CARMEN CANET Y JAVIER BOZALONGO. CÓNCAVO Y CONVEXO-CARLOS EDMUNDO DE ORY. AEROLITOS-RICARDO VIRTANEN. EL FUNAMBULISTA CIEGO

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CARMEN CANET Y JAVIER BOZALONGO. CÓNCAVO Y CONVEXO. ESCDRÚJULA EDICIONES.

No son del todo infrecuentes los libros escritos a cuatro manos, si lo es, sin embargo, el género elegido en esta ocasión, el aforismo, y el tono dialógico que ambos autores se han autoimpuesto como fórmula. Toda afirmación sentenciosa viene, en Cóncavo y convexo, contrarrestada por una no menos sentenciosa réplica, sin bien en esta última apreciamos un matiz irónico casi ausente en la primera parte del enunciado. Como escribe Antonio Rivero Taravillo en el prólogo, «Lo que uno dice estimula la respuesta del otro, y viceversa, aguzándose la inteligencia en esas justas dialécticas», una inteligencia de la que ya han hecho gala tanto Carmen Canet —autora de varios libros de aforismos, como el titulado Luciérnagas— y Javier Bozalongo, poeta fundamentalmente, pero autor también del libro de aforismos, Prismáticos. Y es que, como afirman los propios autores, «el aforismo se ha movido desde su aparición en un territorio fronterizo entre la poesía y la filosofía».

     El volumen, en el que prima siempre un ejercicio lúdico, está dividido en cuatro secciones: «Escribir», en la que predominan reflexiones sobre el aforismo: «Cuando se abre una ventana y un libro, se respira mejor.// Los aforismo son un soplo de aire fresco» o sobre la escritura en general: «Los que escriben (leen) ficción y viven realidad, llevan una doble vida. // Vive tu propia ficción, que la vida se encargará de empobrecerla» o «Escribir no te hace ser mejor. Leer sí. // Escribir te hace sentir bien. Leer, tener todo a tu alcance». La segunda sección, «Ver (se)», se concentra en analizar la identidad, siempre escurridiza y reinterpretada en función del ojo interior que contempla la existencia: «La vida, unas veces, es un espejo cóncavo y otras, convexo. // La vida, otras veces, es un espejismo».

     «Amar» se titula la tercera sección y quizá sea en ella en la que el elemento lúdico está más presente, incluso en la disposición tipográfica de los textos, que se escalonan en peldaños que pretenden encontrar la raíz del sentimiento. «Hacer (Política)» es la cuarta y no es difícil encontrar el nexo común que origina estos aforismos con vocación didáctica o ejemplarizante: «Abstenerse es atenerse a lo que venga. // Votar a unos es recusar al resto. Vota». La última sección se titula «Vivir» y, como no podía ser menos, su contenido es misceláneo, como la vida misma, aunque hay cierto tono escéptico, necesario, por otra parte, para amoldarse a los vaivenes de la existencia: «El tiempo moldea hasta la retina. // Es lógico que a lo largo de la vida nuestra mirada cambie». Además de originalidad, en Cóncavo y convexo encontramos sabiduría, humor y templanza, ingredientes del todo necesarios para saber vivir.

CARLOS EDMUNDO DE ORY. AEROLITOS. EDICIÓN DE JOSÉ RAMÓN RIPOLL. LA ISLA DE SILTOLÁ.

José Ramón Ripoll, excelente poeta y afinado crítico, ha realizado para esta edición un prólogo imprescindible, como no podía ser menos, tratándose como se trata, de uno de los mejores conocedores de la obra del gaditano. En poco más de diez páginas ha logrado sintetizar la obra aforística de Carlos Edmundo de Ory (1923-2010), uno de los escritores más inclasificables de nuestra literatura, que frecuentó la poesía —fue uno de los creadores, junto con Eduardo Chicharro hijo y Silvano Siranesi, del Postismo (1945) y animador de otro proyecto, mucho menos conocido, llamado Introrrealismo junto al pintor Darío Suro—, el diario —conservo como Eunice fucata—oro en paño la edición de y el texto breve, que llamó aerolitos, «esos fugaces instantes de conciencia —en palabras de Ripoll— representados por frases aparentemente inconexas que, desde el espacio caótico del pensamiento, caen sobre el papel tras un viaje milenario. Son formas perdidas en el sueño, experiencias acumuladas de lecturas, luces de la observancia que van configurando en su esparcimiento el extracto apriorístico de su poesía», una poesía que posee claras influencias orientales sazonadas con lecturas de filosofía y poesía occidental. Estamos ante alguien que —recurrimos de nuevo a Ripoll— «ha aprendido a congelar la imagen del presente, aislarla de su pasado y de su futuro, desnudarla de referencias aditivas e insuflarle vida desde su propia negación».

     Esta antología —a lo largo de los años se han realizado varias en diferentes editoriales— no pretende ordenar por temas o categorías los aerolitos seleccionados (Jaume Pont, a quien alude Ripoll, precoz estudioso de la obra de Ory, a quien dedicó la antología Poesía abierta en 1974, ha establecido siete divisiones conceptuales), al contrario, la selección es heterogénea y debe ser el lector quien, en su caso, realice dicha clasificación, en caso de considerarla necesaria. Lo que sí podemos afirmar es que, se abra por la página que se abra el pequeño volumen, no defraudará a nadie. Son innumerables las reflexiones que disturban nuestro pensamiento. Veamos algunas de ellas, entresacadas el azar: «Ciego son aquellos que no ven lo invisible», «La palabra fragmentaria desquicia el mundo. Sacraliza y profana todo y todo lo vuelve al revés», «El escritor mira cómo le está mirando el papel en blanco», «Ningún espejo refleja la mismidad del ser»o «Para obtener la lluvia se vierte agua sobre una muchacha desnuda (paganismo germánico)». Hondos, profundos, pero sin que falten en muchos de ellos los ingredientes del humor, porque, como escribe Ripoll, «Los ángeles, la lluvia, la muerte, la música, el silencio, Dios, las hormigas, el ser, el espíritu, la enfermedad, la locura, la poesía y una serie de temas que bien podrían configurar un itinerario personal […] dan cuerpo a estos Aerolitos, género de géneros o acumulación cósmica».

 

RICARDO VIRTANEN. EL FUNAMBULISTA CIEGO. AMARGORD EDICIONES.

Ricardo Virtanen (Madrid, 1963) representa de forma fehaciente al artista multidisciplinar contemporáneo. Dejando al margen su fecunda carrera profesional como profesor en distintas disciplinas, su labor artística, no menos fecunda, se expande en diferentes géneros artísticos: la música —ha publicado una cuarentena de discos con diversas formaciones y bandas musicales—, la pintura y, sobre todo, la literatura, en varias de sus representaciones, la poesía —especialmente el haiku—, el diario, la crítica, el ensayo o el aforismo, en el cual encuadramos El funambulista ciego, que recoge textos escritos entre los años 2001 y 2005 (y este dato no es irrelevante, puesto que en la solapa se anuncia un nuevo título). Este volumen libro que cuenta con un breve, pero suficientemente aclaratorio, prólogo de Luis Martínez de Velasco, en el que sitúa la procedencia de los aforismos de Virtanen dentro de aquellos que parecen «pedazos sueltos, restos de un naufragio […] que desde un punto de vista filosófico, sirven para hacerse una vaga idea melancólica de la magnitud y riqueza del barco hundido».

