MARCOS DÍEZ. COMBUSTIÓN. PREMIO DE POESIA HERMANOS ARGENSOLA 2014. VISOR
Todos sabemos que la obtención de un premio literario no hace mejor el contenido de un libro, el libro posee su propia esencia, al margen de lo que dictamine un jurado; pero también somos conscientes de que, dentro de ese marasmo de convocatorias que cada semana se dan a conocer en nuestro país, ciertos galardones, por su bagaje y por su rigor, acreditan la obra premiada y, algo que es incluso más importante que la mera distinción, contribuyen a la difusión de la obra y al conocimiento del autor. Ambas condiciones se cumplen en el libro que comentamos, Combustión, galardonado con el Premio de Poesía Hermanos Argensola y publicado por la editorial Visor, una de las más influyentes de nuestro panorama poético.
Combustión es la más reciente muestra de la escritura, de la poesía que Marcos Díez viene cultivando desde hace ya más de quince años. Conocíamos la obra de este autor por la antología Humus (Diez años de poesía última en Cantabria), preparada por Vicente Gutiérrez y Alberto Santamaría en 2003, en la que se incluyen unos poemas de nuestro autor, pertenecientes, a buen seguro, a sendos libros que se señalan en la nota bibliográfica como inéditos, escritos en los años 2000 y 2001, respectivamente, pero también porque un lustro antes, en 1998, el autor e galardonado con el Premio de Poesía José Hierro por su libro Quince apuntes sobre la longitud de la tristeza. Este mismo año publica Aprendiendo a ser Clint Eastwood, una plaquette de indagación, de búsqueda, de tanteo, y es que estamos hablando de sus primeras publicaciones, de publicaciones que guardan, sin embargo, en el modo de enfrentarse a la escritura, una relación directa con su escritura actual. Entre los primeros escarceos literarios y este libro de madurez creativa que es Combustión ha habido un largo periodo de silencio editorial, que no creativo, como lo demuestran sus colaboraciones en la prensa diaria o la escritura de guiones para cortometrajes, otra de sus pasiones (además de la práctica del ciclismo y el amor por los animales). Este silencio al que hacíamos mención se ve, afortunadamente, interrumpido por la publicación de Puntos de apoyo en 2011, bajo el sello de La Grúa de Piedra, de la editorial Creática, un libro que, según manifestaba el propio autor, «ha ido creciendo poco a poco. Los poemas que lo conforman han sido escritos despacio: los más antiguos tienen seis años y los más recientes sólo unos meses. Tras el acto de escribir un poema hay siempre, o casi siempre, una necesidad de compartir ese poema, de expulsarlo: ver los poemas publicados, al margen de la siempre presente vanidad, es algo saludable. Porque se podría decir que uno escribe para conocerse primero, para entender el mundo después y para tratar de compartir todo eso al final». Al año siguiente, en la editorial Valnera, verán la luz una reunión de cuentos agrupados bajo el título Desdoblados (2012).
Y tras este extenso, aunque necesario preámbulo, llegamos a Combustión, el proceso simbólico del que se vale Marcos Díez para armar sus poemas y en el que podemos encontrar la voz del poeta ya destilada, libre ya de muchas de las incertidumbres que han ido despejándose a medida que la escritura avanzaba en su proceso de re/conocimiento, y es que la relación de Marcos con los asuntos de carácter cotidiano —asuntos en los que se mezclan el tono irónico y cierta tendencia a la desnudez expresiva, en un intento de hacer de su vida su propio estilo poético—, se compaginan con su vocación discursiva, vocación que busca en la narración esas resonancias emotivas que surgen de la realidad inmediata, de la relación con los hechos y las cosas. La reflexión a que nos conduce esa contemplación no trillada por la costumbre es que estaba ya presente en sus primeros poemas, quizá no de la forma tan depurada que poseen ahora sus versos, pero sí implícita en el intento de crear una forma de pensamiento propio que le facilite el conocimiento, tanto del entorno como de sí mismo. Y quizá sea la convicción en el amor, esa forma absoluta que logra afirmarse incluso cuando se niega, la columna vertebral que sustentaba, y sustenta, su poética. Creo que estos versos del último poema del libro, titulado a su vez «Combustión», reafirman esta idea: «Hasta el amor más limpio/ contamina al arder/ el aire que respiras», versos que, por otra parte, nos recuerdan a los del poema «Combustion», de la poeta norteamericana Sara Eliza Johnson, un poema en el que convergen la doble transformación del cuerpo y del espacio debido a las fuerzas físicas provocadas por la combustión: «My body is wrapped in honey. /When I step outside// I become fire» (Mi cuerpo está cubierto de miel./ Cuando me libero// me transformo en fuego), con la deflagración íntima inherente a toda experiencia traumática:«Recuérdalo si ardes otra vez/ resplandeciente en medio de un incendio// y alumbra con tu fuego esa ceniza» dicen unos versos de Marcos.
