MARIO PERRZMARIO PEREZ

MARIO PÉREZ ANTOLÍN. CONTRARIEDADES. COL AFORISMOS. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

A estas alturas, nadie puede negar que Mario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) es uno de los aforistas más reputados de nuestro país. Títulos como Profanación de poder, La más cruel de las certezas, Oscura lucidez y Crudeza así lo atestiguan. No vamos a entrar en polémicas estériles, pero más que aforismos, los textos de Pérez Antolín, también los incluidos en Contrariedades, los encuadraría, más que bajo el marchamo de aforismos, dentro de un “género” de más amplio espectro, el del fragmento de inquietud filosófica, metafísica podríamos decir de algunos de ellos. La mínima extensión del aforismo —hay excelentes ejemplos en este libro: «No hay verdades absolutas, sino tentativas de verdades», «Lo inhumano es tan humano como lo humano» o «La dolencia es uno de los requisitos del sentimiento», por citar solo algunos— el relampagueo que destella casi de forma inapreciable en el blanco cielo de la página se ve aquí sobrepasado de continuo por una reflexión más “pensada”, que trata de abarcar no solo el resplandor sino su efecto: «Existe un gran problema de legibilidad metafórica —escribe—. Cada vez hay menos capas de lectura. A este paso, pronto la insignificancia se adueñará del texto, y el esquematismo funcional quizá pase del acto de comunicación a la inteligencia en su conjunto». Tengo la impresión de que Pérez Antolín no se conforma con hacer pliegues más o menos profundos a la realidad para envolverla con un embozo nuevo, pero del mismo género textil. Su ambición es más transgresora porque intenta levantar, si bien a base de fragmentos y de forma asistemática («Lo malo de los sistemas es que solo podemos construirlos desde dentro y, una vez terminados, se convierten en nuestra cárcel», dice), los cimientos de un pensamiento filosófico que sustenten una forma de vivir más exigente consigo mismo y con la sociedad en la que vive, una forma de “revolucionar” la realidad, por eso escribe: «El ideal es que se nos gobierne desde fuera igual que nos gobernamos desde dentro, que el acatamiento y el dominio de sí se parezcan, que el disciplinante y el disciplinado sean uno».

     Cuatro son las secciones que integran esta entrega, y cada una de ellas está comentada de forma magistral en el prólogo de Jaime Siles, no solo uno de nuestros poetas de referencia, sino un crítico y ensayista excelente que indaga en la tradición grecolatina o en filósofos contemporáneos para descifrar las claves de lectura de Contrariedades, pero es capaz, además, de sintetizar los puntos de partida de cada una de ellas. Así, en la primera, «Confidencias comprometedoras», señala «la preocupación por lo político, lo económico y lo social». En la segunda, «Tenías que ser tú, obstinación», además de la «cada vez más imperfecta verbalización y, por tanto, interpretación de la realidad», Siles destaca la crítica de la información, la atención a las minorías, el turismo («El turista: ese que mira pero no contempla»), la política de nuevo o su propia identidad («Estoy harto de ser quien soy. Me gustaría ser menos yo y más nadie».

     Sin el cuestionamiento de toda certeza la escritura, no solo la filosófica sino también la poética —recordemos que Mario Pérez Antolín es también poeta—, no tendría razón de ser. La tercera sección, «Dudas que alumbran», incide en esta obviedad y da forma a asuntos que tienen que ver con «la imaginación, la celebridad, lograda por mérito o por la infamia» («La celebridad, cuando la buscamos obsesivamente, si no se adquiere utilizando el mérito, se intenta conseguir utilizando la infamia») y, de nuevo, el conflicto identitario o el mismo concepto de cultura, tan menospreciado en la sociedad actual: «La cultura evita que el igualitarismo degenere en vulgaridad siempre que la calidad de los contenidos sapienciales no se vea dañada por la excesiva simplificación». No dejarse arrastrar por la marea de zafiedad que nos inunda, no dejarse seducir por los cantos de sirena del éxito fácil, aunque momentáneo, requiere estar bien pertrechado intelectualmente, como es el caso de Mario Pérez Antolín, para resistir aferrado, en muchos casos, a convicciones disidentes. Con ironía —otro rasgo de estas reflexiones—, el autor se refiere así a esta circunstancia: «No soporto que se afiance un juicio cuando es mío. Si los demás refrendan una de mis aseveraciones, me hace desconfiar de la fundamentación que lo sustenta. A estas alturas , ya he aprendido que formamos muchas seguridades a base de repetir machaconamente incertidumbres».

     La última sección, «Incómodo rincón de controversias», hay, al decir de Siles, «juicios y opiniones más o menos tajantes, pero que nunca hieren o molestan porque el lector acepta de buen grado lo que ellas expresan». No son, evidentemente, dichas secciones compartimentos estancos, los temas se entrelazan y se enfocan desde diferentes perspectivas, hasta tal punto que si cualquier libro de aforismos exige al lector —ese único lector del que habla Pérez Antolín— una dosis de atención superior a, digamos, la que se necesita para leer una novela, Contrariedades exige aún más: lectura y relectura, saborear y deglutir, pero también regurgitar como un rumiante, con lentitud y perseverancia. Solo así se podrá extraer la verdadera esencia de estas palabras.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza el 31/07/2020