ELENA TORRRES. EL TIEMPO EN LAS CLEPSIDRAS

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ELENA TORRRES. EL TIEMPO EN LAS CLEPSIDRAS. COL. NIGREDO. EDITORIAL OLÉ LIBROS

Conocí literariamente a Elena Torres hace dos años, cuando tuve la oportunidad de leer Gramática de sombras (Calambur, 2018), un libro de poesía depurada y reflexiva, sobria en el decir, pero pródiga en el sentir, del que me ocupé en estas paginas. Hoy me reencuentro con su poesía en este El tiempo de las clepsidras, un libro de aroma japonés, pues está compuesto de haikus, senryus (estrofa similar al haiku, pero sin necesidad del kigo), y tankas. No es, según nos informa el prólogo de Mila Villanueva, la primera incursión de Elena Torres en dichas estrofas que con tanta fortuna han arraigado en nuestra cultura —nos da cuenta de que en 2013 publicó en libro de haikus En el silencio de la bodega—, incluso, al parecer, ha practicado junto a otros autores el renga, esa estrofa (uno recuerda el asombro que le produjo hace ya unas décadas la lectura de Renga compuesto por Octavio Paz, Jacques Roubaud, Edoardo Sanguinetti y Charles Tomlinson, escrito a lo largo de cinco días en un hotel parisino) que va encadenando versos de los diferentes participantes siguiendo, como es habitual en la poesía oriental, unas estrictas normas compositivas. Elena Torres ha querido, en este su último libro, respetar en lo posible esas normas y ha dedicado las estrofas más breves al transcurso estacional. Así, el volumen comienza con la primavera: «Cálido aroma. / Promesas de azahar / entre naranjos»; la sigue el verano: «En la maleta / un perfume de agosto / entre la ropa»; el otoño: «Como el crepúsculo, / un rugoso relieve / de calabazas» y, por fin, el invierno: «Bajo las luces / con su disfraz dorado / pasa diciembre». Es preciso conocer muy bien los ciclos de la naturaleza para percibir la sutileza con la cual se presentan al lector los cambios estacionales. Las costumbres de las aves, la inclinación del sol o la proliferación de determinada flor son suficientes para descubrirlo, aunque cada vez sea más infrecuente encontrar esa complicidad. La segunda parte de El tiempo de las clepsidras (como sabemos, la clepsidra es un artilugio para medir el tiempo)se titula «Clepsidras (Tankas)». De esta voluntaria reiteración en el título es fácil deducir lo que se intenta remarcar, que ha llegado el momento de reconocer que hay más pasado que futuro en la vida de quien escribe, como intuimos en este tanka: «Traen los días / destellos que nos nublan. / Son girasombras. / pensamientos que se van / de la luz a lo oscuro». La extensión del tanka permite un desarrollo mayor de la experiencia, por esa razón mientras en el haiku la impresión visual es predominante, en el tanka, hay cabida para la reflexión, ámbito este en el que están los mejores logros de Elena Torres.

HARKAITZ CANO. GENTE QUE TRABAJA EN LOS TEJADOS. ANTOLOGÍA*

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HARKAITZ CANO. GENTE QUE TRABAJA EN LOS TEJADOS. ANTOLOGÍA. EDITORIAL FUNDACIÓN ORTEGA MUÑOZ.

De excelente podemos calificar la idea de publicar en castellano la obra poética de Harkaitz Cano (Lasarte, 1975) —la narrativa goza de mayor fortuna—, uno de los mascarones de proa de la literatura actual escrita en euskera. Cierto es que esta antología no es su primer libro de poesía traducido. Además de participar en la antología Las aguas tranquilas. Ocho poetas vascos actuales (2018), preparada por Aitor Francos, en 2004, Interpretación de los temblores vio la luz de la mano del Centro de Lingüística Aplicada Atenea en traducción del propio autor, como sucede en el caso de Gente que trabaja en los tejados, con introducción de Ibon Egaña. Ahora es Francisco Javier Irazoki, crítico de poesía y autor él mismo de excelentes libros de poemas como Orquesta de desaparecidos (2015) o el más reciente, El contador de gotas (2019), quien prologa esta antología, organizada en torno a tres ejes básicos: «Paisaje interior», «Paisaje de incendios» y «Paisaje final» que recogen —suponemos, pues no hay ninguna indicación que lo constate— poemas de cada uno de sus libros, el ya citado, Interpretación de los temblores, Kea behelainopean bezala (1994), Alguien anda en la escalera de incendios (2001), Compro oro (2011), La noche flexible (2014), escrito en colaboración con el pianista Arkaitz Mendoza y Tigre batekin bizi (2017), ilustrado por Maite Gurrutxaga.

     La concepción poética de Herkaitz Cano queda perfilada con nitidez desde el primer poema seleccionado, el titulado «12 Sardinas viejas para consumo inmediato», cuyos versos, además de una poética, revelan la indisoluble asociación entre escritura y vida: «Un buen libro de poemas ha de ser / como una caja de pescado. // Nutritiva y fresca, fuente de fósforo y calcio. // O descarga hedionda / que nos impulsa a salir huyendo / de ella, presos del pánico, // una caja de pescado podrido y cabezas calcinadas, / de dientes y ojos afilados. // Una de dos. // Y así habría de ser, / como un buen libro de poemas, // nuestra vida», que guarda cierta relación con la poética defendida por Luis Muñoz en “Limpiar pescado”, en la que afirma que la poesía debe ser como limpiar pescado, no solo por desechar lo inservible y aprovechar lo sustancial, sino porque «El poeta trabaja, como el pescadero que limpia el pescado, contra el tiempo. Tiene en sus manos un material que es la promesa de un alimento y de una descomposición». Algo que podemos confirmar en un poema como «Ninguna plegaria atendida», en el que una especie de sincronismo onírico vincula la realidad con el sueño, hasta el punto de que ambos ejercen una presión solidaria sobre las dudas identitarias.

     La segunda sección, «Paisaje de incendios», se abre a otros horizontes. Herkait Cano ha vivido en diferentes lugares, en megaciudades como Nueva York o París, pero también en otros territorios más reducidos, construidos más a la medida humana. Esta simbiosis espacial, pero también lingüística, cultural en definitiva, propicia una mirada más heterogénea y abierta, menos enclaustrada, de la realidad circundante y de los individuos que la conforman. Los últimos versos del poema que da título al libro son un buen ejemplo: «La gente que trabaja en los tejados no se fía / ni de las calles vacías a las cinco de la mañana, / y las pocas veces que se aventura a descender de los tejados, / antes de pisar el paso de cebra abandonando la acera, / tantea con un pie la consistencia del asfalto, / por si acaso, no vaya a ser que un río helado / se resquebraje baso sus pies». El tránsito que va de la construcción del yo a la construcción de un nosotros es solo temático, porque, en lo formal, las diferencias no son apreciables. El discurso narrativo fluye con naturalidad, aunque su carácter interrogativo condiciona la secuencialidad: «¿Qué otra cosa, sino el orgullo, / me impide ser gente entre la gente?», escribe en el poema «Gente entre la gente».

