ANTONIO GRACIA. CÁNTICO ERÓTICO*

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ANTONIO GRACIA. CÁNTICO ERÓTICO. COL. SIGNOS. HUERGA Y FIERRO EDITORES.

Un título con tantas connotaciones como Cántico erótico no puede dejar indiferente a nadie. El Cántico espiritual de san Juan de la Cruz nos viene a la mente de inmediato y resulta del todo probable que Antonio Gracia (Bigastro. Alicantes, 1946) lo haya tenido como referente, aunque haya sido con un sentido paródico, más que reverencial, no en vano se ha hablado hasta la saciedad de esa pasión carnal que subyace en los versos del santo. De alguna forma, Antonio Gracia desea provocar cierto desconcierto o, quizá, más que provocar, lo que intenta es jugar una partida cuyas cartas han sido marcadas por su propia mano. En el prólogo el poeta nos ofrece algunas consignas que no conviene soslayar: «Así, quise que mi escritura —escribe Gracia— fuese voluntariamente hímnica. Desde el origen de la eternidad somos hijos del eros y del tánatos; pero solo el amor nos da luz. Por eso este librito empezó siendo un canto, aunque fue, progresivamente, a mi pesar, derivando en un planto. Tal vez porque ya ni la voluntad nos pertenece. Distracciones simplistas de mi pluma son estos poemillas, misivas piropeantes a una dama». Solo el amor nos da luz, dice, como si se tratara de un poeta renacentista que busca en el amor carnal una forma de acceder a la perfección y, por ende, a la cima de la divinidad, algo que queda manifiesto en el poema «La perfección» que, por su brevedad, reproducimos completo: «Amada mía: ¿sientes / tú, como yo, cuando te beso / o entro en ti, que hay un Dios, / que una divinidad nos acompaña / y se estremece y brinca el Universo?». Por otra parte, percibimos un notorio afán de rebajar la intención de estos poemas que tienen, como se verá, muy poco de poemillas. Lo que ignoramos es la razón de esa minusvaloración, sobre todo viniendo de un poeta como Antonio Gracia, que con tanto rigor ha ejercido siempre su oficio de poeta y que es autor de mas de dos decenas de libros de poesía, algunos tan importantes como Reconstrucción de un diario (2001), Devastaciones, sueños (2005), Bajo el signo de Eros (2013) o Lejos de toda furia (2015). Si hacemos caso a las palabras de Gracia, Cántico erótico fue escrito a la par que otro de su libros, La muerte universal (2013), publicado en la misma editorial que este, Huerga y Fierro, lo que nos lleva a pensar que han dormitado en el cajón durante más de cinco años, un tiempo más que suficiente para que hayan madurado y para que su fermentación destile el mejor zumo.

     No es infrecuente encontrar en la poesía de Antonio Gracia motivos de carácter sensual, los cuales suelen estar vinculado al tópico de carpe diem (el poema «Carpe Diem» lo deja bien claro: «Yo, sin embargo, sé / que el instante lo maravilla todo / con su fugacidad interminable / y su estallido inextinguible»), por eso no conviene minimizar el alcance de estos poemas y relegarlos, como el propio poeta nos da a entender, al producto de un desatino más o menos temporal y, echando mano de unas palabras de Fray Luis de León, calificarlas de «obrecillas que se me cayeron de las manos».

     En cualquier caso, Cántico erótico, está dividido en tres secciones: «El himno», «Fugacidad» y «El desencuentro». En la primera parte, la que canta el poder del amor y la fuerza invencible del cuerpo, capaces ambos de transformar la realidad y de hacer del bendecido un ser otro. El poeta busca un correlación entre la pasión arrebatadora y una naturaleza violenta, la del mar golpeando furiosa contra las rocas («Mira cómo se estrellan en las rocas / las olas: de igual modo nuestros cuerpos / chocan y se golpean entre espumas / de esperma y de sudor»), o plácida, la de ese mismo mar besando la arena de la playa, según dicte el momento («Qué paz y suavidad esta delicia / de gozar el edén sin comprenderlo».

