JESÚS CÁRDENAS. LOS FALSOS DÍAS*

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JESÚS CÁRDENAS. LOS FALSOS DÍAS. COL. PALABRAS MAYORES. EDITORIAL ALHULIA

Desde 2012, cuando publicó La luz entre los cipreses, Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) no ha faltado a la cita con lectores regularmente hasta el año 2017. Libro por año, lo que denota una gran fecundidad creativa, lo que, en principio, nos obliga a estar a la expectativa, porque la cantidad suele estar reñida con la calidad. Los falsos días, ha aparecido ya en 2019, lo que significa que en el casillero ha quedado vacío el año 2018, pero esto no nos produce extrañeza, dada la considerable extensión de este su último libro.

     Jesús Cárdenas tiene una peculiar forma de poetizar la realidad y las emociones que el contacto con ella le provoca, una forma que consiste en trascendentalizar lo anecdótico, empeño loable, aunque no siempre lo hace de forma natural. El uso de un vocabulario pretendidamente conceptual cuyo único logro es desubicar la realidad, no acaba de resultar convincente; da la impresión de que el propio poeta carece de ideas claras sobre lo que intenta decir y busca que el poema le ayude a clarificarse, lo que, en sí mismo, no supone ninguna mácula (somos muchos los que comprendemos mejor la realidad a través de la escritura), pero, en este caso, creo que la fórmula elegida contribuye a oscurecer —por otra parte, nada tenemos en contra del discurso elíptico o hermético cuando ambos son coherentes— aún más la posible solución al enigma existencial que se plantea: «En ningún momento supe explicar / el infortunio de verme de este modo, / y nada hacía pensar en el silencio de limo / que hallarme comprendido en esto / que apenas soy». Enturbiar el agua para que parezca más profunda no deja de ser una impostura.

     Otra impresión que trasmiten estos versos es la de que están escritos sin esa deseable continuidad estructural que permite al lector percibir una coherencia interna y, por tanto, un esclarecimiento de las intenciones del poeta. Hay ciertas injerencias poéticas que trasmiten una sensación equívoca, como si estuvieran defectuosamente asimiladas, una mezcla que combina de forma antinatural un lenguaje comunicativo con una pretensión metafísica que roza la vacuidad. Cárdenas utiliza como epígrafe a una de las secciones del libro una cita de Auden: «No hay poeta que pueda proporcionarnos verdad alguna sin haber introducido en su poesía lo problemático, lo doloroso, lo caótico, lo feo». No puedo estar más de acuerdo, aunque «el dolor, incluso cuando es auténtico, puede ser las más tramposa de las emociones, y la menos compleja», algo que bien sabía, entre otros, autores, la novelista P. D. James, por esa razón el poeta ha de referirse a dicho dolor sin ambigüedades, con verdad interior, no como si fuera un ventrílocuo, y esa verdad interior es la que agarra al lector hasta hacerlo cómplice de las experiencias que vive el poeta, sean estas reales o imaginarias. Machado hablaba de «un ahonda palpitación del espíritu», y esto es lo que echo en falta en gran parte de estos poemas. Creo no errar demasiado si afirmo que muchos de los poemas que componen el libro Los falsos días están escritos a trompicones, acumulando versos que no necesariamente responden a un mismo impulso indagador. La estética del fragmento, tan de moda en los últimos años, no consiste en unir artificialmente estrofas que parecen no tener nada que ver unas con otras en el mismo poema y que incurren, en algunas ocasiones, en imágenes surrealistas de dudoso gusto: «La vida sin badajos de la noche / sería como pastos escarchados», versos que, además, se repiten en dos poemas, por lo que se me alcanza que el autor está especialmente satisfecho de ellos. El fragmentarismo no es un antónimo de lo discursivo, como tampoco el “collage” verbal lo es de lo comprensible.

Afortunadamente, hay en Los falsos días poemas que esquivan estos reparos, como «Puro nihilismo», un poema estructurado con lógica discursiva, el que la idea se distingue del estado anímico con el que se transcribe sin esos abismos semánticos en los que se ha despeñado con tanta frecuencia anteriormente. Auden, antes citado, decía que: «Atacar los libros malos no solo es una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter». Quizá esté en lo cierto, pero criticar un libro supone enumerar sus defectos tanto como subrayar los méritos, méritos que, en general, están por encima de las objeciones aducidas. En el caso de Jesús Cárdenas, creo que su poesía necesita despojarse de esas anteojeras retóricas que le impiden ver la realidad con mayor naturalidad, lo que abundará en la decisión de abandonar ciertos conceptos erráticos que usa con profusión y que aportan muy poco al poema, es más, lo empobrecen. No creo que estos reproches sean excesivos y aunque la función de un crítico no sea dar consejos, me atrevería a decirle a Jesús Cárdenas que debe destilar en la alquitara del lenguaje sus más vívidas experiencias con paciencia y rigor, sin sentirse acuciado por las prisas ni por la búsqueda inútil de la originalidad. Cárdenas puede escribir poemas mucho mejores que los que integran, salvando alguna excepción ya mencionada, este libro, solo tiene que mirarse a sí mismo y arañare por dentro hasta dejarse arrastrar por una necesidad de conocimiento que dé sentido verdadero a la escritura.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 19/07/2019

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ALEJANDRO GARMÓN IZQUIERDO. LICENCIA DE APERTURA*

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ALEJANDRO GARMÓN IZQUIERDO. LICENCIA DE APERTURA. BAJAMAR EDITORES

Por la fecha de publicación de su primer libro, podemos considerar a Alejandro Garmón Izquierdo (Bilbao, 1981) un poeta tardío, aunque su inquietud literaria se remonta a algunos años atrás, como lo confirman sendos premios de relatos obtenidos en el pasado. Poéticamente, sin embargo, ha ganado notoriedad al recibir el Premio Internacional de Poesía Jovellanos, subtitulado «El mejor poema del mundo» de 2018. Estos sobrios antecedentes, es obvio, nada añaden ni restan a las virtudes de un libro como “Licencia de apertura”, libro dividido en cinco secciones, ciertamente desiguales en la formulación de la experiencia del poeta, una desigualdad fruto, seguramente, de las distintas épocas en las que los poemas, intuyo, están escritos. Predomina en muchos ellos una visión de la poesía casi, podríamos decir, arcádica y cauterizadora, incluso a pesar de los reparos hacia el lenguaje que deja entrever desde el segundo poema: «Es la palabra /una suerte de engaño, / marcado territorio / felino, el sendero que surca / su mirada una y otra vez. / Un exiguo horizonte / abarca nuestra sombras / y, mientras ella busca / el alimento, la palabra / transforma individuo en especie, / la muerte en extinción». «El territorio del lince», título de esta primera sección, abunda en esta idea y nos remite al espacio del poema, un lugar agreste en el que la lucha por la supervivencia es una constante en el animal, como lo son las tensiones entre idea y significado que sufre el lenguaje en la página, el lugar donde el poema toma forma.