     Ocho secciones integran el libro, secciones en las que conviven aforismos en buena vecindad. En «La metafísica de los sentidos» y en «Estados de vigilia»la reflexión existencial parece ser al columna vertebral. La muerte, el vacío o el paso del tiempo centra las preocupaciones del autor: «Toda vidas es provisional», escribe en la primera sección, o «A la muerte no hay que mirarle a los ojos. Se queda con tu cara», en la segunda. Las complejas estructuras del yo van diluyéndose en los aforismos de «La sartén de Voltaire», aunque la presencia de la muerte sigue dominándolo todo: «Abomino de todo lo que el tiempo abandona en mí, residuos de mi otro yo, incompatible y extraño a un tiempo con lo que dice ser mi ahora». «El pararrayos de Pascal», subtitulado “razón de efectos”, «Ars Artis» —invectivas en contra de la banalidad del arte, incluida la música—, «La linterna del creador», reflexiones sobre el acto de crear, fundamentalmente sobre el escribir. Cuánta verdad encierran frases como estas: «Lo terrible no es la página en blanco, tal y como propugnan algunos estetas de salón, sino la página escrita. El problema radica en aceptar, borrar, romper la insolente página escrita».

     «La idea en el hecho», título de la penúltima sección que iba a ser inicialmente el título del libro completo, recoge reflexiones no sobre la estructura del poema o del aforismo sino sobre su esencia. La idea que los estimula, porque «Un poema es idea llevada al hecho» y «un aforismo es la perseverancia de una idea que tiene su contrario». La última sección, «El talón del sastre», recoge variados homenajes a autores como Bergamín, Gerardo Diego, Neruda, Juan Ramón o Azorín, por citar algunos no siempre vinculados armoniosamente. Como decía la principio, Ricardo Virtanen, es un mago de la creación, más que un funambulista, parece un ventrílocuo, porque logar hablarnos con diferentes voces que nunca dejan de ser la suya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GNACIO CARTAGENA. LOS ÚLTIMOS DÍAS DE PLINIO EL VIEJO.*

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IGNACIO CARTAGENA. LOS ÚLTIMOS DÍAS DE PLINIO EL VIEJO. EDITORIAL ARS POÉTICA

A pesar de haber publicado con anterioridad seis libros de poesía —Los últimos días de Plinio el Viejo es el séptimo—, no había tenido la oportunidad de conocer la obra de Ignacio Cartagena (Alicante, 1977), y bien que lo lamento, porque la lectura de este libro me ha deparado excelentes momentos y muy gratas sorpresas por más que recurra a un viejo tópico —quizá no tanto como el del manuscrito— como es el de un supuesto legado, en este caso con los poemas que han ido escribiendo a lo largo de su vida un anacrónico profesor: «A los pocos días de fallecer mi profesor de latín, a quien llamábamos Plinio el Viejo, su viuda, que también fue profesora mía, de matemáticas, me llamó para entregarme unos cuadernos llenos de versos». Pues bien, con este supuesto material Ignacio Cartagena ha organizado y publicado un libro atendiendo al requerimiento de la viuda y lo ha dividido en las siguientes secciones: «Lluvia tras los cristales», integrado por los poemas que escribió en los últimos años que ejerció como profesor; «Ensayo de paz perpetua», con poemas escritos durante la jubilación y «El bárbaro Odoacro», con los poemas últimos. Se incluyen, además, dos largos poemas sin fecha: «Desnudo para principiantes» y «La academia de la lengua» y unos «breves fragmentos arqueológicos» que Cartagena ha titulado «En la Ciudad Efímera». Lo primero que nos llama la atención es que dichos poemas parecen estar escritos por un hombre de espíritu jovial que casa mal con la idea preconcebida que tenemos de un profesor a punto de jubilarse o ya jubilado, aunque recurra a una escenografía clásica, como hizo magistralmente, y salvando las distancias, Kavafis: «Dos mil años más tarde, en esta casa, / los gestos que acabamos desechando / tendrán las asas rotas, y sus curvas /serán de arcilla espesa, / sin esmalte».

     El desparpajo y la ironía frecuentan estos poemas de principio a fin. No hay afán alguno de trascendencia y si mucha anécdota —versificada con un ritmo ascendente y métricamente ortodoxa—, hilarante en muchos casos, como en el largo poema «Desnudo para principiantes», en el un manual de pintura pone patas arribas la convivencia familiar: «Quité el precinto / —con una vaga idea de cruzar el Rubicón— / y abriéndolo al azar os enseñé / a ti, s tu madre y desde luego / a tu hijo adolescente, esas valquirias…».

En la segunda sección, «Lluvia tras los cristales», el magisterio, visto desde diferentes ángulos, es el tema central. El contraste entre la juventud de un alumnado más preocupado por seducir y juguetear con el sexo opuesto que por aprender una lengua muerta lleva al profesor a reflexionar de esta forma: «Yo soy la decadencia de mi mundo, / la tumba de mis propios descendientes, / la crisis —hecha carne— de mi siglo. / … Perdón, Minerva, ya sé que me alargo». Este es el tono general de todo el libro. Prima en él un contenido sarcasmo que se tiene a sí mismo como diana, algo que no debe resultar nada fácil a un provecto profesor (como he dicho antes, esta dislocación entre la factura de los poemas —más propia de, por ejemplo, un tesinando o de un becario— y la supuesta venerabilidad de un profesor en sus últimos días, resta credibilidad, que no intensidad y emoción, a estos poemas).

     En «Ensayo de paz perpetua» la sensualidad juvenil se impone. La influencia de poetas de la línea clara, sobre todo de un Juvenal Soto o de Luis Alberto de Cuenca, parece clara, como delatan estos versos, que marcan la inflexión general de todos los poemas: «Moviendo el agua espesa del otoño, / disuelta, diluviada tantas veces, / filtrada por un muesli diminuto / de conchas de cangrejos, de alquitrán, / pasea la odalisca / tan fresca, tan recién desayunada, / que a medio metro escaso de mi sombra / diríase pintad por un Rubens»).

     El asunto de la vejez y sus consecuencias se instala en los poemas de «El bárbaro Odoadro», pero no se muestra como una tragedia irreparable. El sentido del humor sigue impregnado estos poemas, algunos construidos partiendo de frases comunes: «Parece que fue ayer, el otro día / en la presentación. Tosía mucho, / se le iba fácilmente la cabeza. // Me dijo que y ano tenía fuerzas ni palabras. / En fin, que lo dejaba». El juego de identidades se amplia ahora hasta Euegenio Montale, de quien se reproducen tres poemas apócrifos.

     El libro finaliza con la sección «La Academia de la Lengua» es acaso la más heterogénea, aunque la poesía, desde la construcción del poema a la experiencia vital de al que se nutre o la relación, tan analizada, de poesía y vida predominan en ella: «Delante de los torvos catedráticos / —preséntese y exponga sus motivos— / les digo la verdad: “mi nombre es nadie”. / — Reuma, por favor: sin poesía. // Me observan mientras leo algunos versos. // — Son malos, la verdad. Peor, mediocres». A tenor de lo leído, los poemas del desencantado profesor de latín —de Plinio el Viejo— que Ignacio Cartagena a tenido a bien rescatar del anonimato, merecen una lectura distendida que permita indagar en todo lo que se esconde detrás de la equilibrada sátira que sirve de envoltura a los versos.

