ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. NUESTRO SITIO EN EL MUNDO.

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. NUESTRO SITIO EN EL MUNDO. PREMIO ANTONIO GONZÁLEZ DE LAMA. EOLAS EDICIONES

No es fácil trasladar a un poema emociones provocadas por hechos recientes. Recordemos que Wordsworth, en el prólogo a las Baladas líricas decía que la poesía «tiene su origen en la emoción rememorada en la tranquilidad». No es una mala exhortación. Dejar que la experiencia madure antes de trasladarla al poema presupone ese distanciamiento necesario para analizar los hechos de forma más, si se me permite el adjetivo, neutral, sin embargo, como toda norma, tiene excepciones que no hacen sino confirmarlo, y esto es lo que sucede con Nuestro sitio en el mundo, el nuevo libro de Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), uno de los poetas más representativos de las actuales hornadas, autor, entre otros títulos, de El camino de vuelta (2012), Insomnio (2013), Las hojas imprevistas (2014), Los signos del derrumbe (2014) y Estado líquido (2017), la mayoría de ellos avalados por importantes premios, que ya desde el primer poema establece las pautas que codifican el resto del libro cuando pone en relación el oficio de poeta con el universo. Pese a esa intención, el “yo” no queda excluido, pero sí, en varios momentos, postergado, en segundo término. En estos poemas el protagonismo lo va ganando el “nosotros” de forma progresiva (El propio título del libro lo confirma). En los primeros poemas —no podemos hablar de secciones porque es un libro unitario— la segunda persona, un tú sociativo podríamos decir, ejerce de interlocutor, de sostén del diálogo, como vemos en estos versos de alcance metapoético: «Ni siquiera este apunte, que no describe nada, / servirá para mucho. / Sólo aspiro a que un día, pese a todo, recobres / parte de este momento, / al menos una lámina desprendida de pronto / de la simple alegría». Más aun, ese diálogo se consolida, de forma intertextual, con versos del famoso soneto XVIII de Shakespeare, en lo que es también una indagación metapoética, ya que se constata la imposibilidad de la palabra para convertir algo en eterno, algo que ratifica «Del arte y la vida» con estos versos: «De algún modo, tenía razón Adorno: / / toda esta sobredosis de dolor y de vida / no pueden trasmitirla las palabras». Sin embargo, en otro poema se rectifica, parcialmente al menos, esta idea. Después de decir que «El lenguaje lo es todo», escribe: «Hay un ramo de lirios en el cuarto / que casi puede olerse en las palabras. / eso también lo es todo». Este toma y daca lo veremos reiterado en numerosos poemas, como cuando se habla del «carácter ficticio del lenguaje» o cuando afirma que «un poema se escribe con descarga de pólvora».

    Ese tú del que hablamos sigue prestando ayuda al enmascaramiento del poeta que trata de reflexionar sobre sí mismo. Leamos, por ejemplo estos versos: «¿Dónde están tus pequeñas traiciones cotidianas, / dónde las aguas sucias de tus días? / Eres el que no sufre, el que no duda, / el hijo predilecto de un puñado / de algoritmos y de píxeles». Se manifiesta así el conflicto identitario que provoca una realidad vista tan solo a través de las redes sociales y los reality show que influye también, como podíamos prever, en el ejercicio poético, algo aparentemente inocuo según los parámetros de rentabilidad económica, pero, como escribe Rodríguez Jiménez, «La poesía también tiene sus leyes / internas de mercado», un mercado que apuesta por el sentimentalismo y la banalidad, por la espontaneidad (Pound, en una entrevista mencionaba el lema de la Universidad de Pensilvania: «Cualquier idita puede ser espontáneo») rechazando todo lo que conlleve humildad, rigor estético, solvencia creativa y responsabilidad con el lenguaje: «Y un temblor silencioso recorre los pasillos / si alguien piensa apostar a largo plazo» / por la profundidad». Es más, Antonio Rodríguez Jiménez afirma que «La gracia no se aprende. / Una cinta moviéndose en el aire / separa lo vulgar de la elegancia». Hasta ahora hemos subrayado argumentos poemáticos frecuentes en todo poeta que se interroga, si no por la función de la poesía —que también—, sí por la necesidad de recurrir a ella para decirse, para reflexionar sobre sí mismo. En cierto momento del libro se produce un cambio notable, marcado por el poema titulado «Aquel verano de antes», al que pertenecen estos versos: «de que nos confinaran en casa con un número, / antes de que las vidas corrientes se cerrasen». La pandemia, y sus consecuencias, son ahora el eje sobre el que giran los versos. Se rememoran en ellos situaciones antes atípicas pero que con las nuevas circunstancias, se han convertido en moneda común desde el uso de las mascarillas a los aplausos desde los balcones. La crítica social, más o menos evidente en estos poemas, se acentúa en «Noche de bodas» o en «El beso», todo ello combinado con una mirar irónica sobre el ambiente poético y, por qué no, sobre sí mismo. No hay condescendencia detrás de esa ironía, sino desaliento. Afortunadamente, Nuestro sitio en el mundo finaliza con un esperanzado canto al amor, «un amor en desorden e impermeables / a las palabras fáciles de la lluvia, que crece / sin que nada lo guíe hacia la luz»., un amor que, pese a todo, devuelve las ganas de vivir.

ÁNGELO NÉSTORE. HÁGASE MI VOLUNTAD.

