JOSÉ MANUEL RAMÓN. LA TIERRA Y EL CIELO

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JOSÉ MANUEL RAMÓN. LA TIERRA Y EL CIELO. COL. ARS NOVA. EDITORIAL ARS POÉTICA.

No parecen ser cuatro los elementos que necesita José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) para indagar en el abismo profundo de la creación, en el origen del ser. Le bastan dos, la tierra y el cielo (que tanto nos recuerdan al juanramoniano título Piedra y cielo, quizá porque su búsqueda se remonta mucho más allá de los filósofos presocráticos, hasta aquellos neandertales que poblaron nuestra geografía hace decenas de miles de años. El cielo —«Memorial de antorchas», lo llama Ramón— nos remite a una atmósfera tenebrosa, acaso el interior de una caverna paleolítica iluminada por el fuego de unas antorchas —«alumbrar trascendencia»— que enturbiaban el aire y creaba en el imaginario de los seres que las habitaban un cielo amenazante. La cueva como refugio, como espacio mágico pero también como lugar de sombras y fantasías: «entregada / a tan altos propósitos / la tribu concibió la cueva / como un primigenio universo / de astas sangre y lunas / recientes». La tierra, inmersa en una enorme glaciación, es nieve perpetua: «un abrazo de nieve / destierra horizontes y ausencia / cauterizando heridas». La nieve oculta y embellece, falsea distancias, unifica el primor de la mirada. Pero quizá más que fijarse en lo que expresan los verso de José Manuel Ramón, debiéramos fijarnos en cómo lo expresa. El lenguaje que utiliza rehúye el utilitarismo y se adentra con frecuencia a términos que implican un sondeo en la experiencia ahistórica, términos que remiten al origen del universo. Tal vez por esa razón, la tercera sección del libro, «Noche profunda (Inframundo)», comience con estos versos: «avanzan siglos / por oscuros corredores / franqueando el útero de la tierra / y buscando pasos ocultos hacia / el inframundo». En general, la expresión entrecortada y fragmentaria de los versos crea en un clima de desconcierto en el lector que no siempre se despeja. Siguiendo a Henri Meschonnic, podríamos decir que nos encontramos ante una poesía de exploración del lenguaje, de búsqueda formal. «La exploración del lenguaje […] muestra la solidaridad del signo y de una idea formal de la poesía. Porque el signo solo es el emisor y el beneficiario de la noción de forma y de lengua que la exploración del lenguaje supone. La lengua no tiene sujeto. Solo el discurso tiene uno, y se funda por su historicidad». Hallar los cimientos en los que descansa esa historicidad es posiblemente una las intenciones primordiales de La tierra y el cielo: «milenario ahínco / desde simas concebidas / antes de lo humano / mucho antes / que despertara la conciencia del ser / antes que la sombra / y el sueño fuesen / increados». Miguel Veyrat lo explica de forma diáfana en el prólogo: «… el poeta José Manuel Ramón […] ha fundido aquel hielo intermedio en el recorrido entre “l atierra y el cielo”, para modular o entonar ese grito primigenio nacido al Alba del entendimiento consolidando sus propios puentes gramaticales. Abriendo un diálogo infinito, una interpretación semiótica […] entre el hombre y la Naturaleza», una naturaleza tan primitiva que no esconde aún ningún paradigma filosófico y en la que la muerte no se ha convertido todavía en una metáfora del destino. El hombre comienza a relacionarse también con las cosas, con el entorno. El silencio, esa antesala del lenguaje, perfila conceptos, se adueña de lo que el ojo registra, madura conceptos en el interior del propio ser que pugnan por salir al exterior. Las primeras imágenes pintadas en las cavernas paleolíticas son el mejor ejemplo.

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SARAH HOLLAND-BATT. LOS PELIGROS*

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SARAH HOLLAND-BATT. LOS PELIGROS. VASO EDITORIAL, 2018

Nacida en Southport, Queensland, en 1982, Sarah Holland-Batt creció en Australia y Denver, Colorado. Estudió en las universidades de Queensland y Nueva York. Sus poemas han aparecido en numerosos periódicos internacionales, publicaciones periódicas y revistas, como The New Yorker y Poetry, entre otros, y han sido ampliamente recogidos en antologías como Treinta poetas australianos (2011) o Jóvenes poetas australianos (2011). Ha sido la editora de The Best Australian Poems (2016), The Best Australian Poems (2017) y de la revista Island. Ha publicado los libros de poemas Aria (2008) y Los peligros (2015) con los cuales ha obtenido reconocimientos como el Premio Thomas Shapcott o el Anne Elder. Actualmente es profesora de Escritura Creativa en la Queensland University of Technology.

