JOHN DRURY

MOTOR LODGE

«Así que es esto, experiencia», pensé,

cargando baldes de estaño desde las máquinas de hielo

a las salas de adultos con auténticos cigarrillos,

bebidas mezcladas en vasos de plástico, y ofreciendo monedas.

Extendí la mano para recibir sus bendiciones, pero los consejos

no significaban nada junto a las camas arrugadas, sin hacer

a las cuatro de la tarde, mujeres en bragas

y hombres en camisetas mientras el televisor seguía encendido.

Abajo, en la lavandería, conté sábanas,

aturdido por el aroma que desprendía el lavado,

y desenrollé toallas empapadas que descienden por toboganes

estallando en contenedores. Antes del ajetreo del atardecer,

ansioso y tímido por lo que vislumbré en el trabajo,

me fui, dejando colgado mi chaleco dorado en un gancho.

Versión de Carlos Alcorta

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