ÁNGELO NÉSTORE. HÁGASE MI VOLUNTAD. XX PREMIO DE POESÍA EMILIO PRADOS. CENTRO CULTURAL DE LA GENERACION DEL 27/ EDITORIAL PRE-TEXTOS.

De origen italiano, aunque afincado en Málaga, Ángelo Néstore (1986) ha construido en pocos años una sólida trayectoria literaria, no solo poética, pues también frecuenta el teatro. Hágase mi voluntad es su tercer libro —previamente ha publicado Adán o muerte (2017) y Actos impuros (2017), Premio de Poesía Hiperión—. Divido en dos partes, «Lo bárbaro» y «Lo inevitable», el libro, a través de una poesía de línea clara y narrativa, de tinte confesional, pero que logra salvar, sin embargo, los innumerables escollos del epigonismo, Néstore realiza una especie de recorrido genealógico inverso que se inicia en el primer poema, «Insepulto»: «Pienso en mi madre, en mi padre, en mí, / convertidos en polvo, / una familia sin descendencia, mediterránea, / unida en la muerte como nunca lo estuvo en la vida», pero lo individual pronto se convierte en colectivo.

     Los poemas de la primera parte de la sección inicial, titulada «Poder» son muy explícitos al respecto. Violencia contra las mujeres, violaciones en grupo (la llamada manada está presente en varios poemas) son tratadas sin sentimentalismo, casi como si de una noticia periodística se tratara, lo que no evita que el tono de denuncia se extienda hasta el modelo educativo o la displicencia de los progenitores: «Mi estirpe es un vagón repleto de hombres / que se arrancan el último botón de la camisa y abren la piernas . / Están solos / en el mismo tren que los lleva a un mismo destino, / estiran los brazos, / lucen de sus paquetes, se acomodan, se rozan las rodillas, / invaden el espacio que durante siglos han ido conquistando». Pero estas diatribas no se emplean solo contra el prójimo, el poeta se siente responsable de cuanto ocurre a su alrededor, no mira la realidad desde una atalaya privilegiada, y como tal, se reprende: «He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo». La segunda parte, «Queer», es una reivindicación de su opción vital, el cuerpo es visto como el lugar desde donde afirmarse, desde el que se configuran las normas de convivencia y se establece la relación con los demás: «Algo empuja mi cuerpo fuera de su eje. / He aprendido a hacerme el muerto en la piscina. / aguanto un cuchillo por la hoja. // Bendigo siempre el suelo que piso / aunque me queme la planta de los pies». Aunque la sociedad actual es mucho más abierta que en el pasado, es obvio que resulta necesario todavía fomentar el respeto a lo diferente, a lo que rompe lo preestablecido. Néstore es, y así lo asume, parte de esa sociedad a la que critica con estos magníficos versos: «Debe de existir un lugar donde poder inventar una lengua / que no hable siempre en masculino, / que no defina, que no explique, una lengua que me abstraiga, / que me haga dudar».

     En la segunda parte, «Lo inhabitable», el conflicto identitario se agudiza por la incomprensión social y familiar. Los hijos nunca llegan a cumplir del todo las expectativas que sus padres pusieron en ellos: «Te golpeas el pecho para que tu madre no oiga el temblor del fracaso: / è tosse secca, dices, / y, de repente, te pareces otra vez al hijo de provecho que ella tanto quiso». Esa incómoda máscara pervierte la mirada sobre las cosas y convierte el futuro en un lugar inhabitable. Da la sensación de que el único lugar habitable es la nada que espera tras la muerte: «Me empeño en habitar algo / que aún no me pertenece. No hay sosiego / si miras desde el filo», escribe Néstore. Pese a tanto desconcierto, a tanta frialdad, a tanta violencia asumida, Ángelo Néstore finaliza el libro con un desafío, con un canto de esperanza. La muerte puede esperar: «El polvo que habita en la casa / es en su mayoría escamas humanas, / y yo quiero que la muerte me sorprenda dentro de muchos años, / después de haber llenado las esquinas oscuras de nuestros muebles con tu vida. / En el fondo de los armarios se acumula lo animal y lo eterno. / El olor salvaje que llamaos hoy amor».

MELCHOR LÓPEZ. NIÑO. FRANZ EDICIONES

MELCHOR LÓPEZ.  NIÑO. FRANZ EDICIONES

Melchor López (Tenerife, 1965) es un poeta que concita admiración tanto a un grupo fiel de lectores como de críticos exigentes, algo no muy frecuente en nuestra sociedad literaria. Representa con fidelidad eso que se ha dado en llamar, no sé sin con acierto, «poeta de culto» y, sin embargo, su poesía no ha logrado la difusión que nos gustaría y que, sin duda, merece, y eso pese a que ha publicado un buen número de títulos —los últimos han sido, sino estamos mal informados, Según la luz, publicado por la editorial Trea y De vuelo, publicado por ediciones Mercurio—, además de haber sido incluido en obras antológicas tan significativas como Paradiso: siete poetas (1994), preparada por Andrés Sánchez Robayna, en La otra joven poesía española (2003), de Alejandro Krawietz y Francisco León o en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España. 1990-2005 (2005), a cargo de los también poetas Marta Agudo y Carlos Jiménez arribas.

