JAVIER BOZALONGO. TODOS ESTABAN VIVOS

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JAVIER BOZALONGO. TODOS ESTABAN VIVOS. ESDRÚJULA EDICIONES, 2016

 Que nosotros sepamos, este libro supone la primera incursión narrativa de su autor, Javier Bozalongo (1961) conocido hasta ahora en el ámbito literario por su trayectoria poética, compuesta por libros como Líquida nostalgia (2001), Hasta llegar aquí (2005), Viaje improbable (2008) y La casa a oscuras (2009), además de varias antologías de su obra publicadas en España y en Hispanoamérica en los últimos años y por su labor al frente de la editorial Valparaíso. Todos estaban vivos, como decimos, no es un libro de poesía, aunque en los textos que lo integran haya mucho del aliento que mueve el poema, sobre todo en los textos más breves, en los que podríamos encuadrar dentro del género del microrrelato, al menos así me lo parece cuando compruebo que las similitudes lingüísticas son abundantes al tratar de trasmitir la experiencia personal sobre la realidad. En buena lógica, el procedimiento es distinto aun cuando estemos hablando de una poesía de carácter narrativo como la que escribe Javier Bozalongo, pero la prosa posee un ritmo propio y crea unas expectativas diferentes a las del poema. Éste requiere una expresión, podemos llamarla, más refinada, que busca no un efecto inmediato, sino recurrente en el tiempo.

     Hay en Todos estábamos vivos, al menos, dos tipos de relatos, los que proceden de un chispazo y de un trazo recrean una escena concreta o describen una emoción intensa y, a menudo, fugaz, y los relatos de más ambición narrativa, los que necesitan un desarrollo sostenido para abarcar la experiencia desde todos los ángulos posibles. Al primer apartado pertenecen títulos como «Jubilación anticipada» o «Globalización»; al segundo «Rojo oscuro», «Cajero automático» o «El premio». En todos ellos, sin embargo, hay un desdoblamiento de la identidad, necesario siempre para dar la impresión de hablar de otro aunque se esté hablando de uno mismo y salvar la distancia entre lo verosímil y los verdadero. En todos ellos se huye de la grandilocuencia verbal, del artificio y se busca un lenguaje informal ( «Él la llamó y le dijo que el día que le quisiera dejaría de fumar. Ella murió de cáncer de pulmón. Y él siguió fumando, tan ricamente», escribe en el relato titulado «Fumar mata») y una dicción, en la mayoría de las ocasiones, muy próxima a la oralidad, lo que permite leer estas historia como si uno fuera uno de los interlocutores de una presunta conversación. Es evidente que vivir determinada experiencia no lleva implícita su comprensión, por esa razón, para algunas personas, para los poetas, la mejor forma de comprender la realidad es a través de la escritura. No cabe duda de que a Javier Bozalongo también le sucede esto, aunque, como ocurre siempre que está la memoria de por medio, la escritura altere la realidad en función de sus propias aspiraciones. Eso, para un buen lector, carece de importancia. Lo verdaderamente relevante es que el protagonista de cualquiera de estas historias nos resulte familiar, sea testigo de la iniquidad, pero también un emisario de la esperanza, porque, como escribe Terry Eagleton, «Las historias siempre intentan capturar verdades que suelen ser esquivas. Contar una historia equivale a tratar de moldear el vacío». El vacío, ese horror vacui que tanto nos asusta, queda sepultado bajo una estratificación de simulacros perfectamente coordinados por la mano firme de Javier Bozalongo, desde ahora, mucho más que poeta.

REVISTAS LITERARIAS PARA ACABAR EL AÑO

IMG_20161205_085558632_HDR.jpgREVISTAS LITERARIAS PARA ACABAR EL AÑO

Una vez más nos corresponde hablar de revistas literarias aparecidas en las últimas semanas. Algunas de ellas, Clarín es un buen ejemplo, ya suficientemente consolidadas; otras, como Veintiúnversos, dando los primeros pasos. Todas, eso sí, con su personalidad y su marca de la casa que las hace fácilmente identificables.