La traducción de Los peligros, a cargo de Gabriel Ventura, supone ver por primera vez sus poemas publicados en español en forma de libro. Hasta ahora su poesía era prácticamente desconocida en nuestro idioma. Sólo la meritoria actividad que realiza la revista digital Círculo de Poesía en pro de la traducción había reparado en dicha autora y nos había ofrecido algunas versiones de su poesía de la mano de Diana Itzel Marín Salazar, de Mario Licón Cabrera y de Alain Pallais. Los peligros, voy ha decirlo desde el comienzo, es un libro deslumbrante. Está dividido en cuatro partes que nos hablan de los peligros que acechan en el mundo actual, sea los propios de una naturaleza salvaje o de la intervenida y convertida en paisaje, como en el poema titulado «El paisaje ante mí», del que extraigo estos versos: «No me atreveré a decir / qué es el sufrimiento o cómo se infligió en este lugar. / En qué punto se rompe un cuerpo, no lo sé». Holland-Batt posee una cultura cosmopolita fruto de su condición viajera y de su amplia formación humanística y eso se deja ver en los múltiples poemas que dedica tierras tan distantes como su lugar de nacimiento, Australia, hasta La Habana, Ravello, Berlín o Boston, por ejemplo. Parecen ser postales, pero esa descripción detallada no se apoya solo en la imagen fotográfica que conserva la memoria, a ella se superponen reflexiones e ideas que convierten el poema en un escenario trágico, como en el poema «Postales desde otra vida», que finaliza con estos versos: «Todas las Troyas son saqueadas alguna vez». Los actos violentos del ser humano no son los únicos que contribuyen a la destrucción. Hay también una serie de fenómenos naturales que dejan sus terrible huellas en la orografía y en la vida de las gentes —no tenemos más que fijarnos en las lluvias torrenciales que han arrasado Japón recientemente, causando decenas de víctimas—: «Más tarde el valle fue arrasado / por un incendio», escribe. No cabe duda de que Sarah Holland-Batt tiene una particular e inquisitiva forma de mirar cuanto la rodea, pero esta mirada poco aportaría al lector más allá de lo anecdótico sino estuviera acompañada de una inteligente indagación en lo visto, como ocurre, por ejemplo, en el poema «Contra Ingres» —uno de los muchos que practican la écfrasis, es decir, el comentario a un cuadro—, que comienza así: «Aun observa por encima de su hombro, / su espalda paciente como arce pulido, / una línea de color e las tostadas de mantequilla / se despliega en arabesco por la columna / hasta el cóccix y las nalgas…». Por otra parte, queda manifiestamente claro que no teme adentrase en territorios más íntimos porque el amor está muy presente en estos poemas, no solo en ese afecto compasivo que se despierta ante la desgracia, sino ese amor físico y espiritual que desemboca en el otro, como en el magnifico poema «El Atlántico», plagado de evocaciones y pérdidas, de desencuentros y renuncias: «Junto a la cama, el tabardo y el pañuelo de bolsillo / tirados, renqueantes como una evidencia: / aún estamos atados». La manera de diseccionar la realidad de Holland-Batt es especialmente original ya que es capaz de alimentarla con pasajes personales del pasado y, a modo de collages, combinarlos con sucesos históricos: «Qué perfecto es el pasado —escribe—. / Allí todo ocurre una vez».

Nos encontramos —ya lo he dicho— ante un libro deslumbrante. La crítica de su país así lo ha confirmado: «Una de las cosas más sorprendentes e impresionantes de Sarah Holland-Batt “Los peligros” es que es un libro peligroso. La palabra sorprendente puede parecer una extraña elección dado que el título de la colección apunta hacia el peligro, riesgo o probabilidad malévola, pero es apropiada porque Holland-Batt es una escritora tan magistral y, formal y lingüísticamente, sus poemas son tan exquisitos y elegantes que la corriente oscura que anima muchos de ellos a menudo pasa desapercibida hasta que es demasiado tarde», escribe Fiona Wright. Tomen nota de esta autora, de lo contrario se arrepentirán en el futuro.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 13/07/2018

UAN COBOS WILKINS. DONDE LOS ÁNGELES SE SUICIDAN*

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JUAN COBOS WILKINS. DONDE LOS ÁNGELES SE SUICIDAN. SILTOLÁ POESÍA, 2018*

El onubense Juan Cobos Wilkins (1957) lleva varias décadas inmerso en el mundo de la literatura y de la gestión cultural. Dirigió la Fundación Juan Ramón Jiménez en Moguer, de la que fue promotor, y codirigió el Aula de Poesía de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, además dirigió una de las revistas literarias más hermosas que se han editado en las últimas décadas, Condados de Niebla. Su trayectoria poética se inicia con la publicación de El jardín mojado (1981) y continúa con Sol (1985), aunque, como el mismo autor precisa, su primer libro escrito fue Espejo de príncipes rebeldes (1989). Con poemas de Sol se inicia Donde los ángeles se suicidan, esta antología temática cuyo asunto central es la figura del ángel, versátil y muy frecuentada en el credo cristiano: «La figura del ángel —escribe Cobos Wilkins— ha sobrevolado permanentemente mis versos como símbolo polisémico, cargado de múltiples connotaciones, a veces contrarias y contradictorias». Cobos Wilkins ha realizado una profunda inmersión en su obra y ha rescatado aquellos poemas en los que el ángel, unas veces de forma evidente y, otras, más velada (el poema y la propia escritura parecen una reencarnación espiritual), es el centro de la reflexión poética. Dicha selección se presenta al lector más como un libro autónomo que como una mera recopilación, sobre todo si tenemos en cuenta la antigüedad de algunos de los poemas seleccionados de lectura casi imposible en la actualidad. Pero, ¿qué significado tiene el ángel para Juan Cobos Wilkins? Evidentemente, la respuesta admite muchos matices, en principio por el carácter intrínseco de la propia figura angelical, polisémico y hasta contradictorio —de la guarda y exterminadory, en segundo lugar, por la propia mutabilidad de la idea que ha sufrido en el proceso de interiorización notables cambios, asociados, sin duda, a la evolución personal del autor y a los naturales cambios de ánimo. De esa fusión entre «Pasión y Armonía» («Las solas provisiones de su vida futura») representados por Luzbel en los primeros libros, al «Ángel nuestro / de la espada flamígera / que un día nos expulsas para siempre jamás del Paraíso» del libro Biografía impura hay un mundo de distancia que, de manera no siempre explícita —la poesía de Cobos Wilkins tiende al arabesco y a un envoltorio semántico no siempre transparente— se construye como un cóctel, con incertidumbres y presunciones: «… y sentirnos / luzbeles recorridos / por esos alfileres imantados / que al levantarse la veda escarcharán / el lagrimal aterrado de los ciervos». La escritura torrencial de muchos de estos poemas pretende abarcar en su totalidad la experiencia que convoca los versos y traza en ocasiones una ruta laberíntica que conduce, no a la casilla de salida, sino a la misma línea de salida. Así, gracias a esos meandros, de estirpe visionaria en ocasiones,