‘Los últimos días de Plinio el Viejo’, de Ignacio Cartagena

RAFAEL SOLER. LEER DESPUÉS DE QUEMAR*

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RAFAEL SOLER. LEER DESPUÉS DE QUEMAR. OLÉ LIBROS. COLECCIÓN VUELTA DE TUERCA

La decisión de publicar una antología de la obra poética de Rafael Soler (Valencia, 1947) nos parece sumamente acertada. Soler es autor de cinco libros muy espaciados en el tiempo —el primero, Los sitios interiores, data de 1980— y una antología es, en la práctica, la única manera de poder leerlos (no olvidamos que ha publicado además otras dos antologías, ambas en 2012, pero la peculiar ordenación de esta, la confiere una originalidad muy atrayente). El sentido del humor que impregnan muchos de los poemas que integran este libro se manifiesta ya desde el título del prólogo, «Y luego dirán que esto no es un prólogo», en el que, en cinco puntos, establece las coordenadas que definen esta antología y su propia poética. Soler concibe la poesía como «un legítimo acto de defensa», aunque no quede muy claro de qué tiene el autor que defenderse. El punto tres nos explica, con unas breves pinceladas no exentas de lirismo, las razones que motivaron la escritura de sus libros: «… el autor escribió Los sitios interiores (sonata urgente) (1979, como glosa de un viaje adolescente que no da por concluido; Maneras de volver (2009), como muestra sagrada de cuanto sobrevivió al turbión de veinticinco años de silencio editorial; “Las cartas que debía” (2011) , como ajuste de cuentas con lo grande y menudo; Ácido almíbar (2014), como una incompleta reflexión sobre la falta de respeto que supone que sin permiso nos nazcan, para ser luego sin permiso tramitado y No eres nadie hasta que te disparan (2016), como un aproximación, que quisiera solvente, a una forma distinta de afrontar el poema y sus epifanías “anda, cuéntanos la historia si te atreves”». La cita es larga, pero resume a la perfección lo más sustancial de cada libro.

     Lucía Combo es quien se ha encargado de seleccionar los poemas, aunque no sabemos si ha sido también la responsable de su ordenación, una ordenación temática que renuncia a seguir la cronología de publicación y que nos permite comprobar la coherencia interna y la unidad tonal de los poemas de Rafael Soler, de tal forma que resulta muy difícil encontrar grandes diferencias entre poemas escritos con una diferencia temporal de veinticinco años, como sucede, por ejemplo con ese collage emocional que Soler practica en el poema titulado «Hay que ser lo que se es o no ser nada», perteneciente a su primer libro, fechado en 1980 y «Cuaderno de rodaje», de No eres nadie hasta que te disparan, publicado en 2016. ¿Podemos considerar estas similitudes como un demérito, como una renuncia a evolucionar poéticamente? Sinceramente, creo que no, antes al contrario, adquirir una voz personal lleva su tiempo, a veces décadas y varios libros, por eso encontrarla con tanta anticipación no puede ser más que un síntoma de la enorme magnitud poética, literaria —mejor sería decir, puesto que Rafael Soler es también novelista— que atesora Rafael Soler.

     Pero volvamos a Leer después de quemar, un título que podemos tomar como paradigma del sistema compositivo de nuestro autor, a quien le gusta jugar con las frases hechas, unas frases que pertenecen a nuestro acervo cultural, para modificar, para incrementar su significado: Sus versos están, desde sus títulos, llenos de estos juegos semánticos: «El viaje es lo que importa», «perder hasta la vida con sus moscas» o «Cuerdo de atar estoy que vivo». El libro está divido en seis secciones, «Basta callar para que todo empiece», una desencantada reflexión sobre la existencia, en la que, sin embargo, pone el destino en manos del propio individuo, sin ningún apoyo externo, como la religión, por ejemplo: «vivir es decidir / y todo error es tu grandeza // pues sólo cuando llegas / das por cumplido lo vivido»; «Perdidos en la misma cama», en la que Rafael Soler demuestra ser un maestro de la sensualidad y de la ironía —muy cercana en su intención, aunque la fórmula sea distinta, a la de Luis Alberto de Cuenca. Veamos un ejemplo: Afila el ceño / ponte si quieres la capucha / finge olvidar estrena una toalla // entra con tu paso de adelfa / en el banquete sin alma de los otros / busca un funcionario átale claudica…»—; «Nadie dijo que esto iba a ser fácil» nos habla de la constancia del paso del tiempo, otro de los temas eternos, como el amor o la conciencia del destino final en el que estamos condenados a desaparecer: «No dejarás en nada huella / ni quedará tu voz entre las ramas…»; «El principio del fin es amarillo», la siguiente sección, continúa con la reflexión precedente sobre el paso del tiempo y sobre la escasa huelas que dejaremos cuando nos hayamos ido. La vida es como una película en la que uno puedes elegir ser el protagonista o un actor de reparto y tanto un papel como otro se viven sin tragedia, asumiendo lo irreparable del tránsito vital, «Quien por todos habla» es, sin duda, la sección más imprecatoria. Se pide a un Dios que se muestra incapaz de ofrecer respuestas un gesto, acaso una disculpa, por hurtar al ser humano un futuro más esperanzado, no sin cierta ironía: «Gracias te doy Señor del Abandono Manifiesto por este lúgubre silencio de las ocho / por el agua del grifo sin lavabo…»; la última sección, «Cuerdo de atar estoy que vivo», las más breve, es una constatación de que somos finitos, o quizá por eso, las espadas siguen en alto porque cada palabra escrita afirma la vida.

     Los poemas de Rafael Soler refutan la realidad, lo preconcebido porque, gracias a un lenguaje exuberante y una adjetivación neobarroca, logra presentar una realidad diversa, no uniforme, con perspectivas múltiples que combinan el tiempo pasado con el presente y el futuro en un mismo plano mental (la sombra de Eliot es posible que se perfile en este intento). Por otra parte, Soler parece tener siempre cierta urgencia por dejar en la página la emoción o el recuerdo de manera casi inmediata —lo que me recuerda, en cierto modo, a Neruda, también en el uso de la adjetivación— y cierta propensión a impedir que cualquier retazo de esa experiencia se dilapide en los abismos de la memoria, y esta es, creo, una de las muchas virtudes de este estupendo libro.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 14/05/2019

JAVIER BOZALONGO. ESTE PÁIS.

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JAVIER BOZALONGO. ESTE PÁIS. EDITORIAL JUANCABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO

Este país, el nuevo libro de Javier Bozalongo (Tarragona, 1961), se ha venido gestando durante varios años, al compás de las noticias periodísticas que han dado pie a los poemas, poemas que podemos leer como réplica literaria al lenguaje meramente informativo que presenta una realidad insolente, atroz, absurda, podríamos decir incluso, sino fuera porque la tozudez de los hechos confirma los peores augurios. Pero el lenguaje literario, el poético, busca despertar otras sensaciones, sobre todo cuando se contempla al poema como último refugio de resistencia frente a esa realidad tan absorbente y premeditadamente hostil. No estamos, sin embargo, en Este país, ante una poesía de compromiso porque se trata de establecer un equilibrio entre la realidad y la escritura en el que la poesía sea fruto de una práctica social que ostente, en sí misma, una función social, como la ostenta, por ejemplo, el lenguaje periodístico. «Mucho más que las consignas o los discursos trascendentes, importa en los poemas de Javier Bozalongo la experiencia del ciudadano común ante la crisis de los últimos años: la sensación frustrante de quien se enfrenta a las estafas, a los recortes, a los efectos del rescate bancario», escribe Antonio Jiménez Millán en un atinado prólogo. Resulta evidente que el poema poco más puede hacer que constituirse en un acto simbólico y que existen otras maneras más activas de reclamar justicia social, honradez o solidaridad, pero la palabra poética es capaz de trastocar las conciencias con mayor intensidad que las meras proclamas ideológicas, al menos, esa es la esperanza que uno tiene, esperanza que se ve confirmada al leer estos poemas de Bozalongo, aunque la aspiración que pronunciaba Gil de Biedma en el verso que sirve de epígrafe al volumen («Que sea el hombre el dueño de su historia») está muy lejos de cumplirse.

