CAROLYN FORCHÉ. JUNTEMOS LAS TRIBUS

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CAROLYN FORCHÉ. JUNTEMOS LAS TRIBUS. TRADUCCIÓN DE CLARIBEL ALEGRÍA Y LILLIAN LEVY. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA, 2017

 Las particularidades de la oferta editorial española, más en concreto en lo que se refiere al ámbito poético, dan lugar a que accedemos a la obra de autores como Carolyn Forché (Detroit, 1950) de una forma parcial y anómala. Juntemos las tribus, el primer libro de poesía que publicó nuestra autora data de 1976 —en 1972 había publicado el ensayo titulado, Mujeres en la historia laboral americana— y fue galardonado con el Yale Series of Younger Poets Competition. Ahora se presenta al lector español, pero no debemos olvidar que el pasado año, la editorial Valparaíso Ediciones publicó su segundo libro, El país entre nosotros (1981), libro que obtuvo el Poetry Society of America’s Alice Fay di Castagnola Award.y que fue comentado en estas mismas páginas. Dejando al margen estas contigencias, conviemne recordar que Carolyn Forché practica una poesía comprometida (engaged)—una etiqueta que no rehúye, ya que es una destacada activista en pro de los decrechos humanos— no solo con la realidad social de su entorno más cercano, como podemos comprobar leyendo este su primer libro, sino con otros lugares más lejanos geográficamente hablando, como es El Salvador, uno de los países más violentos del mundo, en que el estuvo defendiendo los derechos sociales de las clases más desfavorecidas duranet varias años.

     Juntemos las tribus está traducido al español por Lillian Levy y la poeta nicaragüense (aunque ella se considera también salvadoreña) Claribel Alegría, reciente Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (traducida al inglés, en su momento, por Forché) y está integrado por «La quema de los gusanos del tomate», «Canto que se avecina» y «El lugar que se teme yo lo habito». Ya desde el primer poema, «La hornada matutina», la autora rastrea sus orígenes europeos, eslovacos: «Yo te culpo —se refiere a su abuela— por criarme en lengua eslava / me golpeabas en el traspatio, me enseñaste a bailar» y de más al aeste aún, de la capital ucraniana, Kiev: «En el róseo esmalte de las primeras horas / nos sacaron de Kiev». La presencia de la abuela es determinante, asimismo, como vínculo con el pasado, como una especie de guía espiritual que ayuda a la autora a comprenderse y a afirmarse en su identidad distinta: «El jabalí entierra su voz en el fango / donde el maíz rueda, desnudo. / llegado el otoño lo tajar´na: sus jamones / ristras de embutido se mecerán en el humo. / La abuela afila su cuchillo allá en Arkansas».

     Los poemas de la segunda parte reflejan una relación primordial con la naturaleza, de la que ella se siente parte, como un ser vivo más y en este proceso de hermanamiento su condición de mujer le otorga una especial visión del mundo, una visión que se niega ser subsidiaria de los estereotipos que marcan la visón masculina, una visión que la emparenta con los ciclos de la madre tierra. La mujer es, en este ámbito, la protagonista de su propia historia, como expresa el poema titulado «Alfansa», que finaliza con estos versos: «Alfansa sigue moliendo maíz, su bocio / es una pulpa caliente como los chiles de Chimayo, / Avemarías, se inquieta por su arido que ha muerto».

     Un poema de la tercera parte, el titulado «Desnúdame», muestra la contradicción entre la reivindación de su condición femenina y el sometimiento a los dictados, a la voluntad del hombre. La autora lucha por anular ese rol que convierte a la mujer en un objeto sexual; parece claudicar al comienzo del poema: «Me quito la blusa, ante ti me muestro. / Me afeité las axilas. / Me arremango los pantalones, me raspé el vello / de las piernas con un cuchillo / y me quedaron blancas». Sin embargo, al final del poema, dos versos precisos demiente esa presunta claudicación: «¿Quieres saber lo que sé? / Tus propias manos mienten». No cabe duda de que en Carolyn Forché hay una estrecha convergencia entre poesía y política (Edward Hirsch denomina esta unión como poesía de protesta: «poesía de disidencia y de crítica social que protesta contra el statu quo y trata de socavar los valores e ideales establecidos»), por esa razón, los poemas que narran las duras condiciones de vida de indios norteamericanos y de nativos mexicanos describen pero también denuncian, aunque no hay maniqueísmo alguno en sus intenciones. Debe ser el lector quien saque sus propias conclusiones y quien reconozca el equilibrio entre la servidumbre estética y el compromiso moral. A nosotros nos parece que gracias a ese exquiisto equilibrio, Juntemos las tribus, logra esquivar la fractura temporal entre el momento de su publicación y el de la traducción a nuestro idioma —traducción que,otra parte, hubiera necesitado una puesta la día antes de haberse publicado—, de lo contrario, muchos de los temas en los que indaga nos parecerían ya obsoletos.

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ALEJANDRO SIMÓN PARTAL. LA FUERZA VIVA.

