JEFFREY YANG. UN ACUARIO

JEFFREY YANG I

JEFFREY YANG. UN ACUARIO. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE JORDI DOCE. EDITORIAL LA GARÚA, 2018

Los bestiarios son un género que no goza de mucha popularidad actualmente, al menos los bestiarios, me atrevo a decir, de carácter realista, no fantástico, aunque separar ambos aspectos no carezca de inconvenientes, sobre todo cuando nos vemos impelidos a hacer uso de la mitología para explicar o tratar de comprender el momento actual. Un acuario, el primer libro el poeta norteamericano Jeffrey Yang (Escondido. California, 1974), publicado originariamente hace diez años y editado ahora en una cuidadísima edición por La Garúa, se ajusta con precisión a esta rama realista puesto que se vale de especificaciones científicas para describir a los seres marinos —y no solo a ellos porque también aparecen el diseño inteligente, Google o Estados Unidos— de los que se ocupa, aunque esa descripción se vea enriquecida por el aporte poético que permite al poeta establecer originales asociaciones fruto de sus experiencias vitales y de su vastísima cultura. En nuestra tradición más reciente no abundan los libros unitariamente dedicados a algún animal. Uno recuerda el libro Poemas del toro, de Rafael Morales, publicado en 1943, Los animales, de José Luis Hidalgo, de 1944, Nuevo álbum de zoología ( 2014) de José Emilio Pacheco, Gatos (2005) de Darío Jaramillo Agudelo, Tierra en el cielo (2001) de Antonio Cabrera o El amor de los peces (2014) de David Trashumante, que es un inventario de las formas que toma el amor representadas por distintos animales marinos. La nómina es, por supuesto, mucho más amplia, pero mi memoria es limitada. En todo caso, ninguno de estos libros mencionados guarda relación directa con Un acuario porque los propósitos distan mucho de ser los mismos. Aquí no encontramos un enaltecimiento retórico de los animales ni una mirada antropocéntrica, sino que las características de estos, como si de una fábula se tratara, sirven a otros fines que van desde la crítica social a las relaciones de la poesía con la filosofía y con la historia, entre otras cosas. No faltan, en estas descripciones, ni las taxonomías científicas ni los juegos semánticos con los que Yang logra mantener un equilibrio entre lo puramente sistemático y verificable y una tensión dramática que la ironía no consigue mitigar del todo. Yang mezcla como en un arriesgado cóctel distintos recursos, rastrea una variedad de asociaciones difíciles de concretar porque sus conocimientos abarcan la mitología, la ciencia, la religión, la geografía, la química, la filosofía o el arte. Con todos estos elementos logra crear un artefacto verbal que va mucho más allá de la mera descripción narrativa. El animal es solo un pretexto para reflexionar sobre el mundo actual y sobre la condición humana. Veamos, por ejemplo, cómo acaba el primera poema, el titulado «Abulón»: «Todos los caminos terrenales conducen a la guerra. Pero recuerda / que los haliótidos son hemofílicos: si se les corta / se desangran hasta morir. Vigila tu corazón».«Hay —escribe Jordi Doce, que ha realizado un magnífico trabajo traduciendo este complicado libro— en él ingenio, erudición, gracia lúdica y una extraña musicalidad que juega indistintamente con los armónicos del collage, el epigrama, el reportaje, la boutade o la celebración lúdica».

     El libro está ordenado alfabéticamente, de suerte que comienza con el poema «Abulón» y finaliza con «Zooxanthellae». En medio todo una relación de seres marinos con los que convivimos sin prestarles, en muchos casos, atención, como los dinoflagelados, de los que, con unas gotas de humor, dice que «persiguen el equilibrio / más que la naturalidad», o los foraminíferos, cuyas características asocia con la forma de entender la poesía de Oppen o Zukofsky. No son estos los únicos poetas que aparecen en el libro. También menciona a Pound, que parece ser su ángel tutelar a la hora de construir este libro, porque, como él viejo Ezra, Yang se vale de innumerables referencias, de disciplinas y conocimientos más propios de investigadores y científicos para construir el poema. A Kenneth Rexroth, el poeta precursor de la generación Beat y autor él mismo de un bestiario para disfrute de sus hijas, le dedica un poema que termina con estos versos: «No hace falta / hacer de menos sus defectos / a la luz de sus palabras / ganadas / por la vida que vivió / como un intelectual radical, ecologista / populista, un pacifista entre / el dragón / y el unicornio / en eterna conversación».

   Como decía más arriba, el referente animal sirve como contrapunto al ser humano, a su conducta. El hermoso poema titulado «Manatí» finaliza con estos versos: «¡Oh grandes antepasados! Enseñadnos / a amar a nuestros enemigos». En la misma expectativa podemos encuadrar el titulado «Anguila», criatura viscosa que nunca miente y que cuando percibe la más leve sombra de engaño «te arrancan / el dedo de un mordisco. Con cuidado / estudia la mano de los políticos».

   En muchos de estos poemas encontramos versos de tal contundencia que podrían ser considerados como aforismos. Veamos algunos: «Como la raspa del celacanto, la fama es hueca», «Debajo / de la historia hay otra historia que hemos hecho / sin saberlo» o «Sombra de la filosofía: poesía. Sombra / de la poesía: filosofía». Esta última reflexión enlaza con cierta preocupación metapoética presente en muchos poemas del libro, pero especialmente en el titulado «Jiang Kui», toda una lección de coherencia estética y de humildad en la era de la copia y la falsificación que debiéramos hacer nuestra: «Al escribir poesía / es mejor aspirar a ser distintos / de los antiguos que intentar / asemejarse a ellos. Pero mejor aún / que aspirar a ser distinto es verse destinado / a encontrar la propia identidad con ellos / sin aspirar a la identificación; / y verse destinado a diferir de ellos / sin aspirar a la diferenciación».

