ANTÒNIA VICENS. TODOS LOS CABALLOS*

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ANTÒNIA VICENS. TODOS LOS CABALLOS, TRADUCCIÓN DE RODOLFO HASLER. EDITORIAL PRE-TEXTOS

El Premio Nacional de Poesía en 2018 por su libro Tots els cavalls (Todos los caballos, en la excelente traducción de Rodolfo Hasler) ha contribuido a que la poesía de Antònia Vicens (Santanyí, Baleares, 1941) se difunda en el ámbito de la lengua castellana. Toda su obra —es mucho más conocida como novelista que como poeta— está escrita en catalán, aunque algunos títulos han sido traducidos al castellano. Baste recordar la antología El cuento en las Islas Baleares (2010), en edición de Pere Roselló Bover o la novela 39º a la sombra (2007), traducida por Jaume Pomar —con ella obtuvo el Premi Sant Jordi en 1967—, publicados ambos títulos por al editorial Calambur. Su obra poética no es muy extensa: Lovely (2009), Sota el paraigua el crit (2013), Fred als ulls (2015) y el ya citado Tots els cavalls (2017). Cuatro libros y una dedicación más bien tardía. La propia autora lo explica así: «El poemario —se refiere a Lovely— me cayó, no fue una reflexión, vi todas las imágenes que caían. Mi conclusión fue que era mi vida se caía a trozos y que la tenía que recoger. La poesía vino». No siempre es fácil combinar la labor narrativa con la poética, sobre todo cuando la capacidad discursiva de unos de los géneros, en este caso el poético, se lleva al extremo en busca de la desnudez expresiva, algo, en principio, opuesto al discurso narrativo, generalmente de orden más digresivo. Así lo explica Antònia Vicens: «En la poesía tengo que ahorrar mucho. Lo que diría en una página lo tengo que decir en dos palabras. Es un juego que ahora mismo me fascina, pero son mis imágenes y es mi manera de mirar el mundo o como el mundo viene a mí. Hay mucha más poesía en mi narrativa que no en mis poemas, porque en estos vas cortando para mostrar un mundo o un sentimiento en una sola palabra o con un espacio en blanco y en cambio en la narrativa puedes ir incluyendo toda la poesía que quieras». Claro que eso, lo de incluir toda la poesía que quieras, también puede ocurrir en el propio poema. Dependerá, en todo caso, de la postura que se adopte ante el poema. Si se quiere reducir la anécdota a su mínima expresión, como es el caso, el poema ha de hurtar por fuerza la retórica, pero como es sabido, hay otras muchas “fórmulas”, como el poema narrativo o el poema confesional —una cita de Anne Sexton encabeza el primer poema del libro—, por no hablar de la poesía irracional, que están alimentados con profusión de datos, no todos, además, de índole estrictamente poético. En cualquier caso, la poesía de Antònia Vicens se caracteriza por esa economía de medios que confiere al poema una mayor ambigüedad, una mayor polisemia. “Todos los caballos” es un libro breve y unitario que comienza y termina con dos poemas en cursiva, como si la autora quisiera balizar la travesía por la que discurren sus poemas, unos poemas breves a su vez que hablan de la disolución de la identidad en el sueño: «me reconozco   mal / que   alguien diga mi nombre / o haga pienso / de mi / nombre   para los caballos», escribe en el estremecedor primer poema y en otro posterior, asistimos a un desdoblamiento de carácter visionario: «La niña que corre hacia mí soy yo   hago el gesto / de retenerla…». Un personaje, Diablo, un ser que a veces parece ser un trasunto angelical de la figura paterna y otras una especie de válvula de escape en el que parecen concentrase tanto el fracaso como su sublimación a partes iguales, está presente en el argumento de libro: «Diablo cree en la transmutación de su agonía   dice caballos / saltarán desde / las azoteas   calles se llenarán de hiel…». Esos caballos pertenecen a los cuatro Jinetes de la Apocalipsis y son portadores de enfermedades, violencia y muerte y en el libro desempeñan ese simbolismo: «Avanzan   a galope   blancos / rojos / negros / amarillos   todos los caballos». La enfermedad y la muerte que espera su momento se encuentran en el lecho del padre moribundo: «El infierno   puede ser / una cama   con las sábanas / de seda», escribe Vicens. La visión de ese infierno se remonta a una infancia llena de penalidades —la infancia de la inmediata posguerra—, en la que comienza a crecer el sentimiento de culpa (el robo de unas ciruelas, o el deseo de imitar a la mujer que cabalga a lomos de una yegua blanca promocionando Martini por ejemplo). Los sueños rara vez se cumplen y esa carencia suele dejar en la conciencia un poso de melancolía difícil de mitigar con la rutina cotidiana: «Esta desazón   cada día / pasar la aspiradora   por todos / los rincones de la casa   que no queden / llantos   migajas / de ninguna voz   después me siento / y escucho   el silencio». Los continuos encabalgamiento, la ausencia de puntuación o la frecuente separación de ciertas palabras contribuyen a amplificar el sentido de estos versos, aunque el dolor por la muerte del padre no oculta un cierto resquemor, un deseo de gritar la impotencia y la incomprensión que carcome sus entrañas: «Por qué   madre   le pones un mantel blanco a la noche / la ceniza te resbala   por / las piernas / si padre tenía   tanta / fe que se prepare / él / su entierro». Una fe que no puede evitar que Dios se escurra «entre los dedos». Todos los caballos es una invitación a leer el resto de la obra de Antònia Vicens.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés 7/07/2020