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ALEJANDRO SIMÓN PARTAL. LA FUERZA VIVA. PREMIO DE POESÍA «ARCIPRESTE DE HITA», 2016. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2017

Desconocíamos hasta ahora la obra de Alejandro Simón Partal (Estepona, 1983), pero la lectura de este su último libro, La fuerza viva, nos ha inducido a rastrear por la Red en busca de poemas de sus libros anteriores —El guiño de la chatarra (2010), Nódulo noir (2012) y Los himnos abdominales (2015), todos ellos publicados por la editorial Renacimiento— convencidos de que una voz tan personal y asentada no puede surgir de la nada. La búsqueda ha confirmado lo que ya suponíamos, que Alejandro Simón Partal lleva años escribiendo una poesía exigente que, si bien se apoya en lo real, lo hace desde puntos de vita poco convencionales, rehuyendo lo evidente para detener su mirada reflexiva en la contingencias que dan forma a esa realidad. «Se construye la realidad de prioridades», escribe en un poema, pero ¿acaso son únicamente estas prioridades las que administran el desarrollo de la percepción? Obviamente, nos parece que no, y el mismo poeta lo deja entrever cuando dice que en los jóvenes —él aún lo es— «no hay nada real, / pero sí algo extraordinariamente posible». Lo posible será entonces la ocasión de que la realidad muestre unos perfiles distintos, inhabituales, pero intrínsecos a ella, aunque pasen desapercibidos para una inmensa mayoría, meros espectadores sugestionados por la inmediatez y la fragilidad contemplativa de la actividad cotidiana que esta soporta.

     Pese a su brevedad, La fuerza viva no es un libro de contenido homogéneo. La figura del padre está presente en algunos poemas, como en los titulados «Últimas fuentes» —uno de los poemas más discursivos, en el sentido tradicional del término—, «Un hombre-padre y su agonía» —un largo poema divido en cuatro secuencias que dan cuenta de las desavenencias sentimentales, de la toma de conciencia del cuerpo —encorsetado por las normas que dicta cierta ética social— y de la incomprensión ¿generacional, ideológica?: «Hace ya mucho tiempo que desapareció / lo que nos une y ahora sólo queda / el aceite frío de nuestro amor / sin entendimiento. / Cuestan menos las palabras / cuando se le habla a una avenida atenta»— «Orilla raíz» o «Mon père», el poema que quizá tenga más deudas con Juan Antonio González Iglesias, un poeta al que Simón Partal ha estudiado en profundidad, como lo demuestra el volumen A cuerpo gentil: Belleza y deporte en la poesía de Juan Antonio González Iglesias, publicado por Visor este mismo año.

     Escarceos amorosos efímeros («Un hombre casado me acompaña a casa desde el Ítaca»), conciencia de caducidad, sometimiento a los avatares del destino («El destino en lo inabordable / rara vez recurre a la expectativa») y aceptación y gozo de la existencia son motivos que menudean en sus poemas. «Esto que hay hoy, / esto que hoy tenemos, / tendría que ser suficiente», escribe en el poema dedicado al poeta Adolfo Cueto, fallecido hace unos meses. Hay también en algunos de estos poemas una llamativa mezcla de cultura popular con, podríamos decir, alta cultura: el hijo de Lola Flores, Rocío Durcal, el actor Louis Garrel, The Police o los caballitos exhibicionistas que hace un joven motorista sobre su moto se mezclan con la poeta británica Alice Oswald, acaso como una manera de «celebrar el justo descalabro de todas las cortezas» o de «hundir lo ligero en lo que permanece». En el libro abundan tanto oposiciones como analogías que ponen en relación conceptos escasamente relacionados, una extrañeza que descoloca al lector, provocándole la necesidad de releer y reflexionar sobre esas milagrosas hilaciones, y es que el pensamiento poético de Alejandro Simón Partal parece avanzar más que de forma lineal, zigzagueando y dando saltos («El dolor tiende a la finitud: / exige límites.// Sólo lo indemostrable / depende de un resultado», por ejemplo). Su fantasía verbal fractura ese código universal de referencias al que estamos supeditados, algo que ocurre también en la poesía de algunos de sus contemporáneos, como Abraham Gragera, Josep M. Rodríguez o el más narrativo Alberto Santamaría, aunque haya notables diferencias entre ellos. En cualquier caso, La fuerza viva confirma la solidez de un poeta que merece por su calidad un lugar propio en el escalafón de nuestra poesía actual.

 

ALEJANDRO GONZÁLEZ LUNA. DONDE EL MAR TERMINA.

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ALEJANDRO GONZÁLEZ LUNA. DONDE EL MAR TERMINA. XVII PREMIODE POESÍA «EMILIO PRADOS». CENTRO GENERACIÓN DEL 27/EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2017

El poeta y periodista dominicano, residente en Madrid, Alejandro González Luna (1983) obtuvo con este libro, Donde el mar termina, el prestigioso premio de poesía joven Emilio Prados, convocado por el Centro Cultural «Generación del 27» y debemos felicitar al jurado que tomó esta decisión porque estamos ante un libro, si no audaz en lo formal, sí perfectamente estructurado, un libro que demuestra las posibilidades que aún tiene la poesía para impermeabilizar al yo frente a filtraciones que, pese a recurrir a fórmulas semánticas muy manoseadas y a una retórica con excesiva vinculación al coloquialismo, logra imprimir un sesgo personal que lo hace distinto y atrayente.

