ÁLVARO VALVERDE. EL CUARTO DEL SIROCO*

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ÁLVARO VALVERDE. EL CUARTO DEL SIROCO. TUSQUETS EDITORES

La trayectoria poética de Álvaro Valverde (Plasencia,1959) es, sin lugar a dudas, una de las más coherentes del panorama poético español de las últimas décadas. Desde su primer libro, Territorio, publicado en un ya lejano 1985, hasta ahora que publica El cuarto del siroco, poco ha cambiado. Si acaso en sus últimos libros asistimos a una depuración lingüística, fruto, sin duda, del convencimiento con el que algunas certezas vitales han arraigado en su mente. El entusiasmo del joven veinteañero ha dado paso a un hombre asentado en su madurez que ha visto cómo la vida trascurre velozmente («Y uno se pregunta de repente: / “¿qué ha pasado?” / y no sabe qué responder / o lo evita pues teme la respuesta»), pero también a alguien que ha cumplido muchos de sus propósitos y ha sabido aquilatar el valor de las cosas verdaderamente importantes. Al fin y al cabo, Álvaro Valverde ha elegido ser «un hombre, sólo alguien / que funda su destino / (como el mejor aqueo) / en la digna certeza de la muerte», una muerte inevitable que resulta menos traumática cuando se está en paz con uno mismo y los problemas morales no parecen obstaculizar la existencia cotidiana.

     El cuarto del siroco es un libro extenso y variado. El propio poeta nos pone en antecedentes: «Los poemas que componen este libro han sido escritos en lo que va de siglo. […] Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica». Estas palabras confieren, desde mi punto de vista, mayor entidad simbólica al libro. Me explico. No es mérito menor el conseguir escribir un libro unitario cuando ese ha sido el propósito inicial, pero tiene mucha mayor relevancia cuando esa unidad proviene de un modo de hacer natural que tiene más que ver con la solidez del pensamiento —parafraseando a Wallace Stevens, Valverde habla de   una «naturaleza pensativa»— que con propósitos más o menos espurios. Valverde ha adquirido una seguridad expresiva que no precisa de grandilocuencias ni nebulosidades. Algunos de estos poemas parecen haber surgido de una identificación absoluta con el entorno, como «Mínima», apenas un trazo, un boceto que, sin embargo, hace vibrar algo indefinido en nuestro interior (ocurre lo mismo, sin saber muy bien por qué, con algunos cuadros, con ciertos fragmentos musicales). En otros poemas, el titulado «Aquí» es un buen ejemplo, el relampagueo de una idea fugaz es sustituido por una serena meditación temporal o existencial (o ambas simultáneamente): «Estás sentado solo frente al valle / con un libro en las manos / que abandona a ratos / para poder mirar, / con la calma debida, / cuanto la vista alcanza», comienza el poema, que finaliza con los versos siguientes: «Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres él». Pocas veces uno tiene la oportunidad de leer unos versos que trasmiten tal serenidad, tal armonía (El Tratado de armonía, de Antonio Colinas no parece ser ajeno a esta visión), un valor este que, en el ideario vital de Álvaro Valverde, se considera primordial. Lo podemos comprobar también en el que, para este lector, es, junto con otro poema imprescindible, «Mujeres», uno de los mejores poemas del libro: «El lector»

    La doctrina poética de nuestro poeta no admite duda alguna. Su poesía está escrita con la sencillez y la discreción de un lenguaje común que busca la claridad sin despreciar, por supuesto, el lado misterioso que se pliega en su reverso. Valverde parece escribir de igual forma que vive el día a día, su poesía está hecha de lugares familiares, de hechos cotidianos, de personas de su entorno más cercano, de detalles y cosas, en apariencia, insignificantes. Del poema «A modo de poética» son estos versos: «Como el agua, / que, toda claridad, es espejismo / que revela cercano lo distante. […] Como el agua, metáfora y verdad. / Sí, como el agua» que confirman lo dicho, pero quizás sea aún más explícito el titulado «La poesía», que transcribimos completo: «La poesía, / sus elucubraciones, / los asedios / que gravitan en vano / —teóricos, abstrusos— / sobre ella. // La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». La escritura es para Álvaro Valverde ese cuarto del siroco en el que poder refugiarse cuando acucian los problemas o la existencia se vuelve insoportable: «Uno quisiera —escribe en el poema de igual título que el libro—/ que en las horas peores de la vida, / cuando todo se vuelve violento vendaval / y las cosas se ocultan tras un velo de polvo, / existiera una estancia semejante. / Un lugar recogido, a modo de refugio, / en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte». La muerte en abstracto y la de familiares y amigos en particular está muy presente en este libro, tal vez porque su sombra comienza a perfilarse en los gestos del propio rostro. Pero Álvaro Valverde, por fortuna, todavía está lejos de ser el personaje «Aquél que se levanta cada día / y piensa que la muerte se le acerca». Álvaro es mucho más parecido a ese «[Que] resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido», porque, a pesar de la sensación de nostalgia por lo perdido y de la constatación de la brevedad de la vida que nos embarga después de leer El cuarto del siroco, se impone un pacífico bienestar, el del deber cumplido con los demás y, en especial, con uno mismo, como delatan estos versos: «Eres allí ese hombre / que sueña con ser otro; desconocido para sí, pero al que sientes / con tanta convicción / como a ti mismo».

* Reseña aparecida en la revista Turia 129

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LOS LAURELES REVERDECIDOS DE LA AFORÍSTICA*

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JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. CONCEPTO. LA ISLA DE SILTOLÁ

CARMEN CANET. LA BRISA Y LA LAVA. LIBROS DEL ALBUR

ANA URKIZA. UN HERMOSO LUGAR LA FELICIDAD. EDITORIAL TREA

No tenemos más que comprobar la profusión de colecciones dedicadas al aforismo que han surgido en los últimos años para comprobar la vitalidad de un género que hasta no hace mucho languidecía enmascarado bajo otros epígrafes de carácter más amplio. A las editoriales que mencionamos en este comentario podemos añadir algunas otras como, por ejemplo, la editorial Renacimiento o Cuadernos del Vigía, esta última, como La isla de Siltolá, ha creado incluso un premio literario dedicado a dicho género. Tal es la cantidad de títulos aparecidos simultáneamente que resulta imposible detenerse en cada uno de ellos de forma particular. Por otra la parte, el género ha ido mutando y —desde los presupuestos iniciales, centrados en la brevedad y la contundencia semántica principalmente—, se ha pasado a admitir reflexiones de mayor desarrollo discursivo, más versátiles y con una intención de mayor calado interpretativo sin contradicciones aparentes.

