JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN*

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CASTRILLÓN

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN. ANTOLOGÍA COMENTADA DE POESÍA OCCIDENTAL NO HISPÁNICA (1800-1941). EDITORIAL TREA

Casi un siglo y medio de poesía compendiado en poco más de 350 páginas. El reto, como se ve, es mayúsculo y, si estuviéramos hablando de una antología al uso, condenado al fracaso desde su inicio por su medida extensión. Sin embargo, el particular enfoque con que José María Castrillón (Avilés, 1966) ha emprendido este proyecto le ha permitido no solo salir airoso del intento, sino crear un precedente que, ojalá, tenga muchos seguidores. No estamos afirmando que esta idea sea completamente original —existen muchas antologías comentadas, sin ir más lejos, algo de similar alcance ha hecho Jordi Doce en el Libro de los otros—, pero lo que si resulta insólito es el modo de acercarse tanto al autor —al poeta— como al poema comentado (aquí el parecido con el libro de Doce es más evidente). Los comentarios que provocan uno y otro están lejos de atenerse al clásico comentario de texto. Como afirma la contraportada del libro «Cada capítulo ofrece información sobre la biografía y la obra de los poetas sin renunciar al apunte literario […] Acompaña a cada poeta un poema en español sobre su figura o su obra, de manera que se conforma una muestra sobrevenida de autores españoles e hispanoamericanos de las últimas décadas». De hecho, Castrillón —filólogo pero también poeta—, en las palabras preliminares, advierte de que el propósito de esta antología, Subir al origen, ha sido despertar interés entre «Lectores no especializados, incluso apenas iniciados en la modernidad [poética]».

   La antología se inicia con William Wordsworth (1770-1850), poeta que junto a Coleridge, cambió el rumbo de la poesía inglesa. Propugnó «un verso más natural, una lengua cercana en la que cualquier lector medianamente culto pudiera reconocerse». La breve selección de su obra está coronada por un poema de un autor en lengua española, en este caso Jordi Doce.

     Son veintidós los poetas seleccionados. Los Himnos a la noche de Novalis (1772-1801) llevan como colofón un poema de Antonio Colinas. Eloy Sánchez rosillo es el encargado de glosar la figura del autor de Los “Cantos “, Leopardi (1798-1837). Algunas de las famosas cartas de John Keats (1795-1821), así como los no menos famosas «Oda a una urna griega» y «Oda a un ruiseñor» se completan con un fragmento del poema «A la tumba de Keats», de Juan Carlos Mestre. Buscando esas correspondencias, a Baudelaire (1821-1867), considerado el precursor del poema en prosa, le ha tocado en suerte Leopoldo María Panero. Luis Antonio de Villena da voz al apasionado Verlaine (1844-1896) en el poema «Un arte de vida». Ildefonso Rodríguez contempla en barco ebrio en el que navega Rimbaud (1854-1891). Walt Whitman (1819-1892) es el siguiente en esta nómina no estrictamente ordenada cronológicamente y es remedado por el poeta dominicano Pedro Mir. La otra pata sobre la que se sustenta la poesía norteamericana moderna, Emily Dickinson (1830-1886), el polo opuesto al torrencial Whitman, encuentra un fiel reflejo en la poesía de Eli Tolaretxipi. Ángel Crespo comparte inquietudes con Stéphane Mallarme (1842-1898). Un poeta joven español, Juan Andrés García Román, buen conocedor de la tradición alemana, se ocupa de Rilke (1875-1926). El resto de poetas, Yeats (1865-1939), Cavafis (1863-1933), Apollinaire (1880-1918), Pessoa (1888-1935), Eliot (1888-1965), Saint-John Perse (1887-1975), Wallace Stevens (1879-1955), Paul Éluard (1895-1952), Eugenio Montale (1896-1981), Gottfried Benn (1886-1956) y Anna Ajmátova (1889-19669 tienen como contrapunto a autores como Antonio Rivero Taravillo, José Manuel Arango, Hugo Gutiérrez Vega, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Eduardo Moga, Andrés Sánchez Robayna, José Luis Quesada, Lorenzo Oliván, José Ángel Valente o Javier Pérez Walías. Debe quedar claro que no estamos hablando de una antología de textos complementarios a los poemas originales, sino de poemas que buscan una confluencia, me atrevería a decir, de carácter espiritual. Las asociaciones en ningún caso han sido gratuitas. Cada poeta ha expresado en algún momento de su trayectoria un interés especial por el poeta al que homenajes.

     Como a toda antología, a esta también se le pueden poner pegas, no porque los poetas seleccionados no merezcan su inclusión, sino por algunas llamativas ausencias —aunque en el epílogo el autor razona sus decisiones y afirma que nunca han tratado de sentar cátedra: «Si alguien ha visto en este libro una propuesta de canon, trataré de combatirla con lo que podría entenderse como otro canon: por ello me ha importado estrechar aún más la malla y extraer de la tradición otros veintidós poetas que bien podrán haber protagonizado las páginas anteriores». En cualquier caso, Subir al origen es obra de un amante de la poesía que ha conseguido unir erudición y pasión como pocas veces hemos visto. Nada nos gustaría más que la excelente acogida de este libro propiciar su continuación. Castrillón menciona la posibilidad de emprender proyectos paralelos. Por supuesto, no estaría de más, pero sin desdeñar la idea de adentrarse en las décadas posteriores (esta antología finaliza en 1941) con la misma estructura, con el mismo entusiasmo.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 7/12/2018

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ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA*

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ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA. COLECCIÓN AFORISMOS. EDITORIAL CUADERNOS DEL VIGÍA.

Aunque Gracias, distancia puede considerarse el primer libro de aforismos de Antonio Cabrera propiamente dicho, no lo es tanto si nos atenemos a los muchos que encontramos dispersos en libros como El minuto o el año —del que extraigo frases sentenciosas como: «Qué difícil —por no decir imposible— es saber cómo ve el mundo una mirada que no piensa en el mundo» o «[el sol] En el asfalto alarga las sombras de los coches al tiempo que las rellena de un betún sin réplica y las delinea con pulso firme», ambas, como veremos, muy relacionadas con aforismos de Gracias, distancia (un título que, por lo demás, nos remite al Gracias, niebla de Auden, sobre todo en lo que concierne a la forma de ver). También en El desapercibido encontramos afirmaciones que podemos, sin temor a exagerar, calificar de aforismos: «Afirmo que quien mira lo abierto no piensa en nada» o «La muerte tiene su lugar constante en el transcurso constante de los días. Al pregonarla se la hace pertenecer aun más, pero sin drama, al flujo vital común, a la vida»». Encontramos, incluso, una definición de aforismo: «Los aforismos, como es sabido, no expresan ninguna verdad, sino una sensación de verdad intensa, armoniosa, redonda, pero, a la postre, sensación». Podemos además entresacar muchos aforismos de sus versos, pero no vamos a extendernos en recopilarlos. Invitamos al lector interesado a hacer sus propias pesquisas. En cualquier caso, lo que tratamos de argumentar es que la vocación reflexiva y contemplativa de Antonio Cabrera no responde a una moda, sino a un proceder enraizado en los orígenes de su poética.