REVISTERO ESTIVAL. ANÁFORA, PARAÍSO, TURIA y LITORAL

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REVISTERO ESTIVAL

Patrocinada por la Fundación JLGM, el número 20 de la revista Anáfora, correspondiente a julio de 2020 ha llegado, como suele ser habitual, puntualmente a sus lectores. Dirigida por dos jóvenes y excelentes poetas, Pablo Núñez y Candela de las Heras, la revista ha ganado últimamente enteros gracias a un diseño más atrayente (Marina Lobo es la responsable) y a un acabado más cuidado. Se presenta divida en dos secciones, Creación y Crítica, aunque la dedicada a la Creación posee un mayor peso, ya que ocupa más de tres cuartas partes de sus páginas; dentro de ella, es la sección dedicada a la poesía la más extensa. Autores como Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago, José Luis Argüelles, Arturo Tendero, Ana Merino; Vicente García, Ana Merino, José Luis Piquero, Francisco José Martínez, Bárbara Grande, Carla M. Nyman, Rocío Acebal, recientemente galardonada con el Premio de Poesía Hiperión, uno de los más importantes de poesía joven de nuestro país, María Elena Higueruelo y Álvaro Valverde que escribe, a partir de un trozo de madera del parqué de lo que fuera la biblioteca de Vicente Aleixandre en su casa de Wellingtonia, un poema melancólico y emocionante que me resulta especialmente cercano, ya que yo poseo un fetiche similar. La sección de traducción se ocupa de Rilke, Pasolini y Olga Broumas, de la mano, respectivamente, de Daniel Fernández Rodríguez, Andrés Catalán, María Bastianes y Dalia Alonso. En prosa, Miguel d’Ors escribe sobre Fernando Villalón y antes lo había hecho Gabriel Sopeña sobre la relación entre la música y la poesía. Carlos Iglesias entrevista en profundidad al poeta Antonio Jiménez Millán, cuyo último libro, Biografía, Historia, sirve de excusa para recorrer la sólida y fructífera trayectoria del poeta. La revista finaliza con la sección de reseñas, en la que se comentan libros de Luis Alberto de Cuenca, Enrique García-Máiquez, Avelino Fierro, Víctor Jiménez, Jaime Siles, Mercedes Cibrián, Yolanda Morató y José María Micó.

Paraíso, la revista de poesía que patrocina la Diputación de Jaén, dirigida por el poeta y crítico Juan Carlos Abril, uno de los autores de obra más rigurosa de los últimos años, alcanza ya el número 16. Fiel a su estructura habitual, la revista presenta variadas secciones. «Tres morillas», en la que se recupera una vieja entrevista de Jesús Fernández Palacios al poeta cubano Cintio Vitier. Luis García Montero escribe un extenso artículo sobre las palabras, objeto de un estudio más amplio en su libro Las palabras rotas publicado el pasado año en la editorial Alfaguara, y María Elena Higueruelo —presente con un poema en Anáfora—escribe un sobre la relación entre Valente y Juarroz y su poética de lo «indecible». El prólogo a la Poesía reunida de la poeta nicaragüense Ana Ilce Gómez, publicada por Pre-textos en 2018 escrito por el novelista Sergio Ramírez ocupa la sección «Poesías completas». En la sección «Bonus track» José Homero realiza un somero pero imprescindible recorrido por la poesía mexicana contemporánea que incita a la lectura de estos poetas, no siempre bien difundidos en nuestro país. Carmen Alemany Bay recuerda en la sección «Altavoz» a Miguel Hernández al recorrer las aulas vacía del colegio de Santo Domingo, donde el poeta estudió hasta que su padre puso fin a su periodo escolar. Las colaboraciones poéticas están reunidas bajo el epígrafe «Nuestra época cruel» y cuenta, entre otros, con poemas de Arturo Tendero, Balbina Prior, Beatriz Russo, Macarena Tabacco Vilar, Coral Bracho o Soledad Álvarez. Lamentablemente, nunca faltan autores en la sección «Paraíso perdido», dedicada a los poetas fallecidos recientemente. En esta ocasión la nómina la encabeza Francisca Aguirre, continúa con Pilar Paz Pasamar y Roberto Fernández Retamar y finaliza con el más joven de todos ellos, nuestro amigo Antonio Cabrera. La revista se remata con la sección «Los alimentos», reseñas sobre poetas como Luis Alberto de Cuenca —como Tendero, también colaboraba en Anáfora—, Antonio Cabrera, Ariadna G. García, Andrés García, Cerdán, José Luis Piquero, Pilar Adón, Álvaro Valverde, José Antonio Mesa Toré, Fruela Fernández, Rosa Acquaroni, Joaquín Pérez Azaustre, Lara Fernández Delgado, Juan Carlos Abril, Gracia Aguilar o María Elena Higueruelo. Las ilustraciones que acompañan a los textos pertenecen a Marco Lamoyi.

Ciento treinta y cinco números alcanza ya la longeva Turia, dirigida por Raúl Carlos Maícas y editada por el Instituto Turolense de la Diputación Provincial de Teruel. Las 522 páginas de este volumen dan mucho de sí. Desde el «Cartapacio» de más de 200, dedicado al dramaturgo, director de cine y teatro, realizador de televisión, escritor, discípulo de María Zambrano, poeta y aforista, escritor en el sentido más amplio de la palabra, el zaragozano Alfredo Castellón (1930-2017), todo un descubrimiento para quien esto escribe gracias a los textos, encomiásticos sin excepciones, debidos a Rosa Burillo, Antón Castro, Ángel Guinda, Marta Sanz, Luis Alegre o Ismael Grasa, por citar solo unos pocos de los muchos autores que colaboran en este homenaje. No tiene desperdicio tampoco las «Conversaciones» que mantienen Jordi Doce con la poeta Ana Blandiana y Juan Carlos Soriano, a su vez, con el escritor Sergio del Molino. Antes, hemos podido leer las habituales secciones dedicadas a la narrativa —con relatos o fragmentos de novela de escritores como Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón o Elvira Navarro— y a la poesía, en la que participan poetas como Luis Alberto de Cuenca (hemos visto que participaba también en Anáfora y Paraíso, y lo veremos en la última de las revista comentadas en este espacio, Litoral), Francisco Ferrer Lerín, Martín López Vega, Jesús Jiménez Domingo, Luis García Montero, Carlos Pardo, Fernando Sanmartín, Chantal Maillard, David Mayor, Manuel Rico, Vanesa Pérez sauquillo, Juan Manuel Macías o María Alcantarilla, por ejemplo. En «Pensamiento», Manuel Arranz escribe sobre Emil Cioran que contiene numerosa citas extraídas del libro recientemente traducido, Cuadernos, 1957-1972. En «La isla», Raúl Carlos Macías nos ofrece jugosos fragmentos de su diario, reflexiones que sobrepasan lo circunstancial y se internan en los recovecos de la existencia. Dos secciones de contenido más regional son «Sobre Aragón», dedicada en este caso a la larga trayectoria de la editorial Olifante, y los «Cuadernos turolenses», que muestra un fragmento del libro de Juan Villalba Sebastián Teruel, otra dimensión. Finalmente, la sección «La Torre de Babel», que se dedica a las reseñas de novedades, recoge más de cincuenta sobre narrativa, poesía, sociología y otros géneros de excelentes críticos que bien podrían constituir por si mimas una revista de crítica. Cada ejemplar de Turia nos hace alegrarnos de que existan gentes dispuestas a realizar el esfuerzo que requiere una empresa de este calibre y celebrar que, pese a las condiciones tan adversas que estamos sufriendo, desde las instituciones se continúe apoyando.

