MARTA AGUDO. HISTORIAL

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MARTA AGUDO. HISTORIAL. EDITORIAL CALAMBUR, 2017

 La enfermedad produce una desubicación espacial, un encadenamiento a las argollas de la soledad del que es menos responsable el enfermo que las personas que lo rodean, la enfermedad distorsiona la visión de la realidad o, quizá —gracias a esas lentes de aumento que se instalan en la conciencia del doliente—, la realidad —el fragmento de mundo que alcanza a divisar desde esa celda física, pero también mental que el dolor construye— muestra con diamantina claridad sus aristas: «Romper vínculos para no dañar, oídos sordos, manos ásperas que corten o capitolio cerrado con bufón adormecido. Irse quedando sola entre nódulos de conciencia, sin espacio ya ni tiempo, ni otra dimensión que la de ir, poco a poco (con el disimulo variable del pez que no respira), dejándome resbalar». No siempre, claro. En la intensidad de la percepción influirá de forma determinante la gravedad de la aflicción y los órganos damnificados por la desgracia. La enfermedad tiene y no tiene que ver con el accidente. Las consecuencias físicas o intelectuales no son calibradas de igual modo, ni siquiera en el aspecto laboral y administrativo si provienen de una u otra causa. La persona enferma goza de menor consideración legal que la persona accidentada. Lo mismo ocurre con un producto defectuoso de fábrica y otro que se deteriora por el uso continuo. El accidentado es observado también con lástima, pero es una lástima conciliadora, promisoria, no como la que se profesa al enfermo, la cual, generalmente, está cargada de resignación y duelo, tal vez porque el enfermo está «presente sin estar alerta, [estar] como quien se levanta/ y tacha otro día sin divisar el serrín de un nuevo cortalápices». En Historial, el nuevo libro de Marta Agudo, reflexiona sobre la forma de enfrentarse al nuevo estado que el individuo adquiere cuando conoce el alcance de su dolencia y lo hace desde el mismo instante en el que se le comunica dicho resultado: «El día quince de mayo a las doce y media salió de la consulta con las palabras “enfermedad sin tregua”». El pulso narrativo —e informativo—de estos versos es innegable (nos recuerda, en algunos momentos, al José Hierro de «Réquiem») como resultado, acaso, de la necesidad de extender el verso para comprender la nueva realidad. Es posible que ciertos temas se adapten mejor a una prosodia que a otra, pero creemos que dicha elección solo concierne al autor, es únicamente potestad suya, porque la poesía, como decía Bataille «no puede ser un pasatiempo, menos todavía un enriquecimiento: […] su poder consiste en comunicar el estado del poeta a quienes lo escuchan». En cualquier caso, sí resulta evidente el cambio expresivo que han experimentado los poemas de Marta Agudo con respecto de sus libros anteriores, Fragmento (2004) y 28010 (2011), mucho más depurados y sintéticos lingüísticamente. Ahora una intensidad de la emoción distinta conduce su escritura hacia un campo de visión no más extenso, pero si más profundo, ahora mira con los sentidos, con la imaginación, no con los ojos de la razón, aunque ésta siga presente en versos que parecen extraídos del historial clínico: «Es en el pulmón donde comienza la historia. El oxígeno/ fecunda los materiales que un dios que no vive dibujó./ Sean los leucocitos, hematíes y glóbulos blancos». Racionalizar el destino, objetivarlo es, en muchas ocasiones, solo posible recurriendo al irracionalismo, al poder evocador de las asociaciones, de los vínculos secretos que poseen entre sí las experiencias interiores, las emociones y los pensamientos y todos ellos, a su vez, con las palabras. De alguna manera buscamos la forma de regresar a una situación anterior, a aquella verdad que sustentaba la vida, cuando todo era una posibilidad, porque ahora, en este presente, «la esperanza persiste en el cráneo como flor que alguien deja dentro del ataúd». Parafraseando a Cioran, podemos preguntarnos ¿qué es una crucifixión comparada con la crucifixión cotidiana que padece el enfermo? Historial es un libro escrito sin anestesia, un libro que impone su propio discurso cognitivo, sin atender a presupuestos teóricos. Lo que para otros condujo a un despojamiento verbal, cercano al silencio, como Valente, recordado en algún pasaje de este libro, o Chantal Maillard, para otros ha supuesto cobijarse al amparo de las formas clásicas, como en algunos poemas últimos de Eduardo García e, incluso para terceros, como el poeta norteamericano Christian Wiman en su último libro, My Bright Abyss (Meditación de un creyente moderno), un acercamiento a la fe a través de la poesía. No hay fórmulas mágicas para enfrentarse al destino. Marta Agudo ha elegido encarnar las emociones dejando que el lenguaje se libere para que la palabra revele de la forma más intensa posible la dramática experiencia que intenta trasmitir. La lucha ha sido encarnizada, pero gracias a ese combate los lectores podemos comprobar que también la destrucción genera belleza, la belleza de las segundas oportunidades.