     «Un poeta —escribe Cobos Wilkins— es un funambulista / y descalzo y con ojos / abiertos en la planta del pie camina / por el más alto cable tensado en el vacío. // Pasión en un extremo / de su pértiga, Armonía / en el otro». Entre un punto y otro ha y un sinfín de posibilidades, que varían en función del camino elegido. En ambos extremos encontramos un ángel, pero éste manifiesta sus propiedades de forma diferente. Mantener el equilibrio se convierte entonces en un exigente proceso de autoconocimiento en el que el autor sufre una especie de dislocamiento de la personalidad. A veces se identifica con el ángel caído que observa «la asimetría de la belleza que instiga a la rebelión» y otras, ese ángel se convierte en un ángel custodio que «siempre vela por mí, custodio / que me salvas del beso envenenado, ángel / que me proteges / del mortífero abrazo / o mantis / de otro ángel / más caído». Existe mucha literatura sobre los ángeles, hay, incluso, una rama de estudios, la angeología, sin embargo, el acercamiento de Juan Cobos Wilkins a este fenómeno no es sistemático (la famosa clasificación de Pseudo Dionisio Areopagita no se menciona en parte alguna), sino todo lo contario, tiene más que ver con lo intuitivo, con la imantación que su ambigüedad estimula. Es harto probable que, a través de lo intuitivo, esos ángeles solo vislumbrados al principio hayan adquirido ciertos rasgos culturales no ajenos al propio proceso de maduración del autor, pero, como queda de manifiesto en esta antología, la idea primera que situaba al ángel entre la pasión y la armonía se ha consolidado con el paso del tiempo. De la propia evolución personal depende que unas veces el fiel de la balanza se incline hacia un lado o hacia el otro del hilo que los une. Lo que sí queda meridianamente claro es que Cobos Wilkins sabe conferirle al ángel virtudes y defectos del ser humano y, por esa razón, puede mirarse en su rostro como si fuera un espejo.

* Reseña publicada en Clarín. Revista de nueva literatura, nº 135

 

BORIS A. NOVAK. EL JARDINERO DEL SILENCIO Y OTROS POEMAS

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BORIS A. NOVAK. EL JARDINERO DEL SILENCIO Y OTROS POEMAS. EDITORIAL GALAXIA GUTEMBERG, 2018

Traducida por Laura Repovs y Andrés Sánchez Robayna, se publica por primera vez en castellano la obra del poeta esloveno —aunque nacido en Belgrado en 1953, cuando Eslovenia estaba integrada en Yugoslavia— Boris A. Novak, uno de los poetas europeos más importantes en la actualidad. La responsable de la edición, la antes mencionada Repovs, esboza en el prólogo titulado «En los puentes de la palabra poética» un recorrido imprescindible por la historia cultural reciente de Eslovenia, un país que logró su independencia en 1991, con poco más de dos millones de habitantes y con un idioma que apenas cuenta con dos siglos de antigüedad como lengua artística. Poco conocemos de su literatura por estos lares. En el ámbito poético, sin duda el nombre más conocido es el de Tomaz Salamun (1941-2014), que ha sido traducido por Xavier Farré (Balada para Metka Krasovec y por Pablo J. Fagdiga (Selección de poemas) con fortuna. Encontrarnos ahora con un poeta —es también un famoso autor teatral, traductor y teórico literario— de la talla de Novak supone todo un descubrimiento y es, posiblemente, la mejor manera de calibrar la importancia de una cultura que nace de una mezcla de las grandes tradiciones europeas, a las que el autor contextualiza y alimenta. Novak es «el poeta que a lo largo de su obra ha introducido en el esloveno numerosas formas poéticas y ampliado abundantemente las posibilidades expresivas de la lengua eslovena», escribe Repovs. Novak ha sido siempre un poeta comprometido con su herencia, con la historia de su país y con innumerables causas sociales y ecológicas, consciente de que la actividad poética debe estar permanentemente vinculada al compromiso ético. Ha publicado más de veinte libros de poesía —esta antología recoge una selección de cada uno de ellos— entre los que destacan Bodegón de versos (1977), Coronación (1984), Maestro del insomnio (1995), Alba (1999), Eco (2000), Fulguración —de una intensidad amorosa poco frecuente— (2003), Ritos de despedida (2005), Pequeña mitología personal (2007) y La puerta sin retorno, su libro más ambicioso, un «proyecto vital que ha tardado veinte años en escribirse, comprende tres volúmenes publicados entre 2014 y 2017: el primero subtitulado “Geografía de la nostalgia”, cuenta con una extensión de casi nueve mil versos; el segundo, “El tiempo de los padres”, tiene alrededor de doce mil versos; el tercero y último, “Residencias de las almas”, posee aproximadamente veinte mil versos». La referencia más significativa, incluso estructuralmente, es la “Divina comedia” («Dante se vuelve aquí la figura guía y el maestro que cede la herencia poética»), tanto formal —está escrito en tercetos con rima— como temáticamente, Purgatorio, Infierno y Paraíso se incrustan en las sucesivas secciones, aunque el protagonismo real lo tiene la memoria, la capacidad de revisitar los recuerdos para tomar conciencia del convulso presente en el que el poeta debe vivir: «La palabra poética —nos recuerda la editora— se ofrece como la única manera de resucitar los lugares, tiempos y destinos humanos pasados, el único modo de rescatar del olvido la memoria personal y la colectiva y de cumplir con el deber que se tiene hacia esa herencia—tan propia del ser humano— que es la historia». Dicha trilogía ocupa una gran parte de esta antología poética con absoluta justicia porque la envergadura del proyecto no tiene, que sepamos, parangón en la poesía actual. Los poemas que la forman son, por lo general, de largo aliento y con una carga simbólica excepcional y en algunos de ellos se deja entrever la filiación teatral del autor, como en «Gramática del alma», construido de forma dialogada. La confianza de Boris A. Novak en el poder restaurador de la palabra es tal que llega a escribir versos como estos: «Nada llego a entender si no lo escribo. / Si no lo escribo, el mundo se me borra. / Mis toques amorosos son presa de palabras. // He escrito bellos poemas. / Tan bellos que he enjuagado toda huella / de amor./ Tan solo queda el verso, / sabor / de ceniza en la boca». Pero siempre hay cosas que se escapan a esa apropiación semántica, aunque el poeta crea abarcarlo todo con su magia, porque el poema puede ser tan complejo —y estos lo son, sobre todo cuando dialogan con los muertos—, que se escape a su control. El jardinero del silencio y otros poemas nos descubre a un poeta excepcional con una ambición conceptual casi sin precedentes, particularmente efectiva a la hora de trascender los detalles triviales y convertirlos en paradigmas existenciales. Recomiendo a los lectores que no pierdan la oportunidad de leer la poesía de Novak porque nos reconcilia con el propósito fundamental del poema, el conocimiento de uno mismo y del entorno, algo que esa caterva de jovencísimos mal llamados «poetas», tan publicitados, ni siquiera sospecha que pueda plantearse.

