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JORDI DOCE. NO ESTÁBAMOS ALLÍ. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRETEXTOS, 2016

Los once años transcurridos entre Gran angular (2005) su anterior libro de poesía y No estábamos allí (2016) han sido para Jordi Doce, como el lector de este libro comprobará al instante, años de sedimentación de experiencias, de acopio de materiales susceptibles de ser utilizados con posterioridad en la construcción del poema, de reflexión sobre el ejercicio de la escritura, de maduración existencial (por ceñirnos a la creación, naturalmente). Para quien se adapta al ritmo cambiante de los tiempos pero trata de preservar, al mismo tiempo, su propio patrón rítmico nada de lo que ocurre a su alrededor puede pasar desapercibido y es que una de las mejores virtudes, y tiene muchas, de la poesía de Jordi Doce, es su capacidad de evocación, evocación ligada, como no, a esos detalles que únicamente una mirada inquisitiva sabe apreciar y, también, al enorme bagaje intelectual que a lo largo de esta decena larga ha ido acumulando, detalles que no buscan una verosimilitud complaciente, si no crear un clima de complicidad que posibilite la identificación entre lector y autor, porque, conviene decirlo ya, un rasgo sobresaliente de esta poesía reside en la destilación de tradiciones foráneas de la que se nutre (recordemos que Jordi Doce es un consumado traductor de poesía anglosajona y uno de nuestros mejores especialistas en la poesía británica contemporánea) —algo que a priori puede dificultar esa cooperación— y en el exhaustivo análisis de los engranajes que ponen en marcha la escritura, aspecto que hemos podido comprobar los lectores de Nada se pierde. Poemas escogidos, una más que necesaria antología que Jordi Doce publicó el pasado año y todos aquellos que seguimos con regularidad sus impagables traducciones. Por otra parte, aunque estemos hablando aquí de poesía, sería injusto no hacer mención de libro de carácter ensayístico, como Imán y desafío (2005), La ciudad consciente (2010), Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica (2013) y Zona de divagar(2014); los libros de artículos como Curvas de nivel (2005), de entrevistas como Don de lenguas (2015) y los libros misceláneos como Hormigas blancas (2005) y Perros en la playa publicado en 2011. De 2012 es la edición de Monósticos, un libro de artista que combina poemas de Jordi Doce con ilustraciones de Haritz Guisasola pero al ser una edición artesanal y poco difundida, podemos considerar como novedad su publicación en No estábamos allí. Nos encontramos, pues, ante un libro que condensa en unas pocas páginas la producción poética de su autor entre 2007 y 2015, lo que nos da una idea cabal del riguroso trabajo de selección que y depuración a la que Doce ha sometido a su poesía, un ejemplo de contención del que bien pudieran tomar ejemplo algunos autores de nuestro entorno excesivamente prolíficos que nos bombardean regularmente con sus desatinos, pero ese es otro asunto del que hablaremos en otro momento.

«Suelo escribir —dice Jordi Doce— de una vez cuando la ocasión se presenta: unas pocas palabras que llegan sin permiso y convocan una escena, un atmósfera, algo como un zarcillo de ritmo que exige cuidados para crecer». Esos cuidados a los que se refiere tiene que ver, obviamente, con una revisión posterior y un proceso de filtrado que elimine del poema aquellas impurezas propias de la espontaneidad. Refiriéndose a Mark Strand, Doce habla de la ligereza y de la ingravidez, y parece evidente que esas dos particularidades se han adueñado también de su poesía, sobre todo en aquellos poemas menos subsidiarios del yo, aquellos guiados por una voluntad más universalista, menos apegados a la experiencia personal o, al menos, vista ésta desde fuera de sí. Son poemas, podríamos decir, más de decorado o de escenificación y menos de guion o argumento y ese escenario es, nada más y nada menos, el mundo en toda su magnificencia, un mundo contemplado desde la atalaya común de la experiencia cotidiana, casi intrascendente: «Nada ocurrió que pueda recordarse,/ ninguno de nosotros se dio cuenta/ cuando el mundo se convirtió en el mundo».

El viaje, el tránsito, el desplazamiento («todo gira y queda flotando para siempre en este negativo de la carta celeste, este mínimo delta de formas dispersas que nos permite, una vez más, recordar cómo es el mundo cuando no estamos en él») y los períodos temporales que llevan consigo tienen, sin embargo, mucho que ver también con una búsqueda incesante de la identidad, como refleja el poema titulado «Exploración», sobre todo en el primero («Ir allí donde nadie había estado nunca») y el último verso («Seguí viaje hacia la frontera de mí mismo»). El proceso de afirmación y de reconocimiento del lugar que se ocupa en el mundo suele ser lento y, en la mayoría de los casos, doloroso. Los recuerdos actúan unas veces como cauterio pero otras impulsan la contrición acaso con el propósito de expurgar los errores del pasado, de amortiguar el eco de la conciencia («Ser invisible no es tan arduo, pensó. Caminar por el parque y que hasta las raíces parezcan esconderse. Los niños me atraviesan con sus juegos. Las mujeres están cansadas de sus padres. Soy un puñado de ceniza que espera un viento propicio. Soy la mano escogida para aventarme»). Dentro de este mismo contexto podemos enmarcar poemas de corte más lírico en los que la voz se recoge sobre sí misma, como ocurre con el titulado «Elegía» —para mí unos de los mejores del libro— o «Huésped» —otra maravilla— y se deja llevar por esa introspección hacia un inevitable tono melancólico en el que, como refleja la cita de Goethe que encabeza el libro, la conciencia del paso del tiempo se impone a cualquier otra circunstancia.
La tercera parte, la titulada «Monósticos», está integrada por poemas breves, generalmente repletos de interrogaciones que fluctúan entre la búsqueda y el encuentro (El poema número 11, por ejemplo, funciona como bisagra entre las dos posibilidades porque el protagonista poemático sabe ya «ver el mundo como si no estuviera en él»). Ese estar aquí, «y ese aquí es ninguna parte», parece, en muchas ocasiones, más un deseo que una constatación, vacilación más que equilibrio. En cualquier caso, esa presunta inestabilidad, ese no saber con certeza es lo que ha generado los magníficos poemas de este libro, escritos sólo desde la necesidad y macerados con calma y por eso nuestra deuda con ellos resulta impagable. Para terminar, creo que estas palabras que Jordi Doce destina a su admirado John Burnside, bien podemos adjudicárselas a su poesía, porque retratan de forma precisa su propio quehacer, su propia predisposición al estado creativo: «El yo de estos poemas suele estar caminando o conduciendo, con un ojo en las cosas o absorto en sus cavilaciones […], siempre expectante, los sentidos alerta, en un estado de porosidad que disuelve los muros entre adentro y afuera, que hace de la inacción un acto productivo, una forma de estar en el mundo y hacerse con él sin pretenderlo».

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