JOSÉ INIESTA. LLEGAR A CASA*

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JOSÉ INIESTA. LLEGAR A CASA. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO

Felizmente, en los últimos años, José Iniesta (Valencia, 1962), mantiene una presencia constante en el escenario poético. Desde Arder en el cántico (2008) hasta Llegar a casa, se han sucedido títulos con una frecuencia casi regular. Así, Bajo el sol de mis días data de 2010, Y tu vida de golpe de 2013, Las razones del viento de 2016 y El eje de la luz de 2017. Las hermosas ediciones de la editorial Renacimiento han sido, en la mayoría de los casos, las receptoras de, en no menor medida, los excelentes poemas de Iniesta, un poeta fiel a un estilo y una forma de entender el hecho poético como contemplación, paso necesariamente previo a la revelación. Iniesta practica una poesía minuciosamente sujeta a un ritmo pausado, contenido, formalmente sin fisuras, que traslada con exactitud las deliberaciones vitales de un ser que lucha por conciliar su pensar con el ritmo natural del mundo, y en ese afán conciliador tiene una importancia suprema la experiencia amorosa, una experiencia que, en algunos instantes, nos recuerda a la exaltación amorosa que provocó los poemas de la llamada trilogía amorosa de Pedro Salinas, aunque José Iniesta, acaso con el temple que la edad proporciona, no se dejé llevar por la furia de esos arrebatos que inciden en una fusión casi mística con la persona amada. Aquí todo está más pensado porque es fruto de la experiencia vivida, compartida, no de un deseo imperfectamente satisfecho: «Alcance y unión», se titula el primer poema del libro, al que te pertenecen estos versos: «Ahora que en mi habitas sí que existo. / Ahora que me besas en al noche / de nuevo sé quién soy». Esta aspiración a cumplirse como persona fusionándose con el otro nos retrotrae a la época más vigorosa del Romanticismo, pero José Iniesta modula perfectamente su voz, así que no espere el lector hallar en estos poemas fuegos fatuos en la expresión. Como escribe en otro poema, hay gestos —maneras, podríamos decir— que irradian «claridad y quietud».

     Lo anecdótico, ese partir el pan que tantas reminiscencias eucarísticas parece tener, o el molesto vuelo de una mosca, por ejemplo, son referentes simbólicos que ayudan a Iniesta a manifestar esa especie de fe suprema en la vida que le procura una felicidad basada no en grandes expectativas, sino en la belleza del puro existir: «Y aves con qué fervor a nada y todo / pasamos por el mundo sin saber, / ese sentir que a veces florecemos / junto a la sed, con la mirada sola: / las casas con sus rejas y las nubes, / el humo bostezando en los tejados, / la higuera que se asoma tras un muro».

     Pero si tuviéramos que significar los tema primordiales sobre los que pivota esta escritura, sin dudarlo nos inclinaríamos por dos, en primer lugar, el amor como fuente de vida, como justificación y culmen de la existencia y, en segundo término, la dicotomía vida/poema que lleva implícita una pregunta cuyas posibles respuestas dan lugar a inevitables contradicciones, en función del porcentaje de pesimismo que intervenga. Ambos temas están frecuentemente unidos en los versos. Así, en «La cárcel del poema» leemos: «¿Por qué buscar los versos que me roban la vida, / y acaso me la dan y más fulgura? / ¿por qué intentar cantar el sol de junio / si fuera luce el sol y es maravilla / la brisa sola…». Poco después, sin embargo, pensando en su madre, escribe: «el sueño de abrazarte en un poema». Como decíamos, estas contradicciones se repiten, los versos alternan entre la duda y la certeza: «… y solo sé que escribo en este otoño / los versos del desgaste de la vida, / la lluvia venturosa el amarte, // la desnuda elegía que agradece / el suceso increíble / de existir a tu lado». Para alguien que vive «en la gratitud», para alguien que aspira a “ser” al lado de la persona amada «la escritura desnuda en el papel», para alguien que no anhela más que compartir el futuro con su amor, pues su presencia «es vida y justifica / la gratitud y el vuelo de [su] sangre» ver nubarrones en el horizonte puede convertirse en una tragedia, constatar que hay mucha oscuridad en las noches de la existencia un mal sueño, una pesadilla que ni siquiera la escritura puede registrar: «Anochece y morimos / un poco cada día». Pese a todo lo dicho, la templanza con al que Iniesta asume lo inevitable es paradigmática, y sus versos, morigerados y emocionantes a la vez, nunca se dejan llevar por el sentimentalismo, por el lamento gratuito. La poesía de Iniesta es capaz de presentar un mundo casi ideal, sin dolor y sin conflictos íntimos, pero bajo esa superficie atemperada, como ocurre con las mejores obras de los antiguos pintores cortesanos, por ejemplo, hay otro mundo más convulso, donde convergen incertidumbres y fracasos, renuncias y olvidos. Con ecos tan heterogéneos como León Felipe, Guillén, Fray Luis, Juan Ramón, Juan de la Cruz o, el ya mencionado, Pedro Salinas, José Iniesta levanta un planta más en el armónico edificio de una existencia que tiene en el amor sus más sólidos cimientos. ¿Qué más podemos pedir a quién, con un convencimiento magistral escribe: «Aquí estamos los dos, / donde estuvimos. / Y aves con cuánto amor voy a la muerte»?

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 6/12/2019

CARMEN GIMÉNEZ SMITH. FOTO DE UNA NIÑA EN LA PLAYA

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CARMEN GIMÉNEZ SMITH. FOTO DE UNA NIÑA EN LA PLAYA

Una vez cuando yo era inocente

y no me conocía bien,

un espejo frente a mí

y un océano detrás,

me acurruqué a plena luz solar,

delgada muñeca de papel, soñando,

entonces me evaporé. Le confié al día una huella dactilar,

después olvidé.

Me senté desnuda sobre una toalla

en un caluroso lunes de junio.

El sol cinceló el interior de mis párpados,

mientras un chico dormitaba a mi lado.

El olor de todos los océanos nos rodeaba.

vaporosa sal, concha y sudor,

pero contacté con quien me ignoraba.

Subió la marea mientras dormía

y pronto estuve sola. Intento crear

una figura en mi memoria. Está vacía.

En honor a la verdad, diré que ella estaba en una playa

y sus ojos estaban cerrados.

Estaba desnuda en la arena, tumbada,

y se le echó la hora encima poco a poco.