     Sin llegar al elevado tono imprecatorio con el que se dirigían a Dios poetas como Blas de Otero o José Luis Hidalgo, enlazando preguntas para las cuales ambos sabían que no había respuesta, Bozalongo recrimina esa actitud indulgente con los poderosos no solo del Altísimo – quien, por cierto, no vive ya en las nubes sino en lujosos despachos de rascacielos— sino de su cohorte de exégetas: «El poderoso Dios, con traje y corbata, / se preocupaba solo de su propio bolsillo / sin importarle que alguien le robara / unas pocas manzanas». Como podemos comprobar, el uso de un lenguaje coloquial y directo pero, a la vez, cargado de fuerza poética es lo suficientemente revelador como para no necesitar diseños o tipografías provocadoras. En muchos casos, las ideas, trasmitidas casi como susurros, tienen tanta fuerza o más que los carteles publicitarios o las exhortaciones multitudinarias. «Vives en el país del miedo —escribe Bozalongo—. […]Ese país existe. // Una vez instalado no es fácil emigrar, / las maletas se aferran al armario / como el óxido al hierro / y no hay salvoconducto que te aleje de allí». // Vives en el país del miedo». Pero no solo el miedo ha tapado muchas bocas —los «collages» de Juan Vida, en este sentido, “hablan” por si solos, lo que no impide que sean el perfecto complemento a los poemas de Bozalongo—, también el desinterés por el prójimo, esa rebaja que hemos ido haciendo, casi sin darnos cuenta, en nuestras expectativas de futuro y que nos mantiene aletargados, sin capacidad de crítica: «Elegantes, corruptos, / retóricos, ladrones, / banqueros, rescatados del olvido / nos miran con desdén mientras nosotros, / no solo conformistas sino desmemoriados, nos mecemos / tranquilos en las arcas vacías»: No se trata de entonar un “mea culpa” tanto individual como colectivo, pero, visto lo visto, esta especie de rapapolvo no carece de fundamento, antes al contrario, es bien merecido, porque nos dejamos embaucar sin oponer resistencia, pensando acaso en recoger algunas migajas del banquete: «Alguien mencionará con mucho orgullo / las palabras de moda a modo de conjuro: / emprendedor, becario o incentivo / esperando que tú les des a cambio / silencio y sumisión».

     No necesita tampoco Javier Bozalongo recurrir a sesudas teoría sobre los males del capitalismo para corroborar los perjuicios que el ultraliberalismo está causando en una sociedad del bienestar como la nuestra, aún muy endeble. Le ha bastado leer la prensa diaria con ojos inquisitivos y la mente despierta —no podemos olvidar que los grandes grupos informativos y editoriales dependen financieramente de las corporaciones bancarias— para verificar el engaño sistemático del que somos objeto. ¿Puede remediar la poesía en alguna medida el estado de las cosas? Seguramente no, pero no por eso deja der ser más necesaria que nunca. Si no es capaz de detener el deterioro social, al menos puede contribuir a hacernos más conscientes de su quebranto porque, como escribe, el autor: «Puedes seguir luchando mientras sepas / que en más de una ocasión / las cosas no dependen de nosotros, / pero siempre hay salida: / tal vez una conversación, / una lectura atenta, / dejar que tu mirada se aleje de ti mismo. // Tal vez la poesía».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 7 de junio de 2019

 

ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES*

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ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. DEFENSA DE LAS EXCEPCIONES. PREMIO DE POESÍA HERMANOS ARGENSOLA, 2018. EDITORIAL VISOR

Aunque comenzó a publicar con apenas veinte años, ha sido en esta última década cuando la poesía de Andrés García Cerdán (Albacete, 1972) ha sido reconocida y admirada tanto por los lectores como por la crítica. Desde La sangre, que obtuvo el Premio Valparaíso de Poesía en 2014, ha acumulado en su haber diferentes galardones. En 2015 obtuvo el Premio Alegría por Barbarie. Puntos de no retorno se publicó gracias al Premio San Juan de la Cruz de 2017 y este Defensa de las excepciones obtuvo el Premio Hermanos Argensola en 2018. Como se ve, parece haber cierta unanimidad crítica a la hora de valorar su poesía más reciente, y lo cierto es que es de toda justicia, porque Andrés García Cerdán ha conseguido algo, desde mi punto de vista, nada fácil, hacer cómplice al lector de un discurso crítico del que, por cierto, el personaje que actúa como poeta, forma parte.

     Así comienza el primer poema del libro, «Sobre el error»: «Me equivoco. Cometo errores. / Digo cosas inoportunas. / con frecuencia imposible deseo lo imposible». Un lenguaje cotidiano y directo que en nada se compadece con esos recursos más propios de cierta poesía metafísica, unos recursos de los que la visión contemplativa de la existencia suele hacer acopio como medio para sublimar el vivir diario, unos recursos que, además, son utilizados para exacerbar la renuencia a todo contacto con lo mediocre, con lo feo, con lo doloroso. La poesía de Cerdán no busca evadirse de la realidad, no levita, está a ras de tierra porque al autor no el importa adentrase en el lodo de los acontecimientos, es más, busca a conciencia inmiscuirse, no permanecer ajeno a sí mismo, aun a costa de ser el asunto central de sus poemas: «Atrévete a decir lo que te duele / y el precio que has pagado por llegar / hasta aquí, casi en agonía, cuando ya ni siquiera es importante estar / o no estar». Los versos finales de este poema, titulado «Decadencia», son especialmente desalentadores: «Atrévete a rendirte de una vez. / No insistas. No eres más que un pobre diablo. / no tienes hijos y no dejas nada. / Ni siquiera tus enemigos son / muchos o poderosos. Dales / eso que te queda, tus pesadillas, todo. / Dales todo, excepto el placer de verte / caer mañana como una inmensa / montaña que se hundiera en el océano». Son las ideas que Cerdán ha ido adquiriendo acerca del sentido de la vida las que provocan el poema, y no al revés, de hecho, menudean los poemas en los que se aborda esta cuestión de una forma más o vemos simbólica, así en el poema titulado «Gota», escribe: «En secreto destilo mi poema. / Arde en mi boca, / le doy / un lugar en el que echarse / y cobrar forma» y en «Defensa de las excepciones», el poema que da título al libro, escribe: «… pues busco la palabra / y en ella creo y soy entero de palabras. / Defiendo esta excepción y, día a día, sueño / con ser algo más grande para alcanzarte a ti, / para alcanzar las ramas más altas del manzano».

     No albergamos la menor duda de que Andrés García Cerdán sabe combinar con suma destreza los raptos de la inspiración con la depuración técnica que esta precisa habitualmente (aunque hay algunos poemas más desbordados en los que percibo las influencias de Dylan Thomas), pero no expone sus poemas a una rigurosa depuración estilística que, a buen seguro, les restaría gran parte de su frescura, de esa sensación de estar escritos de «un tirón», sin sufrir la tijera la goma de las correcciones. Por el contrario, imaginación y técnica reman en el mismo sentido y las secuencias rítmicas se suceden sin altibajos, amoldándose el sentido tanto al verso como breve como a las tiradas de endecasílabos.

     Por otra parte, Defensa de las excepciones, a pesar de no poseer divisiones internas, no es un libro unitario —y no hago constar esto como una rémora o un defecto—. Formalmente —ya lo he dicho antes— es heterogéneo —también lo son las influencias percibidas—. El autor usa diferentes estructuras formales, desde el poema breve, como los titulados «Charles Simic» o «Lecturas de poesía polaca», al poema extenso, construido como un bloque semántico —«Defensa de las excepciones», por ejemplo— o el poema en prosa —«The Bansky’s girl»—. Los temas que arman sus poemas —algunos de los cuales mantiene una relación directa con aquellos que han dado pie al ensayo La muerte del lenguaje— son también muy variados, aunque hay una perspectiva común a la hora de afrontarlos, una más que presunta connivencia con el personaje que protagoniza el poema, sea este Robespierre o un francotirador anónimo.

