PABLO FIDALGO LAREO. CRÓNICA DE LAS AVES DE PASO*

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PABLO FIDALGO LAREO. CRÓNICA DE LAS AVES DE PASO. ACCÉSIT DEL PREMIO ADANÁIS, 2017*

La poesía de Pablo Fidalgo ha sido fiel desde su primer libro publicado, el sorprendente La educación física, a unos pocos temas que han servido, sin embargo, de eje argumental para desarrollar su pensamiento —un pensamiento crítico—, su adscripción ideológica, su forma, en definitiva, de estar en el mundo. En primer lugar, nos encontramos con la memoria, una memoria capaz de rastrear sucesos en los recodos de la historia, de la intrahistoria, con el ánimo de dar a voz a los silenciados, a quienes no pudieron articular palabra alguna para defenderse. En segundo lugar, su adscripción ideológica —sí, estoy hablando deliberadamente de ideología política para reseñar un libro de poemas—, muy determinada por las indagaciones de carácter histórico que ha realizado, primordialmente en sus perfomances—O Estado Salvaxe. Espanha 1939 o Habrás de ir a la guerra que empieza hoy— pero también en sus libros de poemas (Fidalgo Lareo compagina la actividad teatral —tanto en la labor creativa como en la función gestora—con la creación poética, hasta el punto de que no siempre es fácil desligar la una de la otra). El tercero de esos temas primordiales se refiere a la familia, a sus padres y abuelos. Un libro como Mis padres: Romeo y Julieta basta para confirmarlo, aunque su presencia de extiende a otros volúmenes. El último eje argumental que nos parece de indudable interés es el del viaje, muy presente, como se ve por el título, en su más reciente libro: Crónica de las aves de paso. Este estar de paso quizás sea la forma —muchas veces involuntaria— de estar en el mundo de la juventud actual,

De una forma más o menos perceptible, todos estos temas aparecen ahora de nuevo, aunque algunos hayan pasado más que a un segundo, casi a un tercer plano, como el de la memoria histórica (sigue, no obstante, presente: «Nos escondemos del pasado / pero el pasado está demasiado cerca») y otros, como el del compromiso ideológico, se desmarquen ahora de una visión personal («Durante un tiempo lo único que el mundo quiso de mí / era que yo mostrase mi intimidad = y yo obedecí sin saber por qué») y avancen hacia la denuncia de carácter colectivo, como podemos comprobar en estos versos finales del poema «Mediterráneos»: «Este es nuestro mar, se está perdiendo, / se está secando, / se está llenando de una muerte / que ya no nos da vida, que ya no tiene épica. / Este fue nuestro mar: háblale ahora o calla para siempre».

El lenguaje descriptivo que Fidalgo Lareo utiliza no es, en su caso, subsidiario de consigna alguna. Lejos del panfleto, sus poemas ahondan en la realidad sin necesidad de tomar partido, solo es preciso estar a atento y extraer de un simple hecho que podríamos calificar de anecdótico sino encerrara tanto odio, las necesarias consecuencias, como ocurre en el poema «Capo Vaticano. Diario», que nos pregunta: «¿De verdad quieres saber qué pensamos de nuestra juventud que avanza al lado de la suya». Podemos encuadrar una gran parte de este no demasiado extenso libro dentro de esa poética del compromiso tan actual y que, desde mi punto de vista, solo tiene en común con la llamada poesía social de mediados de siglo pasado, la denuncia de la injustica: los métodos y las formas, como no podía ser de otra forma, se han perfilado con un lenguaje más esmerado y sutil que trata al lector como un cómplice, no como un correligionario: «Nos construimos juntos / y sabemos que lo difícil no es llegar a acuerdos / sino a verdaderos desacuerdos / que iluminen a los que vengan detrás / cuando ellos ya no estén».

El argumento familiar sigue estando muy presente. Las relaciones paternofiliales, siempre conflictivas, tampoco se exponen directamente. El simbolismo , el propio título del libro es la mejor prueba, esta muy presente en estos poemas, quizá más que en ningún otro de sus libros y el poema titulado «El padre» es un claro testimonio de este conocimiento que adquiere por contigüidades semánticas, no por certidumbres. Las aves, los pájaros, el vuelo mismo, además de libertad, ejemplifican bien esa capacidad de transformación interior que suponen las migraciones. Cambiar de hábitat invita a ser otro, resulta propicio para desprenderse de las rémoras de un pasado que puede llegar a resultar asfixiante y es que «Desplegar las alas es recoger el mundo, / el mapa que te dieron. / Desplegar las alas es ser fiel a una posibilidad / que siempre estuvo allí». El vuelo, como escribiera Jenaro Talens, excede el ala, de igual manera que la preparación, la intención del viaje supera al viaje mismo. Crónica de las aves de paso nos muestra a un Fidalgo Lareo en tránsito hacia una más universal herencia de conocimiento que da una consolidada intensidad emocional a unos poemas que, por otra parte, han demostrado con creces su riqueza compositiva y (nos encontramos ante unos de los poetas imprescindibles de las última hornadas, por más que los antólogos al uso se empeñen en ignorarlo). Poemas como «Tríptico de Módica», «Paolo Orsi» o «Lecciones de tinieblas» (que nos recuerdan tanto a Valente como a la música de François Couperin), así parecen anunciarlo.

*https://elcuadernodigital.com/2018/10/17/cronica-de-las-aves-de-paso

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FRANCISCO SILVERA. LIBRO DEL SILENCIO*

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FRANCISCO SILVERA. LIBRO DEL SILENCIO. EDITORIAL EDA LIBROS, 2018

¿Qué diferencia un relato de un poema si tanto uno como otro —con las debidas excepciones, por supuesto— están construidos sobre sucesos o acontecimientos; si ambos géneros, cada uno a su manera, son fe de vida, memoria de instantes sucesivos? Las fronteras, sobre todo en la actualidad, no están muy claras y no es fácil determinar a qué lado de la balanza se inclinan géneros híbridos como el poema en prosa. Viene esto a cuento de Libro de los silencios, la entrega más reciente de Francisco Silvera (Huelva, 1969), un autor con un largo bagaje editorial tanto en su labor como especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez, a quien ha dedicado numerosos estudios, como en su labor creativa, en la que ha publicado más de una decena de títulos, entre ellos Libro de las taxidermias (2002), Libro del ensañamiento (2007) o La gloria del mundo (2017).

