JAVER SÁNCHEZ MENE

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. EL BAILE DEL DIABLO. COL. CALLE DEL AIRE, 163. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

El diablo siempre merodea por los intersticios de la mente, no se cansa de tentarnos con promesas, no de redención, ni con paraísos y ambrosías futuras como hacen las distintas religiones y ejemplifican las vidas de los santificados y los mártires. El diablo, el demonio es puro presente («El demonio visita/ sin llamar a la puerta, aprovecha/ que abres para que el aire entre/ y su sombra se cuela por encima del mundo»), ofrece satisfacciones inmediatas a quien se arriesga a trasgredir las normas, lo socialmente aceptado, pero ¿qué es el poeta sino alguien siempre dispuesto a experimentar ese deseo de transgresión? Nunca Leviatán encontrará nadie en mejor disposición a emular sus desatinos que ese poeta que, en estado de trance, se convierte en un chamán, en una especie de hechicero. Sin embargo, no es el único susceptible de ser seducido por los pecados del mundo y de la carne. De igual forma, ese poeta que se identifica con el hombre común, tampoco logra eludir sus argucias. ¿Son argucias?, cabría preguntarse o, simplemente, excusas acogidas con disimulado entusiasmo para dar rienda a ese espíritu libertino que anida en cada uno de nosotros. Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) pone nombre en su último libro de poemas, El baile del diablo, a algunas de estos reclamos con una declaración de intenciones inicial en la que afirma que «No ha sido nunca malo/ el hecho de estar solo,/ hay quien baila al son/ de los disfraces, de la muerte,/ inútil sensación de permanencia/ y de nunca rendirse».

El libro posee la división argumental clásica en tres partes que defendía Aristóteles, como si fueran secuencias de un mismo impulso ¿destructivo? «Las cartas por jugar», la primera de esas secuencias, comienza con el poema titulado «Hat», en el que el poeta enumera una serie de pecados de los que parece arrepentirse. Ya no hay oportunidad de pecar porque, al menos en ese instante, «Satanás se ha marchado para siempre» y el poeta recuerda que en el pasado fue un hombre distinto a quien es ahora: «un hombre necio sin integridad,/ fortuna sin esfuerzo y con oficio»., pero no deja de subyacer una sugerente ironía después de poner a buen recaudo al yo biográfico, de distanciarlo del yo ficcional, ese que se fustiga en el poema. Esta ironía da incluso lugar a una correspondencia de origen juanramoniano entre la llegada de la poesía y la de la persona amada: «Acercabas tu cuerpo dejando la ropa/ en el pasillo. En ese mismo instante/ se fue la luz», escribe.

La segunda secuencia, «Las obras terrenales», se inscribe claramente en el ámbito la cotidianidad. Esta parte contiene quizá los poemas más físicos, más apegados a una realidad anterior que encuentra su eco en el presente que rememora, poemas en los que «La puñetera sombra de la vida» cubre todos los actos, desde el espionaje infantil a las gamberradas junto al confesionario. El que fue se transforma en alguien que ha encontrado el sentido a la vida en los pequeños detalles, algunos de ellos citados en ese autorretrato tangencial que es el poema «Luz». La tercera y última parte, «La verdad de las cosas», abunda en esa oposición bondad/vicio de la que el poeta intenta evadirse, no siempre con fortuna. Hay incertidumbre a la hora de escoger el camino, lo que da lugar a contradicciones entre el ser y el no ser, como en el último poema del libro, que finaliza así: «El camino hacia la muerte/ es ese instante, el desvelo, la luz/ sin anatemas. Hay un hombre/ que desea volver a la nada». El baile del diablo está escrito entre los años 2004 y 2017, un periodo en el que el autor ha sufrido el asedio de los demonios del mediodía, demonios crueles, implacables, pero también bondadosos, entusiastas, que alimentan ese yo dormido que, de vez en cuando, como ocurre en estos poemas, conviene sacar a flote para no vivir domesticados del todo, para, desechando la falsa idea de que el sufrimiento es consustancial a la condición humana, caer en la tentación de ser feliz, y serlo.

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