FRA ANGELICO Y LOS INICIOS DEL RENACIMIENTO EN FLORENCIA*

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FRA ANGELICO Y LOS INICIOS DEL RENACIMIENTO EN FLORENCIA. MUSEO DEL PRADO

Este es el título de la exposición que se inauguró en el Museo del Prado el pasado 28 de mayo y que se puede contemplar hasta el próximo 15 de septiembre. Queda por tanto un mes escaso para visitarla y disfrutar de unas obras que en muy pocas ocasiones salen de sus emplazamientos permanentes debido a su fragilidad. Son más de cuarenta instituciones y museos de Europa, Rusia y los EE. UU. los que han prestado obras —cuarenta del propio Fra Angelico y otras cuarenta de diversos artistas contemporáneos— para esta exposición irrepetible que tuve la fortuna de ver hace unas semanas, después de soportar una larga cola bajo el sol implacable del mediodía madrileño, una situación esta que suelo evitar, pero las posibilidades de visitarla algún otro día se me antojaban, en ese momento, inexistentes, por lo que iba dispuesto a aguantar todas las contrariedades que pudieran surgir. Suponía, y no me equivoqué en absoluto, que la recompensa sería infinitamente mayor que la suma de todos los inconvenientes, los cuales, hay que reseñarlo, fueron menores de lo previsto inicialmente.

El motivo real que ha dado pie a construir el relato de la exposición ha sido la restauración que se ha llevado a cabo durante más de un año sobre el retablo titulado “La Anunciación y la expulsión de Adán y Eva del jardín del Edén” (1425-1426), una de las innumerables joyas que posee el Museo, aunque este periodo artístico en concreto, el Renacimiento, no sea ni con mucho de los mejores representados. Por fortuna, de Fra Angelico posee el Museo otras dos obras, la pintura al temple “La Virgen de la granada” (1424-1425), adquirida a la Casa de Alba por 18 millones de euros en 2016 y una predela, “Funeral de san Antonio Abad”, incluida en el mismo lote de compra.

La “Anunciación”, tal y como se conoce esta obra popularmente, fue adquirida por Mario Farnese, duque de Latera y Farnese a los frailes el convento de San Domenico de Fiésole en 1611, el cual se lo regaló al duque de Lerma, el personaje más influyente en la corte de Felipe III, para certificar las excelentes relaciones que mantenía con la corona española. Nada se supo del destino el cuadro hasta 1861, cuando el entonces director del Museo del Prado, Federico de Madrazo, experto en la pintura renacentista, lo contemplara en el convento de las Descalzas Reales y ordenara su traslado al Prado, donde, felizmente, se puede ver desde entonces, aunque el interés que despierta, como sucede con muchas otras grandes obras, se multiplique exponencialmente gracias a exposiciones como esta. De hecho, un pintor de tan afamada sensibilidad a la hora de enjuiciar a los pintores clásicos, como fue Ramón Gaya, escribió, a propósito de este cuadro, en el año 1955, lo siguiente: «El cuadro del Angélico me era incomprensible como o es incomprensible siempre un amanecer, el amanecer puro, solo, sin la complicidad del mundo. También este cuadro —extrañamente vivo— está fuera del mundo, a un lado del mundo, como el fenómeno del amanecer, y he caído en la cuenta de que no necesitamos comprenderlo para recibirlo con alegría un tanto abstracta, de celda, que nos impone el propio cuadro, que el propio cuadro despide como un vaho».

De la vida de Fra Angelico no conocemos muchos detalles. Sabemos que bue bautizado como Guido di Pietro en Vicchio di Mugello, una localidad situada al norte de Florencia, hacia 1395. Será a esta ciudad a donde se trasladará siendo un muchacho, gracias a la familia Albizzi, para trabajar en el taller de manuscritos de la parroquia de San Miguel Visdomini y, posteriormente, en el taller de Lorenzo Monaco. Se estableció, pues, como escribe Carl Brandon Strehke —comisario de la muestra y conservador del Museo de Arte de Fildelfia— «en el centro de la oligarquía gobernante de una urbe que era un hervidero de actividad artística». La economía florentina estaba en pleno auge y muchos de los que iba acumulando riqueza comenzaron a hacer encargos a los pintores, encargo que hasta entonces solo provenían de la nobleza o de la jerarquía eclesiástica. Fra Angelico —otros beneficiarios serían pintores como Massaccio, Paolo Uccello, Filippo Lippi, Michele di Niccolò o Masolino ( de los cuales se puede ver obra en la exposición) o escultores y arquitectos como Donatello, Ghiberti o Brunelleschi— gracias a sus dotes y sus muestras de talento artístico, pronto fue uno de lo receptores de dichos encargos.

Ingresó en el convento San Domenico —fundado en 1405 por Giovanni Dominici—“ bajo el nombre de Fra Giovanni en 1423 después de hacer su noviciado en Crotona. Poco tiempo después, como hemos visto, pinta la “Anunciación”, uno de los tres retablos que pintó para el convento, sufragados por un mecenas (se baraja la posibilidad de que el mecenazgo para pitar este retablo en concreto proviniera de Tadeo di Angelo Gaddi). La obra representa, acaso mejor que ninguna otra, la transición entre el arte gótico y el renacentista, de hecho, es el primer retablo con forma rectangular que abandona los arcos góticos. Barndon Strehke escribe en el magnífico catálogo de la exposición que «En esta obra la arquitectura, tan precisamente dibujada, aporta el escenario, pero es la luz la que genera la narración y anima la escena. Un haz de rayos dorados que emana de las incorpóreas manos de Dios Padre en el extremo superior izquierdo lleva la paloma del Espíritu Santi hasta la Virgen […] el contraste entre la luz divina y la luz natural se subraya mediante una reveladora comparación entre las criaturas celestiales y terrenales: un gorrión o un vencejo se han posado en el larguero de hierro de la logia, justo encima de la sagrada paloma».

Fra Angelico —con ese nombre ha pasado a la posteridad por la temática religiosa de sus obras y la serenidad que trasmiten, por su devoción cristiana, por su carácter bondadoso y porque, en definitiva, pintaba como los ángeles— murió el 19 de febrero de 1455 y está enterrado en la iglesia Santa Maria sopra Minerva de Roma. En octubre de 1982 el entonces papa Juan Pablo II le nombró beato. En nada afecta este nombramiento a su pintura, aunque lo que sí está fuera de toda duda es que el fuerte arraigo de sus convicciones era el caldo de cultivo indispensable para trasladar al pincel la manifestación palpable de las visiones celestiales a las que su fe lo estimulaba y algo de ese misterioso poder evocativo permanece todavía, a pesar de la ausencia casi absoluta de espiritualidad de la sociedad actual, en la atmósfera de las salas a él dedicadas en el Museo, algo que podrán comprobar quienes no desaprovechen la oportunidad de visitar la exposición. Como escribe María-Ángeles Durán, «Muchos de los espectadores actuales de sus cuadros siguen sintiéndose iluminados y fascinados por ellos, como si efectivamente les trasmitiera una visión del mundo que poco tiene que ver con la perfección técnica o la fidelidad de sus retratos». Yo, lo confieso sin rubor, me considero uno de ellos.

* Publicado en el suplemento Sotileza del El Diario Monatés, el 16/08/2019

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J.M. BARBOT. AGUA SERÁS Y LO OLVIDASTE*

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J.M. BARBOT. AGUA SERÁS Y LO OLVIDASTE. COL. ALCALIMA DE POESÍA. EDITORIAL LASTURA

El polvo quevediano se ha convertido, en los versos de Barbot, en agua («Eres agua. / Agua fuiste. / Serás agua. / Lo sabes desde siempre. / Lo sigues olvidando»), algo lógico, si tenemos en cuenta que el 60% de nuestra masa corporal siendo ya adultos, es agua, aunque, cuando el cuerpo se deshidrata, se acartona y, con el paso del tiempo, se resquebraja para acabar convertido en polvo. Pero para J. M. Barbot (Burgos, 1976) el agua es invencible y eterniza si no la materia, el espíritu.