     Los tres libros que comentamos, son, sin embargo, fieles a esas premisas de las que hablábamos al principio. De hecho, Concepto, el volumen de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964), en la sección del mismo título, parece apelar a los principios que definieron en otro tiempo al aforismo, así, Sánchez Menéndez escribe: «El aforismo es un ejercicio de concreción». Está, como vemos, haciendo referencia al ejercicio de la brevedad. «El aforismo sorprende, genera dudas, y sobrecoge al lector», escribe el autor poco después, haciéndose eco de otros de las premisas del género, la capacidad de sorpresa, la desubicación de imágenes y conceptos cuyo contenido se ha asentado en un lugar cotidiano de nuestra mente. Pero claro, esto no resulta fácil, menos todavía cuando se confunden algunos términos que conducen a la trivialidad y al ingenio como sucedáneos de la meditación sincera. «Buscar la sencillez evitando la simpleza», escribe Sánchez Menéndez. Toda una máxima que exige una labor de contención que no todos los escritores están dispuestos a llevar a cabo y es que, según nuestro autor, («El 99,9% de los aforismos que se escriben no llegan a aforismos. Son ejercicios de superficialidad»). Hay en este libro otros temas además del metaliterario, aunque no dejan de estar relacionados con él, porque se habla de edición, de la crítica («La crítica o la queja con fundamento es crítica. Sin fundamento es envidia e impotencia»), de la escritura en general («Escribir sobre las obsesiones no nos liberará de ellas») e, incluso, se dan consejos a un futuro lector-editor: «Si pretendes editar un libro pregúntate antes: ¿Qué aportaría a la verdadera literatura esta publicación». No podían faltar en este libro las reflexiones sobre la identidad porque es un asunto que Javier Sánchez trata habitualmente en sus escritos, una identidad sujeta, como no puede ser de otra forma, al paso del tiempo: «Lo que queda es la esencia de lo que somos, tal vez de lo que hayamos sido , ya que todo lo que hemos sido ha dejado de ser». Concepto es un libro breve pero hace honor al género porque hay en sus páginas innumerables cargas de profundidad.

   Carmen Canet (Almería, 1955) es una de nuestras aforistas más contumaces y más reconocidas. De hecho, su producción literaria está casi supeditada —si dejamos al margen su dedicación a la crítica— a dicho género. La brisa y la lava. Aforismos sobre el aforismo, no oculta el objeto de sus reflexiones. En lugar de elaborar un tratado teórico, Carmen Canet, como no podía ser de otra forma, riza el rizo y nos ofrece más de un centenar de reflexiones que van mordiéndose la cola unas a otras sin que sepamos muy bien dónde empieza la práctica del aforismo propiamente dicho y dónde acaba la teoría. En realidad, no importa. Canet sabe jugar con las palabras como un malabarista lo hace con los objetos. Las voltea hasta lo imposible pero nunca deja que caigan al suelo: «Aforista: malabarista de palabras». No nos sorprende, cuando se teoriza, que haya ideas similares entre quienes practican el género. Así, «El mejor aforismo habita en lo inesperado», se relaciona de inmediato con la capacidad de sorpresa que mencionaba Sánchez Menéndez. O estos otros ejemplos, que hacen alusión a la brevedad: «Los aforismos pese a ser breves y ligeros ayudan a hacer grande y menos pesado el mundo» y «El aforismo es el pensamiento que se da en un instante. Es esa frase que cabe en un cuarto de minuto, e incluso segundos». Pero Carmen Canet da otra vuelta de tuerca a lo evidente y convierte lo teórico, como decíamos, en práctica. Es aquí donde brilla su particular, y envidiable, perspicacia, su intuición y su arrojo a la hora de mataforizar la cotidianidad. Algunas de estas reflexiones, de tan evidentes, nos hacen pensar en nuestra incapacidad para la abstracción, en cómo no se nos había ocurrido antes, y es que «Los buenos aforismos dejan siempre las puertas de par en par. Y subidas las persianas de las ventanas». Carmen Canet logra algo verdaderamente difícil, ser original. Su dominio de los paradigmas del género dota a sus aforismos de una intensidad que casi oprime, y digo casi, porque siguiendo su consejo, «Los libros de aforismos no se leen de principio a final. Se sortean. ¡Un sorteo con suerte!».

     Un hermoso lugar para la felicidad es el titulo del libro de Ana Urkiza (Ondarroa, 1969), una autora a la que, lamentablemente, no conocíamos, a pesar de contar con una extensa obra, integrada por libros de poemas y cuentos, pero también por libros de aforismo, género en el que ha publicado dos títulos, Lo que queda para ayer y No hay vuelta para adelante. Títulos que ya denotan el gusto por subvertir el significado habitual que profesa la autora. No es fácil resumir el libro que comentamos porque, en su organicidad, resulta extremadamente heterogéneo. No hay capítulos o secciones que nos faciliten su lectura o nos den alguna pista. El lector ha de adentrase en la lectura a pecho descubierto, arriesgándose a recibir el impacto de una sentencia cuando más confiado está, un impacto que atraviese las circunvalaciones cerebrales y trastoque todo lo sabido, todo lo aprendido. Lo ejemplos son muchos y procuraremos transcribir muestras de diferentes temas: el de la identidad aflora a menudo: «No es difícil no ser como a ti te gustaría que fuera, ya que tampoco soy como yo no quisiera que fuese» o «Qué somos: ¿lo que decimos o lo que no decimos? o «En vida, somos una sombra; al morir, un lugar». Hay lugar también, no podía ser de otra forma, para la reflexión sobre el género: «Aforismo: pastillita que te endulza la vida durante medio minuto» y para la literatura o el arte en general: «se escribe para comprender el mundo, ¿por qué no se lee?»; «El arte no se hace para entender, sino para expresar lo que no se entiende». El paso del tiempo tampoco se escapa: «Futuro: el presente que vamos consumiendo»; «Mañana, de nuevo, el futuro se alejará un día más». Toda una filosofía de vida se desarrolla en estos chispazos llenos de dobles sentidos y de incertidumbres. Gracias, sin embargo, a una cierta propensión a lo lúdico («Necesito para de prisa» escribe Ana Urkiza), el libro se lee —no de corrido, claro, ya lo dijo Carmen Canet— con media sonrisa en la boca. La otra media se contrae, consciente como es de las palabras verdaderas nos dejan desnudos ante la realidad.

Tres libros distintos pero con muchas cosas en común de un género que goza de un enorme éxito. Esperamos que dicho éxito no produzca el efecto contrario y acabe por oxidarse por exceso de oxígeno.

*https://elcuadernodigital.com/2019/04/10/los-laureles-reverdecidos-de-la-aforistica/

FRANCISCO CARO. ESTE NUEVE DE ENERO. ANTOLOGÍA POÉTICA*

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FRANCISCO CARO. ESTE NUEVE DE ENERO. ANTOLOGÍA POÉTICA. EDITORIAL LASTURA

Con motivo del septuagésimo cumpleaños del autor, un grupo de amigos ha realizado una selección de sus poemas y con ellos ha organizado este libro que ahora tenemos en nuestras manos, “Este nueve de enero”, una antología poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947), autor tardío, pero de vasta e significativa obra, no en vano varios de sus títulos han merecido importantes premios de poesía, como el Juan Alcaide (2007), el José Hierro (2010) o el Leonor (2013). La selección realizada por ese grupo de amigos, buenos conocedores además de la obra del poeta, abarca once de los doce libros publicados por el autor desde 2006 hasta 2017 (desconocemos la razón por la que ha sido excluido de tal recuento el libro “Lecciones de cosas” (2008), con lo que el lector puede hacerse una idea precisa de los caminos por los que discurre la poética de Caro.

