ALEJANDRO GARMÓN IZQUIERDO. LAS NOCHES ETRUSCAS

ALEJANDRO GARMÓN IZQUIERDO. LAS NOCHES ETRUSCAS. COL. HERACLES Y NOSOTROS, Nº 38

Poco más de veinte poemas integran este nuevo cuaderno de la colección «Heracles y nosotros» que mantiene y coordina el poeta Juan Ignacio González. En estas «Noches etruscas» Alejandro Garmón Izquierdo (Bilbao, 1981) ―ganador del V Premio Internacional de Poesía Jovellanos-El Mejor Poema del Mundo con el poema «Alejandría» y autor de un excelente primer libro, Licencia de apertura (BajAmar editores, 2019)― vuelve la vista hacia el pasado y recrea con una voz y una perspectiva actuales mitos grecolatinos, aunque no solo, como veremos. Sus poemas poseen una elegante dicción y un ritmo muy cuidado en el que se alternan versos imparisílabos de siete y once sílabas con alejandrinos de mayor empaque, como corresponde a la relectura de la tradición de la que provienen. En dicha relectura Héctor, herido de muerte, no piensa, como el canto homérico, en mantener su honor enfrentándose al pélida, sino en su esposa «y en los dulces secretos de tu lecho» ―gracias al amor parece, el milagro de la salvación es posible―. Morfeo acoge en sus brazos a un Aquiles que reconocer haber «llegado agotado a tus orillas» después de tantas batallas contra dioses y hombres. La mayoría de estos poemas, de tono y atmosfera profundamente meditativos― tratan sobre la fugacidad de la vida, sobre la volatilidad de los propósitos y el cambio que la edad provoca en la percepción de las necesidades del ser humano. Cercana ya la muerte, los personajes que habitan en estos poemas hacen recuento y miran al pasado con una mezcla de benevolencia y aflicción, como en el poema titulado «Sit tibi terra levis»: «No quería escribir un epitafio, / tan solo deseaba seguir vivo / junto a todos aquellos que le amaron». Otros parajes ―el río Elba, que riega la tierra de los vándalos; Norilsk, ciudad minera de Siberia o la ciudad india Sitalpur― sirven a Garmón Izquierdo para entonar su canto, un canto plagado de nostalgia y de sabiduría, pues de sabios es, como aconsejaba Séneca a Marcia, «recordar al espíritu que ame las cosas tal como si fueran a desaparecer, mejor dicho, como ya desapareciendo. Todo cuanto la suerte te ha dado poséelo como algo carente de garantía». En suma, una poesía que, mirando al pasado, reflexiona sobre el presente, una poesía meditativa, con dominio del lenguaje, sin grandilocuencia, pero con hondura y eco, que merece ser leída, al menos, con el mismo entusiasmo con el que está escrita.

*reseña publicada en https://www.cantabriadiario.com/las-noches-etruscas-alejandro-garmon-izquierdo-heracles-y-nosotros-numero-38/ 26/11/2021

KE YANG. LAS DOS MITADES DE LA MANZANA DEL MUNDO

KE YANG. LAS DOS MITADES DE LA MANZANA DEL MUNDO. TRADUCCIÓN DE HUANG YI. ADAPTACIÓN POÉTICA DANIEL GASCÓN. PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA.

No son frecuentes las traducciones de poesía china actual al español. Podemos encontrar en los estantes de las librerías innumerables ediciones y antologías de poesía china de la llamada Edad de Oro, de poetas de que escribieron durante las sucesivas dinastías que gobernaron el imperio chino, pero cuesta encontrar la obra de un poeta contemporáneo ―por fortuna, internet ha roto este aislamiento y existen en el mercado algunas antologías, como Un país mental. 100 poemas chinos contemporáneos (Kriller71 ediciones) o Antología de Poesía China Contemporánea (Simplemente editores) compilada por Sun Xintang y Zhou Sese―, por esa razón debemos agradecer a la editorial de la Universidad de Zaragoza y la colección «La gruta de las palabras», que dirige con tanto acierto Fernando Sanmartín, la publicación de esta antología, Las dos mitades de la manzana del mundo, del poeta Ke Yang, de quien este lector nada sabía. Nació en la provincia de Guangxi en 1957 y es, además de poeta, editor y presidente de la Academia de Poesía China. Es un destacado representante entre los poetas de la «Tercera Generación» que emergió y adquirió notoriedad a comienzos de los años ochenta y representante de la tendencia de escritura popular en la poesía. Ha publicado poemas y ensayos en numerosas revistas respetadas incluyendo Shikan (Poesía). También ha publicado poemas en revistas no oficiales como Tamen, Fei- Fei y Yi -Heng .Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, japonés, alemán y otros idiomas, entre ellos el español. Ha publicado más de diez libros de poesía, incluyendo Intersección desconocida y Poemas selectos de Yang Ke. Ha sido profesor universitario y ha impartido de conferencias sobre la Nueva Poesía China. Ha sido galardonado con importantes premios, entre ellos el Primer Premio de la provincia de Guangxi.

