JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. ISSA ALIADA

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. ISSA ALIADA. POESÍA HIPERIÓN.

Juan Manuel Rodríguez Tobal (Zamora, 1962) no suele frecuentar la imprenta con asiduidad. Con una obra en el ámbito estrictamente poético ―recordemos que es un notable traductor de autores como Safo, Ovidio o Virgilio― no muy extensa y espaciada en el tiempo (desde Dentro del aire, en 1999, hasta este Issa aliada de 2021, solo ha publicado otros cuatro libros de poesía: Ni sí ni no, en 2002, Grillos en 2003, Icaria, 2010 y Esto era, en 2018), da la impresión de que el autor se muestra renuente a compartir sus poemas con los lectores, por esa razón resulta aún más sorprendente el contenido de Issa aliada, un libro, digámoslo ya, extraño, inclasificable, en el que el poeta se convierte en una especie de oráculo capaz de transcribir los crípticos mensajes que recibe de los dioses, o de una presunta «divinidad» ―trasunto de la diosa Afrodita, según nos participa el autor― bautizada con el nombre de Issa aliada, que bien podría haber una de las amantes de Safo, y de Safo provienen las resonancias de estos poemas. «Los hombres siempre se suceden. / Yo mismo soy ya un hombre sucedido, / un hombre suceso, Issa aliada, / un sacerdote de una época, / un atormentador, por tanto, de voluntades».

Juan Manuel Rodríguez Tobal no se ha desdoblado en otro personaje, no, se ha multiplicado en una serie de voces que conversan en diferentes planos, en escenarios y épocas no siempre concordantes que exigen del lector una atención especial. Los registros de estos poemas no se avienen a los planteamientos de la poesía más canónica porque hacen saltar por los aires tanto el discurso reflexivo como el meramente descriptivo. Podemos incluso leer estos poemas como un ejercicio de traducción que ha derivado hacia una autoexploración ―la cita de Borges que encabeza estos poemas puede marcarnos el rumbo― a través de voces ajenas: «Yo era multirracial para la alegría. / Las cosas que yo decía sonaban como formas / hasta que el lazo del trueno estalló: alturas del futuro, hombres maduros…», no exenta, además, de ironía, de un humor, en cierto sentido, despiadado, negro: «Pero si sueño risa, / o propóleos, / o mar, o hebillas de panal, / tú sabes, Issa aliada, / que mi corazón ya no me necesita / o, si acaso, / le vendría bien echar una cabezada. / Me parece», aunque este diálogo consigo mismo adquiere, por momentos, tonalidades más dramáticas en las que se ponen en cuestión algunos fundamentos de la propia identidad, ahora tan fragmentada: «Durante mucho tiempo / me limité a aprender las madrigueras de los helechos, / a considerar la vida media de una persona, / a asombrarse por la diversidad de la inmortalidad en el mundo / y a practicar con la perforación del agua» y es que son muchos los timbres de este libro, pero prevalece esa necesidad de saberse, de delimitar los efectos del tiempo en ese yo que lucha por esclarecerse, aunque sea a través de crípticos mensajes celestiales, sujetos a interpretaciones múltiples, a modalidades colectivas de la voz, pues parecen nacer, como las palabras, de lo que Stephen Spender llamó «el material no elaborado del inconsciente».

ALEJANDRO PEDREGOSA. BARRO

ALEJANDRO PEDREGOSA. BARRO. SONÁMBULOS EDICIONES

La obra de Alejandro Pedregosa (Granada, 1974) se reparte casi por igual entre la poesía y la prosa. Ha publicado novelas como “Hotel Mediterráneo” (2015); “A pleno sol” (2013); “El dueño de su historia” (2008) o “Paisaje quebrado” (2005) y en poesía, títulos como “Postales de Grisaburgo y alrededores” (2001), “Retales de un tiempo amarillo” (2002), Premio Ciudad de Trujillo; “Labios celestes” (2008), Premio Arcipreste de Hita; “El tiempo de los bárbaros” (2013) y “Pequeña biografía de la luz” (2019). Recientemente ha sido galardonado con el Premio Ciudad de Orihuela de poesía infantil por su libro “Álbum de familia”. A este completo bagaje debemos añadir un libro de cuentos, “O”, que mereció el Premio Andalucía de la Crítica en 2018, y su labor como articulista y como profesor de Escritura Creativa. Estamos, pues, ante un autor que vive la literatura en todas sus facetas y que, por ende, es consciente de la dedicación y el esfuerzo que supone indagar en el conocimiento propio y de cuanto le rodea a través de la escritura. Por eso, y pese a la opresiva sensación de fracaso que atenaza cuando no se consiguen los objetivos propuestos (la palabra, como sabemos, es un instrumento dúctil, maleable y, por sus múltiples significados, impreciso, como se manifestado muchos poetas), Alejandro Pedregosa no cesa de buscar el género que mejor se adecúe a su necesidad expresiva, a la idea que la promueve (es la idea la que determina la forma, no a la inversa).

     En “Barro”, su nuevo libro de poemas, la ausencia del padre vertebra los poemas, incluso cuando estos, aparentemente, se ramifiquen en otros asuntos, como el metapoético. Véanse el poema inicial, paradójicamente titulado «Epílogo», y «Sobre la vocación literaria», de carácter más simbólico, en el que se asocia escribir con volar, porque, probablemente, ambos propósitos pertenecen a experiencias remotas, incluso producto de una ambición infantil, de ahí puede provenir el empleo del lenguaje coloquial, sin innecesaria retórica, sin una pirotecnia verbal que, por otra parte, comprometería el objetivo de un poema como «ONG», en el que aparecen chabolas, niños malnutridos o generosos misioneros, los males de una época que las ONGs, y quienes contribuyen con sus donaciones a hacer que su trabajo sea posible, tratan de mitigar. En este poema se menciona por vez primera al padre, más bien la ausencia de la figura paterna. Es el hijo quien debe informar del deceso: «A todos hace tiempo que escribí / una carta sencilla, desflorada, / para anunciar, papá, que ya no eras, / que un cáncer había cesado para siempre / tu larga filiación / con la piedad humana». Percibimos aquí una mezcla de lucidez ―lavar la mala conciencia occidental― y de vitalismo que busca en el ser humano paleolítico los orígenes de la solidaridad y de la compasión: «El único sentido, el más sublime, / de esta historia de barro que te cuento / nos lleva a concluir que estamos / ante el hombre que alumbró / la compasión ajena, / el primer homínido degradado, / inútil, inservible, / que recibió el amor de una comunidad».