LUIS GARCÍA MONTERO. FELIPE BENÍTEZ REYES. AMISTAD A LO LARGO

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LUIS GARCÍA MONTERO. FELIPE BENÍTEZ REYES. AMISTAD A LO LARGO. JUANCABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO, 2018

El título de un poema de Jaime Gil de Biedma sirve para dar cuerpo a este libro que deja constancia de la amistad entre dos poetas imprescindibles de nuestra tradición más reciente, Luis García Montero y Felipe Benítez reyes. Ambos se han convertido por derecho propio en referentes de una parte fundamental de la poesía escrita en las últimas décadas en nuestro país.

     Esta amistad a lo largo surgió cuando los dos poetas eran todavía muy jóvenes. Ambos estaban dando sus primeros pasos poéticos y la necesidad compartida de conocer lo que sus coetáneos estaban escribiendo propició un interés mutuo. «Felipe y Luis —escribe Irene García Chacón en el prólogo— se encontraron con los poemas del otro y se presentaron por carta antes de darse a conocer en persona». El primer documento del libro así lo testifica. Es una carta que envía Felipe a Luis y data del 1979, y en ella, además de enviarle un poema, el titulado «La juventud», tantas veces glosado posteriormente, Felipe escribe: «Espero ir pronto por Granada. Muchas ganas de conocerte en persona». A partir de entonces serán muchos los poemas intercambiados, poemas de circunstancias, festivos, jocosos, irónicos, ditirámbicos (los títulos así lo confirman: «Fantasía soneteril ante la entrada en una cafetería de ninfa anonadante y sevillana» o «De los peregrinos que fueron a México y volvieron de allí muy quebrantados», por ejemplo), pero también poemas, digamos, serios, que pasarían a formar parte de alguna de las colecciones publicadas, como «Poética» y «Memoria de la felicidad» de García Montero o «Fugacidad del tiempo o aviso de peterpanes», Benítez Reyes.

     Además de los poemas celebratorios que ensalzan la mistad y la complicidad creativa, el libro recoge comentarios y prólogos, análisis críticos, en definitiva, que son una prueba impagable del profundo respecto estético que se tiene ambos poetas. Si Benítez Reyes alaba en la mítica revista Olvidos de Granada la aparición de la Égloga de los dos rascacielos de Montero o lo retrata en Gentes de siglo, en 1996, («Conocí a Luis a principios de los ochenta, cuando estaban de moda los restaurantes exóticos y cuando la vida —y la poesía del brazo de ella— era todavía una cosa que quedaba por allí delante: un ideal, una aventura») otro tanto hace este cuando aparece, por ejemplo, la novela El novio del mundo o el Ayuntamiento de Rota le nombra hijo predilecto. Felipe y Luis, tras tantos años de amistad, se conocen a la perfección, son amigos y compadres, pero son, además, grandes lectores el uno del otro, por eso han analizado sus respectivas obras con una sagacidad inigualable. El prólogo que escribe García Montero a la edición de Poesía. 1979-1987, publicada en 1992, es paradigmático en ese sentido: «La poesía de Felipe Benítez busca casi siempre como paisaje propio el tema de la vida, el paso del tiempo, la juventud. Se trata de un vitalismo nostálgico que se identifica y se enreda con los afanes del mismo hecho poético, conjuntándose con él», como también lo es el detallado análisis que realiza de Las identidades en el volumen colectivo Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio a cargo de José Jurado Morales, en el que escribe: «He tenido la suerte de conocer de cerca durante más de tres décadas su lealtad a la poesía y su deseo de ordenar desde una conciencia coherente los vertiginoso accidentes de la vida. Como nos falla la memoria, el futuro se parece cada vez más al esfuerzo por dar con ese verso que nos gusta y que no recordamos bien». Benítez Reyes no se queda a la zaga. Comenta el poema «Fotografías veladas en la lluvia» del libro Habitaciones separadas, en el que resalta «la vehemencia del pasado y la imprecisión del pasado, la reflexión como método de conocimiento y a la vez el extrañamiento, la realidad, en definitiva, que conduce a la irrealidad: “la leyenda arruinada del nosotros más puro”» y hace lo propio al trazar una cariñosa semblanza junto con un concienzudo análisis poético en el libro El romántico ilustrado. (Imágenes de Luis García Montero) en el que escribe: «La poesía de García Montero suscita complicidades no por que las haya buscado él, sino porque los demás las hemos encontrado».

     En definitiva, para elaborar Amistad a lo largo ha sido necesario desempolvar viejos recuerdos en forma de poemas públicos y privados, de cartas, de críticas literarias, de fotografías, de retratos reales y ficticios que forman parte de una identidad que se ha ido construyendo a la par que se consolidaba una amistad personal y una complicidad estética difícilmente repetibles. Editar un libro así, tan entrañable como cuidado (no podía ser de otra forma, estando como está en las manos de Juan Vida y de la Fundación Huerta de san Antonio), es el mejor homenaje que se pude tributar a esa amistad.