No es fácil resumir todo lo que ofrece al lector un libro como Un acuario en una reseña. Baste decir que estamos ante un libro diferente, difícil de encuadrar en las corrientes al uso, por eso habrá quien se sienta desconcertado al leerlo, pero la mayoría de los lectores se sentirán deslumbrados no por la innegable erudición, sino por la forma de convertirla en poesía (en este aspecto me recuerda a la poeta y novelista canadiense Anne Michaels). Nada mejor para finalizar este comentario que el párrafo final del prólogo de Jordi Doce: «Un acuario es una de las propuestas más vivificantes de la poesía contemporánea: una escritura que tiene el difícil mérito de ser a la vez fresca, inteligente, culta, lírica, divertida y crítica, que exige un lector activo que sepa guardar cierta distancia risueña […] y al mismo tiempo perderse o dejarse llevar por las galerías y paisajes ocultos que van desde un poema a otro. La imaginación, como siempre, hará el resto».

Anuncios

CLEOFÉ CAMPUZANO MARCO. EL OCHO DE LAS ABEJAS.

CLEOFÉ

CLEOFÉ CAMPUZANO MARCO. EL OCHO DE LAS ABEJAS. COLECCIÓN POESÍA. EDITORIAL DEVENIR

No siempre la línea estética que traza un primer libro condiciona la obra futura. Es un hecho que no entramos a juzgar, pero ejemplos abundan en el fanal de la literatura. También ocurre con frecuencia que, con el paso del tiempo, el autor emprende otro camino y de desentiende de lo que fueron sus primeras tentativas. Desde Juan Ramón a, pongamos por caso, Gimferrer, muchos han sido los autores que se han desvinculado de sus primeras obras, a las que persiguen y/o hacen desaparecer de sus respectivos currículums. Digo esto para resaltar que publicar un primer libro es un ejercicio arriesgado que conviene haber preparado convenientemente (algo que hoy, lamentablemente, ocurre con menos frecuencia), y este es, sin lugar a dudas, el caso de Cleofé Campuzano (Murcia, 1986), una poeta que ha sabido esperar el momento oportuno para darnos a conocer su primera obra, El ocho de las abejas, un título que nos remite a la laboriosidad y al orden, al encadenamiento geométrico de los panales de la colmena, a la fuerza de un destino del que resulta imposible desembarazarse porque nos viene impuesto desde que nacemos. Recordemos que el Segismundo calderoniano afirmaba que «el delito mayor del hombre es haber nacido». Según esto, el ser humano nace con una finalidad predeterminada, como las abejas, pero nosotros sabemos que el poder de su voluntad puede cambiar ese destino. El ocho de las abejas indaga sobre esta posibilidad. En el prólogo, José Luis Zerón dice que este libro «nos habla, sobre todo, del ser humano, del aprendizaje experiencial al que está condenado desde que nace hasta que muere, de su sed de sabiduría e independencia nunca saciada, de su contradictoria presencia en un mundo que lo acoge y lo rechaza, de su capacidad para sobrevivir creando cómodos refugios materiales y metafísicos, cultivando certidumbres y abriendo senderos marcados y seguros contra el destino inescrutable». Pero, ¿cómo consigue Cleofé Campuzano solventar el desafío que se ha autoimpuesto? Pues a través del lenguaje, un lenguaje muy cuidado, acaso porque este sea el único territorio que goza de cierta neutralidad en tanto que los poemas serán leídos por lectores soberanos, no sujetos a un discurso establecido. Por otra parte, las herramientas del lenguaje permiten a la autora abordar su particular revolución desde aquellos presupuestos que mejor concilien intenciones y fuerza. Así, los elementos irracionales o el uso, aparentemente arbitrario, de la puntuación contribuyen a crear una atmósfera de misterio, casi cabalística en algunos casos, que refuerza la idea de que el ser humano debe actuar con libertad y forjar su destino: «Ven hacia mí, pensamiento salvaje», escribe en el primer poema del libro, como avisándonos de los derroteros que va a tomar esta exploración interior. No puede extrañarnos, sin embargo, que este propósito del que hablé más arriba, sufra altibajos: «Pero ser alguien como soy —escribe Cleofé—, dolida solo por haber nacido, / me impedirá ser alguien libre». Evidentemente, el mero hecho de reflexionar sobre ello otorga a quien lo hace una porción de libertad que alcanzará su grado máximo cuando el pensamiento se transforme en acción. Nuestra poeta lo poetiza desde la oscura trama de su incertidumbre: «El alumbramiento de lo difícil / supone abatir los principios, / suprimir la introducción a los filtros, / saltar desde el no saber cómo decir, / cómo editar lo socorrido de las causas». Ciertamente, la poesía de Cleofé no es una poesía fácil —ni tiene por qué serlo—, pero de lo que sí estoy seguro es de que es poesía, honda y esencial vivencia poética que busca en la complicidad del lenguaje la mejor forma de construir un destino.

