BILLY COLLINS. SIETE ELEFANTES DE PIE BAJO LA LLUVIA*

BILLY

 

BILLY COLLINS. SIETE ELEFANTES DE PIE BAJO LA LLUVIA. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE MARTA ANA DIZ. GODALL EDICIONES

Supongo que llamándose Billy Collins (Nueva York, 1941) —uno de los poetas norteamericanos más leídos en la actualidad, el «más popular», según Bruce Weber— no importa que se elija para presentar una antología de su obra poética en español un titulo tan desafortunado como Siete elefantes de pie bajo la lluvia, título que parece más propio de un compendio de fauna salvaje o del pie de una fotografía, sobre todo cuando el título original de la obras es Aimless Love, es decir, algo así como Amor desnortado o Amor a la deriva como la misma traductora lo ha interpretado en un poema que repite dicho título. No cabe duda de que se trata de una licencia poética que se ha tomado la traductora del libro, Marta Ana Diz —que, por lo demás, realiza un trabajo impecable— acaso queriendo subrayar la veta humorística del poeta, del que afirma que se trata de un humor que «no es nunca instrumento del desdén, sino expresión de una clemencia que nos dibuja en la cara una sonrisa de comprensión ante nuestra frágil y rica humanidad».

     Dejando al margen estas consideraciones, dicha antología recoge poemas de diferentes libros escritos en el nuevo milenio: Nine Horses (2002), The Truble with Poetry (2005), Ballistics (2008), Horoscopes for the Dead (2011) y el ya citado Aimlees Love (2013), que aporta varios poema inéditos. Se trata, como vemos, del Collins último, aunque en una trayectoria con tan escasos altibajos como la suya, esto carece de importancia. Collins es dueño de una expresión que tiene en la claridad y la sencillez sus mejores armas, pero, y esto conviene subrayarlo, no estamos ante una poesía fácil. Quizá su poema «Poesía» exprese mejor que cualquier otra explicación su poética: «Lo mires como lo mires, / este no es sitio para montar / el caballete de tres patas del realismo // o hacer que el lector salte / las muchas vallas de una trama […] / La poesía no es sitio para eso. / Ya tenemos bastante que hacer / con quejarnos del precio del tabaco, // pasar el cucharón que gotea / y cantarle canciones al pájaro enjaulado». No cabe duda de que el tono conversacional enfatiza la comunicación y proporciona una sensación de complicidad difícilmente rebatible, pero esto supondría quedarnos en la superficie de la experiencia que el poeta intenta trasmitir. Bajo esa apariencia de simplicidad se esconde un análisis riguroso de la condición humana («Nadie se detuvo a mirarme, / aunque mi aspecto debía ser terrible / allí de pie, lleno de compasión, / no tanto por el animal atado / que daba sus tediosas vueltas, / sino por la mula ciega que llevo dentro…»), una atenta observación de los hechos cotidianos («Las ramas desnudas contra el cielo / no salvarán a nadie del vacío que le espera, / ni tampoco el azucarero o la cucharita que están sobre la mesa») y un estimulante ejercicio metapoético («Pero más que nada la poesía me llena / de ganas de escribir poesía, / de sentarme a la sombra y esperar / a que aparezca una llamita en la punta del lápiz. // Y junto con todo eso, el deseo de robar, / de asaltar los poemas ajenos / con linternas y pasamontañas», un tema este, recurrente en su poesía, una poesía que, además, está plagada, como acabamos de ver, de imágenes sorprendentes y asociaciones innovadoras que seducen, a la vez que desconciertan, al lector, y es que, en algunos momentos, no es difícil percibir cierta filiación surrealista en sus imágenes, aunque la utilización de palabras del lenguaje habitual mitigue su impacto. Otra característica notable de su poesía es el intenso grado de verosimilitud que alcanzan sus poemas. Nada parece forzado, las imágenes y las palabras que las dan forma fluyen sin atenerse a patrones métrico prefijados, pero consiguen, y esto es también mérito de la traductora, incrustarse en la mente del lector como si fueran fruto de su propia experiencia. Sin embargo, Collins no engaña. Sabe distinguir perfectamente la realidad experimentada de esa otra realidad que surge del poema: «Pero esto es un poema, / y aquí los únicos personajes somos tú y yo, / solos en una habitación imaginaria / que desaparecerá en unos pocos versos / sin darnos tiempo para apuntarnos con pistolas / ni arrojar toda la ropa al fuego que brama en la chimenea». Es gracias a esa franqueza como consigue despertar la emoción del lector, gracias a la sinceridad expresiva y a, como escribe Diz, al cuidado con el que nombra las cosas y a la precisión con que las describe. Estamos, sin lugar a dudas, frente a uno de los grandes poetas norteamericanos, como lo es Ashbery, aunque ambos estén separados por enormes diferencias de concepto poético, Si nos viéramos obligados por motivos taxonómicos a afiliar a Collins a alguna corriente, lo haríamos a la de la poesía testimonial, aunque haya diferencias casi insalvables que podrían cuestionar nuestra propuesta, pero, desde luego, está mucho más alejado de los postulados estéticos de la llamada Escuela de Nueva York a la que Ashbery pertenece.

     Billy Collins fue nombrado Poeta Laureado de los EE.UU desde 2001 a2003 y como Poeta Laureado del Estado de Nueva York entre 2004 y 2006. Además ha obtenido importantes galardones literarios y jugosas becas a la creación. Ha dirigido talleres de poesía de verano en Irlanda en el University College Galway, y ha enseñado en la Universidad de Columbia, Sarah Lawrence, y en el Colegio Lehman de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza del El Diario Montañés, el 17/05/2019

Anuncios

JUAN JOSÉ PRIOR. LOS SUJETOS DEL BOSQUE*

JUANO

JUAN JOSÉ PRIOR. LOS SUJETOS DEL BOSQUE. SONÁMBULOS EDICIONES.

Para Juan José Prior, «la morada mágica» de la que habla Jean Gino, es, sin duda, el bosque, como queda de manifiesto en el título Los sujetos del bosque, libro con el que regresa a la poesía después de aquella evanescente plaquette cuyo título —Mester de soledad— remitía a su confesada querencia por nuestros más ancestrales orígenes literarios. Para muchos, entre los que me cuento, el libro que hoy cometamos es su verdadero estreno en el género poético, aunque como puede comprobar el lector que se acerque a sus versos, la firmeza en el trazo, en el fraseo, es propia de quien ha frecuentado la literatura, la poesía desde todos los ángulos, es decir, no solo como profesor, ni como lector o crítico, sino como poeta, un poeta sin necesidad de escribir, por más que el vicio de la escritura parezca provenir, como delatan estos versos, de bastante lejos: «Yo era joven, vivía en luz. / Escribía poemas sobre el bosque. / Sentía que sabían / los árboles de mí, que regresaba / yo a mi origen». No estamos, pues, ante una obra primeriza, sino ante unos poemas elaborados con paciencia y con conciencia del riesgo que se asume al depositar en las palabras el destino del ser. Juan José Prior se asemeja bastante a lo que el escritor serbio Danilo Kis denominó homo poeticus, un «animal poético que sufre tanto de amor como de mortalidad, tanto de metafísica como de política», aunque esta última esté excluida del libro, porque, por encima de conjeturas ontológicas, la poesía, gracias a que logra ampliar la visión del mundo de quien la escribe y de quien la lee, da sentido a nuestra existencia.