     En la segunda sección, «Mundos de mimbre», la dicción abandona el inicial simbolismo y se apega más a la expresión directa la cotidianidad. La memoria enlaza el pasado con el presente y tiñe de nostalgia los paisajes y los acontecimientos fugitivos, irrecuperables, esos mundos construidos con mimbre que, como la memoria, se escapan por los intersticios de la materia con la que están construidos. Mientras que en esta sección, los paisajes conservan un aureola mítica, producto quizá de una mirada condescendiente sobre la infancia, en la tercera sección, «Suelo industrial», el poeta se enfrenta a la realidad, representada con toda crudeza por un paisaje degradado: «Lo que antes era bosque, / un campo de cereales / y después una zanja, / ahora, por fin, es / suelo industrial urbanizado». El cambio es rotundo. En ese escenario de corruptelas políticas y capitalismo sin escrúpulos, sin embargo, también hay lugar para pensar la vida, para encontrar la belleza, aunque esta reduzca sus límites al laberinto del cuerpo anhelado, como ocurre en el poema «Tatuaje», y un espacio para revisitar la memoria familiar y buscar en ella —sin menospreciar el amor— un asidero para el presente («La palabra del padre y el hogar en los brazos, / la plegaria y el beso de una madre. / Los hermanos que ensueñan….»), como queda de manifiesto en el poema «(In memoriam)», dedicado a su abuela. La poesía de Alejandro Garmón Izquierdo está construida, a pesar de esos reiterados déjà vu melancólicos, con materiales heterogéneos, algunos de los cuales podríamos tachar de poco poéticos, al estar más relacionados con la física o la mecánica («Partos de versos bastardos, / olvidados a su suerte, deambulan / entre grises corrientes de sinapsis / eléctricas, sin final ni destino») que con lo lírico y, sin embargo, las analogías consiguen su propósito: objetivar la incertidumbre sin que el autor caiga preso de la retórica.

La penúltima sección, «Mimbres de otro mundo», puede inducir a engaño. El otro mundo no proviene de un metaforizado campo onírico sino de unos territorios lejanos que suscitan disfunciones en una conciencia crítica, enfocada con cierta ironía, sobre el estado de las cosas. El poema que da título a la sección nos ofrece algunas claves de lectura, sobre todo en los versos finales: «… ausente / espero haber aprendido / a prender letras en lienzos de silencio, / hogares del rescoldo de otros hombres, / gélidas cenizas de otros nombres». Esa incertidumbre de la que hablamos procede, sin duda, de la desubicación que padece el sujeto contemporáneo, desubicación que tiene que ver con la pérdida de referentes ideológicos y morales, a lo que debemos añadir la persistente sensación de ser un desconocido, no solo para los otros, sino para sí mismo: «Eres dueño del absurdo y de nada sirven tus armas en pruebas si sufres por el sino reunido de los egos, pero con un gran aumento en las gafas, y las herramientas precisas, pules un diamante que arrojaras al fuego».

El libro finaliza con la sección que da título al libro, «Licencia de apertura», y no es, como podría pensarse, un colofón o un resumen argumental del resto del libro, porque la componen una serie de poemas que no parecen tener mucho en común entre ellos, aunque es posible que el autor los haya reunido bajo un común propósito que no hemos detectado. Poemas cargados de lirismo, como el titulado «(Figuras en el viento)», conviven con otros que dan la impresión de ser poco más que un juego lingüístico, como el titulado «Zeta» y con unos terceros que remiten a esa analogía de la que hablábamos anteriormente, la de la ciencia con el sentimentalismo. No es un recurso baladí, aunque ni siquiera la ciencia puede aportar certezas inmutables. Cada nuevo descubrimiento plantea inquietantes interrogantes que no hacen más que confirmar la insignificancia del individuo en un mundo regido por poderes invisibles. De ahí que el poeta escriba: «Hay una parte, en el fondo / de mí, que desea soledad, / será porque en la superficie / hay un hombre, que sabe / de esa otra parte de mí, / que ene l fondo no sabe / lo que desea». Alejandro Garmón Izquierdo ha buscado imprimir a sus poemas un ritmo sustentando en la métrica tradicional, en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos preferentemente, pero su particular fuerza expresiva le ha impulsado a tomarse algunas licencias en detrimento de la sintaxis. Lo ideal es que musicalidad y significado compartan a partes iguales la responsabilidad del verso, pero, en última instancia, cada poeta puede dar prioridad a cualquiera de los dos factores. Dicha legitimidad debe, sin embargo, convencernos para “elevar la conciencia en la mirada” y plasmar las impresiones de lo visto en la página, y eso es lo que ha hecho nuestro poeta.

‘Licencia de apertura’, de Alejandro Garmón Izquierdo

RAMÓN BUENAVENTURA. TAL VEZ VIVIR. ANTOLOGÍA POÉTICA*

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RAMÓN BUENAVENTURA. TAL VEZ VIVIR. ANTOLOGÍA POÉTICA. EDICIÓN DE ISABEL GIMÉNEZ CARO. UNIVERSIDAD DE ALMERÍA

Como un acto de absoluta justicia poética podemos calificar la edición de esta antología de la obra poética de Ramón Buenaventura (Tánger, 1940), una obra integrada por más de diez títulos —Cantata Soleá (1978), Los papeles del tiempo (1984) o Teoría de la sorpresa (1992) prácticamente ilocalizables actualmente ya que en el momento de sus respectivas publicaciones quedaron un tanto desubicados, al no adscribirse a ninguna de las tendencias poéticas dominantes de la época y ver la luz con varios años de retraso respecto de su escritura. Ya se sabe, el que va por libre debe, en general, pagar el precio de la independencia, lo cual supone padecer críticas negativas guiadas por un profundo desconocimiento de lo que se critica (el desconocimiento de lo extraño provoca también temor), sufrir el ninguneo de colegas y lectores, condenarte al olvido, por eso, reitero, esta antología posee en sí misma un valor añadido, el de poner a disposición de los lectores actuales, a los que ya no limita su mirada las anteojeras del pasado, una obra distinta, rica en significados y sugerencias tanto personales como literarias, una obra formalmente emparentada con las primeras vanguardias —su libro “Eres” obtuvo el Premio Miguel Labordeta—, de las que ha heredado, entre otras cosas, un componente lúdico poco frecuentado en nuestra lirica, más atenta a la elegía y la circunspección.

     Por otra parte, Ramón Buenaventura puede ser considerado con un precursor de la actual reivindicación de la poesía femenina. En 1985 publicó un libro que se ha convertido en esencial y premonitorio, Las Diosas Blancas. Antología de la poesía española escrita por mujeres. Él mismo ha sido incluido en numerosas antologías de poesía en España y en el extranjero. Ha publicado además numerosos estudios literarios y varias novelas como El año que viene en Tánger (1998), Premio Villa de Madrid o El último negro (2005), Premio Fernando Quiñones. Si a esto añadimos su extensísima labor como traductor de diferentes lenguas —francés (en 2002 recibió el Premio Stendhal), inglés, árabe o alemán—, por la cual se le concedió el Premio Nacional de Traducción en 2016, podemos asegurar que nos encontramos ante un verdadero hombre de letras, una especie en grave peligro de extinción, razón de más para justificar la necesidad de esta antología, Tal vez vivir, que recoge poemas de todos sus libros, de los editados en papel, pero también de los que, bajo el título Poemas casi todos ya. 1956-2014, publicó en formato PDF, que incluye algunos inéditos —escritos en un periodo que abarca desde 2005 a 2011—incorporados a esta edición. Isabel Giménez Caro escribe un esclarecedor prólogo en el que explica el origen del título, tomado de la primera novela, aún inédita, de Ramón Buenaventura, escrita ya en el «destierro» madrileño, en 1958. La autora de la edición nos informa con detalle de las particularidades creativas de Buenaventura, particularidades que le han apartado de las diferentes estéticas con las que ha coincidido en su extensa trayectoria literaria. Generacionalmente «pertenecería, por edad, a la de los poetas del 70 —así se recoge en diversas antologías como la de Mari Pepa Palomero— […]; también se le ha situado en el grupo de escritores tangerinos que escriben en español, como vemos, por ejemplo, en el estudio de Rocío Rojas Marcos “Tánger, segunda patria”». Ya hemos dicho que es un poeta sin escuela, por lo tanto, situarlo en un lado o en otro no tiene otro objeto que el didáctico y lo que importa realmente es su poesía, dueñas de una personalísima poética que tiene al lenguaje como protagonista primordial (el otro tema fundamental es, sin duda, la ciudad de Tánger). «Fusiona la tradición y la vanguardia a través de un lenguaje que ningún escritor de su generación posee, de ahí su singularidad», escribe certeramente Giménez Caro.