JEREMY PADEN. RUINA MONTIUM*

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JEREMY PADEN. RUINA MONTIUM. EDITORIAL: VALPARÍSO EDICIONES. 2018

Pocas veces un suceso tan luctuoso como el que describen estos versos tiene un final feliz. El 5 de agosto de 2010 se produjo el derrumbamiento de la mina san José en Copiapó. Dejó enterrados a 33 mineros a 720 metros de profundidad. Las labores de rescate se prolongaron durante casi 70 días y sufrieron diversos contratiempos —hubo un segundo derrumbe que dificultó aún más las cosas—que la técnica y la presión familiar —las familias se instalaron el llamado Campamento Esperanza, al lado de la mina— consiguieron solventar. El transcurso del rescate fue seguido por millones de espectadores con el alma en vilo y las muestras de solidaridad se sucedieron por todo el planeta. Este acontecimiento ha servido a Jeremy Paden —poeta nacido en Milán en 1974, pero criado en América Central y el Caribe y doctorado en español por la Universidad de Emory y autor, además del libro que nos ocupa, de Broken Tulips (Accents Press, 2012)  y prison recipes (Broadstone Press, 2018); de un breve libro de poemas en traducción Asuntos delicados/Delicate Matters (Argus House Press, 2016). Es co-coordinador de la antología Black Bone: 25 Years of Affrilachian Poetry (University of Kentucky Press, 2018) y autor de varios ensayos sobre la literatura colonial y la poesía del Siglo de Oro — como metáfora de la voluntad humana, del compañerismo, del amor y de la lucha por la vida. Pero Paden se remonta a dos mil años atrás, a las explotaciones romanas de comarca del Bierzo, para iniciar su exploración personal, por eso ha titulado el libro ruina montium, término con el que Plinio el Viejo se refería a las citadas explotaciones que han dejado un paisaje impresionante conocido como Las médulas: «dos mil años / desde que roma // horadara / las montañas del bierzo / las quebrara con cataratas // separara // el músculo del hueso // la capa ósea // de la diáfasis // hasta descubrir las médulas».Jeremy Paden utiliza un lenguaje común, pero cargado de resonancias metafísicas y ontológicas. Un mito leído a la inversa, el de Ícaro (acaso porque, como escribe, los túneles subterráneos «se parecen / tantísimo al espacio sideral en el que todo es tinieblas / y expansión»), contrapone la claridad del cielo a la oscuridad del mundo subterráneo, pero la conclusión es la misma. Arriba o abajo, el hombre debe caminar a tientas, sumido en la ceguera, guiado solo por sus instintos y lo que estos son capaces de revelar. ¿Qué impulsa al ser humano a aventurarse en lo desconocido? Paden habla de un metafórico «resplandor», de un «sudor solar», que afecta tanto al explorador aéreo como al minero, pero la realidad es mucho más dura, menos poética. La razón verdadera para enterrarse en vida es la pobreza, la necesidad que lleva a generaciones sucesivas a perseverar en esta especie de muerte en vida. El poema «Calabozo» lo describe con crudeza: «y ahora / la espiral, / que tú / y tu padre / y el padre / de tu padre / han cavado, / refulge // contra la oscura / pared de tu memoria. / y tú / ahora, / te encuentras / atrapado / por el derrumbe, / brillante / como de un sol muerto». Una necesidad que obliga a realizar un trabajo agotador y peligroso. La espalda curvada por el esfuerzo, la mente en blanco para que los recuerdos no paralicen los brazos, la costumbre y la oscuridad remiten a un mundo infernal que Paden no puede describir sin que asomen unos brotes de denuncia. No estamos hablando de una poesía social, pero sí de una poesía comprometida —toda poesía es, como sabemos, de algún modo política—que no puede obviar la injusticia y la humillación a la que se ven sometidos los más débiles (el poema «Asuntos de Estado» es un buen ejemplo). El lenguaje, sin embargo, no cae en ningún momento en lo fatalista o en lo panfletario, antes aún, sin falsear los hechos ni caer en manierismos, no es difícil encontrar versos de contenido onírico que trasmiten serenidad y consuelo, eso sí, desde una posición privilegiada, pues el desenlace del suceso ya es conocido: «haz de tu vida un sacramento. Besa a la mujer, / embrazada. abrázalos, a todos: a la madre, al recién nacido…». La vida, parece decir, Paden, te ha dado una segunda oportunidad. Corrige tus errores y vívela de otra forma. Resulta evidente que ha calado en el autor el mensaje cristiano de la redención. Si se te ha concedido la gracia, úsala para hacer el bien. Jeremy Paden ha escrito un libro de poemas sobrio y doliente, pero no se ha dejado intimidar por la dura experiencia narrada, se ha impuesto a la realidad con unos versos elípticos, pero que, lejos de sacrificar su belleza por la forma, indagan en las fases de la tragedia desde su propio origen. El tono grandioso queda para las grandes epopeyas militares. Lo íntimo no necesita héroes pero es lo que construye realmente la historia porque se adapta mejor a la conversación con los fantasmas propios.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 29/06/2018

 

JOSÉ MANUEL SUÁREZ. ABEDULES, CONTRA LAS NUBES CLARAS.

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JOSÉ MANUEL SUÁREZ. ABEDULES, CONTRA LAS NUBES CLARAS. COL. CARPE DIEM. EDITORIAL ARS POETICA.

Después del experimento poético que supuso Transoscurecer. Las últimas muertes de Paul Celan (2016), José Manuel Suárez regresa a la poesía intimista y contemplativa que tan buenos frutos ha ofrecido a sus lectores. Estoy seguro de que no ha de resultar nada fácil salir de un espacio tan hermético y asfixiante como el que rodeó la vida y la muerte de Celan, todo un icono de la resistencia física y moral al exterminio judío por parte de los nazis (en campos de concentración murieron sus padres) y de los conflictos provocados por la paradójica incomunicación a que nos conduce de la vida moderna. Merodear en torno de una vida tan atormentada —como sabemos, el poeta acabó suicidándose después de pasar largas temporadas recluido en hospitales siquiátricos— durante años no puede salir gratis. Es necesario hacer una especie de cura de desintoxicación antes de embarcarse en un nuevo proyecto literario de signo tan opuesto como este libro, Abedules, contra las nubes, que tanto debe a su obra anterior, obra ya copiosa —integrada por libros como Desde más luz (1996), En sed de alianza (2006), Tras la huella de un ala (2008) o Pintura de interiores. Cuarteto (2013)y dueña de un modo de ver la personal que ha sabido beber en nuestra mejor tradición, desde Juan de la Cruz , pasando por Fray Luis, Manrique o Quevedo hasta llegar a Muñoz Rojas o Cernuda, sin olvidar, claro está, a autores como Virgilio y Horacio.

