DONALD HALL. WITHOUT.

DONALD HALL. WITHOUT. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO.

SONÁMBULOS EDICIONES

Hay libros que, después de leerlos, te sumergen en sensaciones, sin bien contradictorias, fácilmente comprensibles. Uno de esos libros es “Without” (“Sin”), de Donald Hall (1928/2018), escrito a raíz de la muerte de su esposa, la también poeta Jane Kenyon en 1995, y publicado en 1998. Hablo de emociones contradictorias porque, por una parte, uno se rinde sin condiciones ante la belleza y la intensidad de la poesía de Hall, ante la prodigiosa manera de hacernos partícipes de sus emociones más intimas; pero, por otra parte, la dureza de las situaciones que describe y el sufrimiento que originan nos deja un poso de melancolía y de desvalimiento difícil de aplacar, quizá más presente en quienes han pasado por momentos semejantes.  Claro es que estamos hablando de poesía y esa es, precisamente, una de sus mejores virtudes, la de hacer partícipe al lector de unas vivencias y unas emociones que, pese a ser personales, gracias a la pericia del poeta, se convierten en universales, como universal es el amor y dolor, por mucho que cada cual los experimente de manera individual. 

     Los hechos que han dado pie a la escritura de “Sin” son bien conocidos, pero no está de más que, siguiendo el patrón que describe Juan José Vélez Otero, el solvente traductor del libro y de otros títulos de Hall al español, los recordemos: Donald Hall y Jane Kenyon contrajeron nupcias en 1972. Separaban a los contrayentes veinte años (si nos detenemos en esos datos no es por puro chismorreo, sino por que son asuntos tratados, como luego veremos, con frecuencia en sus poemas). En 1989, cuando contaba sesenta y un años, Hall se ve aquejado de un cáncer de colon. «Lo sometieron a cirugía —escribe Vélez Otero—, pero en 1992 el cáncer se manifestó de nuevo, esta vez en el hígado. Después de otra operación y consecuente tratamiento, la enfermedad afortunadamente entró en remisión [de hecho, vivó hasta los noventa años]. Pero, lamentablemente, algo más tarde, a principios de 1994, se descubrió que su esposa, Jane Kenyon, tenía leucemia». El proceso apenas duró quince meses y este tiempo, y la posterior ausencia del ser querido es el que arma los poemas del estremecedor “Wihtout”, libro en el que, aunque no posea como tal secciones divisorias, podemos establecer dos partes temáticas, con un nexo de unión, el poema del mismo título del libro, «Without», en que Hall describe los trágicos últimos meses, en los que la prolongada agonía de la enferma cifró la existencia de ambos: «horas días semanas meses semanas días horas / el año transcurría sin puntuación», pero el desenlace era inevitable: «El alto el fuego duró cuarenta y ocho horas / entonces una bomba explotó en un mercado / dolor vómito neuropatía morfina pesadilla / confusión dolor el terror la tortura […] pérdida de memoria, pérdida de habla pérdidas». Como el lector puede imaginar, la escritura, la poesía posee un efecto terapéutico y el poeta, verbalizando su dolor y su sentimiento de pérdida, consigue mitigarlos, asimilarlos. 

Esa primera parte implícita, que Vélez Otero ha definido con acierto cuando dice que son la enfermedad, la hospitalización y los tratamientos para combatirla los temas predominantes. De hecho, el primer poema se titula «Su larga enfermedad», escrito en tercera persona, como la mayoría: «Desde el amanecer hasta que caía la noche / permanecía junto a su esposa en el hospital / mientras la quimioterapia, gota a gota, / fluía por el catéter hasta el corazón». En otros poemas, sin embargo, pasa a la primera persona, como en «La pareja de porcelana» o en «El sonido del bosque», poemas eminentemente narrativos que describen con crudeza las circunstancias sufridas: «Todas las mañanas hacía mi ruta / por pasarelas, ascensores, / y controles hasta la habitación de Jane / para hablar con los cuidadores/ que la habían atendido durante la noche…». Esta parte finaliza con unos poemas estremecedores agrupados bajo el título de «Los últimos días», del que transcribimos la estrofa final: «Durante doce horas, / hasta su muerte, estuvo acariciando / la huesuda, prominente nariz de Jane Kenyon. / Un súbito olor, casi dulce, / empezó a salir de su boca abierta. / Observó cómo su pecho se apaciguaba. / Con el pulgar cerró sus redondos ojos castaños».


     La segunda parte está integrada por poemas en forma epistolar, con unas cartas sin destino puesto que la receptora ya ha fallecido. En ellas le da cuenta del día a día, pero, después de esas enumeraciones el quehacer cotidiano, hacen su aparición los recuerdos: «Siempre el tiempo, / escribiendo su diario, / te devuelve hacia mí. / Los días cotidianos eran los mejores, / cuando escribimos poemas / en nuestras habitaciones separadas. / Te recuerdo abstraída mirando / por la ventana de enero / hacia le jardín nevado / imaginándote los lirios color violeta. // Tu presencia en esta casa / es casi tan enorme / y dolorosa como tu ausencia». Como vemos, la poesía de Donald Hall no rehúye los asuntos más prosaicos, representados con un lenguaje sencillo y directo, casi conversacional,  es una poesía netamente narrativa, lo que no le resta un ápice de lirismo y emoción, una emoción que embarga también al lector al ser testigo de un recuerdo como este: «Es espantoso hacerse viejo —escribe—. / Cuando me levanto después de un rato sentado, / me horrorizo de cómo tengo que estirarme / para aliviar la rigidez. / Cuando hablamos por primera vez de matrimonio / descartamos la idea / porque serías veinticinco años viuda». Quienes se escudan en la presunta ininteligibilidad de la poesía deberían leer “Without”. Todos sus reparos de disiparán como por arte de magia.

Reseña publicada en Sotileza, suplemento de El Diario Montañés, 21/05/2021

JAVIER DAS. UN PEZ QUE BAILA

JAVIER DAS. UN PEZ QUE BAILA. COL HAIKU. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLA

Nacido hace cuarenta años en Madrid, Javier Das es autor de cuatro títulos de contenido, principalmente, viajero y humorístico: Estas 4 paredes (2008), Todas las ciudades y París (2015), Mapa epistolar de París (2019) y Mi abuelo es soluble al agua (2020), todos en ellos en prosa, aunque ha habido también espacio para un quinto libro, esta vez en verso: No hay camino al paraíso (2009): Un pez que baila es, por tanto, su primer libro de haikus, aunque no siempre respete la medida silábica que exige esta estrofa, algo, por otra parte cada vez más frecuente. Sí se atienen a los preceptos normativos las impresiones que captan estos versos mínimos, aunque su espectro es, para gozo del lector, mucho más amplio, como comprobamos desde el primero: «Tarde de agosto. / Semeja el pez bailar / con el anzuelo». La mención estacional, si en algún momento presupone un efecto nostálgico, pronto se ve matizado por el final irónico. El paso del tiempo es sugerido con delicadeza, sin dramatismo, pero con infalibilidad en versos como estos: «Entrando al templo. / Pequeños brotes verdes / ente baldosas», del todo inspiradores, aunque hay otros de dicción más repetitiva, como estos: «Del basurero, / bandadas de gaviotas / al atardecer» o «Todo el terreno / junto a la casa cerrada; / malas hierbas», en los que da la sensación de que la excesiva fidelidad a las normas clásicas del haiku ha restado vuelo imaginativo. En todo caso, las impresiones que captan los haikus de Javier Das, por familiares que nos resulten en muchas ocasiones —la inclusión de aves y pájaros nos parece un acierto simbólico—, está tratadas con esa sobriedad tan necesaria en el género y aportan una dosis de reflexión que nos impulsa a cerrar los ojos para recrearnos en la escena, una escena que pervive también, a buen seguro, en la memoria de los lectores de este libro.