     Numerosas y variados son los autores que han ejercido su influencia en la obra de Buenaventura, como no podía ser de otra forma, teniendo en cuenta su amplitud de lecturas. Los registros de su escritura dan cuenta de una nutrida intertextualidad —característica esencial a la hora de estudiar su poesía— no siempre al alcance del lector común. Ramón Buenaventura no renuncia a valerse de un acervo cultural tan poco común —como ocurría, por ejemplo, con Pound—como el suyo para multiplicar las posibilidades de trascendencia del poema. Desde Rimbuad, Byron o Lautrémont a Salvador Espriu, pasando por Nicanor Parra o Quevedo y filósofos como Platón, Gabriel Albiac o Eugenio Trías, por citar solo algunos nombres. Buenaventura incorpora al poema —algo que practican en la actualidad poetas como Julio César Galán— las citas a pie de página, glosas prosificadas sobre la construcción del poema o tipografía diferente para resaltar determinado contenido. Acabamos este comentario con un ejemplo de esa intertextualidad fácilmente rastreable, el poema «Ceguera»: «Vendrán tu ojos y / verán mi muerte / mi máximo impudor / mi cadáver / mi cuerpo sin mí / durmiendo una noche sin dormirla / estando una presencia que no está / Vendrán tus ojos y / no los veré mirarme».

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 12/07/2019

JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES. LOS DÍAS DESIERTOS*

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JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES. LOS DÍAS DESIERTOS. PRÓLOGO DE ÁLVARO POMBO. EDITORIAL RENACIMIEMTO

Las incursiones de Juan Antonio González Fuentes (Santander, 1964) en el poema en prosa no son, como decía Seamus Heaney, «incursiones furtivas», sino fruto de un deseo de indagar en la experiencia sin las restricciones rítmicas y estructurales que asociamos habitualmente al verso. De hecho, este técnica es la más frecuente en la trayectoria poética de nuestro autor, como podemos comprobar leyendo “Memoria. (Antología poética, 1985-2015)” y con su inclusión en “Campo abierto”, la antología sobre el poema en prosa que realizaron Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas y publicó la extinta editorial DVD. Da la sensación de que la prosa trasmite de un modo más directo y natural el pensamiento del autor, quien se ciñe con más exactitud a la esencia del decir al no estar pendiente de las exigencias formales del verso. El poema en prosa se ha convertido para González Fuentes en una forma estable de penetrar en los intersticios de la realidad, una forma que le permite aproximarse a la extrañeza del entorno o de cualquier manifestación vital con un acento filosófico subyacente que determina su pensamiento poético, pensamiento que nace de un fluir de la conciencia, esencializado en “Los días desiertos”, libro que recoge los poemas escritos entre 2019, año de la publicación de “La lengua ciega” y 2019; una cosecha no muy grande de poco más de veinte poemas, aunque en estos años ha publicado, en el ámbito de la creación, varios libros de haikús y ha coordinado ediciones de poetas y escritores como Gonzalo Rojas, Roberto Bolaño o Álvaro Pombo, sin olvidar los estudios sobre Felipe Boso o José Luis Castillejo, por ejemplo.

     La poesía intenta traducir a las palabras aquello que nos ha conmovido o nos ha emocionado, por eso nace «del vientre del litigio», pero es también un camino para reencontrarse con el propio yo, con esa identidad resbaladiza y cambiante que provoca, en muchos casos, una sucesión de contradicciones, «la callada reminiscencia de quién lentamente va haciéndose otro y se acerca a lo que se aleja». Coexisten en “Los días desiertos” dos maneras de describir, de narrar, podríamos decir, de escudriñar en la memoria. Una de ellas desgrana la realidad con una precisión casi quirúrgica: «Entre los guijarros se adormila la calidez del sol, el anhelo por hallar un lugar que sosiegue la vida y la dura sed de los que fueron, la de quienes señalan hacia la noche para celebrar lo que perdura sobre la lenta cifra de un acantilado», escribe en el poema «Lección de otoño»; la otra se suspende sobre la realidad, alza el vuelo hasta alcanzar esas regiones misteriosas de una conciencia alucinada:«En este lugar, con tan solo ayer y piadosos labios homicidas, el revés del tiempo se orienta hacia la noche estéril de la carne, hacia la rama leve del sueño que solo sabrá de mí, por lo que enseña el trazo alto de la herida», escribe en el poema «Senectude». Como se puede apreciar, aquí el valor connotativo de las palabra determina los niveles de comprensión, sujetos siempre al grado de complicidad que se logre establecer con el lector. Ambas fórmulas, la de carácter más realista y la de prosodia infrarrealista conviven sin fricciones, es más, me atrevo a decir que se complementan deliberadamente porque José Antonio González Fuentes así lo ha previsto, acaso porque ha entendido que es la mejor fórmula para encarnar las nuevas inquietudes vitales que le acechan, la conciencia del paso irremediable del tiempo, la necesidad de un soporte existencial —un Dios aún esquivo, implacable («Hablo cuando en su lenta blancura Dios convoca al dolor más aciago y fiero»)— ante la inminencia de la muerte («Del otro lado. Sí, y aes más del otro lado el tiempo que se alza ante nosotros, en regreso, con las manos abiertas»), la coartada de la memoria simbolizada en un árbol propio, singular, reconocible entre el bosque de la memoria colectiva que navega «… hacia todo lo que somos reflejado aquí, en los surcos ciegos de la Historia».

     Un recurso frecuente en la poesía de González Fuentes en el hipérbaton, la alteración del orden natural de las palabras cuestiona la discursividad tradicional e impone un nuevo campo semántico plagado de posibilidades interpretativas, como vemos en estos versos: «Un aire abierto al cristal dorado de mi sangre, a la llama donde la alegría es lugar secreto y quedo, lugar más allá de la tardes en la que dulce será de mí la ausencia, esa última cosecha y su después entre sombras de otra espera, eco de olvido y sosiego». La técnica literaria debe estar al servicio de la inspiración, y no a la inversa, de esta forma se evitará caer en esos agujeros negros que absorben la coherencia argumental y distorsionan la capacidad imaginativa. González Fuentes siempre lo ha sabido, pero sin duda es en “Los días desiertos” donde ha conseguido sus mejores resultados.

* Reseña publicada en El Diario Montañés el día 11/07/2019

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. SVARABHAKTI*

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ANTONIO RIVERO TARAVILLO. . . EDITORIAL MACLEIN Y PARKER. COLECCIÓN MIRTO.