Con estos datos básicos nos enfrentamos a una poesía de marcado carácter narrativo, muy descriptiva y muy apegado a la tradición cultural de su vasto país de origen: «Era yo quien espera los tiempos pasados. / Era yo quien recuerda el día de mañana. // El año pasado en Los Ángeles rugiste en voz baja. / Descubrí de repente que era yo el chico robusto que levantó el peso muerto con todo el orgullo de China». No faltan tampoco alusiones a la cultura occidental, que el autor integra con fortuna en su discurso: «La mariposa desgarra el sueño de Zhuang Zhou: / y se posa en la flor de Kandinski» y es que, para Ke Yang «Una manzana y otra manzana / en las palmas, el hemisferio oriental y el occidental / tan cerca, como dos amigas de la infancia». Estos referentes son producto de un amplio conocimiento artístico y filosófico que se trasluce en versos de carácter sentencioso, como estos: «A vista de pájaro todos los sufrimientos son insignificantes», «La vida es tan mezquina como las conchas / abandonadas en la playa» o «Hay un río que separa el mundo de los vivos y de los muertos». Los elementos naturales adquieren aquí un carácter simbólico, herencia, sin duda, de su propia tradición poética, pero, como decíamos, Ke Yang no es ajeno a la tradición occidental, así, cuando escribe «Es inevitable que a veces la belleza te ponga triste», se percibe el eco de Rilke, o cuando utiliza la ironía como elemento distanciador ―«¡Qué lujo es morir siendo feliz!»―y la metáfora como sublimación de lo prosaico ―«Las llamas que brillan en el horno son / hadas que bailan con zapatos estampados»― y de la incapacidad para sobrevivir en el mundo actual  (léase el poema «Relacionado y no relacionado»), lo que nos recuerda al Prufrock de Eliot. Evidentemente, una antología como esta no resulta suficiente para conocer a un poeta de una obra tan extensa para quien «La fuerza del libro / es más potente que cualquier ejército», pero al menos nos pone sobre la pista de las joyas poéticas que, sin duda, alberga la milenaria cultura china.

SABRINA FOSCHINI. MORDISCOS Y PLEGARIAS

SABRINA FOSCHINI. MORDISCOS Y PLEGARIAS. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE JUAN VICENTE PIQUERAS. EDICIÓN BILINGÜEEDITORIAL RENACIMIENTO.

Resulta cada vez más raro encontrarse con autores capaces de aportar es su obra, en sus poemas, una mirada original sobre la realidad, pero, aunque infrecuente, todavía cabe esa posibilidad, y eso es lo que me ha ocurrido con Sabrina Foschini, poeta italiana nacida en 1968, de quien nada sabía hasta que comencé a leer este libro traducido y prologado por el poeta Juan Vicente Piqueras, el cual nos ofrece de ella una imagen laudatoria y casi sobrenatural: «parece una mujer salida del mar y de una película de Fellini», escribe en un breve, pero instructivo prólogo, en el que, además, para definir los resortes que ponen en marcha su creación, explica que «Su mirada, siempre atenta al misterio de todo lo que vive, está llena de pietas por el ser humano, por todo lo que su alma laica bendice cuando nombra. Su sensualidad es pagana y es cristiana. Es más, su poesía es la delicada prueba de que el catolicismo es la continuación del paganismo […] En sus poemas el verbo se hace carne y viceversa. Su poesía es sensual, salvaje y religiosa […] Erotismo y mística son, en ella, dos caras de la misma moneda, haz y envés de la misma hoja trémula ungarettiana».

Mordiscos y plegarias, un título que resume bien el contenido del libro, recoge poemas de varios de sus libros, Voz del verbo, La sed del mar, Hojas de agua e Himno del cuerpo reconstruido, más una serie de poemas inéditos basados en personajes de la mitología griega. De hecho, el volumen está configurado en tres secciones, poemas que responden a una relectura de asuntos bíblicos ―sin duda, lo mejor del libro―, poemas de amor y los citados poemas que recrean antiguos mitos.

Lo que más llama la atención a la hora de leer los poemas de Foschini es la capacidad para ofrecer otra perspectiva de hechos sobradamente conocidos, que pertenecen ya al acervo cultural de cualquier lector, sea este creyente o no. El arcángel Gabriel nos va describiendo cómo fue el momento en el que le anunció a María ―«Le dije que el rayo de luz que le anunciaba / fecundaría su vientre / como un astro iluminado»― la buena nueva: «Ella no conocía el misterio de dar a luz, / y yo soy un ángel… ¿qué podría decirle?». No hay en estos versos una apología del misterio divino, por el contrario, rebaja la divinidad del ángel a la superficie de lo humano, pues duda, se compadece, se emociona como cualquier ser mortal. Esta es la particular manera de ponerse en la piel del otro que Sabrina Foschini maneja, a la vez que, como he señalado, humaniza y dota de sentimientos a los protagonistas de hechos y revelaciones de carácter místico. Cualquiera de los poemas de esta primera sección ejemplifica perfectamente esta opinión, pero basta con citar un par de ellos para justificarla. El titulado «José» en el que muestra a un José anciano que rememora cómo conoció a María ―«me tocó como esposa la niña», escribe Foschini―, una niña a la que veía jugar en su taller y a la que no se atrevía a tocar, por eso se indignó cuando vio crecer su vientre un fruto no esperado: «se le hinchó el vientre de espanto y yo temblé de vergüenza / por aquel abuso cometido en secreto por otro hombre», hasta que recibió la visita de un mensajero, «un ser mitad hombre y mitad pájaro», que le reveló «la naturaleza luminosa de mi hijo, / la extraordinaria misión otorgada a la niña». No deja de sorprender la magistral forma de asumir la identidad de otro para renovar la lectura de, en este caso, las Sagradas Escrituras. Otro tanto ocurre con el titulado «Marta» en el que aventura la envidia que suscitó en Marta el trato de privilegio que Jesús le dio a María, su hermana: «Desde que éramos niñas / nuestro padre y los huéspedes la preferían, / la querían a su lado en los banquetes, / liberada de la aspereza de las tareas domésticas», aun así, confiaba en que, con el paso del tiempo, ese tarto vejatorio se amortiguaría, pero el «maestro» también sucumbió a «la trampa de sus mohínes».

Los poemas amorosos de la segunda sección no ofrecen un similar grado de recreación semántica, se atienen más a lo previsto, aunque en ellos, en ocasiones, prime una sensualidad extrema, como en estos versos: «Hemos hecho el amor como un festín feroz, / dientes y uñas y huesos, todo lo duro que hay en nosotros, / todo lo duradero junto a lo suave / y a los ojos en blanco» y, también, la conciencia de la temporalidad de todo acto o sentimiento humano: «Dicen que el amor no dura / y duran las estatuas romanas, los estucos de las casas prehistóricas, / duran los huesos de los animales que exterminamos antes de nacer». En otros poemas, por el contrario, es el amor filial, sustentando en recuerdos de la infancia y de la adolescencia, el que se toma como núcleo del poema, núcleo que irradia una imantación plagada de conceptos generales y de símbolos privados que relacionan metafóricamente la carne con el alma.