     En efecto, es esta una de las muchas anomalías que pervierten en nuestro país la dimensión de la verdadera poesía y alteran la perspectiva, aunque, lamentablemente, no es la única. Por fortuna, Melchor López tiene, como he dicho, un grupo de lectores fieles, entre los que me encuentro, y goza del respaldo editorial para que su obra se difunda. La exquisita editorial Franz presta su cobertura a estos emotivos y nostálgicos textos, textos que están más cerca del poema en prosa que del apunte biográfico, aunque las fronteras entre ambos géneros estén ya muy difuminadas, reunidos bajo un poderoso título, “Niño”, dividido en dos partes y escrito en segunda persona. La mirada retrospectiva hacia el pasado muestra el proceso de la educación sentimental de un niño que comienza a descubrir un mundo que al que aún no sabe poner nombre, un mundo aún paradisiaco, de ensueño, pero en el que pronto aparecerán las pesadillas y los horrores que enturbian la existencia: «Muy pronto tuviste conocimiento de la muerte y sus funestas coronas, niño». Primero fue la abuela, después, a los dos años, su propia madre («No llegara a cumplir los cuarenta», escribe). La prosa de Melchor López, como podemos comprobar en los textos del libro que trascribimos, es propicia a la sugerencia, más que a ser explícita en los detalles y, para ello, no necesita ensortijar los acontecimientos o las reflexiones a que estos conducen, sino que traza una descripción con los elementos adjetivales precisos, ajustada al ritmo interior del pensamiento, a la fluidez con la que reverdecen los recuerdos, unos recuerdos que brotan hoy de forma espontánea, porque, ¿cómo saber en su momento cuáles de nuestros actos son los que acabarán por integrarse en la memoria? o ¿cuánta fidelidad guardan a lo que ocurrió? El niño recuerda también sensaciones, temores que surgen en la noche: «es una mano que viene del fondo de los pozos, y en cada círculo renueva su escamosa piel para hacerse más imperceptible, más poderosa, a medida que se acerca, ávida, al inocente», temores acrecentados por la orfandad, más acusada aún porque la muerte de la madre supone también la separación de su padre y de su hermano. Llega «un tiempo inesperado, gris, oscuro, como una niebla insidiosa, se adueñaba de tu vida». La segunda parte muestra un tono menos nostálgico. El niño se acomoda a su nueva situación, experimenta sensaciones gratificantes antes hurtadas por la tragedia. Encuentra en su nuevo hábitat razones para ser moderadamente feliz. El abuelo, los tíos, la familia en definitiva, contribuyen a mitigar el desarraigo: «En el corazón de aquel niño coexistieron siempre, además de aquella sombra dolorosa, también la alegría de un valiente tamborcillo y el afán de vivir todos los días ordinarios bajo un maravilloso halo de fábula, como cuando se expone una perla a la luz y brilla, de repente, en todas sus irisaciones». La «sombra dolorosa», la presencia fantasmal de su madre convive con el autor, que no se resigna a tan cruel pérdida, por eso escribe: «Regresa, aunque sea en sueños, madre, vuelve a través de la noche de ángeles y alimaña por un sendero que solo tú conoces, con pasos que no dejan huella, vuelve y dame una muestra que pase de tu boca a la mía, del agua más pura que tú bebes». Melchor López ha encontrado en la escritura una forma de cauterizar las heridas que el tiempo inflige para proseguir su vida y él, con elogiable franqueza, así lo reconoce: «Ahora que había descubierto la poesía, tenía al fin —aunque eso lo entendiese años más tarde— una fórmula para combatir  el ilimitado vacío de la orfandad». Aunque nos hable de un asunto tan frecuente como la ausencia y la orfandad, de asuntos, en definitiva, familiares, esta poesía vuela muy alto, hasta la alta cima de la conciencia. Si no han leído este libro, léanlo, y si ya lo han hecho, recomiéndenselo a sus amigos, merece la pena.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 22/01/2021

JUAN MANUEL ROMERO. CONTRA EL REY

JUAN MANUEL ROMERO. CONTRA EL REY. XXVII PREMIO DE POESÍA CIUDAD DE CÓRDOBA «RICARDO MOLINA», EDITORIAL HIPERION

Conviene señalar como premisa de este comentario que Juan Manuel Romero (Sevilla, 1974) no da palos de ciego. Cada uno de sus libros se ha fraguado lentamente en el horno de la introspección, se ha destilado condensando el fruto de la contemplación hasta extraer su esencia, por esa razón todos sus poemas son una especie de carga de profundidad que desestabiliza la visión de la realidad, y de ese presunto sujeto que la observa de forma amable, aceptándola sin incertidumbres. En Contra el rey, su último libro, el objeto del minucioso proceso de desembalaje emocional es el propio personaje poético, un personaje que «harto de la ironía» renuncia «a ser el rey / del pueblo en rebelión que soy yo mismo» hasta el punto de que contempla la poesía no como la forma más plena de reencontrarse consigo mismo, como le sucedía, por ejemplo, al Juan Ramón del poema «El ser uno»: «Que nada me invada de fuera, / que sólo me escuche por dentro, / yo dios / de mi pecho». Todo lo contario, en los versos de Romero queda de manifiesto la pugna que el poeta mantiene con su yo, un yo que se revela, que, en lugar de afirmarse, como le ocurre al moguereño, se niega: «El no equilibra al sí y le da fuerza» y esa fuerza la extrae Romero, más que del pasado, del presente («¿Cuánto de lo que he sido / está aplastando lo que soy?»), de lo que es en este momento, aunque el lastre de quien fue se interfiera en el futuro («¿Cuánto de lo que soy / está aplastando lo que quiero ser»).