   La segunda parte, «Fugacidad», es una meditación filosófica sobre el paso del tiempo, sobre esa inexorabilidad que el amor solo encubre momentáneamente, sin logra, a la postre, liberarnos de la condena: «Nacemos y morimos, y entretanto / se nos pasa la vida tratando de entenderla / en lugar de vivirla». La naturaleza sigue estando muy presente en estos poemas. El horizonte, un tilo, el viento, los pájaros, el mar, el viento, las dunas producen tranquilidad emocional, pero para galopar seguro en ese caballo que es el tiempo es preciso lograr una conjunción entre amor y deseo: «Te abrazo y siento el universo amado / que fluye por tu cuerpo, cada célula / mordida, erotizada; y nos dormimos / dentro del firmamento de la cópula». La confianza desmedida en el amor como escudo contra el fracaso vital y contra el tiempo resulta, a veces, un tanto pueril, decimonónica, propia casi de una canción de moda: «… y que te amo / con la fuerza del mar: mi corazón», algo que lastra el poemario y que sorprende en un poeta tan exigente como Antonio Gracia, porque en otros poemas, y es norma general, como «La redentora», si consigue trascender el acto cotidiano del enamoramiento para elevarlo a misiones de carácter más metafísico, como pretendieron Dante y Petrarca («Tú me salvas de mí, de mis demonios. / No me digas que no puedo soñarte / como divinidad de mi universo»), antecedentes de ese Renacimiento del que hablábamos antes, pero un tanto fuera de lugar en la actualidad si no se hace con cierta ironía. Acaso convendría que la furia de ese «volcán interior que se derrama / en palabras y versos»se aplacase, antes de dejarlo fluir sin control, con reflexión y pautas de silencio.

     Después de este desafío a lo fugaz a través del deseo y del amor, llega «El desencuentro», la sección más breve del libro. Pese a que de «aquella historia / solo queda el dolor de su extinción / y unos pocos poemas que lo alivian», en varios de los poemas que lo integran, y en este último verso citado, sigue presente el convencimiento de la capacidad reparadora del amor: «Y solamente / la sombra de la muerte romperá / la unión que nos convierte en uno», pero versos como este no pueden ocultar que ese enaltecimiento desmedido es el preludio de un fin que se sabe próximo, en la justa curva de la vida, de ahí que el libro, un libro intenso pero sobrado, quizá, de un entusiasmo adolescente que no concuerda con la voz que preferimos de nuestro poeta, finalice con este poema: «Epitafio en la arena»: «Encontrar un lugar apacible / junto a un lago, un ciprés, una luz / —o una cóncava gruta traslúcida— / y morir en la tarde, tendido / sobre el lecho de la serenidad».

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/19/antonio-gracia-cantico-erotico/

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ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE

ISABEL MARINA

ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE. BAJAMAR EDITORIAL

Aunque ha comenzado relativamente tarde a publicar —tarde si nos hacemos eco de esa idea tan extendida de que la poesía es un género ligado a la juventud—, da la impresión, dada la torrencialidad de su escritura, de que Isabel Marina (Avilés, 1968) tenía muchas cosas que decir guardadas en el tintero. Su segundo libro, Un piano entre la nieve, contiene más de ochenta poemas, y no precisamente breves. Si tenemos en cuenta que su primer libro, Acero en los labios, se publicó en 2016, no es difícil llegar a la conclusión de que está bendecida por eso que llamamos habitualmente «inspiración». «La poesía —escribe Isabel Marina— permite adentrarnos en los territorios inexplorados de nosotros mismos, permite parar un momento y reflexionar, y dejar apuntes, ideas, visiones, sobre nuestro momento vital». Hay ejemplos por doquier en este libro, divido en cuatro secciones muy relacionadas entre sí porque son como un continuum vital que va desde el «Origen» para desembocar en los últimos versos del poema «Ave Fenix»: «Estaremos a salvo si volvemos a ser niños, / si regresamos a esa cumbre que besan los mares, / a esa ladera virgen donde duermen nuestra flores. / Pues el dolor nunca vence a los sueños / ni la poesía ni al arte en nuestra memoria», niños estos que jugaban en la arena en el primer poema del libro. En el transcurso de las cuatro partes en las que se divide el libro hay lugar para la evocación nostálgica del lugar innominado en el que se fue feliz o se disfrutó de momentos de dicha: «Dónde ha quedado lo que hemos vivido / dónde está escrito lo que viviremos», se pregunta la poeta. A pesar de que muchos de estos versos se obcecan en mostrarse esperanzados, la realidad, como una apisonadora, va destruyendo los sueños, hasta el punto de que «Solo nos queda ya tiempo / de releer nuestro destino / en las hojas secas, / par tratar de recordar / aquella luz / que nos arrebataron tan temprano».