La tercera sección está compuesta por poemas mitológicos. Personajes como Ícaro, Narciso o Teseo nos relatan aquellos actos por los que se han convertido en mitos. La estructura descriptiva es muy similar a los poemas de la primera sección. Los personajes de ambas secciones, «figuras arquetípicas», se hacen, como escribe Alessandro Giovanardi, «escritura, forma de vida plena». En resumen, estamos ante una poeta excelente que desnuda la tradición y la viste con los ropajes de la modernidad, sin prejuicios y sin complejos.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 19/11/2021

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. MAPAMUNDI DEL DUELO Y LA MEMORIA

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. MAPAMUNDI DEL DUELO Y LA MEMORIA

EDITORIAL BAJAMAR.

“Mapamundi del duelo y la memoria” es el primer libro que publica Juan Ignacio González después de publicar su poesía completa, “En tierras como esta. Poesía reunida 1985-2020”, el pasado año, y esta nueva entrega no hace más que confirmar, ya desde el propio título, la columna vertebral sobre la que se articula toda su obra: la toma de conciencia crítica sobre la realidad que le ha tocado vivir, una toma de conciencia, sin embargo, que va más allá de la pura descripción meramente informativa ―próximo a lo que José Hierro denominó «reportaje»―, para internarse en reflexiones de carácter lírico, intimista, con ciertas dosis de irracionalidad. De esta combinación nace una poesía que, sin perder de vista el contexto colectivo, se cimenta en la experiencia personal del poeta, trascendida para convertir el yo en un nosotros.

     Ambos procedimientos están presentes en este libro, que consta de dos partes perfectamente diferenciadas: en la primera de ella, «El duelo», el dolor, la aflicción y la nostalgia subyacen en la mayoría de los versos: «No hay sino dolor tras estos ojos / que van dejando, agónico, este tiempo / triste y parpadeante, de la espera», pero no es el único argumento. En los poemas más descriptivos ―«Malditas guerras», «Bakhit habla del mundo» o «Exposición “Auschwitz”. Madrid, 2017», por ejemplo― se impone, por encima de otros aspectos de carácter poético, el valor de la denuncia, no solo de los hechos en sí, sino también de la manera de interpretarlos en el presente, sumidos ya en la insensibilidad que provoca la costumbre y la banalización del terror: «Suenan flashes, hay ruido por las salas. / Tan lejano parece que hay sonrisas, / y posados grotescos ante el pórtico / que señala la entrada de la expo». Juan Ignacio González siempre ha mostrado una confianza ciega en el poder salvífico de las palabras, del poema, y de este convencimiento hay excelentes muestras en esta como la que sigue primera sección: «Queda abierto al mañana escribir un poema. / Con el construiremos un mundo diferente, / con las casas abiertas / y una inmensa explanada / donde acampen los sueños». Esa certidumbre va unida a la alta estima que tiene nuestro autor del oficio de poeta. En el poema del mismo título escribe: «Nosotros, los poetas […] / Vamos abriendo, lentamente, puertas. / Repintamos los techos, las heridas, / vencemos a la muerte con los versos / que llaman con su luz inquebrantable, / y aniquilan las sombras de la ausencia. // Dibujamos los mapas del recuerdo, / trazamos avenidas donde el llanto / discurre lento, inexorable, / y luego / se aparece un jardín y algunas fuentes, / en que beber la vida / y, exultantes, / dejamos en las páginas la nieve / que habrá de retoñar, en primavera, / los campos yermos de las madrugadas». Evidentemente, atribuir estas funciones al poeta no es, viniendo de un poeta de tan larga trayectoria como González, un voluntarioso acto de mitificación, sino un estrecho vínculo entre vida y obra, entre las palabras y la acción.

     La segunda sección, titulada «De la memoria», reincide en los mismos temas, pero el dolor y la nostalgia provienen del pasado, de los recuerdos que afloran en la memoria. El primer poema, «Hijos del baby boom», es suficientemente explícito: «Nuestros padres crecieron tras la guerra. // Ellos, indoctrinados por maestros / que aleccionaron su quehacer diario / a golpes de regleta y bofetadas / y que en la agria geometría de los patios / les hicieron cantar salmos e himnos / de cara al sol en una España yerta». Junto a poemas como este ―«Maneras de estar vivos» y «El blues de la memoria» son otros ejemplo―, reportajes de un tiempo oscuro que, por fortuna, ya solo es historia para muchos españoles, hay poemas que, sin perder ese afán de luchar contra el olvido, poseen una vena más lírica  como los titulados «Música de agua», «La  fórmula del agua», «Aquel pupitre» o «En la alquimia del aire». Todos ellos van narrando la autobiografía del poeta, eso sí, desde ángulos y perspectivas diferentes, y conformando una identidad que debe, y no lo oculta, mucho a las experiencias vividas en la juventud y la adolescencia, aunque a veces sean contemplados como productos de los sueños. No hay deseo de revancha a la hora de poner en claro estos recuerdos, sino el deseo de dejar constancia de la precariedad, también en el aspecto afectivo, de una época aciaga. Juan Ignacio González los narra como si estuviera hablando consigo mismo en voz alta, con palabras cotidianas y un mensaje claro, la de cauterizar las antiguas heridas, por eso el libro finaliza con esta estrofa: «Qué extraño es este triste tañer de la memoria, / con su pasión de orfebre sutura las heridas, / encaja en las palabras, escritas a la lumbre / de aquellas latitudes, una pasión que juras / habrá de ser el credo que siempre te acompañe».

