FRANCISCO FERRER LERÍN. MANSA CHATARRA. EDITORIAL JEKYLL&JILL, 2014
La ya lejana publicación de la antología La hora oval, en la mítica colección Ocnos, en 1971, acompañada de un prólogo escrito por Pere Gimferrer, sirvió para que la poesía de Francisco Ferrer Lerín llegara al público lector, siempre escaso en este género, y, sobre todo, para que la mayoría de sus colegas comprobaran la callada evolución de uno de los poetas más singulares de la época, un poeta que serviría de referencia para muchos de los que integraron la llamada Generación de los Novísimos. Desde entonces, y pesar de vivir en Jaca, alejado de los centros neurálgicos culturales, su obra ha gozado de una difusión más que aceptable. Entre sus libros podemos citar Cónsul (1987), Ciudad propia. Poesía autorizada (2006), El bestiario de Ferrer Lerín (2007), Familias como la mía (2011) o Hiela sangre (2013). Ha colaborado en un sinfín de publicaciones, entre las que se encuentran las revistas Papeles de Son Armadans, Ínsula o Poesía española y los periódicos Informaciones, El País, La Vanguardia o Diario de Barcelona, además de ser un reconocido traductor de Tzara, Claudel, Flaubert o Montale. Por otra parte, su pasión por la ornitología la ha llevado a ser un experto en el comportamiento de las aves necrófagas, abundantes en la zona geográfica en la que reside.
Mansa Chatarra recoge, en palabras del poeta y especialista en poesía española contemporánea, José Luis Falcó, «una serie de textos dispersos a lo largo de la obra poética y narrativa de Francisco Ferrer Lerín —desde Las condiciones humanas (1964) hasta Hiela la sangre (2013)—, así como una veintena de inéditos, cuyo denominador común estriba en la procedencia onírica de su material literario». Para los más curiosos, la procedencia de cada uno de los textos viene explicada en la nota de los editores, textos que, a pesar de estar escritos en épocas muy distantes en el tiempo, muestran una asombrosa relación y una similar manera de concebir la escritura a partir de los sueños: «En los sueños lerinianos —escribe Falcó — abundan las pesadillas o al menos las situaciones hoscas, inquietantes. Lo monstruoso, el crimen, lo grotesco, las confusiones, transformaciones y desdoblamientos de los personajes, la conciencia del sueño durante el sueño…» Buen ejemplo es el relato, podemos llamarlo así, que da título al libro o, casi tomados al azar, los fragmentos titulados «La ausente» y «Jornada de un visionario». No existe una frontera definida que nos permita diferenciar lo que es un poema en prosa de lo que es un microrrelato, entre lo que debemos considerar como un relato fantástico o un cuento sobre un hecho fabuloso. Tampoco estas distinciones poseen verdadera importancia, lo que realmente nos admira en la escritura de Ferrer Lerín es un su riqueza verbal, el uso casi barroco del lenguaje, la adjetivación profusa a la vez que precisa y una imaginación narrativa capa de trasformar un suceso común en una inquietante algarabía de malentendidos que conducen a situaciones inesperadas, porque la emoción, como el enamoramiento, carecen de lógica. En los sueños, más que en cualquier otro escenario, la ruptura temporal está, no sólo permitida, sino que resulta consustancial a la propia acción, aunque, a la hora de narrar esas experiencias oníricas, en muchas ocasiones el lenguaje se rebela, convirtiendo la paráfrasis en un laberintico fraseo que resulta totalmente ilegible. Afortunadamente, este no es el caso de Ferrer Lerín. Todo lo contrario, estamos seguros que el sueño se enriquece de forma notable al trasladarlo a la escritura. Ferrer Lerín trasmite como nadie el gozo de escribir, de narrar porque pertenece a ese tipo de escritores, como Cunqueiro, Joan Perujo o Rafael Pérez Estrada, para los que la realidad necesita de un condimento indispensable, la imaginación para revelar todas sus caras. Si «La realidad, como escribía Borges, no es verbal», el sueño lo es aún menos. Como hemos dicho, en todos los textos hay una clara voluntad de literaturalizar esa otra conciencia que se expresa en el mundo de los sueños, con un lenguaje expansivo, en el que predomina la connotación y domeñado paulatinamente a medida que los texto son más recientes, como si el paso del tiempo exigiera al poeta una depuración que beneficie, por encima de la forma, a la trama, si es que ambas pueden considerarse por separado. En cualquier caso, la edición de Jeckill&Jill es todo un lujo, porque, al ilusionante desasosiego que nos depara cada fragmento, hay que añadir las ilustraciones, las fotografías personales, insertadas en el texto como si fueran cromos que pegamos en el álbum de la vida. El libro se completa además con una separata titulada «El animal yegua», otra joya del diseño, engarzada en la joya principal, un breve compendio enciclopédico de dicho animal, que hará las delicias de los más eruditos. La lectura de Mansa Chatarra nos ha deparado unos momentos de lectura realmente irrepetibles.

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