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ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. BARBARIE. PREMIO ALEGRÍA. COLECCIÓN ADONÁIS. EDICIONES RIALP, 2015

 

No se puede obviar que la proliferación de premios, tan controvertida en muchas ocasiones, resulta necesaria para difundir la poesía, sobre todo en un momento como el actual en el que la verdadera poesía está siendo fagocitada por ripiosos y sentimentaloides desahogos —«sensiblería de aficionados» lo definió Kenneth Rexroth—, cuando no por contestatarios de cartón piedra que presumen, en muchos casos, de no haber leído un libro en su vida pero consideran imprescindible dejar por escrito sus “originales” sentimientos, sus ideas “innovadoras” y “revolucionarias”. Así nos va. No puedo ocultar que siento vergüenza ajena, pero, sobre todo, indignación cuando hojeo uno de estos libros o cuando verifico que están usurpando el lugar —mermado, de manera inmisericorde, ya hace años— de la poesía en las mesas y estanterías de las librerías.

Una gran parte de los premios de los que hablamos llevan aparejada la publicación del libro, el mejor premio para el poeta, ver publicado su libro, como ocurre con el Premio Alegría, que en los últimos años ha encomendado esa labor a la colección Adonáis, colección que posee, sin lugar a dudas, el más pródigo y significativo catálogo de la poesía española desde la posguerra hasta nuestros días. Pocas colecciones, además, disfrutan de tan esmerada factura y de tan amplia difusión, razones que contribuyen a hacer más atractivo un premio de poesía como este que, por otra parte, posee una dotación económica tentadora.

Andrés García Cerdán (Fuenteálamo. Albacete, 1972) tiene en su haber diferentes galardones y una obra poética —ha escrito también ensayos como Desde la poesía de Julio Cortázar y ha fundado revistas literarias, como Los Deseos, Magia Verde o Thader y es integrante de la banda indi-rock Los Leñadores— lo suficientemente amplia como para asegurar que es una de las voces más pujantes de nuestra actual poesía, algo que será le fácil constatar a quien se acerque a libros como Los nombres del enemigo (2000), La cuarta persona del singular (2003), Carmina (2012) o La sangre, editado por Valparaíso Ediciones este mismo año.

Barbarie es un libro que posee una unidad admirable, no tanto en lo formal, sino en cuanto la idea motriz de los poemas, una idea que podríamos sintetizar en estos versos del primer poema: «Este poema explota en ti:/ tú eres el estallido», y es que en todos y cada uno de los poemas el lector se verá impelido a sortear las cargas de profundidad ética y moral que arrojan hacia lo más hondo de la conciencia estos versos, si no quiere que le exploten dentro de sí, porque «el pan nuestro de cada día» no es otro que la marginación, la desubicación, la miseria y la frustración que sienten muchos de nuestros conciudadanos ante las penosas circunstancias que nos está tocando vivir. Este rearme moral, esta crítica implacable de la realidad no descuida en ningún momento el rigor compositivo, un rigor en el que se alternan poemas de marcado acento histórico (véase el poema titulado «Ludus Magnus») que funcionan como analogía del presente y nos ayudan a entender, ¿a desvelar? los acontecimientos actuales, descritos con sobriedad, con el tono cómplice de la veracidad, en el poema de reminiscencias kavafianas «Los bárbaros», que finaliza con estos versos: «Sobrevive la piedra, ennegrecida y vil,/ la tierra ensangrentada sin sus frutos./ Sobrevive la infamia de saber/ que somos la alimaña más dañina,/ más inconsciente y más cruel del mundo» junto a otros en los que una experiencia habitual, como el hecho de comprar una fresas en el mercado desencadena una serie de espantosas relaciones. ¿Es esta una poesía del compromiso?, podríamos preguntarnos. Atendiendo a este párrafo del profesor Juan Carlos Rodríguez: «Hablar de poesía comprometida, desde el siglo XVI-XVIII hasta hoy, no significa en primera instancia más que la necesidad ineludible de intentar decir “yo soy”. Yo soy sujeto libre, yo soy mujer, yo soy gay, yo soy afroamericano, etc. El compromiso con el yo-soy es en consecuencia el verdadero compromiso del discurso literario actual. Con lo cual sucede que prácticamente nadie se encuentra des-comprometido (aunque casi nadie diga creer en el “compromiso” puesto que nadie es un “yo vacío” sino un “yo soy” lleno: lleno de juicios sintéticos a priori sobre sí mismo, sobre el mundo, sobre la escritura», no lo ponemos en duda, pero desechemos prejuicios trasnochados, ese compromiso no está reñido en ningún momento con una poesía cuidada, de alta calidad, algo a lo que nos tiene acostumbrados Andrés García Cerdán, quien sabe ampararse en buenos maestros (Valente se deja traslucir en algunos poemas), como el magistral Eloy Sánchez Rosillo, a quien está dedicado el excelente poema «Eloy», de quien recibe estos consejos trasmutados en versos: «…poner el oído atento/ al rumor y al latido de las cosas/ para celebrarlas después/ con todo su esplendor,/ con toda su increíble intensidad,/ en el poema». Después de leer Barbarie, no nos cabe ninguna duda de que el alumno ha superado el examen que supone descubrirse ante los lectores con matrícula de honor.

 

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