     Libro de los silencios está integrado por una cincuentena de estampas en prosa que relatan la vida de un hombre de campo, Lorenzo, ya en su declive físico, que no intelectual, un hombre que ensalza, como Horacio, la vida retirada, pero sin idealizarla. Hay escritores, y Silvera parece ser uno de ellos, que, a tenor de lo que su escritura delata, parecen comulgar con estas palabras de la Nobel polaca, Wisłava Szymborska, que escribió sobre su obra lo siguiente: «Yo sigo sintiéndome una persona que escribe prosa. Me parece que aquello críticos que consideran que a veces escribo relatos en miniatura, historias diminutas con acción, tiene razón». Francisco Silvera escribe relatos, historias mínimas que, en realidad cuentan más bien poco porque, como en la buena poesía, más que contar, se sugiere, se piensa. El editor de Eda libros no ha dudado en encuadrar este libro en la colección Seguro azar de poesía, lo que no hace sino confirmar nuestras impresión de que estamos leyendo poesía verdadera.

     Lorenzo puede parecer un arquetipo de ese hombre del campo aferrado a su terruño para quien «cualquiera tiempo pasado fue mejor» pero, con serlo, también representa algo más profundo, la toma de conciencia de un mundo que está en vías de desaparición, con realismo, sin apenas atisbos de esa nostalgia que paraliza y gangrena las mentes. Hoy que tanto se habla de la despoblación rural, no vendría nada mal leer libros como este, no con afán aleccionador o didáctico, sino para mostrar que el ascetismo moral, contra lo que pueda parecer, no está reñido con la modernidad. «Todo el que puede se va del campo», se dice en este libro. No cabe duda de que es otra forma de vida, más dura, quizá, pero no debemos asociar esta opción vital con el fatalismo tan propio de quienes buscan la soledad y renuncian a “los placeres” del mundo. Otra cosa son los lugareños, las personas, fundamentalmente de edad avanzada, que se han mostrado incapaces de abandonar ese terruño, por extrañamiento, por incapacidad emocional, lo mismo da. Este tipo de gente, Lorenzo puede ser uno e ellos, posee una visión trágica de laexistencia, en la que el paso del tiempo, la decrepitud marcan el ritmo de la cotidianidad, como si uno viviera los acontecimientos con la resignación de quien sabe que siempre actúan en su contra. Esa visión pesimista se ha asentado de tal forma en su manera de estar en el mundo que resulta casi imposible modificarla y, sin embargo, pese a todo, continua seduciendo al urbanita.

     Libro de los silencios comienza con la muerte de Juan. Más o menos a la mitad del libro otra muerte, la de Carabolso, ambos amigos de Lorenzo, nos anticipan el desenlace cruel. Mientras, la vida discurre siguiendo el ritmo que marcan las estaciones., con la lentitud y la parsimonia de quien se encuentra a sí mismo y encuentra, por ende, la felicidad entre las hortalizas y los árboles frutales de la huerta.

   La prosa de Francisco Silvera, heredera de la de Azorín, de esa “música en precisión”, está plaga de heptasílabos y endecasílabos, principalmente, por más que convivan con otros metros como el octosílabo. Esto confiere al carácter impresionista de su prosa una sonoridad que imanta al lector y, como una fuerza centrípeta, lo embute de lleno en la narración. Podemos advertir otras influencias, como la del Mairena machadiano, por ejemplo, en ese filosofar cotidiano o en las numerosas sentencias que menudean en forma de diálogo y, como no, la del Platero juaramoniano, incluso la de Muñoz Rojas. Veamos un ejemplo: «Lorenzo cree que el mundo no va a cambiar, pero echa de menos a los defensores naturales de la justicia, a las personas que, lejos de enorgullecerse de ver comer a lo pobres, aspiran a darles una vida de verdad, con la dignidad de no ser esclavos inconscientes». Afortunadamente, la esmerada manera de narrar de Silvera, su cuidado lenguaje, tan preciso como evocativo, nos alerta sobre la conveniencia de no desperdiciar la sabiduría de esos “Lorenzos” que aún habitan en nuestros decadentes pueblos. Deberíamos seguir su ejemplo

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 12/10/2018

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. LA SOMBRA DEL ZAPATO*

edition-74567.jpgJESÚS APARICIO GONZÁLEZ. LA SOMBRA DEL ZAPATO. EDITORIAL ARS POETICA, 2018*

La palabra poética, en su afán por indagar en los espacios menos visitados de la realidad, es la única capaz de restaurar de forma asumible la experiencia, pero ese proceso restaurador no se contenta con ser un fiel reflejo de lo acontecido, de lo visto o sentido, antes bien, procura siempre atravesar esa frontera, a menudo infranqueable, que separa lo invisible de lo invisible, la acción del pensamiento. En “La sombra del zapato” (un título que, hemos de decir, nos parece más apropiado para un libro infantil, a pesar del poder simbólico que se le desea conferir) Jesús Aparicio González (Guadalajara, 1961) —un autor que cuenta ya en su haber con once libros de poesía, la mayoría de los cuales ha visto la luz en lo que llevamos de siglo— revista sus lugares más anhelados, sus lugares de siempre, aquellos que conforman su vida y, por qué no, su manera de pensar esa vida, y lo hace con una renovada intención, la de ahondar más, si cabe, en lo que significa ser y estar en el mundo, no como mero espectador, sino como un actor comprometido con la realidad que le circunda. José Manuel Suárez, autor de un explicativo epílogo, ve en estos poemas, sobre todo en los incluidos en la primera parte —el libro está dividido en dos: «La sombra del zapato» y «Los secretos del polen»—, «Un aire más reflexivo; un ahondamiento en lo que antes solo era contemplación; una presentación menos descriptiva de las cosas hacia una visión mas metafísica y honda de cuanto vemos flotando en al superficie; un deseo de ver por dentro». Hay muchos poemas capaces de justificar estas atinadas palabras de Suárez, pero tal vez el poema titulado «Vida de poeta» las ejemplifique como ninguno: «Mirar con hambre / el color del deseo, / agradecer tras la paciente espera / cómo cae sin ruido a tu lado // acariciar la perfección de su cascara / y explorar sin rendirse el nuevo mundo». La celebración meditativa aún sigue muy presente, pero ahora da paso a un sentido elegiaco de los actos humanos, sujetos en exceso a una mirada ajena que puede pervertir el aliento más íntimo, «aquello que es más libre / dentro de ti».