     Seis son las secciones en las que está dividido Gracias, distancia, aunque, como suele ocurrir en este tipo de libros, dichas secciones no forman compartimentos estancos. No queremos decir que los aforismos sean intercambiables, pero sí que, con frecuencia, pueden encuadrarse en más de una sección. La más extensa, «Parecido al viento», abre el volumen. La distancia entre lo pensado y la realidad, entre el yo y el mundo, articula gran parte de estas reflexiones. Antonio Cabrera no se deja engatusar por las apariencias y, además, sabe que la verdadera esencia de la materia se muestra renuente a taxonomías y especulaciones más o menos imaginativas. La materia, el mundo, lo real es, y las ideas que suscita son meras aproximaciones que tratan de aprehender, más que desmenuzar las partes que la componen. «Acudir al mundo es mucho más que estar en el mundo». Y es que la pasividad no propicia la reflexión crítica, sino acomodarse sin ofrecer resistencia a la realidad. «Nuestro pensamiento —escribe Cabrera— puede llegar hasta las cosas, incluso doblegarlas; sin embargo no las impregna ni las cambia, y pasa y todo se rehace. El pensamiento es parecido al viento», por tanto, las ideas poseen vida propia, son volubles, mudables, brotan, más que de una reflexión forzada, generalmente inútil, de la intuición, de lo espontáneo: «Cuando las ideas parece que no quieren engendrase en la cabeza, un gusto a intelecto empieza a margar en la boca. Es el sabor de la esterilidad», algo que, por otra parte, parece llevar la contraria al Alberto Caeiro que escribe este aforismo: «Hay suficiente metafísica en no pensar en nada», porque es sabido que, a veces, las ideas poseen más solidez que la propia realidad.

     Antonio Cabrera nos propone, como ha hecho en su poesía, otra forma de mirar el mundo. Debemos abrir bien los ojos para no anclar la mirada en lo habitual. Debemos mirar como si acabáramos de ver, como si todo fuera nuevo, porque «Para el ojo nada es obvio». Esto significa estar alerta sin descanso, lo que no siempre es factible. Concentrar la atención en lo mil veces repetido precisa de un esfuerzo de la voluntad que pone el énfasis en la capacidad del pensamiento para reconstruir la realidad. Sin embargo, Cabrera nos previene contra un exceso de atención: «Lo que no es concentración —escribe— es tiempo verdadero, perdido, ido, tiempo lleno de sí». En la distancia que media entre una actitud u otra encontramos el equilibrio, pero ¿basta la distancia para cambiar el punto de vista? Sí y no. Dependerá de lo cerca que nos encontremos, de si la realidad que queremos aprehender está en un primer en un segundo plano. A debida distancia las cosas se ven mejor.

     «Desde César Simón» se titula la segunda sección. Simón, poeta fallecido hace poco más de veinte años, ha sido un referente para los mejores poetas levantinos y la vinculación estética de Antonio Cabrera con él resulta más que evidente, por eso no sorprende este homenaje en el que advertimos el duelo por el ausente y, a la vez, esa presencia inmaterial que evoca un pensamiento compartido, el de que la cosas no poseen vida propia, «sólo absorben luz», (acaso porque , como decía Caeiro —regresamos de nuevo a él— «… el único sentido oculto de las cosas / es que no tiene sentido oculto»), y es que es la mente del que observa donde se desarrolla la acción, lo inanimado está a la espera de recibir fuerza, impulso vital.

     No podían faltar en este libro las reflexiones poéticas que, en el caso de Antonio Cabrera, se concilian a la perfección con sus poemas, algo no demasiado frecuente en los autores actuales. En una plaquette titulada Líneas de fuga, publicada en 2001, nos dejaba ya algunas reflexiones que se compendian en los aforismos de esta sección. Escribía entonces: «Yo creo que el poema lanza sobre la realidad una red tejida con los significados y la música de las palabras cuyo objetivo es capturar trozos inteligibles de esa realidad, que de este modo adquieren o ganan sentido». Ahora lo dice de otra forma, pero el resultado no difiere gran cosa: «La poesía aparece en la frontera entre las palabras y lo que existe en contacto con ellas, sin ser ellas». Hay un aspecto apenas vislumbrado anteriormente y que tiene que ver con la comprensión del poema. Cabrera nos ofrece en Gracias, distancia algunas referencias que ahondan en las diferencias entre la poesía entendible y la poesía emocionante. En seguida se aprecia el contraste: «Hay una clave de la emoción poética que consiste en querer comprender y no conseguirlo del todo», afirma, y lo rubrica de este modo: «El poema no explica ni cuando explica». Más claro, ni el agua. Pero la palabra, el poema escrito necesita tomar cuerpo en la página; las palabras necesitan un armazón físico, del que las provee la tinta. La cuarta sección, «La letra celebrada» se dedica a rendir homenaje a la tinta y al papel, a las letras y las posibilidades de composición que ofrecen. En ese «paraíso para el papel en blanco» las letras son moradores privilegiados que acceden a cualquier fruto sin temor al pecado, pues nada les está vedado. Las letras son lo que quieran ser: «Las letras son pequeñas estatuas negras, y son flores curvas, y son alfiles de la inteligencia, y son lluvia minuciosa en nuestro interior».

     Las dos secciones finales, tituladas respectivamente «Luz» y «Sobre pintura», están íntimamente ligadas. No se puede observar sin su beneplácito. El pintor crea gracias a ella o a su ausencia, gracias a la penumbra: «El que ve sombras ve más». Antonio Cabrera escribe «Que un poco de sombra conviva con la luz. Que algo de luz manche o toque la sombra. Estos son, además, de mínimos morales, mínimos estéticos necesarios que inconscientemente deseamos cada vez». Con toda seguridad, John Berger, aplaudiría estas conclusiones., tan cercanas a las ideas que defiende en Modos de ver.

     Gracias, distancia representa una cota más alta aún, si cabe, en el corpus del pensamiento poético de Antonio Cabrera, un pensamiento que goza de una solidez inusual y que está asentada no solo en los cimientos de la intuición, sino en los más consistentes de la razón. Poesía y filosofía, conocimiento sistemático e intuitivo —que no anula el razonamiento, sino que lo expande—, de ambos surgen estas meditaciones: «Solo desde la razón pueden reconocerse y analizarse y neutralizarse los monstruos nacidos por la culpa de la razón no vigilante, dormida. Y también los que produce la razón que sueña».

Antonio Cabrera: ‘Gracias, distancia’

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA.*

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JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA. EDITORIAL LIBROS DE LA RESITENCIA, 2018

EL autor madrileño, José Luis Gómez Toré (1973) compagina de manera notable su labor creativa en el ámbito poético —entre sus obras señalamos: Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003), Un corte que no sangra (2015) o Hotel Europa (2017)— con su labor ensayística —La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002) o El roble de Goethe en Buchenwald (2015)—, en la cual abarca una amplia gama de intereses que sobrepasan con creces la tradición española («aunque mi ámbito de trabajo es deudor del contexto español, […] no he querido dejar de prestar atención al otro lado del Atlántico, a esa poesía que, a falta de otro nombre mejor, llamamos hispanoamericana», escribe nuestro autor). En ambos campos, el poético y el investigador, Gómez Toré brilla con una intensidad inusual. No hace mucho comentamos en estas mismas páginas su último libro de poemas, Hotel Europa, y hoy, hacemos otro tanto con Extramuros. Escritos sobre poesía, un libro que recoge ensayos, artículos y reseñas sobre poesía contemporánea publicados en diferentes medios a lo largo de los últimos años, eso sí, como el propio autor advierte, algunos de ellos han sido objeto de actualizaciones y de correcciones.

