ANTOLOGÍA DE POETAS LAUREADOS ESTADOUNIDENSES (1937-2018)*

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ANTOLOGÍA DE POETAS LAUREADOS ESTADOUNIDENSES (1937-2018). EDICIÓN DE LUIS ALBERTO AMBROGGIO. VASO ROTO POESÍA.

Luis Alberto Ambroggio, nacido en Córdoba (Argentina) en 1945, tiene tras de sí una abundante obra poética (también frecuenta el ensayo, la narración y la traducción), reconocida con importantes galardones, como el International Latino Best Book Award por su libro La arqueología del viento (Vaso Roto, 2011). Su último libro publicado en nuestro país ha sido Principios póstumos (Calambur, 2018), que recoge dos títulos, los cuales, tal y como escribe el propio poeta, están «dentro de los vientos whitmanianos y vallejianos que han agitado mi vida». Es, además, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, de la RAE y del Pen y un perfecto conocedor de la poesía norteamericana contemporánea, como demuestra en la edición de este libro imprescindible, Antología de poetas laureados estadounidenses (1937-2018). Un privilegio que el poeta Robert Pinsky —él mismo poeta laureado entre los años 1997 y 2000— matiza: «El título oficial completo es “Poeta laureado Consultor de Poesía para la Biblioteca del Congreso”». Pero, ¿qué es exactamente un poeta laureado y que funciones de obligado cumplimiento exige dicho nombramiento? Pues, según Ambroggio, es un poeta que elige el gobierno de turno «para ser reconocido como representante nacional y de quien se espera que componga poemas para acontecimientos de Estado y otras circunstancias gubernamentales». Sin embargo, esta tradición, vigente en algunos países, para evitar la connotación imperial, sufrió en Estados Unidos ciertas modificaciones. Así, fue la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos la que «optó por nombrar desde 1937 a un Consultor oficial de Poesía […] Luego, en 1985, el Congreso adoptó una ley en la que se cambiaba el nombre del cargo al de Poeta Laureado Consultor de Poesía para la Biblioteca del Congreso».

Toda antología posee un relato que justifica sus propuestas, con las que se puede o no estar de acuerdo, pero, en este caso, no hay lugar para las controversias: todos los antologados han sido poetas laureados. Otra cosa es si dichos nombramientos fueron en su momento los más acertados (han quedado fuera de esta selección, como el mismo Ambroggio escribe, «poetas distinguidísimos como Wallace Stevens, Marianne Moore o W. H. Auden» junto a otros como John Ashbery, James Mirrell, Sharon Olds o Ann Carson, aunque, en el caso de estas dos últimas, aún pueden optar a dicho cargo por estar, afortunadamente, en pleno proceso creativo), pero ese debate queda fuera de las modestas pretensiones de este comentario. Lo que no alberga ninguna duda es la altísima calidad de los poetas seleccionados —no son pocos los que han sido agraciados también con el Premio Pulitzer— y la ocasión que nos brinda la lectura de sus poemas —a muchos hemos tenido la oportunidad de leerlos en español anteriormente; de otros, sin embargo, no sabíamos prácticamente nada—de hacernos una idea fundada del devenir de la poesía norteamericana en los últimos ochenta años, una poesía de cuya frescura y variedad no podemos más que hacer elogios.

La presente antología recoge a los cuarenta y ocho poetas laureados por orden de acceso al cargo, desde el primero, Joseph Auslander y hasta el último, Juan Felipe Herrera, poeta que ostenta el cargo actualmente. Se nos ofrece de cada uno de ellos una no muy extensa, pero excelentemente documentada biografía que enriquece la lectura y facilita el conocimiento de aquellos poetas de los que apenas teníamos referencias. A esto hay que añadir que en el prólogo Luis Alberto Ambroggio hace un breve análisis crítico de los poetas del que extraemos algunas conclusiones. No todos los poetas se dedicaron con un esfuerzo análogo a conciliar su propia creación con la tarea que lleva aparejada dicha encomienda: «construir en nuestra Biblioteca Nacional para el Pueblo de Estados Unidos un santuario permanente para los manuscritos y objetos de interés de los poetas de nuestro idioma». Unos, como William Carlos William, apenas pudieron ejercer el cargo por problemas de salud (algo similar le ocurrió a Robert Stuart Fitzgerald) y las «acusaciones de ser comunista». El trabajo de Robert Lowell, por ejemplo, se califica de insulso, sin embargo, su sucesora, Léonie Adams, dedicó a él «todo su tiempo. Inauguró en 1948 la tradición de realizar en la Biblioteca del Congreso el evento formal de una lectura poética como toma de posesión del cargo» o Elisabeth Bishop, la octava consultora «Trabajó arduamente […] para enriquecer el Archivo de las Grabaciones de Poesía de la Biblioteca, dando los recitales obligatorios y presidiendo la organización de las diferentes celebraciones que esta institución llevó a cabo. Esta dedicación y esas actividades afectaron incluso a su salud y a su entrega a la escritura». Nos llama también la atención, las enormes diferencias de edad a la que son elegidos algunos de los poetas. Por ejemplo, Lowell es nombrado cuando contaba veintinueve años y desempeña el cargo varios años antes de que fuera elegido Robert Frost, que lo ejerció cumplidos los ochenta y cuatro, una década después de que lo hiciera Lowell. Otra circunstancia llamativa es que algunos poetas repiten en el cargo, como Reed Whittemore o Robert Penn Waren, algo que nos obliga a preguntaros con mayor insistencia acerca de quiénes son los miembros del jurado que votan las candidaturas para la elección del laureado y cuáles son los criterios de selección.

