JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. ESPACIO TRANSITORIO.*

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JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. ESPACIO TRANSITORIO. PRÓLOGO DE JORDI DOCE. EDITORIAL HUERGA Y FIERRO

He de confesar que hasta “Espacio transitorio” mi conocimiento de la poesía de José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965) se limitaba a la lectura de algunos poemas dispersos en revistas. Lo cierto es que tal insuficiencia solo es achacable a quien escribe estas líneas, porque Zerón acredita en su biografía una larga lista de títulos y una trayectoria poética de más de veinticinco años, porque su primer libro como tal, “Solumbre”, data de 1993. Con mayor o menor regularidad, desde entonces se han sucedido los libros que han salido de sus manos: “Frondas” (1999), “El vuelo en la jaula” (2004), Sin lugar seguro (2013), “Perplejidades y moradas” (2017), entre otros. Además, Zerón Huguet simultanea la creación poética con su labor como agitador cultural y otros asuntos relacionado con la poesía. Fruto de esta labor es la puesta en marcha de asociaciones y revistas literarias como “Empireuma” y “La Lucerna”.

     ¿Qué espera a los lectores de “Espacio transitorio”, un título que nos remite de inmediato a ese lugar que ocupamos en el mundo, tan carente de cimentación, tan volátil, tan poco nuestro? En primer lugar, se encontrarán con un discurso que supura escepticismo y acritud casi sin descanso. El poeta trata de asentarse en el presente, un presente que se quiere intemporal, como si surgiera de la nada, renunciando a las experiencias previas, sean estas del cariz que sea: «No mires atrás, no hay pasado, / el pasado que añoramos emite señales de abismo», escribe en el poema «Me llamo Lot». Zerón aboga por aprovechar el instante, un tema que tiene antecedentes directos en el “Colligo virgo rosas” de Ausonio y el “Carpe diem” horaciano y que ha sido tratado magistralmente en nuestra lengua por poetas de la talla de Garcilaso o Góngora y, más cercanos en el tiempo, Luis Alberto de Cuenca o Francisco Brines. «Acoge el contenido del instante», «Os enseñaré a conocer lo efímero, / a disfrutar el ya y el ahora», «Bendice este siendo, / este estar», son versos de poema de la primera parte del libro, «La canción del tránsito». Otra cosa que llama la atención es eso que el autor ha llamado «siderurgia del lenguaje»: No cabe duda de que los hornos en los que se funden las palabras alcanzan una altísima temperatura. La emoción parece desbordarse en una colada incandescente. No hay concesiones al servicio de una retórica que se materialice en formas habituales, no puede haberla porque al poeta parece apremiarle la necesidad de vivir, y esa fuerza que sale a borbotes de su conciencia solo puede expresarse con naturalidad. Estamos frente unas emociones cuya naturaleza íntima es salvaje, no ante esa naturaleza domesticada que llamamos paisaje.

   La segunda parte del libro, «Extravío», mantiene esa pugna entre el lenguaje y la experiencia que se desea verbalizar, pero el asunto central, los desposeídos, los excluidos de la sociedad, difiere totalmente de los poemas de la primera parte. El asunto, no la manera de afrontarlo, requiere, si cabe, más crudeza: «Se les ve deambular por los arrabales y centros de las ciudades, / camina con un moribundo brillo / en el horizonte de sus ojos». Personalmente, creo que esta forma casi torrencial de escribir —un torrente, conviene decirlo, encauzado— es la que mejor se adecúa a temas tan sangrante, y de tan penosa actualidad, como la emigración, el exilio, la guerra, el hambre, etc. En el último poemas de la sección, «Sigo mudo», encontramos versos que nos muestran la fe que, a pesar de todo, conserva Zerón Huguet en el poder de la palabra: «Ahora que todo nace amenazado / se hace necesaria, por inútil, la insurrección: / hay que romper la física / y ofrendar a la tierra / una caravana de ilusiones. / Es preciso incendiar el desierto / y seguir reconstruyendo el mundo con palabras, / aunque nos traicione el lenguaje». Todo poeta se siente traicionado por el lenguaje porque este se doblega ante su insistencia solo aparentemente. Siempre deja una profunda sensación de fracaso en quien escribe.

     «Adhesiones», la tercera parte, presenta una curiosa mezcla de las dos secciones anteriores. El compromiso social sigue presente («Mundo, eres sórdido pero te amo», «El mundo es a imagen y semejanza de un discurso inacabado / que sigue creciendo y decreciendo. / Humillados por la inocencia….»), así como el paso del tiempo, el deseo de apresar el instante en una eternidad imposible, aunque la mirada desconsolada hacia el pasado (estos versos cargados de nostalgia lo testifican «Aquí hubo una arboleda, hijo. / Ahora los matorrales / está secos y polvorientos / y las malas hierbas conviven / con el plástico y la chatarra») carezca del desagarro de los poemas primeros. Con dos de los mejores poemas del libro finaliza esta sección, «Letanía para la hija»y «Palabras para el hijo».poemas de educación sentimental no exentos de esperanza. El poeta Jordi Doce, autor del prólogo, escribe estas acertadas palabras con las que finalizamos este comentario: «José Luis Zerón nos de con “Espacio transitorio su libro más íntimo y despojado, el retrato fidedigno de una temporada en el infierno que ahora, gracias a la fuerza transmutadora de la poesía, su carácter salvífico, es capaz de iluminarnos».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés ,el 8/02/2018
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RAQUEL LANSEROS. MATRIA*

 

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RAQUEL LANSEROS. MATRIA. COL. PALABRA DE HONOR. VISOR*

Hay quien tiene la manía de leer el periódico empezando por las páginas finales, obedeciendo a una necesidad interna que carece de afán constestatario, pero que se resiste al orden convencional. Es una cuestión de prioridades, más que de otra cosa. Sin embargo, a la hora de leer un libro de poesía, las premisas deben ser otras. Convenimos en respetar la disposición y estructura de los poemas que el autor ha elegido y seguir las pautas que su propia coherencia nos señala porque, pensamos, nadie mejor que él conoce los motivos que le han llevado a ordenarlos de esa forma y no de otra. Sin embargo, después de leer un libro como Matria, la última entrega de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973), yo recomendaría al lector que comenzara el libro leyendo el último poema, «Promesas que cumplir», porque, más que un magnífico epílogo —que también lo es—, resulta ser un compendio estético y moral que puede ejercer las funciones de prólogo a las mil maravillas. Veamos algunos versos para confirmarlo: «Defiendo la memoria como patria íntima / el único dominio con vino de justicia»; «He aprendido que la vida tiene un precio / con dinero se paga el de la bisutería. /Me gustan las palabras cansadas del camino / ésas que a vida o muerte se empeñan en decir»; «Escribo porque intuyo que mi ambición mayor / es volver a nacer». Tres ejemplos que nos permiten establecer tres líneas de sentido que, a ojos de este lector, sin embargo, no están delimitadas en el libro pero que interactúan sin aspereza.

     La primera de esas líneas tiene que ver con el rastreo por esas zonas de la memoria que, de forma más o menos evidente, están presentes, en nuestros actos cotidianos, en un presente al que le cuesta reconciliarse con el pasado, están, como si dijéramos, a flor de piel porque se resisten a ser arrinconados. El mismo título del libro, Matria, evoca un retorno al origen, a la fertilidad —titulado la dedicatoria parece confirmarlo tanto como el poema «Suspiro progenitor»—, a la memoria de la tierra natal: «La tierra natal cubre como un tatuaje la piel preliminar. / Bendita sea la casa de mis padres», la casa de mis padres es, qué duda cabe, la patria íntima y en ella se ha forjado en gran medida la identidad de la autora, una identidad en la que la memoria de sus antepasados juega un papel importante: «Yo no he vuelto a olvidar / quién soy / de dónde vengo», escribe, pero esa alusión al pasado no impide que nuestra autora sienta también nostalgia del futuro: «Lo contemplo quién sabe desde dónde. / Y no sabría decir / si soy yo quien observa / o bien otro alguien más desde el pasado / es quien de pronto me está mirando a mí».

