GABRIEL INSAUSTI. SAQUE LA LENGUA.

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GABRIEL INSAUSTI. SAQUE LA LENGUA. V PREMIO INTERNACIONAL JOSÉ BERGAMÍN DE AFORISMOS. CUADERNOS DEL VIGÍA. 2018

Saque la lengua es el tercer libro de aforismos de Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), un autor imbuido de literatura por los cuatro costados, ya que frecuenta la poesía —Línea de nieve es su último título en este género—, la escritura de diarios —El oro del tiempo se acaba de publicar—, la crítica, el ensayo, la novela o la traducción. Como se ve, nada literario le es ajeno. Como sabemos, el género aforístico exige ciertas obligaciones, una de ellas es respetar la concisión. Cuando pasa de ser un chispazo del pensamiento representado en dos o tres líneas se transforma en otra cosa, en un fragmento discursivo, en un microrrelato, en una anotación de diario o en una reflexión con carácter ensayístico, por ejemplo.

     Los aforismo de Insausti cumplen perfectamente esta premisa y cualesquiera que podamos asociar a dicho género porque combinan brevedad, una dosis muy proporcionada de ingenio, juego, paranomasias, alteración del significado habitual de las frases hechas y una mordacidad nunca hiriente, como en este ejemplo que transcribo: «En el mejor de los mundos posibles no se pierde el tiempo especulando sobre el mejor de los mundos posibles». Los temas que aborda Insausti son variados, desde una solapada crítica social (o política): «El drama de hacer huelga y que nadie lo note» hasta las fraudulentas condiciones de vida o el paso del tiempo, como en este logrado juego de palabras: «El tiempo borra la diferencia entre moderarse y demorarse». La reflexión sobre la escritura no se escapa tampoco al ojo escrutador de Gabriel Insausti: un cierto matiz irónico prevalece en muchos de los aforismos que tienen al ejercicio de la escritura como argumento: «La mirada del poeta emite su propio flash», «Después de la poesía no es posible Auschwitz» o «Cada poema documenta un fracaso» y es que «El escritor de aforismos es como ese tipo que en el safari solo dispara su cámara», es decir, que está más atento al hecho de retener el asombro que se esconde en la realidad por medio del lenguaje que a alterar esa realidad para acomodarla a sus intereses. El aforista es testigo, no verdugo. El conflicto identitario también asoma en estos aforismos: «El yo es la prisión en la que se entra voluntariamente» o «Al yo no se va, se vuelve». Podemos concluir de estos ejemplos que los aforismos de Insausti están llenos de dobles sentidos que obligan al lector a repensar sus convicciones, que incitan a mirar la realidad desde un punto de vista diferente. Están, además, escritos sin ánimo de deslumbrar, todo lo contrario, trasmiten una sensación de complicidad no muy habitual. No es extraño que el jurado del premio José Bergamín de aforismos eligiera Saque la lengua entre otros firmes candidatos, porque es un libro escrito a la vez desde el asombro y desde el desconcierto y seduce porque la ausencia de dogmatismo, por la contención de un yo que se sirve de sí mismo solo de manera referencial, nunca con afán ejemplarizante. Las grandes verdades buscan otros escenarios, acaso más espectaculares. Hay mucho más, pero aunque solo fuera por eso, merecería la pena leerlos.

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FERNANDO MENÉNDEZ. TEMPO DI SILENCIOS*

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FERNANDO MENÉNDEZ. TEMPO DI SILENCIOS. COL. AFORISMOS. EDICIONES TREA, 2018

Pocos autores —y durante tanto tiempo— han cultivado el haiku y aforismo con la perseverancia del asturiano Fernando Menéndez (Mieres, 1953). Ya sea en ediciones comerciales como esta que nos ocupa o en ediciones de autor, algunas de ellas hechas de forma manual, que tan bien se adaptan a estos géneros de fraseo tan breve. Los primeros libros de Menéndez datan de finales de la década de los 70 (en 1986 publicó en Scriptvm, la colección de plaquetes que editábamos por entonces Rafael Fombellida y yo mismo Gotas de silencio) y, desde entonces, se han sucedido las publicaciones tanto poéticas como aforísticas. En este género su primer libro, “Biblioteca interior”, data de 2003 y Tempo di silencios, el libro del que ahora nos ocupamos, es el octavo. El libro está precedido por unas palabras de Gino Rouzzi, que finaliza su disertación en estos términos: «Cada recopilación de aforismos de Fernando Menéndez es una declarada invitación al ahondamiento y a la expresión de nosotros mismos en formas provocadoras y espumeantes que componen, también musicalmente, un impetuoso himno a la vida». El planteamiento de Fernando Menéndez a la hora de estructurar su libro es, cuando menos, original, aunque la asociación musical ya la había puesto en práctica en Artificios (2014), su anterior recopilación. «En los aforismos de Menéndez —continua escribiendo Rouzzi— la música se vuelve metáfora de un precioso diálogo verbal en el que estos son palabras y notas».

