NATASHA TRETHEWEY. THRALL (CAUTIVERIO)+

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NATASHA TRETHEWEY. THRALL (CAUTIVERIO). TRADUCCIÓN: NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAISO EDICIONES

Tuve la fortuna de asistir a una lectura de sus poemas en el Palacio de Carlos V de la Alhambra el pasado mes de abril. Acompañaban a NatashaTrethewey otros poetas no menos interesantes, como Juan Felipe Herrera o Luis Alberto Ambroggio, pero su tono de voz traslucía una emoción especial que atravesaba la piel de quienes la escuchábamos. Leía poemas de Cautiverio, un libro que ha surgido de la asociación entre la discriminación racial en la sociedad norteamericana actual y los conflictos inherentes a la esclavitud en la América española, una América en la que, por otra parte, pronto se impuso el mestizaje, lo que dio lugar a numerosos rangos y castas, organizadas en función de la pureza de sangre. No es el espacio adecuado para analizar los perjuicios que tan organización social ocasionó a los más débiles en dicho escalafón social —tanto la revisión crítica del pasado como la posible justificación en aras del contexto histórico merecen un análisis más riguroso del que podemos ofrecer aquí— porque estamos escribiendo una reseña poética, no un ensayo de carácter histórica. Para escribir esta reseña nos basta con ser conscientes de que la detracción de esta injusticia histórica ha proporcionado un magnífico libro de poemas que tiene como punto de partida a Juan de Pareja —el esclavo morisco que tuvo a su servicio Velázquez hasta que en 1650 le concedió la libertad—y se interna en la propia vida de Natasha Trehewey (Gulport, Missisipi, 1966), poeta mestiza nacida de un padre blanco y poeta originario de Canadá, Eric Trethewey, y de una madre negra, Gwendolyn Ann. Por entonces, el matrimonio interracial estaba prohibido en el estado de Missisipi, por lo que tuvieron que casarse en Ohio. No resulta difícil aventurar que, de niña, sufrió las consecuencias del odio racial, aún muy extendido en aquella época en los estados del sur profundo. Thrall (Cautiverio) —publicado originalmente en 2012— nace de la necesidad de realizar un ajuste de cuentas con su propio pasado. En palabras de Nieves García Prados, traductora del libro y autora del prólogo, «El “esclavo” de Velázquez se convirtió en el primer escalón que la poeta de la ciudad porteña de Gulfport se atrevió a subir hacia la exploración de la raza y el mestizaje en la historia de todo un continente y en su propia historia personal». Para profundizar en sus indagaciones estudia la llamada «pintura de castas» de la Nueva España, que tuvo su momento más álgido en el siglo XVIII: «Trethewey se interesa en el lenguaje y la iconografía del Imperio, en cómo l arazá y la sangre se integran en un orden simbólico, que enmarca a la sociedad y a sus ciudadanos». El libro, sin embargo, comienza con una «Elegía», dedicada a su padre, en la que rememora un día de pesca: «Mientras / aflojaba el anzuelo, los peces se retorcían / en mis manos, y se escabulleron / antes de que pudiera dejarlos ir. Puedo decirte ahora / que traté de recordarlo todo, anotarlo / para escribir una elegía más adelante / cuando llegara el momento. Tu hija, / yo era así de imposible». Como vemos, la dicción es clara, discursiva, pero trabajada al máximo para esencializar el sentido de lo que se desea trasmitir. El lenguaje posee la suficiente ambigüedad como para trasladarnos desde el significado habitual a un territorio simbólico en el que cualquier palabra, cualquier pausa adquiere una importancia extrema. De ahí que Trethewey (ganadora del Premio Pulitzer por Native Guard) no necesite afirmar, sino solo sugerir: las imágenes, más que describir, provocan la reflexión, incitan a preguntarnos por el sentido final del poema.

     Cautiverio parece, en algunos momentos, una inacabable écfrasis. Muchos poemas son pormenorizadas descripciones de cuadros: «Taxonomía», por ejemplo, como su propio título indica, nos muestra una clasificación en función de las sangres que se mezclan: De español e india, nace un mestizo; de español y negra, nace un mulato; de español y mestiza, nace castiza. «Llamémoslo el catálogo / de sangres mixtas, o / el libro de nada: / ni español, ni blanco, sino / mulato torna-atrás (o / tente en el aire) y / la morisca, el lobo, el chino, / sambo, albino y / el no-te-entiendo…». Resulta curioso observar, cuando se contemplan los cuadros a los que aluden los poemas, que el varón es, generalmente, blanco. Es la mujer la que pertenece a otra raza: «Puede observarse, / en cabio, que el artista, quizá para mostrar / sus propias habilidades, / ha creado al padre como un diletante, incapaz de atrapar / la belleza de su esposa. O es posible que él no pueda verla […] esta representación de su esposa nace / de la necesidad de verse a sí mismo / como arquitecto de la Verdad, patriarca benevolente, padre de la inspiración / reclamando su dominio». Este poema, «Torna atrás», finaliza con unos versos que, en un intento de resumir el alcance de un libro tan complejo y sugerente como este, pueden condensar el impulso que ha motivado su escritura: «Y podría entenderse el motivo / por el que, para comprender / a mi padre, contemplo una y otra vez este cuadro: / cómo es posible / que un hombre pueda amar / y menoscabar tanto al mismo tiempo aquello que ama».

+Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 14/12/2018

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ÁNGEL PANIAGUA. DEBAJO DE LOS DÍAS*

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ÁNGEL PANIAGUA. DEBAJO DE LOS DÍAS. EDITORIAL RASPABOOK.

Sorprende que Ángel Paniagua (Plasencia, 1965) haya tardado tanto tiempo en publicar un nuevo libro, más de doce años si descartamos la plaquette Monólogos en el vacío, publicada en 2011, sobre todo si tenemos en cuenta que hasta 2005, año de edición de su anterior libro, Gaviotas desde el “Ariel”, frecuentaba la publicación con cierta regularidad. Recordemos sus libros precedentes: En las nubes del alba (1988), Si la ilusión persiste (1991), Treinta poemas (1997), Bienvenida la noche (2003), El legado de Hamlet (2003), Una canción extranjera (2004) y, el ya citado, Gaviotas desde el “Ariel” (2005). Claro que la poesía es un género que se aviene mal con el voluntarismo del autor. No acostumbra a someterse a los dictados de la de la obligatoriedad sino a los de la necesidad y esta, al parecer, no se ha manifestado en nuestro autor con la frecuencia que lo hacía, sino a intervalos irregulares. En cualquier caso, Debajo de los días, la entrega actual de Ángel Paniagua, bien ha merecido esta maceración tan lenta —en el epílogo, el autor, echando mano de Horacio, afirma que es preciso dejar reposar un libro antes de darlo a la luz pública, algo totalmente cierto—, porque es un libro, un extenso libro con poemas de largo aliento, que compendia de algún modo todo el mundo poético de su autor y ratifica un tipo de poesía narrativa, casi conversacional, que con tanta maestría maneja nuestro poeta y que tiene como referentes más cercanos en el tiempo a poetas como Luis Antonio de Villena, Juan Antonio González Iglesias o Rafael-José Díaz, por ejemplo.