     El libro finaliza con la sección «Paisaje final». La tercera personal del plural se concreta ahora en un tú y en un yo, en la pareja, vista no de manera trágica, pero sí en toda su complejidad, no ahorrándonos las penas y los desencuentros, como vemos en el poema «Separación», en el que se hace balance de una relación que comenzó su declive «quizá, el mismo día en que nos conocimos». Sin embargo, a pesar del la pormenorizada descripción del fracaso, Herkaitz Cano prefiere ver el vaso medio lleno. En el balance de pérdidas y ganancias, la vida queda en positivo, por eso escribe con convencimiento «Siembra un manojo de intuiciones. / Deja que tu valentía ruede cuenta abajo. / Confía ciegamente en ese amor. / Desactiva alguna que otra duda. // Fuma, emborráchate, vacía tu rabia a puro trote. // Y que entre las manos nada te explote». Sabios consejos no aptos para timoratos.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 27/03/2020

MAYA ANGELOU. POESÍA COMPLETA*

MAYA

MAYA ANGELOU. POESÍA COMPLETA. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARÍSO EDICIONES

Las notas biográficas que he podido consultar para escribir este comentario hacen especial hincapié en la fecunda y constante actividad de Maya Angelou (1928-2014) en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, especialmente en defensa de quienes los veían, y aún los ven, cercenados sin compasión, los negros como ella, aunque no son, como comprobamos día a día, los únicos segregados. Todo aquel que no sea de origen anglosajón, corre el riesgo de verse excluido. Las leyes que implanta la administración de Trump, con el beneplácito de una gran parte de la población, abundan eses sentido, por eso, entre otras cosas, sigue vigente una poesía de denuncia como la de Angelou. Su entereza y su compromiso la llevaron a colaborar con figuras de la talla de Martin Luther King, Vusumzi Make o Malcolm X y a participar en manifestaciones y acontecimientos de gran relevancia que sirvieron para dar un vuelco a la injusta situación. Pero este compromiso de Angelou —apellido que tomó de su marido, un marinero griego, de quien se divorció pasados cuatro años— no es el que le ha granjeado un puesto de honor en las letras estadounidenses, sino su forma de trasladar dicho compromiso a la literatura, en sus diversos géneros —teatro, autobiografía y poesía especialmente— y otras artes como el cine o las representaciones musicales.

     Por lo que respecta a su obra poética, recogida por primera vez en español en este libro, Poesía completa, traducido con su solvencia habitual por Nieves García Prados, nos vemos obligados a reconocer que, a tenor de lo leído, su fama está plenamente justificada. Su poesía, escrita con un lenguaje sencillo, pero lleno de sugerentes asociaciones y, en algunos casos, aderezados con una veta irracional, es asumida como algo propio por sus lectores, especialmente aquellos que comparten el desarraigo y luchan por un derecho colectivo, pero también por quienes sufren, además de la marginación social, el embargo de su intimidad como consecuencia de la exposición pública de sus ideas, embargo íntimo que, en algunos casos, provenía de sus mismos correligionarios. Y es que muchas de sus ideas sobre la libertad de acción y pensamiento fueron, quizá, adelantadas para su época. No estará muy errado quien piense que es innecesario recalcar estos detalles autobiográficos, y otros aún más escabrosos, para comprender su poesía, pero, en este caso, creo que está plenamente justificado, pues la misma Maya Angelou dio cuenta de manera pormenorizada de sus avatares vitales en varios títulos de carácter autobiográfico —aunque, como ella misma reconoció, estaban salpicados de elementos propios de la ficción; títulos lamentablemente sin traducir aún a nuestro idioma: I Know Why the Caged Bird Sing (1969), libro con el que obtuvo un éxito notable, que narra los primeros años de su vida, hasta los 16; Gather Together in My Name (1974), hasta los 20 años; Singin’ and Swingin’ and Gettin’ Merry Like Christmas (1976), entre los 21 y los 27; The Heart of a Woman (1981), entre los 29 y los 34; All God’s Children Need Travelling Shoes (1986), entre los 34 y 37 años; A Song Flung Up to Heaven (2002), entre los 37 y los 40 años y Mom & Me & Mom (2013), que es un repaso de carácter general a su vida.

     Pronto alternaría la prosa biográfica con la poesía, un género este en el que, sin embargo, no llegó a alcanzar tanto reconocimiento. Su primer libro data de 1971, Dame solo un trago de agua fría antes de morir, y ya posee muchas de las característica que se irán asentado con el paso de los años. Su carácter moralizador y de denuncia, la toma de conciencia de la negritud («Vino corriendo / de regreso a la madre negritud / dentro de la asfixiante negritud / lagrimas blancas témpano dorado llanuras de su rostro»), el emponderamiento racial como modo de mitigar el segregacionismo («Tu belleza es un trueno») o la justicia social: «Aunque hay una cosa por la que imploro / en la que creo lo suficiente como para morir por ella, / la responsabilidad de todo hombre con el hombre», escribe en «Sobre los trabajadores liberales blancos». Ojalá mis alas vayan a encajarme bien(1975) es su siguiente libro. En él están presentes los mismos temas, incluido el amoroso, de su primera entrega, el erótico: «No hay palabras para lo que siento / frente a una cara bonita / pero si me quedo es probable que me pierda / otros lugar más hermoso», la reflexión temporal o la metapoética: «No podría distinguir los hechos de la ficción / o si mi sueño era real / […] / El perfumado discurso tambaleó mi realidad / y encontré extraviados mis sentidos». El poema titulado «Solos», de la segunda parte del libro, se ha convertido en un himno solidario: «Solo, completamente solo, /nadie, absolutamente nadie / puede sobrevivir aquí solo». La poesía de Maya Angelou utiliza muchos de los resortes de la oralidad, como la repetición estrófica y unas estructuras fijas que ayudan a retener el poema. El vocabulario es directo y fácilmente asimilable, los sentimientos que trasmiten apelan a la solidaridad y la justicia, a la igualdad y el respeto entre hombre y mujeres y a la reivindicación racial y geográfica, con África en el horizonte.

