OCEAN VUONG. TELÉMACO

OCEAN VUONG

TELÉMACO

Como cualquier buen hijo, saco a mi padre

del agua, arrastrándolo por el pelo

 

a través de la blanca arena, sus nudillos labrando un sendero

que las olas se apresuran a borrar. Porque la ciudad

 

más allá de la costa no es más extensa

que donde lo dejamos. Porque la catedral

 

bombardeada es ahora una catedral

de árboles. Me arrodillo a su lado para ver a qué distancia

 

podría hundirme. ¿Sabes quién soy?

¿Un licenciado? Pero nunca respondes. La respuesta

 

es el agujero de una bala en la espalda,

relleno de agua de mar. Está tan tranquilo que pienso

 

que podría ser el padre de cualquiera, encontrado

de la misma forma en que una botella verde

 

que contiene un año  que nunca ha palpado

aparece a los pies de un niño. Toco

 

sus orejas. Es inútil. Le doy

la vuelta. Lo pongo de cara. La catedral

 

en sus negros ojos marinos. No mi

cara, pero sí la que me pondré

 

para dar un beso de buenas noches a todas mis amantes:

la forma en que sellé los labios de mi padre

 

con los míos y comenzar

el fiel trabajo del ahogamiento.

 

Versión de Carlos Alcorta

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO

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JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO. RULETA RUSA EDICIONES, 2017

La de Jesús Aparicio (Brihuega, 1961) es de esas trayectorias que se han ido forjando a fuego lento y esa lentitud confiere al metal, a sus versos, una solidez que el apresuramiento jamás puede ofrecer. La palabra necesita que la fragua alcance la suficiente temperatura emocional como para que sea precisa y cortante por ambos filos, como una espada, por el filo de la forma y por el del significado. Aparicio, como decimos, lo ha tenido siempre en cuenta, por eso, desde su ya lejano primer libro, Poemas como pasos (1981), ha venido publicando regularmente, pero sin exhibiciones ni afectaciones innecesarias, una serie de libros (La papelera de Pessoa y La paciencia de Sísifo son los más recientes) que, a tenor de los que hemos tenido la oportunidad de leer, mantienen un sostenido tono celebratorio, un tono sosegado y ensimismado en ocasiones, en el que, a veces, cierta morbidez se cuela de soslayo, porque, por más que cerremos los ojos a las iniquidades de la cotidianidad, «Cuanto/ más/ arriba/ miramos// mejor vemos/ nuestro centro». El milagro de la vida es cantado sin reservas, con frenesí aunque sin estridencias, con la voz de alguien que está acostumbrado a disfrutar de los más mínimos detalles que nos regala la existencia, como, por otra parte, expresa de forma admirable el poema titulado «Algo normal»: «Despiertas./ Fruta, leche y cereales./ Te abrigas y dejas en la casa/ otra hoja arrancada al calendario.// En la oficina/ ni la rutina/ te derriba.// Y está ese verso,/ como germen de trigo, que te llena/ de su milagro». La naturaleza es una parte importante del ser en el mundo que es Jesús Aparicio. Quien nos habla no es un mero espectador, es alguien integrado en ese proceso natural de drenaje y erosión, alguien que contempla, por ejemplo, el paso de las nubes no como un fenómeno meteorológico sino como un correlato de su transcurso vital. Pocas concesiones hay en estos poemas a la descripción de la realidad por sí misma; el poeta busca siempre un colofón trascendente a ese inicial rimero de evidencias que tienen como fin, únicamente, testificar que quien da cuenta del milagro de la existencia no realiza ninguna heroicidad por el hecho de hacerlo porque intenta solo dejar constancia de una necesidad, la de mirar sin anteojeras, como lo hace un niño, solo así, se puede escribir un poema tan definitivo como «Arqueología de un milagro», poema que da título al libro: «Luz que al despertar/ ha engendrado la llama,/ aire que la mantiene/ y aviva las palabras/ que eternas permanecen/ fluyendo como el agua/ y que en la tierra siembran/ silencios que son almas.// Polvo de las estrellas/ que el poema levantan:/ fragmentos de una vida/ que crece si se apaga» Hay mucho de nostalgia en estos versos finales, pero también lo hay de honradez ética y estética, de fidelidad a una manera de concebir la vida y la escritura como un todo indisoluble. Lo no dicho, lo sugerido, en muchas ocasiones, es tan elocuente como lo que expresan las palabras. Arqueología de un milagro es un buen ejemplo.

FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES

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FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES. XXXVI PREMIO DE POESÍA JAIME GIL DE BIEDMA. EDITORIAL VISOR, 2016

Muchos son los poemas de este libro que pueden emplearse a modo de sumario del libro íntegro, muchos resumen su argumento: el poeta acepta la paternidad como la más comprometida posibilidad de transformar no solo la vida, sino, también, la escritura, una escritura, una poesía que celebra el milagro de la existencia a la vez que se celebra a sí misma, no en vano estamos hablando de creación en ambos sentidos, aunque la palabra solo colinde con la vida verdadera cuando trasmite incertidumbre y emoción, no mera información. Quizá uno de los poemas que mejor ejemplifique esta idea sea el titulado «Mi lugar en el mundo»: «Mi lugar en el mundo/ es tan solo el de un hombre/ que vive con vosotras/ y que, de vez en cuando, acude a las palabras,/ con las que intenta definirse,/ para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida». Las hijas del poeta, vosotras, están presentes, unas veces de forma velada y otras de manera evidente, en estos poemas de Vértices, libro galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y que hace el cuarto de Francisco Onieva (Córdoba, 1976), autor que previamente ha publicado Los lugares públicos (1998), Perímetro de la tarde (Accésit del premio Adonáis, 2007) y Las ventanas de invierno (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, 2013). Pero cuáles son estos vértices a los que se refiere Onieva. De nuevo recurrimos a uno de sus poemas, el último del libro, titulado «Manos», para desentrañar el enigma: «Antes de descubrir tus manos,/ intuyes que esta que te guarda el sueño/ y te acaricia/ es la misma que escribe para ti estos poemas,// […] Es la que avanza, torpe e insegura, hacia el límite/ que funde certidumbre e incertidumbre,/ de donde regresar indemne es imposible/ y se convierte en vértice». Entendemos, entonces, que los vértices son zonas de confluencia entre el sentir y el sentimiento, entre la palabra que nos permite decir yo y/o nosotros, y la certeza de dejar de ser ese yo para ser un nosotros, es decir, los vértices son puntos de unión que ensamblan líneas de tránsito. Por otra parte, el poema, lo apuntó Gadamer, es una especie de diálogo (siguiendo el modelo de los diálogos socráticos) que esclarece a medida que avanza las nebulosa del conocimiento. Francisco Onieva dialoga en estos poemas con el hombre que ha sido desde el hombre que ahora es («El hombre que construye un castillo en la arena/ imita la arquitectura del agua/ para que sea memoria de su hija…»), un hombre transformado por esa mudanza interior que se experimenta con la descendencia: «Sois la única patria/ en la que vale la pena creer», escribe en el poema titulado «Blanca y Marta». La exaltación que provoca la escisión del ser sobrevive incluso a las limitaciones del lenguaje, un lenguaje que confía en el poder del símbolo para aproximarse mejor a lo que elabora desde su hermético caparazón el pensamiento. Sin embargo, recurre Onieva en escasas ocasiones a la ambigüedad de las abstracciones para delimitar las fronteras expresivas. La escala de su mapa sentimental tiene medidas terrenales, no celestes, por más que cualquier interpretación padezca el vicio de la parcialidad y reduzca el número de posibilidades hermenéuticas. «Descreo de fronteras,/ de verdades que excluyan/ y de expresiones pretenciosas.// Escribir es dudar», escribe Onieva en el poema «Regreso». Escribir es dudar, todo un manifiesto poético que el autor va elaborando, como el milagro de la vida, poema a poema, y es que, posiblemente, sean ambos temas, el del deslumbramiento existencial a través de la paternidad y la indagación metapoética, los verdaderos protagonistas de este libro en el que Francisco Oniva ha sabido conjugar una visceralidad atemperada por su responsabilidad con las palabras que la nombran, con un lenguaje, y esto no es una paradoja, que celebra un circunstancial arrebato cuya onda expansiva se expande más allá de esas mismas palabras.

TOMAS Q. MORÍN. COLONIA NUDISTA

TOMAS Q. MORÍN

COLONIA NUDISTA

Viento intempestivo, el rocoso trueno

de la costa machaca los oídos.