Lo primero que nos llama la atención de este libro es su enigmático título, Svarabhakti. Indagamos sobre él y comprobamos que se trata de una palabra de origen sánscrito que literalmente significa “separación vocal”. En este caso ha dado lugar a un poema del mismo título que establece una interesante analogía entre la función lingüística y fónica de la epéntesis y la del amor: «Como vocal de apoyo / entre dos consonantes, / el amor nos sostiene / y da su soplo». Solventada esta cuestión, Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), autor de una copiosa obra literaria que abarca el ensayo, la biografía, la novela y la traducción, además de la poesía, género en el que ha publicado libros tan relevantes como Farewell to Poesy (20029) —un título ciertamente irónico—, El árbol de la vida (2004), Lejos (2011), La lluvia (2013) y El bosque sin regreso (2016), nos ofrece un extenso y unitario volumen que expone en el primer poema, «Vida y poesía», sus propósitos y sus incertidumbres: «Sé cómo hacer un poema / sobre lo que me pasa, / lo que no sé es cambiar lo que me pasa / para que el poema sea distinto. / Las palabras están / donde deben estar, pero la vida, / siempre dislocada, retuerce / los versos, los sincopa, / aunque sean una balsa de aceite, / siempre a punto de arder por su cerilla». A pesar de los cientos de versos que se han escrito acerca de la imposibilidad de trasladar con fidelidad absoluta a la pagina la emoción, la experiencia vivida, Rivero Taravillo consigue enfocar esta contrariedad de un modo original, sin recurrir, por cierto, a conceptos y abstracciones semánticamente ambiguos. Pronto, además, el yo que se erige en protagonista de este primer poema, el yo que se niega, se bifurca en un nosotros, como queda de manifiesto en el segundo poema, el titulado «Poeta»: «Un poeta jamás es un poeta. / o no tan solo uno únicamente. / Es la voz de los otros en la suya […] En uno hablan todos los poetas, / el coro de una voz múltiple y sola / que calla con las otras al decirlas / y al callarlas, las dice como nadie». No son estos los únicos poemas en los que la reflexión metapoética está presente: por ejemplo, en «Intransferible» defiende Rivero Taravillo su propia inspiración, su propia creación, porque, aun con sus defectos, está construida con su experiencia, y esta es intransferible: «Otros puedes hacer mejor / quizá un artículo, / una novela, pero el poema es // mi patria intransferible. / lo que en él asoma siempre tiene mi rostro / por más ajena que sea su mirada». La dedicación a la poesía está directamente imbricada con la vida, sin llega a sustituirla, claro, pero el hecho de escribir se concibe como un momento dichoso, aunque esto se oponga de forma tajante a lo que piensa, por ejemplo, un poeta como Mark Strand, cuya prosodia nos recuerda a la de Taravillo, cuando escribe: «La verdad es que escribir no reporta ningún goce, al menos a mí, puesto que cuando pienso en mis momentos más felices, ninguno tuvo lugar mientras escribía». Es otra forma de verlo, porque para otros, el mero hecho de experimentar la satisfacción de escribir un poema logrado tiene mucho que ver con la felicidad, aunque esta sea posterior al acto de escribirlo.

En Svarabhakti hay muchos poemas que tratan de rescatar acontecimientos y vivencias ordinarias del olvido para convertirlas en emblemas de la existencia, desde una historia troyana o un problema de álgebra hasta la tumba de Emilio Prados, el último poema del libro, que nos recuerda la futilidad de nuestras ambiciones: «Al cabo de los años, el poeta / se funde en la incontable cofradía / de los anónimos». / El que fuera impresor no tiene tipos / que compongan su nombre» o Excálibur, la espada que solo el rey Arturo pudo extraer de la piedra y que en el poema de nuestro poeta se utiliza como una analogía de un encuentro erótico. La poesía de Antonio Rivero Taravillo oculta tras su aparente sencillez, siempre una carga simbólica con, al menos, dos referentes, y digo al menos, porque lo más frecuente es que el poema admita varias lecturas simultáneas que, además, no colisionan, sino que la enriquecen con esos significados múltiples. Podemos verlo, por ejemplo, en el poema «Apócrifo del deseo»: «Me he estado engañando todo el tiempo. / No me has mentido tú: / lo he hecho yo, / que he modificado tus palabras / como un mal traductor que las confunde / creando otro sentido porque quiere / entender solo aquello que desea». Uno solo escucha lo que quiere escuchar, puede ser el resumen de estos versos, pero no es menos cierto que el poeta intenta traducir la realidad no solo desde su óptica, sino desde los acuerdos que dicha realidad establece con el lenguaje, es decir, con la ficción que este construye, lo que supone admitir, en buena lógica, interpretaciones cuando menos dispares porque nada de lo que plantea es irrefutable, y es que la imagen poética resultante, como escribió Charles Simic, otro poeta de tono familiar, «renueva nuestro asombro ante la existencia misma de las cosas». Asombro y sana constatación de que gracias al orden pactado de las palabras «hay cosas que muriendo sobreviven / huyendo de la edad y sobre el polvo.», quizá porque, homenajeando a Quevedo «Tan solo lo que escapa se conserva».

Antonio Rivero Taravillo: ‘Svarabhakti’

PABLO GARCÍA BAENA. CLAROSCURO (ÚLTIMOS POEMAS)

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PABLO GARCÍA BAENA. CLAROSCURO (ÚLTIMOS POEMAS). EDITORIAL PRETEXTOS Y FUNDACIÓN GERARDO DIEGO.

Pablo García Baena (Córdoba, 1921-2018), fundador, junto con Ricardo Molina y Juan Bernier de la revista, y el grupo que se aglutinó en torno de ella, “Cántico”, grupo al que se unieron posteriormente otras importantes voces, como las Julio Aumente, Vicente Núñez o Mario López, ha sido uno de los poetas más valorados y reconocidos por las sucesivas generaciones de poetas que han ido surgiendo en los últimos años. Comenzó a publicar en la primera posguerra (de 1946 es su primer libro, “Rumor oculto”), defendiendo una poética de lujo verbal y de gran exigencia formal cuyos temas vitalistas, incluso hedonistas, diferían en mucho de los que eran habituales en la época, de carácter reivindicativo, existencial o religioso. Vinieron después libros de tanta relevancia como “Junio”, “Antes que el tiempo acabe” o “Campos Elíseos”, el último publicado en vida.

     En las notas preliminares a “Claroscuro”, su autor, el poeta José Infante —autor de la edición junto a Rafael Inglada—, nos participa algunas consideraciones imprescindibles para contextualizar la edición de este libro. «Ante todo —escribe Infante— debe quedar claro que estamos solo ante el esbozo de un libro». Un esbozo integrado por doce poemas que han optado por ordenar cronológicamente después de solventar las dudas sobre al conveniencia o no de su publicación en los que «aparecen algunos de los temas de la poesía paulina: la naturaleza, la amistad, la historia, el paso del tiempo, en esta ocasión con un lenguaje contenido que no desdeña en ningún momento la suntuosidad y la riqueza de su léxico».

     El exilio visto como renuncia, como una despedida, si no de la vida, sí de los motivos que la hacen irrepetible: el amor, la belleza, el deseo, el éxtasis es el eje central del primer poema, acaso escrito tras una visión de Medina Azahara. Cuando el destino coloca al sujeto en esta disyuntiva, quedan dos opciones, la muerte o la aceptación más o menos sosegada, que es por la sabiamente opta el poeta cuando escribe: «Vida es también la soledad y el agua / bajo los arcos, limpia». Esta sumisa aceptación no merma, sin embargo, el poder evocador de algunas imágenes que rescata la memoria del pasado, como los patinadores que rasgaban la superficie alisada del paseo de Recoletos y que sirve a Pablo García Baena para recordar con ternura y emoción a Julio Aumente («Tú, el cisne de Cántico») y para reflexionar sobre la fugacidad de toda experiencia humana porque «Dioses siegan los cuerpos como hierbas en agosto». Quizá sea la escritura —mejor, el arte en general— una forma de restablecer lo perdido, de dejar constancia de aquello que no envejece, que conserva la edad que se tenía cuando la mirada inmortalizó un instante en concreto.