ISIDRO HERNÁNDEZ. LA VIDA ANTERIOR.

ISIDRO HERNÁNDEZ. LA VIDA ANTERIOR. EDICIONES DEL PAMPALINO.

Isidro Hernández (Tenerife, 1975) no se prodiga mucho en la escritura, al menos, si atendemos a sus no muy abundantes publicaciones, a saber: los libros de poemas Trasluz (2000), Árbol blanco (2002) y El ciego del alba (2007) y El aprendiz (2008), volumen de tono aforístico. Por otra parte, ha participado en las adaptaciones escénicas de la obra de Lope de Vega Los guanches de Tenerife (1996), La epístola moral a Fabio (1998) del poeta Fernández de Andrada o La comedia del alma del canario Cairasco de Figueroa (2000). 

     Entre 1997 y 2001, trabajó en la coordinación de varios suplementos de arte y letras publicados en diarios de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, especialmente Oro Azul, dentro de las páginas de La Opinión de Tenerife. Entre 2001 y 2003 trabajó como profesor de español en la Universidad de Bretaña Occidental (Francia). Escritos suyos sobre arte y literatura, así como otros textos creativos pueden encontrarse en diversas publicaciones nacionales y extranjeras, entre otras, Cuadernos Hispanoamericanos, Espacio / Espaço Escrito, Letra Internacional, Solaria, Gestos, Piedra y Cielo o Amadis. Asimismo, ha traducido y publicado textos de varios poetas de lengua francesa, especialmente, Joe Bousquet, René Daumal y Max Jacob. Actualmente, trabaja como coordinador del Instituto Óscar Dominguez de Arte y Cultura Contemporánea.

     En La vida anterior —«Anterior ¿a qué?», se pregunta Andrés Sánchez Robayna— Isidro Hernández trata de indagar en una naturaleza anterior a la presencia humana, una naturaleza en su estado inicial, no contaminada por el hombre, una naturaleza volcánica exigente y en continua transformación, con formaciones geológicas inusuales y lentos movimientos tectónicos que proporcionan una apariencia misteriosa (recordemos que para Baudelaire, en la naturaleza todo es símbolo y en ella conviven de manera armoniosa formas. Colores, texturas, etc.). El poeta observa con entusiasmo la magnitud de todo lo que le rodea y advierte que él es una parte insignificante: «Asomado al abismo / mi cuerpo pesa menos que un puñado / de piedras de barranco». En esta «vida anterior a todo tiempo», hay lenguas de fuego, columnas colosales, torres de basalto, cadáveres putrefactos. Un paisaje, como vemos, con ciertos visos apocalípticos o, al menos, así es como la ciencia nos ha hecho imaginar el caos del que surge la vida, sin embargo, la palabra poética de Hernández busca otras referencias, se detiene en «Una calma habitada / como un secreto a voces // Y el silencio anterior a la palabra primera / por la que el mundo fue creado», tal vez porque, contrariamente a la voracidad y la exuberancia del caos «Existe una lección de austeridad / en todo / una renuncia antigua / o una enseñanza / que contradice y niega / los fastuosos anales de este mundo». Esta idea de calma, de austeridad se corresponde de manera precisa con la prosodia de los poemas y con el lenguaje con la que está representada. La naturaleza se describe con sobrias metáforas e imágenes llenas de belleza contenida. No hay en estos versos asomo de retórica vacua. Todo lo dicho se ajusta a una muy pensada estructura que fía en la palabra su poder de seducción. Da la sensación de que solo a través del poema se puede percibir la extrañeza de lo invisible, esa erosión silenciosa del tiempo que va conformando el paisaje: «Es la cadencia del tiempo / magnífico e implacable / incomprensible / lo mismo que no entiendes / el despertar del día detrás del horizonte / la flor inusitada del almendro / la turba de pardelas gemidoras / la calma primordial de las estrellas / las primeras palabras del poema aún no escrito / y aceptas sin embargo su extrañeza».

     En la segunda sección del libro, «Camino hacia los palmitales», Isidro Hernández reincide en esa búsqueda metafísica de la identidad a través de la materia: «Amanece y la luz es materia / precipitada en este mismo instante // Sobre tus párpados nace de nuevo el mundo». Ciertos tópicos de carácter ontológico, como el que reflejan estos últimos versos, se deslizan hacia la idea de que el mundo ha existido antes y existirá ajeno a nuestra presencia en él o hacia la eternidad que confiere a un instante fugaz la sensación de dicha: «Ni siquiera los versos que ahora escribes / podrían evocar / el secreto / de este instante / irrepetible / y sin embargo / eterno».

    Finaliza el libro con la sección «El encanto del acerico», integrada por unos poemas alucinados que provienen de visiones del ensueño, de imágenes más soñadas que reales o, en todo caso, recreadas previamente por la mano del artista. La vida anterior, escribe en el epílogo José Corredor-Matheos, «trata del tiempo como aquello capaz de hacernos revivir o vivir por vez primera ciertos instantes, pero en un nivel más alto, más profundo que cuando fueron vividos realmente». Paisaje interior y paisaje exterior, el paisaje del alma, como decía Unamuno, se funden en este excelente libro de dicción esencial, casi desnuda, pero suficientemente expresiva como para visualizar el misterio de la naturaleza, que es el misterio de la vida toda. Y es que, como escribe Melchor López,  Hernández  «allí fuera, o allá adentro, asiste a una nueva revelación de palabras que son piedras, de piedras que son palabras».