Tempo di silencios esta dividido en trece composiciones musicales de muy diverso calado. Todas ellas están precedidas por citas de una variada nómina de escritores, cada una de las cuales, en una insólita asociación, corresponde a un instrumento, así, al oboe del quinteto de viento que interpreta «Las estaciones del corazón, Op. 5», le corresponde una cita del francés P. O. Sousouev: «A veces las palabras, son vagabundas» o al fagot del septeto que interpreta las «Siete bagatelas de silencio y desolación, Op. 7», le corresponde esta cita de Gesualdo Bufalino: «El sueño es de la derecha, el sueño es de la izquierda. Votar por un lúcido insomnio». Tiene, por tanto, este libro, varios niveles de lectura, en función de la prioridad que se dé a los respectivos textos que lo integran, pero, por centrarnos en los aforismos, Menéndez , como hemos dicho, un excelente conocedor del género, se atiene a una de las normas básicas de sus características esenciales, la brevedad («Un aforismo, es un esguince de la razón», escribe en la sección siete): en muy raras ocasiones, superan la línea (dejamos al margen, de forma explícita, los poemas breves y los haikús del decimotercer apartado), por lo que el lector tiene asegurada una contundencia reflexiva no muy común. Las dianas a las que disparan estas flechas verbales están dispuestas en un abanico temático muy amplio que va desde la cotidianidad («La amenaza de la imperceptible realidad», «La experiencia son las circunstancias de la vida»), la política («La monodia de toda futilidad política», «Los políticos: estúpidamente abundantes y mortales») a la belleza («La belleza es una vivencia intensa pero inefable») o el paso del tiempo («La vejez, nuestra tela de araña ya adulta»), pero, sin duda, es la reflexión sobre el propio aforismo y, por extensión, sobre la creación poética en sentido amplio, la que ocupa más espacio. Transcribimos algunos:«Un aforismo como una ventosidad del pensamiento», «Un aforismo queda hilado de claves y cadencias», «Hay aforismos que solo tiene vida en los sueños» o este último referido a la poesía: «Hay versos que sospechan de sus poetas». Como puede comprobarse por la pequeñísima muestra que recogen estas páginas, hay mucho que rascar en la superficie de este pensamiento fragmentado. Fernando Menéndez nos parece unos de los aforistas más importantes de nuestro país, por eso echamos en falta su nombre en los recuentos que con tanta asiduidad se están publicando en los últimos años. Quizá la dificultad a la hora de encontrar sus libros —de tiradas mínimas y escasa distribución— haya sido determinante en este sentido, pero con la publicación de Tempo di silencios —un libro que, en palabras que suscribimos por completo de José Ramón González, «opta por una organización compleja, que sorprende al lector al agrupar textos propios y ajenos como una sucesión de piezas musicales, cuya denominación y organización se apoya en un conjunto de precisas referencias literarias»— en la editorial Trea no hay ya excusa posible. Fernando Menéndez es, en nuestra opinión, una de las voces imprescindibles del género aforístico. Conviene que los próximos antólogos no pierdan la oportunidad de constatarlo.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 14/09/2018

JUAN DOMINGO AGUILAR. LA CHICA DE AMARILLO

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JUAN DOMINGO AGUILAR. LA CHICA DE AMARILLO. ESDRÚJA EDICIONES, 2018

Juan Domingo Aguilar (Jaén, 1993) fue con La chica de amarillo finalista del I Premio Esdrújula de Poesía, libro que ha sido publicado en los primeros meses de 2018. En junio de este mismo año el autor ha sido galardonado con el Premio de Poesía Villa de Peligros con el título, que verá la luz en los próximos meses, Nosotros, tierra de nadie. Esta circunstancia nos obliga a plantearnos dos aspectos, el primero de ellos es el estado de gracia en el que se encuentra el autor y, el segundo, su prodigalidad, porque es muy posible que ambos libros hayan sido escritos apenas sin solución de continuidad. En cualquier caso, debemos dar la bienvenida a un joven autor como Juan Domingo Aguilar por la intensidad con la que ha irrumpido en el panorama poético nacional, desde una ciudad con tantísima tradición poética como Granada.

Conviene decir ya que La chica de amarillo es un libro que, sin renunciar al amparo de la poesía de la experiencia, presenta matices personales en la representación de la cotidiana experiencia del fracaso amoroso, de la ausencia o del abandono. Quizá el más llamativo de esos matices sea el tono conversacional (alternado con largos monólogos) con un tú casi imaginario reflejo de un yo distanciado, que consigue dar al poema una calidez inusual a la par que convierte la experiencia propia en una especie de carta sin destinatario o, al menos, con un destinatario inaccesible. Por otra parte, la ausencia de puntuación imprime un ritmo más vivo a ese diálogo ficticio, a este diario de una ruptura amorosa y amplifica el sentido al permitir al lector decantarse por diferentes interpretaciones de lo narrado en función del lugar donde establezca las pausas versales. Veamos un ejemplo: «Me llamas me dices Domingo tengo ganas de verte / una leve pausa hasta luego un beso el último pitido / se mezcla con la suciedad que arrastran las calles en agosto / tu nombre en la pantalla del móvil la cama deshecha / Marta Ana Luía tiemblan pronuncian mi nombre / por toda la habitación gemidos / que no se parecen en nada a los tuyos / me pregunto si estarás sola me pregunto si tú también tiemblas». Antonio Praena, uno de los dos prologuistas del libro, escribe que «Nos encontramos un poeta que proyecta sobre el papel excrecencias sentimentales. Hay una forma de saberse y saber el mundo que habitamos que no precisa convertir a los oyentes en pantalla de nosotros mismos». Esto, como parece inevitable, no le convierte en especial. Juan Domingo Aguilar es un poeta muy joven y habla —escribe— sobre sí mismo, algo natural en un primer libro, pero hay muchas formas de hacerlo. Cuando se describe el fracaso de una relación es frecuente caer en el patetismo y eso, afortunadamente nuestro autor lo ha solventado con una especie de irónica resignación que no se circunscribe solo a los avatares de la truncad relación; orbitan alrededor poemas que funcionan por asociaciones mentales que solo podemos intuir, la historia personal se extiende a la historia general. Los poemas íntimos se transforman en poemas de corte social, como los titulados «El primer mundo» («mientras tú y yo hablamos de nosotros / en las noticas dicen que han encontrado / en Alepo a una niña que lloraba / entre las ruinas de su casa una niña / que llevaba puesto un vestido amarillo») o «Europa ha muerto», quizá el menos conseguido del libro. Las cicatrices del fracaso se marcan en la piel con surcos profundos, surcos que recuerdan el pasado pero que ayudan a dejarlo atrás: «eso es lo que queda de nuestra historia —escribe Aguilar— / dos extraños que se miran a lo lejos / y que cuando llegan a casa / cuentan los días que llevaban sin verse». Como escribe el otro prologuista, Javier Fernández, «La chica de amarillo es un torrente emocional escrito con la urgencia del que ha callado mucho tiempo y necesita gritar». Toda emoción necesita macerarse con el paso del tiempo, y esto es lo que ha hecho, templado ya el ánimo, Juan Domingo Aguilar, por eso sus versos nos parecen tan frescos, como si hubieran sido escritos al calor de una confidencia.

