RICHARD BLANCO. EN BUSCA DEL GULF MOTEL

 

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RICHARD BLANCO. EN BUSCA DEL GULF MOTEL. TRADUCCIÓN DE EDUARDO APARICIO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2016

La fama de Richard Blanco (Madrid, 1968) se extendió hasta nuestro país gracias a que fue nombrado «poeta inaugural» para la segunda investidura de Barack Obama, acto en el cual leyó el poema «One today». No es de extrañar. Generalmente la poesía adquiere notoriedad cuando trasciende su propio ámbito. Se da noticia entonces de tal o cual peculiaridad del poeta o se resaltan las posibles controversias que puedan provocar los poemas. De poco sirve denunciar estas perversiones informativas (Como dice P.D. James por boca de unos de sus escépticos personajes: «Qué importa lo que guía el interés con tal de que sea interés?»). Lo accesorio, lo espectacular, lo llamativo se imponen por goleada a lo esencial, a lo extraño, a lo personal. En este asunto y en otros muchos. Al menos, en el caso que nos ocupa, ha servido para que, de la mano de Valparaíso Ediciones, su poesía llegue al público lector de este lado del océano, a nuestro país, porque, a pesar de que su ciudad de nacimiento sea Madrid, Richard Blanco es un poeta norteamericano que escribe fundamentalmente en inglés. Su nacimiento en España fue meramente circunstancial. Su familia, de origen cubano, como constataremos al leer muchos de los poemas de En busca del Gulf Motel, se trasladó primero a Nueva York y, después, a Miami al poco tiempo de nacer el poeta (tenía sólo 45 días) y en esta ciudad, entre exiliados cubanos, adquirió su educación sentimental. Por supuesto, las particularidades de esta zona geográfica han influido de manera notabilísima en la construcción de su identidad, en el reconocimiento de sus orígenes cubanos, en un sentimiento de pertenencia que se ha ido incrementando con el paso de los años y que, quizá, la lejanía (el poeta vive desde hace alguno años en Bethel (Maine) ha contribuido a consolidar. Su reciente libro de memorias de infancia, El príncipe de los Cocuyos. Una infancia el Miami así parece atestiguarlo.

En busca del Gulf Motel es el tercer libro del poeta y ha sido galardonado con los premios Thomas Gunn, el Paterson de poesía y el Literario correspondiente de poesía de Maine (su primer libro, City of a Hundresd Fires, publicado en 1998. obtuvo el Premio Agnes Lynch Satter, el segundo, Directions to the Beach of the Dead, publicado en 2005 recibió el Premio Beyond Margin del PEN American Center). Este tercer volumen está dedicado a su madre, una presencia tutelar en su vida que adquiere especia relevancia en un tipo de escritura como ésta, de marcado carácter confesional, en la que los conflictos identitarios, culturales, sociales o de naturaleza sexual se muestran con toda crudeza (crudeza no exenta de ternura, por otra parte). El poema inicial, de igual título que el libro completo, habla de unas vacaciones a las que las estrecheces económicas no han logrado robar el encanto que la memoria contribuye a mitificar. Ahora, treinta años después, el poeta conduce por Collier Boulevard, «en busca del Gulf Motel, en busca de todo / lo que debería todavía ser…pero ya no es». El poema es el único instrumento capaz de rescatar aquellos momentos del pasado en toda su intensidad, como si las palabras poseyeran una fuerza magnética capaz de hacer retroceder las manecillas del reloj. La melancolía, sin embargo, acaba imponiéndose porque el poeta toma conciencia de la imposibilidad de reconstruir fielmente la experiencia: «Mi hermano debería todavía jugar al parchís conmigo,/ mi padre debería todavía estar vivo, abrazado a mi madre/ en un baile lento en el balcón de puertas corredizas de cristal/ del Gulf Motel».

Como hemos señalado, los conflictos identitarios han marcado su infancia: nacido en España, es decir, no del todo cubano, pero estadounidense al fin y al cabo, por eso traslada su nombre a su versión inglesa. Richard y no Ricardo. Subyace un intenso deseo de integración en la comunidad nativa, de ascendencia anglosajona, aunque eso conlleve disimular su herencia hispana («Me gustaría creer que he decidido cada detalle de mi vida,/ pero soy consecuencia, una gota de lluvia,/ una semilla caída aquí por casualidad.// En medio de una historia que desconozco, / y que me toca completar y llamarla mía». La pretensión de ser igual a los demás, impulsado por un ansia de pertenencia a un grupo, es propia de la infancia. Con el paso de los años, sin embargo, más adulto y también más racional, la lucha por ser diferente a los otros se convierte en un objetivo primordial para aquellas personas que reclaman su propio lugar en el mundo («Yo pensaba —escribe Blanco— haber cortado/ con Cuba, cansado de llenar los espacios en blanco,/ pero ahora no sé»). La descripción pormenorizada de los hechos propia de la poesía narrativa no se limita a dar cuenta de unas circunstancias concretas. El lector inteligente verá que esa descripción se simultanea con reflexiones de naturaleza más lírica que dejan traslucir emociones y sentimientos como la nostalgia, la amistad, la fidelidad a una forma de vida que cambia de forma inexorable o el amor maternofilial: «Todo lo que soy todavía está aquí,/ sentado con mi abuelo en sillas del jardín/ mirando púrpuras puestas de sol y las nubes de tabaco diluyéndose en el viento…».

En la segunda parte del libro hay dos asuntos que se elevan por encima de los que hemos visto hasta ahora, se trata, en primer lugar, de la orientación sexual. Desde el primer poema, «Jugando a las casitas con Pepín», cuyos dos primeros versos transcribo: «Él es el hombre de la casa y yo soy Beba,/ aunque ya me han advertido que no lo sea» se intuye — gracias a las alusiones sexistas— la hostilidad del entorno familiar —por tradición, muy machista— hacia una forma de comportamiento sexual que rompe las barreras del convencionalismo y se siente diferente. De una forma u otra, la mayoría de los poemas aluden a ello, pero, sin duda, el más significativo de todos ellos es el titulado «La teoría queer: según mi abuela». Para no parecer un marica a los ojos de los demás debe cumplir una serie de condiciones que su abuela le detalla con severidad. Está prohibido hablar de obscenidades. No se pueden romper los roles ni contravenir las reglas comúnmente aceptadas sin sufrir las consecuencias: «No me vas a estar andando por ahí como un puñetero mariconcito,/ que te he visto, coño…/ aunque lo seas». Debemos tener siempre presente que las palabras dicen mucho más de lo que aparentan, y más en el ámbito poético. La enumeración de actos prohibidos y los consejos subsiguientes están descritos con prolijidad, pero el ritmo es absolutamente lírico y provoca en el lector, en un crescendo semántico, sea por complicidad o por desacuerdo, una fractura emocional agónica, conflictiva. El segundo tema fundamental de esta parte tiene que ver con la presencia/ausencia de seres queridos, como el padre o el compañero. Poemas como «Papá en la mesa de la cocina» y «Mi padre, mis manos», tienen al padre como protagonista. En «Matar a Mark», «Más fuerte que la patria» (uno de los poemas más intensos de un libro como este, lleno de poemas memorables) o «Poema de amor según la teoría cuántica» es su pareja el trasunto de los versos y de las emotivas reflexiones sobre el amor a que da lugar.