     Fue Buadelaire quien estableció las correspondencias entre la Naturaleza y el hombre moderno. En el soneto titulado «Correspondencias» reivindica la capacidad del poeta para percibir el mundo sensible y para traducir las sensaciones que le produce gracias a un lenguaje novedoso, plagado de recursos innovadores, unos recursos, como los de la sinestesia, que Juan José Prior no desaprovecha: «En mí, por mí,—escribe Prior— como una sangre, / trepa la luz hacia la sombra / y mutuamente se susurran». El bosque es para Prior, como para Baudelaire o como para Wordsworth («Ven hacia la luz de las cosas, / deja a la Naturaleza ser tu maestro», escribió), un lugar sagrado, un lugar impenetrable en el que crecen las sombras, las ambigüedades y de ahí procede, de esa impenetrabilidad, la profusión de símbolos que origina, por eso, quizá, pensar en el bosque, en la Naturaleza, como el ejemplo más notable de la armonía y de plenitud del mundo resulta ser algo inocente, si bien es preciso reconocer que esta inocencia puede conllevar una forma de esperanza («Un olmo —escribe— contiene su esperanza / en el centro mismo de su tronco»). La Naturaleza es cruel y la belleza y la serenidad que trasmite no deja de ser algo efímero, algo momentáneo, una especie de ilusión de los sentidos que las palabras no logran mitigar. Hasta tal punto que, más que en el propio bosque y en los sujetos que lo integran, Prior encuentra la serenidad que busca en ese alguien indeterminado que comparte su mirada sobre las cosas: «La belleza de tus ojos, el claro / azul entonces con que miras, / es para mí la señal más cierta y clara / de la verdad, la muerte, la conquista / de un placer que solo es tiempo entre dos aguas, / y vuelo libre de este instante, de este / estar contigo a muerte o vida…».

     Prior transforma su pensamiento —«El pensamiento fluye en vena, carga, arrastra / nuevos objetos semihundidos»— en un río de imágenes. Los sujetos del bosque está lleno de imágenes que reproducen, más que lo visto, el paisaje espiritual de quien observa: «Ayer serás las piedras que cruzamos / redondeadas por tantísimos recuerdos / tuyos, míos, ya qué importa: /será este mismo río. / Y estaremos». El bosque es para Prior, a tenor de lo dicho, un refugio, un emblema, un modo de ser y de estar: «El bosque y yo. / Luz de amalgama». El bosque son árboles —olmos, castaños, cerezos—, ríos, arroyos, piedras (resulta curioso que no se haga mención en estos poemas a las aves cantoras, a los herbívoros o los roedores, entre otros seres vivos), el bosque es, en definitiva, un modo de conocerse a sí mismo.

     Debemos hacer notar, sin embargo, que no estamos frente a una poesía de carácter autobiográfico. El lector carece de datos concretos que le permitan reconstruir el pasado. Tampoco estamos frente a una poesía que se detenga en acontecimientos actuales. No es una poesía de circunstancias, en el sentido orteguiano de la palabra. Tiene mucho más que ver con la razón poética esbozada por María Zambrano en su libro Claros del bosque. Para Zambrano el misterio de ser se percibe gracias a la revelación: «Todo es revelación, todo lo sería de ser acogido en estado naciente», escribe, y Prior parece acogerse a este enunciado porque sus poemas nos trasmiten una permanente sensación de espera en la cual la palabra —«Si se las invoca —escribe la malagueña— llegan en enjambre, oscuras, y vale más dejarlas partir antes de que penetren en la garganta, y alguna vez en el pecho. Vale más quedarse sin palabra, como al inocente también le sucede cuando le acusan»—se anticipa a lo que representa y la luz no es sino el reverso del lado secreto, del lado oscuro de las cosas.

     Qué duda cabe de que el aprecio por la Naturaleza está muy arraigado en la poesía. No tenemos más que recordar el Beatus ille horaciano o cómo Garcilaso de la Vega la recrea de una forma paradisiaca para escenificar su amor, pero no es preciso remontarnos tan a atrás. En la poesía española actual la idealización o la reivindicación de sus virtudes es algo habitual. Sin ánimo de exhaustividad, se nos ocurren algunos nombres como el Vicente Gallego, el de Fermín Herrero o Basilio Sánchez, aunque entre ellos haya notables diferencias a la hora de poetizarla. Juan José Prior, en su primer libro, se concentra en el bosque, acaso porque, como escribía Unamuno refiriéndose a Fray Luis, ha encontrado en él «un refugio de verdura y sosiego, un asiento de paz». Ojalá a todos sus lectores les ocurra lo mismo.

*https://elcuadernodigital.com/2019/05/15/los-sujetos-del-bosque-de-juan-jose-prior/

GERARD MANLEY HOPKINS. PROSA COMPLETA.*

hopkinsHOPKINS.jpg

 

GERARD MANLEY HOPKINS. PROSA COMPLETA. TRADUCCIÓN DE GABRIEL INSAUSTI. EDICIONES ENCUENTRO

Es muy posible que la imagen que nos hemos ido formado a lo largo del tiempo de este autor distorsione ante nuestros ojos su obra, como habitualmente ocurre con quienes mueren jóvenes y, como en el caso de Hopkins, con una obra prácticamente inédita. De hecho, a su muerte —el 8 de junio de 1889—solo se conocían algunos de sus poemas juveniles. Sin embargo, las cosas cambiaron unas décadas después. Gabriel Insausti, encomiable traductor y prologuista de esta Prosa completa, lo explica así: «Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial Hopkins era una de las referencias más destacadas para todo lector de poesía inglesa» y es que voces tan representativas de los nuevos tiempos como T. S. Eliot, F.R. Leavis o los críticos afiliados al llamado New Criticism como William Empson o I. A. Richard apreciaron su obra y consiguieron difundirla entre los entre los autores emergentes: «Eliot —escribe Insausti— arrastraría a los escritores de Bloomsbury […]; los lectores y estudiosos católicos descubrirían en los versos de aquel oscuro jesuita un modo de reconciliar su religiosidad y su tradición literaria; y varios de los jóvenes poetas de la nueva generación de los treinta, como Auden y Cecil Day Lewis, coincidían con sus mayores en apreciar a Hopkins» Este cambio de perspectiva crítica es el que propició que, a finales de las década de los 30, se publicara su obra en prosa., no sin antes resolver un sin fin de vicisitudes de orden familiar ( el mismo poeta destruyó los poemas que había escrito antes de ingresar en la Compañía de Jesús —su conversión al catolicismo le acarreó serios enfrentamientos, no solo con su familia, que era extremadamente religiosa y anglicana, sino con otros miembros de su comunidad («Espero ordenarme y hacerlo pronto, pero deseo que sea un secreto hasta que suceda») — y sus hermanas quemaron un diario del que el propio poeta había renegado). La edición que ahora tenemos en nuestras manos está integrada, además de los diarios que abarcan desde 1866 hasta 1875 (hay también una pequeña muestra de sus diarios de juventud), por numerosas cartas («El corresponsal —escribe— no escribe su carta solo como respuestas a otra; tal vez responda a algunas preguntas pero no es esa su motivación»), sermones y escritos devocionales y unos interesantísimos ensayo sobre arte y poesía: «Sobre las señales de la salud y decadencia en las artes» (1964), «Dicción poética» (1965) y «Sobre el origen de la belleza: un diálogo platónico» (1865) en los cuales encontramos afirmaciones que han gozado de enorme repercusión posteriormente. Veamos algunos ejemplos: «La Verdad no es absolutamente necesaria en el arte; la búsqueda expresa de la Belleza basta para que haya arte» (No olvidemos que estamos ante un poeta victoriano); su discrepancia con las opiniones de William Wordsworth en lo que concierne a suafirmación de que «el lenguaje de la poesía no debe diferir del de la prosa salvo en lo que respecta al metro»: para Hopkins, sin embargo, resulta evidente que «el metro, la rima y toda la estructura que llamamos verso al mismo tiempo necesita y engendra una diferencia en dicción y en ideas. El efecto del verso se percibe en la expresión y en el pensamiento, a saber, en la en la concentración y en todo lo que esta supone». Los intereses de Hopkins no se limitaron a la escritura. Hizo sus pinitos en la pintura y en la música (compuso canciones con poemas propios que, posteriormente, han sido utilizadas por compositores de la talla de Britten o Samuel Barber), de ahí que las reflexiones sobre el arte en general abunden no solo en sus ensayos sino en su abundante epistolario: «Parece que ha muerto en mí cualquier impulso, cualquier brote de arte salvo por la música, y esta la escribo sin casi ninguna posibilidad de avanzar», escribe en una carta dirigida a Robert Bridges. En resumen, y utilizando palabras del prologuista, quien abra este libro encontrará, nada más y nada menos, que al poeta y al hombre, encontrará «su juvenil tentativa teatral titulada Floris in Italy, sus descripciones de arquitectura y de la naturaleza, sus relatos de viajes por Alemania y suiza, sus esfuerzos en la composición musical, sus vivencias y traslados en las tareas de enseñanza que desempeño en la Compañía» y todo aquello que contribuye a crease una propia idea del mundo.