Versión de Carlos Alcorta

LUISA MIÑANA. ESTE ES MI CUERPO

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LUISA MIÑANA. ESTE ES MI CUERPO. COLECCIÓN ALCALIMA. EDITORIAL LASTURA

Encabeza este libro un título rotundo, Este es mi cuerpo (muy similar al del poeta salmantino Juan Antonio González Iglesias, Esto es mi cuerpo (1997), aunque la diferencia en el uso de los demostrativos es toda una declaración de intenciones), un título que remite, indefectiblemente, al cuerpo que ofrece Cristo a sus fieles («Toman este pan y coman, este es mi cuerpo». Mateo 26:26 o »Esto es mi cuerpo que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí». Lucas 22:19). Luisa Minaña, barcelonesa afincada en Zaragoza, es muy consciente de estos antecedentes, pero en este viaje circular que realiza en este su último libro, el cuerpo sufre transformaciones tanto físicas —los sucesivos poemas titulados «Ciborg» dan buena cuenta de esa transformación, como mental —significativamente expuesta en los poemas titulados «Demencia», presentes también en las cuatro partes en las que se divide el libro—.

A través del cuerpo, de los sentidos, percibimos el mundo que nos rodea, acaso por ese motivo la primera sección de libro se titula «Partes del cuerpo». Esta disección, casi forense, de las diferentes partes del cuerpo da lugar a poemas como «Ojos», cuyos primeros versos dicen: «Hasta los ojos ciegos hablan. / Yo miro muchas veces con los ojos cerrados / y avanzo entre las cosas siempre a tientas» o «Manos»: «Todos los cuerpos tiene manos y se buscan, / danzan y son azules como las puertas del océano». Descripciones llenas de plasticidad, de asociaciones que funcionan por acumulación de funciones intentan mostrar el órgano no solo desde una perspectiva física, como haría un retratista fiel, sino realzando aquellas características que posibilitan una visión de la realidad menos armónica, como haría un pintor impresionista. Otros poemas como «Vulva», «Glándulas mamarias» o «Sexo» sirven para reivindicar la mirada fémina, no con tanta crudeza como Sharon Olds, pero sí con vehemencia y con atrevimiento verbal: «Me reconcilié / con las glándulas mamarias, pues igual podían ha ver / sido, en vez de tetas, nubes o ríos, / y porque servían como trampas perfectas / donde encerrar a los hombres y escucharlos / desde lejos…».

La cosmética, el maquillaje, el rimell disimulan los defectos, neutralizan las carencias, realzan las partes hermosas del cuerpo, visten, en definitiva, la piel expuesta, pero no evitan enfermedades como la anemia («Resulta que se debe, según dice el diagnóstico, / a las cifras raquíticas en mi sangre de hierro») o las migrañas («Cerrar los ojos y estarse quieta suele ayudar, / ya sabes, a que el dolor retroceda en su avance / por tu delgada y, al parecer, desprotegida / sin remedio corteza cerebral») y taras que se heredan y que se van acentuado con el paso del tiempo, como la mala digestión o el útero enfermo («Provengo de un ancestral harén de mujeres capadas / de boca y genitales»).

La ortopedia, palia, en cierta medida, el deterioro, como ocurre con las gafas para unos ojos «que se cansan, que enrojecen y expanden / en lágrimas», pero, cabría preguntarse si el cuerpo que recibe esas atenciones, que compensa sus debilidades gracias a elementos exógenos sigue siendo el propio cuerpo. Acaso por eso Luisa Miñana duda entre «Ser y no ser». «Debería —afirma— haber aprendido / a interpretar la vida con arte y con oficio. / No ser y ser. / Estar y dejarme ser lo que tú veas que soy. / Tú, el punto de observación. / Al final seré lo que me cuentes que soy». Es muy importante esta última reflexión. La autora cede al otro el privilegio de conferirla una identidad, como si ella se viera ya incapaz de definirse, a pesar de hacerlo ininterrumpidamente durante cientos de versos. Quizá la clave para entender esta cesión, esta especie de claudicación identitaria, esté ese ciclo cerrado que forman los poemas que repiten titulo en cada una de las secciones y que permiten otra lectura paralela, esta de carácter circular como ya he dicho, a la meramente lineal: «Soledad», «Amor», «Muerte», «Hospitales», «Demencia», «Sexo» y el titulado «Ciborg», que siempre cierra las respectivas secciones. Unos versos del que pone fin al libro pueden resumir la intención, a la vez reivindicativa y desmitificadora, de este libro: «Este es mi cuerpo / intervenido, puesto en pie en un principio / por la vida, que de todo se ayuda en su perseverancia, / y reformateado luego por la acción ortopédica / del amor y el desamor / hasta llegar aquí tras sucesivas mutaciones, / cuerpo híbrido el mío…». Al final, lo que transforma con mayor énfasis, es, más que la constancia de la muerte, el amor, el amor con todos sus dientes de sierra, con sus alegrías y sus desengaños, el amor que nos invita a perseverar en el deseo de vivir, pese a las mutilaciones, a las heridas no cicatrizadas., porque vivir, como dice Miñana, «acaba consistiendo en no huir / de las metamorfosis y aceptar las muletas».

JESÚS MARCHAMALO. ME ACUERDO*

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JESÚS MARCHAMALO. ME ACUERDO. COL. GRAPHICA. EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS.

Con su precisión habitual, Felipe Benítez Reyes, autor del prólogo a Me acuerdo, define a su autor así: «Jesús Marchamalo lleva siempre encima una libreta, para lo que se tercie anotar; una cámara de fotos, para lo que tercie inmortalizar al paso, ya sea una biblioteca ajena o una estampa urbana que le llame la atención; una grabadora […]; alguna estilográfica de gran estilo, y lápices, y rotuladores, para lo que se tercie dibujar». Por mi parte, yo añadiría que Jesús lleva siempre una sonrisa en su rostro, una sonrisa que cautiva y despeja cualquier atisbo de desconfianza, una sonrisa cómplice que nace de su más profunda bondad (Luis Rosales decía que las personas que sonríen no nos parecen nunca desconocidas, y creo que tenía razón).

Ahora, siguiendo la estela de Joe Bainard, de Georges Perec y de Elías Moro, se embarca en un viaje por el recuerdo ayudado por las innumerables notas que ha ido escribiendo sin fin aparente en todo tipo de soportes, servilletas, papeles sueltos, cuadernos, etc. Paul Valéry decía que la disciplina se halla en la raíz de toda cosa mentale, y así parece ser, porque una de las características de Marchamalo, de otra forma no podría hacer frente a la actividad agotadora que desarrolla, es la de la disciplina. Disciplina y orden, o a la inversa. No hay más que ver esos pulcros cuadernos en los que va tomando notas para su próximo libro —Marchamalo siempre está inmerso en algún proyecto literario— para que el curioso se cerciore de que no miento.