     La toma de conciencia que le hace tomar partido frente a las injusticias sociales y económicas podría conformar un segundo eje temático. Nos encontramos con algunos poemas que giran en torno al compromiso ideológico, algo que se esta convirtiendo en frecuente en los últimos años, aunque, por ambición estética, poco tiene que ver con la poesía social de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. El distanciamiento es necesario para no caer en el patetismo ramplón. A Raquel Lanseros le preocupa el mundo que va a legar a su hijo, sí, pero no enarbola la bandera de la indignación artificialmente. Como poeta y como persona, está implicada en la triste historia que le ha tocado vivir. No se trata de ser apocalíptico, pero la degradación creciente a la que estamos sometiendo los recursos naturales y la propia degradación del ser humano, causa de la primera, nos inclinan a no ser demasiado optimistas sobre el futuro que nos espera. Es cierto que la maternidad cambia la mirada sobre el mundo. Con ella, lo padres contraemos una serie de responsabilidades que antes no teníamos o, si las teníamos, no éramos lo suficientemente conscientes de tenerlas, así, las luciérnagas del poema «la cuesta de las luciérnagas» son un símbolo de añoranza y de esa degradación imparable: «Mi hijo será el primer desheredado / el forzoso habitante / de un mundo sin luciérnagas». Un poema este que, en su tono, marca un acusado contraste con el titulado «Padre», más nostálgico y benevolente con el recuerdo (algo que ocurre también en el titulado «fantasmas o pretextos», como comprobamos en estos versos: «yo era resuelta y nueva / el futuro era entonces / una extensión sin límite ni fondo ni custodios»: «yo celebro esta acera por la que ahora pasamos / cuando todavía es hoy / y siento en mi costado / el calor de tu historia / tus palabras que aciertan a explicar el origen». Pero la poesía de Lanseros busca además otras frecuencias para denunciar el statu quo que nos insensibiliza frente al dolor, convierte en dignas actitudes deleznables, como las que vemos a diario en los informativos referidas, por ejemplo, a la emigración en ese mar Mediterráneo que «es puerta eco anfitrión y sepultura» o al fanatismo religioso.

     El tercer eje cardinal tiene que ver con la escritura propiamente dicha, con un concepto de la poesía como tabla de salvación, como «¿…escudo contra la mentira dominante?». No las tiene todas consigo Raquel Lanseros, acaso porque ha sido testigo de la fragilidad de ese escudo, de cómo la falta de esperanza es capaz de perforar el mejor acero de Damasco. No es preciso recurrir a la historia pata verificarlo. Pese a esa constatación, la escritura conduce a pensar que no todo está perdido. La poesía alimenta el alma y nos convierte, al menos eso nos gustaría pensar, en mejores seres humanos: «Poesía que nos asciende al cielo / brotando sin cesar de la tierra, / misterio primigenio».

     No se acaban aquí, por supuesto, los registros de un libro como Matria porque Raquel Lanseros es dueña de una prodigiosa versatilidad temática —son magníficos poemas como «Guerra con G de genocidio», «Mr. Emilio» «Hendaya-Irún, 1962» que recrean como un flashback cinematográfico una atmósfera de miedo y de desesperanza, pero también de valor para soportar la humillación— encauzada hacia un mismo fin, una profunda comunión con la bondad natural de ser humano, capaz de cometer las mayores atrocidades, pero también de asumir los mayores sacrificio por sus seres queridos: «No me deje pasar si así lo estima. / A quien ya le han jodido la vida una vez / no se la puede volver a joder nadie». Lanseros combina además con soltura técnicas que van desde lo puramente descriptivo y anecdótico a lo reflexivo, aunque no estos son compartimentos estancos y no me atrevería a encuadrar tal o cual poema estrictamente en uno de esos dos apartados. Además, nuestra poeta ha sabido bucear en las aguas de nuestra tradición y no ha querido ocultar sus deudas, que van desde Catulo, Dante o Petrarca hasta Quevedo o Calderón, por no hablar de numerosos poetas latinoamericanos, como queda de manifiesto en el poema «Los poetas de América Latina».

     Matria, primer libro que publica tras la edición de su poesía reunida en 2016, representa un paso más en la consolidación poética de unas de las voces más originales de nuestro país, una voz que, sin ser autobiográfica en sentido estricto, sí que está construyendo su propio autorretrato con fragmentos de la memoria.

Raquel Lanseros: ‘Matria’

ROGER SWANZY. LA GOTA INFINITA EL DESEO*

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ROGER SWANZY. LA GOTA INFINITA EL DESEO. AMARGORD EDICIONES

La mayoría de los libros de aforismos que podemos leer en la actualidad responden a un deseo del autor por comprender la realidad en su totalidad, sin dejar ningún resquicio sin escudriñar, por esa razón, los temas que abordan son multidisciplinares y la intención, pareja a la de comprender el entorno a la vez que a uno mismo, reside en desvelar lo velado, eso que esa especie de cristal empañado que cubre nuestros ojos deforma, emborrona y desfigura. La gota infinita del deseo, el primer libro de Roger Swanzy (Denton, Texas, 1963), en la práctica solo posee un tema argumental, la pasión, el deseo erótico. El autor, radicado en Valencia desde 1990 y dedicado profesionalmente a la traducción, se ha aventurado a escribir un libro tan arriesgado como este en un idioma que no es el suyo. ¿Será porque, como se afirma habitualmente, el lenguaje del amor, del deseo, es universal? No lo sabemos, en todo caso, coincidimos con la opinión de Juan Pablo Zapater, autor del epílogo, cuando escribe que «No deja de ser un ejercicio literario admirable el de llegar a escribir con soltura y naturalidad en un idioma que no es el materno, y más aún el de lograr que el fruto de este ejercicio alcance la madurez suficiente como para ser digno de publicarse».

     Roger Swanzy vincula el erotismo con lo sublime, como si realizara una incursión en la raíces del universo, en el humus de la existencia; el erotismo es para él el centro neurálgico desde el que se emiten los códigos de representación de la realidad: «La meta del erotismo es la unión de la teoría y la práctica», como si, gracias al deseo —más que al amor, discrepando de Dante— la estructura del cosmos adquiriera su verdadero sentido: «Ritmos celestiales anhelan la atracción de nuestros cuerpos, almas bailando como lunas llenas con luz propia». Resulta evidente que este propósito tiene —en la sociedad en la que vivimos, plagado de imágenes superfluas en las que el cuerpo se ha convertido en un objeto, en un reclamo comercial («compramos con los ojos», escribe Swanzy)— un mérito indiscutible por el convencimiento, más allá del empaque literario, que manifiesta en el poder transformador del deseo, como se deduce de este aforismo: «El deseo es la grandeza secreta de nuestras vidas». No seremos nosotros quienes rompamos esta ilusión que, por otra parte, nos gustaría compartir sin reservas, como si fuéramos felices e indocumentados. Quizá la mirada de hondo calado romántico de Swanzy le permita conservar esa confianza, esa inocencia ciertamente idealizada, pero, como no podía ser de otra forma, muchos de estos aforismos traslucen una idea más terrenal, más carnal del deseo y de los resortes que lo ponen en funcionamiento, como observamos en estos dos ejemplos: «Un cuerpo joven es un templo que devora el tiempo. ¡qué sería de nuestra ruinas sin esa sed de eternidad!» y «El sexo es una dulce batalla donde es necesario cambiar de lugar y de táctica continuamente para asegurar la mutua victoria del placer». El deseo, la pasión pasan de estar en una nebulosa a corporeizarse, por más que el erotismo sea, que también, «el arte de acariciar el cuerpo con la imaginación».