     Los poemas de Jesús Aparicio González están construidos con una materia muy leve. La economía del lenguaje es tal que, a veces, el lector puede echar en falta un mayor aliento, por ejemplo en poemas como «Milagro en el tejado» o «Desde el frío»., pero Aparicio lo argumenta con rigor: «poco a poco se fue acostumbrando a la deserción. / Se le fue adelgazando la escritura / hasta que una mañana / se dio al canto: vivo». Este lector prefiere, sin embargo, esos poemas en los que «hay palabras que se cansaron de decir / lo que ayer decían» y no se pliegan sobre sí misma hasta llegar a su mínima expresión, al silencio casi; todo lo contrario, ensayan significados múltiples para deshacer la oscuridad que las envuelve. Estamos, sí, ante una poesía que rinde tributo a la claridad. La filosofía de vida que subyace en estos versos parece manar de una paz espiritual difícil de rebatir sino es con la nostalgia que desprenden en algunas ocasiones, como es estos versos: «No se puede vivir / en el futuro que nunca llegó»

     No cabe duda de que Jesús Aparicio encuentra en la vida sencilla y apegada a un ámbito natural las razones mejores para vivir, para gozar y cuando esta sensación decae echa mano de la función consoladora de la poesía, como observamos en los frecuentes ejercicios metapoéticos de este libro, más abundantes en la segunda parte, como muy bien ha visto Suárez, de la cual afirma que es «una larga y disciplinada meditación metapoética construida en modo circular: palabra en el tiempo levantando la casa que habitamos y que nos lleva muy lejos». La palabra, el poeta y la poesía son objeto de reflexión, pero los versos no se sustentan en teorías literarias sino en emociones, acaso por esa razón, no hay definiciones ni certezas sino dudas y aproximaciones. Leamos esta de ecos juaramonianos: «Tal vez la poesía / sea tan solo eso, / dar nombre, bautizar, / a un sol desconocido, / al cielo reflejado / en un charco de agua».

     La trayectoria poética de Jesús Aparicio González se ha consolidado con una forma de decir limpia, tersa y sin adornos ni complejos artificios verbales, una poesía que trasmite serenidad y altura moral, por más que el paso del tiempo corone los actos humanos de forma amenazante. No hay en sus poemas atisbos de rebelión ante ese declinar temporal, por el contrario, parece haber un acatamiento vital cifrado, probablemente, en la trascendencia de una paz que el quehacer doméstico y la naturaleza que la circunda consolidan. Aparicio González parece pensar como Guillén, que, a pesar de todo, el mundo está bien hecho, aunque no falten demostraciones que invaliden tal creencia.

Reseña publicada en https://elcuadernodigital.com/2018/10/10/jesus-aparicio-la-sombra-del-zapato/

JUAN FELIPE HERRERA. LA FÁBRICA (Notes on the assemblage).*

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JUAN FELIPE HERRERA. LA FÁBRICA (Notes on the assemblage). Traducción de Nieves García Prados. Valparaíso Ediciones. 2018

Es muy posible que la omnipresencia de Donald Trump en los medios de comunicación defendiendo ideas descabelladas con una arrogancia, junto a su bajo nivel cultural, son más propias de un tipo pendenciero en una taberna que de quien ocupa la Casa Blanca, nos impidan conocer la Norteamérica real, esa en la que conviven multitud de razas y de ideologías sin graves conflictos, la que lucha, por ejemplo, por el control de las armas de fuego, por la igualdad de derechos civiles o por la acogida a los emigrantes. El poeta Juan Felipe Herrera, hijo él mismo de emigrantes, pertenece a ese grupo tan denostado por los sucesivos gobiernos republicanos y, especialmente, por la demagogia populista de Trump.

     Un libro como La fábrica constata sin ambages el compromiso social de un poeta que ha alcanzado un enorme reconocimiento gracias a su incuestionable calidad poética (es autor de más de una docena de libros de poesía, como Border-Crosser with a Lamborghini Dream, 187 Reasons Mexicanos Can’t Cross The Border: Undocuments 1971-2007 o Half the World in Light). Ha sido Poeta Laureado de Estados Unidos entre 2015 y 2017 y ha obtenido, además, premios como el National Book Critics Circle Award en 2008 y el Pen/Beyond Margins Award en 2009.

     La poesía de Herrera combina con habilidad el lenguaje coloquial del español hablado en California con un lenguaje más depurado escrito en inglés. Esto queda manifiestamente explícito en los poemas dialógicos que presentan además un duro contraste social entre las penurias que debe soportar el emigrante indígena —su origen campesino ha influido de manera determinante en su concepción del mundo— y las condiciones de vida que solo con mucha fortuna logrará, como le ha sucedido al mismo Herrera, alcanzar. Sus influencias provienen, en gran medida de la poesía de la Generación Beat, especialmente de Allen Ginsberg, de las vanguardias literarias (ecos lorquianos se aprecian en algunos poemas) y artísticas —técnicas como el ensamblaje o el collage son empleadas con afortunada frecuencia— y de la experimentación. De ahí proviene la mezcla de estilos, las distorsiones temporales, el flujo narrativo reivindicativo, porque el contacto con la más absoluta modernidad no ha impulsado a Herrera a abandonar sus raíces, antes bien, le ha servido para reinterpretar su pasado a la luz de los nuevos presupuestos ideológicos, para reafirmarse en su labor de denuncia, para levantar la voz en nombre de aquellos que no pueden hacerlo. Una técnica como el ensamblaje resulta especialmente fecunda en La fábrica, cuyo título original es Notes on the assemblage. El poema titulado: «Apuntes para el ensamblaje” («Utiliza cartulinas blancas y negras y moteadas […] / utiliza cartón / empapado y / comprimido / superponga en viejas enciclopedias / hojas con imágenes…»), resulta ejemplificador, pero no es el único, encontramos una técnica similar en «Pero yo fui el único que lo vio (las secuencias de los drones)». Herrera ha tomado conciencia de su origen y no ha permitido que la fuerte presión cultural anglosajona anule la tradición hispánica, engarzada con goznes irrompibles en sus genes, hasta el punto de que el fruto resultante de este mestizaje cultural es el que confiere a su poesía una personalidad sui géneris.