Los diversos apuntes —así los denomina el autor— que componen el libro van tejiendo, mediante repeticiones y relaciones intertextuales, una compleja y sólida tela de araña que atrapa al lector, lo ensimisma, casi lo hipnotiza, podríamos decir. Hay palabras y asuntos que aparecen, se ocultan y vuelven a reaparecer, creando una sensación de desconcierto que solo se logra aplacar volviendo la vista atrás, al lugar de origen: agua, mar, hueso, poema, isla, son algunas de ellas. Mucho se ha escrito sobre el concepto de insularidad, tratado por autores como Octavio Paz, Lezama Lima, Virgilio Piñeiro o Andrés Sánchez Robayna, por ceñirnos a nuestro idioma, pero, como comprobarán los lectores de este libro, es una cuestión sobre la que no se ha escrito, ni mucho menos, la última palabra. «Esto es una isla: viejo mapa del fuego —escribe González Luna en el primer poema del libro—. Peñón de sombras y cacharros. Pájaro herido que intenta volar sobre la lengua. Escozor que raspa y corroe nuestra sangre. Esto es una isla: tierra sin puentes». Pero dicha insularidad, con ser un hilo conductor fundamental del libro, no es el único enlace entre los diferentes poemas. La escritura, o mejor sería decir, el proceso mediante el cual una idea se transforma en poesía, es analizado no de una forma teórica, sino mediante descripciones aparentemente solo enunciativas, pero que despliegan en esa descripción casi anodina un entramado de intrincadas preguntas sin respuesta. El poeta puede escribir «Escribo un poema. En el / poema escribo lo que veo» y proceder a describir lo que ve de la forma más objetiva posible, pero qué ocurre cuando, después de esa descripción, dice «Escribo. // Fuera del poema corre el viento». Asistimos entonces a, al menos, dos niveles de significado que se complementan, porque ese viento puede azotar sin piedad las ventanas del poema e internarse en los espacios que quedan entre las palabras y crear algo más que desasosiego. Evidentemente, todo proceso cognitivo atraviesa diferentes niveles y quizá para comprender mejor este libro sea necesario situarse a cierta distancia, como un espectador frente al escenario, sin involucrarse demasiado en la trama si antes no conoce al detalle el guion, porque dicha trama, si uno se encuentra inmerso en ella, puede nublar la vista. Me refiero al hecho de que asistimos a un exceso de encadenamientos y de repetición de fórmulas que, en su justa medida, conceden unidad semántica al libro —la unidad formal depende de aspectos métricos, rítmicos y estróficos—, pero que, cuando se abusa de ellos, crean una sensación de agobio, de déjà vu ciertamente ineficaz. Quizá resulte necesario entender de verdad que «no todo lo que eres / cabe en las palabras», para calibrar el efecto, porque ni todo lo que se es ni todo lo que existe tiene cabida en un poema y tratar de, por ejemplo, «contener el mar en las palabras», es un esfuerzo casi del mismo calibre que el de la parábola agustiniana. Donde el mar termina (apuntes para un poema de la isla) es un libro excelente, sin duda alguna, y su autor es un poeta que conoce muy bien su oficio, pero es un libro al que, nos parece, le sobra retórica y, por tanto, algunos poemas, los que están construidos con un excesivo porcentaje de ella. Es conveniente refrenar el deseo de contarlo todo de una vez para no caer en el panegírico o en la profecía, porque la cantidad, en muchas ocasiones, es inversamente proporcional a la intensidad.

RUISEÑORES DE INGLATERRA. SELECCIÓN, INTRODUCCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ.*

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RUISEÑORES DE INGLATERRA. SELECCIÓN, INTRODUCCIÓN Y TRADUCCIÓN DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ. EDITORIAL SEXTO PISO, 2017

La labor como traductor del poeta José María Álvarez (Cartagena, 1942) está guiada por sus gustos personales, por sus pasiones, y esto se percibe en cuanto comenzamos a leer sus emocionantes versiones. A lo largo de los años ha traducido a poetas como T.S. Eliot, Robert Louis Stevenson, Shakespeare, Tennyson, Ezra Pound o Jack London. Ha editado además la obra completa del poeta griego Kostantinos Kavafis y la del poeta francés François Villon. Como poeta, gran parte de su obra poética se ha agrupado bajo un título genérico, Museo de cera, un proyecto comenzado en 1974 y cuya última entrega data de 2016. Además ha publicado libros como La edad de oro (1980), Tosigo ardento (1985), El escudo de Aquiles (1987), El botín del mundo (1989), La lágrima de Ahab (199), con el que obtuvo el Premio de Poesía de la Fundación Loewe o el más reciente, Seek to Know no More (2016). Estamos frente a un poeta que ha hecho de la cultura, y de la literatura especialmente —los viajes forman también parte de ese equipaje vital—, su vida. Siendo esto así, a nadie puede sorprender que se haya embarcado en un proyecto como este Ruiseñores de Inglaterra, un rastreo por aquellos poetas ingleses que hayan cantado al ruiseñor, ave poética por antonomasia. Estamos hablando de un proyecto que vio la luz —parcialmente— en el número 10 de la extinta revista Poesía (durante el mes de agosto pasado se ha podido ver una exposición en el Palacete del Embarcadero de Santander sobre dicha revista y sobre uno de sus primeros diseñadores, Diego Lara, con los fondos adquiridos por el Archivo Lafuente), es decir, hace más de 20 años, y que ha tenido continuidad en ediciones minoritarias y hoy inencontrables como la que publicó la editorial sevillana El mágico íntimo en 1985 o la de Rosalibros, en 2005. Esta nueva y hermosa edición está a la altura del contenido. José María Álvarez bucea en los orígenes de la poesía inglesa y rescata a autores como Chaucer (¿!340?-1400), John Skelton (¿1460-1529), Henry Howard (1516-1547) —de quien anota este verso que parece un haiku: «Con renovado plumaje el ruiseñor canta»— o Christhoper Marlowe (1564-1593). El mito de Filomela, hija de Pandion, rey de Atenas, y hermana de Procne, que tras diversos avatares fue transformada en ruiseñor (Procne lo fue en golondrina) es recreado por innumerables poetas, desde Sidney (1554-1586), pasando por Shakespeare («Mientras Filomela canta en su árbol, sentado yo la escucho» o «Como Filomela reina con sus trinos sobre el verano / Y enmudece su lira al madurar los días»), por Thomas Randolph (1605-1635), por Milton («Se digne Filomela entonar su canción / De dulcísimo y triste lamento») hasta llegar a John Keats, de quien se traduce la impresionante «Oda a un ruiseñor». No podían faltar en esta selección, además del mencionado Keats, algunos de los mejores poetas románticos, como Lord Byron, Coleridge, con su magnífico poema «El ruiseñor», del cual extraemos estos versos: «¡Oh escucha ¡ Comienza el canto del Ruiseñor, / ¡El “más musical y melancólico” de los pájaros!», Percy B. Shelley o el mismísimo William Wordsworth. El libro finaliza con versos de algunos poetas contemporáneos como Ezra Pound, T. S. Eliot (cuya selección no pertenece, sin embargo, al poema «Sweeney Among the Nightingales» sino al pasaje del ruiseñor en “The Waste Land”) y Dylan Thomas, del que traduce esta estrofa: «El ruiseñor, / Polvo en el bosque enterrado, vuela con las alas más ligeras / Y narra los vientos de la muerte su cuento de invierno». Es muy posible que en el variopinto paisaje de la poesía inglesa actual se puedan encontrar poemas dedicados a tan singular ave, pero me temo que esa visión un tanto idílica que retratan los poemas de este libro podría convertirse, más que un símbolo de la belleza y del amor (aunque este, a veces, sea un amor inalcanzable), en una metáfora del desprecio por la naturaleza y en una justa reivindicación de valores que la sociedad postindustrial ha marginado por completo. En cualquier caso, reconforta mucho leer un libro como este, que permite que emerjan desde la memoria ancestral «topoi» que forman parte de nuestro ADN. Ojalá su canto siga inspirando poemas tan bellos como estos.

