FINGIMIENTOS. SELECCIÓN Y NOTAS FERNANDO MENÉNDEZ Y JOSÉ RAMÓN GONZÁLEZ

FINGIMIENTOS. SELECCIÓN Y NOTAS FERNANDO MENÉNDEZ Y JOSÉ RAMÓN GONZÁLEZ

EDITORIAL TREA

Que el aforismo ha adquirido en los últimos años un protagonismo del que no había disfrutado hasta entonces resulta algo innegable. Proliferan las colecciones y las editoriales dedicadas en exclusiva al género, abundan los estudios que tratan de sistematizar sus características esenciales y las antologías que pretenden establecer el canon más representativo. Existe, al parecer, un cierto consenso a la hora de elegir a los autores y son escasas las discrepancias en las nóminas de las diferentes antologías, lo que no quiere decir, como demuestra la antología que tenemos en nuestras manos, que los criterios utilizados en las diferentes elecciones sean infalibles. No es “Fingimientos” una antología al uso porque, como explica Álvaro Robledo, el prologuista, los autores en ella agrupados son escasamente conocidos por los estudiosos de género. «Eludirlos nombres habituales ―escribe Robledo― y rastrear los márgenes para atender voces desconocidas significa recuperar en cierto modo la tradición periférica y menor del aforismo, su condición subalterna y semi secreta, que ha sido su condena pero a la vez su mayor riqueza porque da voz a lo que habla desde un afuera siempre enriquecedor».

     La nómina de seleccionados no es muy amplia, pero sí muy diversa, lo que, sin duda, enriquece la muestra. Comienza con Silvia López Ariza (Logroño, 1971) que, además de ejercer como profesora en la Universidad de la Rioja, ha estudiado y antologado a los moralistas franceses como La Rochefoucauld y Chamfort. Ha publicado un libro de poemas, “El instante frágil”, en 2018. Según José Ramón González, su obra «no se ciñe a una temática única, aunque predominan las observaciones precisas e iluminadoras sobre la condición humanas». Sus aforismos están, lógicamente, influidos por los aforistas objeto de sus estudios: Veamos unos ejemplos: «La moral que obliga no convence», «Muchos viven, pocos comprenden», «Hay que caminar hacia la conciliación con uno mismo» o el nietzschiano «La genealogía de la moral para saber quién soy».

     Marco Eduardo Vargas Rodgers (Huelva, 1953), traductor especializado en disciplinas técnicas, cuenta en su haber con varias novelas, entre ellas “Alfiles y peones” (1997) y “Sombra amarga” (2006), libros de ensayo como “Elogio de la traición” (1999) y Miseria de la soledad” (2003). Ha publicado un libro de aforismos, “Atreverse” (2016), del que se han seleccionado los incluidos en esta antología, algunos de carácter metapoético, como: «Los olivos, como los aforismos, maduran lentos» o «Todo aforismo tiene su anécdota» y otros de temática más variada, como: «La razón ofende a todas las ideologías» o «Recordamos para rellenar los baches de la vida».

     Luis Curiel (Montevideo, 1951), licenciado en Derecho, ha publicado la novela “Destinos imposibles” (2010) basada en su experiencia profesional como funcionario internacional. De esta misma experiencia nace, según González, su «visión desencantada de la acción política, de los partidos y de las diferentes instituciones que mueven los hilos del poder», lo que confirman aforismos como estos: «El ánimo de un político es siempre el cinismo o el engaño» o «La economía y la justicia coadyuvan a la avaricia». Marta Isabel Suárez Lueje, nacida en Madrid en 1931 y fallecida en Berna en 2003, fue una poeta con varios títulos publicados en Suiza, su país de residencia. En 1993 publicó una selección de aforismos de carácter crítico sobre la poesía y el poeta, de los que entresacado un conjunto muy representativo: «Toda poesía tiene su doblez y su vacío», «El principio de la poesía: los versos solo pueden engendrar versos», «Todo poeta necesita su armario de vanidades», «En la cuestión de la poesía, lo menos silencioso y lo más engreído es el poeta» o «Escribir un poema es un simulacro de bello narcisismo». Otro de los autores ya fallecidos es Máximo Menéndez Morán (Gijón, 1911-Puerto Rico, 2000), profesor de metafísica. Su obra aforística, cuyo núcleo temático son las reflexiones sobre el género, ha permanecido inédita. De este rescate anotamos, por ejemplo, algunos tan sugerentes como «Los aforismos son aves migratorias, van de existencia en existencia», «En el aforismo solo lo mejor es suficiente» o el irónico «La obsesión de aforizar sobre el aforismo es la nueva neurosis aforística». El volumen finaliza con tres autores muy distintos: Pablo Montalvo Quirán (Tánger, 1960), compositor musical, y autor de aforismos sobre la música «y su capacidad para trascender la experiencia intelectual y emotiva del ser humano»: «La música es un espacio privado del corazón» o «No hay nota musical que no juegue a escondidas de deseos»; Álvaro Fernández Sierra (León, 1943-Cracovia, 2019), sacerdote y profesor en diferentes universidades jesuitas  y autor de libros aforísticos como “(Per) Versiones dividas” (1986) o “Itinerario del amor divino” (1993) en los reflexiona, no sin ironía, sobre la religión: «Si existiera Dios el pensamiento sería imposible» o «Dios es sordo y permanece sordo», y, por último, Mercedes Sánchez Lobera (Mieres del Camino, 1957), profesora de Filosofía y autora de la novela “En busca de mí, yo (sic)” y de la obra teatral “Largo día” (2001). El tema metafísico protagoniza sus aforismos: «En cada lugar que hemos habitado dejamos residuos metafísicos” o «El hombre es una síntesis del ser y el no ser». Fernando Menéndez como responsable de la selección de los autores, y José Ramón González como autor de las notas introductorias ofrecen al lector una alternativa absolutamente recomendable a las antologías dominantes, demostrando que el canon no está muy abierto. Hay muchos nombres aún por descubrir, que buscan su propio lugar, con toda justicia.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 25/11/2022

Anuncio publicitario

NONI BENEGAS. FALLA LA NOCHE.

NONI BENEGAS. FALLA LA NOCHE. BARTLEBY EDITORES

La noche es, para Noni Benegas (Buenos Aires, 1951), «un campo de minas / de fosfenos y alambradas / que empieza en el lóbulo frontal», pero más que la noche, parecer ser el insomnio el causante de que sus pensamientos se desboquen y la lleven a precipitarse en el abismo de la culpa, asunto central, como luego veremos, de la última sección de “Falla la noche”, el nuevo libro de esta autora que cuenta en su trayectoria con un amplio historial de títulos, entre los que mencionaremos “Argonáutica” (1984) “La balsa de la Medusa” (1896), “Cartografía ardiente” (1995), “Fragmentos de un diario desconocido” (2004), “De este roce vivo” (2009), “Lugar vertical” (2011), “Animales sagrados” (2012) y “El ángel de lo súbito” (2014).