     Extramuros está dividido en cuatro secciones de muy diferente alcance. La primera de ellas, titulada como la totalidad del volumen, «recoge —en palabras del autor— textos que, de una manera u otra, presentan una visión más general de lo que es la escritura poética o plantean cuestiones tales como la relación entre la poesía y la filosofía o entre poesía y política». Abundando en este último extremo, Gómez Toré afirma que «El lenguaje no está al margen del poder. Tampoco el lenguaje poético, tantas veces cómplice del tirano y del príncipe, pero en él late la precaria esperanza de otro lenguaje que no se ejerza como dominio: la utopía de la palabra inerme». Dice bien nuestro autor cuando habla de utopía, porque, a tenor de la degradación paulatina y sin precedentes que esta sufriendo el lenguaje, mantener alguna esperanza de rectificación, de salvación es, hoy en día, algo más propio de desubicados o de seres de otro planeta que del ciudadano corriente. Los mensajes publicitarios (incluimos aquí, por supuesto, las soflamas políticas), la perversa comunicación que plantean las redes sociales y la falta de un diálogo equitativo entre seres que comparten inquietudes comunes está convirtiendo el lenguaje en una herramienta utilitarista y mercantilista a la cual se priva de lo trascendental, con todos los inconvenientes que esto conlleva. Enjundiosos ensayos como «Filosofía y poesía en Hölderlin» o «¿Poesía y compromiso?» nos invitan a profundizar en cuestiones sobre la cuales se viene debatiendo con posturas enfrentadas, incluso encarnizadamente contrapuestas, en ámbitos académicos y periodísticos. Hablar sobre al autonomía del arte o, por el contrario, sobre su conexión con las circunstancias históricas en las que se produce es moneda común en los debates estéticos. Gómez Toré no esconde sus argumentos: «… el momento de autonomía de la obra artística resulta imprescindible, y sin embargo, desde el carácter doble de la obra como experiencia, desde el “carácter doble de la obra de arte como algo autónomo (que en su autonomía está determinado socialmente) y algo social. (Adorno, 2004, 279)».

     La columna vertebral de «Un templo vacío», la segunda sección, es la obra de José Ángel Valente, un autor por el que Gómez Toré profesa especial veneración y de quien destaca la profunda complejidad de su obra al tiempo que pone al descubierto algunas lecturas interesadas encaminadas a desacreditar su integridad estética. «Valente —escribe— es un poeta en constante evolución, que ensaya numerosos caminos (el poema en verso convencional y el poema en prosa, el lenguaje simbólico y el coloquialismo más desnudo, formas líricas puras junto con otras formas que se contagian de lo narrativo y lo dramático)… […] Aunque no completamente falsa, resulta engañosa y profundamente desorientadora la distinción entre un primer Valente (el que recoge sus primeros libros en Punto Cero) y un segundo Valente (que cuaja en los libros recogidos con el título Material Memoria)».

     «Lecturas», la tercera sección, esta divida a su vez en dos partes. La primera está integrada por estudios en profundidad de la obra de Gamoneda, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo, de quien en 2017 editó el libro Amadis y el explorador o Ida Vitale, flamante Premio Cervantes. La segunda se ocupa de poetas más jóvenes, como Olvido García Valdés, Jordi Doce, Ana Gorría o Ada Salas.

     Por último, nos encontramos con al sección «Silva de varia lección» la cual, como su título deja traslucir, es un compendio de reseñas y comentarios de menor extensión aunque no de menor alcance, porque en toda ellas José Luis Gómez Toré despliega un conocimiento poco común del acto poético y de la variada herencia estética que precede a la escritura actual, Un libro como Extramuros seduce por las profundas y bien fundamentadas reflexiones que en él tiene cabida, pero también porque nos permite asistir a la construcción del pensamiento poético de su autor, pensamiento que se deja vislumbrar en sus poemas en la misma medida que estos estudios. Ambas lecturas son inseparables.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/03/jose-luis-gomez-tore-extramuros/

RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE*

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RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE. EDITORIAL: EDICIONES LILIPUTIENSES. 2018

La labor editorial que viene desarrollando el poeta José María Cumbreño en pro de la poesía del otro lado del Atlántico —sin desdeñar el interés por jóvenes autores españoles— resulta impagable y más propia de un espíritu quijotesco, que de un avezado emprendedor, tal y como entendemos hoy dicho término. Fue en el año 2011 cuando empezó a fraguarse un catálogo que cuenta ya con muchos de los autores que despuntan por derecho propio en el panorama de la poesía iberoamericana (la nómina es tan extensa que resulta contraproducente mencionar algunos de esos nombres). A lo largo de los años, la expectativas de la modesta editorial y de su alma mater, además de consolidares, se han ampliado. Cumbreño organiza también un Encuentro de Literatura Periférica bajo el epígrafe de Centrifugados, una reunión de escritores y músicos de ambas orillas del océano. Gestionar algo así requiere de un tesón y de una fuerza de voluntad hercúleos, no solo por la magros recursos económicos de que dispone, sino por el esfuerzo que supone coordinar a decenas de personas y los actos respectivos en los que participan en un periodo tan escaso de tiempo (el encuentro dura poco más de dos días).

     Encuadrado en esa labor de difusión de la poesía iberoamericana está el libro Cartas a H. El aprendizaje, de la poeta argentina Raquel Cané (Santa Fe, 1974), de la que conocemos escasos datos. Sabemos que compagina su labor como diseñadora con la escritura. Ha publicado libros de relatos como Soy, El libro del miedo o ¿Cómo nacieron las estrellas?, una recopilación de leyendas brasileñas. En colaboración con Carolina Esses ha publicado Ana y la gaviota. Hasta donde alcanzamos, el libro editado por Ediciones Liliputienses es su primera entrega poética.

     En realidad Cartas a H. El aprendizaje son dos libros reunidos en un único volumen, porque poseen características que los hacen muy diferentes. Y no estoy hablando solo del aspecto formal (el primero, escrito en prosa y el segundo en verso), sino de perspectiva y contenido. Cartas a H recoge 22 cartas que van dando cuenta del proceso de alejamiento emocional que lleva consigo el distanciamiento físico. Pero no son cartas al uso en las que se resumen los acontecimientos significativos de una vida para compartirlos con el ausente, con el otro. El otro es aquí un personaje más que carnal, evanescente, producto casi de la imaginación de quien redacta las misivas, sobre todo porque ignoramos el contenido de las cartas del receptor, al parecer, menos frecuentes que las de L, la emisora. Lo desconocido inquieta, perturba, genera multitud de preguntas, unas explicitadas en el texto y otras solo sugeridas. «¿La pertenencia te construye? Pienso en el lenguaje. ¿Cuánto se vacía para ser ocupados por las palabras del otro?». A medida que avanzamos en la lectura comprendemos el valor que confiere a la palabra, pero hay otro elemento que posee acaso un peso simbólico mayor, la ejecución de un lienzo que, al contrario que en el Retrato de Dorian Grey, parte de una mancha («el lienzo es una mancha aún») que va tomando forma a medida que pasa el tiempo y la relación comienza a diluirse: «Comencé a trazar las líneas del retrato, no quise mirar el rostro, empecé por las manos», escribe. El proceso de artístico corre paralelo, aunque en sentido inverso, al de la pasión. Comienza a surgir las dudas. Lo reproches hacen acto de presencia: «Hace días que no recibo noticas tuyas», «Empiezo a extrañar tus cartas», «Espero tus noticas», hasta el punto de que, cuando termina el retrato («H, el retrato está acabado») se pregunta «¿Seguís ahí?». Así acaba el libro, con una sensación agridulce. La escritura de Raquel Cané es descriptiva, pero la narración no es esencialmente lineal, hay disfunciones temporales que contribuyen a crear zonas vacías, elipsis que aureolan la cotidianidad con una gran dosis de misterio. Lo no verbalizado compite en relevancia con la descripción de algunos hechos que parecen apartarse del motivo central, pero que refuerzan la incomunicación, la soledad de L., como la anécdota del perro del vecino. Resulta llamativa, sin embargo, esa mezcla de contención expresiva y la necesidad de memorizar la experiencia a través del lenguaje.