       Este sentido de comunidad se percibe también en muchos poemas de Alejandro Pedregosa. Con un manifiesto afán didáctico escribe poemas como «A los jóvenes», en el que alerta de los salvapatrias y los demagogos, porque «El aire es menos aire / si viene de agitar una bandera» o «Los miserables», en el que reflexiona sobre algo que la historia ha desmentido hasta la saciedad: el hecho de ser un buen artista no está directamente relacionado con ser una buena persona. Ética y estática no siempre discurren por el mismo camino («Se prueba aquí la trampa de Platón / cuando invita a creer que la belleza / es trasunto del bien, de la armonía / y la justicia», escribe Pedregosa en el poema «Burdeos». Los ejemplos son innumerables, pero no es menos ciento que el artista con conciencia es, la historia también lo confirma, perseguido, cuando no asesinado. Pedregosa lo personaliza en poetas como Cernuda y Machado: «Ejercer la poesía no es vacuna / contra nada, pero a veces sucede / que un poeta se adentra en la miseria / como el lecto animal que sabe su destino…».

     La sensación de pérdida irreparable, la nostalgia y el desencanto hacen que el personaje lírico, por una parte, parta de un existencialismo cotidiano, a la manera, por ejemplo, de Celaya, es decir, con el nosotros como emblema y, por otra, se sumerja en un doloroso examen de conciencia y recurra a lo biográfico para dar cuenta del conflicto íntimo que produce la muerte: «Perdóname, papá, pues no he sabido / defender con vigor lo que era nuestro. / Criaste un niño sano pero inútil […] Siento vergüenza, papá, por ser el agujero / eternamente negro de tu vida: todo lo tuyo entra en mí y sin dolor / desaparece».

     “Barro” finaliza con una «Contraelegía», en la que se da voz al padre que finaliza con estos versos que encierran una filosofía de vida: «la vida / ―estoy en condiciones de afirmarlo―// es poco más que un soplo / y pierde / quien no ama». Como escribe José Manuel Ruiz Martínez, «Barro es un canto conmovedor de nuestra condición mortal, frágil, humilde […] problemática, impura, pero también moldeable y resiliente, que el poeta abraza con un amor no exento de lucidez».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 22/10/2021

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR. ANTOLOGÍA DE LA NUEVA POESÍA NEGRA Y MALGACHE EN LENGUA FRANCESA.

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR. ANTOLOGÍA DE LA NUEVA POESÍA NEGRA Y MALGACHE EN LENGUA FRANCESA

EDITORIAL ULTRAMARINOS

Nacido en Yoal (Senegal), en 1906, Léopold Sédar Senghor fue, además de poeta, un eminente político, presidente de su país en varias ocasiones desde 1960 hasta 1980, fecha esta en la que renunció al cargo para dedicarse por entero a su verdadera vocación, la de poeta, una vocación que le llevó a ser miembro de la Academia Francesa en 1983. Su vinculación con la escritura comenzó a fraguarse en París, ciudad en la que residía. Allí, junto con otros colegas africanos entre los que se encontraba Aimé Césaire, funda la revista “L’etudiant noir” en 1934 (en el número 3 de dicha revista Césaire acuño el término «negritud» por vez primera). Tal como sugiere el título, además de propiciar la difusión literaria, la revista tuvo como objetivo dar visibilidad a escritores africanos y reivindicar su particular visión del mundo, muy diferente, por cierto, de la que pregonaban los colonizadores. Como vemos, el compromiso político se ha desarrollado de forma paralela a su inspiración poética. Sin necesidad de escribir una poesía eminentemente combativa Lépold Sédar Senghor ha sabido conciliar ambos aspectos de una realidad que ha vivido con intensidad en ambas facetas de su destino. No podemos ignorar la enorme influencia que ha tenido en su formación la cultura francesa, lo cual le ha permitido defender el mestizaje como forma natural de enriquecimiento, no sin tensiones, claro, pues el vigor de la cultura occidental ha tratado de imponerse a la visión, más telúrica, más pendiente del mito, africana. De este empeño nace la “Antología de la nueva poesía negra y malgache en lengua francesa”, «Una obra reimpresa ininterrumpidamente desde que apareciera en 1948», según nos informa el editor, Unai Alonso. La nueva edición ha corrido a cargo de Martha Asunción Alonso, que ha traducido los poemas de los dieciséis integrantes: León-Gotran Damas (La Guayana francesa), Gilbert Gratiant, Étienne Léro y Aimé Césaire (Martinica), Guy Tirolien y Paul Niger (Guadalupe), León Laleau, Jacques Roumain, Jean-Fernand Brière y René Bélance (Haití), Jean-Joseph Rabéarivelo, Jacques Rabémananjara y Flavien Ranaivo (Madasgar) y por el vasto territorio del África negra Birago Diop, Léopold Sédar Senghor y David Diop.

La primera edición del libro contó con un prólogo, no exento de polémica, del eminente filósofo existencialista Jean-Paul Sastre titulado «Orfeo negro», incorporado a esta edición. En él expone opiniones como estas: «quienes, colonos y cómplices, abran este libro, tendrán la sensación de estar leyendo, a escondidas, cartas que no le estaban destinadas. Estos negros se dirigen a los negros para hablarles de los negros; su poesía no es ni sátira ni imprecación: es un despertar de la conciencia», aunque lo hagan con la lengua del colonizador, y es que, según Sastre, «El poeta europeo de hoy en día trata de deshumanizar las palabras para devolvérselas a la naturaleza; el heraldo negro, por su parte, se propone desafrancesarlas; molerlas a palos, romperles los lugares comunes y volver a ensamblarlas por la violencia».