Muy distinta a las revistas comentadas hasta ahora es Litoral, la digna sucesora de la mítica revista que fundaran en Málaga Manuel Altolaguirre y Emilio Pardos en 1926 y que alcanza con este número la escalofriante cifra de 269. En esta última etapa, dirigida por Lorenzo Saval —autor, además, de la cubierta— y con Antonio Lafarque como editor de contenidos, no atiende a criterio de actualidad, los números monográficos son su especialidad. Cada tema escogido, en este caso, Eros, requiere una copiosa labor de documentación, tanto literaria como artística, que solo desde la pasión por la belleza y por el trabajo bien hecho (la maquetación, a cargo de Miguel Gómez y el propio Saval, es exquisita) puede llevarse a cabo. Cada número de esta revista es una obra de arte en el sentido más estricto de la palabra, pues su interior contiene innumerables muestras de óleos y fotografías que se complementan con los textos, o a la inversa. Es imposible en este espacio nombrar siquiera un mínimo número de los colaboradores en las diferentes secciones, por eso me permitirán que mencione aquellos textos de carácter más teórico, como el de Carlos García Gual, que escribe sobre «Eros. Breves apuntes mitológicos sobre el dios griego», el «Museo secreto» de José Manuel Bonet, Francisco Cabello, con «El desafío a Eros», José María Conget, titulado «Tobillos, Biblias y Catecismos» o «Imaginarios para la transgresión» de Carlos F. Heredero. Todo lector que conozca la revista sabe que no exagero nada cuando digo que cada volumen es una joya digna de reposar en los estantes de las bibliotecas más exigentes. La profusión de imágenes que ilustran los textos, poemas y relatos, es tal que conviene tener siempre a mano el ejemplar para recrearse ojeando de vez en cuando sus páginas, con delectación, pero también para no perderse ningún detalle, porque el arte necesita más que nada del entusiasmo cómplice del espectador, un espectador que, por más que lo intente, no podrá sustraerse al poder de seducción de esta maravillosa combinación de imágenes y palabras.

MARIO PÉREZ ANTOLÍN. CONTRARIEDADES*

MARIO PERRZMARIO PEREZ

MARIO PÉREZ ANTOLÍN. CONTRARIEDADES. COL AFORISMOS. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

A estas alturas, nadie puede negar que Mario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) es uno de los aforistas más reputados de nuestro país. Títulos como Profanación de poder, La más cruel de las certezas, Oscura lucidez y Crudeza así lo atestiguan. No vamos a entrar en polémicas estériles, pero más que aforismos, los textos de Pérez Antolín, también los incluidos en Contrariedades, los encuadraría, más que bajo el marchamo de aforismos, dentro de un “género” de más amplio espectro, el del fragmento de inquietud filosófica, metafísica podríamos decir de algunos de ellos. La mínima extensión del aforismo —hay excelentes ejemplos en este libro: «No hay verdades absolutas, sino tentativas de verdades», «Lo inhumano es tan humano como lo humano» o «La dolencia es uno de los requisitos del sentimiento», por citar solo algunos— el relampagueo que destella casi de forma inapreciable en el blanco cielo de la página se ve aquí sobrepasado de continuo por una reflexión más “pensada”, que trata de abarcar no solo el resplandor sino su efecto: «Existe un gran problema de legibilidad metafórica —escribe—. Cada vez hay menos capas de lectura. A este paso, pronto la insignificancia se adueñará del texto, y el esquematismo funcional quizá pase del acto de comunicación a la inteligencia en su conjunto». Tengo la impresión de que Pérez Antolín no se conforma con hacer pliegues más o menos profundos a la realidad para envolverla con un embozo nuevo, pero del mismo género textil. Su ambición es más transgresora porque intenta levantar, si bien a base de fragmentos y de forma asistemática («Lo malo de los sistemas es que solo podemos construirlos desde dentro y, una vez terminados, se convierten en nuestra cárcel», dice), los cimientos de un pensamiento filosófico que sustenten una forma de vivir más exigente consigo mismo y con la sociedad en la que vive, una forma de “revolucionar” la realidad, por eso escribe: «El ideal es que se nos gobierne desde fuera igual que nos gobernamos desde dentro, que el acatamiento y el dominio de sí se parezcan, que el disciplinante y el disciplinado sean uno».

     Cuatro son las secciones que integran esta entrega, y cada una de ellas está comentada de forma magistral en el prólogo de Jaime Siles, no solo uno de nuestros poetas de referencia, sino un crítico y ensayista excelente que indaga en la tradición grecolatina o en filósofos contemporáneos para descifrar las claves de lectura de Contrariedades, pero es capaz, además, de sintetizar los puntos de partida de cada una de ellas. Así, en la primera, «Confidencias comprometedoras», señala «la preocupación por lo político, lo económico y lo social». En la segunda, «Tenías que ser tú, obstinación», además de la «cada vez más imperfecta verbalización y, por tanto, interpretación de la realidad», Siles destaca la crítica de la información, la atención a las minorías, el turismo («El turista: ese que mira pero no contempla»), la política de nuevo o su propia identidad («Estoy harto de ser quien soy. Me gustaría ser menos yo y más nadie».