   El paso del tiempo y la conciencia de que ha llegado el momento de rendir cuentas determinan la orientación de estos poemas en los que la sensación de fracaso vital y la cicatrices que deja dicho fracaso van penetrando en la mente del lector hasta convertirse en algo agobiante. Estamos hablando de una poesía de carácter confesional que da cuenta de los avatares de la vida de un hombre, vida que, conviene señalarlo ya, no tiene porque coincidir con la del poeta que la escribe. El poema no deja de ser un artefacto lingüístico y, por tanto, la verdad que trasmite debe ser solo una verdad poética; si esta coincide con la verdad existencial es otro cantar que poco tiene que ver a la hora de juzgar la posible excelencia artística del libro. Parafraseando a Empédocles, el lector no debe atribuir al personaje poemático más de aquello que lee. La vida que imagine a partir de lo leído es solo responsabilidad suya, no del autor. «Ya sé que estos poemas te hacen daño / como a mí me lo hicieron los de otros / escritos hace tiempo. Sé que ahora / tu vida —tan distinta de la mía— / te está dando a beber un aguardiente / amargo como pocos… », escribe Paniagua en un poema que tiene a Francisco Brines como referente.

     Debajo de los días está dividido en tres secciones, «La gusanera del fracaso», un título lo suficientemente elocuente como para no dejar lugar a dudas sobre el motivo central que alienta los poemas que la integran; «Oro y vacío» (El hilo de los nombres)», nombres que van dando cuenta de la exaltación y su reverso a través de distintos amores que tienen en la fugacidad su nexo común, y «Macbeth en las murallas», cuyo eje vertebral está armado con heridas, enfermedad y muerte. En una entrevista reciente, Ángel Paniagua declaraba, a propósito del libro, que debajo de los días está «Todo lo que no vemos. Lo que hay más allá de la realidad aparente. Bajo una armonía superficial, el mundo está lleno de desajustes. Y más hoy, que vivimos una época de cambios de todo nivel: político, económico, social… Igual que la Tierra genera terremotos, los humanos, las potencias, chocan: Queremos estar por encima del otro, dominar los recursos, sojuzgar…». No cabe duda de que ese afán de indagar en lo otro, en lo misterioso y oculto resulta ambicioso desde su mismo presupuesto.

     El libro en su totalidad se puede leer como un duro alegato contra sí mismo, un examen de conciencia cruel y, en no pocas ocasiones, despiadado, realizado desde la madurez que no escatima reproches ni lamentos, como delatan estos versos: «Ahora solo cuentas / con el odio de algunos, la visible / indiferencia de muchos y, del resto, / una mezcla variable de prudente / distancia y displicencia ocasional». Nada podemos argumentar sobre esa mirada intespestiva que el autor realiza sobre el personaje poético, aunque es muy posible que busque un efecto estético —de teatralidad se habla en algún momento— por encima de aspectos como la contricción o el fustigamiento (conviene no perder de vista que estamos ante una ficción poética), aunque algunos fragmentos parezcan desmentirlo: «¡Pobre idiota, / pobre actor que gastó pavoneándose / su momento en escena y al que nadie / recuerda o quiere oír no ver ya más!». Esa es la misión del poeta, hacer verosímiles los sentimientos que desprenden sus versos.

     En un libro como Debajo de los días, como decíamos, escrito a lo largo de más de diez años, resulta de suma importancia encontrar un tono que unifique las diversas etapas en las que los poemas fueron escritos, y esto lo logra Ángel Paniagua con una sencillez y una naturalidad envidiables, porque estamos seguros que trasmitir una sensación así no resulta nada fácil. Esa aparente sencillez está sustentada en un ritmo acentual cuidadísimo que hace fluir el discurso sin cortapisas, pero, claro, además de ese esmerado ritmo, ha de haber una mano experta capaz de dar sentido discursivo a la experiencia, capaz de hilvanar los recuerdos sin saltos abruptos o paréntesis de la memoria. Acaso el poema final del libro, «Un orden sucesivo» resuma como ninguno otro lo que tratamos de decir. Transcribimos los primeros versos: «Sermón de lo ya sido, de lo inútil / volver a arrepentirse, de lo déjenlo / ya que no se mueve, que la muerte / ya envió a sus hermanas para atarlo / bien atado y dejarlo ahí en medio, / abandonado al borde del camino».

     La poesía de Ángel Paniagua, lo hemos dicho ya, atrapa al lector por su magnífica prosodia, pero, además, emociona porque apela a esa verdad íntima que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro y que tanto nos cuesta mostrarla desnuda, tal y como es. Nuestro autor demuestra, no ya que desconfíe del prójimo, sino que le importa más su propia, podríamos decir, salud mental, más que los posibles juicios morales a los que puede estar expuesto, y esto ya concita una complicidad contagiosa.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/12/angel-paniagua-debajo-de-los-dias/

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. LA SENDA HACIA LO DIÁFANO

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ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. LA SENDA HACIA LO DIÁFANO. EDICIONES VITRUVIO, 2018

Tenemos la costumbre de asociar la escritura de poesía a etapas vitales tempranas, la adolescencia y la juventud, principalmente. Solo las vocaciones mas perseverantes —pensamos— son capaces de reincidir en este propósito pasadas dichas etapas. Esto, con ser cierto, no excluye las excepciones. Una de ellas es, por ejemplo, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (1947), profesora Titular de Biología en la Universidad Complutense (otra, de María Luz Quiroga (1943), profesora Titular de Química también en la Universidad Complutense, de quien recientemente he tenido la oportunidad de disfrutar de su excelente segundo libro, Fronteras rotas, publicado por Septentrión Ediciones en los primeros meses del año en curso). No creo en las coincidencias, por eso presumo que este tardío encuentro con la poesía es más reencuentro que otra cosa. Es muy posible, además, que la absorbente dedicación docente haya mantenido en un segundo o tercer plano el desarrollo creativo más íntimo y este haya podido salir a la superficie cuando las exigencias laborales han disminuido notablemente. Hablo, claro está, de hipótesis, pero creo que no son descabelladas.

   Isabel cuenta ya con tres títulos precedentes: Al son de las mareas, Luz velada y Las farolas caminan la calle, por lo que deduzco que, en algún momento, ambas actividades se han simultaneado. La senda hacia lo diáfano es, por tanto, su cuarta entrega. Un libro extenso con diferentes registros tanto formales —hay poemas que son casi aforismos, poemas líricos y poemas narrativos (véase el titulado «Como si la noche no sucediera», por ejemplo), de arte menor y de pretensión discursiva— como argumentales. La naturaleza es vista como se espacio intocado y germinal en el que la mirada de la poeta encuentra la justa correspondencia a sus intereses emocionales: «La naturaleza es el arte primigenio», escribe; la naturaleza ampara «la senda hacia lo infinito»; la naturaleza es capaz de lustrar esa «capa viscosa [que] envenena mi cotidiana vida en la ciudad». La naturaleza urbana de altos edificios y semáforos, de asfalto y monóxido de carbono es vista pues como algo, si no infernal, al menos como algo repudiable, algo que rechaza la armonía universal que lo natural procura.

     Esta especie de reconciliación con lo más íntimo del ser humano requiere un tipo de poesía de ritmo lento y reflexivo porque el estado emocional inherente a la mera contemplación busca un equilibrio entre lo degradado y lo que permanece inviolado por la mano del hombre: «Todo invita al recogimiento —escribe—. / De ello bien sabe la quietud / y los colores del agua, / y el pato que se desliza tímido / para no romper el silencio».

