REVISTERO. 21veintiúnversos. Turia. La Galla Ciencia. Versants

REVISTERO

REVISTERO 1/2018

La revista 21veintiúnversos. Revista de poesía contemporánea que edita Banda Legendaria continua su andadura con paso firme bajo la dirección de Juan Pablo Zapater y la coordinación de Víctor Segrelles. Este número cinco cuenta, como es habitual, con un variado plantel de poetas de diferentes generaciones y estéticas distintas entre los que mencionaremos a Antonio Gamoneda, José María Álvarez, Javier Lostalé, Ángeles Mora, Antonio Jiménez Millán, Arturo Tendero, Ana Merino, Jordi Doce o Joaquín Juan Penalva. El volumen se abre con un poema inédito del poeta José Albi al que anteceden unas emotivas palabras de su hijo Fernando Albi («Vivía por y para su familia, para sus amigos y, sobre todo, para la poesía»). En número cuenta además con poemas en catalán, valenciano, italiano y gallego) y se completa con unas breves bibliografías de todos los colaboradores. La magnífica cubierta está a cargo del pintor valenciano Guillermo Peyró Roggen. La revista cuenta con un diseño sobrio en el que destaca la primacía del texto que respira a pleno pulmón en el blanco de la página.

   La sobradamente centenaria revista Turia dedica su número 124 a la figura y la obra de la Noble polaca Wisława Szymborska. Un extenso cartapacio de cien páginas con colaboraciones de la talla de Abel Murcia y Gerardo Beltrán, dos de sus más reconocidos traductores, de Adam Zagajewski, el poeta polaco más aclamado en la actualidad y premio Princesa de Asturias en 2017 de quien entresacamos estas palabras: «Lo que, sin duda, tenían en común su obra y su vida era un pertinaz y obstinado apego a la independencia, a la defensa de la propia otredad, pero una defensa discreta, exenta de cualquier agresividad, o de cualquier elemento doctrinal». Se completa el dossier con textos de Xavier Farré, otro excelente traductor y experto en la poesía polaca, de Martín López-Vega, director de Cultura del Instituto Cervantes («La poesía de Szymborska ve lo que nadie ve, vuelve el mundo transparente»), de Michael Rusink, presidente de la Fundación W. Symborska, del poeta y crítico Álvaro Valverde y de la escritora y experta en literatura extranjera Mercedes Monmany, entre otros nombres. La revista cuenta además con las secciones habituales dedicadas a la poesía, al relato y las reseñas críticas, además de los apartados dedicados a Aragón, a Teruel, las conversaciones (con sendas entrevistas al filósofo José Luis Pardo y al compositor Javier Navarrete), además de la imprescindible isla, en la que habitan los fragmentos diarísticos del director de la revista, Raúl Carlos Maícas. Un número, como es habitual, cargado de joyas que no conviene perderse.

   Coordinada por Joaquín Baños, Noelia Illán, Daniel J. Rodríguez y Samuel Jara, La Gaya Ciencia es una revista diferente, no solo por su esmerado diseño que juega con la composición, con las ilustraciones (en este número a cargo de Martín Vicente Ríos) y la tipografía de forma atrevida y sugerente sino por su contenido, que busca siempre un hilo conductor con el que relacionar las distintas colaboraciones. En el caso de este número 8, dedicado a la memoria de Rafael de Cózar, al que han titulado «El octavo pasajero», este hilo es la película Alien de Ridley Scott. Para ello han realizado una «Antología de poetas marcianos» que pretende «traer […] a nuestro solitario planeta a los poetas que viven fuera de la reserva galáctica, una lírica incómoda y malentendida», aunque, como escribe Vicente Luis Mora en el prólogo, «En poesía, los alienígenas son aquellos que son los otros para ciertos recuentos oficiales, para ciertas antologías programáticas, para algunos premios institucionales». Hay que hacer notar, sin embargo, que algunos de los colaboradores, como Juan Carlos Mestre o Chantal Mallard han sido distinguidos con sendos premios nacionales y algunos otros gozan de un enorme reconocimiento en el panorama poético de nuestro país, como es el caso de —por citar solo algunos nombres— Luz Pichel, de Ana Gorría, María Negroni, Francisco Ferrer Lerín, Ángel Cerviño, Menchu Gutiérrez, Julia Castillo, Pilar Adón, Pilar Fraile Amador o Benito del Pliego. No podemos dejar de mencionar las colaboraciones de poeta ya desaparecidos como Xul Solar, Eduardo Chicharro, Pedro Casariego Córdoba y Carlos Edmundo de Ory. Por otra parte, nos ha llamado la atención los poemas de algunos autores más jóvenes como Alejandra Domínguez, David Yeste o Riot Über Alles. En el volumen hay muchos más autores interesantes, pero como no deseamos hacer una especie de listín telefónico, recomendamos encarecidamente al lector que se adentre en las páginas de la revista y confeccione su propia lista.

   Versants es una revista que publica la Universidad de Berna con el auspicio del Collegium Romanicum (Asociación de los Romanistas Suizos) y el apoyo de la Academia Suiza de Ciencias Humanas y Sociales. El número que nos ocupa, dedicado a la poesía española en los albores del siglo XXI ha sido coordinado por Itzíar López Guil y Juan Carlos Abril y cuenta con un plantel de investigadores y especialistas en dicha cuestión realmente notable (evidentemente, echamos en falta algún nombre imprescindible, pero toda selección posees sus propios criterios). No hay artículo que podamos tachar de prescindible. Todos ellos, desde diferentes perspectivas, aportan sus conocimientos personales que, vistos en conjunto, son esenciales para verificar los caminos que están marcando los poetas españoles de la última hornada. Hay artículos de carácter más generalista, como los de José Andújar Almansa, José Luis Gómez Toré, Ana Rodríguez Calleja y Alberto Santamaría y otros más específicos, que se ocupan de un tema concreto (los de Laura Escarno y Remedios Sánchez García, por ejemplo) o sobre un poeta determinado (son diseccionadas las obras de Francisco Onieva, Javier Fernández, Josep M. Rodríguez, Luis Bagué Quíleze Itziar López Guil). El número se completa con una breve antología de poemas y cinco interesantísimas entrevistas a otros tantos editores de poesía que ofrecen una visión desde el otro lado de la barrera y amplían nuestro conocimiento del panorama poético patrio. Quizá para que completar dicho panorama hubiera sido conveniente conocer también la opinión de libreros y distribuidores, pero es muy posible que el objetivo de estos últimos disintiera de los criterios meramente estéticos a los que obedece el presente volumen.