Atraviesan la hierba mojada

en relucientes mocasines, sandalias

a juego con el terreno

para beber y divertirse.

En el interior, se enfrentan al vacío

de las horas entre el almuerzo

y la cena en un frágil

edificio con una puerta

achacosa e iluminación

refulgente que envuelve la superficie

mate de sus troncos

con un resplandor ámbar.

Hojas de papel mezcladas, cajas

de tizas gastadas,

óleos revueltos, afilados

lápices que se alinean en formación,

caderas que giran y se asientan

en taburetes de madera

con patas en metal. Ella

entra y sus zapatos taconean

sobre el azulejo blanco

cuando ocupa el centro

de la sala con una falda tubo

y chaqueta a juego, blusa

de color topo y un ceñidor.

A su marido se le pone una aterciopelda

a piel de gallina en el cuello

y comienza a activar sus piernas

de memoria: su primer

íntimo temblor y su deslizamiento

podría ser el de una anguila

varada en roca escaldada

pero el segundo

desgarra la página

que enmarca el largo muslo

y el nudo de la rodilla.

Cambia el peso de su cuerpo

de un pie al otro,

tacones escarlata, dedos en punta

blanca aprisionados.

Roca suave la mano,

la arrastra lentamente

sobre una pared recién encalada

y aplica la presión necesaria

para hacerla más que un remanso

de manchas y papel.

El barro húmedo de la esquina

comienza a endurecerse

y los apagados colores

acuosos del alba

corren por las costillas,

envueltos los hombros

en otoño por tonos

cereales como la desnuda

hierba en los desagües

que soportan úlceras

y golpes de viento.

Las muñecas ocupadas ahora

hostigando y sujetando

pelo al cuero cabelludo,

gorro de piel hasta la cara,

arrugas poco profundas

en las patas de gallo,

hacia el sur, hasta el oído,

hasta el límite del cuello

como suaves líneas agrupadas,

rojizas-pálidas-blancas,

en la bronceada mejilla

de los acantilados bautizados por el crepúsculo.

 

Versión de Carlos Alcorta

PHILIP LEVINE. NEWS OF THE WORLD

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PHILIP LEVINE. NEWS OF THE WORLD. Traducción: Juan José Vélez Otero. Editorial Valparaíso, 2016 *

Regresa Philip Levine (Detroit, 1928-Fresno, 2015) a las librerías de nuestro país, esta vez de la mano de Valparaíso Ediciones, editorial a la que hay que agradecer el enorme esfuerzo que está haciendo por divulgar lo mejor de la poesía norteamericana actual entre nosotros. Recordemos, además, que el pasado año la editorial Visor, de la mano de Andrés Catalán, publicó una antología temática de su obra titulada La búsqueda de la sombra de Lorca —poemas escritos gracias a su intensa relación con España—. Ahora, en traducción de Juan José Vélez Otero, aparece su libro “News of the World” (Noticia del mundo), cuya edición original data de 2009. Como sabemos, la ciudad que fuera en otro tiempo símbolo del poder industrial estadounidense, Detroit, la meca de la industria automovilística, ha sufrido un declive industrial especialmente atroz, hasta el punto de declararse en bancarrota en 2013. Estas circunstancias no han pasado desapercibidas a un poeta como Levine, que «se crió —como informa Vélez Otero— en aquel ambiente industrial y obrero […] que modeló su adolescencia e influyó y marcó todo el resto de su vida y de su producción literaria firmada por sus ideas anarquistas y por las circunstancias y la voz de los trabajadores de la industria automovilística de Detroit desde los años posteriores a la Gran Guerra».