     Y aún así me levanto (1978), su tercer libro «que incluye —como recuerda Nieves García Prados—su famoso poema “Phenomenal Woman”» que repite varias veces este estribillo: «Porque soy una mujer / extraordinariamente. / una mujer extraordinaria, / soy yo». El amor es el tema que vertebra la primera parte, pero la fuerza del deseo parece imponerse por encima del sentimiento. En la tercera, sin embargo, es la toma de conciencia de su lugar en el mundo la que predomina («¿Mi arrogancia te ofende? / No te lo tomes a mal / porque me ría como si poseyera minas de oro / escavándose en el mismo patio de mi casa.»), junto con la presencia de Dios, hasta ahora casi inapreciable («Gracias, Señor / quiero agradecerte, Señor, / por la vida y todo lo que hay en ella. / Gracias por el día / y por la hora y el minuto. / Sé que muchos ya no están, / pero yo todavía me las he arreglo, / y quiero agradecérselo»). Shaker, ¿por qué no cantas? (1983), Nada me hará caer (1990) e Incluso las estrellas están solas (1997) son sus otros libros de poesía —recordemos que su obra baraca muchos géneros—, no muy diferentes de su obra precedente. El poema «Tomando el pulso a la mañana», un canto a la paz, fue escrito expresamente para la toma de posesión de Bill Clinton, en enero de 1993. Poesía completa contiene también los poemas de encargo y de ocasión que Maya Angelou fue escribiendo a lo largo de los años. Especialmente intensos son los titulados «Su día ha terminado», escrito con motivo del fallecimiento de Nelson Mandela, a quien tuvo el privilegio de conocer personalmente; «El asombro aguarda», para las Olimpiadas de 2008; «Una mujer negra le habla a la humanidad negra», leído por la poeta delante del millón de personas que integraron la marcha de Washington DC el 16 de octubre de 1995 o «Madre», para celebrar el día de la madre. Ninguno de estos poemas, pese a ser de encargo, desmerece del resto de su obra, antes al contrario, en ellos se encuentra como mínimo la misma emoción, la misma verdad, con la ventaja añadida de que su mayor difusión ha permitido remover, estamos seguros de ello, muchas conciencias, hasta ese momento adormiladas por la indiferencia.

JULIÁN CAÑIZARES MATA. CUARENTA CIERVOS INVISIBLES

JAVIER CAÑIZARES

JULIÁN CAÑIZARES MATA. CUARENTA CIERVOS INVISIBLES. SILTOLÁ POESÍA. EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ

Quien haya leído alguno de los libros de Julián Cañizares Mata (Albacete, 1972) —Travis poemas (1999), Los elementos del clima (1999), El hombre sin cabeza, el gato Wilson y el Condotiero Fajardo (2001), Sustituir estar (2009), Lugar y Esquema, 2013), La lealtadmantenimiento (2015) y Navajazo (2017), estos tres últimos publicados, como Cuarenta ciervos invisibles, por la editorial La isla de Siltolá— sabe que nos encontramos ante un poeta diferente, no por los temas que vertebran su poesía, sino por el modo de presentarlos en la página, algo que podemos comprobar incluso desde los mismos títulos des de libros. Los temas a los que aludíamos no difieren mucho de los de gran parte de la poesía actual: la relación del yo con la realidad, entendida aquí como una sucesión no lineal, más bien simultánea, de instantes. De esta idea nace, creemos, la necesidad de usar paréntesis, no como interrupción demostrativa, sino como discurso paralelo. La relación del yo con el lenguaje es otra de las constantes del libro. El lenguaje constituye tanto al ser como a la palabra que lo nombra, pero esta nombradía no siempre está sujeta a criterios digamos, lógicos. La mente no es un constructo armónico ni funciona siempre de forma predeterminada por unos parámetros heredados. A veces es capaz de romper el corsé discursivo y la palabra se desemantiza, algo parecido a lo que hizo la música atonal al romper la jerarquía entre las notas para crear nuevas melodías, de esta forma, el paréntesis parece cumplir esa función liberadora: «Es mejor tener un paréntesis de todo. / Que todo lo vivido pueda estar en uno, / y fiera de él, entrando y saliendo (por si acaso)». Los poemas de Cañizares fracturan habitualmente el discurso, buscando una multiplicidad de perspectivas que nos recuerda a la estética cubista, aunque también —y esto no supone contradicción alguna— de fogonazos verbales, de frases contundentes, aforísticas: «Haz lo que quieras, pero no tires los años», «lo que no es tiempo se convierte en palabra» o «La vida es muy simple, / porque toda ella se compone de día / y noches, saltos y quietud, leyes y misterio». Lo que si parece claro es que la vida es un paréntesis entre el ser y el no ser. Vivimos, pues, en un paréntesis sea este lingüístico o no. El paréntesis es «El que te hace vivir lo que vives». Cuarenta ciervos invisibles —«¿Por qué cuarenta? Porque conté los ciervos. De repente conté los ciervos, y nunca habría pensado / que fuera a contar cuarenta ciervos»— exige que el lector se libera de los prejuicios heredados, porque si no lo hacen, será incapaz de degustar esta poesía, que mezcla con habilidad ironía e inteligencia. Los ciervos, más que símbolos, son una alegoría, pero de qué es algo que debe dilucidar quien de adentre en estas páginas.