     Un lenguaje muy presente en El aprendizaje, no en vano es «El Libro» el eje que vertebra los poemas, en verso y generalmente breves en este caso. Pero ¿de qué clase de libro estamos hablando? No hace falta mucha imaginación para suponer que se refiere a un libro sagrado, un libro que ilumina la existencia, que guarda en sus páginas todo lo necesario para iniciar el camino del conocimiento personal: «Las páginas traslucidas / superponen un cuerpo / de texto, es demasiado, pienso. / Ella no me ve cerrarlo, suspira y dice / tiene un principio / que no te asuste encontrar el tuyo». Podemos calificar esta poesía de mística porque plantea cuestiones de orden espiritual en los que la fe prevalece sobre la razón porque «La fe es la fuerza que da el sentido». Ambos libros son un buen ejemplo de tensión poética, de conciencia del lenguaje.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 30 de noviembre de 2018

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA*

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ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA.

Un titulo como este, Biología, Historia, con dos palabra separadas por una coma que inducen a pensar en una identificación entre ambos términos, más que a una oposición, como ocurre cuando utilizamos la conjunción «o» en su valor disyuntivo, puede resultar engañoso, a tenor de lo que leemos en los versos finales del libro: «Tú nos dijiste que la decadencia, / el desgaste, la muerte, / eran cuestión de pura biología. / Importaba la historia, sobre todo». El poema, de igual título que el libro, está dedicado a la figura del catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez, maestro de poetas y de profesores (de hecho, fue el director de su tesis: Teoría y práctica del compromiso en la poesía española (1927-1939), centrada en Alberti) del durante varias generaciones, fallecido hace ahora poco más de dos años. De una manera no siempre explícita, dicho fallecimiento —no en exclusiva, claro; hay suficientes indicios en los poemas para pensar que la propia enfermedad intensifica una reflexión que conduce desde la anécdota a lo trascendente— sirve a Antonio Jiménez Millán (1954) para realizar un recuento de su propia experiencia vital. Este recuento tiene varias fases y diferentes maneras de abordarlo que van desde la rememoración de hechos que podríamos considerar remotos en su transcurso existencial, los que se remontan a la infancia, como: «Estoy mirando una fotografía / del mes de agosto del cincuenta y siete…» y la adolescencia, en la que la nostalgia interviene de forma decisiva, sobre todo en las primeras secciones del libro, «Partituras» y «La memoria y los días». El adolescente que va descubriendo calles y lugares de su ciudad natal, el adolescente que la recorre con la secreta ambición de «ponerle nombre a la aventura, / grabarla en la memoria / igual que se recuerda una canción»., el adolescente que ve muy lejana la enfermedad y piensa que «la muerte es siempre cosa de los otros», el adolescente, en fin, «que empieza a no creer / en verdades impuestas» es visto desde la más extrema madurez, esa que te enseña que «Los años sólo aportan /sentimientos de pérdida, / falsa severidad, calma aparente». Esa calma aparente es precisa para no dejarse llevar por la indignación, por la frustración que provocan las tragedias cotidianas. Para seguir viviendo es necesario cierto distanciamiento porque, como se sabe, el exceso de realidad puede matarnos: «La misma voz de siempre me susurra al oído:/ lo que acabas de ver está muy lejos, / no te roza la piel ni se instala en tu cuarto».

     Otra secuencia narrativa está sustentada en hechos más recientes como los poetizados en «Hard Rock Café (NYC)» o «Instrucciones para un victimario (Recordando a Ángel González)», este último poema integrado en «Disolución», la tercera parte del volumen. Unos versos del poema «Banderas» son lo suficientemente explícitos para confirmar el temor que embarga al poeta de que la historia, la triste historia de España, vuelva a repetirse: «Crecí sobre el recuerdo de una guerra: hoy he de confesar que tengo miedo».

     El fugit irreparabile tempus virgiliano está muy presente en este libro, me atrevo a decir que es la columna vertebral de la que parten las diferentes vértebras o ramificaciones argumentales, algunas de las cuales dejan un regusto amargo, como si cupiera en la mente del poeta una especie de sublevación contra la fuerza de los acontecimientos, contra los estragos del tiempo y se creyera capaz de «encontrar la fuerza y el deseo / de aquel verano de mi juventud». La sección cuarta, «Homenajes», no es sino una manera indirecta de revelarse contra el olvido y de saldar cuentas con el pasado, un pasado en el que acaso la función salvífica de la poesía y del arte se mitificó en exceso. Las servidumbres que exige tal sacerdocio se ven ahora fuera de lugar, hasta el punto de que el poeta se pregunta : «para qué la poesía, la erudición, los libros, / si tus hijos te odian». Sin embargo, vida y poesía son, en su caso, indisolubles, de ahí que se rindan homenajes a poetas como Gil de Biedma, Machado , Miguel Hernández o, de forma solapada, a otros como Neruda.

     El libro va avanzando sin otra dificultad que la que suscitan las reflexiones existenciales, cargadas de una melancolía agridulce, porque el verso de Antonio Jiménez Millán —autor de una obra extensa y rigurosa que uno ha seguido desde sus inicios, integrada por libros capitales como Ventanas sobre el bosque (1987), la antología La mirada infiel (1975-1998), con un excelente prólogo de Francisco Díaz de Castro, Inventario del desorden (2003) o Clandestinidad (2011)— es flexible y dúctil, discursivo y lleno de guiños cómplices hacia el lector. La cuarta sección, «Carnets», acentúa estas características, a pesar de que los poemas están escritos en prosa, los que los vincula directamente con el apunte diarístico. Lo anecdótico adquiere, si cabe, más preeminencia, aunque los poemas estén coronados por reflexiones metafísicas de similar calado a las que culmina los poemas escritos en verso. Sin embargo, el foco temático centrado en la identidad, así como el carácter más discursivo asociado a la prosa los convierte en distintos. El poema «Sobre el resentimiento», por ejemplo, finaliza con estos versos tan elocuentes: «Es el reverso de la culpa, pero igual de estéril», un duro autoanálisis que supone casi una claudicación, una renuncia al poder sanador del desagravio. Los carnets vienen a ser, en todo caso, los diferentes yoes que se van sucediendo a lo largo de la vida, porque «La identidad es un perfil borroso, es una construcción lenta y cambiante que fija la mirada de los otros. La única certeza es lo inestable: el simulacro de la libertad que el poder nos concede, aquel carnet que ya no tiene fecha».