     Hablaba antes de la degradación, y este es otro de los temas principales de este libro. No estamos ante un manual de ecología ni ante un número especial de National Geographic, pero la poesía también puede servir para poner evidencia los problemas de la sociedad contemporánea, aunque sea de forma indirecta: «Hubo un tiempo / en que el mar, enamorado, / te admiraba desde la lejanía, / y las noches de luna / te tentaba con un beso de espuma tímida. // Pero hoy, / con la arrogante actitud del poderoso, se adueña de tus arenas, / desprecia la fragilidad de tu vejez / e ignora el quejido de tus silencios». Claro que los poemas de denuncia corren el riesgo de convertirse en meros panfletos. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós casi siempre lo evita, pero, en alguna ocasiones puede más la indignación que el impulso poético, como ocurre en el poema titulado «Contaminación» o en este otro sin título: «La Naturaleza parece indiferente al dolor, / peo es la gran víctima de los intereses humanos. / De ahí su abatimiento». Un texto acaso prescindible en un libro como La senda hacia lo diáfano, donde prevalece la poesía, poesía a secas, sin adjetivos, por encima de las buenas intenciones. El lector que busque una adecuada combinación entre emoción y lenguaje no quedará defraudado.

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN*

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JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN. ANTOLOGÍA COMENTADA DE POESÍA OCCIDENTAL NO HISPÁNICA (1800-1941). EDITORIAL TREA

Casi un siglo y medio de poesía compendiado en poco más de 350 páginas. El reto, como se ve, es mayúsculo y, si estuviéramos hablando de una antología al uso, condenado al fracaso desde su inicio por su medida extensión. Sin embargo, el particular enfoque con que José María Castrillón (Avilés, 1966) ha emprendido este proyecto le ha permitido no solo salir airoso del intento, sino crear un precedente que, ojalá, tenga muchos seguidores. No estamos afirmando que esta idea sea completamente original —existen muchas antologías comentadas, sin ir más lejos, algo de similar alcance ha hecho Jordi Doce en el Libro de los otros—, pero lo que si resulta insólito es el modo de acercarse tanto al autor —al poeta— como al poema comentado (aquí el parecido con el libro de Doce es más evidente). Los comentarios que provocan uno y otro están lejos de atenerse al clásico comentario de texto. Como afirma la contraportada del libro «Cada capítulo ofrece información sobre la biografía y la obra de los poetas sin renunciar al apunte literario […] Acompaña a cada poeta un poema en español sobre su figura o su obra, de manera que se conforma una muestra sobrevenida de autores españoles e hispanoamericanos de las últimas décadas». De hecho, Castrillón —filólogo pero también poeta—, en las palabras preliminares, advierte de que el propósito de esta antología, Subir al origen, ha sido despertar interés entre «Lectores no especializados, incluso apenas iniciados en la modernidad [poética]».

   La antología se inicia con William Wordsworth (1770-1850), poeta que junto a Coleridge, cambió el rumbo de la poesía inglesa. Propugnó «un verso más natural, una lengua cercana en la que cualquier lector medianamente culto pudiera reconocerse». La breve selección de su obra está coronada por un poema de un autor en lengua española, en este caso Jordi Doce.

     Son veintidós los poetas seleccionados. Los Himnos a la noche de Novalis (1772-1801) llevan como colofón un poema de Antonio Colinas. Eloy Sánchez rosillo es el encargado de glosar la figura del autor de Los “Cantos “, Leopardi (1798-1837). Algunas de las famosas cartas de John Keats (1795-1821), así como los no menos famosas «Oda a una urna griega» y «Oda a un ruiseñor» se completan con un fragmento del poema «A la tumba de Keats», de Juan Carlos Mestre. Buscando esas correspondencias, a Baudelaire (1821-1867), considerado el precursor del poema en prosa, le ha tocado en suerte Leopoldo María Panero. Luis Antonio de Villena da voz al apasionado Verlaine (1844-1896) en el poema «Un arte de vida». Ildefonso Rodríguez contempla en barco ebrio en el que navega Rimbaud (1854-1891). Walt Whitman (1819-1892) es el siguiente en esta nómina no estrictamente ordenada cronológicamente y es remedado por el poeta dominicano Pedro Mir. La otra pata sobre la que se sustenta la poesía norteamericana moderna, Emily Dickinson (1830-1886), el polo opuesto al torrencial Whitman, encuentra un fiel reflejo en la poesía de Eli Tolaretxipi. Ángel Crespo comparte inquietudes con Stéphane Mallarme (1842-1898). Un poeta joven español, Juan Andrés García Román, buen conocedor de la tradición alemana, se ocupa de Rilke (1875-1926). El resto de poetas, Yeats (1865-1939), Cavafis (1863-1933), Apollinaire (1880-1918), Pessoa (1888-1935), Eliot (1888-1965), Saint-John Perse (1887-1975), Wallace Stevens (1879-1955), Paul Éluard (1895-1952), Eugenio Montale (1896-1981), Gottfried Benn (1886-1956) y Anna Ajmátova (1889-19669 tienen como contrapunto a autores como Antonio Rivero Taravillo, José Manuel Arango, Hugo Gutiérrez Vega, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Eduardo Moga, Andrés Sánchez Robayna, José Luis Quesada, Lorenzo Oliván, José Ángel Valente o Javier Pérez Walías. Debe quedar claro que no estamos hablando de una antología de textos complementarios a los poemas originales, sino de poemas que buscan una confluencia, me atrevería a decir, de carácter espiritual. Las asociaciones en ningún caso han sido gratuitas. Cada poeta ha expresado en algún momento de su trayectoria un interés especial por el poeta al que homenajes.

     Como a toda antología, a esta también se le pueden poner pegas, no porque los poetas seleccionados no merezcan su inclusión, sino por algunas llamativas ausencias —aunque en el epílogo el autor razona sus decisiones y afirma que nunca han tratado de sentar cátedra: «Si alguien ha visto en este libro una propuesta de canon, trataré de combatirla con lo que podría entenderse como otro canon: por ello me ha importado estrechar aún más la malla y extraer de la tradición otros veintidós poetas que bien podrán haber protagonizado las páginas anteriores». En cualquier caso, Subir al origen es obra de un amante de la poesía que ha conseguido unir erudición y pasión como pocas veces hemos visto. Nada nos gustaría más que la excelente acogida de este libro propiciar su continuación. Castrillón menciona la posibilidad de emprender proyectos paralelos. Por supuesto, no estaría de más, pero sin desdeñar la idea de adentrarse en las décadas posteriores (esta antología finaliza en 1941) con la misma estructura, con el mismo entusiasmo.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 7/12/2018

ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA*

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ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA. COLECCIÓN AFORISMOS. EDITORIAL CUADERNOS DEL VIGÍA.