 

 

 

 

 

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ROBERT HASS. UNA HISTORIA DEL CUERPO. ANTOLOGÍA POÉTICA BILINGÜE. *

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SELECCIÓN Y TRADUCCIÓN DE ANDRÉS CATALÁN. EDITORIAL: KRILLER 71 EDICIONES

Entré en contacto con la poesía de Robert Hass (San Francisco, 1941) gracias al libro “Tiempo y materiales” publicado por Bartebly Ediciones en traducción de Jaime Priede en 2008 solo un año después de haber obtenido el Premio Pulitzer de Poesía y el National Book Award, algo poco corriente en nuestros lares y, desde entonces, no he desaprovechado la oportunidad de frecuentar sus versos en cuanto la ocasión lo ha propiciado. No mucho después llegó a mis manos “Alabanza. Deseos humanos”, reunidos ambos libros en un solo volumen de la UNAM en 1995, cuya traducción estaba a cargo de Pura López Colomé. Posteriormente, la editorial asturiana Trea editó “El sol tras el bosque” (2014), traducido, como la antología que ahora nos ocupa, “Una historia del cuerpo” por Andrés Catalán, que cuenta con un prólogo de Silvina López Medin. Disponemos por tanto de casi toda la obra de Robert Hass, una obra tan rigurosa como escasa, puesto que solo la integran, en el ámbito poético, cinco libros más una antología, “El manzano de Olema”. De todos ellos nos entrega una cumplida muestra “Una historia del cuerpo”, que aporta, además, un exquisito regalo, dos poemas inéditos, entre ellos el impresionante «Una imaginaria discusión sobre poesía en Squaw Valey tras una caminata nocturna a los pies de la montaña», poema en el que, a través de la figura de su amigo Czeslaw Milosz y con la excusa de hablar sobre arte y poesía, bucea en la sinrazón de la conducta humana y en las situaciones surrealistas que dicho sinsentido provocó durante la ocupación Alemana de Varsovia. Hass parece decir —las tesis de Adorno no parecen estar muy alejadas de este propósito— que es innecesaria la insurrección creativa cuando, por culpa del miedo y el terror, la realidad sobrepasa con creces a la imaginación: «Después de eso no quiere leer sobre poetas franceses / que pasean langostas en una correa y no quiere dar la impresión / de que celebra el hecho de que el mundo carezca de sentido».

   La poesía de Hass está basada en lo anecdótico pero a través de una anécdota aparentemente banal y de un lenguaje que huye de la abstracción para centrarse en lo tangible y recrear el detalle de forma minuciosa, es capaz de indagar en la esencia de ser humano. Lo inmediato es fuente de inspiración, pero eso no impide que el pasado salga a la superficie como contrapunto a esa observación contigua porque nada surge de manera espontánea. Todo remite a una paisaje previo, incluyendo también el paisaje del alma; así ocurre en poemas como «Contra Boticelli», «No iré a Nueva York: una carta» o «Leve música», que comienza así: «Quizá necesitas escribir un poema acerca de la gracia» y finaliza con estos versos que manifiestan el convencimiento de que la poesía puede poseer aún un carácter salvífico: «Se me ocurrió que el mundo está tan lleno de dolor / que algunas veces debe realizar de alguna manera un canto».

   No obvia Hass la práctica de la poesía como compromiso social y como denuncia. No es solo que en muchos de sus poemas —sobre todo en la segunda parte de su producción, la que comienza con “El sol tras el bosque”— los versos sean especialmente explícitos en este sentido sino que realiza una cáustica autocrítica. Así comienza la quinta sección del poema «Inglés: una oda»: «Están aquellos que piensan que sencillamente es de mal gusto / mencionar con frecuencia los problemas sociales y políticos / en los poemas. A esa gente les parece una forma de melodrama o de autobombo, lo que sin duda es, en parte. / Y no hay tampoco duda alguna en que esa misma gente también tiene/ a pensar que a una perfecta buena fiesta arruina / el hecho de estar constantemente aludiendo a los pobres y oprimidos / y a sus desgracias en poemas que, / después de todo, no mueven un solo dedo para ayudarlos». Puede parecer que el poeta se contradice con respecto a ese poder salvífico de la palabra que antes mencionaba, pero ¿y qué si lo hace? Lo que nos seduce es precisamente eso, la duda permanente, la falta de testimonios que nos convenzan del todo, el proceso de ordenamiento interno que el poeta lleva a cabo a través de la escritura y esa condición inherente al ser humano de la inestabilidad de los principios, por mucho que estos se crean inmutables. La poesía de Robert Hass nos resulta cercana porque indaga sobre las relaciones humanas desde una perspectiva a la vez inmediata e histórica. El arte, la naturaleza o el progreso coadyuvan a crear un universo propio lleno de asombro y vida porque «Obtenemos nuestra primera idea del moral sobre el mundo —sobre la justicia y el poder, / el género y el orden de las cosas— de algún sitio».

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 12/01/2018

VIJAY SESHADRI. ILUMINACIÓN

 

VIJAY SESHADRI

ILUMINACIÓN

«Está todo vacío, vacío»,

se dijo a sí mismo.

«El sexo y las drogas. La violencia, especialmente».

Así que descendió al mundo para ejercitar su virtud,

 

pensando quizá que eso ayudaría.

Enseñó a un niño pequeño a construir una cometa.

Encontró un remedio,

y luego encontró un remedio

 

para el remedio.

Dio a una mujer a merced del mal tiempo

su paraguas, aunque

caía una lluvia glacial y tenía neumonía.

Organizó una revolución en España.

 

Nada funcionó.

El mundo pasa, el mundo cambia,

el mundo está escrito aquí,

en la siguiente línea,

es solo su propia membrana—

 

 y, oh sí, su naturaleza compasiva,

su compasión por nuestra clase.

 

UT POESIS-UT PUCTURA. POEMAS ALREDEDOR DE JUAN VIDA. MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANA. SI MAL NO RECUERDO

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UT POESIS-UT PUCTURA. POEMAS ALREDEDOR DE JUAN VIDA.

MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANA . JUANCABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO, 2017

Todo en esta nueva colección de poesía es exquisito, desde el diseño de los logotipos o el cuidado de la edición hasta las ilustraciones y la calidad de las cubiertas, y no podía ser de otra forma estando en manos del granadino Juan Vida, un artista que ha vinculado siempre su arte a la poesía, haciendo buena aquella frase de Picasso, en la que afirmaba que «La pintura es poesía; siempre se escribe en verso con rimas plásticas». De hecho, el primer libro de esta meritorio proyecto se titula Ut poesis-Ut pictura. Poemas alrededor de Juan Vida y está integrado por más de treinta poemas de autores como el recientemente fallecido Juan de Loxa, como Luis García Montero, el siempre añorado Javier Egea, Antonio Jiménez Millán, Felipe Benítez Reyes o Pere Rovira, por citar solo a algunos, inspirados en la figura o en la obra del granadino. El volumen cuenta además con varios dibujos de muy distinta factura que complementan los textos, lo que no hace más que confirmar la maestría y la versatilidad técnica de Vida, un pintor que, como afirma Luis de la Higuera en el prólogo, sufrió una transformación que le condujo del inicial realismo al expresionismo abstracto, aunque, por fortuna «descubrió que después de borrar la pizarra tras su paso por la abstracción, sobre ese fondo empezaban a tomar cuerpo las figuraciones que alimentaban su mano y su memoria». La figuración ha pasado a conformar su estilo y acaso esas líneas definitorias ha contribuido a que se despliegue una singular sintonía estética y emocional entre su obra y algunos poetas vinculados, en su gran mayoría, a lo que se ha llamado poesía de la experiencia o de línea clara. Así, Felipe Benítez Reyes dice en el poema titulado «Chinoiserie» que «Juan Vida juega a ser volátil / entre los pájaros que saben rimar / una égloga en el aire frondoso» y Miguel Ángel Barrera Maturana, autor del segundo número de la colección, escribe que «El pintor dibuja una mancha con vocación de ausencia».

   Si mal no recuerdo, de Miguel Ángel Barrera Maturana (Granada, 1962) es, como hemos dicho, el segundo título de la colección (anuncia que otros dos títulos están en prensa), un autor, Barrera, excesivamente contenido ya que, desde que publicó su primer libro, De imposturas, allá por el año 1996, solo ha publicado otro libro, Las horas muertas, en 1998, es decir, que han tenido que pasar casi veinte años para ver en las prensas nuevos poemas. No conocemos las circunstancias que han motivado ese silencio editorial, pero, a tenor de los poemas que hemos tenido la oportunidad de leer gracias a la publicación de Si mal no recuerdo, nos atrevemos a decir que la escritura ha sido una constante en su devenir existencial, quizá de forma agazapada, pero siempre, de una forma u otra, visible en las profundidades de la conciencia.

   Tres son las secciones que integran este libro que cuenta, además, como un poema que hace las funciones de prólogo (aunque el prólogo, en sentido estricto, esté escrito por Ramón Repiso Ruiz) y un poema de cierre, un epílogo. Tres secciones que podemos clasificar de forma cronológica, por más que la tercera, la titulada «Tierra adentro» no cumpla con exactitud ese requisito. «El hombre que vive entre dos fechas» no puede evitar salirse de sí mismo y ponerse en la piel de los más débiles, de quienes sufren el desprecio y la violencia, de los vagabundos y los sin nombre. La crítica a la sociedad de la opulencia, a la falta de solidaridad, a la insensibilidad de quienes se sienten más afortunados, a la pobreza congénita o la discriminación racial es una constante en sus versos (algo que, por lo demás, podemos considerar ya como una característica común a muchos de los poemas que se escriben hoy en día y que nos hace concebir alguna esperanza en que la poesía pueda todavía transformar si no el mundo, sí despertar alguna conciencia adormilada): «Empieza el día / y en la cola de la miseria / hay ya muchos madrugadores. / Con el frío amanecen los cajeros / como insomnes y diminutos / apartamentos bien iluminados. / junto al cuerpo que yace en los cartones, / hay bolsas, ropas y latas de conserva. / A través del cristal la imagen / parece una perfomance, / una pieza de arte contemporáneo: / tal es su irrealidad».

   Ese aspecto cronológico que antes mencionábamos es más explícito en las dos primeras secciones, «Pan duro», más centrada en los recuerdos de la infancia, en la figura de la madre («Recuerdo el sol de invierno brillando en los alambres, / sus manos afanosas y rojas por el frío / tejiendo con primor la ropa desgastada») y «Mar adentro», en la madurez, una época en la que se toma conciencia del paso del tiempo, en la que la vida exige responsabilidades que uno no siempre está en condiciones de aceptar porque «Uno crece y declara / prescindir de ambiciones, / se limita a vivir / la esperanza en secreto, / y tal vez disimula / si la vida, impasible, / ha pasado de largo». En toda ellas, sin embargo, el ejercicio de la poesía enhebra un discurso coherente producto no de la improvisación, sino de la meditación, de la reflexión. Los poemas de Miguel Ángel Barrera Maturana nos hablan de situaciones cotidianas, de emociones comunes y lo hacen con un lenguaje sencillo, sin hacer concesiones a elementos irracionales (lo que no es óbice para que algunas imágenes surjan a partir de los sueños), aunque no debemos colegir de esta la claridad descriptiva una ausencia de profundidad emocional. Los poemas de nuestro autor recrean un mundo convulso y la confianza que deposita en el lenguaje para constatar dicha convulsión no puede obviar esa pérdida de la inocencia que transforma lo que antes era confianza en el futuro en un porvenir desolador. La perspectiva ha cambiado con el paso del tiempo y la tragedia que todo final lleva aparejado, lejos de ser un asunto de carácter personal, se ha convertido en un tribulación colectiva La palabra poética no solo indaga en las profundidades del yo, también puede —y debe— dejar constancia de los acontecimientos que restan humanidad a nuestra especie.

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI. CIENTO NOVENTA ESPEJOS*

FRANCISCO JAVIER IRA1.jpgFRANCISO JA IRA

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI. CIENTO NOVENTA ESPEJOS. EDITORIAL HIPERIÓN. 2017*

Estamos ante un libro heterogéneo que no atiende a un género determinado, aunque la vocación diarística de los textos predomine sobre otros de carácter informativo, narrativo e, incluso, poético, no en vano su autor, Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) frecuenta desde hace años ese género híbrido que es el poema en prosa (Los hombres intermitentes y Orquesta de desaparecidos son prueba de ello) y, a tenor de lo leído, muchos de estos textos podrían agruparse bajo ese epígrafe. ¿Qué diferencia, entonces, los textos de “Ciento noventa espejos” de los precedentes? Pues la decidida intención de circunscribirlos a unas normas prefijadas, porque aquí «Todos los textos, incluida la nota preliminar, se componen de ciento noventa palabras. Cada una de estas palabras es un espejo en el que me asomo». Por supuesto, cada autor es libre de fijar sus propias reglas, reglas que, por otra parte, en nada difieren de la artificialidad de otras que actualmente consideramos canónicas como la sextina, La décima o el soneto, por ejemplo. «Mis piezas son una especie de soneto en prosa», afirma Irazoki.