DOS POETAS TRIESTINOS: GIOTTI Y SABA

DOS POETAS

DOS POETAS TRIESTINOS: GIOTTI Y SABA. EDICIÓN DE JOSÉ MUÑOZ MILLANES. EDITOR HILARIO BARRERO. CUADERNOS DE HUMO, Nº 28

José Muñoz Millanes (Navalmoral de la Mata, 1951) es, además de un excelente ensayista al que debemos, entre otras cosas, impagables páginas dedicadas a Azorín o a Ramón Gaya, un exquisito degustador de la buena poesía: Juan Ramón, Leopardi, el argentino Aberto Girri, los catalanes Gabriel Ferraté, Marià Manet o Alex Sussana, los alemanes Bertol Brecht y Hugo von Hofmannsthal, por ejemplo, han sido objeto de su interés, bien dedicándoles documentados estudios o preparando ediciones traducidas de sus respectivas obras. En esta ocasión, nos presenta una breve antología de dos poetas triestinos, estrictamente contemporáneos, Umberto Saba (1883-1957), más conocido entre nosotros, y Virgilio Giotti (1885-1957). Ambos se conocían y frecuentaban, hasta el punto de que se comentaban mutuamente sus escritos, «ambos —escribe Millanes— fueron plenamente apreciados solo a escala italiana». En ambos, repetimos, la implicación de la biografía en la poesía es notable y sus poemas se pueden leer como una suerte de autobiografía narrada de forma sencilla, colmada de modestia, pero, como escribe Millanes, «en esta modestia estriba su intensidad, que surge al sentir la grandeza de la vida en lo mínimo». Son, por tanto, poetas afirmativos y luminosos que encuentran en la cotidianidad su aliento creativo, como vemos en el poema de Giotti titulado «Interior», un prodigio de sencillez, del que extraemos unos versos: «Dos manzanas en un plato, / bellas, verdes y rojas. Afuera / la noche oscura, / el frío y el cierzo» o en «Fruta verduras» de Saba, que empieza así: «Verduras, fruta, colores de la bella / estación. Unas cuantas cestas donde a la sed / se revelan dulces pulpas crudas». No necesitan, como se ve, para cantar el transcurso del día a día, elaborar grandes sofismas ni el ornato del lenguaje grandilocuentes —lenguaje, sí, un poco más sofisticado, en Saba—, todo lo contrario, su poesía cultiva «la difícil sencillez», pero esa sencillez es producto de una intensa labor de poda y depuración. Su trayectoria corre caminos paralelos, aunque Saba, por motivos en su mayoría extraliterarios, ha gozado de mayor difusión. En cualquier caso, esta modesta, pero pulcra edición, nos permite acercarnos, siquiera brevemente, a dos poetas sobrios, escépticos, suspicaces, no exentos de incertidumbres vitales (estos veros de Saba lo reflejan con nitidez: «Tendré de verdad los años / que tengo? ¿O solamente diez? ¿De qué / me ha servido la experiencia? Par vivir / satisfecho con pequeñas cosas que me causaban / inquietud un tiempo»), que trasmiten, sin embargo, el gozo de vivir y se solazan con esos mínimos detalles que hacen de cada existencia algo único.

RAÚL GONZÁLEZ GARCÍA. FUGA DE NIEVE

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RAÚL GONZÁLEZ GARCÍA. FUGA DE NIEVE. PRÓLOGO DE JORDI DOCE. EDITORIAL VERBUM

Empecemos por el final, por los autores cuyas citan cierran Fuga de nieve, segundo libro de Raúl González García (Bilbao, 1966). Autores dispares que, sin embargo, parecen beber de un mismo venero, el de la apostasía de cualquier dogma estético. Son poetas que han impuesto un modo de decir y de sentir solo sujeto a su individualidad. Han creado un mundo propio gracias al cual trascienden su manera de ver y pensar a otros poetas, poetas que los toman como ejemplo. Bien es verdad que el poeta reutiliza lo leído a su antojo y lo acomoda a su propio concepto estético, solo así se entiende que convivan en una misma página ascendientes de, por ejemplo, Edmond Jabés, Ichiku o Leopoldo María Panero. Pero vayamos a los poemas que amparan dichas citas. La nieve, para González García, es la cifra de la luz, elemento nutricio y primordial de la existencia: «Luz / madre del exilio / de los ojos / pura murada del viento y de la nieve / danos oh sí / el pan / nuestro». El proceso tiene sus inconvenientes, pues esas misma luz, su intensidad, nutre, sí, pero destruye al mismo tiempo: «El sol no tiene ocaso / es padre de la nieve», pero, como escribe Henri Mechaux, en una de las citas, «A falta de sol aprende a madurar el hielo». No son extrañas al proceso de creación poética estas oposiciones, es más, me atrevería a decir —y este parece ser el caso de Raúl González García palpable incluso en uso alterno de verso desnudo y de versículo casi visionario— que son la matriz de dicha creación. En el iluminador prólogo de Jordi Doce lo explicita mejor: «La dicción contemplativa, celebratoria incluso de aquel libro (se refiere al primer libro de González García, Los fuegos del agua) deja paso en estas páginas a una voz nerviosa, febril, que combina los pasaje arrebatados con otros, más breves, de asombro estático, de iluminación. Nos hallamos ante un relato escrito con las armas del fervor y de la vehemencia». Efectivamente, la imperiosa necesidad de sacar fuera de sí los demonios interiores provoca un flujo de lenguaje torrencial —la ausencia de puntuación contribuye también a acelerar el cauce sintáctico— cuyas influencias más directas podemos encontrar en Rimbaud y William Blake, autores visionarios en los que prevalece lo imaginario por encima de lo formal, de tal forma que los poemas son largas, a veces larguísimas sucesiones de imágenes, como en el poema núm. IX: «Nos acosa el otoño las ubre de la lluvia los rostros / en el túnel del tiempo se arremolinan y ceden vuelan / y aplastan contra pechos agrietados por el mal de / calostro que fluye por fluorescentes pasillos de escuelas / góticas hacia letrinas amarillas…». Paradójicamente, este torrente verbal se reduce a medida que avanzamos hacia el final del libro. Podemos asociar su desarrollo al nacimiento y a la desembocadura de un río. Con enérgicos descensos al principio y con plácidos remansos a medida que se acerca al mar (que es el morir) o, por establecer relaciones del ámbito poético, es como si se pasara del desenfreno rimbaudiano al Valéry más contenido (véase el poema XLII: «Palabra negada / dama del agua / sobre el espejo / de encadenados días / alzada fulge / la espada / Fulge / sobre atalayas derribadas / en hondas pupilas / de tu luz»). En cualquier caso, Raúl González García trata de reducir mediante sus poemas el alcance de esa fuerza imparable que conduce al ser humano hacia la infelicidad, ya sea por la intervención de al enfermedad, de la pérdida, del fracaso o, como en Fuga de nieve, del dolor. La nieve, sinónimo aquí de pureza, es efímera y, como decíamos al principio de este comentario, se deshace al percutir en ella la luz y el calor que de ella dimana. La nieve es pura contradicción, como la belleza que existe en el dolor.

ASIER VÁZQUEZ. LA LUNA ES UN TROZO DE MÍ

ASIER VÁZQUEZ

ASIER VÁZQUEZ. LA LUNA ES UN TROZO DE MÍ. PREMIO IBEROAMERICANO LOUIS BRAILLE. VASO ROTO EDICIONES.