CUSTODIO TEJADA. UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS

CUSTODIO TEJADA. UN HORIZONTE DE SIGNIFICADOS. AMAZON

El poeta y profesor granadino Custodio Tejada (1969) comenzó su travesía poética con la publicación, en 2002, de Rosa de luz y sombra, libro al que han seguido títulos como Urna de cristal (2006), El habitat que pisamos (2008). Cigüeña de nieve y Recuerdos y coordenadas. Su poesía ha sido antologada en diversas compilaciones. Ha escrito además una novela, La memoria ausente y ejerce la crítica en un blog personal. Como se puede observar, estamos ante un letraherido, ante un autor vocacional. Ahora nos presenta, en una edición manifiestamente mejorable, Un horizonte de significados, su último trabajo que, sin embargo, comienza con un poema titulado «Génesis», poema de tintes filosófico-religiosos que remite al evangelio de san Juan: «El lenguaje, componente adánico del poema y de la vida trasfigurada en alimento, nos convierte en parte indisoluble de Dios», afirma, claro que este tipo de afirmaciones, convertidas en poema debería huir del circunloquio y no caer en meros a priori para resultar convincentes. No basta con afirmar, hay que demostrar o, al menos, si nos ceñimos al lenguaje poético, no al ensayístico, deben sugerir. Por otra parte, pensar la escritura como un don divino, como algo que proviene de la fe en Dios («Y la fe obró el milagro / de la consagración en la escritura»), es un concepto, igual que la idea del poeta como legislador del mundo, ya desusado, aunque esto, evidentemente, no resta legitimada a quien desee recuperarlo, pero he advertir que religión y poesía, reflexión metapoética y promiscuidad forman un cóctel que no siempre combina bien, sobre todo cuando no se sujetan las riendas del verso: «La palabra es poder, / exvoto que adora a la madre tierra, / virgen inmaculada / con una vocación de prostituta / en un burdel de signos, / lo que hay de inmortal en el sacrilegio». Por fortuna, en Un horizonte de signos hay otros poemas que alcanzan el objetivo previsto, el de nombrar la realidad para corporizarla, para hacerla presente, aunque este ejercicio es más humano que divino. La palabra que nombra es una convección, un signo, no un trasunto esotérico o celestial, por mucho que el autor escriba que hay «Ángeles de corazones semánticos / levantados en armas / contra la esclavitud de la gramática y la etimología hecha conciencia». De entre las innumerables reflexiones sobre la escritura del poema nos quedamos con la que se concentra en estos versos: «Con cuarenta metros de eslora y unos diez metros / de manga, la palabra barco puede llevarte / a cualquier océano sin moverte del sitio, / ese es el gran misterio del poema», ese es el enigma que se esconde en las palabras, pero debemos ser conscientes de que el lenguaje es un arma de doble filo, por una parte separa lo significativo de lo accesorio y, por otra, si no se maneja con probidad y destreza, hiere.

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. FORMAS DE SABER QUE SIGUES VIVO.

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. FORMAS DE SABER QUE SIGUES VIVO. EDITORIAL LA GARÚA

Existen diferentes fórmulas a la hora de organizar una antología. La más común consiste en seleccionar los poemas de los libros que la conforman en orden cronológico y como tal presentarlos en el nuevo volumen. Esta propuesta no altera la lectura tradicional de forma sustancial, ya que la depuración llevada a cabo suele incidir en poner de relieve aquellos poemas que mejor se adecuan a la idea motriz. Otra fórmula, distinta y cada vez más habitual, es la que consiste en realizar una nueva ordenación de los poemas, alterando el orden cronológico y disponiéndolos, bien temáticamente o bien respondiendo a una nueva idea, a un nuevo impulso creativo. El resultado tiene entonces poco que ver con una antología al uso y se parece, en realidad es, a un libro nuevo. Esto es lo que ocurre con Formas de saber si sigues vivo, la reciente entrega de José María Castrillón (Avilés, 1966), autor de una no muy extensa, pero exigente, obra, integrada por Animal de compañía (1988), La vieja munición (2005), Aún por recorrer (2005), el círculo y la piedra (2006) y gramos (2010), todos ellos, más un ramillete de poemas inéditos, conforman este nuevo libro del que el propio autor nos ofrece ciertas claves: «Con excepción de algún texto y alguna referencia familiar modificada, ninguno de los poemas ha sufrido alteraciones serias en esta edición. Su disposición se aparta de la cronológica y sigue un discurrir más cercano al relato íntimo que a los tiempos compositivos», aspecto en el que incide Tomás Sánchez Santiago en «Como quien talla despacio su pasado», un esclarecedor prólogo, cuando escribe: «Haciendo caso omiso de las leyes que rigen la anatomía de toda antología, el autor ha preferido ensayar una reordenación que, ciertamente, ha terminado por otorgar otra intensidad y

otro relieve a lo ya dicho en su día. Las fricciones entre poemas distantes en intención y en gestación —un buen puñado de ellos son inéditos— han logrado el alzado de un libro que supera esa noción, aquí rebasada, de antología».

     Hacemos hincapié en esta característica porque, acaso de una forma transversal, nos muestra la ductilidad de unos poemas no sujetos a una referencialidad concreta y, por tanto, con unas posibilidades semánticas mucho mayores. Ahora esos poemas ya leídos ofrecen, gracias al flujo de compensaciones que establecen en la nueva disposición, al lector una perspectiva no de teleobjetivo, sino de gran angular, por eso no debe extrañar que haya a lo largo del libro, de forma paralela al núcleo argumental, una constante reflexión de carácter metapoético.

     Este nuevo libro se estructura en cuatro apartados: «Sombras,» remite a las vivencias del pasado, como parecen sugerir estos versos iniciales: «Y qué decir del tiempo sino que el cansancio nos hace formular la incertidumbre tallar el sueño». Es la realidad, sin embargo, la base en la que se sustentan los poemas. La mirada comprensiva sobre los padres, sobre sus silencios: «Lo que mis padres nunca se dijeron: / la oración que llevaban tatuada», el velado homenaje a la madre en el poema «Lavadero» o al padre en «Turno de noche» y en «Enfermedad del padre». El peso de la sombra escora la existencia hacia un sentido de pérdida no siempre, por más que resulte inevitable, bien asumido: «Era cierta la sombra en el verdor / no es una sola ciudad la que habitamos».

     «cuerpos,» la segundas sección, se puede concretar en estos versos: «Está en el ser de los cuerpos alzar el vuelo sobre sí mismos / no hay membrana ni certeza / solo la ficción de esa holgura / su registro leve de calor». Varias estampas con descripciones casi pictóricas integran esta parte —los poemas titulados «Marina» o «Contrapaisaje», al que pertenecen estos versos: «las cercas acalambran el aire a pesar de tan poco / y puedo / oír un cauce / seguirte el miedo // pobre amor mío —dices— nunca hubo / en el agua haz ni envés», por ejemplo— en la que no escasean tampoco «escenas íntimas». La capacidad para extraer la esencia de lo visto y sentido, para convertir lo anecdótico en insólito y reducirlo a palabras es en Castrillón extrema, por eso en sus versos encontramos una fuente de sugerencias propia de una poesía encriptada, contenida y fragmentaria, sin concesiones a lo superfluo.  En la tercera sección, «palabras» es donde la indagación lingüística se hace más evidente, como vemos en estos versos que podemos leer a modo de poética: «Cuña / en lo que no existía / el poema / sostiene / lo que no sabíamos que pasaba», pero, aunque las palabras sean un sustento emocional, también muestran sus debilidades, sus límites: «yo sólo sé llegar a las cosas / con las manos / y hablo cada noche a mi esposa / hasta que el sueño nos junta // pero he soñado que me arrojaba de esta casa / y mis hijos bendecían su nombre / / llévatelo / y quede libre yo de las palabras / que azufran las paredes / que alejan a las calles de mi puerta», escribe Castrillón. El libro finaliza con «y cadáver», una sección en la que el presagio de la muerte y su posterior presencia rotunda, plena, absoluta envuelve todo pensamiento, toda acción. No hay palabras nuevas que sean capaces de describir el dolor, las palabras se repiten «ya para siempre convocándose a sí mismas», «la palabra se endurece / da sombra bajo las lámparas / sabe comparecer ante su amo y salpicarle de lejías // al caer en tu silencio // hablo / mano sobre piedra / desnudo / como tú / y ofrecido / a la muerte». Sin embargo, es gracias a ellas que se puede conjurar el olvido, se puede trasfigurar el dolor en una oración ininterrumpida que ayude a reconciliar al intimidad con la realidad, gracias a ella el periodo de convalecencia se hace más llevadero: «Hay heridas imposibles de lamer, te previne. / Pero tu lengua dio con relato en su cadencia, en el cuidado. / Trazó una de las formas de la fe, de saber que sigo vivo. / Volviste mi rostro / y me diste a beber luz». Estamos ante un libro estremecedor pero hermoso —también en su aspecto formal, la edición es exquisita—, porque incluso en lo doloroso, en lo trágico relampaguean instantes de belleza. Como escribe Jordi Doce, «Formas de saber que sigues vivo es el libro de una vida, el testimonio de un hombre que ha llegado a la mitad de su camino […] Libro-resumen que es también libro inaugural, aquí se hace balance, pero también se limpia la pizarra, otra vez, para nuevos ensayos, nuevas conjeturas y conjeturas».