Pero, ¿qué tienen de particular los me acuerdo” de Marcahamalo? Todo y nada. Depende de quién los lea. Para un lector como yo, estricto coetáneo del autor, gran parte de estos “me acuerdo” son tan suyos como míos. Como dice Benítez Reyes, Marchamalo «nos devuelve imágenes de menudencias que, a pesar de su pequeñez, aciertan a reconstruir sensaciones muy nítidas en las que reverbera —sobre todo— nuestra infancia, que tan permeable resulta a lo simbólico». Son 499 “me acuerdo” repartidos por las páginas coloreadas de esta preciosa edición —algo habitual en el catálogo de la editorial papeles mínimos— que cuenta con un plantel de ilustradores realmente magnífico: Carmen M. Cáceres, Carolina Díaz, César Fernández Arias, Isidro Ferrer, Damián Flores, Enrique Flores, Emilio González Sainz, Mo Gutiérrez Serna, Eva Manzano, Ginés Martínez, José Luis Mazarío, Antonio Santos, Emilio Urberuaga, Fernando Vicente y Javier Zabala, algunos de ellos muy conocidos entre nosotros.

No me resisto a transcribir algunos, elegidos al azar: «Me acuerdo del papel de plata de las tabletas de chocolate, y de cómo las alisábamos con la uña» (si eran de Elgorriaga, mejor, podría añadir yo mismo); «Me acuerdo de unos caramelos que tenían forma de gajo, y que se vendían envueltos en celofán, como naranjas»; «Me acuerdo de los estuches, y de que traían escuadra y cartabón, transportador de ángulos y, muchos, una lupa» (en mi escuela, no sé por qué, los llamábamos plumieres); «Me acuerdo de que las bombas de las bicicletas llevaban dentro de la boquilla un tubo de goma que se llamaba “racor”». Este tipo de recuerdos, como decía, son de carácter colectivo porque, quienes vivimos esa misma época, atesoramos evocaciones similares y al leerlos los reconocemos como propios. Hay otros, sin embargo, de carácter individual que, salvo por alguna afortunada coincidencia, no son compartidos: «Me acuerdo de que la primera película que vi en el cine se titulaba El oro de Mackenna»; «Me acuerdo de un cachalote muerto en la playa, en Galicia, y de cómo le arranqué, apestosa, una vértebra que me traje de recuerdo» (yo vi el cadáver en descomposición de un calderón en la playa de Tagle, cuando era un muchacho) o «Me acuerdo de que mi primer libro lo escribí con una Olivetti eléctrica de segunda mano, ruidosa como un lanchón de desembarco» ( yo, sin embargo, empecé, si no recuerdo mal, con una Olivetti Studio 44, también de segunda mano); «Me acuerdo de una larga temporada, de pequeño, en que quise ser misionero, y llevaba una cruz». Por más que la intervención del azar los asocie con otros parecidos, la vivencia particular los convierte en intransferibles.

En resumen, Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), autor de títulos como Tocar los libros, Las bibliotecas perdidas, Los reinos de papel o La tinta violeta y colaborador de radiofónico en programas de divulgación literaria, ha puesto negro sobre blanco muchos de sus recuerdos, que son también los nuestros y con ello ha conseguido dibujar —al menos en el caso de quien esto escribe— una sonrisa en el rostros de la memoria. Bastaría con eso para internarse en la lectura de este libro, pero resulta que también, para quienes no estén familiarizados con la época en la que transcurre su infancia y su juventud, sus recuerdos contribuyen a dibujar un paisaje emocional que forma parte de la historia de este país, una historia que conviene tener presente, para no repetirla.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 29/11/2019

REVISTERO. INVENTARIO OTOÑAL.

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REVISTERO. INVENTARIO OTOÑAL.

EL MAQUINISTA DE LA GENERACIÓN. CENTRO CULTURAL GENERACIÓN DEL 27. Nº 26/27.

Se inicia con este número doble la tercera época de esta revista tan rica en contenidos como en iconografía y documentación y, fiel a su propósito inicial, los autores relacionados con la Generación del 27 centran el grueso de los trabajos que la integran, aunque hay cabida también, como no podía ser de otra forma, pues ahonda en los criterios que gobiernan el Centro Cultural que la sufraga, para la poesía actual, para la traducción y los estudios literarios de más variado espectro. Como decíamos, en este primer número de la tercera etapa, José Antonio Mesa Toré, director del Centro Cultural, y el resto del equipo que han hecho posible esta esperada resurrección, ha respetado los criterios estéticos y formales que han definido desde sus inicios esta publicación. Dentro de los artículos dedicados a escritores del 27 están, entre otros, el dedicado a Luis Cernuda, escrito por Mesa Toré, el consagrado a Luisa Carnés, a cargo de Antonio Plaza o el dedicado a unas cartas inéditas de Lorca, escrito por Roger Tinnel. De Isidoro Valcárcel, el artista que ha diseñado la cubierta de este número, se recogen unos fragmentos oportunamente titulados «Estética. Estática. Poética». Dentro de la poesía actual, Álvaro Salvador escribe un emocionado recuerdo a través de un rastreo por su obra del poeta y traductor Eduardo Chirinos (1960-2016). El número dedica unas páginas a traducciones de Homero, Kiki Dimulá, Givani Fontana y Yasuhiro Yotsumoto, a reseñar libros recientes de autores como Aurora Luque, Luis García Montero , Juan Antonio González Iglesias , Carlos Pardo o Vicente Gallego, por ejemplo. Hay otros artículos interesantes, como de Alfonso Sánchez Rodríguez, riquísimo en documentación, o el de Javier La Beira, que nos regala abundantes imágenes de Salvador Rueda. En resumen, un número este de El maquinista de la Generación a la altura de la magnífica trayectoria de la revista. Sea bienvenida.

CLARÍN. N.º 143. EDICIONES NOBEL

Dirigida por José Luis García Martín, Clarín (La primera de las tres revista asturianas que reseñamos aquí) es, junto a Turia, la revista más longeva de cuantas se mencionan aquí. Este número, se tocan temas que abracan desde la filosofía de la música trap hasta las variaciones sobre el plagio. En medio quedan las páginas sobre Juan Sebastián Elcano y la primera vuelta al mundo, la novela La tía fingida y las dudas sobre su autoría, los desconocidos poetas Théophile de Viau y Federico Balart. En «Colección de vidas», a las habituales semblanzas sobre figuras femeninas llevadas a cabo por Inmaculada de la Fuente, se añade el rescate de uno de los más destacados representantes de la novela social, Alfonso Martínez-Mena. Se dedican también unas páginas a poetas, si no olvidados, si relegados, como Francisco Alba o Federico Balart. Hacen esta vez de guía por «Los caminos del mundo» José Manuel Benítez Ariza, Fernando Llorente y Álex Figueras. Un puñado de aforismos «contra la nada» nos ofrece Victoria León. Y no hay que olvidar la entrevista a Martín López-Vega ni los habituales paliques. Entre ellos está el que el filósofo Lluis X. Álvarez dedica a comentar las reflexiones sobre el simbolismo del poeta Pelayo Fueyo o el que el poeta Juan Carlos Abril dedica al último libro de Luis Muñoz, Vecindad. El número finaliza con el artículo de Ricardo Álamo dedicado al plagio. Clarín, una revista bimensual, mantiene en cada número un mismo registro de calidad, algo realmente complicado con esa periodicidad.

