JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. HOTEL EUROPA

JOSÉ LUIS TORÉ.

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. HOTEL EUROPA. SILTOLÁ POESÍA. ISLA DE SILTOLA, 2017

«La historia / es una sucesión de hechos consumados, / de crímenes perfectos». No es preciso remontarse muy atrás en el tiempo para constatar estas palabras. Lo comprobamos en el presente, con las tragedias que acontecen diariamente y que ensancharán, en el mejor de los casos, el vientre de la historia (en muchas ocasiones, ni siquiera eso, serán pasto del olvido). José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) prefiere no referirse a ningún hecho en concreto acaso con la intención de amplificar su voz, tal vez con el propósito de que sus reproches no se circunscriban a una habitación determinada, sino que se difundan por todo el hotel, por el Hotel Europa, un hotel que simboliza —o que debiera simbolizar— amparo y refugio para quienes traspasan fronteras casi impermeables, para quienes huyen de la violencia, de la miseria, de la no vida. Sin embargo, esa anhelada seguridad que los poemas de Hotel Europa reclaman, está construida solo con palabras, y las palabras, como el propio peta escribe «… levantan / un hospital precario, /un refugio irrisorio / que dobla la intemperie», acaso porque el lenguaje es solo «un estado de excepción». En cualquier caso, la existencia es un estado de excepción casi permanente, sobre todo para aquellos que sufren las consecuencias de la guerra, para los exiliados, para los perseguidos, para los mutilados de cuerpo y espíritu. Gómez Toré parece ponerse en la piel de todos ellos, pero tal vez por que no es capaz de soportar, igual que nos ocurre a cada uno de nosotros, tanta dosis de realidad, al final ha de convenir que «la cerveza bien fría lava nuestros pecados, la culpa del retorno». La crítica al estado de las cosas no obvia —con rigor, no podría hacerlo— una crítica personal, edulcorada con unos gramos de humor. Una crítica al status quo que no se exterioriza con un tono apocalíptico ni adquiere tintes proféticos. El texto funciona aquí, por alusión, más que por confirmación. El maniqueísmo de la poesía social más plana no tiene cabida en estos poemas. Su intención puede ser similar, incluso puede arrogarse el deseo de alcanzar unas metas más elevadas, más allá de la denuncia momentánea, unas metas que buscan indagar en las causas originarias, y para ello, analiza el propio lenguaje con el que está formuladas tales indagaciones, el lenguaje heredado, el lenguaje del poder que nos maniata: «La poesía crítica —escribe Gómez Toré en un ensayo titulado «Decadencias: crítica del presente y crítica del lenguaje»— puede ser una poesía abiertamente de denuncia, permeable a los acontecimientos históricos del momento, pero también puede ejercerse la disidencia desde una crítica al propio funcionamiento del lenguaje como arma de guerra o instrumento de consenso social». Esta reflexión, suscitada por la obra de García Casado, no disuena en absoluto a la hora de apreciar la poesía de Gómez Toré, basta para evidenciarlo el poema «De la poesía como discurso republicano (zona Wi-fi)», de que extraemos el siguiente fragmento: «El exceso de porvenir enferma. También la falta de ejercicio, los alimentos grasos, la escasez de futuro. Lo confieso: odio la transparencia. Sin embargo, es preciso decir manzana o labio. Tantas cartas de despido o de amor, órdenes redactadas en la lengua de todos, que no existe».

     Hotel Europa está dividido en tres partes, «Historia Universal», de la que hemos venido hablando hasta ahora, «El teatro anatómico del doctor Cirlot», la parte central, subtitulada un «Interludio grotesco» que se desarrolla a través de un diálogo entre una mujer en el andén, trasunto de Europa, y el doctor Cirlot, dispuesto para efectuar una autopsia a un cadáver simbólico, la Europa que fue, en busca de las causas de tan trágica extinción. Es un diálogo preñado de referencias culturales, de alusiones, de sobreentendidos, no siempre fáciles de comprender, que crean una especie de red de significados de la que resulta imposible zafarse.

     «Hotel Europa» es también el título de la última sección del libro, y del último poema del libro. El mundo y sus habitantes parecen estar en un estado de somnolencia permanente, un estado que lleva aparejado un desconocimiento —deliberado, voluntario— de la realidad, lo cual les permite convivir con el horror sin mayores problemas de conciencia. Las ventanas del hotel ofrecen una vista panorámica de ese horror, pero aséptica. Desde ellas se escucha «el chocar violento de las copas, cómo parten los trenes cargados de consignas».

     Cernuda y Antonio Machado, dos vidas y dos poéticas diferentes, aunque con algunos rasgos comunes, como son la visión desencantada sobre la naturaleza del ser humano y el escepticismo ideológico, sirven de referente para reflexionar sobre la sociedad actual, evidentemente más evolucionada en el aspecto técnico, pero incluso en claro retroceso en cuestiones éticas, algo de lo que perece hacerse eco este párrafo dedicado a Cernuda: «Descansa en paz ahora en lo imposible. Quizá ya no esperes más a un poeta futuro, que al fin eras tú mismo, sino esta lengua por venir». El desarraigo es visto como una fuerza del destino imposible de rebatir. José Luis Gómez Toré —autor de otros títulos poéticos importantes como Fragmento de un cantar de gesta (2007) o Un corte que no sangra (2015)— pide, a través de sus poemas, generosidad y misericordia con el que carece de todo; hospitalidad con el prófugo, con el apátrida, con el desplazado; humanidad con el prójimo, con nuestro semejante y lo hace no con un lenguaje directo y carente ya, por la perversión lingüística a la que está sometido, de fuerza semántica, agotado en su propio discurso, sino con un lenguaje que lucha consigo mismo, que trata de amoldarse a ese yo en conflicto que lucha por desvincularse de sí mismo para llegar al otro, a pesar de la incomprensión que tal propósito pueda suscitar, pero esa es su apuesta y, como sabemos, en toda apuesta hay un elevado porcentaje de riesgo.

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MARTÍN LÓPEZ-VEGA. GÓTICO CANTÁBRICO

LOPEZ-VEGAMARTÍN LÓPEZ. GÓTICO

 

MARTÍN LÓPEZ-VEGA. GÓTICO CANTÁBRICO. EDITORIA LA BELLA VARSOVIA, 2017*

Hay varios libros dentro de Gótico cantábrico, el último título de Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975), aunque el regreso a la infancia en busca de sus orígenes pueda ser el hilo conductor que los interrelaciona, que los pone a todos en contacto. Esa indagación autobiográfica posee —no podría ser de otra forma— una intención de descubrimiento personal, pero el individuo está enmarcado dentro la Historia y, por tanto, la acción, o la inhibición personal influyen de manera directa en el espacio colectivo.