  • Reseña publicada en El Diario Montañés el 12/11/2021

 JUAN PEÑA. YACIMIENTO

 JUAN PEÑA. YACIMIENTO. SILTOLÁ POESÍA

No se ha prodigado en exceso Juan Peña (Paradas, Sevilla, 1961) a la hora de publicar su poesía. Desde 1989, fecha en la que salió a la luz “La edad difícil”, pasando por “Viviendo con lo puesto” (1995), por “Días cansados” (1997), “Los placeres melancólicos” (2006) y “Dura seda” (2011) ―todos ellos recogidos en la antología “La misma monotonía” (2013), título que tanto nos recuerda al “El mismo libro” de Andrés Trapiello―, “Destilaciones” (2016) hasta llegar a este “Yacimiento” que ve la luz en su editorial de referencia en los últimos años, La isla de Siltolá. No es escasa su producción, siete títulos en más de treinta años, y lejos de verlo como un reproche lastre, se nos antoja verlo como un riguroso ejercicio de contención y de exigencia, sobre todo en los tiempos que corren, cuando muchos autores, algunos de ellos coetáneos de Peña, demuestran su prodigalidad publicando título por año.

     Lo cierto es que la poesía de Juan Peña se ha mantenido fiel a una serie de principios estéticos que podemos resumir en la voluntaria sencillez de su dicción, en la minuciosidad descriptiva ―fruto sin duda de la morosa contemplación de lo que le rodea―, en un vitalismo envidiable y, a menudo, contagioso, que no elude, sin embargo, el aguijoneo inevitable del dolor, pero administrado con sabiduría, en una feliz combinación de resignación y entereza.

     “Yacimiento” ―un libro con una idea muy clara, concebido como un todo orgánico, no como una mera acumulación de poemas dispersos, sin relación―, como su propio título sugiere, indaga en las raíces de la condición humana, en los vestigios que el ser humano ha ido dejando a través de los siglos, en los estratos de conciencia que cada civilización fortalece, «en las cosas sin alma, / que no mueren» y que hacen al hombre «más que humano», y es que esas cosa sin alma, materia solo al fin y al cabo, no sufren las pasiones humanas, aunque sí son capaces de provocarlas: «Cuánto mejor las cosas que nosotros, / efímeros, dolientes, siempre decepcionantes». Pero el yacimiento del que se nutre Peña no se encuentra solo en las cosas que permanecen dormidas, enlodadas bajo tierra o en cuevas inaccesibles: lucernas terracotas. Muchas de ellas están en la superficie. Frutos sabrosos, cerezas, higos, queso de cabra, etc. Todo ello lo resume con destreza el poema «Objetos»: «Lo que al final nos salva / se quedará en las cosas, / en un libro, en la estatua, / en un lienzo cubierto de grasas de colores. // Nunca buscó el alma de los cuerpos, / solo lo que los cuerpos tuvieron de criatura, / la carne y su destello, / la belleza más alta / porque al final se pudre. // Para vivir bastaba / esa destilación de cuerpo y alma / cristalizada en cosa. / La fría y seca y dura belleza de las cosas».

     Pedro Bohórquez, en la contracubierta, dice que «Si hay algo que podemos destacar como esencial e inalterable a lo largo de toda la poesía de Juan Peña es su lección de serenidad, de gozosa plenitud y jubiloso asombro, a sabiendas de cuanto de despiadado y doloroso ya nos dio y habrá de darnos la vida». Y es que, en esta cata, en este continuo asombro ante las huellas de los antepasados, Peña encuentra motivos para trascender la propia apariencia del objeto. El flujo descriptivo no oculta la reflexión que las palabras ―medidas, elocuentes, sonoras, vivaces: «Yo escuchaba palabras / esculpidas en música, / y las palabras eran los vientos vegetales, / los timbres del metal, / la garganta, la lluvia, / el mar y la tormenta»―  intentan codificar. Peña oficia de mensajero entre el pasado y el presente, pero sin olvidar que la escritura, aunque recree una época remota ―en estos poemas aparecen vasos homéricos, anillos romanos o un pequeño jarrón palestino milenario, correspondencias, al fin y al cabo, entre vida y muerte, hilos que atan a la vida― es fiel testigo del tiempo que vive el poeta, un tiempo que suscita serenas reflexiones sobre la vejez, vista no cómo algo trágico, sino con la mansedumbre de quien no la teme: «Pero llega el milagro de la vejez: / llegar vivo a esta vacación / que ya no acaba. / Vivir, pero sabiéndolo, / como el niño que fui, / asombrado, indolente, irresponsable, pájaro viejo al fi / sostenido en el aire», porque sabe que es un ser mortal y, por esa razón, es la víspera del gozo, el contacto con los objetos, con el vidrio o el barro, con el bronce o la terracota donde Juan Peña, a pesar de sentir «el fragor del tiempo» ―o quizá gracia a eso― ve la plenitud, no la destrucción, la pureza, no la corrupción, y eso ese poso es el que no deja su poesía.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 5/11/2021

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. EN LA LÍNEA QUE DIBUJA UN INSTANTE.