     Hoy que tanto se habla de la modernidad líquida y de la falta de asideros del ser humano contemporáneo, comprobamos que no toda la poesía actual se pliega a estos presupuestos. Si la poesía de García Cerdán cuenta con muchos lectores se debe a que no abusa de la retórica pseudometafisica ni literaturiza la realidad más allá de lo estrictamente necesario. Habla de un hombre corriente que no necesita mitificar sus actos para darlos un sentido, no solo personal, sino colectivo. Quizá por eso su voz suena natural, no impostada, y eso es algo que solo consigue quien sabe a dónde quiere llegar —aunque ignore el modo de hacerlo— y conoce muy bien su oficio, por eso respeta y mima las palabras, el verdadero tesoro de todo poeta, de todo escritor.

‘Defensa de las excepciones’, de Andrés García Cerdán

ANXO PASTOR. HIERBA RESPIRADA–ABRAHAM GUERRERO TENORIO. LOS DÍAS PERROS–CARMEN BELTRÁN. LA METEORÓLOGA DE SÍ MISMA

ANXO PASTOR.jpgABRAHAM GUERRERO.jpgCARMEN BELTRÁN

 

ANXO PASTOR. HIERBA RESPIRADA. COL. POESÍA EDITORIAL TREA.

En edición bilingüe se presenta este título del poeta y dibujante gallego Anxo Pastor (Vilardonas-Ribas do Sil. Lugo, 1959), un poeta que no se prodiga mucho, ya que su anterior libro data de hace veinte años (Sombra fértil, 1999), acaso absorbido por su dedicación al arte —dirige una galería de arte en Vilagarcía de Arousa— aunque su vinculación con la poesía es insistentes, sobre todo a través de la página de poesía «La nube habitada»m de la revista digital fronterad.

En Hierba respirada, como el propio título deja intuir, la naturaleza posee un protagonismo especial, pero no se piense solo en una naturaleza vegetal. Hay animales como el lobo («Extraño de ti mismo, / huye, / lame con tu lengua toda esta tierra. / Hazte mañana, / primera nieve»), seres reales como los pastores («Príncipes de la tierra. / Sujetando los días») y seres que combinan lo real con lo imaginario, como las brujas («Qué elásticos y prometedores / son nuestros deseos, / qué necesarias estas brujas voladoras, / estas confidentes de los visible envilecido»). Entreverada en muchos de estos poemas encontramos reflexiones metapoéticas que se preguntan por el alcance de la palabra («Palabras / con la cabeza ladeada / como animales dormidos») o de la escritura («Y nos lee la niebla / Y nos escribe la nube / Y nos brotan silenciosos los días»). La poesía de Anxo Pastor busca la esencialidad —de hecho, algunos de sus versos constan de una sola palabra— de la existencia, pero no indagando sobre cuestiones ontológicas, sino extrayendo de dicha existencia pequeñas enseñanzas que son como bocetos, pinceladas de un óleo inacabado, impresiones fugaces que el lector se verá obligado a retener en su memoria cuando trate de descifrar el misterio y la belleza de las cosas que le rodean.

ABRAHAM GUERRERO TENORIO. LOS DÍAS PERROS. COL. TIERRA. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

No es frecuente leer un primer libro de un autor joven —Abraham Guerrero Tenorio (1987) ha escrito Los días perros con menos de treinta años— que posea tanta firmeza en la dicción y tanta frescura en su forma de abordar la realidad. No se puede negar que se transparentan muy conocidos referentes poéticos en estos versos y que la influencia de la música pop actual, del cine y de las series televisivas —como delatan las citas— es evidente, pero Guerrero Tenorio ha conseguido destilarlas y ofrecernos un libro personal, una especie de diario que reproduce las experiencias vividas a lo largo de una semana en una ciudad —Hannover, a juzgar por las menciones que se hacen a ella en distintos poemas—. La sensación de extranjería está muy presente, pero no se vive con excesivo dramatismo. Hay cierto humor —¿negro?— entre tanta resignación: «A veces salía el sol / y pedaleábamos a la orilla de la catedral / y veíamos a los niños jugar al fútbol / y a las hormigas beberse el césped / y la sentaba entre mis piernas / como si mi cuerpo fuera el invierno», un humor que afecta también a la relación del autor con la propia poesía: «¿En qué momento la poesía se fue / como un descapotable negro por un túnel?», sobre todo cuando se ve obligado a establecer una jerarquía entre literatura y vida, algo que parece ser motivo de un debate interno: «Es absurdo —escribe— el compromiso con la literatura, / no todas las vidas cuestan lo que un poema». Ese debate es el que le impulsa a menospreciar la poesía: «Luego piensas que esa es la poesía / una catarata untuosa y enérgica que muere / vaciándose, migaja a migaja por el grifo / de un fregadero», a decantarse por la vida: «quiero decir que no me interesa la poesía, que es sábado / y soy feliz y me acurruco en la certeza de que no soy / Machado, ni Baudelaire, ni Blas de Otero ni Villena / ni todos esos poetas que me hablan de cosas tan triste». Los días perros es un libro sobre las dificultades de vivir en un país extraño, con un idioma distinto, con unos usos sociales diferentes; es un libro sobre la precariedad laboral o la añoranza familiar, pero también describe la educación sentimental de un joven obligado a enfrentarse a los retos de la vida: «Era Steinor, el sueño alemán, allá fuimos, / coge el 10, justo el 10, directo al extravío / del sábado» y lo hace con un ritmo discursivo sin alteraciones que no altera en ningún momento la indagación introspectiva, lo hace, en fin, con una soltura propia de poetas más experimentados.

CARMEN BELTRÁN. LA METEORÓLOGA DE SÍ MISMA. ANTOLOGÍA PERSONAL (2004-2014). EDITORIAL LA CABAÑA DEL LOCO.

Diez años de creación poética abarca esta antología de Carmen Beltrán (Logroño, 1981), una antología que debiera situar a su autora en el lugar que su calidad poética merece, aunque los inconvenientes de vivir en la periferia son, cuando no guía los actos la ambición desmesurada, todavía un gran obstáculo para lograr la justa difusión de una obra tan coherente como la de Carmen Beltrán. Tanto es así que, como escribe en el prólogo, esta es la tercera vez que se embarca en el dicho proyecto antológico y las dos veces anteriores se vio truncado por la propia exigencia estética de la poeta —algo que le honra—, descontenta con sus primeros poemas, por eso de su primer libro, Prohibido jugar (2004), solo hay seleccionados dos poemas. Pecado original, su siguiente libro data de 2007, y de él la selección es más amplia. Es a partir de este título donde comienza a configurarse la voz de Beltrán porque va tomando conciencia del paso del tiempo —aunque sea extremadamente joven en el momento de escribirlo—: «La juventud es una enfermedad dolorosa. / A nosotros, tan jóvenes y tan bello, / tener tanta suerte nos parecía una injusticia».

En Cuaderno de sal (2010) el poema comienza a prescindir de la retórica y se embarca en un proceso de indagación sobre su propia esencia: «la punta del iceberg / del poema / debajo / su corazón de hielo / enraizado en la herida / que lo provoca» y sobre la fijación del poeta por decirse a través de la escritura: «me derramo / en el papel / en blanco / no encuentro mejor lugar / no me conoce / no me condiciona / no me juzga / no me ama / no sé si me espera / pero a él me doy / lo inundo de mí/ lo lleno de sal». El papel, la hoja en blanco parece ser más real que la propia realidad: «la realidad / cada vez ocupa / menos espacio / en mi existencia».

Ser como el pan (2014) su último libro publicado, y con el se cierra la antología (la autora no ha querido incluir, como es habitual, poemas inéditos), es el fiel testimonio de una circunstancia vital que ha trastocado la existencia de la poeta, la maternidad, y esto se percibe en la mayoría de los poemas («por el amor / de tu cuerpo pequeño / amo todos los cuerpos / incluso el mío // milagro es /lo que se parece a ti»; «mi niña calma / su hambre en mi / afuera cae / una lluvia tibia / que huele a pan») hasta el punto de que la autora se pregunte, ante tanto desbordamiento vital, sobre la utilidad de la poesía: «por qué hoy la poesía / para qué», para concluir que «necesitamos agarrar / personas calor cosas / algo / y ese algo / bien puede ser un poema». Ojalá sea cierto y Carmen Beltrán —la meteoróloga de sí misma—no nos haga esperar mucho para leer sus nuevos poemas.