La obra de Philip Levine es profusa y homogénea. Además de poesía, género en el que ha publicado veinticinco títulos, ha escrito ensayos y ha traducido a numerosos poetas en lengua española, entre los cuales están Pablo Neruda, César Vallejo o Gloria Fuertes. Su poesía, tildada por algunos críticos como monótona, encasillada siempre en los mismos temas (la crítica social vinculada con su biografía y la Guerra Civil española fundamentalmente —los justamente conocidos poemas ‘Coming Home Detroit 1968’ y En torno al asesinato del teniente José del Castillo a manos del falangista Bravo Martínez, 12 de julio de 1936’ son dos buenos ejemplos. “I think the writing of a poem is a political act”, escribió), consigue, sin embargo, armonizar prosaísmo y emoción como pocas veces hemos leído. Hay quienes confunden el uso de un lenguaje coloquial y las fórmulas de carácter narrativo con falta de aliento poético; quienes cifran en la exuberancia verbal —en muchas ocasiones con tintes visionarios— y/o en el efectismo semántico la verdadera médula de la creación. Estas diferentes posturas no son necesariamente excluyentes. La poesía tiene mil rostros, y en cualquiera de ellos podemos encontrar la imagen de la autenticidad. Levine mantuvo siempre una enérgica fidelidad a sus orígenes y se consideró a sí mismo como un poeta de la clase obrera, hasta el punto que para él la poesía fue un vehículo para ejercer la crítica social, para reivindicar la justicia y la igualdad, para denunciar los abusos de las grandes corporaciones. Su estilo es engañosamente simple porque por debajo de esa aparente simplicidad, de ese coloquialismo se esconde un arduo trabajo de composición. El también poeta Dana Gioia opina que el poema no necesita hacer balance de la experiencia, debe ser verdad solo en el momento de la percepción, debe conectar presente y pasado, y esto es lo que hacen los poemas de Philip Levine, como ocurre en el poema ‘Mis antepasados, los del Báltico’ o ‘Vuelta a casa’, por citar dos ejemplos. Lo cierto es que en la mayoría de sus poemas el tono nostálgico, la eufonía de la infelicidad se impone a cualquier otro sonido, a cualquier otra lectura porque, como hemos dicho, sus poemas poseen una notable influencia autobiográfica y la vida del poeta fue una vida comprometida y de lucha. Sabemos que la poesía, como toda literatura, posee un gran componente de ficción, pero no podemos soslayar que existe un fondo de verdad que condiciona su alcance, que limita su universalidad.

Muchos de los poemas de “News of the World” tienen como tema la reciente historia de España (nos referimos a los años transcurridos desde la contienda hasta la actualidad). El poema que da título al libro habla de una escapada desde Barcelona a Andorra, donde compran una radio que les permitirá sintonizar emisoras prohibidas. En otro, ‘En el pueblo blanco’ (Ronda), habla de Hemingway, “el amigo de Fidel Castro”. El titulado ‘Alba’ es uno de los más dramáticos. El cainismo español más encarnizado se manifiesta en versos como estos que describen un momento puntual de violencia indiscriminada: ‘Llevaron a todos al mismo tiempo, como un rebaño,/ al borde del acantilado y los fusilaron’. Poco después, el poder cambió de manos, pero la sangre no se detuvo. Pocos poetas han calado tan hondo en el imaginario popular. Levine, ganador del Premio Pulitzer en 1995 por su libro “La simple verdad” y Premio Nacional del Libro en dos ocasiones, gozó en vida, con toda justicia, de cientos de lectores porque supo trasladar a sus versos, a través de su propia experiencia, el sentimiento de sus conciudadanos, humillados por unas inhumanas circunstancias socioeconómicas que nunca les resultaron favorables, arruinados por la más feroz especulación (cuando contaba un año, su familia sufrió el crack del 29), explotados laboralmente, arrojados al abismo de la desesperación: “Cuando era niño, doce/ o catorce, como sus hermanos, no se explicaba/ por qué los muchachos, no mayores que él, hacían/ las cosas que hacían, robos, peleas de bandas, sobredosis,/ violaciones, nunca comprendió que su padre/ se alzara en ira ni que saliera dando puñetazos/ y patadas, botellas, platos, vasos desparramados/ por toda la cocina”. Philip Levine falleció hace poco más de dos años, el 14 de febrero de 2015, poco después de que le diagnosticaran un cáncer de páncreas. Tenía 87 años. “Noticia del mundo” fue su último libro publicado.

* Reseña publicada en el suplemento cultural SOTILEZA de El Diario Montañés, el 7 de abril de 2017

LUCIA PERILLO. TEORIA DEL AGUA

LUCIA PERILLO

TEORÍA DEL AGUA

Ahora vivo donde veo agua —tú pagas más

por verlo. Quizá el ojo prefiere la sutileza

del líquido al desorden de las hojas,

que ahora son amarillas y moteadas,

a punto de florecer en el aire. Mientras que los atractivos

del agua son que nunca se marchita, que nunca muere,

su superficie se oscurece o clarea por las nubes

que pasan —aunque también estas

se disuelven cuando son barridas por el viento, o cuando el sol cabalga

en ellas como un señor de la guerra en su jeep.