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. EN LA LÍNEA QUE DIBUJA UN INSTANTE. COLECCIÓN BAÑOS DEL CARMEN. EDICIONES VITRUBIO.
Fiel a su editorial de siempre, en la que ha publicado Al son de las mareas, Luz velada, Las farolas caminan la calle, La senda hacia lo diáfano y El aire que rompe la niebla, algunos de ellos comentados en estas mismas páginas, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Mieres, 1947) regresa ahora como En la línea que dibuja un instante, un hermoso título ―un instante luminoso que simboliza la felicidad―que atesora entre sus páginas algunos de los mejores poemas de su autora, «Tus ojos», «Cuando pienso en él» «En este tiempo», «Última oración» o «Derrumbe», todos, salvo el primero, fruto del desengaño existencial, del dolor de vivir, en suma, y no es esta una cuestión baladí, porque es ese conflicto que suscita el paso del tiempo y las consecuencias que dicho paso acarrea el que provoca las reflexiones más íntimas y verdaderas de nuestra poeta. Pero este es un libro lo suficientemente extenso para que en él tengan cabida otras emociones como la afinidad con la naturaleza («Atiende y escucha la vida. / Escucha el lenguaje de los arbustos, / de las hierbas, / de las flores, / de los pájaros, / y de todo el universo imperceptible / que ha crecido sobre mis escombros. / Su lenguaje me acompaña. / Su universo es mi vida, / y mi vida es ahora su casa»), la búsqueda de la paz espiritual ―los primeros poemas inciden en ello de manera especial, el descanso en «una casa conventual», «un adusto páramo», o esa aldea «protegida del viento helado de las cumbres», detallada en un poema eminentemente descriptivo― o el amor, cifra de la existencia y muro de contención contra las agresiones de la edad: «Tal vez el amor sea / una invención, / un roce de ternura, / el abrazo de una lágrima, / el beso que acalla temores, / el consuelo que difumina abandonos…». Todo esto y mucho más es el amor, pero toda moneda tiene dos caras, y la del amor es, forzosamente, el desamor, un desamor que provoca dolor porque «duele / ser savia encendida/ que busca un resquicio de pasión / en el invierno de tu cuerpo». Los versos de Isabel, con ser eminentemente explícitos, dejan lugar para que el lector imagine una vida que, sin lugar a dudas, guardará enormes paralelismos con la suya. ¿Quién no ha echado alguna vez la vista atrás, a la infancia, para preguntarse qué queda del que fue? ¿Quién no echa en fata a los seres queridos que nos han dejado? ¿Quién no siente nostalgia y una especie de alfiler clavado en el corazón cuando regresa a la casa familiar? «La casa ―escribe― tiene el rostro alicaído / y los párpados de sus ventanas cerrados. / Todo en ella es frío y oscuro, / como manos de invierno sin hogar». En cualquier caso, este acopio de recuerdos similares tiene un efecto dispar. No siempre actúa con la misma contundencia. Para Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, «El recuerdo / nos ayuda a reinventar nuestro Yo. / Y quizá a comprender», a comprender cómo el paso del tiempo ha ido conformando una identidad, en ciertos casos, eludiendo nuestra propia voluntad. Solo cuando uno es capaz de asumir lo inevitable, se puede lograr la reconciliación con uno mismo: «En este tiempo, / que es mi tiempo, / es el momento de asumir / que la vejez es un grado / y que merece el mejor de los reconocimientos». Y este tiempo que le ha tocado vivir, tan lleno de dolor e incertidumbres, la pandemia hace acto de presencia en unos poemas, estos sí, más circunstanciales, escritos urgidos no por la prisa, sino por la sensación de fragilidad y por el desconcierto, que carecen del vuelo lírico de los precedentes y que acaso pecan de inmediatez y de la imperiosa necesidad de explicar lo inexplicable: «Llegará el día ―escribe―en que el cruel y absolutista germen / será derrotado, / pero dejará tras de sí / una estela de dolor, / de muerte, / de familias que tendrán que superar / el trauma del prisionero / condenado en celda de castigo».  Pese a tanto dolor, En la línea que dibuja el instante finaliza con una reflexión de carácter ontológico no exenta de esperanza, como delatan los últimos versos de «Permanencia»: «Más allá de este afán, / el hombre necesita preservar el olvido / su propia finitud. / Ser recordado. / Perdurar en lo eterno / y saber que podrá seguir viviendo, / como alma compañera, / en la vida de quienes amó y le amaron». Todo un canto, parodiando a Darío, de vida y esperanza.
 
https://elcuadernodigital.com/2021/11/01/en-la-linea-que-dibuja-un-instante/

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. INCENDIO MATERIAL.

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. INCENDIO MATERIAL.

VASO ROTO EDICIONES

La vallisoletana María Ángeles Pérez López es una de las voces más personales e indiscutibles de la poesía de nuestro país y cada uno de los libros que publica da fe de ello. No hay altibajos en sus títulos. Todos suponen, si no un avance, sí la consolidación de una voz auténtica y dueña de su decir, autónomo, personal, culto, con unas raíces en la tradición voluntariamente manifiestas, lo que, probablemente, cause cierta perplejidad, porque no es algo muy habitual en una época en la que los epigonismos, de uno u otro signo, parecen concitar la aquiescencia crítica, al manos de esa parte de la crítica más interesada en reiterar esquemas conceptuales y opiniones interesadas que en aventurarse a emitir juicios propios.

    Ahora, con “Incendio material”, se interna, como si le moviera un invisible vínculo de sangre, en el cuerpo de otros poetas, a los que homenajea y da voz con sutileza y emoción en estos quince poemas en prosa; en prosa, sí, atendiendo siempre a un ritmo interior que, en numerosas ocasiones, se sustenta en los patrones de la métrica tradicional. Así, no es infrecuente encontrar heptasílabos y endecasílabos diseminados entre otros metros menos ortodoxos.

      Pedro Salinas escribía en un poema de “La voz a ti debida”: «Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres» y María Ángeles Pérez López comienza su libro con estos versos: «Mi cuerpo choca contra los pronombres. No sé a cuál de sus exigencias obedezco. // No es cierto que sean cáscaras vacías: son vísceras y plasma en la transfusión que cede a cada uno de nosotros». Son dos modos de certificar la preminencia del lenguaje, bien a la hora de diluir la propia identidad en otra―del yo al tú, al nosotros― o bien cuando de lo que se trata es cuestionarse quién se es ―del yo como unidad al yo fragmentado―. De ahí que el poema finalice con este verso: «Solo soy una herida en el lenguaje». La dualidad a la que hemos aludido se manifiesta también cuando el sujeto lírico se ve atrapado en la maraña del amor, un sentimiento contradictorio en el conviven el deseo de posesión y la desposesión provocada por el deseo, que culmina en este verso: «Soy a la vez la araña y soy su mosca», y conviene detenerse en ese adjetivo: «su», que corrobora, según nuestro modo de ver, lo que exponíamos anteriormente.