TOMAS VENCLOVA.PUERTO DE NUEVA INGLATERRA*

TOMAS VENCLOVA

PUERTO DE NUEVA INGLATERRA

No el mar, sino sofocantes neblinas, bloques de cemento
y vías abandonadas, atravesadas ​​por el ennegrecido carmín del crepúsculo
que, de vez en cuando, mancilla el cielo. Separó con
algas pestilentes el pronunciado rompeolas —un refugio para las gaviotas.
Donde la arena y el estrecho convergen, una figura espera que el color púrpura
se desvanezca en el lado opuesto de los cientos de mástiles desordenados
para volver a casa cuando ocurra. Pero, ¿dónde está la casa?
¿Aquí, o en la otra orilla del océano? ¿En las montañas, donde los aludes
han cortado las pistas? ¿Bajo abetos en la carretera de regreso,
donde uno puede vislumbrar viejas bodegas subterráneas? ¿En el envejecimiento del cuerpo,
que se niega a rendirse? ¿O quizá en la incertidumbre
de la existencia? ¿En la certeza de la fugacidad? ¿En este lugar envenenado por el óxido —¿o, de nuevo, en la mirada que puede todavía descubrir aquí

la simetría, la armonía y la medida que logran encontrar?

Versión de la traducción al inglés. Carlos Alcorta

HOMENAJE A RAÚL ZURITA

PORTADA

HOMENAJE A RAÚL ZURITA. LA GALLA CIENCIA, NÚMERO 7, 2017

Zurita es el nombre de una población del municipio de Piélagos (Cantabria), que cuenta con poco más de 900 habitantes y entre sus hijos ilustres presume del poeta del Siglo de Oro Antonio Hurtado de Mendoza. Zurita es también el apellido de un poeta de nombre Raúl, nacido en Santiago de Chile en 1950, al que está dedicado el número 7 de La Galla Ciencia, revista que coordinan Joaquín Baños, Noelia Illán, Samuel jara, Daniel J. Rodríguez y Sara J. Trigueros con envidiable tesón y excelente criterio. Este número homenaje, de casi 200 páginas, comienza con un texto inédito del poeta chileno titulado «El mar del dolor», que está dedicado a Galip Kurdi (cualquiera que dese saber algo más sobre este desgarrador suceso no tiene más que teclear el nombre en el buscador de Google). El volumen recoge una selección de poemas zuritianos de autores de distintas nacionalidades y generaciones. «Hoy se escribe más que nunca y, sobre todo, hoy que la liberalización de las fórmulas de edición ha provocado un estallido de jóvenes poetas que ofrecen su obra no solo a través de los cauces editoriales habituales , sino también haciendo ruido en la red a través de blogs, tuits, páginas personales, a través de micromecenazgos, autoediciones, y proyectos colaborativos. Hoy más que nunca, decíamos, preparar una antología es cargar con la piedra de Sísifo, tratar de poner orden en el torrente descomunal de un río que apenas empieza su curso.», escriben Carmen Juan Romero y Víctor Manuel Sanchís Amat en el prólogo. Toda antología lleva en su seno la controversia. Se cuestionan inclusiones, se echan en falta nombres excluidos, se discrepa del método y de los criterios de selección, etc, más si la antología se ocupa de autores vivos (sobre los muertos suele haber un mayor consenso). Los responsables de esta selección son conscientes de ello y han hecho su apuesta asumiendo riesgos. Hay nombres que gozan de un reconocimiento casi unánime, pero otros muchos otros son jóvenes aún en agraz que necesitan que el tiempo afine su filtro para definir su importancia. «En estos tiempos convulsos […] los jóvenes poetas están hiriendo de muerte al lenguaje. Si algo define esta poética es el experimentalismo lingüístico, la ruptura del endecasílabo, la supremacía de la prosa poética, donde el ritmo salmódico se construye con una sintaxis abrupta y cambiante, a partir de enumeraciones disruptivas y de la brusquedad de las imágenes», escriben los prologuistas y responsables de la antología. Bien, no son éstas actitudes originales, evidentemente, pero reconforta leer estas muestra de sangre nueva, ahora que en las librerías el espacio para la poesía ha sido ocupado por novelas rosas en verso, por desahogos sentimentales sin ningún ambición estética, por nimiedades de manual de autoayuda. En este número de La Galla Ciencia hay poesía de verdad, porque a un autor tan exigente, tan comprometido, tan generoso como Zurita no se le puede homenajear con vulgaridades. Nombres como Antonio Gamoneda, Ana Blandiana, Antonio Colinas o Efraín Bartolome pertenecen ya al canon más exigente Otros como María Auxiliadora Jordi Doce, Jorge Riechman, Valerie Mejer son suficientemente conocidos por todo lector atento. Junto a ellos un plantel de poetas de ambas orillas del Atlántico que abarcan un arco temporal amplísimo, desde 1969 (Lionel Lienlaf) hasta 1995 (Myriam Seda). Resulta imposible mencionarlos a todos, ni siquiera intentar agruparlos por tendencia estéticas, tan dispares son sus planteamientos. En todo caso, y esta es otra de las virtudes de esta revista de diseño exquisito, el número se completa con una breve, pero imprescindible, nota bibliográfica que ayuda al lector a ubicarse en el mapa poético que esta antología dibuja.