*Reseña publicada el 10/05/2019 en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés

CARMEN DE BURGOS. LOS TRES LIBROS DE ANA DÍAZ*

CARMEN DE BURGOS.jpgCARMEN

 

CARMEN DE BURGOS. LOS TRES LIBROS DE ANA DÍAZ. EDICIÓN DE JESÚS MUNÁRRIZ.

EDICIONES HIPERIÓN

El poeta y editor —entre otras cosas— Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940) se aventura ahora a publicar estas tres novelas —“La entretenida indiscreta”, “Guía de cortesanas en Madrid y provincias” y “La imperfecta casada”— atribuyéndolas, nada más y nada menos, que a Carmen de Burgos (1967-1932), periodista (escribió más de diez mil artículos), corresponsal de guerra, traductora, escritora (es autora de doce novelas largas, ochenta cortas, cuentos, ensayos, biografías, etc.) y activista en pro de los derechos de la mujer. Se la conoció por el seudónimo de Colombine, pero utilizó otros como Gabriel Luna, Raquel o Marianella. Como sostiene Munárriz, Ana Díaz pudo muy bien haber sido otras de las máscaras que utilizó la escritora para desgranar sus ideas y denunciar la precaria situación en la que vivían las mujeres en la época que le tocó vivir. Muchos de sus textos poseen una aspiración didáctica que solo los conatos humorísticos consiguen atemperar. Pero, ¿qué razones avalan la tesis de Jesús Munárriz? No parece haber pruebas documentales para confirmar la autoría de Carmen de Burgos, sin embargo, los propios textos dejan, coincido aquí con el editor, poco espacio para la duda. Él mismo lo explica: «Pese a la persecución, el silencio y la destrucción que su obra y su memoria sufrieron durante la dictadura, es posible que rebuscando adecuadamente acaben encontrando pruebas documentales que confirmen mi atribución, que no es una hipótesis o una corazonada, sino un convencimiento basado en el contenido de estos tres libros. Que son en realidad cuatro: tres cuya autoría se atribuye a Ana Díaz y otros en que esta figura como traductora, la versión castellana de la ‘Guía de casados’ de Francisco Manuel de Melo». ¿En que se basa entonces Jesús Munárriz para ser tan contundente? Fundamentalmente en coincidencias de estilo y en ciertas pistas que un lector avezado como él rastrea hasta que le conducen al origen. «Pese al seudónimo —afirma Munárriz— parece querer dejar pistas que la identifiquen como verdadera autora». La tal Ana Díaz se permite incluso la travesura de criticar algunos usos y costumbres de su «rival», de la que llega a afirmar «que da consejos de higiene sin haberse tomado nunca el trabajo de escobillarse los dientes». Otro aspecto que nos ofrece pistas sobre quién es la autora tiene que ver con la enorme cultura que atesora Ana Díaz, algo impensable en una mujer de vida irresoluta como ella, a juzgar por los antecedentes familiares que trascribe en sus escritos. Como digo, resulta imposible que alguien así sustente sus ideas en Quevedo, en Cervantes, en Santa Teresa, en Unamuno, en Valle Inclán, en Ortega, pero también en Chateaubriand, en Lamartine o en Byron. En el Proemio a “La imperfecta casada”, Ana Díaz escribe: «Pues, amables lectores o desabridos lectores: en cuanto llevo de vida me arrojé a más apurada empresa que a la que hoy pretendo dar cabo, ni peor ni mejor que cualquiera de esa media docena de plumíferas que andan entretejidas por entre la anarquía de las letras españolas y que a cada bimestre partean uno de esos libracos donde vocifera la ignorancia y tartamudea el pensamiento». Además de los cultismo, la autora maneja con suficiencia el lenguaje de la calle, es decir, vulgarismos y arcaísmos, quizá porque, como afirma Munárriz, «a lo largo de los tres libros hay dos Ana Díaz que llevan vidas paralelas. Una, la protagonista literaria, que empieza narrando su vida de niña pobre en un pueblo miserable de Andalucía […] Una joven que no recibe más enseñanzas ni saberes que los que le proporciona la mala vida […] Y otra, la que en realidad lo escribe, que posee una amplísima cultura y ha leído a los clásicos y los modernos». Por otra parte, la postura que adopta Ana Díaz sobre temas como la monarquía y la república, sobre la influencia de la iglesia católica en los modos de conducta de los españoles, sobre la educación de la mujer, sobre la función desfogadora de la prostitución, sobre el amor y sobre el adulterio, sobre los conflictos sociales, sobre la injusticia o la pobreza guarda tantas similitudes con las posturas defendidas por Carmen de Burgos que no es difícil establecer paralelismos, como hace Munárriz, que conducen a atribuirle la autoría: «Solo una persona en España —escribe el editor, un tanto enfáticamente— hace cien años era capaz de escribir estos tres libros y esa persona era Carmen de Burgos. Las evidencias son abrumadoras. Y si alguien duda de mi atribución, solo una cosa puedo replicarle: díganos quién escribió los tres libros de Ana Díaz». No cabe duda de que los argumentos esgrimidos en el prólogo remiten a esta conclusión, pero no estaría de más hallar algún documento que consolidara las hipótesis aquí expuestas, sin necesidad de desafiar a desenmascarar a una autora que firma con su nombre y apellido. Todo un reto, una tarea apasionante.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza del 3 de mayo de 2019