     La pulsión semántica de estos poemas se ve realzada, si cabe, cuando estos vienen plenos de carga erótica, de carnalidad y lujuria: «Cuando entro en ti, todo se borra: palabras que aprieto contra el paladar hasta volverlas de agua; archivos de memoria que no encuentro; proteína que pierde su estructura en la embriaguez extrema del calor. / Cuando entro en ti, la noche me posee. / El cuerpo pertenece a su placer» y en la cumbre de ese placer, cada palabra dicha es un canto, pero es también la confirmación de la inutilidad del lenguaje. Desgarro y silencio. Celebración y agonía. Suma de contrarios, acaso porque «las palabras están a medio camino ente lo líquido y lo sólido. Son fluido traslúcido que arrastra a su paso cuanto puede: astillas de ramas y de aire, declaraciones de amor, buzones, cláusulas testamentarias, preservativos desechados…».

     “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, tituló Marshall Berman, cogiendo prestada una frase del “Manifiesto comunista” y provocando una inquietante metáfora ideológica y social. María Ángeles Pérez López no busca ningún acomodo en esa propuesta, pero sí le preocupa la permanencia, por eso juega con los posibles significados simbólicos de sus apellidos ―«Pérez, hijo de Pedro, hijo de piedra»; «López, hijo de Lope, hijo de lobo― en busca de un origen que se disuelve en el tiempo. La permanencia es más voluntariosa que real: «Cada piedrecita es plena y poderosa aunque caiga hasta ser un solo grano». La piedra representa al padre; la loba ―la que alimenta a la camada― a la madre, aunque ambos son las piedras, los cimientos que sustentan al sujeto en crisis, sumido en ese permanente conflicto identitario tan propio de la época en la que vivimos: «Y si eres nadie», se pregunta nuestra poeta en el último poema del libro, cuyos versos abundan en ese desconcierto: «Miras dentro de ti y sólo hay un inmenso páramo en el que nada se oye. Ni siquiera la respiración agitada en el incendio de aquello que fuiste. ¿A dónde irás cargando tu vacío?». Como vemos, no hay, no puede haber, una respuesta convincente porque ese tú que, de alguna forma somos todos, «… no eres suficiente para ti. / Desconoces quién eres y no te importa». El espejo en el que se mira María Ángeles Pérez López refleja muchos rostros, muchas sombras: la de Machado, la de Pessoa, la de Gonzalo Rojas, la de Aníbal Núñez, la de José Emilio Pacheco… sombras tutelares que cobijan con sus palabras el desgarro emocional del ser que piensa y sufre. Julieta Valero en el epílogo al libro que ha titulado «Poética de la conjugación», en un no velado guiño de complicidad, afirma que «Para alguien tan consciente de que el lenguaje nos hace, el poema se convierte en el lugar donde revertir la potencia disgregadora de las palabras en favor de la unidad y de la vida». Volvemos al punto de partida de este denso y cautivador libro. A la entronización del lenguaje, elemento que nos constituye y nos define, pero también nos disuelve en el enramado visible e invisible de los significados.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 29/10/2021

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. ISSA ALIADA

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ TOBAL. ISSA ALIADA. POESÍA HIPERIÓN.

Juan Manuel Rodríguez Tobal (Zamora, 1962) no suele frecuentar la imprenta con asiduidad. Con una obra en el ámbito estrictamente poético ―recordemos que es un notable traductor de autores como Safo, Ovidio o Virgilio― no muy extensa y espaciada en el tiempo (desde Dentro del aire, en 1999, hasta este Issa aliada de 2021, solo ha publicado otros cuatro libros de poesía: Ni sí ni no, en 2002, Grillos en 2003, Icaria, 2010 y Esto era, en 2018), da la impresión de que el autor se muestra renuente a compartir sus poemas con los lectores, por esa razón resulta aún más sorprendente el contenido de Issa aliada, un libro, digámoslo ya, extraño, inclasificable, en el que el poeta se convierte en una especie de oráculo capaz de transcribir los crípticos mensajes que recibe de los dioses, o de una presunta «divinidad» ―trasunto de la diosa Afrodita, según nos participa el autor― bautizada con el nombre de Issa aliada, que bien podría haber una de las amantes de Safo, y de Safo provienen las resonancias de estos poemas. «Los hombres siempre se suceden. / Yo mismo soy ya un hombre sucedido, / un hombre suceso, Issa aliada, / un sacerdote de una época, / un atormentador, por tanto, de voluntades».

Juan Manuel Rodríguez Tobal no se ha desdoblado en otro personaje, no, se ha multiplicado en una serie de voces que conversan en diferentes planos, en escenarios y épocas no siempre concordantes que exigen del lector una atención especial. Los registros de estos poemas no se avienen a los planteamientos de la poesía más canónica porque hacen saltar por los aires tanto el discurso reflexivo como el meramente descriptivo. Podemos incluso leer estos poemas como un ejercicio de traducción que ha derivado hacia una autoexploración ―la cita de Borges que encabeza estos poemas puede marcarnos el rumbo― a través de voces ajenas: «Yo era multirracial para la alegría. / Las cosas que yo decía sonaban como formas / hasta que el lazo del trueno estalló: alturas del futuro, hombres maduros…», no exenta, además, de ironía, de un humor, en cierto sentido, despiadado, negro: «Pero si sueño risa, / o propóleos, / o mar, o hebillas de panal, / tú sabes, Issa aliada, / que mi corazón ya no me necesita / o, si acaso, / le vendría bien echar una cabezada. / Me parece», aunque este diálogo consigo mismo adquiere, por momentos, tonalidades más dramáticas en las que se ponen en cuestión algunos fundamentos de la propia identidad, ahora tan fragmentada: «Durante mucho tiempo / me limité a aprender las madrigueras de los helechos, / a considerar la vida media de una persona, / a asombrarse por la diversidad de la inmortalidad en el mundo / y a practicar con la perforación del agua» y es que son muchos los timbres de este libro, pero prevalece esa necesidad de saberse, de delimitar los efectos del tiempo en ese yo que lucha por esclarecerse, aunque sea a través de crípticos mensajes celestiales, sujetos a interpretaciones múltiples, a modalidades colectivas de la voz, pues parecen nacer, como las palabras, de lo que Stephen Spender llamó «el material no elaborado del inconsciente».