 

 

NAJWAN DARWISH Y CRISTINA OSORIO. NO ERES POETA EN GRANADA*

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NAJWAN DARWISH Y CRISTINA OSORIO. NO ERES POETA EN GRANADA. EDICIÓN BILINGÜE. EDITORIAL SONÁMBULO EDICIONES Y VALPARAÍSO EDICIONES.

«Cuando me encontré olvidado en tus calles / supe que estaba en mi ciudad / y me dije: el hombre no es profeta en su ciudad y tú no eres poeta en Granada». Estos versos del poeta palestino Najwan Darwish (Jerusalén, 1978) forman parte del poema que da título a un libro especial que combina la fotografía —a cargo de Cristina Osorio— y los poemas de Darwish (ya conocidos por el lector español gracias a la publicación por Valparaíso Ediciones de Nada mas que perder en 2016). La razón de que consideremos a “No eres poeta en Granada” un libro especial no reside en la combinación de poesía y fotografía, dos géneros que comparten muchos fines artísticos, aunque el proceso y la técnica para detener la fugacidad del instante, para inmovilizarlo y hacerlo nuestro difieran notablemente. La razón la encontramos en que los autores no han esquivado un escenario tan manoseado, tan visitado, tan cantado, tan fotografiado como la ciudad de Granada y, fundamentalmente, su edificio más emblemático, la Alhambra, plagado de referencias iconográficas y culturales. ¿Se puede aportar una mirada diferente sobre un lugar como este? Es lícito que nos lo preguntemos y la respuesta, después de mirar detenidamente las fotografías de Osorio, de leer los poemas de Darwish y de asistir al diálogo que ambos establecen, no puede ser más que afirmativa. Claro que se puede, si uno consigue liberarse de prejuicios y logra contemplar lo real con una mirada no contaminada, en busca de «la eterna novedad del mundo». El prologuista del libro, Paco Baena, se pregunta «Cómo sobrevivir a la saturación icónica, a la fagocitación del referente inducida por la multiplicación masiva de la producción de sus imágenes y por su difusión y circulación global?». Posiblemente solo gracias a la emoción que nos trasmite esa mirada personal que logra desleer las imágenes repetidas y consigue ofrecer al espectador un enfoque diferente y original, en el caso de Cristina Osorio, paradójicamente, a través del desenfoque, y no es que las imágenes no sean reconocibles, sino que se impone sobre ellas una cierta dislocación sensorial que estimula la imaginación del espectador, capaz en muchos casos de crear para ellas un nuevo emplazamiento en su memoria.

     ¿Cómo se compaginan entonces las imágenes con los poemas de Darwish? Podríamos afirmar que casi de forma espontánea porque el vínculo que une ambas disciplinas es una sabia y bien proporcionada mezcla de poesía y de historia. Darwish no pretende ignorar el pasado que le une a esta ciudad, por más que simbolice una dolorosa fisura sentimental: «Dónde está el cuaderno de las tinieblas en el que escribía la historia de mi destino / sin cambiar una línea alguna para salvarme. / Un cuaderno que puede devorar ciudades enteras, / construidas o todavía sin construir por la imaginación». La imaginación construye también las imágenes que nos brinda Cristina Osorio. De líneas difuminadas, de manchas borrosas y colores impuros —ocres, bermellones, musgosos y sombríos verdes, celestes grises—, de un ojo pensante surge la ciudad soñada, acaso idealizada por ese afán por mitificar lo perdido que todo ser humano desarrolla íntimamente.

     A pesar de que Darwish —poeta reconocido internacionalmente, como demuestra el hecho de que esté seleccionado en la antología Language for a new century. Contemporary Poetry from the Middle Easte, Asia and beyond— escriba en un verso que «La poesía huye hacia el otro lado», este volumen está impregnado de ella. Las imágenes son también poéticas —en un sentido estético, no edulcorado, adjetivo al que parece asociarse últimamente dicha palabra—y   precisan de un espectador meticuloso, de alguien que sepa rastrear en ellas las huellas de la experiencia particular de quien las fotografía. Los poemas, que gozan de una existencia autónoma y de un significado independiente, no están circunscritos a esa realidad geográfica tan determinante, son, podríamos decir, más universalistas y por esa razón pueden amoldarse a un significado concreto. Provienen de un lugar innominado, de «Un país llamado canción»: «Viví en un país llamado canción, / innumerables cantoras me concedieron la nacionalidad, / compositores de todos los rincones / compusieron para mí ciudades con mañanas y tardes. / Me movía en mi país / como se mueve un hombre por todo el mundo. // Mi país es la canción, / en cuanto se detiene, me vuelvo refugiado». Granada encierra poesía en muchos de sus rincones. Cientos de poetas de todas las épocas han cantado sus virtudes y han añorado, desde la distancia, su recuerdo. No eres poeta en Granada combina dos sensibilidades afines, la de la fotógrafa Cristina Osorio y la del poeta Najwna Darwish —cuyos poemas han sido traducidos del árabe por Ibrahim El Yaichi— que unidos logran sumarse a la corriente de emoción que fecunda la tierra y el cielo del sultanato.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 7/09/2018

PEDRO GASCÓN. LAS MUDAS SOLEDADES.