   La segunda parte, «En el camino», no presenta demasiadas variaciones con respecto del tono desencantado y la dicción casi torrencial de la primera. Marcos Tramón, autor del prólogo, lo confirma: «Continúa la autora con ese tono desesperanzado, con esa envoltura fantasmagórica, tan real, sin embargo, marcada por un tono más desasosegante, el de la negación», el del escepticismo también, inscrito a fuego en su piel: «Es necesario por eso / comprender nuestra brevedad / escudriñar nuestras mentes / renunciando a las mentiras / a los inútiles envoltorios / de un pasado que no existió». Surge además, en esta segunda sección, un conflicto identitario antes solo mostrado en boceto. Ahora, en poemas como «Canto del no ser», «Ley de vida» y, sobre todo, «Irrealidades», del que extraigo estos versos: «Es extraño mirarse en un espejo y no reconocerse, / tratar de responder a las preguntas cada tarde: / ¿qué será de nosotros? / ¿Adónde fue nuestra juventud?», es mucho más explícito.

     Llegamos a la tercera sección, «Revelaciones», en la que se ya se insinúa la presencia de la muerte. Si hasta entonces el sentimiento de pérdida, el abismo en el que caía la conciencia parecían adueñarse del poema en su totalidad, esa certidumbre desemboca en su territorio natural, la ausencia total, el no ser, la muerte, a la que aluden estos versos con ecos juaramonianos: «Cuánto tardará la luz en irse, / qué será de mí cuando ya no esté?». No es de extrañar que esas dudas amenacen el transcurso vital, sobre todo para alguien que piensa que «El futuro / solo es producto / de nuestra imaginación». En algunos versos sueltos, atisbamos, a pesar de estas contundentes afirmaciones, soplos de esperanza. Un vago e inconcreto sentimiento parecido al amor que desprenden versos en los que aparece el padre o la contemplación de un rayo de luz, gracias al cual se celebra la vida, nos permiten entreverlo y que dan paso a la última sección, «Resplandor», eminentemente celebrativa: «Nada hay más fascinante / que la vida que se desarrolla / entre tantos disfraces, / entre tanta trasmutación, / como la mirada de esas flores / agotadas por el calor». El contraste entre la nieve y el calor posee un carácter simbólico. Pureza y podredumbre, revitalización y sedimentación. Claridad y confusión. No es mal colofón para Un piano entre la nieve, tan desencantado en su mayor parte, ese autoexamen que permite a la autora darse a sí misma, y a los lectores, un consejo tan importante: «Por lo tanto, vive, / no dejes una sola brizna de hierba / sin haberla hollado, / ni protejas tu corazón del amor, / pues aún más miedo debería darte / la frialdad de la muerte, / esa grisura a la que llegarás, / irremediablemente, / y nunca volverás para contarlo».

NATASHA TRETHEWEY. THRALL (CAUTIVERIO)+

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NATASHA TRETHEWEY. THRALL (CAUTIVERIO). TRADUCCIÓN: NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAISO EDICIONES