Aunque Gracias, distancia puede considerarse el primer libro de aforismos de Antonio Cabrera propiamente dicho, no lo es tanto si nos atenemos a los muchos que encontramos dispersos en libros como El minuto o el año —del que extraigo frases sentenciosas como: «Qué difícil —por no decir imposible— es saber cómo ve el mundo una mirada que no piensa en el mundo» o «[el sol] En el asfalto alarga las sombras de los coches al tiempo que las rellena de un betún sin réplica y las delinea con pulso firme», ambas, como veremos, muy relacionadas con aforismos de Gracias, distancia (un título que, por lo demás, nos remite al Gracias, niebla de Auden, sobre todo en lo que concierne a la forma de ver). También en El desapercibido encontramos afirmaciones que podemos, sin temor a exagerar, calificar de aforismos: «Afirmo que quien mira lo abierto no piensa en nada» o «La muerte tiene su lugar constante en el transcurso constante de los días. Al pregonarla se la hace pertenecer aun más, pero sin drama, al flujo vital común, a la vida»». Encontramos, incluso, una definición de aforismo: «Los aforismos, como es sabido, no expresan ninguna verdad, sino una sensación de verdad intensa, armoniosa, redonda, pero, a la postre, sensación». Podemos además entresacar muchos aforismos de sus versos, pero no vamos a extendernos en recopilarlos. Invitamos al lector interesado a hacer sus propias pesquisas. En cualquier caso, lo que tratamos de argumentar es que la vocación reflexiva y contemplativa de Antonio Cabrera no responde a una moda, sino a un proceder enraizado en los orígenes de su poética.

     Seis son las secciones en las que está dividido Gracias, distancia, aunque, como suele ocurrir en este tipo de libros, dichas secciones no forman compartimentos estancos. No queremos decir que los aforismos sean intercambiables, pero sí que, con frecuencia, pueden encuadrarse en más de una sección. La más extensa, «Parecido al viento», abre el volumen. La distancia entre lo pensado y la realidad, entre el yo y el mundo, articula gran parte de estas reflexiones. Antonio Cabrera no se deja engatusar por las apariencias y, además, sabe que la verdadera esencia de la materia se muestra renuente a taxonomías y especulaciones más o menos imaginativas. La materia, el mundo, lo real es, y las ideas que suscita son meras aproximaciones que tratan de aprehender, más que desmenuzar las partes que la componen. «Acudir al mundo es mucho más que estar en el mundo». Y es que la pasividad no propicia la reflexión crítica, sino acomodarse sin ofrecer resistencia a la realidad. «Nuestro pensamiento —escribe Cabrera— puede llegar hasta las cosas, incluso doblegarlas; sin embargo no las impregna ni las cambia, y pasa y todo se rehace. El pensamiento es parecido al viento», por tanto, las ideas poseen vida propia, son volubles, mudables, brotan, más que de una reflexión forzada, generalmente inútil, de la intuición, de lo espontáneo: «Cuando las ideas parece que no quieren engendrase en la cabeza, un gusto a intelecto empieza a margar en la boca. Es el sabor de la esterilidad», algo que, por otra parte, parece llevar la contraria al Alberto Caeiro que escribe este aforismo: «Hay suficiente metafísica en no pensar en nada», porque es sabido que, a veces, las ideas poseen más solidez que la propia realidad.

     Antonio Cabrera nos propone, como ha hecho en su poesía, otra forma de mirar el mundo. Debemos abrir bien los ojos para no anclar la mirada en lo habitual. Debemos mirar como si acabáramos de ver, como si todo fuera nuevo, porque «Para el ojo nada es obvio». Esto significa estar alerta sin descanso, lo que no siempre es factible. Concentrar la atención en lo mil veces repetido precisa de un esfuerzo de la voluntad que pone el énfasis en la capacidad del pensamiento para reconstruir la realidad. Sin embargo, Cabrera nos previene contra un exceso de atención: «Lo que no es concentración —escribe— es tiempo verdadero, perdido, ido, tiempo lleno de sí». En la distancia que media entre una actitud u otra encontramos el equilibrio, pero ¿basta la distancia para cambiar el punto de vista? Sí y no. Dependerá de lo cerca que nos encontremos, de si la realidad que queremos aprehender está en un primer en un segundo plano. A debida distancia las cosas se ven mejor.

     «Desde César Simón» se titula la segunda sección. Simón, poeta fallecido hace poco más de veinte años, ha sido un referente para los mejores poetas levantinos y la vinculación estética de Antonio Cabrera con él resulta más que evidente, por eso no sorprende este homenaje en el que advertimos el duelo por el ausente y, a la vez, esa presencia inmaterial que evoca un pensamiento compartido, el de que la cosas no poseen vida propia, «sólo absorben luz», (acaso porque , como decía Caeiro —regresamos de nuevo a él— «… el único sentido oculto de las cosas / es que no tiene sentido oculto»), y es que es la mente del que observa donde se desarrolla la acción, lo inanimado está a la espera de recibir fuerza, impulso vital.

     No podían faltar en este libro las reflexiones poéticas que, en el caso de Antonio Cabrera, se concilian a la perfección con sus poemas, algo no demasiado frecuente en los autores actuales. En una plaquette titulada Líneas de fuga, publicada en 2001, nos dejaba ya algunas reflexiones que se compendian en los aforismos de esta sección. Escribía entonces: «Yo creo que el poema lanza sobre la realidad una red tejida con los significados y la música de las palabras cuyo objetivo es capturar trozos inteligibles de esa realidad, que de este modo adquieren o ganan sentido». Ahora lo dice de otra forma, pero el resultado no difiere gran cosa: «La poesía aparece en la frontera entre las palabras y lo que existe en contacto con ellas, sin ser ellas». Hay un aspecto apenas vislumbrado anteriormente y que tiene que ver con la comprensión del poema. Cabrera nos ofrece en Gracias, distancia algunas referencias que ahondan en las diferencias entre la poesía entendible y la poesía emocionante. En seguida se aprecia el contraste: «Hay una clave de la emoción poética que consiste en querer comprender y no conseguirlo del todo», afirma, y lo rubrica de este modo: «El poema no explica ni cuando explica». Más claro, ni el agua. Pero la palabra, el poema escrito necesita tomar cuerpo en la página; las palabras necesitan un armazón físico, del que las provee la tinta. La cuarta sección, «La letra celebrada» se dedica a rendir homenaje a la tinta y al papel, a las letras y las posibilidades de composición que ofrecen. En ese «paraíso para el papel en blanco» las letras son moradores privilegiados que acceden a cualquier fruto sin temor al pecado, pues nada les está vedado. Las letras son lo que quieran ser: «Las letras son pequeñas estatuas negras, y son flores curvas, y son alfiles de la inteligencia, y son lluvia minuciosa en nuestro interior».

     Las dos secciones finales, tituladas respectivamente «Luz» y «Sobre pintura», están íntimamente ligadas. No se puede observar sin su beneplácito. El pintor crea gracias a ella o a su ausencia, gracias a la penumbra: «El que ve sombras ve más». Antonio Cabrera escribe «Que un poco de sombra conviva con la luz. Que algo de luz manche o toque la sombra. Estos son, además, de mínimos morales, mínimos estéticos necesarios que inconscientemente deseamos cada vez». Con toda seguridad, John Berger, aplaudiría estas conclusiones., tan cercanas a las ideas que defiende en Modos de ver.

     Gracias, distancia representa una cota más alta aún, si cabe, en el corpus del pensamiento poético de Antonio Cabrera, un pensamiento que goza de una solidez inusual y que está asentada no solo en los cimientos de la intuición, sino en los más consistentes de la razón. Poesía y filosofía, conocimiento sistemático e intuitivo —que no anula el razonamiento, sino que lo expande—, de ambos surgen estas meditaciones: «Solo desde la razón pueden reconocerse y analizarse y neutralizarse los monstruos nacidos por la culpa de la razón no vigilante, dormida. Y también los que produce la razón que sueña».