 

O podría ser que prefiramos el agua

por su parecido con el dinero, una pobre variedad de monedas.

El gris es común; es su el resplandor el que es extraño,

como el semicírculo rojo en el ala del mirlo

que fue antiguamente apreciado por los nativos de Occidente

al no conocer a el cardenal.

 

Dos teorías. Ahora descreo de teorías.

 

Salvar uno para que reclame la llana vastedad

es también una etapa que la naturaleza supera.

Y pensamos que la sensibilidad del cuerpo

tan hueca como una cáscara de nuez o una envoltura

es el producto de amenazarlo con muchos

metros cúbicos de cielo, no de que finalmente está seguro en alguna parte

para practicar su reverencia final.

 

Versión de Carlos Alcorta

SERGIO NAVARRO RAMÍREZ. LA LUCHA POR EL VUELO.

sergio navarro

SERGIO NAVARRO RAMÍREZ. LA LUCHA POR EL VUELO. PREMIO ADONÁIS 2016. EDICIONES RIALP, 2017.

 En esta época en la que vivimos y escribimos, en la que da la impresión de que tener respeto por el lenguaje, trabajarlo y disciplinarlo para que la palabra se amolde de forma precisa al pensamiento es una osadía, cuando no un estigma, reconforta leer libros como La lucha por el vuelo, de Sergio Navarro Ramírez (Marbella, 1992), que demuestran que no todo está perdido, que hay jóvenes poetas, poetas de verdad, que mantienen una dura pugna con el idioma con la convicción de quien sabe que de esa lucha desigual deriva el conocimiento, tanto de su propia identidad, como del mundo que lo rodea. Esta especie de comunicación de ida y vuelta es un privilegio al que únicamente pueden aspirar, como decimos, quienes no se dejan seducir por el sentimentalismo ramplón y por la unilateralidad de un código sistematizado. La jerga de lo fácil, de lo espontáneo, de lo entendible, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer algunos críticos y editores, debilita las opciones del poeta, lo vuelve acomodaticio a la vez que reduce su fuerza natural, lo amansa. No estamos defendiendo aquí una poesía metafísica ni estético-filosófica plagada de conceptos abstractos que buscan deslumbrar al lector con las ambigüedades del significado. Tampoco nos seduce esa poesía de oropel que intenta disfrazar su superficialidad con la suntuosidad de las formas que adopta. Lo que favorecemos nada tiene que ver con estos artificios. Hablamos de una poesía —nos da lo mismo el rótulo en el que la encuadremos— que proyecte la experiencia del poeta fuera de sí y de la inexpresiva realidad en la que se inserta a través de un lenguaje depurado —es obvio que la depuración no está reñida con la sencillez—un lenguaje refractario a lo consabido, que prime la exaltación de lo cotidiano (y por exaltación no entendemos solo la idealización sino, también, su detracción. Es irrelevante la actitud ante la vida. Nos interesa la actitud ante la escritura), que haga fluir emoción y pensamiento a través de las imágenes evocadas, que, en definitiva, produzca tanto en el autor como en el lector una transformación impensable antes de la escritura del poema, como sucede, por ejemplo, con estos versos finales del poema «Lo suficiente»: «Él contempla su mundo y lo ve bueno,/ con la tranquilidad que da el saber/ que nada de lo dado por el día/ se ha perdido».