*Reseña publica en el suplemento cultural Sutileza del El Diario Montañés el 8/09/17

EXPOSICIÓN DIEGO LARA/REVISTA POESÍA*

 

 

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RECONOCIMIENTO Y NOSTALGIA. EXPOSICIÓN DIEGO LARA/REVISTA POESÍA

Se está convirtiendo en una agradable tradición. Cada verano, durante el mes de agosto —este de 2017 hace el cuarto— el Archivo Lafuente, juntamente con la Autoridad Portuaria de Santander y con la colaboración de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo expone una pequeña parte de sus formidables fondos documentales en el Palacete del Embarcadero, junto a la bahía santanderina. En esta ocasión, el argumento elegido ha sido “Diego Lara y Revista Poesía”, cuyas colecciones fueron adquiridas por el Archivo Lafuente el pasado año. Para los poetas de mi generación, la llamada “generación de los 80”, “Poesía. Revista ilustrada de Información Poética”, auspiciada por el Ministerio de Cultura y dirigida por Gonzalo Armero desde su fundación, en 1977, (también había dirigido, entre 1971 y 1974, junto a Mario Hernández, la revista “Trece de Nieve”, de la cual conservo con mimo algún ejemplar adquirido hace años en la madrileña Cuesta de Moyano), supuso una bocanada de aire fresco y alimentó la esperanza de que las cosas, en el ámbito político, social y cultural, empezaban a cambiar de rumbo. “Poesía” se presentaba, inicialmente, con visos continuistas pero suponía, en el fondo, la confirmación de que se avecinaba nuevos tiempos en nuestra historia y la cultura, como protagonista de esa transformación que iba a experimentar España, no podía quedar al margen, antes bien, tenía que marcar el paso y servir de puente entre la las jerarquizadas estructuras políticas y la estructura real de la sociedad. El nombramiento de Gonzalo Armero daba a entender que el continuismo con una revista ya entonces legendaria como “Poesía Española”, luego reconvertida en “Poesía Hispánica”, tenía los días contados (“Nueva Estafeta”, la nueva versión de “La Estafeta Literaria” creada en 1944 languidecía hasta desaparecer en 1983). La apuesta, como todas las apuestas que merecen la pena, fue arriesgada y alentada por el éxito inmediato del proyecto. En esta exposición es fácil reconocer el por qué, y a uno le invade la nostalgia al constatar la imposibilidad de realizar hoy en día, cuando la cultura se ha convertido en un accesorio prescindible, un proyecto de tal envergadura. Dos aspectos llamaron la atención en el planteamiento editorial de “Poesía”. El primero, la importancia extrema que se le concedió al diseño, un diseño que no tuvo inconvenientes en utilizar registros del constructivismo, del dadaísmo compaginado, entre otros, con la exquisitez de las pautas estéticas defendidas por Juan Ramón Jiménez. En esta parcela es donde la figura de Diego Lara adquiere toda su relevancia. Colaboró en los diez primeros números de la revista —el número uno, que vio la luz en marzo de 1978, lleva en la portada un “collage” constructivista suyo—. El segundo aspecto tenía más que ver con el contenido. En contra de lo habitual, “Poesía” se desmarcó de cualquier vinculación a la actualidad poética. Su campo de visión era mucho más amplio y no estaba sujeto a los dictados de la moda ni, por descontado, adscrito a una determinada estética. De hecho, ese primer número contó con colaboraciones de Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Francisco Pino, Maurice Blanchot o Sánchez Ferlosio, por ejemplo. Es muy posible que la conjunción de ambas directrices fuera la causa de que gozara de un beneplácito prácticamente unánime por parte de lectores, de poetas y de críticos durante sus 45 números y de que su permanencia, a pesar de su elevado coste, de su periodicidad irregular y de su no muy efectiva distribución (en las librerías de nuestra región no era muy fácil hacerse con ella) se extendiera más de 25 años, no sin sufrir transformaciones, sobre todo en lo que compete a los contenidos, durante ese dilatado periodo, notables, como la que se impuso a partir de 1991 —con el número doble dedicado a Rubén Darío—, año en que la revista inicia una nueva etapa en la que ya no dependerá en exclusiva del presupuesto ministerial y comenzará a editarse en coedición con editoriales como Gran Vía. Gonzalo Armero seguirá encargándose del cuidado completo de la edición, desde la selección de contenidos, la documentación, la redacción y el diseño hasta la producción final de la revista. Precisamente, algunas de las maravillas que podemos contemplar en esta exposición tienen que ver con los documentos originales del proceso de construcción de la revista, con bocetos, maquetas, textos y fotografías que desentrañan el proceso absolutamente manual de composición de cada número y engrandecen aún más la labor que realizaron los responsables de la revista. En 2004, para conmemorar los 25 años de su creación se celebró en la Biblioteca Nacional de Madrid la exposición “Revista Poesía 1978-2003”. Poco tiempo después, con la edición de un número monumental dedicado al Quijote como homenaje a su cuarto centenario (1605-2005) se puso fin a esta aventura insólita e insustituible, en la que tanto tuvo que ver, como hemos señalado, el artista Diego Lara (1946-1990), cuyos fondos han sido adquiridos por el Archivo Lafuente. Pintor, diseñador, «cáustico, seductor, ingenioso y bohemio», en palabras de Francisco Calvo Serraller, con sus “collages” revolucionó el diseño gráfico en libros, catálogos de arte o revistas, como las citadas “Poesía” y “Trece de Nieve” y es que, como dijo Amaranta Ariño, fue “un cazador de imágenes” que desplegó su enorme energía creativa en proyectos editoriales como Nostromo o Fundamentos (en el espacio núm. 3 de la exposición podemos ver algunas de sus obras) cuyas portadas diseñó hasta la desaparición de la misma, en Entregas de la Ventura, colaboró con editoriales como Turner, Siglo XXI, Cátedra o Editora Nacional (suyo es el diseño de la colección de poesía, expuesta en el espacio núm. 4), fue el creador de la imagen de la Feria de Arte Contemporáneo Arco y el factótum de Buades. Periódico de Arte, así como el responsable gráfico de las publicaciones de la Fundación Juan March. Esa responsabilidad no se limitaba al diseño, sino que se ocupaba también de la composición y la diagramación de los catálogos de la institución. Trabajó además para afamadas galerías de arte y diseño los catálogos de las principales exposiciones que se celebraron en Madrid en la década de los 80. Junto a toda esta actividad, digamos pública, Diego Lara esa completaba esa actividad febril con la elaboración de sus “collages” y dibujos de tono más personal. Algunas ejemplares de esta obra personal se pueden contemplar en los espacios 1 y 2 de la muestra. La Casa Encendida de Madrid le dedicó una retrospectiva en 2012: “Diego Lara. Be A Commercial Artist!”, que contaba con 370 piezas de su trabajo como diseñador y 107 de su obra plástica más personal: “collages”, dibujos, cuadernos de campo, objetos y libros de artista. Hoy tenemos el privilegio de contemplar estas dos colecciones excepcionales en el Palacete del Embarcadero de Santander, hasta el próximo 3 de septiembre. Yo que ustedes, no esperaba hasta el último día, porque desearán repetir la visita y será imposible.

*Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 1/09/2017

MARINA GURRUCHAGA SÁNCHEZ. LLAMAD A LAS SOMBRAS DE VUESTROS PADRES

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MARINA GURRUCHAGA SÁNCHEZ. LLAMAD A LAS SOMBRAS DE VUESTROS PADRES. EDICIONES LA TIENDA DE KIRGUISE, 2017

 Marina Gurruchaga (Santander, 1970) comenzó su trayectoria literaria a muy temprana edad. En 1990 publicó El manto de oro, libro con el cual había sido finalista del Premio Consejo Social de la Universidad de Cantabria en 1989. El mismo año fue, además, accésit del Premio José Hierro del ayuntamiento de Santander, sin embargo tendrían que pasar más de quince años para que viera la luz sus siguientes libros, Ater y La puerta de Volterra (libro integrado por cincuenta poemas escrito entre 1999 y 2007), ambos publicados en 2007. Es cierto que durante este largo periodo la autora publicó variadas muestras de su escritura en diversas antologías, como Historia y antología de la poesía femenina en Cantabria (1997) o En homenaje a José Hierro (1999) y en revistas como Ultramar, pero como libro individual nos hemos de remitir a las fechas más arriba consignadas. Afortunadamente, a partir de entonces, la frecuencia de títulos de Marian Gurruchaga en las máquinas de la imprenta ha sido más regular. En 2011 publicó La tienda de Kirguise y en 2013 Pareidolia, ambos editados por la editorial de la que ella misma es responsable, Ediciones La Tienda de Kirguise, un proyecto editorial que nació en 2010. Ahora ve la luz un nuevo libro, Llamad a las sombras de vuestros padres, un breve libro de poemas prologado por Óscar Losa, quien define la poesía de nuestra autora como «Poesía con un halo melancólico, dolorosa sonrisa de quien busca la plenitud espoleada por una aguda consciencia de la tragedia inherente a todos los humanos y, sabiéndola, calla y asume su destino». Efectivamente, tomar conciencia de la fragilidad del ser humano, de la fugacidad de toda existencia no puede desembocar más que en versos elegiacos, nostálgicos, escépticos incluso, lo que no significa, sin embargo, que aliente en ellos el halo de la resignación, porque, dentro de los poemas hay lugar también para el júbilo, como delatan los versos finales del primer poema: «Bailemos, sí, bailemos / como locos, como niños, con los muertos, / pues hoy comienza lo que resta de futuro». Es cierto que la melancolía está muy presente, una melancolía que recuerda, a veces, al Juan Ramón del poema «El viaje definitivo», pero que remonta el vuelo cuando se evocan recuerdos, bien infantiles o bien más recientes, una prueba de ello es el poema «Vuestra edad», del que tomo estos versos: «Sé que hubo muchas vidas antes que la vuestra […] / Pero en cada edad que atravesasteis , en cada forma / que vuestro único vibrar encarnó / así os he amado, y no solo a vosotros, / sino a mí mismo, y a mi género entero, / y a aquellos que durmieron, / y a las flores y animales consumidos para / acrecer la llama». Llamad a las sombras de vuestros padres es un libro heterogéneo. La organicidad la brinda, por encima de los temas de los respectivos poemas, una personal manera de concebir el poema como una especie de testimonio —y no estoy hablando de poesía confesional— vital en el que la imposibilidad de llegar al conocimiento exhaustivo de la realidad, en primer término, porque también subyace el propio desconocimiento personal, se erige como el principal argumento de meditación introspectiva: «Solo nos buscamos a nosotros mismos —escribe Gurruchaga en el poema titulado «Lirismos cuánticos»—. En el mundo, en el amor, en el conocimiento». Esta reflexión de carácter metafísico no impide que la poeta se sitúe es un estrato superior desde donde observar el devenir humano y desprecie los acontecimientos cotidianos que decantan nuestra vida. La guerra o el excesivo poder que otorga la sociedad actual al dinero («Un poema no es dinero, / no compra un trozo de pan / o un jarro de leche») están presentes, aunque sí resulte paradójico — después de leer versos como estos— esa visión del poeta como un hechicero o un chamán, más propia de otras épocas, del Romanticismo, por ejemplo, que traslucen poemas —y no es el único— como «El poema de nadie». En todo caso, el poeta es un ser que vive en la contradicción y de ella se alimenta. La poesía de Marian Gurruchaga está abierta a cualquier camino que conduzca a ese conocimiento del ser, de un absoluto que, en muchas ocasiones, está más cerca de la neurología y de la física pero que nunca puede renunciar a la revelación de la palabra poética, porque es ella la que arranca el velo de lo inefable, como ponen de manifiesto los poemas de este libro.

