EFI CUBERO. SOLO INCLASIFICABLE

EFI CUBERO. SOLO INCLASIFICABLE

EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ

Efi Cubero, una autora que ha permanecido al margen de recuentos generacionales y de banderías de carácter, aunque no solo, estético ha encontrado en los últimos años un hueco nada desdeñable en el concurrido espacio poético de nuestro país y lo ha hecho sin necesidad de utilizar otros argumentos más que los que su propia obra atesora, con la constancia y el rigor de quien tiene puestas sus miras en objetivos menos perecederos que los del éxito momentáneo o el reconocimiento eventual que supone obtener uno de los abundantes galardones que  menudean por la geografía española. Su obra, como digo, ha adquirido en los últimos años la difusión editorial ―mucha «culpa» de ello tiene la editorial La isla de Siltolá― y el apoyo de los lectores que, sin suda, obtiene.

      Atrás quedan libros importantes, pero ya inencontrables, que, lamentablemente, no encontraron el eco que merecían, como “Fragmentos de exilio” (1992), “Altano” (1995), “Borrando márgenes” (2004) o “La mirada en el limo” (2005). En 2013 comienza a publicar en La isla de Siltolá ―”Condición del extraño”― y su poesía ―ha publicado también ensayos vinculados al mundo del arte, como “Esencia”― adquiere otra resonancia. Los armónicos son similares, pero la orquestación abre las puertas a escenarios de mayor postín. Ese extraño que merodea por los poemas de ese libro ―el poeta es siempre un ser que vive en la extrañeza, incluso cuando toma conciencia de esa singularidad― no se desliga jamás, al menos en el caso de Cubero, de sus raíces, acaso porque, como escribe Álex Chico en el paratexto, «El poema es el lugar donde se produce ese encuentro entre lo que fuimos y seguimos siendo, esa suma de fragmentos que dan cuenta de nuestro paso por el mundo».

     “Solo inclasificable”, el título que hoy nos ocupa, un libro extenso dividido en cinco secciones con referencias musicales encabezadas por un poema que hace las veces de prólogo y nos ofrece unas claves sucintas, pero claves, al fin y al cabo, de lo que nos espera a medida que avancemos en la lectura: «Un solo se interpreta en el vacío: / su ejecución te impedirá el reposo. / Aristas acusadas / en una dimensión extratemporal, / abismo de absoluto, / ascensión al fracaso. / Solo inclasificable». Da la impresión de que ese solo reverbera en lo más hondo del corazón dolorido, en la sensación más íntima del ser, la soledad, que provoca en muchas ocasiones una distorsión, un tanto enfermiza si se quiere, de la realidad y sirve de trampolín para conjeturar sobre otras lejanías, aún innombrables: «Lo que no aspira a nombre ni frontera / enlaza lo distinto para unirse en un todo. / El solo indivisible que solo el alma entiende». De ahí surge el aliento poético, de esta renuncia que necesita ser verbalizada y que se eleva hacia lo aprehensible gracias al efecto de la luz: «Para escudarme existe otra caligrafía. / La que no es contemplable. / La que absorbe la luz y la palabra omite. / La que afirma, dudando, la mirada».

     La confianza de Efi Cubero en el poder sanador de la poesía ―no podemos eludir el efecto terapéutico que tiene la palabra, su poder restitutorio, a pesar de que «es razón inútil el rescatarte mediante palabras / o a través de los órficos sonidos, de donde ya no vuelves»― resulta evidente, pero no es menos importante en su escala de valores, la tensión que imprime el silencio para ensimismarse y llegar al autoconocimiento: «Qué necesarios los silencios. // Se agazapan también en el poema / que nuestra ―oculta lo que somos». No hay contradicción en esta dicotomía que plantea nuestra poeta. Ella misma lo aclara en estos versos: «Ser solo en la palabra / un solo de silencio». Ambos se compaginan no solo en la página, sino en la vida cotidiana. Gusta, además, Cubero de escribir versos definitorios que se convierten en el pilar del poema, versos sentenciosos que lindan con el aforismo, como estos: «… para ser has de ignorar qué eres» ―una rotunda defensa del despojamiento de origen místico― o «Transformamos en aire los recuerdos / y el recuerdo nos niega» ―la memoria es inconstante y selectiva―.

     “Solo inclasificable” es un libro complejo porque trata de invocar la presencia del ser ausente a través de recuerdos, de fotografías («No es la fotografía que me obstino en besar.  Es a ti a quien trato de abrazar como se abraza al aire»), de palabras, sí, de palabras: «Ni siquiera he podido retener en mis ojos / la chispa que animaba la alegría. / Huyo tras tus palabras. / Las retengo», escribe, y es que, cuando se trata de batallar contra el vacío, contra el olvido, todas las artimañas son legítimas. Al fin y al cabo, será el tiempo, ese tiempo que «no es tiempo de mi piel, / sino el hondo temblor de otra sustancia», el que aúne las voluntades, las soledades separadas ahora en la superficie de la existencia.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 24/09/2021

EDUARDO MOGA. TÚ NO MORIRÁS

EDUARDO MOGA. TÚ NO MORIRÁS.

COLECCIÓN LA CRUZ EL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Enfrentarse a la lectura de un libro de poemas de Eduardo Moga (Barcelona, 1962) siempre supone un reto para el lector porque, en no pocas ocasiones, este se llega a sentir cohibido por el torrente verbal acumulativo que tiende a desbordarse. Gusta Moga de un fraseo largo poco sujeto a los rigores de la métrica y del poema en prosa ―en “Tú no morirás” tenemos excelentes ejemplos de ambos―, que le concede aún mayor libertad expresiva, una libertad que le sirve para enfrentarse a esta especie de diario poético en el que resaltan temas como el desamor, la identidad versus alteridad, la soledad ―«La escritura venía a ser una defensa frente a la “solitariedad”, es decir, a la soledad forzada en la que me veía», escribe Carlos Castilla del Pino en “Pretérito imperfecto”―, la nostalgia y la desolación, aunque trate de contrarrestar todas esas sensaciones con un encendido ensalzamiento en el que resuenan ecos petrarquistas a la persona amada que podemos concretar en este verso del poema prologal: «Porque, amándote, yo soy el afortunado».

