KARMELO C. IRIBARREN. LOS MEJORES CIEN POEMAS.*

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KARMELO C. IRIBARREN. LOS MEJORES CIEN POEMAS. SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE JOSÉ LUIS MORANTE. SILTOLÁ POESÍA

Es sabido que en la poesía de la llamada generación de los 80 convivieron diferentes estéticas no siempre en armonía. El predominio que sobre todas ellas ejerció la «poesía de la experiencia» provocó un aluvión de críticas hacia esta tendencia y fue objeto de una enconada diatriba que en muchas ocasiones estaba sustentada en la exaltación más que en justificaciones teóricas, una diatriba de la que, afortunadamente, apenas queda algún rescoldo. A propósito de este término tan controvertido, el profesor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula ha escrito lo que sigue: «El sintagma referido, “poesía de la experiencia”, no ha de concebirse necesariamente como una forma literaria de índole teatral —esto es, ficticia— caracterizada por el monólogo dramático; sino, sobre todo y a veces exclusivamente, como una canalización poética de la intimidad, salteada de aconteceres biográficos —poesía como una modalidad del relato—, con una pretensión comunicativa en la que el vuelo de las imágenes y los resortes del lenguaje se ponen al servicio de la intelección argumental». Si traigo a colación este párrafo de la introducción a su antología de poesía Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia, es porque lo creo oportuno para definir la poesía de Iribarren, ya que la crítica lo ha encasillado en una de estas tendencias, afines a lo que se ha dado en llamar «neorrealismo» o «realismo sucio» —y que podemos considerar una de las variantes que integran la «poesía de la experiencia»—, aunque su obra apenas haya sido antologada en las antologías epocales que se han realizado hasta la fecha (ya hemos hablado en otra ocasión del reajuste que se está produciendo en los últimos años y de cómo poetas —los nombres están en la mente de todo lector de poesía—que fueron ignorados por los distinto antólogos en su momento, con el paso de los años se han convertido en referentes de sus respectivas generaciones).

     La tardía fecha de aparición del que podemos considerar su primer libro, La condición urbana (1995) fue, por entonces, un factor determinante para justificar dichas exclusiones, de hecho, cuando se menciona su nombre, se le considera un epígono de Roger Wolf, la figura, por entonces, más representativa de la corriente que se denominó «realismo sucio» (por las similitudes en cuanto al lenguaje y también por la atmósfera atormentada, en el caso de Wolfe, con autores como Carver o Fante), a la que la crítica ha adscrito también a poetas tan distintos como David González, de dicción torrencial y de temática marginal, o Pablo García Casado, que aúna minuciosidad descriptiva con reflexión íntima y que, desde mi punto de vista, poco tienen que ver con la poesía de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), poeta que ha sabido dar una vuelta de tuerca a la efusión lírica de la intimidad gracias a un distanciamiento irónico, en la mayoría de los casos, del suceso versificado y la ausencia de retórica, una ausencia en la que la actitud reflexiva se escamotea y se deja en manos del lector la continuidad argumental.

Iribarren utiliza magistralmente un lenguaje comprensible, plagado de giros coloquiales, con una notable carga nostálgica, que tiene al decurso amoroso con poderoso núcleo aglutinador, aunque no falten otros asuntos, como el paisajístico —conviene recordar que estamos hablando de una poesía urbana que tiene como escenario a la ciudad de San Sebastián, sus playas y sus calles, pero también sus bares y la lluvia omnipresente, como compañera habitual—, el amical o el metapoético, como podemos comprobar en el poema «Poesía y tú», del que reproducimos estos versos: «Aún te visita a veces, como le gusta / hacerlo siempre: por sorpresa. / Sabes que es ella / por el rimo especial con que se mueve, / ese ritmo que hace / que aunque no diga nada de interés / lo diga de una forma interesante». Ese ritmo especial al que se refiere Iribarren tiene mucho que ver con la peculiar factura de sus versos, elípticos, sincopados, lo que contribuye a aumentar el misterio de lo narrado (recordemos que Prieto de Paula hablaba de esta poesía como una modalidad de teatro) y a trasmitir al lector una envolvente sensación de desolada nostalgia.

     José Luis Morante, el autor del prólogo de estos Cien mejores poemas, realiza un trabajo basado en la cronología de los respectivos libros de Karmelo C. Iribarren y nos brinda algunas claves de su poesía, como la normalidad, la presencia del cine negro, la adición al alcohol, la prematura muerte del padre, la conciencia de la inexorabilidad del paso del tiempo, la constatación del declive físico y para ello, escribe Morante en su peculiar estilo, utiliza «estrategias enunciativas expresadas con una dicción coloquial, un léxico sobrio y comedido alejado del sesgo irracional y de los fogonazos experimentales». Ese registro coloquial carece casi por completo de metáforas, pero está plagado de anáforas, de antítesis, de encabalgamientos y roturas violentas del ritmo del verso. El poema titulado «Método» desenmascara la cocina del autor: «Este poema / está escrito de un tirón, / como no deben escribirse / los poemas. // Sentado, / viendo pasar sin voz / ante los ojos / imágenes de guerra, / con un whisky en la mano, / de repente, / como salta la liebre, / me ha venido la idea. // Y como veis, / no hay mucha diferencia. // Para no decir nada / cualquier método es bueno».

     Iribarren maneja —lo acabamos de ver— como nadie la ironía y eso contribuye a que el «pacto autobiográfico entre autor y lector»(la expresión es de Prieto de Paula) se convierta en algo irrompible. Cualquier lector es susceptible de identificarse con el personaje que habita en los poemas de Karmelo C. Iribarren y esta es una de sus grandes virtudes. Lo que Ricardo Menéndez Salmón ha llamado «fogonazos de un cronomapa sustnativo», refiriéndose a los eslabones de la biografía, está perfectamente estructurado en cada uno d elos libros de nuestro autor. Por otra parte, el tono desesperanzado que abunda en sus poemas —solo unos pocos trasmiten júbilo y/o optimismo— sería insufrible sin el bálsamo de la ironía, hasta del sarcasmo en ocasiones.

     Karmelo C. Iribarren, lo ha escrito Rafael Morales Barba, es un poeta «de mirada realista, ácida y tierna que muestra en su evolución una espléndida capacidad, desde un aparente facilismo, para pulsar los registros existenciales». Ese aparente facilismo es el que puede confundir a los no versados poéticamente y hacerlos pensar que están ante un poeta mimando por la mercadotecnia. Nada más lejos de la realidad. La poesía de nuestro autor posee una personalidad propia, que la hace fácilmente identificable, por eso los imitadores son descubiertos de inmediato.

     El año que acaba de finalizar, 2018 ha sido el annus mirabilis no solo de Karmelo C. Iribarren —galardonado con el Premio Euskadi de Literatura y ha obtenido el Premio de Poesía Ciudad de Melilla— sino también para el editor de esta antología, José Luis Morante, que ha entregado a imprenta, además de esta, una antología de aforismos de Juan Ramón Jiménez (Aforismos e ideas líricas, Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá) y otra del poeta y editor Javier Sánchez Menéndez (También vivir precisa de epitafio. Antología poética de Javier Sánchez Menéndez(1983-2017), Chamán Ediciones). Deseamos que este 2019 que acaba de comenzar, esté, cuando menos, a la misma altura.

