PIER PAOLO PASOLINI. MARAVILLOSA Y MÍSERA CIUDAD

PIER PAOLO PASOLINI. MARAVILLOSA Y MÍSERA CIUDAD. POEMAS ROMANOS. TRADUCCIÓN DE MARÍA BASTIANES Y ANDRÉS CATALÁN.

EDITORIAL ULTRAMARINOS

Se cumple este año el primer centenario del nacimiento del, entre otras cosas, poeta, director de cine y controvertido analista sociopolítico Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Roma, 1975). Las extrañas circunstancias de su muerte en la ciudad que le acogió desde 1950 han sido analizadas pormenorizadamente y aún suscitan interpretaciones encontradas, pero para nuestro cometido, el de leer su poesía, tales elucubraciones, carecen por entero de interés. Si conviene situar al poeta en los suburbios de una ciudad que es capaz de estimular hasta el extremo su apetito de vida y, por otra parte, de sumirle en el desencanto. La situación de precariedad laboral y económica que sufre los primeros años de su estancia romana influye en esos sentimientos de manera innegable y, cómo no, en su escritura. Roma, escriben los autores de esta edición, «tiene dos caras. Fea y hermosa. Seductora y chocante. Fragmentada y total. Enorme, ilimitada, cruel y socarrada» y el título de este libro, “Maravillosa y mísera ciudad”, que proviene de un verso de Pasolini, en el que se agrupan poemas en los cuales el poeta hace alusión a la ciudad, resume perfectamente esta idea. Pasolini, desarraigado y expectante ante al caos en el que ha desembocado su vida, se ve como «un hombre de verdad, / uno que de verdad pierde el don / de su juventud, que verdaderamente muere» y, al mismo tiempo, celebra la sensualidad y el gozo, la «suerte que es tan nueva / como para gritar de asombro». Los poemas que integran este libro trazan una especie de recorrido autobiográfico y, como tal, muestran distintos estados de ánimo ―Pasolini parecía tener un carácter ciclotímico, a tenor de los cambios radicales que expresan sus versos―. La euforia que nace del deseo colmado contrasta con esa angustia que desprende la descripción de los lugares de la periferia por los que discurría su vida: «Corría el crepúsculo fangoso, / dejando atrás agitadas dársenas, mudos / andamios por rioni impregnados / de olor a hierro, a harapos / recalentados, que bajo una costra de polvo, entre casuchas de latón / y desagües, alzaban sus paredes / nuevas y ya negras, contra el fondo / de una metrópolis desteñida». La minuciosidad con la que están descritos esos paisajes suburbiales plagados de edificios medio en ruinas y de chabolas que crecen sin control alrededor de la metrópolis desteñida nos permite recrear el tipo de vida marginal con absoluta solvencia. Se recrean con fluidez narrativa situaciones, lugares, situaciones personajes anónimos que sufren por anhelos insatisfechos y malviven cargando con el peso de cientos de esperanzas frustradas. Pese a todo, como decíamos, Pasolini entresaca de la miseria y el desaliento la «fiesta del pasar y el mirar», pero no estamos sugiriendo que el poeta sea un observador en la distancia, en absoluto. Era en esta marginalidad en donde encontraba la nobleza y la honestidad más vívida del ser humano, como denunciaría en muchos de sus escritos. Su naturaleza hipersensible le condujo a vivir, en muchas ocasiones, a merced de sus instintos, de ahí que las experiencias que articulan los poemas están dramatizadas con un vigor realista, en muchos casos de carácter social, aunque eso no excluye el sesgo imaginativo que nutre su retórica: «El escándalo de contradecirme, de estar / contigo y contra ti; contigo en el corazón, / en la luz, contra ti en las oscuras vísceras; // traidor a mi estado paterno / ―en mis ideas, en mis atisbos de acción―/ me sé ligado a él en el arrebato / de los instintos, de la pasión estética» escribe en «Las cenizas de Gramsci».

El volumen se completa con «Notas a pie de Roma», que son una especie de documentada guía de viaje por la Roma de Pasolini, guía, recuerdan los editores, «puede utilizarse para recorrerla sin moverse de casa, o puede usarse, libro en mano, para recorrer los confines de la ciudad siguiendo los poemas, las películas y las descripciones sacadas de diversos textos en prosa de Pasolini» y con el apartado titulado «Contextos», que consta de dos ensayos. El primero, «Pasolini en Roma», escrito por Franco Buffoni (Gallarate, 1948) uno de las voces poéticas más seguidas de su país, quien diserta sobre la muerte violenta del poeta y escribe que «No es verdad que lo matara su propia debilidad, aquella que lo inducía a ponerse en situaciones de “riesgo” con jóvenes varones “heterosexuales”. La homofobia ha ayudado a enmascarar y ha hecho más cruel un delito político». El segundo texto, «Walkabout Pasolini», se debe al arquitecto Francesco Careri (Roma, 1966) y en él analiza las transformaciones que ha sufrido la ciudad desde la muerte del poeta. Ambos ensayos ponen el broche final a esta modélica edición que con tanto mimo han preparado María Bastianes y Andrés Catalán, a quienes, desde estas páginas, queremos trasmitirles nuestra enhorabuena.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 13/05/2022

MIQUEL MARTÍ I POL. LIBRO DE AUSENCIAS

MIQUEL MARTÍ I POL. LIBRO DE AUSENCIAS. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE MARTA LÓPEZ VILAR.

BARTEBLY EDITORES

Corría el año 1981 cuando se publicó el libro “Estimada Marta”, de Miquel Martí i Pol (Roda de Ter, 1929-Vic, 2003), en traducción del entonces casi desconocido Joan Margarit. Dicha publicación supuso el descubrimiento por parte del lector en castellano de un autor que contaba ya con una sólida trayectoria en catalán (Ha obtenido en tres ocasiones el Premio de la Crítica de poesía catalana, en os años 1979, 1991 y 1994). El libro fue recibido en su momento con encendidos elogios, pero, como ocurre con demasiada frecuencia, este «éxito», salvo para los lectores fieles, enseguida se diluyó, en este caso provocado, además de por la incuria habitual, por las tensiones políticas y sociales de la época. La sociedad española vivía en una atmósfera contaminada por el ruido de los sables y tanto la poesía como la canción de autor no eran ajenas a ella. Como consecuencia de todo lo dicho, no sería hasta 1997 cuando otro de sus libros tuviera su versión castellana, “El aniversario”, a cargo de Fabrici Caivano. Por último, en 2004 Montserrat Duarte publicó su versión de “Después de todo”. Si no estamos mal informados, no existen otras ediciones en nuestro país, por eso tiene especial interés la publicación de “Libro de ausencias”, en edición de Marta López Vilar, un título que explicita con sobriedad el tema que articula los poemas. Convenimos con la editora que, para Martí i Pol, «Es lo pequeño la gestación de un yo introspectivo que siente la experiencia como un lugar donde iniciar el camino hacia adentro para nombrar el mundo. La poesía es un medio de comprensión de sí mismo desde lo ínfimo y lo esencial». Esta comprensión la obtiene el poeta a través de un lenguaje sencillo que busca la claridad expresiva. Dicha sencillez no significa, como a veces se piensa, ausencia de reflexión y de profundidad de pensamiento. Antes al contrario, gracias a la palabra de uso habitual, pero cargada de referencias sorprendentes y de sentidos primordiales, se consigue una mayor hondura en el decir.