No cabe duda de que el asunto primordial de la antología es reivindicar la propia idiosincrasia, aunque los poetas seleccionados provengan de lugares tan distintos y lejanos como Senegal o Martinica, por ejemplo. Hay, sin embargo, un concepto de identidad común perseguida y maltratada (el libro conmemora de algún modo el centenario de la abolición de la esclavitud en Francia) que unifica el criterio del antólogo, Sédar Senghor, quien, junto a la selección de los poemas de cada autor, traza una pequeña semblanza bibliográfica junto a somero análisis crítico. Así, por mencionar solo datos de algunos, de Damas afirma que «Su poesía está exenta de sofisticación: es directa, bruta, cuando no brutal, pero sin caer nunca en la vulgaridad»; de Césaire que «sus imágenes brotan de las entrañas mismas del volcán, del crisol donde maduran los metales y las piedras más raros»; de Bélance que «Mediante imágenes como visiones, explota en sus poemas el tormento del nuevo Negro. Escribe sin elocuencia, con un estilo donde la angustia doblega a las tinieblas, aunque no por ello desprovisto del ritmo negro de la sangre que confiere al verso su calor emocional», de Laleau que «En sus versos, el hombre negro nos muestra, es cierto, sus instintos más primitivos, en una suerte de estilización que, en ocasiones, resulta traicionera». Breves apuntes, pero, pese a su brevedad, necesarios para situarnos mínimamente ante la obra de estos poetas, como era de esperar, heterogéneos, sobre todo en el aspecto formal, pues, aunque predomina el versículo ―probablemente un discurso de toma de conciencia como este se exprese mejor en metros amplio, incluso en la prosa―, hay también excelentes ejemplos de poesía más contenida, con un propósito más lírico.

La tarea que ha llevado a cabo Martha Asunción Alonso ―poeta, traductora y profesora en la Universi­dad de Alcalá de Henares― al traducir a estos poetas de ámbitos tan dispares, con las particularidades lingüísticas y culturales propias que han hecho imprescindible la incorporación de un glosario en el que ha «intentado ofrecer cierto contexto sobre hechos históricos, personalidades u otros aspectos relevantes de las culturas antillanas, africanas y malgaches desde nos cantan los tesoros de sus diferencias respectivas»  no se puede calificar más que de admirable, como elogiable es también la «osadía» de la editorial Ultramarinos por la envergadura del proyecto.

  • Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, 15/10/2021

PABLO FIDALGO LAREO. EL PERRO EN LA PUERTA DE LA CASA.

PABLO FIDALGO LAREO. EL PERRO EN LA PUERTA DE LA CASA.

EDICIONES LILIPUTIENSES

Pese a no haber cumplido aún los cuarenta años, Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984), posee un amplísimo bagaje literario, centrado fundamentalmente la actividad teatral y en la poesía, que le ha convertido en un autor imprescindible en el panorama poético actual. Y no solo por la cantidad ―entre poesía y textos escénicos, en su caso íntimamente relacionados entre sí, ha publicado cerca de una decena de libros―, sino por la apuesta estética que ofrece en cada uno de sus libros, desde aquel sorprendente “La educación física” (2010) hasta “Qualcosa nascerà da noi” (2019), texto este último que procede de un montaje teatral. Vuelve ahora a la carga con “El perro en la puerta de la casa”, un libro plagado de interrogantes, muy su línea, que trata de indagar en los misterios que dan forma, a lo largo de los años, a una determinada identidad. Es muy probable que este asunto, el de la identidad ―«Ese eres tú intentando definirse», escribe en el último poema del libro―, con ramificaciones que se extienden simbólicamente, por una parte, a la geografía ―en este caso, una isla: «La isla es cualquier cosa menos una isla. / Es una geografía que busca / inevitablemente ponerse en el centro / de todas las otras islas»― y, por otra, a la inestabilidad del sentimiento amoroso y el consiguiente dolor que esta provoca («Solo lloro por desconocimiento de amor […] Solo lloro porque estoy aturdido»), sea el núcleo central de la poética de Pablo Fidalgo Lareo, por más que en el libro que nos ocupa, dicha simbología se amplíe hacia el ámbito animal. Pájaros, caballos, pero, sobre todo, perros son los interlocutores en estos poemas, el perro, en concreto, que da título al libro: «El perro en la puerta de la casa / me ve y se tira al suelo contra la pared / para decir que quiere jugar ahora. / Lo acaricio con el pie y le hago cosquillas / y cuando dejo de acariciarlo se vuelve loco. / Necesita jugar porque la vida de un perro / en ningún sitio fue tan difícil como aquí», un aquí que se disemina en distintos lugares de la isla que aparecen en el libro perfectamente identificados.

La aventura poética en la que se embarca el autor carece de ideas prestablecidas, de hecho, da la impresión de que toda vivencia cotidiana se vincula a un estrato superior en el que se dirime su más pura esencia y es esta destilación de emociones la que da sentido a la vida, como parece trasmitirle a su interlocutor innominado en estos versos: «Aunque haya superado todo el miedo a los perros / y tantas otras cosas / habrás visto que no estoy reconciliado conmigo mismo, / habrás visto que cada cosa que hago, / cada cosa que digo, / cada cosa que soy, / es inaceptable para mí porque estoy lejos de casa, / ¿Es eso lo que te ocurre a ti?» La poesía de Fidalgo Lareo está llena de interrogantes que no encuentran, en general, respuesta. Solo en algunas ocasiones el propio desarrollo del poema permite vislumbrar la experiencia real que se esconde detrás de los versos, aunque esto no ocurre siempre, pues dispone una compleja trama de símbolos, de imágenes y de elementos, naturales o no, (la casa, la barca, el Expresso, la habitación) que intentan llenar ese vacío de sentido existencial que, por momentos, parece gobernar la conducta del persona lírico: «No se trata solo de sanarse / sino de engañar al vacío / que queda después de nombrarlo todo». Por otra parte, en muchos de los poemas que conforman “El perro a la puerta de la casa” se da una simultaneidad de situaciones, como en un montaje cinematográfico, y de emociones ―el poema «La habitación prestada» o estos versos del poema «Eres tú»: «…Navegando entre dos islas / que son dos identidades, que son dos perros, / que son dos formas muy diferentes / de llamar al timbre de tu casa» es un buen ejemplo― que no siempre resultan comprensibles para el lector, el cual queda a merced de su propia interpretación fijando una sucesión temporal íntima.  Y es que los vínculos familiares parecen diluirse, lo que redunda en esa desubicación emocional que padece el yo lírico, un «yo» convertido en «tú» que padece todas las incertidumbres que se han ido fraguando a lo largo de su existencia, un «tú» que intenta, no sabemos con quién, «establecer conversación / como si nada hubiera pasado», que es consciente de que los instantes felices son la antesala de momentos nostálgicos o, incluso, dolorosos. Y es que el personaje de estos poemas es un ser desarraigado que dedica una gran parte de su energía a conocerse y a inventar con las palabras del poema un artefacto que le permita profundizar en la verdadera esencia de sus emociones. De ahí provienen esas extrañas conexiones que, sin embargo, no son fruto del azar, sino de un fuerte deseo de comprenderse y de comprender lo que le rodea. Cada libro y cada poema de Pablo Fidalgo Lareo abundan en esa idea y añaden a los precedentes un peldaño más en esa inacabable ascensión hacia el autoconocimiento.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 8/10/2021