Llegamos a la tercera sección de En busca del Gulf Motel. La memoria pone en escena, en estos poemas, recuerdos y situaciones de un pasado reciente en una especie de sortilegio vital que tiene como propósito inmortalizar no un hecho en sí mismo, sino lo que ha simbolizado en una mente que ha infringido, durante la búsqueda de sí mismo, normas o leyes casi inmutables. Parece como si Richard Blanco estableciera una conversación con el espíritu de su madre o entonara, en otras ocasiones, un acto de contrición movido por cierto remordimiento puntual: «Camino por le sendero de rosas sabiendo que/ algún día mi madre va a morir y yo también/ caminaré por su casa imaginándome/ sus pensamientos esos años, cuando vivía sola». Ese reconocimiento de los orígenes, de un concepto ancestral de familia es, además, el que subyace en los poemas dedicados a las tías, a una prima, a su abuelo o a sí mismo, en la infancia: «… y recuerdo esos días cuando/ todavía soy un niño en esta playa, deseoso de atrapar/ una gaviota, un pececito plateado en mi mano ahuecada,/ de construir un castillo de arena perfecto». La capacidad evocadora y la fluidez discursiva son, posiblemente, las dos características que mejor definen estos poemas, poemas como estampas de una biografía que se va construyendo a medida que la escritura despliega toda su capacidad de ficción, porque imaginación y realidad son ingredientes que necesita la historia íntima, la intrahistoria unamuniana para convertirse en poesía, y este libro está plagado de pequeños fragmentos no necesariamente sujetos a un orden cronológico que completan el rompecabezas de una vida.

 

 

 

 

 

 

 

ROWAN RICARDO PHILLIPS, VIOLINES

ROWAN RICARDO PHILLIPS

VIOLINES

Nunca vio un violín.

Pero vio una vida de violencia.

Esto no es razón para suponer

Que si simplemente hubiera visto

Un violín, habría visto

Menos violencia. O que vivir entre

Violines, como si fueran

Panaderías o montones de otros locales acristalados

que se vienen abajo como un joven adulto

Ficticio, habría hecho la violencia

Menos crack y más cocaína,

Menos y más por qué dios oh por qué.

Más de una cosa

No rima con una cosa.

Una bazofia de estrellas no rima

Con estrella. Una cuadrilla de poetas no rima

Con poeta. Todos estamos en una cárcel.

Esta es la cruel lección del siglo 21,

Engullir igual que una piedra amarga

Atraviesa la vena de la bestia

Que te observa mientras comes;

Nuestro anfitrión eterno, el cordial violinista,

El mejor mañana,

MMXVI.

Versión de Carlos Alcorta

AÑOS DIEZ. REVISTA DE POESÍA.

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AÑOS DIEZ. REVISTA DE POESÍA. NÚM. 3. EL LUGAR DEL POETA. POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XXI. CUADERNOS DEL VIGÍA

Aunque no todas las colaboraciones poseen el mismo calado ni la misma intención indagatoria—algo habitual por otra parte y, me atrevo a decir, hasta recomendable en este tipo de publicaciones periódicas—, la mayoría de los trabajos que presenta este esmerado número de la joven revista Años Diez, dirigida por Juan Carlos Reche y Abraham Gragera no tiene desperdicio, hasta tal punto que es muy posible que algunos de ellos se conviertan, con el paso del tiempo, en referencia obligada en cualquier futuro estudio de la poesía de las primeras décadas del siglo XXI. En la declaración de intenciones que a la postre es cualquier nota editorial, los editores afirman, intentando definir el lugar del poeta en el siglo XXI: «Desde que con el nuevo siglo desaparecieron de nuestro panorama literario las tendencias dominantes y, con las nuevas voces de los poetas nacidos a finales de los sesenta, en los setenta y en los ochenta, el paisaje se volviera demasiado complejo y rico como para simplificarlo, numerosas antologías y estudios crítico no han dejado de ofrecerse como guías de lectura en el mejor de los casos, o como plataformas promocionales en el pero. En Años diez pensamos que la falta de estéticas dominantes no es un mal en sí mismo ni el reflejo de un periodo de transición. A nuestro juicio, la variedad, que siempre ha existido, es ahora más evidente y necesita lectores y críticos que sepan apreciarla. Aunque variedad, diversidad, no significa ausencia de rasgos comunes ni es garantía de calidad». Si transcribo un texto tan amplio es porque desde este foro venimos defendiendo propuestas muy similares a las aquí expuestas y no conviene disfrazar esta evidencia con paráfrasis o circunloquios, aunque en la propia revista, al menos en el número que nos ocupa, algunas tendencias notables dentro de esa variedad estética a la que se ha hecho mención no esté aún muy presentes.

«¿Cómo hablar de la poesía hoy? ¿Desde qué perspectiva?», se pregunta Juan Carlos Reche en el artículo inicial, titulado «El cometido del poeta». «Es hora de preguntarse —continua diciendo Reche— sobre el cometido y el lugar del poeta en la actualidad, sobre el propósito de su obra y su visión del mundo». Efectivamente, ha llegado el momento —con toda franqueza, habría que haberlo hecho mucho antes, aunque nunca es demasiado tarde— de obviar trayectorias construidas a base de influencias editoriales, de premios adulterados, de amiguismos críticos, es hora de analizar al poeta por lo que es, por su obra y por la incardinación de ésta en el tiempo en el que vive. La «visión de la poesía basada en la hegemonía de las estéticas, en el ninguneo de lo no afín, y no en el valor de las propuestas, se ha convertido en uno de los mayores lastres que la poesía ha acarreado en las últimas décadas, y de la que aún o ha logrado desprenderse del todo», afirma Reche unos párrafos más adelante. Su artículo no carece de valentía. Pone los puntos sobre las íes sobre determinados maximalismos que críticos y exégetas han difundido con el único propósito de mantener la hegemonía ideológica, es decir, los resortes en los que se sustenta el poder (aunque hablemos de poder poético, algo cercano al oxímoron, no cabe duda de ejerce como tal y se sitúa en los aledaños de otros poderes más efectivos). No cabe duda de que alrededor de la poesía, aunque a algunos les resulte difícil de creer, pululan muchos oportunistas movidos por prebendas sociales, por recompensas económicas, por sinecuras, por cargos institucionales. La poesía, para muchos, se ha convertido en un trampolín capaz de impulsar a ciertos individuos hacia altos menesteres, y este comportamiento no es patrimonio de una determinada corriente estética, se trata, más bien, de una pandemia, prácticamente nadie está libre de contagiarse. Además, Reche exige una mayor comprensión de la realidad por parte del poeta, del referente, reclama más responsabilidad al sujeto que se muestra a los demás como dueño de una interpretación personal del entorno y de la historia. «Para una poesía digna —acaba diciendo—, útil, no mediocre o vacua, el referente ha de saber leer el contexto y anticiparse a él, hacerse cargo de otra temporalidad, poner orden en la connotación, aportar material para que el código acuñe los símbolos del presente», un presente inestable del que el poeta, portador ahora de una identidad en permanente conflicto, ha de ser no sólo testigo, sino protagonista principal de un presente que se enfrenta al futuro sin renunciar al pasado.