     Junto a los aforismos que, como el título del libro explicita, apunta al deseo propiamente dicho, conviven en buena vecindad otros que merodean alrededor de ese centro temático y que especulan, por ejemplo, sobre el alcance del cine o de la fotografía —ambas disciplinas muy ligadas al erotismo y a esa variante gimnástica que es la pornografía—: «Las fotos son más fieles a nuestra memoria que los espejos» (tal vez porque las fotos logran conservar mejor lo que existió alguna vez) o «La ambigüedad de la fotografía está entre saber ver y saber mirar» (la fotografía, como las palabras, también miente). Ignoro, por otra parte, si, en el caso de nuestro autor, las imágenes discurren paralelas a las palabras, pero da la impresión de que se complementan mutuamente. El onanismo, la seducción o la belleza, una belleza no empalagosa ni edulcorada, sino visible hasta el punto de que es capaz de hipnotizar los sentidos («La belleza es quizá la última sensación metafísica que nos queda»), son otros de los temas desperdigados por “La gota infinita del deseo”, un libro ordenado cronológicamente que, según el autor, tiene su origen en «la exposición Dos hombres y un destino de Salva Nebot y Ximo Amigo en el Café Malvarrosa en mayo de 2014. Después —continúa diciendo Swanzy— escribí el resto de los textos en el verano de 2015 y la primavera de 2016». No importa el motivo que ha dado lugar a estos textos, porque Swanzy ha sabido dar una vuelta a los tópicos y construir con ellos un libro que aspira a universalizar lo anecdótico. A fe mía que en la mayoría de los casos, el empeño e ha logrado con éxito.

  • Reseña publicada el 1 de febrero de 2019 en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés.

MARIO PÉREZ ANTOLÍN. CRUDEZA*

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MARIO PÉREZ ANTOLÍN. CRUDEZA. COL. AFORISMOS. EDITORIAL TREA.

Parece haber cierta unanimidad crítica a la hora de reconocer a Mario Pérez Antolín (Stuttgart, 1964) como uno de nuestros aforistas más importantes, lo que no es baladí, teniendo en cuenta la proliferación de practicantes de este género que han surgido en los últimos años y que tan bien se adapta a la «modernidad líquida» que Zygmunt Bauman ha categorizado. Su último libro, Crudeza, confirma sin paliativos esta percepción, aunque hemos de decir que los aforismos de nuestro autor —y quizá la taxonomía sea lo menos relevante— no se avienen estrictamente a los parámetros del género, fundamentalmente en lo que se refiere a la brevedad, a decir mucho c0n pocas palabras, uno de las particularidades que le confieren mayor personalidad. Mario Pérez Antolín desarrolla con mayores ingredientes digresivos ese chispazo conceptual que origina la sentencia aforística. Como digo, esto, a la postre, carece de importancia. Lo sustancial es que, al margen de la extensión, en todos ellos encontramos la suficiente ambigüedad semántica y perceptiva como para incitarnos a pensar y dar vueltas a lo que hemos leído buscando en nuestro interior el sentido a unas palabras ajenas. No se trata, por supuesto, de un mero ejercicio de virtuosísimo dialéctico cuyo único objeto es enturbiar lo obvio, sino de un verdadero análisis de la realidad —incluyo también en ella al hombre que escribe— que aspira a rasgar el velo de lo aparente para indagar en los sucesivos estratos que componen dicha realidad.

     Para Pérez Antolín, «un buen aforismo tiene que tener la fuerza emotiva del mejor poema y la profundidad reflexiva del mejor ensayo, y todo ello con una precisión deslumbrante que haga innecesario lo superfluo. Al tratarse de una escritura liminar, el aforismo se desenvuelve bien entre la intuición y la racionalidad, entre lo pasional y lo analítico, entre lo ético y lo estético. Aunque, para resplandecer, necesita echar mano de algunos recursos de prestidigitación literaria: la sorpresa, la agudeza, el ingenio, la chispa…». Poco podemos añadir a tan lúcida reflexión, sabiendo, además, como sabemos, que el autor de Crudeza ha escrito, simultaneándolos temporalmente con libros de aforismos como Profanación del poder (2011), La más cruel de las certezas (2013) y Oscura lucidez (2015), varios volúmenes de poesía, el último de ellos, Esta última parte de infinito (2016), publicado en México.

Crudeza está dividido en cuatro secciones —«Eso que la fuerza no consigue y que el placer impone», «Verdades que asustan incluso no dichas», Una insuficiente cantidad de porvenir» y «Las razones de la furia»— y cada una de ellas está integrada por una hibridación de géneros orgánica pero no estanca, porque, como es habitual en este tipo de libros, la inclusión de los diferentes textos en una u otra sección obedece más el criterio personal del autor que a una clasificación por materias. Podemos encontrar desde microrrelatos («Confieso que lo maté», comienza uno de ellos) a sueños y pesadillas («Me ataron de pies y manos y, como si eso no bastara, pusieron un trapo dentro de mi boca…»), junto con los que podemos considerar aforismos propiamente dichos («Mis aforismos son como miniaturas en un cajón inmenso»)

     Los temas son diversos, van desde la detracción social («Consumo compulsivo, satisfacción inmediata y puerilidad generalizada: los tres rasgos sobresalientes de una sociedad informe, desarticulada y completamente feliz») y política («La degeneración de la política actual: el estratega se impone al ideólogo. Cómo ganar por encima de para qué ganar»), a la crítica del capitalismo salvaje («El capital sacralizado ya no quiere trabajadores a los que haya que someter disciplinariamente, sino que necesita unidades autónomas de producción que se exploten a sí mismas. Se ha impuesto la superempresa con una mano de obra de miniempresas unipersonales autoesclavizadas»), los predios que coloniza el amor («Comparado con el brillo de tus ojos, la luz de las estrellas es un mínimo fulgor que apenas se nota…», la metapoética («La escritura es un declive. Ninguna palabra mejora a la anterior. Con cada frase se va estrechando el sentido o abigarrando el estilo. Ponemos punto y final para no caer en el infierno del lenguaje») o la autoironía («Supongo que en la vejez escribiré textos que refuten algunas de mis ideas actuales. Dad por buenos solo aquellos fundados en la maduración y rechazad aquellos otros que dejen traslucir miedo, debilidad o desesperanza»), por más que, como el propio Mario Pérez Antolín escribe, «Siempre hay amargura oculta en la ironía».

     Como escribe el recientemente fallecido periodista Vicente Verdú en el prólogo, «Pérez Antolín ha actualizado la vejez en la frase corta de nuestras redes sociales y ha modernizado la lectura en el modelo de la concisión publicitaria. No hacen falta ya muchas páginas para decir lo importante. Más bien, lo importante […] se encuentra en una sentencia demoledora o incalculable».