En contra de lo que suele ser habitual, Asier Vázquez (Bilbao, 1981) —autor de dos libros más de poesía, La ciudad prohibida o las flores de orégano (2006) y Bésame entre la niebla (2012)— no presenta la infancia como un territorio mitificado por el recuerdo, como ese paraíso —no hay más paraísos que los perdidos, decía Proust—que se anhela más a medida que nos alejamos de él en el tiempo. En los veros finales del primer poema, lo deja claro: «Ya lo sé. / Éramos unos niños, / y el mundo era eso: / la banalidad del mal, / la conquista de lo inútil, / el aullido eléctrico de las ciudades». Esta impresión de desubicación, de rechazo, de toma de conciencia de la cruda realidad se va acentuando a medida que el libro avanza: «Ahora sé, / que cuando cruzábamos la ciudad asediados por el frío, / flacos y furtivos, / en realidad nos estábamos adentrando casi para siempre / en los confines / de la tristeza despoblada». Como digo, esta opción no es muy frecuente, y se agradece que alguien se atreva a cuestionar uno de los tópicos más arraigados de la literatura universal. Solo el amor parece resurgir de las cenizas en esta especie de escenario apocalíptico, solo el amor parece otorgar dignidad a una vida plagada de incertidumbre y de peligros innominados: «Me deslumbran / tu férrea delicadeza a existir, / tu indecisión de pluma abisal, / las mareas que te gobiernan en tierra firme, / el oro de tu pregunta y el de tu certeza, / y que haya a veces / cenizas de sangre / que enturbian tu pelo, / mi amor». El desarrollo del poema posee un ritmo narrativo casi cinematográfico, en el que estamos seguros de que influye la vinculación profesional del autora al séptimo arte, vinculación que se hace más notoria en esas imágenes de procedencia onírica, que exigen un lenguaje específico, connotativamente bélico. Como escribe el poeta Carlos Iglesias en la contracubierta, «Los poemas de Asir Vázquez adquieren un halo vibrante y épico que se adecúa al simbolismo y a las imágenes visionarias que, como una sacudida o una lejana profecía dylaniana, atraviesan en secreto toda escritura». En La luna es un trozo de mí, la perspectiva desde la que se observa la realidad es muy poco convencional y, a ratos, un tanto incómoda, pero, precisamente en esa renuncia deliberada a lo rutinario es donde reside la fuerza de estos poemas, poemas a la busca de un lector indisciplinado. Ojalá lo encuentren.

 

 

 

 

 

 

REVISTAS LITERARIAS. PRIMER RECUENTO. 2020

REVISTAS LITERARIAS. PRIMER RECUENTO. 2020

El número 18 de Estación poesía viene cargado, como es habitual, de excelente poesía. Su director, el poeta, traductor y crítico Antonio Rivero Taravillo ha preparado un afinado cóctel, mezclando las voces de poetas muy consolidados con otras aún en agraz, combinado a autores de las dos orillas del Atlántico, algo que este lector agradece especialmente. El ramillete de poetas —resulta obvio que no podamos mencionar a todos— incluye, por ejemplo, a Susana Benet que, en esta ocasión, no publica un haiku —su estrofa preferida— sino un poema de similar sutileza; al poeta y reconocido traductor Jordi Doce; Elías Moro, Antonio Cáceres, Juan Márquez, la argentina Marisa Martínez Pérsico, Álvaro Galán, W. H. Auden en una magnífica traducción de Andrés Catalán, Tomás Hernández, que rinde en su poema homenaje a Rilke, Julia Bellido, Jacobo Cortines, Victoria León, Ben Clark, Inmaculada Moreno o Ismael Cabezas son, junto al poeta brasileño Paulo Henriques Brito, traducido Manuel Barrós, otros de los poetas que dan vida a este volumen que finaliza con la sección de reseñas y con una breve, pero necesaria, nota bibliográfica de cada uno de los colaboradores.

Siempre es reconfortante asistir al nacimiento de una nueva revista de poesía, sobre todo cuando, como en este caso, confía su difusión a un medio tradicional, el papel. La revista en cuestión, Ítaca, está dirigida por Isabel Marina —a quien queremos felicitar por su arrojo— y comienza su singladura, su particular travesía hacia la isla añorada, con catorce poemas de Kavafis traducidos y comentados por uno de los grandes expertos en la obra del alejandrino, Pedro Bádenas de la Peña, el cual traza una somera, pero indispensable nota bibliográfica sobre el autor. Comenzar con Kavafis augura un contenido magnífico, y constatamos lo acertado de la presunción al leer poemas de, entre otros, Susana Benet, de Piedad Bonnet, de Karmelo Iribarren, de Efi Cubero, además de Trinidad Gan, Vicente García, José Iniesta o Antonio Rivero Taravillo. El numero incluye una pequeña sección de reseñas, imprescindible para estar al tanto de lo que se publica en el convulso mundo de la poesía.

La veterana Clarín —el número bimestral enero/febrero es el 145— bajo la dirección de José Luis García Martín, continúa fiel a sus orígenes. Dividida en secciones fijas, en «Inventario» se recogen contribuciones de Santiago Beruete, sobre Rosas icónicas, una obra de Paul Klee; Sergio Sánchez estudia las relaciones de Thomas Mann con la obra de dos filósofos contrapuestos, Splenger y Nietzsche; Manuel Alberca, se pregunta, tras la lectura de los diarios del autor de la aclamada novela El dolor de los demás, sobre la primacía del vivir sobre el escribir o viceversa. Por último, Eduardo San José Vázquez analiza un periodo de la vida del joven Neruda, nombrado cónsul en Rangún entre 1927 y 1928, a través de la novela reciente de Jorge Edward, Oh, maligna. «Metamorfosis» se dedica a la traducción. Un magnífico poema de Mary Shelley dedicado a la muerte de su marido, Percy B. Shelley, en no menos magnifica traducción de Victoria León encabeza la sección, que cuenta además con poemas de Chistopher Caudwell, un joven poeta fallecido en la guerra de España en 1937, en traducción de Pedro Pérez Prieto; el poeta Fruela Fernández traduce a tres poetas griegas, Soí Kareli, Eleni Vakaló y Tseni Mastoraki. Por último, Fernando Menéndez, aforista él mismo, traduce los aforismo del italiano Antonio Castronuovo. «Colección de vidas» comienza con una intimista evocación de José Bento, poeta portugués amante de la poesía española que murió el pasado año, a cargo de su amigo el poeta español José Ángel Cilleruelo. Continúa con un pequeño ensayo de Tonio Montesinos sobre Ray Bradbury , el descubrimiento del novelista Escocés John McGahern por parte de Pepe Cevera, las notas de diario de Benitez Ariza dedicadas a K, su gato y la apasionante vida de la artista asturiana nacida en cuba, Nela Arias Misson a cargo de Alicia Vallina Vallina. Alfonso López Alfonso, en la sección «Rescate» nos descubre a José Díaz Fernández a través de un artículo publicado en la revista Asturias en 1920. La revista finaliza con las secciones «Todo en línea», viñetas de un cómic de Víctor Botas; «Los caminos del mundo», en la que Ricardo Álamo escribe sobre Barcelona; en «Misterios resueltos», José Luis Piquero escribe sobre el experimento Filadelfia. El número finaliza con una pequeña nota sobre Galdós de Fernando Sánchez Alonso, incluida justo después de los habituales «Paliques», dedicados a las reseñas de actualidad.