Por otra parte, hemos de tener en cuenta que la obra de Miquel Martí i Pol está asociada a su experiencia vital de una forma desgarradora y voluntariamente asumida. Si nos viéramos obligados a resaltar dos hechos significativos en su vida ―abusando de la simplificación― nos remitiríamos a 1970, año en el que se le diagnostica la esclerosis múltiple y que le obliga a dejar su trabajo en 1973. La enfermedad marcará toda su escritura posterior y está presente, incluso, en un título como el ya mencionado “Amada Marta”, de un no velado entusiasmo vital, en el que el ansia amorosa y el despliegue verbal consiguiente acrecientan la sensualidad y el erotismo.

El otro hecho tristemente revelador se refiere a la muerte de su esposa, Dolors Feixas, en 1984. De este luctuoso hecho nace “Libro de ausencias” (1985) que ahora traduce con notable solvencia Marta López Vilar, quien escribe en el prólogo que «Escribir desde la muerte del ser amado es, en este libro, una manera de comprender ese mundo que queda abandonado, tan brutalmente». No es difícil imaginar la desolación y el desvalimiento que embargan al poeta y la tabla de salvación que encuentra en la escritura, en el convencimiento de que la palabra poética es la única que puede cerrar, siquiera mínimamente, la herida abierta e intenta paliar el desorden sentimental y la desubicación vital que provoca la pérdida. «Desde esta soledad te pienso», escribe, y las palabras que verbalizan ese pensamiento son, además, son el antónimo del silencio, por más que este haga «más densos / los recuerdos y más íntimo el tiempo / que para vivirlos nos es dado». Según esto, la ausencia no es del todo absoluta porque todo lo que recuerda a la persona, todo lo que conforma la memoria, la mantiene viva, eso sí, de una forma sucedánea, no real: «No volverás nunca más, pero perduras / en las cosas y en mí de tal manera / que me cuesta imaginarte ausente para siempre», escribe en el poema «Carta a Dolors», por eso el dolor persiste más allá del sosiego que trasmite la imagen rememorada, un dolor que tiene, por otra parte, un aspecto revitalizante: «pero de este dolor saco la fuerza / para recordarte y escribir estas palabras». En los momentos de mayor abatimiento el poeta siente que la muerte de la persona amada representa una forma, tal vez más cruel, de anticipar la propia muerte porque «más triste es ver la agonía / lenta de alguien que amas» que la de uno mismo. Un indudable acto de amor que se materializa en los versos: «El amor me mueve, el amor a cada cosa», escribe en «Casi una elegía». Son palabras, como señalábamos al principio, sencillas, comunes, que se han repetido a lo largo de los siglos, pero siguen manteniendo su actualidad, una actualidad en la que tendemos a intelectualiza en exceso el dolor, como si temiéramos desnudar nuestros más profundos sentimientos. Martí i Pol no comete ese error, por eso su dolor es un dolor colectivo, semejante al de cualquiera que haya padecido una situación semejante, eso sí, expresado con la sutileza de quien huye del victimismo, aunque se sienta abatido. Un sabio ejemplo.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 6/05/2022

JAVIER VELA. GUÍA DE PASOS PERDIDOS

JAVIER VELA. GUÍA DE PASOS PERDIDOS. PÁGINAS DE ESPUMA
 
Javier Vela (Madrid, 1981) frecuenta varios géneros literarios: la poesía, con títulos como Imaginario (2009), Hotel Origen (2015) o, el más reciente, Cuando el monarca espera (2019); la novela, con La tierra es para siempre (2019) y otros géneros sin definición concreta que compaginan géneros como el ensayo, el aforismo y el microcuento. Ahora, con este Guía de pasos perdidos, se interna en el difícil género del cuento, aunque, como veremos posteriormente, alguno de ellos, se parezca, por su desarrollo narrativo, más a una novela corta. Es el caso del que da título al libro. La búsqueda de un personaje enigmático, Karl Borromäus, permite a Vela hacer un ejercicio retrospectivo de reconstrucción con los pocos datos de que disponen, para especular sobre la vida del personaje y su destino incierto. El resultado queda en suspenso, por eso para el lector no supone una dificultad insalvable especular sobre el futuro en un desarrollo más extenso de la historia.
     «A veces pienso ―afirma Javier Vela en una entrevista― en los cuentos como en piedras de un río que, al unirse en hileras, nos permiten cruzarlo desde una orilla a otra sin que el agua nos entre en los zapatos. Los buenos cuentos tejen territorios y diluyen fronteras, desbaratando las distinciones genéricas». Y eso es lo que veremos en los once cuentos que componen el libro y, pese a que muchos de ellos poseen diferente extensión, todos mantienen la tensión propia de lo breve. «La crucecita» y «Fabio», dos de los más cortos ―«Zoológico privado» es, con mucho, el más breve―, esconden entre líneas, más que una historia, la intensidad de lo simbólico y la fuerza que un objeto aparentemente insustancial o una situación anodina pueden ejercer sobre el desarrollo de los acontecimientos. La atención al detalle que modifica la conducta o convierte en anómalo y determinante un suceso cotidiano. Lo vemos en el segundo relato citado, que comienza con esta frase: «Fabio y sus padres cenan en silencio bajo el amparo de la tarde estival» y finaliza con esta reflexión: «Silueteado ahora entre las sábanas, Fabio descansa al fin en la certeza de que el mundo, más sólido que antes, seguirá ahí esperándole cuando el emerja del sueño. Un gato gris, un árbol, el canto mudo de un pájaro. La realidad se apaga. Sus ojos se van cerrando». En medio, la discordia crece en medio de reproches e imprecaciones mientras Fabio fantasea con la comida que holgazanea en el plato. Después, ya en su cuarto, tumbado en la cama, decide internarse en la noche y caminar por el bosque, lejos de sus seres queridos. Al cabo de un tiempo ―¿unas horas?― regresa a casa. Las cosas siguen estando en su sitio, Aparentemente nada ha cambiado, pero él siente cierta transformación en su interior. El final, como hemos visto, resume a la perfección, sin desvelar el misterio, la situación. Esa es la esencia del relato y Javier Vela lo ha abordado con inteligencia y sabiduría. Tal vez uno de los más inquietantes sea el titulado «La habitación». La narradora describe a un padre que es un compendio de «virtudes»: maltratador, borracho, violador. La madre parece ignorar sus actividades. Una situación, lamentablemente, más habitual de lo que queremos suponer. El relato va avanzando desde el pasado al presente y lo hace a través de unos pocos detalles, descritos con una economía narrativa digna de reseñar. Cuando el padre muere, la protagonista, que ya ha dejado de ser una adolescente atemorizada, sin embargo, no logra restablecer la serenidad en la mente El daño infligido es demasiado grande: «Siempre me he preguntado cuán responsables somos de aquello que ignoramos y si lo que sabemos, por impreciso que sea, no nos obliga al menos a llamar a otras puertas y a hurgar en los desvanes en que a menudo preferimos no entrar», dice la narradora. Son solo unos ejemplos de lo que podemos encontrar en este estupendo libro de cuentos.
 

