VICENTE LUIS MORA. MECÁNICA.

VICENTE LUIS MORA. MECÁNICA. PREMIO VILLA DE MARTORELL 2021
EDITORIAL: HIPERIÓN
 
Como Novalis defendía, para Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) ―autor de una copiosa y reconocida obra no solo en el ámbito poético, sino en géneros como la novela y el ensayo―, ciencia y poesía están ligadas desde sus orígenes y comparten una misma intención, indagar en la realidad para desvelar sus misterios, tanto a través de los objetos y los fenómenos naturales como a través del propio yo, asunto al que Mora dedicó en 2018 un curso en la UIMP de Santander bajo el título: «Poesía, Ciencia y Tecnología: hacer poesía desde el imaginario científico y el mundo digital». Fue el poeta alemán quien escribió que «la exactitud científica es lo absolutamente poético» y esta idea parece sobrevolar la escritura poética de Mora, más aún en su último libro, “Mecánica”, con el que obtuvo el Premio de Poesía Villa de Martorell, aunque lleva años tratando de romper el habitual divorcio existente entre las dos disciplinas, un divorcio probablemente asentado en que en la ciencia se defiendan valores como la precisión, la comprobación empírica, el rigor, la utilidad o la eficiencia, asuntos no del todo asumibles en la creación poética. Pero lo que no se puede negar es que los avances científicos han transformado el conocimiento de la naturaleza y la visión que tenemos sobre los propios asuntos cotidianos y contribuyen a ir desvelando los más profundos enigmas del ser humano. Existe, además, una innegable relación entre el conocimiento científico y la intuición poética, y esto queda de manifiesto en muchos de los poemas de este libro, dividido en cuatro secciones, íntimamente relacionadas entre ellas: «Naturalezas», «Procedimientos», «Al ras» y «Alucinaciones». 
     El conocimiento de las naturalezas a las que se refiere en la primera sección parte de una constatación: «Lo más grande que hemos hecho / es comprender / cuán diminutos somos», comienzo del poema «Entrelazamientos», casi un sinónimo de esas correspondencias que se establecen entre los elementos y los fenómenos naturales porque «las cosas no están solas en el mundo: / la suma de interrelaciones / ente todos los objetos / ontológicos y físicos es el mundo, / y el propósito de la existencia / y el fin último de todo lo viviente / es durar, perseverar…». Como vemos en estos versos, la primacía del lenguaje de carácter científico no anula su valor estrictamente lírico, y esto ocurre en la mayoría de los poemas. Hay veces, sin embargo, en las que la acumulación de términos relativos, por ejemplo, a la física y las aporías que plantea dificultan el modo de percibir esa intuición poética que se presume en todo poema, como ocurre en este fragmento: «A mi comprensión del mundo le sucede lo que a la luz originada por los cuerpos más allá del universo observable. Convertida en radiación térmica, es luz primigenia nunca llegará a nosotros, porque el universo se expande a una velocidad superior a la suya…». Lo habitual, por fortuna, es que Mora logre imbricar ese vocabulario específico en reflexiones de orden existencial y ontológico de las que surge su poesía más lograda, como ocurre, por ejemplo, en uno de los mejores poemas del libro, «Virginia sale al jardín», en el que abundan afirmaciones sentenciosas, aforísticas, plagadas de incertidumbre y de lirismo, como esta con ecos del Romanticismo: «Ante la naturaleza, distraerse es concentrarse» o esta otra, más contemporánea: «Somos / la alimentación de los instantes, las capturas / de los colores, los instrumentos de las cosas / y no al revés, como nos enseñaron».
     Los procedimientos de aproximación a la realidad no escatiman ninguna técnica, acaso porque «Somos la parte de la realidad / que deja de ser ella / para ser / nosotros», es decir, una realidad que se construye con nuestra presencia, pero que moldeamos desde nuestra subjetividad ―y esta es solo una de las teorías que se despliegan en estos versos, aunque el autor afirme que escribe «para llevarme la contraria». No esta la única ocasión en la que Vicente Luis Mora utiliza como referencia la propia construcción del poema, y ello a pesar de que lo entiende como un ente autónomo: «Este poema piensa en sí mismo / y al hacerlo encuentra la frontal resistencia del sentido / y el probable fastidio del lector», escribe en «Piensa en pensamiento».
     La parte final del libro tiene un título un tanto engañoso, «Alucinaciones», porque hace pensar al lector en poemas que pueden surgir de un duermevela, de una pesadilla o tras ingerir determinadas sustancias que producen trastornos psicóticos, pero los poemas que lo integran no difieren apenas de los precedentes. Hay acaso más vuelo imaginativo y la tensión lírica recae en imágenes menos reconocibles, pero esencialmente mantienen, y esto contribuye a dotar a “Mecánica” de una unidad armónica magnífica, una arquitectura especulativa semejante y una misma subordinación a lo objetivable que resalta el poder del razonamiento, embellecida, eso sí, por destellantes intuiciones poéticas. En el poema «Aceptación», un singular retrato del personaje poético exhortativo, resume la intención de este más que recomendable libro: «sin reino que legar, / con la tranquilidad / de oír el viento en las hojas; / paladeo el instante, / me adhiero al mundo, / hundo la mano / en el torrente del tiempo, / siento bajo los pies el musgo fresco / de la nada más pura».
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 21/01/2022