ÁNFORA. CREACIÓN Y CRÍTICA. Nº 18

Casi a la chita callando, la revista Anáfora, dirigida por Pablo Núñez y por Candela de las Heras, ha alcanzado el número 18, un cifra respetable, y lo hace siguiendo los criterios que dieron consistencia a su primer número: creación y crítica, aunque la balanza se incline visiblemente hacia la primera y, dentro de esta, la poesía posee una relevancia mayor con poemas de Aquilino Dique, Chantal Maillard, José Carlos Llop, Alberto Santamaría, Erika Martínez, Violeta Font, Claudia Caparrós y la tristemente desaparecida Carmen Jodra, a quien, en las páginas de prosa, dedica un artículo el poeta Rodrigo Olay,. A este lo precede un breve estudio sobre un poema de Luis Alberto de Cuenca. La sección de traducción se dedica en esta ocasión al poeta portugués Fernando Pinto do Amaral y al inglés James Kirkup. Contiene además el volumen una excelente entrevista de Carlos Iglesias Díez al poeta y traductor Jordi Doce y una breve, pero imprescindible, sección, «Lecturas», que se ocupa de comentar libros recientes de autores como Felipe Benítez Reyes, Vicente Gallego, Pablo García Casado, Victoria León o Eduardo Moga. Anáfora está ya hace tiempo asentada en el panorama literario de nuestro país, y confiamos en que día adía, número tras número, consolide esa posición.

TURIA. REVISTA CULTURAL Nº 132.

Ya se ha elogiado aquí en otras ocasiones la longevidad y el ejemplo de perseverancia y rigor de esta revista, dirigida por Raúl Carlos Maícas desde su fundación. Organizada en una serie fija de secciones, el cartapacio central de cada número, sin embargo, se dedica a un escritor, y en este caso el elegido ha sido el polaco Zbigniew Herbert (1924-1998), uno de los autores de la tríada, los otros serían Wiroslawa Szymborska y Czeslaw Milosz, fundamentales del pasado siglo no solo en Polonia, sino en el continente europeo. Varios expertos escriben sobre Herbert y nos descubren tanto la ambivalente personalidad del autor como los orígenes de sus obras. Xavier Farré, Adam Zagajewski, Mateusz Antoniuk, Xaberio Ballester, Mercedes Monmany; Jordi Doce, entre otros, preceden a la exhaustiva biocronología que redacta Katarzyna Moloniewicz.

En las restantes secciones que integran en número, encontramos poemas de Clara Janés, de Pureza Canelo, de Jordi Doce, de Juan Pablo Zapater, de Esther Ramón, de Andrés Catalán o de Andrés García Cerdán por citar solo a algunos. Hay también textos en prosa de Claudio Magris, de Soledad Puértolas, etc. y unas pocas perlas verbales del siempre perspicaz Ramón Eder. No faltan tampoco las secciones «Conversaciones», en este caso con Leila Guerreiro y con Juan Arnau; las habituales entradas diarísticas de Raúl Carlos Maícas; la sección dedicada a Aragón y otra más específicamente dedicada a asuntos turolenses. Turia finaliza con la sección «La Torre de Babel», conjunto de reseñas que comentan los libros más relevantes de géneros como la novela, el ensayo o la poesía. Son casi quinientas páginas de excelente contenido. Todo un alarde que debe contar con nuestra admiración y nuestro apoyo más entusiasta.

LICENCIA POÉTICA. REVISTA TEMÁTICA DE POESÍA Nº 8

Dirigida por el poeta y profesor José Manuel Suárez, Licencia Poética, una revista sui géneris, alcanza su tercer año de existencia. Esta revista se diferencia de las demás en que su contenido en monográfico. Todos los números están dedicados o a un poeta (El Lorca de Poeta en Nueva York, por ejemplo), José Luis Hidalgo en el caso que nos ocupa, o a un ámbito poético determinado, ya sea la poesía nórdica o la poesía africana. Como decimos, en esta ocasión, y aprovechando el centenario del nacimiento del poeta, el homenajeado ha sido el poeta torrelaveguense José Luis Hidalgo (1919-1947) y ha contado con colaboraciones de lujo, como los profesores Ángel Luis Prieto de Paula, Leopoldo Sánchez Torre, Rafael Morales Barba, Rafael Fombellida (codirector del Aula de Poesía José Luis Hidalgo), José Antonio Llera, Emilio Quintana, Luis Alberto Salcines o el propio director de la revista, José Manuel Suárez, con una original reflexión sobre la mística en la poesía en Hidalgo. El volumen cuenta además con un extenso aparato iconográfico y un ramillete de poemas del autor que ayudarán al lector a contextualizar la vida y la obra del autor de Los muertos, uno de los poetas fundamentales de la inmediata posguerra española.

ARETÉ. N.º 3

La modesta revista Areté, coordinada y dirigida por Cristian David López es el mejor ejemplo de que lo importante son las ganas y la pasión que se pone en llevar a cabo un proyecto, no las condiciones en las que se realiza. La modestia de Areté solo se refiere a su aspecto, porque en su contenido nada tiene que envidar a otras revistas de más fuste. Las tres secciones en las que está divida cuentan con un plantel de autores de primera fila, como José Manuel Benítez Ariza, Javier Almuzara, José Ángel Cilleruelo, Efi Cubero o el ya fallecido, José Luis Parra en el apartado de poesía, o Carmen Canet, Roger Wolf, Augusto Barreto y Milia Gayoso-Manzur en el apartado de prosa. En la sección de reseñas, varios libros, entre ellos, a tenor del comentario que se nos ofrece, los de la poeta guaraní Susy Delgado.

DONDE ESTÁ EL FUEGO. N.º 9. CUADERNOS DE HUMO VEINTICINCO.

Desde Brooklyn llega esta revista dirigida por el poeta Hilario Barrero. Cuadernos de humo guarda, en cuanto a formato y modestia formal, ciertas semejanzas con Areté, aunque la primera es mucho más longeva. Dedicada fundamentalmente a la poesía, este número cuanta con colaboraciones de Luis Alberto de Cuenca, Miguel Veirat, Antonio Carvajal, Efi Cubero, Rodrigo Olay, Pedro Sevilla, Enrique Baltanás, Miguel Floriano, Andrés Neuman o Elías Moro, entre una nómina mucho más extensa. La revista cuenta además con ilustraciones del propio Hilario Barrero. Un regalo neoyorkino que siempre es bienvenido.