JAVIER DEL PRADO BIEZMA. LIBRO DE LAS NEGACIONES.

 
JAVIER DEL PRADO BIEZMA. LIBRO DE LAS NEGACIONES.
EDITORIAL CHAMÁN EDICIONES
 
En el poema que abre el libro, un poema prologal a la manera de José Hierro, quien siempre utilizaba este procedimiento en sus libros, Javier del Prado Biezma (Toledo, 1940), nos expone la intención con la que ha escrito estos poemas de largo aliento: «Dijiste no a la ebriedad de los sentidos, / a cualquier ebriedad, / que pudieran calmar el agua, el fuego, el viento, / todo, salvo el amor y la palabra, / la pura geometría del labio y de la sílaba». Prevalece, por tanto, en esta concepción del mundo, la razón lógica, solo perfilada por la fuerza del amor, que conlleva siempre ciertas dosis de irracionalidad, necesarias además para convertir esa emoción en palabras. Me vienen a la memoria unas palabras del poema que Hegel dedicó a Hölderlin: «Ebrio de entusiasmo captaría yo ahora las visiones de tu real naturaleza, comprendería mejor tus revelaciones, y sabría interpretar de tus imágenes el sentido supremo» y, tal vez, después de leer ese primer poema, para captar ese sentido supremo, la mejor manera de leer este libro sea comenzar por la última parte, la titulada «Poemas del No», porque en los cinco poemas que la integran encontramos el compendio de todo lo descrito en los poemas precedentes. Un no a la propia ciudad, un no a Toledo ―ciudad en la que nació pero que debe abandonar a los dos años, como consecuencia de los Consejos de Guerra que sufren sus padres―, un no al regreso, «Un no en el que se morían todas las madres y todas las hermanas, / arrumbados sus ojos verdes y canela por una palabrería asfixiante y obscena / de muertos y de olvidos», un no al vértigo, un no, sin embargo, contradictorio que niega la vida para afirmarla: «Dijiste no a la vida, para encontrar la Vida; / y eres incapaz, ahora, de decir no a la vida, para aceptar la Muerte».
Javier del Pardo Biezma posee una excelente y amplísima trayectoria como escritor. Poeta, novelista, traductor y crítico literario, ha publicado en un buen número de títulos, entre los que mencionamos “Fragmentos de una autobiografía imposible” (1983), “La palabra y su habitante” (2002), “En las márgenes de… (2006), “El mirador del Berbés” (1989), Elegía por la muerte de Julienne Danielle” (2022), “Fragmentos de un sueño” (cuentos) (1993), “El bienio aciago “(1997) o la novela “El año de los tulipanes”, (2003). Sin embargo, quizá por estar publicados en editoriales minoritarias, no han tenido el alcance que, a buen seguro, merecen. A esta circunstancia podemos añadir, a tenor de lo leído en “Libro de las negaciones, que estamos frente a una literatura compleja, plagada de innumerables referencias culturales no siempre accesibles para un lector común, dueña de un lenguaje prolífico que no rehúye la ambigüedad y la aparente contradicción, y es que, frente a la preponderancia del no, encontramos también razones afirmativas, como en el apartado «De la emergencia del sí y del abrazo», en el que podemos leer versos como estos: «Dijiste sí a los nombres de los lugares, de los pueblos, de los ríos, de las montañas marrones, verdes, azuladas, blancas», que pertenecen a la «Oda al sí de los lugares con nombre» o estos otros de «Oda al hotel»: «Dijiste, sí al hotel de Florencia porque en él anidaron los instantes más altos / de tu deseo de belleza, / de tu deseo de belleza…». La apuesta es diáfana. El no que grita con desesperación del Prado es un no a la despersonalización de la sociedad actual, en todos sus registros, y un sí a todo aquello, actos, sucesos, emociones, que ha significado algo en su vida y el mar, que «es la perfecta formulación de una ausencia presente», valga el oxímoron, y, entre otras cosas, símbolo de perpetuo movimiento, de infinitud y de misterio encarna una parte insustituible en esa transformación. Del Prado analiza en estos poemas de métrica no siempre sujeta a pautas tradicionales y ritmo acentual variable ―«El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universa», escribió Octavio Paz―la propia esencia del ser humano, y lo hace, o lo intenta hacer ―con esa vocación de fracaso que anida en todo escritor―, desde todas las aristas de la existencia, desde todo tiempo vivido, echando mano cuando es preciso de la colaboración de lo imaginario, por eso su poesía posee un afán de totalidad y su lenguaje una fuerza vital que invita a reformular la historia, el pasado, la vida y hasta la propia identidad. ¿Se puede exigir más?
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 29/04/2022

JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. CUANDO TODOS SOÑÁBAMOS CON ORNELLA MUTI.

JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. CUANDO TODOS SOÑÁBAMOS CON ORNELLA MUTI.
VALPARAÍSO EDICIONES
 
La función principal del título de un libro de creación es ofrecer pistas sobre lo que encontraremos en sus páginas. Esta circunstancia resulta especialmente relevante en las obras narrativas, pero las poéticas, al menos en los últimos tiempos, tampoco se sustraen a este propósito. El libro que hoy nos ocupa nos proporciona un claro ejemplo. Ornella Muti, actriz nacida en Roma en 1955, se convirtió, gracias a su belleza, en todo un símbolo sexual en las postrimerías de la década de los setenta ―en aquella época «era todo más oscuro, sin embargo, parecíamos alegres», escribe nuestro poeta― y continuó siéndolo en las décadas siguientes. Que aparezca en el título como un sueño inalcanzable revela, por una parte, la edad del autor y, por otra, la intención de este de enmarcar temporalmente el contenido de los poemas. Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, 1957), comenzó a publicar de forma tardía acaso por su temprana dedicación a la docencia. Su primer libro, “Panorama desde el ático”, data de 1998, pero, desde esa fecha, la escritura poética y la traducción ―ha vertido con fortuna al español a autores como los norteamericanos Donald Hall, Billy Collins, Philip Levine, Charles Simic o Sharon Olds, entre otros― se han convertido en un desempeño constante. En “Cuando todos soñábamos con Ornella Muti”, su primera entrega después de la publicación de la antología “Ámbito sustancial” (2019), nos encontramos con una voz ya lo suficientemente temperada como para adentrarse en el territorio de sus primeros años de existencia, recreada en poemas reflexivos, meditativos y con las dosis justas de melancolía («Y la melancolía, / tu puta melancolía, / como avispas zumbando alrededor del pozo», escribe en «Imagen congelada». Sería ocioso afirmar que estos poemas carecen de nostalgia por una época que la distancia ha idealizado en alguna medida, pero no existe, como podemos leer en cierta poesía actual, deleite alguno en ello, aunque el autor, haciendo profesión de fe, afirme en el primer verso del libro lo siguiente: «En mi libro escribo lo que quiero», pero todo lector sabe que esta declaración de intenciones, con ser muy loable, no se ajusta a la realidad. Es el poema el dicta lo que ha de escribirse, en ocasiones, muy a pesar del propio poeta.
     El libro está dividido en dos secciones que parecen diferenciar dos etapas vitales. En la primera de ella, la mirada se pierde en los laberintos de una infancia que se construye con los vestigios que la recuerdan: «Los restos de una silla, una bicicleta vieja, / el mismo desconsuelo de los domingos lentos de la infancia; / la perversión del tiempo en los vestigios». Vista con los ojos del hombre maduro, las carencias de aquella época, tintada con la luz de la ingenuidad y de la inexperiencia, eran el sustrato de una sociedad sumida aún en el miedo y en la miseria, por eso el poeta no la observa con rencor: «Aquellas películas ―ahora lo entiendo― no eran tristes, / eran sencillamente nuestra historia / hecha de mentiras aceptadas, de sueños inciertos, / de proyectos ingenuos, de grises palabras aprendidas / en las aulas y nunca rumorosas». Probablemente, versos como estos conmuevan a aquellos lectores que han compartido este tipo de vivencias, vivencias que parecerán a los más jóvenes como algo anacrónico y, seguramente, literaturizado en exceso. Resulta inevitable, pero es ahora, cuando, ya entrado en años, el poeta puede objetivar una experiencia que, al fin y al cabo, como se deduce del poema titulado «Anagnórisis» ―uno de los mejores de este libro plagado de excelentes poemas―, es común a todo ser humano.
     En la segunda parte, la infancia da paso a la adolescencia, a la madurez, si bien es verdad que dichas secciones no son estancas, hay filtraciones temporales entre una y otra. El poeta echa la vista atrás y comprueba que, por desgracia, «Nada ha cambiado en cuarenta y cinco años», aunque sea consciente de que afirmar esto es una temeridad. Otra cosa es que quien escribe se reconozca en el espejo del tiempo y no advierta cambios íntimos sustanciales: «Mi imagen multiplicada hasta hacerse infinita, / el reflejo y las réplicas del extraño que soy, un hombre / repetido hasta el abismo. // ¿Quién de ellos soy yo: / los ojos que me miran de frente, los ojos que me acechan / desde el azogue íntimo que mi espalda nubla?», algo que, pese al sabor amargo que deja el paso del tiempo y la prevista llegada de la vejez, la secuencia narrativa de los propios poemas se empeña en desmentir. Son estos, los poemas, los que rescatan la luz ―es cierto, no tan impactante y luminosa como parecía entonces― de aquella época, aquilatada ahora por mor de la experiencia y de la confianza en poder salvífico de la palabra. Juan José Vélez Otero ha conseguido hacernos cómplices de sus vivencias, de las impresiones que dejó grabadas en su memoria un tiempo no tan lejano, pero sí muy distinto a este, con versos pulidos y plagados de poderosas imágenes que alimentan «la larva malograda y proscrita / de este hombre que ahora rememora indefenso».
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 22/04/2022
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JAVIER BOZALONGO. NOMBRAR LA HERIDA

 
JAVIER BOZALONGO. NOMBRAR LA HERIDA. SONÁMBULOS EDICIONES.
 
