PARAISOANÁFORATURIALITORAL

REVISTERO ESTIVAL

Patrocinada por la Fundación JLGM, el número 20 de la revista Anáfora, correspondiente a julio de 2020 ha llegado, como suele ser habitual, puntualmente a sus lectores. Dirigida por dos jóvenes y excelentes poetas, Pablo Núñez y Candela de las Heras, la revista ha ganado últimamente enteros gracias a un diseño más atrayente (Marina Lobo es la responsable) y a un acabado más cuidado. Se presenta divida en dos secciones, Creación y Crítica, aunque la dedicada a la Creación posee un mayor peso, ya que ocupa más de tres cuartas partes de sus páginas; dentro de ella, es la sección dedicada a la poesía la más extensa. Autores como Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago, José Luis Argüelles, Arturo Tendero, Ana Merino; Vicente García, Ana Merino, José Luis Piquero, Francisco José Martínez, Bárbara Grande, Carla M. Nyman, Rocío Acebal, recientemente galardonada con el Premio de Poesía Hiperión, uno de los más importantes de poesía joven de nuestro país, María Elena Higueruelo y Álvaro Valverde que escribe, a partir de un trozo de madera del parqué de lo que fuera la biblioteca de Vicente Aleixandre en su casa de Wellingtonia, un poema melancólico y emocionante que me resulta especialmente cercano, ya que yo poseo un fetiche similar. La sección de traducción se ocupa de Rilke, Pasolini y Olga Broumas, de la mano, respectivamente, de Daniel Fernández Rodríguez, Andrés Catalán, María Bastianes y Dalia Alonso. En prosa, Miguel d’Ors escribe sobre Fernando Villalón y antes lo había hecho Gabriel Sopeña sobre la relación entre la música y la poesía. Carlos Iglesias entrevista en profundidad al poeta Antonio Jiménez Millán, cuyo último libro, Biografía, Historia, sirve de excusa para recorrer la sólida y fructífera trayectoria del poeta. La revista finaliza con la sección de reseñas, en la que se comentan libros de Luis Alberto de Cuenca, Enrique García-Máiquez, Avelino Fierro, Víctor Jiménez, Jaime Siles, Mercedes Cibrián, Yolanda Morató y José María Micó.

Paraíso, la revista de poesía que patrocina la Diputación de Jaén, dirigida por el poeta y crítico Juan Carlos Abril, uno de los autores de obra más rigurosa de los últimos años, alcanza ya el número 16. Fiel a su estructura habitual, la revista presenta variadas secciones. «Tres morillas», en la que se recupera una vieja entrevista de Jesús Fernández Palacios al poeta cubano Cintio Vitier. Luis García Montero escribe un extenso artículo sobre las palabras, objeto de un estudio más amplio en su libro Las palabras rotas publicado el pasado año en la editorial Alfaguara, y María Elena Higueruelo —presente con un poema en Anáfora—escribe un sobre la relación entre Valente y Juarroz y su poética de lo «indecible». El prólogo a la Poesía reunida de la poeta nicaragüense Ana Ilce Gómez, publicada por Pre-textos en 2018 escrito por el novelista Sergio Ramírez ocupa la sección «Poesías completas». En la sección «Bonus track» José Homero realiza un somero pero imprescindible recorrido por la poesía mexicana contemporánea que incita a la lectura de estos poetas, no siempre bien difundidos en nuestro país. Carmen Alemany Bay recuerda en la sección «Altavoz» a Miguel Hernández al recorrer las aulas vacía del colegio de Santo Domingo, donde el poeta estudió hasta que su padre puso fin a su periodo escolar. Las colaboraciones poéticas están reunidas bajo el epígrafe «Nuestra época cruel» y cuenta, entre otros, con poemas de Arturo Tendero, Balbina Prior, Beatriz Russo, Macarena Tabacco Vilar, Coral Bracho o Soledad Álvarez. Lamentablemente, nunca faltan autores en la sección «Paraíso perdido», dedicada a los poetas fallecidos recientemente. En esta ocasión la nómina la encabeza Francisca Aguirre, continúa con Pilar Paz Pasamar y Roberto Fernández Retamar y finaliza con el más joven de todos ellos, nuestro amigo Antonio Cabrera. La revista se remata con la sección «Los alimentos», reseñas sobre poetas como Luis Alberto de Cuenca —como Tendero, también colaboraba en Anáfora—, Antonio Cabrera, Ariadna G. García, Andrés García, Cerdán, José Luis Piquero, Pilar Adón, Álvaro Valverde, José Antonio Mesa Toré, Fruela Fernández, Rosa Acquaroni, Joaquín Pérez Azaustre, Lara Fernández Delgado, Juan Carlos Abril, Gracia Aguilar o María Elena Higueruelo. Las ilustraciones que acompañan a los textos pertenecen a Marco Lamoyi.

