JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. PARA UN ATEORÍA DEL AFORISMO.

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. PARA UN ATEORÍA DEL AFORISMO. COL. AFORISMOS. EDICIONES TREA.

No puede resulta extraño que la proliferación que ha experimentado el género aforístico en los últimos años, proliferación de la que la editorial Trea es en gran parte responsable, haga necesaria una permanente sistematización de sus características, definidas, es verdad, desde hace siglos, pero evolucionadas durante la últimas décadas de manera irrevocable, por eso, tal sistematización se nos antoja del todo necesaria y, de hecho, autores como, por ejemplo, Manuel Neila. J. L. Trullo, José Ramón González con su imprescindible Pensar lo breve. Aforística española de entre siglos. Antología (1980-2012) o Javier Recas con el también indispensable Relámpagos de lucidez. El arte del aforismo (2014), han dedicado a tal empeño excelentes páginas. Actualizar tales referencias es lo que procura Javier Sánchez Menéndez —él mismo un consumado aforista con libros como Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020) y un perseverante promotor de esta variedad literaria desde la editorial La Isla de Siltolá— con su nuevas entrega Para una teoría del aforismo, un volumen que es, a la vez, un ensayo sobre el género que cuenta, además, con aportaciones teóricas de excelentes aforistas, y una sucinta y exigente antología. El autor no renuncia, no podría hacerlo, a los antecedentes de conceptualización pone desde el inicio sus cartas sobre la mesa cuando escribe: «Debemos partir, pues, de que todo cuanto se ha escrito sobre el género breve camina por una senda cierta, real y generosa, porque el aforismo merece esa grandeza y precisa, para su reconocimiento, aún más dedicación».

     La primera parte del libro, la circunscrita a la reflexión sobre el género, está dividida en diferentes capítulos y, como parece lógico, en el primero de ellos trata Sánchez Menéndez de definir y acotar el objeto de su estudio. Así, define al aforismo desde variados puntos de vista que se pueden concretar en términos como una «composición literaria breve repleta de pensamiento propio, dotada de la voz personal del autor, de gran carga semántica, filosófica, poética, y de gran coherencia formal», aunque es preciso reconocer que algunas de estas características ha sufrido esas mutaciones de las que hablábamos al principio (la brevedad, por ejemplo, no se adapta a Mario Pérez Antolín y, sin embargo, en sus textos encontramos una carga aforística de gran fuerza expresiva). Pero el aforismo también se puede definir por lo que no es: no es un ejercicio de ingenio vacuo, no es una mera ocurrencia ni algo insignificante, aspectos «tan presentes en los falsos y fallidos aforismos contemporáneos». Como ha visto con buen ojo Sánchez Menéndez, de tal proliferación no siempre se obtienen resultados óptimos. El arribismo no está ausente del ejercicio literario y abundan autores que no desperdician la oportunidad de seguir la moda que proceda con tal de obtener un reconocimiento que, aunque modesto y fugaz, satisface su vanidad, siquiera momentáneamente. Este dar gato por liebre no es, por supuesto, patrimonio del aforismo. Se puede detectar, y nos circunscribimos solo al ámbito literario, en otros géneros como la novela o la poesía, incluso, me atrevo a decir, en la crítica, que no permanece ajena a tal contaminación.

Javier Sánchez Menéndez busca en su ensayo construir no solo un armazón teórico, sino datar los orígenes del aforismo y para ello se remonta a los filósofos griegos como los presocráticos Parménides o Heráclito, Sócrates y Platón, sobre todo el libro Cratilo de este último, en el que nuestro autor encuentra el origen y la naturaleza de los nombres y se afianza en los moralistas franceses, entre los cuales cita a Pascal, La Rochefoucaould, La Bruyère, Chamfort, el marqués de Vauvenargues o Joubert, sin olvidarse de Gracián, y los más cercanos en el tiempo, Nietzsche o Ciorán. No escatima en su búsqueda Sánchez Menéndez indagar sobre los orígenes en culturas distintas a la occidental, así textos de Lao Tse, Confucio o Buda son vistos como antecedentes del género por su poder de convicción, sustentado en frases breves y directas, aunque cargas de simbolismo. «Estos textos antiguos —escribe Javier Sánchez Menéndez— de Lao Tse o de Confucio, y de sus contemporáneos y seguidores, estos aforismos, eran verdades hermenéuticas, verdades metafísicas». Por último, se cita también como antecedente el Evangelio según Tomás, conjunto de manuscritos encontrados en Egipto a mediados del siglo pasado.

     Pero qué ocurre en el presente, podemos preguntarnos. Sánchez Menéndez también se explaya la respecto y no rehúye la crítica acerva al modo en el que nos relacionamos en la actualidad con la escritura. Entresacamos algunas de sus aseveraciones, con las que no podemos más que estar de acuerdo: «Hemos perdido la capacidad de atención y, con ello, los falsos aforismos inundan las redes, porque buscamos la gratificación del instante. Todo cuanto nos haga pensar lo desechamos» o esta reflexión sobre las redes: «Las redes sociales hacen mucho daño al propio acto comunicativo. La comunicación requiere un proceso, un tiempo, y la inmediatez y la instantaneidad  nos acercan a las masas anónimas de perfiles de la mentira», todo lo contrario de lo que exige la escritura, y la lectura, del aforismo, porque, de lo contrario, no percibiremos la carga filosófica que encierra un dicho eminentemente poético en la mayoría de las ocasiones.