Según Octavio Paz, «La realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad». Según esto, Paz cree que el lenguaje construye y da forma a lo real y deposita una fe sin fisuras en el poder de la palabra, algo que comparte Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) ―autor de títulos como “Viaje improbable” (2008), “La casa a oscuras” (2009) o “Todas las lluvias son la misma lluvia” (2018)― que ha puesto todo su empeño en dar voz a las protagonistas de unas vidas malogradas, cercenadas por la violencia inherente a toda sociedad enferma. El acto de nombrar, de alguna forma, refuerza la memoria y pone en alerta a las conciencias adormecidas, restituye la cadencia natural de los acontecimientos, visibiliza, en fin, la tragedia. «Nombraros ¿no es poseeros / para siempre, cosas, nombres?» se preguntaba José Hierro en el poema «Nombrar perecedero». Otra cosa es analizar si la palabra poética es eficaz o no a la hora de salvaguardar la dignidad dentro de una sociedad corrompida y autocomplaciente y si esa palabra comprometida es capaz de mantener su esencia. Sobre este asunto, Luis Bagué Quílez afirma que estamos ante «una lírica que no renuncia ni al egotismo ni a la meditación elegiaca, pero que ensancha este espacio discursivo con una mirada atenta al universo urbano y al entramado cívico subyacente». Bozalongo no parece albergar dudas al respecto porque piensa, con León Felipe, que «el poeta habla desde el nivel exacto de la hitoria» y ha dedicado el rigor de su palabra a dar respuesta a los que ocurre en el mundo, a denunciar la injusticia del olvido, probablemente porque cree, como le ocurría a Benedetti, que la única salvación de la palabra es ser el instrumento para restablecer la dignidad perdida, por más que sea consciente de que su denuncia «no mitiga el dolor / ni busca compasión, / es solo una advertencia hacia el futuro».
     El libro comienza con sendos poemas dedicados a la madre y al padre, respectivamente, del poeta. Son poemas intimistas, de agradecimiento vital que, a precisamente por esa declarada intención, acentúan el contraste con el resto de “Nombrar la herida”, de carácter más social y comprometido, que describen el drama y el horror que han sufrido ―que sufren― mujeres y niñas con nombres y apellidos. Son poco más de veinte, pero encarnan el sufrimiento de miles, de millones de seres que padecen en silencio la violencia patriarcal, la incomprensión familiar e institucional, la exclusión social, en definitiva. «Yo quise únicamente tener una familia, / ver crecer a mis hijos / soñando que él volvía a casa del trabajo / y a pesar del cansancio podía sonreír», dice Ana en la primera de la sección «Las heridas». El escenario, la geografía de las situaciones descritas difiere en muchos de los casos, pero un mismo destino pone fin a cada historia personal. Asesinadas por su activismo social, como en el caso de Berta Cáceres, quién creía en el poder transformador de la palabra: «La palabra ha sido suficiente: / con ella convencí a todo un pueblo / y lo movilicé contra el abuso / que en su interés los poderosos / hacen creer en los despachos». Como vemos, el lenguaje de Bozalongo es directo, informativo, sin concesiones a la retórica porque se atiene a los hechos. No dramatiza de forma superflua, pero tampoco esquiva la crudeza. En estos poemas hay una justa proporción entre ética y estética, entre crítica social y rigor verbal que tiene un efecto catártico, no se trata de reabrir heridas, pero esas vidas truncadas merecen que el poeta extreme la fuerza expresiva de su discurso para que la servidumbre de lo habitual, por una parte, no nos convierta en sordos y ciegos y, por otra, para que su valor simbólico no desvirtúe los efectos del recuerdo: «No hay en el cementerio un lugar para mí, / no hay lápida, / no hay flores, / nadie me está llorando / porque nadie recuerda quién era cuando vine». Todas las circunstancias descritas no han perdido, desgraciadamente, vigencia alguna. Las mujeres siguen padeciendo trata de blancas, prostitución, maltrato doméstico, violaciones, exclusión religiosa y otras muchas formas de sometimiento, por eso este libro, de innegable calidad poética, es también un necesario alegato de las víctimas. La manifestación más elevada de la literatura, de la poesía en este caso, consiste en expresar el miedo a la muerte y las consecuencias que dicho suceso tiene no solo en quienes la padecen, sino en esos testigos involuntarios que la sufren en silencio
     En «Vivir solo», el último poema de «Epílogo», la sección final del libro, Bozalongo escribe: «Por eso me da miedo vivir solo, / por si después no encuentro los recuerdos / escondidos en todos los rincones». La mejor manera de evitar esa especie de amnesia es nombrar, hacer visible las heridas que inflige el más fuerte sobre el más débil, alimentar la memoria con la evocación, con la intención de que el anonimato no oculte la verdad, con la esperanza de que la barbarie no quede impune. Javier Bozalongo, como escribe María Alcantarilla en la contracubierta, «nos conduce de la mano y nos insta a caminar a través de las vidas de más de una quincena de mujeres cuyos destinos, además de dolorosos, resultan admirables por la humanidad con la que el autor nos las presenta».
Reseña publicada el 14/04/2022 en El Diario Montañés

LUIS ALBERTO DE CUENCA. DESPUÉS DEL PARAÍSO

LUIS ALBERTO DE CUENCA. DESPUÉS DEL PARAÍSO. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR.
EDITORIAL VISOR POESÍA
 