En cualquier caso, esta Antología de poetas laureados estadounidenses reúne, como hemos dicho, una amplia nómina de excelentes poetas (nombrarlos a todos no es posible, pero a los ya mencionados, añadimos, a modo de ejemplo, los nombres de Stephen Spender, Mark Strand, Lousie Glück, Ted Kooser, Tracy K. Smith, Phlipe Levine, Natasha Trethewey, Charles Wtight, Donald Hall, Charles Simic, Robert Hass, Rita Dove o Billy Collins), que, con sus múltiples registros, nos permiten formarnos una opinión fundada sobre la poesía norteamericana contemporánea, una poesía que ejerce gran influencia en la poesía española más reciente. La tarea de traducir voces tan diferentes no ha podido ser fácil, por eso debemos encomiar la labor de Luis Alberto Ambroggio, que ha traducido la mayor parte de los poemas para la ocasión. Por pura lógica editorial, la muestra de cada poeta no es tan amplia como nos hubiera gustado, pero, como decimos, resulta del todo comprensible. No queremos terminar este comentario sin hacer un leve reparo: se echa en falta la datación de los poemas así como la referencia al libro del autor al cual pertenecen. Estos datos permiten al lector apreciar con mayor precisión la evolución interna de cada poeta y de la propia poesía del país (varios de estos poetas sirvieron en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, algo que, inevitablemente, influyó en su poesía). En todo caso, esta es una leve crítica que en absoluto empaña las extraordinarias sensaciones que la lectura de tantos magníficos poemas nos depara.

*Reseña publicada en EL Cuaderno digital. 23/01/2020

MEGAN FERNANDES. CONVERSACIÓN

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MEGAN FERNANDES

CONVERSACIÓN

sam dice que no puedes llamar en tu libro chicos buenos a un perro

pero sam no sabe que soy el perro

soy el último chucho y le cuento esta historia

en un bar llamado college hill tavern que parece una tapadera

para alguna operación donde todos los taburetes aparecen como si

fueran a actuar en menos de diez minutos y

la chica de las pestañas postizas sabe

que me gusta la ginebra doble y le digo a sam

que me convertí en perro

cuando tenía diecisiete años y mi madre encontró un ensayo

que trataba sobre mi amor por una chica

y había una referencia a portishead

en caso de que me necesites a día de hoy

y esto fue mucho antes de la liberación de los jóvenes y los gemelos

blancos que salen con su papá en youtube

y todos lloran y se transforman.

cuando veo a esos niños, todo lo que pienso es que nunca tuvieron padres

inmigrantes que te enviaron a una señora

y te dijeron que tenías que resolverlo todo

en una sesión porque esa terapia era muy cara.

No fue tan traumático. bastante cómico. y recuerdo el diván

había varios divanes y cuando tuve que elegir uno me senté

en el diván más alejado de ella y esta no fue la primera señora agradable

que me miró como si fuera un perro

y sam, cuando dije que se le llama chicos buenos

lo que quise decir fue que era un buen chico

y quería a los chicos buenos

y a los hombres buenos y todavía los amo

pero ya ves, tenía diecisiete años y estaba solo

y nadie me dio nada excepto un libro de dickinson

y ella era tan ordenada, tan precisa, tan humana

y yo no lo era. Simplemente no lo era.

Solo era un perro y ni siquiera era tan bueno.

 

Versión de Carlos Alcorta

POR FALAR CONTIGO/ POR HABLAR CONTIGO. OITO POETAS ASTURIANOS. ANTOLOGÍA

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POR FALAR CONTIGO/ POR HABLAR CONTIGO. OITO POETAS ASTURIANOS. ANTOLOGÍA. EDIÇÕES COLIBRI. LISBOA

Carlos Castilho Pais, por la parte portuguesa, y Miguel Floriano, por la española, han sido los responsables de armar esta antología de jóvenes poetas asturianos y de seleccionar a los autores que la integran, un trabajo sin duda complicado, teniendo en cuenta el número de excelentes poetas —muchos de ellos galardonados con importantes premios de ámbito nacional— que han surgido en los últimos años en Asturias, poetas que, además de dedicar sus esfuerzos a la propia poesía, no desatienden la de sus compañeros de viaje creando revistas —Oculta. Lit, Anáfora o Areté, por ejemplo—.
Cualquier antología que se precie debe poseer unas líneas maestras y unos criterios que determinan la selección y esta no podía ser menos: todos los poetas seleccionados han nacido en la década de los 90 del pasado siglo. Este parece ser, a tenor de la información que se nos ofrece en las palabras preliminares, el único criterio, si exceptuamos el que cada uno de los poetas colabora con diez poema. El resto de criterios no se difunden, es decir, se nos escamotean al lector. No sabemos por qué son ocho los poetas elegidos ni, por ejemplo, si la elección de los poemas ha sido responsabilidad de los poetas o de los editores. Los dos prólogos, el de Castilho y el Floriano, no dilucidan ninguno de estos aspectos. El primero de ellos explica de manera muy sucinta el germen de la antología y el segundo, nos brinda unas reflexiones sobre el misterio de la poesía, interesantes, sin duda, y controvertidas («Porque un poeta dice exactamente lo que quiso decir: de lo contrario no habría dicho nada»), pero insuficientes como premisas para justificar la edición de esta antología. Dicho esto, hemos de decir que, dejando al margen alguna ausencia notable, los poetas seleccionados poseen todos ellos la suficiente entidad poética como para estar presentes en este volumen.