En este último aspecto abunda el artículo de Pere Ballart, «Mezquitas que eran fábricas o el poder transformador de la poesía», en el que afirma que «realista o simbólica, literal o figurada, es al final la palabra soberana del poeta la que decide transformar más o menos una realidad que está siempre al principio y al final de todo proceso». Menos historicista, con un carácter más filológico, más interesante para ese lector que también es poeta, resulta el artículo de Lorena Ventura, para quien «La poesía es figura: lenguaje que ha perdido su transparencia, transgresión sistemática del principio lógico de no contradicción, tiempo convertido en espacio, Y sin embargo: sentido». Una estupenda premisa para todo aquel que conciba la escritura como una fisura radical en la conciencia.

La segunda sección de la revista, «Poética», ofrece poemas de dos de los poetas más innovadores de la actualidad, aunque ambos parten de premisas bien diferentes. Abraham Gragera explicita su poética en los propios poemas, dejando volar las especulaciones, las posibilidades interpretativas que los nueve poemas, tan distintos entre sí, son capaces de sugerir. Juan Andrés García Román esboza una poética antipoética para reivindicar el fervor (nos viene a la mente el título de Adam Zagajewski En defensa del fervor) y denostar la frivolidad y el escepticismo, algo, nos parece, muy loable y controvertido en esta época del corta y pega, del plagio y de la no creatividad transformada en originalidad.

«Parte de la oración» (aquí la referencia a Joseph Brodsky resulta también inevitable), la tercera sección de la revista, incluye trabajos de Guillermo López Gallego («Emisor», de Carlos Pardo («Mensaje»), de Martín López-Vega («Contexto») y Unai Velasco («Código»). Por último, el número se completa con «Las voces y los hechos», conversaciones a dos entre Ana Gorría y Luis Muñoz y entre Álvaro García y David Leo (estos últimos en forma de epístola —de email—en verso) y una selección de poemas de autores como Martha Asunción Alonso, Juan Antonio Bernier, Alberto Carpio, Luis Melgarejo, Maria do Cebreiro, Alberto Acerete o Mariano Peyrou.

Un número excelente que aúna la creación con la reflexión. Como ha escrito Martín López-Vega en su reseña de la revista, «este número de Años diez es un punto de partida excelente para comenzar una discusión sobre qué es y para que sirve escribir poesía hoy, aquí», sobre todo en estos momentos en los que se están publicando tantas antologías, unas de poetas jóvenes y otras de revisión generacional. Muchos de los artículos aquí reunidos servirán para entender mejor el origen y la finalidad de unas y otras.

JULIO CÉSAR GALAN. EL PRIMER DÍA

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JULIO CÉSAR GALAN. EL PRIMER DÍA. ISLA DE SILTOLÁ, 2016

«El primer día —escribe Julio César Galán en la “Nota del autor” que antecede a los poemas— es principalmente el resultado creativo que va desde 1996 hasta 2003 (más sus estiramientos posteriores hasta 2015)». El poeta da cuenta en esta nota previa de los avatares que el libro ha sufrido durante este largo periodo de tiempo, de la reescritura, de la labor de depuración y de reorganización, de las ampliaciones, de las amputaciones, de agrupamientos previstos y luego desechados, de esa intensa búsqueda de la obra totalizadora en la que el proceso de escritura forma parte de la escritura misma pero no de un modo secundario, sino con el mismo grado de importancia que el texto definitivo, acaso porque ese proceso, como dice el mismo Julio César Galán, «era nuestro fin». Un propósito de una magnitud que al lector que uno es puede llegar a desasosegar en algún momento, quizá porque la responsabilidad que adquiere en el proceso de lectura sobrepase en mucho las expectativas que asume habitualmente. Y es que tal pretensión puede esconder un deseo de que sea precisamente el lector, y no el poeta, quien decida dónde empieza y/o termina lo poético y dónde empieza y/o termina lo ensayístico. Óscar de la Torre ha analizado con extrema clarividencia la poética de Julio César Galán en Limados. La ruptura textual en la última poesía española (libro que comentaremos en este mismo foro en breve) y de este estudioso cito estas palabras que, creo, apuntalan la impresión más arriba pergeñada: «El poema se percibe como una traslación de un discurso roto que se requiere unitario. Por esta razón se da cuenta de ello y se busca un lector investigador, un lector creador, un lector que participe activa y estéticamente en la lectura. Entonces es posible concebir el acto de lectura como ejercicio de creación, pues el receptor se convierte en un actor crítico e integrante real del poema». Supongo, sin embargo, que no resultará nada fácil encontrar ese lector ideal dispuesto a implicarse hasta los tuétanos porque, para hacerlo con garantías de éxito, debería partir de un contexto similar, de unas premisas semejantes, de una forma de ver el mundo casi idéntica, algo del todo imposible aunque copiara cada poema dando cuenta una por una de todas las oscilaciones, de todos los vaivenes, de todas las alteraciones que ha sufrido la escritura en su desarrollo. El poema resultante siempre será otro, distinto, original en su apropiación, por más que, como digo, repita todas y cada una de sus palabras, todos y cada de uno de los versos en el mismo orden. Las aportaciones de Kenneth Goldsmith viene haciendo en este sentido me parecen inexcusables. («El texto —escribe hablando de James Boswell— demuestra una cualidad nivelada –lo profundo con lo insignificante, lo trascendente con lo cotidiano- muy parecida al modo en que nuestra atención [y nuestras vidas] tienden a construirse, divididas y tejidas, hechas de multiplicidades).

S, un personaje de Paul Auster basado, al parecer, en una persona real, un músico autor de Hommage à Jules Verne, dedicó más de quince años de su vida a escribir la obra Dodecalogo, «el trabajo-que-hay-que-hacer-y-se-hace-en el-proceso-de-hacerlo», una obra para tres orquestas y cuatro coros, cuya interpretación se extendería durante doce días. Llama la atención, en primer lugar, la envergadura del proyecto, el esfuerzo gigantesco necesario para llevarlo a cabo, pero debemos también ponernos en el lugar del espectador. ¿Será éste capaz de mantener la atención ininterrumpida durante tanto tiempo? Sin ánimo de establecer absurdas comparaciones, la lectura de El primer libro puede sugerir en ese lector del que hablamos, además cuestionarse los límites de su capacidad de comprensión, algunas otras dudas, no de carácter metodológico como lo es el hecho de concebir la estructura poemática como parte del poema, sino exclusivamente de praxis. Se puede preguntar, por ejemplo, si detrás de ese derroche creativo no se esconde un alto grado de vacilación, de incertidumbre —ambas, por otra parte, consustanciales a todo proceso creativo—, hasta tal punto de que importen, más que exponer el resultado final, los pasos que han conducido hacia él, como si un exceso de sentido —o quizá un enorme sinsentido— fuera la razón fundamental de tal propuesta. El poema será entonces una especie de árbol con infinitas ramificaciones desde la copa hasta la raíz, un intento por abarcar la suma total de experiencias que conforman un instante. Volvemos así a la idea inicial de este comentario, la eventualidad de que el compromiso que se exige al lector sea excesivo y, por tanto, el proyecto se malogre, por esa razón no me sorprende que el poeta se pregunte al final de unos de los poemas «¿Cuánto de mí se ha convertido/ en poema? ¿Y de ti, lector?». Sin embargo, parece conveniente que, además de cuestionar la capacidad de recepción del lector, sea preciso «reflexionar —como escribe Juan Carlos Reche en la revista Años diez— sobre la naturaleza y el lugar del receptor, si aquello ha cambiado y si el poeta ha de adaptarse o no a algo».