     Con un diálogo de carácter socrático sobre la felicidad comienza el libro. Plotino, el interlocutor imaginario, alecciona al niño sobre el camino a seguir para ser feliz: «No debemos buscar la felicidad en las cosas exteriores», dice, y solo puede alcanzar la felicidad «quien posee una vida intensa, a quien la vida no resulta en nada deficiente»: Resulta evidente que la ordenación de los poemas que ha realizado López-Vega posee una intención clara, la de encontrar las verdaderas razones que le han llevado a ser el hombre que hoy es. Como sabemos, la herencia genética influye, pero no es tan determinante como la formación, la educación, el armazón cultural que soporta la existencia y configura el destino.

     Gótico cantábrico delimita una espacio sentimental en el que el poeta realiza una prospección arqueológica. En ese fragmento de cornisa cantábrica que se extiende desde el concejo de Llanes hasta el País Vasco, pasando por Cantabria, nacieron y vivieron sus ancestros y hasta ese pasado se remonta al contemplar unas fotografías antiguas, un pasado que le ha llegado de forma indirecta, a través de la palabras de los otros, pero que se ha reconstruido en el lóbulo temporal hasta el punto de pertenecerle tanto como que él ha vivido en carne propia, por ejemplo, la temprana sensación de sentirse diferente al resto de los niños de su entorno: «Tú en tu aldea creces hacia un destino / que ni siquiera adivinas / pero en el que quieres, / alerta ante lo posible, creer / y que sabes distinto / del de aquellos que te rodean». Como vemos, la poesía de Martín López-Vega —y esto es una especie de marca de la casa, porque está presente en desde sus inicios poéticos, que el lector interesado puede consultar en la antología Retrovisor. Poemas escogidos 1992-2012 editado por Papeles Mínimos o en su más reciente libro, La eterna cualquiercosa, editado por Pre-textos en 2014— posee un neto carácter narrativo en el que prevalece el deseo de contar por encima de la forma, siempre al servicio del contenido. Esta factura, que al no suficientemente versado en estas lides puede parecer desaliñada, es fruto, sin embargo, de la necesidad imperiosa de contarlo todo, de no dejarse nada en el tintero, de ofrecer todas las pistas posibles para que no solo el lector, sino el propio poeta, recreen la experiencia vivida en toda su magnitud, sin dejar apenas resquicio alguno a las hipótesis; desde ese punto de vista debemos leer versos como estos: «Pasamos la aspiradora por lo mismo / por lo mismo que escribimos poemas, por lo mismo que follamos: / para eliminar polvo, herrumbre, el fluido /de la podredumbre que es a la vez cuanto somos / y en lo que nos ahogamos». Ese deseo de contar, de saberse, no elude ningún tema, antes al contrario, el cuestionamiento de su propia identidad, de los olvidos voluntarios que facilitan la supervivencia («También hay chernóbiles de la mente, /zonas que evacuamos hace tanto / que ya ni siquiera sabemos de su existencia») está muy presente, como lo está el asunto de la identidad nacional, el viejo y consabido tema de España que López-Vega, un viajero impenitente que conoce de primera mano los conflictos étnicos y religiosos de otras zonas de Europa, escruta sin apasionamiento, con una corrosiva ironía nuestra historia más reciente: «… acordaron nunca hablar más del asunto, / se pusieron la camisa nueva / y sobre ellos descendió en silencio / el espíritu de la transición / como buena paloma / se cagó en España / pero no en ellos».

     No falta tampoco, en este intenso y extenso libro, la reflexión metapoética. López-Vega es, además de poeta, un reconocido traductor de varios idiomas, así como un penetrante ensayista que medita sobre la poesía ajena —que es, no olvidemos, una forma de analizar la propia—, razón por la cual está abierto a influencias muy diversas que le abocan, de excelente buen grado, a cuestionarse el papel de la poesía en la actualidad, la poesía, escribe «es un lugar por encima de los lugares y un tiempo más allá del tiempo», quizá sea esa la razón de que sigamos considerándola alimento imprescindible en nuestra dieta vital. En Gótico cantábrico encontrarán los lectores una porción concentrada de la mejor vitamina.

Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 16/02/2018

JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA. LA SEMILLA DEL ÓXIDO.

JOSÉ LUIS GARCÍA. LA SEMILLA

JOSÉ LUIS GARCÍA HERRERA. LA SEMILLA DEL ÓXIDO. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ-COMUNIDAD VALENCIANA, 2017. EDITORIAL DEVENIR

Hay en La semilla del óxido una persistente indagación sobre la identidad y sobre la función que ejerce el lenguaje en la construcción de dicha identidad, y hablo de persistencia porque, a veces de manera explícita y otras de forma más solapada, ese conflicto está presente en todos los poemas del libro y, sin embargo, José Luis García Herrera (Esplugues de Llobregat, 1964) ha conseguido ofrecer una multiplicidad de puntos de vista que en ningún momento resultan monótonos, algo que no resulta fácil conseguir en un libro de la solidez de La semilla del óxido.

     Ya en «Acto de fe», el primer poema de la primera de las seis secciones en las que está dividido el volumen, García Herrera declara sus intenciones, reconoce sus límites, da cuenta de las fidelidades que sustentan una vida, la suya: «deudor / de un amor de mujer que no merezco, / afortunado aprendiz de poeta / que halló felicidad haciendo lo que más quería: / amar, ser amado y escribir». Esta humildad que, a veces, roza el menosprecio personal, recorre en sigilo el libro. La conciencia de la fugacidad de la existencia conduce al poeta a una especie de resignación cercana al nihilismo, como reflejan, por ejemplo, estos versos del poema «Voz en la tierra»: «Y al final nada somos. / Sólo firme voluntad férrea / por reafirmar en tinta la memoria de nuestro paso» o los últimos versos del poema que cierra el libro, «Tiempo de partir»: «Un hombre sustituye a otro hombre / en la cordillera del viento, en la esquina / donde el agua borra las fracturas de una patria / y nada escapa del óxido mortal de sus ruinas». Pero en el transcurso del primer poema al último hay espacio para meditar en profundidad sobre el devenir existencial y García Herrera, consciente como es de lo que le aguarda, lo hace, sin embargo, sin patetismo, antes al contrario, hay en sus versos la poderosa constatación del gozo de vivir incluso en el dolor, aunque no sea capaz —nadie lo es del todo— de trasmitirlo de forma fidedigna, acaso porque «Escribir —en cierto modo, / es esa necesidad de acercarnos al dolor— abre heridas invisibles / que intentamos cerrar con esas palabras / que jamás dan la exacta medida / de lo que deseamos expresar». García Herrera entiende la escritura como salvación (esto no significa que algunas veces se cuestione si esa salvación es solo una forma de autoengaño: «Pero las palabras no me salvarán. Nada me salvará»), como cauterio contra las heridas del tiempo y da sobradas muestras de esa confianza en el poder salvífico y redentor de la palabra, aunque él conoce de primera mano cuánto tiene de artimaña este convencimiento, lo que produce una admiración sin resquicios en este lector: «Escribir frente a ti y contra el olvido. / Escribo contra el olvido para vivir en ti / las horas del ayer que hoy me ofreces / con la lucidez de tu corazón y su memoria». Un epígrafe de Luis Cernuda —bajo su sombra se cobija la poesía de José Luis García Herrera— encabeza la segunda sección, más centrada ahora en ese conflicto identitario del que hablamos más arriba, aunque la vinculación entre vida y poesía siga tutelando sus reflexiones: «En el naufragio me sujeté al mástil roto de la poesía. / Di a la vida aquello que la muerte me reclama. / Para aquel que no fui / ya no quedan voces que invoquen a la esperanza».