     La sexta sección, «Pantallas», nos remite, en principio, al poder evocativo del cine, y así es, porque se mencionan películas como La casa de las palomas o Sin novedad en el frente, pero también nos encontramos recuerdos hilvanados alrededor de los viajes: París, Aix-En- Provence o Venecia, ciudad amada por el poeta Antonio Parra, a quien va dedicado el poema, una ciudad en la que lo bello y lo terrible, la vida y la muerte conviven como acaso en ningún otro lugar. El libro finaliza con dos secciones que, a la postre, como señalábamos más arriba, privatizan el sentido del título. Por una parte está la enfermedad, que señorea la sección titulada «Rehabilitación»: «Por un instante soy el inquilino, / provisional y torpe, / de un cuadro de Picabia». Este forzoso inquilinato provoca hondas reflexiones sobre el tipo de vida que se ha vivido, sobre hábitos y disfunciones. Algunos vicios como el tabaco y alcohol son, en los últimos años, erradicados y el síndrome de abstinencia se convierte en un enemigo invencible que trata de salvar del desastre, a pesar, tal vez, de si mismo, «un cuerpo destruido lentamente». La enfermedad, el deterioro y las limitaciones que origina obligan a ver las cosas desde otro punto de vista («Y todos, al final, / hemos pagado caro los excesos», escribe en la última sección del libro, «Biología, historia»). Acciones que antes se ejecutaban de forma mecánica, ahora precisan de un esfuerzo añadido que no siempre se está en condiciones de realizar. Es entonces cuando se percibe con toda su crudeza la fragilidad del ser humano, desvalido y a merced de la misericordia ajena. Quizá por esa razón. Antonio Jiménez Millán ha encontrado en el acto de escribir, en la escritura, una compensación, una reivindicación de su afán de permanencia. La escritura le ayuda a olvidar «los achaques de la edad» y a celebrar un breve instante de dicha como el que se regala «un sol de primavera en pleno invierno»: «hoy solo quiero celebrar la vida», escribe.

     De la octava sección, la dedicada a la memoria de Juan Carlos Rodríguez, ya hablamos al principio. Una emocionada sucesión de recuerdos que se enlazan con la precaria situación que atraviesa el poeta, internado en ese momento en la habitación de un hospital. Prevalece, sin embargo, no el lamento elegiaco, sino al ternura, contenida y hasta condescendiente con el pasado y consigo mismo:, como delatan los últimos versos del libro: «Es tu herencia / y no renuncio a esa lucidez, / aunque tú ya no estés entre nosotros / y a mí me cueste tanto hablar de ti en pasado». En Biología, historia la mirada infiel se desnuda y muestra las cicatrices del pasado, pero no para suscitar lástima, sino para dar cuenta de que el poeta ha ejercido la libertad de elegir su destino hasta las últimas consecuencias. Pocos pueden afirma lo mismo.

Antonio Jiménez Millán: Biología, Historia

MENNO WIGMAN. DESCUIDADO CON LA FORTUNA. *

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MENNO WIGMAN. DESCUIDADO CON LA FORTUNA. EDICIÓN DE ANTONIO CRUZ ROMERO. EDITORIAL RAVNESWOOD BOOKS EDITORIAL

Ha sido una grata sorpresa descubrir la poesía del poeta holandés Menno Wigman (1966-2018) fallecido en febrero de este mismo año a una edad improcedente (si es que alguna edad es oportuna para morir), sin cumplir los 52 años. Conocemos muy superficialmente la poesía de los Países Bajos, el nombre de Cees Nooteboom, profusamente traducido a nuestra lengua, parece abarcarlo todo. Sin embargo, hay otras voces notables que merece la pena conocer, compiladas en antologías como Once poetas holandeses, que recoge la obra de poetas en activo como Anne Vegter, K. Michel, Arjen Duinker, Haagar Peeters, Sasja Jansen, Tsead Bruinja y Menno Wigman o El poeta es una vaca. 21 poetas neerlandeses, de ámbito temporal más amplio. Ambas muestran dan cuenta de la variedad y la riqueza de la poesía holandesa tanto actual como contemporánea. Menno Wigman comenzó publicando Dos poemas en 1985, libro auspiciado por su profesor Willem Kramer, pero su primer libro como tal data de 1997, En el verano todas las ciudades apestan. Cinco años después publicó Black por el cual recibió el premio Jan Campert. Este es mi día se publicó en 2004. En 2005 Wigman pasó tres meses como poeta residente en la institución psiquiátrica Willem Arntsz Hoeve en Den Dolder , lugar donde escribió un diario que se publicó en 2006. En marzo de 2009 apareció La tristeza de los copyrettes. Elección de trabajo propioEn enero de 2012, Mi nombre era Legion. Barro duro es de 2014 y Sloopy con felicidad fue publicada en 2016. Wigman fue además editor de la revista literaria Zoetermeer  y también tradujo poemas de Baudelaire, Thomas Bernhard, Else Laker-Schüler y Rilke. En 2014 se enfrentó a graves problemas de salud. Su corazón enfermó, probablemente debido a una reacción a una alergia sufrida en su juventud.  No son imprescindibles, pero estos datos nos acercan más a al autor, un poeta de tintes clásicos, al decir del poeta y especialista en la poesía de su país Thomas Mölhmann, «con un estilo influenciado por las tradiciones europeas anteriores (piénsese en Baudelaire, Rilke, Yeats) crea imágenes contemporáneas de la vida actual en la gran ciudad». En el poema «Rien ne va plus» del libro que comentamos, Descuidado con la fortuna, da cuenta de su primer contacto con la poesía y cómo esta cambió su vida: «Tendrás dieciséis años y serás feo. Como lo eras ahora. / Pero deseas hacerte poeta, ordeñar las palabras / de Rimbaud y Baudelaire y bajo luz hostil sorber / ruidosamente la sopa de tu madre. Y por la noche en tu cuarto / le escribes a tus padres obstinadamente, / escribes poesía y gobiernas con disimulo la vida […] Y ahora, casi treinta y seis años, enfermo y huraño, / alejado por la poesía de cuanto te rodea, / ahora te miras la mano y escupes en tu pluma. […] Nunca tendrías que haber visto un poema». El inicio de la vocación poética y la construcción del poema son asuntos recurrentes analizados desde diferentes momentos de su trayectoria vital aunque hay pocas variaciones en el fondo argumental, alimentado este por una especie de resentimiento hacia la escritura, hacia los libros: «Sé inteligente y no termines de leer ningún libro», acaso porque de nada sirve cuando la enfermedad se instala en el cuerpo y el sabor metálico de la muerte acera la boca: «¿Por qué, cuerpo mío, fuiste tan poco valioso para mí? / ¿Por qué permanecí tan terco, entronizado en mi cabeza / y viví fuera de mí con tanta violencia […] Ahora estoy en una habitación, mi corazón, un músculo torpe, / me abandona, cobarde como un poema me deja estar / y antes del final de esta noche la muerte se derrumba en mis pulmones», escribe en el poema «Adiós a mi cuerpo».