     En una época como la que estamos viviendo, y hablo en términos estrictamente poéticos, en la que muchos poetas y teóricos de la literatura parecen haberse confabulado para erradicar la presencia del yo del poema,  reconforta leer poemas en los que esa presencia tan denostada articula todo el discurso poético, más aún cuando lo hace a través de una lucidez casi dolorosa, poco complaciente con el yo que se analiza y con las circunstancias en las que ese yo ha prosperado, circunstancias que remiten a un tiempo ya casi remoto —en la cronología del autor—, como en el poema «Juegos adolescentes», en el que la realidad se supedita al ser —al rey, podríamos decir— y la probabilidad de transformar el mundo, propio de esa edad, se antoja cierta. Es un proceso inevitable. El paso del tiempo va restando ímpetu a los propósitos y el poeta es consciente, aunque le cueste admitirlo  —«Tengo que decidir aún quién soy»— de ello. Asumir las consecuencias y ordenar las renuncias es un proceso consecutivo e inevitable «La frustración invita a una brillante síntesis, / resume la existencia / en un pronombre: yo. // Y, sin embargo, el tiempo / consume lo que soy, / incluido el deseo de ser de otra manera». A pesar de las decepciones, o quizá gracias a ellas, el yo, con la edad, se reafirma en su identidad. No es que esté por encima del bien y del mal, como sugieren los versos de Juan Ramón citados más arriba, pero ha llegado el momento de saber que también los errores, como los fracasos, alimentan el carácter, lo endurecen, lo afirman, como dijimos al principio, desde la negación, porque, se dice el poeta «Si escondo / todo cuanto me daña / ( la ineptitud para expresar afecto, / la ironía…), / me alejo de las rocas, / de su silencio firme». No piense el lector que estamos frente a un ejercicio de narcisismo, en absoluto, Juan Manuel Romero no oculta que el personaje lírico está muy lejos de reconocerse como un dechado de virtudes, pero eso no significa que denigre el todo que le constituye: «pienso en si debo protegerme / de mi naturaleza / o si debo aceptarla», escribe. Asistimos en estos poemas de la primera parte, titulada «Un regalo» a un tira y afloja entre quien  se es y quien se quiere ser, pero este «querer ser» no significa hacer tabula rasa porque se acepta, por supuesto, no sin censura y crítica,  que el pasado es parte irrefutable del presente.

     En la segunda sección,  «Gracias, desprendimiento», título que nos recuerda al simbólico Gracias niebla de Auden, la figura central de los poemas es la el padre y cómo la herencia genética de este configura la identidad del personaje poético: «Lo que has sido circula por mi sangre, / un resto de morfina / que el cuerpo no consigue eliminar». No se trata de recordar el pasado de forma encomiástica, pero sí es preciso hacer un ejercicio de reconocimiento personal con objeto de dignificar ese pasado que se simultanea en el propio poema, porque —y esta es una sensación común— los hijos siempre tienen la sensación de que han defraudado las expectativas de su padres: «Carta a un padre: no soy lo que esperabas. / ¿Me pusiste tu nombre / porque todo empezaba a abandonarte?». Pero no es el momento de emitir juicios, sino de reivindicar la importancia de la paternidad en lo que se es: «¿Cómo podré juzgarte / si te debo la vida?», escribe Romero. Se alza la bandera blanca, se firma una tregua. El desvalimiento y la enfermedad provocan que afloren esos sentimientos que se habían mantenido semidormidos: el poema se convierte entonces en testimonio, en confesión, pero también es, una vez pasado el tiempo necesario para evaluar los acontecimientos con la distancia y la experiencia necesarias, una muestra de agradecimiento vital, de amor filial . Entonces el  poema, más que poema propiamente dicho, es un leal homenaje: «He descubierto en ti / una energía inagotable, limpia. // Gracias, padre. / Gracias, desprendimiento».

     Finaliza Contra el rey con la sección titulada «Abdicación». La mirada se abisma en el interior del instante para escrutar el futuro, no ese inmediato futuro más o menos previsible, sino el que llamamos destino: «Me he acercado al máximo, esta noche, /  a lo que empiezo a ser fuera de mí». El examen de conciencia con el que se inició el libro, interrumpido  casi en su totalidad en la segunda sección, reaparece en esta última parte con similar ímpetu: «Sé lo que significa despreciarse / porque incluso el pasado se transforma: / los hechos pueden ser sustituidos, / pueden perfeccionarse // hasta hacer compatible lo real / y su propio fantasma». Son muchos los versos que abundan en esa mirada interior y auscultan con valentía, sin compasión, al yo del personaje del poema, por ejemplo: «Te has tratado a ti mismo mucho tiempo / como quien por placer / alimenta en exceso a quien más ama» o «Quiero entrar hasta el fondo y vaciar lo que he sido. / Quiero olvidarme en ti, / resucitar en otro, una roca / que surge tras la ola de repente». Después de un ejercicio de exploración íntima de tal intensidad el significado de las palabras se agota. Conviene descansar, firmar un pacto de no agresión con uno mismo —de abdicación habla Romero—, reconocerse también en los errores y, quizá, reinventarse:«Me quedaré callado / hasta que se disuelvan las palabras. // El silencio no tiene biografía. / No recuerda las culpas ni los logros. // Me quedaré callado / y todo volverá a empezar de cero».