   Dejando al margen esas premisas estructurales, lo primero que nos llama la atención es que Irazoki no necesita retorcer el lenguaje para crear un estilo propio, aunque el autor piense que «el estilo invariable se parece a una prisión estética». El lenguaje cotidiano, a la par que preciso; las frases breves y aclaratorias sabiamente combinadas con digresiones metáforicas que extreman la sutileza referencial y que provienen, con toda probabilidad, del contacto del autor con el surrealismo; el ritmo acompasado que conduce al lector desde ese remanso aparente del comienzo de cada texto hasta un final esclarecedor, casi didáctico, en el que detectamos, además, la cola de una mecha alusiva son marcas de la casa.

   Tienen cabida en Ciento noventa espejos asuntos de todo tipo. Los hay de tema viajero: Nueva York, Tel Aviv o Estambul «Recientemente permanecí durante un mes en Estambul, donde me pareció adivinar uno de los principales peligros del futuro. Unas creencias trasmitían tanto odio como miedo hacia el cuerpo femenino, y las voces de los almuédanos descendían en forma de velo sobre las cabeza de las muchachas» Como no podía ser menos, la música —el autor ha cursado estudios musicales en París, ciudad en la que reside desde 1993— está muy presente a través de interpretes como Paco de Lucía, Enrique Morante o Niño de Elche pero también de Brassens, Auserón, Coltrane o el blues. Contiene este libro hermosas páginas dedicadas a autores tan distintos como Pla, Genet, Kafka («Con el frio verbal, un artista trasmutó nuestros laberintos interiores en un mapa») o Dionisio Ridruejo; a la poesía y a la crítica: «Algunos críticos y escritores —escribe— opinan que la poesía se aleja definitivamente de los límites del verso. Otros la ven refugiada en páginas de género literario indefinido. Mientras se habla de apertura y evolución, sus lectores deben hacer cursos de espeleología y alpinismo para la búsqueda eficaz de unos volúmenes que a menudo ocupan las baldas menos accesibles de las librerías» (un toque de atención para no malgastar las fuerzas y concentrarlas en lo esencial, en esa especie de autoexilio en el que se está refugiando la poesía verdadera en la actualidad); al arte o el cine.

   La actualidad es tratada de un modo lateral y las cuestiones que se plantean poseen carácter histórico, como el nacionalismo: «En cualquier ambiente de fervor, cuando era más joven me gustaba decir que la calidad de unas ideas políticas se podía medir por su respeto a las contrarias. Pasado el tiempo, encontré un método más eficaz y rápido para sopesar dichas calidades: comprobar sí la ideología era compatible con el sentido del humor». Poco podemos añadir después de lo visto últimamente.

   Quedan muchas cosas fuera de esta reseña, pero me gustaría significar que un mismo hilo conductor une las entradas de este volumen: la parsimonia, y esto es algo que no se improvisa, que está en los genes de quien escribe. Francisco Javier Irazoki tiene fama de hombre ecuánime y, sin embargo, no obvia la crítica y el desacuerdo hacia las atrocidades cotidianas, lo que certifica que tanto para el elogio como para el desacuerdo sobran la exégesis y el vituperio. «La poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia» escribió en un poema de su anterior libro, Orquesta de desaparecidos. Una conciencia para la cual lo importante es un paisaje, una música, una lectura, «una coherencia que no crea presidios […] Las páginas del poeta que es un vehículo transparente en sus mejores versos. No padecer el fracaso que llaman envidia […] No ser el bufón de la propia conciencia. Envejecer sentado en un refugio de preguntas. El goce de no tener tiempo para el odio».

*Reseña publicada el 5 de enero en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés.

 

HENRI COLE. PIRAGÜISMO EN EL CHARLES

HENRI COLE

PIRAGÜISMO EN EL CHARLES

Realmente no me gustan los transbordadores que convierten el agua en

un torbellino espantoso,

o el nublado sol blanco que me ciega, o las adorables pequeñas familias

de patitos angustiados que nadan en estado de pánico cuando una lancha motora

los sortea, contaminando el río, pero me encantan las torres del Puente

Longfellow

que se parecen a los botes de sal plateada y pimienta

sobre la mesa de mi cocina. Pertenecían a mi Madre. Ahora el Departamento

de Conservación está restaurando la mampostería del puente. Me siento cansado

remando bajo sus grandes arcos, mientras la memoria flota, encendida

por las colillas

de cigarros arrojados por trabajadores siderúrgicos. Yo también quiero remar

lejos.

Las moscas están investigando mis pantorrillas desnudas y cuando las golpeo

con fuerza

me doy cuenta de que son muy felices. Soy su diversión. A veces

los recuerdos involucran a alguien a quien amé. Una amarra roza una bota.

Quiero que ahora mi vida sea post-pas de deux. Señor, mírame,

sin sombrero, con el torso desnudo, a los sesenta años, remando solo río arriba.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

 

JAMES MERRILL. RECITATIVO O LA EDUCACIÓN DEL POETA

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JAMES MERRILL. RECITATIVO O LA EDUCACIÓN DEL POETA. Ensayos y entrevistas. TRADUCCIÓN DE MARIO DOMÍNGUEZ PARRA. COLECCIÓN UMBRALES. EDITORIAL VASO ROTO, 2017