     María García Díaz (Oviedo, 1992), autora de dos títulos, Espacio virgen (2015) y Suave la matriz (2018) escribe una poesía de lo tangible cuya relación con la naturaleza contribuye a conformar su identidad. Aunque no excluye en sus versos lo anecdótico, se supedita siempre a las reflexiones de carácter metafísico: «Quién soy….. / quién soy, cigarro gafas perfume museo pajaritas…». El jovencísimo Óscar Días nació en Langreo, en 1997 y ha publicado dos libros, Rosa hermética (2015) y El sentir. Poemillas del ahora (2016) y escribe en su primer libro una poesía de aliento visionario, plagada de adjetivación y de un gusto por la sonoridad de la palabra que a veces resulta excesivo. Ecos de Nerval y de Dylan Thomas parecen intuirse en ese gusto por el verbalismo. La mano que escribe parece cobra vida propia, como si estuviera animada por una fuerza ajena a la propia conciencia del poeta, conciencia que interrumpe un poema que pudiera ser casi infinito. En el segundo libro, por el contrario, el poeta embrida esa fuerza interior y escribe una poesía más contenida, con un discurrir apegado a la lógica discursiva y contemplativa, características que prevalecen en los poemas inéditos —écfrasis en su mayoría— que incluye y que presagian un libro excelente. Miguel Floriano (Oviedo, 1992) es uno de los autores con mayor proyección poética. Ha publicado varios libros, entre ellos Quizá el fervor (2015), Claudicaciones (2016) y La materia y la envidia (2019). Su poesía ha experimentado con el paso de los años un proceso de transformación que va desde el descreimiento en la función conciliadora entre arte y vida de la escritura («Ni el sueño ni el silencio hoy me perdonan / haber escrito tanto» o «Disfracé las palabras, malgasté mi cuerpo») a una perspectiva menos radical, en la que las palabras, una vez asumida su inoperancia, promueven un reavivamiento de la emoción («Fuimos la excepción, en alianza de palabras, / reavivando jardines arruinados»). La revista Anáfora esta en manos de dos poetas, Pablo Núñez y Candela de las Heras (Alicante, 1994), autora de La senda recorrida (2016) y dueña de una poesía sustentada en la memoria, a pesar de confiscar en sus versos sus excesos, porque la conducen a una ingrata melancolía («Recuerda entonces / que la resurrección es imposible. / deja de alimentarla en los momentos / que llamas lúcidos de la memoria ciega». Hay en sus poemas más recientes —todos los que ha seleccionado son inéditos—una inclinación al discursivismo más detallista que fluctúa entre la indagación ontológica y la realidad que la acoge. Ruth Llana (1990) es autora de Tiembla (2014), Estructuras (2015) y Umbral (2017). Frecuenta el poema en prosa, acaso porque le resulta más apropiada para abarcar desde todos los ángulos la experiencia que intenta exprimir con el lenguaje, una experiencia que tiene como origen algo anecdótico pero que la autora transforma, gracias a la repetición, a la enumeración, en una especie de oración, de súplica («Por la muerte de mi padre, mis pies juntos, en paralelo sobre la tierra. / Por la muerte de mi padre, su cuerpo en las estrellas. / Por la muerte de mi padre, / Por la muerte de mi padre». Xaime Martínez (Oviedo, 1993) ha publicado libros como Fuego cruzado o Cuerpos perdidos en las morgues (2018), Premio Nacional de Poesía Joven (2019). Su poesía ha experimentado un cambio notable. Comenzó escribiendo una poesía meditativa y nostálgica, propia de un poeta con más experiencia vital, pero una vez despojado de ese lastre epigonal ha encontrado en la ironía la coartada perfecta para ejercer una crítica despiadada al imperio de la tecnología y de la realidad virtual: «Hoy es el día. / El Sol no da calor y el hombre observa. / Es el jardín artificial / de la cápsula el niño está riendo mientras toma / una fruta de manos de la niña. / Hoy es el día. / Alguien tras el cristal pulsa una tecla». Diego Álvarez Miguel (Oviedo, 1990) dirige la revista Oculta. Lit y ha publicado títulos como Hidratante Olivia (2015) o Meh (2017) en los que usa la ironía para menoscabar la influencia de la precariedad en sus esperanzas, esa ironía —cercana a la de Luis Alberto de Cuenca en algunos caos— le permite enfrentarse a los retos diarios con cierta solvencia. No falta en su escritura las reflexiones de carácter metapoético («¿Con qué verso abreviar —sin romperlo— aquel abrazo? / ¿Con qué palabra es capaz de decir: mira este beso / aprieta de tal o tal modo y dura esto o lo otro?». La antología finaliza con Sara Torres, una poeta nacida en Gijón en 1991 que ha publicado La otra genealogía (2014), Conjuros y cantos (2016) y Phantasmagoria (2019). Es la poeta más versátil de los recogidos en esta antología, porque alterna el poema en prosa con el poema minimalista y con el poema discursivo: En todos los casos, sin embargo, la experiencia es disgregada no solo con el bisturí de la razón sino con e más afilado de la subconsciencia, de esta lado provienen unas asociaciones, unas imágenes oníricas que seducen, más que aclaran, el sentido del poema («En el sueño ella es monstruo marino en la lentitud del aceite ella es Basir; el sacerdote-chamán en ropas de mujer ella es Bato; la diosa con cabeza de caballo ella es Kalea…». Después de leer esta antología, nos afirmamos en dos aspectos: el primero es que se echa en falta una mayor información —quizá innecesaria para el lector portugués, a quien va dirigida— sobre los criterios que han promovido dicha antología y el segundo, que todos los poetas incluidos, con sus variadas estéticas, lo están por méritos propios. Esta circunstancia minimiza, a mi juicio, cualquier posible reproche. Por otra parte, gracias a la labor del traductor, Carlos Castilho Pais, dicho lector portugués tiene a su alcance una nutrida muestra de la mejor poesía joven de nuestro país.