   Dividido en tres secciones, el libro cuenta con un poema prólogo y otro que hace las veces de epílogo. En medio, «En mi lugar bajo los abedules», «Qué mano en este sitio me ha tomado» y «Lo que me tiene tan atado a ti». Hay mucho en común entre las tres secciones: la relación con la naturaleza, con la que se establece un diálogo conciliador y, a pesar de los contratiempos vitales, esperanzado; la reflexión íntima y el diálogo con un tú innominado que actúa como espejo del sentir propio. Las diferencias que encuentro entre las tres partes son más de orden semántico que estructural. El regreso al lugar del origen —asunto central de la primera parte— es visto por José Manuel Suárez como un antídoto contra los desgarros de la existencia. La casa familiar es una casa de reposo para el paciente. Allí las heridas se cicatrizan porque la propia atmosfera del lugar es un bálsamo reparador. Ecos de Eliot y del José Luis Hidalgo de Raíz suenan en versos como estos: del poema «Cautela»: «Si hacia dentro de mí miro en silencio / reconozco el comienzo en el final, / como no estando entre los dos el tiempo». La convalecencia centra los esfuerzos poéticos de la segunda sección, «Para que cuides de mí cuando me tengas / he venido a donde sé que estás. / mas estar y no estar lo mismo son / si eres tú para mí lo que más tengo, / si tanto a mí también me tienes», escribe en estos versos de tono suanjuanista. La vieja casa, el paisaje —descrito en pequeñas estampas que recogen fragmentariamente lo que el ojo del corazón siente más que ve— que la envuelve son la mejor medicina para el alma doliente. Los recuerdos son una compañía reconfortante: «Quedarme solo nunca me ha pesado», escribe en «Hondas aguas», versos que, por otra parte, enlazan con otros de la tercera sección, como estos del poema «Tan oculto»: «Me lamentaba yo de no ser visto, / yo que tanto me he ocultado siempre… / Gocé mi soledad entre zozobras». Para alguien como José Manuel Suárez, un poeta que desdeña las tentaciones de la vida moderna y se ampara en el juaramoniano trabajo gustoso, en buscar la hondura a través de los indicios que dejan nuestras huellas en la superficie, la soledad no es una condena, todo lo contrario, es el espacio donde encontrase consigo mismo, es un acto de voluntario recogimiento, necesario para vislumbrar la propia identidad. El recuerdo cura y salva, configura el presente: «Lo que me tiene atado a ti, / apenas perceptible entre las hojas / de abedules contra las nubes claras / moviéndose a sus anchas en la brisa. / Mi abundante cosecha de recuerdos».

     El lenguaje, siempre muy cuidado, no presenta, sin embargo, significativas características exclusivamente literarias (aunque se pueden detectar, además de los citados, ecos de Quevedo o de Jorge Guillén). Sin llegar a ser un correlato del habla coloquial —la lírica meditativa requiere un tempo propio incompatible con la inmediatez oral— es un lenguaje sensorial y apegado a la realidad de la que el autor forma parte, como vemos, por ejemplo, en el poema «Llego a casa»: «Del sur están viniendo gruesas nubes; / calmarán el calor de muchos días. / Tamborilean en veloz carrera / sobre las hojas las primeras gotas. / Me gana el aguacero, llego a casa». Abedules, contra las nubes claras nos devuelva a un poeta que se reinventa a través del lenguaje, porque la escritura, para José Manuel Suárez, es una forma de vida.

JAVIER LORENZO CANDEL. APÁRTATE DEL SOL.*

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JAVIER LORENZO CANDEL. APÁRTATE DEL SOL. EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ, 2018

La voz que habla en Apártate del sol parece resonar de forma más diáfana entre los espacios abiertos de la antigüedad que entre los lugares asfixiantes de la actualidad. Da la impresión de que Javier Lorenzo Candel extrae toda una ética del modo de conocer las cosas que nos enseñó la tradición grecolatina, aquella que, remontándonos a Demócrito, defendía que la porción de felicidad que le está dada disfrutar al ser humano proviene de una estrecha dependencia de la materia y se halla mas dentro de nosotros mismos que fuera pues los sentidos no logran prestarnos un conocimiento minucioso y abarcador de las cosas. Acaso por eso ya desde el primer poema del libro se emprende la crítica a la banalidad de la moral contemporánea y a la creciente trivialización de la sociedad: «Nuestra obra maestra es tu vida privada», escribe como si el Gran Hermano estuviera vigilándonos. Esa mirada comprensiva hacia la antigüedad se aprecia no solo en los temas tratados: la mesura, el honor o la austeridad, sino en el modo de enfocarlos poéticamente, un modo en el que el didactismo —muy presente también en la poesía renacentista española— tiene una finalidad primordial: «Recuerda cuando ansiabas la luz entre las sombras, / Cuando era el dolor la noche entera, / Rememora la lágrima que quedó conquistada / De tanto recibirla. Busca el que fuiste, atiende / Al pobre ciudadano que mendigaba pan / Por las esquinas, sed que no fuiste a saciar / Por no saber llegar al lugar de las fuentes. / Y búscate pensando que tu ganancia trae / También lo que perdiste. Y sé los dos a un tiempo / Para que nada falte». Evidentemente, en este análisis sobre algunos de los males que nos aquejan, entre ellos la vanidad o el egoísmo, no podía faltar esa indagación en el propio yo que enlaza, cómo no, con la tradición socrática. La naturaleza nos priva de vernos a nosotros mismos tal y como somos por eso resulta lícito dudar de quiénes somos o cuestionar cómo nos ven los demás, de igual modo que nos interrogamos sobre lo que nos rodea: «Qué gran distancia / Entre el saber y el ignorarlo todo» escribe Lorenzo Candel en uno de los últimos poemas. La mirada del poeta descubre un mundo casi mítico en el que la tarea del hombre es colosal. Prevalece un deseo de eternidad que se sustenta en aspectos como el bien y la belleza (Son estas «virtudes» guías de sus actos, hasta el punto de que confieren autenticidad a la propia vida, vida que se afirma en una lucha continua en la que la voluntad se impone a las pasiones), como vemos en estos versos: «Una prudencia esclava de la moral, asuntos / Que todavía protejo como dogmas de fe, / Mis posesiones, todas, seas estas de espíritu / O materiales, eso que defiendo sin ánimo / Incluso cuando sé que su defensa es tiempo / Perdido para siempre».

