LUIS TAM

LUIS TAMARIT. METÁSTASIS I. PRÓLOGO DE MERCEDES ROFFÉ. EPÍLOGO DE ALEJANDRO CÉSPEDES. OLIFANTE EDICIONES DE POESÍA, 2017

Olifante es una de las colecciones más veteranas del panorama poético español. Fue fundada por Trinidad Ruiz Marcellán en el año 1979 y comenzó su andadura editorial con la publicación de Cartas a Eugenio de Andrade de Luis Cernuda. Desde entonces, en estos casi cuarenta años, ha reunido un importantísimo número de autores que hacen de su catálogo memoria viva de la poesía española, que ha prestado atención a autores aragoneses —Rosendo Tello Aína, Ángel Guinda, Fernando Sanmartín, Antón Castro o Manuel Vilas— y del resto del país —Ángel Crespo, Luis Antonio de Villena, Clara Janés, José Infante o Jorge Riechmann—, pero sin descuidar el interés por otras tradiciones, un interés en el que conviven Lêdo Ivo con Cecco Angiolieri, Ketas o W.B. Yeats. Todo ello, además, realizado con un cuidado exquisito, porque los libros de Olifante son, en sí mismos una pequeña joya, un ejemplo de cómo se debe editar, sobre todo hoy en día, que tantos latrocinios se cometen, poesía. Por poner un ejemplo, en el libro que nos ocupa, Metástasis I de Luis Tamarit, se ha empleado en el interior papel de 125 gramos, cuando, en una gran parte de los libros actuales se utiliza de 90 gramos, incluso de 80 y en la cubierta, papel verjurado. Como digo, todo un lujo para quienes valoramos la factura del libro en sí misma.

Para quienes, como yo hasta el momento de leer el libro, no conozcan a Luis Tamarit, sirva la particular nota biobibliográfica que el propio autor ha escrito para la ocasión. Conviene señalar, sin embargo, que nuestro autor nació en Puçol (Valencia) en 1961 y que Metástasis I «es el primer volumen de la obra Metástasis (diez volúmenes cuando escribo estas líneas). Cada libro consta de cien poemas, más el primero del siguiente libro». Otra precisión que nos aporta el autor y que considero relevante a la hora de afrontar la lectura es que «Todos los poemas de Metástasis son más o menos coetáneos entre sí. No hay unos poemas escritos hace treinta y seis años [comenzó su escritura en 1980] y otros hace seis meses».

Dicho esto, lo primero que nos interesa dilucidar es la elección del título (así lo hace Mercedes Roffé en el prólogo) y, para ello, recurrimos al diccionario. Metástasis es una palabra que proviene del griego y, etimológicamente, significa «mudarse de lugar o transferencia», sin embargo, actualmente lo asociamos con una propagación de células cancerígenas que afectan a diferentes órganos: «Propagación de un foco canceroso a un órgano distinto de aquel en que se inició», especifica la RAE. Pero estamos hablando de poesía, no de medicina, por más que ambas tengan en común mejorar, curar al ser humano. La analogía que nos sugiere Tamarit es realmente oportuna. De todo esto habla el prólogo citado, imprescindible, cosa que raramente ocurre. Roffé reflexiona, además, sobre el particular modo de construcción de los poemas que integran el libro: «paralelismo, variatio, rima, ruptura de la puntuación tradicional, frases concatenadas, dísticos diagramados como tales o unidos por una sola línea…». Dejando a un lado el aspecto formal, a este lector le ha llamado la atención la originalidad del planteamiento, el personalísimo estilo del autor. Pongamos un ejemplo, el poema número 25: «Del antes al después bosques sumergidos sigilosas serpientes soledades sonámbulas// La oscuridad nos llama como antes nos llamaba la luz// La hulla quiere dibujar el interior en penumbra/ La turba dejar su huella en cada fisura». Una imagen inicial («Imágenes de otras imágenes siempre en movimiento») determina el desarrollo del poema, pero esta evolución nada tiene que ver con un proceso narrativo lógico. La arbitrariedad de las asociaciones lo relaciona con un despojamiento de la conciencia que colinda con lo irracional, con un discurso que surge de la entraña, de lo sentido y de lo vislumbrado en un estado quizá de ensoñación. Tal vez este poema que transcribo a continuación sea lo suficientemente explícito: «Entre la realidad y sus espejos entre el espejo y el rostro lo que no pudo pedir perdón por respirar lo que se mantuvo despierto en lo no despierto// Algas insomnes palabras desveladas piedras sonámbulas// Apariciones y desapariciones en un hueco sin viento». Este no saber muy bien de dónde proceden las ideas, de donde nace el flujo verbal que les da consistencia genera a su vez un cuestionamiento del propio proceso de escritura que se intenta capturar mediante conceptos tangibles como cuerpo («cuerpo adentro lo que no tiene palabras» o «El reverso del poema en el anverso del cuerpo»), carbón, ceniza, etc.

Alejandro Céspedes —otro enorme poeta, como lo es Mercedes Roffé— escribe un epílogo digno de reproducir en extenso, algo que se escapa a este comentario, pero sí nos detendremos en dos o tres de las ideas que baraja: En primer lugar, la idea del poema como forma conclusa, desestimando el tantas veces citado apotegma de Valéry: «Un poema nunca se termina, se abandona», en el que yo sigo confiando. «El poema que no sabe terminarse es un poema fallido que no se acertó a escribir», dice, y yo comienzo a dudar de mis convicciones. En segundo lugar, Céspedes habla de una de las más llamativas característica de Metástasis I, el intervalo, apoyándose en Mallarmé — de quien, por cierto, Valéry afirmó que vivía «para alcanzar y perfeccionar algún sistema de palabras»—. Tamarit ha estructurado cada poema en función no solo de lo dicho, sino de los silencios, de lo dicho, de los espacios para la reflexión que quedan entre verso y verso: «En esa disposición estrófica (que debemos entender determinante para un poeta que la repite a lo largo de más de cien poemas) cobra una significación extrema el intervalo, es decir, lo que no vemos, lo que no se ha escrito, un tránsito que da paso a los siguientes versos». En tercer y último lugar, Alejandro Céspedes se refiere a la ausencia de referencias visibles, reconocibles: «No hay nada confesional, anecdótico, no hay fechas, no hay personas concretas ni hechos, ni lugares» en estos poemas, con lo que el efecto de sugerencia que queda en manos del lector es mucho mayor. Estamos más que de acuerdo con esa lectura. Tal y como señalábamos al principio, es estala primera entrega de un proyecto realmente ambicioso que nos ha dejado un muy buen sabor de boca. A tenor de lo leído, estamos seguros de que Luis Tamarit lo conducirá a buen puerto y nosotros, los lectores, estaremos encantados de subir a bordo.

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