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. PÁJAROS EXTRAVIADOS*

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. PÁJAROS EXTRAVIADOS. EDITORIAL PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960), tiene una trayectoria poética —es también novelista, traductor (sobre todo de poesía portuguesa) y crítico literario— muy amplia que ha reunido en tres etapas, la primera, que abarca desde 1983 hasta 1989, la ha titulado El don impuro; la segunda, titulada Maleza, se ocupa de su producción desde 1990 hasta 2010 y la tercera, a la que pertenece el libro que comentamos, Pájaros extraviados, en palabras del propio Cilleruelo, «aún carece de nombre y concreción», aunque ya la integran varios títulos, Tapia con mirlo (2014), Becqueriana (2015), la sección «Mondaduras», de la antología La mirada (2017), Cruzar la puerta (2017) y el volumen de aforismos Lunático (2017). Como se puede apreciar, Cilleruelo tiene perfectamente planificado su itinerario poético, algo no muy frecuente por estos lares y tiene, además, definida con precisión la estructura formal de cada título , de hecho, este que nos ocupa, aunque aparentemente es un libro unitario, está divido en tres secciones de catorce poemas cada una de ellas encabezadas respectivamente por los poemas «Nocturno 1», «Nocturno 2» y «Nocturno 3».

     En el primero de estos nocturnos la noche concede, «a quien quiera comprenderla», entre otras cosas, «La pérdida de las identidades, / la abolición de las líneas». Regalo / extraño con el que habitar un tiempo / que atiende solo a otra lógica, / la que enceguece con la luz». Esta lógica, podemos decir, inversa, es la que percibimos en la mayoría de estos poemas, que suelen finalizar no con significados categóricos, sino con paradojas transformadas en versos, como este en el que equivocación de la paloma albertiana da lugar a esta reflexión: «Se equivocó el alumno, / quería ir al sur, / pero el camino siempre mira al norte» o esta otra: «El verso que se busca a sí / mismo donde no está». La desubicación de una identidad disgregada, la ausencia de un lugar concreto en el que reconocerse, y la travesía existencial en la que esa identidad asume su propia disparidad son asuntos tratados con mucha frecuencia en la poesía de Cilleruelo, que, por otra parte, siempre consigue embridar una sensación que, de otra forma, se podría convertir en trágica. La mejor forma de acotar la desubicación y combatir la incertidumbre es mediante la palabra (hay numerosas reflexiones de carácter metapoético en este libro): «Copio la escena / y que quede descrita con palabras. / Dicen que así / los instantes no huyen / como aguas de un rápido. / Tal vez por eso escriba, / aunque sepa que es solo un espejismo / de la misma naturaleza / fugitiva / que ahora ocurre». Como vemos, la constatación de ambas imposibilidades está tratada con honestidad y pudor, sin caer en la resignación esterilizadora. La poesía de Cilleruelo es sumamente descriptiva, pero esa descripción se realiza sin utilizar meandros expresivos. Sus versos son afilados, densos, como pinceladas infalibles.

     El segundo nocturno encabeza una serie de poemas que tienen nombre y apellidos, Ovidio —bajo su amparo, Cilleruelo escribe versos tan definitivos como estos: «Es el pensamiento / quien reconstruye los espacios / que el tiempo no es capaz de recordar»—, Manrique, Hölderlin, Monet, Emily [Dickinson] —uno de los poemas más intensos y, pese al tono contenido general, más conmovedores, en el que un mujer que «Despacio escribe para que ocurra algo alrededor. / Y ocurren las palabras»—, Bergson, Machado, Morandi, Fonollosa, etc. ¿Qué tienen en común todos estos personajes? No lo sabemos con certeza, pero es muy posible que a ojos de José Ángel Cilleruelo, lo que relaciona personajes en apariencia tan diversos sea la construcción de un mundo propio en soledad, el propósito de inmovilizar siquiera en un instante la vida que fluye, la indagación sobre los misterios de la existencia.

   El tercer nocturno da paso a unos poemas en los que la presencia del yo se hace más evidente —de hecho, un poema se titula «Autorretrato», en el que la sombre o el espectro del yo usurpa la identidad del hablante: «Desde el puente he contemplado el trazo / alargado de una figura / y cómo me ha mirado aquel espectro susurrándome. «En / realidad, no pintas nada. / Soy yo / el que soy»—, pero es yo, como hemos visto, fantasmal, igual que ocurre con la realidad, que no es tal sin la connivencia de la imagen que nos hacemos de ella, sin la refuerzo de los sueños. Estos últimos poemas del libro dejan en el lector una sensación de duermevela, de irrealidad, como si el ser contemplativo que mira a su alrededor fuera una especie de médium y fuera capaz de, gracias una penetrante mirada interior, poner en contacto el haz y el envés de un mismo instante, pero es esta una sensación personal de un cómplice que aspira, como el propio autor, «a mirarlo que no se muestra, / pero estoy viendo».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 31/05/2019

GABRIELA LUZZI. WARNES-SONSOLES HERNÁNDEZ BARBOSA. NÚCLEOS DE EVOLUCIÓN-SALVADOR LÓPEZ BECERRA. LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS.

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GABRIELA LUZZI. WARNES. EDICIONES LILIPUTIENSES.

Gabriela Luzzi (1974) es una poeta argentina nacida en Rawson que publica por vez primera en España gracias a Ediciones Liliputienses, editorial que está prestando una enorme atención a la poesía hispanoamericana más joven. Luzzi es autora, además de varios libros de poesía, de cuentos y dirige el sello Paisanita Editora. Warnes está divido en varios poemas de muy distinta extensión, incluso de factura. El primero de ellos lleva una cita de Carlos Drumond de Andrade y está integrado por fragmentos en prosa en los que se describen diversos personajes, compañeros de clase en la infancia y la juventud de la autora, como este Rubén Darío: «Para mí era Rubén Darío, vivía en una casilla de chaspas de cartón. Tenía los labios rojos como los pétalos de una rosa roja y mojada. Siempre se quedaba dormido. Se notaba que los fines de semana su mamá hervía los guardapolvos con jabón porque la tela estaba apelmazada». Cuatro pinceladas bastan para que recreemos la vida, gobernada por la pobreza, de este muchacho. No es preciso aportar más datos. La economía de medios es, en la narración, una virtud que Luzzi, quizá ha aprendido escribiendo cuentos.

     El resto de poemas están versificados. Los amigos de la infancia se convierten ahora en compañeros de trabajo, quienes, junto con la familia o algún personaje marginal, protagonizan estos poemas bien trenzados narrativamente —cada uno de ellos cuenta una historia— que pueden pecar, sin embargo, de excesivo prosaísmo —aunque la escasez de puntuación lo aligere— al carecer de metáforas y de que otros recursos literarios propios del verso como el encabalgamiento o la anáfora no sean frecuentes. A pesar de todo, o quizá por esa razón, Warnes, el nombre de una calle «que por la noche era un descampado / con salas de teatro / centros culturales / y todo tipo de salones / sobre talleres mecánicos», consigue lo que pretende, expone las tragedias cotidianas sin dramatismo, pero despertando las conciencias.