     Agua serás y lo olvidaste es el segundo libro de poemas del autor —en 2014 publicó Ulises desconcertado y en 2015 el libro de cuentos, Cristales rotos—, un segundo libro que evidencia, sobre todo por el rigor métrico que, en este caso, lleva aparejado un ritmo esmeradísimo, el conocimiento del oficio poético. Combinaciones de versos imparisílabos que dan lugar a silvas libres, sonetos o poemas en prosa, da lo mismo, en todos los casos el ritmo fluye sin altibajos, como esa agua encauzada que es el hilo conductor del poema y determina la estrategia compositiva del libro, un libro que está dividido en cinco secciones que iremos desgranado a continuación.

     La primera de ellas, «Espejo y máscara», como su título anticipa, la identidad concita las reflexiones verbalizadas. El poeta descubre que la máscara que cubre el rostro y la piel de dicho rostro han acabado por solidificarse, por convertirse en uno: «descubro que mi rostro / es igual que la máscara…». La identidad sigue en entredicho y se bifurca en los distintos yoes que habitan dentro del yo presente en el poema titulado «Autorretrato en sepia», que comienza así: «A pesar de estar solo, / vienen a acompañarme esos hombres que fui, / los que pude haber sido, / los que nunca seré…». La fragmentación del yo es un asunto controvertido objeto de debates éticos y filosóficos, pero quizá sea en la poesía en lugar en donde encuentra mejor acomodo, sobre todo cuando esta posee un tono confesional, como es el caso de este libro, e incluso de examen de conciencia: «Y puedes, en fin, mentirte y contar / una versión más pulcra de ti mismo, / el relato de una vida sin dobleces», algo que permite el juego de la ficción que estos poemas ensayan: «Mis poemas —escribe Barbot— son más de andar por casa, / de mirar a los ojos y hablar de lo vivido […] Pero no negaré que albergo la esperanza / de que un día un lector se me acerque y me diga: / yo también me perdí en aquellos océanos / y también naufragué / en los mismos desiertos».

     Esa añorada complicidad con el lector da paso a la segunda sección, «La lluvia sobre el asfalto», en la que el yo íntimo se transforma en un ser que vive en comunidad. Ahora son los otros el espejo en el que mirarse y son las servidumbres de la vida diaria las que determinan la diferencia entre la entereza moral y la claudicación: «pues si un día antepones tus interés / a lo que antaño fueron tus principios, / accederás tal vez a un lujo de hojalata / pero no dejarás de lamer sus zapatos».

     La parte central del volumen, lo ocupa «Invencibles como el agua», en la que el paso del tiempo y el sentimiento de pérdida se ven atenuados por la presencia, siempre benefactora, del amor. Aunque las palabras que usemos para definirlo, para recrearlo, suenen a oídas muchas veces, cada uno las pronuncia con una modulación especial que las convierte en únicas, además, «Tal vez no importen tanto las palabras / si el silencio naufraga en tu cintura».

     Un epígrafe de Gil de Biedma sirve de pórtico a la cuarta sección, «El barro que traemos de las manos», acaso la de vocación más trascendente, más existencialista, en el sentido de buscar el origen del ser y en el de cuestionar la divinidad que, supuestamente, ampara al ser humano en su devenir terrenal. Sin llegar a la crudeza y al tono imprecatorio con el que poetas como Miguel Hernández, Blas de Otero o José Luis Hidalgo se dirigen a Dios, reclamándole bondad y justicia, Barbot no escatima críticas a un Dios ausente del que, aún así, «Habrá quien diga incluso que es amor, / que dio su vida por nosotros / o que a algunos les hace ser mejores». Él, en todo caso, muestra la desconfianza del agnóstico: «Sospecho así que todos estos dioses / —incluso el único dios verdadero— / no son más que espejismos / de pasiones mundanas…».

     El libro finaliza con la sección «Lo que queda del olvido», quizá la más heterogénea, tal vez porque, al revisitar el pasado, la memoria haya edulcorado o, en su caso, distorsionado, los recuerdos y el olvido haya borrado pistas necesarias para seguir el rastro de quienes fuimos, porque, cuando «uno mira hacia atrás y hacia delante / [y] se pregunta / si esto es vivir / o hacer como se vive», una pregunta que admite demasiadas respuestas.

* Reseña publicada en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés, el 16/08/2019

HILARIO BARRERO. PROSPECT PARK. DIARIOS, 2014-2015. *

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HILARIO BARRERO. PROSPECT PARK. DIARIOS, 2014-2015. COL. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO

Prospect Park es, para los residentes en Brooklyn, lo que Central Park representa para los residentes en la parte alta de Manhattan (ambos espacios fueron, por cierto, diseñados por los mismos paisajistas, Federick Law Olmsted y Calvert Vaux), un lugar de recreo y esparcimiento con una flora exuberante cuya imitación de la naturaleza consigue trasmitir en cierto modo el encanto de un moderado adanismo. Porspert Park es además, para Hilario Barrero (Toledo, 1946), un lugar cargado de simbolismo en el que, a lo largo de los años —lleva décadas viviendo en esta ciudad— y de los innumerables paseos que ha dado por sus veredas, se han sedimentado muchos de sus más queridos recuerdos. Tanto la cita de Christopher Morley que encabeza esta nueva entrega de sus diarios —antes vieron la luz Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2009), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013) y Diarios 2012-2013— como la fotografía del autor incluida en dicho volumen, no dejan lugar a dudas sobre hacia donde se inclinan sus preferencias, hacia ese lugar donde, en palabras de Morley, «habita la sabiduría de lo modesto».

Prospert Park es un diario en sentido estricto porque Barrero deja constancia en sus páginas del día a día, de los mínimos sucesos que conforman una vida: , pero si solo fuera eso, estaríamos hablando más de un dietario que de un diario. En sus libros caben también reflexiones de carácter literario, musical, amoroso, familiar o político, reflexiones, en definitiva, de carácter estético y moral.

El día 1 de enero, día cargado de buenos propósitos, pero también, siendo fiel a sus rutinas, como la de traducir poesía, lo que le da pie a meditar sobre lo que representa traducir: «Traducir es entender, sobre todo, lo que vas a cambiar. Entenderlo para ti mismo, sin traducirlo, adentrarse en el mundo del poeta y del poema. Luego, ya acuartelado el poema, cuadriculado, con las coordenadas rítmicas e irónicas, hay que vestirlo con otra túnica, nunca desnudarlo. Traducir es cubrir con otra piel un cuerpo que, generosamente, alguien te pasa, te da, te regala». Conviene mencionar que Barreo ha traducido al español libros de autores como Jane Kenyon, Ted Kooser, Emily Dickinson o Sara Teasdale, además de varias antologías.