     Menno Wigman es un poeta urbano La naturaleza no parece interesarle ni como escenario accidental: «Para mí la naturaleza —escribe— es un televisor roto». Sin embargo, en la ciudad encuentra el refugio para mitigar sus desolación. Bares, tabernas, drogas, sexo conforman su registro existencial, aunque esto no signifique que el autor emprenda un descenso ininterrumpido a los infiernos. La ciudad forma parte de su ser: «La ciudad / donde he diseccionado el amor y siempre / escribí poemas: esa ciudad se llama Ámsterdam». Como digo, no todo es desolación. Hay en este libro algunos momentos felices, aunque sospechamos que la mayoría de ellos no han encontrado acomodo en los versos. El poema «La felicidad tiene una dirección» finaliza así: «Hermoso sin embargo / que este poema no sea necesario» y es que la felicidad, un estado en exceso transitorio, ha de vivirse no escribirse. El amor, mejor sería decir el desamor, «El amor se hizo añicos frente a nuestros ojos / y lo llaman muerte en la cama y se ha terminado. / ¿Por qué nos amamos cada vez menos?», o la muerte, sobre todo la muerte, son presencias constantes en estos poemas traducidos con fluidez por Antonio Cruz Romero, a quien debemos agradecer el descubrimiento de este gran poeta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 23/11/2018

JOSÉ GUTIÉRREZ ROMÁN. TODO UN TEMBLOR*

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JOSÉ GUTIÉRREZ ROMÁN. TODO UN TEMBLOR. SILTOLÁ POESÍA, 2018

A tenor de la información que nos facilita la solapa del libro, José Gutiérrez Román (Burgos, 1977) ha publicado hasta ahora solo un libro de poemas, Los pies del horizonte, que fue galardonado con el Premio Adonáis de 2010 y una plaquette de cuentos, La vida en inglés. Ha escrito además otro libro de poemas que permanece inédito. Todo un temblor es, por tanto, su tercer libro de poemas y ha visto la luz siete años después del primero. Contrastamos, sin embargo, la información precedente y comprobamos que, sin ser falsa, es claramente exigua. Dos libros de poemas preceden al premiado con el premio Adonáis, Horarios de ausencia (2001) y Alguien dijo tu nombre (2005). Ha escrito también otro libro de cuentos, El equilibrio de los flamencos (2006). José Gutiérrez Román ha sido incluido además en varias antologías poéticas y ha recibido el Premio Letras Jóvenes de Castilla y León en varias ocasiones. Creo que son datos que merece la peña señalar para proporcionar al lector una información no sesgada.

   ¿Cuál ha sido el motivo para que después de ganar el Premio Adonáis, un premio de relieve que suele ser un gran espaldarazo para quien lo obtiene, un espaldarazo que se traduce, generalmente, en cierta predisposición editorial para publicar el siguiente libro, José Gutiérrez Román haya demorado tanto su nueva entrega? No conocemos su caso en concreto, pero existe la posibilidad de que se deba a un alto nivel de exigencia estética o puede que la propia escritura se haya mostrado esquiva con el autor. En cualquier caso, no resulta extraño que dicho periodo de silencio sea el tema del primer poema del libro, «Me preguntan si sigo escribiendo», a lo que el autor, después de dar larga, opta por decir la verdad: «Entonces me sincero, / les digo que no, que no escribo nada / desde hace ni se sabe, / son racha, bueno, surge cuando surge, / y así mil frases hechas / que acaban sepultando el asunto»». Cuánto hay de falsa modestia en estos versos resulta muy difícil discernirlo. A medio camino entre la meditación y la ironía, la poesía de Gutiérrez Román, como la de sus maestros más o menos implícitos —Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago, Jon Juaristi o Ramón Irigoyen, por ejemplo— combina con soltura ambos aspectos y con ellos logra desmitificar asuntos que en otra voz adquieren categoría de inefables, como el del “oficio” de poeta (el poema «Realismo Limpio» es uno de los más lúcidos en este sentido: «No me hables de realismo sucio, / de la literatura cruda y dura de no sé quién / y de la sordidez de no sé cuál. // Me dedico a limpiar culos de gente adulta / que no es capaz de hacerlo por sí misma»), el llamado “problema” de España («El problema de España / quizá sea un trastorno del lenguaje. // A este país le hace falta un logopeda») o el alto destino vital que algunos persiguen sin descanso («Desperdicia tu vida, / haz todo lo que esté en tu mano / para echarte a perder»).

     El tono trivial y jocoso que percibimos en estos versos no oculta, sin embargo, el desencanto fraguado en el conocimiento de las prosaicas ambiciones que gobiernan la conducta del ser humano, conducta a la que el poeta tampoco puede ser ajeno, aunque gracias a las enseñanzas que propicia la experiencia personal relativice los éxitos y los fracasos, estos últimos tan demonizados en la actualidad: «Me comprometo a no mezclar deshechos: / en este cubo dejaré mis cuitas, / este otro será para las metáforas, / y aquí, en este rincón, la materia vanidosa / —altamente contaminante—».

     Todo un temblor es un vademécum de poesía sustentada en lo anecdótico. Aquí tienen cabida las circunstancias laborales, las relaciones personales, el fracaso amoroso, el erotismo (la asociación simbólica que subyace en el poema titulado «Eros» me recuerda a algunos poemas de Antonio Praena o de Juan Antonio González Iglesias), la critica social y, por supuesto, la poesía y la condición de poeta, a quien se baja de ese inestable pedestal en el que le colocan críticos y antólogos. Un lenguaje claro, al servicio de la anécdota, de estructura narrativa y carácter descriptivo no debe privarnos de leer entre líneas para descubrir que más allá de lo subsidiario se encuentra lo esencial, esto es, la visión de un poeta que, desde la superficie de las palabras, hurga en las zonas profundas de su conciencia para reconocerse en sus contradicciones. El último poema del libro, «Anotaciones», resume perfectamente esta hipótesis: «Justo en ese momento / en el que la poesía / te comience a cansar y descreas de ella, / abre tu vida / por una página cualquiera del pasado / y lee las anotaciones / que hiciste al margen. / Tendrás ante tus ojos / algo más relevante que cualquier poema. / Podrás decir entonces / que tienes argumentos». Lo más evidente encierra también grandes misterios.

José Gutiérrez Román: Todo un temblor

PUREZA CANELO. RETIRADA. EDITORIAL PRETEXTOS*

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PUREZA CANELO. RETIRADA. EDITORIAL PRETEXTOS

Un título tan contundente como el que ha colocado Pureza Canelo (Moraleja. Cáceres, 1946) al frente de su último libro deja poco espacio para las especulaciones. El núcleo argumental de Retirada es el del desánimo, la renuncia, pero también la fortaleza de sus convicciones («Libro expiatorio, de recapitulación, despedida, entrega que pide redención», escribe) y los distintos poemas de esta trama van justificando esa decisión de carácter tanto vital como poético, porque Pureza Canelo no se aviene a contemporizar con la degradación de la vida cultural y con el grado de futilidad que ha alcanzado una gran parte de la poesía actual: «Retirada: dueña soy, se alcanza alejada del mundillo humano. Allá se estrelle en su propio mundo, egoísmo, injusticia, sinrazón, miseria interminable: aunque todo sea compendio de mí», pero tampoco contemporiza con la deriva moral del ser humano. Opta entonces no por desentenderse, sino por dejar testimonio de su desacuerdo reivindicando la necesidad de interiorizar el acto poético, de encarnarlo en una forma de vida guiada por el rigor y la honestidad, pero sin soslayar la denuncia de un ambiente literario en el que prima la notoriedad por encima de la calidad, que patrocina lo superfluo por encima de lo esencial. No es extraño que nuestra autora, tal vez cansada de bregar contra corriente, elija regresar al puerto seguro de su soledad, un refugio en el que la escritura encuentra el caldo de cultivo idóneo para prosperar.