     Con ser la Juan Manuel Romero una poesía narrativa, no es, sin embargo, discursiva en el sentido estricto del término, porque la narración se fragmenta habitualmente, se descompone en frecuentes pausas versales, las cuales, junto  con las elipsis, con lo no dicho, son más elocuentes, a veces, que lo verbalizado. Pese a esa aparente discontinuidad, el poeta nos conduce por una trama perfectamente estructurada. No hay versos de relleno, no hay nada accesorio, todo en su conjunto forma parte de un mismo propósito, el de hacer partícipe al lector, mientras se analiza el propio yo que da cuenta de ello, de un proceso de desgarramiento emocional dolorosísimo, quizá en la confianza de que sacándolo de sí, compartiéndolo, se aminoren los efectos de tal desamparo. En cualquier caso, analizando los procedimientos puramente poéticos, debemos resaltar que estamos ante un libro excepcional, uno de los mejores y más intensos que uno hay leído, y no solo el pasado año,

https://elcuadernodigital.com/2021/01/19/contra-el-rey/

JOSÉ LUIS PARRA. LA HORA DEL JARDÍN.

JOSÉ LUIS PARRA. LA HORA DEL JARDÍN. EDITORIAL RENACIMIENTO.

La prematura muerte de José Luis Parra (Madrid, 1944-Valencia, 2012) supuso, como es lógico, una pérdida irreparable para sus seres queridos, pero sus lectores hemos perdido una de las voces más auténticas y desagarradas de la poesía española de los últimos años. Títulos como Un hacha para el hielo (1994), La pérdida del reino (1997), Los dones suficientes (2000), Inclinándome (2012) u Hojarasca”(2016), junto con alguna antología como Anunciación del aire (2016), convirtieron al autor, de un tiempo a esta parte, en uno de los poetas más respetados y admirados. Susana Benet, excelente poeta ella también y , probablemente, la mejor conocedora de la obra de Parra, ha escudriñado entre los papeles que dejó el difunto, quien tenía la precaución de hacer duplicados de sus escritos, y ha descubierto unas decenas de poemas inéditos, agrupados por ella bajo el título La hora del jardín, con el que ha organizado un libro póstumo. Pese a las reticencias iniciales —Benet es consciente del riesgo que asume, puesto que Parra era en extremo cuidadoso a la hora de ordenar un libro—, el entusiasmo por llevar a cabo dicho proyecto venció todos los obstáculos, algo que le agradecemos de corazón. Parra, escribe acertadamente Susana Benet, era «un poeta rebelde, no perteneciente a ninguna de las llamadas “generaciones”, una especie de personaje “dostoiesvkiano”, entregado a sus vagabundeos pro la ciudad, a sus itinerarios de bar en bar, a sus interminables charlas de barra, estimulado por el alcohol, aferrado a su inagotable necesidad de escribir en cualquier pedazo de papel, de este modo transcurrió la mayor parte de su madurez como persona y como poeta».

     La hora del jardín está dividido en dos secciones, «Diario de un romántico», integrada por poemas escritos desde 1997 hasta 2006, y «La hora del jardín», que incluye poemas escritos entre 2006 y 2012. Aunque ambas secciones comparten un mismo aliento de derrota y fracaso, existen algunas diferencias. En la primera, la conciencia de que la muerte acecha está presente desde los versos iniciales: «No queda tiempo, no me queda / tiempo. Escribir es una sombra, / un silencio / de todo lo que quedará / por escribir». Quizá sea el yugo de la muerte quien incite al poeta a salir de sí mismo y a verse a través de los ojos enternecidos de quien le ama y le hace feliz:«¿Soy feliz?, me pregunto / conmovido después de tanta entrega, tanta ternura, / inmerso todavía en la noche redonda / y perfumada / de tus caricias y tus besos». Lamentablemente, estos momentos de euforia —siempre contenida, por otra parte— son circunstanciales. El ámbito en el que mejor se mueve Parra es en el examen de conciencia, como vemos en el poema «Vamos a contar verdades», que comienza con estos versos estremecedores: «Has dedicado / tu vida a destrozarla», paradójicamente a causa de no poder asimilar tanta belleza, tanta felicidad, como si padeciera una variante del síndrome de Stendhal, algo que se percibe con mayor intensidad, si cabe, en la segunda sección del libro. . Esas verdades que el poema desgrana demuestran la vocación fervorosa de Parra, que mantuvo siempre una fe en la vida y en los dones que esta regala, por más que estos resulten insuficientes para un alma atormentada, envidiable: «El sol, la primavera, / el aire, la mañana, / el poema y sus múltiples fracasos, / ¿fueron, acaso, dones suficientes?».