ERNESTO ALCALÁ. GEOMETRÍA DE LO IMPOSIBLE

ERNESTO ALCALÁ. GEOMETRÍA DE LO IMPOSIBLE. VALPARAÍSO EDICIONES

Hay quienes escriben poesía para exorcizar a sus fantasmas, los hay que lo hacen para cauterizar heridas y quienes depositan en la escritura el antídoto contra el olvido. Ernesto Alcalá (Barcelona, 1971), sin embargo, escribe poesía para trasmitir agradecimiento por sentirse vivo y por gozar de los dones que la vida le ofrece y, en especial, por ser capaz de disfrutar de la belleza que poseen los objetos y las cosas que nos rodean. No es un empeño inocente, por eso no duda en mostrar cierta desconfianza en que las palabras sean capaces de expresar la magnificencia del mundo, por eso, también, se pregunta: «Absurdas palabras que abrumáis el mundo, / ¿adónde vais hoy?». El ser entra en comunión con la naturaleza y las palabras, en ese instante, sobran.  Le basta el silencio porque «ni siquiera hombre seré; / solo luz apelmazada y tremulante, / solo fin». Resulta paradójico, por tanto, que en esta tesitura se reincida en recurrir al poema para decirse y desdecirse, como ocurre en el poema titulado «Página en blanco», que finaliza con estos versos: «Si me amaras, dejarías de escribir esos estúpidos poemas. / Pero es inútil» o en «Observatorio», cuyos versos últimos dicen: «Solo sé que te quiero / y recuerdo que, a veces, / ni te quiero». Alcalá emplea una retórica de carácter simbolista, en muchos casos, aunque en la mayor parte de los poemas prevalezca la voluntariosa intención de abarcar la totalidad de la emoción, aun asumiendo el riesgo de caer en cierto desaliño formal y en siempre resbaladiza ambigüedad semántica, como en los poemas «La mirada amatista» y «Limbo».  

     Es algo sabido que, en poesía (en la literatura, en general), la felicidad no tiene buena prensa, por esa razón, cuando nos encontramos ante alguien que la ensalza, instintivamente tomamos ciertas precauciones, por si fuera más una pose que una sincera declaración. En el caso de Ernesto Alcalá, no hay fisuras, la verdad de su sentimiento queda explícita no solo en versos como estos: «Creo en le plenitud / porque somos uno, / y amo la esperanza que no desfallece. / Bebo de las aguas de un manantial puro / y siento la dicha del que nunca pierde / (del que nada tiene)», sino en todo el libro, lo que no obsta para que realice, como en el poema «Parábola», una crítica a la postura acomodaticia del ser humano y las penosas consecuencias que tal inacción acarrea. Geometría de imposible busca, precisamente, hacer posible que el yo se diluya en un nosotros solidario y enamorado de la vida, aunque en demasiadas ocasiones las palabras del poema traicionen ese loable empeño.

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. SEXTANTE (1982-1998)

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. SEXTANTE (1982-1998)

COLECCIÓN EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA

El arco temporal en el que se encuadran estos seis libros inéditos de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), de los que el lector interesado solo había podido leer poemas sueltos, y que ahora ven la luz en su versión íntegra puede inducirnos a pensar que durante estos dieciséis años el autor se mantuvo alejado del mundo editorial y se dedicó por entero a escribir y a acumular obra sin otra finalidad que la que surge de la propia necesidad de dejar por escrito emociones y vivencias indispensables para el devenir existencial de quien escribe y, en el mejor de los casos, para el pequeño grupo de afortunados lectores. Pero no ha sido este el caso. En este periodo, Rivero Taravillo escribió también otros libros que fueron acogidos en diferentes casas editoriales, lo que nos permite hacernos una idea de la extrema dedicación a la escritura de nuestro autor, y digo escritura y no poesía porque sus esfuerzos se consagran en diferentes géneros, como la traducción, el ensayo o los libros de viajes.

     “Sextante” agrupa seis libros ―”Las primeras catástrofes”, “Libro de espirales”, “Siempre el diluvio”, “Hacia el ocaso”, “Cuarentena” y “Separaciones y regresos”―, no los únicos escritos durante esa etapa, que dan, según su autor, «testimonio de mi aprendizaje», no en vano los primeros corresponden a los años de formación universitaria e intelectual. En las palabras preliminares, Rivero Taravillo ofrece una mínima información que, sin embargo, resulta importante. Estos libros, escribe, «Constituyen no tanto un sexteto, porque no son un ciclo cerrado, como sí un sextante, el instrumento astronómico con el que empecé a guíame, a tientas, pero sabiendo que obedecía un rumbo, por la navegación que me ha llevado hasta aquí. Se agrupan en orden cronológico. No he corregido nada para la ocasión, más allá de las enmiendas y escasas modificaciones que haya podido realizar a lo largo del tiempo». Es este último un aspecto a subrayar, pues no es infrecuente la tendencia del poeta a lavar la cara a los poemas, incluso a modificar la fecha de escritura haciendo pasar por tanteos iniciales poemas que han sido escritos muchos años después con el objeto de dar lustre a su bibliografía.