     Sin el cuestionamiento de toda certeza la escritura, no solo la filosófica sino también la poética —recordemos que Mario Pérez Antolín es también poeta—, no tendría razón de ser. La tercera sección, «Dudas que alumbran», incide en esta obviedad y da forma a asuntos que tienen que ver con «la imaginación, la celebridad, lograda por mérito o por la infamia» («La celebridad, cuando la buscamos obsesivamente, si no se adquiere utilizando el mérito, se intenta conseguir utilizando la infamia») y, de nuevo, el conflicto identitario o el mismo concepto de cultura, tan menospreciado en la sociedad actual: «La cultura evita que el igualitarismo degenere en vulgaridad siempre que la calidad de los contenidos sapienciales no se vea dañada por la excesiva simplificación». No dejarse arrastrar por la marea de zafiedad que nos inunda, no dejarse seducir por los cantos de sirena del éxito fácil, aunque momentáneo, requiere estar bien pertrechado intelectualmente, como es el caso de Mario Pérez Antolín, para resistir aferrado, en muchos casos, a convicciones disidentes. Con ironía —otro rasgo de estas reflexiones—, el autor se refiere así a esta circunstancia: «No soporto que se afiance un juicio cuando es mío. Si los demás refrendan una de mis aseveraciones, me hace desconfiar de la fundamentación que lo sustenta. A estas alturas , ya he aprendido que formamos muchas seguridades a base de repetir machaconamente incertidumbres».

     La última sección, «Incómodo rincón de controversias», hay, al decir de Siles, «juicios y opiniones más o menos tajantes, pero que nunca hieren o molestan porque el lector acepta de buen grado lo que ellas expresan». No son, evidentemente, dichas secciones compartimentos estancos, los temas se entrelazan y se enfocan desde diferentes perspectivas, hasta tal punto que si cualquier libro de aforismos exige al lector —ese único lector del que habla Pérez Antolín— una dosis de atención superior a, digamos, la que se necesita para leer una novela, Contrariedades exige aún más: lectura y relectura, saborear y deglutir, pero también regurgitar como un rumiante, con lentitud y perseverancia. Solo así se podrá extraer la verdadera esencia de estas palabras.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza el 31/07/2020

JAMAICA BALDWIN. HOGAR

JAMAICA BALDWIN

 

JAMAICA BALDWIN

HOGAR

Es solo octubre y ya

está nevando. Miro la nieve

cambiar de dirección con el viento.

Izquierda. Después a la derecha, como si buscara algo,

como yo había estado buscando desde

que vine a este lugar del interior, un cuerpo

de agua, desorientada como estoy

por la multitud de caminos.

Fui criada con algas y agua salada,

criada para hundir mis dedos morenos en

la arena mojada, represando cada

delicado cangrejo de río con arena. Por supuesto,

 

se levantarían retorciendo en el aire

sus exoesqueletos blancos hacia mí, esas

criaturas que me enseñaron a excavar,

a retraer mis apéndices cuando me amenazan

y convertirlos en una concha. Me enseñaron a inmovilizar

mi cuerpo de niña para dejar que el agua encharcara

mis piernas grisáceas. Claro, solo después de que dejé

de correr por la orilla del agua. Entonces

comprendí que las olas no

continuarían su persecución —que alguna

madre tenía su mano en el cuello del océano

también—¿fui capaz de relajarme con la mía?

 

Nosotras dos, madre e hija,

descansando juntas nuestro moreno y nuestro blanco

bajo un sol como corteza de eucalipto, multi-

coloreada y anegada por el mar.

Estaba fascinada por cómo estaba dispuesta

su piel a abandonarla. Podría hacer un juego

de eso. Pelando capas muertas de su

cuerpo en las piezas más grandes que pude manipular.

Ella se reiría, encogería sus hombros desasiéndose

de mis dedos curiosos, ¿por qué no vas

a atrapar cangrejos en la arena o a construir un castillo o a hacer algo?

Pero lo que importaba era su cercanía

mientras me sentaba fisgoneando en la fortaleza de su cuerpo

una capa translúcida cada vez.

 

Versión de Carlos Alcorta

JOSÉ MARÍA CUMBREÑO. CURSO PRÁCTICO DE INVISIBILIDAD. (CASI POESÍA 2000-2020)

JM CUMBREÑOCubierta edición 2020 cinco-1JMCUMBREÑO

 

JOSÉ MARÍA CUMBREÑO. CURSO PRÁCTICO DE INVISIBILIDAD. (CASI POESÍA 2000-2020).  EDICIONES LILIPUTIENSES

José María Cumbreño (Cáceres, 1972) no es solo un poeta de amplísima trayectoria que incluye libros como La ciudades de la llanura (2000), Árbol sin sombra (2003), Diccionario de dudas (2009), Breve biografía apócrifa de Walt Disney (2009), Hablar solo (2018) y Cuaderno de verano (2019). Ha publicado también un libro de relatos, el ensayo Retórica para zurdos (2010) y varios volúmenes de diarios. Compagina su pasión por la escritura con la de editor —Ediciones Liliputienses está muy cerca de ya de cumplir diez años— y gestor cultural, facetas ambas en las que muestra su personalidad independiente y crítica. Cumbreño es de las personas que no rehúye la polémica y no teme, como quería Celaya, “tomar partido hasta mancharse”.