 

JUAN MALPARTIDA. ANTONIO MACHADO, VIDA Y PENSAMIENTO DE UN POETA.*

JUAN MALPARTIDA I.maCHADO

JUAN MALPARTIDA. ANTONIO MACHADO, VIDA Y PENSAMIENTO DE UN POETA. EDITORIAL FÓRCOLA, 2018*

El lector interesado puede llegar a pensar que sobre Antonio Machado queda muy poco por decir —más aún si ha leído alguno de los libros dedicados recientemente al poeta— porque es un autor exhaustivamente leído y analizado y queda muy poco margen para aportar una visión original, sin embargo, libros como este de Juan Malpartida desmienten esta creencia tan asentada. El Antonio Machado que nos presenta Malpartida es, no podía ser de otra forma, el Machado que conocemos (en muchos casos, más por lo anecdótico, por los lugares comunes, que por haberlo leído con detenimiento), pero también es un Machado distinto al que vamos accediendo a través de las influencias que asimiló a lo largo de su vida creativa. Vida y pensamiento de un poeta analiza pormenorizadamente las fluctuaciones del pensamiento de un poeta, fluctuaciones que influyeron de manera directa en su poética, en su poesía.

     Juan Malpartida (Málaga, 1956) es también un excelente poeta —además de un crítico riguroso, como confirman las páginas de este libro— y acaso sea ésta, la condición de poeta, la que mejor predisponga para aportar nuevos enfoques a la obra de un poeta como Machado, leído hasta la saciedad, lo que no significa que haya sido bien leído del todo. «¿Quién fue Antonio Machado?», se pregunta Malpartida, y él mismo nos responde: «Fue un poeta, sin duda; un admirable prosista y un filósofo, un hombre taciturno, reflexivo; un andaluz castellanizado […] Un refinado intelectual que no perdió nunca de vista, ni de oído, la vasta tradición popular; y un español afrancesado que desdeñaba profundamente la tradición francesa de acento cartesiano…», pero no es esta última característica la única que resulta paradójica porque, además de ser el «el poeta filósofo por antonomasia del siglo XX en lengua española […] sin embargo, combatió con denuedo la literatura reflexiva, o más exactamente: conceptual, a favor de una poesía de lo heterogéneo» y de albergar un profundo sentimiento liberal, fue, como buen hijo de su tiempo, antifeminista, aunque considerase a la mujer «el reverso del ser»

     El volumen que nos ocupa está divido en cinco secciones. La primera de ellas, «Antonio Machado entre dos tiempos», abunda más en los aspectos biográficos del poeta filósofo, aunque no desdeña los impulsos reflexivos que provoca esa disolución de la identidad, recompuesta en distintas y, a veces —como hemos visto— contradictorias, voces apócrifas y heterónimas como Juan de Mairena y Abel Martín que le permiten ser otro, más irónico, más provocador, menos sujeto a los dictados de la buena conducta.

     En «Eros, amor y metafísica», el segundo capítulo, Malpartida analiza la presencia del erotismo en la obra de Machado a través de los escritos de Abel Martín («hombre en extremo erótico» dice de él Machado) y su discípulo, Mairena: «Los apócrifos —escribe Malpartida—, al complementar a Machado, hicieron de él el escritor moderno y complejo que es». El amor, para Machado, no fue algo tangible, sino una aspiración inalcanzable, un ideal fruto de lo sueños, algo que confirmaría su propia experiencia biográfica: el corto periodo matrimonial y el enamoramiento platónico de Guiomar, fuente de su poesía amorosa más emotiva: «inventa el amante y, más, / la amada. No prueba nada, / contra el amor, que la amada / no haya existido jamás».

     En la tercera sección Malpartida aborda «El problema de la lírica». Machado atacó con virulencia el simbolismo, aunque Verlaine fue una de sus primeras influencias, denostó a poetas como Góngora, Calderón o Fray Luis de León porque abusaban de la imagen y de la metáfora (todo lo contrario hicieron años más tarde los poetas del 27, con los que mantuvo diferencias sustanciales: «¿Sirven las imágenes para expresar intuiciones o para enturbiar conceptos?», se preguntaba). Kant, según rastrea con meticulosidad Juan Malpartida, fue uno de sus filósofos de cabecera, también lo fueron Leibniz y Bergson, a quien siguió en unos cursos en Francia. Para Malpartida «Tres palabras definen lo que Machado busca en la literatura y sobre todo en la poesía: lo vivo, lo intuitivo, lo temporal […]; y otras tres definen bien lo que rehúsa: lo artificial, lo conceptual, la atemporalidad».

   En los capítulos finales del libro —«Complementos» y «Contar y cantar»—, Malpartida profundiza, respectivamente, en la vertiente filosófica de la poesía de Machado y en la relación tan estrecha entre poesía y vida. Deja al descubierto algunas de las contradicciones ya expuestas más arriba y ofrece al lector un acertado resumen de su visión del poeta: «Creo que puedo afirmar que ha habido un recorrido pensado donde se vislumbra un apersona hecha de una identidad paradójica, y una obra (que inventa a un autor múltiple) entre el tiempo de la idea y de las cosas, entre lo que fluye y lo que se pretende eternizar sin pérdida de fluido temporal, entre los acentos minuciosos de lo vivo y las formas abstractas de la metafísica, siempre más allá de lo sensible». El Antonio Machado que Juan Malpartida razona está lleno de aristas. Si no nuevo, su retrato resalta algunos ángulos poco o nada subrayados hasta ahora, por eso la lectura de este libro resulta del todo imprescindible.

*Reseña publicada en el suplemento cultural «Sotileza» de El Diario Montañés, el 11/05/2018

 

TONY HOAGLAND. EJEMPLOS DE JUSTICIA

TONY HOAGLAND

EJEMPLOS DE JUSTICIA

 

Aspirina,

crack de cocaina,

la poesía de Keats;

el hermoso gran rostro de Kathleen,

y El Manifiesto Comunista

— estos son todos analgésicos.

 

La muerte por cáncer de boca

del tirano Joseph McCarthy;

el cuervo azul volando sobre el arroyo, graznando;

el bebé extrayendo alubias de Lima de su boca

y empujándolas entre los labios de su madre

—estos son ejemplos de justicia.