     Los textos de nuestro autor provienen de una sabia combinación de intuición y reflexión porque permanece siempre atento a cuanto sucede a su alrededor, en sintonía con el mundo, en un intento por desentrañar la inescrutabilidad de lo visible,. Pérez Antolín posee un don menos común de lo que parece, es capaz de sonsacar de la cotidianidad el complejo mecanismo que la gobierna.

*Reseña publicada el 25 de enero de 2018 en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañes.

CHARLES SIMIC. GARABATEANDO EN LA OSCURIDAD*

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CHARLES SIMIC. GARABATEANDO EN LA OSCURIDAD. EDICIÓN BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE NIEVES GARCÍA PRADOS. EDITORIAL VASO ROTO

Elegido por la crítica como uno de los mejores libros de poesía publicados el pasado año, Garabateando la oscuridad es el último título —hasta ahora, porque, a pesar de tener ya ochenta años, la vitalidad creativa del autor sigue deslumbrándonos— publicado por Charles Simic (Belgrado, 1938), uno de los poetas que goza de mayor reconocimiento, no solo en su país de adopción, Estados Unidos —en el que reside desde 1954 (en el poema «Viendo cosas», relata el choque que le produjo el encuentro con otra mentalidad muy distinta: «Llegué aquí en mi juventud, / un diábolo de una sola cuerda. / Vi una calle en el infierno y otra en el paraíso. / Vi una habitación con una luz tan enferma / que podría haber estado usando un bastón»)— sino en el resto de lo que llamamos «cultura occidental». Conviene recordar que, antes de emigrar al otro lado del Atlántico, vivió un tiempo en París, como recuerda en el poema «La película», del que transcribo los primeros versos: «Mi infancia, una vieja película muda. / Oh, tardes de invierno / en las que Madre me llevaba de la mano / a un cine oscuro / donde ya había comenzado la película—».

     En nuestro país, gracias a la cascada de traducciones que se vienen realizando en los últimos años —varias de ellas debidas a Nieves García Prados, la traductora de este volumen—, es un poeta de referencia incuestionable para los jóvenes, y no tan jóvenes, poetas verdaderos (los autores de la llamada «parapoesía», los que hoy copan las litas de los libros más vendidos, desconocen su existencia, y la existencia de la propia poesía, en la mayoría de los casos). La primera impresión que suscita la lectura de la poesía de Charles Simic, y en concreto de este libro, Garabateando la oscuridad, es la de desconcierto. Uno no puede dejar de preguntarse de dónde provienen esas imágenes con las que construye unas asociaciones semánticas tan sorprendentes, qué imaginación las provoca y las convierte en algo más perturbador que el universo visible. Esta es, por supuesto, una de las muchas virtudes de su poesía, pero conviene decir también que provoca cierto desasosiego en el lector. Aunque no estemos hablando de una poesía hermética que necesita de una poderosa hermenéutica que la haga comprensible, sí que es necesaria cierta predisposición para dejarse llevar por la inercia del poema. Y es que su poesía dista mucho de ser cómoda porque tras la aparente placidez que destilan sus versos se esconden unas agrupaciones extrañas, difíciles de calificar, que logran desestabilizar la conciencia del lector. Eso sí, esta transformación se realiza sin intimidación, sin violencia, con una especie de sonrisa tranquilizadora en la boca que consigue convertir el inicial miedo a lo desconocido en deseo de compartir con el autor esas ensoñaciones casi impersonales, aunque en algunas de ellas la depravación se manifieste con crueldad y la conmiseración, consecuentemente, este ausente. Simic es un maestro de la ironía y, gracias a ella, convierte la tragedia existencial, si no en una comedia, en algo llevadero. El poema que da título al libro ayuda a aclarar lo expuesto: «Un grito en la calle. / alguien pedaleando contar sus demonios. / Después regresa la calma. / El viento remueve las hojas. / Los pájaros en los nidos / están contentos de conciliar el sueño. / La noche está refrescando. / Ríos de sangre en los desagües / esperan al amanecer».

   Simic utiliza a menudo imágenes vindicativas —disfraces que trasmiten felicidad a quien los viste, cerdos y lechones corriendo detrás de un camión de mudanza, un loro que desde su percha observa a una muchacha hermosa, etc.—, llenas de fuerza, que posibilitan interpretaciones diversas. Actúan como campos magnéticos para quien es capaz de observar detenidamente el mundo que tiene alrededor. De esta forma, rompe con las codificaciones previas y reconfigura la realidad. Veamos otro ejemplo, este del poema «En la iglesia griega», «La imagen sagrada de la Madre de Dios / con luz de luna en sus pies / como un plato de leche / para que lo encuentre un gato / cuando se cuele al amanecer». Cada poema parece gozar de una vida autónoma en la que cada uno de ellos guarda poca relación con el resto, pero cuando leemos el libro detenidamente nos damos cuenta que todos ellos forman un conjunto compacto, de hecho, por separado ofrecen solo una pequeña parte de la intención del poeta, que no es otra que la de iluminar esos rincones sombríos de la realidad, a la que solo podemos acceder por aproximaciones, garabateando, no perfilando con precisión los contornos de lo invisible. No siempre lo que permanece semioculto se puede asociar con lo bello, con lo sustancial, a veces la oscuridad es el germen de los más terribles temores, y solo una sólida confianza en el ser humano —no en mesías o profetas— es capaz de disiparlos. La poesía ejerce entonces la función de tabla salvadora y las palabras resultan ser —flexibles, pero resistentes— los cables que la sustentan.

   Por otra parte, aunque muchos de los poemas están escritos en primera persona, no abusa Charles Simic del yo más íntimo. El yo que aparece en sus poemas es un yo exterior que actúa como un espectador de ese yo otro, inflexivo y alienado, que aparece a regañadientes en alguno de sus poemas, como ese hombre calvo que fuma en la cama o ese veterano de guerra que pasea entre las lápidas del cementerio. «En estos poemas —según Laverne Frith—, gente perdida vaga por la nieve sin ninguna esperanza de ser encontrada, y los viejos guerreros acechan en los cementerios en la más densa oscuridad. Las personas sin hogar tiemblan de frío en los quicios de las puertas de invierno, mientras que los residentes caminan confundidos por los barrios de la ciudad, y los dueños de casas solitarias encienden velas solitarias contra un infinito deprimente». Cada vida lleva un arsenal de olvidos y recuerdos, una memoria plagada de multitud de escenas, acontecimientos, deseos y miedos y resulta del todo imposible captarlos todos en un poema. Charles Simic lo intenta a su manera, con la esperanza de que todos esos fragmentos construyan al final un todo, el puzle de la identidad a falta de una última ficha que, por fortuna, mantiene al jugador tan en vilo como a los callan y ofrecen tabaco.