 . EDICIONES TREA

Sonsoles Hernández Barbosa (Vigo, 1981) nos presenta su primer libro, Núcleos de evolución, con comedimiento y esa humildad que ilustra el uso permanente de minúsculas. Da la sensación con ello de que, además de ser un recurso formal, la autora pretende pasar como de puntillas por el abigarrado escenario de la poesía española actual, pero esto no deja de ser una sensación y como tal, puede estar condicionada por pistas erróneas y digo esto porque lo que sí es constatable es que Núcleos de evolución es un libro arriesgado, propio de quien tiene las ideas muy claras sobre su ideario poético. Esta estructurado en cuatro partes: «permanencias», «filtraciones», «transiciones» y «apropiaciones» toda ellas carentes de puntuación —salvo en los poemas en prosa—, lo que enmaraña y, a la vez, estimula las posibilidades interpretativas, en función de las pausa respiratorias que utilicemos, además, generalmente, la extensión del verso coincide con una línea de significado. Estamos, según mi parecer, ante una poesía de carácter autobiográfico, aunque los referentes personales queden solapados por un distanciamiento preventivo, como podemos leer en el poema «realidad fragmentada»: «enfoco la situación desde otro punto de vista // giro el caleidoscopio en sentido contrario // cambia la forma de los diseños / pero se mantiene la estructura». La mayoría de los poemas responden a una intención de aprehender dicha realidad de forma indirecta, no fijándose en generalidades, sino en los detalles y encuadrando el objetivo en aquellas sensaciones que se despiertan gracias a asociaciones de carácter íntimo, como en el poema «acción-reacción*3»: «tus palabras llegan como un revés liftado // trato de jugar con ellas / pero nunca he aprendido a devolver con efecto / sólo me queda lanzarlas fuera de la pista // de niña me enseñaron a jugar al tenis / para mí no era más la recompensa del confite». Quizá el poema que mejor define la forma de secuenciar la experiencia y de solidificarla mediante la escritura sea el poema titulado: «¿qué hacer en una habitación de hotel cuando ya está todo hecho?», que podemos resumir en estos versos salteados: «adoptar una prudencial distancia», «emprender un ejercicio de apropiación» y, por último, «que la incertidumbre se revele en el estado físico de los objetos / que se vuelva sólida / que podamos gozarla». Todo una declaración de intenciones.

SALVADOR LÓPEZ BECERRA. LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS. CENTRO CULTURAL GENERACIÓN DEL 27.

Las casi ochocientas páginas de este volumen recogen textos que Salvador López Becerra, nacido en Málaga, en 1957 y autor de una vastísima obra poética con títulos imprescindibles como Arquitectura del En/sueño (1985), Variaciones sobre el olvido (1986), Riente azar (1987), Voluntad del fuego (1991), Derechos del corazón (1999), La Gacela y el palmeral (2001) o Mudra (2003), encuadrados en lo que se dio en llamar la poética del silencio ha recogido en este libro una gran parte de los textos que ha escrito durante su larga estancia en Marruecos, fruto de lo que él mismo ha recogido en la «Introducción» como «Palabras que tratan del amor, de la poesía, de la pasión, del desamor y de Marruecos». López Becerra considera que este libro es «Algo así como una redención», tal vez porque «Un libro, un libro de verdad, siempre es una historia de amor. A veces de desamor o de ambas cosas a la vez. Este libro de libros es, además, una larga daga que hurga en la herida y en su cicatriz». Sí, es un libro de libros porque recoge textos de diferentes títulos ya publicados, como La Baraka, Zurcidos del viento o Cuadernos del Atlas, siguiendo un orden personal: «El orden de aparición e los títulos —escribe López Becerra— lo he establecido de la siguiente forma: primero, los inéditos y a continuación los editados pero ya agotados».

     El libro cuanta además con unos breves ensayos sobre la obra de Salvador López Becerra escritos por notables hispanistas y escritores como Ahmed El Gamoun, que alaba la capacidad de asimilación espiritual del poeta; José Corredor-Matheos , que elogio la simbiosis que se ha establecido entre López Becerra y la ciudad de Fez; José Luis Puerto, para quien «Estamos ante la ética del ser despojado, pero también del ser esencial; del ser que vive en plenitud de un presente que siempre es eternidad; del ser humilde, pero que lo posee todo, todo lo que más importa y lo que más merece la pena; al tiempo que se nos presenta como ser despojado de todo lo superfluo»; Manuel Jurado López, quien afirma que «el viaje en este libro es hacia el espacio, el tiempo y la intimidad»: Pedro Martínez Montávez, quien escribe que «Salvador se ha enamorado de Al-Ándalus recorriendo despacio, el adarve verde, zarco, ocre, de Marruecos» o Vicente Molina Foix, que da cuanta de la compenetración entre Salvador López Becerra con Fez y sus pobladores. Poco más se puede añadir a tan doctas opiniones. Acaso la mejor forma de finalizar este breve comentario sea reproducir uno de los textos, escogido al azar, por ejemplo, este, perteneciente a La Baraka (Cuaderno de Ait Bentaibi, I), escrito entre 2002 y 2007: «Me gustan las arterias sin asfaltar del zoco. Amo la fecunda sombra que las palmeras, encintas o agotadas, me procuran. Y los colores de las puertas y contraventanas entreabiertas al repintado misterio de las vidrieras. Y las humildes huellas del barro en las tapias embarradas. Y los contrastes de la filtrada luz por los arroyuelos. Y el trigo, verde o dorado, que decora las sienes de los rendidos transeúntes que por mi puerta pasan….». La Baraka y otros textos marruecos es un libro para leer con calma, para dejarse seducir, como le ha ocurrido al autor, por el paisaje y las gentes de un lugar que tan ligado espiritualmente se encuentra a una gran parte de nosotros.

AMELIA ROSELLI. SIN PARAÍSO FUIMOS*

AMELIA ROSELLI. SIN PARAÍSO FUIMOS. TRADUCCIÓN DE CARLOS VITALE. EDITORIAL SEXTO PISO.

Si albergáramos alguna duda de que la peripecia vital influye —de manera más o menos intensa, según los casos— en la manera de enfrentarse a la escritura, el ejemplo de Amelia Roselli (1930-1996) la disiparía de inmediato. Su vida sufrió innumerables turbulencias en la infancia. Su padre, un líder antifascista italiano, murió asesinado en un atentado en París, organizado por la policía secreta de Musssolini. Su madre fue una activista política inglesa que luchó en pro de los derechos de las mujeres. El caso es que durante su infancia y su juventud padeció los rigores de una vida errante —París, Londres, Florencia—y casi clandestina, unos rigores que influyeron de forma determinante en su vida y que la conducirían al suicidio cuando contaba sesenta y tres años. Esta errancia le procuró, sin embargo, la posibilidad de comunicarse en tres idiomas, en los cuales escribió sus primeros poemas. La poesía fue para ella, desde el primer momento, una vía de escape para soportar tanta tensión vital y emocional. Según Encarna Esteban Bernabé, Roselli «Se refugia en la música y en la poesía, en la que traduce los tormentos de su vacío existencial, pero tampoco allí encuentra el ansiado sentido que proporcione una válida razón para seguir luchando por la vida. Sus miedos y manías persecutorias que quedan grabados en la niña Amelia tras el brutal asesinato de su padre y su tío la atormentarán el resto de sus días».

     Por lo que respecta a su poesía, la influencia que ejerció sobre ella la poesía hermética en sus comienzos como poeta, especialmente la de Montale, pero también la de Zanzotto, se dejará sentir a lo largo de su obra. Fue, sin embargo, Pier Paolo Passolini quien le ofreció la primera oportunidad de publicar. Fue en 1963 y los veinticuatro poemas seleccionado pronto fueron elogiado por la crítica italiana por su innovación estilística y su manera de fracturar el lenguaje común, desplegando un abanico de sentidos mucho más amplio que el del lenguaje meramente informativo.

