JESÚS MUNÁRRIZ I

JESÚS MUNÁRRIZ. CAPITALINOS. COL. HAIKU. LA ISLA DE SILTOLÁ, 2018

La pasión por el jaiku (como le gusta escribirlo) de Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940) viene de lejos. Conviene recordar que la editorial que dirige desde 1975, Ediciones Hiperión, ha prestado una muy especial atención a este género del que ha publicado títulos indispensables, como El haiku japonés, de Fernando Rodríguez Izquierdo, Haiga: haikus ilustrados de Yukki Yaura, Haikus de las estaciones, una antología de las mejores composiciones tradicionales o Los 99 jaikus de Ryokan, por citar solo algunos. El propio Munárriz —autor de más de una veintena de libros de poesía y excelente traductor del alemán, del francés, del portugués o el inglés– ya ha publicado con anterioridad algún libro de este género, como el titulado Jaikus aquí (2005).

   Capitalinos —tercer título de la recién creada colección de haikus de la editorial Isla de Siltolá— recoge los jaikus relacionados con la ciudad en la que vive desde hace tantos años, Madrid. Fiel a la vinculación original de los haikus con las estaciones, los ha divido en cuatro secciones, «Invernales», de la que recogemos un par de ejemplos que logran trasmitir de manera excepcional esa sensación de frío inhóspito, más cruel aún para los indigentes : «A bajo cero / aún son más miserables / los miserables» y «Mediado enero / aún siguen en las ramas / las serpentinas». Como es lógico, después del invierno, llega la primavera, así la segunda sección, «Primaverales», recoge estrofas que tienen a esta estación como protagonista y, por tanto, apreciamos en ellos matices esperanzadores, aunque, al circunscribirse a una temática urbana, los cambios estacionales no sean tan acusados y la alegría se disipe en el ruido o en la soledad: «Ha despuntado / un diente de león / en el bordillo», «Discute a gritos / en medio de la calle / con un teléfono» o este que describe la calle en la que está enclavada la editorial: «Calle de Olózaga: / tilos y cinamomos / contrapeados».

   «De madrugada / refrescará, me dije. / Pero tampoco» habla de los rigores del verano, de ese calor asfixiante que golpea la urbe en los meses de julio y agosto: «Noche de julio. / Consejo de mendigos / al aire libre». Pero también habla de la libertad asociada a esa vida nocturna que la buena temperatura facilita, de la relación, quizá más solidaria, con los otros.

   Un haiku como este: «Llegó el otoño. / Quevedo, en su glorieta, / se está empapando» pertenece, obviamente, a la cuarta y última sección, «Otoñales», un otoño que se extiende hasta los primeros días de diciembre: «Sombras y hogueras / bajo los soportales. / Frío diciembre». La mirada del flaneur que es Jesús Munárriz se detiene en aquello que escolta su camino, ya sean los habituales mendigos que jalonan aceras y parques —en quienes el rigor estacional antes mencionado, incide especialmente—, los músicos callejeros, las flores de temporada o las aves migratorias. Cualquier imagen puede provocar la escritura de un haiku porque este intenta dejar constancia de la fugacidad de lo visto, de lo percibido, de lo intuido casi sin pretenderlo, con humildad y, condición indispensable, con un lenguaje sencillo pero capaz de concentrar en unas pocas sílabas la riqueza del mundo interior, porque el haiku dice más de quien lo escribe que de lo que describe. Jesús Munárriz ha resumido en este puñado de versos una visión de Madrid nada solemne. Nos describe el ritmo cotidiano más que de una ciudad populosa, de un barrio, su barrio, semejante, en muchos casos, al que nosotros habitamos. Un barrio en el que pasan siempre las mismas cosas, quizá por eso resulta más necesario dejar constancia de ellas. Como en su poesía, Jesús Munárriz busca un contacto directo con el lector y una complicidad solo posible cuando se comparte la emoción verdadera.

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