CIRCUNVALACIÓN. [REVISTA LITERARIA. MÉXICO, 1928-1929]. EDICIONES ULISES y FUNDACIÓN GERARDO DIEGO

Se trata, claro, de una edición facsimilar que cuenta con un estudio de Pilar García-Sedas y un prólogo de Juan Manuel Bonet. De Circunvalación, una revista de inspiración ultraísta fundada por el español Humberto Rivas (Panedas) —que entre 1926 y 1927 dirigió Sagitario, su primer proyecto literario— se editaron solo tres números, todos recogidos en es facsímil. Sebastià Gash abre cada uno de ellos con artículos sobre los pintores Fernand Léger, Francesc Domingo y Joan Miró, pero también colaboran el peruano Xavier Abril, el mexicano Gerardo Estrada o la jovencísima poeta española Carmen Conde. El propio director de la revista colabora con extensos artículos —«Anotaciones. La nueva sensibilidad»—, poemas —«Poema» o «La ville multiple», escrito en francés— o dibujos —los titulados «La calle pendiente» o «Una calle»—. Circunvalación es una pequeña joya que confirma la importancia de estos proyectos, modestos, personales, para tener una visión global de la época.

EL GALLO CRISIS. LIBERTAD Y TIRANÍA. INSTITUTO ALICANTINO DE CULTURA JUAN GIL ALBERT

Otro facsímil, en este caso de la revista oriolana El gallo crisis, fundada en 1934. Aitor L. Larrabide, el autor de la introducción, escribe: «Fueron publicados seis números, dos de ellos dobles: n.º 1 (Corpus de 1934, 32pp.), n.º 2 (Virgen de Agosto de 1934, 32 pp.), n.º 3-4 (San Juan de Otoño, 1934, 36 pp.), n.º 5-6 (Sto. Tomás de Primavera-Pascua de pentecostés 1935, 52 pp.)». La revista, de clara orientación católica —no hay más que ver las fecha elegidas para la publicación de cada número—, fue dirigida por Ramón Sijé. En ella Miguel Hernández daría sus primeros pasos poéticos y se ocuparía de difundirla, con no demasiada fortuna, en el ambiente poético madrileño. Colaboraron en ella además nombres de la valía de Gabriel Miró, Luis Rosales, Paul Claudel o el propio Sijé, junto a textos de Fray Luis de Granada, Quevedo, Lope, Unamuno o Chesterton. Estaba dividida en varias secciones: «Antologías», «Archivo», «Ensayos», «Indagaciones», «Las verdades como puños», «Notas (antojos del gallo)», «Picotazos», «Poesía», «Posiciones», «Teatro poético» y «Viñetas». Bajo el amparo de la revista se editaron dos suplementos en la colección «El perfume intenso». Aunque no es la primera vez que se reedita dicha revista (en 1973 se realizó una edición, pero no se respetó el tamaño original), esta de ahora se puede considerar la verdadera edición facsímil, ya que respeta todas las características y contenidos de la de la primera edición. Como escribe Larrabide, la revista «ha tenido una gran trascendencia por las colaboraciones de Miguel Hernández y por el rico debate que provocaba su catolicismo exigente y militante». Es más que probable, que los más de 80 años que nos separan de su aparición, permitan leerla con otra perspectiva. Eso pondría de manifiesto que el tiempo no ha transcurrido en balde.

 

 

MIGUEL ÁNGEL YUSTA. REFLEJOS EN UN ESPEJO ROTO

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MIGUEL ÁNGEL YUSTA. REFLEJOS EN UN ESPEJO ROTO. COL ALCALIMA EDICIONES LASTURA

Como sabemos, uno de los símbolos con los que se asocia al espejo es con la representación del vacío y, de alguna forma, Miguel Ángel Yusta (Zaragoza, 1944), al titular así su libro, trata de desmentir esta asociación, es más, un cristal roto lo que hace es multiplicar la imagen que refleja, no disolverla en la nada. Esas múltiples reproducciones tratan en Yusta, a nuestro parecer, de reflejar la fragmentación del individuo, los muchos yoes que conforman una identidad plagada de dudas y contradicciones, algo connatural a la experiencia humana, necesarias, además, para llegar a conocerse. Ya lo dijo Horacio: Quotiens te in speculo videris alterum.

Yusta es un autor suficientemente experimentado, tanto en la vida como en la literatura, como para medir bien sus pasos, por eso, a pesar de todos los sinsabores que la vida, inevitablemente, nos proporciona, confía en el poder del amor como fuerza capaz de mitigar el dolor de vivir. «Y siempre está presente un factor determinante que rige y dirige nuestros todos nuestros actos: el amor», escribe el autor en las palabra previa.

Con una llamada baudelairiana a la complicidad del lector comienza este “Reflejos en un espejo roto”: «La pluma desordena las ideas. / Del sótano del alma / aparecen palabras / que al escribirlas luego / pudieran traicionar los pensamientos. / Solo esperan de ti, que las recortes, / la paciente lectura que les infunda vida». El libro está dividido en diez secciones y el título de cada una de ellas remite sin ambages a lo que nos ofrecerán los poemas que lo integran. «Se acabaron los días luminosos / y, sin saber por qué, fuimos vencidos», resume «Nostalgia». El tono elegiaco es moneda común en este libro de dicción clara que no se enreda en malabarismos verbales para ir directo al grano, a los motivos de su aflicción, sea el desamor, tema de la segunda sección («Yo sé que tú te has ido / l lugar de los hielos y el adiós…») o el paso del tiempo, que provoca, entre otras muchas desafecciones, la pena del olvido, asociado en estos versos a la noche, a lo oscuro: «¿Dónde están los instantes tan fugaces / que, apenas percibidos, quedaron en lo oscuro?». El olvido suele llevar asociada la soledad, aunque los restos de la memoria se empeñen en mantener vivo el recuerdo: «Soledad y vacío tu silencio. / Y, sin embargo, estás», un silencio que, como escribe Alain Corbis, en muchas ocasiones, y esta es una de ellas, «es palabra». La incertidumbre alimenta muchos de nuestros actos, nos acompaña a la hora de tomar decisiones, «La incertidumbre —escribe Yusta— existe y es certera». Pero, a pesar de ser consciente de eso, el poeta no levanta el vuelo. Se deja llevar por la abulia y la desolación, porque «La esperanza ha cerrado nuestros ojos / y se ha disuelto gris en el olvido».Todo este cúmulo de ansiedad y melancolía, no podía conducir más que al escepticismo. Yusta parece conocer todas las trampas que nos tiende del destino y no está dispuesto a dejarse engañar: «Hoy no puedo escribir si no es con sangre, / viva caligrafía / que se imprime en el alma sin piedad». Afortunadamente, después de esta travesía acompañada por la renuncia y la fugacidad vitales, queda un resquicio, no menor, para la esperanza. Unos versos de Machado que finalizan así: «… No todo / se lo ha tragado la tierra», encabezan esta sección, la más extensa del libro. La esperanza no es una ilusión, se ha amoldado al devenir existencial, se ha aquilatado gracias al filtro de la experiencia. No hay, no podía haberlo, un optimismo desmedido, porque «El tiempo nos desnuda / de todos nuestro sueños / cuando el espejo dicta sentencia / y atraviesa los años sin piedad». A pesar de todo, hay lugar para la esperanza. La música, tan presente en la obra de Miguel Ángel Yusta, un reconocido melómano, ayuda a mirar hacia delante: «La música nos salva / con mensajes de luz y eternidad».