     La primera sección, de las cinco en las que está dividido el libro, se titula «Signos», y en ella se esbozan, de forma poética, distintas formas de “significar”. A su manera, una teoría del signo y su relación con el cuerpo subyace en estos versos: «Cuando el cuerpo está inmóvil / apenas teclea», pero, obviamente, más que la relación física, lo que se interesa es la relación emocional entre la mente y las distintas formas no solo de emitir el signo lingüístico, sino de ser capaz de recibirlo (como íntérprete, siguiendo a Charles Morris). A este aspecto nos parecen remitir las menciones a poetas como Wallace Stevens, William Carlos William o Sharon Olds. Pero la palabra no es, en ocasiones, la mediadora perfecta. A veces, su significado se escapa al entendimiento, crean frases que traicionas la idea primigenia, como expresan estos versos: «Así, de frase en frase, / haber dicho por ímpetu / lo imposible de trasmitir», son incapaces de trasmitir «lo que está debajo del discurso», por eso, para comunicarnos, necesitamos el concurso de otros signos, menos contundentes, quizá, menos visibles, como, por ejemplo, el silencio, la mudez.

     «El mundo» se titula la segunda sección, en la que prima lo exterior, el mundo de afuera, lo físico, podríamos decir.  Lo real se hace presente y conforma la identidad de quien observa: «Ahora soy un objeto frágil / en manos / de una torpe relojera, // atraso atraso /adelanto adelanto // marco horas disparate / que suceden en otro lugar, / otros puntos donde no estoy. // ¿Y si fuera en este cuando miro?», pero la perspectiva con la que se contempla provoca alteraciones en la percepción, determina la jerarquía de los objetos y, por tanto, la incidencia de estos en la construcción del yo.

     En «Cosa doliente», los recuerdos dolorosos parecen haberse tatuado en la piel de la memoria: «Y aunque lave y lave / todo está ahí, / por debajo aún / vivo // y no hay torno o túnel / que no lleve a esas cámaras de dolor, / donde lo apresado gime / y recuerda // su avidez por conocer / lo que aquellas circunvalaciones / escondían», escribe Benegas en el primer poema de la sección. Resulta pues difícil desprenderse de ese lastre, vivir sin las ataduras de un pasado que se presenta mortificante: «Vivo dentro de una piedra / rehén de mis cálculos, / calcinada por mi equilibrio / a ras de suelo». La única alternativa será reconstruirse, despojándose «del atributo monstruoso / de las profundidades, / y emerger algo cercano / a la armonía / con movimientos reconocibles, / tranquilizadores», aunque, a tenor de lo que leemos en los poemas de la cuarta y última sección, esa emersión no garantiza el equilibrio emocional. Aparece la culpa: «La culpa es un argumento / para sentirse vivo». La autora reivindica el conflicto íntimo como aliente vital («estar vivo… / es una manera de estar / acosado / por las funciones terrestres»), aunque, unos versos después, afirme que «el argumento máximo / para sentirse vivo es sentir / que se está perdiendo el tiempo» y «Cualquier aliciente que cure / del malheur de vivre / es un propulsor de la culpa / del hecho de estar vivo / sin estarlo lo suficiente». No encontramos, sin embargo, en estos poemas ningún atisbo de confesionalismo. Sí se verbaliza la culpa, pero no para implorar el perdón, sino como proyección pública de la intimidad, afirmada esta por la rotundidad de los significados: «Aun así, / si pierdo el tiempo / la máquina calculadora de mi cerebro / barrunta la falta / y me condena / a la culpa que me hace sentir viva / de mala manera…». El lenguaje contiene y expresa la experiencia porque, como expresan estos versos, «no sé si yo, / fuera del lenguaje, / estoy viva / en particular». La protagonista de estos poemas vive en la duda, pero no de forma traumática, sino conciliadora. La duda es un alimento imprescindible para el espíritu, para avanzar en ese proceso, siempre inconcluso, que es el conocimiento de uno mismo, tema capital de este exigente y polisémico “Falla la noche”.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 18/11/2022

LUIS RAMOS DE LA TORRE. HACIA LO VERDADERO (CERCANÍAS A LA VIDA Y AL ARTE EN LA POESÍA DE CLAUDIO RODRÍGUEZ

LUIS RAMOS DE LA TORRE. HACIA LO VERDADERO (CERCANÍAS A LA VIDA Y AL ARTE EN LA POESÍA DE CLAUDIO RODRÍGUEZ). CHAMÁN EDICIONES

Varios son las líneas maestras de este voluminoso ensayo sobre la obra de Claudio Rodríguez, un poeta que, pese a la brevedad de su obra y pese a los numerosos estudios que se le dedican, esconde aún muchos ángulos estéticos sin desentrañar del todo. Luis Ramos de la Torre (Zamora, 1956), doctor en Filosofía, músico, poeta y consumado especialista en la obra del poeta zamorano, a quien ha dedicado títulos como “El sacramento y la materia (Poesía y salvación en Claudio Rodríguez)”, “Claudio Rodríguez para niños” y “Guía de lectura de Claudio Rodríguez”, ambos en colaboración con Luis García Jambrina, así como “Claudio Rodríguez. Antología para jóvenes”, junto a Fernando Martos Parra, se adentra en este nuevo ensayo, en primer lugar, en la relación, tan estudiada desde tiempos inmemoriales, entre arte y vida. Siguiendo la estela de Ortega y Gasset, se esbozan varias propuestas, en lo esencial coincidentes, aunque no exentas de contradicciones en su articulación, como vemos en estas palabras del autor de “Don de la ebriedad”: «La vida y la obra se unifican en mi caso. Ahora bien, yo no creo, en realidad, que la vida y la obra tengan que unificarse… en muchos casos. Pero en mi caso, sí, en mi caso confluyen directamente las experiencias, una experiencia concreta o la contemplación de un objeto concreto con la poesía» comparándolas con estas otras del autor de “La deshumanización del arte”: «Vida es una cosa, poesía otra. No las mezclemos. El poeta empieza donde el hombre acaba». Pese a que Ortega abogaba por no llevar la vida a la poesía, el día a día, los hechos cotidianos, los actos aparentemente nimios son material poético de alta calidad y sobre ellos levantará nuestro autor su elaborada poética. Ramos de la Torre analiza el concepto de “vida” a través de los diferentes títulos de Rodríguez y se decanta por la afirmación orteguiana, recalcando que «la poesía verdadera […] y la vida nunca van a ser lo mismo». Otro de los aspectos estudiados en este volumen es de la “mirada”, asociada a la contemplación, la mirada detenida, sosegada conduce a la contemplación y, a través de esta, el poeta logra la salvación, en un sentido que podemos equiparar a lo místico: «La contemplación de lo pequeño y de lo sencillo se va a convertir y llegará a ser salvación de lo elevado porque se trata de un ver que es ir “más allá”…», la salvación llegará a través de la palabra, del canto, y este nace del amor por las cosas, de vivirlas con intensidad y veneración.