     Pese a las dudas, la poesía, el poema es para Parra el lugar de la redención, el ámbito en el que su intimidad queda al descubierto para ser objeto no solo de un escrutinio personal, sino del juicio de los lectores, quienes, por lo visto, son más benévolos que los del propio poeta. El poema es también una llamada de auxilio, como demuestra el enternecedor poema «Abrázame», que reivindica el amor como fuente de salvación: «Abrázame y dime / que ya no me soportas, / que estás a punto de romper conmigo; / pero que aún me quieres, amor, / que aún me quieres». Conviene subrayar que, a pesar del, en muchas ocasiones, enfurecido despojamiento emocional, este se realiza en versos perfectamente medidos, con un musicalidad perfectamente estudiada y admirable. El examen de conciencia del que hablábamos, por desgarrado que sea, no se trasluce en versos torrenciales o en escritura automática, como a menudo ocurre, sino en un exquisito trabajo rítmico, de origen barroco en algunos casos. Los poemas de Parra son, sí, estremecedores y de una lucidez poco habitual, durísimos consigo mimos, descarnados, pero nunca desfallecen en su estructura ni las palabras se dejan llevar por esa falsa retórica que envuelve el sentimentalismo. Los poemas de Parra, traten en tema que traten, son excelentes poemas, no confesiones redentoras y eso en lo que debe importar al lector. La hora del jardín, esa hora que «A todos, / sin excepción» nos llegará se vislumbra, en el caso de nuestro poeta, por un grave deterioro físico, del que era muy consciente, hasta tal punto que escribió un poema, sabiamente ordenado al final del libro, que anticipaba su destino, «Confesión a propósito de un libro interrumpido», cuyos versos finales transcribo: «Era otra vez el mundo y sus papeles, el dinero, los temores… // Fui  absorbido de nuevo y arrastrado al tráfago de otra / corriente vertiginosa y sucia. Bajo el balcón, su fragor incesantemente me hablaba de la muerte. // En el umbral quedé del Paraíso, a orillas del silencio. // La hora del jardín había terminado».

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 15/01/2021

PHILIP B. WILLIAMS. POEMA FINAL PARA MI PADRE MAL NOMBRADO EN MI BOCA

PHILLIP B. WILLIAMS

Poema final para mi padre mal nombrado en mi boca.

 

La luz del sol todavía reluce y regala

su agonía a tu habitación.

Al mediodía, la cocina ocupa tus manos,

rayos de sol deformes.Las ventanas tienen

tus ojos. Se apropian de mí,

de tu cuerpo. Yo reordeno mi vida alrededor

de tu ausencia. Tú estás por todas partes ahora

incluso donde una vez no pude encontarte,

en tu propio cuerpo. La muerte significa

que todas las cosas parecen

posibles. Me han contado que tengo

tus rasgos, tu sonrisa en mi boca

que obsesiona a mi madre. Todo

es posible. La luz del Dios Padre

lava el suelo de la cocina.

Intento conservar un poco de bondad

durante la muerte y hacer de la memoria

una esponja para lavar tu cadáver.

Tu nombre no es adictivo o señorial.

Esto no es un sueño: Has muerto

y has sido enterrado tres veces. Una vez,

después de mi nacimiento. Otra, frente

a tus holas malgastados en puertas cerradas.

Tu cara una mascara en lugar de mi cara.

La última vez, bajo mis pies. ¿Estaba

yo enterrado contigo entonces? No diré

que no habías dejado algo

permanente, quizá dulce. No soy

un jovenzuelo, pero

sobrevivo. Me enamoré de ser

tu hijo. ¿Ahora qué? Probablemente

fui un pájaro que vi una vez. Tenía un ala.

 

Versión de Carlos Alcorta

EMILIO AMOR. LAS LIBÉLULAS SUEÑAN CON LOS OJOS ABIERTOS.

EMILIO AMOR. LAS LIBÉLULAS SUEÑAN CON LOS OJOS ABIERTOS. EDITORIAL BAJAMAR.

A pesar de su fragilidad y de su vida efímera, las libélulas, según informa Emilio Amor, «Simbolizan poder, valor y equilibrio, capacidad de renovación y la imperiosa necesidad de vivir el presente» y, es su poder simbólico el que subyace en los poemas de Las libélulas sueñan con los ojos abiertos, porque, «el sueño es el origen de todos los poemas» del libro, un libro extenso, divido en tres secciones, la primera de igual título al del libro, la segunda titulada  «La flor de Épsilon» y «Alrededor del fuego» la tercera. La poesía de Amor rehúye la descripción prolija, está construida a base de chispazos, como si fuera, en una sucesión de aforismos:«Para vivir a cien no es necesario / jugarlo todo al cero». Con esta contundencia comienza el libro, un libro el que se reinterpreta el origen visionario de la palabra poética («Entre tinieblas, / caballos amarillos, / los seres invisibles, / portadores de sueños») da lugar a asociaciones semánticas sorprendentes, de un hermetismo atrayente, guiadas por esa ambigüedad interpretativa que surge más que de la lógica, de la pura intuición, tal vez porque en el concepto de poesía que posee Emilio Amor prime más la súbita iluminación cognitiva que provoca un relámpago nocturno que la lenta construcción de una idea al amparo de la luz del día, así, la poesía para él es como esa «mariposa que brilla solo un día /  tras haberse forjado durante años como crisálida». Esta defensa del momento, del presente, se ve reafirmada en muchos poema del libro, consciente como es el poeta de la voracidad del tiempo, por eso afirma: «Soy todo desolación / y todo tránsito. // Me diluyo por los caminos fértiles / donde tu intensa juventud no me provoca»: No sabemos quién es el interlocutor, probablemente sea el propio poeta quien dialoga consigo mismo cuando hay sale a la luz un segundo personaje, pero, en la mayoría de las ocasiones, queda de manifiesto que es el yo el centro de las reflexiones, como vemos en estos ejemplos: «No encuentro las respuestas en los astros, / sino en la levedad de un aleteo» o «Me he perdido la pulcritud del día / bajo la ingravidez de mi sombrero. // Pero no temas. Aún no arrojé mi guante / ni doblegué mi espada. // Me he perdido las noches lumínicas de marzo». Mediante la palabra, el poeta exorciza sus fantasma, cauteriza sus heridas, por eso todo poema constituye una evidencia del dolor de vivir y contiene un cúmulo de orquestadas artimañas y pactos con uno mismo para resistir el asedio de la desesperanza. En cada página de este libro uno se siente atraído por la errática órbita de la incertidumbre que el poeta trata de resolver, de justificar, incluso, como si cada poema tuviera un fuerza centrípeta irrebatible.