 

El momento en que te alejas de la fiesta;

el sonido del abeto de veinticinco metros, crujiendo;

la hora en que la tarde se acorta

cuando el abogado se para junto a su coche,

se quita las gafas de sol y mira al cielo

— estos son ejemplos de evocación.

 

La metáfora que te hace reír a carcajadas.

El pecho caliente de la higienista dental

apretujado contra tu oreja

mientras se inclina para acceder al sarro.

 

El sueño en el que te encuentras a ti mismo en el mar,

de noche, sobre aguas tan profundas

que lloras de miedo. Y, sin embargo, la oscuridad

no te arrastra hacia el fondo

—estos son ejemplos de suerte.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

 

 

 

 

 

 

JESÚS MUNÁRRIZ. CAPITALINOS.

JESÚS MUNÁRRIZ I

JESÚS MUNÁRRIZ. CAPITALINOS. COL. HAIKU. LA ISLA DE SILTOLÁ, 2018

La pasión por el jaiku (como le gusta escribirlo) de Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940) viene de lejos. Conviene recordar que la editorial que dirige desde 1975, Ediciones Hiperión, ha prestado una muy especial atención a este género del que ha publicado títulos indispensables, como El haiku japonés, de Fernando Rodríguez Izquierdo, Haiga: haikus ilustrados de Yukki Yaura, Haikus de las estaciones, una antología de las mejores composiciones tradicionales o Los 99 jaikus de Ryokan, por citar solo algunos. El propio Munárriz —autor de más de una veintena de libros de poesía y excelente traductor del alemán, del francés, del portugués o el inglés– ya ha publicado con anterioridad algún libro de este género, como el titulado Jaikus aquí (2005).

   Capitalinos —tercer título de la recién creada colección de haikus de la editorial Isla de Siltolá— recoge los jaikus relacionados con la ciudad en la que vive desde hace tantos años, Madrid. Fiel a la vinculación original de los haikus con las estaciones, los ha divido en cuatro secciones, «Invernales», de la que recogemos un par de ejemplos que logran trasmitir de manera excepcional esa sensación de frío inhóspito, más cruel aún para los indigentes : «A bajo cero / aún son más miserables / los miserables» y «Mediado enero / aún siguen en las ramas / las serpentinas». Como es lógico, después del invierno, llega la primavera, así la segunda sección, «Primaverales», recoge estrofas que tienen a esta estación como protagonista y, por tanto, apreciamos en ellos matices esperanzadores, aunque, al circunscribirse a una temática urbana, los cambios estacionales no sean tan acusados y la alegría se disipe en el ruido o en la soledad: «Ha despuntado / un diente de león / en el bordillo», «Discute a gritos / en medio de la calle / con un teléfono» o este que describe la calle en la que está enclavada la editorial: «Calle de Olózaga: / tilos y cinamomos / contrapeados».

   «De madrugada / refrescará, me dije. / Pero tampoco» habla de los rigores del verano, de ese calor asfixiante que golpea la urbe en los meses de julio y agosto: «Noche de julio. / Consejo de mendigos / al aire libre». Pero también habla de la libertad asociada a esa vida nocturna que la buena temperatura facilita, de la relación, quizá más solidaria, con los otros.

   Un haiku como este: «Llegó el otoño. / Quevedo, en su glorieta, / se está empapando» pertenece, obviamente, a la cuarta y última sección, «Otoñales», un otoño que se extiende hasta los primeros días de diciembre: «Sombras y hogueras / bajo los soportales. / Frío diciembre». La mirada del flaneur que es Jesús Munárriz se detiene en aquello que escolta su camino, ya sean los habituales mendigos que jalonan aceras y parques —en quienes el rigor estacional antes mencionado, incide especialmente—, los músicos callejeros, las flores de temporada o las aves migratorias. Cualquier imagen puede provocar la escritura de un haiku porque este intenta dejar constancia de la fugacidad de lo visto, de lo percibido, de lo intuido casi sin pretenderlo, con humildad y, condición indispensable, con un lenguaje sencillo pero capaz de concentrar en unas pocas sílabas la riqueza del mundo interior, porque el haiku dice más de quien lo escribe que de lo que describe. Jesús Munárriz ha resumido en este puñado de versos una visión de Madrid nada solemne. Nos describe el ritmo cotidiano más que de una ciudad populosa, de un barrio, su barrio, semejante, en muchos casos, al que nosotros habitamos. Un barrio en el que pasan siempre las mismas cosas, quizá por eso resulta más necesario dejar constancia de ellas. Como en su poesía, Jesús Munárriz busca un contacto directo con el lector y una complicidad solo posible cuando se comparte la emoción verdadera.

JOSEP MARIA NOGUERAS. AVANZAR*

JOSEP I.jpgJOSE MARIA NO1.png

JOSEP MARIA NOGUERAS. AVANZAR. COLECCIÓN TIERRA. LA ISLA DE SILTOLÁ, 2018

Casi de forma simultánea han visto la luz los dos últimos libros de Josep Maria Nogueras (Alguaire, 1969). Avanzar, el libro que objeto de estas líneas y Transparent, publicado en catalán. Curiosa coincidencia para un poeta como Nogueras, que mantiene una amplia distancia temporal entre la publicación de un libro y otro. Su libro más reciente hasta este momento eraQuietud”, que data de 2009. Nuestro autor compagina, además, la creación poética con la dedicación a la fotografía, de la que somos privilegiados testigos quienes seguimos su labor a través de su cuenta de Facebook. De la simbiosis de ambas disciplinas que tanta relación mantienen, más aún en su caso, escribe Josep Maria Nogueras regularmente en el diario Segre de Lérida.