Pero dejemos al margen estas arbitrarias especulaciones —aunque me sigue pareciendo paradójica esa simbiosis entre la primacía que el autor ostenta, al intentar aglutinar en el texto todo fragmento de experiencia, por mínimo que sea, y la barthesiana muerte del autor que sugiere tan extrema confianza en el lector, o quizá es sólo una forma solapada de inmolación— y centrémonos en El primer día (título, por cierto, con unas connotaciones evidentes. El primer día el creador separó la luz de las tinieblas), es decir, el día en el que todo comienza, pero ojo, comienza de nuevo, no de la nada. Hay un antes de ese día que no se puede obviar y, precisamente, a dar cuenta de alguna de las eventualidades precedentes se dedican los versos de la primera parte, «Para comenzar todo de nuevo» como, por ejemplo, estos: «—Pasó el niño dentro del joven (1999. Le pregunté al niño si el hombre había madurado con dignidad y señaló las nubes…) y ahora él no está», (o estos otros que reinciden en la misma idea: «El pasado vino de nuevo al presente/ y cada humareda es una trenza» pertenecen, sin embargo, a la segunda parte). Las referencias que acompañan a cada uno de los poemas son tan precisas que parecen escritas por un exégeta del autor, alguien que actúa con absoluta complicidad y descubre claves que el poeta se niega a aportar en el desarrollo de los versos, algo parecido a lo que Juan de la Cruz realizó en los comentarios a sus propios poemas, pero, en este caso, fusionados en la misma página, yuxtapuestos y con idéntica jerarquía. Incluso un asunto como la soledad, del que tanto escribió el místico, es objeto de un poema —«Biografía de la palabra soledad»— que finaliza (no tienen un final concreto los poemas de este libro, están vinculados unos con otros de forma, a veces, imperceptible y, con toda seguridad, lo estarán con poemas futuros) con esta estrofa: «La soledad siempre nos hace regresar al origen. Después, los libros nos salvaron, nos metimos en otras vidas para silenciar algunos recuerdos y el corazón se hizo diminuto». El acercamiento a la soledad, como se ve, está realizado desde un punto de vista externo, no de quien la padece, sino de quien la observa., como si el yo sólo actuara en función del papel que los otros le proponen.

En «Con orejas de trébol», la segunda sección del libro, la yuxtaposición textual se combina, además, con juegos tipográficos que dotan a al página de un significado en sí misma. No es un mero soporte. Los espacios en blanco, la disposición de los textos, como ocurría en Mallarme, cobra una relevancia fundamental. Las diferentes manchas tipográficas, como antes las tachaduras (también presentes en esta parte), los símbolos extralingüísticos. la división en columnas, los juegos tipográficos en suma, no pueden desligarse de la ambición cognitivas que alimenta al autor. Los paradigmas de este ingenio, desde puntos ce vista casi opuestos, quizá sean el poema titulado «Oda al blanco casi», del que copio el párrafo núm. 13: «Espacio dejado en blanco por el autor. Ese espacio significa que cada palabra refleja a otras palabras, todas se contemplan y se leen» y «Pequeña formación del universo», en sus dos movimientos.

El libro finaliza con la sección titulada «Montoncitos de desnudez», sin lugar a dudas, la parte que más relacionada está con la biografía del autor —hay, como diría Goldsmith, «una acumulación de los pedazos de una cotidianidad efímera»—, o acaso la que más lo deja traslucir, aunque los juegos paratextuales sigan intentando abarcar la totalidad de la experiencia, no reducirla a un hecho anecdótico concreto, como sucede en las entradas de un diario (fragmentos diarísticos parecen algunos poemas, no sólo los que están fechados).

No resulta fácil definir qué contiene este libro de libros. Quizá la especie de coda con la que termina (después de las contundentes palabras: «Silencio. El final feliz») pueda ser un buen resumen de todo lo que contiene: «el desmoronamiento de la lágrima/ cuando ve a su hijo recién nacido/ el paso alegre de los soldados al acabar la guerra/ la sacudida de miles de personas/ enlazadas por una canción/[…] y el instante en que el pincel cierra Las Meninas/ y el instante en que la fotografía se queda/ en un éxtasis de momentos/ y el instante en que el autor termina el libro», un autor del que se cuestiona la identidad, al que se refiere como si fuera otro. Como ocurrió en su día con la novela, hoy en día, poesía puedes ser todo aquello que se esconda tras la palabra poesía. El concepto tradicional del poema ha sufrido, desde las primeras vanguardias del siglo pasado (este año 2016 estamos celebrando el centenario del movimiento Dada), innumerables mutaciones y, desde la irrupción de las nuevas tecnologías, lo que es o no un poema no ha dejado de ser objeto de controversia. De hecho, El primer día, desde mi punto de vista, no se cierra con esa coda a la que antes aludía; el poema definitivo es el titulado «Índice», compendio argumental, clave verdadera que encierra la vocación enciclopédica de toda experiencia personal, acaso porque, frente a la rigidez de lo real, se deba oponer la versatilidad de la palabra que lo nombra, la palabra que indaga en los abismos de la conciencia por medio de aproximaciones, de desvelamientos. Frente a la omnipresencia del sol en el cielo, la fragilidad de una sombrilla hincada en la arena.

No sé hasta qué punto este comentario será capaz de abarcar las innumerables posibilidades semánticas que ofrece el libro. Acaso la única forma de conseguirlo sea escribir una reseña desde unos planteamientos similares, es decir, insertando en el propio comentario todo aquello que se yuxtapone a su escritura, registrando pormenorizadamente los hechos que se suceden durante el propio proceso: una llamada de mi padre enfermo —y la descripción de su innumerables dolencias—, la música que escucho mientras escribo, Erik Satie y su Gymnopédie nº 1 —y la transcripción de las partituras—, la forma casi imposible de cuadrar el horario de mi hijo en el Conservatorio —y la reproducción de los cuadrantes—, el temor de llegar tarde a la inauguración de una exposición El arte de ver en el Palacete del Embarcadero—y la consiguiente relación de las obras expuestas—. Pero, entonces, se corre el riesgo de que la misma reseña se convierta en otro poema (la sombra de Baudelaire se vislumbra al fondo del escenario) y, desde luego, esa no es al intención de quien la escribe. Tal vez, y regresamos de nuevo a Kenneth Goldsmith, «La mejor forma de lidiar con textos desconcertantes no es preguntarse qué son, sino preguntarse qué no son». Tal vez…

STUART DYBEK.

STUART DYBEK

CORTINAS

A veces son lo único bonito

de un hotel.

Al igual que los transeúntes,

cuando llega el invierno desaparecen,

disfrazadas de luz sucia,

colgando al lado de un cristal enmasillado.

Entonces cualquier tarde de abril

un inquilino levanta una ventana abierta,

entra una brisa

que resucita la memoria,

y de repente quieren volar,

mientras que los hombres,

levantando la vista desde la calle,

son engañados durante un momento

haciéndoles pensar

que una chica en una planta alta

está saludando con la mano.