Nayagua, la revista que edita el la Fundación Centro de Poesía José Hierro de Getafe, dirigida por la poeta Julieta Valero, alcanza el número 31, publicado el pasado mes de febrero, número que encabeza el poema «El muerto», perteneciente al libro Alegría (1947) de José Hierro. La revista, extensísima, da cabida a innumerables colaboraciones de carácter multidisciplinar, pues además de la poesía en español —dividida en dos secciones, la de poetas, podríamos decir, consolidados, que incluye, entre otros, a Beatriz Blanco, Elías Moro y Agustín Fernández Mallo, y la de «Emergencias. Poesía por-venir», que incluye nombres como Adrián Bernal o Francisco Aguado— , la revista incluye traducciones —el francés Yves Boneffoy—, reseñas —el apartado más extenso, que cuenta con firmas tan notables como Jordi Doce, José María Micó, Noni Benegas; Luis Ingelmo (espléndido su trabajo sobre Nox de Anne Carson), María Ángeles Pérez López o Alberto García Teresa que escriben sobre poetas como Marcos Canteli, Mariano Peyrou, Pablo García Casado o Esther Ramón, por ejemplo—, escaparates —notas de lectura de las que se ocupan autores como Carlos Iglesias, Emily Roberts, Sara R. Gallardo o Antonio Méndez Rubio, más reducidas, en cuanto a extensión, que las reseñas—, poesía visual o aforismos, ensayo —la sección «Palabra articulada» recoge textos de Vicente Luis Mora y de Mauricio Medo— y otras secciones más atenta a la actualidad literaria, en las que se informa sobre presentaciones de libros y otras actividades relacionadas con la creación poética: festivales, librerías, editoriales, etc. La revista goza de un esmerado diseño que contribuye a hacer de su lectura un verdadero placer.

Juan Carlos Abril dirige la revista Paraíso —patrocinada por la Diputación de Jaén—, que alcanza ya el número 15, con las secciones habituales, «Tres morillas», que incluye breves ensayos sobre poesía, por ejemplo, Ángelo Néstore analiza la perspectiva queer y Luis I. Prados la ecológica, dos aspectos no muy estudiados hasta ahora. En «Poesías completas», Fransciso Díaz de Castro analiza pormenorizadamente la poesía completa de Benjamín Prado. Javier Payeras traza un breve panorama de la poesía guatemalteca en la sección «Bonus track» y Francisco Javier Diez de Revenga hace lo propio con los actos que se llevaron a cabo en distintos lugares para conmemorar el centenario del nacimiento de Miguel Hernández en «Altavox». «Plateado Jaén» es la sección dedicada a recoger poemas de autores como Antonio Lucas, Guillermo López Gallego, José Luis López Bretones, Juan Cobos Wilkins, Mónica Doña o Rosa Berbel. La sección «Paraíso perdido», deja constancia de los poetas fallecidos recientemente. En este número Pablo García Baena, Nicanor Parra, Claribel Alegría y Carilda Oliver. Por último, «Los alimentos» está integrada por reseñas de un elenco más que interesante. Entre los reseñistas, mencionaremos nombres como Álvaro Salvador, Rafael Alarcón Sierra, Antonio Lafarque, Juan Manuel Romero, Antonio Manilla, Erika Martínez, Gregorio Morales Sierra, Verónica Aranda o Elena Feliú Arquiola, y entre los autores reseñados Rafael Courtoisie, Lorenzo Plana, Antonio Jiménez Millán, José Luis Puerto, Francisco Gálvez, Jorge Gimeno, Reinaldo Jiménez, Emilio Prados, Alejandro Céspedes o Javier Lostalé.. Paraíso es una revista excelente a la que solo podemos poner un reproche, el dilatado periodo de tiempo que transcurre entre un número y el siguiente, porque provoca que alguno de los artículos o reseñas hayan perdido es actualidad innata a una revista poética.

Editada por la Junta de Extremadura y por la Fundación Godofredo Ortega Muñoz, la exquisita Suroeste, revista de literatura ibérica, dirigida por Antonio Sáez Delgado, alcanza su novena entrega, ilustrada en esta ocasión por Ángela Sánchez y Luis Costillo. Como deja claro el subtítulo, en sus páginas podemos encontrar textos en las cuatro lenguas oficiales del estado, además de en portugués, lo cual representa, si no una novedad —hay precedentes en otras revistas ya desaparecidas—, un aliciente más para considerar a esta revista como una auténtica rara avis. El número está dividido en cuatro secciones, la poética y la narrativa ocupan las dos primeras y el ensayo y el escaparte de libros la tercer y la cuarta. En poesía, la nómina comienza con el poeta toledano residente en Brooklyn, Hilario Barrero, y le siguen poetas como Ignacio Cartagena, José Cereijo, Asunción Escribano, Antonio Manilla, Juan Vicente Piquera, Antonio Rivero Taravillo, Miguel Veirat, el catalán Antoni Clapés, la lisboeta Catarina Santiago Costa, los también portugueses Fernando Echevarría —de ascendencia cántabra—, Andreia C. Faria, Luiz Pires, el angolano Zetho Cunha Gonçalves y los vascos Hasier Larretxea y Kirmen Uribe. En narrativa, el portugués es la lengua predominante, en ellas escriben Mário Claudio, Paulo M. Morais o Cristina Almeida Serôdio, entre otros. La sección de ensayo comienza con un elaborado comentario de César Iglesias último libro de Álvaro Valverde, El cuarto del siroco. Otro tanto hace Jordi Julia sobre la poesía de Gil de Biedma. Gabriel Insausti nos ofrece entradas de un diario que tienen como referente a Estambul. Y completa la sección una entrevista a Francisco Catro, editor de la Editorial Galaxia. El número se completa con la sección dedicada a las reseñas. Se incluye además en dicho número un suplemento dedicado a homenajear al artista Luis Costillo, con textos de, entre otros, Gonçalo M. Tavares, Antonio Sáez Delgado, Miguel Ángel Lama o Ana Galván, y fotografías de Balsera, Achótegui, Pakopí, Novillo y Méndez.