La lucha por el vuelo está divido en cuatro secciones, aunque solo la tercera parece revelar alguna diferencia temática con respecto de las tres restantes. El personaje, el «poeta/ que se adentra en la noche con la luz/ sola de su palabra y que descubre,/ que alumbra, la invencible vastedad/ del abismo que cruza» cifra en la naturaleza su sed de conocimiento. Los poemas de Sergio Navarro Ramírez describen minuciosamente árboles o plantas, insectos o pájaros, lugares o inclemencias meteorológicas: « Cae la lluvia con pureza, tanta/ que parece bautizo del lugar./ Allá fuera, las calles solitarias/ ofrecen el asfalto a la tormenta/ como frente desnuda». Su mirada es capaz de encontrar correspondencias entre el movimiento de la naturaleza y su propia conciencia d de las cosas, sí, pero también, y fundamentalmente, de sí mismo. Subyace un deseo de inmersión en el ritmo vital de esa naturaleza, de complicidad con los ciclos naturales de la vida y la muerte. No es esta, sin embargo, una poesía elegiaca. El asentimiento tiene, aquí, poco que ver con la resignación., aunque casi están ausentes también los indicios hímnicos. Acaso percibamos alguno en esa tercera sección, un tanto distinta, que más arriba señalábamos.: «Huele limpio el aire/ que entra por la ventana con la luz./ Ambos el mundo nos ofrecen: claro/ y caliente, creado hace poco./ Quizá al verlo contigo amanezca/ con tu belleza». Como el lector puede comprobar, la construcción de estos versos está sustentada en un riguroso ejercicio rítmico, basado fundamentalmente en el endecasílabo, que consigue hacer de esa disciplina verbal que mencionamos al inicio, un ejercicio de contención imprescindible para no caer en el descriptivismo romo ni en el lamento solemne, pero vacío. Casi en voz baja, sin levantar la voz, Sergio Navarro Ramírez nos ha confiado su particular visión del mundo, una visión que se ampliara. Estamos seguros, desde nuevas perspectivas vitales más pronto que tarde.

 

MIGUEL ARGAYA. PRÁCTICA DEL AMOR PLATÓNICO

miguel argay

MIGUEL ARGAYA. PRÁCTICA DEL AMOR PLATÓNICO. EDITORIAL DEVENIR, 2017

 «Me fue a nacer un día, sin yo saberlo apenas,/ esgrimiendo tan solo su razón y su siglo/ como una certidumbre que contuviera el tiempo/ en sus mismas entrañas». Así comienza el último poema, que posee el mismo titulo que el libro, de la última entrega de Miguel Argaya (Valencia, 1960), un autor al que leímos con admiración en la década de los noventa en libros como Luces de gálibo (1990), Carta triste a Jorge (1993) o Curso, caudal y fuentes del Omarambo (1997) y al que habíamos perdido la pista en los últimos años. No es mal momento este, cuando la edad ha colocado ya en el lugar que le corresponden sueños y expectativas y la capacidad de enjuiciar el transcurso vital se ha acentuado con los años, transformándose ahora la palabra que le confiere su razón de ser en un certero escalpelo capaz de desgarrar la realidad con mano firme, con la mano que refleja la consistencia de un pensamiento consolidado. Podemos considerar, entonces, gran parte de su obra anterior como una suerte de peldaños que conducen a este atrio que hoy ocupa Práctica del amor platónico, un libro integrado por poemas escritos durante un amplio arco temporal (al menos diez años separan las composiciones más antiguas de las más recientes). El libro manifiesta así, dentro de una innegable unidad compositiva, algunas diferencias notables entre las partes que lo componen. La unidad está expresada en el soneto final «El poeta pide respeto al huésped», cuyas estrofas finales dicen: «Yo soy el que soy, y el yo del yo que escribe,/ el yo consciente de mi personaje,/ el que le da la vida, el que lo vive.// Y tú, lector, viajero de este viaje,/ acéptalo cual es, entra y recibe/ con sagrado respeto mi hospedaje». Hay en esta declaración de intenciones una velada crítica al poema como construcción verbal de un yo enmascarado en las palabras, de un yo que se crea un personaje paralelo en el poema para hablar de sí mismo como si estuviera hablando de otro. Miguel Argaya, según nos parece entender, censura esta forma de concebir la escritura (el poema «Alegato contra la dictadura del fingimiento» es quizá su más veraz plasmación, aunque la idea subyace en muchos otros poemas). Para él, esta debe rehuir ese componente ficcional para reflejar solo la verdad del poeta. Autor y personaje se funden en un yo que no pretende sino descifrarse a sí mismo en los versos que ofrece al lector y, sin embargo, estos mismos versos, se escudan en personajes —tanto da si reales o inventados— como Fernando Minglietta o Gabriel Viseu, protagonistas de una realidad aparentemente muy distinta de la que rodea la vida del autor. La especie de novela negra que forma esta primera parte da paso a «Años colaterales», en la que el componente autobiográfico es más evidente. El primer poema, «Desde los 44 años», nos pone sobre la pista y un emocionado homenaje al padre, en el poema «Odiseo a orillas del Aquerusia», confirma ese propósito memoralístico: «Renuncio a preguntarme adónde/ irá tu voz, adónde irán/ tus emociones, tus silencios,/ tu presencia incondicionada,/ toda aquella tristeza limpia/ de los últimos años…. ». Las siguientes secciones —«Las horas», «Los límites»— contienen poemas de carácter más lírico, aunque la discursividad narrativa no esté ausente, mitigada en algunos casos solo por la fragmentación versal. Jaime Olmedo Ramos diferencia de forma precisa las respectivas secciones que integran el libro: «Una primera parte descriptiva de vidas en exteriores urbanos, unas segunda y tercera con poemas de interioridad y trascendencia, de acción verbal y apelación, una cuarta más sapiencial y definitoria con hegemonía de sustantivos, una quinta que es la sintaxis de toda la morfología anterior y una sexta y última, que es pragmática, relación del poeta con la alteridad». El libro cuenta con un prólogo de Luis Alberto de Cuenca en el que afirma que nos encontramos ante un poeta «luminoso, hondo sin vacuos hermetismos, armado a todo instante con la panoplia de la música […], emocionante, compasivo (en el sentido literal del término), perfeccionista, sabio calculador de estructuras versarias, pródigo en lealtades al esquema de la poesía de siempre, pero a la vez innovador en léxico y en sintaxis: un poeta, en resume, de verdad». No creo que sea preciso añadir palabra alguna a este certero análisis. Acaso recalcar estas virtudes, ausentes en gran medida en las últimas hornadas poéticas. Muchos son los versos de este libro que nos quedarán en la memoria y no podemos anotarlos todos, pero queremos acabar este comentario con aquellos que resumen una forma de ver el mundo ajena a los fuegos de artificio de la cotidianidad, los versos del poema «Recapitulación a los 55 años»: «Y quiero la paciencia del hombre que ahora soy,/ la que me hace gustar el tiempo que se crece/ y me hace comprender el lugar en que estoy,/ saber de dónde vengo, intuir adónde voy».