     Retirada no es, por fortuna y contra lo que pudiera parecer, un testamento, todo lo contrario, es una especie de memorial de evidencias sustentado en tres principios fundamentales: «Esencialidad para fundirme en ella», «Claridad para tocar la campana» y «Profundidad para asustar a Dios». Estas son las pautas de un comportamiento ético, lo he dicho ya pero no me importa repetirlo, que gobierna su poesía y su biografía, ambas estrechamente ligadas, pero no por el hilo de lo anecdótico, sino por lo simbólico. ¿De qué otra forma se puede interpretar una poesía que se adentra en lo más hondo del ser para examinarse sin condescendencia alguna, que fideliza esta consigna: «de la vida a la palabra, de la palabra a la vida»? Pureza Canelo no solo indaga sobre el significado último de la creación artística en su propia obra; como creadora, como poeta, está atenta a la creación ajena, porque a través de lo leído se suman estratos de conocimiento, se amplían las catas en los sedimentos de la conciencia. Sin embargo, tal experiencia no resulta todo lo gratificante que debiera ser, un exceso de ego, un culto exagerado a la vanidad nublan el horizonte, tergiversan el verdadero propósito de la escritura: «Clamoroso ego. Deficiencia perenne entre nosotros. Vanidad sin límite. A la vez que tuertos y mancos, todos». Como vemos, no es preciso recurrir a una terminología específica, con la poética sobra para poner en evidencia algunos de los males que aquejan a eso que llamamos «sociedad literaria». El empoderamiento gratuito, la inconsistencia moral y estética de una parte importante de la poesía actual o las malas artes promocionales son algunos de ellos y Pureza, con una actitud ante la poesía casi monástica, de altas miras, con un voto de fidelidad de raigambre cosmológica, no puede dejar de lamentarlo: «Cada vez se agranda este abismo entre la vida literaria y yo. Regresar a casa es la confirmación de haberte sacrificado un tiempo por el otro».

     Siguiendo a Paul Valéry, Pureza escribe: «El poema, abismo de sí, no termina ni comienza». Buscar un fin sería certificar su muerte. El poema necesita volar y reptar, ascender a lo más alto y arrastrase por el barro. El poema se construye sobre los cimientos de la contradicción, por eso no acaba ni principia en un instante preciso. Se reinventa en cada acto con una libertad que no precisa de un beneplácito público, el cual, generalmente, malinterpreta el sentido y confunde el valor con el precio. «Tantas veces —escribe Pureza— la escritura se vacía sin entender el músculo que la impulsa. De esa carencia mace la torpe expresión, con o sin retórica». Este «con o sin retórica» enfrenta a la poeta con dos formas de concebir el hecho poético solo en apariencia divergentes. Si es mero oropel, si carece de «instinto» da igual que se abuse del discurso narrativo o del fragmentario y elíptico. El resultado será igual de prescindible. Para que la experiencia personal se transforme en sedimento poético hace falta vaciarse y crearse una nueva identidad en el lenguaje, es necesario desvelar con paciencia las capas de ese yacimiento poético donde va dejando poso ideas y actos, deseos y esperanzas, éxitos y fracasos.

     Pureza Canelo ha escrito un libro que va hasta la médula de la creación poética con una sinceridad encomiable y con una hondura creativa poco común. Retirada es una larga meditación tan íntima que la poeta no pensaba hacerla pública: «Son mis años que enfilan aturdimiento, desposesión, vejez», escribe. Afortunadamente, ha cambiado de opinión y los lectores podemos ser partícipes de este dar vueltas «desde el principio de los signos».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 16 de noviembre de 2018

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. TAMBIÉN VIVIR PRECISA DE EPITAFIO. ANTOLOGÍA POETICA (1983-2017). *

JAVIER SÁNCHEZ

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. TAMBIÉN VIVIR PRECISA DE EPITAFIO. ANTOLOGÍA POETICA (1983-2017). EDICIÓN DE JOSÉ LUIS MORANTE. CHAMAN EDICIONES

Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) comenzó su andadura poética a una edad temprana, algo no infrecuente en este género. Su primer libro, Motivos —del que se recogen varios poemas en este volumen—, data de 1983, es decir, cuando el autor contaba diecinueve años. Desde entonces hasta el pasado año, fecha en la que se cierra la presente antología, ha publicado, en lo que a poesía se refiere —Javier Sánchez Menéndez mantiene abierto un ciclo reflexivo en prosa agrupado bajo el título Fábula, del que ha publicado ya seis entregas— once títulos.

Esta antología, preparada por el poeta y crítico José Luis Morante (1956), autor que ha realizado ediciones de poetas como Joan Margarit, Luis García Montero o Eloy Sánchez Rosillo, abarca este extenso periodo creativo y ofrece una muestra suficientemente representativa de cada uno de los libros, lo que nos permite asistir a la evolución creativa de un poeta que comenzó a publicar en el momento de ebullición de lo que se ha llamado poesía de la experiencia (recordemos que en 1982, uno de sus máximos representantes, Luis García Montero, obtuvo el premio Adonáis con un libro que se convertiría en paradigma de dicha estética, Un jardín extranjero). Coinciden pues los intereses estéticos de Sánchez Menéndez con los de un importante sector de la poesía española de la época («El jardín entre la niebla de la mañana / parece algo más que un jardín / porque estás tú / que no eres una sombra, / no emerges de los árboles / ni de los rascacielos», escribe en un poema de ese libro inicial). Morante tacha de germinal este primer libro, algo perfectamente comprensible si nos atenemos ala edad en la que fue escrito, pero germinal también en el sentido de que en él se adelantan muchos de los motivos y las técnicas formales de Javier Sánchez Menéndez, que iremos viendo a lo largo de estas líneas. Derrota y muerte de los héroes (1988), su segundo libro, presenta algunas novedades con respecto de ese primer libro circunscrito al rótulo de la experiencia. Aunque sin caer en los excesos de la poesía novísima, en este libro parece haber una intención de volver la vista a una estética que, si bien tuvo sus momentos álgidos en décadas anteriores, los sesenta y los setenta, no ha perdido del todo su vigencia. El culturalismo está muy presente en los poemas de esta segunda entrega, valga como ejemplo el poema titulado «En Galia Narbonense». En los siguientes libros, sin embargo, Javier Sánchez Menéndez regresa a una a sus preceptos primigenios, a una indagación acerca de la realidad con un lenguaje directo, sencillo, anecdótico que discursea sobre lo íntimo y lo histórico, y a un ritmo más atento a los dictados de la métrica tradicional que al vuelo sincopado de la cadencia respiratoria. Un poema como el titulado «El País» nos lo demuestra: «No me importan los censos, las estadísticas, / las batallas sangrientas en el Oriente Medio, / los satélites rusos, las visitas reales, / no me importa el pasado / porque en el ayer ya estamos, / cuando miro hacia el sol y compruebo / que dirige su marcha a la vertiente oeste / de tu casa». Una sutil ironía, no siempre discernible en una primera lectura, caracteriza muchos de los poemas de esta serie: «Abel siempre me dice que no sabe cuándo hablo de veras o de broma…». En este libro se encuentra además uno de los mejores, desde mi punto de vista, poemas escritos por Javier Sánchez Menéndez, «Variación de Moguer», un emotivo viaje a la infancia —«mejor mi adolescencia»— en el que alternan el presente y el pasado, la devoción infantil con la sensualidad de la madurez desde la que se escribe.

Del mismo año 1991 es Introducción y detalles, un libro denso y cargado de ironía, con implícitas referencias textuales que contribuyen a consolidar una poética personal que ya ha dejado de titubear y de experimentar con diferentes estéticas; Javier Sánchez Menéndez ha encontrado su voz: «Acusado en otro tiempo de polémico y confesional, / me he limitado a escribir versos, a asentar la cabeza en los inconvenientes / y a negar toda duda sobre mi condición / de hombre cualquiera». Vienen después otros libros que inciden en lo anecdótico como argamasa de un reflexión que se va volviendo por momentos menos gozosa, más desengañada, quizá porque «se paga la idea de agradecer / la vida a cada instante». No carece de lógica este tono desencantado. La experiencia vital enseña a no dejarse guiar por un optimismo exacerbado ni por los efluvios de un enamoramiento que suele tener fecha de caducidad. Vamos leyendo como testigos privilegiados ese itinerario vital en libros como La muerte oculta (1996), Una aproximación al desconcierto (2011) o Mediodía en KensigntonPark (2015), un libro, este último, de poemas en prosa en los que predominan las reflexiones identitaria y metapoética, de forma más o menso intensa presentes en toda su poesía.