Pero en un término como el aforismo, resbaladizo, esquivo, no de fácil delimitación, debe leerse a través de perspectivas diversas, y eso es lo que procura Sánchez Menéndez al dar cabida en su libro a la voz de aforistas como, por citar solo algunos, Jordi Doce, Lorenzo Oliván, José Ángel Cilleruelo,  José Mateos, León Molina, Manuel Neila o Pelayo Fueyo., que enriquecen desde su propia forma de enfrentase al género, las posibilidades de este, aunque todos ellos sean fieles en gran mediad a las características que el autor del volumen ha subrayado a lo largo de su extenso ensayo. Como escribe José Manuel Uría, «El aforismo es una cápsula de pensamiento sintético. Compartiendo raíz con la filosofía y la poesía, libera en quien lo lee los principios activos de la verdad y la belleza. El aforismo será, así, un ejercicio de la razón estética (o ética); el resultado de pensar bellamente ».

     El libro finaliza con una «Muestra de aforismos contemporáneos», una antología (aunque el autor se resiste a denominarla así porque «Una antología implica afinidades electivas, implica desencuentros, implica disparidad. Nuestro único fin ha sido mostrar…»), necesariamente limitada, que recoge aforismos de casi treinta autores, entre los cuales, además de los citados más arriba, mencionaremos a Ramón Eder, Carmen Canet, Elías Moro, lena Dukelsky, Gregorio Luri, Ricardo de la Fuente, Karmelo C. Iribarren, Miguel Ángel Arcas, Mario Pérez Antolín o el recientemente fallecido Miguel Catalán.
  En definitiva, nos encontramos ante un libro que intenta recopilar y ordenar los estudios sobre el aforismo, pero Javier Sánchez Menéndez no desarrolla un estudio de carácter filosófico —por eso hemos hablado de ensayo, visto este como una tentativa—, sino una indagación personal desde los presupuestos estéticos que le confiere ver la situación desde dentro, no en vano es arte y parte del asunto. Resumiendo lo dicho en Para una teoría del aforismo, «En el aforismo nada puede resultar superfluo, cada palabra que lo compone debe poseer el peso necesario, su reducido tamaño nunca se opone a su intensidad, complementa su fuerza. Su forma literaria elemental posee una carga filosófica y poética». Que así sea.

Reseña publicada en El Cuaderno digital: https://elcuadernodigital.com/2020/10/20/para-una-teoria-del-aforismo/

CARLOS JAVIER MORALES. EL CORAZÓN Y EL MAR

CARLOS JAVIER MORALES.

EL CORAZÓN Y EL MAR.

COL. ADONÁIS. EDICIONES RIALP

Más que usar la conjunción copulativa que une dos elementos tan dispares como el corazón y el mar, quizá sería más conveniente eliminarla para que la identificación entre uno y otro fuera total, porque leyendo los poemas de esta nueva entrega poética de Carlos Javier Morales (Sta. Cruz de Tenerife, 1967) — autor de una extensa obra, integrada por títulos como “El pan más necesario” (1994), “La cuenta atrás” (2000), “Nueva estación” (2007) o el volumen que recoge una selección de su obra, “Una luz en el tiempo. Antología 1992-2017” (2017)— comprobamos que la audaz analogía se convierte pronto, por el arte del verso, en una personal metonimia. De la comunión de corazón y mar surge el amor, un amor a todo lo creado, un amor que nace impoluto porque las aguas de ese mar borran —o deberían borrar, según el ferviente deseo del poeta— las impurezas del pasado. El arriesgado nadador que personifica al amante, al enamorado, va «a lavar al mar» su memoria, porque «la unión no estuvo nunca en el pasado: / la unión es comunión cuando se vive / un destino común que no termina nunca» y no «basta con mirar el horizonte para lavar la vida». El mar que contempla y que idealiza Carlos Javier Morales no difiere mucho de aquel mar que cantara Pedro Salinas en su libro El contemplado —veremos que el concepto de amor como culminación existencial tampoco se diferencia mucho del concepto que tenía el poeta del 27—, las mismas aguas del Atlántico bañan islas tan distantes.  Lo comprobamos en versos como  estos: «¡Cómo te envidio, isla, / que ves el mar y el cielo de continuo!» o «Hoy toda tú, / isla en medio del mundo, / jamás podrás perderte».

     Un aspecto que resulta muy común a este tipo de poesía celebratoria consiste en personificar distintos elementos de la naturaleza con objeto de establecer con ellos una relación de igualdad. El noble objetivo tiene más que ver con reivindicar la conexión del ser humano con la naturaleza, de alabar la paz y la mansedumbre que produce el contacto respetuoso con ella, pero también, y como consecuencia, tiene que ver, aunque sea por contraste y de manera solapada, con denunciar la degradación a la que está sometida dicha naturaleza. Pero esta naturaleza primigenia, sin contaminar, es también el escenario donde crece y se reafirma el sentimiento amoroso, un sentimiento que vive en el presente («El tiempo era presente, como el mar») en el aquí y en el ahora: «¿Qué fue lo que pasó fuera de aquí? / ¿No es aquí y ahora la verdad / de todo lo que amamos? / ¿No es aquí y ahora / donde estamos tú y yo, / donde transcurre al fin / el tiempo puro?». El propio poeta hallará en sus versos la respuesta a tanta pregunta. El ser amado las despeja — («Mis dudas con las tuyas se anulaban») porque la fuerza del amor consigue romper los barrotes de la celda de la soledad. Un morales arrebatado siguiendo ahora la estela de Aleixandre, escribe: «Tú eres la eternidad. Yo soy el tiempo / que cae cada día en un charco más hondo. / Tú eres la eternidad. Yo soy la carne / llamada a deshacerse. ¡Oh mundo a solas! // Tú eres la eternidad: / solo tu cuerpo rescatará el mío».