     Otros poemas poseen un carácter simbólico menos sujeto a lo anecdótico, con un vuelo y una tensión mas metafísica, como el titulado «Araucaria», ese «alto palacio vegetal / alzado a los plumajes suntuosos, / al flamear de alada pedrería cegadora» que aparece en «La Anunciación» de Leonardo, cuadro pintado entre 1472 y 1475, es decir, antes del descubrimiento de América, lo que ha dado lugar a numerosas especulaciones acerca de cómo pudo reflejar Leonardo con tanta exactitud un árbol cuya imagen se desconocía en Europa por entonces; el titulado «Las rosas», en el que García Baena apuesta, en la falaz dicotomía entre vida y arte, por la vida. No son las rosas escritas lo que le seduce sino la rosa «carnal y libre y breve, / rosa varia y extinta, / la oferta de las noches» o «Cinamomo», el árbol del paraíso, el de «fragrante, sí, mas grosera, / corteza» que cantara don Luis de Góngora, otro árbol de sombra, como el ombú, también motivo de otro poema, y santificado por ciertas culturas orientales.

      El breve libro finaliza con el poema titulado «Vísperas» por decisión —creemos que acertada— de los editores, con objeto de dotar de una armonía estructural similar a los últimos libro de Pablo García Baena, ya que todos ello finalizan con un poema de asunto religioso. Versos de la oración del avemaría encabezan cada una de las estrofas que recrean el escenario natural en el que se pide la bondadosa intervención de la madre de dios cuando la noche —la muerte— se enseñoree de todo: «Rogad / ahora que os alaba cada flor, cada ser, / cada estrella que nace ahora y en la hora / de nuestra muerte. Amén».

Dejando al margen las numerosas antologías de su obra que se han publicado en los últimos años, Claroscuro es, además de un libro póstumo, una especie de testamento literario. La última entrega poética de uno de los poetas más rigurosos y exquisitos de nuestra tradición reciente. El esmerado trabajo semántico y rítmico que García Baena emplea en cada verso hace de cada poema una delicada joya intocable porque cualquier alteración, por mínima que fuera, rompería esa perfecta armonía que, de forma casi desapercibida, nos hechiza y nos conmueve simultáneamente.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 5/07/2019

PEDRO LUIS MENÉNDEZ. LA VIDA MENGUANTE*

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PEDRO LUIS MENÉNDEZ. LA VIDA MENGUANTE. EDITORIAL TREA

Treinta años de silencio editorial son muchos para lograr que el interés de los lectores se renueve y, sin embargo, ese es el caso de Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958), que regresa a la poesía después de haber publicado un libro con apenas veinte años, Horas sobre el río (1978) y otros dos títulos poco después, en la década de los ochenta: Escritura del sacrificio (¡982) y Canto de los sacerdotes de Noega (1985). La vida menguante, un título lo suficientemente descriptivo como para informarnos de lo que vamos a encontrar en su interior, no es, como suele suceder cuando el intervalo temporal es tan grande, una mera reunión de poemas escritos a lo largo de estos años de silencio editorial. Aunque el autor no especifica la fecha de escritura de los poemas, por su tono melancólico, resignado y otoñal, no es difícil datarlos en estos últimos años de la vida del poeta, cuando la edad va imponiendo cierta limitaciones físicas y el escepticismo ligado a la experiencia aconseja no hacerse demasiadas esperanzas sobre el futuro. No es una visión, contra lo que pudiera parecer, pesimista, pero uno debe acomodarse a su propia condición y, si pretende disfrutar de la vida, no debe crearse faltas expectativas porque si lo hace, si no acomoda las expectativas a la realidad, solo logrará desestabilizar su ánimo. Las reglas han cambiado y el ser humano, igual que el poeta que habita en él, está obligado a adaptarse a ellas , por más que la escritura le ayude a mostrar cierta capacidad de rebeldía, la imprescindible para mantener sosegada la conciencia.

Los poemas de La vida menguante, como decíamos, parecen escritos no hace demasiado tiempo porque, como Menéndez escribe en un verso «el tambor de la muerte / retumba como un bosque de lápices gastados» y ese sonido, esa sensación es más propia de la edad madura que no de la edad mediana, cuando los demonios del mediodía todavía se manifiestan con toda su crudeza. Quizá la constatación de que la muerte asoma en el horizonte que el poeta vislumbra sea el leitmotiv que ha desencadenado la escritura de estos versos, versos escritos por necesidad, ajenos a las fluctuaciones generacionales y a banderías estéticas: «Lo más difícil, pueden creerme / que no hablo de oídas, / es permanecer / en la misma línea, no moverse un milímetro, / no dejarse seducir por ningún bando, / ser uno mismo» escribe el poeta. De este libro ha dicho César Iglesias en la presentación pública que es «un volumen en el que el mejor Pedro Luis Menéndez muestra que la creación en el silencio, alejada de la exposición publica y del exhibicionismo, genera una fortaleza moral que dignifica el acto mismo de la escritura». No podemos estar más que de acuerdo, porque estos poemas meditativos plagados de hallazgos sobre la fugacidad del tiempo, sobre el amor — muchos de los versos que los componen son, en realidad, aforismos— no pueden surgir más que de un estricto examen de conciencia.

     Tres son las secciones que lo integran, «El camino», la más extensa, presenta formalmente dos tipos de poemas (lo veremos también en el resto del libro), los netamente narrativos que presentan un discurso coherente temporalmente y aquellos otros, los más numerosos, que se acercan al hecho verbalizado de forma elíptica, sumando fragmentos discontinuos, frases cortas y tajantes encadenadas que añaden perspectivas oblicuas al asunto central del poema, como podemos comprobar, por ejemplo, en este poema: «Contemplo la muralla. Un domingo y otoño. // Los días son los días y pasan. / Las noche son las noches y tiemblan. // Eres la luz. Qué esquina te deshizo. / Con qué ángulo necio tropezase. // Dónde está tu victoria. // Aunque queden los nombres. / Piedra muerta», estructuralmente diferente a este otro ejemplo paradigmático del poema discursivo, del que reproducimos solo la primera estrofa: «Cuando la noche quiere ser más noche / —son las doce, las agujas se aman—, / le pregunto a mi ángel de la guarda / que ha sido de la vida que me dieron / mientras yo sonreía sin mirarme al espejo». Son, como vemos, dos retóricas distintas, seguramente dictadas por el argumento del poema, pero que mantienen muchos puntos de contacto, el primero de ellos acaso sea el convencimiento de que las palabras no pueden hacerse cargo por completo de los pactos que la intimidad establece con lo real («Las palabras son aire»), sobre todo cuando la vecindad con la muerte, precedida de esa sensación agobiante de insignificancia vital que conduce al poeta a escribir: «Sin palabras, así, / aislado de los sueños que una vez sostuvieron / lo que era mi vida, me escondo en el vacío / de esta casa sin dueño, de estas paredes ciegas / que ocultan lo que enseña cuando ya nada / aguardan los ojos de quien llora / muy lejos de este abismo», se extiende como una mancha de petróleo incluso por la mente de quien lee, contaminado las posibilidades semánticas, reduciéndolas a una, la desesperanza. El segundo, la preponderancia que parece otorgar el poeta a la vida escrita por encima de la vivida entra en colisión directa con esa desconfianza mostrada anteriormente hacia la palabra y, también, con la falta de esperanza antes mencionada. Pedro Luis Menéndez parece disentir de sí mismo —la contradicción es propia de personas que no acomodan a los dictados de lo real—cuando escribe: «Y si pasan lo años nada importa, / mientras lleno papeles nada importa / si la vida me deja aún otra noche / para escribir poemas en que afirme, / rotundamente claro, / que nada es importante si te tengo…», aunque no tarda en realizar otra vuelta de tuerca, como la que constatan estos versos: «Las historias son solo palabras y mentiras. / También cada poema. Este mismo. / El de ayer. Tal vez el de mañana / si aún existo». En todo caso, el poema que comienza con este verso, «Hace meses que no me acerco al mar» resume como ninguno esa aparente contradicción entre vida y poesía y, al menos hasta ese momento, la apuesta por la vida parece imponerse.