Gracias a la perseverancia de la editorial Vaso Roto (un poema de Merrill se titula precisamente así, «Vaso roto»), el lector español está conociendo la obra del poeta norteamericano James Merrill (Nueva York, 1926-Tucson, 1995). Si hace unos años —en 2104— publicó Divinas palabras—traducido por Jannette L. Clariond y Andrés Catalán—, libro con el que el autor obtuvo el prestigioso Premio Pulitzer de Poesía, recientemente ha publicado El libro de Efraín—en traducción de Antonio Rivero Taravillo—, el primer título de los que integran ese magno proyecto que es la trilogía La cambiante luz de Sandover (aunque, inicialmente formó parte de Divinas palabras), un libro que transcribe dos décadas de mensajes dictados por espíritus a través de la Ouija (Auden, Platón o un pavo real llamado Mirabell, entre otros) y que se ha convertido en uno de los poemas épicos más importantes del pasado siglo en Norteamérica. De forma casi simultánea la editorial, en su colección Umbrales, ha publicado este Recitativo o la educación del poeta, un volumen compuesto de entrevistas realizadas al poeta, de ensayos sobre escritores particularmente queridos por Merrill —Wallace Stevens, Elizabeth Bishop o Kavafis, por ejemplo—, de textos misceláneos y de relatos que resultan imprescindibles para conocer las claves poéticas e intelectuales de su escritura, de hecho, como afirma en la introducción uno de los mejores conocedores de su obra, J.D. McClatchy, «en la propia trayectoria de Merrill ha habido un contrato enriquecedor entre el alcance expansivo de la prosa y la intensidad especulativa de la poesía». McClatchy defiende la práctica de la prosa no como un complemento de su obra poética, sino como un contrapeso que logra equilibrar el fiel de la balanza creativa. «La prosa de un poeta —dice—no es necesariamente “poética”, pero saca provecho con más frecuencia que la prosa de un novelista de lo que Mallarmé llamaba “un teclado oculto”. Desde luego Merrill lo hace. La metáfora se conjuga con la anécdota; la oblicuidad, la ironía y la imagen, no el razonamiento, elaboran las imágenes». Es un lugar común pensar que en la poesía el componente biográfico tiene un peso específico mayor que en la prosa, en la novela (el poeta August Kreinzahler afirma que la poesía de Merrill es autobiográfica, pero no a la manera que lo es la de Lowell o Berryman, porque en la del primero el autor es anónimo, permanece en la sombra, cuando no se convierte en un espectador de sí mismo) y puede que sea cierto, porque en la novela no hay, por lo general, un único personaje y el pensamiento del autor se divide en cada una de las voces que los dan vida. Pero lo mejor es escuchar la opinión de James Merrill al respecto. Para él, la «prosa no es tan difícil de escribir como el verso ni mucho menos concisa […] el verso concreto de un poema crea el deseo de otro y renueva, a través de la clausura prácticamente subliminal, el ataque musical. Con la prosa, tal y como la veía, el aria nunca llegó».

   Recitativo o la educación del poeta está dividido en cuatro secciones. La primera de ellas, en la que están integradas las entrevistas —junto a unos breves ensayos— ya mencionadas, debidas a especialistas de la talla de Helen Vendler, David Kalstone o el ya citado J.D. McClachy, se titula «Escritura». Las respuestas a los cuestionarios van trazando la poética de Merrill con mayor firmeza y argumentación que si hubiera escrito un texto metapoético al efecto. Entresacamos alguna de sus opiniones: «Me parece que la poesía confesional, para todos excepto para el lector o escritor muy instintivo, es una convención literaria como cualquier otra, porque el problema es hacer que suene como si fuese verdad, pero yo no pienso que sea necesario trasmitir la ilusión de una Confesión Verdadera». Como vemos, esta idea confirma lo que Kreinzahler apuntó más arriba.

   No es muy partidario Merrill de lo que, en nuestro ámbito poético, hemos convenido llamar poesía metapoética (en nuestro país tenemos grandes poetas que reflexionan a menudo en sus poemas sobre el acto poético, como Jaime Siles o Jenaro Talens, por ejemplo). «En principio —escribe Merrill— estoy bastante en contra de que la persona del poema hable sobre los esplendores y miserias de la escritura; me parece que demasiados poetas hoy en día convierten el acto de escritura en uno de sus temas principales». No le falta razón en esto —léase a Nuno Judice, por ejemplo— pero, en principio, ese tipo de reflexión lleva aparejada una indagación sobre la identidad y sobre el individuo que trata de racionalizar su experiencia a través del lenguaje que nos parece —en estos tiempos en los que dicho lenguaje sufre una instrumentación sin precedentes— sumamente importante para restaurar su verdadero valor.

   La segunda sección lleva por título «Escritores» en estas páginas aparecen algunos autores que han influido, por una u otra causa, a Merrill. Dante y su Divina comedia ocupan, como le ocurría a Eliot, un lugar preeminente. El alejandrino Kavafis, el ciudadano irreal, es diseccionado a través de la biografía que escribió Robert Liddell. Merrill vivió durante varios años en Grecia y conoció de primera mano la cultura helena, por eso es capaz de ahondar con finura en una poesía que carece de metáforas y de mundo natural. Francis Ponge, Wallace Stevens, su admirada Elisabeth Bishop (de quien escribe que la mayoría de sus poemas «están en primera persona, singular o plural […] sin embargo, puesto que ella no se preocupa de ninguna manera por volverse más singular de lo que, como autora de estos poemas, ya es, el suyo, un yo purificado, transparente, que los lectores pueden tomar como el suyo propio, virtual»), Robert Bagg o Robert Hillyer.

   La tercera sección, «Momentos» poseen un carácter misceláneo. Tiene cabida aquí desde un personalísimo estudio sobre Corot a una conferencia para despedir a los graduados de Amherst College. Por último, la sección cuarta está integrada por una colección de relatos entre los que resaltaría el titulado «El conductor», magnífico recorrido por una obsesión que no oculta una crítica al modo de vida americano.

   Recitativo o la educación del poeta es un libro para leer y releer. Siempre encontraremos una frase contundente sobre la creación, una visión personal sobre tal cual poema y una mina de oro para comprender su propia poesía.

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. EL CUADERNO DE LA GUERRA (Y ALGUNAS NOTAS SOBRE LA PAZ)*

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JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. EL CUADERNO DE LA GUERRA (Y ALGUNAS NOTAS SOBRE LA PAZ). EDITORIAL BAJAMAR EDITORES, 2017

Ciertos «poemas —escribe Luis Bagué Quílez en el ensayo Poesía en pie de paz—han de sortear también un sistema representativo cimentado sobre la exasperación formal y el tremendismo. No obstante, cuando el soporte moral consigue acompasar el testimonio, a menudo gracias a un distanciamiento emotivo no demasiado explícito, el resultado gana en intensidad expresiva y en contundencia». Si traigo a colación este párrafo es porque define perfectamente los poemas que integran El cuaderno de la guerra, el último libro de Juan Ignacio González, un libro en que el poeta ha sido capaz de modular su voz, de contener la ira para ganar esa intensidad expresiva aludida por Bagué. Con frecuencia ocurre lo contrario. El poeta, exhortado por la emoción inmediata, vuelca toda su indignación en versos llenos de buenas intenciones que nacen lastrados por la imperiosa necesidad de denunciar la injusticia o la tragedia por sí misma hasta caer en el malsano patetismo, sin reparar en que, literariamente hablando, la mejor forma de despertar conciencias no es mediante el lamento desgarrado o la proclama propagandista, sino gracias a la precisión lingüística y la contención formal. La mala fama de la poesía social del pasado siglo proviene de desatender dichas premisas.