La coda final del libro consta de cinco poemas que reflejan —sí, las palabras son otros espejo, quizá más fidedigno que el de cristal— la derrota, la constatación de que el paso irreparable del tiempo, la finitud, conduce a la muerte, aunque en el mundo, en unos versos que recuerdan a Juan Ramón, «no cambiará nada, / saldrá de nuevo el sol». Somos presencia, pero una presencia fugaz que aspira a dejar alguna huella de su paso por la vida. Somos, dice Miguel Ángel Yusta, vacío, silencio, pero, siguiendo a Quevedo, «silencio de amor esperanzado». La fe en que el amor es capaz conceder una especie de inmortalidad a quien lo disfruta guía el discurso de este libro doliente y, al mismo tiempo, esperanzado, escrito desde una rigurosa verdad existencial, que asume con serenidad las deudas del futuro.

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ARTHUR SZE

ARTHUR SZE

ATRAPAR LA LUZ

Haciendo equilibrio en un puente, farolas

en ambas orillas, un hombre coloca

un saxofón en sus labios, monedas

dentro una gorra dada la vuelta y un carrusel

 

en una plaza comienza a girar:

¿dónde están las puertas del paraíso?

Una mujer se inclina hacia un alargado

vaso de papel —los marroquineros cosen

 

bajo las lámparas: un cinturón, un monedero, una cartera—

cuero teñido de marrón, de beis, de negro

—trabajadores de Seúl, de Lagos, de Singapur—

en la pared de una iglesia un fresco representa

 

la muerte de un santo: un fraile levanta

ambas manos en el aire —en un avión,

se forma un coágulo en la pierna de una mujer

y comienza a viajar hacia su corazón—

 

una cadena de observaciones agita el agua;

y, cuando el coágulo se atasca, en un mercado

cerca de las mansas olas, los hombres descargan

sardinas en un estallido de luz plateada.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

LUIS ALBERTO DE CUENCA EN TRES MOMENTOS *

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LUIS ALBERTO DE CUENCA EN TRES MOMENTOS

  • ANTOLOGÍA. EDICIÓN Y PRÓLOGO DE LUIS MIGUEL SUÁREZ MARTÍNEZ. EDITORIAL CALAMBUR

Desde Los retratos (1971) hasta Bloc de Otoño (2018), la poesía de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) ha experimentado una transformación impresionante. Como señala Suárez Martínez, en este largo periodo de tiempo, «su poesía ha evolucionado desde el hermetismo hiperculturlista de sus inicios novísimos hasta su actual “línea clara”, dos manieras poéticas en apariencia antagonistas». Y hace bien en decir en apariencia, puesto que hay muchos rasgos comunes entre un periodo y otro, quizá el más visible sea el del culturalismo. La formación clásica de Luis Alberto de Cuenca y sus múltiples intereses, la canción, el cómic, el cine, le han hecho acreedor de un inmenso bagaje cultural que se traslada a sus poemas, unas veces como centro de su reflexión poética y otras como simple atrezzo.

     La frontera entre ambos la marca La caja de plata, libro publicado en 1985 y por el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía, aunque en los libros inmediatamente anteriores hay señales inequívocas que vaticinan ese cambio. La estética novísima había alcanzado su punto culminante con la publicación de la antología Nueve novísimos poetas españoles (1970), de Josep María Castellet y ella no estaban incluidos ni nuestro autor ni otro de los que, pocos años después, sería uno de los más conspicuos culturalistas, Luis Antonio de Villena. Ambos era extremadamente jóvenes por entonces y su poesía permanecía aún prácticamente inédita. Hay que tener en cuenta que el pistoletazo de salida de dicha estética lo dio Arde el mar, el libro de Pere Gimferrer con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1966. En 1985 soplan ya otros aires. De Cuenca se adscribe a lo que él mismo denominará «línea clara», una poesía caracterizada por el matiz irónico, por la sencillez expresiva, por el ambiente urbano y festivo, pero que no renuncia, al menos en su caso, a la carga culturalista, inherente a su filosofía de vida.

     En posteriores entregas, esta estética, en muchos aspectos coincidente con la llamada poesía de la experiencia, tendencia preponderante en aquellos años, se ira consolidando. De hecho, cuando reúne por primera vez su poesía, como afirma Suárez Martínez, suprime su primer libro y «buena parte de Elsinore, a la vez que somete textos conservados a un profundo proceso de corrección, cuando no de reescritura». Sin embargo, reducir a estas dos opciones —novísimos y realismo— la poesía de Luis Alberto de Cuenca sería limitar en exceso su evolución, porque dentro de esa apuesta iniciada en 1985, a lo largo de los años se han producido modificaciones sustanciales: «En efecto, El hacha y la rosa (1993), Por fuertes y fronteras (1996) y Sin miedo ni esperanza (2002) dibujan, en varios órdenes, un itinerario casi opuesto al de La caja de plata y El otro sueño», algo que se puede comprobar en esta antología El poeta va cumpliendo años y su evolución personal dejará huella, como no podía ser de otra forma, en sus poemas. Del tono festivo se pasa al melancólico. La ironía, que sigue muy presente, no consigue mitigar un profundo desencanto que le lleva a escribir un poema como «Vive la vida», toda una declaración de principios con mucho escepticismo subyacente, un escepticismo que será más notorio en libros como La vida en llamas (2006) y en los posteriores (El reino blanco, de 2010; Cuaderno de vacaciones, de 2014 o el más reciente, Bloc de otoño, continuación en cuanto a tono y argumento de Cuaderno de vacaciones. La presente antología reúne poemas de cada una de las entregas poéticas de Luis Alberto de Cuenca, lo que permite al lector analizar por si mismo esa evolución poética que hemos tratado de sintetizar, una evolución que, en palabas de Luis Miguel Suárez Martínez, no es otra cosa que el tránsito de la “culta oscuridad” a “la culta claridad”, o lo que es lo mismo, «la radical antítesis entre la oscuridad […] de sus primeros libros y la claridad y sencillez expresiva de su etapa posterior».