LUIS GARCÍA MONTERO. ÉL MIDE LAS PALABRAS Y ME TIENDE LA MANO*

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LUIS GARCÍA MONTERO. ÉL MIDE LAS PALABRAS Y ME TIENDE LA MANO. SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE CARMEN CANET. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

Luis García Montero no ha escrito, hasta el momento, un libro de aforismos tal y como entendemos el género, es decir, no ha reducido la sintaxis para acomodarla a la esencia de un pensamiento, de una idea, de una convicción y, sin embargo, dentro de sus poemas, de sus ensayos o de sus novelas hay versos y frases que, sacadas de su contexto, bien pueden operar como tales, por su contundencia expresiva, por el poder de sugerencia, por el impacto emocional que provocan en el lector. A este propósito ha dedicado Carmen Canet, excelente autora de aforismos ella misma, un empeño que se materializa en Él mide las palabras y me tiende la mano, libro en el que se recogen «aforismos de todos sus libros de poesía publicados entre 1980 y 2015 […] así como de sus novelas». Y es que Carmen Canet ha llevado a cabo una lectura minuciosa de toda la obra de creación del poeta a lo largo de muchos años, anotando frases y versos que, por distintas causas, llamaron su atención en el momento de leerlos. Solo ahora, en los últimos meses, esas anotaciones, posteriormente seleccionadas en función de este proyecto, han tomado la forma de libro. La tarea de «entresacar de sus poemarios y de sus novelas versos y frases que asiladas de sus contextos funcionan perfectamente como aforismos ha sido placentera y fecunda para la editora del volumen, pero también para este lector porque, pese a haber leído la obra de Luis García Montero con fidelidad ininterrumpida, estos versos convertidos, por mor de su aislamiento, en sentencias, en aforismos, incluso en greguerías («Una bailarina se parece a una lágrima/ rodando en la mejilla de los sueños») ofrecen una imagen distinta, no ya del autor, sino del propio texto, impelido ahora, sin el cobijo del corpus poético al completo, a dar lo mejor de sí mismo, a ser autosuficiente. Personalmente creo que el objetivo se cumple con creces (algo similar me ocurrió con la lectura de Todo lo que se prodiga cansa, de José Luis García Martín). La selección se ha llevado a cabo atendiendo a criterios cronológicos —que tienen ciertas ventajas, aunque no lleven implícito ningún principio de sentido— no a análisis temáticos, algo que hubiera supuesto dificultades añadidas, porque, como es habitual, muchos aforismos son susceptibles de encuadrase en más de un argumento.

Desde Tristia, el libro escrito al alimón con Álvaro Salvador publicado en 1982 hasta Balada por la muerte de la poesía, que vio la luz en 2016, García Montero ha escrito otros nueve libros de poesía y de todos ellos ha seleccionado Carmen Canet versos que esa segregación ha transformado en aforismos. Muchos tienen al amor como protagonista, porque el amor es uno de los temas recurrentes del poeta, sobre todo en sus primeros libros: «Para el amor / hace falta sin duda mucho tiempo / y alguna vocación»; «En asuntos de amor, / hace falta el secreto para contarlo todo» o «El amor es un género literario / (que le da sentido a la vida y a la literatura)». La palabra, el poema, la poesía, en suma, son objeto también de una amplia selección: «Esto es la poesía: dos soledades juntas / y una verdad que ordena tu vida con mi vida»; «Las palabras / conservan el calor del cuerpo que las dice» o «Las verdades se filtran por debajo de las palabras como la luz o el miedo por debajo de las puertas». Como no podía ser de otra forma, en una tan dilatada trayectoria como la de Luis García Montero, hay otros muchos temas, como el paso del tiempo, las caras de la verdad, el desengaño vital, el dolor, el compromiso ético y social, los sueños, los deseos y Carmen Canet ha sabido reunirlos para fusionarlos a través de un hilo común, el de la coherencia ética y estética, porque, como ella misma escribe, en estos aforismos «se nos muestra como un escritor reflexivo de palabra contenida, intimista y comprometida que, con un lenguaje medido, nos toca y da en la diana». Estamos seguros de que el futuro lector de este libro agradecerá el exhaustivo trabajo de la editora, porque, sin entregar nada que no estuviera ya publicado, ha sabido ofrecernos en este compendio una visión distinta que afianzará, sin duda, el aprecio por la obra de uno de nuestros poetas imprescindibles de las últimas décadas.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 25/08/2017