*https://elcuadernodigital.com/2019/01/16/los-cien-mejores-poemas-de-karmelo-c-iribarren/

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MARÍA ZAMBRANO. POEMAS. *

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MARÍA ZAMBRANO. POEMAS. EDICIÓN DE JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Según Aristóteles, todo lo que se escribe en verso no es poesía. Por el mismo razonamiento, textos escritos en prosa son poesía verdadera y el ejemplo de María Zambrano es uno de los más significativos. Su prosa, calificada de poética, y no de modo peyorativo, posee ciertos atributos líricos —el esmerado lenguaje, la intuición, el poder evocativo, etc.—que la acercan más a lo poético que, en este caso, a lo filosófico, entre otras cosas porque, además, su pensamiento es asistemático, sus ideas carecen de esa codificación y de esa estructura asociadas a un método concreto de raciocinio. Precisamente, sobre la fusión de poesía y filosofía escribió María Zambrano (1904-1991): «La poesía —escribe en su libro Filosofía y poesía— representa a la mentira, todo representar es ya mentira. No hay más verdad que la que refleja al ser que es. Lo demás es casi crimen. La creación humana es puramente reflejante; limpio espejo el hombre, en su razón, del ordenado mundo, reflejo a su vez de las altas ideas. Lo que no es razón, es mitología, es decir, engaño adormecedor, falacia; sombra de la sombra en la pétrea pared de la caverna».

     Javier Sánchez Menéndez, poeta y autor de una obra de pensamiento aún en marcha, ha estudiado la obra de Zambrano y ha rescatado los poemas propiamente dichos que escribió la filósofa: «Hemos seleccionado los textos escritos en verso, que las Obras completas consideran “poemas” ( y que aquí llamamos “delirios líricos”), pero también algunos delirios, otros textos en prosa (esquemas, bocetos, anotaciones), y algún texto breve que podamos llamar sentencia, aforismo o definición». El conjunto no es muy amplio, cincuenta y un textos de interés diverso. Hay poemas que apenas pasan de bocetos y otros, sin embargo, gozan de una elaboración más compleja. No importa demasiado, porque en todos ellos late esa fuerza introspectiva de Zambrano que acaba por confesar en el número cinco —los textos están ordenados cronológicamente— su preferencia por la poesía: «Estoy demasiado rendida para escribir, demasiado poseída. Solo podría hacer poesía, pues la poesía es “todo” y en ella uno no tiene que escindirse. El pensador escinde a la persona; mientras el poeta es siempre “uno”. De ahí la angustia indecible, y de ahí la fuerza y la legitimidad de la poesía» (recordemos que estamos leyendo un poema. Esa presunta unidad del poeta resulta muy controvertida para poetas como Pessoa, por ejemplo).

     La selección de los poemas se completa con un texto titulado «La palabra» que no es otra cosa que un comentario personal a su libro Claros del bosque que fue ofrecido en versión grabada, a pesar de sus reticencias, ante el público del Colegio Mayor San Juan Evangelista: «Para mí leerme lo que he escrito es imposible, es lo más duro, difícil, amargo, no, imposible, no puedo calificarlo», dice apesadumbrada.

     Una de las virtudes de este libro, además de los poemas de María Zambrano, reside en la información suplementaria que acompaña a la edición. «Anotaciones, cronología y procedencia de los textos de esta edición» aporta una información impagable no solo para los estudiosos de su obra sino para el lector no especializado. Así, por ejemplo, el poema número 33, titulado «(Un mes de la terrible noche de Costafreda)», glosa la muerte, en realidad el suicidio, de Alfonso Costafreda (1926-1974) —poeta que por edad podemos encuadrar en la generación del 50, aunque su temprano alejamiento de España hizo que su poesía pasara inmerecidamente desapercibida— la noche del 3 al 4 de abril. El poema número 48, entresacado del artículo «Prosecución de la aurora en la obra de Juan Soriano», es una écfrasis de varios cuadros del citado pintor figurativo.

   Sánchez Menéndez ha optado por escribir un prólogo informativo, no de carácter magistral, innecesario para este tipo de ediciones y más propio, por otra parte, de trabajos universitarios, aunque eso no le impida ofrecer al lector algunas claves especulativas sobre la poesía de nuestra filósofa (otros grandes filósofos como Unamuno o Jorge de Santayana, también escribieron excelente poesía). «La poesía, para la pensadora —escribe el prologuista—, era algo sublime, majestuoso, algo divino, el escalón más alto del conocimiento». Más adelante subraya el prologuista la asunción por parte de la filosofa de la llamada vía negativa, lo que nos conduce indefectiblemente al poeta romántico John Keats y su teoría de la capacidad negativa, esa que proviene de los abismos del ser humano, de sus contradicciones, de sus dudas, de los misterios que no puede desvelar la razón, y es que no siempre es fácil, como escribe María Zambrano, «Elegir entre el infierno y la nada. El infierno del amor; la nada de la libertad».

     Recomendamos encarecidamente leer estos poemas de María Zambrano que tanto nos acercan a la esencialidad de lo poético, pero antes, lean este consejo de Henri Meschonnic a propósito de leer poesía hoy en día: «Leer recién empieza cuando se relee. Leer por primear vez no es más que la preparación de esto. Porque hace falta, para que haya lectura, una actividad específica, distinta del objeto que se va a leer, con la que la primera precipitación tiende a confundirlo, sumiéndose en ella».

* Reseña publicada el 11/01/2019 en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés.

THOM GUNN. EL HOMBRE CON SUDORES NOCTURNOS.*

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THOM GUNN. EL HOMBRE CON SUDORES NOCTURNOS. TRADUCCIÓN DE GONZALO TORNÉ. EDITORIAL ALBA

Hasta donde sabemos, El hombre con sudores nocturnos, publicado en su versión original en 1992 es el primer libro íntegramente traducido al español de Thom Gunn (1929-2004), y esta anomalía no puede por menos que causarnos una desagradable sorpresa, porque estamos frente a uno de los poetas ingleses —posteriormente, como hizo también Auden, se nacionalizaría norteamericano— más importantes del pasado siglo. Caracteriza su poesía una mirada desapasionada, fría, objetiva sobre la realidad circundante y la época convulsa que le tocó vivir (muchos de los poemas de este libro hablan de la enfermedad, del SIDA en concreto, que se lLevó por delante a muchos de sus amigos). Quizá esta forma de versificar las tragedias cotidianas sea la más adecuada para hacer la vida habitable, una vida que no se mostró especialmente generosa con Gunn, quien pronto encontró, gracias a su madre, en la literatura una crucial vía de escape.

   Precisamente, la muerte de su madre —se suicidó cuando el autor tenía dieciséis años — y su homosexualidad influyeron notablemente en la capacidad para dotar a sus versos de un sentido oculto que solo era visible para quienes compartían sus desvelos emocionales, su opción sexual. Su primer libro, Fighting Terms, data de 1954 y la crítica lo ha adscrito al llamado The Movement (poetas como Ted Hughes, Philip Larkin, Kingsley Amis  o Donald Davie formaron parte de dicho movimiento), una tendencia poética que formalmente se remitía a moldes tradicionales pero que temáticamente se centraba en la actualidad, sobre todo en la crítica social, aunque conviene señalar que dicha critica social nunca ha sido preponderante en nuestro poeta. No es difícil, por tanto, establecer, y no solo por fecha de nacimiento, relación estética entre nuestro poeta y Jaime Gil de Biedma, por ejemplo. Un distanciamiento emocional que huye del confesionalismo emparenta sus respectivas obras, así como cierto tono irónico que contribuye a diluir en los versos las contradicciones personales y los horrores que preceden a la muerte. Si la influencia de la poesía inglesa fue notable en la obra de Gil de Biedma, otro tanto podemos decir de la influencia de la poesía norteamericana sobre la obra de Gunn, quien cruzó el Atlántico para impartir clases en la Universidad en Stanford en 1954, poco después de graduarse en Cambridge (1953): Desde 1960 estableció su residencia en California.