LUIS VELÁZQUEZ. UN INCENDIO A TUS ESPALDAS*

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LUIS VELÁZQUEZ. UN INCENDIO A TUS ESPALDAS. EDITORIAL TREA

El peso filosófico y semiótico que soportan los poemas de Luis Velázquez (Madrid, 1957) los convierte en artefactos demoledores, nocivos para las conciencias acomodadas porque exigen un grado de implicación considerable por parte del lector —algo no excesivamente frecuente en la poesía española actual, que tiende a ser benévola y complaciente— que no siempre esta dispuesto a internarse en experimentos lingüísticos, a preguntarse sobre los límites de lo indecible, sobre si resulta oportuno o no transgredirlos para especular, fundamentado en un soporte lingüístico («lo que no se dice no tiene contexto / así pues / ¿qué relación guarda con lo dicho?») que contrasta, desde su materialidad, con lo inmaterial, con la nada que representa el no decir; para especular, digo, con la posibilidad de hallar un punto fusión de los contrarios. «Lo inescrito lo / inescribible crece / en lo escrito / inaccesible / dentro / el residuo es la fuerza del / No / como ángeles levitarán los cuerpos / fuera de sus almas / más grandes que ellas / en el alma del mundo». El gusto de Luis Velázquez por la paradoja es innegable y viene de antiguo. En su nutrida trayectoria poética —puede parecer que siete libros no son muchos para un poeta de más de sesenta años, pero hemos de tener en cuanta que el primero de ellos data de 2002, por lo tanto, estos siete títulos han visto la luz en unos diecisiete años, lo que supone una cifra más que respetable—, en la que encontramos títulos como En el extrarradio (2002), Una nueva familiaridad (2006), Meditación de un entorno ordinario (2009), Una deriva indeseable (2013), Una extraña naturalidad (2015) o Material de conciencia (2017) —publicado en esta misma editorial— no es difícil toparse con ese recurso, tal vez porque, como escribe en uno de sus versos: «Nuestra desdicha es el lenguaje, que nos enfrenta al mundo», un lenguaje, sin embargo, que nos ayuda a comprender ese mundo y a hacerlo nuestro (nombrar, se ha dicho muchas veces, es poseer). De esta aparente contradicción entre lo dicho y lo silenciado, entre el uso del lenguaje como arma o como escudo surgen muchos de los poemas de Un incendio a tus espaldas, y la escritura —o la negación de la escritura a través de la escritura (otra paradoja)— es la herramienta para trazar el cortafuegos salvador, para impedir que desvirtúe todos los significados (quizá yo este siendo excesivamente optimista al expresarlo con esta contundencia): «Como si al escribir se fuera inscribiendo en mí lo innombrable no dicho, ganado fuerza, y mis poemas, lo dicho, fueran la camisa que deja el ser que se transforma, el residuo de la transformación. ¿Cómo pueden relacionare lo dicho y lo no dicho? Como si en mí fuera entrando el mundo y mis estados de ánimo fueran cada vez más suyos, más grandes que yo. Volveré al mundo y entregaré el lenguaje». Entra en juego en estos versos un aspecto novedoso, y determinante para enfrentarse con el mundo, para concebir la existencia como un vergel o como un erial: el estado de ánimo. «¿Qué hago con mi estado de ánimo / que desborda el tedio y la belleza?», se pregunta Luis Velázquez, que en los versos siguientes llega a una conclusión, aunque no definitiva: «Puedo pensar que el mundo es la forma de mi mente / y que en ella se abre esta mañana húmeda / y se abren las mimosa a su gris inmemorable, / que es un estado de ánimo antiguo / que desborda mi mente». Estas reflexiones nos inducen a pensar en una visión egocéntrica del ser humano, quizá de forma equivocada, pero no podemos soslayar esa impresión, fundada en versos como los precedentes. Por otra parte, aunque en algún momento apela a la «endiablada literalidad del poema», no son muchos los casos en los que el lector puede someterse a dicha literalidad, sino todo lo contrario, los poemas de Velázquez suenan en otra frecuencia, nos traen voces de otra realidad distinta a la palpable, por más que se nos proponga el acceso a ella no desde una perspectiva visionaria, sino desde una mirada que se detiene en lo cotidiano y fija en el universo del lenguaje su comprensión. Él mismo lo puntualiza con estas palabras que, además, delimitan la pertinencia de cuanto he escrito hasta ahora: «El crítico en cuanto tal sólo puede y debe referirse al lenguaje y sus dobleces, a su referente siempre incierto como un reflejo suyo. Aunque acepte la intencionalidad tanto del autor como la suya propia…» , y es que, como dice al final del poema —y esto lo sabe bien quien ejerce de ambas cosas— «Poetas y críticos trabajan con la misma herramienta, el lenguaje; mientras los primeros luchan por “romperlo”, los segundo se esfuerzan por “repararlo y consolidarlo”. Sólo los malos críticos y poetas se acomodan al lenguaje». Hablamos al principio de la necesidad de que el lector no se acomodara los significados previstos. Velázquez va más lejos reclamando también a sí mismo como poeta, una tensión que se estrelle «en la larga rompiente del decir», pero, podemos preguntarnos, ¿debe ser la poesía algo misterioso y enigmático que colisione con los limites del lenguaje? Probablemente habrá tantas respuestas como poetas.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 17/01/2020