El número correspondiente a Septiembre/Octubre de la revista Clarín comienza con un artículo reivindicativo del hoy injustamente olvidado novelista manchego Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919-Madrd, 1989), creador de un personaje tan inolvidable como Plinio, jefe de la guardia civil de Tomelloso y protagonista de sus novelas negras, unas novelas que poseen la particularidad de desarrollarse no en la gran ciudad, sino en la aparentemente anodina vida rural de la Mancha. Una reivindicación justa y del todo necesaria, porque, deslumbrados como estamos por todo lo ajeno, no somos capaces de valorar la originalidad de un escritor que vivió, como quien dice, en la puerta de al lado. En la sección «Inventario» encontramos también un artículo de Aitor Francos sobre Blas de Otero (recordemos que se cumplen cien años de su nacimiento, en 1916): «En Blas de Otero la tristeza no es sólo un sentimiento innato e inexplicable, arraigado en la cerrazón de su personalidad, sino que se origina en la experiencia», escribe Francos. Una entrevista de César Iglesias a Francisco Fresno, un pintor que ha decidido abandonar la pintura después de cuarenta años de oficio, ocupa gran parte de la sección «Miradas». Inmaculada de la Fuente y José Manuel Benítez Ariza escriben respectivamente en la sección «Colección de vidas» sobre dos historias de poetas cuyas vidas discurrieron por caminos muy diferentes: Ernestina de Champourcín y Los Panero. El número se completa con las secciones habituales, la dedicada a los más viajeros, con artículos de Antonio Rivero Taravillo o Juan Lamillar, entre otros, y los famosos «Paliques», un conjunto de reseñas sobre libros publicados recientemente. Como siempre, Clarín, dirigida por José Luis García Martín, combina de forma magistral la erudición con la divulgación. Las expectativas del lector siempre se ven de sobra satisfechas.

El número 6 La Galla Ciencia, una revista de factura exquisita que se caracteriza, además, por su particular apuesta poética, dedica este número a la Minoría Virgiliana II», continuación del número dedicado a esa minoría publicado en 2104, una minoría que los coordinadores de la revista (Joaquín Baños, Noelia Illán, Samuel Jara y Daniel J. Ramírez) no han dudado en subtitular «Los poetas sensatos». El volumen lo encabeza una cita de Luis Cernuda: «He buscado siempre/ lo que no cambia,/ he deseado la eternidad». Pero también se homenajea aquí al número 4 de la revista asturiana Escrito en el agua, que realizó una antología poética titulada «Poetas de los 90». Además de los poetas seleccionados entonces, entre los que se encuentraban Mesa Toré, Vicente Gallego, Juan Bonilla, Benítez Ariza, Álvaro García o Lorenzo Oliván, en este volumen encontramos otros autores que se han ganado su nombre a medida que pasa el tiempo, como Pablo García Casado, Bruno Mesa, Marta López Villar, Vanesa Pérez Sauquillo, Juan Antonio González Iglesias, Piquero, Javier Lorenzo o Ariadna G. García. Un número estupendo que degustarán principalmente los más adeptos a la estética que le da cuerpo.

Veintiúnversos prosigue su andadura con sobriedad y elegancia no exentas, sin embargo, de gusto por la aventura, porque aventureros tiene que ser sus responsables (Juan Pablo Zapater, Francisco Benedito y Víctor Segrelles) para ofrecer en cada número —comentamos el número 3— además de la revista, un pequeño gran libro, de Vicente Gallego en el número que comentamos. Todo un lujo, como los lectores podrán comprobar. Además, en la propia revista colabora un plantel de poetas excepcional, desde Guillermo Carnero, Francisco Díaz de Castro o Luis Alberto de Cuenca hasta Manuel Vilas o Luis Bagué. El número ofrece también un poema inédito de José Luis Parra, recientemente fallecido. La portada de la revista es de Dis Berlin (Ciria, 1959), uno de los pintores más reconocidos en la actualidad.

Cuaderno Ático, la revista que coordina Juan Manuel Macías, ha regresado a la palestra con paso firme, algo que nos alegra especialmente a los amantes de la poesía y la edición porque hemos de significar que la sobriedad y la elegancia con la que está ejecutada es todo un homenaje a la edición clásica, hoy tan arrinconada por nuevos diseños, no siempre todo lo atinados que nos gustaría. El número 7, editado en un primer momento en su versión digital, contiene trabajos de, entre otros, Aurora Luque, que escribe sobre la poeta Luisa Sigea, que vivió en le siglo XVI. Además, el volumen contiene poemas, textos diarísticos, traducciones, prosas y versos inéditos de poetas como, sin ánimo de ser exhaustivo, Antonio Rivero Taravillo, Sergio Gaspar, Juan Andrés García Román, José Luis Gómez Toré, Agustín Pérez Leal, Sergio Berrocal, Santos Domínguez, Juan Manuel Villalba, Álvaro Campos Suárez, Azahara Palomeque Recio, Sandro Luna, Jesús Aparicio González, Manuel Moya,, Helena González-Vaquerizo, Alfonso Brezmes, Mario Domínguez Parra (que traduce al poeta griego Costas Reúsis), Manuel Rivas González, Alfredo J. Ramos, Juan Manuel Macías, (con unos certeros apuntes sobre arte poética) y Carmen Canet (con un trabajo sobre Elena Martín Vivaldi). En la sección Biblioteca se reproducen poemas de los recientes poemarios de Jordi Doce (No estábamos allí) y Juan Carlos Reche (Los nuestros), ambos publicados en Pre-Textos. Como decía al comienzo de este resumen, Cuaderno Ático es un lujo tanto la calidad de sus colaboradores como por su esmeradísima composición.