     “Tú no morirás” está dividido en doce secuencias. Aunque los temas antes citados espolvorean muchas de estas páginas, en la primera secuencia se trata de acordonar la dolorosa sensación que deja en la mente del sujeto lírico la ausencia del ser querido, que contempla cómo la casa es ahora un lugar vacío: «El vacío está habitado de ti», escribe, para afirmar más adelante que «Todo choca con las paredes de la ausencia, que se extiende, magma frío, entre libros que no leeré, y formas que has impreso en el aire, dotadas ahora de una entereza espectral, y zapatos tuyos que me interpelan con la plenitud contradictoria de lo mutilado, que me miran con pupilas expósitas y la piel dispersa de un cuerpo inmaterial». La desolación que trasmiten estos versos es casi contagiosa porque, como lectores, somos partícipes de que el límite entre ficción y realidad se ha decantado a favor de esta última y lo que leemos no es otra cosa que un fragmento de tipo confesional de una biografía sentimental que da cuenta de un fracaso, lo que suscita una cierta complicidad y sentimientos, no siempre muy bien definidos por causa de las emociones encontradas, de conmiseración y de solidaridad. Acaso por esa constatación, Eduardo Moga, recurre a la figura del ángel ―símbolo un tanto trillado del amor, es verdad, pero aquí desmenuzado hasta la extenuación― en una larga enumeración caótica con la que trata de definir al ángel, indefinible a tenor de lo que leemos, desde todos los ángulos posibles, lo que le lleva a incurrir en numerosas, y voluntarias, definiciones contradictorias, como estas, con las que finaliza el poema: «Los ángeles son mortales./ Los ángeles no mueren», que nos hace recordar los versos de Cernuda «No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos». Ecos de Wallace Stevens en las repeticiones y en algunos rasgos de humor y de Whitman en los efectos del lenguaje, sobre todo en la liberación de las emociones.

     Tiene la poesía de Eduardo Moga un carácter salmódico. Los paralelismos, las reiteraciones ―«El yo no es otro: el yo es este agolpamiento de cavidades que me sepulta; el yo, caparazón de sombra, ceñido por quebraduras vertiginosas, me abruma y me desampara; el yo me impregna de sus fluidos sólidos, de su latitud omnipresente. El yo es lo que alcanzo a ver cuando cierro los ojos»― el deslumbramiento de las imágenes, las cuales, gracias a una sintaxis normalizada, no se aprestan a un hermetismo innecesario, contribuyen a crear una atmósfera envolvente, asfixiante porque la identidad es cuestionada de forma permanente: «Me desconcierta no saber a quién pertenece el cuerpo que se refleja en la luna del lavabo, me oscurece tanta huida, tanto yo». Como se ve, la desconfianza ante el ser, ante quién es el sujeto que escribe vertebra el conjunto de poemas y es, con toda probabilidad, más que cualquier otro asunto, el tema principal de este “Tú no morirás”, por mucho que la separación y la ausencia sean las causas que motiven tal cuestionamiento, como constatan estos versos: «Soy lo que no digo, y lo que siento, y lo que no soy, aunque todo me disloca y me apuntala. / Soy este papel en el que escribo, en el que me escribo. / Soy la casa a cuya intemperie vivo. / Soy la soledad que me apedaza, y los pedazos que aviento a la insignificancia y el olvido. / ¿Quién soy?». Estas confesiones, no exentas de dramatismo, pues el sujeto se siente «herido de amor» y vive aún en la incertidumbre de un destino que no es capaz de controlar, explican las contradicciones y las paradojas. El yo lírico se interroga, se fustiga, se corrige, se contradice, pero avanza, aunque no esté claro hacia dónde. «Cada separación es un principio», escribe, pero un principio de qué. La vena romántica que subyace en estos poemas trata de contemplar el futuro con esperanza: «No estás, pero te encontraré. Y solo / consentiré en morir cuando haya creado / contigo un reino en el que no haya muerte», pero la soledad se impone a cualquier otra circunstancia. Al final, esta poco piadoso ejercicio introspectivo busca, a través de la escritura, un único objetivo, la posesión, porque, como testimonia el poeta: «Escribo para tenerte».

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 17/09/2021

JAVIER VELA. REVELACIONES DE LA MAESTRA DEL ARCO

JAVIER VELA. REVELACIONES DE LA MAESTRA DEL ARCO.

EDITORIAL PRETEXTOS

Con apenas 22 años, Javier Vela (Madrid, 1981) fue galardonado con el Premio Adonáis, sin duda uno de los galardones más codiciados por los jóvenes poetas. A partir de este primer libro, su obra poética se ha visto refrendada por un buen número de títulos, muchos de los cuales han obtenido, así mismo, importantes galardones, como el Premio Loewe a la Joven Creación por “Imaginario” (2009), libro que mereció también el Premio de la Crítica de Madrid. Después han venido libros como “Ofelia y otras lunas” (2012), “Hotel Origen” (2015), “Fábula (2017) y el más reciente, “Cuando el monarca espera” (2021), Premio de Poesía Hermanos Machado”. Pero la dedicación a la poesía no ha impedido que Vela aplaque sus inquietudes creativas en otros géneros. En 2019 publicó la novela “La tierra es para siempre” y en 2017 y 2019 respectivamente dos libros híbridos, inclasificables según las taxonomías al uso, “Pequeñas sediciones” y “Libro de las máscaras”. Dentro de este apartado podemos situar “Revelaciones de la maestra del arco”, ya que es un libro de carácter fragmentario que, pese a mostrar en muchas ocasiones, la apariencia de un manual de instrucción, esconde otras muchas facetas, entre ellas el relato, el aforismo, el ensayo ―autores como el coahuilense Julio Torri, Sei Shonagon, Alfonso Reyes o Donald Keene, por ejemplo, sirven de andamio verbal a la narración―, leyendas o la reflexión sobre el porqué de la poesía. Todo ello son ramificaciones que parten de un tronco común. Por otra parte, junto a fragmentos netamente descriptivos ―así comienza el libro: «La maestra del arco está apostada frente a la galería mirando fijamente a través del cristal. / Permanece de pie con las manos entrelazadas a la espalda, como si esperase una súbita aparición. / Viste un kimono de satén estampado en varios tonos de azul, al más puro estilo tradicional japonés, con un motivo de pájaros que revolotean entre copos de nieve»―, nos encontramos con frases sentenciosas procedentes del acervo popular japonés ―«El poeta es un arquero sin flechas»― o del propio ámbito, mucho más restringido― del arquero ―«Corta el límite entre antes y después»― en las que resulta más importante lo que sugieren que lo afirmado. En medio de todo ello, la presencia inquietante, casi fantasmal, de la maestra, Naoko, de «cara ovoide y nariz achatada, de ojos pequeños e inexpresivos». En esta narración se constata que no es improbable expresar cosas similares en distintos lenguajes o, acaso, sería mejor afirmar la innegable relación, al menos en una cultura como la japonesa, de disciplinas aparentemente dispares como son la escritura de poesía y el ejercicio con arco, porque el arco, como dice Naoko, sirve, al igual que la poesía, «para tensar preguntas». Como afirma Miyamoto Musashi, un samurái legendario, «Los guerreros deben familiarizarse con lo que se denomina las dos vías, la literatura y las artes marciales». Algo similar deducimos de estas palabras de Omiwa Katsura: «Cada palabra tensa la cuerda de un arco al extremo del cual vibra el silencio». Como colofón, Javier Vela nos ofrece una información paradójica: «Katsura fue atravesado por una flecha perdida».