     Aunque nunca abandonó del todo el rigor formal adquirido de la tradición británica, la influencia de la vanguardia norteamericana fue haciendo mella en su obra. No debemos olvidar que por aquellos años tanto el llamado Renacimiento de San Francisco como la generación Beat están en pleno auge y algunas de sus directrices, como el rechazo a las normas de conducta establecidas —lo que hoy llamamos lo políticamente correcto—, la liberación sexual o el uso de las drogas son pronto asumidas por Thom Gunn, hasta el punto de que sus poemas dedicados a moteros y sus chaquetas de cuero, a camioneros y a actores iconográficos —James Dean Marlon Brando o Elvis Presley—, así como al LSD, a la cocaína y las relaciones homosexuales se han convertido en paradigmas de una poesía desinhibida y realista. Pero, lo que le diferencia de muchos de sus coetáneos norteamericanos, es el respeto a la forma. Logró combinar la fidelidad a la tradición británica con el versolibrismo y la ausencia de grandilocuencia de poetas como Allen Ginsberg, tanto uno como otro, acaso más adecuados para escribir sobre temas tan espinosos como la mendicidad o el sexo, con la asepsia de un observador imparcial.

     El hombre con sudores nocturnos es considerado su libro más importante. Gonzalo Torné, el traductor, escribe en la nota introductoria que «han desaparecido las perspectivas vigorosas y el enaltecimiento del físico juvenil [que predominaban en sus libros primeros]. Lo que aquí se nos muestra es un catálogo de la debilidad abordada desde muchas perspectivas: afectiva (los primeros asomos de la vejez, el miedo a la soledad), social (Gunn tiene un ojo prodigioso para versificar sobre los vagabundos, los pobres, los que viven a salto de mata, los pillos, los mendicantes…) y sobre las debilidades físicas derivadas de la irrupción repentina de la enfermedad [el SIDA, que él no llegó a padecer]; el corte profundo que provoca en toda vida donde se manifiesta». El poema «Los desaparecidos» comienza con esta escalofriante estrofa: «Ahora contemplo el progreso de la plaga, / los amigos que me rodean caen enfermos, adelgazan / y desaparecen. Desnudo, ¿es mi forma menos vaga: / expuesto de manera abrupta y con la piel esculpida?».

     La poesía de Thom Gunn representa como pocas la metafísica de la cotidianidad que consiste en transformar un hecho común, una anécdota en un reflexión sobre el devenir de la existencia, sobre la incertidumbre del ser y los fundamentos que lo sustentan, el dolor, el placer, el amor o el fracaso: veamos algunos ejemplos: «Te mueves empujado por tus tareas cotidianas: el dolor y la ira / que trajiste aquí para empezar por fin a desatarlas. / Y todo el día, mientras tú asciendes, la mente relajada / todavía receptiva, el momento de la libertad / limpia sin darle importancia el acceso a tu propia paz», escribe en el poema «A un amigo en un momento de apuro» y el poema que da título al libro, «El hombre con sudores nocturnos» comienza así: «Me desperté con frío, yo / que prosperé entre sueños cálidos / despierto entre residuos / de sudor, aferrado a una sábana pegajosa». Los poemas que prefiero de Gunn son los de fraseo amplio, los que permiten un ejercicio discursivo detallista, casi pormenorizado, del suceso porque ofrecen al lector la posibilidad de sacar sus propias conclusiones, ejercer su derecho de tanteo en una subasta de sentimientos en la que el autor es un prescriptor más pero que posee una especie de conocimiento secreto de las circunstancias. Un poema tan desgarrador como «Lamento» ejemplifica esta idea. El deterioro físico del protagonista es descrito después de informarnos de su muerte de una forma casi inmisericorde: «Tu muerte fue una empresa complicada». El continuo serpenteo entre la imagen atractiva, vigorosa de quien fue, entre algunos momentos felices que el recuerdo rescata («Pienso ahora en una fragante noche de verano, / hablábamos entre nuestros sacos de dormir, bajo / un cielo fundido por las estrellas hace cinco años…») y los momentos previos al fallecimiento e espeluznante («Mientras / tus pulmones se colapsaron, y la máquina respiraba / sin esfuerzo ahora por ti»), y aún así, cuando todo parece perfilado, diseñado para un fin concreto, el desarrollo del poema consiente que el lector discrepe y se ponga en el lugar de esos «otros» que saludaron la energía de un cuerpo joven. Esa es la forma de mirar la realidad que nos embauca. La supuesta neutralidad, la aparente insensibilidad de versos como estos: «Ahora eres un abolsa de cenizas / dispersas en una dorsal costera, / donde viste el choque distante / del océano sobre un acantilado resquebrajado» se compensa con otros tan emotivos como estos: «Mis pensamientos están llenos de muerte / y atraídos de manera tan extraña por la sexualidad / que estoy confundido / confundido de sentirme atraído / por mi propia aniquilación». No se piense, sin embargo, que en este libro el sexo es lo predominante. La enfermedad —la plaga del SIDA— con el consiguiente declive físico y mental y la muerte como destino final son el eje vertebral de estos poemas en los que, por otra parte, hay espacio también para el amor y para la crítica social. Solo nos cabe esperar que la publicación de El hombre con sudores nocturnos no se convierta en una anomalía y dé pie a rescatar otros títulos, como, por ejemplo, Collected poems, una antología que recoge cuarenta años de producción poética.

‘El hombre con sudores nocturnos’, de Thom Gunn

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. SIN TRAMPA NI CARTÓN*

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. SIN TRAMPA NI CARTÓN. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO

Con la regularidad habitual aparece un nuevo tomo de los diarios de José Luis García Martín (Aldeanueva, 1950). ¿Un nuevo diario? Sí y no. Nuevo porque da cuenta de sucesos ocurridos entre el 29 de agosto de 2016 y el 21 de junio de 2017 y, como es lógico, este periodo, a pesar de que la historia, tanto colectiva como personal, se repita, ofrece perspectivas y experiencias distintas. Pero también es un diario conocido, porque García Martín es un hombre proclive a la monotonía —una monotonía, como vamos comprobando a lo largo de los años, que no es tal; una falsa monotonía que ya quisieran para sí algunos que defienden a capa y espada el nomadismo como forma de vida— y a auscultarse sin piedad frente a la página, con una falta de condescendía que en ocasiones nos resultaría hasta irritante si no supiéramos que el efecto literario subyace en cada una de las opiniones que desgrana. García Martín flirtea con el enmascaramiento, juguetea con la identidad, se enreda y nos enreda con la simulación y con la verdad. Con todo ello logra crear un artilugio literario que nos seduce desde la primera página, aunque, como he dicho, muchas de las cosas que cuenta ya las hemos escuchado en otras ocasiones.