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PEDRO GASCÓN. LAS MUDAS SOLEDADES. CHAMÁN EDICIONES, 2018

El título de este primer libro de Pedro Gascón (Albacete, 1977) nace bajo la advocación de Lope de Vega: «hablar ente mudas soledades, / pedir prestada sobre fe paciencia, / y lo que es temporal llamar eterno». No es mala sombra tutelar, todo lo contrario, sobre todo en esta época en la que nos ha tocado vivir, una época en la que una gran parte de los libros que se venden bajo el epígrafe de poesía no lo son, y los autores de dichos engendros ignoran por completo nuestra tradición poética (el poema «Dicen» es suficientemente explícito en este aspecto: «Dicen que hay pseudopoetas / que venden más libros que Horacio» son los dos versos con los que comienza). Por eso, encabezar Las mudas soledades con un autor como Lope supone toda una declaración de principios. Ya en la poética que precedía a sus poemas en la antología El peligro y el sueño, preparada por Andrés García Cerdán, Pedro Gascón escribió: «Quizá haya que entender la poesía, en estos tiempos de derrumbe humanístico y social, como la captación de la esencia espiritual de la realidad». Siguiendo esa línea de pensamiento, nos encontramos con un libro que ofrece un compendio de vivencias que han dado un sólido argumento a una forma de vivir y de entender la realidad. Los poemas no están fechados y por esa razón desconocemos cuando están escritos, pero al leerlos sí percibimos diferencias de calado entre ellos, fundamentalmente en lo que respecta al paso del tiempo. Significativo, en ese aspecto, es el titulado «Estados y espacios», un poema de cuya madurez reflexiva deducimos que está escrito no hace mucho tiempo: «Ahora, que el tiempo es otro, / que mi hija ha abierto un nuevo cajón de ese armario de la memoria, / que el vacío y los huecos han quedado llenos por su presencia, / que mi madre abre el armario /para coger únicamente prendas para su nieta, / es ahora cuando abro el cajón de las ausencias ordenadas / y decido vestir esos ropajes. // sin duda, ahora, el padre soy yo». Sirva esta larga cita para verificar que el tiempo de la infancia —recurrente en otros poemas— se ha dejado atrás. El autor es consciente de que ha adquirido otras responsabilidades (el poema «Defendí la casa del padre» es paradigmático en este aspecto). No está concebido Las mudas soledades como un libro unitario. Las cuatro partes en las que está dividido: «En el mundo ausencia», «Fuego en el alma», «Y en la vida infierno» y «Con alma ajena» presentan diferencias entre ellas, pero también entre los poemas que respectivamente las integran, véanse si no los poemas «Elegía» y «Llueve» de la primera sección o «Llegarás bordeando el camino» o «Pensamiento». En ambos casos, los poemas citados en primer lugar son marcadamente narrativos, siendo los segundos poemas más líricos, con un fraseo mas concentrado. Por supuesto, el modo de organizar un libro responde a criterios personales, muy difíciles de enjuiciar, más sobre todo, si, como intuimos, este libro recoge poemas de muy distintas épocas creativas. En cualquier caso, lo que si unifica todo el libro, incluso los poemas que ensayan el monólogo dramático, es la persistente búsqueda de uno mismo a través de un lenguaje que se interroga sobre sus efectos —la referencia a Roberto Juarroz no es baladí—, la no menos persistente asunción de la paternidad expresada en poemas como «Homo opositor habla con su hija en la distancia», donde la ternura se combina sin patetismo con la ironía. Pedro Gascón vive la creación como un todo del que forman parte, por supuesto, los poemas, pero también la gestión cultural, la música y la labor editorial. Chamán Ediciones es el proyecto en el que, junto con Anaís Toboso, lleva trabajando desde 2015. No hay más que echar un ojo a su catálogo para comprobar que el camino emprendido hace tan solo tres años se está consolidando en el muy complejo mundo poético de nuestro país. Según Juan Ramón, un libro dice cosas diferentes según cómo esté editado. El libro Las mudas soledades es, además de un excelente libro de poesía, un perfecto ejemplo del cuidado que sus responsables ponen en la edición, algo que el lector agradece especialmente.

ANNE CARSON. TIPOS DE AGUA*

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ANNE CARSON. TIPOS DE AGUA. EL CAMINO DE SANTIAGO. EDITORIAL VASO ROTO, 2018

No deja de sorprenderme que en una época como la nuestra, en la que se ha convertido en algo habitual “engordar” los currículums con toda clase de nimiedades (por no hablar de flagrantes invenciones), una mujer del prestigio de la profesora y poeta Anne Carson (1950) reduzca el suyo a estos datos: «Nació en Canadá. La enseñanza del griego antiguo es su sustento de vida». Son, sin duda, suficientes para los partidarios de la autonomía del texto y para quienes dan preferencia a este por encima de consideraciones biográficas y/o sociales —la propia Carson lo pone en práctica en el libro de ensayos Eros—, pero en nuestro caso creemos necesario aportar alguna información más que nos ayude a situar la obra tanto ensayística como poética de la autora de Tipos de agua (un título que nos remite obligatoriamente a Marcas de agua, el libro sobre Venecia de Joseph Brodsky), un texto, conviene decirlo ya, de difícil clasificación porque combina lo poético con lo diarístico —aunque se omitan casi por completo referencias personales— y lo etnográfico. No cabe duda de que su pasión por el mundo clásico ejerce una notable influencia en su obra poética (el décimo trabajo de Hércules sirve de eje argumental a Autobiografía en rojo y que sus traducciones —de Safo, Sófocles y Eurípies, entre otros— son ejemplares, pero su obra es un conglomerado de géneros en los que alterna la prosa con el verso, la crítica con la narrativa, el libreto operístico con el ensayo. Y algo de todo esto hay en este Tipos de agua que describe el peregrinaje a Santiago («La ciudad y el santo enterrado allí son un punto de pensamiento», escribe) desde el pueblo francés de St. Jean Pied de Port, siguiendo la ruta de Roncesvalles durante poco más de un mes. La autora viaja en compañía de un hombre a quien denomina Mi Cid: «Él es uno de aquellos que, como reza el famoso poema, “en una hora feliz nació”», de quien solo se aporta información ambigua y con quien surge algún encontronazo, sobre todo cuando en la autora se rebela contra sus propios pensamientos y sale a la luz ese yo que el poema «Stanzas, Sexe, Seduction», escribía: «Quiero ser insoportable».