En la segunda sección, «Ariadna», el hilo conductor pasa a ser el amor. El poema sigue siendo el marco apropiado de reflexión sobre el poema mismo («Esto es solo un poema, pero apenas si miente») a la vez que desempeña la función de escenario donde se reconstruye el recuerdo. El contacto físico, el deseo («Te recorro despacio, erizándonos juntos / los poros que nos muerden, / y me detengo luego / para beber tus mares / a sorbos mientras sueñas») y la ausencia («Dos semanas. Tu cama guardará mi recuerdo»; «Porque ya no te tengo / el silencio me llena con todos los vacíos») con todas las consecuencias que conlleva, unidas a la temporalidad en la que se circunscriben los hechos otorga a los poemas una configuración casi diarística.

     ¿Qué hay al otro lado de la desolación? Si nos atenemos a lo que nos trasmiten los poemas de esta última sección de La vida menguante. Lo que hay es más desolación, agravada por las noches de insomnio: «No temas, haznos tuyas. Siempre te fuimos fieles. / Volvemos sin reproches a tu cama vacía, / a tu sueño partido, / a tus desolaciones». Muchos son los versos que reinciden en esta idea, a la idea del insomnio como una especie de infierno. La vida se convierte en un camino sin rumbo plagado de adversidades y la depresión se alza en el horizonte existencial: «Cuando la vida sigue sin dirección alguna / en brazos de la química sabiamente prescrita, / cada día se pierde un poquito de uno, diluido en jirones, marchito, tan cansado / que el cansancio gobierna / con su mano aturdida / las ideas / y regresos, los silencios, las noches / que empiezan a olvidarte, como se olvida / todo lo que no permanece, lo inútil, / lo insalvables, lo estéril, lo imposible». No deben tomarse estos versos, pese a la crudeza de estos versos o precisamente por dicha crudeza, como confesiones que hablan de una verdad íntima, sino como testimonios de una verdad literaria (no podemos negar la infiltración de lo imaginario en lo cotidiano), que es la que realmente nos interesa, porque es muy posible que a través de la escritura el dolor se atenúe o porque, como esgrime Menéndez, «las canciones mienten. /Y los poemas sobran».

     Para terminar, hablamos antes de versos que eran, en sí mismos, aforismos: Los ejemplos son innumerables, pero basta transcribir algunos para que el lector de este comentario se haga una idea: «La soledad se paga con monedas de tiempo», «Aunque dure un instante la eternidad es cierta», «La permanencia es solo un fingimiento», «La distancia reduce tu piel a la memoria» o «¡Qué refugio son siempre los sueños de los otros!». Sugieren otra forma de leer este magnífico, aunque desencantado, libro de Pedro Luis Menéndez, a quien nos gustaría ver más a menudo en páginas impresas.

‘La vida menguante’, de Pedro Luis Menéndez

JOAN PAYERAS. LA NOCHE QUE ESPERA*

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JOAN PAYERAS. LA NOCHE QUE ESPERA. COLECCIÓN TIERRA. LA ISLA DE SILTOLÁ.

Tuve el primer contacto con la poesía de Joan Payeras a través del libro “Eva en América” (2011), que obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo el año anterior. Supuso entonces un grato descubrimiento que se fortaleció con la lectura de su siguiente libro, “El vuelo de la ceniza” (2016), publicado en edición bilingüe, castellano-catalán. Regresa ahora, tres años después, con “La noche que espera”, un libro en el que apreciamos algunos cambios importantes con respecto de su poética anterior, el más relevante acaso sea la variación de tono que se ha vuelto más reflexivo y emotivo, abandonando casi por completo el matiz lúdico que impregnaba sus anteriores poemas.

El libro está dividido en dos secciones, la primera, «El don y la condena», nos retrotrae a un concepto de la poesía de origen romántico, la poesía es un don y el poeta un elegido. La inspiración, ese regalo divino, bendice a quien toca, por eso Javier Payeras incide, en los versos finales del primer poema, en que el poeta debe ceder ante esa pujante llamada: «Ve a su encuentro y merécete / ese instante en la tierra», la indagación metapoética, presente en sucesivos poemas de esta sección, incide en la dicotomía vida/poesía («entiendo que es así que la vida se cuela en los versos», escribe Payeras, que más tarde dirá que «El mejor verso está escrito. Lo que queda es la vida»). La poesía no es solo la traslación de las experiencias vitales a la página, sino que actúa como una especie de vaticinio, se anticipa a la experiencia, la verbaliza antes de que ocurra: «Recuerdo un verso que ya he escrito y que me sitúa aquí, que anticipa este momento exacto en que voy a decir las tres letras en voz alta, y ellas saldrán a tu encuentro para volver después a mi garganta, done se agolpa entera toda la tarde de enero de este mundo» y es capaz de alterar tiempo y espacio para viajar desde «mi noche infinita a la pequeña noche de alguien…». De alguna forma, esa dicotomía entre vida y poesía se encarna en otra que goza de similares antecedentes retóricos, la del día y la noche, la luz y la oscuridad. El verbo, la palabra es claridad y la luz se convierte en canto; la mudez, el silencio, por el contrario, encarna la noche, la oscuridad, pero como el poeta habita en la contradicción, a veces la noche es también el momento idóneo para que brote la palabra, el verso —propio o ajeno— que dé sentido a los acontecer del día: «Aliado, el silencio de la noche te regala la música de unos lejanos versos que amas».

En la segunda parte, de igual título que el libro completo, «La noche que me espera», la confianza en el poder restaurador de la palabra poética, en su capacidad para prevenir el dolor o el miedo, para sortear los abismos de la memoria roza la idolatría, a la par que suscita una enorme admiración: «Una palabra que cumpla la promesa, que no deje vacío , que lo posea todo. La palabra que contenga el misterio. Una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón e nuestra muerte».