Se había traspapelado en el maremágnum de publicaciones que anegan la mesa de trabajo y las estanterías, la revista 21veintiúnversos, que alcanza ya el número 8. Dirigida por Juan Pablo Zapater y coordinada por Víctor Segrelles, la revista cuenta con una respetable cantidad de suscriptores que ayudan a su supervivencia. Dedicada a la poesía, este número, encabezado por un poema del poeta invidente José Mas,  incluye poemas de autores como Francisco Ferrer Lerín, Pablo del Barco, Noelia Díaz Viñedo, Trinidad Gan, Francisco Caro, Reinaldo Jiménez, Juan Antonio Bernier, Ramón Bacuñana, Javier Lorenzo Candel o Virginia Navalón, entre otros. El volumen cuanta además con unas bien documentadas bibliografías de los respectivos poetas. La cubierta, como es habitual, es de un artista reconocido, en esta ocasión del pintor Martí Quinto, todo un lujo para la vista.

VALENTÍN CARCELÉN. EL MOMENTO*

VAELNTÍN CARCELÉNVAL

VALENTÍN CARCELÉN. EL MOMENTO. COL. CHAMÁN ANTE EL FUEGO. CHAMÁN EDICIONES

«Las palabras, perfectas catedrales / de viento y sueño, duran más que el frío / mármol, tallado para ser eterno, / más que el incendio que alimenta al sol, / y, aún así, se desgastan o se olvidan; / más funda en ellas su supervivencia / la especie —tristes voces de la noche». Si comienzo este comentario con estos versos del poema «Las cosas» es porque condensan de forma impecable la fuerza casi telúrica, sobrenatural que Valentín Carcelén (Albacete, 1964) —autor de títulos como La pradera asfodea (1993), Cámara oscura (2000), Diario ausente (2004) e Hilo de hormiga (2010)— atribuye, al lenguaje y, por ende, a la palabra, a la escritura («Verba volant, scrīpta mānent») poética, especialmente. Corroboran esta idea las dos citas que encabezan El momento, en las que se hace hincapié a los «los malos tiempos para la lírica» —aunque afortunadamente libros como este desmientan ese pesimismo— y el inevitable proceso de adaptación que debe sufrir el lenguaje para adaptarse a los usos de la sociedad que codifica.

     Nada mejor, además, para comenzar un libro que marcar los objetivos, hacer una declaración de intenciones. El poema «Persona y personaje» delimita las fronteras entre uno y otro, entre ficción y realidad, entre verosimilitud y verdad, como podemos comprobar en los versos finales del poema: «El personaje existe; / la persona / no sabe ni morirse bien. / El personaje resucita; / la persona supone que vivir / es un milagro, y con eso basta», y el poema final, titulado también «El momento», constata esa separación entre la vida que se construye en el poema y la vida que vive quien los escribe: «¿Qué necesitas más para saber / que no es esta tu vida?» se pregunta. Entre un poema y otro, el lector asuste a una larga meditación sobre el tiempo («Y sólo siento el peso de mi edad», escribe en el poema «Oración», y «No es el tiempo el que pasa. Un hormiguero / está surgiendo bajo mis pisadas. / No es el tiempo. Soy yo. Es la luz del día», en «Prefiero abril»), de cómo la experiencia vital, con sus zonas de luz y sombra, construye una personalidad fortalecida por los contratiempos que reconoce el dolor de vivir, que no renuncia a dejarse arrastrar por la furia del arrepentimiento y de la nostalgia: «qué ha sido de la vida / que no he vivido?, ¿qué / añoro sin haber tenido nunca?, / ¿qué quiero recordar que nunca antes he visto?». Hay mucha reflexión metapoética en este libro, acaso porque la experiencia del poeta corre pareja a la reflexión sobre el acto de escribir y a la relación de fidelidad entre lo escrito y lo experimentado, como ocurre en estos versos: «Tiritaba y entré en la casa pensando / si realmente en eso habría material, / figuras y señales suficientes / para trazar el curso de un poema / entre líneas húmedas / de los tejados bajos y brillantes». Por otra parte, superada la desconfianza en que los límites del lenguaje reduzcan la intensidad de la experiencia cuando se traslada a la página, ¿no es la escritura, el poema, una forma legítima de perpetuar la emoción, de «sobrevivir / a tanta soledad, tanto silencio / alrededor de mi reloj?», tal y como se preguntan Valentín Carcelén.

     La prosodia de Carcelén no se subordina a la retórica ostentosa, todo lo contrario, esta muy cerca de lo conversacional. El lenguaje es, a la vez, descriptivo y sencillo, va directo a lo que necesita explicar, recrear: una emoción, un recuerdo, un paisaje, como en este caso: «Me despertó el silencio de la nieve. / Me levanté y subí la persiana, y abrí / la ventana de par en par». No hace falta vestir con ropajes contra el frío lo que se expresa con familiar desnudez. Eso se suele aprender con el paso del tiempo y con la persistente intención de encontrarse a uno mismo en la escritura, como ocurre en el poema «Los otros», un hermoso homenaje a la poesía, a los poetas, porque «Leo en ellos mi propia poesía, / mi propia muerte, mi tristeza, / mi silencio, y mis veinte / líneas de mentiras», escribe Carcelén, que abunda en ese proceso metalingüístico en los últimos poemas, «Técnica» y «Caligrafía», que reproducimos completo porque resume a la perfección, si no todas, las más contundentes líneas maestras de El momento: «Este poema / o, mejor, el dolor / de este poema / y las palabras / que bien o mal lo expresan, / son la misma / página en blanco, / una caligrafía / sola, en la que los trazos / se arrastran y se alargan / hasta poco a poco / disolverse en las sombras, / desleírse en el tiempo / y, al fin, / completamente / y para siempre, /desaparecer». Una cruda lección de fragilidad que conviene no olvidar cuando uno se enfrenta a la seductora desnudez de la página.

* RESEÑA PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO SOTILEZA DE EL DIARIO MONTAÑÉS, 13/03/2020

ADA SORIANO. NO DEJEMOS DE HABLAR*

ADA

ADA SORIANO. NO DEJEMOS DE HABLAR. COL. LA ESPADA EN EL ÁGATA, NÚM. 24. EDITORIAL POLIBEA.