     Subyace en esa fe en la palabra un deseo no oculto de trascendencia de permanencia, de eternidad si se quiere, que va más allá de la memoria de los seres queridos o del registro civil, porque el óxido, la herrumbre, la muerte acechan como perros hambrientos. Nunca sabemos cuán próxima está la mordedura y García Herrera, para conjurar el maleficio de la espera, confía toda su experiencia en la escritura, un oficio de tinieblas y soledad, «Por eso —escribe— me refugio en la oscuridad y pretendo ser invisible frente a las flechas de la luz. Enfermo de silencio me acurruco bajo la ventana de la memoria, me alimento con el óxido de las palabras que acumulo tras los ojos y grito en un océano de papeles rotos».

     No hay en este indagación autobiográfica discursos grandilocuentes ni están trufadas las continuas especulaciones sobre el lenguaje de consideraciones metalingüísticas. El discurso de José Luis García Herrera —autor de una sólida trayectoria— es, quizá de forma más contundente que en sus libros anteriores, firme y directo, aunque el permanente ir venir de un lugar a otro de la conciencia produzca un remolino del que el lector, a veces, se ve incapaz de salir, Esos merodeos son consustanciales al hombre que se interroga sobre su lugar en el mundo, al hombre que duda, al hombre que piensa. Por otra parte, tanto en verso como en prosa la factura de los poemas es exquisita, lo que hace de La semilla del óxido un libro altamente recomendable.

JORDI DOCE. CURVAS DE NIVEL. ARTÍCULOS (1997-2017)*

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JORDI DOCE. CURVAS DE NIVEL. ARTÍCULOS (1997-2017)
EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ, 2017

Jordi Doce (Gijón, 1967), uno de nuestros poetas más originales es. Además, un reconocido traductor de poesía y un magnífico crítico y ensayista. El ámbito de sus pesquisas y de sus investigaciones suele estar centrado en la cultura británica, pero no resulta extraño que se interne en otros territorios afines, por más que estos pertenezcan a otras tradiciones. Lo podemos comprobar en Curvas de nivel [Artículos 1997-2017], una edición ampliada del volumen que, con el mismo título, publicó en el año 2005 en la que Doce no ha modificado ni «el título ni el orden de los apartados, aunque sí [ha] ampliado notablemente la sección de “Contigüidades” y los “Retratos”, que pasan de ser cuatro a trece». En la primera edición Jordi Doce describía el contenido de un libro tan heterogéneo. Afirmaba entonces, y sigue vigente ahora, que «Aquí se dan cita , pues, la crítica de ideas, el apunte informativo, la remembranza elegíaca, el boceto biográfico y el divertimento poético, entre otros modos de escritura que me interesan como lector y que encarnan distintas aproximaciones y estrategias de asedio a nuestra realidad cultural y literaria».

     Curvas de nivel está dividido en cinco apartados: «Baraja inglesa», en el que se recogen, junto a impresiones sobre su larga estancia en Inglaterra («Ocho años —escribe en el último artículo—no me han hecho menos extranjero. Pero han logrado, como descubro al escribir estas palabras, que pueda hablar como un extranjero de ciertos lugares de la imaginación»), reflexiones metapoéticas («La falta de conflicto tiene un efecto letal para la imaginación y suele aburrir a quien no disfruta de sus beneficios») y jugosos merodeos en torno de autores como Shakespeare o Ted Hughes. La segunda sección, «Retratos» ha sido ampliada notablemente. Se incluyen perfiles bibliográficos de autores apenas conocidos para el público español, como los románticos Robert Southey, Charles Lamb, o Henry Crabb Robinson, figuras secundarias, sin duda, pero sin las cuales nos sería difícil comprender a los grandes poetas como Wordsworth, Colridge o William Blake. Otros autores nos resultan más familiares, como Octavio Paz, de quien ensalza su capacidad para escribir «sobre los escritores, artistas e intelectuales más variados, de ponerse en su piel y entender sus motivos, sus impulsos secretos, hasta sus desatinos». Quizá con quien Doce manifiesta mayor empatía sea con Charles Tomlinson —a quien ha traducido con asiduidad—, de quien escribe:«Poeta, traductor y crítico literario, artista gráfico, profesor universitario, viajero impenitente…, la lista de sus méritos es tan extensa como la de sus amigos y lectores, pero más importante que cualquier inventario es subrayar la coherencia rigurosa que animó su itinerario vital y creativo».

     En «El baile de poeta», el tercer apartado, Jordi Doce expresa sus ideas sobre la poesía pero no solo formulando conceptos teóricos, que también, sino haciendo alusión a las exigencias que una dedicación aliñada con sinsabores, con fracasos, con renuncias («El poeta es un don nadie»). De la mano de autores como Eliot o los ya mencionados Paz y Hughes, Doce nos deja algunas perlas que deberían incluirse en cualquier manual de escritura creativa, como, por ejemplo, estas: «La satisfacción del deber cumplido se agita enseguida; lo sustituye la insatisfacción provocada por los resultados, la incertidumbre sobre futuros poemas de los que nada se sabe, ni siquiera si tendrán a bien manifestarse. Ningún poeta se siente o puedes sentirse escritor. La poesía no es un oficio ni presupone existencia la existencia de oficinistas, por la sencilla razón de que no hay producción asegurada: los poemas van y vienen, fruto de la habilidad, el azar y un grado de atención o determinación. El horario del poeta se llama disponibilidad». No pretenden estas líneas desilusionar a nadie, solo mostrarle la cara amarga, la más habitual, de la escritura poética, una cara que, sin embargo, dulcifica sus facciones en ese periodo efímero por naturaleza en el que todo poeta verdadero se siente satisfecho con el logro momentáneo.

     De varia lección son los artículos que integran los aparatados cuarto y quito, «Vamos a ciegas» y «Contigüidades». Los temas que subyacen en ellos, acaso más apegados a la servidumbre cotidiana, son análogos a los ya citados. Las preocupaciones son constantes: el lugar del poeta en la sociedad actual, la vanidad y sus excesos, la desinformación que lleva aparejada, como contrapartida, el exceso de información, los intereses más o menos ocultos de la promoción literaria, el oxidado engranaje que mueve una gran parte de los premios institucionales, la necesidad de trasparencia crítica y, por encima de todo, la veneración por un «oficio», el poético, precario, inoperante en la práctica diaria, pero insustituible como modo de conocimiento personal e, incluso, colectivo. La escritura de Jordi Doce está —documentada, culta e instintiva al mismo tiempo— sostenida por un impulso secreto que hechiza al lector línea a línea. No deberían privarse de esa magia.

Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 9/02/2018

MANUEL ARCE, UN ÁRBOL SOLITARIO

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MANUEL ARCE, UN ÁRBOL SOLITARIO.*

«Quien vive sin memoria no ha salido aún del paraíso». Este es uno de los aforismos que de Manuel Arce (1928), integrado en el libro “Aforismos” (2013). Ese estado virginal al que hace alusión el autor, esa referencia a la pureza resulta conmovedora porque revela un estado anterior al pecado y a la penitencia que este lleva aparejada, pero, por más que poéticamente vivir sin memoria resulte una metáfora de la inocencia, del paraíso perdido, no deja de ser un impedimento que coarta el futuro y tergiversa el presente al mostrar una visión sesgada de la existencia. La memoria es fundamental para consolidar ese proceso en construcción permanente que llamamos identidad, pero, además, la memoria posee una función colectiva, histórica —nos atrevemos a aventurar—, de suma importancia para reconocernos en lo ajeno, en el prójimo, en el otro, incluso para que ese otro se reconozca, a su vez, en nuestra mirada. Quien vive sin memoria vive como si no estuviera despierto del todo, vive de espaldas a la realidad y renuncia a aquello que Thoreau llamó “la herencia del mundo”. Por eso no es conveniente dejar que crezcan a nuestro alrededor las zarzas del olvido. El olvido ningunea a las personas e invisibiliza acontecimientos, aviva la ausencia y espolea la ignorancia, por más que olvidar sea necesario para asimilar la crudeza de la realidad: «Olvidar —escribe Carlos Castilla del Pino— es una forma, económicamente necesaria, de disolver aquella parte de nosotros que, por diversas razones (algunas conocidas, otras ni siquiera cognoscibles), no toleramos. Cada recuerdo (de alguien, sobre algo y en algún lugar) es un Yo. Entre uno y otro Yo se abren fisuras, que a menudo se suturan mediante recuerdos o seudorrecuerdos (las imprecisamente denominadas “ilusiones de la memoria”)».

     Deducimos de lo dicho más arriba que, al menos, hay dos tipos de olvido. Uno olvido inconsciente que cauteriza las heridas y ejerce un efecto salvífico y otro de consecuencias nocivas, un olvido voluntario que actúa como un disolvente cuyo fin es deshacerse de todo aquello que, por una razón u otra nos resulta molesto o antipático. Las instituciones, los organismos públicos y privados, la colectividad en general suelen ser quienes emplean esta treta con mayor prodigalidad, pero sin ostentar el monopolio; no es infrecuente encontrar individuos que cultivan ese absentismo evocativo.

     Afortunadamente, pese a la incuria con la que una sociedad cada vez más globalizada y tecnificada, agravia a los creadores de su entorno, Manuel Arce y su obra siguen estando muy presentes en la memoria cultural de nuestra comunidad autónoma. Y es que desde muy joven, allá por el año 1948, fecha en la que creó la revista “La Isla de los Ratones” —es decir, hace la friolera de setenta años— hasta hace solo unos pocos años (recordemos que en 2013 publicó el libro al que hacíamos mención al comienzo de esta líneas, “Aforismos”) ha permanecido en activo con numerosísimos proyectos que traspasaron las fronteras de una región, por otra parte, de tan escasas dimensiones, no solo geográficas.

     Manuel Arce cumplirá 90 años dentro de unos días (Julio San Saiz, pintor y poeta, también los cumplirá al lo largo de este año) y creemos que, para celebrar esa onomástica, es necesario no dejar que caigan en el olvido algunas de sus logros como escritor, como poeta, como editor y galerista, como gestor cultural, en definitiva. Su contribución intelectual es innegable y no debemos permitir que la falta de curiosidad por el pasado y el utilitarismo creciente ensombrezcan su legado. La aventura editorial de “La Isla de los Ratones” iniciada en 1948 se amplió con la edición de una colección de libros de igual título dedicada primordialmente al arte y la poesía, que sobrevivió hasta 1986. Actividad esta que Arce compatibilizó con la dirección de la galería/librería Sur, fundada en 1952 con una exposición de Benjamín Palencia, y por la que pasaron los pintores a la sazón más relevantes del panorama nacional (Escuela de Vallecas, Informalismo, Abstracción, etc.), así como algunas figuras internacionales recogidas bajo los epígrafes de «Maestros europeos» o «Clásicos contemporáneos». La galería cerró sus puertas en 1994 (en 1996 el Museo Nacional Reina Sofía celebró una exposición documental titulada “Sur. Un escenario para la memoria”, rememorando la trayectoria de la galería). Parece que estamos hablando de un pasado muy lejano y, ciertamente, a la velocidad a la que se suceden los acontecimientos hoy en día, todo esto puede sonar a prehistórico pero, teniendo en cuanta la atonía cultural de la época, no cabe duda de que gracias a proyectos de este calibre, nuestra mentalidad fue abriéndose a las nuevas corrientes intelectuales que destacaban en Europa. Pese a la falta de tiempo, no desatendió Manuel Arce su compromiso público. Fue —eso sí, durante muy poco tiempo— concejal de ayuntamiento de Santander, encuadrado en las filas socialistas y desarrolló una labor fructífera y, nos consta, muy gratificante para el autor, presidente del Consejo Social de la Universidad de Cantabria durante diez años (los premios que convoca anualmente dicha Universidad y que él contribuyó a crear, llevan su nombre).

     Hemos dejado deliberadamente para el final su obra literaria no porque menospreciemos el trabajo “administrativo”, sino porque es ésta la que le ha proporcionado un lugar de privilegio en la historia literaria de nuestro región y, confiamos, mucho más que una somera referencia o una nota a pie de página en los estudios sobre la novela española de la segunda mitad del siglo pasado. Es cierto que Manuel Arce comenzó siendo poeta —“Llamada” (1949), “Sombra de un amor” (1952) y “Biografía de un desconocido” (1954)— pero su consagración llegó con la novela con títulos como “Testamento en la montaña” (1956), “Oficio de muchachos (1963) —ambas llevadas al cine— y la más reciente, “El latido de la memoria” (2006), con la que obtuvo el Premio Emilio Alarcos, todas ellas enmarcadas en el llamado estilo realista, muy asentado sobre todo en las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo. “Los papeles de una vida recobrado” (2010) recoge su obra memoralística y es de obligada lectura para todo aquel que desee sumergirse en la vida cultural santanderina de los últimos decenios. No ha sido Manuel Arce un escritor prolífico —estamos seguros de que su dedicación a la obra ajena le ha restado tiempo para la propia—, pero sería injusto no reconocer sus innegables méritos, también literarios, porque algunos escritores ejemplifican lo que muchos desean llegar a ser sin conseguirlo y, aunque en este recuerdo apresurado se nos escapen asuntos sustanciales que con toda probabilidad el tiempo esclarecerá, no nos cabe ninguna duda de que Manuel Arce es uno de ellos.

Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, 2/02/2018

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. HISTORIAS

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. HISTORIAS. EDICIÓN DE ROCÍO FERNÁNDEZ BERROCAL. FUNDACIÓN JOSÉ MANUEL LARA. VANDALIA, 2017

Con determinados autores uno tiene la sensación de que son inabarcables. Una vida resulta insuficiente para poder leer todo lo que escribieron. Uno de ellos es, por supuesto, Fernando Pessoa. Su famoso baúl no parece tener fondo. Es tal el maremágnum de textos inéditos —por completo o de forma fragmentaria, que han aparecido en los últimos años—, de versiones, de actualizaciones, de nuevas ordenaciones que llegan a desorientar al lector común, al no especialista. Otro tanto ocurre con Juan Ramón Jiménez. Es de todos conocido el afán corrector de Juan Ramón, un afán que podemos tachar de obsesivo, de hecho se había propuesto prosificar toda su obra, un empeño titánico que no pudo llevar a cabo por su envergadura y por la salud menguante del poeta. De ese afán corrector, de las continuas revisiones —«Para mí corregir es revivir; revivo momentos de mi vida cuando corrijo los poemas escritos en el pasado», dejó escrito—, de los añadidos y de los descartes, de las diferentes ordenaciones que ha sufrido su obra han surgido multitud de títulos, no todos, conviene decirlo, plenamente justificados.

     Diferente es el caso de Historias, un libro que data de la primera etapa creativa del autor (a su vez, dividida por los especialistas en dos periodos, el que va desde 1898 hasta 1908 y desde este año hasta 1915), escrito entre 1909 y 1912, aunque, posteriormente fue objeto de sucesivas revisiones. Una etapa —recordemos que Platero y yo fue escrito entre 1906 y 1912— que el propio Juan Ramón consideraba como su preferida. De ahí proviene Historias, un libro que, hasta ahora, nunca ha sido publicado respetando el proyecto definitivo, depositado en la Sala Zenobia-JRJ de Puerto Rico. Esta edición de Rocío Fernández Berrocal, de un rigor filológico notable, es, por tanto, la primera en la que se recoge de forma fiel el deseo de Juan Ramón Jiménez. De los 61 poemas que lo integran, 27 son totalmente inéditos. El resto apareció en diferentes oportunidades, en revistas y antologías, fundamentalmente. El primer poema de la serie que vio la luz fue «Igual que una magnolia», publicado en la sección «Los lunes» de El Imparcial en 1914. A partir de ese momento, distintos poemas irán publicándose en diferentes antologías del poeta. Como es lógico pensar, tratándose de Juan Ramón, y teniendo en cuenta la distancia temporal que media entre la composición de los poemas y la reordenación definitiva, estos sufrieron innumerables modificaciones: «Siempre he respetado —escribe JRJ en un texto que incorpora la editora del libro— en mi corrección la idea, el sentimiento, el sentido, el acento, el carácter de mi escritura y la mayor parte de la redacción que suponía el hallazgo. He suprimido lo más inútil o lo más vano y he procurado dejarle su verdad a casa cosa». Pese a tal convencimiento, el lector no puede, sin embargo, dejar de preguntarse si ese denodado afán acaba traduciéndose en una versión superior a alguna de las precedentes. No resulta infrecuente comprobar cómo el exceso de corrección afea el poema o, en el mejor de los casos, el resultado lo convierte en algo muy diferente al impulso inicial.

     Historias está dedicado a la memoria de María Pepa, una de sus sobrinas, que falleció cuando contaba apenas 26 meses de edad, y está dividido en 4 secciones. La primera, la titulada «Historias para niños sin corazón» es la más crudamente afectiva. JRJ sentía una especial predilección por los niños. Siendo como era un hombre solitario, no desdeñaba su compañía, antes al contrario, la buscaba porque disfrutaba de esa ingenuidad infantil tan similar a la que alienta sus poemas, pero no todo era ingenuidad en los niños, también podían mostrase muy crueles con otros niños menos favorecidos por el destino, y esa crueldad es la que denuncian estos poemas, como sucede en «El niño cojo sueña…», que finaliza así: «Ya la aurora abre —en el cielo— su armonía espléndida. / Cuando su madre entreabre la ventana / que da a la calle; triste de miseria, / en un rincón de sombra /= lo primero que ve son las muletas».

     La segunda sección, «Otras marinas de ensueño», la integran, como señala Fernández Berrocal, «poemas marinos donde el alma del poeta se desdobla en estampas de sus mares infantiles», la bahía de Cádiz y la de el puerto de Arcachon, ciudad situada en el departamento de las Landas, en el suroeste de Francia, que era famosa, entre otras cosas, por sus balnearios. Del poema subtitulado «Balneario en octubre», rescatamos la primera estrofa: El sol se cansa en la playa, solitario / como un fantasma viudo, pálido y pensativo. / El ocaso está histórico, abierto, milenario. / Reina el otoño ya, y todo es espresivo».

     «La niña muerta» es la que específicamente está dedicada a la memoria de su sobrina María Pepa, «muerta en la tierra a los 26 meses viva siempre en el cielo de Moguer». Como es lógico, la infancia vuelve a ser la protagonista de los poemas, aunque ahora el tono melancólico se apodere de los versos. El poeta parece no hallar consuelo para tanta pena en las palabras, aunque encuentre en su decir la tabla de salvación: «Triste, sí… / Las palabras / salían de la vida de la madre, preñadas / de ese olor sin fin que mira la esperanza / desvanecerse… // Yo, con sangre entre mis lágrimas, / ponía nieve en la cabecita abrasada…».

     La última sección, la más breve, está integrada por cinco poemas, cinco estampas viajeras que describen lo que JRJ vislumbra a través de los cristales cuando viaja en tren: «¡Chopos que se reflejan en la caoba umbría, / con un murmullo fresco de verdura; cristales / olvidados, que copian como mendigos ciegos, / un castillo en que va rojeando la tarde!».

     El volumen se completa con unas exhaustivas notas a los poemas y unos apéndices de obligada lectura para todo aquel que quiera ir más allá de una mera lectura placentera. La edición exenta de este libro está plenamente justificada puesto que este era del deseo del poeta, y la edición cumple a la perfección ese inicial requisito, sin embargo, creemos que no añade gran cosa al corpus poético del poeta, un corpus. por otra parte, excelso, sobre todo quienes preferimos, por ejemplo, —aunque eso signifique estar en desacuerdo con su propio criterio— la obra del exilio. En cualquier caso, es este un asunto subjetivo que no merece más comentario. Historias, por otra parte, nos muestra a un JRJ de altos vuelos, y eso es más que suficiente para disfrutar de su lectura.