En la «Nota de autor» que precede a los poemas Luis Alberto de Cuenca esboza algunas e las razones que le han llevado a escribir este libro: «“Después del paraíso”, cuando la serpiente se salió con la suya haciendo que nuestra madre primigenia ―Lucy la llaman los paleoantropólogos― comiera del fruto prohibido, las cosas no les han ido bien a los seres humanos. Demasiadas preocupaciones, demasiadas angustias, demasiadas desilusiones para tan pocos años de vida». Estamos ante un libro extenso, de más de cien poemas «escritos para constatar nuestro fracaso como inquilinos del empíreo». Para Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), autor de algunos de los libros más influyentes de los últimos años, desde “La caja plata” (1985), “Por fuertes y fronteras” (1996) hasta “Cuaderno de vacaciones” (2014), la poesía es la herramienta más adecuada para salvar del olvido los momentos felices, evanescentes por naturaleza, y para minimizar los efectos que la pérdida del paraíso provocó en los genes del ser humano. La poesía se concibe, por tanto, como una especie de escudo frente al destino aciago, como la tabla de salvación que nos rescata del naufragio existencial.
     El libro ―que ratifica las ideas estéticas de nuestro poeta, fraguadas en torno al inteligente uso de la ironía, salpimentada con dosis de historia, de mitología y de cultura popular con extremada proporción― está dividido en cinco secciones. La primera, «Costa esmeralda», comienza con el poema «Deseo permanente», en el que el poeta, consciente de su edad, se interroga sobre los efectos del deseo en la vejez: «La vejez parece que triunfa / sobre el deseo y lo destierra», escribe, para preguntarse, como jugueteando con una persona interpuesta, pero con un trasfondo nostálgico evidente «¿Qué pinta entonces el deseo / que ahora, en plena edad tercera, / llega hasta ti para amargarte / el poco tiempo que te queda?», para constatar, al fin, en una respuesta de carácter universal, que «el deseo será tu dueño / hasta el final de tu existencia». A esta sección pertenece el poema que da título al libro, en el que justifica la imposibilidad de recuperar el favor de los dioses y, por tanto, la obligada renuncia a regresar al paraíso. Desde entonces, el ser humano vive en la intemperie, a merced de los vaivenes del destino, en ese «impreciso / límite que separa el vicio de la verdad», y sobre las múltiples formas de soportar el exilio escribe Luis Alberto de Cuenca, con una desenvoltura solo aparente, pues sus poemas son construcciones rítmicas y verbales perfectamente elaboradas. Su destreza y su conocimiento de la tradición ―por sus poemas aparecen Platón, a quien considera no «solo un genio del pensamiento humano / sino también un mago de la literatura», Safo, Plutarco, Lope de Vega, Aldana, Lord Dunsany, Draper, Arthur Machen, por ejemplo― le permiten lo mismo escribir un conjunto de haikus («Por culpa de Safo» o «Tus pies y el mar»), que poemas en hexámetros («La espina que me ofreces» o «Mientras duermo») o en otros metros más habituales.
En la segunda sección, «Epigramas amorosos», recurre a los «topoi» más habituales. El amor como dueño y señor de nuestras vidas, la albada, la recreación física del cuerpo que duerme al lado, la infidelidad, la fragilidad del amor eterno («porque los juramentos / de amor valen lo mismo que un estante / sin libros, que una casa sin ventanas»), la nostalgia de otra época en la que el amor no era «este mar iracundo y terrible de ahora, / sino un estanque tibio donde darse un buen baño, / un oasis de luz en medio de la niebla», el abandono, la incomprensión, el abandono. Acaso sea en esta sección donde la ironía cobra mayor protagonismo, y gracias a ella se minimiza la afectación de algunos versos que, por otra parte, nos recuerdan a los menos logrados de Carnero y Gimferrer en sus últimas entregas y a las letras de algunas canciones, en este caso las mejores, canciones de moda.
    «Mientras duermo y otros poemas» es, tal vez, la sección más heterogénea. Son muchos los temas que modulan los versos. La pandemia, afortunadamente ya en su fase final, pero en su fase ascendente cuando se escribieron algunos de estos poemas, es motivo de reflexión. Aunque el autor se encuentra bien de salud, «El hecho es que, a pesar de las bondades, / que se acumulan a mi alrededor, / sigo sintiendo un pánico cerval / más a menudo cada vez». Es consciente de que el temor a la muerte no tiene razón de ser, pues sucederá inevitablemente, queramos o no, aunque en no pocas ocasiones esta constatación no mitiga la angustia vital. El deseo, para De Cueca, sigo siendo el mejor antídoto para este veneno.
    «Suite virgiliana» contiene alguno de los poemas más rotundos y meditativos del libro, como «La edad de oro» (I) y (II), en los que culpa a un Dios que siente envidia de la felicidad humana, de introducir el veneno de la enfermedad, del trabajo y la muerte «de modo que hizo un cóctel / con miedo y sufrimiento, vejez y enfermedad, / y se lo dio a beber a los seres humanos». Después del paraíso finaliza con la sección «Hojas sueltas» integrado por poemas de registros distintos, pero con una similar preocupación estética y ética, incluso social, podríamos decir, como en estos versos: «¿Hasta cuándo Occidente va a asistir, impasible, / a sus propias exequias, envuelto en el sudario / de la autoinculpación y de la cobardía?», que tristemente están de actualidad y nos hacen pensar en el terrible conflicto de Ucrania.
 
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 8/04/2022

DÁMASO ALONSO. GOZOS DE LA VISTA.

DÁMASO ALONSO. GOZOS DE LA VISTA. EDICIÓN DE PINO MENZIO. CENTRO CULTURAL DE LA GENERACIÓN DEL 27
 
Dámaso Alonso nació en Madrid en 1898, ciudad en la que falleció en 1990, fue poeta «solo a rachas», como en alguna ocasión se le ha definido. Su labor fundamental se ha desarrollado en el ámbito de la filología. Fue catedrático en las universidades de Valencia y Madrid además de ejercer como profesor en universidades americanas e inglesas durante algunos años. En 1968 fue elegido presidente de la Real Academia de la Lengua. Su primer libro, Poemas puros, poemillas de la ciudad, data de 1921. Tras un periodo de más de veinte años de silencio, en 1944 publica dos libros, Oscura noticia ―cuyo título proviene de un verso de san Juan de la Cruz y recoge poemas escritos entre 1919 y 1924 ― e Hijos de la ira. Este último título se convertiría pronto en una obra de referencia para los poetas de posguerra, inaugura lo que se ha convenido en llamar «poesía desarraigada» e influye de manera decisiva en la llamada poesía social. Alonso se consideró, poéticamente hablando, más cerca de la Primera generación de posguerra que de la Generación del 27, probablemente porque fue a partir de estos dos títulos cuando encuentra su voz más personal, una voz desgarrada de tono existencial que apuesta por un lenguaje prosaico, el más apropiado para trasmitir el dolor y la indignación por los violentos acontecimientos que le había tocado vivir ―la Guerra Civil española y las dos guerras mundiales―, un lenguaje capaz de establecer un vínculo irrompible entre el sentimiento con la historia, muy diferente del esteticismo que predominaba en su primera entrega, tan cercano a la poesía pura e intimista de herencia juanramoniana, como el propio título delata. Llama la atención, además, la creencia en un Dios omnipotente que, sin embargo, priva no se manifiesta en toda su potestad ―«el Dios de Dámaso Alonso es un Dios silencioso, hasta el punto de hacernos dudar a veces de su existencia», escribe Menzio―como único camino de salvación. Aunque el carácter imprecatorio no está del todo ausente, en estos poemas el ser humano se convierte en el protagonista central y la idea de que gracias a la fe este conseguirá la redención y el perdón fecunda toda su poesía. El propio poeta lo explica con unas palabras que aún hoy en día no han perdido vigencia: «Para otros, el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla. Sí, otros estamos muy lejos de toda armonía y de toda serenidad. Hemos vuelto los ojos en torno, y nos hemos sentido como una monstruosa, una indescifrable apariencia, rodeada, sitiada por otras apariencias tan incomprensibles, tan feroces, quizá tan desgraciadas como nosotros mismos… Y hemos gemido largamente en la noche. Y no hemos sabido hacia dónde vocea».
Aunque Gozos de la vista es una de sus últimas obras ―vio la luz en 1981―, algunas de sus partes se publicaron ente 1954 y 1957, lo que ha provocado cierta desubicación crítica. Probablemente fue una decisión voluntaria del poeta, para distanciarse de alguna forma de la fuerza centrípeta de Hijos de la ira y Hombre y Dios (1955), escrito al tiempo que Gozos de la vista. Dámaso Alonso, siendo muy joven enfermo gravemente de la vista y no resulta improbable que esta circunstancia alentara la escritura de este libro. Según Pino Menzio, el autor de esta edición, Gozos de la vista «se podrá considerar un texto de carácter “perceptológico”, es decir, marcado por la exaltación, posiblemente un poco ingenua, del sentido de la vista: interpretado […] como superior a los demás sentidos y celebrado por su capacidad de captar colores, los matices, los contrastes formales de la realidad…». Los ojos y la luz adquieren, por tanto, una importancia capital para percibir el mundo: «Mis ojos inventores crean la luz. / Colaboran a cada millonésima parte de segundo / en el plan providente de la gran Creación: / prolongan Creación, inventan luz». El hombre se hace así cómplice de Dios en la creación y contribuye además a perfeccionar con su mirada la obra divina: «Sí, me eriza de espanto pensar que ni a Dios mismo / le es dado deponer ―ni un instante― / la cuidad sin riberas de su vista, / tan lejos de la humana: / que para ver, humanamente, / su Creación, / necesita mirarla / a través de mis ojos, / a través de los ojos/ del Hombre». Estos ojos, sin embargo, no son unos ojos cualquiera, son los del poeta, un ser este que, gracias a la palabra poética, por su carácter simbólico y metafórico  logra desvelar los oscuros resortes de la realidad: «El objeto del poema no puede ser la expresión de la realidad inmediata y superficial ―escribe Alonso―, sino de la realidad iluminada por la claridad fervorosa de la Poesía: realidad profunda, oculta normalmente en la vida, no intuible, sino por medio de la facultad poética, y no expresable por nuestro pensamiento lógico». La relación de dependencia entre el Hombre y Dios a la hora de completar el proceso de la Creación es notoria en muchos momentos de estos poemas, pero quizá sea más explícita en los versos que ponen fin al volumen: «Yo digo “Dios”, y quiero decir “te amo”, / quiero decir “Tú que me ardes”, quiero decir “tú, tú, que me vives, vivísimo, alertísimo”, / te digo “Dios”, como si dijera “deshazme, súmeme”, / como si dijera “toma este hombre-Dámaso, esta diminuta incógnita-Dámaso, / oh mi Dios, oh mi enorme, mi dulce Incógnita». El objetivo final de Gozos de la vista no es otro que dejar testimonio de la felicidad que supone el poder contemplar l mundo físico en general y, en particular, las cosas, los objetos de su entorno con los cuales se establece una relación de dependencia. A través de los ojos, el poeta entona un canto de gratitud que no es solo contemplativo ―gracias a los ojos puede captar la realidad en su mayor amplitud―, sino activo, porque el lenguaje las reconstruye y las perfila hasta convertirlos en gracia y luz de la existencia.
https://elcuadernodigital.com/2022/04/04/gozos-de-la-vista/

