PILAR VIGÍA

PILAR BLANCO. VIGÍA DE TU PASO. CHAMÁN EDICIONES, 2018

La trayectoria poética de Pilar Blanco goza de una solidez que conviene subrayar por lo infrecuente del caso. Cada uno de sus libros —una decena en poesía, sin contar antologías y «plaquettes»— va configurando con precisión el armazón estético adecuado para sustentar un pensamiento que ahonda cada vez con mayor eficacia en las raíces más profundas del ser. El hecho de que haya elegido el género poético para desarrollarlo brinda a sus lectores además la oportunidad de que se recreen en el uso simbólico del lenguaje, en la ambigüedad de sus significados, en la belleza de su metáforas, vedadas casi del todo en el lenguaje ensayístico. Esta indagación metafísica en curso ha estado siempre, de un modo más o menos evidente, en la poesía de Pilar Blanco, pero quizá en este su último libro, Vigía de tu paso, es donde ha adquirido mayor relevancia. Indagar en la esencia del ser no es tarea fácil. El lenguaje debe estar atento a las fluctuaciones del pensamiento, a las incertidumbres o las certezas que se imponen alternativamente en la mente que reflexiona, por esa razón, Pilar Blanco ha necesitado agudizar el significado de las palabras, cincelarlas para logar que encajen en ese muro de contención que debe soportar el peso del discurso ontológico: «Me oscurezco para que me entiendas», escribe en uno de los primeros poemas del libro. No quiere decir esto que Pilar haya escrito deliberadamente un libro difícil, pero no está de más tener en cuenta que su poesía no se alimenta de lo anecdótico, o quizá resulte mejor decir que no refleja lo anecdótico, aunque se nutra de su experiencia cotidiana, trascendida gracias, precisamente, a esa depuración del lenguaje tan característico en ella. Ha bebido en la fuente de excelentes maestros para hacerlo, como queda de manifiesto en las citas que proliferan por el libro. En todo caso, los poetas que más le han influido parecen ser Hugo Múgica y Roberto Juarroz. Ambos otorgan al lenguaje un poder de restitución capaz de hacer que lo ausente esté presente; ambos buscan en la otredad el complemento necesario para hacer del ser un absoluto. Pilar Blanco ha sacado un partido excelente de la lectura de estos poetas porque, sin perder un ápice de su voz, ha conseguido destilar su magisterio para enfrentarse a sus propias —me atrevo a llamarlas— obsesiones.

   Vigía de tu paso está divido en tres secciones, flanqueadas por sendos poemas que hacen las veces de prólogo y epílogo respectivamente. Alfa y Omega , el pájaro que no sabe «con qué ojos contemplar lo que abajo [le] deslumbra» se ha trasmutado en el pájaro que ha adquirido el conocimiento necesario para estar al acecho, para vigilar desde lo alto —«tú más alto que el cielo»— el transcurrir, lo que sucede a cada minuto, «la vida que está siendo» (aquí la herencia de Mújica resulta más evidente). En medio está «El que observa», ese ser que se despoja de su identidad, que deja de ser el mismo para fundirse con el silencio, con la nada, que se diluye en un vacío sin forma porque nació solo para observar, para dejar constancia, pero ¿de qué? Pues de la inanidad, de la fragilidad del ser, de su fugacidad, de su ceguera congénita. «Fuiste —escribe Pilar Blanco el último poema de la sección— el sueño de un loco / o la locura de un soñador que acarició tu incógnita / y barrió para siempre el frío de tu imagen».

   Una indagación sobre la identidad ocupa la sección titulada «La criatura». Esta personifica un tú que es «el furtivo, / el que siempre se esconde, / quien no sabe de sangre y hojas marchitas». Un tú que parece ser el reverso del yo. No resulta inocuo enfrentarse a la posibilidad de que ese yo disgregado configure diferentes identidades según las circunstancias porque puede rozarse algún tipo de neurosis. La escritura, el poema, actuará entonces como paliativo. El mero hecho de escribir sobre esa fragmentariedad emocional aminora el riesgo, inmuniza contra el dolor. No sé si aventurarme en esta hipótesis será una temeridad, pero poemas como este que transcribo me inducen a pensar que la propuesta no es del todo desacertada: «Lo que quisiera / saber, pero no sé, es lo que se esconde / debajo de mi rostro, / qué espíritu o espectro anima sus facciones, / mueve mi lengua, / dice que es yo y no lo reconozco, / y me desprecia desde mi sangre misma». Quizá la mejor forma de superar esta fase sea el desdoblamiento en otro yo que sirva de interlocutor. En la última sección, «El espejo de agua», se establece un diálogo entre ambos sujetos. El yo que se interroga, alterna esa transformación en un tú («Y soy, precisamente, lo que no has sido nunca, / la llave que te falta») con un nosotros («No sabemos, no oímos, no volamos. / Somos lo que queda. Su raíz»). Pilar Blanco ha realizado un riguroso examen de conciencia, pero no para enumerar sus errores o para expiar las culpas, sino para analizar desde dentro de sí su verdadera esencia. El espejo en el que se mira no es más que una metáfora («Vivo tu identidad al fondo del espejo») de la otredad. El yo y el tú se funden cuando el lenguaje se interna en un laberinto de significados difícil de desentrañar, a menos que uno sea el eje sobre el que giran esos «transeúntes eternos a través de nosotros mismos», que diría Pessoa. Vigía de tu paso posee un peso específico poco común, por eso busca un lector que sea capaz de soportar el vértigo que provoca.

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