     El corazón y el mar finaliza con una cuarta sección que rompe la unidad de las tres anteriores. Los poemas de «En la gran casa» no son ya celebratorios, sino nostálgicos, elegiacos en gran medida: «Y si miro hacia el mar, mi mar de siempre, / hoy solo siento miedo por tanta inmensidad inaccesible». La muerte, antes solo vislumbrada en un horizonte muy lejano, se siente ahora como algo nítido, algo que va tomando forma en el cuerpo de los ausentes: «En este nicho, madre, aún queda algo de ti. / Pero toda tú, entera, estás en mi memoria», porque «Oigo tu voz: tanto en la casa antigua / como en esta cas que un día edificaste / para que yo viviera». Quizá sean estos poemas dolientes los que encierran más verdad de todo el libro, y digo quizá porque el propio poeta alberga muchas dudas, dudas que expresa en estas pregustas cuya respuesta solo él, o la divinidad, conoce, aunque no las resuelva en este libro, como fiel devoto de la religión de la armonía del mundo: «¿Es la imaginación? ¿Es la memoria / la que te entrega rosas rojas / antes de bailar juntos? / ¿Es tan solo un juguete psicológico / el que te da, el que me da la vida cada día? // ¿O es la imaginación y la memoria / la fuente del saber más verdadero , / la imagen más real de lo invisible, / el latido de Dios en lo más hondo?». El poeta, para Morales, es una especie de mediador entre el ser humano y la naturaleza, y la escritura de poesía obedece a la necesidad de dar respuesta a los interrogantes que la compleja realidad plantea. El esto queda en manos del lector.

Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 16/10/2020

PEGGY ROBLES-ALVARADO. CUANDO ME CONVERTÍ EN LA PROMESA

Peggy Robles – Alvarado

Cuando me convertí en La Promesa

 

Por cada enfermedad inesperada que requiera seguro médico,

por cada aborto espontáneo del segundo trimestre, por cada caos causado

por el desempleo, por cada desalojo inminente, por cada orden de arresto

no llevada a cabo las mujeres de mi familia hicieron promesas a estatuas

de yeso adoradas en apartamentos abarrotados con ron

vertido sobre linóleo, velas durante nueve días expeliendo hollín negro

hasta que la mecha se agotó, el agua de Florida perfumando puertas

y nucas.

 

Promesas: trueques / contratos con un Dios al que no prometieron

cambiar para apaciguarlo siempre / cuencos de fruta / bolsas de papel llenas

con caramelo de coco y caserolas de ajiaco / a la izquierda en intersecciones transitadas,

un roble en el parque High Bridge, la entrada del distrito 34,

y cuando mar pacifico y rompe saraguey se negaron a crecer

en los alféizares de Washington Heights, el más joven se convirtió en parte del gremio.

 

Impecable e inconsciente: prima Mari enfadada por tener que vestirse

de verde y rojo durante veintiún días para paralizar la entrada en la cárcel al Tío Pablo / Luisito rascándose una tobillera hecha de seda de maíz trenzada para ayudar

a que tía Lorna encuentre un nuevo trabajo / y no me cortarán el pelo hasta que a Papi

le extirpen el tumor.

 

Recogidos en moños apretados o coletas seccionadas, cayendo mucho más abajo de mi

cintura cuando los peinados asimétricos estaban de moda, sin darse cuenta de mi corona hice la coerción necesaria para sacar una masa de un colon,

agarré las tijeras de podar de mi hermano mayor, pasaron cuchillas sedientas

por mi sien derecha en la parte posterior de la oreja, masajeé la suavidad

que emergió como mechones caídos sobre los azulejos del baño. Mi deseo de imitar

el estilo libre icono cuyos álbumes mis primos y yo rayamos en viejos tocadiscos, apostando contra el intestino grueso de Papi.

 

Mi mano vacilante: un puño

en el rostro de Dios.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

 

 

 

 

 

 

JUAN LOZANO FELICES. MEMORIA DE LO INFINITO

JUAN LOZANO FELICES. MEMORIA DE LO INFINITO. EDITORIAL SAPERE AUDE

Aunque comenzó a publicar su obra de manera más afinada rondando los cincuenta años, a Juan Lozano Felices (Elche, 1963) lo podemos encuadrar, por edad y por evolución poética, en la rama de la llamada poesía de la experiencia dentro de la generación de los ochenta —su primer libro, Tempo di valse es de 1987—. Muchas de las características de su poesía coinciden con las de ese grupo: la cotidianidad como escenario de su sentir, la dicción clara, el respeto a los rangos formales de la tradición, cierto grado de confesionalismo que se traduce en morigerados lamentos elegiacos, la indagación metapoética y un culturalismo no impostado, inscrito en sus propias vivencias, por citar solo algunas.