     Dos son, principalmente, los motivos que alimentan sus poemas: el cuerpo y la escritura. El cuerpo como lugar paradisiaco en el que el poeta encuentra satisfechos todos sus anhelos: «A tu cuerpo / acudo, como al norte, / como a las montañas blancas // a tu cuerpo / como el copo secreto, / lívido, / leve, que el aire deposita // de un incendio de sombras…», escribe en el poema «Como al norte», con el que comienza la antología. Ese lugar paradisiaco no es una entelequia, el cuerpo al que se refiere Francisco Caro es el de la persona amada, un cuerpo con el que se funde, hasta el punto de que la identidad se desdobla en un sujeto compartido, bimembre: «…dos miedos, eso somos, / cuerpos, horas, / dos agujas / presas en un reloj / que se distancian», que comparten el peso del pasado: «Yo sé que ya no somos / lo que antes fuimos: / dos que viven un solo calendario». A pesar de las apariencias, no prima en el tono de la poesía de Caro la nostalgia. Cuando esta hace su aparición, no es de forma lastimera o imprecatoria (El ejemplo del poema «Singer, máquina de coser» nos basta para confirmarlo). El paso del tiempo no deja indiferente a nadie y el poeta no puede sustraerse a los efectos de esa experiencia, pero el enfoque, si no optimista, es, al menos, sereno: «Sabe que ha de morir / este yo que envejece / escondido en mi nombre, / mas sigue amando, sabe / que amar es el secreto, / que la muerte no puede / tener / razón en todo»

     La escritura, como decíamos, es el otro leitmotiv de estos poemas, vinculada, en muchos aspectos, al cuerpo, como si se estableciera entre ambos una relación de carácter erótico, una perspectiva que ha contado con eminentes precursores que van desde los poetas románticos a Octavio Paz y José Ángel Valente. Son numerosos los poemas en los cuales esta simbiosis resulta evidente y, de hecho, el último de sus libros, “El oficio del hombre que respira”, se articula en torno de esta ósmosis: «Y desde entonces, desde que hablaste / conmigo del secreto, ya solo escribo / de la nieve que fueron nuestros cuerpos…». Quizá el poema titulado «Escribo», sea aún más explicito: «Está el poema / desnudo, como tú // escribo y siento / que mi verso se ahonda // su celo busca /tus ansias, detenido / ahí, cual si estuviera / en mitad del amor».

   El proceso de construcción del poema propiamente dicho también es objeto de reflexión. La metapoesía es algo que ha interesado a Francisco Caro desde que comenzara a escribir y en cada título publicado el poeta encuentra siempre la oportunidad para cuestionarse el porque de la escritura y la distancia, a veces mínima, que media entre escritura y vida. Veamos la poética que suscriben estos versos: «Poética: / llegar como a traición, / como escuchar el toque de “a degüello”. // Nada más hay». En que la balanza se incline hacia el lado de la poesía han tenido que ver las muchas lecturas y el ejemplo de los poetas amados, que, pasado el tiempo, son objeto de un reproche, queremos creer fruto de un arrebato: «Me gustaba leer / despacio a los poetas que me amaban, / me hicieron tanto mal / que sin piedad ni furia , ni esperanza, / sabedlo, los denuncio», escribe en el poema titulado «Denuncia», que finaliza con estos versos: «(Acuso de Jaime / Gil y a Claudio / Rodríguez, fueron ellos, / lo juro, / yo no sabía nada de la vaina // entraron con sigilo, / con estíos y sombras en la casa / fueron ellos, canallas, que me amaron.)».

He dejado para el final, deliberadamente, el tema principal que reúne cuerpo y escritura en la poesía de Francisco Caro, que no es otro que el amor, el amor cotidiano y palpable que justifica la vida, el amor que da pie a la escritura («y escribir / poesía es también y desde Homero / un acto de legítima defensa») y que agujerea la red con la que trata de atraparnos el destino. El amorque llena los vacíos de la existencia.

* publicado en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 5/04/2019

JOHN BERRYMAN. 77 CANTOS DEL SUEÑO. *

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JOHN BERRYMAN. 77 CANTOS DEL SUEÑO. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE ANDRÉS CATALÁN Y CARLOS BUENO VERA. EDITORIAL VASO ROTO.

Si las etiquetas son, como todos sabemos, imprescindibles para definir y diferenciar un producto cualquiera, para identificarlo y evitar que nos den gato por liebre (aunque, en muchos casos, la prolijidad del etiquetado consigue el efecto contrario al deseado, más que informar, desconciertan), está claro que resultan insuficientes cuando sondeamos la realidad en aspectos menos verificables empíricamente, insuficientes e, incluso, maniqueas, si, además, nos referimos a una obra de arte, a un libro de versos, en este caso. Tachar a John Berryman de poeta confesional es menospreciar la parte irracional que contiene su poesía, una parte fundamental y, por tanto, imprescindible, en títulos como este 77 cantos del sueño —publicado en 1964, fue merecedor del Premio Pulitzer— que, no es preciso ser muy avispado, nos remite al subconsciente, a un estado que poco tiene que ver con lo que percibimos cuando estamos despiertos, de ahí provienen la amalgama de referencias, personales, políticas y culturales que se suceden en los poemas.

     Berryman comenzó muy pronto a publicar. En 1935 las revistas Columbia Review y The Nation acogieron sus primeros poemas. Poco más tarde, en 1937, publicaría nuevos poemas en la prestigiosa revista Southern Review. Mientras enseñaba en Harvard aparecieron varios poemas suyos —en los que, en opinión de la crítica, era notoria la influencia de poetas como Yeats, Auden o Hopkins— encuadrados en la antología Five Young Americans Poets (1940). De 1943 data Poems, el que podemos considerar su primer libro, aunque el volumen que le da a conocer y le proporciona notoriedad no vería la luz hasta 1948, The Dispossessed, con el que obtuvo el Premio Shelley. Su vida privada— compleja, intensa, apasionada— se transparenta, sin solución de continuidad, en sus poemas, y es probable que de aquí provenga la etiqueta a la que hacíamos alusión al principio de estas líneas De hecho, en el libro Sonnets to Chris, escrito en 1947 pero publicado en 1967, hace un detallado registro de sus infelicidades, detalles que se pueden constatar confrontando dichos poemas con las páginas de su diario.

   Homage to Mistress Bradstreet, un libro de difícil comprensión, fue publicado en 1953 en Partisan Review y apareció en forma de libro en 1956. Este libro supuso la consagración definitiva de John Berryman como poeta. Está dividido en cincuenta y siete estrofas de ocho versos rimados. Las cinco secciones que lo integran se refieren, respectivamente, primero a la invocación de la poeta del siglo XVII Anne Bradstreet; siguen un monólogo de Bradstreet; un seductor diálogo entre los dos poetas; un segundo monólogo de Bradstreet y, finalmente, la disertación de Berryman.