FRANCISCO JAVIER TORRES. NOTAS PARA UN LIBRO FUTURO

FRANCISCO JAVIER TORRES. NOTAS PARA UN LIBRO FUTURO. CENTRO CULTURAL DE LA GENERACIÓN DEL 27.
Toda recopilación supone realizar un ejercicio retrospectivo, echar la vista atrás y, desde la perspectiva del presente, evaluar los poemas del pasado, por esa razón no resulta extraño que muchos poetas realicen modificaciones en ciertos versos, supriman poemas ―libros incluso― o añadan poemas inéditos que quedaron desplazados y fuera de circulación en su momento. Por supuesto, es potestad del autor efectuar estos cambios y eso no altera en lo sustancial su corpus poético, aunque hay quienes, como es el caso, prefieren no intervenir en ellos y mostrarse a cara descubierta, sin los afeites de la corrección.  Francisco Javier Torres, malagueño de 1962, lleva más de treinta años publicando libros de poesía ―también de ensayo, pero ese ámbito queda fuera de Notas para un libro futuro ―un título, por cierto, que remite de inmediato a Fragmentos de un libro futuro, la última entrega de José Ángel Valente― y otros tantos dedicándose a esa otra forma de hacer poesía, la labor editorial. Ha dirigido las revistas de Literatura: Galeote (1987-1993, editada por el Ayuntamiento de Antequera) y Bazar, revista de literatura (1994-1997) y, después de otros proyectos editoriales de vida breve, desde el año 2004 está empeñado en llevar adelante la editorial Libros de Aquí, con un éxito innegable porque han editado ya más de 140 títulos ―entre ellos uno con poemas inéditos de José Antonio Muñoz Rojas―, a pesar de las dificultades por las que atraviesa la edición en general, y más aún la de la poesía y el ensayo literario. Esta ardua dedicación, muy meritoria, es la que, a nuestro juicio, ha restringido su labor propiamente creativa, porque, aunque, como apuntábamos, son más de treinta años de creación, su obra no se puede adjetivar de extensa. Su primer libro, Anatomía, data de 1988 y el último, Restos de inventario, se publicó en 2015. Entre estas dos fechas, Versatilidad (1990), Anversos (1993), Los coches (1999), Más al sur y algún otro poema más, Enseres (2013).
     Este volumen, en palabras de su prologuista, el profesor José Manuel del Pino, «se organiza en tres secciones de diversa extensión. La I recoge la obra más temprana del autor, agrupada en las colecciones Anatomía y Versatilidad […]. La II, la más ambiciosa, recoge los libros Anversos, Los coches, Mas al sur y algún que otro poema más y Enseres. Concluye el libro con Restos de inventario (2015-1990). Ese primer libro, Anatomía, es un fiel referente de una estética, la poesía llamada del silencio, que tenía muchos adeptos en la época, entre ellos el también poeta malagueño Salvador López Becerra. Lo integran poemas breves, de discursividad concentrada que busca esa concisión acceder a la verdad desnuda de las cosas, como en este poema: «Vapor / que del pecho emerge. / Instante fiel. / Punto. / La frágil cadencia. / La ignorada red». Esta estética de lo esencial se continúa en Versatilidad, aunque hay en este libro más variedad de registros, más flexibilidad a la hora desnudar lo conceptual. Algunos de estos breves poemas se pueden leer como aforismos ―hoy en día tan de moda, entonces apenas frecuentados―: «Lenta invención de la forma: trémulo sueño, canto, / vigilia siempre. No más». En la segunda etapa se aprecia un cambio sustancial, aunque dicho cambio no se produce de forma brusca, de hecho, en Anversos cohabitan poemas formal y conceptualmente relacionados con los de los títulos precedentes, con otros de mayor aliento discursivo. La vuelta a la infancia, el regreso al pasado es el argumento que aglutina los poemas: «De aquellos días la luz / y el pálido clamor de los árboles / era gozo. / Caminábamos lentamente, / demorábamos el paso entre arriates / queriendo preludiar / la calma intensa del otoño, / esa brisa en nuestros ojos casi amante, / suave como un sueño […] Mas todo se desvanece. / Ahora te imagino un soplo amargo / posado en las frágiles pupilas. / Yo a veces, solo a veces, / cuando un fugaz destello alienta la memoria, tiemblo. / Fue hermoso, lo sé, / pero no son estos tiempos ya para creer / como antes lo hacíamos». En su siguiente libro, Los coches, es, según afirma Antonio García Yedra en la nota introductoria, «una bella y moderna alegoría del tránsito, del viaje de la vida». Francisco José Torres observa el tráfago diario, las carreteras atestadas de automóviles, el ir y venir con un itinerario marcado, aunque para el observador sean desplazamientos caóticos, como nos sucede cuando contemplamos el laborioso trajinar de las hormigas, un trajín aparentemente arbitrario. En todo caso, igual que Ulises en su nave, Torres ve en el coche el vehículo para hacer su viaje iniciático: «Está el motor en marcha y el camino / es largo y recto. Embarquémonos, / vayamos sin que nos oiga nadie / hacia el destino, mudos también nosotros». De hecho, ese destino final, esa Ítaca, está junto al mar: «He aparcado mis coches en el mundo / para acercarme un poco al mar en calma». Está Más al sur y algún otro poema más divido en dos secciones. La primera nos acerca, mediante la descripción de oficios olvidados ―el tendero, el aguador, por ejemplo― en las sociedades modernas, a las tradiciones del país vecino, en el que aún la globalización no ha arrasado con todos los vestigios del pasado. «Son poemas ―escribe José Manuel del Pino, deudores de la experiencia del viaje a lugares menos familiares y exóticos, como las ciudades de Marruecos y Egipto». En la segunda parte, tal y como su título anuncia, está integrada por poemas de diferente tono y factura. Los temas son variados, hay homenajes a poetas de referencia ―Berceo, fray Luis de Granada, fray Luis de León― a reflexiones existenciales sobre la muerte, la infancia o la dicotomía vida / literatura: «pero ignora que son tus manos / solas las que podrían vencerme, / alejando esta vida de la literatura». Enseres es el último título de esta segunda sección en la que prevalece una poética de los objetos, cazuelas, mesas, vasos, cuchillos, abrecartas, libros. Según el prologuista, este libro «homenajea al mundo poderoso de los objetos modestos y cotidianos que por efecto de la labor artística adquieren la dignidad de material poético»
    El libro finaliza con Restos de inventario, inédito hasta ahora, que integra poemas escritos en extenso periodo de tiempo, ente 1999 y 2015, razón por la cual son una especie de resumen temático de sus libros anteriores, como el viaje, núcleo de Los coches, y que ahora se revisita no sin cierto humor: «Existe un poderoso trastorno de la personalidad cuyo alcance patológico se relaciona a la inversa con las distancias recorridas», escribe al comienzo de «El viaje». Ese mismo humor es el que nos hace sonreír en los poemas titulados «Lost iPhone», «El poeta no abre. Sonero (jocoso) para Antonio Carvajal» o «El otro», que comienza con estos versos: «Siempre he querido ser otro. / Por ejemplo, quise ser vendedor de Planeta». En resumen, este libro es el más misceláneo, algo casi inevitable tanto en su concepción como en los temas que aborda.
Francisco Javier Torres, lo decíamos al inicio de este comentario, está casi totalmente absorbido por su labor editorial, por eso pensamos que este libro. Notas para un libro futuro, puede cumplir dos objetivos, el primero, poner a disposición del lector interesado una obra poética ya de muy difícil acceso y, el segundo, confiamos en que esta nueva salida a escena sirva al autor de estímulo para simultanear su labor editorial con la escritura. Sus lectores se lo agradeceremos.
https://elcuadernodigital.com/2022/01/19/notas-para-un-libro-futuro/

DAVID HUERTA. EL DESPRENDIMIENTO. ANTOLOGÍA POÉTICA 1972-2020

DAVID HUERTA. EL DESPRENDIMIENTO. ANTOLOGÍA POÉTICA 1972-2020. EDICIÓN DEL AUTOR Y DE JORDI DOCE. EDITORIAL GALAXIA GUTENBERG