PETER GIZZI. PENSAMIENTOS DEL ÚLTIMO SIGLO EN ESTA NOCHE NEVADA

PETER GIZZI.

PENSAMIENTOS DEL ÚLTIMO SIGLO EN ESTA NOCHE NEVADA

 

Este es el invierno donde la luz revolotea en las cumbres de las cosas.

A veces salto hacia atrás y resplandezco.

 

Demasiado espectáculo obnubila el yo.

Este es el invierno en el que camino por debajo de todo.

 

¿Qué podría yo extraer de ello? ¿Asombro?

Llevaba puesta una manta extra.

 

Este es el invierno donde las linternas de la infancia se deslizan en esa distancia

en la que lo que damos es lo que recibimos.

 

Algunos lo llaman autosuficiencia. Ça va?

Para entender nuestra parte, nuestra brillante parte.

 

Este es el invierno y esta la parte del invierno

De la autosuficiencia y de los pensamientos del último siglo en la nieve.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

PETER GIZZI. NO ESTAR ESCRITO EN NINGÚN OTRO PAÍS

PETER GIZZI

NO ESTAR ESCRITO EN NINGÚN OTRO PAÍS

 

Ahora es el momento de rascar cupones

que echen por tierra los deseos íntimos de la madre soltera,

que durante la noche son suficiente para el pensionista

y el “tocapelotas”  del programa de televisión.

¿Si nos lo revelaran los gansos volanderos

podríamos encontrar una casa

perdida igual que lo estamos en la sección para niños de Wal-Mart?

Igual que la juventud hizo maravilloso a Grant

que llegaría a ser un borracho

y presidente y murió como Melville, olvidado,

sepultado bajo la losa de la ambición y la culpa.

Es un día triste para el encuestador y el cuerpo electoral

para las páginas enmohecidas de una aparador inutilizado.

Y siempre y cuando los sábados pasados

de adolescentes en descoloridas Kodak

entren en el discurso de los políticos

sabrás que tú no estás solo y que tu álbum

será suficiente para tomar de resoluciones

y para tu plan de cosas que hacer este fin de semana

en el garaje y en el porche.

Versión de Carlos Alcorta