El libro está dividido en dos partes, «Con sol dentro» y «Mapa de ruta», perfectamente equilibradas. Ambas están integradas por el mismo número de poemas, y en ambas se combinan poemas de tono narrativo con poemas más esencialistas, lo que en ningún caso significa que los primeros sean adventicios. A la esencia de las cosas se puede llegar por muchos caminos, todos legítimos (ahí tenemos como ejemplo, por una parte, a nuestros poetas barrocos y, por otra, a los místicos). Uno de ellos es el que se vale de la retórica discursiva, del adjetivo, de la frase subordinada, en un intento por mostrar todas las aristas de la emoción. La metáfora, la imagen buscan conciliar al objeto con la conciencia que de él poseemos, pero esto genera una tremenda inquietud, porque, como sabemos, la palabra nos resulta insuficiente para establecer fielmente esa correspondencia (Wallace Stevens escribía que «la sensación supera todas las metáforas»), de ahí que muchos poetas opten por la desnudez formal, casi por el silencio, como forma más pura de aprehender el concepto. Otros, lo que sin duda preferimos, optan por asumir la incertidumbre mediante símbolos —el primer poema del libro, «Arranque en frío», es un buen ejemplo de lo que decimos, y una declaración de intenciones metapoética, como, por otra parte, ocurre en el poema «El arco y la flecha», éste ya de la segunda parte— procuran reducirla por medio de la paradoja, que encierra, en su ruptura semántica, una multiplicidad de significados capaz de aplacar, siquiera momentáneamente, nuestra desazón.
La dualidad formal que hemos percibido, posee su equivalente también en una duplicidad de carácter moral, porque en Combustión leemos poemas de tono hímnico, eso sí, contenido, nunca exuberante, como «Ventana a una tarde de diciembre», con otros irrigados por una sensación de nostalgia y desengaño («A veces es bueno que la poesía haga por desengañarnos», escribe Robert Hass), como en el poema «Tanatorio». Esta combinación resulta matizada en muchos casos por el uso de la ironía, lo que resta gravedad a la situación y evita caer en la afectación que muchos conceptos abstractos encubren. La labor del poeta, y Octavio Paz escribió mucho y bien al respecto, es revelar mediante la palabra mundos que antes permanecían ocultos, tanto para el lector como para sí mismo, una palabra que el mexicano ve, no como algo inmutable, sino versátil, ambigua, inventiva, capaz de reinventar la realidad, capaz de crear una realidad poética, y esto Marcos Díez lo consigue tanto con un lenguaje inmediato, pegado a la realidad, como con un leguaje condensado, más atento a lo inefable. Las vías de aproximación a lo ininteligible son, como todos sabemos, diversas, por tanto es del todo conveniente, como hace nuestro autor, buscar aquellas que mejor se acomoden al la experiencia del instante, al recuerdo del ser. Invito a quienes hayan leído estas líneas a adentrarse en Combustión y pongan a prueba la congruencia de nuestras conjeturas.

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