El viaje de Anne Carson no es tanto físico como espiritual. Es cierto que las entradas de este particular diario están fechadas y emplazadas en distintas poblaciones que atraviesan, pero escasean las descripciones paisajísticas y, cuando aparecen, lo hacen como soporte de alguna reflexión de carácter íntimo. Su búsqueda —todo peregrinaje lo es— se ve estimulada por el propio deseo de hallar respuestas y el camino es solo un escenario que facilita la introspección: «los peregrinos eran personas que resolvían las cosas mientras caminaban. En el camino puedes pensar con vistas hacia el futuro, puedes pensar recordando el pasado, puedes hacer una lista para recordar contarles a los que están en casa». Nada más alejado, sin embargo, de una guía al uso que este libro que exhibe una neutralidad imaginativa solo aparente. Los textos poseen, al menos, dos características propias, cada uno de ellos está encabezado por una cita de autores orientales —Shikibu, Zeami, Bashõ, Sogi, etc.—, salvo la del primero, que corresponde a Machado. Por otra parte, muchos de los textos llevan una coda final que, en ese afán por sacar conclusiones propio del espíritu indagador, resume los cambios que suscita la experiencia del peregrinaje en el peregrino: «Los peregrinos eran personas que llevaban cuchillos, pero rara vez les encontraban uso», «Los peregrinos eran personas a quienes les sucedían las cosas que solo suceden una vez», «Los peregrinos eran personas que cargaban con poco. Lo cargaban equilibrado en su corazón».

El peregrinaje concluye en Finisterre, en el fin del mundo, y la voz de la autora lleva a cabo la poderosa transformación que se ha venido desarrollando en las sucesivas etapas del viaje. Ha pasado de ser fundamentalmente descriptiva a adentrarse en los laberintos mentales de lo visionario, en un proceso de sublimación que guarda una profunda relación con la experiencia mística, aunque esta no se mencione en ningún caso. Anne Carson va descubriendo el camino por donde pisa, el camino «Se extiende lejos de ti. Te conduce hasta el oro real: mira cómo brilla. Y solo pide una cosa. Que resulte ser precisamente aquello que anhelas dar» a medida que descubre sus inquietudes personales, a medida que se descubre a sí misma. Avanza en el camino construyendo una imagen interior que no pueden retener las fotografías; un camino al que, en su parte final, la niebla priva de referencias: «Estoy perdida. Súbitamente alerta, miro a mi alrededor. Nadie está aquí, excepto yo. Y no hay camino». Pero, ¿este es el final o solo uno de los innumerables principios? Cada lector puede encontrar en su propia travesía la respuesta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 31/08/2018

XELO CANDEL VILA. MIENTRAS LAS NUBES ARDEN.*

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XELO CANDEL VILA. MIENTRAS LAS NUBES ARDEN. EDITORIAL RENACIMIENTO. COL. CALLE DEL AIRE Nº 175

Xelo Candel (Valencia, 1968) ha emprendido en su último libro, Mientras las nubes arden una exploración sobre el ser cargada de pesimismo. La constatación de que la nada es el destino final inexorable lleva aparejado una sensación de angustia y de vacío difícil de contrarrestar con la débil herramienta de las palabras. Pocos momentos para la esperanza nos deja la lectura de este libro, de este manual ontológico que rezuma reflexión existencial, realidad vivida y pensada. Uno de esos momentos que invitan al optimismo —y no son muchos— lo podemos encontrar en el poema «Paradoja del ser» (sobre dicha paradoja giran, según mi parecer, gran parte de los versos de este libro). Así comienza el poema: «Ebriedad de no ser, / no ver la luz, saberse nada», pero finaliza con este verso, sino esperanzado, sí con una constatación que lo desmiente: «Obstinada demencia de saberse vivo». La tensión entre estos dos polos, el ser y el no ser, el ser y la nada, constituye el armazón de Mientras las nubes arden, libro divido en cuatro secciones que integran, como si habláramos de los cuatro elementos de la naturaleza, la esencia del ser: silencio, noche, palabra, mañana. Esta organización contrapuntística se dispone de forma binaria; por una parte tenemos el silencio y su opuesto, la palabra y, por otra, la noche y su reverso, la mañana.

     El libro comienza con una afirmación que nos inquieta: «Soy lo que ha muerto». Esto lo escribe alguien que, a tenor de los versos posteriores, parece conocerse muy bien. Es cierto que todo lo vivido, el pasado y la memoria que recuerda, conforman al ser de manera más contundente que el presente, pero es en ese presente donde se deja constancia de lo que somos, por más que ese vivir el instante conlleve un dolorido reconocimiento de la realidad: «Con temor recorro un presente / interminable en su crudeza», escribe Candel, que un poema posterior escribe: «Y el dolor no te justifica / ni te consuela, ni te convierte / más que en su propia grieta / interminablemente sucesiva», refutando así esa convicción, ya un tanto desligitimada, que ponderaba el dolor como el paso último y necesario para la purificación del ser.