   Dentro de ese enredo al que hacíamos alusión podemos encuadrar también el prólogo que ha escrito para Sin trampa ni cartón el novelista y poeta Juan Bonilla, un prólogo atípico y muy del gusto, estoy seguro, de García Martín al menos del García Martín personaje de sus diarios. Y es que a ese impenitente sedentario le gusta como a pocos el riesgo, al menos del riesgo de lo discordante, de lo contradictorio, de lo paradójico: «Soy la persona menos aventurera del mundo. Si por mí fuera, no saldría nunca del barrio. Afortunadamente, poco a poco he logrado que mi barrio, esas pocas calles en las que me estoy a gusto, se encuentre disperso por el ancho mundo». Juan Bonilla —su obra, claro— ha recibido duras críticas de García Martín y, sin embargo, este es capaz de asumir que la prosa —por otra parte, de alta calidad literaria— de Bonilla preceda las entradas de sus diarios. «Parece JLGM —escribe— disfrutar cuando alguien lo detesta». No sé si será del todo cierto. Creo que solo disfruta cuando la altura intelectual del “contrincante” es similar o mayor que la suya. En uno de esos aforismos que menudean entre la narración, declara escribir «para fastidiar a mis amigos». Y tanto es el fastidio que originan generalmente en el receptor que este no duda en cuestionarse el grado de amistad que le une al crítico y la presunta carga de ironía que subyace en un afirmación así. Cómo diferenciarlo si el mismo es frecuentemente objeto de sus reproches: «Aunque nada me gusta más que hablar mal de mí mismo, procuro no hacerlo demasiado a menudo porque lo considero de pésima educación: obliga a quienes te escuchan a rebatirte y a elogiarte».
Resulta evidente que el lector que se interne en estas páginas debe pertrecharse previamente de una buena coraza, compuesta a partes iguales de escepticismo y de sentido del humor. Solo así disfrutará de la socarronería con la que trata temas aparentemente trascendentales (como hemos dicho, él mismo suele ser objeto de sus invectivas, y es que saber reírse de uno mismo es condición “sine qua non” para reírse de los demás) o controvertidos —los conflictos en el seno de un partido político o la situación en Cataluña, por ejemplo—. Juan Bonilla lo expresa magistralmente en el prólogo, García Martín «tiene una envidiable capacidad para maravillarse, a pesar de la aparente repetición extenuada de sus días, que acaba resultando contagiosa. Con prosa ligera, alérgica a cualquier pretenciosidad, sin asomo de pedantería, con una naturalidad muy trabajada, una vida llena de literatura se va desgranando en actos cotidianos que van cantando la eterna novedad del mundo para conseguir una literatura llena de vida». Sin trampa ni cartón es una especie de catálogos de afinidades y afectos, de manías y de querencias que se vienen repitiendo año tras año y que, lejos de modificarse, con el paso del tiempo se afianzan aún más. García Martín goza de una madurez vital y creativa envidiable. Es posible que su decir se haya atemperado mínimamente, pero no su ímpetu, su voracidad, si se nos permite el oxímoron, contemplativa, su afán de registrar día tras día lo más sustantivo de una cotidianidad que sí se la observa con detenimiento, siempre ofrece algo distinto. Seguramente algunos lectores pueden preguntarse, ya que estamos hablando de un volumen diarístico, hasta qué punto se puede considera lo leído como fragmentos de una autobiografía. Sinceramente, creemos que esto es irrelevante. Lo que importa es la capacidad de seducción que poseen dichos fragmentos, porque nos invitan a leerlos sin interrupción. Al fin y al cabo, como el propio García Martín escribe, «La vida tiene muchas cosas que contar, pero no sabe hacerlo. Para eso está la ficción. Y la vida contada, la vida imaginativamente recreada, acaba siendo la vida verdadera, no la que difumina la memoria». Pues eso.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 4/01/2019

 

NOTAS DE LECTURA: GUILLERMO FERNÁNDEZ ROJANO, PAULA GIGLIO Y JOSÉ LUIS BEDINS

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GUILLERMO FERNÁNDEZ ROJANO. HIJOS DE LA PIEDRA. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ, 2018. POESÍA DEVENIR.

A pesar de tener en su haber numerosos libros y de haber sido incluido en diferentes antologías, la poesía de Guillermo Fernández Rojano (Jaén, 1957) no goza de excesiva difusión. Algunos de estos libros han obtenido relevantes galardones, como Sima, que obtuvo el Premio Germanía en 2004 o Tierra, finalista del Premio Nacional de Poesía en 2016 pero eso, al parecer, no ha sido suficiente reclamo para acceder a su poesía. Con Hijos de la piedra obtuvo el prestigioso Premio Miguel Hernández, galardón que con toda probabilidad le garantizará una mayor proyección, aunque hemos de señalar que no estamos frente a una poesía complaciente con el lector porque sus versos están plagados de imágenes oscuras que esconden una simbología difícil de desentrañar.

     Pecando de reduccionismo, podemos dividir el libro —por otra parte, de carácter unitario— en dos partes: en una de ellas predomina la impronta del vidente rimbaudiano que deja fluir el lenguaje para abarcar no solo la extensión del pensamiento sino los abismos de la imaginación. Veamos un ejemplo: «La tortuga rema en la arena hacia el origen del aburrimiento de vivir sobreviviendo, lleva un saco de uvas y una carta de claudicación al hombre que la espera afilando el machete». En la otra, el lenguaje se domestica para adecuarse al menaje, un mensaje de crítica social y política: «Pero mientras haya drogas que te coman vivo, mientras las hijas de la miseria se orine y digan mamá cuando la policía las golpee en el vientre por resistirse a ser desahuciadas, mientras las cuchilladas en el cuello nos las demos entre nosotros por cincuenta pavos, mientras sesenta y dos millones de niñas sean condenadas al oscurantismo […] y los nuestros, nuestros hijos, estén protegidos contra el más ligero pensamiento tóxico y educados con videojuegos y alimentados con grasas hidrogenadas, / mientras sea así / y así será, / habrá dicha». No se piense, sin embargo, que ambos modos se materializan de forma estanca porque conviven en un mismo poema lo real y lo onírico, ambos carecen, al menos en la poesía de Guillermo Fernández Rojano, de fronteras definidas. La presencia constante de la Naturaleza, descrita en algunas ocasiones con la precisión de un naturalista, no es vista, sin embargo, solo como un arquetipo de belleza y bondad, que también, sino como el lugar en el que se dirime la lucha por la supervivencia («La araña entrará en la casa por el resquicio del labio, por la pupa que te entregó la amante y por el anhelo de estar en soledad…»). Si nos atenemos a las taxonomías poéticas al uso, Hijos de la piedra es un libro casi inclasificable, y aquí radica una de sus mayores virtudes. La voz personal de Fernández Rojano se impone ante el lenguaje trillado y, en muchos casos, deslegitimado para transformar la realidad. El propio poeta lo explica mejor que nosotros en el poema titulado «Telaraña»: «Algo está ahí más allá de las categorías. / Toda palabra que intenta desclasificar, / clasifica».

PAULA GIGLIO. LA RISA DE LOS ÁNGELES. I PREMIO CENTRIFUGADOS DE POESÍA JOVEN. EDICIONES LILIPUTIENSES

Ya hemos hablado en estas páginas de la meritoria labor que el editor y poeta José María Cumbreño está llevando a cabo en pro de la poesía iberoamericana desde su editorial, pero desconocíamos que hubiera creado además un premio de poesía, algo que, en principio, sorprende por dos motivos: por lo sobrecargado que está el panorama poético nacional de premios de poesía —algo que resta impacto a todos los premios— y, como consecuencia de esto, porque el mismo Cumbreño se ha mostrado muy crítico con ese abigarramiento. Dejando aparte lo anecdótico del asunto y centrándonos en el libro premiado, La risa loca de los ángeles —cuya autora, la argentina Paula Giglio (Córdoba, 1988) es una perfecta desconocida para nosotros, aunque cuenta ya con otros tres libros de poesía en su haber: Ella, naturaleza (2012), En el cuerpo (2016) y Un lugar para mis piernas largas (2018)— rezuma nostalgia de un amor que se ha visto, digamos, interrumpido por la marcha de uno de los amantes. Nada nuevo y, sin embargo, la estructura dilógica de los poemas de la primera parte, la titulada «Correspondencia» aporta una dosis de frescura nada desdeñable. El verso de Giglio discurre con fluidez, pero lo más importante es la atención que presta a los detalles meteorológicos—el frío, la lluvia, un trueno, el cielo negro, la humedad— porque, de alguna forma, acentúan el desvalimiento interior y hacen más duro el distanciamiento. Incluso en el momento del encuentro, la preocupación por las variaciones atmosféricas, como si de un tiempo interior se tratara, no cesa: «Ojalá no esté nublado, / así ves la torre desde el avión».