     Memoria de lo infinito es un libro que solo se puede escribir desde la madurez que el paso del tiempo otorga al ser humano. Esa madurez es la que acentúa el afán reflexivo, la mirada benevolente hacia el pasado o el entusiasmo contemplativo, necesario para ver la realidad no como un cúmulo de incertidumbres que conduce a la frustración personal, sino como el lugar en el que nos identificamos con cuanto nos rodea, el lugar que nos brinda la oportunidad de cumplir los sueños. José Luis Zerón, autor de un extenso y determinante prólogo, despeja muchas de las claves de este libro, desde la influencia que han ejercido en sus versos poetas meditativos como Cernuda, Juan Luis Panero o Francisco Brines, hasta otros más líricos como Juan Ramón Jiménez, sobre todo cuando reflexiona sobre la fugacidad de la vida humana y  el devenir intemporal de las naturalezas muertas, de las cosas, un paralelismo nada complaciente. Sin embargo, como expresa Zerón, hay en la poesía de Lozano otros aspectos que le confieren una personalidad propia: «sin abandonar el espacio cotidiano, se va haciendo más compleja, honda e introspectiva. El poeta transita, entre el escepticismo y el asombro, las sendas convencionales e imaginadas de la realidad con un acopio de referentes simbólicos oblicuos. El discurrir del yo cohabita con el pasado idealizado y con un mundo presente en descomposición».

     El libro está divido en cuatro secciones no estancas, todas ellas están íntimamente relacionadas. Así, la búsqueda de las palabras que den fe de lo vivido, que hagan memoria de lo infinito, como vemos en estos versos: «Y busca entonces palabras que sirvan / para fundir el hielo con su calor hermoso. / Pero cuida bien de no romper la cadena / de los recuerdos, ese cristal raro / llamado nostalgia», se sucede en la siguiente sección, «Traspaso de poderes», que comienza con estos versos: «Escribo para tomar posesión / de aquello que perdimos». La escritura es vista como una práctica que permite hacer frente a la dictadura del olvido, la palabra es cómplice de la memoria y, gracias a esta, se mitiga el efecto perverso de la nostalgia. Juan Lozano habla en un poema de que «el doble fondo de la melancolía / es una forma de clarividencia», pero el quid de la cuestión reside en el sesgo que adquiera esa clarividencia. Lozano parece inclinarse por una visión, sino catastrofista del futuro, sí poco halagüeña, como delatan estos versos: «Definitivamente, lo sabes, / se han ido los tiempos galantes / en que sobornamos al mundo. / Se han ido los héroes / de sueños clavados en los brazos, / aquellos que derrocharon sus herencias / como si no tuvieran un pasado», acaso por esa razón, el poeta pone los pies en el suelo y renuncia a idealizar la realidad vista solo a través de la escritura. El poeta es un hombre común, un hombre consciente de sus responsabilidades y desea desprenderse de esa aureola que ha puesto en su cabeza los románticos (la casa museo que compartieron Shelley y Keats en Roma es visitada en otro poema), el poeta no quiere ser un poeta maldito, quiere «pertenecer a un club selecto, / jugar al pádel, tener seguro de vida, / permitirme cierta discrecionalidad / en los afectos y en las inquinas».  Ha sufrido en propia carne la decepción a la que conduce una excesiva confianza e las palabras y ahora ya no se fía «de los poemas / que parece que lo dicen todo, / que no quieren milagros / ni celestes invitaciones. / Solo quiero un rastro claro / que seguir sobre la nieve / y calcular la profundidad del alba / por una brazada de leña». Pese a constatar ese fracaso, el verdadero poeta no puede resignarse, porque sería traicionar su verdadera esencia, sería, en suma, un vulgar impostor. En el poeta verdadero vida y poesía están ligadas inexorablemente y Juan Lozano lo sabe, por eso escribe: «Con la vida, después de todo, / pasa como con los poemas, / que siempre encontramos / aquello que no hemos ido a buscar». El libro finaliza como una especie de tour de force. Con él intenta desmotar el componente elegiaco que prevalece en toda su poética, saltando sin red hacia una realidad alegórica que en algunos aspectos nos recuerda el mundo bien hecho de Guillén. Es un buen colofón que pretende dejar en el lector un buen sabor de boca, y ojalá lo consiga, a pesar de que la propia realidad se ocupa impunemente de desmentirlo.

Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 9/10/2020

JORGE HERNADEZ DIAZ. SALUDOS A LA LUNA

JOSE HERNANDEZ DIAZ

 

SALUDOS A LA LUNA

A veces deseo que mi español sea mejor

Hasta llegar al punto de poder hablar sin

Tener que pensarlo. Me las puedo apañar, confía en mí,

Pero es complicado. Como ese restaurante de moda en el centro:

Español chapurreado. Sería estupendo escribir poemas en español

O incluso en una mezcla de ambos idiomas. Pero mi instinto, parece,

Es apoyarme en el idioma que he dominado. Por ahora, al menos,

Puedo incluir una palabra, aquí y allá, como tesoro.

El lenguaje es un tesoro. La luna, tesoro. Las hojas: tesoro.

Mi ordenador siempre señala las palabras en español como mal escritas.

Quiero decir, todo bien. Hasta la última palabra.

En mi vecindario o barrio, es mayoritariamente mexicano o

Mexicano americano. Cinco pandillas en el barrio.

Nunca he tenido un problema. También hay muchos trabajadores,

Obreros de fábricas. Sin pretensiones. Coraje. Muchas ganas.

Muchos han servido o sirven en el ejército y aunque

Soy muy liberal, no los juzgo porque, honestamente,

Si no me hubiera topado con la escritura en la escuela secundaria,

  probablemente

También me habría alistado, no había otras muchas opciones.

Nunca sé como terminar un poema, especialmente un poema

Que no esperaba escribir, pero usaré algunas otras

Palabras en español: adiós. Adiós al sol y al horizonte,

Esta noche. Saludos. Saludos a la luna con su esplendor tan brillante.

Versión de Carlos Alcorta

 

 

RAFAEL SOLER. NECESITO UNA ISLA GRANDE.