MARK FORD. IRREAL

MARK FORD

IRREAL

. . . bebí

y me sorprendí

al ver lo que parecían hojas de té

en el fondo

del vaso. . . minutos

después una gran ola o nube

cálida y verde

comenzó a avanzar hacia mí. «Mira los barcos

en su camisa», me vi tratando

de decir, en español, o marroquí, pero sabiendo

que no sabía

ninguna de las palabras . .

 

Era una mañana

deslumbrante y el tren había llegado

y se había vaciado

en Chamartín antes de que finalmente

abriera los ojos y viera

en el suelo del vagón

nada más que un extraño

par de zapatillas: de cuarteado

cuero blanco, con tres franjas verdes. «—Señor

o más bien Herr —Adolf

Dassler hizo esto», pensé. Pero, ¿a cuál

de los dos amables hombres con los que

había compartido el vagón y un poco de vino,

pertenecían? Reflexioné

sobre esto durante un rato, luego me

dormí de nuevo. . .

 

¿y

visitó Herr Dassler , personalmente, todas las ciudades grabadas

en sus zapatillas? Colonia, Dublín, París, Montreal,

Kopenhagen, Berna, Amsterdam. . . ¿y estaban hechas

para la ciudad? Como Roma, Viena,

Londres. . .

 

señor Dassler, estoy soñando con usted

en un banco en un andén de una estación de tren

en Madrid, incapaz

de despertar, un par

de zapatillas, que no eran mías, pero ahora lo son,

en mis pies . . .

 

estoy nadando, Herr

Dassler, en su ola, aunque temo

que usted esté muerto, un cadáver lavado por las mareas entumecidas

con tres rayas oblicuas estampadas

en el pecho, su pasaporte y su billetera

a la deriva hacia el fondo del océano. . .

 

descubrí

en un bolsillo —¡Oh, la amabilidad

de los extraños!— cerca de

cuarenta pesetas; pero buscando

en broma o en un forro de plata, no encontré

nada —o niente, cuando puse

mis zapatos . .. cerré

los ojos, imaginé dedos desatando

y aflojando mis Reeboks, cuando el tren

se internó en la oscuridad, los hombres tratando de

quitarlos de uno en uno, el ex propietario de estos

flexibles dedos de los pies, acolchados arriba y abajo asintiendo

de aprobación. Debieron susurrar

como padres cuando levantaron mi camisa y desabrocharon

mi cinturón con dinero, o tal vez, más como cirujanos, utilizaron

tijeras, o un cuchillo. . .

 

chas, chas. Observé

los arabescos de la espada vorpal

merodeando en mi esternón, luego deslizándose

entre dos costillas. Chug-chug

hicieron los trenes. El calor

estaba aumentando, la poción

al final se desvanecía. Sería la luz,

ahora que

comienzo a razonar, tan rápida y astuta

como un lagarto, un lagarto perfectamente

camuflado que había cambiado la piel y adoptado una nueva

manera de caminar.

Versión de Carlos Alcorta

JESÚS CÁRDENAS. LOS REFUGIOS QUE OLVIDAMOS

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JESÚS CÁRDENAS. LOS REFUGIOS QUE OLVIDAMOS. ANANTES GESTORÍA CULTURAL, 2016

 Comencemos por el final, por el último poema de Los refugios que olvidas, el titulado «Fin de etapa», porque en él se resume de forma contundente la idea que alienta el libro, esa sensación de haber puesto fin a un ciclo vital sin que la recompensa haya sido la inicialmente buscada: «Un hombre medio ronda por aquí./ En este conjunto encierra/ historias que sudan y sangran,/ algunas tristemente viejas;/ otras, pendientes de nueva decepción:/ historias que retoman fracasos transitados/ como aves que no alzan el vuelo porque son ceniza». Como vemos, estos versos hablan de un sentimiento tan habitual como el fracaso, consustancial a toda experiencia que trascienda más allá del propio decurso vital, pero no ofrecen, sin embargo, consuelo alguno, si acaso muestran la voz de un poeta sumido en la incertidumbre, por eso en sus versos el discurso lógico se trunca y, en muchos casos, la vinculación entre ellos, o entre estrofas, resulta un tanto violenta. Son versos que parecen nacer más de una especie de obligatoriedad, de una obligación autoimpuesta que de una necesidad íntima, y es que, en muchas ocasiones, verbalizar la experiencia sólo consigue trivializarla, restarle el dramatismo personal que lleva en su seno. Cifrar el paraíso en algo tan evanescente como el placer conlleva unos riesgos que tal vez sólo desde el silencio se puedan asumir. Concebir el cuerpo amado como el único refugio sólo puede hacerse desde el momento álgido del enamoramiento, no desde los filtros lingüísticos, desde un lenguaje que, por su propia ley, pervierte la emoción: «Es cierto que el amor, como la vida misma,/ cambia el brillo de los principios,/ todo ese remolino que provoca;/ tras el aguijón del deseo/ no buscamos con afán de sorprender»., escribe Jesús Cárdenas (1973), un poeta que ha ido fraguando en los últimos diez años una obra que va creciendo, superando escollo tras escollo en cada nuevo libro hasta alcanzar en Los refugios que olvidamos una cumbre personal difícil de superar.