LUIS BAGUÉ QUÍLEZ. CLIMA MEDITERRÁNEO*

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LUIS BAGUÉ QUÍLEZ. CLIMA MEDITERRÁNEO. XXX PREMIO TIFLOS DE POESÍA, 2017

 Los lectores que frecuenten la obra de Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) percibirán, al comenzar “Clima mediterráneo”, de inmediato un cambio notable en su poesía. Se ha despojado de retórica para volverse más concentrada; evita los circunloquios para percutir en ese centro no siempre inmóvil de la diana de los significados. Y este cambio se efectúa, sin embargo, siendo fiel a unos principios estéticos que, con pocas variaciones, el autor ha defendido desde sus primeros libros, principios como la claridad formal y la cotidianidad argumental. ¿Qué ha ocurrido entonces?, podemos preguntarnos. Nos atrevemos a afirmar que ese despojamiento verbal al que aludíamos tiene que ver con esa toma de conciencia de la responsabilidad histórica del poeta (estamos hablando de un poeta que ha escrito un ensayo imprescindible como “Poesía en pie de paz. Modos de compromiso en el tercer milenio”, con el que obtuvo el Premio de Investigación Literaria Gerardo Diego en 2006 y en el que afirma que «El retorno al paradigma ilustrado provee a los jóvenes autores de unas premisas ideológicas basadas en la solidaridad y el mantenimiento de la libertad, de un discurso racional que se enuncia en un tono moderado y de un estilo figurativo que subraya la comunicación entre el autor y los lectores») que anteriormente había permanecido más en retaguardia. La visión del antihéroe se ha vuelto panorámica. En “Clima mediterráneo” —el mismo título nos da ya alguna pista— se recurre a la ironía como técnica para que el exceso de realidad, una realidad insoportablemente trágica, no adultere la emoción, como en estos versos del poema «Dieta mediterránea»: «Lo nuestro, desde siempre,/ han sido el ascetismo y los productos frescos,/ la carne mística/ y la caducidad». No cabe duda de que el verdadero compromiso del poeta reside en el propio poema, pero, como hijo de su tiempo que es, no le resulta fácil permanecer ajeno a esta época de degradación individual y de pérdida de valores humanos, de declive democrático y de desigualdad social. Las maneras de enfrentarse a esta circunstancia histórica no difieren en lo principal. Poetas en español de ambas orillas del Atlántico («También está el Atlántico,/ que es el Mediterráneo/ bajo cero: más litoral que costa,/ un balcón colonial venido a menos») se reconocen en un mismo Mediterráneo simbólico, porque el mar es visto «como una puerta giratoria», «Es el mar contra el mar:/ un maricidio».

En la segunda parte del libro, «Hecho en España», la mirada de Bagué Quílez se detiene en establecer correspondencias entre esa España atávica tan presente en la conciencia colectiva, «patria de mil exilios,/ tierra para el destierro,/ imperio donde nunca/ llega a ponerse el sol que más calienta», y la España actual, no tan distinta, como sabemos. Familias reales (la goyesca de Carlos IV y la “antioniolopezca” de Juan Carlos I), símbolos imperecederos (el Quijote o el toro de Osborne) o el grave problema de la especulación urbanística (palacios versus viviendas de protección oficial). Pero quizá el poema que mejor ejemplifica esta transformación a la que aludíamos más arriba sea el titulado «Contra lo sublime», que surge a partir de unos versos de la poeta norteamericana Kay Ryan y finaliza con esta estrofa: «Pido una proporción hospitalaria./ Busco la magnitud de lo habitable», tal vez los más testimoniales del libro. Nada de grandes epifanías, nada de dogmas ni heroicas conductas tan proclives, por otra parte, a ceder al vulgar patetismo. Bagué Quílez regresa a la realidad más real y lo hace con un verso incisivo, con un lenguaje exacto, determinante que refleja un desencanto insurgente o, como escribe Ángel L. Prieto de Paula en el paratexto, que trasmite un «escepticismo expansivo» que resulta aleccionador, y contagioso.

*Reseña publicada en en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 12/05/2017

PETER GIZZI. EL FANTASMA SIN TÍTULO DE AMHERST*

PETER GIZZI

EL FANTASMA SIN TÍTULO DE AMHERST

 

un sonido de suelo agrietado ha sido hallado 

ahora un mechón de plata titilante sobre el tejado 

un duendecillo de plata diciendo adiós hace mucho tiempo desde un mástil 

soy una hoja en una tormenta nocturna 

he visto la larga columna de mulas y metal 

la caballería 

estos sonidos que nosotros vivimos en el interior de quien te habla a ti ahora 

señor, yo era un soldado en estos bosque

*Publicado en el número 3 de la revisa LEÑALMONO

 Versión de Carlos Alcorta

Blog, 13/05/2017

 