   Afortunadamente, Juan Ignacio González, consciente de esos riesgos, ha concebido sus poemas con una mezcla personal de realismo e irracionalismo que confiere a lo escrito una mayor densidad comunicativa. La descripción pormenorizada de espacios y situaciones convive con un lirismo que modera la austeridad metafórica. Esa descripción exhaustiva, casi como si de una guía de viajes se tratara —veamos como ejemplo esta estrofa del poema «Potter’s Field», uno de los más desgarradores del libro: «Para llegar allí, / debes cruzar dos puentes y un pequeño camino / que pronto se convierte / en la gran avenida City Island, / la calle principal en esta isla, / bordeada de bares y almacenes turísticos, / farmacias y salones de belleza, / jalonada de casas victorianas, / con sus amplias terrazas y cercas de madera»— se complementa con un poso reflexivo menos palpable en las palabras así enumeradas, pero más efectivo que si los versos lo pregonaran, porque ataca directamente al núcleo del pensamiento, a esa sensación de orfandad que nos deja la incertidumbre, el tiempo irrecuperable de las pérdidas. Con estos versos acaba dicho poema: «Aún sigue llorando junto al muelle». No es preciso concretar nada más. El lector rememorará lo leído y sacará sus propias conclusiones. Un poema de la segunda parte —el libro, como el título indica, está divido en dos secciones— pone de manifiesto como ningún otro la poética de Juan Ignacio González: «Diré cómo se escriben ciertos versos», que comienza así: «Las palabras, / deberías escogerlas una a una / y habitar en los puentes que las unen, / debajo de sus arcos, / donde duerme, / huérfano de caricias, algún sueño. // Es preciso el silencio —nadie ignora / la fuerza del silencio en el poema». La fuerza del silencio, de lo callado, de lo intuido es mayor que la de lo dicho a gritos. No podemos menospreciar la inteligencia del lector. Su capacidad de comprensión, de empatía le permite trascender lo meramente anecdótico hasta convertirlo en razón de ser ideológica, en mensaje.

   En este libro conviven, al menos, dos tipos de poesía, la de carácter social —muy evidente en poemas como «Los niños de la guerra» o «Tristes patrias»— con otros que podríamos encuadrar (las fronteras no están muy claras) dentro de la llamada poesía política, como «El traidor», «Las neutrales» o los dos dedicados al poeta griego Yannis Ritsos. Sin embargo, hay lugar también —sobre todo en la segunda sección— para poemas de corte más intimista como «Los visitantes del último verano», «Recuerdo de mi padre» o «Diré cómo llegué hasta ti», en los que ese elemento irracional que mencionamos anteriormente está más presente, y es que este libro, el mejor de los escritos por Juan Ignacio González hasta el momento, ha logrado evadirse del omnipotente yo para indagar en lo público, en lo colectivo —Fernando Menéndez lo dice muy bien en el prólogo: «El poema sobrevive de mezclar la historia y lo doméstico»—, aunque eso no signifique que la exploración identitaria pierda énfasis, porque acaso articulando nuestra imagen desde los ojos de los demás es como conseguimos vernos de cuerpo entero. Libros como este Cuaderno de la guerra (y alguna notas sobre al paz) nos lo recuerdan en cada verso.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 29/12/2017

LAS AGUAS TRANQUILAS. OCHO POETAS VASCOS ACTUALES. EDICIÓN DE AITOR FRANCOS.

LAS AGUAS TRANQUILAS I

 

LAS AGUAS TRANQUILAS. OCHO POETAS VASCOS ACTUALES. EDICIÓN DE AITOR FRANCOS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

No son muy frecuentes las traducciones al castellano de poetas vascos actuales que escriben en euskera (hemos de dejar constancia de que la presenta antología recoge, aunque no se exprese en la cubierta, solo a poetas vascos que escriben en euskera y suponemos que por esa causa no estén presentes nombres tan imprescindibles en la poesía vasca actual como Julia Otxoa, José Fernández de la Sota, Eli Tolaretxipi, Karmelo Iribarren, Itziar Mínguez Arnáiz o Gabriel Insausti, por citar algunos nombres). La última antología de la que tenemos constancia se remonta al 2009. José Ángel Irigaray recogió poemas de siete poetas que no tenían más vínculo en común que el haber publicado en la misma editorial, la navarra Pamiela. Unos años antes, en 2006, en la extinta y añorada editorial DVD, bajo el título de Montañas en la niebla, Jon Kortazar antologó a seis poetas: Rikardo Arregi, Karlos Linazasoro, Juanjo Olasagarre, Miren Agur Meabe, Harkaitz Cano y Kirmen Uribe. Nos vemos obligados a remontarnos a 1993 para encontrarnos con otra antología, la preparada por Iñaki Aldekoa para la editorial Visor que recoge a once poetas generacionalmente anteriores a los que abarca la antología que ahora nos ocupa, Las aguas tranquilas. Ocho poetas vascos actuales, preparada por el poeta y crítico Aitor Francos (Bilbao, 1986). Como veremos, varios de los autores seleccionados por Francos coinciden con los antologados por Kortazar: Rikardo Arregi, Miren Agur Meabe, Karlos Linazasoro y Harkaitz Cano, lo que supone, de hecho, que existe cierta unanimidad a la hora de valorar la importancia de su obra. El resto de los autores incluidos son, para el lector en castellano, mucho más desconocidos, pese a que se pueden leer poemas suyos en algunas páginas web. Hablamos de Luis Garde (Pamplona, 1961), de Juanra Madariaga (Bilbao, 1962), de Ángel Erro (Burlada, 1978) y de Leire Bilbao (Ondarroa, 1978). Uno echa en falta a algún que otro autor ya consagrado por la crítica como Juan Kruz Igerabide o Kirmen Uribe, pero, como se ha repetido tantas veces, toda antología es, en principio, un error, y esta no lo iba a ser menos. El propio antólogo lo recuerda: «Cualquier antología es, a la fuerza, un acto de acotación y de fatal exclusión, pero también de combinación, sinergia, unidad y refuerzo […] La antología —continua diciendo Aitor Francos— no busca una panorámica amplia sino que es el fruto de unas pocas afinidades, de lecturas intensas y afinidades».

