JEFFREY YANG I

JEFFREY YANG. UN ACUARIO. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE JORDI DOCE. EDITORIAL LA GARÚA, 2018

Los bestiarios son un género que no goza de mucha popularidad actualmente, al menos los bestiarios, me atrevo a decir, de carácter realista, no fantástico, aunque separar ambos aspectos no carezca de inconvenientes, sobre todo cuando nos vemos impelidos a hacer uso de la mitología para explicar o tratar de comprender el momento actual. Un acuario, el primer libro el poeta norteamericano Jeffrey Yang (Escondido. California, 1974), publicado originariamente hace diez años y editado ahora en una cuidadísima edición por La Garúa, se ajusta con precisión a esta rama realista puesto que se vale de especificaciones científicas para describir a los seres marinos —y no solo a ellos porque también aparecen el diseño inteligente, Google o Estados Unidos— de los que se ocupa, aunque esa descripción se vea enriquecida por el aporte poético que permite al poeta establecer originales asociaciones fruto de sus experiencias vitales y de su vastísima cultura. En nuestra tradición más reciente no abundan los libros unitariamente dedicados a algún animal. Uno recuerda el libro Poemas del toro, de Rafael Morales, publicado en 1943, Los animales, de José Luis Hidalgo, de 1944, Nuevo álbum de zoología ( 2014) de José Emilio Pacheco, Gatos (2005) de Darío Jaramillo Agudelo, Tierra en el cielo (2001) de Antonio Cabrera o El amor de los peces (2014) de David Trashumante, que es un inventario de las formas que toma el amor representadas por distintos animales marinos. La nómina es, por supuesto, mucho más amplia, pero mi memoria es limitada. En todo caso, ninguno de estos libros mencionados guarda relación directa con Un acuario porque los propósitos distan mucho de ser los mismos. Aquí no encontramos un enaltecimiento retórico de los animales ni una mirada antropocéntrica, sino que las características de estos, como si de una fábula se tratara, sirven a otros fines que van desde la crítica social a las relaciones de la poesía con la filosofía y con la historia, entre otras cosas. No faltan, en estas descripciones, ni las taxonomías científicas ni los juegos semánticos con los que Yang logra mantener un equilibrio entre lo puramente sistemático y verificable y una tensión dramática que la ironía no consigue mitigar del todo. Yang mezcla como en un arriesgado cóctel distintos recursos, rastrea una variedad de asociaciones difíciles de concretar porque sus conocimientos abarcan la mitología, la ciencia, la religión, la geografía, la química, la filosofía o el arte. Con todos estos elementos logra crear un artefacto verbal que va mucho más allá de la mera descripción narrativa. El animal es solo un pretexto para reflexionar sobre el mundo actual y sobre la condición humana. Veamos, por ejemplo, cómo acaba el primera poema, el titulado «Abulón»: «Todos los caminos terrenales conducen a la guerra. Pero recuerda / que los haliótidos son hemofílicos: si se les corta / se desangran hasta morir. Vigila tu corazón».«Hay —escribe Jordi Doce, que ha realizado un magnífico trabajo traduciendo este complicado libro— en él ingenio, erudición, gracia lúdica y una extraña musicalidad que juega indistintamente con los armónicos del collage, el epigrama, el reportaje, la boutade o la celebración lúdica».

     El libro está ordenado alfabéticamente, de suerte que comienza con el poema «Abulón» y finaliza con «Zooxanthellae». En medio todo una relación de seres marinos con los que convivimos sin prestarles, en muchos casos, atención, como los dinoflagelados, de los que, con unas gotas de humor, dice que «persiguen el equilibrio / más que la naturalidad», o los foraminíferos, cuyas características asocia con la forma de entender la poesía de Oppen o Zukofsky. No son estos los únicos poetas que aparecen en el libro. También menciona a Pound, que parece ser su ángel tutelar a la hora de construir este libro, porque, como él viejo Ezra, Yang se vale de innumerables referencias, de disciplinas y conocimientos más propios de investigadores y científicos para construir el poema. A Kenneth Rexroth, el poeta precursor de la generación Beat y autor él mismo de un bestiario para disfrute de sus hijas, le dedica un poema que termina con estos versos: «No hace falta / hacer de menos sus defectos / a la luz de sus palabras / ganadas / por la vida que vivió / como un intelectual radical, ecologista / populista, un pacifista entre / el dragón / y el unicornio / en eterna conversación».

   Como decía más arriba, el referente animal sirve como contrapunto al ser humano, a su conducta. El hermoso poema titulado «Manatí» finaliza con estos versos: «¡Oh grandes antepasados! Enseñadnos / a amar a nuestros enemigos». En la misma expectativa podemos encuadrar el titulado «Anguila», criatura viscosa que nunca miente y que cuando percibe la más leve sombra de engaño «te arrancan / el dedo de un mordisco. Con cuidado / estudia la mano de los políticos».

   En muchos de estos poemas encontramos versos de tal contundencia que podrían ser considerados como aforismos. Veamos algunos: «Como la raspa del celacanto, la fama es hueca», «Debajo / de la historia hay otra historia que hemos hecho / sin saberlo» o «Sombra de la filosofía: poesía. Sombra / de la poesía: filosofía». Esta última reflexión enlaza con cierta preocupación metapoética presente en muchos poemas del libro, pero especialmente en el titulado «Jiang Kui», toda una lección de coherencia estética y de humildad en la era de la copia y la falsificación que debiéramos hacer nuestra: «Al escribir poesía / es mejor aspirar a ser distintos / de los antiguos que intentar / asemejarse a ellos. Pero mejor aún / que aspirar a ser distinto es verse destinado / a encontrar la propia identidad con ellos / sin aspirar a la identificación; / y verse destinado a diferir de ellos / sin aspirar a la diferenciación».

No es fácil resumir todo lo que ofrece al lector un libro como Un acuario en una reseña. Baste decir que estamos ante un libro diferente, difícil de encuadrar en las corrientes al uso, por eso habrá quien se sienta desconcertado al leerlo, pero la mayoría de los lectores se sentirán deslumbrados no por la innegable erudición, sino por la forma de convertirla en poesía (en este aspecto me recuerda a la poeta y novelista canadiense Anne Michaels). Nada mejor para finalizar este comentario que el párrafo final del prólogo de Jordi Doce: «Un acuario es una de las propuestas más vivificantes de la poesía contemporánea: una escritura que tiene el difícil mérito de ser a la vez fresca, inteligente, culta, lírica, divertida y crítica, que exige un lector activo que sepa guardar cierta distancia risueña […] y al mismo tiempo perderse o dejarse llevar por las galerías y paisajes ocultos que van desde un poema a otro. La imaginación, como siempre, hará el resto».

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