  El título del primer libro es lo suficientemente aclaratorio, “Las primeras catástrofes”, como para darnos una idea del argumento central del libro. Además, la cita inicial de Pedro Salinas nos ofrece una pista central. El amor, el endiosamiento de la persona amada y la posterior frustración son el eje vertebral de la obra, aunque, a diferencia del sentido trágico ante la ausencia de Salinas, Rivero Taravillo se escuda en el humor para minimizar la pérdida, en la línea de Javier Salvago o de Luis Albero de Cuenca: «Me contaste tu amor con inocencia, / no quisiste ver mi melancolía. / Me lo dijiste, ausente amada mía, / y me dejaste amarga tu presencia. //Sí, supe que tu amor para otro era; y yo, mudo testigo solamente. / Así me convertiste en la simiente / de un árbol con tu amor de primavera». El uso del soneto es muy habitual en este libro, aunque dicha estrofa se frecuentará hasta el día de hoy. Por otra parte, esa visión resignada se combina con momentos álgidos, plenos de esperanza («Mi canto es diferente, es un canto de dicha, / es un himno de luz contra el negro silencio. / Pronto veré a mi amiga. Ya por fin será el alba») y de un incipiente erotismo. Las influencias, como no podía ser de otra forma, son muy variadas, desde la lírica provenzal, pasando por Garcilaso y Lope de Vega hasta llegar a Cernuda y los poetas mencionados del último tercio del siglo XX.

     “Libro de espirales” es un libro más heterogéneo. En él aparecen ya la preocupación metapoética: «De verso en verso el alma va penando, / cruza palabras o lenguas de fuego, / atraviesa el poema o el infierno; luego / es una nave a la deriva, ya sin mando». Los homenajes más o menos explícitos a escritores se suceden: Jorge Manrique, Borges, Machado, Pound, Juan Ramón Jiménez o Yeats, por ejemplo. Formalmente se combinan poemas de largo aliento («Leyenda») con poemas breves y haikus. El humor sigue estando presente, como en el poema «Amor moderno» (título que probablemente rinda homenaje a George Meredith).

     “Siempre el diluvio” va perfilando la voz del poeta. La cotidianidad se combina con la mitología con delicadeza. El humor y el erotismo se han afinado: «Quiero el veneno de tus pechos jóvenes, / quiero arañarlos y sorber su leche, / beber la lumbre del deshielo / que baja en primavera desde el norte, / desde picos de lo alto de tus pezones». “Hacia el ocaso”, con una sección integrada por 21 sonetos, “Cuarentena”, con cuarenta poemas en prosa que bien podrían pasar, por su contenido, por microrrelatos, y “Separaciones y regresos”, un libro que vuelve los ojos al pasado tratando de conciliar nostalgia y construcción individual («Un hombre solo vuelve a su guarida fría, / no repican las llaves contra ningún anillo, / la puerta que se abre se cierra, y da lo mismo / el hogar que la calle, todo es gris y es ceniza», componen esta prehistoria literaria que demuestra la coherencia estética de un poeta que, sin renunciar a la natural evolución, ha sabido mantenerse fiel a sus principios.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, 01/10/2021

EFI CUBERO. SOLO INCLASIFICABLE

EFI CUBERO. SOLO INCLASIFICABLE

EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ

Efi Cubero, una autora que ha permanecido al margen de recuentos generacionales y de banderías de carácter, aunque no solo, estético ha encontrado en los últimos años un hueco nada desdeñable en el concurrido espacio poético de nuestro país y lo ha hecho sin necesidad de utilizar otros argumentos más que los que su propia obra atesora, con la constancia y el rigor de quien tiene puestas sus miras en objetivos menos perecederos que los del éxito momentáneo o el reconocimiento eventual que supone obtener uno de los abundantes galardones que  menudean por la geografía española. Su obra, como digo, ha adquirido en los últimos años la difusión editorial ―mucha «culpa» de ello tiene la editorial La isla de Siltolá― y el apoyo de los lectores que, sin suda, obtiene.

      Atrás quedan libros importantes, pero ya inencontrables, que, lamentablemente, no encontraron el eco que merecían, como “Fragmentos de exilio” (1992), “Altano” (1995), “Borrando márgenes” (2004) o “La mirada en el limo” (2005). En 2013 comienza a publicar en La isla de Siltolá ―”Condición del extraño”― y su poesía ―ha publicado también ensayos vinculados al mundo del arte, como “Esencia”― adquiere otra resonancia. Los armónicos son similares, pero la orquestación abre las puertas a escenarios de mayor postín. Ese extraño que merodea por los poemas de ese libro ―el poeta es siempre un ser que vive en la extrañeza, incluso cuando toma conciencia de esa singularidad― no se desliga jamás, al menos en el caso de Cubero, de sus raíces, acaso porque, como escribe Álex Chico en el paratexto, «El poema es el lugar donde se produce ese encuentro entre lo que fuimos y seguimos siendo, esa suma de fragmentos que dan cuenta de nuestro paso por el mundo».

     “Solo inclasificable”, el título que hoy nos ocupa, un libro extenso dividido en cinco secciones con referencias musicales encabezadas por un poema que hace las veces de prólogo y nos ofrece unas claves sucintas, pero claves, al fin y al cabo, de lo que nos espera a medida que avancemos en la lectura: «Un solo se interpreta en el vacío: / su ejecución te impedirá el reposo. / Aristas acusadas / en una dimensión extratemporal, / abismo de absoluto, / ascensión al fracaso. / Solo inclasificable». Da la impresión de que ese solo reverbera en lo más hondo del corazón dolorido, en la sensación más íntima del ser, la soledad, que provoca en muchas ocasiones una distorsión, un tanto enfermiza si se quiere, de la realidad y sirve de trampolín para conjeturar sobre otras lejanías, aún innombrables: «Lo que no aspira a nombre ni frontera / enlaza lo distinto para unirse en un todo. / El solo indivisible que solo el alma entiende». De ahí surge el aliento poético, de esta renuncia que necesita ser verbalizada y que se eleva hacia lo aprehensible gracias al efecto de la luz: «Para escudarme existe otra caligrafía. / La que no es contemplable. / La que absorbe la luz y la palabra omite. / La que afirma, dudando, la mirada».

     La confianza de Efi Cubero en el poder sanador de la poesía ―no podemos eludir el efecto terapéutico que tiene la palabra, su poder restitutorio, a pesar de que «es razón inútil el rescatarte mediante palabras / o a través de los órficos sonidos, de donde ya no vuelves»― resulta evidente, pero no es menos importante en su escala de valores, la tensión que imprime el silencio para ensimismarse y llegar al autoconocimiento: «Qué necesarios los silencios. // Se agazapan también en el poema / que nuestra ―oculta lo que somos». No hay contradicción en esta dicotomía que plantea nuestra poeta. Ella misma lo aclara en estos versos: «Ser solo en la palabra / un solo de silencio». Ambos se compaginan no solo en la página, sino en la vida cotidiana. Gusta, además, Cubero de escribir versos definitorios que se convierten en el pilar del poema, versos sentenciosos que lindan con el aforismo, como estos: «… para ser has de ignorar qué eres» ―una rotunda defensa del despojamiento de origen místico― o «Transformamos en aire los recuerdos / y el recuerdo nos niega» ―la memoria es inconstante y selectiva―.