Antonio Cabrera: ‘Gracias, distancia’

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA.*

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JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA. EDITORIAL LIBROS DE LA RESITENCIA, 2018

EL autor madrileño, José Luis Gómez Toré (1973) compagina de manera notable su labor creativa en el ámbito poético —entre sus obras señalamos: Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003), Un corte que no sangra (2015) o Hotel Europa (2017)— con su labor ensayística —La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002) o El roble de Goethe en Buchenwald (2015)—, en la cual abarca una amplia gama de intereses que sobrepasan con creces la tradición española («aunque mi ámbito de trabajo es deudor del contexto español, […] no he querido dejar de prestar atención al otro lado del Atlántico, a esa poesía que, a falta de otro nombre mejor, llamamos hispanoamericana», escribe nuestro autor). En ambos campos, el poético y el investigador, Gómez Toré brilla con una intensidad inusual. No hace mucho comentamos en estas mismas páginas su último libro de poemas, Hotel Europa, y hoy, hacemos otro tanto con Extramuros. Escritos sobre poesía, un libro que recoge ensayos, artículos y reseñas sobre poesía contemporánea publicados en diferentes medios a lo largo de los últimos años, eso sí, como el propio autor advierte, algunos de ellos han sido objeto de actualizaciones y de correcciones.

     Extramuros está dividido en cuatro secciones de muy diferente alcance. La primera de ellas, titulada como la totalidad del volumen, «recoge —en palabras del autor— textos que, de una manera u otra, presentan una visión más general de lo que es la escritura poética o plantean cuestiones tales como la relación entre la poesía y la filosofía o entre poesía y política». Abundando en este último extremo, Gómez Toré afirma que «El lenguaje no está al margen del poder. Tampoco el lenguaje poético, tantas veces cómplice del tirano y del príncipe, pero en él late la precaria esperanza de otro lenguaje que no se ejerza como dominio: la utopía de la palabra inerme». Dice bien nuestro autor cuando habla de utopía, porque, a tenor de la degradación paulatina y sin precedentes que esta sufriendo el lenguaje, mantener alguna esperanza de rectificación, de salvación es, hoy en día, algo más propio de desubicados o de seres de otro planeta que del ciudadano corriente. Los mensajes publicitarios (incluimos aquí, por supuesto, las soflamas políticas), la perversa comunicación que plantean las redes sociales y la falta de un diálogo equitativo entre seres que comparten inquietudes comunes está convirtiendo el lenguaje en una herramienta utilitarista y mercantilista a la cual se priva de lo trascendental, con todos los inconvenientes que esto conlleva. Enjundiosos ensayos como «Filosofía y poesía en Hölderlin» o «¿Poesía y compromiso?» nos invitan a profundizar en cuestiones sobre la cuales se viene debatiendo con posturas enfrentadas, incluso encarnizadamente contrapuestas, en ámbitos académicos y periodísticos. Hablar sobre al autonomía del arte o, por el contrario, sobre su conexión con las circunstancias históricas en las que se produce es moneda común en los debates estéticos. Gómez Toré no esconde sus argumentos: «… el momento de autonomía de la obra artística resulta imprescindible, y sin embargo, desde el carácter doble de la obra como experiencia, desde el “carácter doble de la obra de arte como algo autónomo (que en su autonomía está determinado socialmente) y algo social. (Adorno, 2004, 279)».

     La columna vertebral de «Un templo vacío», la segunda sección, es la obra de José Ángel Valente, un autor por el que Gómez Toré profesa especial veneración y de quien destaca la profunda complejidad de su obra al tiempo que pone al descubierto algunas lecturas interesadas encaminadas a desacreditar su integridad estética. «Valente —escribe— es un poeta en constante evolución, que ensaya numerosos caminos (el poema en verso convencional y el poema en prosa, el lenguaje simbólico y el coloquialismo más desnudo, formas líricas puras junto con otras formas que se contagian de lo narrativo y lo dramático)… […] Aunque no completamente falsa, resulta engañosa y profundamente desorientadora la distinción entre un primer Valente (el que recoge sus primeros libros en Punto Cero) y un segundo Valente (que cuaja en los libros recogidos con el título Material Memoria)».

     «Lecturas», la tercera sección, esta divida a su vez en dos partes. La primera está integrada por estudios en profundidad de la obra de Gamoneda, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo, de quien en 2017 editó el libro Amadis y el explorador o Ida Vitale, flamante Premio Cervantes. La segunda se ocupa de poetas más jóvenes, como Olvido García Valdés, Jordi Doce, Ana Gorría o Ada Salas.

     Por último, nos encontramos con al sección «Silva de varia lección» la cual, como su título deja traslucir, es un compendio de reseñas y comentarios de menor extensión aunque no de menor alcance, porque en toda ellas José Luis Gómez Toré despliega un conocimiento poco común del acto poético y de la variada herencia estética que precede a la escritura actual, Un libro como Extramuros seduce por las profundas y bien fundamentadas reflexiones que en él tiene cabida, pero también porque nos permite asistir a la construcción del pensamiento poético de su autor, pensamiento que se deja vislumbrar en sus poemas en la misma medida que estos estudios. Ambas lecturas son inseparables.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/03/jose-luis-gomez-tore-extramuros/

RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE*

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RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE. EDITORIAL: EDICIONES LILIPUTIENSES. 2018

La labor editorial que viene desarrollando el poeta José María Cumbreño en pro de la poesía del otro lado del Atlántico —sin desdeñar el interés por jóvenes autores españoles— resulta impagable y más propia de un espíritu quijotesco, que de un avezado emprendedor, tal y como entendemos hoy dicho término. Fue en el año 2011 cuando empezó a fraguarse un catálogo que cuenta ya con muchos de los autores que despuntan por derecho propio en el panorama de la poesía iberoamericana (la nómina es tan extensa que resulta contraproducente mencionar algunos de esos nombres). A lo largo de los años, la expectativas de la modesta editorial y de su alma mater, además de consolidares, se han ampliado. Cumbreño organiza también un Encuentro de Literatura Periférica bajo el epígrafe de Centrifugados, una reunión de escritores y músicos de ambas orillas del océano. Gestionar algo así requiere de un tesón y de una fuerza de voluntad hercúleos, no solo por la magros recursos económicos de que dispone, sino por el esfuerzo que supone coordinar a decenas de personas y los actos respectivos en los que participan en un periodo tan escaso de tiempo (el encuentro dura poco más de dos días).

     Encuadrado en esa labor de difusión de la poesía iberoamericana está el libro Cartas a H. El aprendizaje, de la poeta argentina Raquel Cané (Santa Fe, 1974), de la que conocemos escasos datos. Sabemos que compagina su labor como diseñadora con la escritura. Ha publicado libros de relatos como Soy, El libro del miedo o ¿Cómo nacieron las estrellas?, una recopilación de leyendas brasileñas. En colaboración con Carolina Esses ha publicado Ana y la gaviota. Hasta donde alcanzamos, el libro editado por Ediciones Liliputienses es su primera entrega poética.