     Por otra parte, antes hablamos de las palabras, del lenguaje como asidero, como tabla de salvación, pero en la poesía de Xelo Candel el mundo representado en la página posee unas características similares al real, por tanto, el éxito o el fracaso de la existencia no se ensalzan o mitigan respectivamente al transcribirlos, como suele ser habitual en otros poetas. «La realidad siempre defrauda» y las palabras «siempre engañan», por tanto, la escritura será, principalmente, una especie de espantapájaros que asusta a los más timoratos o, quizá, el puente mediante el cual el poeta trata de franquear sus conflictos consigo mismo y con el mundo que lo rodea, «porque nunca sabremos el enigma /que nos ampara en la palabra».

     Si en la primera sección la búsqueda del silencio era una quimera, un deseo inalcanzable, en la tercera ocurre todo lo contrario: «No hay mayor castigo que el silencio», aunque esto no signifique que se confíe en las palabras para nombrar los dominios de la nada.

     La noche, asunto central de la segunda sección, simboliza el enigma, la parte desconocida, casi innombrable, del ser. La noche es como una coraza, una caja fuerte en la que se guarda la memoria. Fuera la vida continúa, pero en la oscuridad la incertidumbre se hace más espesa. La sensación de inanidad se consolida porque la memoria el fragmentaria y parcial: «Somos el umbral de la sombra, / el tributo que pagamos al olvido». Memoria y olvido, ambos, paradójicamente, resultan imprescindibles para seguir viviendo, para salir de la oscuridad, aunque «la memoria fabule en la distancia» y sea «tan solo niebla».

Con la mañana llega la luz, la claridad, la esperanza, porque «La luz nos sueña de otro modo / más intangible y hueco» (recordemos que el libro anterior de Xelo Candel se titulaba “Hueco. Mundo solo”), sin embargo, a pesar de las buenas intenciones de la autora, los poemas no logran remontar la pendiente del desaliento: «Solo existo en la nada», escribe. “Mientras las nubes arden” es un libro desasosegante, a pesar de que su estructura perfectamente estudiada —cuatro secciones casi idénticas en extensión— trate de dar la impresión de que incluso la desesperanza está bajo control. No hay en él, contra lo que pudiera parecer, una apología del agnosticismo; hay incluso fe, pero fe en la nada y esa fe en la nada conduce desde la «ebriedad de no ser» hasta la «obstinada demencia de saberse vivo», una travesía llena de peligros que Xelo Candel ha sabido sortear con emoción e inteligencia.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 24/08/2018

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. LA MIRADA. ANTOLOGÍA ESENCIAL*

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. LA MIRADA. ANTOLOGÍA ESENCIAL. EDITORIAL FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, 2018*

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) es uno de los protagonistas de un hecho que se viene repitiendo con cierta asiduidad en los últimos años. Me refiero a esa especie de reivindicación tardía de ciertos autores que pasaron casi desapercibidos —o se mantuvieron en una segunda fila, menos combativa—, generalmente por motivos extraliterarios, cuando despuntaban los miembros más conspicuos de su generación, en el caso que nos ocupa, la generación de los 80. Estoy hablando de poetas, por otra parte, muy diferentes, como Alejandro Céspedes, José Fernández de la Sota, Rafael Fombellida, Rivero Taravillo, Xelo Candel o, los ahora célebres, Juan Carlos Mestre y Manuel Vilas, entre otros, que se encuentran en plena efervescencia creativa, pero que estuvieron excluidos del aluvión de antologías grupales que se sucedieron a lo largo de la década, aunque algunos de ellos, como el propio Cilleruelo, participaron esporádicamente en las más notables.

     Las cosas, como digo, están cambiando y el tiempo parece que, esta vez, sí está poniendo las cosas en su lugar. Algunos de los poetas que quedaron entonces eclipsados, desenfocados por cierta miopía crítica han resurgido de sus cenizas y están ocupando el espacio que su calidad merece. También, por otra parte, se ha producido el efecto contrario. Autores canonizados prematuramente, han sido descabalgados por la crítica y los lectores con posterioridad.

     Cilleruelo es un caso quizá único porque siempre ha permanecido en una especie de umbral, sin llegar a atravesar la puerta nunca del todo. Fue, como hemos apuntado, incluido muy pronto en alguna de algunas de las antologías que marcaron época —La generación de los 80, de José Luis García Martín—, pero no hubo la continuidad necesaria para considerarle parte del canon.

Vicente Luis Mora, el responsable de esta edición, lo seleccionó en la antología La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015), uno de los primeros intentos serios de reescribir dicho canon. Mora, editor de La mirada, en el ensayo que precede a los poemas, nos ofrece algunas claves para “leer” la poesía de Cilleruelo: «No es un poeta “realista” al uso, porque su subjetivismo es irreductible, resguardado en las peculiaridades que esa mirada toma o adopta; la poesía de Cilleruelo no es realista, porque ni se propone “reproducir” la realidad ni tampoco imitarla. Más bien selecciona cuidadosamente una serie de colores, objetos, tonalidades, estados, apariencias y gestos y elabora con ellos un discurso dirigido a la producción de un estado de ánimo en el lector».