Javier Vela presta atención a los detalles exteriores porque estos dan forma también a la casa interior. Así, cuando describe el espacio familiar en el que se desarrolla la vida de la maestra: «La galería, contigua a la sala de estar, se encuentra parcamente amueblada: un pequeño sofá, un pequeño escritorio, una pequeña silla. Allí es donde, a diario, sentándose en el suelo alfombrado de esteras, Naoko lleva a acabo sus ejercicios de meditación». El tiempo presente parece ser el tiempo más apropiado para describir el proceso de aprendizaje de Hitomi, la perseverante alumna de Naoko. El resto de tiempos verbales fluctúan en función del aliento creativo que intenta manifestarse. Obviamente, las leyendas tienen su origen en el pasado y este se visualiza con todos los ingredientes de la época.

En cualquier caso, creo que la mejor definición de lo que puede ser este libro la aporta el propio Javier Vela cuando, al hablar del “Zuihitsu”, dice que, «como género, funda una tradición que, trasplantada al ámbito de la lengua española, ha terminado por germinar con provecho en una estirpe de pensadores impuros cuyas obras cabalgan entre el ensayo breve y el dietario y entre el dietario y el compendio aforístico», y menciona una larga lista de autores y títulos que pueden encuadrarse en esta clasificación, como «los cuadernos de Macedonio Fernández; / las glosas de Eugenio d’Ors; / las saetas de Juan Ramón Jiménez; las voces de Antonio Porchia…». Lo que nos parece indudable es que estas “revelaciones” forman parte de esa inmensa nómina que se extiende desde Paltón y Jenofonte y llega hasta John Berger o Peter Handke.

El volumen, que cuenta con una serie de fotografías, en blanco y negro, de guerreras, sacerdotisas, maestras y maestros del arco, posee un seductor carácter visionario en el que se funden la fantasía con la ficción, lo inventado con lo real en una sabia combinación que absorbe al lector sin apenas ser consciente de ello, y esto tiene un gran mérito.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 10/09/2021

PABLO LÓPEZ CARBALLO. PERDER NATURALEZA.

PABLO LÓPEZ CARBALLO. PERDER NATURALEZA. EDITORIAL TREA

En las actuales circunstancias ―en el momento en el que escribo estas líneas, decenas de destructivos incendios están arrasando la costa mediterránea, Grecia y Turquía especialmente, y el estado norteamericano de California, y los desastres naturales prodigan su nocivo efecto sin hacer distinciones de países o continentes―, no se me ocurre mejor título que este Perder naturaleza para describir este desastre, pero circunscribirlo al ámbito geográfico y medioambiental sería pecar de reduccionismo, porque, de forma acaso menos visible, pero no menos intensa y devastadora, también el ser humano, y creo que esa es la intención del autor, está perdiendo a pasos de gigante, naturaleza. Pablo López Carballo (Cacabelos, 1983), autor de títulos como Sobre unas ruinas encontradas (2010), Quien manda uno (20129, Crea mundos y te sacarán los ojos (2012) y La dictadura de la perspectiva (2017) publicado en Trea, la misma editorial que publica Perder naturaleza, no es un poeta acostumbrado a hacer concesiones, ni formales ―en sus libros se combinan sin discordancias poemas breves, poemas de largo aliento y poemas en prosa― ni conceptuales ―la estructura de sus libros responde siempre a un muy pensado efecto de distorsión de las funciones elementales, de transformación de la realidad―, de hecho no resulta fácil reducir la amplitud de sus intenciones ni a un método ―ya hemos adelantado que en el escaparate de las páginas, las fórmulas son variadas― ni a una síntesis argumental. En el paratexto se afirma que «los registros de las diferentes secciones se van sumando, a modo de pasadizos, para configurar una trama de tiempos donde resulta muy difícil, y casi sin sentido, encontrar un origen» y, es muy posible que sea así, porque más que un origen, parece haber varios, más que un centro, hay círculos concéntricos ―ovillos― que se alimentan unos de otros, sucesivamente, de tal forma que, como escribe en el primer poema, «El primer día nadie supo que era el primer día / y era improbable que todo se repitiera, / de manera aproximada, en un segundo. / No existían ideas que sugiriesen origen fundación / o avance. Solo una única determinación posible, / agónica y eufórica: sobrevivir». Como se ve, el poeta se remonta a un tiempo inicial, a un tiempo ahistórico en el que, sin embargo, la naturaleza del ser se mantenía impoluta. Pero el tiempo avanza y esa supuesta pureza se va degradando: «La política ya nació / con su mal de cáscara […] Permanecen / los que más callan, los que se esfuerzan / en la retórica y no en la idea». La intención crítica de López Carballo no puede ser más evidente. Es directa, constatable y en sus palabras no hay asomo de ironía, es consciente de que, pese a la denuncia, «algunas cosas no se mueven con palabras».