Charles Simic: ‘Garabateado en la oscuridad’

CAROL ANN DUFFY. POEMAS DE AMOR*

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CAROL ANN DUFFY. POEMAS DE AMOR. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VELEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES

Carol Ann Duffy, en la actualidad la poeta laureada del Reino Unido, nació en Glasgow en 1955 y ejerce como profesora de Poesía en la Manchester Metropolitan University. Sus numerosos libros de poesía —ha escrito también obras de teatro y libros de literatura infantil y antologías de poesía como No te daría las gracias por san Valentín: poemas para jóvenes feministas o Parar la muerte: poemas de muerte y pérdida— le han reportado importantes premios como el National Poetry Competition (1983), el Dylan Thomas (1989), el T. S. Eliot (2005) o el Costa Book (2011). Sus poemas de amor, algunos de los cuales recoge esta antología originariamente publicada en 2009, le han reportado una merecida fama. Aunque los escritos en su primera época estuvieran dedicados a un personaje innominado, el trasfondo de la homosexualidad se dejaba intuir en todos ellos. No fue, sin embargo, hasta 1993, con la aparición de su libro Mean Time cuando dicha opción sexual se muestra sin tapujos y, aparejado a ello, una ferviente defensa del feminismo militante. Precisamente es de este título del que se han seleccionado más poemas para esta antología

     Sobre Poemas de amor su traductor, Juan José Vélez Otero —que hace un trabajo impecable—, nos informa de que son poemas «seleccionados por la autora entre textos publicados en títulos previos, y escritos entre 1987 y 2010 […] Consta de treinta y cuatro poemas, todos teniendo como temática el amor, en el más amplio sentido, pero tratado desde muy diferentes perspectivas, combinado en ellos la dureza, la ternura, el clasicismo, la experimentación, el humor, o el más profundo lirismo tratado desde el punto de vista moderno, o tradicional, según el caso».

     A pesar de su aparente sencillez y del tono conversacional que roza lo confesional, los poemas de Duffy poseen una extraña combinación de deseo y dolor, de humor («Vete a freír monos, organízalo, cuelga / carteles, vende entradas, / que yo no iré») y lirismo, como podemos comprobar desde el primer poema del libro, «Correspondencia», en el que relata una situación de alto riego («La próxima vez que nos veamos —escribe—, en la sala o en el jardín, / y nos pasemos cautelosamente las cartas procurando / que no nos delaten nuestra miradas, piensa en mí, aquí, / en mi lecho de casada, un ahora después de haberte ido». Una periodista —además de dramaturga— de gran reputación, la editora jefe de The Guardian, Karherine Viner— ha escrito que sus «poemas son comprensibles y entretenidos, sin embargo, su tradición es clásica y su técnica esmerada». Esta particularidad hace que la lean con similar interés personas que no leen poesía habitualmente como colegas de oficio, quienes elogian la mezcla de desinhibición y ternura con la que trata el amor, el desamor, la pérdida y la nostalgia. El titulado «Poema de amor» es un excelente ejemplo de todo ello: «Hasta que el amor se apaga sigue anhelando /el sueño de las palabras— / los ojos de mi amada, / sobre una blanca sábana descansan / en las palabras». Palabras que consiguen transmitir una especie de complicidad existencial muy difícil de lograr.

     Leyendo muchos de estos poemas nos asalta una pregunta: ¿Relatan sucesos de la biografía de la poeta? Muchos de ellos no parecen admitir dudas al respecto (estos versos «Siento algo terrible solo con pensar en ti, / quien quiera que seas, / futuro cuchillo de mi cicatriz, / quédate donde estás» de «A la amante desconocida», así parecen confirmarlo), sin embargo, otros, si lo hacen, es de una forma tangencial pues utilizan escenas y tiempos que no se corresponden con la época de la autora, como el ya citado «Correspondencia». La propia autora confiesa que «no todos los poemas de Love Poems son totalmente autobiográficos, algunos de ellos llevan una máscara […] Creo que lo que me interesaba en el momento de escribir estos poemas era encontrar un lenguaje e imágenes para lo erótico y lo oculto secreto». Ciertamente al lector tampoco debe importarle el porcentaje de realidad que compone cada poema, sino la reflexión de orden moral y política —Carol Ann Duffy es una activista comprometida, entre otros asuntos como las guerras, con los derechos de los colectivos LGTB—, que subyace en muchos de ellos, la preponderancia del amor y del deseo por encima de cualesquiera otras convenciones éticas o religiosas y el pormenorizado análisis de las emociones producto de una mirada escrutadora, pero con el distanciamiento suficiente como para desmenuzar los sentimientos con neutralidad, como si la subjetividad inherente al apasionamiento. A veces nos parece que la autora es una simple espectadora que narra un suceso vivido o imaginado, reconstruido con la frágil argamasa de las palabras, palabras fugaces «que caían a la tierra como besos / sobre estos labios», que, sin embargo, encierra una carga erótica excelentemente dosificada: «Mi cuerpo —escribe— era el más tierno poema / para su cuerpo, un eco, una asonancia». No necesita ser más explícita. La mente del lector solo tiene que dejarse arrastrar por la corriente subterránea que alimenta estos versos.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, 18/01/2019

 

 

 

 

 

KARMELO C. IRIBARREN. LOS MEJORES CIEN POEMAS.*

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KARMELO C. IRIBARREN. LOS MEJORES CIEN POEMAS. SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE JOSÉ LUIS MORANTE. SILTOLÁ POESÍA

Es sabido que en la poesía de la llamada generación de los 80 convivieron diferentes estéticas no siempre en armonía. El predominio que sobre todas ellas ejerció la «poesía de la experiencia» provocó un aluvión de críticas hacia esta tendencia y fue objeto de una enconada diatriba que en muchas ocasiones estaba sustentada en la exaltación más que en justificaciones teóricas, una diatriba de la que, afortunadamente, apenas queda algún rescoldo. A propósito de este término tan controvertido, el profesor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula ha escrito lo que sigue: «El sintagma referido, “poesía de la experiencia”, no ha de concebirse necesariamente como una forma literaria de índole teatral —esto es, ficticia— caracterizada por el monólogo dramático; sino, sobre todo y a veces exclusivamente, como una canalización poética de la intimidad, salteada de aconteceres biográficos —poesía como una modalidad del relato—, con una pretensión comunicativa en la que el vuelo de las imágenes y los resortes del lenguaje se ponen al servicio de la intelección argumental». Si traigo a colación este párrafo de la introducción a su antología de poesía Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia, es porque lo creo oportuno para definir la poesía de Iribarren, ya que la crítica lo ha encasillado en una de estas tendencias, afines a lo que se ha dado en llamar «neorrealismo» o «realismo sucio» —y que podemos considerar una de las variantes que integran la «poesía de la experiencia»—, aunque su obra apenas haya sido antologada en las antologías epocales que se han realizado hasta la fecha (ya hemos hablado en otra ocasión del reajuste que se está produciendo en los últimos años y de cómo poetas —los nombres están en la mente de todo lector de poesía—que fueron ignorados por los distinto antólogos en su momento, con el paso de los años se han convertido en referentes de sus respectivas generaciones).

     La tardía fecha de aparición del que podemos considerar su primer libro, La condición urbana (1995) fue, por entonces, un factor determinante para justificar dichas exclusiones, de hecho, cuando se menciona su nombre, se le considera un epígono de Roger Wolf, la figura, por entonces, más representativa de la corriente que se denominó «realismo sucio» (por las similitudes en cuanto al lenguaje y también por la atmósfera atormentada, en el caso de Wolfe, con autores como Carver o Fante), a la que la crítica ha adscrito también a poetas tan distintos como David González, de dicción torrencial y de temática marginal, o Pablo García Casado, que aúna minuciosidad descriptiva con reflexión íntima y que, desde mi punto de vista, poco tienen que ver con la poesía de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), poeta que ha sabido dar una vuelta de tuerca a la efusión lírica de la intimidad gracias a un distanciamiento irónico, en la mayoría de los casos, del suceso versificado y la ausencia de retórica, una ausencia en la que la actitud reflexiva se escamotea y se deja en manos del lector la continuidad argumental.