Una «Semblanza en primera persona», escrita por el propio poeta, encabeza la selección de poemas que, bajo el título de “El desprendimiento”, recoge su obra poética desde 1972 hasta 2020. Hijo del gran poeta Efraín Huerta y de Mireya Bravo ―«lo bueno que haya en mí o lo valioso que yo pueda dar proviene de ella», ha escrito―, David Huerta nació en 1949 en Ciudad de México, y algunas experiencias vividas en su juventud, como la Matanza de Tlatelolco, marcaron desde muy pronto su vida y su escritura. Su obra poética, que comienza con el libro “El jardín de la luz”, es extensa ―casi treinta títulos― y ha sido reconocida con importantes galardones, entre ellos el Premio de Poesía Carlos Pellicer, el Xavier Urrutia, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de la Lingüística y la Literatura y el Excelencia de las Letras José Emilio Pacheco. La presente selección ha sido realizada por el propio poeta ―los fragmentos de “Incurable” y de “Cuaderno de noviembre”― y Jordi Doce, que se ha ocupado del grueso del libro y ha realizado una esmerada edición y ha escrito un excelente prólogo en el que analiza, si bien de forma somera, como exige la edición, los libros más representativos del autor.

Hay poetas que muestran a lo largo de su obra una homogeneidad creativa rigurosa que se mantiene inflexible a lo largo de los años, lo que, por una parte, ayuda a reconocer su estilo casi con un golpe de vista, pero, por otra, tal fidelidad a unos principios estéticos inmutables imposibilita ―en la mayoría de los casos, no siempre― la natural evolución que va asociada al aumento de la experiencia vital. Otros poetas, acaso más apegados a dicha experiencia, sufren en su escritura los vaivenes y altibajos propios de quien se aventura a conciliar en carne propia vida y literatura. Sin lugar a dudas, David Huerta pertenece a este segundo grupo. Sus poemas son un fiel reflejo de las circunstancias de las que le ha tocado vivir, aunque esto no signifique, por supuesto, que sus versos transcriban de forma notarial cuanto acontece en su día a día. La palabra poética se eleva por encima de esas contingencias y vuela en pos de horizontes simbólicos de mayor envergadura. El poema se adapta entonces en su hechura a la necesidad expresiva que exige cada momento, cada circunstancia personal, así, junto a poemas breves, de sentido condensado, conviven otros más extensos, versículos e, incluso poemas en prosa, en una armonía incuestionable pero no siempre fácilmente detectable. Esta característica la constamos ya desde su primer libro, el antes citado “El jardín de la luz”, integrado por poemas que buscan la palabra esencial ―«Las versiones del agua», por ejemplo―, leemos otros en prosa ―«Exploraciones»―. Acaso este método tenga que ver con lo que Jordi Doce ha definido, a la hora de elegir el título de la selección, como «el entusiasmo de su autor y su capacidad para el desbordamiento y el derroche verbal».

Con todo, la obra de David Huerta puede dividirse en dos épocas. La primera de ellas comprendería sus primeros libros, “El jardín de luz”, “Cuaderno de noviembre” ―un libro pródigo en «adjetivación lujosa» que en algunos pasajes recuerda al Caballero Bonald de la época―, “Huellas del civilizado”, “Versión”, “Historia”―aunque publicado unos años después, está escrito simultáneamente con “Incurable”―. Es este su libro más arriesgado y trascendente, un largo poema-río ―casi cuatrocientas páginas― con afán totalizador. Como escribe Jordi Doce, es «un largo poema reiterativo y circular, hecho de imágenes fluyentes, en el que el lenguaje se derrama y desborda sin pausa», Y la segunda, en la que, siguiendo de nuevo al autor del prólogo, «se da la circunstancia, sin duda paradójica, de que sus libros en los últimos treinta años son una revisión (¿una impugnación?) más o menos tácita del mundo y de los presupuestos de “Incurable”», integrada por los libros publicados con posterioridad a 1990, como “Lápices de antes”, “El azul en la flama”, “La calle blanca”, “La música de los que pasa”, “Canciones de la vida en común” o “El ovillo y la brisa”, por citar solo algunos. Lo que demuestra esta versatilidad es que David Huerta posee «una infatigable capacidad para renovarse y llevar a su molino nuevas formas de realidad». Estamos, pues, frente a una obra en continua transformación que no desoye la llamada de lo desconocido, que presta su palabra a cualquier forma de indagación en la realidad sin apriorismos estéticos. Su constante inquietud, su animadversión a las fórmulas consabidas no deja de llamar la atención en una época como la nuestra ―un «Tiempo de luz ausente»― en la que muchos poetas se aferran a los clichés como si fuera su auténtico salvavidas. David Huerta es un poeta de otra especie. Leer su poesía, no muy conocida en nuestro país, es una invitación a dejarse llevar por las aventuras que ofrece el lenguaje y sus múltiples expectativas. 

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 14/01/2022

JOSÉ RAMÓN BARAT. SI PREGUNTAN POR MÍ.

JOSÉ RAMÓN BARAT. SI PREGUNTAN POR MÍ. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO.