   Los poemas de Lorenzo Candel están escritos con una precisión verbal digna de resaltar, pero es que, además, su prosodia nos arrastra, apenas sin percibirlo, hacia un tensión moralizante que penetra en el lector como una aguja hipodérmica, de una forma tan súbita que casi no se siente. Nuestro autor ha conseguido un elevado grado de densidad significativa —las sugerencias son innumerables y las asociaciones, sobre todo de carácter histórico y filosófico, nos ilustran suficientemente sobre la pretensión transcendentalista de Lorenzo Candel— utilizando palabras propias del lenguaje ordinario, eso sí, liberándolas de lo previsible y cocinándolas con un ingrediente esencialmente poético, la ambigüedad propia de una simbología íntima: «Yo, que no sabría decir por qué ni cuando, / Celebro el mundo abierto a la mañana, / Pues la naturaleza, sin saber de qué modo, / Ha despertado en mí la condición de instinto, / De animal en otoño que trata de poner / a cubierto este tiempo que engrandece el paisaje, / Pero también su sombra. Y excitado me observo / Disfrutar de este claro y preparar la huida». «Apártate, que me tapas el sol», contestó Diógenes el cínico a Alejandro Magno cuando éste se mostró dispuesto a concederle un deseo. El deprecio a las cosas materiales que subyace en tal respuesta es el eje también de este libro. Los poemas que lo integran esconden una lección moral poco habitual en los tiempos en los que vivimos, pero los versos no invitan a prohibición alguna, más bien, fluyen desde una premisa que el poeta expone hasta una conclusión que queda en las manos del lector, porque aquello que se pretende decir variará en función de las sugerencias que despierte en cada lector. Apártate del sol contiene una poesía intemporal que, sin embargo, bebe de la cotidianidad, acaso porque «No hay nada como el ritmo de la vida doméstica».

Reseña publicada en el suplemento cultural Sutileza de El Diario Montañés, 22/06/2018

 

AITOR FRANCOS. CAMAS

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AITOR FRANCOS. CAMAS. COL. AFORISMOS. EDITORIAL TREA, 2018

Desde que comenzara a publicar, allá por el año 2011, Aitor Francos (Bilbao, 1986) no se ha concedido una tregua. Prácticamente cada año publica un nuevo libro, sea este de poesía, de haikus y de aforismos (no incluyo aquí ediciones como Las aguas tranquilas. Ocho poetas vascos actuales. Renacimiento, 2017). Desde Igloo (2011) hasta Camas (2018) se han sucedido títulos como Un lugar en el que nunca he escrito (2013), Ahora el que se va soy yo (2014), Las dimensiones del teatro (2015), Fuera de plano (2015), Filatelia (2017), Aforo completo, recién publicado por la editorial Prames en su colección Los tres sorores y Las gafas de Pessoa, que también acaba de aparecer en la editorial Vandalia. Como podemos comprobar, la actividad editorial de Francos —ejerce además la crítica literaria— es realmente apabullante y, sin duda, admirable porque en todos los géneros ha logrado un enorme reconocimiento así como importantes galardones.

Camas, el libro que hoy comentamos, es, además de todo lo dicho, un libro diferente. Está encuadrado en la colección de Aforismos de la editorial Trea, pero no cumple estrictamente con algunas de las premisas del género, como la brevedad y la contundencia. Es cierto que hay fragmentos que cumplen a rajatabla las premisas citadas, como, por ejemplo estos: «Pensar en un cuerpo es corregir una geometría pactada»; «Un hombre que espera es un hombre que está perdiendo un lugar»; «Lo real no respeta lo verdadero, lo supera» o «(Sobre la escritura). Cómo oscurecer más lo que no veo», dignos, además, de integrar la más exigente antología del género, pero el resto de los fragmentos son de difícil clasificación. Aitor Francos ha sabido conciliar varios géneros para construir un escenario panóptico que permita al autor, desde un privilegiado punto de vista, controlar todo lo que sucede. Hasta ahí, nada nos resulta especialmente llamativo. Lo que sí nos deslumbra es la capacidad de alterar el fluir narrativo de una historia que se enrosca como una serpiente, que se lía y deslía como una comedia de situación o que se enmaraña como un drama romántico. Ese punto de vista del que hablaba se desplaza al antojo de Francos. Así, unas veces observa la cama (objeto sobre el que gira la trama, la representación) como un mero objeto cotidiano (nos viene a la memoria la lata de sardinas convertida en cama del artista francés Franck Scurti), otras da detalles sobre su transformación en campo de juegos eróticos, en lugar de descanso. Incluso en lecho mortuorio: «La cama como esas moscas que trazan figuras geométricas a toda velocidad en torno a una bombilla, fabricando una tela invisible, embutiendo un trazo en otro, formas básicas, puras representaciones mentales. Tal vez fuese un gran poema, y no una red; un poema cuya función es estar vivo, y dar vida, mantenerla, garantizarla». Otras veces, son las diferentes variaciones del escenario los que suscitan el análisis: «El escenario no solo creará un mundo particular sino que además ha de ser el reflejo de la preexistencia de otros» y no podían falta, claro es, los personajes protagonistas, él y ella, dos amantes, pero «Todos los personajes, si al final hubiera más de dos, estarán simultáneamente en la escena; algunos en una penumbra moderada, atendiendo discretamente a la acción principal, prácticamente inmóviles, o incluso en minúsculos pedestales, sin intervenir pero obstaculizando el transcurso normal de la función».