   El título que hoy comentamos, Curso práctico de invisibilidad («La invisibilidad no constituye un estado objetivo. Depende más de quien observa que de los observado», escribe en el poema del mismo título), recoge textos escritos en un periodo muy extenso, nada menso que veinte años, y digo textos porque algunos —el mismo autor los ha definido como «casi poesía»— difícilmente pueden considerarse poemas, por más que, generalmente, posean una atmósfera poética, aunque esto, como sabemos, ocurre con muchas disciplinas y géneros, como en la ciencia, sin ir más lejos. La ciencia, por cierto, más concretamente la óptica, es una de las influencias más visibles en este libro, algo que ya se presume desde el título y, de hecho, está divido en dos partes subtituladas respectivamente «Mirar» y «Ver», una distinción que queda subrayada en «Mirar y ver», un texto de una sola línea que dice: «¿Por qué abres mucho los ojos cuando no miras nada?» y, en otro apartado titulado «No swimming», escribe: «Mirar pretendiendo ver implica una serie de servidumbres. Y quizá la más peligrosa sea la inquietud por saberlo todo, por conocer todos los detalles». En cualquier caso, poco importa el género al que pertenezcan los textos; sí importa, sin embargo, la voluntad del autor de adscribirlos a un determinado género, por eso, acaso para eliminar responsabilidades, casi al final de libro, escribe: «Esto se supone que iba a ser un libro de poesía. / Aunque, a estas alturas, casi todo empieza a darme lo mismo. / Antes creía que escribir era algo importante. / Que había que ser original. / Que había que esforzarse por conseguir “una voz propia”. / Que había que cuidar la estructura del libro […]/ Odio las perífrasis de obligación». Este “odio”, por más que lo repita en páginas posteriores, parece ser más de orden literario que real, dado que el mero hecho de escribir un libro tan heterogéneo y de plegarse alas convenciones estilísticas delata que el autor tiene plena conciencia del alcance de sus textos y de sus reflexiones: «A estas alturas [el libro está llegando a su final], ya me he resignado a que esto no sea un libro de poesía.// No obstante, si escribo que la memoria es un remolino de verano, en el fondo estoy haciendo literatura».

     Hacer literatura es algo consustancial a la existencia de José María Cumbreño. Da la sensación de que necesita trasladar a la página todo tipo de experiencias, hasta las más livianas o intrascendentes, para codificarlas y hacer con ellas un pacto memoralístico. Conservar, almacenar en el recuerdo hechos cotidianos como el chispazo nostálgico que provoca el hallazgo de un neceser con fotos antiguas, algo así como la magdalena proustiana, pero narrado en este caso con una economía verbal más propia de un telegrama; apuntes biográficos, al menos, supuestamente autobiográficos —no olvidemos que toda escritura es ficcional— o, al menos, como Cumbreño escribe en «El significado de las palabras», «Las palabras pueden significar cualquier cosa. /Cualquier cosa. / Excepto la verdad» y «Las palabras están hechas de aire», acaso por eso, «El verdadero poeta/ habla sin respirar». Cumbreño nos hace dialogar con los objetos, con las cosas («Las cosas tiene la edad de quien las mira», escribe) de una forma especial, porque «No se trata de hacer una relación de objetos perdidos, sino de hacerla antes de que se pierdan», tal vez por eso, en muchas ocasiones realiza un descripción meramente instrumental que, en cierto momento, da un salto para arrojarse al abismo lírico de la interpretaciones, como hiciera el Pablo Neruda de las Odas elementales o un poeta coetáneo de Cumbreño como el portugués Jorge Gomes Miranda en su libro El accidente. Los límites de una reseña de este tipo impiden detenerse en las múltiples lecturas que ofrece, pero sí me gustará señalar que entre sus textos se encuentra un buen ramillete de aforismos que en sí mismos hubieran constituido un libro, como, por ejemplo: el titulado «Himno»: «Música que se toma demasiado en serio a sí misma»o el titulado «Las capas del silencio»: «Una palabra, en realidad, está formada por varias capas superpuestas de silencio». La palabra y la escritura son, además, motivo de muchas de las mejores reflexiones de este libro de libros, escrito por un letraherido que además, se vanagloria, y con toda la razón de serlo.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 24/07/2020

 

MIGUEL AGUDO OROZCO. IMPERTÉRRITO PLUSCUAMPERFECTO

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MIGUEL AGUDO OROZCO. IMPERTÉRRITO PLUSCUAMPERFECTO. COL. AFORISMOS. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLA

El neologismo «parapensares» sirve a Miguel Agudo (Tarragona, 1976) para definir lo que otros consideran aforismos, y no carece de sentido este afán por poner límites a este cajón de sastre en el que se ha convertido el término aforismo, término que ha sobrepasado con creces los límites que abarcaba su intención inicial. Según la RAE, un aforismo es «una sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte […] un aforismo es una declaración breve que pretende expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada». Paradójicamente, los textos incluidos en Imperfecto pluscuamperfecto se adoptan por norma general a la exigente y precisa de la RAE, lo que no ocurre, y esto no supone en ningún caso censura alguna, en la mayoría de los títulos adscritos al género, como luego veremos.

     Miguel Agudo Orozco es, además de poeta (ha publicado libros como Cuando Herodes la tierra, en 2009 y Amorexia, en 2014, en cuyos títulos se puede percibir el gusto del autor por el aspecto lúdico del lenguaje), profesor de Filosofía —«El filósofo es el único animal que tropieza dos veces con la misma idea», escribe—y artista vinculado al collage, algo esto último que también posee un matiz lúdico importante. Y no es baladí subrayar estas actividades porque, sin lugar a dudas, han dejado su impronta en estos parapensares que ahora comentamos. Impertérrito pluscuamperfecto es un libro unitario, aunque las materias son variadas, algo previsto si tenemos en cuenta que, como piensa Agudo, «Un libro de aforismos más que una sopa de letras es un palto de tallarines».Como vemos, el propio aforismo es objeto de escrutinio: «Los aforismos son frases sacadas de contexto», hasta el punto de preguntarse si «¿La definición de aforismo es un aforismo?». Probablemente sea así, aunque la respuesta afirmativa encierra una especie de trampa, sobre todo si tenemos en cuenta que «Cuatro de cada tres aforismos son falsos». Si aplicamos el mismo sentido del humor que abunda en el libro, ese que permuta el sentido de frases hechas o las reconvierte dotándolas de un sentido, si no opuesto, si diferente al sacarlas del contexto en el que las usábamos (recordemos la definición de aforismo que nos ha proporcionado el autor) y que resulta tan cercana a la greguería ramoniana, nada nos sonará a impostado, al contrario, esa variedad de temas a las que hacíamos mención está tratada siempre con cierto desparpajo, sí, pero esto no resta profundidad reflexiva, porque, junto a un ingenio que casi podríamos denominar como irreverente, coexiste una intensidad reflexiva notable. Solo así se pueden doblar los pliegues de la realidad sin que queden arrugas, como ocurre con los neologismos creados a partir de ligeras variaciones sobre palabras del diccionario, como himnocente, localitarismos o adoctrinar. También encontramos significados diferentes para palabras de uso habitual: «Metamorfosis: el conejillo de indias es un chivo expiatorio» o «Desamortizar es borrar aquellos corazones blancos de aquellas pizarras verdes» (La lengua de la almohada, un libro de Luis Fernando Sánchez Pendones, publicado recientemente por la editorial Libros del Aire, abunda en ejemplos de ambas variantes). Impertérrito pluscuamperfecto es un libro lleno de humor y de sugerencia que no pretende dogmatizar sobre ninguno de los asuntos de los que trata, un libro que disfrutarán quienes se internen en sus páginas, aunque sacará mayor partido ese lector «que sabe leer entre líneas», el lector «de código de barras».