     “Solo inclasificable” es un libro complejo porque trata de invocar la presencia del ser ausente a través de recuerdos, de fotografías («No es la fotografía que me obstino en besar.  Es a ti a quien trato de abrazar como se abraza al aire»), de palabras, sí, de palabras: «Ni siquiera he podido retener en mis ojos / la chispa que animaba la alegría. / Huyo tras tus palabras. / Las retengo», escribe, y es que, cuando se trata de batallar contra el vacío, contra el olvido, todas las artimañas son legítimas. Al fin y al cabo, será el tiempo, ese tiempo que «no es tiempo de mi piel, / sino el hondo temblor de otra sustancia», el que aúne las voluntades, las soledades separadas ahora en la superficie de la existencia.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 24/09/2021

EDUARDO MOGA. TÚ NO MORIRÁS

EDUARDO MOGA. TÚ NO MORIRÁS.

COLECCIÓN LA CRUZ EL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Enfrentarse a la lectura de un libro de poemas de Eduardo Moga (Barcelona, 1962) siempre supone un reto para el lector porque, en no pocas ocasiones, este se llega a sentir cohibido por el torrente verbal acumulativo que tiende a desbordarse. Gusta Moga de un fraseo largo poco sujeto a los rigores de la métrica y del poema en prosa ―en “Tú no morirás” tenemos excelentes ejemplos de ambos―, que le concede aún mayor libertad expresiva, una libertad que le sirve para enfrentarse a esta especie de diario poético en el que resaltan temas como el desamor, la identidad versus alteridad, la soledad ―«La escritura venía a ser una defensa frente a la “solitariedad”, es decir, a la soledad forzada en la que me veía», escribe Carlos Castilla del Pino en “Pretérito imperfecto”―, la nostalgia y la desolación, aunque trate de contrarrestar todas esas sensaciones con un encendido ensalzamiento en el que resuenan ecos petrarquistas a la persona amada que podemos concretar en este verso del poema prologal: «Porque, amándote, yo soy el afortunado».

     “Tú no morirás” está dividido en doce secuencias. Aunque los temas antes citados espolvorean muchas de estas páginas, en la primera secuencia se trata de acordonar la dolorosa sensación que deja en la mente del sujeto lírico la ausencia del ser querido, que contempla cómo la casa es ahora un lugar vacío: «El vacío está habitado de ti», escribe, para afirmar más adelante que «Todo choca con las paredes de la ausencia, que se extiende, magma frío, entre libros que no leeré, y formas que has impreso en el aire, dotadas ahora de una entereza espectral, y zapatos tuyos que me interpelan con la plenitud contradictoria de lo mutilado, que me miran con pupilas expósitas y la piel dispersa de un cuerpo inmaterial». La desolación que trasmiten estos versos es casi contagiosa porque, como lectores, somos partícipes de que el límite entre ficción y realidad se ha decantado a favor de esta última y lo que leemos no es otra cosa que un fragmento de tipo confesional de una biografía sentimental que da cuenta de un fracaso, lo que suscita una cierta complicidad y sentimientos, no siempre muy bien definidos por causa de las emociones encontradas, de conmiseración y de solidaridad. Acaso por esa constatación, Eduardo Moga, recurre a la figura del ángel ―símbolo un tanto trillado del amor, es verdad, pero aquí desmenuzado hasta la extenuación― en una larga enumeración caótica con la que trata de definir al ángel, indefinible a tenor de lo que leemos, desde todos los ángulos posibles, lo que le lleva a incurrir en numerosas, y voluntarias, definiciones contradictorias, como estas, con las que finaliza el poema: «Los ángeles son mortales./ Los ángeles no mueren», que nos hace recordar los versos de Cernuda «No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos». Ecos de Wallace Stevens en las repeticiones y en algunos rasgos de humor y de Whitman en los efectos del lenguaje, sobre todo en la liberación de las emociones.

     Tiene la poesía de Eduardo Moga un carácter salmódico. Los paralelismos, las reiteraciones ―«El yo no es otro: el yo es este agolpamiento de cavidades que me sepulta; el yo, caparazón de sombra, ceñido por quebraduras vertiginosas, me abruma y me desampara; el yo me impregna de sus fluidos sólidos, de su latitud omnipresente. El yo es lo que alcanzo a ver cuando cierro los ojos»― el deslumbramiento de las imágenes, las cuales, gracias a una sintaxis normalizada, no se aprestan a un hermetismo innecesario, contribuyen a crear una atmósfera envolvente, asfixiante porque la identidad es cuestionada de forma permanente: «Me desconcierta no saber a quién pertenece el cuerpo que se refleja en la luna del lavabo, me oscurece tanta huida, tanto yo». Como se ve, la desconfianza ante el ser, ante quién es el sujeto que escribe vertebra el conjunto de poemas y es, con toda probabilidad, más que cualquier otro asunto, el tema principal de este “Tú no morirás”, por mucho que la separación y la ausencia sean las causas que motiven tal cuestionamiento, como constatan estos versos: «Soy lo que no digo, y lo que siento, y lo que no soy, aunque todo me disloca y me apuntala. / Soy este papel en el que escribo, en el que me escribo. / Soy la casa a cuya intemperie vivo. / Soy la soledad que me apedaza, y los pedazos que aviento a la insignificancia y el olvido. / ¿Quién soy?». Estas confesiones, no exentas de dramatismo, pues el sujeto se siente «herido de amor» y vive aún en la incertidumbre de un destino que no es capaz de controlar, explican las contradicciones y las paradojas. El yo lírico se interroga, se fustiga, se corrige, se contradice, pero avanza, aunque no esté claro hacia dónde. «Cada separación es un principio», escribe, pero un principio de qué. La vena romántica que subyace en estos poemas trata de contemplar el futuro con esperanza: «No estás, pero te encontraré. Y solo / consentiré en morir cuando haya creado / contigo un reino en el que no haya muerte», pero la soledad se impone a cualquier otra circunstancia. Al final, esta poco piadoso ejercicio introspectivo busca, a través de la escritura, un único objetivo, la posesión, porque, como testimonia el poeta: «Escribo para tenerte».

