GREGORIO MUELAS BERMÚDEZ. UN FRAGMENTO DE ETERNIDAD. COLECCIÓN VIAJE AL PARNASO. EDITORIAL GERMANÍA, 2014

Mi primer contacto con la poesía de Gregorio Muelas fue hace unos meses, gracias a la antología de joven poesía valenciana titulada Cartografías de Orfeo, preparada por el poeta y profesor Sergio Arlandis, que encuadra a nuestro autor en una línea general «de introspección emocional y contemplativa, con cierto afán metafísico en su trasfondo, con la renovadora mirada de la juventud que comienza a descubrir la auténtica ferocidad del tiempo y el descrédito de los valores establecidos desde la imposición de un orden moral que debe renovarse obligatoriamente» con indudable acierto, porque, sin duda, la constatación del paso inexorable del tiempo y de las heridas que ese transcurso va dejando en la piel de la conciencia, es un el gran leitmotiv de la escritura de Muelas.

Nacido en Sagunto en 1977, la dedicación un tanto tardía a la poesía no ha impedido a Gregorio Muelas irrumpir con fuerza y entusiasmo constantes porque desde su primer libro, Aunque me borre el tiempo, publicado en 2010 hasta Un fragmento de eternidad («cada instante,/ cíngulo del tiempo,/ es un fragmento de eternidad» escribe en el poema inicial) ha dado a la imprenta Cuando la aurora le hable al tiempo (2011), libro escrito al alimón con Rafael Puerto y la plaquette Rosas y ortigas (2013). El libro objeto de estas líneas está divido en cuatro secciones precedidas por un «Preludio» y rematadas por una «Coda». En todas ellas se advierte el gusto de nuestro poeta por la palabra, ya sea sonora, enfática, grandilocuente o desnuda, sencilla, lapidaria incluso (la «nada» como resumen existencial recorre los poemas del libro). Tienen también muchos de los versos de este libro un marcado gusto por la métrica tradicional, por el endecasílabo (con la particularidad de estar acentuado con frecuencia en la quinta sílaba) combinado con metros menores, aunque Gregorio Muelas no desprecia la versatilidad que proporciona el alejandrino, incluso el versículo, todo en ello en virtud de un examen de conciencia en el que, como escribimos al comienzo, el tiempo se convierte en juez y la nada en epítome de la claudicación. Versos extraídos al azar lo confirman: «Sólo la nada dura eternamente», «…todo lo que la nada desbarata» o ese «Adentrarse en la nada» del poema final. Tal vez, en esta meditación emotiva, en esta especie de sumisión al destino que recorre el libro, la sección titulada «Música en la oscuridad» sea la más reivindicativa —Gorecki, Pärt o Bruckner son cómplices necesarios—, porque el poeta asume que la realidad no es unívoca y todo tiene su opuesto, como la cara oculta de la luna, negada a nuestros ojos pero tan presente en la conciencia como la cara iluminada, acaso porque, como escribe Muelas en un poema de otra sección, «Para contemplar la Luna/ no necesito mirar al cielo,/ me basta con ver en las oscuras aguas/ —negro espejo—/ emerger su blanco espectro».

No faltan en Un fragmento de eternidad la defensa de la poesía o de la naturaleza, tan ultrajada en nuestra época, así lo entrevemos en los poemas titulados «Refutación a Adorno» al que pertenecen estos versos: «Después de Auschwitz/ se escribe poesía/ para decir con eco inextinguible/ que la muerte no es la única salida» o «Versos para una primavera»: «Gritemos libertad/ para que el día de mañana/ el silencio no sea./ Para que en el crudo invierno/ pueda brotar/ una primavera perpetua». Sergio Arlandis califica la poesía de Gregorio Muelas como un «derroche emotivo» y nosotros no podemos más que estar de acuerdo con esta definición, pero ese derroche no está exento de aflicción, de incertidumbre existencial, lo que hace más conmovedora aún la imposibilidad de vengarse de las agresiones del tiempo, una ambición, más que personal, de índole sagrada y colectiva.

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