El libro está integrado por cuatro secciones de entidad similar, salvo la tercera, la titulada «Anclaje», más breve y con más referencias externas que las demás, tal vez porque esa incertidumbre debe resolverse antes de encontrar el anclaje conveniente, un anclaje que, a tenor de lo leído, no parece cifrarse, como he dicho más arriba, en las palabras, a pesar de que el poeta, en algún instante, afirme otra cosa: «Espejo de nosotros, la palabra,/ la luz por la que nuestra alma se estrena», sino en imágenes, en sumideros que engullen esa «realidad más allá de ésta». No es una misión fácil conciliar ambas expectativas, la de aprehender la realidad y la de encontrase desubicado en su seno. Escribir desde una acumulación de experiencias contradictorias («La existencia levanta mundos vanos,/ esos vagos perfiles, estos muros/ deshojados, taludes de añoranza/ en el pantano donde se ahogan las horas deslucidas») produce una caótica amalgama de sensaciones cuya opacidad resalta la luz sin piedad del conocimiento. Jesús Cárdenas, en esta circunstancia extrema intenta refugiarse en la oscuridad: «Por un momento cedo a las tinieblas/ al hallarte en este signo huidizo», pero la rezón de una vida no puede crecer enmascarada, necesita respirar un aire puro que no siempre ventea las páginas. «Ya va siendo hora —escribió Leonardo Sciascia— de liberarse de estas palabras, de las palabras… Sin embargo, sólo disponemos de palabras… Deberíamos entrar en lo inefable sin sentir la necesidad de expresarlo». Seguramente tenía toda la razón.

ANTONIO MORENO. UNOS DÍAS DE INVIERNO

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ANTONIO MORENO. UNOS DÍAS DE INVIERNO. RENACIMIENTO, 2016*

Un buen escritor de haikus tiene algo de naturalista aficionado, pero también de paciente y experimentado fotógrafo, siempre ojo avizor, atento para captar la imagen inaudita, espectacular, el encuadre infrecuente. En el caso del poeta, la mirada sobre las cosas adquiere una especial relevancia, aunque no es necesario entregar la vida a la contemplación, como un monje o un eremita para contemplarlas desde un punto de vista distinto del cotidiano (Santa Teresa decía que también “entre los pucheros anda Dios”, reivindicando no sólo la oración sino la obra) porque, a pesar del tráfago y de las obligaciones diarias que nos impone la supervivencia y nos distraen de lo sustancial, estar atento al entorno (y hacerlo parte de nosotros, interiorizarlo, igual que hace, por otra parte, el reportero gráfico); saber captar, ya sea con palabras o con lentes y diafragmas, la emoción, la intensidad de una imagen especial entre las miles de imágenes por segundo que se escapan a nuestra precepción, una imagen que provoca una reflexión, una imagen que produce un cortocircuito emocional y desencadena una corriente de palabras, más que corriente, en el caso de los haiku, un chispazo, es lo que tanto nos seduce de esta particular forma de escritura que con tanto arraigo ha enraizado en nuestra literatura.

No importa si estamos suspendidos de una tensa cuerda en una pared rocosa, abismados en soledad; carece de importancia si la algarabía de un playa en un día de verano nos engulle como un sumidero. Lo importante no es el escenario sino el personaje que lo interioriza y lo aisla en su mente, así logrará percibir todos esos matices que, habitualmente, se escapan a una mente relajada, no en estado de alerta como la del haijin o el reportero que antes mencionábamos. “No es fácil ver: / lleva un completo olvido./ Toda una vida”, escribe Antonio Moreno —uno de nuestros grandes poetas meditativos— en Unos días de invierno, un libro integrado por más de un centenar de haiku que surgen de «Una larga y parsimoniosa caminata por la costa desde Alicante, mi ciudad natal, hasta El Campello, una población vecina». No cabe duda, a tenor de lo que nos cuenta el autor, de que, durante ese paseo, tuvo lugar ese chispazo del que hablábamos más arriba, porque «pocas jornadas después y en una sola noche vino una notable cantidad de poemitas, algunos de los cuales han sido aquí incluidos». No es preciso suponer, sin embargo, que los poemitas tengan como único asunto realidades relacionadas con el propio paseo. En algunos resulta evidente («Dos correlimos/ picotean la arena/ donde se espejan» o «Sol de la tarde,/ docenas de gaviotas/ flotan mirándose», por ejemplo), pero la mayoría de ellos abordan fragmentos de vida minúsculos, delicados como una pincelada a la acuarela, a la cual apenas unas gotas de agua bastan para disolverla. Y es que ese «hombre/ que sale de su casa/ a ver el día», trasmite, como, por otra parte, toda la poesía de Antonio Moreno, una sensación de serenidad, de compasión y bonhomía difíciles de igualar. Son muchos los haiku que anotaríamos en este comentario, pero, con toda probabilidad, cada lector podrá escoger, de entre aquellos que le han emocionado, sus preferidos. Nosotros, por esa inclinación natural a la elección, nos quedamos con uno que parece resumir toda una filosofía de vida: «Mi fe, que no es/ fe de nada, me lleva/ a ti, dios vivo». A los lectores que tengan la fortuna de tropezarse con este libro, su lectura les llevará aún más lejos, hasta el centro de sí mismos.