ENRIQUE CABEZÓN. SÍLABAS TRABADAS*

ENRIQUE.pngENRIQUE .png

ENRIQUE CABEZÓN. SÍLABAS TRABADAS. EDITORIAL LA CABAÑA DEL LOCO

A Enrique Cabezón (Logroño, 1976) lo conocíamos por distintas facetas, la de poeta, principalmente, pero sin menospreciar su labor como diseñador, como músico, como editor y, también, como promotor cultural (es uno de los responsables de ese milagro que se llama Agosto Clandestino). De lo que no teníamos constancia, más allá de las entradas de su blog, era de su faceta de prosista, una prosa, es justo reconocerlo, que no se aleja demasiado de sus presupuestos poéticos, y tampoco tiene que hacerlo, al fin y al cabo, la forma de entender, aunque se diversifique en diferentes géneros, el acto creativo, proviene del mismo venero. Además, las constantes vitales de la obra de Enrique Cabezón – por lo que respecta a la poesía, no podemos dejar de mencionar títulos como “Territorio de ceniza” (2003), “El lenguaje de las serpientes” (2005) “No busques lágrimas en los ojos del muerto (2006) “Existir en los días” (20109) o “Desdecir (2013”- han mantenido siempre una coherencia verdaderamente reseñable y me consta que esas constantes no solo tienen que ver –no podrían- con su obra, sino con su forma de entender el mundo., pero eso es harina de otro costal.

El motivo que provoca la escritura de “Sílabas contadas” es un viaje a la extinta Yugoslavia: “Sé poco de Croacia –escribe al comienzo-, sé que iremos y hay ganas, por eso inicio este diario. Unos apuntes que son, a la vez, el dietario de un viaje físico y otro intelectual, el de las lecturas, comentarios y suceso que previamente –y durante- están sucediendo, en sincronía”, pero, a la postre, el viaje se convierte, además de un intento por conocer la cultura de los países que visita, especialmente su poesía, en una indagación sobre los resortes que sostienes las propias convicciones, se convierte en una búsqueda de sí mismo llena de altibajos, de incertidumbres, de contradicciones incluso porque no es fácil mantener la coherencia ética cuando a tu alrededor todo conspira en tu contra.

Muchos son los temas que aborda este diario, además de la trágica situación sufrida en los Balcanes. La guerra que disgregó Yugoslavia comenzó en 1991 con la declaración de independencia de Croacia y duró hasta 2001. Puso de relieve los conflictos étnicos y religiosos que permanecieron aletargados desde la Segunda Guerra Mundial y que enfrentaron serbios con croatas, bosnios y albaneses. La crueldad de muchas de las actuaciones ha sentado en el banquillo ha muchos dirigentes serbios acusado de crímenes contra la Humanidad. Es este escenario el que visita Cabezón unos años después de finalizado el conflicto, aunque las secuelas sigan siendo evidentes. Sin embargo, el diario de no se ajusta de forma exacta a la ruta seguida. Se ve interrumpido por reflexiones de muy variado signo, por ejemplo
el tan traído y llevado asunto de la Memoria Histórica, que desgraciadamente sigue de actualidad, surge como referencia inevitable ante lo que el autor va viendo en su travesía. Al hilo de esto, surgen comentarios sobre la ola de represión de la libertad de expresión que venimos padeciendo en los últimos tiempos y cómo esa censura apenas visible está afectando a los creadores de un modo u otro. Un tema recurrente es el de las relaciones poéticas y las amicales, tanto unas como otras, no siempre idílicas. No es fácil, en muchas ocasiones, conciliar ambas, porque no se pueden justificar determinadas estéticas en aras de la amistad (ni al contrario). Enrique Cabezón hace suyas unas palabras de Arturo Borra especialmente acertadas, en las que habla de que “la dificultad para elaborar una crítica radical de la sociedad no es patrimonio exclusivo de ninguna corriente estética”, algo que algunos parecen ignorar. La pérdida de algunos amigos, la confrontación con otros, el desencuentro, pero también la consolidación de antiguas querencias son tratadas con melancolía, con añoranza, pero rara vez dejan traslucir titubeos en su ideas, firmemente asentadas. Carmen, su mujer, también poeta, y Helena su, entonces, única hija, también aparecen con frecuencia por estas páginas. Aquí aparece el Enrique más tierno, acaso el menos conocido para aquellos que lo conocen más en su faceta de activista comprometido socialmente: “Mi escritura –escribe- querría llamar a lo colectivo y a la acción civil, política y humanística. Pienso que poesía es disturbio”. El libro está plagado de referencias culturales. Son innumerables los escritores que se mencionan (de Eliot a Zola o Kazantzakis, pasando por decenas de autores croatas), pero también son muchos los deportistas, los músicos, los políticos. “Todo lo que aporto son datos pequeños, ojos de mosca, pequeñas teselas distorsionadas como si estuviera mirando a través de un vidrio“, escribe, algo que le conduce a preguntarse ¿ A quién pueden interesar estas notas?”. Nos difícil responder. Un libro como “Sílabas trabadas” interesa a todo aquel que ama la lectura y, particularmente, le guste conocer el trasfondo de ella. En muchas ocasiones las entradas de un dietario sirven de boceto de otros proyectos de más amplia intención, como un poema, un relato e incluso una novela, pero además, por sí mismas, estas reflexiones ponen al descubierto el “alma” del autor de manera más fidedigna que cualquier otro texto, con toda probabilidad, más ficcionalizado.

* Reseña publicada el 26 de abril en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés

JOSÉ CORREDOR-MATHEOS. EL PAISAJE SE HACE EN EL POEMA. POEMAS 1951-2017*

JOSE CORREDOR.jpg

JOSÉ CORREDOR-MATHEOS. EL PAISAJE SE HACE EN EL POEMA. POEMAS 1951-2017. FUNDACIÓN ORTEGA MUÑOZ

No son muchos los libros que publica la Fundación Ortega Muñoz, pero todas ellas tiene en común su esmerada resultado, como, por otra parte, no podía ser de otra forma, estando detrás dos poetas de la talla de Álvaro Valverde y Jordi doce, este último, responsable de esta magnífica antología de José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929), un autor, pese a su longevidad y la calidad de su obra (recibió el Premio Nacional en 2005), no es suficientemente conocido. Es posible que su labor como crítico de arte – algunos de estos poemas están dedicados a pintores, como Benjamín Palencia o Godofredo Ortega Muñoz- haya eclipsado en alguna medida su escritura poética, acostumbrados como estamos a mostrar ciertas reservas cuando alguien despunta en más de una actividad. El caso es que esta antología satisfará a sus lectores más fieles y descubrirá la enorme intensidad poética que destilan sus versos, unos versos escritos con tanta sencillez que, a veces, no acertamos a discernir cómo logran trasmitir tanta emoción. Unos versos que, como escribe Jordi Doce en el prefacio, son “en su mayor parte heptasílabos o endecasílabos partidos, con un ritmo ágil, vivaz, pautado una y otra vez por comas y puntos; sintaxis sencilla, con predominio de la parataxis y de verbos de imperativo o indicativo presente (…) abundancia de interrogantes, de preguntas curiosas o perplejas; símiles en vez de metáforas y encabalgamientos (…) y un léxico, en fin, también sencillo y cercano”. Lo que si resulta evidente es que estamos ante poesía verdadera, una poesía que surge del contacto del hombre con la naturaleza (“Una naturaleza / que, llegada la noche, / sew despierta a otra vida / de la que nada sabes”), con el mundo que le rodea, con sus semejantes. Corredor-Matheos, no me cabe duda alguna, posee un carácter contemplativo especial (“Más que ver, adivinas. / Y, adivinando, ves”, escribe), si a esto unimos la familiaridad que demuestra tener con el ámbito natural, no puede extrañarnos que surjan unos poemas nutricios para la mente -son como la sangre para el cuerpo o la savia para la planta-, de tal firma que provocan en este lector una sensación de sosiego y plenitud difícil de compartir. Así, la propia escritura del poema se transforma en un acto tan natural como la propia respiración, como podemos comprobar en este poema, significativamente dedicado a Antoni Marí: “La paz que se respira / no es aún el poema. / Sólo la tarde sabe, / en esta hora incierta, / lo que debe hacer. / Deja, pues, que el poema / resbale con el ritmo / de la respiración / que sale sin esfuerzo / de la tierra, / del volar de los pájaros”.