De las vinculaciones poéticas entre Claudio Rodríguez tanto con Pedro Salinas como con Carlos Bousoño se ocupa Ramos de la Torre en la segunda sección del libro. Con el primero, afirma el estudioso, le une el concepto de salvación y el de aventura hacia lo absoluto, «pues ambos son poetas de lo vital preocupados por la necesidad de habérselas con la vida que en el tiempo de cada uno les tocó vivir». Paradójicamente, en esta vida que les tocó vivir no influyeron las peripecias biográficas, algo que nos parece discutible, al menos en el caso de Salinas. Con Bousoño le une también el concepto de salvación, pero parece otro, el de naufragio, que sirve de contrapunto y añade esa sensación de inseguridad tan consustancial a la propia vida.

La sección tercera, «El cuerpo: surco ofrecido en la poesía natural de Claudio Rodríguez». Vinculado a la cualidad física, a su materialidad, el cuerpo, escenario de los avatares de la existencia, es un escalón más en el proceso ascensional hacia la salvación. En los capítulos siguientes se estudia la relación entre la mano ―la mano creadora― y los oficios, podríamos decir, ancestrales, tan presentes en la obra de Rodríguez. La convergencia entre el escultor Baltasar Lobo y el poeta, convergencias que surgen de la contemplación de un mismo paisaje y de la luz que lo ilumina y, también, de una misma idea ética y moral de la obra artística, ocupa un documentadísimo quinto capítulo. «Otra de las claves conceptuales y vitales que les unen o acercan ―escribe Ramos de la Torre― aún más en esta convergencia creativa es la importancia que en todo momento, y cada uno por su lado, otorgan a la amistad».

Otros ensayos relativos a la importancia de lo seminal como símbolo de la fertilidad en la obra de Claudio Rodríguez, a «la vigencia del temblor y lo trémulo en su impulso creativo y su búsqueda continua de lo verdadero», a «la dignidad del perdedor» o la «Cercanía creadora entre la pintura de José María Mezquita Gullón y la poesía de Claudio Rodríguez» ponen fin a este recorrido por la obra del zamorano, recorrido en muchos casos, original, que desvela aspectos, si no poco estudiados, sí pobremente relacionados, y lo hace con sabiduría y entusiasmo. Quizá estas sean las mayores virtudes de este exhaustivo estudio, que, por otra parte, deja abiertos innumerables caminos para que futuros apasionados sigan investigando.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 11/11/2022

ALFREDO GIULIANI. EBRIEDAD DE APLACAMIENTOS/ POETRIX BAZAAR.

ALFREDO GIULIANI. EBRIEDAD DE APLACAMIENTOS/ POETRIX BAZAAR. EDICIÓN BILINGÜE DE JOSÉ MUÑOZ RIVAS

EDITORIAL EL SASTRE DE APOLLINAIRE

Pese a ser uno de los autores más influyentes tanto por su labor poética como por su dedicación a la crítica literaria y al ensayo en la segunda mitad del pasado siglo en Italia, Alfredo Giuliani (¡924-2007) es escasamente conocido en nuestro país. Solo su libro “Versi e nonversi” (1986) -en él se recoge su poesía desde 1955 hasta 1984 ―se ha traducido al español en 1991, de la mano de José Muñoz Rivas, un incansable difusor de la poesía italiana. Tras un silencio editorial de una década, Giuliani publica en 1993 “Ebriedad de aplacamientos” y en 2003 “Poetrix Bazar”. Son estos dos últimos libros los que recoge la presente edición. Dos libros muy distintos entre sí y con notables variaciones internas en cada uno de ellos. Esta miscelánea, junto con cierta desinhibición formal y temática, se justifica por la edad provecta en la que están escritos, sobre todo el segundo. El poeta no necesita justificar ante el lector su vocación poética, lo que pretende es “hablar de tú con el mundo” (aunque estéticamente muy distintos del autor italiano, un afán vitalista similar podemos encontrar en Muñoz Rojas o en Jiménez Lozano, sin ir más lejos).

La poesía de Giuliani posee un entramado filosófico en el que no escasean las referencias a Nietzsche, Kierkegaard, Heidegger, Wittgenstein o Freud, entre otros. En cuanto a las influencias literarias, estas provienen mayoritariamente del mundo anglosajón: Dylan Thomas, Pound, Eliot, Auden, Larkin, o Willian Empson ―de quien versionará varios poemas―.

En la forzosamente breve, pero imprescindible, introducción, Muñoz Rojas ofrece unas pinceladas sobre la labor crítica de Alfredo Giuliani, autor, entre otros, de la influyente antología “I Novissimi. Poesie per gli anni’ 60”, un compendio de la poesía neovanguardista italiana en la que el mismo poeta se inscribe. En palabras del traductor, Giuliani «está queriendo anular la concepción pequeño burguesa de la poesía. Sin ir más lejos, la poesía romántico-crepuscular que configura una visión cursi, como él explica, autocomplaciente y algo tonta». Defiende, además, el verso proyectivo de Charles Olson, una forma de versificar atento, no a los patrones métricos y acentuales sino al ritmo de la respiración.

“Ebriedad del aplacamiento” mantiene aún una relación estrecha con su poética anterior. La corriente surrealista está muy presente en los primeros poemas del libro: «Germina que zurda respire a escondite / el sol está en el pozo de nuestro conjunto infinito / por remolinos incandescentes vago espejos de espumas / desgrana la hipótesis de hiperbólico fuego…» ―fiel al dictum eloitiano de que «el pensamiento puede ser oscuro, pero la palabras es lúcida, o más bien traslúcida»―, lo que no le impide recrear poema de un clásico como Guido Cavalcanti («Acordes, disonancias»). El buen humor es otra de las características que afloran con mayor ímpetu en esta nueva entrega. Poemas como «La merienda de Rico» o «El hombrecito de buena voluntad». Giuliani sabe que «los poetas no pueden estar calmados», deben estar atentos a cuanto acontece a su alrededor y dentro de sí mismos para dar cuenta de ello a través del lenguaje: «Goza y trabaja una palabra y una palabra», escribe. La influencia del poeta medieval nacido en Siracusa ―vivió en Sevilla y falleció en Mallorca― en lengua árabe Ibn Hamdîs se deja sentir en las versiones de algunos poemas de tema amorosos y fraternal: «¡Querido padre! Dios riegue de misericordia tu tumba, / la refresque por la noche y la mañana, Él que en el dichoso reposo / te desató el alma d. el el cuerpo». El británico William Empson, (1906-1984) ―bien considerado por poetas tan dispares como Eliot o Robert Lowell―fue otra de las influencias más evidentes. Son, estos últimos, poemas más narrativos. Las imágenes surrealistas han dado paso a descripciones más apegadas a la realidad.