ROBERT HASS. MUERTE EN LA INFANCIA

ROBERT HASS.

Muerte en la infancia

Casi como si uno no hablara de eso,

a quién no ha conmocionado, como padre, algo así.

Demasiado tarde para contarles que la vida es un soplo

o que es tan justa como injusta.

Demasiado pronto para estar seguro de que uno no está escuchando

a través de la pared el último llanto antes de dormir,

para distinguir una canción de cuna de un inconsolable lamento.

Guarda silencio ahora, acaba de empezar. Duerme un poco. Duerme.

Versión de Carlos Alcorta

TERESA SOTO. CRÓNICAS DE I.

TERESA SOTO. CRÓNICAS DE I. II PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MARGARITA HIERRO. FUNDACIÓN CENTRO DE POESÍA JOSÉ HIERRO. EDITORIAL. EDITORIAL PRE-TEXTOS.

La primera pregunta que nos surge al acercarnos a este libro tiene que ver con lo que significa esa enigmática «I», del título. ¿Es, quizá, la letra inicial de un territorio personal, vedado para el lector? Confieso que durante la lectura del libro esta idea, la asistir a la narración del contacto primero con una civilización lejana —cuyo monte Ruhui («Dicen que creció de un viento. // A saltos de aire / se formaron las lomas») simboliza el templo y la divinidad que en él habita—, no solo espacialmente, se ha asentado en mi imaginario argumental, idea que, sin embargo, se ha visto revocada al llegar al final de Crónicas de I. Un anexo que incluye el poema «Whereas», de la poeta y artista de Oglala Lakota (Dakota del Sur) Layli Long Soldier despeja el enigma. En dicho poema afirma que la I es «una vocal / un hablante / se refiere / a sí mismoa / denota un narrador / de obra literaria / escrita / en primera persona». Según esto, Crónicas de I es más una exploración de carácter íntimo a través de la toma de conciencia de la realidad, una indagación en la propia esencia del yo que una aventura de reconocimiento de un espacio exterior, aunque la secuencia versal parezca expresar, desde el primer verso, precisamente esto, el descubrimiento de lo ajeno, de lo desconocido, claro que, si leemos con atención, dicho descubrimiento corre parejo, es simultáneo, al proceso de revelación interior. Abrirse a lo exterior, salir de sí mismo es una especie de bumerang que derriba los muros del yo. Según lo dicho, esa I iconográfica simboliza el mundo privado, el ego, un ego que se expande a medida que el lenguaje franquea los límites de su dominio: «Doy cuenta de los primeros hallazgos que hicimos al llegar aquí». Con este primer verso, Teresa Soto (Oviedo, 1982), inicia la reconstrucción de una realidad que ofrece múltiples aristas, innumerables perspectivas, pero esta reconstrucción, pese a que no desdeña el carácter narrativo del discurso —participa incluso de esa especie de notas a pie de página que pormenorizan algún significado—, pertenece al ámbito de la lírica, puesto que lírico es el tempo de la revelación. Soto penetra en las entrañas del yo de la misma forma que una arqueóloga hace catas en los restos paleolíticos de una caverna: «Un arpón. / Una aguja. / Algo similar a una pala pero de mango corto. / A menudo de hueso. Casi nunca tallado». Aún no ha encontrado palabras para describir su estado, ¿su perplejidad? El proceso de autoconocimiento se desarrolla con parsimonia. No es capaz de entender su significado, la lengua original, «no lograba sacar sentido de aquello» porque necesita un periodo de readaptación. La novedad deslumbra, pero también asusta, y novedoso, pero también pavoroso, es el encuentro con lo foráneo, aunque esté dentro de nosotros. Hay presencias tutelares casi invisibles que, como las figuras que modelan los devotos —«Hacían una figuras que colocaban en las casas», escribe Soto—, gobiernan nuestros actos desde un altar o desde la pasión del conocimiento, un afán de conocimiento que afianza el espíritu de conquista y atraviesa líneas de demarcación: «No hay que pensar / salvo su ser este mundo». Muchos son los referentes simbólicos que desgranan es buceo interior, como los pájaros azules que entraban y salían de los pozos o thruhimes: «Eran deseos por / cumplir, decían, / aquellos pájaros», ese fruto negro que parece brotar del árbol de la ciencia, que no debe comerse «O si se come, sea sólo / una vez» o el cristal rosado, un objeto que representa «la divinidad más alta», del que se obtienen todo tipo de favores, solo demostrables gracias a la fe, y a la superstición. Entramos así en el terreno de la obediencia  y del temor, temor a lo desconocido, lo que está más allá de nuestra percepción. Obediencia a leyes o normas que se superponen a las propias, aunque resulten enigmáticas o se sepa que están embellecidas artificialmente: «Aun con lengua que abre y cuenta, / el no entenderse  / es como cristal de hielo púrpura al derretirse / que parece una cosa y es otra». Teresa Soto explora su conciencia como si fuera un agrimensor. Mide la superficie, el contorno, traza líneas imaginarias, establece demarcaciones, límites que la precaución invita a no traspasar, pero esta excesiva vigilancia provoca resistencia. El yo en rebeldía necesita salir de esa cárcel colectiva, pese a que la presión externa —de naturaleza social— para que se doblegue sea intensa (puede haber enfermado de el llamado mal blanco), «Y no es mal sino deseo de otra cosa / que no acierto a decir». Crónicas de I es un libro complejo escrito, sin embargo, con un lenguaje sencillo, meramente informativo en muchos momentos, pero tras esa aparente sencillez esconde un proceso de análisis riguroso de la construcción del yo en relación con el entorno, con los otros, con la historia. Esa reconstrucción, gradualmente desarrollada en poemas no muy extensos, llega, tal vez por el efecto gravitatorio de los acontecimientos, a un punto de no retorno. No cabe ya mayor desnudamiento emocional. Es preciso desandar lo andado. Abandonar la que, durante un tiempo, fue tierra nueva. Partir hacia otros lugares, ya que, al parecer, la partida «es cosa simple: / dos lugares y un salir». Como se entrevé, no hay una transición violenta. La propia disposición versal, los encabalgamientos, las elipsis o el discurso fragmentado responden a un estudiado propósito de mitigar la incertidumbre, la desubicación vital que atenaza al ser humano. Todo un logro constructivo.