Pero hay también, además de ese registro de los actos cotidianos de una forma metódica y, a veces, notarial, momentos de gran lirismo, como, por ejemplo este fragmento: «La nieve, como un sastre aplicado, ha trazado con el jaboncillo blanco, en las junturas de las aceras, delicados pespuntes que la tijera del sol, en su momento, convertirá en agua», lúcidas ráfagas de un pensamiento alerta sobre la seducción («Una mirada que choca con otras es como una fotografía detallada de lo que está ocurriendo»; «La soledad es un sol envejecido») o el amor, uno de los grandes temas de Hilario Barrero, como se aprecia es estas palabras con ecos quevedianos («Amar es aproximarse a ser la unidad imposible: zarzas, raíces, hiedra, cepas… barro, ceniza, nada»). El amor, como he dicho, suscita unas hermosísimas reflexiones en Barrero, no exentas, eso sí, de temor a perderlo («Lo que nos queda intacto e lo permanente: tu mirada, mi miedo a perderlo, el nivel de azúcar en la sangre, el respirar de tu corazón, mi desasosiego al verte lejano y mi inquietud a l oírte contarme historias de tu infancia»), todo lo contrario que el paso del tiempo y la decrepitud tan próxima ya —aunque mucho menos de lo que Barrero, que cuando escribe este diario tiene sesenta y ocho años, percibe— o la temida vejez, de la que se detallan sus efectos sin misericordia: «La vejez es hierro en la mirada, plomo candente en las manos, cadena perpetua en los huesos, dolores en el alma. un viejo está hecho de enlaces, un viejo tiene falta de ortografía en la razón, sangres mezclada, camisas llenas de arrugas y un olor a leche cortada y agria». Para soportar esta especie de castigo divino, queda, por fortuna, la poesía, que siempre ha formado parte de su vida, y es un asunto que suscita además, afilados comentarios: «La poesía es siempre un refugio a veces sin paredes, es un navajazo con la cuchilla oxidada y un hormigueo de cristales en el alma» y, sor encima de todo, el amor, el querer y saberse querido: «Y aunque la vejez es una víbora que envenena mis sentidos, que se enrosca en mi cuerpo y ata el movimiento de mi espalda, al llegar a casa y abrazarte, me siento salvado».

Muchos otros temas son motivo de comentario. Desde la nieve y el frío, hace mucho frío en los invierno neoyorkinos, un frio que hiela la sangre, pero de forma diferente a como la helaba el frío toledano en su infancia y en su juventud, aunque «Lejos de tu tierra la distancia embellece los recuerdos, difumina los rostros y hace las calles de tu barrio más pequeñas», un frío que «de tan frío quema», hasta las cuitas que su tarea de profesor, ya en el último año, le causa («Comienzo a perder el entusiasmo de preparar clases, enfrentarme a treinta alumnos y, en ocasiones, sentir que el esfuerzo que haces no sirve de nada. Me cuesta mucho enseñar»). La deseada jubilación se aproxima. En la entrada correspondiente al 27 de agosto de 2015, Barrero escribe, un tanto desorientado: «Vengo como vacío, como si me hubieran quitado un peso de encima, he cerrado una puerta que nunca más volveré a abrir porque se han quedado con las llaves, sin credenciales ni honores porque soy un jubilado, sin identificación porque se han quedado con mi carné profesional, sin correo electrónico porque me han borrado del sistema». Da la impresión de que la sociedad estadounidense considera al ser improductivo una rémora, alguien a quien conviene hacer invisible. Afortunadamente, Hilario Barrero posee otros argumentos en los que sustentar su idea de la felicidad. Para eso están sus amados artistas: El Greco, Guastavino el arquitecto, «Este valenciano que hacía milagros con la rasilla por todo Manhattan y gran parte de Brooklyn», Picasso y Juan Gris en el Met; Goya en Boston; La música, ópera, principalmente, Mozart, Wagner, pero también Malher y Bach,; los poetas, Cernuda, Gil de Biedma, Celaya, C. K. Williams. Frank Wright, Marianne Moore, Joan Margarit o Philip Levine; los libros (de los que comienza a deshacerse dolorosamente); los muchos amigos que se han fraguado al amparo de los años y de los intereses comunes. Con todo ello Hilario Barrero construye un refugio contar el dolor de ver desaparecer a familiares o a amigos, contra esa terrible mano de nieve que tanto le inquieta.

El volumen finaliza con una pregunta a la que el mismo autor da respuesta: «¿Vivirá el diarista obsesionado con su diaria obligación o dejará al escritor que invente esa realidad y escriba más que un diario, una novela? Uno piensa que todo puede ser registrado, que aunque todo es perecedero , de alguna manera puede convertirse en material útil para algunos. Escribir un diario es formular la existencia humana en términos literarios porque la vida es el cuento de nunca acabar». Tan importante es lo que se dice como la manera en que se dice. Hilario Barrero consigue mantener la atención del lector porque sus anotaciones nunca caen en lo morboso o en la falacia patética (la contención, en este sentido, es notable), da cuenta, sí, de los vaivenes de su vida, pero sabe proteger su intimidad de las miradas inquisitivas, además, adereza su devenir vital con comentarios que trascienden lo anecdótico, así ocurre cuando habla de la amistad, de los viajes, del amor o de la música. Barreo escribe con una sencillez tal —muy similar, además, a la que practica en sus poemas, gran parte de ellos recogido en la antología Educación nocturna (2017)— que parece que, más que escribir, está narrando de viva voz en una reunión de amigos esos detalles que, por insignificantes que parezcan, son la salsa de la vida y eso solo quien lo ha intentado sabe que es uno de sus mayores méritos.

‘Prospect park’, de Hilario Barrero

NICOLÁS CORRALIZA. ABRIL EN LOS INVIERNOS*

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NICOLÁS CORRALIZA. ABRIL EN LOS INVIERNOS. EDITORIAL: CHAMÁN EDICIONES.

La tardía irrupción en el panorama poético de Nicolás Corraliza (Madrid, 1970) —asunto este, el de la publicación de un primer libro ya entrado en la madurez, del que ya hemos hablado en otros momentos— se produjo con el libro “La belleza alcanzable” (2012). En los años que han trascurrido desde entonces hasta la publicación de Abril en los inviernos (2019), han visto la luz títulos como La huella de los días (2014), Viático (2015) y El estro de los locos (2018), como se puede apreciar, una excelente cosecha la recogida en estos pocos años.

Abril en los inviernos es un libro integrado por cien poemas de una extensión intermedia, tirando a breve, puesto que hay poemas de solo dos versos. ¿Quiere esto decir que nos encontramos ante una poesía de corte hermético o esencialista? No del todo. Corraliza trata de apartarse de ese retoricismo vacuo y para ello lo discursivo se reduce a la acumulación de versos con escasez de representaciones subordinadas, por lo que, en muchas ocasiones, la longitud del verso se ajusta a la amplitud del significado, como vemos en este ejemplo: «El agua está estancada en los extremos. / Allí respira amargo de lo muerto, / la soledad de plomo de los pescadores del gris». Hasta tal punto esta fórmula se repite que, en muchos casos, la contundencia del verso lo aproxima al aforismo o a la sentencia: «No hay refugio en los ojos de los hambrientos», «No hay antídoto cuando late el luto», «He vuelto a tropezar mientras te escribo. / Se ha hecho sangre de golpe en el papel», «El mundo es una mujer cansada» son algunos ejemplos de lo que digo, incluso en su aspecto más lúdico: «Sin besos en la lengua, / la vida es un pelo en la sopa fría».