Leyendo estos poemas nos viene a la memoria otros poetas, en sí mismos distintos, como San Juan de la Cruz, Muñoz Rojas, que confiere a la tierra una similar fuerza telúrica; el pintor Ramón Gaya, con quien comparte la sencillez y un ímpetu expresivo semejante, de Juan Ramón Jiménez (“¿Siguen ahí sus árboles / cuando yo no los miro? / ¿Viven fuera de mí, / o acaso son sus vidas / y la mía / una única vida?”) y, cómo no, de la ligereza de la poesía japonesa, de hecho, varios haikus están incluidos en esta edición.

La simbiosis elemental con la naturaleza – “se hace carne en tu carne”, llega a decir- le incita a escribir versos como estos: “No hay diferencia / alguna. / Porque eres ya un árbol, / y contemplas el tiempo, / suspendido en tus ramas” y, sin embargo, tal compenetración, tal empatía, no está exenta de incertidumbre. No todo son certezas en este lento transcurrir, en esta atenta contemplación. A veces surgen dudas porque el poeta no es capaz de “comprender / lo que quieren decirme / esas piedras, los árboles, / todo lo que me habla”, lo que le obliga a preguntarse “¿Llegaré yo a escribir / alguna vez / el poema que me abra / ese paisaje / donde pueda perderme / entre los árboles / y aspirar los perdidos / armas de la infancia?”. Creo que bastan estos breves ejemplos de su poesía para que el lector pueda percibir el tono meditativo y auténtico que emana de su obra toda, una obra que Tusquets Editores publicó en 2011 -su obra escrita hasta la fecha- bajo el título de Desolación y vuelo: Poesía reunida (1951-2011). Posteriormente, en 2013, la misma editorial publicó un nuevo libro, Sin ruido. La presente antología recoge ochenta y tres poemas transcritos por orden cronológico de estos libros a los que hay que añadir tres inéditos. Son, por tanto, ochenta y seis poemas, suficientes para que nos formemos una idea cabal de la escritura de Corredor-Matheos. “El resultado –escribe Jordi Doce- quiere ser un libro de nueva planta” y creo que está en lo cierto, porque, a pesar de los años que separan unos poemas de otros, todos proceden de un mismo aliento: la extrañeza ante el milagro de la existencia.

*https://elcuadernodigital.com/2019/04/25/el-paisaje-se-hace-en-el-poema-de-jose-corredor-matheos/

JAVIER VELA, RAFAEL COURTOISE Y CARMEN CRESPO: TRES LECTURAS

VELACOURTOISECRESPO

JAVIER VELA. LIBRO DE MÁSCARAS. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2018

Nacido en Madrid en 1981, la trayectoria literaria de Javier Vela es lo suficientemente consistente como para tomar en consideración cualquier texto que salga de sus manos, aunque sea tan atípicos como los que integran este Libro de máscaras, un “juego de trampantojos y mistificaciones, en palabras del autor. Juan Iturbe, un poeta vasco, dejó al morir una ingente serie de archivos y cuadernos, de los cuales Vela ha seleccionado “apenas un puñado e aforismos en los que ha venido trabajando justo en los meses previos a su muerte2. Nada de particular, en principio, pero dichos escrito provienen de “pasajes y citas aforísticas copiadas a mano por el propio Iturbe”, recreados, interpretados, ¿inventados? Pero la mano de Iturbe, un autor, a su vez, que nace de la mente de Javier Vela. Entre estas voces recreadas podemos encontrar “Maestros de sabiduría clásica, científicos, filósofos, poetas, novelitas, pintores, cineastas”. Quizá la razón última de este travesura se esconda en este texto: “A menudo, fantaseo con la idea de escribir un diario cuyas entradas puedan desplegarse de modo simultáneo al propio acontecer de lo real , un minucioso correlato del tiempo en que los hechos están teniendo lugar. Un diario no escrito, o mejor: una pulsión de vida cuyo aliento coincida con el tiempo encarnado de la escritura, reflejo de su terca inmediatez, instalada en un puro y absoluto presente”. Multitud de autores de origen dispar aparecen en estas páginas, entre otros: Bellatín, Liu-Zhang, Verón de Alejandría, Cassavetes, Berger, SócratesPorchia o Epicarnio de Agra. Quien se enfrente a este libro como si se tratara solo de un juego de identidades, de una deconstrucción del yo se estará quedando solo en la superficie. Los textos que ha recopilado Javier Vela profundizan en las incertidumbres del hombre contemporáneo desde muy distintas perspectivas, quizá porque, como dice Walalder, “Pensar en quienes somos es evocar el éxodo de quienes hemos sido”.

RAFAEL COURTOISIE. LA PALABRA DESNUDA. EDICIONES LILIPUTIENSES, 2019

“La palabra desnuda” es, además del título del libro, la primera sección de un libro integrado también por la sección titulada “Diario de un clavo”, mucho más extensa y de un carácter casi opuesto, al menos formalmente, a los de la primera sección. Si en “La palabra desnuda”, como el propio título sugiere, los poemas buscan la esencialidad a través de una palabra despojada de retórica: “Las palabras son apenas un gesto de las cosas”, escribe Courtoisie y el silencio “es el arrepentimiento de todo lo pronunciado, la reivindicación de cuanto se profanó al hablar”; si acariciar en esta primera sección es “escribir en el cuerpo” y el cuerpo es, a su vez, “un arrepentimiento de la materia, la materia grita en el cuerpo una sombra vacía”; si “El significante desnudo va más allá del significado, se adelanta, sugiere un estar sin ser, un mero subsistir en la superficie, un objeto compuesto solamente de sentido” y “la palabra desnuda acaricia el silencio” –todos estos versos, como se ve, trazan una especie de círculo, cuyo centro reside en la reflexión metapoética-, en la segunda sección el registro es absolutamente diferente, de hecho creo que ambas secciones podrían formar libros completamente autónomos. Dar vida a un clavo, hasta el punto de personificarlo (“Pienso. / Con esta cabeza plena”) es un ejercicio arriesgado, más aún si dicho clavo es uno de los que perforaron las manso de Cristo. Un clavo que piensa – aunque en un verso escriba que “los clavos no piensa, hacen”y que siente no puede ser más que el trasunto, el correlato de un autor que busca un armazón con el que sostener su identidad (“Un clavo vivo / desnudo / en la oscuridad / es un relámpago”, ¿Tambiénn el hombre?), una identidad contradictoria “Tú y yo nos parecemos, / hemos sostenido un sueño / días y noches”. Más adelante, estos versos parecen confirmar esta idea: “Un clavo es como un hombre: / lo encorvan las penas, la edad / los golpes, los sentimientos”. Hay correspondencias llenas de ingenio y magnifica poesía como la que realiza con el alfileres, pero, sobre todo con el tornillo: “Se me parece, es el pariente rico / de las familias, ostentoso, soberbio / perdonavidas”. El verso de esta sección es distendido, discursivo, busca, sobre todo, la descripción a base de adjetivos y de verbos que sustantivizan más que determinan la acción. En cualquier caso, Rafael Courtoisie (Montevideo, 1958), un poeta reconocido con premios como el Loewe o el Casa de América ha afinado, sobre todo con la segunda parte del libro, aún más su propia poesía, ya colmada de aciertos anteriormente.

