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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO. PÁJAROS EXTRAVIADOS. EDITORIAL PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA

José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960), tiene una trayectoria poética —es también novelista, traductor (sobre todo de poesía portuguesa) y crítico literario— muy amplia que ha reunido en tres etapas, la primera, que abarca desde 1983 hasta 1989, la ha titulado El don impuro; la segunda, titulada Maleza, se ocupa de su producción desde 1990 hasta 2010 y la tercera, a la que pertenece el libro que comentamos, Pájaros extraviados, en palabras del propio Cilleruelo, «aún carece de nombre y concreción», aunque ya la integran varios títulos, Tapia con mirlo (2014), Becqueriana (2015), la sección «Mondaduras», de la antología La mirada (2017), Cruzar la puerta (2017) y el volumen de aforismos Lunático (2017). Como se puede apreciar, Cilleruelo tiene perfectamente planificado su itinerario poético, algo no muy frecuente por estos lares y tiene, además, definida con precisión la estructura formal de cada título , de hecho, este que nos ocupa, aunque aparentemente es un libro unitario, está divido en tres secciones de catorce poemas cada una de ellas encabezadas respectivamente por los poemas «Nocturno 1», «Nocturno 2» y «Nocturno 3».

     En el primero de estos nocturnos la noche concede, «a quien quiera comprenderla», entre otras cosas, «La pérdida de las identidades, / la abolición de las líneas». Regalo / extraño con el que habitar un tiempo / que atiende solo a otra lógica, / la que enceguece con la luz». Esta lógica, podemos decir, inversa, es la que percibimos en la mayoría de estos poemas, que suelen finalizar no con significados categóricos, sino con paradojas transformadas en versos, como este en el que equivocación de la paloma albertiana da lugar a esta reflexión: «Se equivocó el alumno, / quería ir al sur, / pero el camino siempre mira al norte» o esta otra: «El verso que se busca a sí / mismo donde no está». La desubicación de una identidad disgregada, la ausencia de un lugar concreto en el que reconocerse, y la travesía existencial en la que esa identidad asume su propia disparidad son asuntos tratados con mucha frecuencia en la poesía de Cilleruelo, que, por otra parte, siempre consigue embridar una sensación que, de otra forma, se podría convertir en trágica. La mejor forma de acotar la desubicación y combatir la incertidumbre es mediante la palabra (hay numerosas reflexiones de carácter metapoético en este libro): «Copio la escena / y que quede descrita con palabras. / Dicen que así / los instantes no huyen / como aguas de un rápido. / Tal vez por eso escriba, / aunque sepa que es solo un espejismo / de la misma naturaleza / fugitiva / que ahora ocurre». Como vemos, la constatación de ambas imposibilidades está tratada con honestidad y pudor, sin caer en la resignación esterilizadora. La poesía de Cilleruelo es sumamente descriptiva, pero esa descripción se realiza sin utilizar meandros expresivos. Sus versos son afilados, densos, como pinceladas infalibles.

     El segundo nocturno encabeza una serie de poemas que tienen nombre y apellidos, Ovidio —bajo su amparo, Cilleruelo escribe versos tan definitivos como estos: «Es el pensamiento / quien reconstruye los espacios / que el tiempo no es capaz de recordar»—, Manrique, Hölderlin, Monet, Emily [Dickinson] —uno de los poemas más intensos y, pese al tono contenido general, más conmovedores, en el que un mujer que «Despacio escribe para que ocurra algo alrededor. / Y ocurren las palabras»—, Bergson, Machado, Morandi, Fonollosa, etc. ¿Qué tienen en común todos estos personajes? No lo sabemos con certeza, pero es muy posible que a ojos de José Ángel Cilleruelo, lo que relaciona personajes en apariencia tan diversos sea la construcción de un mundo propio en soledad, el propósito de inmovilizar siquiera en un instante la vida que fluye, la indagación sobre los misterios de la existencia.

   El tercer nocturno da paso a unos poemas en los que la presencia del yo se hace más evidente —de hecho, un poema se titula «Autorretrato», en el que la sombre o el espectro del yo usurpa la identidad del hablante: «Desde el puente he contemplado el trazo / alargado de una figura / y cómo me ha mirado aquel espectro susurrándome. «En / realidad, no pintas nada. / Soy yo / el que soy»—, pero es yo, como hemos visto, fantasmal, igual que ocurre con la realidad, que no es tal sin la connivencia de la imagen que nos hacemos de ella, sin la refuerzo de los sueños. Estos últimos poemas del libro dejan en el lector una sensación de duermevela, de irrealidad, como si el ser contemplativo que mira a su alrededor fuera una especie de médium y fuera capaz de, gracias una penetrante mirada interior, poner en contacto el haz y el envés de un mismo instante, pero es esta una sensación personal de un cómplice que aspira, como el propio autor, «a mirarlo que no se muestra, / pero estoy viendo».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 31/05/2019

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