     La mirada es una antología esencial, es decir, recoge solo aquella obra que han consensuado autor y editor y que ambos consideran imprescindible. En un autor con tantas aristas como Cilleruelo la elección supone dejar fuera partes sustantivas de su obra o dar una muestra excesivamente breve de otras, pero hay que respetar los criterios editoriales y, por otra parte, todo lo seleccionado responde a la idea motriz de dar una visión gradual sobre una obra en permanente mutación. Además, una parte importante de los poemas que la integran son inéditos, algo que debemos señalar especialmente, por la excepcionalidad del hecho, lo que nos permite vislumbrar hacia dónde se encamina la poesía de nuestro autor. Él mismo nos da una información precisa: «El nuevo sustrato que alimenta los poemas que ahora escribo, perceptible en la tercera parte de este volumen, es la convicción de que el espacio es un tema esencial de la poesía y del arte contemporáneos […] Y la convicción, también, de que el espacio es más determinante en la conciencia humana que en el tiempo».

   La división del volumen no se atiene a la clásica sucesión cronológica de libros publicados. Recordemos que su obra se compone, en lo que se refiere a la poesía, de doce títulos, entre los que incluimos los libros de poemas en prosa. Los poemas que integran el volumen están divididos en tres periodos, «Maleza», «Mirlo» y «Mondaduras», compuesto exclusivamente con poemas en prosa. Esta original distribución nos permite leer La mirada. Antología esencial como un libro nuevo, redefinido en sus objetivos. El lector debe ser quien establezca los nexos de unión entre los poemas más antiguos y los de más reciente escritura, participando así de este entramado no como testigo, sino como cómplice, algo que ha sabido ver claramente Vicente Luis Mora en su elaborado prólogo, cuando se refiere a la otredad y a «los sucesivos poblamientos y despoblamientos del sujeto», en los cuales me parece intuir el propósito de que sea el mencionado lector quien porte la máscara de alguno de esos yoes en disputa. Una cuidadísima edición, impecable, tal y como nos tiene acostumbrados la editorial Fondo de Cultura Económica, pone aún más de relieve una obra que se incorpora por derecho propio a ese privilegiado grupo de los imprescindibles, sea cual sea la época que nos ocupe.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 17/08/2018

BRUNO MONTANÉ KREBS. EL FUTURO. POESÍA REUNIDA (1979-2016)*

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BRUNO MONTANÉ KREBS. EL FUTURO. POESÍA REUNIDA (1979-2016). EDITORIAL CANDAYA, 2018

Pese a vivir en España desde 1986, la obra de Bruno Montané Krebs (Valparaíso, 1957) es poco conocida en nuestro ámbito poético, circunstancia que esperamos cambie radicalmente gracias a esta poesía reunida bajo el título El futuro. No es el momento para hacer un relato biográfico pero sí conviene resaltar que participó, durante su breve estancia en México, en el movimiento poético infrarrealista, junto a, entre otros, Mario Santiago y Roberto Bolaño, quien lo parodió en su novela Los detectives salvajes. El futuro acoge entre sus páginas la obra completa del autor, dividida en cuatro libros. “El maletín de Stevenson”, el primero de ellos, recoge poemas escritos entre 1979 y 1981 y está integrado por los títulos El maletín de Stevenson (1979), El agujero de las sendas (1980) y Las colinas interiores del planeta (1980-1981). Estamos, pues, ante su primera etapa creativa y, sin duda, la más cercana al vanguardismo de nuevo cuño que se extendió por Hispanoamérica durante aquellos años, algo que se aprecia en la ausencia de puntuación de muchos poemas y en la particular disposición de los versos en la página, una disposición que facilita la fragmentación semántica, llena de recovecos y pistas falsas, aunque delimitada, generalmente, por unos versos finales que cierran los poemas casi de forma sentenciosa, como, por ejemplo: «Toda llamada es un brazo como un junco / asomado en el agua del estanque». La personal forma de distorsionar la realidad de Montané necesita una forma de expresión distinta a la habitual, una expresión que intente ser fiel a esa conciencia elíptica y, en ocasiones, lúdica que habita en su mente: «Tu vida —escribe— tiembla frente a toda clase de imágenes / capaces de decir nuestra precariedad y nuestra fuerza, /nuestras paranoias, nuestras soluciones, / nuestros campos transparente, / nuestros templos de visiones acabadas».

En El cielo de los topos (1987-1995), el segundo libro, la herencia vanguardista se ha atenuado, aunque el humor, el sarcasmo sigue presente en muchos poemas: «Tengo la oreja izquierda reflejada / en el resplandor de un charco». Pero versos como estos no deben hurtarnos la posibilidad de trascender lo anecdótico. Esa visión oblicua que permite ver la oreja reflejada en un charco simboliza una forma extrema de complejidad contemplativa. Desde determinadas atalayas las cosas no son lo que parecen, remiten siempre a otros conceptos que a las palabras les cuesta definir; palabras, versos, poemas que se convierten en la reflexión central del siguiente libro, Mapas de bolsillo (2013): «Si pudiéramos oír todas las palabras / quizá nada tendría sentido». El cambio formal, ya percibido en “El cielo de los topos” es aquí determinante. La poesía se vuelve discursiva y las extrañezas expresivas, núcleo de la poesía anterior de Montané, dejan paso a un discurso lógico en el que las encadenamientos metafóricos se transforman en series enunciativas, como en el poema «Oleaje», en el que el juego aliterativo actúa casi como una plegaria. El yo, y las voces del yo, se disgrega hasta sentirse un desconocido: «Eres un puñado de perspectivas / no aplicadas a las visiones / de los constructores del abismo. / Eres como aquel que busca su sitio / en los imperceptibles temblores / de la luz».