     La segunda parte del libro leva por título «Bitácora» y en ella a la recién llegada le asalta un proceso de desubicación que trata de paliar estableciendo paralelismos entre Buenos Aires y París: «¿Qué haces viviendo en París / si estabas en Buenos Aires? / Qué responder ante un planteo / que también me hago / desde un corazón machucado y porteño». Esta pregunta subyace en todos los poemas. No es fácil adaptarse a las costumbres de un lugar extraño, aunque gracias al amor se aminore la melancolía. El libro finaliza con unos versos que mezclan la esperanza con la resignación: «Vos y yo somos inmortales. / Como el día en que los ángeles / se muestren todos juntos. / La materia se cansa de existir / pero, en cambio, el espíritu / ríe, ríe, ríe». Como escribe Robin Myers en el prólogo a La risa loca de los ángeles en el libro se analiza «cómo conocemos irremediablemente un lugar a través de las personas con las que lo habitamos, y cómo conocemos a las personas a través de lo que imaginamos que habitan sin nosotros». La conclusión queda en manos de la propia experiencia de cada lector.

JUAN LUIS BEDINS. MIGRACIÓN DEL ALMA. ASOCIACIÓN LITERARIA EL SUEÑO DEL BÚHO, 2018

Del último poema del libro, titulado como el volumen completo, entresacamos estos versos, en la práctica, columna vertebral sobre la que se sustentan todos los poemas: «Sobre la arena gira el alma / en migración de ideas / en esta playa de mi tarde / que busca su horizonte en el futuro, / playa fronteriza del tiempo / donde pasado y porvenir / convergen en su historia»: No cabe duda de que hay la lectura de Eliot ha dejado sus frutos en Juan Luis Luis Bedins (Valencia, 1958), un autor con una amplia trayectoria, iniciada en el ya lejano año 1991 con Sinopsis del olvido. Este nuevo libro, Migración del alma, tal y como escribe la autora del prólogo, Rosario Raro, contiene «la reflexión inevitable sobre el carácter efímero de nuestra vida, la búsqueda de múltiples maneras de curarse la alergia que solo acto de estar vivo produce», pero quizá sea esta una carga demasiado pesada para que la débil estructura de las palabras puedan soportarla, esas palabras «tendidas en medio de la tarde / como fragmentos arrojados». El alma y el cuerpo, las dos partes en las que se divide el ser humano según Platón —que tanto ha influido en el cristianismo— poseen características opuestas. El cuerpo, la materia, es lo mortal, lo perecedero, lo moldeable y pecaminoso mientras que el alma, algo inmaterial, es inmortal, no tiene forma, es pura idea o pensamiento, belleza en tránsito, por eso transmigra de un cuerpo a otro en busca de un mejor continente. Bien, es una idea que ha encontrado cobijo en muchas de las religiones que hoy administran el bien y el mal en nuestra época. No vamos a oponernos, entre otras cosas, porque aquí hablamos de un libro de poesía y la poesía permite viajar sin moverse del sitio por lugares como el Tíbet, compartir incertidumbres con el mismo Mozart o transmutarse en el ser amado y es que, como escribe Bedins «No sé si soy por mí mismo / o soy por ti. / No sé si estoy en mí mismo / o estoy en ti. / Me apoyo en el sauce gris de tu silencio. / Más allá de ti misma / vivo tu presencia».

FERNANDO PESSOA. EL POETA ES UN FINGIDOR. ANTOLOGÍA POÉTICA*

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FERNANDO PESSOA. EL POETA ES UN FINGIDOR. ANTOLOGÍA POÉTICA. EDICIÓN BILINGÜE DE ÁNGEL CRESPO. CÁTEDRA. LETRAS UNIVERSALES.

Que la figura y la obra de Fernando Pessoa (1888-1935) no ha perdido actualidad en el mercado literario español, sino todo lo contrario, desde el ya lejano 1982, cuando se publicó la primera edición de la presente antología, lo confirman las innumerables ediciones de sus obras que se han publicado en español desde entonces, de las que da cuenta —aunque no de manera exhaustiva porque el recuento finaliza en 2017 y excluye, por tanto, lo publicado en 2018— la Bibliografía que se incluye al final del prólogo del poeta Ángel Crespo, el introductor más adelantado y perseverante de cuantos se han ocupado de la obra del poeta portugués. No podemos ignorar que a esta antología la precedieron otras traducciones como Poemas de Alberto Caeiro (1957) o Seis poemas de Fernando Pessoa y sus heterónimos (1959). Además, Ángel Crespo tradujo el Libro del desasosiego solo dos años después, en 1984 y publicó en 1988 La vida plural de Fernando Pessoa.

     La introducción que Ángel Crespo (1926-1995) —a él se deben también, entre otras traducciones, varias antologías de la poesía brasileña y portuguesa, la de la Divina comedia de Dante o el Cancionero de Petrarca— escribió para El poeta es un fingidor mostró, quizá de forma excesivamente escorada, la importancia del esoterismo en la construcción literaria de Fernando Pessoa y sus heterónimos («Nuestro poeta —afirma Crespo, consideraba a sus heterónimos como poetas tan independientes de su propia personalidad que llegó a crearles unas biografías, absolutamente verosímiles si se ponen en conexión con los versos que atribuyó a cada uno de ellos»), aunque también ofreció una imagen que, tal vez, se ha minusvalorado posteriormente, la de un analista político riguroso con ciertas ideas de carácter imperialista no siempre en buena sintonía con los principios de la democracia. Recordemos la profecía del Supra-Camoens literario y el advenimiento del Quinto Imperio («un resurgimiento asombroso, un periodo de creación literaria y social como pocos ha habido en el mundo»). En cualquier caso, y aunque los sucesivos estudios sobre Pessoa hayan perfilado una personalidad mucho más ambigüa y contradictoria, no cabe duda alguna de que Ángel Crespo supo valorar la grandeza del proyecto poético de Pessoa como nadie en nuestro país lo había hecho hasta entonces.

     La diferencia fundamental entre la edición original y la reedición es que esta última ofrece la selección de los poemas de Alberto Caeiro, de Ricardo Reis, de Álvaro de Campos y de Fernando Pessoa como tal, en versión bilingüe. El prólogo y las notas de Ángel Crespo se han respetado escrupulosamente, pero hay algunas otras diferencias, de menor importancia, si se quiere, como la supresión del poema dramático O marinhero y los fragmentos de la «tragedia subjetiva» titulada Fausto. Ignacio García Crespo, el responsable de esta edición actualizada nos informa de que «El apartado bibliográfico aparece ampliado y actualizado con una selección de las traducciones y estudios pessoanos más destacados publicados en los últimos años en el ámbito hispánico» (Al respecto diremos que está a punto de aparecer un nuevo estudio sobre el Libro del desasosiego titulado Fernando Pessoa: el misántropo desdeñoso, publicado por la remozada editorial Libros del aire.