Dejando al margen el aspecto formal de los poemas, la poesía de Nicolás Corraliza posee una intensidad notable, que seduce por lo que sugiere, más que por lo que desvela, puesto que las claves interpretativas nos son, habitualmente, escamoteadas. El lector debe, por tanto, proceder a desenmarañar las redes que el autor ha lanzado a través del lenguaje por aproximación, eliminando las capas de sentido superficiales, aunque dicha tarea no está exenta de dificultades, dificultades que afectan a la propia construcción del poema, muchas veces reacio a mostrar los mecanismos que lo ponen en movimiento: «Mortaja de sílabas. / Versos de un poema en pena / fuera de tomo. / A veces regresan. / Se presentan limpios y desnudos, / como si acabaran de nacer / del silencio de un limbo». No cabe duda de que la escritura para Corraliza es un instrumento de precisión, lo demuestra su arduo trabajo con la palabra, con el que intenta analizar la realidad, por más que esta se muestre esquiva. Acaso esa sea la razón de que haya que persuadirla por medio perífrasis o rodeos. En cualquier caso, la incertidumbre que toda apropiación, más si es indebida, provoca es la que origina el poema: «Nace el poema desdentado y sin rumbo. Se va haciendo. / Carne de sílaba en frágil esqueleto que crece o se emborrona. / Solo es un rostro infantil. La escritura de un hombre sin mañana». A medida que el poema avanza, el conocimiento de la realidad se hace más intenso porque esta nunca se reduce a lo meramente anecdótico. Los poemas de Abril en los inviernos simultanean esa anécdota mencionada con impresiones de carácter onírico que, en su pulso con la cotidianidad, pierden consistencia. Lo que prevalece es la indagación en la incertidumbre de la existencia porque cualquier acto, por nimio que parezca, esta envuelto en un halo de misterio, tal vez invisible para quien, para justificar la inanidad de su existencia, se aferra a los rudimentos de lo más superficial: «Del todo abandonado al misterio / donde desnudo alma al aire. / desde el cuerpo brazos abiertos; / secretos escondidos del mar más mío. / Ya ronca el sueño su ruido coral: / pulmón de branquias al viento de la sangre. / Cuando despierto, / hay un pez en la memoria de los ojos». Este misterio no afecta solo a la realidad circundante. El propio yo no se libra de ser cuestionado desde la atalaya del tiempo. Quien se fue en el pasado es un ser distinto de quien ahora rememora aquel pasado y, a luz del presente resulta inevitable tergiversar los recuerdos, manipular la identidad para adaptarla al ese mundo de ahora en que convive con los otros, a pesar de que las pérdidas y las renuncias quemen por dentro: «Para el bestiario que hierve dentro, / fieras con nombre. / Caja de caudales; / ríos para el frío necesario. / Estrago y torrente del tiempo. / Pieles amantes para desaparecer / en la Roma cercana. / Un yo mayor / y la belleza en ruinas».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 09/08/2019

ROSA ALCALÁ. BUENOS MODALES

Rosa Alcalá. Buenos modales

 

Mi madre apaga la luz de la cocina

antes de mirar por la ventana

 

y medio escondida detrás de la cortina que forma

el manzano verde hace su inventario nocturno

 

del vecindario. La novia de aquel

que nos pidió pan la semana pasada

 

pasa a recoger el cheque. El padre de una de las chicas

deposita una bolsa de comestibles en el porche y

 

se aleja en el coche. Un arañazo y un golpe significan

que el borracho que vive encima está en casa. Cada vivienda multifamiliar

 

tiene uno. En la nuestra tenemos

dos. En mi cuarto me arrodillo delante de mi cama

 

a escribir poemas y en el ático mi madre

espera que mi padre (que previamente arrojó una sierra metálica

 

a mi hermano) caiga en la trampa del sueño.

Entonces ella volverá a ocuparse del disfraz

 

y a coser toda la noche. Otra variante

de bailarina española. Esto es lo que nos distingue

 

de nuestros vecinos, se dice a sí misma. Trabajamos duro

para mantenerla unida. Sumergido en lavanda escucho pájaros

 

riñéndome desde un arbusto de salvia: no son los ochenta, tus padres

están muertos, es mediodía. Deja que la familia se disgregue, deja

 

que los vecinos miran. ¿Para ver el sofá raído? Pregunto

aterrado. ¿Las cáscaras de huevo en el suelo?

 

Versión de Carlos Alcorta

LI-YOUNG LEE. EL DESNUDO.*

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LI-YOUNG LEE. EL DESNUDO. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCIÓN DE SARA CANTÚ PÉREZ SALAZAR. VASO ROTO EDITORIAL.

Mi primer contacto con la poesía de Li-Young Lee, poeta de origen chino nacido en Yakarta (Indonesia) en 1957, tuvo lugar gracias a la publicación de Mirada adentro en esta misma editorial en 2012, traducido por Enrique Servín. Algunas de los temas de ese libro, como el exiio, la desubicación espacial, los desastres de la guerra o la relación con su familia siguen presentes en El desnudo, su quinto título, que fue publicado en su idioma original, el inglés, el pasado año y ahora podemos leerlo en español gracias a la traducción de Sara Cantú Pérez de Salazar.

Li-Young Lee conoció muy pronto, de primera mano, las consecuencias de la pérdida y del exilio. Su bisabuelo fue el primer presidente republicano de China y su padre, un cristiano profundamente religioso, fue médico del líder comunista Mao Tse-Tung. Después del establecimiento de la República Popular China en 1949, los padres de Lee escaparon a Indonesia. En 1959 su padre, después de pasar un año como preso político en las cárceles del presidente Sukarno, huyó de Indonesia con su familia para escapar del sentimiento anti chino. Después de un viaje de cinco años por Hong Kong, Macao y Japón, se establecieron en los Estados Unidos en 1964.

Su obra poética consta de otros cuatro libros de poesía y todos ellos han recibido elogios por parte de la crítica: Rose (BOA, 1986), ganador del Delmore Schwartz Memorial Award de la Universidad de Nueva York; La ciudad en la que te amo (BOA, 1991), una antología de poesía Lamont de 1990; Book of My Nights (Ediciones BOA, 2001) y Behind My Eyes (WW Norton, 2008). Ha publicado además un libro de memorias tituladao The Winged Seed: A Remembrance (Simon y Schuster, 1995), que recibió un American Book Award de la Fundación Before Columbus.

El desnudo está integrado por cuatro secciones, siendo la que da título al conjunto, un largo poema de más de cuatrocientos versos que comienzan con la palabra «Escucha», palabra que incita a pensar más que a una orden, en algún tipo de ruego, porque, en realidad, se trata del inicio de una conversación o, mejor, del intento de mantener una conversación, pues uno de los interlocutores se muestra reticente a tomárselo en serio y desvía su atención con insinuaciones y actos de carácter sexual: «Desabrocho el botón superior de su blusa / y mordisqeuo su cuello con más besos. // Continúa, le digo, estoy escuchando. / Más te vale, dice ella, / serás examinado». Más que de intercambios verbales, somos testigos de un intercambio físico de carácter erótico que enmascara una relación de amor. El moroso proceso del desnudamiento —un símbolo del depojamiento identitario que ha sufrido el poeta— («Mientras tanto, batallo / con el nudo de su falda, sus dedos / frustrando mi progreso, / en tanto ella continúa repsasndo los puntos inciertos») se desarrolla de forma paralela a una indagación ontológica («Uno es uno, dice ella. / Lo desnudo reluce desnudo.») y metapoética («Una palabra tiene muchas vidas. / Presa, la palabra es juego, impronunciable»). El desnudamiento es tanto físico —el lenguaje que lo describe es sensual y cotidiano, conversacional— como espiritual —el lenguaje, en este caso, resulta mas esmerasdo y simbólico porque busca la comunión entre alma y cuerpo—. «Hablamos con nuestras voces, / y hablamos con nuestros cuerpos», dice la amada a un amante circunspecto poco amigo de teleologías. Sin embargo, el vuelo de este largo poema nos lleva a establecer analogías mas atrevidas. Basta para ello con remontasre a san Juan para ver que amante y amado categorizan dos posturas vitales casi contrapuestas, la del orador y la del creador, la del ser y la del universo, un universo que exige ser adorado, ser cantado: «El canto / es origen. Fuera de ese temblor modulado, cósmico / y arraigado en lo primoridal, cuántico y oculto / en lo temporal, todas las formas llegan a aser», de la misma forma que el Creador, Dios, demanda nuestra fe absoluta. Dios está presente en toda la acción del libro. El Dios presentado es, como ocurre en nuestro Juan de la Cruz, tanto un testigo como una de las más altas expresiones de amor: «Así que todo es una forma de Cosmos o Dios. Se siente como algo más grande que yo, algo que no puedo comprender, pero estoy incrustado en él», afirma Li-Young Lee en una entrevista reciente. Mas que un poema, «El desnudo», parece una meditación mística, una salmodia con ecos bíblicos en la que palabra, cuerpo y mundo son esferas de un cococimiento superior que se trata de alcanzar gracias al trampolín del amor: «Pero estoy pensando, / Mis manos saben cosas que mi sojos no puede ver, / Mis ojos ven cosas que mis manos no pueden sostener». La vía del conocimiento está más cerca de la intuición que de la razón, más próxima a lo visionario que a lo verificable puesto que en estos poemas existe una religación crucial entre consciencia e incosciencia, entre lo público y lo privado.