     La segunda sección del libro, «El tiempo entre dos notas mal transcritas», cuenta, a modo de relato, el principio, uno de los principios, el que ocurre una mañana en la que se toma conciencia de la realidad. Nace el símbolo y el ansia conocimiento se expande: «Las casas que se hacen con el ruido del agua / no se caen». El auxilio de la metáfora ayuda a comprender el mundo, el tiempo, el trascurso entre vida y muerte: «Hablabas de los muertos / como si estuvieran / muertos. / Conversamos, aunque no / lo supiste. / Aquella mañana son pequeños nudos / que se deshacen si le prestas atención». Gracias al poder de la memoria la experiencia, aunque deshilachada, se preserva y los recuerdos habilitan un espacio para, aunque precario, sobrevivir, por más que su ausencia, esa especie de mente en blanco, propicie otro tipo de conocimiento, acaso menos contaminado, un «saber de ti / por abstracciones, / sonidos / que se reconocen / pero no se tararean».

     «Las cosas» se titula la tercera sección. «No creí que las cosas estuvieran por hacer, / ni que las ruinas fueran / un resultado posible / de un proceso más complejo», escribe al inicio, quizá imbuido de esa idea cristiana de la creación como algo cerrado, concluso. Los poemas de esta sección son probablemente los más líricos del libro, aunque eso no implique que su carga conceptual sea menor, como podemos comprobar en este poema: «He venido / a la casa / para encerrarme / dentro / entre las cosas. // La ventana / abierta. // La casa/ es viento / que perdura». Y es que las cosas, sobre todo las familiares, forman parte de nuestra vida ―«Anclamos a la vida las cosas, / pero ellas tiene su guía»―, respiran el mismo aire que los habitantes de la casa y comparten esa profunda cesura que la memoria traza cuando los recuerdos se vuelven ya inseguros, entonces «Las cosas / se miran / con desconfianza, / como esperando / un gesto de traición». Por más que Pablo López Carballo se resista a dar cuenta de experiencias personales en el poema, esos recuerdos que hemos mencionado, y reconstruyen gradualmente las formas de las cosas, se sublevan y logran participar en la propia escritura, como vemos en «Sigue siendo un poema»: «Las cosas es / esa impresión / ―no menos que lata, / jarra o hilo de coser― / que me permite / ser muy preciso, / porque en ese tiempo / las cosas no suponían / ambigüedad alguna, / de igual modo / que ocurre ahora en el poema», aunque se constate que «las cosas / alcanzadas / con palabras / no alcanzarán / ya esas palabras».

     El volumen finaliza con la sección «Las formas, el mundo», integrada por poemas en prosa de carácter ensayístico, muy distintos, por tanto, de los que componían «Las cosas», aunque establecen un diálogo interno con ellos. Hay ahora una intención indagadora sobre el propio proceso de la escritura: «Escribir sobre el proceso ―afirma―es ir más allá de uno, superar el razonamiento». Esta reflexión de carácter metapoético se amplía se adentra en la esencia del lenguaje, lo que lleva al poeta escribir que «Arrancar palabras a la idea es como recoger intenciones en los frutales, hay que arrojar palabras a la idea, eligiendo bien, descartando a la mínima que pueda haber algo certero en ellas: palabras no definidas contra el viento». Pablo López Carballo parece mostrarnos, en esta última sección, las claves necesarias para descifrar los poemas que la preceden, las imágenes y las descripciones, desoyendo los riesgos de la futilidad que toda acción tendente a explicar el poema lleva aparejada, aunque debo decir que el lector agradece ese esfuerzo que, de alguna manera, a pesar de las citadas reticencias, legitima la enorme y ambiciosa inquietud tanto estética como emocional que se oculta en sus palabras. En Perder naturaleza se dan cita simultáneamente la desconfianza frente al ser humano, ya desnaturalizado ―o en vías de estarlo―, y la esperanza, sutilísima, es cierto, en que el amor sea la mano que le guie hacia el futuro, por más que la imagen que de este nos muestran los versos, sea poco alentador.

MANUEL JULIÁ. MADRE.

MANUEL JULIÁ. MADRE. EDICIONES HIPERIÓN.

«Somos los únicos seres vivos que percibimos la muerte y nos preguntamos por ella», escribe Manuel Juliá (Puertollano, 1954) en el prólogo a Madre, un título que no deja lugar a dudas. Está dedicado a la madre, pero la muerte sigue siendo un hecho trascendental e incomprensible que asumimos solo a regañadientes amparándonos en religiones y filosofías. «Estamos hechos de palabras que quieren comprenderlo todo, pero también sabemos que hay cosas que no se pueden explicar con palabras», afirma Juliá, al menos con palabras gastadas, anquilosadas, por eso recurrimos a la poesía, ese lugar en el que las palabras poseen significados más íntimos, ese lugar en el que, como escribe Jesús Aguado, «el sentido se manifiesta de manera natural», y este sentido natural es el que le impulsa a escribir: «Escribo de ti y sé que ya no escribo de la muerte. / Escribo del amor, del amor a tu fe y a tu credo absurdo. / Me da igual que haya renegado de él tanto tiempo»

Es este un libro formalmente híbrido, pues alterna la prosa con el verso de una forma aleatoria, aunque esto no posee demasiada importancia. Los vasos comunicantes entre una y otro son notables, no solo el aspecto temático ―es cierto que los poemas en verso, aunque también descriptivos, son más líricos―, sino el propiamente formal, ya que el verso generalmente se alarga tanto que podría llegar a confundirse con la prosa si no fuera por el ritmo acentual, más atento y preciso, como no podía ser menos, en los poemas en verso.