     La antología propiamente dicha recoge, con amplitud suficiente para el lector que se acerque por primera vez a la obra de Pessoa, una selección de Fernando Pessoa, de sus libros Cancionero (1909-1935) y Mensaje ((1913-1934), el único libro de poesía en portugués publicado por su autor, El guardador de rebaños (1911-1912) y Poemas inconjuntos (1913-1915) de Albero Caeiro, Odas (1914-1934) de Ricardo Reis y Poesías (1914-1935) de Álvaro de Campos. «En la selección de los poemas a traducir —escribe Crespo— me he atenido a un criterio de naturaleza estética en la inmensa mayoría de los casos […] presidido por un deseo de claridad y orden, difícil y arriesgado de imponer a una obra que su autor dejó organizada solo a medias». No cabe duda de que abrir la tapa de ese baúl lleno de gente que legó a las generaciones futura Fernando Pessoa supone internarse en un complejo mundo en que se mezclan la poesía y la biografía («Los poetas —escribe Octavio Paz sobre Pessoa, de quien tuvo noticia por primera vez, según confesión propia, en París en 1958— no tienen biografía. Su obra es su biografía […] Nada en su vida es sorprendente —nada, salvo sus poemas») y en el que no resulta fácil dilucidar lo verdadero de lo verosímil. Solo desde una devoción y un entusiasmo como el que Ángel Crespo manifestó siempre por la obra del portugués podía emprenderse una tarea tan impagable como esta, a la que damos de nuevo la bienvenida en la confianza de que encontrará el público que se merece.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 28/12/2018

MELCHOR LÓPEZ. SEGÚN LA LUZ*

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MELCHOR LÓPEZ. SEGÚN LA LUZ. COLECCIÓN POESÍA. EDITORIAL TREA

En un fragmento, el número II, de la poética que precede a sus poemas en la antología La otra joven poesía española, publicada en 2003, Melchor López (Tenerife, 1965) escribía: «El mundo y sus geografías en verdad solo se ofrecen, solo se entregan, acaso, a la mirada del viajero, del otro, a su ojo desacostumbrado». A pesar de los años transcurridos, no disuena esta afirmación de lo manifestado recientemente en una entrevista realizada por Francisco León para www.elcuadernodigital.com. De Según la luz, por otra parte, su autor nos dice que es «Una compilación de los cuadernos que he escrito a lo largo de más de veinte años de práctica viajera», pero intuimos, además, que la experiencia viajera y una manera de ver predispuesta al asombro, como vamos a comprobar, transforma por completo al protagonista, lo convierte en otro distinto de quien inició el periplo.

     El libro está dividido en dos partes y, cada una de ellas, en sucesivos cuadernos ordenados cronológicamente. El «Cuaderno marroquí» comprende los años 1993-1994. El viajero se interna en una geografía que, aunque cercana espacialmente, no deja de resultarle extraña: «Enjutas / casas de barro, / caminantes solitarios, / pedregales exhaustos / uncidos / al sol» Las gentes que habitan el lugar, hospitalarios pero expertos en aprovecharse del despistado, provocan «nuestra desconfianza de turistas esquilmados». Sin embargo, a veces el viaje sirve para constatar las virtudes del sedentario, ese que solo necesita «Una mesa para escribir. / Un lavabo para el aseo. / Un armario para la ropa. / Una ventana que se abre a la calle / por donde me asomo a mirar / al mendigo que escoge en la basura, / al azor al acecho en los tejados» para recorrer el mundo.

     El «Cuaderno inglés» nace de un viaje a Gran Bretaña en 1996. El contraste entre la isla de partida y la de llegada es notorio. Es esta última una tierra poblada por multitud de razas, un tierra de aluvión que se enriquece con la semilla del extranjero: «Yo vengo a fecundar tu tierra estéril, / a infundirle vigor a sus raíces». El viaje da lugar a poemas de distinto signo: melancólico en «Un cementerio», amoroso en «Alba segunda», cuyos ecos románticos apreciamos en estos versos: «Se ahora para mí la más bella muerta que haya muerto tan joven, con la muerte en los ojos, con la vida en tu pelo, en victoria contra el tiempo».

     Pocas dudas caben sobre la posibilidad de que el paisaje determine la escritura o, al menos, eso nos sugieren los poemas de «Cuaderno de la isla de La Gomera». Veamos el poema «Paisaje del lugar»: «Con tres / o cuatro rocas / se compone / aquí / un paisaje. // con tres / o cuatro rocas. / Y una palmera. // Con tres o cuatro rocas / y una palmera / se compone un paisaje. / O un poema», un poema que nos recuerda por su esencialidad —y por la indagación metapoética que subyace— al primer Sánchez Robayna. La desnudez de la isla parece ir pareja a la desnudez del lenguaje, algo que también se percibe en varios de los poemas del siguiente cuaderno, el de la isla de El Hierro, destino del viaje realizado en 1997. Lejos de imaginar la frondosidad tropical, este lenguaje remite a la sobriedad, a la aridez, a lo inacabado: «Era una tierra aún en formación. / Era un mundo sin dios o dioses. / Las islas emergían. / las costas se alejaban». Como decimos, la geografía condiciona el lenguaje, pero también al pensamiento, que se interna por los laberintos de la metafísica y la ontología —la huella de María Zambrano parece estar suficientemente nítida—, hasta el punto de que, después de afirmar que «Este es el mar del fin del mundo», concluye que «Nada / hay mas allá. Aquí / acaba todo. / Detrás del horizonte / no espera otro horizonte».

     El «Libro segundo» está integrado por varios cuadernos, el «Cuaderno portugués», fruto, suponemos, de sendos viajes realizados en 2007 y 2008. Lo elegíaco se impone, como en los poemas leídos hasta ahora, sin embargo, hay algún atisbo de que la gratitud y lo hímnico comienzan a tomar sus posiciones. En el poema «La paz, en Braga» hay versos que lo confirman: «… Debió ser por todo esto por lo que me asaltó la paz en Braga. Debió ser por todo esto, y por algo más, algo irreductible al conocimiento. Por lo que la paz, insospechadamente, me asaltó en Braga; la paz que apaciguó durante unas horas mi exaltado espíritu y me hizo estar en conformidad con todo: con dios, el mundo y los hombres, este mundo que creó un dios y que destruyen los hombres, los hombres que son y no son de dios», versos que nos sitúan en la estela de Rilke, sin ir más lejos.

     Otro tanto ocurre en el «Cuaderno de Granada». La belleza consigue hacer olvidar el drama cotidiano de un vivir en conflicto. La belleza, ha escrito José Mateos, «no reside en la naturaleza ni en los objetos, no es un atributo de la materia. La belleza es, más bien, la manifestación en la materia y algo que desconocemos». La belleza, al menos en su concepto clásico, justifica la existencia, como sabían tantos artistas que consagraron su vida a reflejarla. «Y tuvo aquí —escribe Melchor López contemplando el Generalife—, igual que otros viajeros antes, / ganas de vida; ya no quiso, / entre tanta belleza, morir, no. // No, si era para siempre». Por supuesto, lo elegíaco no ha desaparecido, no puede hacerlo si se tiene conciencia de la fragilidad existencial, de lo efímero de todo propósito humano. Uno de los mejores poemas del libro, «La elegía del bosque de las cenizas», así lo testifica, pero el dolor que provoca la pérdida es un dolor asumido, nada estridente. La muerte forma parte de la vida, por eso el poeta escribe: «No he venido hasta aquí para llorar. / He venido, acaso, para llevar a cabo / un íntimo homenaje a un padre / por el hecho de haber vivido / en el dolor que talla la medida / de toda vida humana en esta tierra».