  • Con el título Fugitivo e intemporal, esta reseña se publicó en el número 125 de la Revista de Nueva Literatura Clarín

ROBERT HASS. LA IMAGEN

ROBERT HASS

LA IMAGEN

El niño trajo barro azul del riachuelo

y la mujer modeló dos figuras: una señora y un ciervo

en esa estación en la que los ciervos descienden de la montaña

y se alimentan tranquilamente en los barrancos de secuoyas.

La mujer y el niño contemplaron la figura de la señora,

sus toscas redondeces, su gracia, su tono como de sombra.

No estaban seguros de dónde ella procedía,

pero sí sabían de dónde procedía la fascinación del niño y las manos de la mujer

y el barro azul plomizo del riachuelo

donde los ciervos algunas veces se dejaban ver al atardecer.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

JOSÉ LUIS BERNAL SALGADO. LA POESÍA DE GERARDO DIEGO (ESTUDIO BIBLIOGRÁFICO).

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JOSÉ LUIS BERNAL SALGADO. LA POESÍA DE GERARDO DIEGO (ESTUDIO BIBLIOGRÁFICO). EDICIÓN DE LA FUNDACIÓN GERARDO DIEGO, 2016

No es fácil internarse en el laberinto de publicaciones que Gerardo Diego realizó a lo largo de su dilatada y prolífica vida y salir airoso del intento. Las particularidades de muchas de la ediciones —de tiradas restringidas a unos cientos de ejemplares en algunos casos—, los libros de artista, las ediciones no venales y el carácter efímero y circunstancial de algunas de las colecciones dificultan en grado sumo dicha labor. Por si esto fuera poco, Diego no dudó en permutar poemas de un libro a otro, situándolos en secciones de diferente título, incluso encuadrándolos en distintos proyectos —alterados previamente por motivos ajenos al propio acto creativo, eso sí, de ambición común. Pero aún nos encontramos con otro impedimento más, cual es la separación temporal entre el período de escritura de un determinado libro y su fecha de publicación que, en algunos casos, se ha demorado durante varias década acaso por un dilatado proceso de escritura y de ampliación formal. Pues bien, todas estos obstáculos los ha sorteado José Luis Bernal Salgado con el rigor y la solvencia a las que nos tiene acostumbrados. Recordemos que nos hayamos ante uno de los más reputados especialistas en la obra del poeta cántabro. Suyas son las ediciones críticas de libros como Imagen, Soria, Manual de espumas o Alondra de verdad. Ha preparado también la edición en tres volúmenes de la Prosa literaria de Diego en el año 2000 y en 2007 fue galardonado con el VII Premio Internacional de Investigación Literaria «Gerardo Diego» por el estudio titulado Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego, además ha escrito numerosos trabajos publicados en revistas especializadas. A tenor de este currículum, cualquier duda sobre la calidad del trabajo que presenta en este Estudio biográfico, resulta improcedente. No nos resistimos a trasladar un párrafo de la introducción en la que Bernal explica las dificultades apuntadas más arriba: «El singular y a veces desconcertante crecimiento editorial de esta obra obedece a múltiples impulsos y circunstancias, que nos deparan retrasos editoriales sorprendentes; libros ríos, que, como Guadianas, afloran en distintos momentos de la larga vida del poeta, fidelísimos a convicciones poéticas tempranas; recopilaciones antológicas engastadas en temas dominantes en su vida o en motivos cosmovisionarios permanentes, o recopilaciones simple y libremente antológicas; o bien poemarios rabiosamente unitarios, obedientes sin concesiones a una manera concreta de entender la poesía, es decir, ligados a uno de los dos niveles de su laboratorio poético, “Bodega y azotea”, cuando no a medio camino entre ambos, en una clara muestra de libertad creativa sin prejuicios ni complejos».