CENTENARIO DE JOSÉ HIERRO

RESONANCIA IMPERECEDERA
 
Hoy, tres de abril, José Hierro hubiera cumplido 100 año, pero falleció falleció el 21 de diciembre de 2002, rebasados los ochenta. Dentro de unos meses, por tanto, se cumplirá el vigésimo aniversario de tan triste suceso. No han trascurrido muchos años como para que su poesía haya perdido, de cara al lector, el estímulo que añade la presencia de su creador, por esa razón, es muy probable que este periodo sea también insuficiente para leer con el debido distanciamiento a un poeta con el que, en mayor o menor medida, hemos convivido. No resulta improbable, además que, como ha ocurrido con otros grandes poetas, su poesía acabe padeciendo, durante una etapa de duración incierta, la negligencia del olvido y resurja posteriormente con mayor intensidad, con mayor hondura, si cabe. T. S. Eliot afirmaba que «ninguna reputación literaria conserva siempre exactamente el mismo lugar», y no nos faltan argumentos para pensar que está en lo cierto. Su admirado Dante, le facilita un buen ejemplo. Al amparo de esta certeza resulta lícito preguntarnos por la vigencia de la poesía de José Hierro, una poesía que, a grandes rasgos y con todas las prevenciones posibles, podemos distribuir en dos etapas. La primera abarca desde su primer libro, “Tierra sin nosotros” (1947), hasta “Cuánto sé de mí” (1957). La segunda, desde “Libro de las alucinaciones” (1964), pasando por “Agenda” (1991) hasta llegar a “Cuaderno de Nueva York” (1998). ¿Cuál de estas dos etapas está más viva en la mente del lector? No resulta fácil saberlo, pero, a la hora de decantarse por una u otra, los gustos de dicho lector ―tan diversos― son determinantes, aunque a consolidarlos no sea ajeno además el inusitado y sorprendente éxito que obtuvo su último libro, éxito que ha propiciado que alguno de sus poemas, como el soneto titulado «Vida», corran de boca en boca. En cualquier caso, en esa elección prevalecerá el deseo de encontrar respuestas en poemas ajenos a nuestros propios interrogantes, pero también a nuestra relación con el mundo y con el prójimo, como ocurre, por ejemplo, con estos versos iniciales del poema «El enemigo»: «Nos mira. Nos está acechando. Dentro / de ti, dentro de mí, nos mira. Clama / sin voz, a pleno corazón. Su llama / se ha encarnizado en nuestro oscuro centro». Otra cosa es cómo leen a Hierro los poetas actuales.  Nos consta que, durante los últimos años de su vida, su poesía fue muy leída y ejerció una notable influencia sobre poetas jóvenes y no tan jóvenes y, a tenor de la información que uno, como crítico literario, ha ido recabando en los últimos años, parece que dicha influencia sigue siendo reseñable. No en vano conviene recordar que la revista “Quimera” puso en marcha en el año 2013 una encuesta en la que preguntaba a poetas, editores y críticos sobre los diez libros de poesía más relevantes desde 1977 hasta 2012 y el resultado confirmaba e gran medida lo que habíamos adelantado: “Cuaderno de Nueva York” ocupaba el segundo lugar en la citada lista. Sin embargo, no toda la obra de un poeta goza de la misma unanimidad. Los libros de poemas vinculados a la poesía social tuvieron en su época una innegable repercusión, pero hoy en día las circunstancias, afortunadamente, ya no son las mismas, y el valor testimonial que entonces los laudaba se ha ido diluyendo en el aire de nuestro tiempo. En el caso de Hierro parece evidente que esa segunda etapa es la preferida por los poetas, tal vez porque la combinación de lo que Hierro denominó «alucinación» y «reportaje», los dos ejes sobre los que giran sus poemas y que en absoluto forman compartimentos estancos, se decanta más hacia la alucinación a partir de “Libro de las alucinaciones” (aunque hay, como sabemos, poemas «alucinados» en sus anteriores títulos, sobre todo en “Cuanto sé de mí”). Y es que en la poesía española de los últimos años, aunque conviven en buena sintonía diferentes tendencia, esas oscilaciones del gusto que las modas estéticas procuran nos informan de que existe cierto consenso a la hora de considerar al irracionalismo, la intertextualidad y el collage como algunas de sus más llamativas características, elementos cuya resonancia está muy presente en la poesía más imperecedera de José Hierro.

