JAMAICA BALDWIN

 

JAMAICA BALDWIN

HOGAR

Es solo octubre y ya

está nevando. Miro la nieve

cambiar de dirección con el viento.

Izquierda. Después a la derecha, como si buscara algo,

como yo había estado buscando desde

que vine a este lugar del interior, un cuerpo

de agua, desorientada como estoy

por la multitud de caminos.

Fui criada con algas y agua salada,

criada para hundir mis dedos morenos en

la arena mojada, represando cada

delicado cangrejo de río con arena. Por supuesto,

 

se levantarían retorciendo en el aire

sus exoesqueletos blancos hacia mí, esas

criaturas que me enseñaron a excavar,

a retraer mis apéndices cuando me amenazan

y convertirlos en una concha. Me enseñaron a inmovilizar

mi cuerpo de niña para dejar que el agua encharcara

mis piernas grisáceas. Claro, solo después de que dejé

de correr por la orilla del agua. Entonces

comprendí que las olas no

continuarían su persecución —que alguna

madre tenía su mano en el cuello del océano

también—¿fui capaz de relajarme con la mía?

 

Nosotras dos, madre e hija,

descansando juntas nuestro moreno y nuestro blanco

bajo un sol como corteza de eucalipto, multi-

coloreada y anegada por el mar.

Estaba fascinada por cómo estaba dispuesta

su piel a abandonarla. Podría hacer un juego

de eso. Pelando capas muertas de su

cuerpo en las piezas más grandes que pude manipular.

Ella se reiría, encogería sus hombros desasiéndose

de mis dedos curiosos, ¿por qué no vas

a atrapar cangrejos en la arena o a construir un castillo o a hacer algo?

Pero lo que importaba era su cercanía

mientras me sentaba fisgoneando en la fortaleza de su cuerpo

una capa translúcida cada vez.

 

Versión de Carlos Alcorta