Otras tres partes integran el volumen. Ninguna de ellas posee título y todas están integradas por poemas de muy diferente propósito, aunque la última ofrece ciertas particularidades que luego veremos. Así, en la primera de estas secciones, predomina una idea del amor como salvación, como renacimiento personal y como cauterio ante la violencia de la vida cotidiana. Las relaciones con el largo poema inicial resultan evidenets, como comprobamos en la estrofa final del poema «Adorar»: «Este desperdigar y aglomerar / del rostro del Amor, de la mirada del Amor, y solo esto, / iniciado en el público de la muerte, es la acción / fundadora, llámalo el paraíso / fundamental… ¿dije el paraíso? / Quise decir paradoja… la paradoja fundamental / de las respiraciones que respiramos, / los pensamientos que presenciamos, / los besos que intercambiamos, / y cada poema que escribes». Li-Ypung Lee explora la condición humana a través de las relaciones amorosas entre los amantes, pero no renuncia a integrar —sucede en muchos poemas de la tercera sección—, como método para analizar la sociedad en la que vive, acontecimientos de su turbulento pasado, historias íntimas, familiares —la pastilla de jabón que su madre le pasa a su padre de tapadillo en la cárcel, la hermana que no acaba de alcanzar la otra orilla del río en el poema «Nuestra parte secreta»— que que han determiando su vida, un largo peregrinaje por países y continentes, porque, como ha declarado en alguna ocasión, mediante la poesía tarta de respodner a preguntas tales como «¿Qué estoy haciendo aquí, qué estamos haciendo aquí? ¿Cuál es la naturaleza del deseo y cuál es la naturaleza del amor? ¿Toda la cultura humana está suscrita por la violencia? […] ¿Cómo podemos continuar participando en la cultura cuando toda la cultura está respaldada por la violencia y la guerra y la expulsión y el asesinato?». Quizá la conclusion, la respuesta a todas esas preguntas se encuentre en un poema como el titulado «El amor victorioso», un emotivo homenaje a su padre en el que encontramos la raíz más profunda de la identidad de Li-Young Lee, el momento en el que toma concienci ade sí mismo.

La última parte esta integrada por dos poemas, uno breve y otro muy largo, de mayor extension, incluso, que «El desnudo»: «Intercambiando lugares en el incendio», y que muy bien puede servir de contrapeso, porque si en el primero se establecía una conversación entre el amante y la amada (lo que no es obstáculo para que en este poema final se reanude el diálogo, como delatan estos versos: «El cuerpo de la amada / es la verdadera patria del amante, dice ella»), de una forma, si queremos, idílica, en este ultimo, el poeta es objeto de reprobación al vivir alejado de la realidad y mantenerse distante de los terribles aconteciminetos que suceden a su alrededor, violaciones de mujeres, linchamientos públicos, disturbios o decapitaciones —la function de la memoria familiar es primordial, pues la mayoría de estos hechos el poeta los conoce solo a través de las palabras de los otros—: «¿Te haces llamar poeta? ¡Tú, … /dócil rematador de manchas miserables! / […] ¡Simulas poesía / y destruyes la imaginación! / ¡Tus palabras desconciertan, engañan y confunden! / Tu imitas La Palabra hecha carne / ¡con palabras hechas palabras / para multiplicar más palabras y palabras sobre tus palabras!» Palabras —« En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»—, las palabras son el eje central, fuente de sabiduría pero también, en una dicotomía que enfrenta al placer con el dolor y que, posiblemenete, tenga su origen en el ángel terrible de Rilke, «La Palabra alberga nuestra respiarción, nuestra vida, el espacio / de nuestro sueños y nuestrospensamientos, / nuestra quietud y nuestro movimiento. Y el presente emergente / es uno de sus cuerpos».

La poesía de Li-Young Lee es reveladora y reflexiva, reveladora porque no teme valerse de los recuerdos, propios y ajenos, para conocerse y para enfrentarse al futuro, y lo hace, sin embargo, sin asomo de egolatría, es más, da voz a distintos familiares y son estos los que le ayudan, gracias a la rememoración colectiva, a saber quién es, tal vez por eso, sus versos está plagados de anfructuosidades, de nudos semánticos, de ideas en curso. Es reflexiva porque en cada poema la narración de los hechos es solo el escenario que posibilita la introspección y, con ella, la meditación, el ensimismamiento, si se quiere, necesario para trasladar al lector la pesada responsabilididad de dar voz —hay un fuerte componente social en muchos de estos poemas— quienes carecen de ella, porque, como él mismo escribe, «Creo que el poeta escribe desde l aidentificación con el sufrimiento del planeta». Es reflexiva, en definitive, porque indaga sobre el sentido de la existencia y la significación personal en la contrucción del propio destino.

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RAFAEL MORALES. POR AQUÍ PASÓ UN HOMBRE*

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RAFAEL MORALES. POR AQUÍ PASÓ UN HOMBRE. EDITORIAL COMUNIDAD DE MADRID Y FUNDACIÓN GERARDO DIEGO

No cabe duda de que tenemos incrustada en la mente cierta propensión a resaltar los números redondos, principalmente, los que atañen al nacimiento y la muerte de determinados personajes. Nada tenemos en contra. Siempre que estos recordatorios no sean forzados y sirvan para divulgar la obra del, en el caso que no ocupa, poeta, deben ser bienvenidas estas celebraciones. La Fundación Gerardo Diego, de la mano de su directora, Pureza Canelo, así lo ha entendido y ha puesto a disposición de los lectores interesados la edición facsimilar de “Por aquí pasó un hombre”, la antología de Rafael Morales que publicó en 1999 en la colección «Poesía en Madrid» que ella entonces dirigía y en la que tanta participación tuvo el propio poeta, que contaba a la sazón 80 años, puesto que había nacido el 31 de julio de 1919. Conmemoramos por tanto, en este año, el centenario del nacimiento del poeta.