LARA LÓPEZ. DERIVAS

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LARA LÓPEZ. DERIVAS. COL. LA GRUTA DE LAS PALABRAS. PRENSAS DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

Poco sabemos de la gaditana Lara López (Cádiz, 1967) más allá de las pinceladas que la solapa de Derivas, el libro que acaba de publicar, nos ofrece. De su vinculación a la música y a la radio parecen derivarse sus actividades profesionales. En el aspecto literario ha publicado hasta ahora la novela Óxido (2004) y el libro de poemas Insectos (2017), en las siempre sorprendentes ediciones de la editorial Papeles mínimos. Es, por tanto, Derivas su segundo libro de poemas, en el que, como su título sugiere, no parece haber un punto de apoyo temático que unifique su contenido, sino un fluir aleatorio del pensamiento,  una sucesión de motivaciones que alientan la escritura desde ángulos distintos; así, los primeros poemas remiten a la geografía helena: ya sea la palabra milagro («Zavma»), un topónimo cretense («Preveli») o un viento seco («Meltemi»), pero entendida más como una experiencia espiritual que como una meramente física, porque en ella que se congregan lo anecdótico con la propia emoción que subyace en el recuerdo, mientras se escribe (el poema «La taberna de Sócrates», es un buen ejemplo: «Ese rayo de sol sobre la frente. Este ramo infinito. / Haberse reído con alguien durante minutos…»).

La fugacidad y el propósito de detener un instante para convertirlo en eterno son objeto de un poema como «Beau soir». Un hermoso atardecer desafía la pericia del pintor que debe plasmarlo antes de que se diluya en la oscuridad, pero esas «vidas cinceladas en la pintura», tienen, como todo, fecha de caducidad. La música, tan presente en la vida de Lara López, no podía faltar en este libro, como tampoco falta el soporte cinematográfico, como en el poema titulado «Madison (canción 2)». En Derivas la memoria juega un papel sustancial, aunque, y para bien, la nostalgia no predispone al lector a eludir el júbilo, porque, como dicen los versos finales: «Y esta vez por perder / no perder la sonrisa. / Ser tu Meryl Streep, / resolviendo, sin llanto, / el dolor de un futuro / que nunca fue nuestro. / Que podemos contarnos».

PABLO FIDALGO LAREO. ANARQUISMOS & DANIEL FARIA*

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PABLO FIDALGO LAREO. ANARQUISMOS & DANIEL FARIA. EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS

No resulta fácil, a la hora de comentar la obra de Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) deslindar la actividad teatral del trabajo exclusivamente poético (abundan antecedentes de autores que compartieron ambos géneros, como Lorca o Alberti, por ejemplo, pero también los hay recientes, como el asturiano Néstor Villazón, de quien hablaremos próximamente en estas páginas) porque sus textos, aunque en el formato del libro se presenten desnudos, sin el andamiaje que un texto precisa para ser representado, mantienen un elevado tono poético y, en esencia, no difieren mucho de los poemas propiamente dichos. Quizá la diferencia estribe en la utilización de algunos recursos estructurales como la organización del texto —muy cercano a las escenas teatrales— y literarios, como la repetición, los paralelismos, las continuas anáforas, el lenguaje directo o el movimiento circular del discurso con objeto de remarcar la vocación didáctica del texto. Por lo demás, como digo, estamos ante poemas eminentemente narrativos, tanto en Anarquismos (Por el medio de la habitación corre un río más claro) como Daniel Faria (ambas obras tienen como finalidad sendas perfomances que fueron representadas respectivamente en Centro de Experimentação Artística de Moita y en el Teatro Nacional Doña Maria II de Lisboa), los dos títulos que integran este volumen, primorosamente editado.