TOMÁS Q. MORÍN. LA FIESTA DE LA ORILLA

TOMÁS Q. MORÍN

LA FIESTA DE LA ORILLA

La parrilla en reposo, con la boca abierta

como un niño suplicando más.

He perdido la cuenta de las salchichas que hemos comido

 

y de la cerveza que hemos tragado. Mi esposa flota

en el agua con sus amigos, la piel blanca

enrojecida por algunas partes. A veces, por la velocidad de un barco,

 

una falsa marea los sacude como si fueran boyas

y durante un instante las viejas conversaciones

sobre el amor perdido/encontrado —el caprichoso

 

necesita amantes— son reemplazadas por carcajadas.

Escuchándolos me dan una segunda vida

en la que me olvido de los amigos que ya no tengo,

 

los perdidos por el tiempo, los vencidos por la distancia.

No queriendo perder lo que ahora tengo,

levanto un armazón de madera

 

alrededor de nuestra zona del lago,

las piernas hundidas profundamente en el arenoso fondo,

el extremo alejado abierto al agua,

 

este y oeste una ventana

(quizá, también, cortinas); un muelle

se extiende desde el borde de la vertiente

 

en el cobertizo donde el hambre golpeará,

donde el invierno dormirá.

Cuando recobre mis sentidos, la triste

 

caja donde los había guardado

como cantos de sirenas ceden el paso

a la errática mente del viento

 

mofándose de los enebros, echando un vistazo

a la superficie marrón del agua verde,

empujando los tubos negros del hermético círculo

 

de hermanas que no son hermanas

cuyos corazones no puedo salvar. Me desprendo

de mi camisa y de mis zapatos. Mientras entro al agua

 

levanto mi mano formando una pequeña ola,

así el agua fría me enseña humildad,

mientras profundizo en la melodía de su risa.

 

Versión de Carlos Alcorta

MACARENA T. VILAR. VERSO, VERDAD Y ATREVIMIENTO

MACARENA

MACARENA T. VILAR. VERSO, VERDAD Y ATREVIMIENTO. EDITORIAL NEOPÀTRIA, 2016

En muchas ocasiones, un primer libro puede estar lastrado por la bisoñez del autor, una inexperiencia que le lleva a no detenerse demasiado en la estructura, del volumen, impelido por el afán de exponer una muestra lo más representativa posible de su quehacer poético, sin apenas discernir entre lo que son verdaderos poemas y lo que son meros esbozos. No es, afortunadamente, el caso que nos ocupa. Macarena T. Vilar ha organizado los poemas de este su primer libro con un nivel de autoexigencia digno de resaltar. De hecho, el libro está dividido en tres partes, «Verso», «Verdad» y «Atrevimiento» perfectamenete definidas. «Y es que —escribe la autora— mi poesía es un poco de todo ello, como la vida: juego de versos aderezados de cariño, vivencias y locura sobre la cuerda floja que a todos nos invita a tambalearnos». Son, como digo, tres las secciones del libro, pero en toda ellas prevalece un modo de composición similar, un verso fracturado que resta al discurso fluidez narrativa, sin duda, un efecto buscado, y muy logrado en ocasiones, que incrementa la tensión y realza la puesta en escena del motivo que se trata de poetizar. Y hablando de motivos, quizá uno prevalezca sobre todo ellos, la elaboración de una identidad femenina construida con independencia y tesón admirables. La vida sentimental de nuestra autora es solo la excusa para identificarse como alguien capaz de tomar sus propias decisiones, sin importarle demasiado las opiniones ajenos o los sucesivos fracasos que puedan comportar. No cabe duda de que Macarena posee un gran sentido del humor y una fina ironía con un tono entre malicioso y festivo; sabe, además, reírse de sí misma («Mi gusto por combinarlo todo/ me dejará soltera./ No admito/ que hay cosas que,/ simplemente, no casan»), por lo tanto, es lícito que se ría de o que ridiculice comportamientos ajenos. Hay otro asunto que llama también la atención y es el desparpajo con el que descontextualiza frases o dichos instaurados en nuestro acervo común, dándoles otro sentido que provoca hilaridad y sorpresa al mismo tiempo (ocurre, por ejemplo, con el poema titulado «El banquillo», en el que le vocabulario futbolístico se utiliza como símil de una relación personal en decadencia: «Jugaré al toque/ y puede que te hunda,/ te olvide/ y hasta que debute el suplente». Se tocan otros temas en el libro, claro es, pero todos son subsidiarios de ese afán testimonial que obliga a la autora a extremar la polisemia en muchos de los versos. Valga como ejemplo este breve poema: «La manitas de la casa»: «A falta de hombre/ buenas son mis manitas,/ así que/ viva el bricolaje/ aunque siempre me sobren tornillos/ y me falten gemidos…/ ¡los tuyos!». Sergio Arlandis, en un enjundioso prólogo dice de Macarena T. Vilar que «Su voz poética, rica, llena de matices, viva y refrescante en la poesía actual busca esa parte de atrevimiento que la verdad y el verso a veces mitigan con sus reglas […] la poeta usa un estilo próximo a la realidad que nos acoge, pero también un lenguaje roto, incapaz de ser fiel reflejo de quienes somos si no es a través de su transformación, de forzar la flexibilidad de los márgenes de su sentido». No podemos estar más de acuerdo. Verso, verdad y atrevimiento es un primer libro, y como tal, suenan quizá demasiado altos los ecos de algunos poetas que tienen en su veta jocosa, como en alguna canciones o en los poemas de la norteamericana Dorothea Lasky, por ejemplo, sus mayores aciertos pero se nota que quien lo ha escrito tiene una madurez poética adquirida a base de experiencias, como no podía ser de otra forma, pero también reflexionando sobre ellas a través de la lectura y lo que deja traslucir dicha reflexión es una visión madura, nunca pueril, sobre el devenir de una vida, la suya.