Versión de Carlos Alcorta

NACER EN OTRO TIEMPO. ANTOLOGÍA DE LA JOVEN POESÍA ESPAÑOLA.

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NACER EN OTRO TIEMPO. ANTOLOGÍA DE LA JOVEN POESÍA ESPAÑOLA. ED. DE MIGUEL FLORIANO Y ANTONIO RIVERO MACHINA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2016

Dos jóvenes poetas, Miguel Floriano (Oviedo, 1992) y Antonio Rivero Machina (Pamplona, 1987) son los responsables de la edición de Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española, una selección que aparece casi de forma simultánea con Re-generación, la antología preparada por José Luis Morante que ya hemos comentado en este foro.

La primera diferencia que observamos entre una y otra es que Nacer en otro tiempo está preparada por dos de los protagonistas más notables del proceso en construcción de la poesía actual. Sin embargo, aunque por méritos propios, ambos podían perfectamente estar incluidos en la selección, han tenido el buen gusto de no incluirse entre los antologados, a pesar de que, como digo, por ambición estética y por edad bien pudieran haber formado parte de este plantel, de hecho, Miguel Floriano es uno de los veinticuatro poetas seleccionado por Morante. Las razones que les empujan a embarcarse en este proyecto son varias, algunas de ellas comunes a todo intento de sistematización: «Lo hacemos —escriben—con el objetivo de bosquejar un mapa que aproxime cabalmente al lector a nuestra joven poesía y, al tiempo, arrojar un poco de luz sobre esa actual diáspora de autores activos, caótica de tan vasta». Los autores, siendo conscientes como son de que las taxonomías suelen ser en exceso reduccionistas, se ven, sin embargo, obligados a utilizarlas en su intento de ordenar el panorama al que se enfrentan, así incluyen a «autores cuya praxis lírica conserva en todo momento un delicado respeto por la tradición y por la métrica clásica, además de una insólita soltura tanto con el poema estrófico […] como con la plasticidad y la relajada cadencia del endecasílabo». Encuadran aquí a poetas como Xaime Martínez, Rodrigo Olay, Constantino Molina, Martha Asunción Mateo, Gonzalo Gragera, Ben Clark o Andrés Catalán, aunque resulta evidente, y los propios antólogos lo señalan, que la permeabilidad entre las corrientes estéticas es norma común entre los poetas actuales, razón por la cual es muy difícil —y por otra parte, estimulante— insertarlos en un determinado procedimiento creativo.

Otra de las agrupaciones que realizan Floriano y Rivero tiene que ver con «la imbricación […] entre una alta cultura —con frecuencia avalada por licenciaturas, grados e incluso doctorados— y una insoslayable cultura de masas, dos ámbitos referenciales que no son sino la cotidianidad de sus vidas». Entre los poetas que combinan la llamada «alta cultura» con el «kitsch» (suponiendo que la frontera entre ambas estén claras, algo que hoy no se puede afirmar sin asumir riesgos) están nombres como Sergio C. Fanjul (de dicción entrecortada, las redes sociales y la impronta que dejan en nuestra forma de comunicarnos son motivo de una reflexión cargada de ironía), Xaime Martínez, Víctor Peña Dacosta, Aitor Francos o Diego Álvarez Miguel. El tono testimonial, en algunos poetas volcado más a lo puramente confesional, es perceptible en nombres como María Alcantarilla, Francisco J. Navarro, Gema Palacios, Javier Vela, Pablo Fidalgo Lareo, Laura Casielles, Juan Bello, Martha Asunción Alonso, Berta García Faet, Emily Roberts o Paula Bozalongo.

Mencionan «otros registros»: «el aliento hímnico y natural de Luis Llorente, el hondo minimalismo existencial de Javier Vicedo, la metáfora insólita de Unai Velasco o de Ruth Llana, la reflexión serena de María Higueruelo, el corte metafísico de María Eugenia Motilla, la insólita amplitud verbal de Óscar Díaz», todo lo cual abunda en la diversidad estética, es decir, en la libertad y la carencia de presupuestos fijos a los que aferrarse. Álvaro Valverde, autor del prólogo, lo explica así: «La pluralidad […] brilla por su presencia y de ello da también buena cuenta este florilegio. En mi modesta opinión, no prevalece ninguna corriente ni se ven, como hace pocas décadas, grupos bien alienados».

Diferentes trayectorias, algunas incipientes, otras más consolidadas como las de Pablo Fidalgo Lareo, Javier Vela, Andrés Catalán, Martha Asunción Alonso o Ben Clark avalan el interés de esta nueva antología, un nuevo intento —nos da la sensación de que se ha abierto la veda y que, a partir de ahora, se sucederán las antologías de época— de significar, esta vez desde dentro, las voces más sobresalientes de la joven poesía. De más está añadir la parcialidad del juicio de los editores, algo imposible de soslayar, por más que tienda la mano en un afán conciliador cuando escriben que «Las razones que nos han llevado a emprender este proyecto podrán sintetizarse, sin perder rigor ni hondura en absoluto, en una sola. Tal ha sido —ante la plétora de jóvenes vates que en los últimos años han publicado en suelo patrio, obras ni poetas nada desdeñables a juicio de estos antólogos— el deseo casi irrefrenable de compilar en un volumen a veintiocho de ellos». Dejando al margen el tono irónico que se desprende de un lenguaje tan decimonónico, ironía que no siempre el lector es capaz de compartir, los argumentos son loables, aunque manidos, pero eso no es óbice para que la antología nos resulte muy interesante, a pesar de que la muestra, reducida a tres poemas, sea excesivamente breve para hacernos una idea de la obra de cada autor. Somos conscientes de que las imposiciones editoriales determinan la extensión. Especialmente interesante nos parece la inclusión de poemas inéditos, aunque debiera haberse señalado cuáles son en cada caso para apreciar los derroteros hacia los que se encamina la obra de cada autor. En todo caso, esto es una minucia que en nada empaña el magnífico trabajo que han realizado los antólogos, un trabajo que, estamos seguros, servirá de guía para futuras recopilaciones.

El lector de ambas antologías, Re-generación y Nacer en otro tiempo, comprobará que hay varios nombres que se repiten. Personalmente, me preocuparía que no fuera así, porque eso reflejaría una desorientación crítica preocupante. Por otra parte, dicho lector también puede echar en falta algunos nombres que con todo merecimiento hubieran podido ser incluidos en alguna de ellas, como Alex Chico, Nacho Escuín o Carmen Beltrán, por citar sólo unos pocos (otros autores está excluidos por estrictos criterios metodológicos), pero toda antología —se ha escrito numerosas veces— es un error, un error, creo, necesario. Es evidente que las decisiones de los respectivos antólogos y los riesgos que éstas conllevan son responsabilidad de cada uno de ellos y debemos admirar su arrojo y ser respetuosos con su criterio, aunque no lo compartamos del todo.