     Por aquí pasó un hombre recoge un amplia muestra de su labor poética —Morales también escribió libros de literatura infantil y juvenil— de todos sus libros, excepto de Poemas de la luz y la palabra, publicado en 2003. Su primer libro, Poemas del toro se publica el 20 de abril de 1943 —solo unas semanas antes de que viera la luz la revista Garcilaso (13 de mayo de 1943) que tanta repercusión habría de tener en el ambiente poético de la posguerra— en la recién creada colección Adonais, auspiciada por García Nieto –alma mater también de la revista Garcilaso—, Juan Guerreo Ruiz y José Luis Cano, preferentemente. «Lo empecé a escribir en Talavera de la Reina. Mi ciudad natal, el 1 de agosto de 1940 […] El soneto que encabeza todas sus ediciones, el titulado «El toro», germen de todos los demás, fue también el primero que escribí en mi vida», escribe Rafael Morales. La influencia de Miguel Hernández, fallecido muy poco antes, sobre todo por los sonetos de El rayo que no cesa, fue determinante en aquella su primera época como poeta, una época que integran el ya citado Poemas al toro (1943), El corazón y la tierra (1946) —un libro de tono neorromántico cuyos temas principales son el amor, el paso del tiempo y la naturaleza—, Los desterrados (1947) —año este de la publicación de dos libros capitales, Los muertos de José Luis Hidalgo (Morales cedió su turno de publicación para que se imprimiera con urgencia el libro de Hidalgo, pero, a pesar de todos los esfuerzos, el malogrado poeta no lo llegó a ver impreso) y Alegría de José Hierro, ambos en la colección Adonis, el de Hierro, ganador de la última convocatoria del premio— que supuso un cambio ético, podemos decir, puesto que supuso un cambio, en la terminología utilizada por Dámaso Alonso, de la «poesía arraigada» a la «poesía desarraigada» y Canción sobre el asfalto (1954), una obra que, aunque escrita entre los años 1945 y 1953, señala el inicio de la madurez poética del autor, como lo confirma en el obtuviera con él el Premio Nacional de Literatura.

La máscara y los dientes (1962) inicia la segunda fase de la poesía de Morales, un segundo periodo breve, integrado por este título y por La rueda y el viento (1971). «Yo había concebido una serie de extensos poemas polimétricos de carácter unitario con los que intentaría exponer —no narrar— como en un gran friso un panorama de la condición humana, pero terminé por abandonar tal proyecto porque me pareció demasiado ambicioso».

     Habrá que esperar a 1982 para leer Prado de serpientes, el libro con el que comienza la tercera etapa poética de Rafael Morales, aunque hay que tener en cuenta que las diferentes fases o etapas no son compartimentos estancos. Entre ellas existen, como resulta entendible, unas concomitancias temáticas y formales fácilmente rastreables, algo que resulta más evidente aún al leer Entre tantos adioses (1993), libro que cierra la tercera y última etapa de su producción y cuyo primer poema —«El poema»— enlaza con el último de Prado de serpientes, «Palabras», cuya última estrofa transcribimos: «Yo edifiqué mi vida en otras vidas, / penetré en la memoria y en el tiempo / palabra tras palabra, / ceniza tras ceniza, / aire tan solo que al aire pertenece. / Yo edifiqué mi vida en el olvido» dice la última estrofa. Precisamente, bajo el título “Palabras” hay agrupados varios poemas que, en el momento de la publicación de la antología, estaban inéditos y luego pasaron a engrosar su último libro publicado. Por aquí pasa un hombre tiene, además, la particularidad de que cada uno de los títulos recogidos está precedido por unos comentarios, jugosísimos, del autor, lo que la convierte en imprescindible para cualquier estudioso de la obra del poeta.

   Del poema «Palabra del poema», perteneciente a dicho último libro de poemas extraemos unos versos que nos sirven para poner fin a este apresurado recorrido por la obra de Rafael Morales, un autor injustamente encasillado en una temática y en una época, que gracias a libros como Por aquí pasó un hombre, vemos con una perspectiva más amplia y, sobre todo, mas justa y equilibrada.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 2/08/2019

CARL PHILIPS. ALGO EN LO QUE CREER

Carl Phillips

Algo en lo que creer

 

Mis dos perros de caza tienen nombres, pero yo rara vez los uso. Cuando

salgo, ellos vienen conmigo: voy delante; ellos detrás, el de ojos azules primero, luego

el otro por cuyo color —de su pelaje, no de sus ojos— a veces

llamo nunca—más o nunca—así, sucesivamente. Esperanza, ambición:

estos no son sus nombres, aunque la forma en que corren podría sugerir

lo contrario. Como el vapor nocturno de las cercas de madera empapada cuando

el primer sol percute en ellas, se levantan cada mañana a mi orden. Tarde

en la Ilíada, Príamo, rey de Troya, predice su propio asesinato:

con exactitud, excepto que no será por una lanza, como se imagina, sino por

la estocada de una espada. Puede ver su cadáver, ver a los perros que ha alimentado

y entrenado tan pacientemente desmembrando el cadáver. Después de eso, dice:

Cuando estén llenos, se acostarán en la puerta de entrada, lamerán mi sangre.

Yo digo: ¿por qué no deberían hacerlo? En todas partes, las mismas personas que

confunden obediencia con lealtad piensan de alguna manera que la lealtad es más

poderosa que el hambre, pero no es así. Por la noche, cuando es hora de dormir,

dormimos juntos, los tres: animal musculoso, animal musculoso,

animal musculoso. Los perros se acomodan a mí lado como si cada uno

fuera el ala ligeramente curvada de una bestia de cuento, parte energía, parte

reconocimiento. Respiramos relajados al unísono. Nuestra respiración

murmura como lo hace el olvido, rutinariamente, a través de la superficie de la historia.

Versión de Carlos Alcorta

 

 

ANTONIO MORENO. EL SUEÑO DE LOS VENCEJOS*

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ANTONIO MORENO. EL SUEÑO DE LOS VENCEJOS. EDITORIAL: NEWCASTLE EDICIONES

Antonio Moreno (Alicante, 1964) es, además de un reconocidísimo poeta, un consumado narrador autor de varios diarios y libros de viajes, aunque, sin embargo, ha eludido hasta ahora escribir una novela. Sus textos en prosa, adscritos a una línea meditativa que no presenta grandes fracturas con su poesía, giran en torno a su propia biografía y el caso de «El sueño de los vencejos» es, si cabe, aun más paradigmático en este sentido. Leyéndolo, uno no puede dejar de advertir las enormes diferencias de planteamiento con libros como el aclamado Ordesa, de Manuel Vilas, a pesar de que el «argumento de la obra» guarda, salvando distancias, sustantivas similitudes, acaso una de las evidentes sea las relaciones paternofiliales, fuente de desencuentros y de conflictos, lo que está lejos de significar, claro, que no exista cariño y respeto, complicidad y comprensión. Por lo demás, lo que en Vilas es un desgarrador lamento y un despiadado examen de conciencia que encuentra en la página su perfecta correspondencia, al no escamotear ningún aspecto de la descripción y ofrecer al lector todo tipo de detalles, por muy escabrosos que resulten, en Antonio Moreno, la descripción está sujeta a un lenguaje más contenido, con el que consigue mantener las distancias. El sentimiento no se presenta sin, podríamos decir, «domesticar», por el contrario, está expuesto con mesura, fruto, quizá de una preocupación del autor por, no solo describir, sino por sacar conclusiones, por reflexionar sobre los hechos. Como digo, son dos formas muy diferentes de «poetizar» un pasado con evidentes nexos comunes: vivieron el tardofranquismo con muy pocos años de diferencia; sus padres sufrieron diversos altibajos económicos que ocasionaron muchos problemas de orden doméstico; la escritura supuso para ambos una vía de escape hasta el punto de que, aún hoy, sigue cumpliendo esa función.