     En realidad Cartas a H. El aprendizaje son dos libros reunidos en un único volumen, porque poseen características que los hacen muy diferentes. Y no estoy hablando solo del aspecto formal (el primero, escrito en prosa y el segundo en verso), sino de perspectiva y contenido. Cartas a H recoge 22 cartas que van dando cuenta del proceso de alejamiento emocional que lleva consigo el distanciamiento físico. Pero no son cartas al uso en las que se resumen los acontecimientos significativos de una vida para compartirlos con el ausente, con el otro. El otro es aquí un personaje más que carnal, evanescente, producto casi de la imaginación de quien redacta las misivas, sobre todo porque ignoramos el contenido de las cartas del receptor, al parecer, menos frecuentes que las de L, la emisora. Lo desconocido inquieta, perturba, genera multitud de preguntas, unas explicitadas en el texto y otras solo sugeridas. «¿La pertenencia te construye? Pienso en el lenguaje. ¿Cuánto se vacía para ser ocupados por las palabras del otro?». A medida que avanzamos en la lectura comprendemos el valor que confiere a la palabra, pero hay otro elemento que posee acaso un peso simbólico mayor, la ejecución de un lienzo que, al contrario que en el Retrato de Dorian Grey, parte de una mancha («el lienzo es una mancha aún») que va tomando forma a medida que pasa el tiempo y la relación comienza a diluirse: «Comencé a trazar las líneas del retrato, no quise mirar el rostro, empecé por las manos», escribe. El proceso de artístico corre paralelo, aunque en sentido inverso, al de la pasión. Comienza a surgir las dudas. Lo reproches hacen acto de presencia: «Hace días que no recibo noticas tuyas», «Empiezo a extrañar tus cartas», «Espero tus noticas», hasta el punto de que, cuando termina el retrato («H, el retrato está acabado») se pregunta «¿Seguís ahí?». Así acaba el libro, con una sensación agridulce. La escritura de Raquel Cané es descriptiva, pero la narración no es esencialmente lineal, hay disfunciones temporales que contribuyen a crear zonas vacías, elipsis que aureolan la cotidianidad con una gran dosis de misterio. Lo no verbalizado compite en relevancia con la descripción de algunos hechos que parecen apartarse del motivo central, pero que refuerzan la incomunicación, la soledad de L., como la anécdota del perro del vecino. Resulta llamativa, sin embargo, esa mezcla de contención expresiva y la necesidad de memorizar la experiencia a través del lenguaje.

     Un lenguaje muy presente en El aprendizaje, no en vano es «El Libro» el eje que vertebra los poemas, en verso y generalmente breves en este caso. Pero ¿de qué clase de libro estamos hablando? No hace falta mucha imaginación para suponer que se refiere a un libro sagrado, un libro que ilumina la existencia, que guarda en sus páginas todo lo necesario para iniciar el camino del conocimiento personal: «Las páginas traslucidas / superponen un cuerpo / de texto, es demasiado, pienso. / Ella no me ve cerrarlo, suspira y dice / tiene un principio / que no te asuste encontrar el tuyo». Podemos calificar esta poesía de mística porque plantea cuestiones de orden espiritual en los que la fe prevalece sobre la razón porque «La fe es la fuerza que da el sentido». Ambos libros son un buen ejemplo de tensión poética, de conciencia del lenguaje.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 30 de noviembre de 2018

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA*

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ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA.

Un titulo como este, Biología, Historia, con dos palabra separadas por una coma que inducen a pensar en una identificación entre ambos términos, más que a una oposición, como ocurre cuando utilizamos la conjunción «o» en su valor disyuntivo, puede resultar engañoso, a tenor de lo que leemos en los versos finales del libro: «Tú nos dijiste que la decadencia, / el desgaste, la muerte, / eran cuestión de pura biología. / Importaba la historia, sobre todo». El poema, de igual título que el libro, está dedicado a la figura del catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez, maestro de poetas y de profesores (de hecho, fue el director de su tesis: Teoría y práctica del compromiso en la poesía española (1927-1939), centrada en Alberti) del durante varias generaciones, fallecido hace ahora poco más de dos años. De una manera no siempre explícita, dicho fallecimiento —no en exclusiva, claro; hay suficientes indicios en los poemas para pensar que la propia enfermedad intensifica una reflexión que conduce desde la anécdota a lo trascendente— sirve a Antonio Jiménez Millán (1954) para realizar un recuento de su propia experiencia vital. Este recuento tiene varias fases y diferentes maneras de abordarlo que van desde la rememoración de hechos que podríamos considerar remotos en su transcurso existencial, los que se remontan a la infancia, como: «Estoy mirando una fotografía / del mes de agosto del cincuenta y siete…» y la adolescencia, en la que la nostalgia interviene de forma decisiva, sobre todo en las primeras secciones del libro, «Partituras» y «La memoria y los días». El adolescente que va descubriendo calles y lugares de su ciudad natal, el adolescente que la recorre con la secreta ambición de «ponerle nombre a la aventura, / grabarla en la memoria / igual que se recuerda una canción»., el adolescente que ve muy lejana la enfermedad y piensa que «la muerte es siempre cosa de los otros», el adolescente, en fin, «que empieza a no creer / en verdades impuestas» es visto desde la más extrema madurez, esa que te enseña que «Los años sólo aportan /sentimientos de pérdida, / falsa severidad, calma aparente». Esa calma aparente es precisa para no dejarse llevar por la indignación, por la frustración que provocan las tragedias cotidianas. Para seguir viviendo es necesario cierto distanciamiento porque, como se sabe, el exceso de realidad puede matarnos: «La misma voz de siempre me susurra al oído:/ lo que acabas de ver está muy lejos, / no te roza la piel ni se instala en tu cuarto».

     Otra secuencia narrativa está sustentada en hechos más recientes como los poetizados en «Hard Rock Café (NYC)» o «Instrucciones para un victimario (Recordando a Ángel González)», este último poema integrado en «Disolución», la tercera parte del volumen. Unos versos del poema «Banderas» son lo suficientemente explícitos para confirmar el temor que embarga al poeta de que la historia, la triste historia de España, vuelva a repetirse: «Crecí sobre el recuerdo de una guerra: hoy he de confesar que tengo miedo».

     El fugit irreparabile tempus virgiliano está muy presente en este libro, me atrevo a decir que es la columna vertebral de la que parten las diferentes vértebras o ramificaciones argumentales, algunas de las cuales dejan un regusto amargo, como si cupiera en la mente del poeta una especie de sublevación contra la fuerza de los acontecimientos, contra los estragos del tiempo y se creyera capaz de «encontrar la fuerza y el deseo / de aquel verano de mi juventud». La sección cuarta, «Homenajes», no es sino una manera indirecta de revelarse contra el olvido y de saldar cuentas con el pasado, un pasado en el que acaso la función salvífica de la poesía y del arte se mitificó en exceso. Las servidumbres que exige tal sacerdocio se ven ahora fuera de lugar, hasta el punto de que el poeta se pregunta : «para qué la poesía, la erudición, los libros, / si tus hijos te odian». Sin embargo, vida y poesía son, en su caso, indisolubles, de ahí que se rindan homenajes a poetas como Gil de Biedma, Machado , Miguel Hernández o, de forma solapada, a otros como Neruda.