ALEJANDRO PEDREGOSA. BARRO

ALEJANDRO PEDREGOSA. BARRO. SONÁMBULOS EDICIONES

La obra de Alejandro Pedregosa (Granada, 1974) se reparte casi por igual entre la poesía y la prosa. Ha publicado novelas como “Hotel Mediterráneo” (2015); “A pleno sol” (2013); “El dueño de su historia” (2008) o “Paisaje quebrado” (2005) y en poesía, títulos como “Postales de Grisaburgo y alrededores” (2001), “Retales de un tiempo amarillo” (2002), Premio Ciudad de Trujillo; “Labios celestes” (2008), Premio Arcipreste de Hita; “El tiempo de los bárbaros” (2013) y “Pequeña biografía de la luz” (2019). Recientemente ha sido galardonado con el Premio Ciudad de Orihuela de poesía infantil por su libro “Álbum de familia”. A este completo bagaje debemos añadir un libro de cuentos, “O”, que mereció el Premio Andalucía de la Crítica en 2018, y su labor como articulista y como profesor de Escritura Creativa. Estamos, pues, ante un autor que vive la literatura en todas sus facetas y que, por ende, es consciente de la dedicación y el esfuerzo que supone indagar en el conocimiento propio y de cuanto le rodea a través de la escritura. Por eso, y pese a la opresiva sensación de fracaso que atenaza cuando no se consiguen los objetivos propuestos (la palabra, como sabemos, es un instrumento dúctil, maleable y, por sus múltiples significados, impreciso, como se manifestado muchos poetas), Alejandro Pedregosa no cesa de buscar el género que mejor se adecúe a su necesidad expresiva, a la idea que la promueve (es la idea la que determina la forma, no a la inversa).

     En “Barro”, su nuevo libro de poemas, la ausencia del padre vertebra los poemas, incluso cuando estos, aparentemente, se ramifiquen en otros asuntos, como el metapoético. Véanse el poema inicial, paradójicamente titulado «Epílogo», y «Sobre la vocación literaria», de carácter más simbólico, en el que se asocia escribir con volar, porque, probablemente, ambos propósitos pertenecen a experiencias remotas, incluso producto de una ambición infantil, de ahí puede provenir el empleo del lenguaje coloquial, sin innecesaria retórica, sin una pirotecnia verbal que, por otra parte, comprometería el objetivo de un poema como «ONG», en el que aparecen chabolas, niños malnutridos o generosos misioneros, los males de una época que las ONGs, y quienes contribuyen con sus donaciones a hacer que su trabajo sea posible, tratan de mitigar. En este poema se menciona por vez primera al padre, más bien la ausencia de la figura paterna. Es el hijo quien debe informar del deceso: «A todos hace tiempo que escribí / una carta sencilla, desflorada, / para anunciar, papá, que ya no eras, / que un cáncer había cesado para siempre / tu larga filiación / con la piedad humana». Percibimos aquí una mezcla de lucidez ―lavar la mala conciencia occidental― y de vitalismo que busca en el ser humano paleolítico los orígenes de la solidaridad y de la compasión: «El único sentido, el más sublime, / de esta historia de barro que te cuento / nos lleva a concluir que estamos / ante el hombre que alumbró / la compasión ajena, / el primer homínido degradado, / inútil, inservible, / que recibió el amor de una comunidad».

       Este sentido de comunidad se percibe también en muchos poemas de Alejandro Pedregosa. Con un manifiesto afán didáctico escribe poemas como «A los jóvenes», en el que alerta de los salvapatrias y los demagogos, porque «El aire es menos aire / si viene de agitar una bandera» o «Los miserables», en el que reflexiona sobre algo que la historia ha desmentido hasta la saciedad: el hecho de ser un buen artista no está directamente relacionado con ser una buena persona. Ética y estática no siempre discurren por el mismo camino («Se prueba aquí la trampa de Platón / cuando invita a creer que la belleza / es trasunto del bien, de la armonía / y la justicia», escribe Pedregosa en el poema «Burdeos». Los ejemplos son innumerables, pero no es menos ciento que el artista con conciencia es, la historia también lo confirma, perseguido, cuando no asesinado. Pedregosa lo personaliza en poetas como Cernuda y Machado: «Ejercer la poesía no es vacuna / contra nada, pero a veces sucede / que un poeta se adentra en la miseria / como el lecto animal que sabe su destino…».

     La sensación de pérdida irreparable, la nostalgia y el desencanto hacen que el personaje lírico, por una parte, parta de un existencialismo cotidiano, a la manera, por ejemplo, de Celaya, es decir, con el nosotros como emblema y, por otra, se sumerja en un doloroso examen de conciencia y recurra a lo biográfico para dar cuenta del conflicto íntimo que produce la muerte: «Perdóname, papá, pues no he sabido / defender con vigor lo que era nuestro. / Criaste un niño sano pero inútil […] Siento vergüenza, papá, por ser el agujero / eternamente negro de tu vida: todo lo tuyo entra en mí y sin dolor / desaparece».

     “Barro” finaliza con una «Contraelegía», en la que se da voz al padre que finaliza con estos versos que encierran una filosofía de vida: «la vida / ―estoy en condiciones de afirmarlo―// es poco más que un soplo / y pierde / quien no ama». Como escribe José Manuel Ruiz Martínez, «Barro es un canto conmovedor de nuestra condición mortal, frágil, humilde […] problemática, impura, pero también moldeable y resiliente, que el poeta abraza con un amor no exento de lucidez».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 22/10/2021

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR. ANTOLOGÍA DE LA NUEVA POESÍA NEGRA Y MALGACHE EN LENGUA FRANCESA.