Madre está compuesto por estampas, por fragmentos del pasado, reales o soñados, rescatados de la memoria. No sorprende que esos recuerdos, cuya protagonista principal es la madre, se bifurquen y alcancen la figura del padre, visto también con devoción filial: «Mi padre era un hombre bello, alegre y misterioso, / había venido a este mundo para demostrar / contra viento y marea, a unos y a otros, a todos / que había nacido para amar a sus hijos / sobre todas las cosas…».  En esta especie de memorándum se van sucediendo anécdotas («Mi madre me contaba, mientras cosía, la historia de su vida entre viñas, higueras, naranjos y chumberas en un pueblo del sur»), lamentaciones inconsolables («El puto tabaco padre, el puto tabaco. / Y la mierda de la fábrica. Gasolina, keroseno, gas licuado, benceno […] El jodido benceno se carga la médula ósea. Te deja anémico»), alucinaciones («Me llega tu voz por un hilo de memoria que el viento ha traído a mis dedos. / Me llega tu voz por el teléfono de las sombras. / Me llega tu voz por las venas de papel de mi silencio. / Me llega tu voz entre la dulzura de la música»), escenas familiares, imágenes tal vez mitificadas, objetos amados que tuvieron un importante significado en el pasado. Madre es un torrente de recuerdos y de emociones que surge de un bloqueo: «Aquel día estaba luchando contra una amarga página de letras. No sabía qué escribir, deseaba algo y no sabía qué. Eran las seis de la mañana». Sin embargo, después de un viaje al lugar de origen, al poeta se le aclaran las cosas: «Me volví a casa y durante el viaje decidí de lo que iba a escribir. Escribiría de ella. Aún no sabía ni la estructura ni el contenido, ni siquiera si sería un libro de poemas o una novela, pero tenía claro que escribiría sobre ella y que el libro se llamaría Madre». Manuel Juliá, autor con una larga y sólida trayectoria, con libros de poesía como El sueño de la muerte (2013), El sueño del amor (2014) y El sueño de la vida (2015), todos ellos publicado en la editorial Hiperión; con novelas como Cuarenta latidos (2009), La gloria al rojo vivo. Diario de una proeza (2010) o Que nadie diga que no luchaste contra molinos de viento (2020), ha escrito, sin ninguna duda, el libro más íntimo y confesional. El poeta ha desnudado su memoria para ofrecer al lector esa parte de uno mismo más secreta y doliente y los lectores sentimos como propias gran parte de esas emociones.

  • Reseña publicada en la revista Cuadernos de humo.

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO.  DEDOS DE LEÑADOR (DÍAS DE 2019).

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO.  DEDOS DE LEÑADOR (DÍAS DE 2019).

COL. LA ESPADA EN ÁGATA. EDITORIAL POLIBEA.

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es eso que podemos llamar un letraherido. Juan José Martínez, el autor del prólogo, afirma que la literatura de Cilleruelo gusta de buscarse «en el poema en verso, el poema en prosa, la entrada tradicional del diario, la reseña literaria, la noticia de eventos, la noticia política, la meditación o la invectiva amable (oxímoron), y le gusta ofrecerlo todo junto en un volumen para el que solo ahora dispondríamos de la escueta definición de libro». Y es que nuestro autor frecuenta diversos géneros y todos con un entusiasmo y un rigor que deberían servir de ejemplo a más de un grafómano de los muchos que abundan en nuestras letras, sobre todo en los últimos tiempos. A la larga lista de libros de poemas, entre los que destacamos el ya lejano “El don impuro” (1989), “Maleza” (2010), la antología “La mirada” (2017) o “Pájaros extraviados” (2019), hemos de añadir libros de poemas en prosa, de aforismos, de relatos, sus novelas como “Al oeste de Varsovia” que obtuvo el Premio Málaga de Novela en 2009, sus traducciones o sus textos de crítica. “Dedos de leñador. (Días de 2019)” es un diario y esto no tiene nada de particular si no fuera porque es el primero de los escritos por nuestro autor que se atiene al orden cronológico. Esa especie de necesidad compulsiva de transcribir en el papel hasta el mínimo detalle de la existencia ha provocado que Cilleruelo haya publicado además otros cuatro dietarios, si bien estos se han guiado más por criterios temáticos que por las experiencias vividas en el día día. En un dietario, se ha dicho muchas veces invocando el magisterio de Plá, entra todo, o casi todo, y José Ángel Cilleruelo parece seguir esa consigna, aun a riego de mitificar la propia biografía, algo que, por otra parte, al propio autor le resulta contradictorio: «He escrito siempre contra el yo. De hecho, tampoco es en contra, sino en busca del yo perdido. Por encima de cualquier coyuntura personal, la escritura arraiga en la concepción contemporánea del sujeto, de la realidad, del entendimiento», pero es que lo biográfico parece ser que «proporciona un certificado de obra artística a la escritura».

     En principio, el volumen iba a estar integrado por las reflexiones suscitadas a lo largo de cien días ―Cilleruelo es un amanta del valor simbólico de las cifras. Muchos de sus libros responden a una organización basada en ellos―, pero en este caso, esa estructura perfectamente definida ha sufrido una modificación y se han añadido «Algunos días más». No hay variación en los contenidos, que, de hecho, son muy heterogéneos. En el devenir de Cilleruelo tiene cabida no solo hechos anecdóticos («Suelo pasearme en esta fecha, día de la cabalgata, por la Feria de los Reyes…» o «Durante años he acompañado a mi hijo a la escuela de música: desde los cinco a las clases de sensibilización, desde los siete a las de instrumento…», por ejemplo), sino reflexiones de todo tipo, históricas, políticas, literarias (―«y eso es lo mejor de este manuscrito inquietante, lúcido y desolado. La desaparición de fronteras entre el ser social (el personaje ideado para escribir los poemas y como tal representante sociológico de una masculinidad herida, por decirlo de alguna manera, y de un orgullo vengativo)  y el lírico (que trata de comprender desde dentro qué ha hecho de su vida) resulta deslumbrante»―, metapoéticas ―«El poema dice lo que el poema está diciendo y nada más»―, sociales ―«La literatura, el pensamiento, la política, la visa  social. En todas partes ocurre lo mismo. Gana lo pedestre, lo autoritario, lo zafio […] El pensamiento más útil permanece oculto por quienes se arrogan la condición pensante vociferando»― o profesionales ―«El profesor ha vuelto a clase, después de las vacaciones. Pomposas palabras para dos semanas sin horarios. Es la primera frase que he escrito sobre mi oficio y yo en treinta y tres años».

En cualquier caso, no tanto la forma de escribir sino la naturaleza de los hechos reflejados es lo que determina la importancia que pueda tener para el lector y, por supuesto, para el propio escritor, ya que ha logrado descubrir que «El secreto de lo verdaderamente importante que ocurra en la vida es su futilidad». No me atrevo yo a “comulgar” del todo con esta propuesta nihilista, es más, creo más bien que quien lo proclama es el personaje que las escribes, porque si el propio Cilleruelo las secundara los cientos de excelentes páginas que ha escrito a lo largo de los años, con toda probabilidad no hubieran sido escritas. No en vano la escritura, cualquier clase de escritura, necesita de ingredientes como la soledad, la observación y, por supuesto, el asombro ante lo que la existencia nos depara, y de todo eso hay, por fortuna, mucho en las páginas de “Dedos de leñador”, solo así se consigue trascender «la vivencia cotidiana».

  • Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés. 3/09/2021

CARMEN CANET. LEGERE, ELIGERE. 99 AFORISMOS SOBRE LA LECTURA.

CARMEN CANET. LEGERE, ELIGERE. 99 AFORISMOS SOBRE LA LECTURA.

COL. APEADERO DE AFORISMOS. EDITORIAL CYPRESS

No resulta exagerado afirmar que Carmen Canet (Almería, 1955) es una de nuestras más aclamadas aforistas ―sus libros Malabarismos (2016) y Luciérnagas (2018) así lo confirman―, y decir esto supone situarla en un lugar privilegiado, porque en estos momentos el género aforístico goza de gran predicamento y, aunque como ocurre con demasiada frecuencia, no escasean los impostores y los oportunistas, conviven una serie de autores de calidad más que notable. La dedicación al aforismo por parte de Canet viene de lejos, aunque no es el único género literario que frecuenta, de hecho, ejerce la crítica literaria en medios como Cuadernos del Sur, Los diablos azules, Turia, Cuaderno Ático o Clarín, entre otros y ha publicado diferentes estudios sobre poetas como García Lorca o Elena Martín Vivaldi, por ejemplo. En cuanto al género aforístico propiamente dicho, ha sido incluida en varias antologías como Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy (2017) y Concisos. Aforistas españoles contemporáneos (2017)

     Estos 99 aforismos sobre la lectura vienen acompañados por una serie de collages elaborados por la propia autora, quien escribe a este propósito: «Los collages son lecturas de la vida que reúnes, recortas, repegas y rejuntas. Historias desordenadas con orden, de recuerdos en el momento para luego». Es una válida definición ―hay otras muchas― para una especialidad híbrida que convive sin problemas con muchas otras, artísticas y literarias, pero el libro se centra, como refleja el propio título, en la lectura y en sus efectos: «En la vida y en los libros pasar página es avanzar», en el espacio, no solo físico, que ocupan en la vida del lector: «Los libros ocupaban parte del paisaje doméstico» porque «Una casa con libros da la misma serenidad que el mar», ya que «Los libros son inmensos como el mar, pero mientras en el mar te puedes ahogar , los libros te salvan» . Hay muchos aforismos memorables en este casi centón, pero quizá los podamos resumir en este: «Los libros tienen hojas como los árboles y dan sombra, cobijan y acompañan en la vida. Son nuestros cómplices». Y complicidad es lo que logra Carmen Canet con este conjunto de aforismos que, estamos seguros, harán que sus semillas germines en más de un lector.

CARLOS JAVIER MORALES. TIEMPO MÍO, TIEMPO NUESTRO. LA CREACIÓN DE UNO MISMO EN EL TIEMPO

CARLOS JAVIER MORALES. TIEMPO MÍO, TIEMPO NUESTRO. LA CREACIÓN DE UNO MISMO EN EL TIEMPO. EDITORIAL RIALP.

Más conocido como poeta, al menos para quien esto escribe, que como narrador, Carlos Javier Morales (Santa Cruz de Tenerife, 1967), se adentra con este libro, “Tiempo mío, tiempo nuestro”, en la reflexión ontológica, aunque bien es cierto que no es esta su primera incursión en un ámbito tan resbaladizo como este, puesto que podemos considerar este volumen una continuación de La vida como obra de arte. Lo primero que cabe preguntarse es desde qué perspectiva se observa la realidad y el mundo circundante, y pronto descubrimos que en Morales ―como hemos dicho, un reconocido poeta, autor de varios títulos compendiados en la antología “Una luz en el tiempo (Antología poética, 1992-2017)”― la mirada del poeta se filtra en todas y cada una de sus palabras. El tipo de conocimiento que se desarrolla en estos capítulos acerca de la razón y de la fe proviene no de la lógica, sino de la intuición, no de lo categórico, sino de la analogía y, por ende, de lo simbólico, por eso no se deben extraer de esta lectura verdades contundentes, inapelables, sino aproximaciones a una verdad, la del autor, con la que podemos mostrar nuestra complicidad, pero también discrepar sin reparo y, de hecho, lo hacemos en muchos momentos, sobre todo cuando nos resulta difícil compartir algunos juicios excesivamente taxativos que proceden de una concepción de la existencia católica-moral

     El volumen está dividido en doce capítulos que recorren la influencia del tiempo, del tiempo vivo, en la creación de la propia identidad, pero, como decíamos, sin afán dogmático, pues ya desde el prefacio, Carlos Javier Morales no oculta sus dudas: «El tiempo da forma a nuestra inteligencia y a nuestros deseos. ¿O es la inteligencia de cada hombre la que va creando una concepción personal del tiempo y la trasmite a los demás a través de la cultura?», aunque trata de solventarlas con, en ocasiones, afirmaciones muy cuestionables, como esta: «cuando una persona se deja poseer enteramente por la angustia del tiempo, por la duración incesante de lo insoportable, no encontrará otra solución que el suicidio». Afortunadamente, la filosofía ―más aún la oriental― y la creación artística en general está plagada de ejemplos que han encontrado otras alternativas menos dramáticas desmienten esta opción. Morales no habla abiertamente de la predestinación, pero lo insinúa de forma repetida. Al hombre «alguien le ha dado el ser personal, singularísimo, libérrimo» y ese alguien es, qué duda cabe, Dios, pero esta suposición deja fuera a los no creyentes, algo que no parece afectar al autor, pues no en vano, afirma a continuación que «ni yo ni ningún poeta digno de tal nombre podemos escribir un solo verso por un acto de voluntad propia (hablo de un verso como parte de un poema verdadero, no del verso fácil que relumbra y se apaga enseguida)», pese a que «el reino de la poesía y el reino del arte es [sic] el reino de la libertad absoluta». Uno no alcanza a comprender la sutileza que se esconde detrás de estas proposiciones un tanto contradictorias, pero, como el propio Morales afirma, «Dentro de la naturaleza solo el ser humano puede contrariarse y contradecirse a sí mismo», además, los argumentos que esgrime parecen proceder de experiencias personales.