     El libro va avanzando sin otra dificultad que la que suscitan las reflexiones existenciales, cargadas de una melancolía agridulce, porque el verso de Antonio Jiménez Millán —autor de una obra extensa y rigurosa que uno ha seguido desde sus inicios, integrada por libros capitales como Ventanas sobre el bosque (1987), la antología La mirada infiel (1975-1998), con un excelente prólogo de Francisco Díaz de Castro, Inventario del desorden (2003) o Clandestinidad (2011)— es flexible y dúctil, discursivo y lleno de guiños cómplices hacia el lector. La cuarta sección, «Carnets», acentúa estas características, a pesar de que los poemas están escritos en prosa, los que los vincula directamente con el apunte diarístico. Lo anecdótico adquiere, si cabe, más preeminencia, aunque los poemas estén coronados por reflexiones metafísicas de similar calado a las que culmina los poemas escritos en verso. Sin embargo, el foco temático centrado en la identidad, así como el carácter más discursivo asociado a la prosa los convierte en distintos. El poema «Sobre el resentimiento», por ejemplo, finaliza con estos versos tan elocuentes: «Es el reverso de la culpa, pero igual de estéril», un duro autoanálisis que supone casi una claudicación, una renuncia al poder sanador del desagravio. Los carnets vienen a ser, en todo caso, los diferentes yoes que se van sucediendo a lo largo de la vida, porque «La identidad es un perfil borroso, es una construcción lenta y cambiante que fija la mirada de los otros. La única certeza es lo inestable: el simulacro de la libertad que el poder nos concede, aquel carnet que ya no tiene fecha».

     La sexta sección, «Pantallas», nos remite, en principio, al poder evocativo del cine, y así es, porque se mencionan películas como La casa de las palomas o Sin novedad en el frente, pero también nos encontramos recuerdos hilvanados alrededor de los viajes: París, Aix-En- Provence o Venecia, ciudad amada por el poeta Antonio Parra, a quien va dedicado el poema, una ciudad en la que lo bello y lo terrible, la vida y la muerte conviven como acaso en ningún otro lugar. El libro finaliza con dos secciones que, a la postre, como señalábamos más arriba, privatizan el sentido del título. Por una parte está la enfermedad, que señorea la sección titulada «Rehabilitación»: «Por un instante soy el inquilino, / provisional y torpe, / de un cuadro de Picabia». Este forzoso inquilinato provoca hondas reflexiones sobre el tipo de vida que se ha vivido, sobre hábitos y disfunciones. Algunos vicios como el tabaco y alcohol son, en los últimos años, erradicados y el síndrome de abstinencia se convierte en un enemigo invencible que trata de salvar del desastre, a pesar, tal vez, de si mismo, «un cuerpo destruido lentamente». La enfermedad, el deterioro y las limitaciones que origina obligan a ver las cosas desde otro punto de vista («Y todos, al final, / hemos pagado caro los excesos», escribe en la última sección del libro, «Biología, historia»). Acciones que antes se ejecutaban de forma mecánica, ahora precisan de un esfuerzo añadido que no siempre se está en condiciones de realizar. Es entonces cuando se percibe con toda su crudeza la fragilidad del ser humano, desvalido y a merced de la misericordia ajena. Quizá por esa razón. Antonio Jiménez Millán ha encontrado en el acto de escribir, en la escritura, una compensación, una reivindicación de su afán de permanencia. La escritura le ayuda a olvidar «los achaques de la edad» y a celebrar un breve instante de dicha como el que se regala «un sol de primavera en pleno invierno»: «hoy solo quiero celebrar la vida», escribe.

     De la octava sección, la dedicada a la memoria de Juan Carlos Rodríguez, ya hablamos al principio. Una emocionada sucesión de recuerdos que se enlazan con la precaria situación que atraviesa el poeta, internado en ese momento en la habitación de un hospital. Prevalece, sin embargo, no el lamento elegiaco, sino al ternura, contenida y hasta condescendiente con el pasado y consigo mismo:, como delatan los últimos versos del libro: «Es tu herencia / y no renuncio a esa lucidez, / aunque tú ya no estés entre nosotros / y a mí me cueste tanto hablar de ti en pasado». En Biología, historia la mirada infiel se desnuda y muestra las cicatrices del pasado, pero no para suscitar lástima, sino para dar cuenta de que el poeta ha ejercido la libertad de elegir su destino hasta las últimas consecuencias. Pocos pueden afirma lo mismo.

Antonio Jiménez Millán: Biología, Historia

MENNO WIGMAN. DESCUIDADO CON LA FORTUNA. *

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MENNO WIGMAN. DESCUIDADO CON LA FORTUNA. EDICIÓN DE ANTONIO CRUZ ROMERO. EDITORIAL RAVNESWOOD BOOKS EDITORIAL

Ha sido una grata sorpresa descubrir la poesía del poeta holandés Menno Wigman (1966-2018) fallecido en febrero de este mismo año a una edad improcedente (si es que alguna edad es oportuna para morir), sin cumplir los 52 años. Conocemos muy superficialmente la poesía de los Países Bajos, el nombre de Cees Nooteboom, profusamente traducido a nuestra lengua, parece abarcarlo todo. Sin embargo, hay otras voces notables que merece la pena conocer, compiladas en antologías como Once poetas holandeses, que recoge la obra de poetas en activo como Anne Vegter, K. Michel, Arjen Duinker, Haagar Peeters, Sasja Jansen, Tsead Bruinja y Menno Wigman o El poeta es una vaca. 21 poetas neerlandeses, de ámbito temporal más amplio. Ambas muestran dan cuenta de la variedad y la riqueza de la poesía holandesa tanto actual como contemporánea. Menno Wigman comenzó publicando Dos poemas en 1985, libro auspiciado por su profesor Willem Kramer, pero su primer libro como tal data de 1997, En el verano todas las ciudades apestan. Cinco años después publicó Black por el cual recibió el premio Jan Campert. Este es mi día se publicó en 2004. En 2005 Wigman pasó tres meses como poeta residente en la institución psiquiátrica Willem Arntsz Hoeve en Den Dolder , lugar donde escribió un diario que se publicó en 2006. En marzo de 2009 apareció La tristeza de los copyrettes. Elección de trabajo propioEn enero de 2012, Mi nombre era Legion. Barro duro es de 2014 y Sloopy con felicidad fue publicada en 2016. Wigman fue además editor de la revista literaria Zoetermeer  y también tradujo poemas de Baudelaire, Thomas Bernhard, Else Laker-Schüler y Rilke. En 2014 se enfrentó a graves problemas de salud. Su corazón enfermó, probablemente debido a una reacción a una alergia sufrida en su juventud.  No son imprescindibles, pero estos datos nos acercan más a al autor, un poeta de tintes clásicos, al decir del poeta y especialista en la poesía de su país Thomas Mölhmann, «con un estilo influenciado por las tradiciones europeas anteriores (piénsese en Baudelaire, Rilke, Yeats) crea imágenes contemporáneas de la vida actual en la gran ciudad». En el poema «Rien ne va plus» del libro que comentamos, Descuidado con la fortuna, da cuenta de su primer contacto con la poesía y cómo esta cambió su vida: «Tendrás dieciséis años y serás feo. Como lo eras ahora. / Pero deseas hacerte poeta, ordeñar las palabras / de Rimbaud y Baudelaire y bajo luz hostil sorber / ruidosamente la sopa de tu madre. Y por la noche en tu cuarto / le escribes a tus padres obstinadamente, / escribes poesía y gobiernas con disimulo la vida […] Y ahora, casi treinta y seis años, enfermo y huraño, / alejado por la poesía de cuanto te rodea, / ahora te miras la mano y escupes en tu pluma. […] Nunca tendrías que haber visto un poema». El inicio de la vocación poética y la construcción del poema son asuntos recurrentes analizados desde diferentes momentos de su trayectoria vital aunque hay pocas variaciones en el fondo argumental, alimentado este por una especie de resentimiento hacia la escritura, hacia los libros: «Sé inteligente y no termines de leer ningún libro», acaso porque de nada sirve cuando la enfermedad se instala en el cuerpo y el sabor metálico de la muerte acera la boca: «¿Por qué, cuerpo mío, fuiste tan poco valioso para mí? / ¿Por qué permanecí tan terco, entronizado en mi cabeza / y viví fuera de mí con tanta violencia […] Ahora estoy en una habitación, mi corazón, un músculo torpe, / me abandona, cobarde como un poema me deja estar / y antes del final de esta noche la muerte se derrumba en mis pulmones», escribe en el poema «Adiós a mi cuerpo».