     El libro está dividido en cinco partes muy desiguales en cuanto a extensión, pero con voluntarias similitudes temáticas. Ya desde el comienzo del libro, en el poema «Ayotzinapa», la denuncia de la barbarie es constante y estremecedora: «Íbamos […] para decirle al alcalde que / queríamos más fondos para nuestra escuela rural para maestros / y maestras era una protesta por nuestra escuela que es solo para / maestros y maestras rurales nada más nada menos protestábamos / solo por obtener algunos fondos fuimos rodeados por la policía / y sus cómplices y nos dispararon quemaron nuestros cuerpos nos / desmembraron y en bolsas de basura nos arrojaron al río…». Este poema data de 2014, pero, lamentablemente, no ha perdido actualidad alguna. Las noticias que nos llegan día tras día de México son cada vez más espeluznantes (el pasado día 2 se ha conmemorado el 50 aniversario de la matanza de Tlatelolco, de la que aún se ignora el número exacto de víctimas. Desde entonces la violencia se ha multiplicado exponencialmente). Otro tema recurrente es el de la emigración (la sección titulada «Autobús en la frontera» lo desmenuza con una crudeza poética aterradora: « Yo sé adónde vamos / donde vamos siempre / a algún centro de detección a algún sitio a que nos tomen las huellas / a algún almacén tras almacén // Pero ya nos investigaron ya cruzamos ya nos cachearon / Los federales del bordo qué más quieren». Juan Felipe Herrera sabe que la poesía no puede quedar al margen, por eso en sus versos deja constancia de la cruda realidad que vive el emigrante, sujeto a la violencia y la extorsión de las mafias, de la policía de frontera, de las autoridades, del propio destino.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 5/10/2018

HILARIO BARRERO. A QUIEN PUEDA INTERESAR (ANTOLOGÍA DE POESÍA EN INGLÉS).*

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HILARIO BARRERO. A QUIEN PUEDA INTERESAR (ANTOLOGÍA DE POESÍA EN INGLÉS). LA ISLA DE SILTOLA. 2018

El poeta y traductor Hilario Barrero (Toledo, 1946) reside en Nueva York desde 1978, ciudad en la que ha ejercido como profeso de Literatura española. La distancia espacial entre el lugar de nacimiento y el lugar en el que se desarrolla la actividad profesional y artística provoca habitualmente distorsiones que afectan, no a la calidad de la obra porque, en este aspecto son del todo irrelevantes los criterios geográficos, económicos, etc., sino a la repercusión que es capaz de alcanzar en su país natal, generalmente muy escasa, cuando no nula, algo, en el caso de Hilario Barrero, a todas luces inmerecido, aunque, afortunadamente, en los últimos años, esta rémora lleva visos de desvanecerse, gracias a las publicaciones que de manera regular, y principalmente de la mano de editoriales como La isla de Siltolá, Renacimiento, Libros del Pexe, Impronta o Universos, nos están permitiendo descubrir la obra de nuestro autor. Recordemos que en el género diarístico —quizá el que el autor práctica con mayor asiduidad— ha publicado títulos tan importantes como Las estaciones del día (2003), Brooklyn en blanco y negro ( 2011), Nueva York a diario (2013) o Diarios (2015). Por otra parte, la antología poética Educación nocturna (2017) ha permitido a los lectores descubrir la excepcional hondura existencial de un poeta que había pasado casi desapercibido hasta entonces por culpa de la escasa difusión de sus obras.

     A quien pueda interesar, como el subtítulo expresa, es una antología de poesía escrita en inglés —Barrero ha traducido con especial fortuna libros de poetas como Ted Kooser, Jane Kenyon, Emily Dickinson o Sara Teasdale— que se puede leer como una continuación de Lengua de madera, en la que también se antologaban poemas en inglés, pero la principal característica que los agrupaba era su brevedad. Ahora ese barrera se ha eliminado y la selección responde solo al criterio estético de Hilario Barrero, el cual nos ofrece algunas pistas sobre los criterios que han guiado sus elecciones: «El antólogo —escribe Barrero en tercera persona— ha ido escogiendo, sin prisa, pero sin pausa, los poemas que le iluminaban el día, que parecían tirar de él, que le abrasaban el alma. Muy próximos a su estética y a su manera de entender la poesía». No deja de ser un criterio perfectamente válido, es más, tratándose como se trata de una antología de tan amplio espectro, no se nos ocurre otro mejor. Seguimos, de nuevo, a Barrero en sus aclaraciones: «[la antología] recoge más de un centenar de poemas de cincuenta y cuatro poetas [—] los primitivos, en los que predominan los ingleses, Pope, Blake, Burns, Coleridge, Tennyson, así como Dickinson, la primera poeta norteamericana importante; los modernos, lo encabezaría Frost, un poco el Antonio Machado americano, y le seguirían nombres como Auden, William Carlos William, MacLeish, St. Vincent Millay y Parker; el tercero comprendería a los postmodernistas […]; el cuarto a los novísimos como Simic, Oliver, Kenyon, Kooser, Collins y Gluck; y, por último, los jóvenes, que incluiría a Peter Balakian, Richard Jones, Barbara Kimgsolver y Denise Duhamel».

     Conviene significar que no todos los poetas seleccionados gozan de la misma cantidad de páginas. Esos criterios de orden sentimental a los que aludía más arriba Barrero han inclinado la balanza hacia poetas como Carl Sandburg (1878-1967), de quien se antologan dieciséis poemas, entre ellos el dedicado al poeta Stephen Crane, fallecido en plena juventud. Jack Gilbert ( 1925-2012) es también antologado con generosidad, más de diez poemas (puede parecer poco, pero hay que hacer hincapié en que A quien pueda interesar recoge obra de cincuenta y cuatro poetas),entre ellos el magnífico «Caballos a media noche sin luna». Por último, se ofrece también una selección más generosa de Donald Hall, poeta fallecido hace tan solo unos meses, en junio del presente año, que estuvo casado con la poeta Jane Kenyon, traducida con prodigalidad por Hilario Barrero en el libro De otra manera (2007), que escribió versos de tanta fuerza como estos: «Donde el poeta se detiene, el poema / comienza. El poema solo pide / que el poeta se quite de en medio. // El poema se vacía para llenarse».