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 17/09/2021

JAVIER VELA. REVELACIONES DE LA MAESTRA DEL ARCO

JAVIER VELA. REVELACIONES DE LA MAESTRA DEL ARCO.

EDITORIAL PRETEXTOS

Con apenas 22 años, Javier Vela (Madrid, 1981) fue galardonado con el Premio Adonáis, sin duda uno de los galardones más codiciados por los jóvenes poetas. A partir de este primer libro, su obra poética se ha visto refrendada por un buen número de títulos, muchos de los cuales han obtenido, así mismo, importantes galardones, como el Premio Loewe a la Joven Creación por “Imaginario” (2009), libro que mereció también el Premio de la Crítica de Madrid. Después han venido libros como “Ofelia y otras lunas” (2012), “Hotel Origen” (2015), “Fábula (2017) y el más reciente, “Cuando el monarca espera” (2021), Premio de Poesía Hermanos Machado”. Pero la dedicación a la poesía no ha impedido que Vela aplaque sus inquietudes creativas en otros géneros. En 2019 publicó la novela “La tierra es para siempre” y en 2017 y 2019 respectivamente dos libros híbridos, inclasificables según las taxonomías al uso, “Pequeñas sediciones” y “Libro de las máscaras”. Dentro de este apartado podemos situar “Revelaciones de la maestra del arco”, ya que es un libro de carácter fragmentario que, pese a mostrar en muchas ocasiones, la apariencia de un manual de instrucción, esconde otras muchas facetas, entre ellas el relato, el aforismo, el ensayo ―autores como el coahuilense Julio Torri, Sei Shonagon, Alfonso Reyes o Donald Keene, por ejemplo, sirven de andamio verbal a la narración―, leyendas o la reflexión sobre el porqué de la poesía. Todo ello son ramificaciones que parten de un tronco común. Por otra parte, junto a fragmentos netamente descriptivos ―así comienza el libro: «La maestra del arco está apostada frente a la galería mirando fijamente a través del cristal. / Permanece de pie con las manos entrelazadas a la espalda, como si esperase una súbita aparición. / Viste un kimono de satén estampado en varios tonos de azul, al más puro estilo tradicional japonés, con un motivo de pájaros que revolotean entre copos de nieve»―, nos encontramos con frases sentenciosas procedentes del acervo popular japonés ―«El poeta es un arquero sin flechas»― o del propio ámbito, mucho más restringido― del arquero ―«Corta el límite entre antes y después»― en las que resulta más importante lo que sugieren que lo afirmado. En medio de todo ello, la presencia inquietante, casi fantasmal, de la maestra, Naoko, de «cara ovoide y nariz achatada, de ojos pequeños e inexpresivos». En esta narración se constata que no es improbable expresar cosas similares en distintos lenguajes o, acaso, sería mejor afirmar la innegable relación, al menos en una cultura como la japonesa, de disciplinas aparentemente dispares como son la escritura de poesía y el ejercicio con arco, porque el arco, como dice Naoko, sirve, al igual que la poesía, «para tensar preguntas». Como afirma Miyamoto Musashi, un samurái legendario, «Los guerreros deben familiarizarse con lo que se denomina las dos vías, la literatura y las artes marciales». Algo similar deducimos de estas palabras de Omiwa Katsura: «Cada palabra tensa la cuerda de un arco al extremo del cual vibra el silencio». Como colofón, Javier Vela nos ofrece una información paradójica: «Katsura fue atravesado por una flecha perdida».

Javier Vela presta atención a los detalles exteriores porque estos dan forma también a la casa interior. Así, cuando describe el espacio familiar en el que se desarrolla la vida de la maestra: «La galería, contigua a la sala de estar, se encuentra parcamente amueblada: un pequeño sofá, un pequeño escritorio, una pequeña silla. Allí es donde, a diario, sentándose en el suelo alfombrado de esteras, Naoko lleva a acabo sus ejercicios de meditación». El tiempo presente parece ser el tiempo más apropiado para describir el proceso de aprendizaje de Hitomi, la perseverante alumna de Naoko. El resto de tiempos verbales fluctúan en función del aliento creativo que intenta manifestarse. Obviamente, las leyendas tienen su origen en el pasado y este se visualiza con todos los ingredientes de la época.

En cualquier caso, creo que la mejor definición de lo que puede ser este libro la aporta el propio Javier Vela cuando, al hablar del “Zuihitsu”, dice que, «como género, funda una tradición que, trasplantada al ámbito de la lengua española, ha terminado por germinar con provecho en una estirpe de pensadores impuros cuyas obras cabalgan entre el ensayo breve y el dietario y entre el dietario y el compendio aforístico», y menciona una larga lista de autores y títulos que pueden encuadrarse en esta clasificación, como «los cuadernos de Macedonio Fernández; / las glosas de Eugenio d’Ors; / las saetas de Juan Ramón Jiménez; las voces de Antonio Porchia…». Lo que nos parece indudable es que estas “revelaciones” forman parte de esa inmensa nómina que se extiende desde Paltón y Jenofonte y llega hasta John Berger o Peter Handke.

El volumen, que cuenta con una serie de fotografías, en blanco y negro, de guerreras, sacerdotisas, maestras y maestros del arco, posee un seductor carácter visionario en el que se funden la fantasía con la ficción, lo inventado con lo real en una sabia combinación que absorbe al lector sin apenas ser consciente de ello, y esto tiene un gran mérito.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 10/09/2021

PABLO LÓPEZ CARBALLO. PERDER NATURALEZA.