JOSÉ MANUEL SUÁREZ. TRANSOSCURECER.*

JOSÉ MANUEL

JOSÉ MANUEL SUÁREZ. TRANSOSCURECER. LAS ÚLTIMAS MUERTES DE PAUL CELAN. ORATORIO. ARENA LIBROS, 2016

No cabe ninguna duda de que Paul Celan (Czernowitz, 1920 – París, 1970) representa el estado de ánimo, el espíritu dramático de una época muy concreta en nuestro continente, la posguerra mundial (con la toma de conciencia colectiva de los atroces crímenes cometidos durante la contienda) porque, como poeta judío en lengua alemana que fue, no pudo eludir las consecuencias de la mayúscula tragedia que le tocó vivir y su poesía, de carácter hermético, críptico en muchas ocasiones, es un excelente reflejo de ello, aunque el lector sólo pueda acceder a su significado más alto a través de aproximaciones, de indicios, de merodeos semánticos. La ausencia de los recursos retóricos usuales de la lírica —las metáforas, las imágenes poéticas de contenido simbólico, etc.— y de la descripción narrativa propia del material de contenido biográfico dificultan ese acceso, pero, en contrapartida, logran seducir por ese imán que posee la palabra reveladora, por la capacidad evocadora, por la intensidad, por la profunda herida existencial y la dolorosa búsqueda de un yo tratando de sobrevivir sin esperanza que trasmiten sus versos. Los últimos días del poeta son especialmente dramáticos y José Manuel Suárez, autor de una vasta obra poética en la que destacamos libros como En sigilo de llama (1994), Desde más luz (1996, En sed de alianza (2006), Tras las huellas de un ala (2009), La velocidad de la luz (2010) o Pintura de interiores. Cuarteto (2013), recrea esos momentos febriles en los que el delirio provoca la disolución del yo y un aluvión de imágenes y recuerdos sólo reproducibles a través de la palabra poética, palabra disciplinada pero independiente y capaz de subvertir el significado común. Para dar forma a este conglomerado de voces que surgen de la precipitación del recuerdo José Manuel Suárez se ha valido de nuevo de una estructura musical, el oratorio (antes lo había hecho con el cuarteto), que consta de partes corales e instrumentales en las que intervienen la orquesta, los coros (nueve coros participan en le cuadro I de este poema) y los solistas que van describiendo las sucesivas escenas de la acción. Su temática inicialmente estaba centrada en asuntos religiosos y, teniendo en cuenta que mucha de la poesía de Celan es una forma de oración y se invoca de continuo a la divinidad, nos parece una fórmula del todo acertada. Recordemos que Gadamer explica que orar no es rogar, «Escuchar una oración es más bien algo que antecede a cualquier posible satisfacción de lo que en ella se pide. Escuchar una oración es el acto de ser oída esa oración, la presencia de aquel al que se invoca en la oración». Recrear, imaginar los últimos días en la vida del poeta, días en los que, como escribe José Manuel Suárez, «alejado de los suyos, enfermo y solo en su apartamento, oye muchas voces que le hablan, las tiene junto a sí, habla con ellas» es un proyecto de una envergadura superlativa. Paradójicamente, es necesario tener la mente muy alerta para reflejar esa especie de sonambulismo que produce la agonía, para ponerse, no sólo en la piel del moribundo, si no para modular las distintas voces con las que dialoga en ese duermevela de la conciencia, cuando ésta permanece latente, pero activa en su desconcierto. Dar cuenta, además, de las dramáticas experiencias que hubo de sufrir, narrarlas con la vitalidad poética con la que lo hace Suárez, supone un profundo conocimiento de la poesía y de la biografía del poeta y una esperanza en la capacidad redentora de la palabra poco frecuente, como podemos comprobar —y los ejemplos son innumerables— en este fragmento puesto en la boca de la poeta Nelly Sachs que nos da, por otra parte, una idea de las dificultades que conlleva ese desdoblamiento emocional que José Manuel Suárez ha puesto en práctica: «Yo te busqué y llamé. Con gran fervor dejé a tu puerta la primera carta./ Viniendo de tan lejos, desconocida, tardaste en escribirme./ Cuánto deseaba tu respuesta pues mi corazón se hermanaba con el tuyo/ desde aquellos primeros versos que llegaron a mí». Celan responde «Tu dolor me encontraba y me arropaba. Yo, sin embargo, no te daba calor —quien se puso de tu lado, un vaciado de lo perdido eres tú». Otras muchas voces habitan en este libro, voces anónimas, voces identificables como la de la citada Nelly Sachs, la de la también poeta Ingeborg Bachmann o la de su esposa, Gisèle Lestrange y en todas ellas Suárez ha sabido individualizarlas con sus propios registros, algo sumamente complicado y digno de toda nuestra admiración.

  • Reseña publicada en el núm. 121/122  de la revista TURIA

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. EL ARTE DE QUEDARSE SOLO.