   Según la luz finaliza con dos cuadernos, el de Lisboa y el de las Azores, correspondientes a los viajes más recientes, 2013 y 2015, respectivamente. No hay variaciones sustanciales en ellos, si acaso el verso se estira, se vuelve más narrativo y las descripciones son más minuciosas, pero la capacidad de asombro sigue intacta. Melchor López no puede vivir sin la belleza y la busca tanto en lo manido y habitual, sobre lo que él lanza una mirada desprejuiciada, como en sus formas más insospechadas. A mi me gusta esta poesía, esta manera de vivir y de mirar el mundo —como me ocurre, por ejemplo, con la de Álvaro Valverde o Fermín Herrero— porque me identifico con su ambición simbólica y con su reflexión afectiva, pero he de confesar que no aprecio, como defienden algunos críticos, esa tan afamada radicalidad en su apuesta estética. Antes al contrario, creo que su mirada está anclada en una tradición de poesía que combina magistralmente la contemplación con la fluidez del pensamiento, que hunde sus raíces en Lucrecio y en Horacio y llega hasta poetas de ahora mismo como Antonio Cabrera o Jesús Aguado, entre otros.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/27/melchor-lopez-segun-la-luz/

JOSÉ CARLOS DÍAZ. CANTATA DE LOS DÍAS TASADOS.

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JOSÉ CARLOS DÍAZ. CANTATA DE LOS DÍAS TASADOS. PREMIO XV CERTAMEN POÉTICO RAMÓN DE CAMPOAMOR. ILMO. AYUNTAMIENTO DE NAVIA

José Carlos Díaz (Gijón, 1962) es miembro fundador del Grupo Poético Cálamo, allá por 1984, un proyecto poético que sigue fiel a sus principios y que agrupa a un buen número de excelentes poetas como Nacho González o Emilio Amor, por ejemplo. Su dedicación a la escritura la divide entre la prosa —ha publicado libros como Vísperas de nada (Premio de Novela Castillo-Puche), Aunque Blanche no me acompañe (Premio de Novela Salvador Aguilar) o Letras canallas (Premio de Novela Ciudad de Noega), además de frecuentar la escritura de relatos— y el verso — en libros como Velar la arena, La ciudad y las islas, Contra la oscuridad y Convalecencia en Remior—. Con Cantata de los días tasados obtuvo el Premio de Poesía Ramón de Campoamor en 2017. El libro, de una extensión reducida, está dividido tipográficamente en dos partes. En primer lugar, nos encontramos con el «Recitado», una sucesión de cantos en prosa que, como en las cantatas religiosas, deben cantar los feligreses (los lectores, en este caso) como acompañamiento al oficio, y que posen una clara intención alegórica. Por otra parte, están los poemas propiamente dichos en los que se aprecia, desde el inicio, una indagación de carácter metapoético, tan de actualidad: «Las palabras que elija finalmente, / lo que ellas cuenten de mí y de los míos, / del mundo en el que existo y moriré, / serán la cicatriz de esos muñones / y la apariencia de mis restos», escribe en el primer poema. En el segundo, titulado «Madre», se invoca a la palabra de nuevo: «y que las palabras hablen / de cuanto cargáis / sobre los hombros de mi sombra». Entre ambos discursos, el lírico y el recitativo , se va estableciendo una simbiosis argumental: la cobardía del ser humano, el amor cono fuerza redentora, la iluminación cognitiva, el poder sanador de la lectura («Leer para levantar luego / la vista de las páginas leídas / y ver mucho más de lo que la mirada alcanza»), el paso del tiempo («La única verdad son sus cenizas [del tiempo]) y la sensación de fugacidad y merma física («Empiezas a tener / la exacta edad de las renuncias», escribe José Carlos Díaz en el poema «Días contados»). El libro finaliza con el «Recitado final» en el que se reza por una vida nueva en la que el dolor y la culpa no existan, es decir, en la que la fe gobierne la realidad, y con el poema «Reencarnación», cuyo andamiaje semántico se presenta tan débil que no nos trasmite confianza alguna en tal posibilidad. La muerte ha pasado a ser algo real, por eso nos parece un estímulo insuficiente para abandonar el infierno o, en el mejor de los casos, el purgatorio, regresar a un presente, sobre todo si hacemos caso al presente que se ha descrito en los poemas precedentes, tan poco atractivo, aunque, claro es, el autor tiene la necesaria potestad para girar la rueda de la fortuna y detenerla en el lugar que desee. Algunos lectores, quizá más ambiciosos, hubieran escogido seguramente otra época con mayores pretensiones.

ANTONIO GRACIA. CÁNTICO ERÓTICO*

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ANTONIO GRACIA. CÁNTICO ERÓTICO. COL. SIGNOS. HUERGA Y FIERRO EDITORES.

Un título con tantas connotaciones como Cántico erótico no puede dejar indiferente a nadie. El Cántico espiritual de san Juan de la Cruz nos viene a la mente de inmediato y resulta del todo probable que Antonio Gracia (Bigastro. Alicantes, 1946) lo haya tenido como referente, aunque haya sido con un sentido paródico, más que reverencial, no en vano se ha hablado hasta la saciedad de esa pasión carnal que subyace en los versos del santo. De alguna forma, Antonio Gracia desea provocar cierto desconcierto o, quizá, más que provocar, lo que intenta es jugar una partida cuyas cartas han sido marcadas por su propia mano. En el prólogo el poeta nos ofrece algunas consignas que no conviene soslayar: «Así, quise que mi escritura —escribe Gracia— fuese voluntariamente hímnica. Desde el origen de la eternidad somos hijos del eros y del tánatos; pero solo el amor nos da luz. Por eso este librito empezó siendo un canto, aunque fue, progresivamente, a mi pesar, derivando en un planto. Tal vez porque ya ni la voluntad nos pertenece. Distracciones simplistas de mi pluma son estos poemillas, misivas piropeantes a una dama». Solo el amor nos da luz, dice, como si se tratara de un poeta renacentista que busca en el amor carnal una forma de acceder a la perfección y, por ende, a la cima de la divinidad, algo que queda manifiesto en el poema «La perfección» que, por su brevedad, reproducimos completo: «Amada mía: ¿sientes / tú, como yo, cuando te beso / o entro en ti, que hay un Dios, / que una divinidad nos acompaña / y se estremece y brinca el Universo?». Por otra parte, percibimos un notorio afán de rebajar la intención de estos poemas que tienen, como se verá, muy poco de poemillas. Lo que ignoramos es la razón de esa minusvaloración, sobre todo viniendo de un poeta como Antonio Gracia, que con tanto rigor ha ejercido siempre su oficio de poeta y que es autor de mas de dos decenas de libros de poesía, algunos tan importantes como Reconstrucción de un diario (2001), Devastaciones, sueños (2005), Bajo el signo de Eros (2013) o Lejos de toda furia (2015). Si hacemos caso a las palabras de Gracia, Cántico erótico fue escrito a la par que otro de su libros, La muerte universal (2013), publicado en la misma editorial que este, Huerga y Fierro, lo que nos lleva a pensar que han dormitado en el cajón durante más de cinco años, un tiempo más que suficiente para que hayan madurado y para que su fermentación destile el mejor zumo.

     No es infrecuente encontrar en la poesía de Antonio Gracia motivos de carácter sensual, los cuales suelen estar vinculado al tópico de carpe diem (el poema «Carpe Diem» lo deja bien claro: «Yo, sin embargo, sé / que el instante lo maravilla todo / con su fugacidad interminable / y su estallido inextinguible»), por eso no conviene minimizar el alcance de estos poemas y relegarlos, como el propio poeta nos da a entender, al producto de un desatino más o menos temporal y, echando mano de unas palabras de Fray Luis de León, calificarlas de «obrecillas que se me cayeron de las manos».

     En cualquier caso, Cántico erótico, está dividido en tres secciones: «El himno», «Fugacidad» y «El desencuentro». En la primera parte, la que canta el poder del amor y la fuerza invencible del cuerpo, capaces ambos de transformar la realidad y de hacer del bendecido un ser otro. El poeta busca un correlación entre la pasión arrebatadora y una naturaleza violenta, la del mar golpeando furiosa contra las rocas («Mira cómo se estrellan en las rocas / las olas: de igual modo nuestros cuerpos / chocan y se golpean entre espumas / de esperma y de sudor»), o plácida, la de ese mismo mar besando la arena de la playa, según dicte el momento («Qué paz y suavidad esta delicia / de gozar el edén sin comprenderlo».