FORREST GANDER. ESTÁ CON.

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FORREST GANDER. ESTÁ CON. TRADUCCIÓN DE ANTONIO ALARCÓN. EDITORIAL LIBROS DE LA RESISTENCIA.

Los Premios Pulitzer gozan de un merecido prestigio en el ámbito literario norteamericano y son, para el nuestro —gracias a que son traducidos casi de inmediato—, una luminosa ventana a la poesía anglosajona, tan variada como influyente, tan rica como compleja. Forrest Gander obtuvo dicho galardón con este libro de título enigmático por incompleto, Estar con (había sido finalista en 2012 con Core Samples from the World), pues carece de la segunda proposición, cuyo protagonista descubriremos posteriormente. Antes conviene aportar algunos datos sobre el autor, hasta ahora escasamente traducido a nuestro idioma. Gander nació en Barstow (California) en 1956 como James Forrest Cockerille —el apellido Gander proviene de su padre adoptivo—. Creció junto a su madre y sus dos hermanas, sin la presencia tutelar de su padre. Durante muchos años viajó por Estados Unidos y estudió geología, aunque los temas de su interés, como queda patente en sus ensayos, son amplísimos: la ecología —ha escrito el libro Redstart: una poética ecológica en colaboración con John Kinsella, poeta australiano—, la identidad, el examen de conciencia, el erotismo o la traducción, campo en el que ha editado antologías de poesía española, mexicana y de otros países hispanoamericanos y a autores como Pura López Colomé, Jaime Sáenz o Pablo Neruda, por los cuales ha recibido varios galardones, entre ellos el Premio de Traducción PEN. Ha colaborado además en múltiples proyectos con artísticas, escenógrafos, cineastas, bailarines y fotógrafos. Como vemos, la poesía —quizá sería mas apropiado decir la literatura, pues ha publicado también varias novelas y colecciones de ensayos— es solo una de sus campos de interés, sin lugar a dudas el más importante, ya que ha publicado más de una decena de títulos, pero no el único.

     Estar con, cuyo título proviene de la dedicatoria que su esposa, la poeta C. D. Wright (1949-2016), le escribió en su último libro, ShallCross, publicado póstumamente, es una larga e intensa elegía («La vida es caprichosa y puñetera», escribe recordando la repentina muerte de su esposa, por eso, para enfrentarse a ella, y a las cabronadas que aún le tocará sufrir necesita recrear el pasado, eso sí, no deja de reconocer que «Confundido por el ajetreo arrugué mi vida y la dejé caer / en mi propia miseria como un ciprés en el viento») aunque su prosodia no se atiene a la forma convencional de esta composición poética. Estar con —flota en el sintagma la sensación de algo inacabado— es una dedicatoria recíproca pero no simétrica, pues uno de los receptores sigue vivo, convertida no en un verso, sino en un libro completo que ofrece, eso sí, perspectivas inesperadas, pues soslaya el confesionalismo inherente a una situación tan dramática como la que el poeta ha sufrido, lo que no ha evitado que Gander haya decidido no leer en público poemas de este libro para que no aflore la pena. El lirismo de un asunto tan sensible como el de la pérdida de la persona amada no ha minimizado la indagación rítmica y estructural de la poesía de Gander, no ha mermado un ápice la experimentación formal y la exploración lingüística que llevan al poeta a aventurarse por terrenos poco frecuentados incluso en una poesía tan innovadora como la norteamericana. Recrearse en unos versos de san Juan de la Cruz, practicar la poesía política para denunciar las penurias de los paisanos que tratan de alcanzar el paraíso estadounidense, mostrar la actitud más tierna y comprensiva ante una enfermedad como el Alzheimer, revistar el origen de nuestros actos a través del basalto en algunos de los poemas poco tiene que ver con la tragedia personal, sin embargo esos cambios de registro no resultan fuera de lugar porque inciden en transgredir los límites del lenguaje, en superar su significado para elevarlo a una cota más universal y, además, forman parte de lagunas de las inquietudes que ambos compartieron durante su vida en común. Son una especie de recordatorios, porque, además de la relación íntima, participaban de ideales similares, de maneras de ver el mundo.

     El dolor habita en todos nosotros, en los seres microscópicos, hasta en lo seres inertes, el dolor da forma a cada uno de nuestros actos. «Donde estoy ahora / ante el trono de / gloria, la escritura / debe permanecer oculta. ¿Dónde / sin o en el habla misma?», escribe en el poema «Epitafio». Con todos estos mimbres Forrest Gander ha construido un duelo íntimo que, sin embargo, el lector, aunque le resulte imposible compartir muchas de las claves personales presentes en lo que lee, percibe como suyo. El dolor personal se convierte en dolor público, siguiendo el dictado del epígrafe que corona el comienzo del libro: «Lo político [lo público entendemos nosotros] comienza en la intimidad». Tal es la fuerza de sus palabras, la música que la suplanta («En tal punto mis sonidos de dolor saltaron fuera del lenguaje») y que penetra en los sentidos y los despierta, los inflama o adormece en función del compás elegido, como ocurre con el primer poema del libro, el titulado «Hijo», dirigido al hijo de ambos: «Cuando ella hablaba, cuando tu madre hablaba, incluso el galgo / atado se quedaba embelesado. Yo quedaba embelesado. // Di mi vida a extraños; la mantuve alejada de quienes amo. / Su único hijo arterial. Solo es en ti que su sangre corre». A pesar de haber escrito este libro a medias entre el homenaje y el desengaño, Forrest Gander reivindica «la privacidad de la agonía», pero el deseo de expulsar los demonios interiores se alterna con la necesidad de mantener en el estricto ámbito de su intimidad la herida que provoca la pérdida, lo irrevocable. No es una contradicción. Es, simplemente, un ejercicio de honradez intelectual.