Como resulta obvio, la noche es la protagonista de estos poemas, una noche que fluctúa entre ser el tiempo de la meditación y el de la disolución, el borrado de la experiencia, el tiempo de la imposibilidad del decir, y no se trata, como afirmaba Simic de que los poetas pasen «mucho de su tiempo rascándose en la oscuridad», sino de la espera infructuosa, de la palabra que no acude: «La extensión de la noche / hace inútil la máscara. / Todo lo que es / se precipita al fondo / del lugar donde nada tiene nombre». Pero la noche es en estos, sobre todo, la representación del silencio absoluto, de la muerte, de ahí el título, “La noche que espera”, porque despilfarrar toda la paciencia que desee. Sabe que al final, todos llamaremos a su puerta. No hay, sin embargo, en estos versos desolación, porque, ante la inevitabilidad del destino, lo aconsejable es disfrutar mientras vivimos. El último poema es suficientemente explícito y define a la perfección el propósito final de este libro, un libro casi por completo elegiaco que en algunos instantes nos recuerda que el hombre está preso del reino de la noche y anhela la luz, como poetizó Novalis, pero que finaliza con un canto esperanzado: «Detener el día: sujetarlo, impedir que avance y después retroceder el vuelo de los gorriones, las escobas que han barrido el polvo de la tierra, las palabras que se han dicho y se han perdido. Devolver a los montes el agua que se escapa río abajo, y a los amores todo lo que el amor se lleva. Que todo regrese a la mañana: el viento, la luz y los relojes. Que cualquier milagro vuelva hoy a ser posible».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 28/07/2019

ANTONIO MANILLA. SUAVEMENTE RIBERA*

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ANTONIO MANILLA. SUAVEMENTE RIBERA. XXI PREMIO DE POESÍA GENERACIÓN DEL 27. EDITORIAL VISOR

Es de todos sabido que en los últimos años conviven en el panorama poético español diferentes maneras de concebir el acto creativo sin apenas fricciones, de forma natural, olvidados ya los enfrentamientos entre los paladines de una u otra tendencia. Ahora el enemigo común parece ser otro, el que representan los jóvenes autores —no me atrevo a llamarles poetas,— que nacen bajo al amparo de las redes sociales, autores que practican un tipo de poesía que podríamos denominar, si el adjetivo no conllevara una carga artística tan relevante, naif y que un poeta como Luis Alberto de Cuenca ha definido como parapoesía, un tipo de poesía que poco tiene que ver con la poesía entendida como una artefacto verbal (O. Paz) que indaga en conocimiento personal y colectivo, en el conocimiento del entorno Como digo, los autores que lo practican son últimamente el blanco de todas las críticas, vengan de donde vengan. Podemos contar con los dedos de una mano a los autores consagrados que les han concedido carta de naturaleza poética, aunque sospecho que este beneplácito está fundado en motivos puramente mercantiles —después de visitar algunas ferias del libro y fijarnos en las casetas que cobijan a estos jóvenes, comenzamos a percibir ya ciertos síntomas de hartazgo por parte de los lectores— y no en razones estrictamente literarias (esta última posibilidad nos desconcertaría aún más, viniendo como viene de autores a quienes, en muchos casos, admiramos).

     Hoy en día contemplamos en las estanterías de las librerías (las que se resisten al asedio de una invasión tan voraz) libros publicados bajo el amparo del más acendrado vanguardismo lírico junto a otros que defienden un patrón formal más clásico, en sus diferentes posibioidades, sin que nadie se rasgue las vestiduras. La buena poesía carece de etiquetas, es buena provenga de donde provenga, y buena, excelente poesía es la que podemos leer en Suavemente ribera, el último libro de Antonio Manilla (León, 1967), un poeta de larga trayectoria reconocida con importantes galardones que con el Premio de la Generación del 27 confirma su solidez.

     Una de esas posibilidades o corrientes poéticas a las que hacíamos mención más arriba es la que defiende la inserción del hombre en la naturaleza (aunque esta posea su propios ritmos y no comparta, evidentemente, sus emociones ni sus sentimientos), la que busca la comunión del ser con el cosmos y rastrea el sentido de la vida y de la muerte («El motivo inmutable / es la muerte», escribe Manilla en el primer poema del libro) en los ciclos de la existencia, una corriente estética que procede del Wordsworth de El Preludio, libro en el cual la Naturaleza santifica los actos y purifica el corazón. Parece eludir esta estética la violencia intrínseca a su propia condición y los conflictos de orden íntimo —estos últimos, como veremos en el caso de Manilla, subyacen en todo el libro, aunque, en algunos casos, estén expuestos como en sordina— que tienen que ver con el entorno social e incluso sentimental del autor porque aspiran a otras metas de, aparentemente, más alto valor espiritual. Buscan no lo anecdótico —esto es, en todo caso, un punto de apoyo, no un fin en sí mismo—, sino lo esencial, y esa esencialidad se encuentra en la raíz más profunda del ser, del ser contemplativo, más que del ser activo. Estamos hablando de una poética intemporal que busca reconciliarse con las leyes del mundo, desentendiéndose de las leyes —artificiales, antinaturales, podríamos decir— del hombre, más atentas a lo transitorio, a lo efímero. La medida del tiempo es, necesariamente, distinta. La contemplación requiere parsimonia, atención, mansedumbre y la escritura, fiel espejo de esa actitud, debe amoldarse a esos presupuestos. Lo mínimo posee, a la hora de determinar la existencia, tanta o mayor importancia que el hecho más grandilocuente, como podemos observar en el poema «Granos de luz», del que transcribimos los versos finales: «De este fuego sin llamas del ocaso / que apenas dura, netos para siempre / mientras tengas memoria, / no el púrpura costado de las nueves // ni el pálido resol en la caliza, / no el humo de este incendio milenario / —la populosa gente de la noche / acudiendo al encuentro—, / sino lo más pequeño e indistinguible: / unos granos de luz sobre las hayas / movido por la brisa. / El amable desdén de la belleza». La ribera de los ríos, los valles y los montes se nos presentan como paisajes bucólicos —paisajes en los que el poeta está inserto, porque representan el orden armonioso de la naturaleza, los lugares en los que el ser encuentra la plenitud, sin asomo de hostilidad ni de melancolía (la naturaleza es vista como un espacio de recreo, no un lugar que el hombre deba domesticar con su trabajo). Si para algunos poetas los parajes solitarios alejados del contacto humano, esos en los que no hay «Nadie con quien hablar», son vistos como una especie de destierro, para Antonio Manilla, sin embargo, esos espacios despoblados son el testimonio de una vida intensa que pervive agazapada en las huellas más desapercibidas, huellas que son memoria y dan, por otra parte, origen a los poemas: «Laminas de aire en espiral azotan / el solar invisible que contuvo / —donde las casas ahora sólo hay hierba— / alegrías y penas de unos hombres / de los que ni las lápidas perduran».

     Pero en Suavemente ribera no todo es armonía con la naturaleza, una naturaleza en la que, como quería san Agustín, los hombres «se olvidan de sí mismos». La sección titulada «Terra extraña» actúa como contrapeso a esa dicha —teñida, sí, de perentoriedad— que envolvía gran parte de los poemas precedentes. Ahora, la conciencia del paso del tiempo y con ella, de la finitud temporal, se adueña del pensamiento del poeta, en el que se perciben acentos machadianos por la templanza con la que se asumen( «Aquí, tan lejos de mi tierra, yazgo / olvidado por todos», escribe en los versos iniciales de un poema) y, en otro lugar, juanramonianos («Dentro de muchos siglos, / cuando ya nada exista, / ni siquiera el recuerdo / de mi nombre en el mundo, // por esta piedra inscrita / las sombras de futuro / sabrán que aquí reposa / un hombre como todos…»). Pero incluso instalado ya en el reino de la muerte se reincide en la idea de que la vida alejada del mundanal ruido y de los señuelos de la publicidad es más verdadera, más real, algo que encontrará, sin duda, innumerables seguidores, pero también algunos escépticos que no encuentran contradicción entre una vida ajetreada y combativa y las condiciones para ser felices: «El que descansa aquí […] // te desea una paz que esté a tu alcance, / una vida sencilla alejada de todo / cuanto devenga en brillo y apariencia, / y un amor verdadero, // compañía en la soledad, / soledad en la compañía».