   La antología comienza con el poeta, traductor y crítico Ricardo Arregi (Gasteiz,1958), que ofrece algunas pistas sobre su manera de entender el hecho poético en las palabras que anteceden a los poemas: «Creo que escribir poemas es vivir y que, al mismo tiempo, en el mismo instante, vivir es escribir poemas». Esta simbiosis entre poesía y vida queda reflejada en versos descriptivos, armados con un leguaje sencillo pero lleno de aristas. como vemos en este poema: «Poco después, al proseguir / mi camino, demasiada lluvia / para intentar retener / una reflexión poética, / pensé que es en vano / escribir de lo ya ido, / y que no me apetecía / ensalzar el pasado». Arregi fue incluido por Vicente Luis Mora en la antología La cuarta persona del plural. Antología de la poesía española contemporánea (1978-2015), publicada en 2016. Poemas como «66 versos en la ciudad sitiada» o «Fotografía de guerra» justifican plenamente esa inclusión.

   Luis Garde (Pamplona, 1961) piensa que «cada poema es una aproximación a una pequeña verdad», por lo que sus escritos «son más de búsqueda que de celebración». La reflexión metapoética y el conflicto identitario que sufre el poeta están muy presente en sus versos: «La mayoría ciudadana ve a los poetas como creyentes en dragones, / porque los ha visto angustiados buscando centauros en bosques dudosos», escribe en el poema «Hic sunt dracones».

   Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) resume en un decálogo previo a la selección de sus poemas su forma de entender una poesía en la que su yo biográfico y su yo poético «se han ido construyendo al apoyarse el uno en el otro. La vinculación entre el hecho artístico y el hecho vital es, por lo tanto, muy profunda», algo que percibimos también en la poesía de Arregi. Algunos de los aspectos que destaca son la «búsqueda de la identidad» femenina, «la resemantización del contexto diario y la referencia a la experiencia doméstica», «la explicitación del deseo sexual desde una fisiología femenina», «la atención al sufrimiento de las víctimas inocentes» o «la experiencia de la muerte como distancia insalvable». Un fragmento del poema titulado «Automitología de la jolie fille» nos basta para verificar esos postulados: «¿A cuántas niñas han violado hoy en Burundi¿ ¿Cuántos murieron en Dafur este último minuto? Un niño afgano me habla desde una foto: “Solo fui un instante en el gran mosaico geométrico, una tesela pasajera, tan relativa. Después, las bocas de las torres devoraron mi sombra, y nada ocurrió. Oí la voz de mi madre pariendo mi nombre como una gran grieta en la pared. Hoy es un día tranquilo. Mis pies quedaron en un contenedor. Mi vida es una alambrada más».

   Para Juanra Madariaga (Bilbao, 1962) «La poesía es una nebulosa intransitable, un agente doble» y la palabra, en consecuencia, una herramienta para profundizar en el desvelamiento de la realidad. El lenguaje no consigue precisar aquello que intenta expresar, solo puede aproximarse, por eso Madariaga recurre a las palabras «de a diario», buscando amparo acaso en lo cercano, en lo más afín y conocido.

   Una pormenorizada poética, no exenta de ironía, precede a los poemas de Karlos Linazasoro (Tolosa, 1962). Con algunos de los preceptos que enumera es difícil no estar de acuerdo: «Soy lo que digo y lo que callo: realidad y deseo»; «Poesía es nombrar el misterio, intentar descifrarlo» o «La poesía debe decir la verdad, aunque el poeta mienta». El sentido del humor que alimenta estos aforismos de contenido metapoético está muy presente en su poesía, como podemos comprobar, por ejemplo, en el poema «Biografía»: El famoso poeta / escribió / —por encargo, por supuesto— / su biógrafa: / “No soy ya lo que era”. / Y vendió miles de ejemplares».

   La poética de Harkaitz Cano (Lasarte, 1975) está, sin embargo, implícita en los propios poemas, no en elucubraciones teóricas acerca del acto de escribir. Basta leer el poema «12 sardinas viejas para consumo inmediato», del que extraemos estos versos: «Un buen libro de poemas ha de ser / como una caja de pescado. // Nutritiva y fresca, fuente de fósforo y calcio. / O descarga hedionda… […] / Una de dos. / y así habrá de ser, / como un buen libro de poemas, / nuestra vida». Aitor Francos escribe que «Cano reivindica una poesía discursiva de imágenes corrientes que se siente cómoda en el refugio de la modernidad. Su fuerza lírica se ve en los detalles, en la observación de todo objeto que da un testimonio y una presencia».

   Ángel Erro (Burlada, 1978) consigue construir en sus poemas un universo mítico desde una geografía muy concreta, la de su lugar de nacimiento y algunas poblaciones cercanas. Canta la cotidianidad, como hicieron los poetas grecolatinos, sin necesidad, a pesar del título de algunos de sus poemas, de sublimar como hechos heroicos lo que no son más que actos humanos producto de la costumbre. En el poema «Teoría literaria en el bar Kaixo» se pregunta «¿Cuándo aprenderán algunos a distinguir / entre el yo poético y yo?», es decir, a diferenciar la ficción de la realidad, un dualidad esta que no muchos críticos y lectores actuales saben ponderar y que contribuye a desmitificar el presunto confesionalismo de los poemas de Erro.

   Leire Bilbao (Ondarroa, 1978) rinde en sus poema homenaje a sus poetas de referencia. Los hace aparecer con pelos y señales en muchos de sus versos y, cuando no lo hace, no se preocupa de dejar al descubierto su influencia. El tono reivindicativo y ácido, desde su posición de mujer comprometida con su condición femenina, caracteriza su obra, en la que no falta un lenguaje directo, duro, preciso que, sin embargo, es capaz de perforar la cáscara de nuez de la conciencia más cerrada, como demuestran estos versos del poema «Lavadora»: «El día de tu muerte me compré una lavadora […] Fue aquella vez, mirando desde la escotilla al mar, / entre el jabón y los trapos sucios, / cuando supe que te alcanzó una ola, / metí mis manos al instante en el agua enjabonada / buscándote en vano entre la ropa. / Lloré por la boca por las orejas / por los dedos por la piel, / y ahora, tengo ríos muertos surcando mis venas, / y una lavadora nueva».

   ¿Qué conclusiones podemos sacar leyendo esta antología? La primera de ellas es que la falta de traducciones supone un lastre insalvable para el lector interesado. Esta carencia lleva aparejada, sin duda, un conocimiento muy parcial de la poesía que se escribe en nuestro país. Desconocer lo que se escribe en el resto de lenguas oficiales empobrece nuestra cultura literaria y dificulta la perspectiva crítica. En segundo lugar, podemos constatar la vinculación absoluta de la poesía escrita en euskera con el resto de la poesía que se escribe en España. Las influencias son comunes y, nos parece, existen menos diferencias entre un poeta vasco y un poeta albaceteño, pongamos por caso, que las que podemos detectar entre poetas vascos o manchegos de distintas generaciones. Confiemos en que este tipo de publicaciones antológicas propicien la publicación regular de la obra individual de cada uno de los autores y, con ello, un conocimiento más efectivo de nuestra rica tradición. Mientras tanto, solo nos queda dar la enhorabuena a Aitor Francos y a la editorial Renacimiento por poner en nuestras manos esta propuesta.