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. EL ARTE DE QUEDARSE SOLO. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

Cuando leo a García Martín con frecuencia me vienen a la memoria estas palabras de Philip Larkin (1922-1985): «Mi vida es tan simple como puedo. Trabajar todo el día, cocinar, comer, lavar los paltos, hablar por teléfono, beber, televisión por las noches. Casi nunca salgo. Supongo que todo el mundo procura ignorar el paso del tiempo: algunos hacen muchas cosas, están un año en California y el Japón al siguiente, y después está lo que hago yo: hacer lo mismo exactamente todos los días y todos los años. Probablemente ninguna de las dos maneras sirva». Esa rutina parece ser la que gobierna los días de García Martín, y digo parece, porque, a medida que avanzamos en la lectura de sus libros nos damos cuenta de que esa rutina se rompe con facilidad, aunque quizá tales fracturas sean parte también de una vida rutinaria.

Por otra parte, no cabe duda de que, para quedarse solo, se necesitan ciertas dotes, no tanto artísticas como concernientes al carácter del presunto solitario, características que le distancian de los demás, que le facilitan su aislamiento. Algunas son, sin duda, conocidas: la beligerancia permanente, la inquebrantable pretensión de querer tener siempre razón («Una persona que se empeña en tener razón, y yo no hago otra cosa, aburre y cansa»), la indiscreción o el afán por transgredir las normas de lo socialmente correcto en lo tocante a las relaciones con el prójimo. José Luis García Martín cumple como nadie estos requisitos, como sabemos quienes venimos leyendo sus diarios y sus reseñas literarias desde antiguo, por más que él no se canse de afirmar que le basta con poco para encontrase a gusto con una persona, pide solo «una relación entre iguales». El arte de quedarse solo (título que proviene de un artículo de Guillermo Díaz-Plaja) es, nada más y nada menos, una nueva entrega de ese diario en marcha —diario, no novela galdosiana— que inició su andadura con Días de 1989 y abarca desde el 29 de agosto de 2015 hasta el 19 de junio de 2016. Dos años, prácticamente, en los que pocos son los días que carecen de anotación.

No hay en estas entradas tema que el juicio perspicaz del autor deje pasar por alto porque no rehúye jamás la controversia. Expresa sin tapujos su opinión sobre el siempre resbaladizo asunto del nacionalismo («Para que Cataluña quede fuera de la Unión Europea —afirma con tino—, no basta con que declare bilateralmente [sic] su independencia: hace falta además que esta sea reconocida oficialmente por España. Si España no la reconoce, los catalanes, aunque se declaren independientes, siguen siendo oficialmente españoles, y por tanto ciudadanos de la Unión Europea». Lástima que independentistas y nacionalistas hagan oídos sordos a esta verdad de Perogrullo). Rebate opiniones de expertos en jurisprudencia que no parecen serlo tanto, enmienda la plana a novelistas famosos o a cineastas admirados siempre con argumentos. Gusta García Martín de las descripciones someras, casi telegráficas en muchos casos; de la frases precisas y/o sentenciosas, como estas que transcribimos: «El amor es como las historia de Sherlock Holmes. Lo mejor es el comienzo. Todo lo demás, si se ha dejado atrás la adolescencia, resulta aburrido, previsible y con un defraudante desenlace. Pero el comienzo, cualquier comienzo…» o «La mortalidad prorrogada indefinidamente es otro de los nombres del infierno», aunque estas aseveraciones no deben ser tomadas al pie de la letra, porque hay algo de divertimento, de juego de los errores, de provocación en muchas de ellas («Me gustan que se metan conmigo —escribe— para tener ocasión de replicar, desbaratar los argumentos del contrario, entrar a matar, dar jaque mate»). No obstante, si algo admira por sobre todas las cosas García Martín es la inteligencia, esa capacidad «de ver claro, de no dejarse obnubilar por los prejuicios, de tomar la decisión más adecuada con los datos de los que se dispone, de entender el mundo y sus gentes, de hacerlo más habitable». Evidentemente, a menudo cumplir estos propósitos mencionados no es fácil, y es muy posible que llevar a la práctica alguno de ellos lleve aparejado el incumplimiento de otros, porque no siempre nuestra percepción del mundo es compatible con la del prójimo y resulta un frágil consuelo pensar que «esos amigos que uno va dejando atrás ¿alguna vez fueron verdaderos amigos? Lo fueron, pero no de ti sino del que ellos creían que tú eras». Supongo que la frase se podría invertir y tendría el mismo sentido. El hombre rutinario que es García Martín («Soy de esas personas que tienen previsto con todo detalle lo que han de hacer en cada hora del día y que, si no pueden hacerlo, se quedan en blanco, sin saber qué decisión tomar, en una angustiosa perplejidad») no escatima en estas páginas la descripción de su día a día, sus horarios, sus lecturas, las ciudades que visita (que son también otra forma más de una rutina). Lo que parece evidente es que esa vida rutinaria es, para otros, una vida apasionante, por eso sigue seduciendo a los lectores de sus diarios. Rutina apasionada o apasionamiento rutinario, tanto da, el caso es que entre las páginas de El arte de quedarse solo encontramos mucho más arte —literario, narrativo— que soledad, y esa es su mejor virtud.

ELAINE FEINSTEIN. MANOS

ELAINE FEINSTEIN

MANOS

Primero nos reconocimos como si fuéramos hermanos

y cuando nos cogimos de las manos tu tacto

me hizo estúpidamente feliz.