     La vida privada de Berryman comenzaba a desmoronarse, entre otras cosas, por su alcoholismo. Se divorcia y es expulsado de su trabajo. Después de numerosos avatares profesionales y personales, encuentra una ansiada estabilidad en Minnesota, en cuya universidad permanecerá desde 1955 hasta su fallecimiento, en 1972. Fue este el lugar en el que comenzó a escribir sus Cantos del sueño, libro con el que obtuvo, como hemos dicho, el Premio Pulitzer. El protagonista, una especie de alter ego —divido en dos, porque también aparece un personaje llamado Huesos— del autor, es Henry, un estadounidense blanco de mediana edad que habla de sí mismo en primera, segunda y tercera persona y escucha a su amigo sin nombre, un estadounidense blanco en dialecto negro que habla negro. Henry es codicioso, lujurioso y vanidoso. Su amigo es la conciencia, y su diálogo se resuelve, como sostiene Helen Vendler en The Given and the Made (1995), como si fuera un examen en la consulta del terapeuta, y cada canción se puede asociar a una sesión en el sofá. Henry, hablando con todo el equipaje emocional de Berryman (suicidio paterno, libido descarada, embriaguez) puede agredir y retroceder, lanzando su ira, sus miedos y su blasfemia contra el amigo, un muro vacío de respuestas terapéuticas. Las teorías sobre la función de los sueños y del inconsciente de Freud influyeron en su escritura de forma evidente. «Será precisamente el libro 77 cantos del sueño —escriben Andrés Catalán y Carlos Bueno Vera, los autores de la edición—adonde le lleve la búsqueda del fantasma de su padre y donde más obvia sea la presencia del mismo: un alucinado discurso donde Berryman aborda el alcoholismo, las pesadillas, la lujuria, el deseo desmedido, las infelicidades y un perenne sentimiento de culpa y abandono».

     Berryman fue galardonado con una beca Guggenheim en 1967 para completar The Dream Songs. Vivió un tiempo en Irlanda y continuó bebiendo mucho, y finalmente ingresó en un hospital de Minneapolis para recibir tratamiento Mientras tanto, ganó el Premio de la Academia de Poetas Americanos y los premios National Endowment for the Arts (1967). His Toy, His Dream, His Rest (1968) completó The Dream Songs, con el que obtuvo el National Book Award (1969) y el Premio Bollingen. Sin embargo, la reputación de Berryman no se consolidó hasta los últimos años de su vida. En su juventud fue una promesa que se vio truncada no solo por la inaccesibilidad de su poesía sino por su particular forma de ser: altanero, presuntuoso, borracho y mujeriego. Al final, afortunadamente, prevaleció la calidad de su poesía y hoy está considerado como uno de los grandes poetas norteamericanos del pasado siglo.

   Berryman, un hombre «feliz sin convicción», como lo definió su amigo y gran poeta Robert Lowell, acabó suicidándose —ya había hecho un primer intento en 1931—, como antes hicieron Ganivet y Paul Celan— lanzándose desde un puente (un barco, en el caso del español), en Minneapolis. «Solo habían pasado unos días desde el anterior intento de suicidio del poeta, atormentado por un alcoholismo desatado y unas crisis nerviosas que, durante los últimos años de su vida, le suponían al menos un largo internamiento hospitalario anual», según escriben los autores de la traducción, a los cuales hay que felicitar efusivamente porque han hecho un trabajo excelente y concienzudo, como se pude comprobar en el aluvión de notas finales que acompañan a los poemas. «El hombre —escribe Berryman— ha asumido la más alta responsabilidad, / son fin. Buena suerte».

’77 cantos del sueño’, de John Berryman

MIGUEL CATALÁN. SUMA BREVE. PENSAMIENTO BREVE REUNIDO (2001-2018)*

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MIGUEL CATALÁN. SUMA BREVE. PENSAMIENTO BREVE REUNIDO (2001-2018). EDITORIAL TREA

Miguel Catalán (Valencia, 1958) es autor de una vastísima obra tanto en el campo del ensayo como en el de la ficción. Desde el inicial Pensamiento y ficción (1994) hasta este Suma breve. Pensamiento breve reunido. 2001-2018 se han sucedido más de veinte entregas. A medio camino entre el ensayo y la ficción, puesto que comparte características de ambos, podemos situar la práctica del aforismo, género en el que ha escrito seis volúmenes: El sol de medianoche. 111 paradojas (2001), La nada griega (2013), La ventana invertida (2014), Así es imposible (2015), El altar del olvido (2016) y Paréntesis vacío (2018), todos ellos agrupados ahora en este compendio.

     Lo primero que interesa resaltar es que Catalán proviene del ámbito de la filosofía, y esto se deja traslucir, afortunadamente, en sus reflexiones, reflexiones que, en su gran mayoría, son de mucho mayor alcance y desarrollo que la contundencia que asociamos al aforismo, entendido este como una máxima breve y sentenciosa, vaga la redundancia. No es Miguel Catalán el primer caso de alguien que desoye los convencionalismos genéricos. Su reflexiones no se ajustan a un estricto corsé que, en muchos casos, violenta la expresión. Recientemente comentábamos en estas páginas un caso similar, el de Mario Pérez Antolín y su libro Crudeza, publicado en la misma editorial. Y es que en ambos, la necesidad de indagar en la realidad está por encima de los formalismos. Es la amplitud de la mirada la que determina la extensión del texto, no a la inversa.

     Un segundo aspecto que llama la atención de los textos de Suma Breve es su fijación con la paradoja. José Montoya Sáenz, en el prólogo del libro, nos da alguna clave para justificar esta preferencia: «Si no podemos captar la realidad moral en conceptos substanciales y no podemos por tanto alcanzar una ciencia moral, siempre es posible mostrar cómo nuestros conceptos morales poseen una flexibilidad que nos permite expresar, a través de la paradoja, la constante fluctuación del mundo social y humano». La paradoja parece, pues, conferir cierta unidad de pensamiento a los diferentes textos, aunque entre algunos de ellos haya una gran distancia temporal, hasta tal punto que cada uno de los libros incluye un sección de «… paradojas que me hubiera gustado imaginar». Veamos algunas de ellas, tomadas de cada uno de sus libros (en orden inverso al de su escritura, para redoblar la paradoja): «El testamento es el único discurso verdadero (Luciano de Samosata», «Sin el diablo, Dio sería inhumano Jean Cocteau)», «Vivir es perder tiempo (George Santayana)», «Tu existencia adulta es una burla viviente de tus ideales de juventud. Y si no lo es, se debe a que tus ideales eran demasiado pobre (Charles Ludlam)», «La biografía es un género en el que un individuo quiere despertar en otros recuerdos que solo él tuvo (Jorge Luis Borges)» y «Ningún sueño es tan descabellado como su interpretación (Elias Canetti)».

     Como hemos insinuado más arriba, Miguel Catalán, además de no atenerse a una fórmula cerrada, analiza la realidad desde múltiples perspectivas, pero en todas ellas advertimos un rigor analítico exigente. Apenas hay lugar para el ingenio propiamente dicho porque detrás de las palabras hay hondas incertidumbres, vívidas experiencias , una querencia especial —y sólidamente fundamentada— por ir al fondo de las cosas, aunque «Al tocar el hueso, duele. Si lo atraviesas, el dolor se hace insoportable. Ir al fondo de las cosas es ir a veces demasiado lejos». Catalán demuestra un conocimiento exhaustivo de la conciencia y de los mecanismos que la sustentan, la vanidad. «Hay escritores tan famosos que ya no escriben libros por falta de tiempo» o el narcisismo, por ejemplo: «El yo como panorama». He puesto dos ejemplos que se aviene como un guante a la definición que el propio Catalán da del aforismo: «El aforismo es un fulgurito, ese pequeño fragmento de tierra fundida por un rayo en milésimas de segundo», pero, como he dicho, la mayoría de los textos se escapan a ese relampagueo. En ellos encontramos anécdotas, no exentas de ironía, como el caso del amigo francés que explica que pese a la disminución del número de lectores, surgen nuevas editoriales: «Este amigo prevé que llegará un día en que cada persona en edad de escribir será autor, editor y único lector de su libro». Tal y como van las cosas, no parece que dicho vaticinio esté muy lejos d cumplirse.