     La génesis de El sueño de los vencejos está, como el propio Antonio Moreno, avanza, en el año 2004, cuando se trasladaron a un pueblo de la montaña alicantina por motivos laborales. Este apartamiento forzado —aunque hubiese de por medio alguna porción de voluntariedad— propició una rememoración de los años de la infancia del poeta que fue tomando forma, no sin tomar las debidas precauciones: «Me frenaba [a escribirlo] la conciencia de lo fácil que era incurrir en la evidencia lírica o en el lugar común al tratar un periodo tan frágil y susceptible de mitificación como lo es este de los primeros recuerdos». Nadie mejor que el autor para discernir si se han traspasado estas fronteras porque solo él —y las pocas personas mencionadas en estos “relatos”— sabe que porcentaje de verdad se esconde en cada uno de los sucesos y recuerdos transcritos y cuanto hay de edulcoramiento de la realidad. Visto con los ojos del lector, uno debe resaltar que la ajustada prosa de Moreno resulta absolutamente convincente y en ningún momento peca de ese lirismo tan temido, algo realmente complicado de ejecutar porque, como el mismo Antonio Moreno escribe, «El pasado dista mucho de ser la realidad estática e inamovible que a menudo tendemos a pensar. Cada uno de nosotros avanza en una doble dirección: hacia delante, dialogando, actuando con el presente, anticipándose al futuro, pero hacia atrás también, en una conversación sostenida con la memoria de las cosas, sucesos, paisajes y seres que fueron». Esa memoria privilegiada es capaz de retroceder hasta cuando el autor contaba tres años y aún estaba en la cuna. Es en estas rememoraciones tan antiguas cuando el poder de la literatura entra en escena. Gracias a ese poder, la evocación literaria convierte en verosímiles unas descripciones reconstruidas desde el futuro como si se hubieran experimentado en el momento evocado.

A pesar de la intención manifiesta de seguir un orden cronológico, muchas de estas narraciones entremezclan tiempos y sensaciones, lo que no deja de ser otro reclamo de interés, porque proporcionan al lector una perspectiva más abierta sobre los hechos, sobre todo a aquel lector que comparta, por edad, algunas de estas vivencias. El libro, además, puede leerse con una colección de relatos, como fragmentos de un diario o capítulos memoralísticos. En todo caso, lo que importa realmente es que en todos ellos, y pese a los momentos de desánimo o de bancarrota emocional, Antonio Moreno extrae los aspectos más positivos de la experiencia gracias al efecto que la bondad y la gracia intrínsecas ejercen sobre sus palabras, como queda patente en este párrafo: «Cuánto dolor acumulado a lo largo de tantos años. Demasiados. Mi padre murió cuando los dos, él y yo, empezábamos a aproximarnos rompiendo palmo a palmo aquel hielo. Su brusca desaparición abrió una herida en mi conciencia que tardó mucho en cicatrizar». El suelo de los vencejos es un libro entrañable, escrito con una difícil fluidez narrativa que combina inteligencia y emoción, verdad y ficción. Decía Henry James que el propósito de un novelista, de un narrador en este caso, es ayudar al corazón del hombre a conocerse a sí mismo: Doy fe que este libro lo consigue.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 26/07/2019

CENTENARIO DE RAFAEL MORALES (1919-2005). POR AQUÍ PASÓ UN HOMBRE.

 

RAFAEL MORALES. FOTO.jpgRAFAEL MORALES. POR AQUÍ PASÓ UN HOMBRE.

No cabe duda de que tenemos incrustada en la mente cierta propensión a resaltar los números redondos, principalmente, los que atañen al nacimiento y la muerte de determinados personajes. Nada tenemos en contra. Siempre que estos recordatorios no sean forzados y sirvan para divulgar la obra del, en el caso que no ocupa, poeta, deben ser bienvenidas estas celebraciones. La Fundación Gerardo Diego, de la mano de su directora, Pureza Canelo, así lo ha entendido y ha puesto a disposición de los lectores interesados la edición facsimilar de Por aquí pasó un hombre, la antología de Rafael Morales que publicó en 1999 en la colección «Poesía en Madrid» de la Comunidad de Madrid que ella entonces dirigía y que tanta participación tuvo del propio poeta, que ya contaba 80 años, puesto que había nacido el 31 de julio de 1919. Conmemoramos por tanto, en este año, el centenario del nacimiento del poeta.

     La primera promoción de posguerra —entendiendo por tal «una entidad de escritores y artistas que casi al mismo tiempo publican sus obras más representativas en esos años, se sumergen en proyectos culturales afines, obtienen cierto reconocimiento a su labor y sufren las mismas experiencias vitales», según escribe Francisco Ruiz Soriano—a la que pertenece Rafael Morales (1919-2005) prolongó, en gran medida, los ideales del 27 y otras corrientes previas a la Guerra Civil, como el surrealismo, el clasicismo formal de los autores del 36, el existencialismo o el compromiso social, aunque desestimó los intentos más vanguardistas —el Postismo, por ejemplo—, concediendo a tales iniciativas un espacio crítico marginal.

     El año 1939 marca, no solo el comienzo de una nueva etapa en la historia de España, una historia cargada de tragedia, con unos difíciles primeros años de autarquía y asilamiento; también sentó las bases de unos nuevos paradigmas culturales, literarios y artísticos que unos aceptaron de buen grado y otros sufrieron desde el llamado «exilio interior», denunciando de forma más o menos velada la injusticia, la represión o la violencia organizada desde el estado. Rafael Morales fue, entre otros poetas como José Hierro, Leopoldo de Luis, José María Valverde, Concha Zardoya. Blas de Otero o Gabriel Celaya, uno de los poetas que practicó lo que García Posada catalogó como un «insistente tono confesional, testimonial, lacerado, que muestra un sujeto doliente y llagado por un mundo sumido en el desastre». De hecho, el mismo Morales, en la poética que expuso al frente de sus poemas en la Antología consultada de la joven poesía española. editada por Francisco Ribes en 1952. —cincuenta y tres críticos, profesores y escritores de diferentes generaciones seleccionaron a nueve poetas: Carlos Bousoño, Gabriel Celaya, Victoriano Crémer, Vicente Gaos, José Hierro, Rafael Morales, Eugenio de Nora, Blas de Otero y José María Valverde — escribía: «Siempre he pensado así y he escrito, no para la minoría, sino para la mayoría».

     Rafael Morales se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y obtuvo una beca para estudiar dos años en Portugal durante la Segunda Guerra Mundial; allí se licenció en Literatura Portuguesa por la Universidad de Coimbra. Durante la Guerra Civil escribió en la revista El mono azul y fue el miembro más joven de la Alianza de Intelectuales Antifascistas aunque mucho antes, cuando el poeta era un adolescente, publicó sus primeros en la revista Rumbos que dirigía el escultor e imaginero Víctor González Gil. Entregado a una intensa actividad cultural, dirigió además el Aula de Literatura del Ateneo de Madrid y la revista La Estafeta Literaria. Desde 1952 fue asesor de la revista Poesía Española, editada por la Dirección General de Prensa. Fue además crítico literario en la revista Ateneo y en varios diarios españoles, como el diario falangista Arriba. También colaboró en la sección de filología y literatura de la Enciclopedia de la Cultura Española.

     Su primer libro, Poemas del toro se publica el 20 de abril de 1943 —solo unas semanas antes de que viera la luz la revista Garcilaso (13 de mayo de 1943) que tanta repercusión habría de tener en el ambiente poético de la posguerra— en la recién creada colección Adonais, auspiciada por García Nieto –alma mater también de la revista Garcilaso—, Juan Guerreo Ruiz y José Luis Cano, preferentemente. «Lo empecé a escribir en Talavera de la Reina. Mi ciudad natal, el 1 de agosto de 1940 […] El soneto que encabeza todas sus ediciones, el titulado «El toro», germen de todos los demás, fue también el primero que escribí en mi vida», escribe Rafael Morales. El libro gozaba ya, aun siendo inédito como tal, de cierta fama en los ambientes literarios de Madrid porque su autor había anticipado poemas en diversas lecturas públicas y, además, una selección muy completa apareció en la revista Escorial en 1942. Fue José María Cossío—autor del, entre otros libros, monumental Los toros en la poesía castellana. Estudio y antología, editado en 1931, que sirvió de inspiración al poeta— quien se ofreció a prologar el libro de poemas. De dicho prólogo extraemos estas palabras: «La primera sorpresa nos la proporcionó el tema, más táurico que taurino. La alusión a la fiesta es mínima […] su voz se sintoniza con el tema, y a su carácter elemental, a su arquitectura de planos intensivos, corresponde un vocabulario y una retórica amplios, plenos y sencillos. No desdeña Morales el primor verbal o el giro levemente artificioso, pero estos episodios no dan el carácter a estos versos, tan distantes de las complacencias retóricas, de las, un tiempo vedadas, delicias conceptistas y culteranas en que tantos buenos poetas de hoy se recrean».