       Coge mi mano, dijiste en el hospital.

Tenías manos grandes, manos fuertes, suaves

como las de un padre mediterráneo

acariciando la cabeza de un niño.            

      Coge mi mano, dijiste. Siento

      que no moriré mientras estés aquí.

Tomaste mi mano en nuestro primer vuelo en avión

y en la ópera, o viendo

un video que querías ver conmigo.

Coge mi mano, dijiste. Me quedaré dormido

              y ni siquiera sabré que no estás ahí.

 

Versión de Carlos Alcorta

DONALD HALL. ENSAYOS DESPUÉS DE LOS OCHENTA.

DONALD

DONALD HALL. ENSAYOS DESPUÉS DE LOS OCHENTA. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

Produce cierta desazón leer esta especie de testamento, de declaración de últimas voluntades de Donald Hall, un poeta en muchos momentos hímnico, pero al que el peso de la edad (nació en 1928) parece haber vuelto más escéptico, más desencantado, algo absolutamente comprensible, por otra parte. En contacto permanente con una naturaleza semisalvaje, la que rodea Eagle Pond Farm, la granja familiar que tantos vínculos guarda con sus ancestros y en la que vive actualmente, su poesía ha sabido reflejar esa vida bucólica, sencilla, alejada del boato y del apresuramiento, heredera directa de autores como Thoreau, pero no sólo en su poesía está presente esta relación. Hall ha escrito libros de ficción, obras de teatro (Pan y rosas), libros para niños (Ox-Cart Man, Soy el perro, soy el gato), etc.), autobiografía (El mejor día el peor día: La vida con Jane Kenyon, Life Work)) además de ensayo (Escribir bien, Poesía y ambición, Muerte a la muerte a la poesía, etc.), género en el que podemos encuadrar estos Ensayos después de los ochenta, aunque estén entreverados de circunstancias personales, por lo que se acercan más a la biografía que al ensayo propiamente dicho; unas circunstancias que hablan de los impedimentos de la vejez (tangencialmente tratados ya en un libro de poemas como The One Day).

Da cuenta de las indignidades, del desvalimiento, de las concesiones que se ve obligado a hacer por la avanzada edad. Da cuenta también de las mujeres que han pasado por su vida, del vicio de fumar, de las cartas de rechazo a sus manuscritos, de las lecturas de poesía, de la incapacidad de escribir poesía mientras la prosa perdura, de las vistas que divisa desde su ventana («A través de la ventana» fue el primero de los textos que integran este volumen y apareció en el New Yorker en 2012. En él incluye contrapuntos hirientes y grotescos —la insuficiencia cardiaca de su madre, la muerte de Jane, las comidas calentadas en el microondas— a las escenas bucólicas, idílicas —ver nevar, contemplar a los pájaros y las ardillas alimentándose en los comederos puestos al efecto, cerca de su ventana—. No narra situaciones apacibles, sino momentos de privaciones y carencias. La edad, lejos de ser un remanso de paz, es un lastre en el que la imposibilidad de escribir no es la peor de las consecuencias: «Ya hace tiempo que no me salen poemas nuevos con metáforas y sonidos prodigiosos. La prosa se me resiste. Siento que los círculos se hacen más pequeños, y que la vejez es una ceremonia de pérdidas». No es la vejez un pozo de sabiduría, una sabiduría que, por otra parte, carece de objetivos, «La vejez es una galaxia desconocida de la que nunca sabemos qué nos va a deparar. Es una galaxia ajena, extraterrestre, y los viejos son formas apartadas de vida». Ya lo dice en el poema «Afirmation»: «To grow old is to lose everything. / Aging, everybody knows it». Los impedimentos físicos, el deterioro mental, la falta de esperanza son barreras que el paso de los años van haciendo más infranqueables, aunque trate de hacer como que no las ve, de mirar hacia otra parte: «Si por un momento olvidamos que somos viejos, lo volvemos a recordar cuando intentamos ponernos de pie, o cuando nos tropezamos con alguien más joven que parece examinar nuestra piel verde y nuestras dos cabezas con protuberancias». Pero estos textos no hablan solo de los inconvenientes de la vejez. Hall es un excelente conversador al que su afán didáctico le lleva a reflexionar sobre múltiples aspectos de la realidad, una realidad en la que la escritura tiene un papel fundamental (el hecho de que a sus ochenta y tantos continúe escribiendo es tanto un síntoma de vitalidad y de confianza como de perseverancia, una prueba de su carácter inquisitivo), una escritura concebida con una búsqueda de la precisión, como un trabajo de orfebre en el que el tesón, el trabajo constante y la emoción resultan imprescindibles para comprender la experiencia. He aquí algunos consejos que debieran encabezar cualquier manual de escritura creativa: «El mayor placer de escribir es reescribir. Mis primeros borradores son lamentables»; «Corregir lleva tiempo, es un proceso largo y satisfactorio»; «Un poema tiene que funcionar desde la tarima, pero también ha de funcionar en la página». Hay también lugar para asuntos más intrascendentes, como las tres barbas que ha lucido el poeta a lo largo de su vida o su aspecto desaliñado, con el que bromea a menudo, el beisbol y su equipo preferido, Red Sox de Boston: «Desde abril hasta octubre veo todas las noches a los Res Sox. No escribo, no hago nada. Después de cenar me convierto en el macho americano, aunque pienso de manera diferente». Por último, de manera más o menos implícita, un tema transcendental recorre estas páginas, la muerte, protagonista, además, del texto así titulado, «La muerte», en el que escribe cosas como estas, no exentas de ironía: «A mi edad siento complacencia por la muerte, aunque algunas veces me causa tristeza pues todos estamos de acuerdo en que morirse jode»; «Es casi liberador saber que he de morir más bien pronto, lo mismo que es un consuelo no tener que obsesionarme por mi propio orgasmo». Pero no nos engañemos, este es un libro no de claudicación, como pudiera parecer por lo descrito, sino de resurrección. Donald Hall demuestra que si su salud está muy deteriorada, su escritura goza de una vitalidad que ya quisieran para sí muchos jóvenes poetas.