     Suma breve encierra tantos temas y desde puntos de vista tan diversos que resulta imposible comentarlo todos en este espacio. Si me gustaría significar, lo he hecho ya, que nos encontramos frente a una obra muy meditada que en ningún caso es fruto de la moda y de la improvisación, todo lo contrario. Detrás de la verbalización hay un sin fin de ideas y un gran esfuerzo por convertirlas en actos de un pensamiento que aspira, más que a la visibilidad de lo superficial, a alimentar la raíz de la existencia.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 29/03/2019

PUREZA CANELO. HABITABLE (ANTOLOGÍA POÉTICA)*

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PUREZA CANELO. HABITABLE (ANTOLOGÍA POÉTICA). EDICIÓN DE JOSÉ TERUEL. EDITORIAL RENACIMIENTO.

El particular diseño de la colección de antologías de la editorial Renacimiento goza de un amplio consenso entre el público lector, pero no solo ocurre con lo referido al diseño, también la nómina de autores que recopilan su obra en estas páginas goza de ese prestigio, autores como —el presente volumen alcanza el número 108, por lo que resulta imposible citarlos todos— Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca, Carlos Marzal, Karmelo Iribarren, Francisco Brines, Hilario Barreo o Antonio Colinas, por citar solo a autores españoles vivos. Esta privilegiada nómina se ve ahora incrementada con los poemas de Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946), una selección que cuenta con un magnífico prólogo del profesor José Teruel en el que ha tratado de buscar «la representatividad cronológica y estilística», algo nada fácil, porque estamos hablando de una poeta que nunca ha cejado en su empeño de descifrar el acto poético, cuidando siempre, en palabras de Teruel, de «no traicionar el estado de conciencia que provocó lo ya escrito».

     La selección, realizada al alimón entre el editor y la autora, recoge poemas de todos sus libros, desde los iniciales Celda verde (1971) y Lugar común (1971, Premio Adonáis) hasta el más reciente Retirada, publicado el pasado año, lo que permite rastrear las inflexiones que va sosteniendo la conciencia crítica de Pureza Canelo respecto de la función del poeta y del sentido, o el sinsentido, de la escritura en una época como esta, tan ajena a la cultura en sus más variados registros: «Mi primer poema —escribe Canelo en un poema de su primer libro— / lo dediqué al junco, / a la veleta del horizonte, / a mis perros que ya corrían para alcanzarme /y morder de mi gaviota», aunque el poema más explícito de este libro, en este aspecto, es el titulado «Verso», en el que se percibe ya un aliento metafísico que no abandonará nunca a nuestra autora: «El verso es un ojo / pensado para ciegos, / para mí, / un caballo al fondo / volver a casa / y encender la lámpara del miedo, / del miedo o la pregunta». Podríamos preguntarnos ¿cómo esclarecer esa dicotomía? No sabemos si teme a esa emoción desconocida o a la perversión con la que el lenguaje la hace suya. Algunos versos de su segundo libro, Lugar común, nos brindan algunas pistas: «Ah, la palabra, qué miedo me da de su constancia en mí, / de su alboroto que me llega y son lugares / en su pompa de vida, / lágrimas sueltas ahora mismo, en formación, / creciéndome, / grandes manchas de poemas y matarlos / es morir más acá de la muerte misma / sin destierro posible y sin ojos». Como es fácil observar, ya desde sus primeras tentativas poéticas, la voz de Pureza Canelo busca su expresión en un lenguaje autorreferencial y, por tanto, no siempre propenso a una inteligibilidad inmediata. Ella misma lo reconoce en unos versos de su siguiente libro, El barco de agua (1974): «Si escribo tan oscuro, tan dentro, / será por esa duda / en la cuesta / del hombre que camina / y otro tobogán reaparece». Conviene hacer notar que reflexiones como esta, de tan hondo calado, son elaboradas por una poeta que aún no ha cumplido los treinta años. Su precoz grado de madurez estética es, por tanto, sorprendente, teniendo en cuenta, además, que sus ideas sobre el acto de escribir, en lo fundamental, apenas han variado a lo largo de los años, de hecho, Habitable, un libro que data de 1979, se subtitula Primera poética. «La poeta persistirá pidiéndole al poema, desde su primer título, que e aun espacio habitable donde poder vivir autónomamente, la existencia que se le irá revelando como un lugar sacudido por la desafección, la orfandad y la soledad», escribe José Teruel. Sí se perciben, sin embrago, algunos cambios de orden formal. Inicialmente, el verso de Pureza Canelo era conciso y tendía a la desnudez expresiva, a la esencialidad. Posteriormente, como queda de manifiesto en Tendido verso (1986), su segunda poética («¿Tendido verso? ¿Tendido verbo? Sólo líneas en el crepúsculo de la elección, el nacimiento de sus nombres»), ese verso se expande en lo que la autora llama «poema derramado», pero no se convierte nunca en prosa. Volvemos a José Teruel: «Lo poético estriba para Pureza Canelo, más que en ritmo pautado por el cómputo silábico, en uso del lenguaje autirreferencial e interreferencial y en un tratamiento elíptico del tiempo, que no admite la imagen de un orden lineal. Sino que se manifiesta en violentas discontinuidades y elipsis».

 Cuatro poéticas recoge, además de las citadas, la tercera y la cuarta poéticas, Tiempo y espacio de emoción (1994) y No escribir (1999), respectivamente. En este último libro se recoge el excelente poema «Una mujer escribe su primer libro de versos y me lo envía», un emotivo ¿autorretrato?: «Abro tu libro de juventud / y me pierdo en la enorme ola / de antiguo suspiros liricos / que viví inefables / como el animal mojado / que se echaba en tierra blanda / para hacerse notar e otro color entre los suyos». Si hay algún consejo que dar a la joven poeta, no se manifiesta de forma didáctica, sino lírica. Más que normas de obligado cumplimiento, Pureza Canelo habla del sacrificios autoimpuestos, de la escritura como lugar de revelación y misterio, de la soledad habitada por los muchos yoes que habitan en cada uno de nosotros.

     La antología finaliza con los dos últimos libros publicados por la autora, A todo lo no amado (2011) y Retirada (2018), una presunta renuncia, este último título, a seguir escribiendo que, afortunadamente, los poemas inéditos que cierran el volumen, desmiente, como demuestra el poema final de la selección, del que extraemos estos versos: «Escribir sin mano, también fulminada pero sigue moviéndose como rabo de lagartija en ele espasmo que deja sin orientación a lo que somos». Poesía y vida, vida y poesía imbricados en un quehacer riguroso y constante, en el que, se lo hemos oído decir muchas veces, «en creación todo lo que no suma resta». Pureza Canelo sigue sumando dígitos en una de las indagaciones metapoéticas más exigentes de la actual poesía en lengua española.