*Artículo publicado en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés. 1/04/2022

CARMELO GUILLÉN ACOSTA. EN ESTADO DE GRACI

CARMELO GUILLÉN ACOSTA. EN ESTADO DE GRACIA. COLECCIÓN CALLE DEL AIRE, 212. EDITORIAL RENACIMIENTO.
Si tuviéramos que resumir las características más relevantes de este libro lo haríamos recurriendo a dos aspectos: en primer lugar, en lo que respecta a la forma En estado de gracia es un libro impecable, plagado de endecasílabos y alejandrinos perfectamente construidos ―hay también algunos poemas escritos en heptasílabos, igualmente musicales― y, en segundo lugar, temáticamente, estamos ante un incesante himno de agradecimiento por el mero hecho de estar vivo, por la gracia del amor que le permite gozar de las infinitas maravillas que el Creador ha puesto a nuestro alcance.
Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955) ―autor de libros como Aprendiendo a querer. Poesía (revisada) completa 1977- 2007 (Númenor, 2007). La vida es lo secreto (Adonáis, 2009) y Las redenciones (Renacimiento, 2017)― confía en la palabra sin adornos para trasladar a sus lectores el convencimiento de que estar en el mundo significa establecer una comunión profunda con las cosas que nos rodean y dan a la vida su porqué: «Sin duda es la palabra capaz de redimirte […] Es la palabra viva / con la que identificas tu afán de compromiso, / tu acostumbrado vínculo con aquellas rutinas / que son tu inmediatez, tu fecundo presente; / la palabra que asignas a cualquier menudencia / y que enhebra una vida en estado de gracia». Estos versos pertenecen al último poema del libro, significativamente titulado «Gratitud», que puede leerse como colofón a la tesis que los poemas precedentes van hilando con sutileza, una tesis, por otra parte, reiterada y ya expuesta en su obra anterior.
En estado de gracia se divide en dos secciones ―tres, si contamos la que contiene el último poema― muy relacionadas entre sí, pero con algunas diferencias. Si en la primera, el ansia de plenitud espiritual se ve colmado por los pequeños detalles que dan sentido a la vida ―«apreciar lo poco», según escribía Leopradi―, en la segunda, la presencia del dolor y de la muerte, sin dar un giro sustancial al aliento poemático, sí introducen algunas fisuras en esa estructura mental tan homogénea que tiene en eso que llamamos felicidad su consumación. En la primera, la acción se entiende como necesaria para alimentar la experiencia vital: «Aquí es donde sucede la verdad de la vida; / aquí, en el ajetreo de este tiempo que es tuyo», escribe. El silencio y la contemplación se convierten en requisitos imprescindibles y, sin embargo, no antagónicos con el ajetreo, para conseguir la paz espiritual.  Sin embargo, en la segunda el amor, la entrega al otro se convierte en la piedra angular de este templo sagrado que es el ser humano. La aceptación del destino no se presenta como renuncia o como expiación, sino como constatación de las dos caras que posee toda existencia.
Carmelo Guillén Acosta imprime un tono moroso y convincente a sus cavilaciones. Cada poema representa un escalón más en esa ascensión hacia el autoconocimiento y la aceptación del dolor («Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe», escribió José Hierro). Es del todo elogiable la defensa de lo cotidiano, de la vida «minúscula, / incapaz de moverse fuera de lo corriente» que hace Guillén Acosta, tal vez, sin manifestarlo expresamente, como contrapunto a esa necesidad actual de héroes que parece dar sentido a la existencia. En esas coordenadas se sitúan los poemas de En estado de gracia. Por una parte, como decíamos, los actos de una vida efímera, pero imbuida de amor y entregada al quehacer diario: «…seguir así fiel a lo nimio, / a la palpitación de lo diario, / a dejarme llevar por la costumbre / de una vida normal, igual que siempre» escribe en el poema «La verdad de este mundo». En la ayuda y el consuelo al otro (Santa Teresa de Ávila decía que «entre los pucheros anda Dios») encuentra su razón de ser: «me entrego, aun sabiendo que nada permanece, / ni yo mismo, inmortal solo en este momento; / que vivo en la tensión del hombre que se sabe / sumido en un adiós continuo de por vida». Por otro lado, la oración interior, el silencio y la contemplación: «Y cuando uno calla, Dios se expresa a sus anchas / con sus toques de gracia y acaba comprendiendo / esa necesidad de ser contemplativo, / esa clarividencia que el silencio comporta, / esa armonía final con todo lo creado» y el amor como fuerza suprema: «Porque sé que lo único que puede sostenerme / es este amor constante con que soy atraído / a todas esas cosas en las que vivo inmerso». Gracias a él, el poeta logra apreciar la bondad de todo lo que rodea, sin embargo, este encendido elogio no oculta que la otra cara de la moneda tiene un perfil más amargo: «Habito este lugar de noche agónica / frente a un cuerpo que no termina nunca / de dar su último aliento», escribe mientras vela al amigo o a un ser querido. Pese a la acendrada fe católica que destilan estos poemas, el poeta reconoce que entra «siempre en conflicto cada vez que la muerte / deja entrever su rostro, me da igual en qué forma» y este conflicto humaniza sus sensaciones y despierta nuestra complicidad de forma instantánea. Eso sí, no encontramos en él el tono imprecatorio de algunos poetas de la inmediata posguerra como Blas de Otero o José Luis Hidalgo, que recriminan a Dios su desinterés por el dolor humano  y su falta de clemencia.
La muerte forma parte de nuestra vida y, por tanto, debemos asumirla, pero hacerlo no resulta fácil: «ignoro si tendré temple / para seguir manteniendo la idea de su venida / como lo más natural», escribe Carmelo Guillén Acosta. Es sabido que solo con buenos sentimientos no se hace literatura, sin embargo, en este libro se conjugan con solvencia la autenticidad vital (Todo lo poetizado nos suena a verdadero. No hay impostura), con un notable ejercicio estilístico, retórico, en el mejor sentido de la palabra, gracias al cual el lector se impregna de esa armonía con todo lo creado que alienta los versos, y esto es, sin duda, muy meritorio.
·         Reseña publicada en la revista ÍTACA