PABLO LÓPEZ CARBALLO. PERDER NATURALEZA. EDITORIAL TREA

En las actuales circunstancias ―en el momento en el que escribo estas líneas, decenas de destructivos incendios están arrasando la costa mediterránea, Grecia y Turquía especialmente, y el estado norteamericano de California, y los desastres naturales prodigan su nocivo efecto sin hacer distinciones de países o continentes―, no se me ocurre mejor título que este Perder naturaleza para describir este desastre, pero circunscribirlo al ámbito geográfico y medioambiental sería pecar de reduccionismo, porque, de forma acaso menos visible, pero no menos intensa y devastadora, también el ser humano, y creo que esa es la intención del autor, está perdiendo a pasos de gigante, naturaleza. Pablo López Carballo (Cacabelos, 1983), autor de títulos como Sobre unas ruinas encontradas (2010), Quien manda uno (20129, Crea mundos y te sacarán los ojos (2012) y La dictadura de la perspectiva (2017) publicado en Trea, la misma editorial que publica Perder naturaleza, no es un poeta acostumbrado a hacer concesiones, ni formales ―en sus libros se combinan sin discordancias poemas breves, poemas de largo aliento y poemas en prosa― ni conceptuales ―la estructura de sus libros responde siempre a un muy pensado efecto de distorsión de las funciones elementales, de transformación de la realidad―, de hecho no resulta fácil reducir la amplitud de sus intenciones ni a un método ―ya hemos adelantado que en el escaparate de las páginas, las fórmulas son variadas― ni a una síntesis argumental. En el paratexto se afirma que «los registros de las diferentes secciones se van sumando, a modo de pasadizos, para configurar una trama de tiempos donde resulta muy difícil, y casi sin sentido, encontrar un origen» y, es muy posible que sea así, porque más que un origen, parece haber varios, más que un centro, hay círculos concéntricos ―ovillos― que se alimentan unos de otros, sucesivamente, de tal forma que, como escribe en el primer poema, «El primer día nadie supo que era el primer día / y era improbable que todo se repitiera, / de manera aproximada, en un segundo. / No existían ideas que sugiriesen origen fundación / o avance. Solo una única determinación posible, / agónica y eufórica: sobrevivir». Como se ve, el poeta se remonta a un tiempo inicial, a un tiempo ahistórico en el que, sin embargo, la naturaleza del ser se mantenía impoluta. Pero el tiempo avanza y esa supuesta pureza se va degradando: «La política ya nació / con su mal de cáscara […] Permanecen / los que más callan, los que se esfuerzan / en la retórica y no en la idea». La intención crítica de López Carballo no puede ser más evidente. Es directa, constatable y en sus palabras no hay asomo de ironía, es consciente de que, pese a la denuncia, «algunas cosas no se mueven con palabras».

     La segunda sección del libro, «El tiempo entre dos notas mal transcritas», cuenta, a modo de relato, el principio, uno de los principios, el que ocurre una mañana en la que se toma conciencia de la realidad. Nace el símbolo y el ansia conocimiento se expande: «Las casas que se hacen con el ruido del agua / no se caen». El auxilio de la metáfora ayuda a comprender el mundo, el tiempo, el trascurso entre vida y muerte: «Hablabas de los muertos / como si estuvieran / muertos. / Conversamos, aunque no / lo supiste. / Aquella mañana son pequeños nudos / que se deshacen si le prestas atención». Gracias al poder de la memoria la experiencia, aunque deshilachada, se preserva y los recuerdos habilitan un espacio para, aunque precario, sobrevivir, por más que su ausencia, esa especie de mente en blanco, propicie otro tipo de conocimiento, acaso menos contaminado, un «saber de ti / por abstracciones, / sonidos / que se reconocen / pero no se tararean».

     «Las cosas» se titula la tercera sección. «No creí que las cosas estuvieran por hacer, / ni que las ruinas fueran / un resultado posible / de un proceso más complejo», escribe al inicio, quizá imbuido de esa idea cristiana de la creación como algo cerrado, concluso. Los poemas de esta sección son probablemente los más líricos del libro, aunque eso no implique que su carga conceptual sea menor, como podemos comprobar en este poema: «He venido / a la casa / para encerrarme / dentro / entre las cosas. // La ventana / abierta. // La casa/ es viento / que perdura». Y es que las cosas, sobre todo las familiares, forman parte de nuestra vida ―«Anclamos a la vida las cosas, / pero ellas tiene su guía»―, respiran el mismo aire que los habitantes de la casa y comparten esa profunda cesura que la memoria traza cuando los recuerdos se vuelven ya inseguros, entonces «Las cosas / se miran / con desconfianza, / como esperando / un gesto de traición». Por más que Pablo López Carballo se resista a dar cuenta de experiencias personales en el poema, esos recuerdos que hemos mencionado, y reconstruyen gradualmente las formas de las cosas, se sublevan y logran participar en la propia escritura, como vemos en «Sigue siendo un poema»: «Las cosas es / esa impresión / ―no menos que lata, / jarra o hilo de coser― / que me permite / ser muy preciso, / porque en ese tiempo / las cosas no suponían / ambigüedad alguna, / de igual modo / que ocurre ahora en el poema», aunque se constate que «las cosas / alcanzadas / con palabras / no alcanzarán / ya esas palabras».

     El volumen finaliza con la sección «Las formas, el mundo», integrada por poemas en prosa de carácter ensayístico, muy distintos, por tanto, de los que componían «Las cosas», aunque establecen un diálogo interno con ellos. Hay ahora una intención indagadora sobre el propio proceso de la escritura: «Escribir sobre el proceso ―afirma―es ir más allá de uno, superar el razonamiento». Esta reflexión de carácter metapoético se amplía se adentra en la esencia del lenguaje, lo que lleva al poeta escribir que «Arrancar palabras a la idea es como recoger intenciones en los frutales, hay que arrojar palabras a la idea, eligiendo bien, descartando a la mínima que pueda haber algo certero en ellas: palabras no definidas contra el viento». Pablo López Carballo parece mostrarnos, en esta última sección, las claves necesarias para descifrar los poemas que la preceden, las imágenes y las descripciones, desoyendo los riesgos de la futilidad que toda acción tendente a explicar el poema lleva aparejada, aunque debo decir que el lector agradece ese esfuerzo que, de alguna manera, a pesar de las citadas reticencias, legitima la enorme y ambiciosa inquietud tanto estética como emocional que se oculta en sus palabras. En Perder naturaleza se dan cita simultáneamente la desconfianza frente al ser humano, ya desnaturalizado ―o en vías de estarlo―, y la esperanza, sutilísima, es cierto, en que el amor sea la mano que le guie hacia el futuro, por más que la imagen que de este nos muestran los versos, sea poco alentador.