https://elcuadernodigital.com/2021/05/18/castrillon-balance-y-ensayo/

DANIEL COTTA. ALUMBRAMIENTO.

DANIEL COTTA. ALUMBRAMIENTO. COL. ADONÁIS, EDICIONES RIALP

El alumbramiento que Cotta describe en el primer poema de este libro, «Instinto materno», no se circunscribe solo al nacimiento del hijo de Dios. En ese parto ve la luz el universo todo y cuanto en él existe: «Gestabas en tu seno todo el Génesis / y la teoría cuántica / más las mil décadas de Euforia Humana». Nace pues todo lo habido y por haber de una misma madre, la madre de Dios. Este afán totalizador tiene un fin, encomendar a la magnanimidad divina la suerte, no solo de nuestros actos, sino los de todo ser vivo. Todos los poemas de este libro participan de una doble intención, por una parte, la de señalar la potestad del Señor sobre todas las cosas y, en segundo lugar, la de agradecer le que haya concedido la gracia al ser humano, tal y como podemos comprobar en estos versos: «Te he salido, Señor, como a la piedra el musgo. / He sido el excedente, / tu don, tu inevitable consecuencia: / el álamo que le ha nacido al sol; / la isla que acaba de brotarle al mar. / He sido lo que ya no te cabía, / la luz que no podías retener». Sobre estos dos pivotes gravitan el discurso arrebatadamente místico de Daniel Cotta (Málaga, 1974), poeta con una obra lírica muy estimada: Beethoven explicado para sordos (2016), Alma inmortalmente enferma (2017), Como si nada (2018), Dios a media voz (2019), El beso de buenas noches (2020) y el justamente celebrado por la crítica Alpinistas de Marte (2020), Premio Antonio Oliver Belmás. 

     Como creador de todo lo visible y lo invisible, Dios es lo supremo, la suprema claridad, la suprema inteligencia fuente de bondad y conocimiento, a través de él se explican el mundo: «Y en cada manantial, en cada nido / estás vertiendo, Dios, la primavera. / Abril, de parte tuya, la ha traído» y de las cosas: «Yo mismo te confundo / con el amor de las pequeñas cosas, / como mis libros, las iglesias viejas, / los dieciséis cuartetos de Beethoven, / los versos de Quevedo o de Rosales / o la película en sofá del sábado». Es recreado en estos poemas con un ser en extremo comprensivo, generoso, magnánimo que comprende y perdona nuestras ofensas, nuestro descreimiento, nuestra falta de  fe. En este argumento se concentran los poemas de la segunda sección: «Creador, Padre y redentor mío». De el ser humano, imperfecto, «poco inferior a los ángeles», se ocupa la tercera sección, que comienza con estos versos: «Que soy lo más excelso de tu obra, / el último capítulo, / lo sé por el trabajo / que al Universo le costó gestarme», por eso cualquier acto debe ser una forma de obediencia y  agradecimiento. El poema «Catálogo incompleto de la gratitud» resume perfectamente esta idea, no en vano estamos hechos a su imagen y semejanza: «Para hacerme, Señor, / te inspiraste en Ti mismo. / Te miraste por dentro / y te sacaste el Dios, / me lo vestiste». No hay rastro de elegía en estos poemas porque la muerte es otra forma de vida, incluso más intensa, más pura, ya que en el deseo de resucitar se encuentra el núcleo de la creación espiritual. El ser humano, en su beatífica contemplación del Dios Todopoderoso encuentra la suprema plenitud de su existencia, por eso todo en estos poemas es canto, himno y oración, exaltación y negación de la realidad, de ahí la abundancia de expresiones absolutas, que no siempre obstruyen el camino hacia la duda, y de signos de admiración. Para resumir, una vez subrayada su finalidad laudatoria y proselitista («¡Más almas a las filas de la euforia / que aumenten con el son de sus latidos / el Salmo inagotable de su Gloria!» podríamos hacer nuestros estos versos de Jorge Guillén: «ser nada más. Y basta. Es la absoluta dicha». Lo demás queda en manos del Altísimo y de un lenguaje expresivamente convincente, aunque quizá un tanto salmódico.

JOSÉ CARLOS DÍAZ.  AIRE DE LUGAR Y GENTE

JOSÉ CARLOS DÍAZ.  AIRE DE LUGAR Y GENTE.

EDITORIAL TREA.

Contra lo que pueda parecer, por la imagen generalmente idílica que nos ofrece la literatura, el pasado —y en él incluyo la infancia—no siempre es una etapa recreada con nostalgia, por más que el paso del tiempo haya contribuido con su labor de desgaste a diluir sinsabores, agravios y penurias, y no lo es porque tales penosas circunstancias han arraigado con tal fuerza en la memoria del ser que recuerda que salen a flote, como pecios de un naufragio, en cuanto se anuncia un temporal. Ese mar de fondo que saca a la superficie impresiones y evocaciones que aún erizan la piel es el que despliega toda su energía en la página, pero a medida que avanza la escritura del poema la palabra construye un muro de contención que mantiene al poeta ya maduro —José Carlos Díaz, en este caso— a salvo. César Iglesias, en el paratexto de la contracubierta, escribe que la escritura de nuestro autor «procede de una actitud vital capaz de sentir y pensar las perdidas y ficcionalizar la emoción, la belleza y la verdad más a allá de la realidad notarial» y es muy cierto, porque toda escritura, por muchas vinculaciones biográficas que presente, no puede renunciar a recrear la realidad, es decir, a readaptarla desde la perspectiva de quien escribe —«Quizás nada de lo que cuento sea exacto», afirma en el poema «A modo de venganza»— eso sí, sin llegar a la taxativa «También la verdad se inventa» de Machado. Esa readaptación en la que tanto influye el paso del tiempo es, probablemente, la forma menos traumática, cuando hablamos de hechos dolorosos, de visualizarla porque «Siempre se cierran en falso las llagas / que van dejando los días al paso», más aún porque «Al escribir siempre se exhuman / los huesos que nos yacen bajo olvido».