 

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS

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SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS. EDICIÓN DE HILARIO BARRERO. RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2017

La enfermedad marcó desde muy temprano la vida de Sara Teasdale (1884-1933), de hecho, su delicada salud retrasó sus estudios (se graduó en 1903). Su primer libro, Sonetos a Duse y otros poemas, vio la luz unos pocos años después, en 1907 y ya dejaba entrever su diáfano lirismo y la musicalidad de sus versos, aunque no será hasta su siguiente libro, Helena de Troya y otros poemas, cuando consolide su destreza formal, la claridad semántica y un sensual y apasionado tono amoroso y adquiera notoriedad como poeta de amor, como poeta romántica. Su tercer libro Ríos hacia el mar, publicado en 1915 y caracterizado por lun lenguaje directo, sin metáforas y ornamentos retóricos, se convirtió en un best seller y catapultó a su autora hacia el éxito y la fama. Establece a partir de ese momento su residencia en Nueva York. En 1918 su libro Canciones de amor, publicado en 2017, fue galardonado con sendos premios, el Premio de Poesía de la Universidad de Columbia (actualmente denominado Premio Pulitzer de Poesía) y el Premio de la Sociedad de Poesía de América. La antología La voz que responde: Cien canciones de mujer (1917), Llama y sombra (1920) —según la crítica, el mejor de sus libros—, otra antología, Arcoíris dorado para niños (1922), El lado oscuro de la luna (1926) y Estrellas de la noche (1930) son los títulos que publicó hasta que decidió quitarse la vida con una sobredosis de barbitúricos en 1933; Extraña victoria (1933) apareció poco después de su fallecimiento y una recopilación de sus poemas se publicó en 1937. Sara Teasdale ha pasado un purgatorio desde entonces hasta hace relativamente poco tiempo. Durante muchos años se la ha considerado peyorativamente una mera poeta romántica, con grandes dosis de sensiblería, pero la crítica al fin ha sabido valorar su excelente técnica —fruto, sin duda, de un conocimiento profundo de la tradición— que la condujo a afianzar una elaborada y, a la par, sobria expresión— y el profundo desencanto vital que se esconde detrás de la belleza de sus palabras. Como escribe Hilario Barreo —poeta y diarista, pero también un reconocido traductor de poetas como Emily Dickinson (en esta misma colección), Ted Kooser, Henry James o Jane Kenyon— en el prólogo a Luces de Nueva York y otros poemas, «Básicamente su poesía se basa en tres temas: la belleza, el amor y la muerte, que la aproximan y definen como una poeta romántica; a veces un poco melancólica, a veces envuelta en una profunda tristeza, casi siempre atormentada por la presencia o la ausencia del amante».

   La presente antología tiene como hilo conductor, como tema predominante Manhattan y «a través de esta selección —escuchamos de nuevo a Barrero— podemos hacer un viaje en el metro desde el Downtown […], bajarnos y ver las luces de Nueva York y la Metropolitan Tower, alcanzar Broadway y recordar el amanecer de un nuevo año, subir hasta Riverside y volver a casa ya al atardecer con “el polvo azul de anochecer sobre mi ciudad». La antología está dividida en seis secciones, de las cuales la primera, «Un viaje por Manhattan con final en Brookly» es la más fiel al título del conjunto. Teasdale, a pesar de ese romanticismo un tanto añoñado, no es una poeta antigua, muy al contrario, en su poemas aparecen el metro, ascensores, bocinas, trenes, coches, autobuses, el enmarañado tráfico de la ciudad. Estamos hablando de una poesía netamente urbana, acaso el mejor escenario para representar las desventuras del amor, la tragedia de la existencia. La ciudad se convierte en un personaje de carne y hueso que reclama su porción de vanidad: «Soy una princesa, ágil y ligera meciéndome / sobre las ciudades vulgares de la tierra», escribe en el poema «Desde una ventana», escrito en Nueva York en diciembre de 1931. Como hemos dicho, la ciudad, y este caso la terraza de uno des sus entonces más emblemáticos edificios, la torre Woolworth, es un escenario perfecto para vivir un amor apasionado: «Amado, / aunque nos rodeen / el sufrimiento, la futilidad, la derrota, / no pueden echársenos encima. / Aquí en el abismo de la eternidad / el amor nos ha coronado / por un momento / vencedores» La ciudad posee sus propias estrellas, los millones de luces que la iluminan, y a ellas dirige su mirada la poeta, como el firmamento que no puede llegar a ver hubiera descendido a la medida humana.

   El amor y el desamor están presentes en la mayoría de los poemas. La melancolía parece invadir la mente de la autora. Incluso en el titulado «Sola» los aficionados a las elucubraciones pueden encontrar vestigios de su suicidio (ya lo han hecho con algunos otros poemas) en la primera estrofa: «Estoy sola a pesar del amor, / a pesar de todo lo que tomo y doy, / a pesar de toda tu ternura, / a veces no estoy contenta de vivir». La poesía refleja estados de ánimo mutables, por esa razón, junto a este tipo de versos, hay otros que manifiestan un extremo gozo de vivir y de experimentar, de ahí lo arriesgado de erigir suposiciones con tan endebles evidencias.

Qué impresión nos queda después de leer esta selección de Sara Teasdale. En primer lugar, gracias a una traducción impecable, disfrutamos de unos poemas que se leen con facilidad. Interiorizamos rápidamente el ritmo y por esa razón, los versos fluyen de manera sincopada. Por otra parte, la belleza y el amor son ensalzados con exquisita sabiduría, sin estridencias más propias de un loco amor que de quien reflexiona sobre él a través de la escritura. Por último, observamos que su poesía sigue gozando de vigencia, es lo que podríamos llamar, moderna, y quizá, para terminar este comentario, lo mejor sea transcribir el poema titulado «Florencia», en el que refleja de modo evidente su poética modernista, muy cerca de la osadía de los futuristas «Estoy cansada de todo el pintoresquismo / y de la tenacidad del fresco descolorido, / de mohosas sacristías polvorientas / con santos a lo largo de las paredes; / estoy harta de Giotto / y Massaccio y Lotto, / y de lóbregas capillas de la virgen = con negras sillas de coro roídas por la carcoma. // estoy harta de millas de cuadros / y vírgenes con sonrisas interminables, / estoy cansada de “cosas que debes ver” / y “cosas que debes hacer”» / me gustaría enseñarle a estos florentinos / lo que significa Broadway en Manhattan / y ¡oh, me gustaría caminar hoy / por la Quinta Avenida!».

JAVIER BOZALONGO. TODAS LAS LLUVIAS SON LA MISMA TORMENTA*

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JAVIER BOZALONGO. TODAS LAS LLUVIAS SON LA MISMA TORMENTA. PREMIO DE POESÍA BLAS DE OTERO. AMARGORD EDICIONES, 2017

La familiaridad con la obra ajena que el trabajo de editor lleva aparejado resulta, cuando se da el caso de que el editor es también autor, un lastre para la propia obra. Javier Bozalongo viene desarrollando en los últimos años una labor admirable como responsable de Valparaíso Ediciones y, a tenor de la distancia temporal que media entre La casa a oscuras (2009), su anterior poemario, y Todas las lluvias son la misma tormenta (2017), la impresión inicial está muy cerca de confirmarse, por más que en el ínterin Bozalongo haya publicado varias antologías de su obra, así como un libro de cuentos, Todos estábamos vivos (2016) y un libro de aforismos, Prismáticos (2017) y conciba su trabajo como editor como una parte más de su obra creativa.