Más de diez años han transcurrido desde la publicación del anterior libro de poesía ―La brújula ciega (2010)― de José Ramón Barat (Valencia, 1959) hasta este Si preguntan por mí ―Otros títulos suyos son La coartada del lobo (2000), Como todos ustedes (2002), Piedra primaria (2003), Breve discurso sobre la infelicidad (2004), El héroe absurdo ―Poesía reunida― (2004), Confesiones de un saurio (2005), Malas compañías (2006) y  Mapa cifrado (2007)―, un título que define sin ambages el contenido y la intención  de los poemas que lo integran. Barat se ha mantenido fiel a una estética que apuesta por la claridad expresiva, por la sencillez compositiva y por el relato discursivo de una experiencia que tiene en la memoria y en lo anecdótico tanto su nervio como su talón de Aquiles. Su nervio, su fuerza radica en la esmerada dicción y en la musicalidad de los versos, en las bien asimiladas enseñanzas de la tradición, manifiestas ya desde el poema que abre el volumen, «Sol de infancia», de claras referencias machadianas, en el que recrea el tópico de que la patria del hombre es la infancia con estos versos: «Empiezo a comprender / que la vida de un hombre / se escribe con la tinta / de los primeros años». Pero son estos tópicos los que dejan al descubierto su talón de Aquiles. Temas como, entre otros, la rememoración del paraíso de la infancia, el paso del tiempo y los cambios que dicho transcurso ocasionan en el poeta han sido tratados con tanta profusión y desde perspectivas tan diversas, que es realmente difícil aportar algo nuevo. Pero el ejercicio poético consiste precisamente en eso, en buscar la novedad semántica, un ángulo distinto desde el que observar los avatares de la existencia y esto no siempre lo percibimos en Si preguntan por mí, aunque tenga momentos de exultante brillantez. Abunda en los poemas la descripción de estados de ánimo, referidos, principalmente, a momentos cargados de nostalgia y desolación y la certeza de que aún se puede confiar en las palabras como herramientas válidas para nombrar esas sensaciones. La mirada del poeta, serenamente angustiado, nos incita a contemplar el mundo con sus ojos, desde su perspectiva íntima, aunque dicha perspectiva sea ya moneda común y se convierta no en una vista individual, sino colectiva, porque todos asistimos, a cierta edad, a la descomposición de lo que fuimos.  Sí, es cierto que la originalidad no es un valor en sí mismo, pero también lo es que una de las obligaciones de la palabra poética es salirse de lo trillado, expresar las ideas y los sentimientos no solo con emoción, sino con frescura, con voz propia. No basta solo con apelar a los sentimientos más básicos ni hacer uso de todo el oficio retórico del que se dispone, para eso hay otros géneros y otras disciplinas. José Ramón Barat sabe de lo que hablo porque ha demostrado su pericia en incontables ocasiones (leánse, por ejemplo, algunos poemas de este libro como «De la fragilidad», «Madre» o «Adagio» para comprobarlo), por eso no basta con reconocer, como hace en varios poemas, que es un hombre sencillo que escribe versos, al que le gusta «pasear / sin prisa por el campo, / cuidar de mi jardín / o jugar con mis gatas», que es «alguien que habita / con más pena que gloria en los suburbios / de la insignificancia» o «una sombra entre sombras», clara herencia, ya lo dijimos, machadiana. Sí, estamos hechos, como la jarra del poema, de «sueños y de barro», y esta constatación debe llevar aparejada una reflexión ―un escalofrío― que encontramos en estos poemas, más descriptivos que pensativos, en contadas ocasiones. Si preguntan por mí es un libro condescendiente con el lector, bien escrito, casi perfecto en muchos aspectos, y el lector pronto se siente a gusto lo que redunda en un alto grado de complicidad con el autor a medida que avanza en la lectura ―conseguir esto no es tarea fácil―, pero la desgarradura de ese conflicto interior ―esa combinación de zozobra y júbilo, de amor y odio de los que habla Barat en el poema final― que nos remueve las entrañas y nos hace crecer como seres humanos, que muestra las cicatrices que le ha dejado la lucha con su conciencia, a veces es, por lo redundante de los tópicos de los que hablamos al principio, más un elemento del vademécum literario que un patetismo real, que algo auténtico, que algo, en fin, que ha sobrevivido al avance de las sombras y sobrevive en la intemperie de la existencia.

https://www.cantabriadiario.com/si-preguntan-por-mi-jose-ramon-barat/

RAFAEL SOLER.  LAS RAZONES DEL HOMBRE DELGADO

RAFAEL SOLER.  LAS RAZONES DEL HOMBRE DELGADO.
EDITORIAL: NUEVA YORK POETRY PRESS
Aunque comenzó escribiendo narrativa ―su primer libro publicado fue la novela “El grito” en 1979, a la que han seguido títulos como “El corazón del lobo” (1981), “Barranco” (1985) o “Necesito una isla grande” (2019)―, el ámbito poético ha sigo una constante en su escritura y ha crecido de forma simultánea al prosístico. De hecho, “Los sitios interiores”, la entrega con la que comienza su trayectoria poética, data también de 1979. A partir de este libro se han sucedido, con cierta irregularidad temporal, títulos ―algunos de ellos comentados en estas mismas páginas―como “Maneras de volver” (2009), “Las cartas que debía” (2011), Ácido almíbar (2014) o “No eres nadie hasta que te disparan” (2016), así como varias antologías de su obra, como “Leer después de quemar” (2018).  Este año que acaba de finalizar, además del libro que nos ocupa, ha publicado también “Vivir es un asunto personal”, su obra completa.
     En “Las razones del hombre delgado”, Rafael Soler se enfrenta, con su estilo tan personal, enfático y desgarrado, a un asunto tan delicado como la muerte (parodiando el título que Caballero Bonald dio a una reunión de sus poemas, titula una de las secciones «Morir para contarlo»), pero la muerte vista desde dentro, su propia muerte, algo que, como mínimo, resulta paradójico ―la paradoja es uno de los recursos más utilizados por Soler― porque lo habitual es que las observaciones sobre ella se realicen a través de terceras personas. Se escribe sobre muertes ajenas, sobre la muerte de los otros, pero, como escribe el autor «hay vivos medio muertos, cierto es, pero hay también muertos medio vivos». Esta es la razón de que «el hombre delgado», como buen poeta, despliegue toda su batería de símbolos, todos los recursos que ponen a su disposición las palabras para ¿congraciarse? con la Parca. Y es que ese poeta busca «las sílabas precisas» con ahínco, con una pasión desaforada que se trasmite en una discursividad torrencial, plagada de verbos que buscan tallar «su impaciencia oscura».
     El libro está dividido en cuatro secciones, con sus correspondientes apartados, de muy distinto alcance. Es en «El reino de los leves» donde el poeta entra de lleno en esa nada que la muerte, tal y como la concebimos los no creyentes, lleva aparejada: «Y si desnudo nací desnudo sigo / a la espera de una cita con El Cuervo / para ocupar mi palco». Así, a pecho descubierto, sin esperanza, pero sin temor, se enfrenta el poeta a la visita de lo inevitable. Sin embargo, no por eso se deja atrapar por las redes de la resignación: «¿Qué pasaría ―se pregunta― si al despertar mañana / el otro que soy y no conozco / hiciera de la terrible munición / limpia golosina // y de la culpa un estilete / para vencer el miedo?». La respuesta se deduce de ese canto solapado a la cotidianidad que fluctúa en versos que no son, como el propio Rafael Soler declara, «inútil desahogo», sino el reflejo y la constatación de que el ser se rebela contra las exigencias del destino, contra el deterioro o la enfermedad, aunque destaque la prevalencia física de lo corporal sobre el vacío: «Notará en los comienzos / un desplome maxilar / frío en el costado // y el borboteo / que todo adiós provoca», escribe. Además, ese cuerpo que comienza a degradarse pierde rápidamente los atributos que lo significaban como tal, por eso «liberado su cuerpo del extraño / que a usted tanto se parecía / despedirá frugal la vida en vilo / pernera costillar y codo / preguntando por su traje». El poeta se desdobla en otras voces porque, con la complicidad de los otros, enmascarado, puede, por una parte, hablar de su propia muerte como si fuera la de otro y, por otra parte, con las máscaras pretende confundir a la muerte, obligarla a pasar de largo porque no encuentra a su víctima: «guarecido / usted es ahora / el vacío que su cuerpo ocupa // ignorado por ausente // hueco en el hueco / negra noche // usted».
     Tanto la tercera sección, «Para fundar una distancia», como la cuarta y última, «Morir para contarlo», inciden en esa desposesión del cuerpo, un cuerpo atado a la materialidad que parece carece de alma: «y cuando llegue lo trémulo / dejando en lana y polvo mi esqueleto / a qué inclusa volveré / para aceptar descalzo / esta agria jubilación definitiva». Pese a que el poeta trata de «ser hermético / en asuntos personales», hay en estos poemas un alto grado de confesionalidad, bien es cierto que decolorada en unos versos sin puntuación que invitan a la ambigüedad semántica, por más que en algunos casos las enumeraciones nos hagan recordar al lenguaje notarial; difuminada en unos periodos temporales que sirven de escenario a cierta simultaneidad no sólo física sino emocional. Rafael Soler incide en este libro en su poética de la fusión de conceptos, en el dominio de un lenguaje de amplias metas referenciales, un lenguaje apropiado para desafiar a la innombrable, para, de alguna forma, definirse y autoafirmarse, porque, ya sin el amparo de los antifaces, el poeta «resulta que soy yo».
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 7/01/2021