En Anarquismos —si nos remontamos a su significado original, estamos ante una idea que defiende la libertad absoluta del individuo y la intención de destruir cualquier tipo de organización que coarte esa libertad, incluso aunque sean estados democráticos— prevale un deseo de que la historia común de un determinado grupo de personas comprometidas con la transformación de la sociedad no desaparezca por los desagües de la historia, unos desagües que succionan todo, la disidencia, la apatía, la conformidad, pero lo que Pablo Fidalgo Lareo pretende es conservar en la memoria esos instantes de sublevación en los que pretendieron «transformar el mundo», pero no solo por le mero hecho de enaltecer unos actos que acabaron en fracaso ni por poder decir en el futuro «yo estuve allí», como ocurre con las vivencias de Mayo del 68, sino porque esa actividad supuso un revulsivo intelectual, más que del mundo, de los propios integrantes del «comando»: «Estamos preparados para intervenir / de una forma inesperada, drástica y violenta, / pero también para replegarnos / como si no hubiera pasado nada. / Todo está en nuestros cuerpos», escribe en el poema titulado, lo que ya nos pone sobre aviso «Manifiesto». La creación de un espacio imaginario en el que convivir, en el que amar, en el que «conspirar» incluso, no puede hacerse en solitario. La complicidad para construir ese espacio se advierte en el continuo uso del «nosotros», pero, pese a la fuerza emocional que puede aportar un interés común, Fidalgo no idealiza el enfrentamiento del hombre con el destino. Es consciente de que en ese conflicto, siempre hay un mismo perdedor: «Es la historia de siempre, el que intenta / otra vida es perseguido y arrinconado», una historia trágica que se repite de forma regular: «Entender que no éramos los primeros / en ser expulsados y no seríamos los primeros». En el gran escenario del mundo, en ese Paraíso que «duró pocos días», los protagonista son otros, los perdedores son solo mudos actores de reparto: «Éramos solo el coro de una tragedia mayor», escribe el autor. Evidentemente, para proseguir, para no hundirse en el fango del fracaso, el autor tiene que renunciar a ese desdoblamiento que le llevó del yo al nosotros recuperar una identidad, inevitablemente transformada por la experiencia: «Estuvimos juntos y ya no lo estamos, eso es todo», pero al llegar al final no podemos sino preguntarnos ¿de verdad eso es todo? Esta claro que no.

Daniel Faria, el segundo título de este volumen, posee un carácter más íntimo, puesto que se trata de un intento de conversar con Daniel Faria (1971-1999), poeta y monje portugués fallecido en el monasterio de San Bento da Vitória por culpa de un accidente doméstico («Cuenta el abad que te caíste una noche yendo al baño. Te caíste y te golpeaste la cabeza…»), que dejó escritos libros como Explicación de los árboles y de otros animalesHombres que son como lugares mal situados y Los líquidos. Y digo intentos de conversación porque los diferentes fragmentos comienzan con esta interrogación: «¿Escuchas?», aunque también se pueden interpretar como oraciones, como ruegos cargados de dudas, de incertidumbres, como si, en lugar de un hombre, el autor tuviera frente a sí la imagen de un santo o del mismo Dios. En todo caso, esta conversación teñida de oración trata de configurar y dar sentido a una forma de entender la vida a través del lenguaje, de ahí la importancia suprema que tiene verbalizar la emoción, la desubicación, el abatimiento, la búsqueda de una plenitud que carece de visibilidad y que, por tanto, tanto se parece a la nada: «¿Escuchas? / Nadie se puede identificar con mi vida, / con mi desesperación o con mi soledad más absoluta. / Cuando era niño, solo movía los labios al rezar; / ¿tú no los has hecho? / Conozco tanto a Dios / que creo que puedo detener su palabra». A través de este diálogo imposible («Esto es un diálogo a muerte»), Pablo Fidalgo Lareo, a través de tantas pregunta sin respuesta, el lector puede ir imaginando el paisaje mental por el que transitan los recuerdos del autor («Es inexplicable lo que ocurre cuando la obra encuentra su lector ideal. El amante se transforma en lo que ama»), en una magnífica mezcla de biografía, intimismo anecdótico y poesía. Si Anarquismos podemos encuadrarlo dentro del término poesía política, Daniel Faria lo insertaríamos, no sin temor a caer en cierta ambigüedad, dentro de la poesía existencial. En cualquier caso, estamos ante una prueba más de que nada hay poético o antipoético por naturaleza. Todo dependerá de la habilidad y de la pasión que se ponga en transformarlo en poesía, y en estos textos hay mucho de ambas. Ojalá encuentren ese lector que, como escribía Pedro Salinas, esté convencido de que «cuando se lee no se aprende algo, se convierte uno en algo».