  • CANCIONES COMPLETAS (1980-2008). EDICIÓN CRÍTICA Y PRÓLOGO DE CARLOS IGLESIAS DÍEZ. EDITORIAL REINO DE CORDELIA

Conviene señalarlo, esta es la primera vez que se reúnen todas las letras de canciones escritas por Luis Alberto de Cuenca que han sido musicadas. Hay ediciones precedentes, pero ninguna de ellas resulta ser tan exhaustiva como esta que, además, cuenta con un prólogo ejemplar escrito por el poeta Carlos Iglesias, en el que demuestra, además de unos conocimientos sobre el asunto verdaderamente envidiables, su devoción por esta faceta menos conocida del justamente afamado poeta. Autor de catorce libros de poesía, muchos de ellos reconocidos con importantes galardones, como el Premio Nacional de Poesía por La caja de plata, Luis Alberto de Cuenca comenzó a colaborar con Javier Gurruchaga (San Sebastián, 1958) a partir del año 1980. La colaboración entre ambos se concretó en seis discos: Bon voyage (1980), Bésame, tonta (198), Cumpleaños feliz (1983), ¡Es la guerra! (1984), Una sonrisa, por favor (1989) y Música para camaleones (1990). La vinculación estética entre los discos y los libros de poemas, puesta de manifiesto por Iglesias, es notoria, «De hecho —escribe—, no resulta arriesgado considerar las letras de Bon voyage como un ensayo o esbozo de algunos temas y motivos que, en su versión definitiva, aparecen con posterioridad en La caja de plata». La interconexión entre poemas y canciones será una constante a lo largo de la colaboración ente músico y poeta. Iglesias hace un minucioso rastreo comparativo entre las letras y los poemas y establece una serie de motivos temáticos que ambos comparten, como «la invitación continua la viaje», «la revisión en clave irónica y burlesca de truculentos crímenes y sucesos reales», «el sentimiento amoroso visto desde una doble óptica, esto es, la del enamorado que se ahoga en su propio sentimiento, o la del amante que desdeña a la mujer desde una posición de altiva superioridad», «la relectura de cuentos infantiles tradicionales, filtrada por un tamiz erótico» y «el constante homenaje al mundo del cine y, en particular, a la atmósfera turbia, cínica y desengañada del género policiaco y criminal». Evidentemente, aunque parta de temas comunes, el tratamiento es muy distinto en la letra de una canción o en un poema, como se demuestra cuando se cotejan ambas versiones. Carlos Iglesias realiza un trabajo admirable, analiza y disecciona los rasgos comunes y las peculiaridades de cada género y cómo el poeta exprime la concomitancias: «Las canciones —escribe Iglesias— contribuyeron, por una parte, a consolidar la “línea clara” que, desde entonces sería ya consustancial a todos los libros de Luis Alberto de Cuenca; por otra, a canalizar el constante deseo del poeta de que lo fantástico irrumpa en la “atonía de la vida cotidiana”, convirtiéndola en un pequeño milagro del cual merece mucho la pena disfrutar».

Una vez finalizada la colaboración con La orquesta Mondragón, primero, y con Javier Gurruchaga como solista y después de un largo periodo de silencio (cerca de veinte años), De Cuenca colaborará con Loquillo, para quien escribe la letra titulada «Balmoral». Sin embargo, no hay en este caso una colaboración directa, como hubo con Gurruchaga, «sino tan solo una influencia, directa y palpable, de los poemas de este sobre la escritura y la ideología de aquel». El disco Su nombre era el de todas las mujeres está compuesto por doce canciones que se basan en poemas de De Cuenca, pero no son letras escritas ex profeso para este fin. Esta es una diferencia notable, aunque, gracias a la pericia de la adaptación que hace Loquillo, parezcan verdaderas letras de canciones.
En resumen Luis Alberto de Cuenca escribió treinta y nueve letras de canciones, recogidas en esta magnífica edición y quedan «fuera de estas páginas los poemas musicados ir Gabriel Sopeña y el propio Loquillo para integrar, respectivamente, los álbumes Con elegancia (1998) y Su nombre era el de todas las mujeres (2011)». El rigor, ante todo.

-MÁS PALABRAS CON ALAS, COL LEVANTE. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

En las palabras que preceden al contenido de este libro su autor, Luis Alberto de Cuenca, nos aclara la procedencia de estos textos. Provienen de las colaboraciones en la extinta revista Mercurio, auspiciada por la Fundación José Manuel Lara. Con el título Palabras con alas, la Isla de Siltolá, en su colección Inklings, editó las colaboraciones publicadas hasta el año 2012, y en el volumen que nos ocupa, se recogen las posteriores, veintitrés textos que abracan desde la rememoración juvenil —«A los diecisiete años me puse de largo como cazador de libros. Es un tipo de caza que no exige madrugar, ni loden, ni escopeta al hombro. Solo afición, y ganas, y vicio». Escribe en el primero de ellos, «Sueños de bibliofilia». La relación con ese vicio ocupa muchas de estas páginas porque, de un modo u otro, los autores de los que se habla son presencias imborrables en el en esa casa de los sueños que habita Luis Alberto de Cuenca. Los intereses son muy variados, como lo es el acervo cultural del nuestro poeta. Van desde Píndaro a Gutierre de Cetina —que «compaginó a lo largo de su vida el oficio de las letras con el de las armas», lo que nos hace pensar de inmediato en su coetáneo Garcilaso de la Vega—, de Hölderlin a Cortazar o Maurice Sachs, aunque no faltan cometarios sobre poetas recientes como el tristemente desaparecido Eduardo García —«Un poeta esencial», titula su reseña, o Antonio Rivero Taravillo. Por el propio medio en el que se publicaba, la extensión es similar en todos los casos, pero las grandes dotes interpretativas de De Cuenca siempre aportan una nueva perspectiva, un detalle, una apostilla reconocible que tiene su origen, probablemente, ese afán lector que cuyo origen se remonta a la infancia: «Todos sabemos —escribe— lo importante que es la biblioteca familiar en la formación de los futuros escritores, que valoran por encima de todo lo que conocieron de niños, cuando paseaban sus ojos asombrados y sus manos ávidas por las estanterías de la casa paterna». Sin duda tiene razón, pero hay quien no tuvo la fortuna de poseer una biblioteca familiar y ha tenido que construirla con el paso de los años. Con toda seguridad, esos ojos miran con un asombro similar y esas manos recorren los lomos de los libros con tanta o más avidez que los de un niño. Sé de lo que hablo.