     Este tono ambiguo, acentuado por virtuosos malabarismos verbales, es el que prevalece en todo el libro, con avances y retrocesos que buscan, mediante la paráfrasis, sistematizar conceptos como el amor que jamás se dejan aprehender, solo conceden diferentes niveles de aproximación, sometidos a la intensidad de la pasión que provoca. Así, se afirma «que no hay mayor desgracia que la del amor perdido, sobre todo cuando uno es traicionado por el otro», lo que no se compadece del todo con el propósito de «la creación de esa obra suprema que soy yo», por mucho que, en una reflexión posterior, escriba: «la obra acabada que será mi yo, mi ser personal, no es un mundo independiente de la realidad que me rodea. Crear mi yo es ayudarte a crearte a ti, y viceversa». Otros asuntos como la soledad creadora (sonora la adjetivó Juan de la Cruz), la infidelidad, el perdón («¿Y acaso no es injusto el perdón? No, no es injusto: es un acto de amor que me libera de toda conciencia de víctima y me exime de cualquier deber de dañar al culpable ya perdonado». El libro finaliza con, al menos de forma subrepticia, algunas alusiones que deben al Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, o al Cantar de los cantares, tanto da, la resulta, como podemos ver en estas frases: «La singularidad radical de mi ser me viene de ser persona. Pero solo puedo ser persona y ser yo mismo si soy tuyo, si soy tu amante y tu amado» o «El otro, el amado, es fruto del amor en cuanto que libremente va haciendo suya toda la originalidad de mi ser, del mismo modo que yo voy haciendo mía toda la originalidad suya». Tal vez no hayamos captado el sentido último de este ensayo, tal vez el necesario distanciamiento, también material, la necesaria predisposición interior para establecer una nueva relación con el mundo, para desdramatizar los accidentes cotidianos haya pasado desapercibido a este lector, más atento a indagar en lo indecible de la experiencia ―y en el no decir―, provenga esta de la fe, una fe que hace luz de la tiniebla, o de su ausencia, sujeta a otro tipo de iluminación, no menos seductora. En cualquier caso, Carlos Javier Morales es un excelente poeta y en sus propios poemas, más que en estos circunloquios, se encuentra la esencia de su pensamiento.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 27/08/2021

GABRIEL INSAUSTI. AZUL DISTINTO.

GABRIEL INSAUSTI. AZUL DISTINTO.

 COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Confirmando el adjetivo de su título, este nuevo libro de Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969) es notablemente distinto a su obra anterior y la razón fundamental para afirmar algo así de un autor cuya poética se ha ido desgranando en títulos ―por lo que respecta a la poesía― como “Últimos días en Sabina”, “Destiempo”, “Vida y milagros” o “Línea de nieve”, en los que predomina una visión contemplativa y melancólica de la existencia muy en la línea de los poetas románticos ingleses y de, centrándonos en la poesía hispana, Cernuda, Francisco Brines, Fernando Ortiz o Juan Luis Panero, por citar solo unos nombres. ¿Qué rasgo distingue entonces a este libro de los precedentes? Quizá podríamos cifrarlo en el uso del humor, lo que amplia considerablemente su espectro poético a la vez que conlleva desmitificar ciertos tópicos y reducir la transcendentalidad del mensaje que lleva implícito todo poema y, paralelamente, un uso metafórico más distendido, más pendiente del hallazgo verbal que de la revelación conceptual. Evidentemente, no pretende este comentario decantarse por uno u otro procedimiento pues las características comunes son numerosísimas, sino subrayar que, para los lectores de Gabriel Insausti, “Azul distinto” despertará en gran medida el asombro de lo inesperado.

“Azul distinto! está compuesto por cuarenta y dos poemas sin título de una extensión, generalmente, similar, escritos en escrupulosos endecasílabos blancos, que tienen como eje vertebrador la ciudad de París, protagonista también de su libro en prosa “La ciudad dormida” y, en cierto modo, su complemento, porque la ciudad que retratan estos poemas no está dormida, ni siquiera somnolienta, respira vida a raudales, no hay más que comprobar las innumerables referencias al mundo físico ─lugares como calles, cafés, puentes, muelles, el Sena («No sé mucho de dioses, pero un río / es un dios turbio, pardo, huraño, bronco, / etcétera […] Un río habla, / merece su destino, nos recuerda / que había un mundo antes que nosotros», escribe en el poema número 27), pero también objetos como vasos, botellas, jarrones, etc.― que rodea al flâneur. Pareciera como si París, remedando el título de Enrique Vila-Matas, «no se acabara nunca» y fuera una fuente de inspiración eterna, heterogénea e, incluso, contradictoria, un espacio donde perderse para encontrarse a uno mismo: «Si encontrases / de pronto por la calle a aquel que fuiste / treinta años atrás , terminaríais / así, a ambos lados de una mesa, / como en una oración hacia el silencio / que comparten los últimos viajeros / en un metro vacío, a medianoche, / mientras París retiembla en los cristales».  Gabriel Insausti ha decidido enfatizar lo cotidiano tal vez para desmitificar el exceso de referencias culturales que abordan a cualquier visitante, como comprobamos en estos versos del poema 21 «Que todavía veas a los muertos / no te convierte en Dante: bajo el logo / del metro de Clichy, entre humo y prisas, / eres más bien un tipo desgarbado / que escudriña el periódico…» o en estos otros del poema 31: «que el mundo era más vasto / de lo que tú supieras por los libros / y la filosofía no la hacían / Foulcalt ni Braudillard, sino unos hombres / curtidos por el siglo en barrios grises; / donde siempre es noviembre y nadie invoca / el sprit de finesse», y en esa cotidianidad no pueden faltar lo grotesco, lo paródico (en este caso unos versos de Auden): «Y eso es todo, / qué deja tras de sí una cosa explica / lo que vemos en ella: hacia el oeste, / los aviones escriben en el cielo / un pésame oficial, se imprime un rostro / en la Sábana Santa en la que envuelven / los muertos de la morgue…» y la visión irónica y desconcertante de la realidad que lleva al poeta a establecer comparaciones del todo inhabituales y sorprendentes. Los ejemplos son muchos, pues casi en cada poema se desliza esta perspectiva inédita, como la de comparar un buzón con un sagrario, o a ese sacristán que «juega con el manojo de llaves / como si fuese un Colt» o ese sol que «se esconde como que una moneda en su ranura». De dónde provienen estás relaciones tan inauditas, pues de mirar, de observar el entorno de una manera diferente, algo muy difícil de lograr porque supone desasirse de corsés y de estereotipos muy arraigados en nuestra mente. Gabriel Insausti enriquece así su poética, mirando ese cielo en el que cada uno de nosotros vemos un azul distinto con cierta incredulidad y con absoluta solvencia estética. Y es que infringir la normalidad lleva años de desaprendizaje, no basta con intentarlo, sino con ejecutar un proceso de acierto y error hasta dar con la clave que permita descorrer el velo que cubre nuestros ojos, tal vez porque, como escribe el propio Insausti, «Llega un momento en que las cosas bastan. / Quizá un templo se erige porque el día / ha indultado ese instante y ahí se guarda / como el diente de un santo. Quizá un templo».