RAFAEL SOLER. NECESITO UNA ISLA GRANDE. EDITORIAL CONTRABANDO

Los protagonistas de Necesito una isla grande, la reciente novela de Rafael Soler (Valencia, 1947), novelista de amplia trayectoria, pero también poeta —en Leer después de quemar (2018) reunió una selección de sus poemas— no son personajes habituales. Suelen, en caso de participar de forma directa en el desarrollo de la narración, hacerlo en papeles secundarios, cuando no marginales, y es que en esta novela estamos hablando de un grupo de ancianos («Cinco ancianos se fugan de un asilo con lo puesto», se titula un capítulo) enredados en un esperpéntico viaje —siempre hay unas buenas dosis de humor en la escritura de Soler— que, si no de iniciático tiene algo, gracias al acicate de una ilusión renacida, de búsqueda de la eterna juventud, un viaje —sin necesidad de desvelar la trama argumental, que se verá truncado por esa presencia que ronda la existencia, más cuando esta ya tiene a sus espaldas una larga travesía, la muerte, una muerte asumida con la que confraternizan El Pulga, Rocky o Tomás.

   La novela, una especie de Road movie, se estructura en dos planos, el que narra los acontecimientos que se van sucediendo con cierta lógica, y decimos cierta porque a Soler le gusta hacer uso del humor —el caudaloso uso del lenguaje lo respalda— , y el humor, lo sabemos, roza lo ilógico, lo irracional, como esas mudas conversaciones que tienen los muertos, muertos que parecen sentir y padecer aun tiempo después de convertirse en cadáveres, porque «la verdadera muerte llega así, Tomás, con el olvido». Evidentemente, la trama se sostiene en hechos perfectamente verificables, por emociones reales y, por ende, contradictorias, por peripecias, algunas irreverentes, que se suceden gracias a un golpe de suerte, narradas por nuestro autor con dinamismo y ternura, porque, conviene decirlo, la ternura y el placer de vivir una aventura  sobrevuelan por encima de la nostalgia y de acuciantes dolores físicos. El objetivo es despilfarrar los últimos momentos de unas vidas que, en el reducto casi militarizado de la residencia, han sido domesticadas por completo. Por esa razón, el viaje en pos de una isla grande posee la misma justificación, al menos literaria, que el viaje a la isla del Tesoro, aunque también nos recuerda en cierto modo al Cortázar de «Una isla al mediodía».

     El segundo plano de la novela lo forman las notas que va tomando Carmina que ejerce como notario de las vicisitudes del viaje y cuyas reflexiones denotan, esta vez, sí, mucha nostalgia. En las notas traza además rasgos de la personalidad de sus compañeros de viaje con una visión panorámica, como si se adentrara en la mente de cada uno de ellos, que recoge experiencias del pasado. Así, escribe: «A Tomás y a Nepo les gustaban las islas, mucho. Tanto que cuando no tenían una mano a mano, si la inventaban. Islas volcánicas, con una playa que había que recorrer de puntillas, tan escasa era la arena y tantos los guijarros negros y la lava». Como era previsible, estos planos se entrecruzan y la doble ficción que soportan las anotaciones, servirá de guion para un programa radiofónico, real en la ficción de la novela, lo que no deja de ser un logrado ejercicio metapoético que pone justo colofón a esta excelente novela.

CÉSAR RODRÍGUEZ SEPÚLVEDA. LUZ DEL INSTANTE*

CÉSAR RODRÍGUEZ SEPÚLVEDA. LUZ DEL INSTANTE. EDITORIAL OMMPRESS

En estos tiempos convulsos y desconcertantes en los que vivimos, el ser humano necesita encontrar puntos de apoyo a los que aferrarse. Hay quien los encuentra en la religión, algunos en la práctica deportiva, otros en la compañía de los seres queridos e incluso existen quienes buscan refugio de la poesía, en la verdadera poesía. Adjetivarla no deja de ser una redundancia, pero conviene subrayarlo de forma expresa porque el poder de las redes sociales —combinado con la falta de escrúpulos de algunas editoriales que tratan de vendernos gato por liebre patrocinando productos frívolos y simplones, sin ningún mérito estético, pero que juegan con los sentimientos más a flor de piel de esa juventud adocenada, cada vez más ñoña y carentes de opinión, masificados sus gustos por el poder de los “nfluencers” y demás fauna mediática— está desvirtuando con alevosía el sentido más profundo del acto poEL VERDADERO SENTIDO DE LA EXISTENCIA de los poetasre de Dios, poeta, / padre y maestro mbre yo soy muertemargola nostalgia imprético. A tenor de los últimos acontecimientos —hablo ahora solo del ámbito poético— no podemos ser demasiado optimistas, pero queda aún un atisbo de esperanza, una tabla de salvación, y a ella debemos aferrarnos.