     En “Aire de lugar y gente”, José Carlos Díaz (Gijón, 1962), un libro con un marcado carácter simbólico, vuelve a sus orígenes, a la casa natal, al lugar donde creció, pero la distancia temporal provoca que la memoria, como hemos avanzado, no reproduzca con absoluta fidelidad aquella época. Una especie de niebla inmaterial envuelve los recuerdos, recuerdos que, como el agua, se deslizan corriente abajo. La infancia de Díaz —estamos hablando de la década de los sesenta en un pueblo apartado— pronto se tiñe de melancolía: «el hambre y la penuria vergonzantes, / la infancia tan de pronto malograda, / la lengua y la endogamia / que atrincheran la vida más humilde / y exigen sin piedad la desmemoria» y de una nostalgia —«nostalgia estéril»— ha dejado una impronta difícil de borrar, hasta el punto que ha alimentado durante años el rencor que aún pervive. 

     Hay una serie de palabras clave en este libro que se repiten con frecuencia en los poemas, palabras como penuria, miseria, rabia, venganza o vergüenza. Cualquiera que haya vivido aquella época, sabe cuánta verdad encierra cada una de ellas, cuanta dignidad amordazada: «Fueron tiempos de sumarias justicias, / la de la rabia antigua, / premeditada en la miseria, / y la aún más terrible, / la del que vence sin perdón / y se alimaña al olor de la sangre», escribe Díaz. Tal vez por eso el regreso esté impregnado de una sensación agridulce. Por una parte, visitar esos lugares suscita una emoción introspectiva y filantrópica —«En ese ingrávido vacío / que amputó el aliento de lo que fue todo un mundo/ se mueven como larvas ciegas / las raíces de cuanto extraño en la distancia / por más que nunca hubiera sido mío»—, pero, por otro, ciertos hechos de aquel tiempo son capaces de provocar todavía odio, deseo de venganza porque «Cualquier ruido embozado / presagiaba entonces un rostro / voraz e inaprensible». Quizá lo dicho hasta ahora lleve al lector a una conclusión errónea, la de pensar que el poeta vivió esa época imbuido de un temor permanente y, como demuestran algunos de los mejore poemas de este libro, no fue así. Véase «Ciruelas a amarillas», «Árbol», «El retorno» o «Día de boda». Sin embargo un hecho luctuoso, la muerte del padre, ha sido, como el propio poeta confiesa, el motor que le impulsó a escribir. Los poemas de la sección «René, mon pére» son los que más directamente se refieren a esa pérdida: «Mi padre quedó huérfano muy pronto. El abuelo había ejercido como cabecilla republicano y fue ajusticiado justo después de acabada la guerra. Se hizo duro y largo entonces esquivar la miseria. En las escuelas, los cursos solo se sucedían para la descendencia de invictos y neutrales». Para desafiar al olvido, Díaz ha escrito algunos de sus recuerdos más emotivos, como forma de homenaje al padre. Mencioné al principio el simbolismo de este libro. Basta leer un poema como «Al volante» para percibirlo en toda su intensidad. Quien una vez fue hijo, es también padre. Las dos figuras se funden en la última sección de libro dejando la ventana abierta a la esperanza. José Carlos Díaz ha escrito un libro de poesía verdadera, indudablemente, pero “Aire de lugar y gente” es también un libro de Historia y un manual de Sociología. Con él ha puesto al día sus emociones y, probablemente, ha pagado alguna deuda consigo mismo. Si es así, la poesía habrá su cometido.

RESEÑA PUBLICADA EN EL DIARIO MONTAÑÉS, 14/05/2021

JAVIER ALMUZARA. TODOS LOS BESOS SON DE DESPEDIDA

JAVIER ALMUZARA. TODOS LOS BESOS SON DE DESPEDIDA. COL, CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO

Fue Álvaro de Campos, como es sabido, un heterónimo de Pessoa, quien escribió aquello de que «Todas las cartas de amor son ridículas». No sé si Javier Almuzara (Oviedo, 1969) ha tenido en mente este verso a la hora de poner título a su última entrega poética: Todos los besos son de despedida, una afirmación, al igual que la de Álvaro de Campos, que, sino se percibe el sesgo irónico, puede suscitar en los lectores algunas discrepancias, obviamente no eludidas por el autor, acentuadas además por el tono derrotista y admonitorio que trasmiten versos como estos: «Toman su plenitud por una suerte / de inédita armonía. Están seguros / a ciencia cierta —el corazón no miente—: / Se aman y confunden. Con el tiempo / todos los besos son de despedida».

     Al margen de este hecho, ciertamente anecdótico, conviene subrayar que Almuzara es un poeta virtuoso como pocos en el arte poético más enraizado no solo en la retórica áurea, sino en la que han mantenido viva, actualizándola, poetas de la estirpe de Manuel Machado como Miguel D’Ors, Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi y, en menor medida, Juan Bonilla o el primer Marzal, no en vano Almuzara es el autor de este poema en el que desarrolla una poética muy pensada, nada accidental que, además, y no siempre se da el caso, concuerda prácticamente en todo con su práctica poética: «Danos, Poesía, ligereza sin frivolidad y gracia sin vulgaridad, ambigüedad sin confusión y hondura sin hermetismo, inteligencia sin aridez y emoción sin patetismo, biografía sin banalidad y trascendencia sin afectación. Dánosle hoy un discurso ordenado y lúcido, preciso y bello, claro y sugerente, no balbuceos chamánicos, ni circunloquios etílicos, ni puzles semánticos. Poesía, líbrame de la incompetencia lingüística disfrazada de experimento gramatical y aparta de mí el cáliz de la pereza mental servida como hallazgo surrealista». No es necesario escribir una poesía como la de Almuzara para reconocer cuánto hay de cierto en el poema transcrito. Basta con ojear algunos libros de poesía reciente para constatar su alto grado de veracidad. En cualquier caso, estemos o no de acuerdo con ese rosario de ideas, Almuzara respeta en su poesía dichos principios rigurosamente y lo hace, además, valiéndose de estrofas clásicas, principalmente el soneto —en diferentes variantes—, en el que logra cimas de originalidad solo al alcance de unos pocos; hay también estrofas arromanzadas y otras combinaciones de redondillas, coplas y cuartetas, siempre con uso de la rima, tanto asonante como consonante, exquisito, propio de un poeta que ha conseguido doblegar la técnica hasta hacerla música, pero no únicamente, porque esa musicalidad no va en detrimento del significado del poema, algo que, en la poesía actual, ocurre habitualmente. Fiel generalmente a esta máxima de resonancias machadianas, esta vez de Antonio: «¿El arte de verdad? / Un poco de misterio / y mucha claridad», no siempre está libre de caer en alguna contradicción. Pero como todo poeta, esa fidelidad tiene sus grietas, visibles cuando escribe versos como estos: «Prefiero la alusión al testimonio, / el íntimo dolor al escenario». Basta para certificarlo leer el poema «Qué pasa conmigo», en el que menudean versos plagados de confidencias, aunque estén sesgadas por un tono irónico que pretende, y no consigue del todo, quitar dramatismo a la confidencia: «Confusión, vanidad y poco más. / Aprendí el desengaño del que os hablo / menos por viejo que por pobre diablo. / no negaré que estoy más desahogado, / saludable, jovial e ilusionado» o en estos versos del poema «Rezo de noche»: «Líbrame de los tristes pensamientos, / fortifícame contra / la voluptuosidad / de la melancolía y la desesperanza […] / Ayúdame a olvidarme de mi mismo, / porque solo descansa / quien se ha dejado atrás». Pero nada resta el elegante distanciamiento que se dirime en los versos con el conflicto interior que los genera.