HENRI COLE. epivir, d4t, crixivan

HENRI COLE

epivir, d4t, crixivan

Llegó la nueva enfermedad, pero no sin avisar.

Las drogas eran una combinación tóxica que mantenía a los enfermos

con vida otro año. Me encantó cómo hablaste en sueños

sobre el libre albedrío. Tu ropa olía, pero los niveles

de sangre eran normales. Ahora he visto al dios sol:

esto es lo que pensé cuando te vi por primera vez ―la cara,

el porte―, pero la perfección de las formas no significaba nada

para ti, todos éramos solo almas portando

un cadáver. Yo fumaba marihuana mientras el gobierno dormitaba.

Las compañías farmacéuticas celebraban fiestas en Arizona y Florida.

El beneficio seguía aumentando. Para aquellos que no se vendieron

en los bares, parecía la Venganza de los Novatos.

Aguijoneado por tu mano, escribí poemas que resumían

en esencia este asunto, ahora ya un recuerdo.  

Versión de Carlos Alcorta

JUAN FRANCISCO QUEVEDO. UNA MIRADA A ESTE NUESTRO TIEMPO

JUAN FRANCISCO QUEVEDO. UNA MIRADA A ESTE NUESTRO TIEMPO.

PRÓLOGO DE JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

EDITORIAL LIBROS DEL AIRE

Juan Francisco Quevedo ―nacido en México en 1959― es un autor que ha sabido exprimir las enseñanzas que brinda el paso del tiempo para ofrecer al público lector un fruto, permítanme la metáfora hortofrutícola, en el punto justo de su maduración. Aunque lleva escribiendo desde su juventud, nunca ha sufrido la ansiedad, la urgencia por ver sus textos impresos. Ha sabido esperar el momento justo y, a partir de ahí, nos ha ido filtrando con meticulosa regularidad el resultado de los largos años de aprendizaje. Un breve recorrido por su obra literaria ilustra este itinerario, en el que no mencionamos las colaboraciones en libros colectivos: las novelas Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016), el libro de poemas El sedal del olvido (2017) y otros títulos misceláneos como José Simón Cabarga. Una biografía (2018), Pensamiento, palabra y poesía (2018), Cincuenta años de la Peña Bolística Riotuerto. Una historia que contar (2019) o Pedro Sobrado. Vida y obra (2020). Y es que todo poeta, como bien sabe nuestro autor, necesita de ese aprendizaje y del dominio técnico para acertar con la forma justa y con la estructura orgánica adecuada al tipo de creación que se proponga realizar. Pero cada idea necesita un aliento diferente. De ahí viene la alternancia, en su caso, entre la prosa ―en forma de novela, de ensayo― y el verso ―en formas clásicas como el soneto o el haiku, o verso libre―. Y es que, como sabemos, la capacidad creadora de un artista no se desarrolla en compartimentos estancos, todo lo contrario, sus diferentes expresiones están mutuamente relacionadas, son deudoras unas de otras y se enriquecen entre sí. Las exigencias de la poesía, y de esto, no todo el mundo es consciente, no son las mismas que las de la narrativa, por esa razón es necesario trabajar de acuerdo a los patrones normativos de cada género. Es un error manifiesto, aunque Quevedo lo ha eludido, escribir una novela con los presupuestos del poeta, tendente este generalmente más que a narrar, a ornamentar con recursos propios de la poesía la narración.

     La poesía es quizá el instrumento más adecuado para expresar los sentimientos personales. Gracias a las palabras del poema el autor penetra en los estratos más profundos de su personalidad, pero el poema no es una mera transcripción notarial con carácter biográfico, tiene que ver, más que con revelar, con desvelar esas claves personales que justifican su actitud vital. En este proceso de desvelamiento, sin embargo, no podemos olvidar la técnica, que siempre debe estar al servicio de la sensibilidad, y no a la inversa, como ocurre en aquellos poetas que se enredan en florituras verbales carentes, en muchos casos, de sentido. Sobre ello ha escrito esclarecedoras páginas Juan Francisco Quevedo en el libro Pensamiento, palabra y poesía (Septentrión, 2018), del que entresaco este fragmento: «una vez que se llega al conocimiento desde la lectura, hay dos factores esenciales, inspiración y trabajo. La primera se tiene o no se tiene; de hecho, he conocido poetas sin ella que, por mucho oficio y trabajo que le han dedicado, nunca han llegado al poema. Y viceversa, poetas que lo fían todo a la inspiración y luego no acaban nunca el poema pues lo abandonan sin más, tal y como les llega. La una sin la otra no hace al poema. Inspiración y trabajo son indispensables». La razón última de esto es acaso que toda escritura debe nacer de una necesidad interior, ser eco de una voz profunda, y conseguir que ese eco se traslade a la página con personalidad propia, aunque sea este es un asunto endiabladamente complicado. El objetivo principal para un poeta es conquistar su propia voz, esa manera de escribir que le hace único, inconfundible, esa voz que le permite expresar con plenitud tanto sus sentimientos como su visión personal del mundo que le rodea, pero esta no es una tarea fácil, ya que todo poeta es, antes que poeta, lector, y no resulta improbable que el poso de esas lecturas se vaya filtrando en la propia escritura. Juan Francisco Quevedo lo ha conseguido con creces. Cualquiera que hay leído alguna de sus obras reconocerá un estilo personal fácilmente identificable. Juan Francisco Quevedo, como hemos dicho, poeta, novelista, memoralista y crítico de poesía, ha sabido imprimir a cada uno de estos géneros ―manejando con destreza los registros de cada uno de ellos― su particular forma de entender la vida, y lo hace con sus mejores armas, con un lenguaje terso, sereno, fluido, reflexivo y lúcido, un lenguaje, en definitiva, con un mismo tono íntimo y confesional, con todas las reservas que a este término hemos puesto más arriba, porque, aunque no elude la presencia de lo biográfico en sus poemas, antes al contrario, busca, con esa especie de desnudamiento emocional, la complicidad del lector a través de una claridad innata, sin los afeites de la retórica, en toda escritura ahí una dosis ineludible de ficción, pero esa ficción, esa invención, en definitiva, no presupone falsedad alguna. Hay que tener en cuenta que el poeta no miente, solo inventa la verdad, porque, parafraseando a Antonio Machado, también la verdad se inventa.