Luis Alberto de Cuenca en tres momentos

STEPHEN DUNN. EL AÑO ANTES DE LA ELECCIÓN

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Stephen Dunn

STEPHEN DUNN

EL AÑO ANTES DE LA ELECCIÓN

Fue una época en la que todos los poetas

parecían estar muriéndose, mis favoritos

y algunos que no podía soportar.

Replegué todo lo que sabía

en todo lo que creía saber

hasta que fui un hombre viviendo en un mundo

entre sus propias locas dilaciones.

Aquí el tiempo estaba tranquilo

luego tormentoso, después calmado de nuevo,

un clima interior del que me sentía a merced.

Un buen amigo salió de mi vida.

sin explicación, no respondía

mis cartas ni mis llamadas telefónicas Una mujer

me escribió diciendo que lo sentía;

no tenía idea de quién era ella.

Solo unos pocos de los poetas muertos recientemente

se suicidan o se sumergen

en el olvido. Sus muertes fueron achacadas

a causas naturales. ¿De qué nos extrañamos?

Se impuso un prolongado silencio. En el pasado

eso podría haber dado lugar a una trascendente conversación

sobre lo ocurrido. La hubo, me dijeron,

pero casi ninguno de nosotros estaba listo para escucharla.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

MARTHA ASUNCIÓN ALONSO. BALKÁNICA*

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MARTHA ASUNCIÓN ALONSO. BALKÁNICA. PREMIO CARMEN CONDE DE POESÍA 2018. EDITORIAL TORREMOZAS

Trasladar al poema la experiencia biográfica, la peripecia vital es algo que tiene, en el ámbito de la crítica reciente, muchos detractores, sobre todo en quienes abogan por una poesía neutral —si admitimos un término como este para hablar de poesía—, una poesía en las que referencias de orden personal estén casi por completo ausentes o se mencionen desligándolas del yo que las escribe. Sin embargo, hay otros críticos, entre los que me incluyo, que piensan que los aspectos biográficos son una parte esencial del poema porque, sin ellos, con demasiada frecuencia, se pierde el anclaje con el mundo real y se cae en abstracciones ambiguas, inaprensibles. Otra cosa será acertar en la dosis de biografía que deba contener el poema y en la forma, que no tiene porque ser estrictamente confesional, de plantearlo (pensemos en un libro como La belleza del marido, de Anne Carson, por ejemplo). En ese cóctel, es cierto, los porcentajes de la combinación tiene una importancia capital.

Viene todo esto a cuento de Balkánica, el libro más reciente de Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986), una de las voces más asentadas de la joven poesía española. Un libro que parte de una experiencia vital sin la cual sería difícil comprender las alusiones, más o veladas, a ciertos acontecimientos que se describen en los poemas. Balkánica es un libro unitario y podemos leerlo como un diario de abordo, como un cuaderno de bitácora en la que la poeta va dando cuenta de aquellos sucesos que ocurren durante la singladura, aunque dicho sucesos, en algunos casos, estén veteados por experiencias ajenas a la travesía propiamente dicha y provengan de los archivos del recuerdo, los cuales van dando forma a esa identidad nunca construida del todo, muy consecuente, por otra parte con esa especie de nomadismo perpetuo que hemos impuesto a las generaciones más jóvenes: «Viví donde no llega el metro, el Paseo de Calais, / Nantes, el archipiélago de Guadalupe, / Zárágózá con cierzo, / Cáceres, un valle muy al norte / donde los hombres antiguamente guardaban cama / al parir sus mujeres, / un dujo para abejas en Tirana/ y Beauvais. / El punto, me parece. No es el final».

El contacto con otra cultura —en este caso la de Albania, un país al suroeste de Europa y uno de los más pobres del continente— siempre provoca emociones contrapuestas. Una visión superficial se limitaría a establecer comparaciones y a sacar conclusiones precipitadas. Sin embargo, la mirada de Martha Asunción ha sabido traspasar esa delgada capa de la superficie hasta incrustarse en los pliegues más profundos de esta tierra de águilas, algo que no se puede hacer, obviamente, en un viaje programado, sino a lo largo del tiempo, viviendo, conviviendo con las gentes del lugar, aprendiendo sus costumbres: «Los hijos de las águilas no esperan. // Ya hicimos muchas colas durante el comunismo de Enver Hoxha. // Cruzan la frontera con gallinas vivas en autocares / italianos comprados de segunda. // Fuman donde haya fuego. // Paran para silbar en la cuneta donde más brillen los almendros. // Creo que son felices porque no tiene horario de llegada».(«Ferti Travels»).

La poesía de Martha Asunción Alonso es eminentemente narrativa, sin embargo, sus versos alternan descripción con reflexión, y no de una manera lineal, sino con pausas versales que obligan al lector a hacer un alto en el camino, no muy dilatado, pero suficiente para pensar en lo leído y especular sobre lo que se leerá, y digo esto porque, de un verso a otro, nos aguardan muchas sorpresas, fruto de una personal reconstrucción del instante. Da la sensación de que el poema nace a partir de una imagen o de un frase que después se va completando con añadidos que surge de modo arbitrario, añadidos que solo en parte Martha Asunción ordena. De ahí su originalidad y su fuerza interpretativa y esta fuerza está al servicio de una poética en la que las raíces son fundamentales, son los cimientos que sustentan esa identidad tan volátil. El origen, la matria («Que toda matria es pan y el amor por la matria compartirse») vincula el pasado —la abuela, las mujeres: «Hay un gesto que acecho en mis mujeres / desde que tengo rabia en el corazón […] // Comprueban los bolsillos del revés / de los hombres que aman»— con el presente: «Aprendimos que la vida, por suerte, nunca se puede predecir. // Aprendimos que la surte, gracias a la vida, / no la podemos predecir».

Después de libros tan rotundos y aclamados por la crítica como Detener la primavera (2011), La soledad criolla (2013), Skinny Cap (2014) y Wendy (2015) —muchos de los poemas de estos libro se pueden leer en Archipiélaga, una antología personal publicada en Honduras este mismo año—, que le han reportado premios como el Adonáis, el Nacional de Poesía Joven o el Premio de Poesía Joven RNE, con Balknica, Martha Asunción Alonso no hace más que confirmar la buena salud de la que goza la poesía más joven en nuestro país. No cabe ninguna duda de que ella es uno de sus más sólidos baluartes.

* Reseña publicada en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés, el 22/11/2019