      Todos los besos de despedida es un libro extenso dividido en tres secciones temáticamente independientes —aunque haya fuertes nexos de unión— más un epílogo cuya formulación es más aforística que poética. En «Razón de ser» asistimos a un proceso de construcción de la identidad a través de la escritura que se puede resumir en la última estrofa del poema «Señas de identidad»: «Así queda grabado en cuanto escribo / lo que fui, lo que soy, lo que seré. / Por no morir del todo me desvivo». Pero antes, esa razón de ser recae en unos poemas que se revelan contra un sentido de la predestinación inculcado desde la infancia, por más que la muerte cierre el telón. Mientras tanto, la contemplación de la belleza, el calor de un cuerpo, la alegría del instante son ensalzados en unos poemas de estructura perfecta, poemas que «no caen del cielo […] aunque venga de arriba su llamada; / son obra del oficio, / la fantasía, el tiempo y la memoria, / nobles fabuladores».

     La segunda sección, «Cordialmente», reincide en el tema de la predestinación y en el uso de la paradoja para tratar de conciliar el azar y el destino, una especie de «ni contigo ni sin ti» permanente, un tira y afloja que, unas veces, se decanta del lado de lo aventurado y, otras, del lado de predecible: «Este presente nos cambió el pasado; / sus fracasos son hoy victorias lentas, / y avances y desvíos, aunque a tientas, / que en secreto llevaban a tu lado».

     En la última sección, «El arte de decir adiós», el protagonismo lo asume la muerte, destino final de todo lo vivo. La ironía está muy presente en la mayoría de estos poemas: «¿Eso era todo? / la vida no fue nada / del otro mundo. /  Y ahora sé, además, que la muerte tampoco». En otros, como el inolvidable «Ángel (1891-1937)», el tema exige humildad y circunspección: «He escrito este poema convencido / de que la muerte, abuelo, es un engaño. / Tú sigues siendo el mismo y yo te extraño / a pesar de no haberte conocido». El libro finaliza con el «Epílogo», integrado, en su primera parte, por aforismos fundamentalmente centrados en la tarea poética. Recogemos algunos: «Hable de lo que hable, hablo de mí. Si lo he hecho bien, me lea quien me lea, se leerá a sí mismo», «En esto de la poesía hay mucho cuento, pero s como cualquier otra relación amorosa: cuestión de suerte y perspicacia la principio y de sentido común después. Suerte para encontrarla, perspicacia para reconocerla y sentido común para  no estropearla».

     Javier Almuzara es un excelente poeta, aunque él mismo trate, a veces, de no tomarse muy en serio y, por ende, de restarse valor. Afortunadamente sus poemas y sus atinadas reflexiones sobre la creación poética le desmienten constantemente. Así pues, no estaría de más que quienes defienden lo inmanente y lo trascendente como valores esenciales, y únicos, de la poesía tuvieran en cuenta que una proporción de sentido del humor, por mínima que sea, puede humanizar los versos.

LUIS GARCÍA MONTERO. NO PUEDES SER ASÍ (BREVE HISTORIA DEL MUNDO

LUIS GARCÍA MONTERO. NO PUEDES SER ASÍ (BREVE HISTORIA DEL MUNDO). COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA.

Entre A puerta cerrada (2017) y el libro que hoy nos ocupa, Luis García Montero (Granada, 1958) ha publicado un libro en prosa en el que reflexiona sobre el lenguaje y la sociedad, Las palabras rotas (2019), libro que guarda, a mi modo de ver, un intensa relación con No puedes ser así, no solo por el uso habitual de las mismas palabras en uno y otro género, ni siquiera por la impronta pedagógica que alienta ambos libros, sino porque asistimos a un paso más en la profunda inquietud por el futuro que recorre sus páginas. Si en Las palabras rotas se podía detectar aún una gran dosis de esperanza en la poesía y su poder transformador de las conciencias —«El ejercicio de conocimiento que supone la poesía es inseparable de un ejercicio de autoconciencia, de un detenido interrogatorio sobre el yo, o sobre la mismidad, o sobre los procesos que nos constituyen como individuos», pese a la tergiversación que sufren las palabras y, por ende, los conceptos que estas expresan, en No puedes ser así, esta aparece ya muy mermada, pese que el primer apartado del libro, «Sin vocación de triste», intente aferrarse a ese propósito tan largamente evocado, como vemos en los primeros versos del poema inicial: «Este libro me estaba esperando igual que una sombra, / dispuesto a saltar sobre mí desde cualquier esquina. / Y no hay remedio.», algo que certifica en los versos centrales del poema y que podemos leer más que como justificación, como la necesidad que puso en marcha el conjunto entero de poemas: «Este libro se me pegó a los zapatos. / Cambiaba de tamaño y de lugar según la hora. / Yo lo recibo sin vocación de triste, / sin voluntad de dar cuenta de mí, / solo de mí, / aunque tampoco sobro en estos versos». En estos últimos versos se encierra toda una poética. Aunque la poesía de Luis García Montero posee un alto componente biográfico, su intención parece más testimonial que confesional. El poema busca la complicidad del lector, pero lo que el poeta comparte con él no es su intimidad —«sin voluntad de dar cuenta de mí», escribe—, sino, por decirlo así, su sociabilidad, y esta se traduce en que en la experiencia vital descrita siempre tenga un alto protagonismo el «nosotros». El compromiso de carácter social y político de García Montero ha estado muy presente en toda su obra desde sus inicios y veremos cómo se ha acentuado en este libro en el que, por otra parte, no faltan los poemas amorosos y los homenajes literarios, como es habitual en nuestro autor.

     Aunque de manera solapada, en muchos de estos poemas subyace una vocación didáctica, una llamada de atención, una toma de conciencia que nos obligue a despertar y a ser consecuentes con los cambios tan drásticos que está promoviendo una sociedad cada vez más tecnológica e injusta. Resulta innecesario decir que no estamos ante poemas panfletarios. García Montero sabe sortear las trampas que a veces envuelven los buenos sentimientos. Sus intereses poéticos van en otra dirección, en la de considerar al ser humano como un ser libre, solidario, leal, político, en definitiva, eso sí, sin descuidar el efecto estético del poema, pero, además, en ellos sabe establecer una distinción crucial entre el yo y el personaje lírico: «Una vez descubiertas las distancias entre el yo y el personaje —escribe en Las palabras rotas—, mi tarea como poeta fue inclinándose hacia el deseo de que mi personaje se acercase cada vez más a las preocupaciones y las realidades de mi vida». Esas realidades tienen mucho que ver con la implicación política (véase el poema «Democracia tres», por ejemplo)  y con el compromiso ético de un individuo que se siente miembro de una comunidad y cumple con sus deberes de ciudadano: «Acudo a mi trabajo. / Vuelvo a decirlo aquí para decirlo/ una vez más, sabiendo / que el ser es la conciencia de la historia. / No sé nada de dioses, no sé nada / del Todo y de la Nada a la orilla del mar / o en la Puerta del Sol / en donde se regula el cambio de estaciones». Nadie más alejado del poeta encerrado en la torre de marfil que Luis García Montero, poeta de la calle y de los días laborables. De hecho, la segunda sección del libro se titula «El quinto cuarteto», y el quinto elemento no es otro que «gente»: «Entre el fuego y el aire, entre el agua y la tierra, / vuelve a cruzar la gente. Su sombras es la poesía», escribe en el poema final de la sección, que finaliza con un guiño a uno de sus poetas más queridos, Ángel González, y con esta declaración que sitúa el compromiso ético por encima el compromiso artístico: «No cerraré los ojos al mirar la crueldad. / No ocultaré el dolor con el estilo», pero solo aparentemente, porque ambos se pueden conciliar en los versos, como, por lo demás, demuestran sus propios poemas. No nos confundamos, no analizo la poesía como si fuera un tratado de sociología, pero las preocupaciones de un poeta que no se inhibe de cuanto le rodea, que participa del entramado colectivo no pueden sustraerse a la hora de escribir un poema.