 

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ. CONTRA LAS COSAS REDONDAS

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JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ. CONTRA LAS COSAS REDONDAS. LA BELLA VARSOVIA, 2016

En la buena literatura, en la buena poesía abundan más las preguntas que las respuestas. Cualquier obra, si posee aspiraciones de trascender la realidad , debe plantear al lector dudas, incógnitas, incertidumbres sobre el entorno, sobre la esencia del ser; de lo contrario corre el riego de convertirse en un manual de instrucciones o en uno de esos patéticos libros de autoayuda que tanto proliferan en la actualidad. Por ir directo al grano, Contra las cosas redondas, el nuevo libro de Jesús Jiménez Domínguez, está plagado de interrogaciones que surgen en los versos no de forma premeditada, sino como consecuencia de la posición que el poeta adopta frente a esa realidad en la que se quiere profundizar, quizá con la metodología del arqueólogo, palmo a palmo, marcando catas de sondeo, de conocimiento. El lugar que elige Jiménez Domínguez resultará incómodo para quien no esté dispuesto a dejarse seducir por la extrañeza de las prospecciones y por la extraterritorialidad de quien las realiza, un ser capaz de mirar el mundo desde las afueras, con la suficiente cordura como para traspasar unos límites invisibles, los de la historia, si, pero también los de sí mismo. Esa mirada produce, forzando, retorciendo la cotidianidad, innumerables tropos que seducen por su originalidad de forma natural, sin necesidad de violentar el idioma, como ocurre tan frecuentemente. Veamos un ejemplo:«Dos cuervos, abrochados a las cabezas/ los cucuruchos del pico se calzan/ las alas reglamentarias y acuden a investigarlo». Con el poder de su imaginación, Jesús Jiménez Domínguez nos invita a internarnos en una escena que parece representarse por primera vez, una escena que el espectador debe contemplar sin el lastre de la tradición. Evidentemente, y ya se ha señalado previamente, la perspicacia del autor le dispensa de caer en excesos barrocos a la hora de construir analogías eficaces. Se guarda un especial cuidado por mantener cierta austeridad en la construcción del verso; las paradojas, la magia de las asociaciones o los juegos de palabras son fruto de un proceso de intelectualización que tiene lugar en la propia escritura, no provienen, creemos, de un rapto inspirado o de una fuente divina. Pierre Réverdy decía que «Cuanto más distantes y justas sean las relaciones entre dos realidades reunidas entre sí, más poderosa será la imagen y más emotiva resultará la realidad poética». Jesús Jiménez Domínguez demuestra fidelidad a este precepto cuando escribe versos como estos: «En esta bolsa de viaje, madre, guardaste/ lo necesario, una mente, un estómago y un sexo». Esa precisión, no exenta de crudeza, nos recuerda algunos versos de Touch, el penúltimo libro de Henri Cole, en el que el autor analiza la relación con su madre mientras la observa en la mesa de disección. Por otra parte, quien busque alguna moraleja tendrá que vérselas con sus propias pretensiones, que no tienen porque coincidir con las intenciones del autor.

Contra las cosas redondas contiene un repudio alegórico del concepto de esfera como perfección universal, simétrica y ambivalente (recordemos el concepto de la “armonía de las esferas”, el movimiento armónico de los planetas en el cosmos o la descripción que hace Dante del cielo como un conjunto de esferas). Las cosas que nos rodean no siempre son bellas y perfectas, antes al contrario. En el poema del mismo título, Jesús Jiménez Domínguez lo expresa de forma manifiesta: «me niego en redondo a aceptar tales desplantes./ Ante las formas esféricas opongo las cosas informes./ Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares./ Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces./ Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,/ solo ellas permanecen y nos acompañan siempre».

Podemos encuadrar la poesía de nuestro autor dentro de la llamada poesía del pensamiento, aunque, como ocurre cuando leemos a autores como Eliot, percibimos un desdoblamiento del yo en diferentes personajes. El yo que asoma entre rendijas no es un yo ensimismado sino un yo que dialoga desde diferentes puntos de vista con sus distintos yoes —el poeta trata de ocultarse en otros personajes— y con el mundo que le rodea, incluso con ciertas dosis de ironía, acaso porque el hombre moderno, como decía Octavio Paz, «asume el disfraz para combatir un estado de temor y precariedad cuyos orígenes son el exceso de cultura histórica y la afirmación del saber científico como forma espiritual hegemónica». El mundo caótico y en desorden en el que vivimos entra en conflicto con ese mundo en el que está «Todo en completo orden, perfectamente dispuesto/ como en el comienzo de una partida de ajedrez» del primer poema del libro, un mundo que los poetas van desvelando mientras esperan «que hiervan […] las palabras». La poesía es un hervidero, «la alumna aventajada de la Luz», «una mitad del corazón [que] convierte/ en tinta la otra mitad de la sangre que la otra mitad le entregó». Desde el romanticismo se ha intentando convencer al lector de que no necesita más información sobre el autor que la que proviene de la propia obra porque, de lo contrario, la comprensión de dicha obra quedaría alterada por ese conocimiento externo. Algunas de las más afamadas teorías estéticas contemporáneas abundan en ese planteamiento, sin embargo, nosotros pensamos que, huyendo de los maximalismos, ciertas circunstancias vitales benefician la comprensión de la obra. Nos parece razonable separar a la persona, de su obra, pero no podemos dejar de preguntarnos si ésta se ha mantenido impermeable a dicho contacto. En el caso de Jesús Jiménez Domínguez es muy posible que su profesión tenga algo que ver con esa bifurcación que sufre la identidad en algunos momentos de este libro, como ocurre en el poema «Vida en el espejo»: «Mi otro yo sale a la calle paralela de la irrealidad en su cuidad de azogue». Recordemos que en la catóptrica, o ciencia de los espejos barroca, la mirada era capaz de crear reinos imaginarios que atrapaban con en su laberíntica red al espectador. Acaso Jesús Jiménez Domínguez se haya dejado atrapar en más de una ocasión por los sucesos de esos reinos fabulosos y de sus revelaciones provengan versos tan seductores e inquietantes como estos: «Las frutas, dispuestas en los mercados como los santos/ de un retablo románico, parecían querer decirnos algo:/ huesos envueltos en rojo papel charol, en cuero/ verde y amarillo, en grueso terciopelo beige». En Contra las cosas redondas los versos —de marcado carácter narrativo, pero con un amplio abanico de posibilidades rítmicas, cercanos en algunos casos a la prosodia homérica— lejos de ser un instrumento al servicio de la realidad, nos vinculan con esos mundos paralelos que persisten en nuestra mente a pesar de la rudimentaria prevalencia de sensatez. La hondura de la visión que ofrecen, la variedad de las partes del libro que, paradójicamente, contribuyen a su unidad, la yuxtaposición de tiempos y espacios, la alternancia de puntos de vista, la flexibilidad lingüística son razones más que sobradas para considerar este libro como uno de los más interesantes hallazgos de la poesía reciente.

ROBIN COSTE LEWIS.LA PRIMERA EXPEDICIÓN ÁRTICA DE PERRY LLEGA A GROENLANDIA

ROBIN COSTE LEWIS

LA PRIMERA EXPEDICIÓN ÁRTICA DE PERRY LLEGA A GROENLANDIA
Los perros no hablan inglés
Así que maldices a cada uno de ellos en francés,

Intentando chasquear tu nuevo látigo

Impoluto —una tira finamente pulida de piel de morsa

Desecada. Pero no hay manera.
Ninguno se inmuta.

Si pudieras hablar inuktitut, podrías
Escuchar las carcajadas del Perro Rey

Riéndose de tus intentos. Podrías entender
El silencio de Ikwah y de Analka.