     De todos es sabido que esa alternancia entre bodega y azotea (así denominaba Diego respectivamente a sus poemas de corte tradicional y a los de alcance vanguardista) desconcertó a crítica y lectores, que no acababan de entender cómo era posible escribir en estrofas clásicas, por cierto, con absoluto dominio, y simultanear esa práctica con poemas afiliados al creacionismo. Ambas destrezas las fusionó desde sus comienzos como poeta (baste recordar los títulos de sus dos primeros libros, Romancero de la novia e Imagen) hasta el final de su obra (con títulos como La fundación del querer, compuesto por quince romances o Biografía continuada, que abunda en la faceta vanguardista), aunque no debemos olvidar que muchos de los poemas, de los libros, no mantuvieron una secuencia temporal corriente entre la composición y la edición. Quizá los ejemplo más notorios en este sentido sean los libros Nocturnos a Chopin y Preludio, Aria y Coda a Gabriel Fauré, escritos en 1918 y 1941 —aunque el proyecto de éste date de unos años antes— y publicados respectivamente en 1963 y 1967.

La labor que lleva a cabo Bernal Salgado consiste en ordenar cronológica cada uno de los libros publicados por Diego, sean de la entidad que sean, ediciones de autor como El romancero de la novia, su primer libro, del que Diego edito sólo cien ejemplares no venales o Imagen; libros unitarios como Manual de espumas o Versos humanos —algunos de los poemas de ese libro se incorporarían, sin embargo, a futuros libros del autor—; pliegos que adelantan poemas de libros en preparación, como Dos poemas (Versos divinos) o Égloga de Antonio Bienvenida o recopilaciones en forma de antologías, desde la temprana Primera antología de sus versos (1918-1940) a, por ejemplo, Poesía de creación. Cada uno de los libros va acompañado de la nota bibliográfica, pero Bernal añade una contextualización magnífica y un pormenorizado estudio del origen de los poemas, de los añade la datación y el lugar de su primera publicación. Se trata, como hemos dicho, de un trabajo exhaustivo y riguroso, un trabajo que requiere unas grandes dosis de erudición, pero también de ritmo narrativo porque en ningún caso la lectura de esta ingente acumulación de orígenes y filiaciones sufre altibajos ni supone un lastre que dificulte dicha lectura. Nos encontramos —como no podía ser de otra forma ya que el estudio viene avalado por la Fundación Gerardo Diego—, con un libro de un investigador, de un especialista en la poesía de Gerardo Diego en particular y en la poesía de la Generación del 27 en general, lo que conlleva una serie de responsabilidades literarias, sí, pero también científicas, y ambos registros los solventa a la perfección José Luis Bernal Salgado gracias a su capacidad para reordenar y descifrar este maremagnun de publicaciones. Él mismo nos explica que «En cada una de las entradas se ofrecen los preceptivos datos catalográficos, desde la primera a la última edición del libro; las anticipaciones de los textos conocidas y una análisis del libro, en el que sistemáticamente se abordan también aspectos referidos a la métrica o a circunstancias externas, como las dedicatorias de los poemas, aspectos que en muchas ocasiones, lejos de ser baladíes, iluminan los textos sorprendentemente».

     Este magnífico Estudio biográfico, que se completa con un apéndice que recoge una nutrida representación de las cubiertas de los libros comentados, resulta ejemplar en todos los sentidos y marca la pauta a seguir por quienes se aventuren por la selva escrita de cualquier poeta.

MARÍA NEGRONI. EXILIUM

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MARÍA NEGRONI. EXILIUM. VASO ROTO POESÍA 2016

Es muy posible que algunas de las claves para descifrar la poesía de María Negroni se encentren en los comentarios que ella misma escribe sobre otros poetas, como los que podemos leer en el libro recientemente publicado, El arte del error, (Vaso roto, 2016), volumen en el que recoge trabajos sobre poetas como Rimbaud o Emily Dickinson, pero también sobre filósofos o narradores como Walter Bemjamis o Robert Walser, entre otros. Se ha dicho muchas veces, y quizá ha sido Eliot quien lo ha dejado escrito con mayor claridad de juicio, que la crítica que realiza un poeta esconde en el fondo un deseo de reivindicar su propia estética. Desde luego, no seré yo quien lo repruebe, todo lo contrario. La voz ajena, la palabra de los otros acude muchas veces en auxilio de quien corre el riesgo de hacer un discurso desde la mudez, de quien se encuentra presa de unas emociones de difícil verbalización y, por tanto de un, todavía mucho más difícil, proceso de argumentación teórica.

Tiene la poesía de María Negroni una merecida legión de adeptos en nuestro país y por esa razón, cada libro suyo (en este mismo formato reseñamos en 2014 su libro La jaula bajo el trapo)es celebrado como un pequeño acontecimiento (en poesía, en muy raras ocasiones alcanza un nivel mayor que éste) por los lectores a pesar, o precisamente por eso, de tratarse de una poesía exigente, compleja, que no deja un resquicio para coger aire, tal es la tensión que se va acumulando en sus versos desnudos, afilados como una guillotina.