    Esta sensación de no perecer ahogado en el mar de la banalidad  y la confusión la producen títulos como Luz del instante, el primer libro de César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968) que ha devuelto a este lector, siquiera momentáneamente, la esperanza. No todo está perdido. Hay poetas que sienten verdadero respeto por lo que significa esa palabra que los define y lo demuestran con su quehacer, con cada poema, con cada verso dado a la imprenta. Lo primero que nos ha llamado la atención es que Rodríguez de Sepúlveda conoce perfectamente la tradición poética del idioma en el que escribe (una notable diferencia con respectos de los poetas “instagram”, que se precian de no leer) y, por esa razón, es capaz de rescribirla y reinterpretarla desde la actualidad sin caer en anacronismos. El libro comienza con un homenaje a Alonso Quijano, quien reconoce que más que vivir, soñó que vivía en los libros de caballerías que enturbiaron su mente: «… Yo no viví: soñé. Fueron mi vida / no los leves cuidados de mi hacienda, / ni el ocre sucederse de los días (…) sino los esplandianes y amadises / que gallardos blandieron sus aceros / por el amor de ingratas damas / en reinos que no abarca el pensamiento», pero qué sería la vida sin los sueños, sin el vuelo de la imaginación, ese vuelo que proporcionan los héroes de papel que conquistaron el reino de la infancia: «Por entonces la vida / era un presente giratorio, eterno: / si bien se sucedían / los días y los meses y los años, / de sus revoluciones / volvían siempre iguales, renovados, / puestos a repetir los mismos ritos»). Tarzán o el mismo Guerrero del Antifaz no logran, sin embargo, detener el curso del tiempo. La infancia termina y comienza la primera etapa de la responsabilidad, la adolescencia y en ella comienza a asomar la cabeza esa bella dama sin piedad que responde al nombre de muerte, una muerte que da sentido a la existencia. El poema «Nocturno» simboliza esta moraleja por medio del mar, más sí mismo en la oscuridad, como la vida, que se vive con mayor intensidad cuando se es consciente de su fugacidad, lo que no significa que la nostalgia impregne muchos de los actos voluntarios, como en el poema «Desolación»: «Dejó la vida un triste sedimento, / amarilla hojarasca, / un rastro cruel de cosas inservibles, / un tatuaje amargo, indescifrables / señales de socorro en los armarios. // Ahora en el vacío de estas cuatro paredes / un silencio florece hecho muerte». No son estos los únicos versos en los que se manifiesta este pesar. Los homenajes tributados a escritores suicidas como Virginia Wolf, Cesare Pavese o Alejandra Pizarnik («… abrazar a la muerte y recordarle / yo me llamo yo soy / alejandra yo soy / debajo de mi nombre yo soy muerte») son un ejemplo de lo duro que es vivir, más aún cuando se entiende la escritura como una especie de anomalía, como una frustrada tentativa de salvación.

     La última sección de las tres que componen el libro, «La luz y la palabra», comienza con un poema que bien puede interpretarse como una poética: «la forma brota de lo informe, / de lo oscuro la luz, / de la nada, el sentido. // Después, / el tiempo arrasará / cincel, figuras, escultor, poema».  Como vemos, la muerte hace de nuevo su aparición en esta especie de «vanitas» barroca, barroquismo subrayado por en lenguaje cuidado hasta el exceso, por la ruptura semántica y los encabalgamientos de muchos de los versos de este magnifico y sorprendente libro que reivindica la armas del amor y de escritura para saciar «la sed de verdad del ser humano»,  para luchar, aunque de forma infructuosa, contra el declive y la muerte, como queda patente en uno de los mejores poemas de “Luz del instante”, el homenaje a Rubén Darío titulado «De volcán y de jungla», cuya herencia reivindica con conocimiento de causa: «oh jaguar, dios, olmeca, formidable centauro, / torre de Dios, poeta, / padre y maestro mágico, / Rubén / Darío».

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés el 2/10/2020

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. EL AIRE QUE ROMPE LA NIEBLA

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. EL AIRE QUE ROMPE LA NIEBLA. EDICIONES VITRUVIO

Ediciones Vitruvio, la editorial que publica el nuevo libro de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres, 1947), El aire que rompe la niebla —y que ha publicado sus anteriores títulos: Al son de las marcas (2014), Luz velada (2015, Las farolas caminan la calle (2017) y La senda hacia lo diáfano (2018)— lleva décadas editando poesía, y lo hace manteniendo una fidelidad a sus coordenadas estéticas digna de elogio, más aún con las complicaciones añadidas en los últimos tiempos.

     Isabel Fernández es una poeta que ha comenzado a publicar relativamente tarde, si nos atenemos a lo que dictan las modas actuales, tal vez porque las obligaciones que le imponía su profesión (un caso similar es el de María Luz Quiroga, con quien, además, compartió ocupación docente) no le permitieron explorar con la debida serenidad las exigentes servidumbres de la escritura. Pero, como ocurre con frecuencia, este aparente perjuicio, posee también varias, y no menores, bondades. La primera de ellas hace referencia a la acumulación de experiencias tanto vitales como culturales, haciendo hincapié en estas últimas, sobre todo en el bagaje libresco, y no solo literario, que los años proveen y que la escritura, de forma involuntaria, absorbe. La segunda tiene más que ver con la propia manera de entender la escritura y, por ende, la publicación. Las prisas, comprensibles, que acucian a los jóvenes por ver publicado su primer libro no surten aquí efecto. Una tercera ventaja, que guarda relación directa con la anterior, es la de escribir ajena a las modas y solo guiada por la necesidad, una necesidad que lleva a nuestra autora a extremar el cuidado en la selección de los poemas («Elimino un poema / y otro / y otro…»), para dar a la imprenta un libro representativo de su quehacer (por supuesto, la publicación tardía no lleva implícito que no se haya frecuentado la escritura durante años) un libro homogéneo y unitario, aunque, como en este caso, haya pequeñas divisiones marcadas por sendas citas, divisiones más de carácter formal que argumental.