Para sí reflexionan sobre como un hombre
Que gobierna tan enorme buque de madera

No puede mover a un equipo de perros de huk-huk
Ni siquiera un milímetro, y aún así cree

Que puede sobrevivir un año en el hielo
Caminando fatigosamente hacia el norte —sólo hielo

Más hielo—. Entre especiales copos
De nieve caída, y sus discusiones secretas

Sobre belleza, una corona real de perras
Hurga y ronronea, contorneándose sobre sus espaldas

Los ojos empapados y como platos, sonriendo
A su Rey, a la espera de su señal.

Versión de Carlos Alcorta

RE-GENERACIÓN. ANTOLOGÍA DE POESÍA ESPAÑOLA (2000-2015)

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RE-GENERACIÓN. ANTOLOGÍA DE POESÍA ESPAÑOLA (2000-2015). SELECCIÓN DE JOSÉ LUIS MORANTE. VALPARAÍSO EDICIONES.

 “La profunda conexión entre el momento poético y la crecida digital” es para José Luis Morante uno de las características que singulariza el estado de la poesía actual, esta vinculación y el hecho de que se hayan “superado monopolios estéticos,” de que no haya “camisas de fuerza ni limitaciones programáticas” y de que “los poemas en red” cuenten con la posibilidad de difusión “cosmopolita e inmediata” ejercen de líneas maestras del conciso prólogo que justifica la presente antología. Resulta evidente que la era digital ha supuesto cambios notables (no todos para bien) en la transmisión de contenidos y ha beneficiado la relación entre el autor y el lector, cambios que, por otra parte, continúan sucediéndose sin que uno sepa con claridad hacia dónde conducen. Sí podemos, sin embargo, entresacar de todo ello una conclusión, y es que la proliferación de autores al amparo de la Red no significa por sí misma un incremento de la calidad de la creación poética antes bien, el proceso de selección y depuración que el lector debe llevar a cabo se convierte, en muchas ocasiones, en una traba insalvable., porque la compensación que espera obtener cuando separa el grano de la paja —la proporción es desalentadora— no justifica el enorme esfuerzo ni el tiempo que conlleva. Quizá por esta razón (entre otras que veremos más adelante) una antología como esta sea tan oportuna.

Morante lleva a cabo además un breve análisis de los poetas seleccionados, lo que, a falta de un esquema más amplio sobre las líneas maestras que representan la joven poesía actual, sirve como sostén especulativo. Los monopolios estéticos a los que antes hacía mención Morante (no hubiera estado de más precisar estos términos, quizá de uso común para lectores de cierta edad, pero mucho menos significativos para el joven lector de poesía) ya habían mostrado signos de agotamiento en la generación anterior a la aquí acotada, la de los nacidos desde finales de la década de los sesenta y hasta los primeros años de los ochenta. Hay que tener en cuenta a la hora de justificar los periodos generacionales que, como escribía Ortega, «En el ‘hoy’, en todo ‘hoy’ coexisten articuladas varias generaciones y las relaciones que entre ellas se establecen, según la diversa condición de sus edades, representan el sistema dinámico, de atracciones y repulsiones, de coincidencia y polémica, que constituye en todo instante la realidad de la vida histórica». Desde entonces, la ausencia de unas directrices generacionales se ha convertido en la característica más recurrente y está por ver qué movimiento estético, si es que alguno es capaz de hacerlo, es capaz de imponerse a los demás, qué corriente asume una nueva forma de ver y entender el mundo más afín a las necesidades de expresión y comunicación del ser contemporáneo. Han cambiado algunos, no todos, de los acentos expresivos y ciertos corsés como la inteligibilidad, las formulas rítmicas tradicionales, el sujeto como eje sobre el que gira el desarrollo del poema o lo que Prieto de Paula llamó la «sacralización del vacío», si no han desaparecido por completo, sí han minimizado sus efectos. Es cierto que ahora conviven en aparente armonía múltiples e incluso divergentes corrientes estéticas —una armonía que uno a veces piensa más propia del cansancio y de la abulia que de una reflexión sistemática—, pero no es menos cierto que éste no es un fenómeno reciente. El ya citado Prieto de Paula, en Las moradas del verbo, antología publicada en 2010 que acogía lo que el crítico denominó generación de la democracia (nacidos entre 1954 y 1968), hablaba de la situación de la época en estos términos: «La situación ahora se caracteriza por una confusión a la que favorecen tanto la diversidad de tendencias como la ausencia de una voz o de una corriente que consigan imponerse sobre la turbamulta o el ruido». Las cosas, como se ve, no han cambiado tanto como parece, o quizá sí, porque en esta reunión de poetas no se hace mención directa a uno de los fenómenos que está cambiando la relación poética entre, primero, el lector y el poeta, pero también entre el poeta consigo mismo, y hasta el mismo concepto de poesía, me refiero a la poesía sentimentaloide, unos textos de consumo masivo, preferentemente adolescente, que se parecen más a libros de autoayuda que a verdadera poesía. No hay nada más que observar el espacio que han ganado estos libros, a la mayoría de los cuales, como digo,  no me atrevo a llamar poéticos, en los estantes de las librerías o en las listas de libros más vendidos de los suplementos literarios. Creo que, guste o no guste, es un fenómeno a tener en cuenta, frente al cual no deberíamos poner en práctica la estrategia del avestruz, sino analizarlo con rigor y examinar las razones de su incuestionable éxito. Luis García Montero, en el ya lejano año 1988 escribió un artículo titulado «Destino de poeta» en el que, entre otras cosas, decía que «No basta con cantar, hay que contemplarse, saber exactamente desde dónde se escribe. La poesía es un acto de egoísmo solidario; el lector no pasa de ser un recurso retórico a la hora de trabajar y los buenos versos suelen llegar como ráfagas de una conversación ajena». No podemos estar más que de acuerdo, pero prácticamante ninguno de los libros a los que he hecho mención más arriba roza siquiera tangencialmente estos presupuestos y, sin embargo, son los preferidos por una juventud que, paradójicamente, apenas se interesa por una poesía como la que se recoge en Re-generación. Es muy posible que muchos de los jóvenes poetas que escriben hoy en día sientan una marcada prevención ante la entronización de la poesía, pero de ahí a pensar que todo vale, que todo texto que trasmita sentimientos, aunque carezca de elaboración literaria se pueda considerar poesía hay un trecho que conviene clarificar. Esa es la labor de antologías como Re-generación: marcar distancias, construir argumentaciones, asumir carencias. Una antología integrada por veinticuatro nombres con diferentes grados de evolución, algo lógico si tenemos en cuenta que al arco temporal va desde Fernando Valverde (1980), hasta Xaime Martñinez (1993). En medio, nombres como Rubén Martín Díaz, Pablo Núñez, Francisco José Martínez Morán, Alejandra Vanesa, Javier Vela, Verónica Aranda, José Alcaraz, María Alcantarilla, Ben Clark, Pablo Fidalgo Lareo, Elena Medel, Javier Vicedo Alós, Constantino Molina Monteagudo, Martha Asunción Alonso, Aitor Francos, Rodrigo Olay, Luna Miguel, Diego Álvarez Miguel, Paula Bozalongo, Javier Temprano Blanquet, Miguel Floriano, Elvira Sastre y Xaime Martínez. La muestra es suficientemente amplia como para hacerse una idea general de las sendas por las que discurre la joven poesía actual. Quizá la representación de cada uno de ellos resulte un poco escasa, pero estamos seguros de que el lector interesado sabrá encontrar más ejemplos de sus poetas preferidos. Decía Juan Ramón que un libro dice cosas diferentes dependiendo de cómo esté editado, por eso, aunque muchos poemas de estos autores se encuentran diseminados en la Red, nos permitimos aconsejar al lector que los lea en las ediciones originales. Ganará en matices, en inflexiones, en emociones, y contribuirá a que las editoriales serias como Valparaíso sigan apostando por la poesía joven.

