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MENNO WIGMAN. DESCUIDADO CON LA FORTUNA. EDICIÓN DE ANTONIO CRUZ ROMERO. EDITORIAL RAVNESWOOD BOOKS EDITORIAL

Ha sido una grata sorpresa descubrir la poesía del poeta holandés Menno Wigman (1966-2018) fallecido en febrero de este mismo año a una edad improcedente (si es que alguna edad es oportuna para morir), sin cumplir los 52 años. Conocemos muy superficialmente la poesía de los Países Bajos, el nombre de Cees Nooteboom, profusamente traducido a nuestra lengua, parece abarcarlo todo. Sin embargo, hay otras voces notables que merece la pena conocer, compiladas en antologías como Once poetas holandeses, que recoge la obra de poetas en activo como Anne Vegter, K. Michel, Arjen Duinker, Haagar Peeters, Sasja Jansen, Tsead Bruinja y Menno Wigman o El poeta es una vaca. 21 poetas neerlandeses, de ámbito temporal más amplio. Ambas muestran dan cuenta de la variedad y la riqueza de la poesía holandesa tanto actual como contemporánea. Menno Wigman comenzó publicando Dos poemas en 1985, libro auspiciado por su profesor Willem Kramer, pero su primer libro como tal data de 1997, En el verano todas las ciudades apestan. Cinco años después publicó Black por el cual recibió el premio Jan Campert. Este es mi día se publicó en 2004. En 2005 Wigman pasó tres meses como poeta residente en la institución psiquiátrica Willem Arntsz Hoeve en Den Dolder , lugar donde escribió un diario que se publicó en 2006. En marzo de 2009 apareció La tristeza de los copyrettes. Elección de trabajo propioEn enero de 2012, Mi nombre era Legion. Barro duro es de 2014 y Sloopy con felicidad fue publicada en 2016. Wigman fue además editor de la revista literaria Zoetermeer  y también tradujo poemas de Baudelaire, Thomas Bernhard, Else Laker-Schüler y Rilke. En 2014 se enfrentó a graves problemas de salud. Su corazón enfermó, probablemente debido a una reacción a una alergia sufrida en su juventud.  No son imprescindibles, pero estos datos nos acercan más a al autor, un poeta de tintes clásicos, al decir del poeta y especialista en la poesía de su país Thomas Mölhmann, «con un estilo influenciado por las tradiciones europeas anteriores (piénsese en Baudelaire, Rilke, Yeats) crea imágenes contemporáneas de la vida actual en la gran ciudad». En el poema «Rien ne va plus» del libro que comentamos, Descuidado con la fortuna, da cuenta de su primer contacto con la poesía y cómo esta cambió su vida: «Tendrás dieciséis años y serás feo. Como lo eras ahora. / Pero deseas hacerte poeta, ordeñar las palabras / de Rimbaud y Baudelaire y bajo luz hostil sorber / ruidosamente la sopa de tu madre. Y por la noche en tu cuarto / le escribes a tus padres obstinadamente, / escribes poesía y gobiernas con disimulo la vida […] Y ahora, casi treinta y seis años, enfermo y huraño, / alejado por la poesía de cuanto te rodea, / ahora te miras la mano y escupes en tu pluma. […] Nunca tendrías que haber visto un poema». El inicio de la vocación poética y la construcción del poema son asuntos recurrentes analizados desde diferentes momentos de su trayectoria vital aunque hay pocas variaciones en el fondo argumental, alimentado este por una especie de resentimiento hacia la escritura, hacia los libros: «Sé inteligente y no termines de leer ningún libro», acaso porque de nada sirve cuando la enfermedad se instala en el cuerpo y el sabor metálico de la muerte acera la boca: «¿Por qué, cuerpo mío, fuiste tan poco valioso para mí? / ¿Por qué permanecí tan terco, entronizado en mi cabeza / y viví fuera de mí con tanta violencia […] Ahora estoy en una habitación, mi corazón, un músculo torpe, / me abandona, cobarde como un poema me deja estar / y antes del final de esta noche la muerte se derrumba en mis pulmones», escribe en el poema «Adiós a mi cuerpo».

     Menno Wigman es un poeta urbano La naturaleza no parece interesarle ni como escenario accidental: «Para mí la naturaleza —escribe— es un televisor roto». Sin embargo, en la ciudad encuentra el refugio para mitigar sus desolación. Bares, tabernas, drogas, sexo conforman su registro existencial, aunque esto no signifique que el autor emprenda un descenso ininterrumpido a los infiernos. La ciudad forma parte de su ser: «La ciudad / donde he diseccionado el amor y siempre / escribí poemas: esa ciudad se llama Ámsterdam». Como digo, no todo es desolación. Hay en este libro algunos momentos felices, aunque sospechamos que la mayoría de ellos no han encontrado acomodo en los versos. El poema «La felicidad tiene una dirección» finaliza así: «Hermoso sin embargo / que este poema no sea necesario» y es que la felicidad, un estado en exceso transitorio, ha de vivirse no escribirse. El amor, mejor sería decir el desamor, «El amor se hizo añicos frente a nuestros ojos / y lo llaman muerte en la cama y se ha terminado. / ¿Por qué nos amamos cada vez menos?», o la muerte, sobre todo la muerte, son presencias constantes en estos poemas traducidos con fluidez por Antonio Cruz Romero, a quien debemos agradecer el descubrimiento de este gran poeta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 23/11/2018

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