     Si habríamos tenido la oportunidad de leer algunas de esas reflexiones, con toda probabilidad hubiéramos encontrado esas similitudes disciplinares que con tanta claridad se muestran en muchos de los poemas de Avanzar, como, por ejemplo, en el poema «La mirada»: «La nieve permanece / después de dos semanas. En invierno / dormitan las preguntas // y al ventanal del mundo / se asoman nuestros nombres. // Somos los ojos limpios de febrero: / contemplamos la nieve / como quien memoriza una plegaria». No me cabe duda alguna de que esa mirada es la misma que capta a través del objetivo aquella parte de la realidad que se desea significar. La imagen descrita parece provenir de una estampa real, una estampa que el filtro de las palabras, como el filtro fotográfico, altera en busca de una mayor intensidad, tanto emotiva como artística. Pero Avanzar es mucho más que un reflejo fiel del entorno o de un estado de ánimo. Avanzar es la culminación de un estado emocional sumamente equilibrado (todos los poemas muestran un medida correspondencia entre lo escrito y lo sentido, de ahí, su economía lingüística), adquirido, a buen seguro, con la lentitud, con el paso de los años, con la madurez. Solo desde un estado de sosiego y de conformidad con el orden natural de las cosas puede el poeta escribir palabras de emocionado agradecimiento como las que componen estos versos, pertenecientes al poema «Lo que es»: «Regresa tu canción en primavera / para afirmar que todo es un regalo, / que la gracia nos nutre / en la amplitud del día».

     El tono hímnico predomina en las tres secciones en las que está dividido el libro, «Bendición», «Lenta luz» y «Donde nada se pierde», aunque, como el propio título indica, es en la primera en la que, de forma más explícita, se exterioriza la gratitud por el hecho de estar vivo y por compartir la existencia con los seres queridos. El poema se entiende casi como un rezo, como una oración ininterrumpida que el poeta canta desde el amanecer de un día hasta el amanecer del día siguiente porque en este estado de «iluminación» (hay mucha mística, digamos cotidiana, en estos poemas) el tiempo no existe: «Mientras la vida estalla en los rosales / no existe el tiempo, /solo esta eternidad / de luz y de silencio donde hallamos / nuestra conciencia en paz, nuestra morada». Podemos, sin duda, rastrear influencias de origen religioso en estos poemas, pero yo me atrevería a decir que estamos ante una mística laica, si algo así se puede afirmar, porque lo que provee de armonía a los actos del poeta no parece provenir de ninguna resolución divina sino del ritmo natural de la existencia, del acoplamiento del ser a ese ritmo que avanza de manera sosegada («Sosiego» se titula un poema de la tercera sección) «Por caminos que hemos aprendido a amar, en tardes que nos regalan la paz de los árboles familiares, la luz de los otoños rodando por el paisaje […] Llenos de amor y sin miedo a caer. / Sin dejar huella y con el espíritu más libre»y conduce hacia la mansedumbre y la paz interior. Un universo en miniatura, el universo de su entorno más cercano, le basta a Josep Maria Nogueras para sentirse dichoso, para reconocerse en el amor de los otros, para vivir «en fiel conformidad con lo visible». Avanzar es la constatación de una armonía verdadera. Uno no puede, leyendo estos poemas, más que sentir un poco de envidia hacia quien ha logrado alcanzar un estado tal de emancipación y de mesura como el que reflejan estos versos. Con unas pocas palabras verdaderas Nogueras habla de un mundo en el que todo parece estar bien hecho, un mundo propio en el que reinan la armonía y el amor y del que, sin embargo, quien esto escribe —para su desgracia— no le queda más remedio que desconfiar, pero eso es otra historia…

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 4/05/2018

 

 

SANDRA SÁNCHEZ. UNA MANZANA EN LA NEVERA

SANDRA I.png

SANDRA SÁNCHEZ. UNA MANZANA EN LA NEVERA. EDITORIAL PIEDICIONES, 2017

A través de el desenfadado título, Una manzana en la nevera, se pueden intuir algunas de las claves de este libro: la manzana del pecado no es ya una fruta madura y atrayente, sino un alimento congelado a la espera de que mejoren las condiciones y se pueda disfrutar de nuevo de su sabor original. Por otra parte, la pasión contenida que dicho título sugiere, aunque trascendental, no es el único tema que recorre el libro porque Sandra Sánchez renueva con su voz los temas de siempre, el paso del tiempo, la fragilidad de la memoria, las consecuencias del olvido, las transformaciones interiores que la travesía vital ocasiona, la consolidación de la propia identidad a través de la mirada ajena… «Una de las características más personales de este libro [es] el problema de la identidad», escribe Pablo Malmierca en el prólogo. Podríamos preguntarnos entonces qué aporta un libro como Una manzana en la nevera, esa manzana prohibida, tentadora que se ha puesto fuera del alcance de la mano invasiva. Desde mi punto de vista aporta una frescura que logra mantener el equilibrio entre la autocrítica y la condescendencia, entre la sátira y la indulgencia. La aparente falta de prejuicios con la que están expuestos estos conflictos y el uso de la ironía, que le resta gravedad a lo que otros convierten en herméticas disquisiciones ontológicas, presenta una imagen solo en la superficie carente de trascendencia, a lo que contribuye una humildad compositiva que debería servir de ejemplo a muchos poetas jóvenes: «Escribo versos malos, ni siquiera / tiene arte ni métrica correcta. / Luego pienso que son míos y es cuando los quiero, / como quieren las madres a sus hijos / aunque les salgan feos». No cabe duda de que detrás de esta reflexión simuladamente banal se esconde toda una poética. Sandra Sánchez es consciente de que sus versos no son perfectos formalmente, pero son parte de su vida, por eso los defiende con uñas y dientes: «Al cabo de unos pocos versos / el punto final; / como la vida misma, / que es toda ella un poema, / y nunca rima». La poesía no es para ella un divertimento. Sus poemas están hechos con su propia esencia, sus pensamientos y sus aflicciones quedan a la vista. Ella misma lo confirma en estos versos: «Al oficio compartido de escribir, / añado ahora éste de vivir /que tantas veces confundí / con otras cosas»