     No se agota, además, el libro con esta supuesta oposición. En las dos secciones finales, «El tambor de la noche» y «Del lado de la aurora», ambas, la noche y la aurora son el contrapunto de dos actitudes vitales que no forman en los poemas compartimentos estancos, antes al contrario, se entrecruzan en los versos disputándose el predomino sensorial. La noche es el refugio del insomne que reconstruye la sucesión de los momentos fugaces que forman el día: «Al margen del amor y de los sueños, / se recompone el orbe cada noche: / recupera su forma cuanto fue uno / hasta el día anterior / y alborotó en fragmentos el crepúsculo —su alta hilatura de vencejos / lanzados al albur como unos dados». La aurora se presenta como una apuesta vital, es el milagro cotidiano que se renueva permanentemente, es el despertar de los sentidos, la claridad del ser que, sin embargo, como hemos visto, necesita que se desvanezca para tomar conciencia de su desaparición. En Suavemente ribera coexisten reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre el peso de los años, sobre los modos de vida, todos ellos vistos desde la perspectiva de un hombre infectado ya por el veneno de la melancolía, como podemos comprobar en el que, junto con «Manzano» y «Casa en solar ajeno», es para mi uno de los mejores poemas del libro, «A cierta edad, el gris es un color alegre», del que copio algunas estrofas: «Intenta ser feliz / gozando cuanto efímero subyace en lo perenne, / disfrutando lo eterno en lo fugaz. // Es la sabiduría de la vida: / a veces un segundo contiene un año entero; / se disipa el perfume, permanece la rosa. // Si vives lo bastante, / verás que con la edad se vuelven relativos / las sombras y los gozos: // que en olvido se alberga la memoria / y la memoria olvida / hasta que todo es nada más que eco».

‘Suavemente ribera’, de Antonio Manilla

LA POESÍA ES UN FAISÁN. ANTOLOGÍA DE AFORISMOS SOBRE LA POESÍA Y LOS POETAS*

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LA POESÍA ES UN FAISÁN. ANTOLOGÍA DE AFORISMOS SOBRE LA POESÍA Y LOS POETAS. SELECCIÓN DE LEÓN MOLINA. EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ

León Molina (La Habana, Cuba, 1959) es poeta—en Esperando a los pájaros del Sur (2017) ha reunido su obra completa—, pero es también un consumado especialista en dos de los géneros más seguidos en los últimos años, el haikú y el aforismo, formas breves que están gozando de un éxito realmente llamativo, como lo demuestra el hecho de que varias editoriales —de las que ya hemos hablado en estas páginas en repetidas ocasiones— hayan creado colecciones ex profeso para divulgar dichos géneros. Por lo que respecta al aforismo, ha publicado, además de un libro de su autoría, Mapa de ningún sitio, la antología Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016). La presente antología, La poesía es un faisán —título que proviene de Wallace Stevens— tiene como tema central la reflexión sobre al creación poética, tan cercana al aforismo que a veces se confunde, hasta el punto de que se han elaborado libros de aforismos a partir de versos de poetas como Luis García Montero o José Luis García Martín, algo que parece haberse evitado de forma sistemática en este volumen, aunque haya naturales excepciones. El propio Molina escribe que «en el aforismo moderno, la mayoría de sus autores son poetas y no es menos cierto que resultan evidentes las relaciones de forma y fondo entre la poesía y el aforismo». No siempre, sin embargo, el verso se amolda con facilidad a la contención, a la precisión que exige el aforismo, que es, antes que nada, como escribe Antoni Avendaño, «una escritura densa, concentrada».

     El criterio de ordenación de los autores no es otro que el alfabético, pero no, como se acostumbra, a partir del primera apellido, sino del nombre de pila, algo anecdótico, en cualquier caso. No lo es tanto la selección que corresponde a cada uno de ellos, guiada por «la atención mayor o menor que cada uno hay dedicado a la poesía como tema». Así, autores como Adolfo García Ortega, Ángel Crespo, Charles Simic, José Mateos, Juan Ramón Jiménez —el mejor representado—, Nicolás Gómez Dávila, Paul Valéry o Wallace Stevens disponen de varias páginas, aunque resulta evidente que similar extensión no siempre se compadece con un interés equivalente. La agudeza reflexiva de Juan Ramón o de Stevens no admiten parangón.

     Otros autores están representados de manera muy desigual. Los hay que aportan solo una sentencia, es el caso de Ángel de Frutos, Ángel Gabilondo, Arthur Schnitzler, Azahara Alonso, Carlos Castilla del Pino, Christian Bobin, Dan Paterson, Jardiel Poncela, Enrique José Varona, Pessoa, Burdin, Tamayo, Bufalino, Ceronetti, Waagensberg, Pérez Estrada, Ramón Andrés o Bozalongo, por ejemplo. El resto colabora con un número variable de aforismos. Al margen de otras consideraciones, lo que denota esta selección es la ardua labor de búsqueda que ha realizado León Molina. La mayoría de los seleccionados son autores sobradamente conocidos, pero hay otros que, estoy seguro, son fruto de las amplias lecturas del compilador.

Como no podía ser menos, teniendo en cuanta la heterogeneidad de los autores seleccionados y las diferentes épocas a las que pertenecen biográficamente, el modo de entender la reflexión poética es dispar. Desde la indagación de raíz metafísica en la que se cuestiona la función del poeta, como en Rafael Cadenas: «Los poetas no convencen. / Tampoco vencen. /Su papel es otro, ajeno al poder: ser contraste» o esta de Octavio Paz: «El falso poeta habla de sí mismo, casi siempre en nombre de los otros. El verdadero poeta habla de los otros al hablar consigo mismo», a la propia esencia de la poesía: «La poesía es la expresión esencial de las cosas. El que se lo toma como una forma adornada de escribir va listo», escribe Carlos Pujol, o, como afirma Juan Kruz Igerabide, «La poesía es una ecuación con incógnitas inestables».

     Como es lógico, León Molina ha realizado su propia selección, sin pretender, en ningún caso, abarcar de forma totalizadora lo que se ha escrito sobre ambos temas, el poeta y la poesía, porque embarcarse en un proyecto de esa envergadura exige una dedicación exclusiva durante demasiado tiempo. Es comprensible, como lo es también que este lector eche en falta algunos nombre, como, por ejemplo, el Unamuno de «piensa el sentimiento, siente el pensamiento», el Gerardo Diego de algunos poemas de Biografía incompleta, del Auden de «La poesía es magia: nacida en pecado» o el José Hierro de «Reflexiones sobre mi poesía», donde firma aforismos como estos: «El poeta es un punto situado fuera de la línea» o «El poema perfecto es la recta que une, perpendicularmente, el punto-poeta con el horizontal tema».

   En ningún caso, esta pequeña discrepancia ensombrece esta magnífica edición que el lector interesado deberá leer a sorbos, abriendo el libro al azar. En cualquiera de sus páginas encontrará motivos más que sobrados para seguir leyendo.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés el 21/06/2019