Reseña publicada en El Diario Montañés 20/08/2021

SEBAS PUENTE LETAMENDI. TREN DE VIDA

SEBAS PUENTE LETAMENDI. TREN DE VIDA.

EDITORIAL PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA

No es improbable que la actividad como letrista del grupo Tachenko influya en los poemas de Sebas Puente Letamendi, aunque, como bien sabemos, los procedimientos de elaboración y las exigencias formales del poema y de la letra de una canción son muy distintas, pero en este caso, la sensación de inmediatez y el mensaje tan directo nos inducen a asociarlas. Por supuesto, no estamos pensando en las canciones comerciales que encabezan las listas de éxitos, sino en temas con un contenido de mayor calado intelectual, mucho más elaborado y alejado de los tópicos al uso. En cualquier caso, Puente Letamendi (Zaragoza, 1979), autor de otros libros de poesía como “Plus de peligrosidad” (1974) y “Escalinata” (2017), ha conseguido con “Tren de vida” escribir una poesía en la cual se aúnan características como la sobriedad discursiva u la economía verbal que potencian el sentido, un sentido que obliga a escarbar en la superficie del verso para aprehenderlo en toda su dimensión. Para subrayarlo, no podemos dejar de mencionar esas dosis de ironía tan bien salpimentadas que dan un sabor especial al poema. Poemas como «Buenas prácticas», «Berlinale», «The New Pope» o «Libro de las mutaciones», que transcribimos completo, no nos dejará mentir: «Me pides que te acompañe, / que suba a probar contigo / el agua de la nieve en la montaña, / que cruce el río, // que mis pupilas sean un espejo, / que reflejen el agua / en vez de reflejarte a ti»

No encontramos en esta poesía grandes acontecimientos ni se da cuenta en estos poemas de hechos trascendentales. Está hecha detalles nimios que, sin embargo, lejos de carecer de importancia, condicionan en mayor medida la existencia. Es una poesía deliberadamente de tono menor que contiene en su sencillez toda una filosofía de vida. La influencia de poetas como Philip Larkin ―en el poema titulado «Vermeer», por ejemplo― y de Gil de Biedma, sobre todo en ese afán por entenderse a uno mismo a través del poema ―y, a partir de ahí, al nosotros― se nos antoja evidente. Si es cierta esa afirmación de que el poema debe ofrecer al lector nuevas percepciones de la realidad y proporcionar experiencias inéditas, no cabe duda de que los poemas de Puente Letamendi lo hacen. El poema «Hoy», tan apegado a la realidad desde el mismo título, compendia esa manera de observar los propios actos y como estos estimulan la conciencia: «Nuestras preguntas no despertarán dudas / y nuestras dudas no despertarán a nadie. / Avanzaremos gracias al piloto automático / y no cruzaremos miradas inquisitivas / en los rellanos. No atenderemos llamadas / ni esperaremos, tras tanto grito, / la llegada de una momentánea / paz vecinal». Como se ve, cualquier detalle circunstancial de la vida cotidiana puede servir como reclamo de un pensamiento de mayor alcance, puede correr el velo de un sentimiento más depurado y, para lograrlo, no son necesarias hacer uso de la grandilocuencia ni forzar el lenguaje, basta con dosificar esa ironía a la que hacíamos mención más arriba y sustraer a las palabras de uso común, a las expresiones coloquiales ese uso habitual, prescindir de la rémora del énfasis para insertarlas en otro escenario, el de una conversación con un amigo, pongamos por caso, en estos poemas subrayado por el ritmo del verso. Y es que el «juego de hacer versos» al que aludía el ya citado Gil de Biedma debe estar sujeto a unas normas, aunque se descrea de su propia utilidad, como el propio Puente Letamendi parece advertir en estos versos: «Ahora que los focos nos apuntan / escogemos palabras más sencillas, / anécdotas sin adulterar, / fábulas sin moraleja. / No confundimos los términos / de esta ecuación, tampoco / nos hemos planteado resolverla: / aunque lo hiciéramos / seguiríamos en el punto de partida, / girando la cabeza, /   mirando hacia aquí y allá, / igual de solos, / igual de vivos» que describen, con una sinceridad casi hiriente ―por supuesto, somos conscientes de lo resbaladiza que es la sinceridad cuando hablamos de poesía―, un estado de desconfianza ante las posibilidades de cambio muy habitual en la época en la que nos ha tocado vivir y, por ende, cierto desencanto existencial enmascarado por la ironía, aunque no siempre. No piense el lector que todo esto se consigue sin asumir riesgos. Quizá el más peligroso reside en somatizar la fórmula y convertirla, más que un distintivo propio, en una receta, perdiendo así una de sus mejores cualidades, la de la extrañeza del sentido. Por fortuna, Sebas Puente Letamendi ha sorteado este escollo y ha dotado a su personaje lírico de esa honestidad que le lleva a reconocer que le «afecta lo inmediato / de la misma manera / que lo lejano». Sí, cada vagón de este tren de vida «es un poema». Es responsabilidad del lector decidir en qué estación pondrá fin a este su viaje.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 13/08/2021