     Si uno tuviera que buscar referentes cercanos, el primero que le vendría a la memoria sería el del realismo más escrupuloso y, más concretamente, la poesía de Karmelo Iribarren. Por supuesto, la generación Beat está también muy presente, no en vano son precursores del Dirty Realism, pero solo de forma simbólica, como referentes del desencanto creativo, más que como modelos de conducta: «Me gusta darle tragos largos / a la sílaba tónica mezclada / con ginebra y contemplar / el diptongo de los hielos / derretirse», escribe en el poema titulado «Delirium Tremens», al que encabeza una cita de Charles Bukoxski. No cabe duda de que la analogía entre la coctelería y la poesía —también sobre el deseo— posee cierta originalidad. Paradójicamente, el mencionado poema está escrito, como el titulado «B-SIDE me», desde una voz masculina, lo que pudiera dar lugar a realizar algunas indagaciones de carácter psicoanalítico referentes a los conflictos de identidad que merecerían un análisis más detallado que el que ahora estamos poniendo en práctica.

La variedad métrica ha llevado a Sandra Sánchez a adentrarse también el haikú, reinterpretando motivos tradicionales con ingenio, como el estupendo «Harmonía»: «Cuando me miras / de esa manera, sale / el Sol en Mí». Otra de los aspectos que más llaman la atención en sus versos es el juego semántico que realiza en algunos de ellos, subvirtiendo el significado habitual, como, por ejemplo, en estos versos: «Pero si hay un sitio peligros y traicionero / es ese frágil / e inocente vaso de agua / que convive con nosotros. / Hay quien se anega en él casi a diario; / sobre todo el pesimista, / pues aunque parezca contradicción / le es más fácil ahogarse en medio vaso / a quien lo ve medio vacío». No cabe duda de que la forma de mirar y de ver de Sandra Sánchez desafía lo establecido y nos invita a pensar que bajo la superficie se esconde un mundo lleno de vida. La variedad temática a la que aludíamos inicialmente acaba concentrándose en dos temas principales, el amor —la pasión, el deseo, el desamor— y la metapoesía. Sobre ellos giran y basculan la mayoría de los poemas, aunque, como ella escribe, «Al cabo de unos versos / el punto final; / como la vida misma, / que es toda ella un poema, / nunca rima». Tal vez sea esa falta de rima vital lo que incita a la autora a escribir y a nosotros, sus lectores, a seguir leyendo.

LEÓN MOLINA. MICROMICÓN*

leon mol.pngLEON MOLINA A.png

LEÓN MOLINA. MICROMICÓN. COLECCIÓN WASABI. TAKARA EDITORIAL. 2018

No está muy claro el género al que pertenecen los textos que integran Micromicón. No está claro que sean micropoemas, el subgénero al que su autor, León Molina (nacido en Cuba en 1959, aunque reside en la provincia de Albacete desde hace muchos años) los adscribe porque las similitudes con otros subgéneros como el aforismo o el haiku son demasiado evidentes, no sólo en la forma, sino temáticamente. En todo caso, la taxonomía es secundaria, lo verdaderamente importante es que, como escribe Molina, «Los textos breves, e incluso muy breves que contiene el presente libro se ofrecen ligeros de equipaje, casi desnudo, buscando la complicidad del lector y si la consigue, con ella, su fraternal entendimiento, que para eso se escribe todo poema, largo o corto». Este asunto de para quién o para qué se escribe es recurrente en la poesía —en Esperando a los pájaros del sur ha reunido toda su poesía— y en lo aforismos —Mapa de ningún sitio (2015) es su última entrega— de Molina y en este libro continúa con esa indagación.

     «No escribo cosas que querría escribir por no hacer daño a otros. ¿Esto — se pregunta— es dar mucha o poca importancia a lo que escribo?». Quien piensa que la escritura es capaz de incomodar, de importunar al posible lector está confiriéndole a ésta un poder del que, en sí misma, carece. No es el acto de escribir el que provoca reacciones, sino el mensaje que se difunde a través de la escritura. Soliviantar mentes, despertar conciencias, aburrir o distraer dependerá de la intención y de la capacidad de seducción de ese mensaje. Un texto como este revela en su primer axioma una velada autocensura. Se deprenden de ella algunas características puesta en solfa a lo largo de los siglos, como la presunta sinceridad de quien escribe y la, también presunta, exactitud de lo escrito. No corresponde ahora internarnos en estas disquisiciones teóricas, aunque sí se desprende de este somero análisis un hecho evidente, la arraigada convicción que posee León Molina de que la fuerza transformadora del lenguaje, de la escritura posee una virtud curativa, salvífica («Sin ninguna duda la poesía / me ha curado. Pero no sé de qué»). Si esto no fuera así, si esto fuera cierto no frecuentaría con tanto esmero y tenacidad esta disciplina, no podrá decir que escribe para aprender, para sobrevivir, «para aprender a sobrevivir. Para sobrevivir al aprendizaje». Cuestionar la ficcionalidad de toda escritura, incluso de la memoralística, no es habitual, todo lo contrario, se apela a esa ficcionalidad con frecuencia para evadir responsabilidades, para lavarse las manos, podríamos decir, y Molina parece estar en desacuerdo con esa interpretación, acaso por eso el poema que persigue «es aquél / que pudiera acabar un día / cubierto por el musgo». Para él «La poesía no engaña / ni puede ser engañada». Resulta un poco aventurado afirmar una cosa así, precisamente en estos momentos en los cuales muchos supuestos se sustentan en que la poesía es un vano intento de expresar lo inexpresable. León Molina, evidentemente, busca trasmitir algo más, diremos, a pie de calle, su intención es hacer partícipe al lector de la experiencia cotidiana de un hombre común, un hombre que cifra en la naturaleza parte de su identidad, pero que no la sublima ni la convierte en un espejo interior.