“Poetrix Bazzar”, su último libro, es un libro carente de organicidad, sus poemas «presentan un nivel de dispersión aparente bastante generalizada», nos dice Muñoz Rivas. Abundando en ello, Giuliani escribe, en «Alguna noticia del autor sobre cómo nació este libro», que «Los pocos poemas escritos ocasionalmente en los últimos años, puestos juntos, no constituían siquiera el hipotético núcleo de un libro». Fue la disposición del autor, una vez concebido el proyecto del libro y de comprometerse con un amigo, a escribir la que alimentó las ideas para que los poemas tomaran forma. La mayoría de los poemas fueron escritos entre 2001 y 2002, otros en diferentes épocas. Quizá de ese compromiso amical nacieron versos como estos que esconden toda una poética: «Se hace por alegría     melancolía / broma y furor     o lo que sea / estupidez / no cambia la vida la poesía / forma de mentira que incluye el verdadero / arte del decir torcido     innombrando / ritmo del porvenir». El sesgo narrativo de la mayoría de estos poemas no oculta los detalles de origen visionario que mantienen la carga de ambigüedad tan presente en la obra anterior de Alfredo Giuliani. Este volumen recoge la obra final de unos de los grandes intelectuales y poetas italianos del pasado siglo. No es su obra más significativa, pero es una excelente ocasión para conocerlo.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 4/11/2022

KARMELO C. IRIBARREN.  NOMBRE ES K. AUTORRETRATOS 1995-2021

KARMELO C. IRIBARREN.  NOMBRE ES K. AUTORRETRATOS 1995-2021

EDITORIAL PAPELES DEL NÁUFRAGO.

La colección Calcomanías, dirigida por el infatigable Antoni Lafarque y por Aníbal García, comienza con uno de los poetas más leídos de los últimos años, el donostiarra de 1959, Karmelo Iribarren. Como el subtítulo indica, son poemas de carácter autorreferencial, puesto que, de forma directa unas veces, y de manera velada otras, dibujan un autorretrato emocional del autor. Los poemas forman una breve antología de carácter temático y trazan un recorrido por los diversos rostros, externos e internos, de Iribarren a lo largo de los años. «Tengo la sensación ―escribe― de que aquel personaje apenas esbozado en los primeros libros, y que se me parecía aun lejanamente, ha ido tomando forma y protagonismo en los últimos hasta el punto de hacer que me pregunte si no será él quien manda de verdad em muestra relación especular; si no será él el modelo y yo solo el rostro que, desde la penumbra, pugna por emerger y parecérsele». La singular facilidad de Iribarren a la hora de trasmitir sus emociones y sus incertidumbres con una economía lingüística ejemplar se deja notar desde el primer poema, «Desde la cuna». Aparecen aquí ya ese desencanto y esa melancolía tan propios de su estética, la conciencia de la fugacidad de las cosas terrenales: «Que la felicidad /está siempre de paso, / yo lo aprendí muy pronto». Cada poema de este libro configura un autorretrato que se va construyendo desde los recuerdos de la infancia ―«aquella infancia / en la que me prohibieron / ser feliz…»― no siempre idílica, ni mucho menos: la sensación de abandono. el internado, las calles «retorcidas» de un barrio marginal. Pese a estas experiencias dolorosas, y gracias a que la memoria se encarga del proceso de selección de los recuerdos, se impone esa mirada nostálgica de quien volvería a vivir ese pasado: «Ni una mujer / ni una idea, / lo mejor de mi vida / te lo quedaste tú, / tus calles, / tus tabernas, / aquellas noches de sábado / en las que todo era posible…». Probablemente, con los años, la sensación de fracaso se acentúe y los primeros años de nuestra vida sean objeto una mayor dosis de benevolencia. Náufragos en el océano de nuestra existencia, llega un momento en el que el único fin es llegar sano y salvo a la orilla, a cualquier orilla que nos permita disfrutar del merecido descanso: «Uno ya solo quiere llegar / al día siguiente, sin / sobresaltos…[…] Seguir vivo sin más» o, como escribe en otro poema, con «la esperanza reducida / a llegar al día siguiente, / el paraguas siempre a mano». Hay, claro, toda una filosofía de vida tras estos versos, la filosofía del realista, la de quien no se deja engañar por falsos momentos de alegría y manifiesta una especie de intimidad adaptativa. El gesto adusto que muestra el rostro del poeta en los retratos físicos no es más que la prolongación del retrato interior que desvelan los poemas. En ambos espejos el poeta confirma que es un ser con preocupaciones comunes, un hombre como otros, alguien que no es nadie, «solo uno más/ que pasaba por allí», pero alguien al que las circunstancias podrían haber convertido en otro, otro sobre quien solo podemos especular, aunque el poeta imagina con un destino más favorable: «A veces pienso en el otro, / el que no me atreví a ser. // el que estaría en este instante a su lado, /y no el que está aquí / escribiendo estas palabras». Estar descontento con quien uno es también dibuja el autorretrato, el de las formas que menos nos enorgullecen. Por experiencia sabemos que la infelicidad deja marcas más imperecederas en la conciencia que la dicha. Otra cosa es que el poeta las “recicle” para hacer más soportable esa ingrata sensación de fracaso difícil de erradicar y que, cuando se llega a la «edad difícil ―esa que marca el fin / de las opciones―», si no se digiere con precaución, puede afectar a las ganas de vivir. «Envejecer, morir / es el único argumento de la obra», escribió Jaime Gil de Biedma, fruto, tal vez, de una pose poética más que de una verdad existencial, y estos versos podrían también grabarse en el frontispicio poético ―confío en que no vital― de Karmelo C. Irbarren, a quien los años han enseñado a diferenciar las cosas importantes de las insignificantes. Maestro en el arte de lo conciso, la poesía de Iribarren no necesita recurrir a lo metafórico para mostrarnos la realidad. Sus palabras son las nuestras, unas palabras que no mientes, que ayudan, pese a la crudeza, a envejecer con dignidad. Su fraseo es conversacional y el argumento de los poemas es su propia biografía, que también puede ser la nuestra. Cada lector debe hacer un listado de las cosas imprescindibles, aquellas que justifican una vida, porque, como escribe en el poema «Lo demás son historias». Estamos frente a una poesía de la decepción, pero es esta una decepción controlada que encierra una forma de pensar y de sentir propios a través de la relación del autor con la realidad, con el mundo, con su mundo, que solo a veces es el nuestro.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 28/10/2022