     Afortunadamente, con esta entrega Bozalongo regresa a su ámbito natural, el de la poesía, y lo hace con un libro no tan extenso como cabría esperar después de los años transcurridos, pero con la intensidad propia de quien ha estado cociendo los poemas a fuego lento en el horno de la mente y posee un mundo propio en el que cobijarse, al que aferrarse cuando azota el temporal de la incertidumbre. Precisamente así, «Temporal», se titula la primera de las dos partes en las que está divido Todas las lluvias son la misma tormenta.

     La existencia no es una línea recta e ininterrumpida. Hay circunstancias, experiencias que trastocan esa presunta linealidad. Lo experimentado, lo vivido comparte entonces protagonismo con lo soñado, con lo intuido, con lo que pudo ser y no fue. Haz y envés completan dicha experiencia, por eso razón «De cualquier arcoíris / se puede deducir una tormenta. // Cualquier adiós / fue antes bienvenida». Las contradicciones constituyen nuestra propia esencia, al igual que esa incómoda sensación de desconcierto que nos invade cuando intentamos comprender lo que sucede a nuestro alrededor y nos sentimos impotentes para hacerlo. La escritura cumple, en incontables ocasiones, una labor humanitaria, porque provee al autor de una especie de pantalla protectora que las flechas envenenadas del destino no pueden traspasar. En ese espacio inviolado el poeta se siente seguro porque «Por más que las tormentas alarguen el invierno / en contra de la lógica de los calendarios, / por más que algunos días / jueguen al escondite con el amanecer, / siempre hay un mañana que estalla de repente /para que al fin sepamos que los cristales rotos / son la oportunidad / de mirar aún más lejos». Pero claro, por mucha que sea la resistencia, el individuo no sale indemne del reto. El pasado va dejando subterráneas heridas sin cicatrizar que pugnan por salir a flote, como el agua de un géiser. La muerte, estamos ya en el presente, envía sus primeros avisos y el poeta reflexiona, escribe sobre esa experiencia traumática: «No es túnel ni un valle ni un abismo. / Es solo miedo» lo que siente.

     La segunda parte del libro, «El resto de mi vida», da cuenta de los nuevos recuerdos que va atesorando el superviviente. Viajes y ciudades van conformando un itinerario vital pródigo en entusiasmos varios, como sucede en el magnífico poema titulado «NYC». La mítica ciudad deja un poso de melancolía en el poeta que se ve obligado a abandonarla: «Trabajos que dejé sin terminar / y deudas contraídas con el tiempo / me obligarán mañana a abandonar Manhattan / igual que se abandona en la puerta del cine / a quien pudiera ser el amor de tu vida». Otra ciudades, no menos míticas, como Berlín Venecia, Buenos Aires o Granada son el escenario donde Javier Bozalongo simboliza sus deseos y temores, donde reconstruye esa identidad recuperada. Pequeñas viñetas dibujan con palabras un instante lo suficientemente explícito, sin embargo, como para mostrarnos sino una imagen completa de la ciudad, sí un fragmento que permite al lector identificar lugares comunes, costumbres o actitudes en las cuales reconocerse.

     La poesía de Bozalongo está construida con un lenguaje directo y sus poemas dan prioridad a lo descriptivo, a lo cotidiano por encima de lo evocativo, pero eso no significa que renuncie a la tensión estética. La comunicabilidad no está reñida con la exigencia formal y lingüística. Además, al asombro y la emoción que destilan sus versos hay que añadir una fuerte dosis de crítica social (es muy posible que la figura de Ángel González no sea ajena a ello), quizá enmascarada por la añoranza, pero ácida y reivindicativa: «Añoro una ciudad de aire tan limpio / — no me refiero solo a la contaminación— en la que uno pueda salir a caminar / sin sentir que su sombra / desaparezca a plena luz del día». Hay algo de ilusorio en toda narración biográfica, pero esto, lejos de evadirnos de la realidad, contribuye a aumentar su carga simbólica:. «Cualquier maleta esconde un doble fondo» y en ese doble fondo se encuentra la verdadera poesía.

*Reseña aparecida en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 26/01/2018

MARÍA ÁNGELES CHAVARRÍA. DE CORAZÓN A CORAZÓN, DE HUESO A HUESO

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MARÍA ÁNGELES CHAVARRÍA. DE CORAZÓN A CORAZÓN, DE HUESO A HUESO (Elementos simbólicos en la poesía de José Luis Hidalgo). Colección Torre de la Vega. Aula Poética José Luis Hidalgo. Torrelavega, 2017

Es sabido que cada generación lee y reescribe la tradición de forma diferente a como lo hicieron las generaciones precedentes, acaso porque, como escribe José María Pozuelos Yvancos, «los valores estéticos son cambiantes, movedizos y fluctúan en función del periodo histórico en que nos encontremos». José Luis Hidalgo, pese a su corta vida y a su parca obra, pertenece por derecho propio a nuestra tradición poética reciente. Nos referimos, más en concreto, al periodo que comienza al final de la guerra civil y que se ha convenido en denominar literariamente primera generación de posguerra. Estudiosos de dicho periodo como Santiago Fortuño Llorens o Francisco Ruiz Soriano (autor, por cierto, de un magnífico estudio sobre José Luis Hidalgo titulado José Luis Hidalgo, poeta surrealista) no dudan en calificar a nuestro poeta, especialmente por su libro póstumo, Los muertos, como una de las cumbres poéticas de esta etapa. No resulta extraño, por tanto, que siga concitando el interés de jóvenes poetas y de conspicuos investigadores, y un ejemplo de ello lo tenemos en el espléndido trabajo que la profesora María Ángeles Chavarría ha dedicado al poeta cántabro, De corazón a hueso, de hueso a corazón (Elementos simbólicos en la poesía de José Luis Hidalgo), publicado en la colección Torre de la Vega que edita el Aula Poética José Luis Hidalgo.

   Fruto de una labor investigadora realizada durante varios años, el estudio de Chavarría parte de investigaciones precedentes, tanto de algunas de las mejores tesis doctorales que se han escrito sobre Hidalgo, como la de María Romano Colangeli, José Luis Hidalgo, poeta della morte (1965) o la ya citada de Francisco Ruiz Soriano, publicada en 1996, como de estudios introductorios de su poesía —a cargo de María de Gracia Ifach, Julia Uceda, Juan Antonio González Fuentes, Ángel Luis Prieto de Paula, María Payeras o Leopoldo Sánchez Torre, por citar solo algunos nombres— y ensayos biográficos, entre los que cabe destacar Verso y prosa en torno a José Luis Hidalgo (1971) y Tiempo y vida de José Luis Hidalgo (1975), ambos escritos por Aurelio García Cantalapiedra, sin lugar a dudas uno de los mayores exégetas del poeta.