CARMEN CRESPO. LANA. EDICIONES TREA, 2019

Cada poeta indaga en sus propias referencias, ya sea a través de una asociación sorprendente, como ha hecho Courtoisie con el clavo, ya a través de algún objeto o determinado suceso del pasado. Carmen Crespo (Cáceres, 1962), una autora que llegó a la poesía entrada en la madurez – su primer libro, si no estamos mal informados, data de 2012-, lo que le ha permitido publicar siendo dueña ya de una sólida voz personal , ha escrito títulos de mérito, como Todo ardió luminoso (2016) o Teselas (2016), que fue galardonado con el Premio de Poesía César Simón. “Lana” es un libro realmente original, aunque la autora no esconda algunas deudas evidentes como la de Paul Celan y otras menos visibles, como la de Antonio Gamoneda. La metáfora que subyace en Lana está clara. El proceso de esquila, de cortar la lana de las ovejas, es descrito pormenorizadamente y eso solo puede hacerlo alguien que lo conoce muy bien porque lo ha vivido directamente, pero esta descripción posee varios estratos, cuyos niveles de profundidad están marcados por la fuerza del recuerdo.: “para sacar los primeros cabos colocan al animal entre sus piernas / peines     calderos        agua caliente para que salga mejor // la lana”. En cualquier caso, la escritura de Carmen Crespo está lejos de ser condescendiente con lo anecdótico, aunque parta de hechos que formaron parte de su vida. Hay muchas formas de evocar y nuestra autora lo hace trascendiendo lo descriptivo, que, por otra parte, no se evita: “cada veinte pasos una piedra,     una señal.     una línea sobre el hombro del camino”, pero el carácter fragmentario y asincrónico dota a esta poesía de una opacidad muy sugerente. César Iglesias, autor del epílogo, escribe que Crespo “sigue empecinada en preservar la memoria de un lugar y un tiempo en el que hubo otra manera de estar, otra manera de ser. Un escritura de la resistencia , ejecutada con los materiales verbales de la verdad”. Creo que está en lo cierto.

ÁNGELES MORA. CANCIONES INAUDIBLES*

ÁNGELES-Portada-web.jpgAMORA.png

 

ÁNGELES MORA. CANCIONES INAUDIBLES. EDITORIAL ALLANAMIENTO DE MIRADA

Antes de entrar a comentar el contenido de este libro, conviene decir que estamos ante un “Librisco”, es decir, ante un libro que contiene dos cds, no como acompañamiento musical del texto, de los poemas, sino como la otra cara de la moneda de un objeto indivisible. “Los poemas de Canciones inaudibles –escribe Olalla Castro Hernández en el prólogo- se arman […] como un conversación ‘intertextual’ y ‘transdircursiva’ en la que acaban entrecruzándose infinidad de voces, de tal modo que logran derribarse las fronteras entre textos, discursos y disciplinas artísticas”. La fisura en los límites de las diferentes maneras de entender el arte, la poesía en este caso, es lo que nos interesa subrayar inicialmente. Por otra parte, como todos sabemos, la ligazón entre la poesía y la música siempre ha sido muy estrecha y re remonta a los labores de la cultura. Los cantautores que han puesto música a poemas ajenos son, en nuestra historia reciente, innumerables pero también esos mismos cantautores han musicado sus propias letras con tan buen tino que resulta muy complicado establecer si es una canción o es un poema. En cualquier caso, el libro que ahora comentamos, Canciones inaudibles ofrece algo distinto. No son poemas de Ángeles Mora (Rute, 1952), Premio Nacional de Poesía y Premio de la Crítica en 2016 por Ficciones de una autobiografía y autora de libros como Pensando que el camino iba derecho o Contradicciones, pájaros, por citar solo algunos, los que podemos escuchar en los dos cds que integran el libro, sino temas musicales que se entrelazan con los poemas: “Los poemas de Ángeles Mora –acudimos de nuevo a la prologuista- se escriben desde el centro mismo de cada canción a la que se trenzan, con la que establecen una relación que trasciende con mucho la mera referencialidad ‘intertextual’, el tantas veces vacuo ‘culturalismo’” y establecen un diálogo intenso y fluido con los temas musicales con los que se los asocia. Así, “Otra educación sentimental”, el poema que hace las veces de obertura, se complementa con “My Way”, canción interpretada por NIna Simon. “Triste, qué soledad con esta música / como de ayer y tedio por la casa”, escribe Mora. La sección “Jazz” la componen varios poemas en los que vemos actuar a John Coltrane, Charles Mingus o Charlie Parker, por ejemplo. Ángeles Mora concibe el jazz como una música de lamento, pero también de desahogo. “Quién sabe si le debo una vida a la muerte / o simplemente al jazz”, escribe. Temas de Chet Baker, Lester Young o Anita O’Day, además de los ya citados, ponen la banda sonora a estos poemas.

     Del jazz pasamos al pop, una sección en la que encontramos poemas como “La chica más suave”, “Se piangi, se ridi” -canción interpretada por Bobby Solo en el Festival de San Remo en 1965 que se complementa con otra que se recoge en el cd: ”Una lacrima sul viso”- o “Simpatía por el diablo”.
La sección “Un tango” se compone de un solo poema, “Y así fue el primer tango”, poema perteneciente al libro “La canción del olvido” de 1985 y recientemente reeditado, y el tema musical que complementa dicho poema es “Jealousy” de Yehudi Menuhim y Stephane Grapelli. Del tango pasamos a la música clásica. Compositores como Mussorgsky, Stravinsky o Brahms amenizan con sus composiciones dos poemas del libro “La guerra de los treinta años” de 1989. Vamos llegando al final de la antología, porque este libro es también una antología de poemas de Ángeles Mora. Le toca ahora a la sección “Bandas sonoras”, música compuesta para películas como “El tercer hombre” “Moon River” o “Adiós, muchachos”, se relaciona con poemas de distintos libros, quizá porque esa música es, en realidad, la banda sonora de una vida. El libro finaliza con la sección “Correspondencia”, que tiene la particularidad de establecer un diálogo no solo con un tema musical, en este caso “Fleling Good” de Nina Simone, sino con otra poeta, Mónica Doña que hace, como el título de su poema deja claro, de segunda voz : “Pruebo con la segunda voz / y me emociono. / La canto muy bajito, / la hago mía, / soy la segunda voz” escribe Doña. Según Olalla Castro Fernández, “… en ‘Canciones inaudibles’ se cuela la voz de otra poeta, Mónica Doña, a la que se permite tomar la palabra y, además, hacerlo ocupando ese espacio especialmente de todo texto que es el cierre final”. “Canciones inaudibles” inaugura una colección de “libriscos” a la que deseamos larga vida porque, además de ofrecernos unos gratísimos momentos de buena música, nos brindan también filiaciones y querencias en este caso de Ángeles Mora –el cine participa de similar influencia- que nos ayudan a comprender mejor que los datos meramente biográficos, lagunas claves decisivas que sustentan sus poemas. Por otra parte, la edición posee un diseño atractivo e impecable, conjugando el formato del libro con el de los cds. Todo un acierto.