     Otros poemas tocan asuntos ciertamente presentes en toda la obra de Molina, como, por ejemplo, el de la identidad, bifurcada en su caso entre el país en el que nació —Cuba— y en el que vive—España—: «Nunca he sido de aquí del todo ni uno de los vuestros completamente. El vuelo que despegó de La Habana cincuenta años atrás aún no ha llegado», está, por tanto, ese pasajero innominado cruzando un océano interminable, está en aguas internacionales, en tierra de nadie. Molina es, como casi todos nosotros, un ser paradójico que llega a decir «Cuanto más me alejo más me acerco». El inescrutable paso del tiempo, la conciencia de que el futuro es un camino que puede terminar en cualquier cambio de rasante también deja su huella en estos textos: «Llegado a la edad en que el tiempo / ya no juega a las teorías / y simplemente existe / sumiéndome a mí en la inexistencia». Micromicón es de esos libros que conviene leer a intervalos, para que la fuerza evocativa de sus imágenes reverbere en nuestra mente y estimule la reflexión, la disección de una realidad que solo fragmentariamente podemos vislumbrar.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 27/04/2018

FERNANDO SANMARTÍN. CIUDADES QUE SE POSAN COMO PÁJAROS. *

FERNANDO SANMARTÍN. CUBIERTA.jpg

FERNANDO SANMARTÍN. CIUDADES QUE SE POSAN COMO PÁJAROS. XORDICA EDITORIAL, 2018 *

Conviene señalar, como primera piedra de toque, que los sucesivos libros de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) nos dejan siempre en el paladar un regusto que conserva las excelencias del sabor durante mucho tiempo. En segundo término —y relacionado directamente con el primero— debemos señalar que los frugales alimentos literarios presentados en la mesa con la exquisitez de la alta cocina nunca producen hartazgo, antes al contrario, si de algo pecan sus textos es de parquedad que deja una sensación —momentánea— de vacío en el estómago. Pero Fernando Sanmartín es un experimentado chef que conoce la importancia de combinar bien los ingredientes. Lo ha demostrado en sobradas ocasiones, pero quizá el libro con el que mantiene mayor relación Ciudades que se posan como pájaros es con Viajes y novelerías (2004).

   Sanmartín es un viajero incorregible, pero los lugares que visita están, por así decirlo, al alcance de la mano. Las ciudades que visita pertenecen al acervo cultural de muchos de nosotros. Es un viajero, sí, pero no un aventurero (sin entendemos la aventura como un sinónimo de riesgo) y, sin embargo, gracias a su particular forma de merodear por los aledaños de una realidad que, generalmente, nos pasa desapercibida, consigue describir lo apartado, lo contiguo, lo que siempre está fuera de plano desde una extrañeza muy bien sustentada en la humildad de quien observa. «Viajar —aclara—, aunque no soy un nómada, es una costumbre para mí, igual que subir una persiana, algo que me ha permitido abandonar la escena de lo cotidiano, el recinto más próximo, y en otro tiempo, ahora no, fue una manera de huir».

     Varios lugares son objeto de esta particular guía de viaje: Lisboa, Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades belgas («Llegaré a Bruselas y lo primero que haré será preguntarle a la ciudad quién soy, sin que la ciudad me responda, por supuesto, aunque lo único importante es que yo escuche la pregunta»), una guía en la que comparecen en igualdad de condiciones una pastelería o una oficina de correos, por ejemplo, que la Medina de Tetuán o la catedral de San Nicolás; en la que lo real, lo que sucede en un instante determinado, posee igual importancia —a veces, incluso menor— que lo memorizado, que lo imaginado, que lo sugerido gracias a experiencias ajenas, experiencias que provienen en gran medida de libros —la nómina es amplia y va desde, por ejemplo, Juan Larrea a Paul Bowles, desde Kafka a Dino Buzzati—, de películas —Dans la ville blanche o Vacaciones en Roma—, de fotografías, como las que Sanmartín lleva consigo a Tánger. Son de su padre, militar, cuyo primer destino fue dicha ciudad: «Las traigo —escribe— para identificar lugares, para hacerme la misma foto en alguno de estos lugares, par buscar pistas, par enredarme con el pasado, para saquear una tumba».

     Después de leer a Fernando Sanmartín a uno le queda siempre la sensación de que, cuando visitó esos mismos lugares, no llevó los ojos bien abiertos porque son muchas los detalles a los que él presta atención que pasaron desapercibidos para el extraviado que acaso buscaba solo el oropel publicitado por la agencia de viajes. El decurso narrativo de Sanmartín nos conduce a otros lugares, menos llamativos, pero infinitamente más decisivos a la hora de conformar la propia identidad. En cualquier caso, su particular modo de observar poco nos sorprendería si no estuviera ensamblado con precisión con su manera de contar, tan elegante y discreta que parece decir las cosas sin decirlas, solo insinuándolas. Fernando Sanmartín es capaz de llevarnos en volandas desde la plaza do Comércio lisboeta hasta la Grand Central Terminal neoyorquina sin apenas darnos cuenta, porque ha conseguido en su escritura un tono confidencial que nos convierte, gustosos, en sus cómplices y, al fin y al cabo, «el tono es lo esencial. Lo es para un tenor, un poeta o un profesional de la radio. El tono marca siempre una diferencia». El tono está interiorizado en nuestra forma de ser, es el ADN del escritor, el poeta, por eso admiramos a escritores como Fernando Sanmartín, que lo utilizan con tanta destreza que casi pasa desapercibido, aunque se agarre como una lapa en los pliegues de nuestra memoria.