     «En el periodo inmediatamente posterior a la guerra civil se ofreció una poesía oficial, caracterizada por un tono patriótico-religioso e imperial», según nos informa Santiago Fortuño Llorens, a lo que debemos añadir lo confesional, por eso un libro como Poemas al toro, supuso una auténtica novedad —aunque, como enumerará Cossío, el tema contaba con notorios precedentes— en dicho panorama. No será, por ejemplo, hasta el número cuatro cuando la revista Garcilaso dé entrada —de la mano de José Hierro o el propio Morales— a poemas de tono religioso-existencialista en los que se percibe una profunda preocupación tanto por el ser humano de forma individual como por el destino de la colectividad en la que está inserto, que abocarían en la llamada «poesía social». Y es que, el caso de Morales, la influencia de Miguel Hernández, fallecido muy poco antes, sobre todo por los sonetos de El rayo que no cesa, fue determinante en aquella su primera época como poeta, una época que integran el ya citado Poemas al toro (1943), El corazón y la tierra (1946), un libro de tono neorromántico cuyos temas principales son el amor, el paso del tiempo y la naturaleza. El propio Morales dice que en este libro «Se da el tono vital o existencial del amor y, por contraste, la amenaza inexorable, de la muerte. Por otra parte, el paisaje suele manifestar, aunque no siempre, la angustia de quien se siente en un mundo designo más inhóspito que placentero. La heterogeneidad del libro refleja siempre un fondo único y existencial». Los desterrados (1947) —año este de la publicación de dos libros capitales, Los muertos de José Luis Hidalgo (Morales cedió su turno de publicación para que se imprimiera con urgencia el libro de Hidalgo, pero, a pesar de todos los esfuerzos, el malogrado poeta no lo llegó a ver impreso) y Alegría de José Hierro, ambos en la colección Adonáis, el de Hierro, ganador de la última convocatoria del premio— que supuso un cambio ético, podemos decir, puesto que supuso un cambio, en la terminología utilizada por Dámaso Alonso, de la «poesía arraigada» a la «poesía desarraigada». Se trata, pues, de su personal incursión en la «poesía social», algo que el propio autor puntualiza con estas palabras: «Quien lea Los desterrados podrá comprobar que este libro no trata de temas sociales, sino sencillamente solidarios con quienes por diversas causas no pueden tener el gozo de vivir». El último de los libros incluidos en esta primera etapa es Canción sobre el asfalto (1954), una obra que, aunque escrita entre los años 1945 y 1953, señala el inicio de la madurez poética del autor, como lo confirma en el obtuviera con él el Premio Nacional de Literatura. «Con este libro —escribe Morales— culminaba claramente intensificada una faceta importante y representativa de mi poesía, la que muestra la atención a personas, animales, vegetales y objetos que son sencillos, humildes, despreciados e incluso feos y sin tradición poética, elementos que nunca han llegado a desaparecer del todo de lo que he escrito posteriormente». Es esta atención a las cosas humildes ha sido la causante de que la crítica hay emparentado este libro con las justamente alabadas Odas elementales, de Pablo Neruda.

     La máscara y los dientes (1962) inicia la segunda fase de la poesía de Morales, un segundo periodo breve, integrado por este título y por La rueda y el viento (1971). «Yo había concebido una serie de extensos poemas polimétricos de carácter unitario con los que intentaría exponer —no narrar— como en un gran friso un panorama de la condición humana, pero terminé por abandonar tal proyecto porque me pareció demasiado ambicioso». Habrá que esperar a 1982 para leer Prado de serpientes, el libro con el que comienza la tercera etapa poética de Rafael Morales, aunque hay que tener en cuenta que las diferentes fases o etapas no son compartimentos estancos. Entre ellas existen, como resulta entendible, unas concomitancias temáticas y formales fácilmente rastreables. El título delimita muy bien el alcance de estos poemas. Desde la inocencia propia de la adolescencia —«Adolescencia» se titula el primer poema del libro, cuya estrofa final dice: “Y era de pronto la mañana / igual que una muchacha desnuda en los balcones, / y empezaba la vida a poblarme los ojos”.— se llega al escepticismo que provoca el paso del tiempo. «Yo edifiqué mi vida en otras vidas, / penetré en la memoria y en el tiempo / palabra tras palabra, / ceniza tras ceniza, / aire tan solo que al aire pertenece. / Yo edifiqué mi vida en el olvido» dice la última estrofa del último poema del libro, titulado «Palabras», que establece una conexión directa con «El poema», primero de los que integran su libro siguiente, Entre tantos adioses (1993), y que comienza con estos versos: «He aquí que voy escribiendo / huellas de un caminante / hacia el olvido, / palabras que se quedan / yertas sobre el papel». El libro, que cierra la tercera y última etapa de la creación de Morales (aunque, como veremos, hay agrupados, bajo el título de Palabras, varios poemas inéditos), posee, según el autor, «una gran parte de tono elegiaco. El poeta ha visto desaparecer cosas y seres queridos, poetas admirados y su ya lejana juventud, a la par que ha ido perdiendo día tras día todo lo incierto que llamó esperanza», quizá por eso el poeta busca la complicidad del lector, a quien se dirige casi suplicando: «Lector, / hermano mío, / necesito tus ojos / y tu voz / y tu sangre / para vivir de nuevo / tras la muerte / que habita mi poema». En 1999, como hemos dicho, la colección de poesía dirigida por Pureza Canelo, Poesía en Madrid, editó la antología Por aquí pasó un hombre, que ahora se ha reeditado con motivo del centenario de su nacimiento. Esta antología tiene la particularidad de que cada libro está precedido por unos comentarios, jugosísimos, del autor, lo que la convierte en imprescindible para cualquier estudioso de la obra del poeta. En dicho año se publicó también el libro Obra poética completa en una hermosa edición a cargo de la editorial Calambur. Precede a los poemas una declaración lo suficientemente aclaratoria como para despejar cualquier atisbo de duda: «Considero definitiva la presente edición de mi poesía. Todo lo que no figure en ella queda descartado». Esto no ha resultado cierto del todo, porque en 2003 publicó el libro Poemas de la luz y la palabra, que recoge y amplia los poemas, muchos de ellos dedicados a indagar sobre la palabra poética, recogidos en la obra completa y en la antología de 1999 bajo el epígrafe de La palabra y que debemos, en buna lógica incorporar a su corpus poético completo.

Nos hemos centrado en la obra poética del autor, lo más relevante de su producción, pero también tradujo, en compañía del poeta inglés Charles David Ley, la obra del poeta portugués Alberto de Serpa y escribió además algunas narraciones de temática taurina. Entre sus libros en prosa, destacan los dedicados a la literatura infantil y juvenil: Dardo, el caballo del bosque, Narraciones de la vieja India, Leyendas del Río de la Plata, Leyenda del Caribe, Leyenda de los Andes o Leyenda del Al-Andalus.

Del poema «Palabra del poema», perteneciente a su último libro de poemas extraemos unos versos que nos sirven para poner fin a este apresurado recorrido por la obra de Rafael Morales, un autor injustamente encasillado en una temática y en una época, que gracias a libros como Por aquí pasó un hombre o Obra poética completa, vemos con una perspectiva más amplia y, sobre todo, mas justa y equilibrada.

Por aquí pasó un hombre