Iribarren utiliza magistralmente un lenguaje comprensible, plagado de giros coloquiales, con una notable carga nostálgica, que tiene al decurso amoroso con poderoso núcleo aglutinador, aunque no falten otros asuntos, como el paisajístico —conviene recordar que estamos hablando de una poesía urbana que tiene como escenario a la ciudad de San Sebastián, sus playas y sus calles, pero también sus bares y la lluvia omnipresente, como compañera habitual—, el amical o el metapoético, como podemos comprobar en el poema «Poesía y tú», del que reproducimos estos versos: «Aún te visita a veces, como le gusta / hacerlo siempre: por sorpresa. / Sabes que es ella / por el rimo especial con que se mueve, / ese ritmo que hace / que aunque no diga nada de interés / lo diga de una forma interesante». Ese ritmo especial al que se refiere Iribarren tiene mucho que ver con la peculiar factura de sus versos, elípticos, sincopados, lo que contribuye a aumentar el misterio de lo narrado (recordemos que Prieto de Paula hablaba de esta poesía como una modalidad de teatro) y a trasmitir al lector una envolvente sensación de desolada nostalgia.

     José Luis Morante, el autor del prólogo de estos Cien mejores poemas, realiza un trabajo basado en la cronología de los respectivos libros de Karmelo C. Iribarren y nos brinda algunas claves de su poesía, como la normalidad, la presencia del cine negro, la adición al alcohol, la prematura muerte del padre, la conciencia de la inexorabilidad del paso del tiempo, la constatación del declive físico y para ello, escribe Morante en su peculiar estilo, utiliza «estrategias enunciativas expresadas con una dicción coloquial, un léxico sobrio y comedido alejado del sesgo irracional y de los fogonazos experimentales». Ese registro coloquial carece casi por completo de metáforas, pero está plagado de anáforas, de antítesis, de encabalgamientos y roturas violentas del ritmo del verso. El poema titulado «Método» desenmascara la cocina del autor: «Este poema / está escrito de un tirón, / como no deben escribirse / los poemas. // Sentado, / viendo pasar sin voz / ante los ojos / imágenes de guerra, / con un whisky en la mano, / de repente, / como salta la liebre, / me ha venido la idea. // Y como veis, / no hay mucha diferencia. // Para no decir nada / cualquier método es bueno».

     Iribarren maneja —lo acabamos de ver— como nadie la ironía y eso contribuye a que el «pacto autobiográfico entre autor y lector»(la expresión es de Prieto de Paula) se convierta en algo irrompible. Cualquier lector es susceptible de identificarse con el personaje que habita en los poemas de Karmelo C. Iribarren y esta es una de sus grandes virtudes. Lo que Ricardo Menéndez Salmón ha llamado «fogonazos de un cronomapa sustnativo», refiriéndose a los eslabones de la biografía, está perfectamente estructurado en cada uno d elos libros de nuestro autor. Por otra parte, el tono desesperanzado que abunda en sus poemas —solo unos pocos trasmiten júbilo y/o optimismo— sería insufrible sin el bálsamo de la ironía, hasta del sarcasmo en ocasiones.

     Karmelo C. Iribarren, lo ha escrito Rafael Morales Barba, es un poeta «de mirada realista, ácida y tierna que muestra en su evolución una espléndida capacidad, desde un aparente facilismo, para pulsar los registros existenciales». Ese aparente facilismo es el que puede confundir a los no versados poéticamente y hacerlos pensar que están ante un poeta mimando por la mercadotecnia. Nada más lejos de la realidad. La poesía de nuestro autor posee una personalidad propia, que la hace fácilmente identificable, por eso los imitadores son descubiertos de inmediato.

     El año que acaba de finalizar, 2018 ha sido el annus mirabilis no solo de Karmelo C. Iribarren —galardonado con el Premio Euskadi de Literatura y ha obtenido el Premio de Poesía Ciudad de Melilla— sino también para el editor de esta antología, José Luis Morante, que ha entregado a imprenta, además de esta, una antología de aforismos de Juan Ramón Jiménez (Aforismos e ideas líricas, Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá) y otra del poeta y editor Javier Sánchez Menéndez (También vivir precisa de epitafio. Antología poética de Javier Sánchez Menéndez(1983-2017), Chamán Ediciones). Deseamos que este 2019 que acaba de comenzar, esté, cuando menos, a la misma altura.

*https://elcuadernodigital.com/2019/01/16/los-cien-mejores-poemas-de-karmelo-c-iribarren/

MARÍA ZAMBRANO. POEMAS. *

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MARÍA ZAMBRANO. POEMAS. EDICIÓN DE JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Según Aristóteles, todo lo que se escribe en verso no es poesía. Por el mismo razonamiento, textos escritos en prosa son poesía verdadera y el ejemplo de María Zambrano es uno de los más significativos. Su prosa, calificada de poética, y no de modo peyorativo, posee ciertos atributos líricos —el esmerado lenguaje, la intuición, el poder evocativo, etc.—que la acercan más a lo poético que, en este caso, a lo filosófico, entre otras cosas porque, además, su pensamiento es asistemático, sus ideas carecen de esa codificación y de esa estructura asociadas a un método concreto de raciocinio. Precisamente, sobre la fusión de poesía y filosofía escribió María Zambrano (1904-1991): «La poesía —escribe en su libro Filosofía y poesía— representa a la mentira, todo representar es ya mentira. No hay más verdad que la que refleja al ser que es. Lo demás es casi crimen. La creación humana es puramente reflejante; limpio espejo el hombre, en su razón, del ordenado mundo, reflejo a su vez de las altas ideas. Lo que no es razón, es mitología, es decir, engaño adormecedor, falacia; sombra de la sombra en la pétrea pared de la caverna».

     Javier Sánchez Menéndez, poeta y autor de una obra de pensamiento aún en marcha, ha estudiado la obra de Zambrano y ha rescatado los poemas propiamente dichos que escribió la filósofa: «Hemos seleccionado los textos escritos en verso, que las Obras completas consideran “poemas” ( y que aquí llamamos “delirios líricos”), pero también algunos delirios, otros textos en prosa (esquemas, bocetos, anotaciones), y algún texto breve que podamos llamar sentencia, aforismo o definición». El conjunto no es muy amplio, cincuenta y un textos de interés diverso. Hay poemas que apenas pasan de bocetos y otros, sin embargo, gozan de una elaboración más compleja. No importa demasiado, porque en todos ellos late esa fuerza introspectiva de Zambrano que acaba por confesar en el número cinco —los textos están ordenados cronológicamente— su preferencia por la poesía: «Estoy demasiado rendida para escribir, demasiado poseída. Solo podría hacer poesía, pues la poesía es “todo” y en ella uno no tiene que escindirse. El pensador escinde a la persona; mientras el poeta es siempre “uno”. De ahí la angustia indecible, y de ahí la fuerza y la legitimidad de la poesía» (recordemos que estamos leyendo un poema. Esa presunta unidad del poeta resulta muy controvertida para poetas como Pessoa, por ejemplo).

     La selección de los poemas se completa con un texto titulado «La palabra» que no es otra cosa que un comentario personal a su libro Claros del bosque que fue ofrecido en versión grabada, a pesar de sus reticencias, ante el público del Colegio Mayor San Juan Evangelista: «Para mí leerme lo que he escrito es imposible, es lo más duro, difícil, amargo, no, imposible, no puedo calificarlo», dice apesadumbrada.

