JUAN IGNACIO GONZÁLEZ

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. LOS NOMBRES DE LA HERIDA. PLAYA DE ÁKABA, 2016

En los últimos años, Juan Ignacio González (Mieres, 1960) parece haber encontrado el filón necesario para explotar su vena poética en una escritura que, sin dejar de indagar en la propia esencia del yo, no teme internarse en los recovecos más impúdicos de la sociedad en la que vivimos, quizá porque «nada será el poema si no nombra,/ uno por uno, a los olvidados,/ si no es el mensajero de la dicha/ en la baranda gris de los suicidas,/ si no llena de luz los tragaluces/ de la celda aterida de los nadies,/ si no crepita al fuego/ en la isla de los náufragos, /si apenas, / rozara vuestra piel/ camino de la carne, verbo adentro, a través de la herida de los años». En estas fechas, en la que conmemoramos el centenario del nacimiento de Blas de Otero, no está de más recordar que la influencia de su poética, aunque soterrada, sigue vigente en muchos poetas actuales y creo que en Juan Ignacio Gonzáles es evidente, quizá no en la factura del poema, pero sí en ese intento de despojarse del yo para perseguir el impulso colectivo, sin caer en la retórica de las abstracciones ni en la de las palabras enfáticas. Juan Ignacio utiliza un lenguaje común, una discursividad narrativa que se acerca al hecho cotidiano desde un mismo nivel cognitivo, no desde el falso pedestal del dogmatismo. Todo ello, por supuesto, sin descuidar la materia verbal de la que está hecho el poema. El proceso de la escritura sostiene continuas aproximaciones a lo largo del libro, en un intento, creo, de encontrar la mejor fórmula para exponer su desconcierto, su rabia, su indignación, su misericordia o su solidaridad. No es fácil, porque ese hilo invisible que une idea y expresión es, a menudo, tan frágil que sufre continuas roturas, perdiéndose así una parte importante del mensaje, pero al poeta no le queda otro remedio que persistir, como un Sísifo resignado, en el empeño, a pesar de conocer de antemano que el resultado será decepcionante. «Curioso oficio es este que consiste/ en recoger, como los arcaduces,/ el agua que en los charcos/ han dejado unos ojos suplicantes/ y verterla de nuevo en el poema». A pesar de todo, no hay dramatismo ni resignación en estos poemas. La frustración se aborda con unas saludables dosis de ironía (acaso porque, de lo contrario, esta acabaría silenciándonos), como se puede comprobar en el poema «Mala sangre». Los poetas, escribe en la segunda estrofa, el poema «Somos tipos adustos e irritables/ con querencia a la barra y a la envidia,/ frecuentadores de los parnasillos/ llenos de querubines fascinados/ por nuestra edad provecta y la querencia/ de pagarles las birras hasta el alba». De esta mirada poco condescendiente consigo mismo y con el gremio en general, no se salvan tampoco—como no podía ser menos— las poetas, a las que dedica Juan Ignacio el poema titulado «Las poetas», irónico, sí, pero cargado de ternura: «Iluminan la costa por si llegas/ en noches de tormentas y aguaceros/ y te tienden la mano si agonizas/ y te dan otra vida si es preciso/ y te entregan la suya su la pides». Pero no quiere este lector dar la impresión de nos hallamos frente a un libro endogámico porque sería falsear la realidad. En Los nombres de la herida hay, como el propio título indica, se pone nombre a las ilusiones, como en el poema titulado «Una casa en Ushuaia», a los recuerdos, como en los poemas «Las tarjetas postales» o «Memorias de un campesino polaco», a la esperanza, como en «Madres de mayo», al temor y a la violencia, como en «Nuevo tratado del arte de la guerra». En definitiva, Juan Ignacio González escribe para exorcizar sus fantasmas, pero da la sensación de que mantiene con ellos una relación más de amor que de odio, porque su poesía no es una tediosa enumeración de lamentos, sino la lúcida visión de un hombre consciente de que para sobrevivir hay que poner nombre a las heridas. Sólo así cicatrizan.