     Estamos hablando, en fin, de una poesía meditativa caracterizada por una mirada condescendiente y bondadosa, aunque no falten en ella razones para el desencanto, una poesía vitalista, y sentimental, clásica y, a la vez, absolutamente contemporánea. Como diría el poeta Carlos Marzal, es una poesía temporalista, «porque trata con hondura del tiempo del hombre que la escribe y pertenece también al tiempo del lector en cualquier tiempo que la lea». Con todo, lo que más caracteriza su poesía es la falta de altisonancia, la sordina y el tono nada enfático que ha sabido imprimir en su voz.  En estos versos conviven armónicamente el gozo de la contemplación con la meditación que esta provoca, las sensaciones que aportan los sentidos con la reflexión de orden metapoético y temporal ―«Busco la palabra precisa / que ingrávida flota en el marco / de la tersa piel de la patria»― con la crítica moral y social.

     Aunque Una mirada a este nuestro tiempo es un libro eminentemente hímnico (la declaración inicial que resumo en estos versos ―«El tiempo en el que vivo, el que siempre quise vivir, / fue el nuestro, el de los dos, el de los cuatro, / el de los dos, el de los que hayan de venir»―, lo constata, no elude ―lo subrayo de nuevo― la parte más dramática y sombría de la vida, el dolor ―«Vive en pasillos límpidos y estrechos, / está en el halo sórdido que habita / en las hirientes y ásperas miradas / de tristes ojos yendo hacia el vacío», escribe― y la muerte porque forman parte de la realidad del poeta, pero esa sordina de la que hablaba más arriba hace que el poeta escriba desde la mesura, con delicadeza no exenta de precisión. Al fin al cabo, en lo real conviven sin fisuras lo bello y lo terrible. Las correspondencias entre las cosas y los seres son inacabables y Juan Francisco Quevedo sabe sacarlas partido poéticamente. Sus tres secciones, con títulos esclarecedores, abundan en lo dicho: «Amor, dolor y poesía» es la primera. «Tierra, polvo, luz», la segunda, más vinculada esta a la rememoración del pasado, a la búsqueda de sus raíces, a la expresión del afecto: «Enséñame, madre, la luz / que surge del alaba e ilumina / la húmeda escarcha de mi infancia», escribe en el conmovedor poema dedicado a su madre. La última parte del libro, «Pensamiento y palabra» guarda muchas similitudes con la precedente, porque los recuerdos de la infancia y los sueños que en dicha etapa de la vida se engendran ocupan muchos de los poemas. Toda mirada retrospectiva tiene un alto componente de nostalgia, pero el enfoque de nuestro autor, aun sin prescindir de ella, está tintada por un componente que la transforma, la conmiseración.

     Estamos, por tanto, ante un libro que emociona desde el primer poema por la lucidez con la que el autor contempla el mundo que le rodea, por la manera en la que eleva lo cotidiano a la categoría de universal, lo efímero del día a día en realidad sub specie aeternitatis, porque todo lo que escribe, gracias a un lenguaje cercano a lo coloquial, nos suena a verdadero, a algo propio. No hay impostura ni grandilocuencia en sus poemas, y eso lo agradece el lector con el que, como ya hemos avanzado, establece un alto grado de empatía, de complicidad. Frente a lo efímero de la vida, quedará la palabra, en manos de Juan Francisco Quevedo, dotada de una verdad que la ayuda a permanecer en la memoria de sus lectores.

* https://elcuadernodigital.com/2022/01/04/una-mirada-a-este-nuestro-tiempo/

BECKETT. SIN/SENEIDAD.

BECKETT. SIN/SENEIDAD. EDICIÓN TRILINGÜE. LORETO CASADO Y JOSÉ FRANCISCO FERNÁNDEZ
ÁRDORA EDICIONES
 
No este el primer libro del Premio Nobel de Literatura de 1969, el irlandés Samuel Beckett (1906-1989), que publica la editorial Árdora. En 1998 ―como en este caso, en traducción del francés a cargo Loreto Casado―, publicó “Quiebros y poemas”, con toda seguridad, su faceta menos conocida, aunque más que poemas son frases, aforismos, pausas, quiebros, en fin. Becket es autor de una obra abundante tanto en el género de la novela como en la del teatro. Escribe simultáneamente en francés y en inglés, de ahí que la entrega que hoy comentamos ―”Sin/Sineidad”― provenga de ambos idiomas ―el propio Beckett la tradujo al inglés. Como hemos dicho, de la versión francesa se ocupa Loreto Casado y de la inglesa José Francisco Fernández. autor además del imprescindible prólogo, al cual tenemos que recurrir para entender en todo su alcance la intrincada composición de los textos que integran este libro, organizado según criterios matemáticos de difícil acceso para los profanos, pero que, sin embargo, dicha organización está sometida a la arbitrariedad, a lo casual. «Construir una narración en la que no existiera una secuencia lógica, que se rigiera por la casualidad, pero que a la vez fuera un texto bello, preñado de significado y altamente evocador es por tanto el reto de “Sans/Lessness”». No es fácil combinar un método estricto con el azar, pero Beckett, no sabemos si como parte del juego combinatorio que subyace en toda existencia, así lo plantea. Seguimos a Fernández, que explica el método de composición con suficiencia: «En primer lugar, Beckett escribió una serie de frases en torno a una serie de tema concretos: colapso del refugio, mundo exterior, cuerpo expuesto, refugio olvidado, pasado y futuro negados. En torno a cada uno de estos temas o familias giran 10 frases, dando como resultado 60 unidades en total. A continuación, numeró las frases del 1 al 10 en cada una de las familias (A, B, C, D, E, F) de forma que cada frase pudiera ser fácilmente identificada: A1, A2, A3; B1, B2, B3 etc. y metió los recortes de papel en un recipiente. Sacó al azar todas las frases, lo que las dispuso en un orden concreto. Volvió a echar los papeles en el recipiente y volvió a extraerlos, por lo que las frases se repiten pero en un orden distinto…». No acaba aquí el proceso, pero para no hacer excesivamente larga la cita, creo que este fragmento es lo suficientemente explícito como para percibir la analogía con la propia existencia humana, estructurada desde el nacimiento, pero sujeta a los vaivenes del azar y la fortuna. Los textos que leemos fruto de esa destilación están plagados de sentidos múltiples, a lo que contribuye, además de las frecuentes repeticiones argumentales, la ausencia de puntuación, de nexos y la escasez de artículos, la desnudez, el despojamiento lingüístico, en suma. Cada lectura transforma el significado, la ambigüedad es uno de los elementos más sugestivos porque aumenta casi infinitamente las interpretaciones, aunque, por encima de todas ellas sobresale un tono nostálgico y desesperanzado que se hace patente desde el primer fragmento: «Ruinas refugio seguro por fin hacia el que de tan lejos por tanto falso. Lejanía sin fin tierra cielo confundidos ni un ruido todo quieto. Cara gris dos azul pálido cuerpo pequeño corazón palpitante solo en pie. Apagado abierto cuatro lados derribados refugio seguro sin salida». Este primer fragmento nos sirve para hacernos una idea de la complejidad de la traducción, en este caso del francés. Reproduzco también la versión inglesa para comprobar las diferencias existentes ya en el texto de origen, excelentemente captadas por ambos traductores: «Ruinas verdadero refugio por fin hacia el que un gran número tiempo impostor ni un recuerdo. Infinidad por todas partes tierra y cielo todo uno nada se oye nada se mueve. Rostro gris dos azul pálido cuerpo pequeño corazón que late solo erguido. Oscurecido abatido cuatro paredes vencidas hacia atrás verdadero refugio en vano». No he exagerado nada cuando he afirmado que subyace el desencanto, una constante interrogación sobre el sentido de la vida y sobre la nada. Basta con enumerar las palabras que remiten a esa sensación: ruinas, refugio, impostor, nada, pálido, abatido, vencidas, en vano… Como si fueran partes de una oración o de un mantra, dichas palabras poseen un efecto alucinador que, probablemente, de forma oral intensificarían su efecto. “Sin/ Sineidad” es un libro abierto que precisa por parte del lector de varias relecturas. En cada una de ellas encontrará, sin lugar a dudas, nuevos significados, pero también nuevas sugerencias. Como escribe José Francisco Fernández, «dejar que la mente reciba sensaciones durante la lectura de esta prosa única y recrearse en las resonancias de las palabras es sin duda lo que esta obra puede ofrecer de forma radiante, pues es el fruto de una mente curtida en la lucha de décadas contra el leguaje, capaz de exprimirlo hasta que produzca las últimas gotas de sentido», un sentido, por otra parte, a contracorriente con la actual y preponderante fórmula de lo unívoco, de lo ya consabido.
*Reseña publicada en El Diario Montañés el 30/12/2021