Exilium, así, en latín, quizá para retrotraernos indirectamente a poetas como Ovidio, Virgilio o Dante, paradigmas de tantos exiliados como ha habido desde entonces y, lamentablemente, seguirá habiendo. A pesar de todo, no creo que María Negroni nos hable en este libro de un exilio físico, motivado por razones económicas o ideológicas, sino de un exilio íntimo, existencial, consustancial, podríamos decir, a la naturaleza humana, el exilio del desplazado interior. Y qué mejor forma para expresar esa agónica relación del ser humano consigo mismo y con lo que le rodea que el uso de una palabra esencial, sin adornos, seca, desnuda aunque con inmensas posibilidades semánticas. Una palabra que exige una labor de drenaje previo para que la idea que la sustenta sea lo menos imprecisa posible. para que esa idea sea, sí, una reflexión personalísima, pero, a la vez, esté obligada a ser transferible, acaso sólo sólo en su núcleo. Las diversas capas que lo envuelven pueden mostrar excesivas similitudes con las ideas de otros, por eso, para individualizar esa experiencia, se debe huir y María Negroni lo sabe, de los lugares comunes. No me cuesta reconocerme en esta forma de decir tan alusiva, no me importa divagar por esos anchurosos espacios que quedan entre los versos, no rechazo la idea de construir mi propio significado con la sólida argamasa de estas estrofas perfectamente alineadas porque no pretendo restituir un mundo que sólo circunstancialmente colinda con el mío y, sin embargo, sí, me rindo a la seducción de una intención abarcadora de la realidad desde todas sus aristas, labor a la que se entrega María Negroni con admirable constancia, sobre todo si tenemos en cuenta su escepticismo: «Nada esperes/ de las cosas/ mortales.// Nada/ de las inmortales».

No hay en estos poemas concesiones a la inmediatez, a lo cotidiano, algo que queda de manifiesto desde la propia disposición tipográfica de los poemas, estructurados en el centro de la página, separados de los márgenes, buscando un centro que se resiste a su aprehensión, de ahí, quizá la polimetría que caracteriza los versos, combinada sutilmente con los blancos de la página, de ahí las correspondencias inéditas que sugieren: «De esa unión/ —agua y sombra—/ nace el libro». Resulta evidente que cada palabra elegida posee su propio peso específico, por esa razón, en conjunto, unidas y/o desunidas por una disposición abrupta, llena de encabalgamientos, dan forma a un contenido cargado de hermetismo, aunque no abstracto, en el que la experiencia personal, como hemos dicho más arriba, nunca queda supeditada a una fórmula, se diluye como una gota de agua en un charco, dejando una sucesión de círculos concéntricos plenos de sentido. Y es que «En el cielo/ se desnuda una/ sombra.// El pudor/ la/  cubre/ indiscretamente».

AIREA D. MATTHEWS. DESCENSO DEL COMPOSITOR

AIREA D. MATTHEWS

DESCENSO DEL COMPOSITOR

Cuando menciono los estragos del ahora, quiero decir de este momento.

Quiero decir los abruptos límites del tiempo y del espacio,

un continuo que se pliega sobre sí mismo en los intentos furtivos

por presenciar lo que fue, lo que es y lo que será. Pero lo que

 

yo en realidad pienso es que aquel tiempo y el espacio tienen límites abruptos.

¿Cómo lo sé a ciencia cierta? No, no soy un astrofísico. Aún tengo

que presenciar lo que fue, lo que es y lo que será. Pero lo que sé,

lo sé bien: cuerpos que desafían la limitación espacial.

 

¿Cómo lo sé a ciencia cierta? No, no soy un científico. Aún tengo

que demostrar que los cuerpos desafiantes existen incluso como teoría; ofrezco

lo que sé. Sé de sobra que mi cuerpo anhela el tiempo pasado,

un planeta en crónico retroceso, buscando la sombra del sol.

 

Como prueba de que existen cuerpos desafiantes en teoría, ofrezco incluso

la evidencia que tengo: mi vida y las vertiginosos órbitas de Mercurio, o

dos planetas en crónico retroceso, buscando la sombra del sol.

Es decir, dos objetos desapareciendo intencionadamente ante tus ojos.

 

Quizá la vida no es más que vertiginosas órbitas solares, o pliegues

dobles a lo largo de un continuo que se desmoronan al final y al comienzo,

lo que implica que la gente puede moverse a la inversa, yendo a su propia desaparición;

o al menos revivir los estragos de entonces, aquí y ahora.

Versión de Carlos Alcorta

NAJWAN DARWISH. NADA MÁS QUE PERDER.