     Otros poemas fundamentales en la tradición anglosajona visitan estas páginas, algunos de ellos galardonados con el prestigioso premio Pulitzer de Poesía, como Charles Wright, Frank Wright, Mary Oliver, James Tate; con el premio Nobel, como Derek Walcott o, simplemente, con el reconocimiento del público y de la crítica—lo que no siempre coincide con los galardones—, como Ezra Pound, Langston Hughes, Denis Levertov, Edward Hirsch o Adrienne Rich. A quien pueda interesar, como sugiere su título, es un libro que busca la complicidad de un lector con amplitud de miras, con una predisposición especial para dejarse seducir por alguna de las estéticas que conviven, bien avenidas, en estás páginas. El menú es lo suficientemente atractivo y variado como para satisfacer a los paladares más exigentes.

*https://elcuadernodigital.com/2018/10/04/antologia-de-poesia-en-ingles/

POESÍA ¿ERES TÚ? APROXIMACIONES A LA POESÍA, EL POEMA Y EL POETA. RECOPILACIÓN DE FERMÍN HERRERO Y JESÚS MUNÁRRIZ.

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POESÍA ¿ERES TÚ? APROXIMACIONES A LA POESÍA, EL POEMA Y EL POETA. RECOPILACIÓN DE FERMÍN HERRERO Y JESÚS MUNÁRRIZ. EDICIONES HIPERIÓN, 2018

Todo poeta atesora dentro de sí su propia definición de poesía, aunque no siempre esta coincide con los mimbres que engarzan su poética. Dicha definición se sustenta, en la mayoría de los casos, en intuiciones, más que en certezas (no podía, claro, ser de otra forma: no estamos hablando de ciencia). «Tengo para mí — escribe Fermín Herrero— que todo aquel que perpetra un poema persigue en el fondo dar con la naturaleza última y esquiva de la poesía». Creo que no se equivoca. Por otra parte, en multitud de ocasiones, al poeta le resulta más fácil explicar lo que no es la poesía —y lo hace con mayor acierto y convicción— que lo que es la propia poesía. En todo caso, no hay poeta que se precie que no haya reflexionado en un momento u otro de su trayectoria sobre lo que es, o deja de ser, eso que llamamos poesía, hasta tal punto que la reflexión metapoética se ha convertido en un argumento muy frecuente en los poemas de los poetas actuales. Por supuesto, no existe una teoría que prevalezca por encima de otras ni que sustente con solidez una definición. En general, cuando hablamos de poesía, hablamos más de aproximaciones que de conceptos.

     A lo largo de la historia de la literatura podemos recrear muy diferentes opiniones, incluso algunas manifiestamente encontradas, lo que no hace más que confirmar la esencia inefable de dicho género (Jesús Munárriz escribe que «No hay tentación más trayente que la de definir lo indefinible»), como el lector de Poesía ¿Eres tú? puede atestiguar. Fermín Herrero y Jesús Munárriz han llevado a la practica un proyecto que, de manera más o menos soterrada, todo poeta lleva en mente: hacer acopio de cuantas definiciones sobre la poesía va leyendo a lo largo de su vida. Un proyecto que, en el caso de Herrero y Munárriz, llevaba años fraguándose —como no puede ser de otra forma, pues se nutre de lecturas, de muchas y variadas lecturas—. Hace aproximadamente tres años, decidieron poner en común sus respectivos rastreos y de esa asociación ha nacido Poesía ¿eres tú?. Sin embargo, «Desde entonces —regresamos a Herrero— hemos ido aumentando el volumen de lo recogido mediante un modus operandi muy simple: acopio de apuntamientos relativos al asunto extraídos de lo que íbamos leyendo como de costumbre e intercambiando gracias al correo electrónico». De inmediato, estas recopilaciones plantean un problema, delimitar su extensión. Como escribe Munárriz, «el tema es inagotable» y, para hacerlo factible, había que poner fin en una fecha concreta.

     El volumen se estructura en tres partes, en «tres conceptos: poesía, poema y poeta» que van, según Munárriz, «de lo general a lo particular, de lo abstracto a lo concreto, de lo teórico a lo personal», encabezadas cada una de ellas — excepto, claro, la de poesía— por la correspondiente definición del DRAE. Juan Ramón Jiménez, no solo el poeta por antonomasia del siglo XX español, sino un sagaz escrutador del acto poético, confirma lo dicho más arriba: «La poesía, principio y fin de todo, es indefinible», a pesar de ello, este libro está repleto de lúcidas reflexiones que incluyen a poetas actuales como Adolfo García Ortega, Luis García Montero, Benítez Reyes, Luis Muñoz, García Martin con un abanico más abierto que va desede Octavio Paz, Nicanor Parra, Carlos Drummond de Andrade, Paul Celan, Peter Hande, Robert Hass, Auden o Elytis a Seamus Heaney (no quiero dejar de señalar que, como se ve, esta recopilación traspasa las fronteras del idioma español, lo que resulta muy gratificante). La nómina de los seleccionados es extensísima y resulta inoportuno repetirla. También lo es, lógicamente, la variedad estética de las propuestas. Por esa razón, pesamos que no hay mejor manera de poner punto final a este comentario que transcribir algunas de las perlas que convierten este libro en una verdadera joya. Empezamos por la poesía. Sobre ella escribe Martin Heidegger (recordemos, un filósofo, no un poeta): «La poesía es la casa del ser». Continuamos con el poema de la mano de Octavio Paz (uno de los poetas modernos que más y mejor ha reflexionado sobre la creación artística): «Como toda creación humana, el poema es un producto histórico, hijo de un tiempo y un lugar; pero también es algo que trasciende lo histórico y se sitúa en un tiempo anterior a toda historia, en el principio del principio». Por último, acabamos con unas palabras acerca del poeta en boca del poeta romántico inglés William Wordsworth, el cual escribe: «El poeta une, a través de la pasión y el conocimiento, el vasto imperio de la sociedad humana extendido por toda la tierra y a lo largo de todos los tiempos». Los poetas, los lectores en general, deberían tener a mano Poesía ¿eres tú? como si fuera un libro de consulta o un diccionario, porque las sugerencias que contiene son inagotables.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 28/’7/2018

JOSÉ LUIS GONZÁLEZ VERA. LOS NAIPES SOBRE EL AGUA*

 

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JOSÉ LUIS GONZÁLEZ VERA. LOS NAIPES SOBRE EL AGUA. CENTRO CULTURAL DE LA GENERACIÓN DEL 27.