     Una de las virtudes de este libro, además de los poemas de María Zambrano, reside en la información suplementaria que acompaña a la edición. «Anotaciones, cronología y procedencia de los textos de esta edición» aporta una información impagable no solo para los estudiosos de su obra sino para el lector no especializado. Así, por ejemplo, el poema número 33, titulado «(Un mes de la terrible noche de Costafreda)», glosa la muerte, en realidad el suicidio, de Alfonso Costafreda (1926-1974) —poeta que por edad podemos encuadrar en la generación del 50, aunque su temprano alejamiento de España hizo que su poesía pasara inmerecidamente desapercibida— la noche del 3 al 4 de abril. El poema número 48, entresacado del artículo «Prosecución de la aurora en la obra de Juan Soriano», es una écfrasis de varios cuadros del citado pintor figurativo.

   Sánchez Menéndez ha optado por escribir un prólogo informativo, no de carácter magistral, innecesario para este tipo de ediciones y más propio, por otra parte, de trabajos universitarios, aunque eso no le impida ofrecer al lector algunas claves especulativas sobre la poesía de nuestra filósofa (otros grandes filósofos como Unamuno o Jorge de Santayana, también escribieron excelente poesía). «La poesía, para la pensadora —escribe el prologuista—, era algo sublime, majestuoso, algo divino, el escalón más alto del conocimiento». Más adelante subraya el prologuista la asunción por parte de la filosofa de la llamada vía negativa, lo que nos conduce indefectiblemente al poeta romántico John Keats y su teoría de la capacidad negativa, esa que proviene de los abismos del ser humano, de sus contradicciones, de sus dudas, de los misterios que no puede desvelar la razón, y es que no siempre es fácil, como escribe María Zambrano, «Elegir entre el infierno y la nada. El infierno del amor; la nada de la libertad».

     Recomendamos encarecidamente leer estos poemas de María Zambrano que tanto nos acercan a la esencialidad de lo poético, pero antes, lean este consejo de Henri Meschonnic a propósito de leer poesía hoy en día: «Leer recién empieza cuando se relee. Leer por primear vez no es más que la preparación de esto. Porque hace falta, para que haya lectura, una actividad específica, distinta del objeto que se va a leer, con la que la primera precipitación tiende a confundirlo, sumiéndose en ella».

* Reseña publicada el 11/01/2019 en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés.

THOM GUNN. EL HOMBRE CON SUDORES NOCTURNOS.*

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THOM GUNN. EL HOMBRE CON SUDORES NOCTURNOS. TRADUCCIÓN DE GONZALO TORNÉ. EDITORIAL ALBA

Hasta donde sabemos, El hombre con sudores nocturnos, publicado en su versión original en 1992 es el primer libro íntegramente traducido al español de Thom Gunn (1929-2004), y esta anomalía no puede por menos que causarnos una desagradable sorpresa, porque estamos frente a uno de los poetas ingleses —posteriormente, como hizo también Auden, se nacionalizaría norteamericano— más importantes del pasado siglo. Caracteriza su poesía una mirada desapasionada, fría, objetiva sobre la realidad circundante y la época convulsa que le tocó vivir (muchos de los poemas de este libro hablan de la enfermedad, del SIDA en concreto, que se lLevó por delante a muchos de sus amigos). Quizá esta forma de versificar las tragedias cotidianas sea la más adecuada para hacer la vida habitable, una vida que no se mostró especialmente generosa con Gunn, quien pronto encontró, gracias a su madre, en la literatura una crucial vía de escape.

   Precisamente, la muerte de su madre —se suicidó cuando el autor tenía dieciséis años — y su homosexualidad influyeron notablemente en la capacidad para dotar a sus versos de un sentido oculto que solo era visible para quienes compartían sus desvelos emocionales, su opción sexual. Su primer libro, Fighting Terms, data de 1954 y la crítica lo ha adscrito al llamado The Movement (poetas como Ted Hughes, Philip Larkin, Kingsley Amis  o Donald Davie formaron parte de dicho movimiento), una tendencia poética que formalmente se remitía a moldes tradicionales pero que temáticamente se centraba en la actualidad, sobre todo en la crítica social, aunque conviene señalar que dicha critica social nunca ha sido preponderante en nuestro poeta. No es difícil, por tanto, establecer, y no solo por fecha de nacimiento, relación estética entre nuestro poeta y Jaime Gil de Biedma, por ejemplo. Un distanciamiento emocional que huye del confesionalismo emparenta sus respectivas obras, así como cierto tono irónico que contribuye a diluir en los versos las contradicciones personales y los horrores que preceden a la muerte. Si la influencia de la poesía inglesa fue notable en la obra de Gil de Biedma, otro tanto podemos decir de la influencia de la poesía norteamericana sobre la obra de Gunn, quien cruzó el Atlántico para impartir clases en la Universidad en Stanford en 1954, poco después de graduarse en Cambridge (1953): Desde 1960 estableció su residencia en California.

     Aunque nunca abandonó del todo el rigor formal adquirido de la tradición británica, la influencia de la vanguardia norteamericana fue haciendo mella en su obra. No debemos olvidar que por aquellos años tanto el llamado Renacimiento de San Francisco como la generación Beat están en pleno auge y algunas de sus directrices, como el rechazo a las normas de conducta establecidas —lo que hoy llamamos lo políticamente correcto—, la liberación sexual o el uso de las drogas son pronto asumidas por Thom Gunn, hasta el punto de que sus poemas dedicados a moteros y sus chaquetas de cuero, a camioneros y a actores iconográficos —James Dean Marlon Brando o Elvis Presley—, así como al LSD, a la cocaína y las relaciones homosexuales se han convertido en paradigmas de una poesía desinhibida y realista. Pero, lo que le diferencia de muchos de sus coetáneos norteamericanos, es el respeto a la forma. Logró combinar la fidelidad a la tradición británica con el versolibrismo y la ausencia de grandilocuencia de poetas como Allen Ginsberg, tanto uno como otro, acaso más adecuados para escribir sobre temas tan espinosos como la mendicidad o el sexo, con la asepsia de un observador imparcial.

     El hombre con sudores nocturnos es considerado su libro más importante. Gonzalo Torné, el traductor, escribe en la nota introductoria que «han desaparecido las perspectivas vigorosas y el enaltecimiento del físico juvenil [que predominaban en sus libros primeros]. Lo que aquí se nos muestra es un catálogo de la debilidad abordada desde muchas perspectivas: afectiva (los primeros asomos de la vejez, el miedo a la soledad), social (Gunn tiene un ojo prodigioso para versificar sobre los vagabundos, los pobres, los que viven a salto de mata, los pillos, los mendicantes…) y sobre las debilidades físicas derivadas de la irrupción repentina de la enfermedad [el SIDA, que él no llegó a padecer]; el corte profundo que provoca en toda vida donde se manifiesta». El poema «Los desaparecidos» comienza con esta escalofriante estrofa: «Ahora contemplo el progreso de la plaga, / los amigos que me rodean caen enfermos, adelgazan / y desaparecen. Desnudo, ¿es mi forma menos vaga: / expuesto de manera abrupta y con la piel esculpida?».