Montané va desgranando en sus versos una asociación no por manoseada, menos efectiva, la de la poesía y la política. Ignacio Echevarría lo expone en el prólogo con innegable acierto: «La poesía de Montané no está exenta de marcados acentos sociales y políticos. Él mismo se plantea la actividad poética como una política de resistencia contra una realidad que tiende a devorar este mundo que permanece a la escucha». El poema «Política» es paradigmático en este sentido: «Mucho dinero, poca poesía. / ¿Qué política lo dice? / Frágil punto en el que la realidad / prosigue su eterno asalto a lo real». Pero no solo la actividad poética se cuestiona, y mucho, a sí misma, como si el poema fuera una fuente no solo de resistencia exterior sino una especie de frontera impermeable que lo separa del mismo yo que lo construye. Los ejemplos que podemos citar son muchos, pero quizá estos sean los más explícitos: «… el poema se alimenta / de algo que no transcurre / en el centro de esta escena» o «el poema recuerda que el silencio / de un fuego lejano / crepita en nuestra imaginación».

El futuro, su libro más reciente, cierra este volumen. En el poema «El cielo», probablemente símbolo de lo intangible, están cifradas las intenciones, las expectativas vitales y creativas de Bruno Montané: «Por ese trabajo escribimos / poemas inútiles y, mientras soñamos, / nos sumergimos en el futuro». El trabajo de dar sentido al sinsentido de la realidad, el trabajo de formular con un lenguaje siempre insuficiente la experiencia de la realidad que se transforma en la mente. Montané no necesita, sin embargo, dislocar el lenguaje porque le basta su mirada para desenfocar los perfiles de lo real, para especular sobre sus formas.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 10/08/2018

JOSÉ ANTONIO CONDE. PALABRAS ROTAS

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JOSÉ ANTONIO CONDE. PALABRAS ROTAS. LOS LIBROS DEL GATO NEGRO, 2018

Hemos comentado en otras ocasiones libros de José Antonio Conde (1961) EN este foro y en dichos comentarios hemos puesto de manifiesto su gusto por la poesía alusiva, desnuda, esencialista, de carácter simbólico en la que el lenguaje trata de desperezarse para dar nuevos significados a la cotidianidad. La práctica de un poema breve de versos concisos en los cuales la subordinación de las ideas está prácticamente ausente se ha transformado en Palabras rotas en poemas en prosa con un engranaje de referencias subordinadas que contribuyen a crear una gran tensión semántica que no deja un momento de respiro al lector.

Conde ha publicado en apenas quince años (de 2003 data su primer libro, La vigilia del mármol) más de una decena de libros. Si bien es verdad que la mayoría de ellos son breves esta prolijidad nos alerta sobre la importancia que, para relacionarse tanto consigo como con su pasado y su presente, la palabra poética tiene para nuestro poeta. En los últimos años ha dado a la imprenta títulos como Botánica de un sueño (2011), Discanto ((2012), El signo impreciso (2013), Un juego de llaves (2014), Agnus hominis (2015), Témpora (2016) y Pasos mínimos (2017). Ahora llega este Fronteras rotas (2018), divido en tres partes muy desiguales en cuanto a alcance y extensión: «Dicterio», la más amplia; «Neumas» y «Duelo». El libro cuenta además con un excelente prólogo de Antonio Pérez Lasheras que nos ofrece de forma didáctica las características más señaladas de la poesía de Conde: «Su poesía —escribe— nos sorprende por su sincretismo, su concentración conceptual y su destilación de las palabras hasta acrisolarlas y hacer que digan lo que hasta ese momento no habían dicho nunca», y, en efecto, esa es una de las premisas de la palabra poética, decir aquello que no se puede decir nada más que mediante el lenguaje poético, tan distinto en propósito del lenguaje informativo o comunicativo. La palabra de Conde comunica, pero no hechos sino sentimientos, intuiciones más que constataciones todo ello gracias a un lenguaje exigente y multirreferencial con hondas raíces en la irracionalidad, como podemos ver en esto ejemplos escogidos aleatoriamente: «un mosaico de estribos que respira», «el temor es la ganancia del granizo». «La obra —volvemos a Pérez Lasheras— está llena de alusiones crípticas (imprecisas, en ocasiones, otras explícitas), pero muy concretas en la memoria, de lugares, fechas, acontecimientos, sentimientos, carencias, recelos, odios, hambres, huidas, enajenaciones, paisajes, miedos, miserias, injurias, mentiras…» y es que Palabras rotas nos habla de un pasado aún demasiado vivo en la memoria y con heridas por cerrar, el de la guerra civil. José Antonio Conde acude a sus recuerdos para vivificarlos en la pagina. Recuerdos propios y ajenos, recuerdos familiares (el libro está dedicado a su padre, Alfredo Conde) de quienes sufrieron el oprobio y la humillación por parte de los vencidos, con la connivencia de la jerarquía eclesiástica y de su infantería (militar y religiosa) «En la paciencia de las aldeas todo transcurre como dicta el botarate, ese que saca pecho junto a la estola corrompida, el mismo que envenena las alondras y trenza con sus manos la bruma y las incógnitas». Como decíamos, la poesía de Conde establece asociaciones mediante un lenguaje autorreferencial que exige una complicidad tanto testimonial como reivindicativa por parte del lector. Nos encontramos frente a una poesía de denuncia, pero no a la manera de la poesía social, sino con la conciencia de que en el propio tratamiento de la palabra poética se encuentra la raíz de ese compromiso con el yo colectivo, con el nosotros, como ocurre en algunos de nuestros mejores poetas, hablo de Julieta Velero o Antonio Méndez Rubio, por ejemplo. La palabra rota es la palabra del hombre comprometido con su tiempo, con su historia, la del hombre que vive con un conflicto interior que se revela contra el testigo mudo: «es habitual ver al místico junto a los escaparates vacíos, tomar el té a las cinco en casa del gobernador, recoger estramonio para la mansedumbre de las beatas y ocultar los preceptos de Isaías».