No es un género fácil el de la entrevista. Además de conocer en profundidad al entrevistado y de poseer un más que discreto conocimiento de la actividad que desarrolla el entrevistado, se requiere una habilidad especial para mantener a flote la conversación y para driblar los inconvenientes que puedan surgir, fundamentalmente si la entrevista es hablada. Otra cosa distinta es cuando esta se realiza a partir de un cuestionario, como parece ser el caso. El entrevistado debe responder, digamos, a vuelta de correo, pero dispone de un tiempo, más o menos amplio, para reflexionar sobre las respuestas más adecuadas. En resumen, lo que se pierde en espontaneidad, se gana, por lo general, en hondura. Obviamente, en esta última propuesta, la interacción se ve prácticamente anulada por la distancia, tanto temporal como espacial, y no queda otra que confiar en la buena voluntad y la empatía del entrevistado, pero ambas actitudes, tanto la buena voluntad como la empatía, como comprobarán quienes se acerquen a este libro, están muy presentes en No dejemos de hablar.

     Ada Soriano ha recogido diecinueve entrevistas previamente seleccionadas entre las que publicó desde noviembre de 2016 hasta febrero de 2019 en el periódico digital Mundiario y en el blog Frutos del tiempo, una selección guiada únicamente por «afectos y afinidades». Tanto unos como otras se manifiestan en los breves comentarios informativos que sirven de prólogo a la entrevista concreta. Es más, añadiría a estas dos premisas, otras que tienen que ver con la amistad y con la complicidad en proyectos de índole poética, porque, no lo habíamos dicho todavía, el nexo que las conecta es la poesía, ya que todos los seleccionados son poetas, salvo la ensayista y traductora Marisol Sánchez Gómez, autora de Box8: contra el silencio, obstinadamente que, además, coordinó la antología Del alma a la boca: 13 poetas madrileñas, en 2018. El resto, empezando por Cleofé Campuzano (Murcia, 1986), autora de El ocho de las abejas (2018), comentado en estas mismas páginas, una poeta que piensa en la poesía como un modo de acercarse a la complejidad de lo real y continuando con Carlos Javier Cebrián (Salies de Béarn, 1965), un activo editor y gestor cultural, además de poeta y narrador que, sin embargo, mantiene un poco desatendida su verdadera vocación, la música. Nacido en Murcia en 1976, Alberto Chessa es, además de poeta de larga trayectoria, un traductor estimable. Chessa gusta de una poesía en la que prevalezca el afán de indagación en el ser humano y en el orden lingüístico, por encima de la condescendencia comunicativa con el lector, quizá porque sabe «que tan importante como lo que se expresa es lo que se calla». Antonio Enrique (Granada, 1953), sin duda el poeta de más amplia trayectoria —ha publicado veintidós libros de poesía—de cuantos reúne este libro, es además narrador, crítico y ensayista. Ha ejercido también de antólogo, labor de la que, con excelente criterio, afirma: «Si como poeta yo tengo mis propios puntos de vista como todo el mundo, como antólogo y como crítico estoy obligado a la más exquisita imparcialidad». A José Luis Ferris (Alicante, 1960) debemos algunas de las mejores biografías que se han publicado en los últimos años, como la de Miguel Hernández (reeditada y actualizada en varias ocasiones), la de Carmen Conde, la de María Teresa León o la de Maruja Mallo. Ha publicado además varios libros de poemas. «La biografía —ha dejado escrito— te permite […] investigar hasta el fondo para colocar al personaje en el lugar que, honestamente, crees que le corresponde, sin ningún tipo de condicionamientos, prejuicios o leyendas». Para Ilia Galán (Miranda de Ebro, 1966), ensayista y poeta de una obra que colinda con la filosofía y la mística y que ha suscitado numerosos reconocimientos, la forma en el poema es subsidiaria del fondo, pero esto no significa que la descuide, antes al contrario, dice que «Aunque doy más importancia al fondo, al espíritu que se esconde detrás de los muros de letras, sin esos edificios de palabras no habría poemas». Del año 1976, y nacido en Orihuela, es Manuel García Pérez, un autor versátil que frecuenta la literatura infantil y la juvenil, además de la novela y la poesía, para quien, sin embargo, «Ver la vida a través de la poesía es ver la vida a través de una enfermedad», un mantenerse a la espera. Rafael González Serrano (Madrid, 1955), poeta, traductor y responsable de la editorial Celesta (en la que han publicado varios de los entrevistados) opina «que se escribe […] para entender la realidad y conocernos a nosotros mismos». Creo que todos pueden suscribir estas palabras. María Ángeles Manzano Romera (Sagunto, 1979), poeta a ratos, según confiesa, cree que «Lo único que puede hacer el poeta es iluminar nuevamente lo ya pronunciado hasta la saciedad, desautomatizar el lenguaje ampliando todas sus posibilidades de sugerencia y significación». Marina Oraza, perfomancer y poeta autora de varios libros , el último de los cuales es el titulado Esto es real (2016); María Antonia Ortega, una poeta exquisita y exigente, que habla de la poesía como «La Música de la Memoria»; Esther Peñas (Madrid, 1975), poeta para quien lo sagrado «es la respuesta, el asombro»; José María Piñeiro (Orihuela, 1963), fotógrafo, pintor y poeta, para quien el verdadero compromiso del poeta se establece con el lenguaje; José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) poeta cuyo último libro, La tierra y el cielo, se comentó en estas páginas; María Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 1963), una poeta que gusta de imágenes telúricas y cósmicas; Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), cuyo último libro, Los ángeles fríos, ha supuesto un punto de inflexión en su trayectoria, busca en la poesía un equilibrio interno, para que no se convierta en un mero desahogo. Almudena Urbina (Madrid, 1963) busca que sus poemas, «a través de las imágenes, […] creen una viva emoción en el lector». El libro finaliza con José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), autor de una copiosa obra poética, cuyo último libro, Espacio transitorio, prologado por Jordi Doce y comentado también en estas páginas, coincide con Troncoso en evitar que el poema, el libro «fuera un mero desahogo, un exhibicionismo pornográfico de mis sentimientos y emociones» y piensa que «el poeta está en lo que escribe, que su verdad puede maravillar, perturbar, sorprender… y solo deja indiferente o aburre cuando incurre en un solipsismo estéril o en un simple ejercicio de retórica quejumbrosa o autocomplaciente». Ada Soriano, en No dejemos de hablar, gracias sus perspicacia,, nos da la oportunidad de confrontar los diferentes modos de plantearse el hecho poético de cada uno de los poetas, las similitudes y las diferencias estéticas, así como la posibilidad de comprobar hasta qué punto las teorías expuestas por cada autor se concilian con sus poemas. En cualquier caso, las respuestas son un buen complemento a la lectura de los poemas respectivos.  *