‘Habitable’, de Pureza Canelo

YASMINA ÁLVAREZ MENÉNDEZ. LOS VERSOS QUE NUNCA OS DIJE*

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YASMINA ÁLVAREZ MENÉNDEZ. LOS VERSOS QUE NUNCA OS DIJE. BAJAMAR EDICIONES.

A pesar de que “Los versos que nunca os dije” es el primer libro de Yasmina Álvarez (Tineo, 1978), la desenvoltura con la que están escritos los poemas nos inclina a pensar que detrás de ellos ha habido muchos otros que han acabado en la papelera o han sufrido innumerable correcciones hasta que la autora ha encontrado el tono adecuado para hacer pública una experiencia vital que a través de las palabras consigue seducirnos. No resulta baladí significar que la dedicación de la autora a otras disciplinas que tienen que ver con el lenguaje han contribuido, sin duda, a afinar la voz de Yasmina, pero no basta solo la pericia que proporciona el conocimiento del oficio para escribir unos poemas que conciten el interés del lector. Se necesita mucho más que un soporte formal bien construido, aunque es innegable que esto facilita las cosas. Es necesario que la emoción prevalezca por encima de otras consideraciones, sobre todo, como es el caso, cuando estamos leyendo poemas que hablan de asuntos tan reiterados como la nostalgia por el paraíso perdido de la infancia, del paso del tiempo, de la fugacidad inherente a un propósito tan humano como el desamor.

Incluso la estructura del libro responde a ese vínculo con otras disciplinas —en este caso, el teatro. Álvarez Menéndez es miembro de la compañía Teatro Pausa—, que mencionaba un poco más arriba. En cuatro actos y un entreacto está dividida esta función que comienza con un retorno al pasado, como si asistiéramos a un flashback con la intención de ambientar el escenario con el attrezzo de la nostalgia, como ocurre con el poema «Carta de presentación», que comienza con estos versos: «Donde nací y viví hasta los nueve años, / la nieve enterraba los días, / los inviernos / caían como losas sobre la espalda de los mayores». La mirada al lugar de nacimiento se repite con frecuencia en versos posteriores: «Nací donde la nieve espesaba el invierno / y los días fruncía por el frío»«, escribe poco después, como si necesitara repetírselo para visualizarlo, para evitar que el recuerdo se disipe. La añoranza de la infancia, seguramente mitificada por la distancia temporal, se adueña por completo de este primer acto, como lo confirma el final del poema «Patio de colegio»: «Pero si vuelves, / no dejes de echarle un vistazo a aquellos días. / Vigila que no se marchiten. / que no se sequen / cuando peguen con fuerza la desidia, el olvido. / Y háblales. / Háblales como te hablo yo a ti ahora. // Como si todo / siguiera siendo bueno como entonces. / Llegados a este punto, al borde de los treinta, / va quedando la infancia borrosa y arrugada. / los juegos y las risas se escuchan desgastados / como marcas de tiza en los patios de casa».

En el segundo acto de esta representación se recrudece la sensación de pérdida: «Voy perdiendo los años / por el camino. / Voy ganando en recuerdos a cada paso» y, por tanto, el vacío, la nada se va apoderando de la perspectiva vital de nuestra autora, hasta el punto de que, en su derrota, llega a decir que «de lo vivido, nada». El modo de hacer poético de Yasmina Álvarez se sustenta en el conflicto interior, no en la mansedumbre, por eso escribe «Tras de la tempestad / vuelve el poema», quizá como forma de neutralizar el desgaste emocional que produce el mero hecho de vivir. Está claro, como en el verso de Gil de Biedma, que aquellos que fuimos, ya no somos los mismos de entonces.

En «Entreacto», la tercera parte, la muerte comienza a hacer acto de presencia: «Algún día cerraré los ojos / para siempre», una muerte que se teme sobre todo por sufrirla en soledad, sin la cercanía del ser querido, sin que haya nadie que mitigue el dolor de ese tránsito desde el todo a la nada. En la cuarta parte, sin embargo, es el amor el que adquiere todo el protagonismo, lo cual no deja de resultar un tanto paradójico, aunque quizá ese proceso de aniquilamiento que la muerte lleva aparejada ofrezca una posibilidad de redención, de renacimiento, incluso, a través del amor: «Hoy…/ que escucho tu voz y me convierto / en página en blanco / para llenarme de ella y que me escribas la vida. […] Hoy… / (y también mañana) / solo quiero estar en ti: / que es como estar en casa». La presencia de Ángel González en la última sección de libro no se aprecia solamente por la cita que la encabeza, sino por el tono de los poemas, un tono descreído al que salvan del desastre las notas de humor, un tanto macabro: «Eso fue todo, me digo / mientras piso la frontera de los cuarenta. / Hasta aquí lo que fuiste / y desde aquí lo que has de ser. // Fin y principio de nada nuevo, / salvo yo misma». Los poemas de “Los versos que nunca te dije” —versos que, como escribe Aurelio González Ovies en el prólogo, «son directos, sin artificios ni ambages»— nos han ofrecido una voz despojada que ha puesto el punto de mira en el pasado, quizá en el desencanto del fracaso, versos tan contundentes como los del poema final nos hacen presagiar que esa voz, más segura de sí misma, alcanzará nuevas y más altas cotas.

* RESEÑA publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, el 22 de marzo de 2019

ARIADNA G. GARCÍA CIUDAD SUMERGIDA*

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ARIADNA G. GARCÍA CIUDAD SUMERGIDA. POESÍA HIPERIÓN

Existen diferentes manera de abordar el yo desde la literatura y , en concreto, desde la poesía, y algunas de ellas lo hacen, no desde el confesionalismo más exacerbado sino desde un enmascaramiento que deja visible solo una parte mínima de su biografía. La transferencia de las emociones a la página está presidida más por la contención que por la exhibición descarnada, aunque no siempre es fácil delimitar donde empiezan y acaban ambas actitudes, sobre todo si dichas opciones se manifiestan contaminadas por la voz de un personaje que sustrae características del propio autor para configurar su propia identidad. El caso de la poeta y novelistas Ariadna G. García (Madrid, 1977) lo podemos encuadrar en la segunda de estas posibilidades, porque en sus poemas se inclina más a preservar en un segundo plano aquellos fragmentos de intimidad que resultan más conflictivos y opta por configurar un paisaje emocional simbólico en el que predomina una visión optimista de la realidad. No cabe duda de que esas señales esperanzadoras tienen que ver, más que con hechos fidedignos que lo atestigüen —la realidad, en este caso, no deja mucho margen para la ilusión—, con el deseo de ofrecer a sus hijos, recién concebidos, un mundo mejor: «Quiero / que la vida de mis hijos sea segura, / y para eso necesito que depongas tu móvil y cojas una azada, / que en lugar de recitarme slogans publicitarios / me digas porque sangran las nubes en el cielo».