     La propia experiencia del amor se vive de forma distinta con el paso de los años, sin la desesperación del joven amante atormentado por la ausencia, y sí con la melancolía que provoca el apaciguar esa emoción, a veces un tanto desbocada como reflejan estos versos: «… y paladeo, / serenamente, el amor / con que te he amado». Este amor sosegado y fértil, un amor conyugal y fecundo, lejos de la pasión adolescente o de la exaltación del amor clandestino —poéticamente muy fructíferos— posee diferencias de grado que se proyectan en la experiencia del personaje que las condensa en la escritura, personaje del que solo podeos intuir si comparte atributos con la autora o no, aunque esto carezca por completo de relevancia a la hora de leer los poemas: «Somos, después de tantos años compartidos, dos confidentes solitarios / que intentan descifrar / el genoma que sustenta el amor / y la naturaleza química / de la mirada que no necesita mentir». El epígrafe de Pedro Salinas que encabeza esta sección explica la perspectiva temporal desde la que se han escrito los poemas. En la segunda parte —recordemos que “El aire que rompe la niebla” no posee divisiones propiamente dichas—, el tema que vertebra los versos es la vuelta a la infancia El recuerdo se cristaliza en versos medidos, pausados, proclives a la meditación: «Mieres es carbón en mis ojos. / Soy una niña» que más que nostalgia, trasmiten cierta desolación. Sin embargo, el tono general no es ese. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós rememora aquellos años sin acritud, pero no mitifica la infancia: «Los árboles de la alameda / por la que transita la vida / se niegan a perder / las hojas de la memoria». Y es que la memoria es selectiva y conviene ejercitarla para que no eche en el olvido el sufrimiento o la angustia, no en vano estas forman parte, en similar medida, que la alegría o el placer, aunque —dicen— la asunción del dolor forja la identidad, endurece el carácter (y ya sabemos que carácter es destino). En el poema titulado «Decepción», por ejemplo, que finaliza con estos versos: «Quejidos que claman comprensión / ante una amistad que calla / lo que fuimos / lo que somos / lo que ya nunca / seremos. // Triste final / tejido a la sombra de mi inocencia», la amargura y la sensación de derrota que prevalece sobre los momentos de exaltación, pero, por fortuna, no siempre es así («Resiste aunque vacile tu voz. / Aunque tu conciencia no sea. / Resiste»), pese al creciente escepticismo existencial, porque que uno toma conciencia de quien es: «Reconocerse / es pensarse / y mirarse / y sentirse / nada / en el silencio amargo / de la voz huida. // y fingir que no duele». Paradójicamente, el paso del tiempo no se vive en estos poemas con especial dramatismo, aunque no se pueda ignorar, ni con el auxilio —precario, es cierto— de las palabras, su efecto, como vemos en estos versos que pueden resumir el motivo central de este libro templado con el fuego de esa emoción recordad en la tranquilidad:  «El tiempo es… […] Preludio y fin. / Lamento de la consciencia».

* Reseña publicad en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 25/09/2020

EMILY BLUDWORTH de BARRIOS. MIS PENSAMIENTOS MÁS OSCUROS

EMILY BLUDWORTH de BARRIOS

Mis pensamientos más oscuros

Mis pensamientos más oscuros son como introducir a Estados Unidos en una funda.

Un Estados Unidos que se pliega en un mapa    ¿Qué se siente

al crecer dentro del país más poderoso?     Nada especial por supuesto

¿Qué se siente al vivir dentro de esa economía que te presiona

hasta aplastarte?     No fue tan dramático, estábamos bien.

Mi infancia es un museo de los suburbios en la década de 1990.

Detrás de un vidrio: un trampolín, un fax, los números de teléfono de mis amigos memorizados

¿Qué frutas comiste de niño?

Solo plátano sandía manzanas Red Delicious y (muy caras) fresas como premio

Más a menudo fue la idea de fruta, algo con sabor a fruta.

Tarta de fresa.     ¿Qué tiene dentro?     Una mancha de azúcar de color rojo oscuro

Tan roja como la fresa.     Oh, no lo sé.     Una mancha de emoción

¿Cómo fue crecer dentro del país más poderoso?

Por un lado, la nación balanceaba la cabeza y pateaba con las pezuñas

Por otro lado, comíamos lo que nos decían que era comida, les creíamos siempre

Era comida     Sabíamos que lo que nos decían era verdad

 Versión de Carlos Alcorta

 

PUREZA CANELO. PALABRA NATURALEZA

PUREZA CANELO. PALABRA NATURALEZA. EDITORIAL FUNDACIÓN ORTEGA MUÑOZ, 2020

Una de las constantes principales sobre las que gravita la poesía de Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) es la preocupación, de orden metapoético, por el origen de la propia poesía, por el origen del poema y por la capacidad  —o, más bien, la incapacidad— de la palabra para ser el vehículo fiel capaz de trasladar a la página la emoción y el pensamiento: «Dices “árbol” y es otra cosa. Pisas surco y el sonido pertenece a este mundo», escribe Pureza Canelo en el primer poema de este volumen, que no es otra cosa una especie de poética titulada «Aproximación impura» en la que establece un diálogo —diálogo, por lo demás, presente en toda su poesía— entre el poema y la Naturaleza, pero no al modo de los románticos ingleses, seducidos más por la emoción y el misterio que provocan en una mente proclive a idealizarla, a endiosarla —como, de hecho, idealizaron el acto poético—, que por una mente que procesa una imagen aséptica, fiel a lo que representa. Pureza Canelo, sin renunciar a lo intuitivo, racionaliza esa emoción, la intelectualiza, como deducimos de este párrafo entresacado del mismo poema: «Palabra y Naturaleza reinan por sí mismas. La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella. Es el azar de la escritura cuando las palabras milagrosamente se “acoplan” a los lugares contemplados que merecen ser canto […] Naturaleza y su poder de presencia, Palabra y su constante provocación».