GABRIEL FERRATER. (O EL DESENCANTO DE LA INTELIGENCIA)*

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GABRIEL FERRATER

(O EL DESENCANTO DE LA INTELIGENCIA)*

Se cumplen 45 años del suicidio de uno de los poetas fundamentales en lengua catalana de nuestra época

«Hubo una vez un hombre que a los treinta y cinco años prometió no vivir más de cincuenta. Se llamaba Gabriel Ferrater. Estaba con un amigo en un café de la plaza Prim de Reus, bebían ginebra en la terraza, el cielo era claro y volaban vencejos». Así comienza la novela de Justo Navarro “F.”, que el autor dedica a recrear la vida del poeta que decía no querer «oler a viejo». Hubiera cumplido los cincuenta el 20 de mayo de 1972, pero el 27 de abril se suicidó en su piso de Sant Cugat. Había empezado a redactar la gramática catalana, un encargo que quedaría, por la fuerza de los hechos, inconcluso.

La mayoría de los testimonios de amigos y conocidos el poeta coinciden en afirmar que Ferrater fue un hombre atormentado, de un pesimismo casi genético, interrumpido en ocasiones por momentos de exaltación, en algunos casos, desbordada. Ferrater no fue un hombre convencional ni en sus inclinaciones profesionales ni en su forma de ponerlas en práctica. Fue un hombre culto e hipersensible y tanto sus fobias como sus filias formaron parte de una personalidad en constante conflicto consigo mismo y con el entorno.

Nació en Reus en 1922 en el seno de una familia burguesa dedicada al sector vinícola, lo que posibilitó que tanto él como sus dos hermanos, Joan y Amàlia, recibieran una educación distinguida y exigente. No fue un gran estudiante pero sí un infatigable lector desde muy temprana edad (su padre, Ricard Ferraté, poseía una biblioteca extensa y actualizada), lo que alimentó su deseo de escribir y de ejercer la crítica tanto literaria como artística desde muy joven. «Fue en el otoño de 1947, y con ocasión de su primera visita al Museo del Prado, cuando el interés intelectual de Gabriel Ferrater se volcó, con la pasión y el rigor que le eran característicos, sobre el estudio de la pintura, al que dedicó gran parte de su atención en el curso de los años siguientes» escribe su hermano Joan Ferraté. En el libro “Sobre pintura”, publicado en 1981, se recopilaron todas los artículos y ensayos que comenzó escribiendo para la mítica revista “Laye”, gracias a la cual trabaría amistad con dos personajes que llegaron a ser importantísimos en su vida, Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma. Estas amistades influyeron en que su antiguo interés por la poesía se reanudara y, seguramente, también tuvieron mucho que ver en el hallazgo de otras tradiciones literarias. Será la influencia de poetas en lengua inglesa la que más se dejará sentir: Hardy, Frost, Auden, pero también Shakespeare o John Donne, aunque no descuida las lecturas en lengua alemana o en la suya propia, el catalán (él mismo reseña «la importancia molt gran que per a mi va tenir l’amistad de Carles Riba. Allò va ser decisiu. Carles Riba tenia una qualitat que no té cap altre escriptor català, una cosa superior. Riba comunicava experiència humana i un es tornava més adult tractant-lo».