     Serie ospedaliera, titulado en esta versión realizada por el traductor Carlos Vitale como Sin paraíso fuimos (tomado de un verso de la autora), fue escrito en quince días durante uno de sus frecuentes ingresos hospitalarios y Amelia Rosselli obtuvo con dicho libro el Premio Argentario de 1969. Es, como toda la poesía de nuestra autora, un libro complejo, plagado de referencias exclusivamente personales que hacen muy difícil el acceso a su significado más profundo. Si pudiéramos hablar de un hilo conductor o argumentativo, diríamos que se describe, con toda la destreza elíptica imaginable, la historia de dos amantes presas de un destino trágico: «Tú no estabas muerto; estabas solamente vivo / bañando mis labios de suplicantes / limosnas, extendiendo parcas mentiras / estilo bergsoniano sobre mi vida una cristalina / relajación. Mientras comías coles / de caballo». Solo estos pocos versos —aunque los hay mucho más explícitos— bastan para comprobar además su peculiar sintaxis, comprometida siempre con la experimentación formal y lingüística. De hecho, la propia poeta era consciente de la incomunicabilidad casi involuntaria que gobernaba su poesía. Ella misma la definió como «poesía catatónica».

     A pesar de que Sin paraíso fuimos es un libro, como hemos dicho, de orientación amorosa, el amor siempre está puesto en cuarentena: «Las rocas incuban serpientes que corrigen / este idilio naciente». La fugacidad de la dicha y del instante pleno, el temor a la pérdida, la obsesión por no dejar escapar ningún fragmento de la experiencia hacen de ese amor algo asfixiante y enfermizo (Amelia Rosselli convivió con problemas mentales durante toda su existencia y fue asidua de las consultas psicoanalíticas) que confirma la visión trágica de la existencia que acompañó siempre a Roseelli y condicionó su existencia. No cabe duda de que dicha angustia vital tuvo su origen en las circunstancias que padeció durante su infancia y de su juventud y acaso su lucha con el lenguaje provenga de esa necesidad de indagar en la realidad desde una perspectiva diferente a lo común, desde la exploración de su propia intimidad. La fractura interior de un yo acosado por los fantasmas del pasado se traslada a la escritura mediante imágenes abstractas de una ambigüedad abrumadora: «Relincho de chocolate tú abres / mis venas al olor del / analgésico que urge y / y llena, mi sangre de / pompas azules» y con una riqueza metafórica sorprendente: «De otro modo ante cualquier ráfaga de viento / estarías allí, en el ahorcamiento, rico en tus sustratos / tan ricos de metáforas». Como se puede apreciar, a Rosselli no le asustan las repeticiones ni la puntuación irregular porque presta igual atención a la musicalidad de la palabra, o incluso más, que a la conquista de un sentido: «La música de todos modos hace su papel / y en el entendimiento de ella reside / mi pasión que retorciéndose se / pinto igualmente espantada por el duelo / e su grandes ojos y de la canción». Poco más puedo añadir, salvo que lean este libro sin prisa, degustando cada palabras, recreando cada imagen en la mente, dejándose arrastrar por su propia intuición. No les defraudará.

‘Sin paraíso fuimos’, de Amelia Rosselli

MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. DIECISIETE ALFILES*

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MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ. DIECISIETE ALFILES. EDITORIAL ABADA

No resulta aventurado afirmar que María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) es una de las voces poéticas fundamentales de las últimas hornadas. Cada libro suyo perfecciona una construcción formal ya de por sí elaboradísima y ahonda en una reflexión identitaria —genérica, pero también individual— de un gran calado reflexivo y emocional, como puede comprobar cualquier lector que se asome a sus títulos más recientes, como “Carnalidad del frío” (2000), Atavío y puñal (2012) o Fiebre y compasión de los metales (2016). Diecisiete alfiles es un libro de haikús, pero no es otro libro más de haikús, una estrofa que goza de una gran popularidad en nuestro país en las últimas décadas, como hemos comentado en otras coasiones. La razón de que este libro sea diferente la explica la autora en el «Epílogo»: «Los haikús de este libro son desobedientes. No hacen (demasiado) caso a las bellas propuestas de la forma japonesa, porque se saben parte de otro tiempo y otros lugares, de otras realidades y tradiciones distintas» (Este haikú no hace sino confirmarlo: «Tilde insolente. / Ni oriental ni escindido: / desobediente»). Esto, que parece tan evidente, no siempre se tiene en cuenta ni por parte de muchos autores ni, en general, de la crítica, que tiende a enjuiciar su pertinencia atendiendo a criterios dogmáticos y, afortunadamente, obsoletos. El haiku actual recompone si no del todo, sí en gran parte, su forma tradicional —en este aspecto, debemos tener en cuenta que los propios japoneses ya no son tan rigurosos formalmente y han optado por actualizar dicha estrofa—, y también lo que podríamos llamar, su espíritu. («Lo que permanece —escribe María Ángeles— es la fascinación por aquellas dimensiones contemplativas que desean decirse en el exiguo metro de sus diecisiete sílabas»). Los hiakús que integran este volumen no se circunscriben a fugaces impresiones ligadas a los cambios estacionales ni tiene solo como eje temático la vinculación del hombre con la naturaleza, como se puede apreciar por los títulos de las treintaidós secciones que componen el libro. Veamos algunas de ellas:«Haikús de la bicicleta estática», «Haikús del alfabeto», «Haikús para el quebrantamiento del halcón» o «Haikús de Europa». En todo caso, las diecisiete sílabas, los diecisiete alfiles del título se has respectado escrupulosamente por parte de la autora que, además, emplea la rima asonante en los versos impares, una opción que, según mi opinión, quizá encorseta demasiado la metamorfosis semántica a la que incita esa efímera impresión traslada a la escritura. A veces da la sensación de que la búsqueda de la rima como intervención primordial ha forzado en exceso el sentido final, aunque dicha sensación es de carácter personal. Pongo algunos ejemplos: «Imaginar / el lenguaje del cóndor. / Su vendaval», «Ciudad de torres / que acrecientan el día / y anclan reproches» o «No hay tierra seca / que tape los oídos. / Floración yerta», no sé si concluyenetes.

     Como decíamos, la variedad semántica de los haikús de María Ángeles Pérez López es notable. Según Erika Martínez, que ha escrito un enjundioso prólogo, en ellos la autora «alterna el tono combativo con el humor neopopularista, la reflexión metaliteraria con la visión pura», pero hay también lugar para asuntos metafísicos, como la soledad: Ángel de piedra / que sostiene en sus alas / vértigo y niebla» o la identidad: «Ser verso suelto. / Lumbre que desordena / cada destello», para la ironía: «Vuelo imperfecto. / Un zapato anudado. / El otro incierto», para la aflicción: «Sin sepultura. / Sin lápida ni flores. / Sin ataduras» e incluso, para la esperanza: «Mana en las fuentes / junto al agua la sombra / contracorriente». La fuerza de estos haikús reside en esa asombrosa capacidad de la autora para establecer asociaciones entre imágenes casi inverosímiles que desconcierta, a la vez que estimulan al lector, un lector que no debe leer estos versos de corrido, sino con lentitud, dejándolos reverberar en la mente para que se expanda su significado. María Ángeles Pérez López, como afirma Erika Martínez con excelente criterio, utiliza con brillantez los recursos asociados a esta estrofa: «la paradoja como desborde, el desprendimiento, la epifanía y su proyección espiritual de la materia, el acceso a lo insólito, la tensión elíptica, el suspense y la inmanencia de un sentido que —como decía Borges— nunca se llega a resolver». De todas estas carac- terísticas, quizá sea esta última, esa respuesta que permanece en el aire y que nunca podremos atrapar del todo, es la más importante porque está en el ADN del haikú. Nuestra autora lo sabe y lo pone en práctica con una soltura que no puede provenir más que de esa mezcla entre experiencia vital y bagaje cultural. Por esa razón, cada lector ha de encontrar el equilibrio entre el saldo y el balance : «¿de quién cada palabra / con que nombrarte?».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, el 24/05/2019