JULIÁN CAÑIZARES MATA. SETENTA SALUDOS

JULIÁN CAÑIZARES MATA. SETENTA SALUDOS. EDITORIAL: SILTOLÁ POESÍA

La poesía de Julián Cañizares Mata (Albacete, 1972) guarda similitudes con la poesía confesional ―«Sólo soy / un hombre que ama. / Un hombre que da todo lo que tiene, / que necesita un sí para vivir en brazos», escribe en el primer poema de “Setenta saludos”―, con la poesía de crítica histórica y social―«Yo te pegué una hostia. / Tú me pegaste una hostia. / los dientes fundaron un partido político»―, con la poesía satírica ―«Tuve un hijo y todo lo demás dejó de importarme. / Dejó de importarme el devenir de la poesía española. / Dejó de importarme la política nefasta y el olor a cruz…»― y con la poesía vanguardista―«Aunque un niño llame pajarraco a un pájaro, / el pájaro seguirá siendo una tonelada de jardines»―, muy presente desde los propios títulos de los poemas. Por otra parte, el lenguaje utilizado, a menudo desenfadado, con cierto aire burlón, nos induce a pensar que el autor, deliberadamente, intenta jugar con el lector, ofreciéndole un “producto” en apariencia liviano, superficial, intrascendente, en que, acaso su única ambición consista en romper los patrones de la poesía más convencional, más rígida y atenta a los ritmos y asuntos tradicionales, desgastados por el uso y, por ende, menos propensos a aventurarse lejos de los temas y las formas más trilladas. Creo en todo lo dicho anteriormente hay cierto grado de verdad, pero quedarnos en ello sería mirar con anteojeras. Por detrás de esa aparente falta de ambición se asoma una profunda reflexión sobre, entre otras cosas, los mecanismos del poder. De ahí que el núcleo temático de “Setenta saludos” se articule en torno a la violencia. Muchos son las perspectivas versales desde las que se enfoca su origen y su repercusión, siempre colectiva, aunque comience desde un acto individual, incluso íntimo. Veamos algunos ejemplos: «y la violencia es no pararse a pensar / por qué las cosas ocurren y no mejoran», «La violencia no es un fin en sí mismo. / Es un mecanismo de defensa…», «Lo que es violento es no vivir siempre. / Es no ver el paisaje recién visto. Es no saber / qué ocurrió con tu hijo…». Esa violencia no es solo patrimonio de actos beligerantes, se manifiesta también, y de modo más amenazante por lo disimulado, en nuestros actos cotidianos. Ese es el ámbito que trata de esclarecer Julián Cañizares en sus poemas. La violencia subyacente se hace presente en nuestra forma de ignorar ciertas agresiones, ciertos acontecimientos del pasado: «Olvidar es violencia», escribe. Ese mecanismo de defensa al que hemos hecho alusión actúa contra qué, pues, al parecer, contra todo aquello que nos agrede en la vida diaria, contra todo aquello que nos esclaviza y nos desasosiega, sin apenas ser conscientes de ello, contra la futilidad y el paso del tiempo: «Doy mi vida al amor, porque es lo único que vence al tiempo» o, más que vencerlo, lo desafía, escribe, pero también son suyos estos versos que lo contradicen: «No debe bastar solo con el amor. / Tiene que haber algo más, / que me haga seguir buscando, / que me tenga en vela toda la vida». El peculiar modo de aproximarse a lo real de Cañizares nos muestra una realidad poco común, plagada de recovecos y fragmentaciones, de alusiones que sugieren más que afirman: «Lo más importante / de la continuidad de la vida / es saber que todo se transforma, / pero la esencia siempre es la misma». Esta alusión al principio de Lavoisier es un ejemplo excelente de esa idea. Con un lenguaje sin alardes, alejado de los tópicos más frecuentes de cierta poesía española anclada en formulaciones obsoletas. Además de la frescura de su propuesta, es notoria su veta irracional,  pero repleta de una fuerte carga metafórica y la colisión permanente entre la elaboración figurativa del discurso y su expresión formal, con la que va construyendo un mundo a su medida, hecho con materiales como la incertidumbre, la reflexión cívica y moral y un claro anclaje metafísico: «La violencia / es notable, porque existe su profundo / y perseguidor pensamiento». No sorprende, por tanto, que sea el poema otro de las herramientas ―recordemos que antes mencionó el amor― con las que desarmar el engranaje de la violencia. Un poema de amor es, por tanto, la combinación perfecta: «no se me ocurre otra idea mejor, menos mala, / de acabar con la violencia», escribe en «Quince despertares», porque, más dura que la violencia coyuntural, que la violencia bélica, laboral o de género, es, como señalábamos al principio, esa violencia casi invisible, la cotidiana que resumen estos versos: «Lo que es violento es no vivir siempre. / Es no ver el paisaje recién visto. Es no saber / qué pasó con tu hijo…», y la única forma de atenuar esos efectos reside en no dejarse perturbar, en encarar el tránsito cotidiano con alegría y una cierta visión épica de la existencia.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 21/10/2022

UN PUÑADO DE TIERRA. POESÍA Y PINTURA EN UCRANI

UN PUÑADO DE TIERRA. POESÍA Y PINTURA EN UCRANIA. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE LUIS GÓMEZ DE ARANDA Y OLENA KÚRCHENKO.  EDITORIAL REINO DE CORDELIA
 