JENNIFER MICHAEL HECHT. LA FUTURA ANTIGÜEDAD.

JENNIFER MICHAEL HECHT. LA FUTURA ANTIGÜEDAD. EDITORIAL CIELO ELÉCTRICO

Ha resultado toda una sorpresa leer un primer libro como La futura antigüedad (The Next Ancient World en su versión original, publicada en 2001), esmeradamente publicado por la editorial cielo eléctrico en traducción de Andrés Catalán. Aunque, a tenor del impacto que originó en su momento, esta sensación de asombro ha gozado de unanimidad ya que fue reconocido con galardones como Premio Tupelo de Poesía, el Premio Norma Farber de la Poetry Society of America y el Premio al mejor libro de poesía de ese año de ForeWord Review. Su autora, Jennifer Michael Hetcht (1965) ―profesora de poesía y filosofía en la New School de Nueva York y ensayista de éxito además de poeta―, ejercía hasta ese momento como ensayista e historiadora, labor que repercute muy favorablemente en su tarea como poeta, de hecho, en este su primer libro son habituales las referencias al pasado y simultanea historias y mitos de la antigüedad con hechos contemporáneos en un ensamblaje no siempre fácil de percibir por un lector no informado. Cargar al poema con un exceso de erudición conlleva el riesgo de lidiar con la incomprensión, fatalmente, pero Hecht no renuncia al riesgo y demuestra en cada poema que conoce los límites, que domina los resortes del oficio poético, necesarios para diferenciar un mero manual de historia ―de intrahistoria en la mayoría de los casos― de un libro de poesía, por más que el propósito sea imprimir en las páginas las huellas de la actualidad para que los lectores de un mundo futuro puedan recrear el pasado, una labor similar a los de los arqueólogos. «Mi primer proyecto serio consistió en un estudio serio sobre los gestos en el lecho de muerte / de nueve famosos fracasos». Son los versos iniciales del poema «Prólogo» con el que comienza el libro. A este primer proyecto siguen otros, como la escritura de una novela, hasta que se empezó a «interesar por el paso del tiempo», circunstancia que le obliga a abandonar la novela. Poco después emprende la escritura del libro que hoy nos ocupa: «Mi último proyecto consiste en esbozar varias descripciones detalladas en beneficio / de la futura antigüedad: una suerte de libro de consejos, de modo que puedan / entender que la civilización tiene fases, incluso fases en la creencia / de las fases, e idead sobre los dioses y la antropomorfización de los animales…». El afán didáctico, al menos superficialmente, es notorio, pero no podemos dejar de percibir cierto halo irónico en tal intención. Es probable que el poema no sea el mejor marco para instruir o dar consejos, sí lo es, sin embargo, para retener el instante, para que la fluidez del presente se solidifique en las palabras: «Nos vamos olvidando, como un tinte que se disipa en un vaso de agua de mar, / y esa es la razón de que me parezca buena idea tomar nota de algunas observaciones / precisas, recuerdos además de recordatorios, y no solamente / para divertir a los amigos sino para reflejar qué es lo que sé sobre / lo que sucedió aquí». No responde, como se ve, la escritura a un deseo de permanencia, sino a la aspiración de dejar constancia, para generaciones futuras, de quiénes fueron y cómo vivieron sus antepasados ―«cómo era vivir entonces»―, única forma, por otra parte, de construir la propia identidad, asunto central del libro. Pero, como he insinuado más arriba, el método para lograrlo no siempre se ajusta a la trascendentalidad del propósito y quizá sea mejor así, porque si lo hiciera, correría el riesgo de caer en lo puramente metafísico, dejando de lado el aspecto lírico y la ironía ―«Hazme caso, Romeo, eres / un gallo sensacional», por ejemplo―, fundamental esta última para sobrellevar la pesada carga que debe arrastrar el lector, quien solo así puede empatizar con versos como estos: «Alguien ha arruinado tu vida de inocencia. / Algún gesto de tu madre, / que se golpetea el labio con el dedo; la forma en que tu padre / miraba sus grabados escolares calificados con un / muy prometedor y luego a ti; / o algo que se hereda en tu familia, quizás / cierta incapacidad para pedir disculpas / o cierta desconfianza generalizada, de algún modo ha frustrado / lo que estabas intentando conseguir». Son este tipo de versos, de tono confesional, los que refuerzan la complicidad emocional con el lector, que reconoce, en muchos casos, en la memoria ajena el rostro de su propia incertidumbre, de sus propios miedos, de su propia esperanza, acaso porque «los saltos de la memoria son pautas de deseo».