     La tercera sección, de igual título que el volumen completo, se inicia asumiendo la dualidad que habita en todo ser humano. El tú al que se refiere el poema reconoce que «Estás aquí, has recibido el fuego. / Quizá todo consiste en mantener / la llama sin quemar y sin quemarte. // No puedes ser así. / Tampoco puedes ser de otra manera». Esa dualidad se manifiesta en numerosos momentos. La bondad y la crueldad conviven sin aparente contradicción, es bien sabido. En medio de una guerra terrible hay espacio para el amor, en las perores condiciones imaginables surge el arte. Así de compleja es la existencia, y el poema debe reflejarla: «Extraña disyuntiva / en este mundo que lo mezcla todo, / los buenos sentimientos y las ejecuciones, / la música y la muerte». Lo vemos de manera explícita en poemas como «El empecinado», «Mary W. Shelley» o «Canción Pasolini», que comienza con estos versos: «Entra la soledad en mi conciencia / como la multitud en una plaza. // Bajo el ruidoso frío de la gente / me conmueve el clamor de mi silencio», estos últimos, junto con alusiones más o menos veladas a Machado, Neruda, Lorca, Miguel Hernández, María Teresa León, Alberti, Vallejo o Gil de Biedma forman parte de los homenajes a los que hacía alusión al principio de este comentario y que se pueden resumir en el magnífico poema «Los poetas», que contiene alguna reflexión de carácter metapoético, siempre abundando en el uso cívico de la palabra poética: «Me habéis visto hacer noche / en una esquina de cualquier palabra, / amanecer sin ánimo de lucro / en un deseo compartido / con dioses y demonios, / cruzar la calle, publicar / amores competentes…». Luis García Montero ha escrito algunos de los poemas de amor más intensos de las últimas décadas y tampoco faltan en este libro: «Es verdad que son muchos los poemas / de amor que suelo dedicarte. / Pero en estas palabras / la cicatriz devuelve su retórica / y se deja de versos. El amor hace sombras en mi vida, / descarnado egoísmo, / todo lo que soy / cada día mezclado con mi nombre. // Hablo solo de mí, de lo que nunca / puede tener sentido si me faltas».

     No quiero acabar este comentario sin hacer mención a dos poemas. Contra quienes dudan de la sinceridad de sus convicciones y cuestionan que la poesía deba inmiscuirse en el territorio de la cotidianidad, de lo doméstico, García Montero escribe el poema «Te veo venir», un perfecto alegato con claves internas que, con la intención de tapar las bocas críticas, derrocha buena poesía, como vemos en estas estrofas: «Si estás allí, / a ti que no te gusta mi poesía / y que dudas también / de la sinceridad de mis ideas, / te dolerán las exageraciones […] / No te enfades conmigo, / no merece la pena. / Ya que estás muerto en vida, / descansa en paz como descanso yo. / No hace falta que esperes a tu día de gloria / para saber lo que te enseñas / esos retos de plumas / en la boca del gato». Otro poema, este sin duda más lírico y, probablemente, el más íntimo de todo el libro, es «Pasa la vida». El poeta, por muy enfrascado que esté en combatir las desigualdades y la injusticia, no permanece inmune a los agravios de la edad. Aunque la nostalgia y el sentimiento de pérdida son duelos personales que rara vez se mezclan con lo colectivo, García Montero logra  hacerlo con exquisita solvencia: «Cumplida cierta edad, y me permito / hablar del mudo y de mis años, / el corazón parece un bar de carretera […] / En una mesa, al fondo, / estás entada y sola la memoria / de un tiempo que no fue del todo mío […] / Cuando el bar se despuebla, / la memoria camina hasta la barra, / dice mi nombre, pone / dos copas y salimos a la calle / para mirar la carretera».

     Por otra parte, aunque haya optado por lo que él llama «palabras de la calle» («La poesía es un buen sitio para buscar palabras de la calle, palabras que hace tiempo viven entre mendigos, palabras que hemos echado al cubo de basura» escribió), hay una fecunda veta surrealista en muchos de los mejores versos de este libro, acaso porque la realidad se escapa de la lógica de las palabras y busca su propia forma de decirse. La breve historia del mundo que narra No puedes ser así es también la historia de muchos de los que lo habitamos. Quizá una de las mayores virtudes de la poesía de Luis García Montero resida en la complicidad, en la habilidad que tiene para dar voz a aquellos lectores que carecen de ella. Para quien ha escrito que «La emoción, el equilibrio sentimental entre el mundo exterior e interior, surge cuando siento como verdad —como mi verdad— lo que escribo o lo que leo en un tiempo que no es de usar y tirar, sino que es parte de mí, de ese presente que solo existe como negociación entre una experiencia del pasado y una imaginación del futuro que lleva mi nombre. Se trata de una forma libre de vivir en común», probablemente, se me antoja, no haya mejor recompensa.

https://elcuadernodigital.com/2021/05/12/no-puedes-ser-asi-breve-historia-del-mundo/

