retórica. Todos sus libros, afirma la poeta Amalia Iglesias, autora de la presentación de estos poemas, que «A poco que espiguemos entre sus libros, enseguida detectamos una atmósfera común de diversidad, una insatisfacción con el pasado, unas obsesiones que vienen de esa infancia gris con sabor a ceniza, un dolor no resuelto, un territorio triste». Y en ese territorio tiene importancia especial la figura del padre, ahora ya ausente: «Se fue y sin embargo permanece». Con estos versos comienza el libro. La muerte del padre sirve para revisitar el pasado, para tratar de comprenderlo y ser más , en compasiva con las miserias y las decepciones, con la sordidez y la desgracia. Fruto de un matrimonio infeliz nace la poeta: «Cuando nací papá estaba tan nervioso que se cayó por las escaleras del hospital. / Cuando yo cumplí tres meses quiso besarme, en cambio yo le arañé la cara. / Fue entonces cuando entre los dos se abrió un abismo», un abismo que no lograría franquear en toda su vida, pese a los sucesivos intentos. Angélica Morales no se anda con remilgos. En estos poemas se retrata como una niña indefensa ante los accesos de cólera de un padre alcohólico y maltratador
El retrato de su madre no es más enternecedor. Revela una honda frustración, o descontento vital que se convierte en rencor hacia los demás. No soporta la alegría, aunque esta sea generalmente fugaz: «Si no hay patíbulos, mi madre deja de existir y entonces se convierte en un verdugo feroz, / como ocurría cada noche vieja que papá se ponía contento y olvidaba sus viejos rencores hacia mí. / Yo ya no era esa pequeña zorra que le había arañado a los tres meses». Todas estas tensiones familiares convierten la casa en una especie de cárcel, y de manicomio: «Las noches siempre eran largas en casas. / Yo solía dormir con un cuchillo que antes de acostarme robaba del cajón de los cubiertos / y lo depositaba bajo mi almohada por si acaso a papá le daba por alzarse de la cama, / entrar a mi habitación y apretar mi cuello». Las escenas que describen estos poemas son extremadamente duras, por eso hay que tener mucho valor y mucha confianza en una misma para escribir así, sin tapujos morales, solo con el propósito de hacer buena poesía, aunque eso no sea un obstáculo para que los versos tengan una finalidad terapéutica (o quizá sea al revés, y los versos, los poemas, hayan surgido cuando ya se ha logrado un pacto con la propia conciencia). «Intento borrar todos los acontecimientos dañinos que han pasado por la piel de mi mente. / Me zambullo en un mar blanco e infinito y pienso que papá no ha existido jamás». Creo que con los versos transcritos en este comentario es más que suficiente para percibir el desgarramiento emocional que los ha provocado. Lo habitual es que la muerte de un ser querido, en este caso del padre, sirva para hacer un ejercicio de reconciliación, pero en este caso ha servido para rememorar los momentos más crueles de su vida en común, quizá porque, como escribe la autora, está infectada con el virus «del padre ausente».
“Mi padre cuenta monedas” es un de los libros más estremecedores que uno ha leído en los últimos tiempos, pero su bondad no solo radica en la complicidad que pueda suscitar en muchos lectores. Cada poema es una carga de profundidad que estalla en lo más profundo de cada lector, y eso no solo se consigue desmenuzando los sentimientos, sino escribiendo buena poesía, una poesía que, como escribe Amalia Iglesias, es una «fusión de surrealismo onírico y realismo sucio, de expresionismo y existencialismo», algo del todo infrecuente en nuestra tradición poética.
Reseña publicada en El Diario Montañés, 8/07/2022