La invasión de Ucrania por parte Rusia, utilizando excusas del todo peregrinas, ha provocado una ola de solidaridad por toda Europa y América. No es este el lugar para analizar las consecuencias de esta invasión y la guerra de liberación que ha emprendido el pueblo ucraniano, más allá de las repercusiones económicas visibles en el día a día, lo que sí podemos es felicitarnos por la unanimidad occidental a la hora de condenar esta agresión. Paliar la tragedia que está sufriendo la población ucraniana es una tarea titánica que requiere de la implicación de todos los sectores de la sociedad. La música, el arte, la literatura también pueden aportar su granito de arena para sensibilizar al espectador en la distancia de este despropósito. En este sentido podemos hablar de la antología de poesía y pintura de Ucrania “Un puñado de tierra”, que, en edición bilingüe, traducida por Luis Gómez de Aranda y Olena Kúrchenko, ha puesto en nuestras manos la editorial Reino de Cordelia. La integran veinticinco poetas ―la mayoría, por no decir todos, desconocidos para el público lector español― y abarca un periodo temporal de unos doscientos años, desde el comienzo del siglo XIX hasta comienzos del XXI. «Es muy importante señalar ―escribe Oksana Slipushko― que la gran mayoría de los textos presentados aquí se traducen al idioma castellano por primera vez […] La selección de los poemas fue hecha por los traductores de acuerdo con su criterio personal. El análisis de los textos y de los autores seleccionados ―afirma Slipushko― indica que prevalece el criterio artístico-estético que está entera y completamente justificado». Esto último, a mi modo de ver, no es del todo cierto, como después veremos. De hecho, la misma autora lo reconoce posteriormente cuando dice que «aparte del criterio artístico-estético los recopiladores-traductores se rigen asimismo por el principio nacional». Supongo que las actuales circunstancias justifican este decalaje, aunque en el aspecto literario me crea algunas dudas. La conveniencia de utilizar este criterio tan decantado hacia lo patriótico puede habernos privado de conocer a otros autores menos, digámoslo así, comprometidos, más intimistas y líricos, o a que algunos de los autores representados gozaran de mayor representación (en este aspecto, los casos de Iván Franko (1856-1916), Pavló Tychyna (1891-1967), Lesia Ukrayinka (1871-1913), la única mujer seleccionada, y Mykola Bazhán (1904-1983) son una agradable excepción).
En los poetas del siglo XIX aquí seleccionados predomina una visión un tanto bucólica de la naturaleza. La identificación del poeta con los elementos naturales, con la madre tierra y su magnificencia, con los productivos campos y los ríos que los bañan conforman un profundo sentido de identidad. Un poeta como Tarás Shevchenco, uno de los mejor representados en esta antología, resalta en sus poemas el tono épico desde su primer poema seleccionado: «A los muertos y a los vivos, a los que nazcan mañana, mi mensaje sobre Ucrania, mi palabra», del que extraemos versos como estos: «Arrepentíos, ahora / pues muy cerca el mal acecha / y la gente ha de romper / pronto yugos y cadenas. Las llanuras, las colinas / gritarán, de las riberas / vuestra sangre ha de fluir / por cien ríos hasta el mar», que parecen dictados por la actualidad, aunque está escrito en 1845, cuando su territorio estaba divido entre el Imperio Ruso y el Imperio Astrohúngaro (desde la disolución del Rus de Kiev, la historia de Ucrania está plagada de divisiones territoriales y ha sido campo de batalla de innumerables guerras), de ahí que escriba en otro poema: «Fui nacido, / privado de albedrío y entre ajenos» y exhorte a sus compatriotas a romper «ya las cadenas, / regad la libertad / con la sangre enemiga». Otro de los poetas marcadamente nacionalistas es Vlodomir Sosiura (1898-1965), quien, presa de ese arrebato patriótico, escribe en 1944, estando ya Ucrania bajo el yugo de la URSS: «La patria la llevamos / en cada pensamiento. Nuestra tierra / flamea, como ardiendo en la sonrisa, / los ojos de los niños».  Lo mismo podemos decir de Vasyl Symonenko (1935-1963), poeta de vida muy breve, quien, visiblemente arrebatado, escribe: «Canciones me enseñaron el respeto // y el amor a mi patria, porque ella / es única en el mundo, sus palabras / y sueños son la fuente de los míos / y es ella quien me nutre con su fuerza». El tema de la libertad aparece en otros poetas de forma simbólica en muchas ocasiones, con alusiones melancólicas a la naturaleza, al viento, al cielo, pero también a las aves y los pájaros, aunque lo que prevalece, como ha sido sin duda la intención, es el tono hímnico, con el que acabamos este comentario, no sin antes mencionar el acierto que ha supuesto la reproducción de casi una treintena de obras de artistas ucranianos, insertadas con acierto en el ordenamiento del libro, de un poema del citado Symonenko: «¡Tú eres para mí siempre un milagro! / Ucrania, madre hermosa y con coraje, / y así pasan los años, nunca dejo/ mi patria, algún momento de admirarte… // Por ti siembro yo perlas en el alma, / por ti pienso y trabajo, simplemente. ¡Américas y Rusias que se callen, / pues hablo yo contigo solamente!».
Reseña publicada en elcuadernodigital, 19/10/2022

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. NOCHE EN PARÍS

 
ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. NOCHE EN PARÍS. XII PREMIO IBEROAMERICANO DE POESÍA HERMANOS MACHADO. COLECCIÓN VANDALIA.
La trayectoria de Antonio Jiménez Millán (Málaga, 1954) es, sin duda alguna, una de las más firmes y consecuentes del panorama poético español. Publicó su primer libro en 1983 y desde entonces, sin hacer gratuitos experimentos con el lenguaje, ha ido trazando una sólida línea estética fundamentada en la propia biografía. Jiménez Millán es consciente de que la poesía no consiste en explicitar sentimientos y emociones, sino en trasmitir una experiencia, por esa razón el personaje que protagoniza los poemas ―tan parecido y, a la vez, tan distinto del autor― gracias a ese proceso inefable de trasmutación que realiza el lenguaje revive su vida, profundiza en los abismos de la memoria y toma conciencia no solo de éxitos y alegrías, sino de esperanzas frustradas, de fracasos y decepciones. Para tratar de entender la realidad en la que vive explora los recuerdos, los contextualiza, pero no los idealiza, porque esa es la única forma de encontrar una explicación a las perplejidades e incertidumbres que asolan a todo ser humano. En el proceso de escritura Jiménez Millán se adentra en el pasado, en la infancia, origen, al fin y al cabo, de lo que fuimos y de lo que somos.
     “Noche en París”, título del libro, pero también título de una de las secciones, es un libro heterogéneo en su estructura. La versatilidad compositiva del autor queda patente en el uso de diferentes patrones formales que van desde el haiku, al poema en prosa, pasando por el soneto o el verso discursivo. Tal amalgama posee, sin embargo, una finalidad común, excavar en los cimientos de la memoria para reconstruir con mesura, pero sin condescendía, las piezas de esa educación sentimental que ha configurado el presente del autor, este que ahora, en la edad madura, echa la vista atrás y trata de encontrar el equilibrio entre la manera de analizar la realidad en las distintas etapas de su vida y la mirada actual, cargada con el peso de la experiencia. No debemos olvidar que su libro anterior se titulaba “Biología, historia” y, como en este libro, en “Noche en París”, detectar la connivencia entre la evolución personal y los acontecimientos históricos resulta imprescindible para percibir en toda su intensidad la intención última de los poemas, intención que no es otra, a nuestro juicio, que poner coto a los embates del tiempo, prolongar la existencia gracias al don de la escritura, incluso más allá de la propia existencia física, eso sí, sin perder de vista aquello que el desaparecido Antonio Cabrera llamó el “temblor moral”, expuesto, en su caso, de una forma elusiva aunque sin pretensiones metafísicas. En los poemas de Jiménez Millán abundan las referencias espaciales y temporales, y con esa información facilita al lector los medios para identificarse con lo leído, pese a que, es evidente, este sea solo un fin accidental, no fundacional.
     En la primera sección, «Memoria del agua», el autor revisita instantes del pasado, de la infancia y se decanta por el poder de los recuerdos: «les protegían de la intemperie, / del miedo y de la angustia del pasado / y de la incertidumbre del futuro» ―idea esta recurrente en varios poemas―, rescata la voz de los amigos muertos, como Joan Margarit o José Carlos Cataño («Hoy ha muerto un amigo. / Teníamos la misma edad. / Cerca de mí la incertidumbre, el miedo» y, probablemente aspirando a compartir memoria, dedica muchos de los poemas a sus amigos. Formalmente combina haikus con poemas discursivos en los que combina diferentes metros con una maestría digna de elogio.
     «Retratos», la segunda sección, la más breve, está integrada por poemas-homenaje a personajes que formaron parte de su pasado, aunque solo fuera como presencias fantasmales, y a autores como Pessoa o Dickens a través de sus personajes de un modo más que laudatorio, didáctico. Un conjunto de poemas en prosa componen la sección central del libro, “Noche en París”, que, pese al título, incluye poemas que rozan la ciudad solo de forma tangencial, como «Fuerteventura en París, 1924» o ni siquiera hacen alusión a ella, como «Paseos por Roma (1829)» o «El otro reino de la muerte», extremo que puede desconcertar al lector que no perciba el carácter simbólico de la ciudad, vista con los ojos del adolescente y del muchacho que la visitaba cargado de ilusiones y de expectativas. La realidad es ahora otra, y en el poema «Estratos» deja constancia de ello: «Hablar de una ciudad que ya no existe. Nos ha pasado a muchos, cuando la ruina y la especulación han destruido un territorio familiar y la memoria cubre los solares yermos».
     La penúltima sección, «Fragilidad», integrada por cinco sonetos escritos durante el confinamiento, revela el temor, la incertidumbre que generó el virus: «No es sueño ni ficción: es realidad. / Es una inesperada distopía / que toma la ciudad como escenario». “Noche en París” finaliza con «Sentimental mood», sección llena de poemas memorables, como esos homenajes a la música en «Homenaje», dedicado a Aute, o «Memoria» a Duke Ellington y John Coltrane, porque «La música le lleva a un esplendor de días, a un rastro inolvidable de noches…», las noches de París.
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 14/10/2022