Ciento treinta y cinco números alcanza ya la longeva Turia, dirigida por Raúl Carlos Maícas y editada por el Instituto Turolense de la Diputación Provincial de Teruel. Las 522 páginas de este volumen dan mucho de sí. Desde el «Cartapacio» de más de 200, dedicado al dramaturgo, director de cine y teatro, realizador de televisión, escritor, discípulo de María Zambrano, poeta y aforista, escritor en el sentido más amplio de la palabra, el zaragozano Alfredo Castellón (1930-2017), todo un descubrimiento para quien esto escribe gracias a los textos, encomiásticos sin excepciones, debidos a Rosa Burillo, Antón Castro, Ángel Guinda, Marta Sanz, Luis Alegre o Ismael Grasa, por citar solo unos pocos de los muchos autores que colaboran en este homenaje. No tiene desperdicio tampoco las «Conversaciones» que mantienen Jordi Doce con la poeta Ana Blandiana y Juan Carlos Soriano, a su vez, con el escritor Sergio del Molino. Antes, hemos podido leer las habituales secciones dedicadas a la narrativa —con relatos o fragmentos de novela de escritores como Luis Landero, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Eloy Tizón o Elvira Navarro— y a la poesía, en la que participan poetas como Luis Alberto de Cuenca (hemos visto que participaba también en Anáfora y Paraíso, y lo veremos en la última de las revista comentadas en este espacio, Litoral), Francisco Ferrer Lerín, Martín López Vega, Jesús Jiménez Domingo, Luis García Montero, Carlos Pardo, Fernando Sanmartín, Chantal Maillard, David Mayor, Manuel Rico, Vanesa Pérez sauquillo, Juan Manuel Macías o María Alcantarilla, por ejemplo. En «Pensamiento», Manuel Arranz escribe sobre Emil Cioran que contiene numerosa citas extraídas del libro recientemente traducido, Cuadernos, 1957-1972. En «La isla», Raúl Carlos Macías nos ofrece jugosos fragmentos de su diario, reflexiones que sobrepasan lo circunstancial y se internan en los recovecos de la existencia. Dos secciones de contenido más regional son «Sobre Aragón», dedicada en este caso a la larga trayectoria de la editorial Olifante, y los «Cuadernos turolenses», que muestra un fragmento del libro de Juan Villalba Sebastián Teruel, otra dimensión. Finalmente, la sección «La Torre de Babel», que se dedica a las reseñas de novedades, recoge más de cincuenta sobre narrativa, poesía, sociología y otros géneros de excelentes críticos que bien podrían constituir por si mimas una revista de crítica. Cada ejemplar de Turia nos hace alegrarnos de que existan gentes dispuestas a realizar el esfuerzo que requiere una empresa de este calibre y celebrar que, pese a las condiciones tan adversas que estamos sufriendo, desde las instituciones se continúe apoyando.

Muy distinta a las revistas comentadas hasta ahora es Litoral, la digna sucesora de la mítica revista que fundaran en Málaga Manuel Altolaguirre y Emilio Pardos en 1926 y que alcanza con este número la escalofriante cifra de 269. En esta última etapa, dirigida por Lorenzo Saval —autor, además, de la cubierta— y con Antonio Lafarque como editor de contenidos, no atiende a criterio de actualidad, los números monográficos son su especialidad. Cada tema escogido, en este caso, Eros, requiere una copiosa labor de documentación, tanto literaria como artística, que solo desde la pasión por la belleza y por el trabajo bien hecho (la maquetación, a cargo de Miguel Gómez y el propio Saval, es exquisita) puede llevarse a cabo. Cada número de esta revista es una obra de arte en el sentido más estricto de la palabra, pues su interior contiene innumerables muestras de óleos y fotografías que se complementan con los textos, o a la inversa. Es imposible en este espacio nombrar siquiera un mínimo número de los colaboradores en las diferentes secciones, por eso me permitirán que mencione aquellos textos de carácter más teórico, como el de Carlos García Gual, que escribe sobre «Eros. Breves apuntes mitológicos sobre el dios griego», el «Museo secreto» de José Manuel Bonet, Francisco Cabello, con «El desafío a Eros», José María Conget, titulado «Tobillos, Biblias y Catecismos» o «Imaginarios para la transgresión» de Carlos F. Heredero. Todo lector que conozca la revista sabe que no exagero nada cuando digo que cada volumen es una joya digna de reposar en los estantes de las bibliotecas más exigentes. La profusión de imágenes que ilustran los textos, poemas y relatos, es tal que conviene tener siempre a mano el ejemplar para recrearse ojeando de vez en cuando sus páginas, con delectación, pero también para no perderse ningún detalle, porque el arte necesita más que nada del entusiasmo cómplice del espectador, un espectador que, por más que lo intente, no podrá sustraerse al poder de seducción de esta maravillosa combinación de imágenes y palabras.