* Reseña publicada en https://elcuadernodigital.com/2021/01/12/donde-el-yo/

SANDRO LUNA. FUEGO DE SAN TELMO.


SANDRO LUNA. FUEGO DE SAN TELMO. PLAQUETTES 21VERSOS. EDITA BANDA LEGENDARIA
 
Sandro Luna (L’ Hospitalet de Llobregat, 1978) no es un poeta prolífico, aunque circunstancias extraordinarias han provocado que coincidan en las librerías esta exquisita plaquette, Fuego de San Telmo, que acompaña al ejemplar de la revista Veintiúnversos con la publicación de El monstruo de las galletas, libro con el que obtuvo el Premio Jaén de Poesía 2020, del que nos ocuparemos en el futuro.
     La poesía de Sandro Luna se puede adscribir a la línea meditativa y contemplativa que practican algunos de los mejores poetas del Levante español y del valle del Guadalquivir, por circunscribirlos a dos regiones signifcativas. No es preciso señalar nombres que están en la mente de todo buen lector de poesía, pero el mentor de todos ellos parece ser Francisco Brines, sin olvidar la figura tutelar de Eloy Sánchez Rosillo y las de los ya desaparecidos Claudio Rodríguez y  César Simón. Estamos ante una poesía de carácter eminentemente celebratorio, de comunión con la naturaleza en la que el sujeto toma conciencia de su lugar en el mundo, no con superioridad, sino en igualdad de condiciones con otros seres del reino animal y vegetal. Esta visión que mezcla poesía y filosofía posee un claro origen presocrático —Sandro Luna es licenciado en Filosofía— y la idealización de la realidad que difunde se extiende de modo dominante hasta finales del siglo XIX. En las últimas décadas asistimos a un renacimiento de estas propuestas como forma de reivindicar una manera distinta de adaptar las condiciones del sujeto a las exigencias del mundo moderno. De ahí que el simbolismo del fuego de san Telmo, un fuego que no quema («Yo nunca he sido y soy / y lo he visto sin ver»), una descarga luminiscente que se produce en los objetos metálicos y puntiagudos durante una fuerte tormenta, sea apropiado para interpretar las contradicciones y las fluctuaciones de la sociedad actual. Desde estos presupuestos el poeta que es Sandro Luna construye su propia identidad, casi a ciegas, desde el no saber: «No sé de los árboles, / del aire que los mece. // Pero daré contigo / si estás dentro de mí», pero es este un no saber —«ignorar es un don», escribe en otro poema— mitigado por el entusiasmo vital con el que observa las transformaciones de los seres con los que convive. Quizá por contraposición con un pasado silenciado en el que la carcoma era el símbolo de la pobreza, se hace apología de un presente que se resiste a ser una cita a pie de página en la memoria: «¿Se va a desvanecer esto que amo? // ¿Podrá la muerte al fin, / en nuestro abrazo, / ser lo mismo que un padre?». La muerte del padre es asumida con dolor, pero sin enfatizar la pérdida. La muerte es vista como una fase más de la vida y, por tanto, puede haber también en ella paz, que es otra forma de la belleza. Esta revelación posee una inflexión elegiaca pronto superada: «Entonces no entendía / lo hermoso de la muerte.  // ¿Cómo puede la muerte ser hermosa? // Pero vi la belleza / cuando cerré tus ojos. // Si antes amé, / fue nada», escribe en el poema «Rocío». Tener dentro de sí esa sensación es la manera que tiene Sandro Luna de crear un espacio propio, un espacio en el que la reflexión y la percepción conviven en armonía, una armonía iluminado por el sol de la resurrección, un sol incipiente, pero  que trasmite el calor de la esperanza.