PEDRO LUIS MENÉNDEZ. CANTOS (1979-2022).

PEDRO LUIS MENÉNDEZ. CANTOS (1979-2022). BAJAMAR EDITORES
 
Recoge este volumen cinco poemas extensos ya publicados previamente con el añadido de un conjunto de 24 poemas que conforman un libro hasta ahora inédito, “Donde sea que vayas”, de escritura más reciente. Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958) comenzó a publicar siendo muy joven, en 1978, y continuó haciendo con regularidad en la década de los ochenta, con alguna incursión en los años noventa. Después llegaron años de sequía editorial y será en 2018, año en el que da a las prensas un nuevo título, esta vez de prosa, “Postales desde el balcón”, un hermoso libro tanto por su contenido como por su factura exterior, cuando regrese a las librerías. Posteriormente aparecen “La vida menguante” (2019) ―libro escrito un lustro antes― y “Ciudad varada” (2020), uno de los libros-río incluidos en “Cantos (1979-2022).
   La historia del poema extenso se remonta, como mínimo, a “El preludio” (1799), del poeta romántico inglés William Wordsworth. Desde entonces muchos han sido los autores que lo han frecuentado, entre los que destacamos a Ezra Pound, con sus “Cantos”, Walt Whitman con su “Canto a mí mismo”, T. S. Eliot y “The Waste Land”, William Carlos Williams con “Paterson”, Anna Ajmátivoa y “Poema sin héroe (1940-1962)”. Por ceñirnos al ámbito hispánico, podemos citar los títulos “Espacio” de Juan Ramón Jiménez, “Pasado en claro”, de Octavio Paz; “Altazor” de Huidobro, “Fin del mundo” de Pablo Neruda, “Metropolitano” de Carlos Barral o “El poema inacabado” de Gabriel Ferrater y, de épocas más recientes, varios de los títulos del poeta malagueño Álvaro García o Juan Carlos Mestre y “La tumba de Keats”. Se inserta así Pedro Luis Menéndez, en una tradición plenamente asentada, la del poema extenso que, según afirma Juan José Rastrollo Torres, «pretende aunar espacio y tiempo y, a la vez, presente con pasado y futuro —regresando continuamente a su origen—, yuxtapone el plano objetivo con la mirada subjetiva; en fin, reconcilia la dimensión exterior con la interior trascendiendo hacia lo metafísico de modo que lo literario se confunde con lo plástico, lo musical y lo filosófico».
Comienza el volumen con “Canto de los sacerdotes de Noega”, libro escrito en 1979 pero publicado en 1985. Noega, un castro celta situado cerca de la actual Gijón, fue fundado por los cilúrnigos, una gens de los astures. Una vez conquistada la península por los romanos se convirtió en Noega. Precisamente, sendas citas de autores romanos encabezan este largo poema con cierto espíritu redentor: «vuelve ahora / que tu pueblo ha caído / al fondo del silencio / como una nube densa / de traición y engaño, vuelve / ahora y repite / la hazaña de aquel tiempo».
“Segundo canto de la ciudad” data de 1984 y fue incluido en la antología “Trece poetas. Asturias 1972-1985”, en 1986. Está escrito en versos imparisílabos y su argumento parece proceder de una especie de ensoñación de carácter fundacional que remite al origen violento de las urbes, fuente de transformaciones sociales en la humanidad no siempre benéficos. El “Canto tercero” fue escrito en 1989. De extensión muy superior a los precedentes, gracias al efecto salmódico de las repeticiones, consigue crear una atmósfera casi onírica. La figura de Prometeo, aun sin ser nombrada, alimenta la reflexión del poeta, que se pregunta qué hemos hecho con el fuego que el titán robo a los dioses, cuál es el destino que hemos dado a ese regalo: «la conciencia del fuego es toda la tristeza / pero nosotros somos la tristeza, / ahora que nos queda tan sólo / reunirnos de amor / contra la soledad de un mal invierno, / permanecer sin más / contra la orilla de los supervivientes, / añorar los naufragios / y recordar unidos las derrotas del tiempo…». Aparecen también en el poema los «hombres huecos» eloitianos, hombres que la modernidad ha convertido en seres desencantados, vacíos.
“Canto de los niños de Sarajevo”, nace, como el propio autor explica, «a raíz del asedio sufrido por la ciudad que se convirtió en símbolo de la resistencia civil frente a la barbarie serbia». Es, sin duda, el poema más narrativo, casi un reportaje que recuerda al poema «Réquiem» de José Hierro. El último poema extenso es “Ciudad varada”, «una ciudad como tantas». Menéndez da cuenta de unas personas comunes cuya cotidianidad se ve alterada por una guerra innominada: «Cuando a fin repican todas las alarmas, / cada uno sabe con exactitud / qué debe hacer En sentido inverso, podemos relacionar este largo poema con los epitafios que Edgar Lee Master escribo para su “Antología de Spoon River”. La lógica interna es similar, y el destino de los habitantes parece ser el mismo. El libro finaliza con “Donde sea que vayas”, 24 poemas «escritos con vocación de continuidad», cuyo tema aglutinador es la llegada de la vejez y el horizonte de la muerte como destino final. No hay en estos poemas imprecaciones ni resignación. Las consecuencias del paso del tiempo se asumen con sabiduría, sin nostalgia ni mala conciencia: «los años por venir son ya los menos / y nadie en el después podrá salvarnos / de todo cuanto fuimos». La escritura, y este último título es un buen ejemplo, si no mitiga la incertidumbre, sí que alivia el desorden de la existencia. El azar gobierna nuestra existencia, pero en estos poemas es la mano del autor la que lo domestica.
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 7/10/2022
 