     Ciudad sumergida está dividido en cinco secciones de muy distinto calado. Sin duda es en la sección central, la titulada «Origen», donde se vertebra este libro que gira en torno del nacimiento y la creación de una familia: «Sois la vida que empieza, un mundo en expansión. / Acogéis en un cuerpo diminuto, creciente, / el amor desbordado de unas madres arqueras / que sueñan con vosotros donde quiera que estén». A esta sensación de centralidad contribuye el aspecto formal de los poemas, escritos en poderosos alejandrinos casi en cada una de las siete parte que la componen. El ritmo que impone este metro resulta primordial para resaltar la preeminencia de lo expresado en estos poemas. Se trasmite una seguridad vital que solo los muy convencidos son capaces de participar elocuentemente y esto es algo que se agradece de manera especial, acostumbrados como estamos a unos registros poéticos de tono elegiaco, en su mayoría. La presencia de los hijos tiene mucho que ver con esta postura que antes hemos adjetivado como optimista —lo que no impide que Ariadna G. García— se muestre muy crítica en algunos poemas con el estado de las cosas: «Acoge la certeza de la voz de tus hijos. / Viajan hacia nosotros invisibles, / pero también veloces, por debajo / de tu piel misteriosa. Cree en ellos / en su esfuerzo titánico. / Recuerda / que la vida no es fácil, que se lucha por ella / desde el mismo comienzo».

     «La Tierra» muestra, sin embargo, una estructura totalmente diferente. Es un largo poema dividido en diez fragmentos que dan una sensación de unidad muy precisa porque cada uno de esos fragmentos comienza en minúscula y finaliza sin punto de cierre. El contenido es, además, menos jubiloso. No esconde Ariadna su malestar (poéticas del malestar ha denominado el profesor Morales Barba esta corriente) ante el estado de las cosas y son numerosos los poemas que denuncian tal estado:«Hemos taladrado los suelos / y miramos a las estrellas con la intención de hacer otro tanto. / Con espigones y escollera hemos construido playas artificiales / que han arrasado praderas subacuáticas. / Hemos hecho de la corteza terrestre un cuadro. Vanguardista. // Pero aún estamos a tiempo de cambiar». No es difícil advertir que el lenguaje se ha vuelto más directo, más prosaico, pero la comprensible necesidad de hablar claro no implica renunciar a cualquier efecto literario. Ariadna G. García lo sabe muy bien y por eso no cae el un fatalismo adormecedor ni en un patetismo lacrimoso. Lo dice claramente, sí, pero con una innegable voluntad de intervenir, de no ser un personaje pasivo y lo hace, además, manteniendo idéntico rigor poético que en los versos de tono más lírico: «Cazamos, talamos, traficamos, agotamos. / No hablo de ti y de mí, / pero lo cierto es / que somos cómplices. / Vivimos tranquilos y aparentemente seguros / mientras crece / nuestra fragilidad». Si al comienzo del libro, el yo mantenía cierta preponderancia en los poemas, a medida que el libro ha ido avanzando, hemos asistido a un proceso de desdoblamiento. El yo ha pasado a ser un nosotros que engloba a una pequeña colectividad, la que forma su familia, su mujer y sus hijos: «Formas parte de un todo. / Formas parte de una familia», escribe en el fragmento final de «La Tierra».

     No hemos hablado aún de las primeras secciones del libro, «Devenir» y «Memoria», la primera integrada por tres poemas que hablan de los ciclos naturales, de la transitoriedad y de la fugacidad inherente a todo ser vivo. «Memoria», sin embargo, parece actuar como contrapunto. La memoria trata de detener mínimamente esa transitoriedad, pero cuando esta falla, cuando la pérdida se instala en las conciencias todo se derrumba: «Voy siguiendo tus pasos / por el bosque nevado, / hundo mis botas / dentro de mis huellas. // Miro hacia atrás: / no hay nadie. // Pero sé que algún día / otras piernas menudas, / sin esfuerzo, / me seguirán el rastro».

El libro finaliza con un canto afirmativo —afirmación que subyace en todas las secciones— que deja un excelente sabor de boca en este lector propenso a la melancolía: «¿Qué decía la letra que aún retumba / como pulso de pájaro en mis venas? / Que en la ciudad oculta, sumergida, / el viento no derriba la esperanza, / ni hay gente que te imponga sus razones. / Allí puedes ser tú en libertad, / y macerar tus sueños hasta el logro». Ojalá, Ariadna, estés en lo cierto.

*https://elcuadernodigital.com/2019/03/21/ciudad-sumergida-de-ariadna-g-garcia/

MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ. CANCIONES ACUSADORAS*

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MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ. CANCIONES ACUSADORAS. EDITORIAL BAILE DEL SOL

Si nos fijamos en el currículum literario de Miguel Ángel Gómez comprobaremos que, entre 2016, fecha de publicación de “Monelle, los pájaros”, su primer libro, hasta “Canciones acusadoras”, publicado en 2018, ha entregado a la imprenta al menos otros cuatro libros, “La polilla oblicua” (2017), “Lesbia, etc.” (2017), “Pabellón de ciervos” (2017) y “Sombra” (2018), además de algunas colaboraciones en libros colectivos, alguna de ellas más alejadas en el tiempo. No suele ser la cantidad sinónimo de calidad, como tampoco es conveniente dejarse llevar por la prisa a la hora de dar a conocer la obra propia, porque el proceso de creación lleva implícito un tiempo de maduración y reposo al que no es ajena, claro es, la labor, siempre tan ingrata, de poda y tachado. Robert Graves, a través de uno de sus personajes, decía que «El mejor amigo [de un escritor] es el cesto de los papeles» y, desde mi punto de vista no le falta razón. Es preciso, como en un árbol si queremos que cada año nos obsequie con sus mejores frutos, podar las ramas que sobresalen instintivas para fortalecer el enramado sustancial. No se trata, claro, de realizar dicha poda a tontas y a locas, sino con conocimiento de causa y en función de los objetivos que tratamos de alcanzar. Hay podas meramente de limpieza que cuyo único objetivo es suprimir elementos indeseables (repeticiones, cacofonías, rimas prescindibles, etc.), otras podas, sin embargo, van más allá y atienden a la forma, puliendo la métrica, perfeccionando el ritmo, ajustando el lenguaje; por último, esta la poda de rejuvenecimiento o renovación que consiste en eliminar la partes inservibles, las que, en lugar de mejorar el poema, lo enmarañan innecesariamente. En cualquier caso, toda labor de poda supone, por más que duela al poeta, realizar cortes a sangre fría, con limpieza pero sin compasión. El resultado, en un altísimo porcentaje de casos, merece el sacrificio. En mayor o menor medida, todos hemos sufrido este trance tan necesario, por esa razón he iniciado el comentario de “Canciones acusadoras” con esta digresión que nos afecta en distinta medida según los casos, como digo, a todos. El caso de Miguel Ángel Gómez resulta ejemplar en este sentido porque creo que con esa tarea, sus poemas ganarían en eficacia. Nada mas comenzar a leerlo se aprecia una entusiasta vitalidad poética, pero también se percibe de inmediato que esa vitalidad necesita, sino ser domesticada, al menos de unas bridas que permitan al autor gobernar sus impulsos a la hora de plasmarlos en la pagina. No estoy hablando de circunscribir la escritura poética a una u otra tendencia ni de guardar fidelidad a unas formas, muchas de las cuales suenan hoy en día obsoletas, no hablo de menospreciar la jurisdicción de las voces discordantes sino de escribir con la conciencia de que la escritura es mucho más que una acumulación inconexa de emociones, escribir es adquirir responsabilidades con uno mismo y con el lector, escribir es rigor y disciplina, es dominio y depuración del lenguaje, todo lo contrario, me parece, de arrojar «palabras / precipitadamente», palabras que parecen encontrar su lugar de forma arbitraria, como si las leyes del azar gobernaran el encadenamiento de las imágenes, como si se ignorara la posibilidad de caer en el abismo de la nada