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NAJWAN DARWISH. NADA MÁS QUE PERDER. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO, 2016

Resulta difícil imaginar que un poeta nacido en Jerusalén en las últimas décadas pueda sustraerse al peso de la Historia. Son tan dramáticas y terribles las circunstancias que dictan el curso de su vida que resulta imposible que la poesía sea ajena a ellos. El compromiso con su pueblo, el palestino, y la lucha por la supervivencia, una lucha que arraiga sus raíces en la memoria colectiva, recorre la poesía de Najwan Darwish (1978). La influencia del gran poeta palestino del pasado siglo, Mahmud Darwix (1941-2008) es innegable, aunque creo que la poesía del primero no ha alcanzado todavía la depuración y la exigencia estética del segundo, cifrada en los últimos años de su vida en escribir una poesía pura: «Para escribir poesía pura —decía Mahmud Darwix— hay que liberarse de la presión de la Historia, aunque sé que no es posible. Quiero que mi poesía se acerque a la música, algo que todos pueden entender». Pero, como decía, el peso del conflicto árabe-israelí es tan enorme que eximir a la poesía de su influencia es como pedir peras al olmo. La vinculación a un territorio fronterizo y efervescente en el que la violencia está indisolublemente ligada a la actividad cotidiana se deja notar ya desde los primeros poemas de Nada más que perder y la relación que mantiene el poeta con ella es ambivalente: «Te llamo Medusa,/ te nombro la hermana mayor de Sodoma y Gomorra,/ tú, la pila bautismal que sigue ardiendo todavía. // Cuando te dejo me convierto en piedra./ Cuando regreso me convierto en piedra». El poema titulado «Tarjeta de residencia» concilia magistralmente los orígenes ancestrales que han dado forma a su identidad árabe con la repulsa hacia quienes tratan de usar la religión como una coartada para imponer nuevas formas de opresión ancladas, sin embargo en el medievo: «Todos los lugares de los que vengo resistieron a sus invasores, no hay hombre/ libre con quien/ no esté unido por lazos de parentesco;/ y no hay un solo árbol/ ni una sola nube con los que yo no esté en deuda», escribe Najwan Darwish que, termina el poema de forma categórica: «Y si todo esto no es así, uno no es árabe».

Quizá porque no rehúye ninguna de las tragedias que asolan al pueblo palestino (de las que sacan partido las facciones más extremistas, como es bien sabido) —los titulados «Dormir en Gaza», «El autobús de la pesadilla que lleva a Sabra y Chatila», «Tantura» o «Cuatro cadáveres» son un buen ejemplo—, en sus poemas resulta imprescindible no recurrir a la descripción de carácter informativo para denunciar la impunidad con la que se cometen los crímenes, para levantar su protesta, para reclamar justicia; quizá porque su poesía habla de lo cotidiano y personal y lo hace con tan altas dosis de lirismo y verdad que logra trascender esa individualidad para llegar a universalizar sus sentimientos, en sus poemas prima el lirismo más exigente. Como escribe Nathalie Handal en el prólogo, «Su obra trasciende las fronteras nacionales. Trata la política sin intención didáctica, sin prédicas, sin apartarse del arte y la poesía; y el hogar y el corazón, a menudo entrelazados, abordan la esperanza en medio de la desolación». Esta sabia mezcla entre lirismo y descripción es fundamental para no caer en una poesía propagandística, para no imponer el mensaje, por muy ético que se presente, al juicio estético. No es fácil mantener ese equilibrio, sobre todo cuando se es testigo comprometido con la Historia. Los que padecen el desarraigo y son privados de su derechos más elementales, necesitan una voz que clame en su nombre, pero hay muchas formas de exigir y quizá se más efectiva, en este diálogo de sordos que mantienen palestinos y judíos, convencer al otro gracias a la sutileza, no con el bronco griterío. La poesía puede cumplir esa función si se escribe, como ha hecho Darwish —y la traducción de Juan José Vélez nos lo ofrece con maestría—, no sólo reflejando la realidad, sino indagando en lo que se esconde detrás de ella, como en el poema «Ammán», que transcribo completo: «Ayer quemé hojas de palma/ y alcé mis alabanzas a la desesperación/ para que ni el mismo Diablo/ sonara/ con venir a este lugar». Nada más que perder es un libro que habla del exilio, del dolor, de la pérdida del pasado desde la perspectiva del derrotado, pero no crea el lector que asistirá a una muestra tamizada de rencor, a un deseo omnipresente de venganza. Se reclaman derechos y justicia, pero también se aboga por el entendimiento, por la convivencia, por el patrimonio común del humanitarismo. Ojalá tantas razones para el pesimismo como venimos acumulando desde 1948 vayan perdiendo su fuerza. La esperanza es lo último que se pierde y el ejercicio de la poesía, el poema, puede ser un método incluso más eficaz que las plegarias para convocarla.