José Luis González Vera (Antequera, 1964) ha reunido en Los naipes sobre el agua su obra poética desde 2001 hasta 2017, lo que significa, en la práctica que estamos ante su obra poética completa (González Vera es además novelista y autor de relatos). El título que recoge los tres libros publicados más algún poema inédito remite al conocido epitafio escrito en la tumba de Keats: «Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua» y el agua, como se sabe, carece, entre otras cosas, de forma pero es capaz de disolver la tinta con la que están escritas las palabras. González Vega parece sugerirnos con este título que es plenamente consciente de la temporalidad de todo ímpetu humano, más aún de la escritura, pero esto nos puede llevar a equívoco: no por eso debemos pensar que la considera una actividad menor o circunstancial, muy al contrario. Solo quien siente un especie de un apego reverencial por la escritura, quien respeta sus reglas rigurosamente puede soportar ese estado de espera —sin forzar con artimañas su aparición— el tiempo que haga falta. De ahí que el fruto sea —en cantidad, no en calidad— tan magro: tres libros de poesía —no hacemos acopio de las entregas narrativas— en más de 15 años: Los barrios lentos, Montaje de autor y A oscuras, tres libros en los que el modus operandi apenas ha sufrido variaciones.

     La poesía de González Vera es eminentemente narrativa, pero la narración no es del todo lineal porque abundan las elipsis y los saltos narrativos que obedecen, con toda probabilidad, a un deseo de abrir la experiencia escrita a variables periodos temporales, sucesos quizá de índole similar, perfectamente conjugables, pero acontecidos en lugares distantes. Es cierto que tanto el barrio, lugar mitificado y eje vertebrador de su primer libro, como la infancia y la adolescencia, periodos referenciales que transitan por todos sus poemas, adquieren categorías simbólicas, pero si consiguen este propósito es, precisamente, porque el poeta ha conseguido enriquecer con su propia manera de revivirlas una experiencia, por lo demás, común: «Mi memoria —escribe González Vera en el poema titulado “Resaca”— es un mapa preso / del capricho burlón de un contramaestre / que dictó en el cuaderno un falso rumbo; / no coindicen las fotos con los diarios, / y los lugares tiene otros nombres. // Se enredan los recuerdos / entre un viento confuso de preguntas». Como podemos comprobar por estos versos, aunque sobren ejemplos a lo largo de su producción poética, el poeta se mira a sí mismo con desenfado, con una ironía sutil que trata de desacralizar la presunta trascendencia de la existencia: «Es el pasado musgo sobre roca / que el estío diluye, / pero tras la tormenta, exige el agua / su verde primigenio, / reclama su color el sol entre nubes / y la vida, aquel eco abstracto /invoca su artificio de farándula / para que se desplieguen traducidas / por el tiempo, escenas / que alzaron un paraguas de lluvia ante el olvido». Es del todo probable que González Vera vaya superponiendo en sus versos fragmentos de vida colindantes para proteger determinado recuerdo de los perros del olvido, para no dejarlo a la intemperie, para impedir que la lluvia de los acontecimientos, de los fracasos posteriores, de las renuncias cotidianas lo embarre todo, porque el paso de los años ha modulado la forma de mirar el mundo y lo que antes era frenesí existencial se ha convertido ahora en una existencia pausada que lleva implícito el deseo de concordancia entre carácter y destino: «Obtengo la paz simple de las cosas sencillas / y rompo la sentencia que me conduce a ver mi casa oscura, / su alrededor vacío / y la memoria, albergue del desánimo».

     Felipe Benítez Reyes, autor del prólogo, establece con precisión las características de los respectivos títulos. Así, de Los barrios altos escribe que González Vera «recrea escenarios suburbiales, la infancia dura de quienes van descubriendo la realidad […] Es la mirada del que ingresa en la vida sabiendo que la vida consiste en marcar un territorio, en defenderlo una vez conquistado, porque la cosa va de la ley de la selva». A esa ley de la selva nos referíamos cunado hablábamos de frenesí existencial, que tal vez esta estrofa ejemplifique mejor que ninguna otra: «…heridos / por los trazos seguros de tu lengua, / volvíamos con ron y Coca-cola, / con frecuencia, con prosa y, claro está, / con dinero, / que cortabas tú a hostias / el mal rollo del chulo que quisiera / follar de balde». Sobre Montaje de autor, Felipe Benítez escribe: «Se produce un viraje al hermetismo referencial, a la exposición de claves privadas, a la formulación, en fin, de la extrañeza». Extrañeza que se acentúa en el último libro, A oscuras, que, como el precedente, no oculta la influencia cinematográfica. Pero la vida no es una película, aunque algunas secuencias estén basadas en hechos reales. La poesía de González Vera está anclada a la realidad, sí, y, como tal, no puede cerrar los ojos ante sus aspectos más dolorosos y prosaicos, pero gracias a una fecunda complicidad con un lenguaje que se erige sobre su propia superficialidad, convierte en simbólico lo que antes de poetizarlo no pasaba de ser anecdótico. De ahí que el dolor devenga en ternura y en gozo. Esa es la magia que encierra la buena poesía.