* Reseña aparecida en el suplemento Sotileza de El Diario Montañes, el 19/04/2018

ÁLVARO VALVERDE. EL CUARTO DEL SIROCO*

portada_el-cuarto-del-siroco_alvaro-valverde_201807031203

ÁLVARO VALVERDE. EL CUARTO DEL SIROCO. TUSQUETS EDITORES

La trayectoria poética de Álvaro Valverde (Plasencia,1959) es, sin lugar a dudas, una de las más coherentes del panorama poético español de las últimas décadas. Desde su primer libro, Territorio, publicado en un ya lejano 1985, hasta ahora que publica El cuarto del siroco, poco ha cambiado. Si acaso en sus últimos libros asistimos a una depuración lingüística, fruto, sin duda, del convencimiento con el que algunas certezas vitales han arraigado en su mente. El entusiasmo del joven veinteañero ha dado paso a un hombre asentado en su madurez que ha visto cómo la vida trascurre velozmente («Y uno se pregunta de repente: / “¿qué ha pasado?” / y no sabe qué responder / o lo evita pues teme la respuesta»), pero también a alguien que ha cumplido muchos de sus propósitos y ha sabido aquilatar el valor de las cosas verdaderamente importantes. Al fin y al cabo, Álvaro Valverde ha elegido ser «un hombre, sólo alguien / que funda su destino / (como el mejor aqueo) / en la digna certeza de la muerte», una muerte inevitable que resulta menos traumática cuando se está en paz con uno mismo y los problemas morales no parecen obstaculizar la existencia cotidiana.

     El cuarto del siroco es un libro extenso y variado. El propio poeta nos pone en antecedentes: «Los poemas que componen este libro han sido escritos en lo que va de siglo. […] Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica». Estas palabras confieren, desde mi punto de vista, mayor entidad simbólica al libro. Me explico. No es mérito menor el conseguir escribir un libro unitario cuando ese ha sido el propósito inicial, pero tiene mucha mayor relevancia cuando esa unidad proviene de un modo de hacer natural que tiene más que ver con la solidez del pensamiento —parafraseando a Wallace Stevens, Valverde habla de   una «naturaleza pensativa»— que con propósitos más o menos espurios. Valverde ha adquirido una seguridad expresiva que no precisa de grandilocuencias ni nebulosidades. Algunos de estos poemas parecen haber surgido de una identificación absoluta con el entorno, como «Mínima», apenas un trazo, un boceto que, sin embargo, hace vibrar algo indefinido en nuestro interior (ocurre lo mismo, sin saber muy bien por qué, con algunos cuadros, con ciertos fragmentos musicales). En otros poemas, el titulado «Aquí» es un buen ejemplo, el relampagueo de una idea fugaz es sustituido por una serena meditación temporal o existencial (o ambas simultáneamente): «Estás sentado solo frente al valle / con un libro en las manos / que abandona a ratos / para poder mirar, / con la calma debida, / cuanto la vista alcanza», comienza el poema, que finaliza con los versos siguientes: «Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres él». Pocas veces uno tiene la oportunidad de leer unos versos que trasmiten tal serenidad, tal armonía (El Tratado de armonía, de Antonio Colinas no parece ser ajeno a esta visión), un valor este que, en el ideario vital de Álvaro Valverde, se considera primordial. Lo podemos comprobar también en el que, para este lector, es, junto con otro poema imprescindible, «Mujeres», uno de los mejores poemas del libro: «El lector»

    La doctrina poética de nuestro poeta no admite duda alguna. Su poesía está escrita con la sencillez y la discreción de un lenguaje común que busca la claridad sin despreciar, por supuesto, el lado misterioso que se pliega en su reverso. Valverde parece escribir de igual forma que vive el día a día, su poesía está hecha de lugares familiares, de hechos cotidianos, de personas de su entorno más cercano, de detalles y cosas, en apariencia, insignificantes. Del poema «A modo de poética» son estos versos: «Como el agua, / que, toda claridad, es espejismo / que revela cercano lo distante. […] Como el agua, metáfora y verdad. / Sí, como el agua» que confirman lo dicho, pero quizás sea aún más explícito el titulado «La poesía», que transcribimos completo: «La poesía, / sus elucubraciones, / los asedios / que gravitan en vano / —teóricos, abstrusos— / sobre ella. // La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». La escritura es para Álvaro Valverde ese cuarto del siroco en el que poder refugiarse cuando acucian los problemas o la existencia se vuelve insoportable: «Uno quisiera —escribe en el poema de igual título que el libro—/ que en las horas peores de la vida, / cuando todo se vuelve violento vendaval / y las cosas se ocultan tras un velo de polvo, / existiera una estancia semejante. / Un lugar recogido, a modo de refugio, / en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte». La muerte en abstracto y la de familiares y amigos en particular está muy presente en este libro, tal vez porque su sombra comienza a perfilarse en los gestos del propio rostro. Pero Álvaro Valverde, por fortuna, todavía está lejos de ser el personaje «Aquél que se levanta cada día / y piensa que la muerte se le acerca». Álvaro es mucho más parecido a ese «[Que] resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido», porque, a pesar de la sensación de nostalgia por lo perdido y de la constatación de la brevedad de la vida que nos embarga después de leer El cuarto del siroco, se impone un pacífico bienestar, el del deber cumplido con los demás y, en especial, con uno mismo, como delatan estos versos: «Eres allí ese hombre / que sueña con ser otro; desconocido para sí, pero al que sientes / con tanta convicción / como a ti mismo».

* Reseña aparecida en la revista Turia 129

LOS LAURELES REVERDECIDOS DE LA AFORÍSTICA*

CUBIERTA ANA URKIZA.jpgCubierta CONCEPTO.jpgCUBIERTA La brisa y la lava negro.jpg

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. CONCEPTO. LA ISLA DE SILTOLÁ

CARMEN CANET. LA BRISA Y LA LAVA. LIBROS DEL ALBUR

ANA URKIZA. UN HERMOSO LUGAR LA FELICIDAD. EDITORIAL TREA

No tenemos más que comprobar la profusión de colecciones dedicadas al aforismo que han surgido en los últimos años para comprobar la vitalidad de un género que hasta no hace mucho languidecía enmascarado bajo otros epígrafes de carácter más amplio. A las editoriales que mencionamos en este comentario podemos añadir algunas otras como, por ejemplo, la editorial Renacimiento o Cuadernos del Vigía, esta última, como La isla de Siltolá, ha creado incluso un premio literario dedicado a dicho género. Tal es la cantidad de títulos aparecidos simultáneamente que resulta imposible detenerse en cada uno de ellos de forma particular. Por otra la parte, el género ha ido mutando y —desde los presupuestos iniciales, centrados en la brevedad y la contundencia semántica principalmente—, se ha pasado a admitir reflexiones de mayor desarrollo discursivo, más versátiles y con una intención de mayor calado interpretativo sin contradicciones aparentes.