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA

HILARIO BARRERO. I

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA. ANTOLOGÍA POÉTICA. EDICIÓN DE JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

La recuperación poética de Hilario Barrero es un ejemplo que se repite en otros autores, por fortuna, cada vez con más frecuencia. Son distintoo los motivos por los que un poeta —un artista en general— permanece en la sombra, en la marginalidad editorial, invisible para quienes trazan las líneas maestras del canon. La primera de ellas tiene más que ver con la miopía y la comodidad de la crítica en general, que prefiere repetir lo consabido, lo dictado por los gurús culturales y no asumir riesgos que puedan poner en peligro su prestigio. La segunda causa se refiere a la presunta complejidad de ciertas estéticas que no comulgan con las propuesta por el canon y, en tercer lugar —sin duda hay otras, pero este comentario no pretende hacer un examen exhaustivo de dicho fenómeno—, nos encontraos con el factor geográfico. La distancia —incluso ahora que internet ha eliminado las fronteras— de los núcleos de poder poético es un factor determinante para excluir a un autor. Este es el caso de Hilario Barrero (Toledo, 1946), residente en New York desde 1978, ciudad en la que ha ejercido como profesor hasta hace muy poco. La lejanía, como digo, ha incidido en que su obra literaria haya sido muy poco conocida en su país de origen. Afortunadamente, en los últimos años, la situación se está revirtiendo. En lo que llevamos de siglo Hilario Barrero ha frecuentado con generosa insistencia las páginas impresas, sobre todo gracias a la publicación de sus siempre sustanciosos diarios, cuyo primer volumen, el titulado Las estaciones del día, vio la luz en 2003 en Libros del Pexe (sucesivas entregas han aparecido con regularidad hasta el año 2015, fecha de la publicación de Diarios (2012-2013) en la editorial Isla de Siltolá. En la traducción ha encontrado también Hilario Barrero otra manera de expresar sus filiaciones estéticas. Son justamente alabadas las versiones del poetas como Jane Kenyon (2007), Ted Kooser (2009) para la editorial Pre-Textos y las realizadas este año que ahora finaliza, dedicadas a Emily Dickinson y a Sara Teasdale, ambas para la editorial Ravenswood Books.

   Su obra poética, sin embargo, ha sufrido otra suerte. No ha gozado hasta ahora del respaldo de una gran editorial ni siquiera con la publicación de In tempore belli (1999), libro que obtuvo el premio Gastón Baquero y fue publicado por la editorial Verbum. Afortunadamente, la publicación de la antología Educación nocturna por la editorial Renacimiento viene a paliar, en gran medida, la anomalía que hemos descrito. José Luis García Martín, el editor del volumen, lo expone en las palabras previas: «En Educación nocturna no están, por supuesto, todos los poemas escritos en medio siglo; solo los suficientes para dejar constancia de una trayectoria poética y vital. Pero no es una antología, un muestrario; pretende ser una compleja autobiografía poética», una autobiografía sustentada en dos polos opuestos, por una parte la luz, el deslumbramiento del deseo, el fulgor del cuerpo y, por otra, la oscuridad, la sombra que acecha invisible y se hace más concreta a medida que transcurre el tiempo.

De una forma u otra, cada una de estas constantes está presente en los poemas de Hilario Barrero, desde el titulado «Autorretrato», con el que comienza la antología —una antología, por cierto, que elude la ordenación cronológica y se decanta por una disposición temática—, en el que, de forma simbólica, elusiva, a través de una serie de ciudades italianas, traza los primeros esbozos de un itinerario vital que determinaría el rumbo de su vida. Un itinerario, una travesía desde «el silencio» que comienza con una dura rememoración de los años de la infancia y la juventud, transcurridos en la España oscura del cilicio católico y la disciplina militar, más aún en una ciudad episcopal y con mártires en cada esquina como Toledo: «Tú añoras el incienso, la dalmática de oro, / el canto gregoriano y la misa de doce. / yo recuerdo el infierno, el peso de la estola, / la angustia de la culpa / y el rigor a sotana que fragmentó mi infancia / anotando en secreto y a diario / los deseos impuros cometidos». Ese ambiente opresivo acabará por propiciar, gracias al poder irresistible del amor, su partida. Al otro lado del Atlántico Hilario Barrero encontrará la estabilidad emocional necesaria para construir la vida que anheló desde siempre: «abandoné a mi madre y mis hermanos / por la paternidad de tu sonrisa, / vine a una tierra extraña por seguirte / donde traté a la muerte cara a cara, / envejecí y se oxidó mi cuerpo / que tanto amaste y desearon otros».

   Esta autobiografía poética tiene mucho también de autobiografía sentimental, como no podías ser de otra forma, y Barrero ha elegido el verso para narrar su yo más íntimo, las vicisitudes de una existencia que ha mantenido a lo largo de los años un contacto muy próximo con la muerte (la muerte entró en su vida con inusitada frecuencia, aunque esa circunstancia no ha dado lugar a la autocompasión), acaso por eso el verso breve alterna con otros metros mayores, cuyas proposiciones subordinadas conducen al lector hacia una pormenorizada descripción de la peripecia narrada. El estilo entonces es subsidiario de la memoria y no al revés, como ocurre en tantas ocasiones. El purgatorio del deseo insatisfecho (la mente desea, el contacto se pospone), las ciudades de paso, los cuerpos entrevistos, los amores fugaces se convierten con el paso del tiempo en recuerdos tal vez dulcificados, son un asidero emocional, motivos para disfrutar de la existencia, aunque la sombra de la parca se proyecte en todo momento sobre dicha existencia. Hilario Barrero ha conseguido liberarse de ese inevitable presencia y convivir con ella como si no existiera y con toda seguridad el fruto de esa convivencia pactada son estos poemas llenos de nostalgia, de rebeldía, de tránsito y de escepticismo, pero también de belleza, de gozo, de alegría de vivir. El libro finaliza con un poema, «Plaza de San Marcos. Venecia». Toda una vida ha transcurrido entre el poeta de «Autorretrato» y este último poema, una vida vivida con intensidad, con esa emoción que trasmiten los poemas de esta autobiografía en gran parte verdadera.