Reseña publicada en la revista El cuaderno digital

ÁNGEL PETISME. LA CAMISA DE MACHADO.*

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ÁNGEL PETISME. LA CAMISA DE MACHADO. PRIX INTERNATIONAL DE LITTÉRATURE ANTONIO MACHADO. EDITORIAL SILTOLÁ

No cabe duda de que en los últimos tiempos estamos asistiendo al resurgimiento de la poesía comprometida, una poesía que, sin embargo, no pierde de vista el análisis de la propia intimidad del poeta en relación a su propio ser, aunque también se implica en la realidad circundante. Para denominarla así, seguimos las palabras de Luis Bagué Quílez en su libro Poesía en pie de paz, galardonado con el Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria. Escribe Bagué: «Según esta acepción —se refiere a la acuñada por Jan Lechner en su libro “El compromiso en la poesía española del siglo XX (1968-1975)”—, la poesía comprometida es aquella en la que el autor procura abrir su intimidad a las preocupaciones colectivas y compatibilizar la interioridad psíquica del sujeto con los acontecer externos que pautan el discurrir el mundo actual. Se trataría de una lírica que no renuncia al egotismo ni a la meditación elegiaca, pero que ensancha este espacio discursivo con una mirada atenta al universo urbano y al entramado cívico subyacente». Pues bien, La camisa de Machado, el nuevo libro de Ángel Petisme (Calatayud, 1963), encaja a la perfección dentro de estos parámetros, unos parámetros, por otra parte, frecuentados habitualmente por Petisme en su larga trayectoria, jalonada por importantes premios, como el Claudio Rodríguez por el libro Cinta transportadora (2008); el Jaén de Poesía, por La noche 351 (2011) o el Miguel Labordeta por El dinero es un perro que no pide caricias (2015). Una camisa sucia es el reclamo simbólico del que parte el poeta para dar cuenta de las penosas circunstancias que sufrieron los republicanos que se vieron obligados a dejar la patria ante el violento avance de las tropas fascistas. Incardinando en sus versos versos del propio Machado, Petisme reconstruye ese penoso trayecto y el dramático final utilizando la técnica del monólogo dramático, poniendo en boca de Machado estas reflexiones: «En coma profundo en la otra cama, / aún siento que me cuida en su delirio. / ¡Adiós madre, adiós madre! / Cerrado el horizonte a cualquier esperanza / presiento ya el final. / Impávido, resignado la espero». Pero la voz de Machado es la voz de muchos de los exiliados, como Cernuda en el poema «Coyoacan, 1963», y el exilio de los republicanos, su lucha por la libertad y la democracia es el pretexto para denunciar otras injusticias más actuales, como lo sucedido en Grecia por causa del rescate bancario y las condiciones leoninas que impuso la Comunidad Europea: «Estoy en el Pireo con los niños de la tormenta, / en las rosas de la bancarrota, junto a los pensionistas, / en las esquinas del miedo, en las palabras sin saliva, / en lo silencios de esperanza de Grecia…» , como los niños/soldado: «Me obligaron a matar a mis padres. Tenía doce años. / Enseñé a las lágrimas a correr dentro de mi cabeza, / a disparar contra soldados del gobierno, a cargar / en mi frente los fardos y las balas», como esa España gobernada por políticos corruptos: «¿Qué haremos con España de los Trsites Destino, / con su trono vacío, su puerta giratoria, cuando al viejo golpista putero, entre algodones, / le obliguen a claudicar los consejeros del Gas natural? / La sangre azul rebasa manicomios, cuentas suizas» o como la ocupación israelí en la franja de Gaza: «En la colina de Sderot los israelíes traen sus sillas / para ver los últimos movimientos en Gaza. / Aplauden enardecidos al escuchar las explosiones». Petisme no elude ninguno de los males que aquejan a una sociedad tan desigual como la nuestra y reivindica conceptos como gratitud, libertad, dignidad o amor, a pesar de saber lo poco que significan hoy en día, porque se han convertido en «palabras gastadas». Su confianza en el poder redentor de la palabra quizá peque en algunas ocasiones —el poema titulado, en un guiño evidente a Blas de Otero, «La paz y la palabra» es un magnífico ejemplo—de un exceso de sentimentalismo en el que las buenas intenciones, enumeradas de forma prosaica, empobrecen el resultado estético del poema, y es que no resulta fácil deslindar la proclama, la consigna cuando la indignación ante los acontecimientos es tan grande. En todo caso, prevalece la verdadera poesía, porque Ángel Petisme conoce perfectamente los riesgos de supeditar lo poético a lo ideológico y sortea con pericia la tentación de dejarse llevar por el dogmatismo. Su escritura es directa, con una casi total ausencia metafórica y con una prosodia que guarda muchas similitudes con la prosa, con el discurso político, me atrevería a decir, todo en ello en pos de un efecto revulsivo que pretende despertar a las conciencias adormecidas. El libro finaliza con el poema «La camisa de Machado», en el que Colliure, el pueblo costero en el que fallecieron Antonio Machado y su madre, funciona como símbolo de esa otra España más generosa y benevolente, más justa y solidaria que todos anhelamos: «Aquí descansa la otra España, / los Campos de Castilla, los Cantares, / el Olmo Viejo, los mundo sutiles, / los Proverbios, estelas en el mar. / Un hombre silencioso y bueno. / La libertad, la soledad de España».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 10/01/2020

Ron Padgett. Inspirado

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Ron Padgett. INSPIRADO

La luz de la tarde que atraviesa el estanque

está haciendo hoy un buen trabajo, el cielo

es una mancha gris con un rastro exagerado

pero los árboles sobresalen con perfecta claridad

y aquí estoy, y si no estuviera,

no sabría la diferencia

como tampoco, por ejemplo, Shelley la sabría.