*Reseña publicada en:

José Luis González Vera: ‘Los naipes sobre el agua’

CHARLES SIMIC. PICNIC NOCTURNO*

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CHARLES SIMIC. PICNIC NOCTURNO. TRADUCCIÓN DE NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAÍSO EDICIONES, 2018

La edición original de Picnic nocturno data del año 2001, aunque, en este caso, esto carece de importancia porque por esas fechas ya hacía tiempo que la poesía de Charles Simic había alcanzado su madurez y exhibía unas características absolutamente personales que, lejos de sufrir disensiones, se han ido consolidando en cada nuevo libro. Estamos hablando de esa particular aproximación a los intersticios de la realidad que conlleva un prodigioso examen de la experiencia. Simic —nacido en Belgrado en 1938, pero establecido en los Estados Unidos desde 1954— indaga en los lugares recónditos de esa realidad desde ángulos casi inverosímiles. Generalmente parte de un hecho anecdótico y común —las consecuencias de comer un pastel con glotonería, las cosas que ocurren en la parte trasera de un matadero o la visión fugaz desde un tren entre un túnel y otro— que a ningún lector puede sorprender, en principio. El poema comienza haciendo una descripción somera, a la par que detallista e interesada, pero, de pronto, el milagro de la imaginación es capaz de detenerse en un espacio desenfocado de la imagen y de ahí surgen esas asociaciones tan innovadoras que, muchas veces, dejan estupefacto al lector, al que no le cabe más que rendirse ante lo inaudito. Pero no estamos hablando de una poesía meramente descriptiva, que lo es, sino de una poesía reflexiva que utiliza el lenguaje para comprender el mundo en el que vive: «Un poema —escribe— es una máquina del tiempo que estás construyendo, un vehículo que permitirá a alguien viajar en su propia mente, así que no te sorprendas si te lleva tiempo lograr que todas las partes del motor funcionen correctamente». No sabemos de cuánto tiempo estamos hablando, pero una de las más notables características de los poemas de Simic es la frescura que trasmiten. Son poemas que parecen estar escritos ayer mismo, poemas construidos —nada más lejos de la realidad— apenas sin esfuerzo y esto, claro, resulta muy difícil llevarlo a la práctica (quizá sea esta la razón de que su herencia estética esté muy diluida en nuestra poesía, a pesar de estar profusamente traducida). Ese viraje inesperado, imprevisible con el que remata gran parte de sus poemas es lo que los hace especialmente atrayentes. Ocurre también que los temas no siempre se asocian con lo que consideramos poético por estos lares. Véase, por ejemplo, el titulado «Las vidas de los alquimistas», que finaliza con esta estrofa: «Entretanto, el pequeño misterio de la sartén, / el olor del aceite de oliva y del ajo flotando / de una habitación vacía a otra, la gata negra / frotándose contra tu pierna desnuda / mientras tú te arrastras hacia la luz lejana / y el tintineo de las copas en la cocina».

     La mirada de Simic está impregnada de una justificada benevolencia: «Yo actúo como un ladrón en potencia», escribe. Un ladrón que se apropia de la vida de los otros, ingenuos protagonistas de su lucha interior. Simic retrata a hombres y mujeres aquejados de un permanente sentimiento de infelicidad no siempre asumido, no siempre cuantificado y, para revelarse ante esa especie de renuncia (que el mismo padece), analiza los detalles más nimios, esos que hacen de una vida cualquiera algo excepcional: «Lo que hace a la gente feliz es un misterio, / concluye él, mientras se ocupa / de estirar los billetes arrugados en unas caja de cigarros».

     Simic es quizá el poeta contemporáneo que mejor retrata lo común, lo cotidiano, pero su punto de vista combina magistralmente lo real con lo que proviene de los sueños: «Después, me vi a mi mismo dentro / de una gasolinera abandonada / construyendo una nave espacial con un ataúd», escribe en «Terapia de vidas pasadas», el primer poema del libro, que, por otra parte, comienza con una descripción realista. Lo que nos desconcierta de los poemas de Simic siempre ocurre al final porque el desenlace no se atiene a lo que el lector espera. ¿Cómo consigue este efecto? Si nos fijamos bien, desde los primeros versos de cada poema se percibe una extrañeza que nos acompaña durante la lectura y que, como decimos, se agrava al final, pero siendo honestos, desde el principio hay un halo de misterio que envuelve la escena y ese elemento inclasificable es uno de los mayores aciertos de Charls Simic. Picnic nocturno, excelentemente traducido por Nieves García Prados, ofrece un compendio de todos los recursos del poeta, entre los que me gustaría resaltar esa milagrosa capacidad para convertir un suceso banal en el escenario de una epopeya interior que se revaloriza en la mente del lector (aunque ese efecto reverberador puede perder  contundencia cuando la fórmula se repite en exceso). A uno, muchas de las imágenes de sus poemas le recuerdan escenas del cine undergrand norteamericano o a ciertos lienzos surrealistas, aunque supongo que para alguien como él, que sufrió en carne propia bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, esto carezca de importancia.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 21/09/2018

GABRIEL INSAUSTI. SAQUE LA LENGUA.

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GABRIEL INSAUSTI. SAQUE LA LENGUA. V PREMIO INTERNACIONAL JOSÉ BERGAMÍN DE AFORISMOS. CUADERNOS DEL VIGÍA. 2018

Saque la lengua es el tercer libro de aforismos de Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), un autor imbuido de literatura por los cuatro costados, ya que frecuenta la poesía —Línea de nieve es su último título en este género—, la escritura de diarios —El oro del tiempo se acaba de publicar—, la crítica, el ensayo, la novela o la traducción. Como se ve, nada literario le es ajeno. Como sabemos, el género aforístico exige ciertas obligaciones, una de ellas es respetar la concisión. Cuando pasa de ser un chispazo del pensamiento representado en dos o tres líneas se transforma en otra cosa, en un fragmento discursivo, en un microrrelato, en una anotación de diario o en una reflexión con carácter ensayístico, por ejemplo.