   La obra de María Ángeles Chavarría demuestra un conocimiento exhaustivo de las fuentes citadas pero da un paso más allá al ofrecer el lector interesado una detallada investigación sobre los más recurrentes elementos simbólicos que aparecen en la poesía de Hidalgo: «Si bien son varios los estudiosos —escribe Chavarría— que se han interesado por el empleo de los símbolos en Hidalgo […] nos interesaba realizar un estudio más detallado del mismo que englobase toda su obra, en vez de un acercamiento a un poema destacado o un grupo de símbolos en concreto, como se ha hecho hasta ahora».

   Chavarría divide con excelente criterio su estudio en tres apartados. El primero de ellos —«El estado de la cuestión»— contextualiza la obra de Hidalgo en el periodo histórico que le tocó vivir pero, además, analiza de forma pormenorizada las características estéticas del periodo y cuáles fueron las concomitancias y las divergencias que mantuvo con ellas. En el segundo apartado, «Introducción al universo poético de José Luis Hidalgo», se estudia la evolución poética del autor a través de sus tres libros, Raíz, Los animales y Los muertos, así como los temas más habituales de su poesía: Dios, la muerte y el amor. Es en el tercer apartado, «Los símbolos en la poesía de José Luis Hidalgo», donde Chavarría desarrolla con mayor profundidad sus tesis sobre los símbolos y el carácter ascensional y descensional que poseen muchos de ellos. Su elaborada interpretación personal nos permite «destacar la complejidad analítica de un autor en apariencia sencillo, en cuya obra predominan los contrastes y las dualidades que, en definitiva, son las que definen o reflejan la escritura, la riqueza expresiva e incluso el carácter del escritor».

   Nos encontramos, por tanto, ante un riguroso estudio sobre la obra de un poeta que, por fortuna, sigue vivo en nuestra memoria poética gracias, qué duda cabe, a la especial intensidad de su obra, pero también gracias al concurso inestimable de trabajos como el de María Ángeles Chavarría, profundo, documentado, erudito, pero con una escritura ágil que ha sabido combinar el empeño didáctico con la fluidez narrativa más propia de una biografía. Un trabajo que nos ha enseñado a leer la obra de Hidalgo desde otra perspectiva mucho más enriquecedora y que servirá, a partir de ahora, como referencia para futuros investigadores.

HEBERTO DE SYSMO. MALDITO Y BIENAMADO BIBELOT

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HEBERTO DE SYSMO. MALDITO Y BIENAMADO BIBELOT. COLECCIÓN SITIO DE FUEGO. BAILE DEL SOL, 2017

Algunos poeta reconocen no tener un plan preconcebido cuando se disponen a escribir un poema; es el propio poema el que va descubriendo al autor las vías de conocimiento por las que discurren los versos, versos que no necesariamente han de coincidir con la emoción inicial que los puso en marcha. Otros poetas, sin embargo, parecen tener perfectamente clara la idea que intentan trasmitir, solo necesitan encontrar las palabras precisas que se acomoden a su pensamiento. Entre estos últimos se encuentra Heberto de Sysmo, seudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, poeta y animador cultural valenciano autor de varios libros de poesía y corresponsable de la revista literaria Crátera. Su último libro, Maldito y bienamado Bibelot, es un ejercicio de semiótica que tiene a la palabra como protagonista casi absoluta. El poeta intenta recorrer a través del lenguaje ese oscuro puente que enlaza lo que quiere decir con el signo (la palabra) que lo expresa (el lingüista suizo Ferdinand Saussure, padre de la dicotomía entre significante y significado, aparece en el primer poema) y sobre este propósito levanta un libro dividido en cuatro secciones, cuyos títulos remiten a una proximidad etimológica: «Physis», origen o principio de la indagación en el lenguaje; «Mathesis» o el aprendizaje; «Mímesis» o el diálogo entre las apariencia sensorial de las cosas y el mundo de la ideas, la imitación con palabras del pensamiento y «Semiosis», o la transformación del signo en concepto, en forma. Como se ve, Heberto de Sysmo intenta transformar las bases conceptuales de la lingüística moderna en materia poética, pero es un ejercicio no exento de dificultades, que tiene, sin embargo, en la intuición su mejor aliado, porque como escribe en el haikú «Desafío de los puntos suspensivos», «el folio en blanco / incita a los instintos; / virginal lienzo». El resultado, por tanto, no puede ser más que una indagación de carácter metalingüístico aunque el aspecto metapoético (poetas como el norteamericano James Merrill, sin embargo, dicen estar en contra «de que la persona del poema hable sobre los esplendores y miserias de la escritura») no esté del todo ausente, como sucede en el poema titulado «El encuentro»: «Atrapado en la hoja de papel / palpita un verso; / espera / estremecer un corazón, / deslumbrar una mente , / desarbolar una conciencia.. / Para ser Poesía».

   Pero inevitablemente en estas aproximaciones hay un componente mayor de prestidigitación que de erudición (no encontramos otras referencias a expertos y estudiosos del lenguaje), de lo contrario estaríamos leyendo un manual, no un libro de poesía. La estructura del poema atiende a un fin, en este caso preceptivo, casi didáctico, como si el poeta se impusiera el propósito de convencerse a sí mismo de que hay un antes de la escritura, el silencio, que reclama su dominio y convierte la expresión en una lucha con el sinsentido. No hablo aquí de verosimilitud sino de la fidelidad a unos principios estéticos que se amoldan a los vaivenes del pensamiento. Acaso por esa razón conviven en este libro poemas de tono jubiloso con otros más elegiacos, como el titulado «Asunción», que transcribimos íntegramente: «Nacido del dolor / un verso escapa; / como lamento, / como respuesta al daño / que su herida comporta. // Su lírica prosodia / invoca la piedad, / piedad que es sublimada / al convertirse en música».

   Este tipo de reflexiones, como decíamos más arriba, de carácter impresionista y, a la vez, simbólico, como el propio signo que las provoca, necesitan de la ambigüedad del lenguaje para no perderse en digresiones semióticas u ontológicas. Buscar la precisión con una herramienta tan maleable como la escritura no deja de ser una contradicción, pero en ese contraste radica su propia esencia. El laconismo en la expresión no es sinónimo de un pensamiento yermo, sino de ese deseo de precisión que antes nombrábamos.

   No es muy frecuente encontrar libros de esta índole en el ámbito poético español (el referente más cercano es quizá Actos de habla, uno de las últimas entregas de Jaime Siles). Estas reflexiones son acaso más propias, hablando de escritura creativa, del aforismo, por eso debemos encomiar el esfuerzo de Heberto de Sysmo por descender hasta las grutas primigenias del yo y del lenguaje. Y es que estos poemas, como apunta José Luis Rey en el prólogo «apuntan a una esperanza: ser es ser en el lenguaje, sí, pero la poesía vendrá a dotar de sentido y de unidad a todo lo que es ceniza de lo dicho».