     Pero en Palabra Naturaleza, antología preparada por la propia poeta, podemos rastrear con nitidez los múltiples registros de la poesía de Pureza. Uno de ellos —además del citado—, y de gran importancia, es el memoralístico, pero no piense el lector que va a encontrar en estos poemas una concatenación de recuerdos que remitan a experiencias más o menos decisivas de su biografía. El modo de acercamiento es intuitivo y alusivo. Nunca se reduce a lo anecdótico, sino a lo intemporal, a lo esencial de dicha experiencia: «Mi primer poema / lo dediqué al junco, / a la veleta en el horizonte, / a mis perros que ya corrían para alcanzarme / y morder de mi gaviota», escribe en un poema de su primer libro, Celda verde (1971) aquí recogido. Y es que la palabra de Canelo, la «palabra válida» de la que hablaba Stefan Zweig, no sirve para lo consuetudinario, sino para lo imperecedero y esto, como se ve, es un propósito de nuestra autora desde sus más tempranos poemas. Toda antología supone un regreso a las fuentes que dieron lugar a los poemas, un modo de enfrentarse a quien uno ha sido, un reconocimiento de los sucesos que han tenido mayor significado en nuestra vida, un reencuentro con emociones olvidadas y una especie de revisión y de actualización de los principios estéticos que han sido norte de la escritura. La presencia de la Naturaleza, de la confluencia entre el tiempo y la materia como germen del pensamiento poético es notable desde sus primeros libros: «Eran el primer caos de unión / y los musgos entre las nubes / y aguas puras en la roca / y las aguas en el aire / aquí puedo reconocerlas. / Las arenas divisibles y vibrátiles / se organizaban, y lejísimos, me organizaban». ( del poema «Palabras con Luis» de El barco de agua, 1974), como lo es también la manera de ver, la forma de observar cuanto sucede alrededor, cualidades que definen la personalidad de cada poeta. Si ni se ve, aunque se tengan los ojos abiertos, no se puede vivir consciente, sino atemperado, mohíno, sin capacidad de resistir los embates de la vida:  «Si cierro los ojos / y pongo en mi pecho como blanco / de tus ojos, / dirás que no he hecho nada, / acaso una estancia del deber / que a solas cumplo». La mirada además, en la poesía de Pureza, noen vano esta es la que recrea en la página las imágenes que capta la retina: «Por la palabra / he ganado tiempo a la oración / que en los atardeceres me precipita / en las piedras que todavía me quedan / en las casas del tiempo y de lo convenido / por mis ojos», unos ojos que, como sucede en Juan Ramón Jiménez («La escritura de exigencia universal asiste a quien se atreve a buscarla y agujerear mundos», dice Pureza), buscan la trasparencia, cualidad suprema de la emoción, del cuerpo que ama y piensa, de la más noble belleza, esa belleza tan a mano y que, sin embargo, no sabemos apreciar, acaso porque se esconde «donde se viste / el aire»., en plena Naturaleza, porque «En la ciudad no sienten el prodigio de la fibra; yo sí atrapada en el eco , traslación de crecimiento por lugares amados».

     Toda la obra de nuestra poeta está recorrida por ese intento de esclarecer lo que en la escritura se emborrona, se pierde, se transforma. La Naturaleza, como observamos en la última sección del volumen, es la casa del ser, el lugar donde la poesía se manifiesta y trata de dilucidar sus contradicciones, pero el muro infranqueable del lenguaje circunscribe el ámbito en el que dichas contradicciones pueden resolverse sin apropiarse en exclusiva de la verdad, por una parte, y sin distorsionar en exceso el significado consciente por la propia experiencia del sujeto, porque, tal y como escribe, «el verso dice llueve sobre el campo y no está lloviendo, o la naturaleza puede ser noche cerrada y decir mírame en colores sin límite: lo que es circular posibilita en canto y ofrece su mejor ocasión» y es que, como dice Andrés Ortíz-Osés, en palabras que se ajustan como un guante a la poesía de Pureza Canelo, «la poesía no es literal sino literaria, metafórica, simbólica, no es lineal sino quiebro o quebradura, no cabalga sobre lo real sino que se inmiscuye surrealmente en lo real, no es expansiva sino impasiva, y no es extrovertida sino introvertida, no es asimiento sino desasimiento»,

     Pureza Canelo defiende —y practica— una poesía sin concesiones, rigurosa, elaborada con tenacidad, exprimiendo el significado de las palabras hasta condensar la esencia de su decir, como expresa con contundencia en este párrafo: «Mundos de ayer revierten unidos. Es mi única verdad. No se busque otra luz. Ni se mezclen lectores intrusos en una escritura rendida a lumbre: los que dicen la poesía es difícil, no se entiende, según el cerebro de la soberbia y la oquedad de la ignorancia. A esos los quiero fuera de mi vista» y, por ende, entiende la labor del poeta como la del místico, que anhela, en este caso, no la comunión con Dios, sino con la Naturaleza, por más que, visto desde la perspectiva del panteísmo, entre uno y otra no haya diferencias insalvables. De hecho, en la poesía de Canelo ese anhelo de armonía, de equilibrio y de belleza supremas remiten directamente, sin nombrarlo, a un orden celestial y es función del leguaje poético captarlo, hacerlo suyo, más cuando, como ahora, se revisita el pasado desde un otoño vital que conserva plena la memoria.