     La poesía de Thom Gunn representa como pocas la metafísica de la cotidianidad que consiste en transformar un hecho común, una anécdota en un reflexión sobre el devenir de la existencia, sobre la incertidumbre del ser y los fundamentos que lo sustentan, el dolor, el placer, el amor o el fracaso: veamos algunos ejemplos: «Te mueves empujado por tus tareas cotidianas: el dolor y la ira / que trajiste aquí para empezar por fin a desatarlas. / Y todo el día, mientras tú asciendes, la mente relajada / todavía receptiva, el momento de la libertad / limpia sin darle importancia el acceso a tu propia paz», escribe en el poema «A un amigo en un momento de apuro» y el poema que da título al libro, «El hombre con sudores nocturnos» comienza así: «Me desperté con frío, yo / que prosperé entre sueños cálidos / despierto entre residuos / de sudor, aferrado a una sábana pegajosa». Los poemas que prefiero de Gunn son los de fraseo amplio, los que permiten un ejercicio discursivo detallista, casi pormenorizado, del suceso porque ofrecen al lector la posibilidad de sacar sus propias conclusiones, ejercer su derecho de tanteo en una subasta de sentimientos en la que el autor es un prescriptor más pero que posee una especie de conocimiento secreto de las circunstancias. Un poema tan desgarrador como «Lamento» ejemplifica esta idea. El deterioro físico del protagonista es descrito después de informarnos de su muerte de una forma casi inmisericorde: «Tu muerte fue una empresa complicada». El continuo serpenteo entre la imagen atractiva, vigorosa de quien fue, entre algunos momentos felices que el recuerdo rescata («Pienso ahora en una fragante noche de verano, / hablábamos entre nuestros sacos de dormir, bajo / un cielo fundido por las estrellas hace cinco años…») y los momentos previos al fallecimiento e espeluznante («Mientras / tus pulmones se colapsaron, y la máquina respiraba / sin esfuerzo ahora por ti»), y aún así, cuando todo parece perfilado, diseñado para un fin concreto, el desarrollo del poema consiente que el lector discrepe y se ponga en el lugar de esos «otros» que saludaron la energía de un cuerpo joven. Esa es la forma de mirar la realidad que nos embauca. La supuesta neutralidad, la aparente insensibilidad de versos como estos: «Ahora eres un abolsa de cenizas / dispersas en una dorsal costera, / donde viste el choque distante / del océano sobre un acantilado resquebrajado» se compensa con otros tan emotivos como estos: «Mis pensamientos están llenos de muerte / y atraídos de manera tan extraña por la sexualidad / que estoy confundido / confundido de sentirme atraído / por mi propia aniquilación». No se piense, sin embargo, que en este libro el sexo es lo predominante. La enfermedad —la plaga del SIDA— con el consiguiente declive físico y mental y la muerte como destino final son el eje vertebral de estos poemas en los que, por otra parte, hay espacio también para el amor y para la crítica social. Solo nos cabe esperar que la publicación de El hombre con sudores nocturnos no se convierta en una anomalía y dé pie a rescatar otros títulos, como, por ejemplo, Collected poems, una antología que recoge cuarenta años de producción poética.

‘El hombre con sudores nocturnos’, de Thom Gunn

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. SIN TRAMPA NI CARTÓN*

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. SIN TRAMPA NI CARTÓN. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO

Con la regularidad habitual aparece un nuevo tomo de los diarios de José Luis García Martín (Aldeanueva, 1950). ¿Un nuevo diario? Sí y no. Nuevo porque da cuenta de sucesos ocurridos entre el 29 de agosto de 2016 y el 21 de junio de 2017 y, como es lógico, este periodo, a pesar de que la historia, tanto colectiva como personal, se repita, ofrece perspectivas y experiencias distintas. Pero también es un diario conocido, porque García Martín es un hombre proclive a la monotonía —una monotonía, como vamos comprobando a lo largo de los años, que no es tal; una falsa monotonía que ya quisieran para sí algunos que defienden a capa y espada el nomadismo como forma de vida— y a auscultarse sin piedad frente a la página, con una falta de condescendía que en ocasiones nos resultaría hasta irritante si no supiéramos que el efecto literario subyace en cada una de las opiniones que desgrana. García Martín flirtea con el enmascaramiento, juguetea con la identidad, se enreda y nos enreda con la simulación y con la verdad. Con todo ello logra crear un artilugio literario que nos seduce desde la primera página, aunque, como he dicho, muchas de las cosas que cuenta ya las hemos escuchado en otras ocasiones.

   Dentro de ese enredo al que hacíamos alusión podemos encuadrar también el prólogo que ha escrito para Sin trampa ni cartón el novelista y poeta Juan Bonilla, un prólogo atípico y muy del gusto, estoy seguro, de García Martín al menos del García Martín personaje de sus diarios. Y es que a ese impenitente sedentario le gusta como a pocos el riesgo, al menos del riesgo de lo discordante, de lo contradictorio, de lo paradójico: «Soy la persona menos aventurera del mundo. Si por mí fuera, no saldría nunca del barrio. Afortunadamente, poco a poco he logrado que mi barrio, esas pocas calles en las que me estoy a gusto, se encuentre disperso por el ancho mundo». Juan Bonilla —su obra, claro— ha recibido duras críticas de García Martín y, sin embargo, este es capaz de asumir que la prosa —por otra parte, de alta calidad literaria— de Bonilla preceda las entradas de sus diarios. «Parece JLGM —escribe— disfrutar cuando alguien lo detesta». No sé si será del todo cierto. Creo que solo disfruta cuando la altura intelectual del “contrincante” es similar o mayor que la suya. En uno de esos aforismos que menudean entre la narración, declara escribir «para fastidiar a mis amigos». Y tanto es el fastidio que originan generalmente en el receptor que este no duda en cuestionarse el grado de amistad que le une al crítico y la presunta carga de ironía que subyace en un afirmación así. Cómo diferenciarlo si el mismo es frecuentemente objeto de sus reproches: «Aunque nada me gusta más que hablar mal de mí mismo, procuro no hacerlo demasiado a menudo porque lo considero de pésima educación: obliga a quienes te escuchan a rebatirte y a elogiarte».
Resulta evidente que el lector que se interne en estas páginas debe pertrecharse previamente de una buena coraza, compuesta a partes iguales de escepticismo y de sentido del humor. Solo así disfrutará de la socarronería con la que trata temas aparentemente trascendentales (como hemos dicho, él mismo suele ser objeto de sus invectivas, y es que saber reírse de uno mismo es condición “sine qua non” para reírse de los demás) o controvertidos —los conflictos en el seno de un partido político o la situación en Cataluña, por ejemplo—. Juan Bonilla lo expresa magistralmente en el prólogo, García Martín «tiene una envidiable capacidad para maravillarse, a pesar de la aparente repetición extenuada de sus días, que acaba resultando contagiosa. Con prosa ligera, alérgica a cualquier pretenciosidad, sin asomo de pedantería, con una naturalidad muy trabajada, una vida llena de literatura se va desgranando en actos cotidianos que van cantando la eterna novedad del mundo para conseguir una literatura llena de vida». Sin trampa ni cartón es una especie de catálogos de afinidades y afectos, de manías y de querencias que se vienen repitiendo año tras año y que, lejos de modificarse, con el paso del tiempo se afianzan aún más. García Martín goza de una madurez vital y creativa envidiable. Es posible que su decir se haya atemperado mínimamente, pero no su ímpetu, su voracidad, si se nos permite el oxímoron, contemplativa, su afán de registrar día tras día lo más sustantivo de una cotidianidad que sí se la observa con detenimiento, siempre ofrece algo distinto. Seguramente algunos lectores pueden preguntarse, ya que estamos hablando de un volumen diarístico, hasta qué punto se puede considera lo leído como fragmentos de una autobiografía. Sinceramente, creemos que esto es irrelevante. Lo que importa es la capacidad de seducción que poseen dichos fragmentos, porque nos invitan a leerlos sin interrupción. Al fin y al cabo, como el propio García Martín escribe, «La vida tiene muchas cosas que contar, pero no sabe hacerlo. Para eso está la ficción. Y la vida contada, la vida imaginativamente recreada, acaba siendo la vida verdadera, no la que difumina la memoria». Pues eso.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 4/01/2019