   La segunda parte, «Fugacidad», es una meditación filosófica sobre el paso del tiempo, sobre esa inexorabilidad que el amor solo encubre momentáneamente, sin logra, a la postre, liberarnos de la condena: «Nacemos y morimos, y entretanto / se nos pasa la vida tratando de entenderla / en lugar de vivirla». La naturaleza sigue estando muy presente en estos poemas. El horizonte, un tilo, el viento, los pájaros, el mar, el viento, las dunas producen tranquilidad emocional, pero para galopar seguro en ese caballo que es el tiempo es preciso lograr una conjunción entre amor y deseo: «Te abrazo y siento el universo amado / que fluye por tu cuerpo, cada célula / mordida, erotizada; y nos dormimos / dentro del firmamento de la cópula». La confianza desmedida en el amor como escudo contra el fracaso vital y contra el tiempo resulta, a veces, un tanto pueril, decimonónica, propia casi de una canción de moda: «… y que te amo / con la fuerza del mar: mi corazón», algo que lastra el poemario y que sorprende en un poeta tan exigente como Antonio Gracia, porque en otros poemas, y es norma general, como «La redentora», si consigue trascender el acto cotidiano del enamoramiento para elevarlo a misiones de carácter más metafísico, como pretendieron Dante y Petrarca («Tú me salvas de mí, de mis demonios. / No me digas que no puedo soñarte / como divinidad de mi universo»), antecedentes de ese Renacimiento del que hablábamos antes, pero un tanto fuera de lugar en la actualidad si no se hace con cierta ironía. Acaso convendría que la furia de ese «volcán interior que se derrama / en palabras y versos»se aplacase, antes de dejarlo fluir sin control, con reflexión y pautas de silencio.

     Después de este desafío a lo fugaz a través del deseo y del amor, llega «El desencuentro», la sección más breve del libro. Pese a que de «aquella historia / solo queda el dolor de su extinción / y unos pocos poemas que lo alivian», en varios de los poemas que lo integran, y en este último verso citado, sigue presente el convencimiento de la capacidad reparadora del amor: «Y solamente / la sombra de la muerte romperá / la unión que nos convierte en uno», pero versos como este no pueden ocultar que ese enaltecimiento desmedido es el preludio de un fin que se sabe próximo, en la justa curva de la vida, de ahí que el libro, un libro intenso pero sobrado, quizá, de un entusiasmo adolescente que no concuerda con la voz que preferimos de nuestro poeta, finalice con este poema: «Epitafio en la arena»: «Encontrar un lugar apacible / junto a un lago, un ciprés, una luz / —o una cóncava gruta traslúcida— / y morir en la tarde, tendido / sobre el lecho de la serenidad».

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/19/antonio-gracia-cantico-erotico/

ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE

ISABEL MARINA

ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE. BAJAMAR EDITORIAL

Aunque ha comenzado relativamente tarde a publicar —tarde si nos hacemos eco de esa idea tan extendida de que la poesía es un género ligado a la juventud—, da la impresión, dada la torrencialidad de su escritura, de que Isabel Marina (Avilés, 1968) tenía muchas cosas que decir guardadas en el tintero. Su segundo libro, Un piano entre la nieve, contiene más de ochenta poemas, y no precisamente breves. Si tenemos en cuenta que su primer libro, Acero en los labios, se publicó en 2016, no es difícil llegar a la conclusión de que está bendecida por eso que llamamos habitualmente «inspiración». «La poesía —escribe Isabel Marina— permite adentrarnos en los territorios inexplorados de nosotros mismos, permite parar un momento y reflexionar, y dejar apuntes, ideas, visiones, sobre nuestro momento vital». Hay ejemplos por doquier en este libro, divido en cuatro secciones muy relacionadas entre sí porque son como un continuum vital que va desde el «Origen» para desembocar en los últimos versos del poema «Ave Fenix»: «Estaremos a salvo si volvemos a ser niños, / si regresamos a esa cumbre que besan los mares, / a esa ladera virgen donde duermen nuestra flores. / Pues el dolor nunca vence a los sueños / ni la poesía ni al arte en nuestra memoria», niños estos que jugaban en la arena en el primer poema del libro. En el transcurso de las cuatro partes en las que se divide el libro hay lugar para la evocación nostálgica del lugar innominado en el que se fue feliz o se disfrutó de momentos de dicha: «Dónde ha quedado lo que hemos vivido / dónde está escrito lo que viviremos», se pregunta la poeta. A pesar de que muchos de estos versos se obcecan en mostrarse esperanzados, la realidad, como una apisonadora, va destruyendo los sueños, hasta el punto de que «Solo nos queda ya tiempo / de releer nuestro destino / en las hojas secas, / par tratar de recordar / aquella luz / que nos arrebataron tan temprano».

   La segunda parte, «En el camino», no presenta demasiadas variaciones con respecto del tono desencantado y la dicción casi torrencial de la primera. Marcos Tramón, autor del prólogo, lo confirma: «Continúa la autora con ese tono desesperanzado, con esa envoltura fantasmagórica, tan real, sin embargo, marcada por un tono más desasosegante, el de la negación», el del escepticismo también, inscrito a fuego en su piel: «Es necesario por eso / comprender nuestra brevedad / escudriñar nuestras mentes / renunciando a las mentiras / a los inútiles envoltorios / de un pasado que no existió». Surge además, en esta segunda sección, un conflicto identitario antes solo mostrado en boceto. Ahora, en poemas como «Canto del no ser», «Ley de vida» y, sobre todo, «Irrealidades», del que extraigo estos versos: «Es extraño mirarse en un espejo y no reconocerse, / tratar de responder a las preguntas cada tarde: / ¿qué será de nosotros? / ¿Adónde fue nuestra juventud?», es mucho más explícito.

     Llegamos a la tercera sección, «Revelaciones», en la que se ya se insinúa la presencia de la muerte. Si hasta entonces el sentimiento de pérdida, el abismo en el que caía la conciencia parecían adueñarse del poema en su totalidad, esa certidumbre desemboca en su territorio natural, la ausencia total, el no ser, la muerte, a la que aluden estos versos con ecos juaramonianos: «Cuánto tardará la luz en irse, / qué será de mí cuando ya no esté?». No es de extrañar que esas dudas amenacen el transcurso vital, sobre todo para alguien que piensa que «El futuro / solo es producto / de nuestra imaginación». En algunos versos sueltos, atisbamos, a pesar de estas contundentes afirmaciones, soplos de esperanza. Un vago e inconcreto sentimiento parecido al amor que desprenden versos en los que aparece el padre o la contemplación de un rayo de luz, gracias al cual se celebra la vida, nos permiten entreverlo y que dan paso a la última sección, «Resplandor», eminentemente celebrativa: «Nada hay más fascinante / que la vida que se desarrolla / entre tantos disfraces, / entre tanta trasmutación, / como la mirada de esas flores / agotadas por el calor». El contraste entre la nieve y el calor posee un carácter simbólico. Pureza y podredumbre, revitalización y sedimentación. Claridad y confusión. No es mal colofón para Un piano entre la nieve, tan desencantado en su mayor parte, ese autoexamen que permite a la autora darse a sí misma, y a los lectores, un consejo tan importante: «Por lo tanto, vive, / no dejes una sola brizna de hierba / sin haberla hollado, / ni protejas tu corazón del amor, / pues aún más miedo debería darte / la frialdad de la muerte, / esa grisura a la que llegarás, / irremediablemente, / y nunca volverás para contarlo».