En el poema titulado «Palimpsesto» del libro “Sombra”, Miguel Ángel Gómez escribe: «Ah el poema hermético y sólido / no crees en nada: odia / a todo el mundo, / quiere mostrase honrado, sincero, / casi humilde» y en el poema «El poni indio» del libro que nos ocupa nos da otra visión de la poesía: «La poesía / es sentir un cuchillo / que te penetra / de parte a parte / sin ver rastro de sangre / ni agujeros / ni dolor». Como podemos ver, ambas son compatibles y, si se me apura, diré que, desde mi punto de vista, esa poesía hermética tan denostada se ajusta mejor a la imagen de carácter surreal del cuchillo que penetra la carne casi sin dejar rastro. Es cierto que la imaginación es un componente muy importante a la hora de construir una obra literaria, una obra de arte en general, pero de ahí a afirmar que «La imaginación lo es todo», como hace Miguel Ángel Gómez, hay un trecho. Otros factores, a los que vengo aludiendo desde que comencé a redactar esta reseña, intervienen de forma determinante. La imaginación precisa de las herramientas que ofrece el lenguaje, de los recursos literarios, por ejemplo, porque de lo contrario, no habrá creación sino desconcierto. Estoy seguro de que si Miguel Ángel Gómez no se dejara llevar solo por la fuerza de su instinto, su poesía ganaría en intensidad y en penetración emocional.

Por otra parte, de todos es sabido que hay influencias que, si no se logran digerir, resultan perniciosas. Ocurre con poetas como Bukowski, como Dylan Thomas, como Rimbaud, como Leopoldo María Panero o como el mismo Lorca. Su impronta es excesivamente evidente y, con frecuencia, aplasta la voz del discípulo, por eso es recomendable ampliar horizontes, ahondar en poetas incluso de estéticas opuestas para no sufrir las consecuencias de tal servidumbre. “Cancines acusadoras” necesita, más que un insaciable «cazador de cabelleras», un afinado tirador que sepa seleccionar cuidadosamente la pieza.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 15/03/2019

 

JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. PASMO*

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JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. PASMO. PRÓLOGO DE LUIS ALBERTO DE CUENCA. EDITORIAL: VALPARAÍSO, 2018

No es frecuente en la poesía actual encontrarse con un libro compuesto íntegramente por sonetos. Hay, sí, sonetos desperdigados entre otros poemas, sonetos que, en muchos casos, cuesta reconocer porque enmascaran su forma ortodoxa —tal y como la concebimos en nuestra lengua a través de, principalmente, Garcilaso, porque en otras, los sonetos admiten múltiples variantes— con una disposición versal diferente, con apariencia casi de silva, como si quisieran que ese rígido armazón pasara desapercibido. Pasmo, el nuevo libro del poeta y traductor Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, 1957), no esconde sus armas, lo integran cuarenta y cinco sonetos que rinden tributo a la tradición de forma admirable. El poeta Luis Alberto de Cuenca los califica en su prólogo como «sonetos de forma impecable, sin una sola alteración silábica ni rítmica» y de Vélez Otero dice que posee «una sabiduría arquitectónica sorprendente, rara ente los poetas de hoy, incluso los de campanillas». Pero, al margen de esta perfección formal puesta tan de manifiesto, ¿de qué hablan estos sonetos?, pues de los temas eternos, del paso del tiempo, del amor, del deseo, de la muerte, aunque el autor pone especial énfasis en el trágico destino del ser humano: «este hombre sin dónde ni sin cuándo, / extranjero en sí mismo y de la vida, / anda mordido, sin saber, buscando / al otro que perdió». El pasado construye la identidad, pero cuando ese pasado se diluye el ser humano queda envuelto por una especie de nube incolora carente de referentes espacio temporales, por esa razón no es infrecuente que el poeta se sienta perdido y se afane en buscarse en quien fue, no en quien es este instante. En muchas ocasione, echa mano de su oficio para intervenir en su destino —un destino en el que, por otra parte, no cree—: «Solo escribo / para inhumar, / la escoria del pasado, / el dolor pasajero de estar vivo». Hay, como no puede ser menos, alteraciones, altos y bajos en este discurso existencial que tiende al desaliento: «El frío de la edad y ame libera / del fuego en el que ardió la sangre ufana / y siento desfilar la caravana / que lleve a su lugar mi calavera».

     Esta primera sección —el libro está dividido en tres— de aliento trágico, da paso a la segunda, en la que la ironía, salpimentada con chispazos de tinte erótico, adquiere cierto protagonismo. El poeta desea «no escribir más más cosas tristes», por eso juguetea con las palabras en busca de una posible redención que encuentra en la propia escritura su encarnación. Son muchos los versos que lo corroboran, por eso citaremos solo algunos de ellos, por ejemplo: «Me gustas como el aire, como el vino, / lo mismo que me gustan los pasteles / y el güisqui, la fabada y los dinteles / oscuros de tus ojos de felino» o «Esta noche, mi amor, me veo así, / enjuto, triste y pobre de colores, / desangrando un bolígrafo por ti». No se piense, sin embargo, que Juan José Vélez otero ha dado un giro de ciento ochenta grados. La ironía ejerce la función de escudo para garantizar la supervivencia, pero ese barniz no puede ocultar el grave y doliente sentimiento de pérdida que alienta los poemas: «Saliste sin decir adiós, en suma, / hiciste el equipaje y, apurando, / sacaste tu billete hacia la bruma. // Te fuiste sin notar, como la espuma, dejándome aquí solo interpretando / un solo para hielo con mi pluma».

     En la tercera sección encontramos los poemas más existenciales. Vélez Otero, como hicieron antes que él poetas de la talla de Miguel Hernández, Blas de Otero, José Luis Hidalgo o César Vallejo —este último muy presente en estas páginas— levanta la voz para reclamar justicia a Dios, para reprocharle su falta de bondad, su afán de venganza, para exteriorizar sus dudas: «Que me hieras // no es nuevo, tu crueldad no es nueva, pues, no me asombra, / estoy acostumbrándome a tu saña. / Si Tú eres Innombrable, yo, el indómito». Además, regresan. Como si fuera un círculo, temas ya vistos en las secciones anteriores, por ejemplo, el poema «Noche de Reyes», tiene su justa correspondencia en «Postal de Navidad», incluido en la primera sección y el último poema del libro, «Atardecido Edén», con el recuerdo de aquel muchacho del pasado aún con esperanzas, es el mismo que el del primer poema, el que vivía en la casa de los padres, hoy ya la del poeta. Un poeta que anhela ser dueño de su destino, que, aunque a regañadientes, aún cree en ciertas utopías de carácter íntimo que ayudan a seguir viviendo.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 8/03/2019