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ÁNGEL GUINDA. LOS DESLUMBRAMIENTOS. RECAPITULACIONES*

ANGEL GUINDAANGEL

ÁNGEL GUINDA. LOS DESLUMBRAMIENTOS. RECAPITULACIONES. EDICIONES OLIFANTE

La ya extensa trayectoria poética de Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) comenzó en la década de los setenta y, prácticamente, desde sus inicios, el paso del tiempo, un gusto especial por lo sentencioso y el mensaje crítico han determinado su obra. Publicado en Zaragoza, su primer libro, “Vida ávida” (1980), recoge la producción escrita hasta ese momento. Posteriormente, publicará “Claustro. Poesía 1970-1990” (1991). A partir de este libro y coincidiendo casi milimétricamente con el cambio de residencia (a finales de los ochenta establece su residencia en Madrid) su poesía, sin abandonar sus temas esenciales, se vuelve más “comunicativa”, más sujeta a los acontecimientos cotidianos y, por ende, aumenta en sus versos el carácter crítico, la denuncia social —sustentada en muchas ocasiones en un detalle mínimo, casi anecdótico—, el anticonformismo, expresado todo ello con una dicción clara e irónica, no exenta de proclamas existenciales. Se suceden los títulos, entre otros “Después de todo” (1994), “Conocimiento del medio” (1996), “Biografía de la muerte” (2001), “Claro interior” (2007), “(Rigor vitae)” (2013) o “Catedral de la noche” (2015), publicados en distintas editoriales, aunque Ángel Guinda ha gozado siempre del favor de la veterana —de la mano de Trinidad Rodríguez Marcellán, acaba de cumplir cuarenta años—y exquisita editorial Olifante, editorial que publica ahora “Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones”, en una esmerada edición.

     La primera parte del título nos lleva a pensar en la inagotable capacidad del ser humano pero, sobre todo, del artista, del poeta, de estar siempre a la espera, de aguardar el momento en el que algo, un hecho, una idea, un sentimiento, le sorprenda, le deslumbre y de ese deslumbramiento nazca el poema: «¡Escribe como una sacudida! […] ¡Aunque sea sobre el agua escribe fuego!», dice en el primer poema del libro en una reconocible alusión al epitafio del Keats. Las alusiones al proceso creador se alternan en estos poemas con las meditaciones sobre el paso del tiempo, sobre el virgiliano “fugit irreparabile tempus”. La difícil conciliación entre el sentimiento de pérdida y de fugacidad con la necesidad de dejar huella en la escritura—«¿La oscuridad me guía?», se pregunta en «La oscuridad»—, como ocurre en nuestro barroco, da lugar a una simbología no siempre de carácter universal que sorprende por su vena imaginativa, próxima en ocasiones a la greguería ramoniana: «(Cuando la luna se va como un borrón /el sol se esparce como un huevo roto)», aunque dicha oscuridad, como saben bien los físicos, puede ser provocada por el exceso de luz, un exceso que el poeta transforma en estos sugerentes versos: «llevo el sol en los ojos. / ¡Todo borroso como un anís con hielo».

     La vinculación entre el ser y la nada, entre lo sustancial y lo insustancial, entre lo presente y lo ausente da lugar a reflexiones no por consabidas (la filosofía y la poesía se ha ocupado de ello de infinitas maneras) menos dramáticas: «Nos creemos colosos. / ¡Somos insignificantes! / Tenemos esta vida en alquiler». Más adelante, ese conflicto identitario se manifiesta en una necesaria búsqueda dentro de sí mismo: «¡Me he arrojado dentro de mí mismo!», escribe de forma imprecativa, casi como un reproche, y mucho más adelante, se deja notar la lectura de san Juan de la Cruz en versos como este: «De tanto estar en mí ya estoy en todo». En esa indagación fluctúan la confesión (el poema titulado «La familia» acaso sea el más paradigmático en este sentido) y el sentimiento de culpa: «¿Ese escuadrón de aguijones / será el remordimiento». «¡Si pudiéramos volver a comenzar!», exclama el poeta y «corregir los actos decisivos de nuestra vida». Un empeño inútil que, aunque seamos conscientes de su imposibilidad, nos asalta con frecuencia, sobre todo cuando los errores vitales nos asfixian. Tal es el desencanto del autor que descree hasta del amor, fuente de vida y de esperanza en la tradición lírica universal. Con ecos que proviene de la correspondencia, más que de los poemas de Pedro Salinas, Guinda escribe «Canción», una contundente censura del enamoramiento, una apología del desengaño: «El amor es invención. / Se inventa siempre lo amado / y lo amado nos inventa. / Solo el dolor, en amor, / no es invención».

     En la segunda parte del volumen, “Recapitulaciones”, la prosodia se decanta hacia el poema versicular, aunque el tema de la muerte aparezca como referencia inexcusable en distintos fragmentos: «Pregúntate qué eras antes de lo que eres, a dónde irás después de estar aquí», «El muerto que llevo vivo pronto saldrá de mí» o «Los muertos no hablan con los muertos. / ¡Los muertos hablan a los vivos!, en los que apreciamos esa veta aforística que con tanta fortuna se incardina en los versos de Ángel Guinda. El libro finaliza con una dolorosa constatación: ¡Fui amanecer. Soy ocaso!» y con una apelación a la belleza como salvación personal de origen romántico que enmienda de algún modo la sabia desesperanza que nos embarga tras la lectura de estos, por otra parte, serenos y meditados versos.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 17/07/2020

 

 

 

 

 

 

EDUARDO HILPERT. MÍNIMO PÉREZ PÉREZ.