*Reseña publicada en el número 134 de la revista de nueva literatura Clarín

LUIS MIGUEL RABANAL. MATAR EL TIEMPO.*

Cubierta Matar el tiempo.inddRABANAL.png

LUIS MIGUEL RABANAL. MATAR EL TIEMPO. EDITORIAL TREA POESÍA, 2018

De Luis Miguel Rabanal podemos decir cualquier cosa menos que mate el tiempo, si entendemos esta frase hecha en su sentido original, que no es otro que el de estar aburrido, estar sin hacer nada (es también el título de una película dirigida por Antonio Hernández en 2015, pero eso ahora resulta anecdótico). Evidentemente, Rabanal no escribe porque le invada el hastío o para mitigar el “dolce far niente” sino por necesidad, una necesidad (Ted Hughes dice —en traducción de Jordi Doce— al respecto que «Muchos escritores escriben abundantemente, pero muy pocos escriben más que una mínima cantidad de artículo genuino») que le impele a escudriñar desde todos los ángulos posibles una realidad hostil, dolorosa y arbitraria. Los últimos años han sido especialmente prolíficos en la trayectoria de Luis Miguel Rabanal. En 2015 publicó “Este cuento se ha acabado. Poesía reunida. 2014-1977”, un volumen de más de 700 páginas; en 2106 el libro de relatos “La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos” y el pasado año “Los poemas de Horacio E. Cluck”. Recién iniciado 2018 nos ofrece este “Matar el tiempo”, un extenso libro de poemas en prosa que cifra en el dolor y el quebranto físico su argumento: «Se hace imprescindible otro cuerpo que responda a la desventura con idioma importante, vas a venir y estarás ocupado, vas a serle fiel y averiguarás sin ceder la calumnia», escribe al comienzo del poema XLVI. No es este un libro amable ni condescendiente. Las difíciles circunstancias vitales del autor quedan de manifiesto en versos crudelísimos, como estos: «Si por lo menos yo fuera yo y no ese muñeco vil que ronda por la casa como energúmeno, con daga y caldero para el vómito […] Con sangre en la comisura de la boca y el valor como si quisiera ser destartalado». Como vemos, aunque la biografía sea la fuente principal que alimenta los poemas, no estamos ante una poesía confesional al uso, porque los elementos irracionales y un grado variable de hermetismo, siempre presentes en la poesía de Luis Miguel Rabanal, se encargan de levantar el vuelo y mostrar desde una perspectiva ennoblecida una cotidianidad que se sabe inhospitalaria. El día a día es una especie de pista americana de entrenamiento. A medida que se suceden las horas se van minando las fuerzas, se va aplacando el deseo de mantenerse activo, de ahí que el autor leonés radicado en Avilés ensaye en la escritura la forma no ya de matar el tiempo, sino de darlo vida imaginado ser quien pudo ser. Muchos son los versos que hablan de esta insatisfacción existencial. Son como una corriente subterránea que recorre todo el libro. Veamos algunos: «Soy el que no ha llegado aún. // Soy el que nadie esperaba que llegase, el que confía en idiota misterio, siquiera el de saberse desahuciado como cualquier huido en el interminable fondo del bosque» (II); «Yo soy otro yo, y si lo deseas escribe en este poema con más delectación que de costumbre» (LVIII); «Si yo fuera otro» (LXXI). El autor esta confabulado contra sí mismo, contra el cuerpo en el que habita, un cuerpo imposibilitado al que debe sumisión, un «cuerpo atado al cuerpo que ya no le sostiene, [un] cuerpo que se rompe en la saturación y en lo absoluto». Solo la rememoración del pasado mitiga, aunque sea de forma temporal, la angustia. La memoria actúa en estos poemas como un bálsamo. No cura heridas, pero tonifica la mente. La visión retrospectiva concede una tregua y la escritura pasa de ser autodestructiva a cultivar cierta resignación, eso sí, no siempre benéfica: «También yo supe un día que el amor se escribe con humedad en el borde deplorable de las ingles y que el amor se aborda con el tiempo lo cercenamos deprisa con manos invisibles de cabrón». “Matar el tiempo” es el libro de un poeta que lucha contra el deterioro y contra la degeneración física. Luis Miguel Rabanal demuestra una lealtad sin fisuras al poder, sino sanador, si aliviador, de la escritura. El esfuerzo por mantenerse a flote, por encontrar en ella un razón para vivir es absolutamente admirable. Al comienzo de estas líneas hablaba de la escritura como necesidad, pero la necesidad muchas veces está reñida con la calidad. No es este el caso. Rabanal ha moldeado a lo largo de su obra una voz inconfundible, con un timo propio que logra mantener un excelente equilibrio entre las pausas estróficas y las métricas. Así crea graduaciones de expectación, aunque estos, generalmente, desemboquen en la desesperanza, porque de lo que se trata, en su caso, es de «verbalizar el caos y conciliar sus arrugas con la viva aspereza del amor haciéndose». En “Matar el tiempo” no hay lugar para la tibieza, es un libro desgarrado y despiadado que uno lee con un nudo en la garganta.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 20/04/2018