«Oh cielo y canción entrelazados en un abrazo salvaje

e inactivo oculto dentro de la raza humana»,

podría haber dicho él.

Es acertado pensar en Shelley

como una persona y no

como el gran poeta romántico

que murió trágicamente a los treinta,

Percy un joven con talento y juicioso

con un gran corazón y una mente abierta

que escribió algunos poemas mediocres

y algunos realmente geniales.

Todas las noches leo algunos e intento

imaginármelo escribiéndolos, pero

todo lo que consigo es una tenue visión de la espalda

de un hombre en una mesa en una fría habitación en Italia,

su brazo moviéndose ligeramente,

y a la luz parpadeante de las velas a una mujer

con un bebé dormido en sus brazos.

De vez en cuando el bebé musita «Gué»

y otra hoja de papel se agita

con palabras fluidas y brillantes.

Shelley está inspirado esta noche.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

 

 

MARIA AZENHA. LA CASA DE LEER EN LO OSCURO

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MARIA AZENHA. LA CASA DE LEER EN LO OSCURO. TRAD. JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. EDITORIAL TREA.

Gracias al texto de José Ángel Cilleruelo que precede a los poemas de Maria Azenha, poemas que él mismo ha vertido al español, conocemos algunos datos de la biografía de la poeta —nació en Coimbra, en 1945, es profesora de matemáticas, es también pintora y ha escrito más de veinte libros de poesía— y, lo que sin duda es más relevante, «los rasgos más importantes» de su obra, como «el acendrado lirismo, la naturaleza significativa, el sentido ecuménico, la imaginación sin paredes y la extrema sensibilidad ante el dolor», en aquello que se refiere a los motivos argumentales. Por lo que respecta a la estética que da forma a esas inquietudes, Cilleruelo facilita también algunas claves: «lenguaje directo, prosaísmo, oralidad, técnicas de vanguardia, ironía, mezcla de cultura literaria y cultura popular…». la poesía de Azhena es claramente alusiva. En ella las referencias de orden anecdótico, espacial y temporal, se nos escamotean con frecuencia y el lector queda en una especie de intemperie cognitiva que precisa de abrigo, de refugio para comprender la realidad que la acoge, algo que no siempre encuentra en las sorprendentes asociaciones que anidan en algunos de sus versos, como «Los sonidos del mundo son carbones encendidos en mitad de lo oscuro». Nada mejor para reflejar la inestabilidad de la experiencia que una poesía cuyo discurso se fragmenta en versos que eluden la narratividad, que no intentan definir, sino aproximarse al significado personal de lo percibido. Una poesía que frecuentemente se autoexamina buscando la precisión en el decir, ahuyentando lo prosaico y decantándose por el carácter simbólico del propio signo escrito. «El poema —escribe en el poema del mismo título del libro— es un cuarto oscuro / donde entras en soledad», y es que, efectivamente, la escritura exige un compromiso con la soledad, tanto física como espiritual, solo así se produce esa extraña comunión entre necesidad y ansia que desemboca en la página: «El poema arde en sus cabellos arduos. / El desespero horroriza la página». Se establece entonces una relación casi corporal entre el poema y quien lo escribe que traspasa las consideraciones de orden metalingüístico y avanza hacia aspectos más relacionados con lo ontológico, con esa fuerza que emana del ser desubicado, el que busca en la palabra una brida que sujete su devenir existencial o, incluso, si llegamos al borde de la cubierta, un salvavidas con el que el náufrago pueda alcanzar la orilla: «El poema v rodando de máscara en máscara / demente y olvidado / en la jaula de un loco // dentro de sí mismo / el infierno el mando y el miedo / el peso de la boca // en la boca de un muerto». La casa de leer en lo oscuro es una excelente manera de establecer un primer contacto con la poesía de Maria Azhena, porque, y seguimos el hilo argumental de Cilleruelo, contiene «versos en los que la luz vertida por el lenguaje poético sobre la matera oscura de una memoria y un presente trágicos logra entregárselos al lector iluminados».

Eduardo C. Corral. Síndrome de inmunodeficiencia adquirida

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Eduardo C. Corral. Síndrome de inmunodeficiencia adquirida

 

Me acerco a un arpa

abandonada

en un sembrado.

Un ciervo salta

por encima de la maleza

y me sigue

 

bajo la lluvia, una escarlata

herida de serpiente

en sus astas oscuras.

Mis dedos

enrollados alrededor de una esquirla

de vidrio—

 

es como coger la mano

de un niño.

Cortaré las cuerdas del arpa

para mi mandolina,

usaré el marco como una ventana

en una capilla

que aún no se ha construido. Rascaré

 

su laca

azul, derretiré los copos

caídos con

una vela y un cazo

y pintaré

la curva interior

de mi tazón de sopa.

 

El ciervo me rebasa.

Bajo la cabeza,

saco mi lengua

para degustar

la miel que embadurna

su pata trasera.

 

En el centro del sembrado

me agacho cerca

de una roca grabada

con un número

y miro el fantasma

azul de la gacela.

La lluvia cayendo a través de ella.

 

Versión de Carlos Alcorta