     Los tres libros que comentamos, son, sin embargo, fieles a esas premisas de las que hablábamos al principio. De hecho, Concepto, el volumen de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964), en la sección del mismo título, parece apelar a los principios que definieron en otro tiempo al aforismo, así, Sánchez Menéndez escribe: «El aforismo es un ejercicio de concreción». Está, como vemos, haciendo referencia al ejercicio de la brevedad. «El aforismo sorprende, genera dudas, y sobrecoge al lector», escribe el autor poco después, haciéndose eco de otros de las premisas del género, la capacidad de sorpresa, la desubicación de imágenes y conceptos cuyo contenido se ha asentado en un lugar cotidiano de nuestra mente. Pero claro, esto no resulta fácil, menos todavía cuando se confunden algunos términos que conducen a la trivialidad y al ingenio como sucedáneos de la meditación sincera. «Buscar la sencillez evitando la simpleza», escribe Sánchez Menéndez. Toda una máxima que exige una labor de contención que no todos los escritores están dispuestos a llevar a cabo y es que, según nuestro autor, («El 99,9% de los aforismos que se escriben no llegan a aforismos. Son ejercicios de superficialidad»). Hay en este libro otros temas además del metaliterario, aunque no dejan de estar relacionados con él, porque se habla de edición, de la crítica («La crítica o la queja con fundamento es crítica. Sin fundamento es envidia e impotencia»), de la escritura en general («Escribir sobre las obsesiones no nos liberará de ellas») e, incluso, se dan consejos a un futuro lector-editor: «Si pretendes editar un libro pregúntate antes: ¿Qué aportaría a la verdadera literatura esta publicación». No podían faltar en este libro las reflexiones sobre la identidad porque es un asunto que Javier Sánchez trata habitualmente en sus escritos, una identidad sujeta, como no puede ser de otra forma, al paso del tiempo: «Lo que queda es la esencia de lo que somos, tal vez de lo que hayamos sido , ya que todo lo que hemos sido ha dejado de ser». Concepto es un libro breve pero hace honor al género porque hay en sus páginas innumerables cargas de profundidad.

   Carmen Canet (Almería, 1955) es una de nuestras aforistas más contumaces y más reconocidas. De hecho, su producción literaria está casi supeditada —si dejamos al margen su dedicación a la crítica— a dicho género. La brisa y la lava. Aforismos sobre el aforismo, no oculta el objeto de sus reflexiones. En lugar de elaborar un tratado teórico, Carmen Canet, como no podía ser de otra forma, riza el rizo y nos ofrece más de un centenar de reflexiones que van mordiéndose la cola unas a otras sin que sepamos muy bien dónde empieza la práctica del aforismo propiamente dicho y dónde acaba la teoría. En realidad, no importa. Canet sabe jugar con las palabras como un malabarista lo hace con los objetos. Las voltea hasta lo imposible pero nunca deja que caigan al suelo: «Aforista: malabarista de palabras». No nos sorprende, cuando se teoriza, que haya ideas similares entre quienes practican el género. Así, «El mejor aforismo habita en lo inesperado», se relaciona de inmediato con la capacidad de sorpresa que mencionaba Sánchez Menéndez. O estos otros ejemplos, que hacen alusión a la brevedad: «Los aforismos pese a ser breves y ligeros ayudan a hacer grande y menos pesado el mundo» y «El aforismo es el pensamiento que se da en un instante. Es esa frase que cabe en un cuarto de minuto, e incluso segundos». Pero Carmen Canet da otra vuelta de tuerca a lo evidente y convierte lo teórico, como decíamos, en práctica. Es aquí donde brilla su particular, y envidiable, perspicacia, su intuición y su arrojo a la hora de mataforizar la cotidianidad. Algunas de estas reflexiones, de tan evidentes, nos hacen pensar en nuestra incapacidad para la abstracción, en cómo no se nos había ocurrido antes, y es que «Los buenos aforismos dejan siempre las puertas de par en par. Y subidas las persianas de las ventanas». Carmen Canet logra algo verdaderamente difícil, ser original. Su dominio de los paradigmas del género dota a sus aforismos de una intensidad que casi oprime, y digo casi, porque siguiendo su consejo, «Los libros de aforismos no se leen de principio a final. Se sortean. ¡Un sorteo con suerte!».

     Un hermoso lugar para la felicidad es el titulo del libro de Ana Urkiza (Ondarroa, 1969), una autora a la que, lamentablemente, no conocíamos, a pesar de contar con una extensa obra, integrada por libros de poemas y cuentos, pero también por libros de aforismo, género en el que ha publicado dos títulos, Lo que queda para ayer y No hay vuelta para adelante. Títulos que ya denotan el gusto por subvertir el significado habitual que profesa la autora. No es fácil resumir el libro que comentamos porque, en su organicidad, resulta extremadamente heterogéneo. No hay capítulos o secciones que nos faciliten su lectura o nos den alguna pista. El lector ha de adentrase en la lectura a pecho descubierto, arriesgándose a recibir el impacto de una sentencia cuando más confiado está, un impacto que atraviese las circunvalaciones cerebrales y trastoque todo lo sabido, todo lo aprendido. Lo ejemplos son muchos y procuraremos transcribir muestras de diferentes temas: el de la identidad aflora a menudo: «No es difícil no ser como a ti te gustaría que fuera, ya que tampoco soy como yo no quisiera que fuese» o «Qué somos: ¿lo que decimos o lo que no decimos? o «En vida, somos una sombra; al morir, un lugar». Hay lugar también, no podía ser de otra forma, para la reflexión sobre el género: «Aforismo: pastillita que te endulza la vida durante medio minuto» y para la literatura o el arte en general: «se escribe para comprender el mundo, ¿por qué no se lee?»; «El arte no se hace para entender, sino para expresar lo que no se entiende». El paso del tiempo tampoco se escapa: «Futuro: el presente que vamos consumiendo»; «Mañana, de nuevo, el futuro se alejará un día más». Toda una filosofía de vida se desarrolla en estos chispazos llenos de dobles sentidos y de incertidumbres. Gracias, sin embargo, a una cierta propensión a lo lúdico («Necesito para de prisa» escribe Ana Urkiza), el libro se lee —no de corrido, claro, ya lo dijo Carmen Canet— con media sonrisa en la boca. La otra media se contrae, consciente como es de las palabras verdaderas nos dejan desnudos ante la realidad.

Tres libros distintos pero con muchas cosas en común de un género que goza de un enorme éxito. Esperamos que dicho éxito no produzca el efecto contrario y acabe por oxidarse por exceso de oxígeno.

*https://elcuadernodigital.com/2019/04/10/los-laureles-reverdecidos-de-la-aforistica/