   Si seguimos al pie de la letra las sucesiva sugerencias que se van desgranado en el texto nos encontraríamos, sin embargo, en una especie de callejón sin salida, porque muchas de las indicaciones responden no a un coherente sistema de trabajo sino a las fluctuaciones emocionales de quien hace las veces de guionista, de director, de espectador, incluso de productor artístico (leyendo Camas me ha venido también a la memoria la película Epílogo, de Gonzalo Suárez). Sin embargo, por debajo de este poderoso y, a la vez, confuso, recurso expresivo subyace una propuesta literaria que se adentra en alguno de los más profundos conflictos del ser humano.: la incomunicación, el desconocimiento del yo y del otro, los trastornos afectivos (me parece que leer el libro con una lente junguiana no estaría fuera de lugar, como el hecho de recurrir a Foulcualt para entender ciertas formulaciones). El poeta que es Aitor Francos ha dado un salto sin red, algo que dice mucho en su favor, porque, en lugar de limitarse a repetir formas habituales que, por otra parte, le han granjeado un éxito notable, se ha arriesgado a escribir un libro complejo que, lamentablemente, no será bien entendido por todos los lectores.

 

LORENZO OLIVÁN. PARA UNA TEORÍA DE LAS DISTANCIAS*

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LORENZO OLIVÁN. PARA UNA TEORÍA DE LAS DISTANCIAS. EDITORIAL TUSQUETS, 2018

Parece que fue ayer, pero han transcurrido cuatro años desde la publicación de Nocturno casi (2014) con el que Lorenzo Oliván obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 2015. La distancia que media entre este libro y Para una teoría de las distancias es más temporal que argumental, aunque la oscuridad que preludiaba el acceso a la noche —una oscuridad que no deja de ser reveladora— se haya disipado y la luz, cuyo hábito principal es disolverse, se erija soberana sobre la realidad, tanto la visible como la intuida (El poema «Con menos luz» puede ser la bisagra que una ambos libros: «La noche crea origen, / vuelve su espacio significativo: // con menos luz la luz, / encierra la raí / de la que crece»). Por otra parte, las líneas maestras de su poesía están sobradamente consolidadas desde sus primeros libros. Pero Lorenzo Oliván no es uno de esos poetas que escriben siempre el mismo libro, antes al contrario, su proceso de indagación tanto hacia el exterior como hacia dentro está sujeto a nuevas catas que ahondan más en la singularidad de su propia manera de entender el mundo y, sobre todo, a sí mismo: la observación del mundo y el análisis identitario son una constante en su obra, como observamos en el poema «Despiece»: «Y el despiece / —por afuera, por dentro— / de tu propia persona»

     El libro está dividido en dos secciones, la primera, que da título al conjunto del libro, más centrada en lo físico, si por físico entendemos delimitar el espacio de la mirada, acotar los márgenes de la visión por medio de la palabra: «Escribir poesía es de algún modo / estar enfermo de buscar ventanas», escribe, y las ventanas enmarcan el paisaje que se observa desde el interior y, a la vez, son un tránsito entre lo de dentro y lo de fuera, entretejen la luz externa con la penumbra interior, crean claroscuros y sombras, nos hablan, en suma, de la fragilidad de la existencia, como ocurre en los lienzos de Vermeer. Lorenzo Oliván escribe una poesía de la visión, de la imagen, supeditada ésta al ritmo del pensamiento. Es cierto que el lenguaje poético no es el lenguaje que utilizamos en el día a día, sus enunciados no son la que utilizamos para relacionarnos con el mundo exterior. El lenguaje poético, y esto lo sabe bien Oliván, nos libera de la tiranía del significado literal, nos previene ante la perversión interesada de los significados (véase el poema titulado «Llegada de los bárbaros») y nos permite realizar una creíble transición entre el pensamiento y la emoción. El lenguaje de Para una teoría de las distancias es, generalmente, conceptual —palabras fetiche de Lorenzo Oliván se repiten con frecuencia: imán, vértice, médula, ritmo, luz, ebriedad—, pero se transforma paulatinamente en canto para los sentidos, como en el poema «A escala aquí la vida» o en experiencia indagatoria en los sótanos de la realidad y del pasado, como en el poema «Los sentidos». La palabra poética rompe candados, descerraja puertas no para hacer evidente lo visible sino para vislumbrar lo invisible. Oliván rasga las cuerdas del misterio para que su sonido acabe por revelar lo más recóndito porque «esconde cada cosa en sí el secreto / de la mejor distancia / a que debe ser vista».

     La segunda sección, «Espacio abierto», redunda en la multiplicidad de sentidos y en la ambigüedad de significados de lo que consideramos real, y es que hay diferentes miradas sobre las cosas, diferentes distancias, la del yo, la del tú, la del nosotros. La mirada de Oliván trata de ser panóptica para descubrir ese universo que Paz veía como «un tejido vivo de afinidades y oposiciones», pero partes de ese universo son también los sueños, las alucinaciones, las analogías y, por qué no, las contradicciones, por más que están sean solo aparentes: «Nos hace falta olvido / sobre el que levantar lo memorable», escribe en estos versos que podríamos calificar de aforísticos (hay bastante más diseminados por el libro). En estas dualidades la palabra importa tanto por lo que dice como por lo que calla: «Que todo lo que enrollan las palabras / lo desenrede el ojo /en un golpe de vista». El ojo que piensa, como contraposición a la mente que ve, que construye imágenes, imágenes que, como decía Proust son «arbitrarias, pequeñas e indomables como esas que la imaginación ha forjado y la realidad ha destruido».

     La poesía es para Oliván un espejo en el que abismarse, un espejo que devuelve la imagen múltiple de uno mismo y que refleja el conflicto permanente entre el ser y el no ser. Ser el hombre con todo su bagaje de milenios o no ser Nadie. La trama de una identidad «siempre en fuga» que fluctúa entre la emoción del poeta y la palabra, que brinda espacios de luz al conocimiento, aunque cuando la luz es tan intensa que debamos dejarnos guiar por la oscuridad. Oliván descubre el mundo a cada paso porque está atento a las continuas sorpresas que éste depara y una de esas maravillosas sorpresas es el amor, que mueve el mundo y las estrellas, porque «Tal vez amar es aprender / a caminar por este mundo».

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza del El Diario Montañés el 15/06/2018