En colaboración con el pintor Josep María Martín escribe, en 1951, una novela policiaca en castellano, “Un cuerpo o dos”, que no vería la luz, sin embargo, hasta 1987. Poco después comienza a ganarse la vida como traductor (aprendió alemán de niño con su preceptora y francés durante los años que pasó exiliado en Francia durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra). No será hasta 1959 cuando aparecen los primeros versos de Gabriel Ferrater, «Seis poesías», en Cuadernos Hispanoamericanos («Hacia 1958, cuando tenía 36 años, que es una edad ya muy mayor para un poeta, me puse a escribir por primera vez porque tenía ciertas cosas que decir, sobre los hombres, sobre las mujeres, España, etc.». El año siguiente aparece su primer libro, “Da nuces pueris”, casi al mismo tiempo que comienza a redactar informes de lectura para la editorial Seix Barral. Él mismo explica sus preceptos poéticos con estas palabras (que traducimos del catalán): «Entiendo la poesía como la descripción de la vida moral de un hombre normal, como lo soy yo… Cuando escribo un poema, la única cosa que me ocupa y me cuesta es definir exactamente mi actitud moral, o sea, la distancia que hay entre el sentimiento que la poesía expresa y el que podríamos llamar el centro de mi imaginación». Como miembro de la delegación de Seix Barral participa en la segunda convocatoria del Premio Formentor, en 1962, defendiendo la candidatura de J.V. Foix. Este mismo año publica su segundo libro, “Menja’t una cama”. Durante seis meses trabajará de lector en Hamburgo para el editor Rowohlt Verlag. Escribe 110 informes de lectura y da forma a los últimos poemas de su tercer —y último— libro de poemas, “Teoria dels cossos”. Estamos en la Navidad de 1963. Regresa a Barcelona y se reencuentra con Jill Jarrel —periodista norteamericana que trabajará después en la Agencia Literaria de Carmen Balcells— en Madrid y con quien contraerá matrimonio el 2 de septiembre de 1964 en Gibraltar. Su carrera profesional parece asentarse cuando lo nombran director editorial de Seix Barral, aunque sus intereses intelectuales comienzan a decantarse por la lingüística, sobre todo después de la profunda decepción que le produce la lectura de la “Gramatica catalana” de Antoni M. Badia. Publica “Teoria dels cossos” —que obtuvo la Lletra d’Or y el Premio de la Crítica en 1967— así como una traducción de “El procés” de Kafka, La relación con su esposa no durará mucho. En 1967 acuerdan separarse y el divorcio se formaliza el 24 de enero de 1969. “Les dones i els dies”, volumen que recoge toda su poesía, aparece en 1968. Su implicación en asuntos lingüísticos es cada vez más absorbente. Traduce “El llenguatge” de Leonard Bloomfield (“Esta vida que me gano traduciendo. Y es durísima, me pongo delante de la máquina de escribir, solo en casa y miro el papel en blanco y me entra una especie de angustia, algo como un vacío en el estómago. Para poder ir comiendo necesito traducir siete u ocho horas diarias, si soy capaz de resistirlo», escribe en 1967). Polemiza con Roland Barthes (Ferrater siempre fue un gran conversador y un contertulio beligerante), imparte cursos sobre lingüística, inicia en Serra d’ Or una serie de artículos bajo el título «De causis linguae» que solo se verá interrumpida por su muerte.

1971 es un año crucial en su vida. Publica dos estudios importantísimos, un prólogo a “Nabí” de Josep Carner y otro a las “Versions de Hölderlin, de Carles Riba. Además comienza a impartir clases de lingüística en la Universitat Catalana d’Estiu. Como colofón, un grupo de críticos proclaman “Les dones i els dies” como la mejor obra en catalán desde 1964.

La noche del 27 de abril de 1972 una alumna, Amelia Bercher, y su marido lo esperaban en su casa para cenar. No se presentó. Mezcló altas dosis de alcohol —del que tenía una gran dependencia— con pastillas y luego se colocó una bolsa de plástico en la cabeza. Dos días después, Marta Pesarrodona, su compañera sentimental en esa época, descubrió el cadáver. Este resumen autobiográfico escrito en tercera persona que el poeta escribió puede ser un buen retrato de la mentalidad crítica de uno de los mejores poetas españoles del pasado siglo: «Ferrater escribió muchos poemas hacia los veinte años, y la versión optimista de la razón porque lo dejó es que se dio cuenta de que eran muy malos. Desde 1955, prácticamente todos sus amigos fueron poetas: por un lado Carles Riba, y por otro, unos poetas más jóvenes que él, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José María Valverde. Es natural que volviera a pensar en las cosas de que se hablaba a su alrededor, y como se le había ido formando un coágulo de contenidos que tenía ganas de manifestar, y como que en la lengua inglesa había encontrado unos modelos de una poesía no del todo decorativa como la romántica, de una poesía que podía satisfacerlo si bien él no era lo bastante creador para inventarla solo, se entiende que acabara como acabó». Como vemos, a pesar de sus problemas con el alcohol, a pesar del carácter voluble y agrio, nunca perdió esa fina ironía que le permitía reírse de sí mismo (se conocía demasiado bien y jamás se mostró indulgente con sus defectos) e, incluso, vaticinar un final dramático como el que tuvo. El novelista mallorquín José Carlos Llop lo define así: «La mirada inteligente sobre la literatura, la sombra feliz de la poesía anglosajona, el complicado amor de las mujeres, en plural y quizá por eso más complicado, y una debilidad final en Pavese que se alía con la decisión irrenunciable de Ferrater [….] “Les dones y els dies”, sí, las mujeres y los días o el diario de un amante vitalista y su visión del mundo, pero también la inteligencia y unos modos de la sensibilidad que desaparecerían pronto». Y es que, conviene no olvidarlo, quizá el desencanto, «esos modos de la sensibilidad» sea la forma suprema de la inteligencia.

  • Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el día 28 de Abril.