     Menno Wigman es un poeta urbano La naturaleza no parece interesarle ni como escenario accidental: «Para mí la naturaleza —escribe— es un televisor roto». Sin embargo, en la ciudad encuentra el refugio para mitigar sus desolación. Bares, tabernas, drogas, sexo conforman su registro existencial, aunque esto no signifique que el autor emprenda un descenso ininterrumpido a los infiernos. La ciudad forma parte de su ser: «La ciudad / donde he diseccionado el amor y siempre / escribí poemas: esa ciudad se llama Ámsterdam». Como digo, no todo es desolación. Hay en este libro algunos momentos felices, aunque sospechamos que la mayoría de ellos no han encontrado acomodo en los versos. El poema «La felicidad tiene una dirección» finaliza así: «Hermoso sin embargo / que este poema no sea necesario» y es que la felicidad, un estado en exceso transitorio, ha de vivirse no escribirse. El amor, mejor sería decir el desamor, «El amor se hizo añicos frente a nuestros ojos / y lo llaman muerte en la cama y se ha terminado. / ¿Por qué nos amamos cada vez menos?», o la muerte, sobre todo la muerte, son presencias constantes en estos poemas traducidos con fluidez por Antonio Cruz Romero, a quien debemos agradecer el descubrimiento de este gran poeta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 23/11/2018

JOSÉ GUTIÉRREZ ROMÁN. TODO UN TEMBLOR*

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JOSÉ GUTIÉRREZ ROMÁN. TODO UN TEMBLOR. SILTOLÁ POESÍA, 2018

A tenor de la información que nos facilita la solapa del libro, José Gutiérrez Román (Burgos, 1977) ha publicado hasta ahora solo un libro de poemas, Los pies del horizonte, que fue galardonado con el Premio Adonáis de 2010 y una plaquette de cuentos, La vida en inglés. Ha escrito además otro libro de poemas que permanece inédito. Todo un temblor es, por tanto, su tercer libro de poemas y ha visto la luz siete años después del primero. Contrastamos, sin embargo, la información precedente y comprobamos que, sin ser falsa, es claramente exigua. Dos libros de poemas preceden al premiado con el premio Adonáis, Horarios de ausencia (2001) y Alguien dijo tu nombre (2005). Ha escrito también otro libro de cuentos, El equilibrio de los flamencos (2006). José Gutiérrez Román ha sido incluido además en varias antologías poéticas y ha recibido el Premio Letras Jóvenes de Castilla y León en varias ocasiones. Creo que son datos que merece la peña señalar para proporcionar al lector una información no sesgada.

   ¿Cuál ha sido el motivo para que después de ganar el Premio Adonáis, un premio de relieve que suele ser un gran espaldarazo para quien lo obtiene, un espaldarazo que se traduce, generalmente, en cierta predisposición editorial para publicar el siguiente libro, José Gutiérrez Román haya demorado tanto su nueva entrega? No conocemos su caso en concreto, pero existe la posibilidad de que se deba a un alto nivel de exigencia estética o puede que la propia escritura se haya mostrado esquiva con el autor. En cualquier caso, no resulta extraño que dicho periodo de silencio sea el tema del primer poema del libro, «Me preguntan si sigo escribiendo», a lo que el autor, después de dar larga, opta por decir la verdad: «Entonces me sincero, / les digo que no, que no escribo nada / desde hace ni se sabe, / son racha, bueno, surge cuando surge, / y así mil frases hechas / que acaban sepultando el asunto»». Cuánto hay de falsa modestia en estos versos resulta muy difícil discernirlo. A medio camino entre la meditación y la ironía, la poesía de Gutiérrez Román, como la de sus maestros más o menos implícitos —Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago, Jon Juaristi o Ramón Irigoyen, por ejemplo— combina con soltura ambos aspectos y con ellos logra desmitificar asuntos que en otra voz adquieren categoría de inefables, como el del “oficio” de poeta (el poema «Realismo Limpio» es uno de los más lúcidos en este sentido: «No me hables de realismo sucio, / de la literatura cruda y dura de no sé quién / y de la sordidez de no sé cuál. // Me dedico a limpiar culos de gente adulta / que no es capaz de hacerlo por sí misma»), el llamado “problema” de España («El problema de España / quizá sea un trastorno del lenguaje. // A este país le hace falta un logopeda») o el alto destino vital que algunos persiguen sin descanso («Desperdicia tu vida, / haz todo lo que esté en tu mano / para echarte a perder»).

     El tono trivial y jocoso que percibimos en estos versos no oculta, sin embargo, el desencanto fraguado en el conocimiento de las prosaicas ambiciones que gobiernan la conducta del ser humano, conducta a la que el poeta tampoco puede ser ajeno, aunque gracias a las enseñanzas que propicia la experiencia personal relativice los éxitos y los fracasos, estos últimos tan demonizados en la actualidad: «Me comprometo a no mezclar deshechos: / en este cubo dejaré mis cuitas, / este otro será para las metáforas, / y aquí, en este rincón, la materia vanidosa / —altamente contaminante—».

     Todo un temblor es un vademécum de poesía sustentada en lo anecdótico. Aquí tienen cabida las circunstancias laborales, las relaciones personales, el fracaso amoroso, el erotismo (la asociación simbólica que subyace en el poema titulado «Eros» me recuerda a algunos poemas de Antonio Praena o de Juan Antonio González Iglesias), la critica social y, por supuesto, la poesía y la condición de poeta, a quien se baja de ese inestable pedestal en el que le colocan críticos y antólogos. Un lenguaje claro, al servicio de la anécdota, de estructura narrativa y carácter descriptivo no debe privarnos de leer entre líneas para descubrir que más allá de lo subsidiario se encuentra lo esencial, esto es, la visión de un poeta que, desde la superficie de las palabras, hurga en las zonas profundas de su conciencia para reconocerse en sus contradicciones. El último poema del libro, «Anotaciones», resume perfectamente esta hipótesis: «Justo en ese momento / en el que la poesía / te comience a cansar y descreas de ella, / abre tu vida / por una página cualquiera del pasado / y lee las anotaciones / que hiciste al margen. / Tendrás ante tus ojos / algo más relevante que cualquier poema. / Podrás decir entonces / que tienes argumentos». Lo más evidente encierra también grandes misterios.

José Gutiérrez Román: Todo un temblor