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR. ANTOLOGÍA DE LA NUEVA POESÍA NEGRA Y MALGACHE EN LENGUA FRANCESA

EDITORIAL ULTRAMARINOS

Nacido en Yoal (Senegal), en 1906, Léopold Sédar Senghor fue, además de poeta, un eminente político, presidente de su país en varias ocasiones desde 1960 hasta 1980, fecha esta en la que renunció al cargo para dedicarse por entero a su verdadera vocación, la de poeta, una vocación que le llevó a ser miembro de la Academia Francesa en 1983. Su vinculación con la escritura comenzó a fraguarse en París, ciudad en la que residía. Allí, junto con otros colegas africanos entre los que se encontraba Aimé Césaire, funda la revista “L’etudiant noir” en 1934 (en el número 3 de dicha revista Césaire acuño el término «negritud» por vez primera). Tal como sugiere el título, además de propiciar la difusión literaria, la revista tuvo como objetivo dar visibilidad a escritores africanos y reivindicar su particular visión del mundo, muy diferente, por cierto, de la que pregonaban los colonizadores. Como vemos, el compromiso político se ha desarrollado de forma paralela a su inspiración poética. Sin necesidad de escribir una poesía eminentemente combativa Lépold Sédar Senghor ha sabido conciliar ambos aspectos de una realidad que ha vivido con intensidad en ambas facetas de su destino. No podemos ignorar la enorme influencia que ha tenido en su formación la cultura francesa, lo cual le ha permitido defender el mestizaje como forma natural de enriquecimiento, no sin tensiones, claro, pues el vigor de la cultura occidental ha tratado de imponerse a la visión, más telúrica, más pendiente del mito, africana. De este empeño nace la “Antología de la nueva poesía negra y malgache en lengua francesa”, «Una obra reimpresa ininterrumpidamente desde que apareciera en 1948», según nos informa el editor, Unai Alonso. La nueva edición ha corrido a cargo de Martha Asunción Alonso, que ha traducido los poemas de los dieciséis integrantes: León-Gotran Damas (La Guayana francesa), Gilbert Gratiant, Étienne Léro y Aimé Césaire (Martinica), Guy Tirolien y Paul Niger (Guadalupe), León Laleau, Jacques Roumain, Jean-Fernand Brière y René Bélance (Haití), Jean-Joseph Rabéarivelo, Jacques Rabémananjara y Flavien Ranaivo (Madasgar) y por el vasto territorio del África negra Birago Diop, Léopold Sédar Senghor y David Diop.

La primera edición del libro contó con un prólogo, no exento de polémica, del eminente filósofo existencialista Jean-Paul Sastre titulado «Orfeo negro», incorporado a esta edición. En él expone opiniones como estas: «quienes, colonos y cómplices, abran este libro, tendrán la sensación de estar leyendo, a escondidas, cartas que no le estaban destinadas. Estos negros se dirigen a los negros para hablarles de los negros; su poesía no es ni sátira ni imprecación: es un despertar de la conciencia», aunque lo hagan con la lengua del colonizador, y es que, según Sastre, «El poeta europeo de hoy en día trata de deshumanizar las palabras para devolvérselas a la naturaleza; el heraldo negro, por su parte, se propone desafrancesarlas; molerlas a palos, romperles los lugares comunes y volver a ensamblarlas por la violencia».

No cabe duda de que el asunto primordial de la antología es reivindicar la propia idiosincrasia, aunque los poetas seleccionados provengan de lugares tan distintos y lejanos como Senegal o Martinica, por ejemplo. Hay, sin embargo, un concepto de identidad común perseguida y maltratada (el libro conmemora de algún modo el centenario de la abolición de la esclavitud en Francia) que unifica el criterio del antólogo, Sédar Senghor, quien, junto a la selección de los poemas de cada autor, traza una pequeña semblanza bibliográfica junto a somero análisis crítico. Así, por mencionar solo datos de algunos, de Damas afirma que «Su poesía está exenta de sofisticación: es directa, bruta, cuando no brutal, pero sin caer nunca en la vulgaridad»; de Césaire que «sus imágenes brotan de las entrañas mismas del volcán, del crisol donde maduran los metales y las piedras más raros»; de Bélance que «Mediante imágenes como visiones, explota en sus poemas el tormento del nuevo Negro. Escribe sin elocuencia, con un estilo donde la angustia doblega a las tinieblas, aunque no por ello desprovisto del ritmo negro de la sangre que confiere al verso su calor emocional», de Laleau que «En sus versos, el hombre negro nos muestra, es cierto, sus instintos más primitivos, en una suerte de estilización que, en ocasiones, resulta traicionera». Breves apuntes, pero, pese a su brevedad, necesarios para situarnos mínimamente ante la obra de estos poetas, como era de esperar, heterogéneos, sobre todo en el aspecto formal, pues, aunque predomina el versículo ―probablemente un discurso de toma de conciencia como este se exprese mejor en metros amplio, incluso en la prosa―, hay también excelentes ejemplos de poesía más contenida, con un propósito más lírico.

La tarea que ha llevado a cabo Martha Asunción Alonso ―poeta, traductora y profesora en la Universi­dad de Alcalá de Henares― al traducir a estos poetas de ámbitos tan dispares, con las particularidades lingüísticas y culturales propias que han hecho imprescindible la incorporación de un glosario en el que ha «intentado ofrecer cierto contexto sobre hechos históricos, personalidades u otros aspectos relevantes de las culturas antillanas, africanas y malgaches desde nos cantan los tesoros de sus diferencias respectivas»  no se puede calificar más que de admirable, como elogiable es también la «osadía» de la editorial Ultramarinos por la envergadura del proyecto.

  • Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, 15/10/2021