     El libro está plagado de anécdotas sobre las que la autora articula su discurso ético. Cualquier circunstancia, una imagen, un recuerdo, una noticia sirven a ese espectador anónimo que es la poeta para añadir experiencia a su propia vida: «Ahora tenemos vidas interesantes», escribe en el poema «Así que estás un poco mal de la cabeza». Ponerse en la piel del otro, adoptar costumbres diferentes, fantasear con un presente que justifique la proyección hacia el futuro no resulta especialmente difícil para Jennifer Michael Hecht, empeñada, por otra parte, en mostrar las costuras de un ego que se tambalea ante el impacto de lo que no se comprende: «¿Qué es lo que haría falta para hacer de ti / lo que realmente quieres ser y por qué nadie / va a colaborar contigo en estas visiones que tienes / de ti misma», se pregunta no sin cierto humor negro, para testimoniar que «A estas alturas tienes que reconocer que la verdad / racional es insoportable e imposible de aceptar / y que todo lo posible y soportable es, / por necesidad, un caos lógico que incluye mentiras / a la vez que verdades contradictorias». He aquí, en la ambición por develar esas verdades contradictorias y desvelarlas a otros, habitantes del futuro, la razón de ser de este libro ―«Alabada sea la sensación de intentar escribir sobre la verdad», escribe en el poema «No, no te dejaría si de repente encontraras a Dios»―. Si ningún libro de poesía debe leerse de un tirón, dado el peso específico de cada uno de los poemas que integran La futura antigüedad, resulta más que necesario hacer pausas entre poema y poema, leerlos despacio y releerlos para descubrir el sentido oculto de cada palabra y, de paso, admirar el excelente trabajo que ha llevado a cabo Andrés Catalán, su esforzado traductor.

JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. INTEMPERIE. EDITORIAL SAPERE AUDE.
 
Nacido en Orihuela en 1965, José Luis Zerón Huguet tiene a sus espaldas una nutrida trayectoria en el ámbito poético, tanto como creador ―entre sus libros podemos citar Solumbre (1993), Frondas (1999), El vuelo en la jaula (2004), Ante el umbral (2009) o los más recientes, Perplejidades y certezas (2017) o Espacio transitorio (2018)― como en su faceta de gestor cultural, bien dirigiendo revistas como Empireuma o organizando lecturas y actos poéticos de distinto formato. En el presente volumen recoge dos de sus obras. Por un lado, la reescritura de su primer libro, Solumbre y, por otra, El vértigo y la serenidad, que recoge poemas publicados de forma dispersa ―también revisados para la ocasión―, con el añadido de algunos poemas inéditos. En la nota aclaratoria que precede a los poemas, Zerón nos ofrece los motivos de esta relectura de su obra y las razones por las que ha decidido llevarlos a la imprenta. Nos hacemos eco de sus palabras: la reescritura de Solumbre, el cual, según palabras del autor, se ha transformado en un nuevo libro ―«he hecho variaciones profundas», confiesa―, obedece a «una necesidad de abandonar por un tiempo la poesía discursiva, intensa e hiperestésica de mis últimos libros para volver a la densidad conceptual e imaginativa, a la palabra simbólica, a la conexión entre lo personal y lo cósmico…». En cuanto al segundo, El vértigo y la serenidad, responde a otro estímulo, el de agrupar poemas hasta este momento dispersos en revistas literarias, en plaque-ttes, en antologías y otros lugares de escasa difusión. El título se completa con la incorporación de varios poemas inéditos. Dos libros, en principio, de muy diferente origen y calado, aunque unidos por una misma voluntad de indagación en la propia biografía, fusionados en el propósito de «Horadar la corteza / atardecida de esta historia personal». Para llevar a cabo esta indagación, el poeta ensaya una nueva forma de mirar, de mirarse por dentro: «Miro más allá de la luz, /el presente ya es olvido, / mas todo lo que vive permanece / en ese fuego y regresa escapado de la criba». Las reflexiones de orden temporal son habituales en estos poemas, en muchas ocasiones, valiendo del poder simbólico de los elementos de la naturaleza, elementos que sirven a su vez para encarnar pasiones humanas, como deducimos de estos versos: «Las viñas corrompidas, / las palmeras incineradas, / la letanía de los álamos, / el aire exudando resina. // He aquí los rastrojos:  / un olor a sueño, / un fuego sombrío, / un violento eco / que despedaza el silencio». No faltan además las dudas existenciales de carácter identitario, tan frecuentes en la creación poética de todos los tiempos («¿Qué espero? ¿Por qué existo?») y las que cuestionan la capacidad resolutiva de la palabra, asunto igualmente candente, sobre todo desde Mallarmé y su Coup de Dés. Zerón escribe: «Palabra incandescente, demorada, / vuelo silencioso de pájaro herido, / dime si puedes aún nombrar / lo que ya ardió cuando a oscuras / la memoria encierra el grito».
El vértigo y la serenidad ―este uso de contrastes es muy querido por el autor― posee una prosodia más narrativa, aunque en Solumbre haya incluso poemas en prosa, sin embargo, en este el discurso se entrelaza y extiende gracias a encabalgamientos y a un ritmo versal de más amplio aliento. Por otra parte, los temas que conforman el libro guardan una estrecha relación. El examen de conciencia («Te castiga tu conciencia / con la exhibición de tus derrotas») propio de quien ni está conforme con su destino y ve en entregarse al olvido ―con ecos de Aleixandre― la única solución; la desolación por el paso del tiempo y por lo que este supone de pérdida y de fracaso existencial («Me detengo junto a la casa de la memoria, / plena de ilusiones rotas y de lenguaje en fuga, / la casa que amé como si fuera un cuerpo, / la casa que me abrazó hasta lo irrespirable / y me colmó de maravillas y espantos»), solo redimido, como veremos en poemas posteriores, por la presencia de la persona amada y de los seres queridos: «Veo jugar a mis hijos / y el corazón se me llena de dicha», Aunque la intemperie, título que reúne ambos libros, «seguirá cuando / tu cuerpo se haya reducido / a partículas invisibles / dispersadas por el viento».  José Luis Zerón Huguet ha dado nueva vida a poemas de otros tiempos y circunstancias y los ha adaptado a su presente. Mucho se ha polemizado sobre si resulta oportuno o no «desvirtuar» el sentido inicial de dichos poemas en su primera versión. Hay opiniones a favor y en contra, pero creo que, en última instancia, es el propio poeta quien tiene la potestad de decidir. Por otra parte, debemos tomar la nueva versión no como suplantación de la anterior, sino como complemento, porque, desde mi punto de vista, ambas se enriquecen mutuamente.
*Reseña publicada en https://www.cantabriadiario.com/jose-luis-zeron-huguet-intemperie-editorial-sapere-aude/