PIEDAD BONETT. LOS HABITADOS*

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PIEDAD BONETT. LOS HABITADOS. XIX PREMIO DE POESÍA GENERACIÓN DEL 27. EDITORIAL VISOR. 2017

La carga emotiva de las palabras que utiliza Piedad Bonnett (Amalfi. Colombia, 1951) en sus poemas determina, indefectiblemente, el sentido con el que fueron escritas y, quizá, no haya mejor forma de poner de manifiesto dicha intención que con unos versos del poema con el que finaliza “Los habitados”: «Pido al dolor que persevere […]/ para que de su mano cada día/ con tus ojos intactos resucites,/ con tu luz y tu pena resucites/ dentro de mí». Como vemos, la palabra es el último asidero del recuerdo, la palabra que nombra al dolor —un dolor contenido que se acata con dignidad pero que ayuda a que el ausente esté aún vivo— y lo exterioriza, la palabra que recobra, que es en sí misma recuerdo, presencia, vida, en suma, porque todo lo que se nombra sigue existiendo en la mente de quien lo invoca. Mucho se ha escrito sobre la pertinencia de añadir datos de carácter biográfico al comentario cuando se redacta una reseña crítica. Hay opiniones a favor y en contra, pero, al menos en este caso, creo de utilidad referirme a factores extrínsecos a los propios poemas, porque resultan indispensables para lograr una interpretación más certera de la obra. Está claro que el impulso creador que está detrás de estos poemas, sobre todo los incluidos en la segunda parte del libro —un impulso melancólico, desilusionado, ensombrecido por la pérdida, aunque no se muestre insensible a la dicha que proporcionan algunos fragmentos de memoria— proviene más de una resolución voluntaria que de un imperativo, digamos, de orden intuitivo y arbitrario. ¿Cuáles son esos factores a los que aludo? Es preciso recordar que en mayo de 2011, Daniel (a quien está dedicada la segunda parte de este libro), el hijo de la autora, se quitó la vida, y este hecho luctuoso ha influido en toda la escritura de Piedad Bonnett posterior al suceso. De hecho, en su libro “Lo que no tiene nombre” (2013) trataba de dar testimonio de algo para ella inexplicable, algo que «está más allá del lenguaje». «En estos casos —escribe Piedad Bonnett—, trágicos y sorpresivos, el lenguaje nos remite a una realidad que la mente no puede comprender». En “Los habitados”, su último libro de poemas, la autora intenta trasmitir esa serenidad propia de quien ha terminado por aceptar los hechos imbuida tal vez de un inevitable sentimiento de conciliación personal que el paso del tiempo amplifica.

El libro posee dos partes perfectamente diferenciadas, la primera, intitulada, contiene poemas que analizan la influencia del temor, del miedo en la conducta de quien lo padece. El miedo visto como no como una abstracción paralizante, que también, sino como una especie de camisa de fuerza que atenaza no solo los actos, sino el pensamiento, un miedo a lo que puede suceder, un miedo al futuro que obliga a vivir el presente de forma angustiosa: «Yo me miro mirar —escribe en el poema titulado «Doble»— y mi adentro es mi fuerza en esta cárcel/ en la que siempre estoy detrás de mí/ respirando en mi nuca/ susurrando/ cantándome al oído mi cantinela insomne…». No alcanzo a entrever si un lenguaje como el que utiliza Piedad Bonnett, apegado al coloquialismo, al ritmo maquinal de lo conversacional es capaz de trasmitir el desasosiego y la misteriosa dependencia de lo inescrutable que habita en su origen, en cualquier caso, tanto la autora como el lector deben dejarse llevar por un lenguaje que profundiza en las partes no visibles de la conciencia, porque solo quienes estén en esa disposición podrán comprender la intensidad de la tragedia, porque «la vida es chirriante disonancia/ para los habitados».

   En la segunda parte del libro, «Noticias de casa», lo que antes era una reflexión de carácter gnoseológico se convierte en un relato que da cuenta de la alteración de los pormenores cotidianos que lleva aparejada la muerte. Hay una rendija que se abre, un agrieta en el corazón, que deja pasar «esa luz blanca que me ciega» que dificulta la plena captación de la experiencia que se resiste a ser fijada en el poema., aunque Piedad Bonnett no se arredrar y persevera en el intento. No es fácil ni inocuo cuando se trata de un ser querido porque «se había instalado ya un mismo silencio:/ eras tú que caías como una lluvia triste/ sobre nuestras cabezas inclinadas», es esa imposibilidad para encontrar razones a lo irrazonable la que emerge cada vez que el recuerdo se verbaliza, es esa no presencia la que impone los límites a la realidad, una realidad distinta que algunos llaman locura y que siempre estremece.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 18 de Agosto de 2017