     Los aforismo de Insausti cumplen perfectamente esta premisa y cualesquiera que podamos asociar a dicho género porque combinan brevedad, una dosis muy proporcionada de ingenio, juego, paranomasias, alteración del significado habitual de las frases hechas y una mordacidad nunca hiriente, como en este ejemplo que transcribo: «En el mejor de los mundos posibles no se pierde el tiempo especulando sobre el mejor de los mundos posibles». Los temas que aborda Insausti son variados, desde una solapada crítica social (o política): «El drama de hacer huelga y que nadie lo note» hasta las fraudulentas condiciones de vida o el paso del tiempo, como en este logrado juego de palabras: «El tiempo borra la diferencia entre moderarse y demorarse». La reflexión sobre la escritura no se escapa tampoco al ojo escrutador de Gabriel Insausti: un cierto matiz irónico prevalece en muchos de los aforismos que tienen al ejercicio de la escritura como argumento: «La mirada del poeta emite su propio flash», «Después de la poesía no es posible Auschwitz» o «Cada poema documenta un fracaso» y es que «El escritor de aforismos es como ese tipo que en el safari solo dispara su cámara», es decir, que está más atento al hecho de retener el asombro que se esconde en la realidad por medio del lenguaje que a alterar esa realidad para acomodarla a sus intereses. El aforista es testigo, no verdugo. El conflicto identitario también asoma en estos aforismos: «El yo es la prisión en la que se entra voluntariamente» o «Al yo no se va, se vuelve». Podemos concluir de estos ejemplos que los aforismos de Insausti están llenos de dobles sentidos que obligan al lector a repensar sus convicciones, que incitan a mirar la realidad desde un punto de vista diferente. Están, además, escritos sin ánimo de deslumbrar, todo lo contrario, trasmiten una sensación de complicidad no muy habitual. No es extraño que el jurado del premio José Bergamín de aforismos eligiera Saque la lengua entre otros firmes candidatos, porque es un libro escrito a la vez desde el asombro y desde el desconcierto y seduce porque la ausencia de dogmatismo, por la contención de un yo que se sirve de sí mismo solo de manera referencial, nunca con afán ejemplarizante. Las grandes verdades buscan otros escenarios, acaso más espectaculares. Hay mucho más, pero aunque solo fuera por eso, merecería la pena leerlos.

FERNANDO MENÉNDEZ. TEMPO DI SILENCIOS*

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FERNANDO MENÉNDEZ. TEMPO DI SILENCIOS. COL. AFORISMOS. EDICIONES TREA, 2018

Pocos autores —y durante tanto tiempo— han cultivado el haiku y aforismo con la perseverancia del asturiano Fernando Menéndez (Mieres, 1953). Ya sea en ediciones comerciales como esta que nos ocupa o en ediciones de autor, algunas de ellas hechas de forma manual, que tan bien se adaptan a estos géneros de fraseo tan breve. Los primeros libros de Menéndez datan de finales de la década de los 70 (en 1986 publicó en Scriptvm, la colección de plaquetes que editábamos por entonces Rafael Fombellida y yo mismo Gotas de silencio) y, desde entonces, se han sucedido las publicaciones tanto poéticas como aforísticas. En este género su primer libro, “Biblioteca interior”, data de 2003 y Tempo di silencios, el libro del que ahora nos ocupamos, es el octavo. El libro está precedido por unas palabras de Gino Rouzzi, que finaliza su disertación en estos términos: «Cada recopilación de aforismos de Fernando Menéndez es una declarada invitación al ahondamiento y a la expresión de nosotros mismos en formas provocadoras y espumeantes que componen, también musicalmente, un impetuoso himno a la vida». El planteamiento de Fernando Menéndez a la hora de estructurar su libro es, cuando menos, original, aunque la asociación musical ya la había puesto en práctica en Artificios (2014), su anterior recopilación. «En los aforismos de Menéndez —continua escribiendo Rouzzi— la música se vuelve metáfora de un precioso diálogo verbal en el que estos son palabras y notas».

Tempo di silencios esta dividido en trece composiciones musicales de muy diverso calado. Todas ellas están precedidas por citas de una variada nómina de escritores, cada una de las cuales, en una insólita asociación, corresponde a un instrumento, así, al oboe del quinteto de viento que interpreta «Las estaciones del corazón, Op. 5», le corresponde una cita del francés P. O. Sousouev: «A veces las palabras, son vagabundas» o al fagot del septeto que interpreta las «Siete bagatelas de silencio y desolación, Op. 7», le corresponde esta cita de Gesualdo Bufalino: «El sueño es de la derecha, el sueño es de la izquierda. Votar por un lúcido insomnio». Tiene, por tanto, este libro, varios niveles de lectura, en función de la prioridad que se dé a los respectivos textos que lo integran, pero, por centrarnos en los aforismos, Menéndez , como hemos dicho, un excelente conocedor del género, se atiene a una de las normas básicas de sus características esenciales, la brevedad («Un aforismo, es un esguince de la razón», escribe en la sección siete): en muy raras ocasiones, superan la línea (dejamos al margen, de forma explícita, los poemas breves y los haikús del decimotercer apartado), por lo que el lector tiene asegurada una contundencia reflexiva no muy común. Las dianas a las que disparan estas flechas verbales están dispuestas en un abanico temático muy amplio que va desde la cotidianidad («La amenaza de la imperceptible realidad», «La experiencia son las circunstancias de la vida»), la política («La monodia de toda futilidad política», «Los políticos: estúpidamente abundantes y mortales») a la belleza («La belleza es una vivencia intensa pero inefable») o el paso del tiempo («La vejez, nuestra tela de araña ya adulta»), pero, sin duda, es la reflexión sobre el propio aforismo y, por extensión, sobre la creación poética en sentido amplio, la que ocupa más espacio. Transcribimos algunos:«Un aforismo como una ventosidad del pensamiento», «Un aforismo queda hilado de claves y cadencias», «Hay aforismos que solo tiene vida en los sueños» o este último referido a la poesía: «Hay versos que sospechan de sus poetas». Como puede comprobarse por la pequeñísima muestra que recogen estas páginas, hay mucho que rascar en la superficie de este pensamiento fragmentado. Fernando Menéndez nos parece unos de los aforistas más importantes de nuestro país, por eso echamos en falta su nombre en los recuentos que con tanta asiduidad se están publicando en los últimos años. Quizá la dificultad a la hora de encontrar sus libros —de tiradas mínimas y escasa distribución— haya sido determinante en este sentido, pero con la publicación de Tempo di silencios —un libro que, en palabras que suscribimos por completo de José Ramón González, «opta por una organización compleja, que sorprende al lector al agrupar textos propios y ajenos como una sucesión de piezas musicales, cuya denominación y organización se apoya en un conjunto de precisas referencias literarias»— en la editorial Trea no hay ya excusa posible. Fernando Menéndez es, en nuestra opinión, una de las voces imprescindibles del género aforístico. Conviene que los próximos antólogos no pierdan la oportunidad de constatarlo.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 14/09/2018