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD. OFICIO DE POETA: IGUALAR CON LA VIDA EL PENSAMIENTO

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD.
OFICIO DE POETA: IGUALAR CON LA VIDA EL PENSAMIENTO

En la mañana de ayer domingo, poco después de las ocho, fallecía en su casa madrileña José Manuel Caballero Bonald. Tenía 94 años y hasta los últimos años se mantuvo activo participando en numerosos encuentros poéticos — tuvimos la fortuna de asistir a una lectura de su poemas en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, en la cual inauguró la décima edición de las Veladas Poéticas—, publicando alguno de sus mejores libros de poesía —lo que desmiente, y hay otros notorios ejemplos, la tan traída afirmación de que la poesía es un género de juventud— y criticando con su lucidez habitual la situación política y social de nuestro país —se declaró partidario del movimiento 15M, por ejemplo—, crítica también muy visible en sus poemas (la poesía, dijo en alguna ocasión, «siempre tiene que criticar la injusticias»), sobre todo desde el libro “Manual de infractores” (2005) hasta llegar a “Desaprendizaje” (2015), su entrega más reciente si excluimos “Examen de ingenios” (2017), un libro recopilatorio, un centón de «retratos de escritores y artistas que me han atraído por alguna razón y a los que he tratado de manera asidua o eventual». No podemos obviar que el autor de novelas como “Dos días de septiembre” (1962), galardonada con el Premio Biblioteca Breve, “Ágata ojo de gato (1974), Premio de la Crítica o “Campo de Agramante” (1992), de los libros de memorias “Tiempo de guerras perdidas” (1995) y “La costumbre de vivir” (2001), reunidas bajo el afortunado título de “La novela de la memoria” y de incontables artículos y ensayos —“Oficio de lector” (2013) reúne una parte importante de sus trabaos sobre literatura y poesía— manifestó en numerosas ocasiones que había abandonado definitivamente la prosa, entre otras razones, porque esta requiere una dedicación y un tiempo de escritura a largo plazo. La poesía, sin embargo, exige una dinámica diferente, más propicia para espacios temporales breves y, además, es capaz de abrirle puertas a lo desconocido y de mantener, a pesar de la edad, su mente en ebullición: «La edad me ha ido dejando / sin venenos, / malgasté en mala hora / esa fortuna. / ¿Qué más puedo perder?». De ahí que haya publicado también varias recopilaciones y antologías y, además de los ya citados, libros de poesía fundamentales como“Diario de Argónida” (1997), “La noche no tiene paredes” (2009) y“Entreguerras”(2012), una especie de autobiografía en cerca de 3000 versos, y en todos ellos destaca el esmerado uso del lenguaje, la búsqueda de la palabra precisa—«Vengo de una palabra y voy  a otra / errática palabra y soy esas palabras / que mutuamente se desunen…»— , aquella que mejor exprese los conflictos interiores, los problemas inherentes a toda existencia. Caballero Bonald ha escrito siempre una poesía reflexiva y exigente para lo que se ha valido no del lenguaje informativo, sino del lenguaje culto y literario, barroco en muchas ocasiones, un lenguaje que pone a prueba al lector, obligándole a releer y a meditar sobre lo leído, porque nunca ha buscado la complacencia sentimental, sino la complicidad intelectual.

Caballero Bonald ha merecido en su larga y fecunda trayectoria innumerable reconocimientos, pero la cumbre de todos ellos fue, sin duda, la concesión del Premio Cervantes en 2012. Estaba ya en el canon como uno de los miembros más destacados de lo que se ha llamado, con mejor o peor fortuna, la “Generación del 50”, pero la importancia de este galardón consolida la obra del premiado que, en este caso, es un ejemplo de coherencia y honradez intelectual, porque, y no es mérito menor, esa voz que revela la indignación de un hombre mayor, pero lúcidamente insurgente, no se ha estancado en una prosodia acomodaticia, bien al contrario, el autor ha seguido indagando en los arcones de su amplia tradición poética, hasta el punto de que en su ya citado último libro, “Entreguerras o De la naturaleza de las cosas”, «Vuelve —en palabras de Juan Carlos Abril— a visitar sus temas y lugares predilectos bajo el flujo y reflujo del vanguardismo, que nunca hasta ahora había usado de manera exenta. Esta obra es ciertamente una cumbre formal y estilística». De no muchos poetas, pasados los ochenta años, se puede hacer una afirmación tan contundente y certera.

Una obra que, según la crítica, se puede dividir en cuatro ciclos: El primero, caracterizado por una mezcla de metafísica con la indagación metapoética está constituido por “Las adivinaciones” (1952), “Memorias de poco tiempo” (1954) y “Anteo” (1956); en el segundo predominan la «problemática existencial: individual/social» (Abril) y está integrado por “Las horas muertas” (1959) y “Pliegos de cordel” (1963). Conviene aclarar que estos compartimentación no es estanca ni los cambios de ciclo son concluyentes, tal y como señala Abril, «responden a estímulos creativos, y no son monológicos sino que dialogan entre sí, presentan contradicciones y trasvases». El tercer ciclo es un laberinto vital y literario y lo componen los libros “Descrédito del héroe” (1977) y “Laberinto de fortuna” (1984).  El protagonista de ambos poemarios es un hombre acuciado por el desencanto que encuentra en la escritura la única esperanza de redención, esperanza muchas veces truncada por la ineficacia del lenguaje. La cuarta y última etapa, el ciclo de Argónida, está integrada por “Diario de Argónida” (1977), “Manual de infractores (2005)”, La noche no tiene paredes (2009) y “Entreguerras o De la naturaleza de las cosas” (2012), aunque quizá estos tres últimos títulos se puedan agrupar en una subdivisión marcada por un compromiso más acusado con la realidad, una reinterpretación de esa realidad también de carácter estético, como en sus libros anteriores, pero ahora más influida por un descrédito de las ideologías y una mirada nada complaciente del mundo en el que habita. El propio autor ratifica esta idea cuando certifica: «Yo nunca he escrito tan cerca en el tiempo como con los tres últimos libros. Antes tardaba diez, doce años entre uno y otro. Ahora ha habido un fervor inusitado, una especie de energía que me vino por el miedo a la desmemoria. Me vino de pronto este deseo de ir contando las cosas sin pararme a pensar que me faltaba energía, que la poesía es un género juvenil y que yo era muy viejo para hacer poesía». Ese devoción por el lenguaje, esa búsqueda de la definición más rigurosa se puede reconocer en cualquiera de los libros de Caballero Bonald, quien, tal vez hastiado de tanta inmoralidad pública, afirma en una entrevista realizada por Juan Cruz que  «La vida de un hombre debe ser limitada […] Escribo algún que otro poema, claro, pero no más […] Además, ya he escrito suficiente».

Como otros muchos escritores, Caballero Bonald confiesa que se hizo escritor porque leyó «primero a unos escritores que me emocionaron, que me abrieron un camino. Sin esas lecturas previas, estoy seguro que no me habría dedicado a cultivar la literatura. Y además, el hecho de haber sido un lector constante a lo largo de los años, también me ha servido para ir calibrando la natural evolución de mis gustos estéticos». A lo largo de su obra podemos seguir la evolución estética y el compromiso moral de un hombre que, más allá de la previsible subordinación de la experiencia vital al lenguaje del poema, se ha resistido a permanecer callado, a seguir la ortodoxia corporativa. Ha sido, y en su poesía podemos comprobarlo, un insumiso, un modesto disidente, sin altanerías ni estridencias, que más que buscar la absolución en la historia o en la literatura, ha perseguido la transformación de la deriva de una sociedad con la que no está conforme. En una de sus declaraciones de la última época, decía: «A mi edad, el futuro es muy exiguo. Tengo mucho pasado por delante y el futuro se acorta. Mi sensación ahora es de fin de trayecto, de escepticismo, de estar en un punto en que ya nada vale mucho la pena. El futuro es una pared vacía, la meditación ante el muro, que es casi el título de un libro que ya no escribiré». Para llenar de ventanas abiertas al futuro esa pared vacía no está de más releer la poesía de Caballero Bonald, un ejemplo de rigor insustituible, porque, además, en ella sentimos algo que echamos mucho de menos en estos tiempos aciagos, el latido de la esperanza.

Artículo publicado en El Diario Montañés el 10/05/2021