Perdona la franqueza (2015) es, en palabras de Morante, «un muestrario breve que emplea como formato monocorde el versículo […] Así acentúa el modo reflexivo. Nos hallamos ante una poesía de pensamiento que incide en la visión de lo real de modo fragmentario. El poeta se abre a la sugerencia y la hondura, desarticula el trayecto lineal y deja constancia del paso existencial de un sujeto cambiante en el ahora y en los territorios calmos de la evocación», o lo que es lo mismo, Sánchez Menéndez simultanea lugares y tiempos y sufre las transformaciones propias de un hombre comprometido con la realidad que le ha tocado vivir. En sus poemas lo biográfico siempre ha gozado de una preeminencia voluntaria, incluso cuando se asocia con la indagación lingüística.

El baile del diablo, publicado el pasado año, es su entrega más reciente. El poeta se mira en el espejo de la página con crudeza, sin asomo de conmiseración: «Llevas toda la vida dando saltos / vestido de impostor, falso saludo / de la mano blanda sin mirar a los ojos, y a solas con el mundo renaces / con el mundo». El diablo no es un ser maligno, provee de conocimiento, un conocimiento que alimenta la experiencia, que forma una especie de escudo contra las contingencias del vivir.

Como toda antología que se precie, También vivir precisa de epitafio, se culmina con algunos poemas de un libro futuro. La muestra resulta insuficiente para aventurar hacia dónde camina la nueva poesía de Javier Sánchez Menéndez pero has versos significativos que nos hacen presagiar un descreimiento, un escepticismo más acusado aún que el que veíamos en muchos poema de sus últimos libros: «No queda nada. Ya nada permanece. / El poema, el verso, la palabras, / todo viaja hacia la falsedad». La construcción del personaje que el lenguaje propicia parece desmoronarse ante el peso de la realidad, lo que no deja de ser un buen motivo (Motivos se titula su primera entrega poética) para continuar escribiendo.

 

*https://elcuadernodigital.com/2018/11/14/javier-sanchez-menendez-epitafios-del-superviviente/

ELENA TORRES. GRAMÁTICA DE SOMBRAS*

 

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ELENA TORRES. GRAMÁTICA DE SOMBRAS. EDITORIAL CALAMBUR, 2018

 La tendencia a extrapolar el significado lingüístico, gramatical, de algunas partes de la oración para dotarlos de un contenido ontológico no es nueva, aunque, tal vez, en los últimos años se ejercite con más frecuencia. El lenguaje sobrepasa su carácter instrumental y se convierte en el centro de gravedad sobre el que gravitan los pensamientos, las acciones, las emociones o, incluso, la reflexión sobre el proceso creativo. Recordemos, sin ánimo de ser exhaustivos, títulos como “Adverbios de lugar” y “Yo que tú. Manual de gramática y poesía”, ambos de Juan Vicente Piqueras, “Actos de habla” de Jaime Siles, “O fruto da gramática” de Nuno Júdice, «¡Yo soy mi sinalefa!», verso de José Luis Rey o el más lejano en el tiempo «vivir en los pronombres», verso saliniano de “La voz a ti debida”. Entre estos títulos podemos incluir “Gramática de sombras”, el nuevo libro de Elena Torres (Valencia, 1960), autora de una importante obra compuesta por trece títulos previos, publicados en poco más de veinte años, entre los que citaremos “En la esquina del desencuentro” (2001), “Alrededor del deseo” (2011), “Frágil” (premio Vicente Gaos, 2012) o “El baile de la vida” (2016).

Desconocemos el mecanismo interior que determina la elección de tal o cual parte de la oración para enfatizar una idea: ignoramos la fórmula que permita solventar la distancia entre la experiencia de lo real que las palabras transcriben y la realidad misma, y ese no saber, esa incertidumbre provoca esta indagación sobre sus propia esencia, ese andar a tientas por los abismos del significado, más allá de la forma que los encarna, que cierto tipo de lenguaje, el lenguaje poético, emprende.

“Gramática de sombras” lo expresa muy bien desde su título. Son sombras, más o menos densas, las que envuelven la intención de definir, de esclarecer, de precisar el significado. La ambigüedad es una sombra también, un manera laxa y eficaz en algunas ocasiones, de acercarse a lo indecible. La propia poeta explica de dónde procede la escritura de este libro: «Surge de una toma de conciencia con el lenguaje, de la necesidad de decir lo inefable. Y lo hace desde esas mínimas expresiones que son los nexos entre palabras y silencios. De ahí la brevedad y contención en sus poemas, que los hace diferentes de otros libros anteriores»

El libro está dividido en ocho secciones (más un poema epilogal), cada una de las cuales se presenta encabezada por unos versos ajenos. Poetas convocados a estas páginas son Caballero Bonald, Francisca Aguirre, Ada Salas, Tomás Segovia, Luis Cernuda o Jaime Siles, por ejemplo. Secciones que poseen además, un nexo común en los poemas que las integran. Así, todos los poemas de la primera están encabezados por adverbios de tiempo: Ahora, mañana, pronto, etc. «Ahora que los días / son pausado preámbulo, / cúmulo de silencios que enumera / la suma del dictar del corazón, / queda darnos más tiempo / para poder ser más» dice el primer poema. En la segunda, sin embargo, la columna vertebral del poema es el lugar, «El lugar gris de las cosas idas». El sujeto busca un lugar habitable, pero cae en la cuenta de que ese lugar acaso solo pueda existir dentro de uno mismo. Tiempo, lugar, modo, cantidad, estos cuatro adverbios conforman las cuatro primeras partes. Locuciones, estructuras verbales que poseen un sentido propio abundan en los siguientes poemas.

La poesía de Elena Torres está construida con una estudiada economía de medios cercano, en muchas ocasiones, a la brevedad del haiku (estrofa de la que Elena ha declarado sentirse deudora). Sus versos buscan la esencialidad del decir, la desnudez del sentido, la fragmentación temporal que, unas veces, distancia y otras, simultanea el suceso. Esta depuración del lenguaje no impide a la autora, sin embargo, escribir como si las palabras tomaran cuerpo, como si fueran capaces de representar con “objetividad” aquello que solo palpan, porque en “Gramática de sombras” no hay solo una indagación de carácter lingüístico, hay también una exploración sobre el amor («Darle sentido / a cada adverbio / que modifica / el verbo amar» y el desamor («¿Cómo se llega / hasta la curva/ del desafecto», se pregunta), sobre el tiempo («Solo se permanece en el después»), sobre los temas centrales de la existencia y sobre el propio ser, un tema que recorre toda su poesía. Elena Torres escribe desde el desconocimiento pero no se forcejea con razonamientos empíricos. Más que certezas, sus poemas buscan una verdad poética que está más allá de lo verificable, que colinda más con el misterio con que con la claridad, de ahí lo acertado de un título como “Gramática de sombras”, porque solo ellas es la que «sobrevive / en la escritura».

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 9/11/2018