MIGUEL FLORIANO. CLAUDICACIONES

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MIGUEL FLORIANO. CLAUDICACIONES. RENACIMIENTO, 2016

 Miguel Floriano es uno de los autores más sólidos del joven panorama poético actual, una posición que se ha ganado, pese a su juventud (nació en Oviedo en 1992), a pulso gracias a unos pocos libros de poemas en los que se aprecia, dejando de lado algún candor propio de la edad, una notable ambición poética que proviene tanto más que de la emoción y la experiencia, de sus lecturas, todo ello ajustado a un verso que mima el rigor formal y rítmico, que es, en definitiva, respetuoso con la tradición en la que pretende integrarse, una tradición caracterizada por cierta desmesura semántica que brilla por encima del concepto, como ocurría, por ejemplo, en los poetas del grupo Cántico o en algunos novísimos de la primera hornada, con la salvedad de que la ornamentación verbal está aquí mitigada considerablemente y de que las fijaciones estéticas modernistas se han domesticado. Muchos de estos poetas de las últimas promociones han bebido de aquellas fuentes y han sabido destilar la esencia de cada una de ellas. En Miguel Floriano detectamos además la influencia de otras tendencias estéticas de cuño diferente, como las que representan la Generación del Cincuenta —sobre todo en el distanciamiento irónico con que se describe el proceso de enamoramiento— o la Poesía de la Experiencia, en particular de un autor como Felipe Benítez Reyes y su visión melancólica de la juventud («La desdeñan quienes la ostentan» o «la juventud de un cuerpo se conoce/ por la muerte que anuncia su pureza» dicen unos versos salteados de Paraíso manuscrito, libro escrito cuando el autor contaba unos veinte años), pero también en la presencia omnisciente de Caronte y de Olvido en muchos de los poemas de uno y otro y una conciencia extrema del paso del tiempo que hace que viva el futuro en los versos del presente porque prestan al joven experiencias de la vida que aún no ha tenido tiempo de adquirir.

¿Quiere decir esto que la poesía de Miguel Floriano carece de una originalidad que sólo la dilatación de la experiencia puede brindarle? Es posible, pero, en cualquier caso, la originalidad artística o literaria es una cualidad que, en sí misma, no garantiza ningún plus estético, ningún privilegio, no ya sobre la copia, sino sobre la variación, sobre las actualización de formas consabidas. Es obvio además, que la juventud de la que disfruta Miguel Floriano le concede algunas prerrogativas difícilmente asumibles en poetas de mayor edad, que se convierten, en muchas ocasiones, en meros epígonos, incluso en epígonos de poetas más jóvenes que ellos. En cualquier caso, como escribía Valente, confiamos en que «cuanto mayor es la personalidad de un autor, mayor es su capacidad de aprovechar materiales de acarreo diverso».

Centrándonos ya en Claudicaciones, su más reciente libro de poemas —la pasada primavera editó, junto a Antonio Rivero Machina la antología de la joven poesía española Nacer en otro tiempo, también en la editorial Renacimiento—, debemos adelantar que el armazón emocional que lo sustenta nos parece de una sólida coherencia. El ahora de la realidad se mira ya, desde el primer poema, con nostalgia, una nostalgia como de blues, perfectamente incardinada, en el que las notas del bajo mantienen un delgado hilo rítmico, casi inaudible, pero imprescindible para armar la melodía; una nostalgia, sin embargo, y esto lo veremos en otros muchos poemas del libro, mitigada por la confianza que el autor deposita en las palabras, en la escritura: «porque solo regresa la música emocionada/ de unas palabras que me ofreces/ tibiamente, como un verso temprano […]/ y hemos quedado aquí, escritos, de nuevo/ a salvo, para siempre a salvo».

La experiencia amorosa, sobre todo cuando resulta fallida, conduce a los protagonistas a cuestionarse su propia identidad, a poner en duda la verosimilitud de un personaje que ha resultado ser poco convincente a los ojos del amante, pero del que conviene mantenerse a distancia si no se desea caer en el sentimentalismo, uno de los peores enemigos del poeta, por eso, en estos versos, se consigue casi evitar permanentemente, aunque no siempre con igual fortuna: «Renunciaría sin dudarlo ni un momento,/ lo juro, a esta condena del silencio apasionado,/ a este don impreciso que nada consigna/ más que una perturbada voluntad,/ y que sin embargo es lo único que me importa./ A ello renunciaría/ por tenerte en mis brazos y empezar de nuevo./ Aprendería entonces a quererte./ No nos haría tanto daño». Hay, como se ve, una mezcla de pasión y esperanza teñidas de melancolía. Da la sensación de que el poeta sabe que la culminación del instante perfecto lleva aparejado su propio final y de que las cosas, los acontecimientos no siempre se amoldan a nuestros deseos, sin que ello suponga ninguna tragedia; puede que el poeta comprenda ya, como le sucedió a Mark Strand al recordar un viaje a Roma, que «la memoria es un mausoleo de acontecimientos que no se sostendrían en el presente, y por ello está impregnada de lástima y su música es siempre un canto fúnebre». ¿Proviene de esa constatación el convencimiento de que la palabra es la única herramienta para alterar el curso de la historia personal, tanto presente como pasada, aunque eso signifique renunciar a la verdad? Es muy posible que el sentido de estos veros no esté alejado de esa presunción: «y la conciencia de que escribo estas palabras/ en las que habré de recordarme un día/ para dejar de ser».

En resumen, Claudicaciones es un libro que trasmite al lector la sensación de que el arte, la literatura, la poesía sirven como lenitivo a los males que aquejaban ayer, que aquejan hoy y aquejarán mañana al hombre perdido en su propia inseguridad, en su propia tragedia existencia. Heinrich Böll llamó «poesía de la desgracia» a una poesía que describía las trágicas consecuencias que determinaron el destino de millones de personas. En la poesía de Miguel Floriano sólo se habla, de momento al menos, de circunstancias personales, pero da la sensación de que la vida se vive como una cadena de errores y fracasos que conducen a una inevitable desgracia. Es acaso una visión en exceso romántica de contemplar el futuro, pero es posible que esté en gran parte justificada por la deriva de los acontecimientos. Confiamos en que esta sensación provenga sólo de una excesiva literaturalización de la experiencia y, cuando ésta ocupe el lugar adecuado, el arbitraje de la sobriedad y la contención permita al autor ofrecer una visión más acorde con la evolución de sus emociones. En todo caso, Floriano camina con paso seguro por una senda poética ajena a las urgencias de las improvisaciones, una senda que delinean al alimón sus preferencias, sus emociones y su innegable sabiduría, todos ellos ingredientes que aderezan una madurez poética sobresaliente que nos hace albergar los mejores augurios.