LUIS GARCÍA MONTERO. UN AÑO Y TRES MESES.

LUIS GARCÍA MONTERO. UN AÑO Y TRES MESES.

TUSQUETS EDITORES

Una de los preceptos básicos a la hora de enfrentarse a la página en blanco se refiere a la necesidad de dejar que la emoción repose antes de coger la pluma. Lo dijo el poeta romántico inglés William Wordsworth en 1798 en el prólogo a “Baladas liricas”: el poema es una emoción recordada en tranquilidad, de lo que se deduce que escribir “en caliente” no suele dar buenos frutos, sin embargo, hay ejemplos que contradicen esta especie de norma universal. Recordamos, entre los más recientes, el conmovedor libro de Joan Margarit, “Joana”, escrito durante los meses precedentes a la muerte de su hija. «A mí no me interesaba lo que no pudiera escribir en caliente», declaró el poeta. Es una excepción a tener en cuenta que dice más de la combinación del impulso poético con el amor paternofilial de Margarit que del mismo proceso de escritura. Viene todo esto a cuento del último libro de Luis García Montero, “Un año y tres meses”. El título hace alusión al tiempo transcurrido entre el momento que detectan la mortal enfermedad a su pareja, Almudena Grandes, en septiembre de 2020 y el día de su fallecimiento, el 27 de noviembre del pasado año. Quince meses en los que se alternaron estados de ánimo y esperanza con otros de pesimismo y resignación. Alguien como nuestro poeta, para quien la poesía ofrece consuelo y da razones para seguir viviendo, tenía que buscar refugio en el ámbito de las palabras para dejar testimonio del amor que se profesaban, para intentar comprender la incertidumbre que teñía de los actos cotidianos, como si solo al escribir de la tragedia y compartirla con la soledad de la página, esta doliera menos, pero también para declarar el amor, para aferrarse a él como a una tabla de salvación. Evidentemente, los riesgos de caer en las redes del patetismo y de banalizar la intimidad son muy altos. Solo poetas de la talla del citado Margarit ―que falleció unos meses antes― o de García Montero son capaces de sortearlos. 

     El libro tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera de ellas el protagonismo lo acapara el desarrollo de la enfermedad. «No es lo mismo un secreto que un misterio», escribe, probablemente fruto del desasosiego que provoca el desconocimiento, un desasosiego que crece en el insomnio, cuando se difuminan los contornos de la realidad ―«Me das tus sueños al vivir los míos»― y se superponen secuencias temporales. La complicidad es un entrenamiento que ha de realizarse sin interrupción. No es fácil asumir «la verdad en las ficciones», pero es absolutamente necesario para seguir afirmándose en la vida, para mirar la cotidianidad con otros ojos mientras la enfermedad avanza inexorable, minando las esperanzas de curación. El mundo se convierte así «en un hotel / sin libro de reclamaciones». La hermosa metáfora lleva en su seno una cruel sensación de impotencia que el lector debe asumir porque ese es uno de los principios de la poesía, la fidelidad a las exigencias del lenguaje por encima de consideraciones emocionales. García Montero lo sabe como nadie y consigue sublimar esa emoción, con palabras serenas, contenidas, sin perder la intensidad de la ocasión. Muchas sensaciones, a veces contrapuestas, se dan cita en estos poemas. De la esperanza se pasa a la decepción, de la asunción de la enfermedad a la imprecación ―siempre como en sordina― y la capacidad de resistencia, del temor del presente a la felicidad que proporcionan los recuerdos, el amor compartido. «Una historia de amor es un viajero / que se sienta en la mesa pata hablar de la vida», escribe en el poema «Asuntos familiares». El poeta, testigo de la decadencia de la persona amada, acaba por plantearse «si es peor / la suerte del que muere o del que permanece / aquí sin más sentido que la nada», porque el sentimiento de vacío va creciendo en su interior.

     La irreversibilidad de la muerte ocupa la segunda sección. La esperanza se ha diluido y ahora solo queda asumir la ausencia, pero la mente se resiste, aún vive en una especie de niebla que le impide ver con claridad: «Las cosas van y vienen / confundiendo el ahora y el mañana / con lo que ya no puede suceder». La muerte se en una presencia subsidiaria, pero que acaba impregnándolo todo, es un molesto animal de compañía: «Yo daba por supuesto que la muerte / no iba a ser una duda metafísica, / pero desconocía hasta qué punto daña / como animal doméstico». Llega la hora del duelo, un duelo que se prolonga en el tiempo porque «los meses todavía / tienen la luz de un pésame difícil» y la memoria no están aún dispuesta a hacer mudanza, a crear en soledad otros recuerdos.

     Un extenso poema que lleva el mismo título del libro cierra el volumen con una emocionada declaración de amor que pone los pelos de punta hasta al lector más insensible: «Una historia de amor, / este año y tres meses, / estos días finales que ya son, / ahora, recordados, / los más felices de mi vida». Una irredimible pérdida, gracias a la disolución del uno en el otro, se trasmuta en un canto a la vida, en fortaleza para vivir los nuevos acontecimientos que la existencia depara. Luis García Montero es un maestro a la hora de combinar lo anecdótico con lo trascendente, lo prosaico con lo metafórico, y este libro lo demuestra acaso como en ningún otro.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 30/09/2022