EDUARDO HILPERT

EDUARDO HILPERT. MÍNIMO PÉREZ PÉREZ. COL. TIERRA. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Lo primero que nos llama la atención de este libro es, por qué no reconocerlo, el título, un título diferente, arriesgado, provocador. En segundo lugar nos llama la atención que el libro comience con un poema escrito en alemán, «Volwort», prefacio en español, y, por último, tampoco es muy frecuente encontrar un libro de poesía de casi doscientas páginas, a no ser que sea una antología, aunque, como vemos por los datos que aporta la solapa, Eduardo Hilpert (San Pablo, 1992) ya se embarcó en un proyecto poético de, incluso, mayor envergadura en su anterior libro, Cantar de Eugenio, «un extenso poema épico».

     El recurso al género epistolar como sátira, usado por autores actuales como Luis Alberto de Cuenca (también por algunos cantautores contemporáneos como Javier Krahe), por ejemplo, sirve de coartada a varios de los poemas. Así comienza el libro: «Me escribes, Verónica, / para decirme que Rilke supra a Heine». Por otra parte, cada poema está protagonizado por personajes tanto femeninos como masculinos. El catálogo de nombres es muy variado: la citada Verónica, Marta, Ana, Silvia, Helena, Carmen, Margarita, Arturo, Eduardo, Felipe, Francisco Javier o Fernando. No cabe duda que la influencia de poetas latinos como el bibilitano Marcial, el veronés Catulo o el romano Juvenal están muy presentes en la poesía de Hilpert, por la ironía y el sarcasmo, por el epigramatismo y el tono sentencioso, por los exempla morali de origen senequista: «¡Marcial!, ¡Catulo! / En ocasiones les imito. «Impunemente / —repones— / lo que da una idea de la decadencia de Hispania: / a ver, poeta, ¿qué es un yambo?» pero también se pueden rastrear concomitancias con algunos sonetos amorosos de Shakespeare, en los que el desprecio de uno mismo y la angustia por la pérdida no coartan esa mirada sarcástica y desmitificadora. Comparte nuestro autor además esta herencia con poetas generacionalmente anteriores como el citado De Cuenca, Javier Salvago, Juaristi, Almuzara o Karmelo Iribarren, entre otros, auny el que cada poema tenga su propio protagonista nos recuerda además al poeta norteamericano Edgar L. Master y su libro Antología de Spoon River, aunque Mínimo Pérez Pérez se centre más en los aspectos amorosos y literario que los epitafios del poeta abogado. En cualquier caso, es un libro que se lee con desenfado porque Hilpert convierte en fácil algo que no lo es tanto, desdramatizar el fracaso, el desencanto sin necesidad de entonar esos mea culpa que mortifican la conciencia. Aquí prevalece el humor, pero no se engañen, versificar lo intrascendente supone no solo conocer el bien oficio sino desaprenderlo para aplicarlo. Teniendo en cuenta la edad del poeta, no es difícil aventurar una pronta evolución en busca de otros retos de mayor trascendencia.

CRISTIAN DAVID LÓPEZ. BASTA CON TENER GANAS

CRISTIAN DAVID

CRISTIAN DAVID LÓPEZ. BASTA CON TENER GANAS. PREMIO ASTURIAS JOVEN DE TEXTOS TEATRALES, 2019. COLECCIÓN TEXU. EDITORIAL TRABE

Antes de nada, conviene dejar claro que no soy un buen lector de obras teatrales. Salvo alguna incursión más reciente en la obra de mi paisano Alberto Iglesias y en la obra teatral del también poeta Pablo Fidalgo Lareo, mis lecturas se remontan a hace algunas décadas, pero creo que esto no me impide apreciar las virtudes estructurales y argumentales de un texto como Basta con tener las cosas claras, escrito por Cristian David López, un joven nacido en Lambaré (Paragüay) en 1987 y autor de una ya importante obra literaria que abarca la poesía —Permiso de residencia (2015), la traducción —Cantos guaraníes/ Guarani purahéi (2012)— y la narrativa infantil —Pallabres pa Martín (20179 y Hola, mundo (2018)—.

     La propia experiencia de la emigración sirve como telón de fondo a la historia que Cristina David López teatraliza. Es una historia conocida, pero no por eso menos dramática. La marginación social que sufren los sin papeles («Nosotros los sin papeles no tenemos derechos ni siquiera a ganarnos el pan, y el pan es la libertad», dice Clara) las dificultades que encuentran para salir adelante en ese paraíso llamado Europa, la desesperación, la falta de trabajo, las condiciones humillantes que deben soportar, la pobreza y el miedo, todo ello está representado por los tres personajes principales de esta historia: Clara, la muchacha abnegada y trabajadora, solícita y temerosa; Romeo, el padre reaparecido y exalcohólico que, al final, se convierte en el báculo que ayuda a Clara a soportar la dura realidad, y Medi, el novio de la muchacha, un joven que vive entre la inacción y el sueño de encontrar un trabajo que combine una buena remuneración con la satisfacción personal. En medio, sueños rotos y un desencanto que el vino hace más llevadero («El vino me ayuda a relajarme. No me afecta casi», dice Medi). Como digo, todo ya conocido, pero nuestro autor ha conseguido escenificarlo de un modo personal, sin sensiblerías, de una forma casi aséptico, modelando las situaciones con una excelente economía dialógica y con un ritmo bien trabado que acentúa la intensidad de las escenas. Basta con tener ganas es una obra de denuncia, pero no hay en ella asomo de proclamas panfletarias sino buena literatura, una obra que nos induce a pensar en las obras futuras del autor con un fundado optimismo.

     Las páginas finales las dedica el autor a justificar la foto de la portada —tomada en una plantación de piñas en su lugar de origen—, algo en apariencia, secundario, pero primordial para su autor, el mismo Cristian David López, que escribe al respecto: «Una zapatilla rota es símbolo de libertad, de infantil travesura, de búsqueda, de pobreza también, una pobreza que enriquece porque te ayuda a valorar lo que tienes». Ojalá sirva también para despertar alguna conciencia adormilada.