Tuve la fortuna de asistir a una lectura de sus poemas en el Palacio de Carlos V de la Alhambra el pasado mes de abril. Acompañaban a NatashaTrethewey otros poetas no menos interesantes, como Juan Felipe Herrera o Luis Alberto Ambroggio, pero su tono de voz traslucía una emoción especial que atravesaba la piel de quienes la escuchábamos. Leía poemas de Cautiverio, un libro que ha surgido de la asociación entre la discriminación racial en la sociedad norteamericana actual y los conflictos inherentes a la esclavitud en la América española, una América en la que, por otra parte, pronto se impuso el mestizaje, lo que dio lugar a numerosos rangos y castas, organizadas en función de la pureza de sangre. No es el espacio adecuado para analizar los perjuicios que tan organización social ocasionó a los más débiles en dicho escalafón social —tanto la revisión crítica del pasado como la posible justificación en aras del contexto histórico merecen un análisis más riguroso del que podemos ofrecer aquí— porque estamos escribiendo una reseña poética, no un ensayo de carácter histórica. Para escribir esta reseña nos basta con ser conscientes de que la detracción de esta injusticia histórica ha proporcionado un magnífico libro de poemas que tiene como punto de partida a Juan de Pareja —el esclavo morisco que tuvo a su servicio Velázquez hasta que en 1650 le concedió la libertad—y se interna en la propia vida de Natasha Trehewey (Gulport, Missisipi, 1966), poeta mestiza nacida de un padre blanco y poeta originario de Canadá, Eric Trethewey, y de una madre negra, Gwendolyn Ann. Por entonces, el matrimonio interracial estaba prohibido en el estado de Missisipi, por lo que tuvieron que casarse en Ohio. No resulta difícil aventurar que, de niña, sufrió las consecuencias del odio racial, aún muy extendido en aquella época en los estados del sur profundo. Thrall (Cautiverio) —publicado originalmente en 2012— nace de la necesidad de realizar un ajuste de cuentas con su propio pasado. En palabras de Nieves García Prados, traductora del libro y autora del prólogo, «El “esclavo” de Velázquez se convirtió en el primer escalón que la poeta de la ciudad porteña de Gulfport se atrevió a subir hacia la exploración de la raza y el mestizaje en la historia de todo un continente y en su propia historia personal». Para profundizar en sus indagaciones estudia la llamada «pintura de castas» de la Nueva España, que tuvo su momento más álgido en el siglo XVIII: «Trethewey se interesa en el lenguaje y la iconografía del Imperio, en cómo l arazá y la sangre se integran en un orden simbólico, que enmarca a la sociedad y a sus ciudadanos». El libro, sin embargo, comienza con una «Elegía», dedicada a su padre, en la que rememora un día de pesca: «Mientras / aflojaba el anzuelo, los peces se retorcían / en mis manos, y se escabulleron / antes de que pudiera dejarlos ir. Puedo decirte ahora / que traté de recordarlo todo, anotarlo / para escribir una elegía más adelante / cuando llegara el momento. Tu hija, / yo era así de imposible». Como vemos, la dicción es clara, discursiva, pero trabajada al máximo para esencializar el sentido de lo que se desea trasmitir. El lenguaje posee la suficiente ambigüedad como para trasladarnos desde el significado habitual a un territorio simbólico en el que cualquier palabra, cualquier pausa adquiere una importancia extrema. De ahí que Trethewey (ganadora del Premio Pulitzer por Native Guard) no necesite afirmar, sino solo sugerir: las imágenes, más que describir, provocan la reflexión, incitan a preguntarnos por el sentido final del poema.

     Cautiverio parece, en algunos momentos, una inacabable écfrasis. Muchos poemas son pormenorizadas descripciones de cuadros: «Taxonomía», por ejemplo, como su propio título indica, nos muestra una clasificación en función de las sangres que se mezclan: De español e india, nace un mestizo; de español y negra, nace un mulato; de español y mestiza, nace castiza. «Llamémoslo el catálogo / de sangres mixtas, o / el libro de nada: / ni español, ni blanco, sino / mulato torna-atrás (o / tente en el aire) y / la morisca, el lobo, el chino, / sambo, albino y / el no-te-entiendo…». Resulta curioso observar, cuando se contemplan los cuadros a los que aluden los poemas, que el varón es, generalmente, blanco. Es la mujer la que pertenece a otra raza: «Puede observarse, / en cabio, que el artista, quizá para mostrar / sus propias habilidades, / ha creado al padre como un diletante, incapaz de atrapar / la belleza de su esposa. O es posible que él no pueda verla […] esta representación de su esposa nace / de la necesidad de verse a sí mismo / como arquitecto de la Verdad, patriarca benevolente, padre de la inspiración / reclamando su dominio». Este poema, «Torna atrás», finaliza con unos versos que, en un intento de resumir el alcance de un libro tan complejo y sugerente como este, pueden condensar el impulso que ha motivado su escritura: «Y podría entenderse el motivo / por el que, para comprender / a mi padre, contemplo una y otra vez este cuadro: / cómo es posible / que un hombre pueda amar / y menoscabar tanto al mismo tiempo aquello que ama».

+Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 14/12/2018

ÁNGEL PANIAGUA. DEBAJO DE LOS DÍAS*

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ÁNGEL PANIAGUA. DEBAJO DE LOS DÍAS. EDITORIAL RASPABOOK.

Sorprende que Ángel Paniagua (Plasencia, 1965) haya tardado tanto tiempo en publicar un nuevo libro, más de doce años si descartamos la plaquette Monólogos en el vacío, publicada en 2011, sobre todo si tenemos en cuenta que hasta 2005, año de edición de su anterior libro, Gaviotas desde el “Ariel”, frecuentaba la publicación con cierta regularidad. Recordemos sus libros precedentes: En las nubes del alba (1988), Si la ilusión persiste (1991), Treinta poemas (1997), Bienvenida la noche (2003), El legado de Hamlet (2003), Una canción extranjera (2004) y, el ya citado, Gaviotas desde el “Ariel” (2005). Claro que la poesía es un género que se aviene mal con el voluntarismo del autor. No acostumbra a someterse a los dictados de la de la obligatoriedad sino a los de la necesidad y esta, al parecer, no se ha manifestado en nuestro autor con la frecuencia que lo hacía, sino a intervalos irregulares. En cualquier caso, Debajo de los días, la entrega actual de Ángel Paniagua, bien ha merecido esta maceración tan lenta —en el epílogo, el autor, echando mano de Horacio, afirma que es preciso dejar reposar un libro antes de darlo a la luz pública, algo totalmente cierto—, porque es un libro, un extenso libro con poemas de largo aliento, que compendia de algún modo todo el mundo poético de su autor y ratifica un tipo de poesía narrativa, casi conversacional, que con tanta maestría maneja nuestro poeta y que tiene como referentes más cercanos en el tiempo a poetas como Luis Antonio de Villena, Juan Antonio González Iglesias o Rafael-José Díaz, por ejemplo.

   El paso del tiempo y la conciencia de que ha llegado el momento de rendir cuentas determinan la orientación de estos poemas en los que la sensación de fracaso vital y la cicatrices que deja dicho fracaso van penetrando en la mente del lector hasta convertirse en algo agobiante. Estamos hablando de una poesía de carácter confesional que da cuenta de los avatares de la vida de un hombre, vida que, conviene señalarlo ya, no tiene porque coincidir con la del poeta que la escribe. El poema no deja de ser un artefacto lingüístico y, por tanto, la verdad que trasmite debe ser solo una verdad poética; si esta coincide con la verdad existencial es otro cantar que poco tiene que ver a la hora de juzgar la posible excelencia artística del libro. Parafraseando a Empédocles, el lector no debe atribuir al personaje poemático más de aquello que lee. La vida que imagine a partir de lo leído es solo responsabilidad suya, no del autor. «Ya sé que estos poemas te hacen daño / como a mí me lo hicieron los de otros / escritos hace tiempo. Sé que ahora / tu vida —tan distinta de la mía— / te está dando a beber un aguardiente / amargo como pocos… », escribe Paniagua en un poema que tiene a Francisco Brines como referente.

     Debajo de los días está dividido en tres secciones, «La gusanera del fracaso», un título lo suficientemente elocuente como para no dejar lugar a dudas sobre el motivo central que alienta los poemas que la integran; «Oro y vacío» (El hilo de los nombres)», nombres que van dando cuenta de la exaltación y su reverso a través de distintos amores que tienen en la fugacidad su nexo común, y «Macbeth en las murallas», cuyo eje vertebral está armado con heridas, enfermedad y muerte. En una entrevista reciente, Ángel Paniagua declaraba, a propósito del libro, que debajo de los días está «Todo lo que no vemos. Lo que hay más allá de la realidad aparente. Bajo una armonía superficial, el mundo está lleno de desajustes. Y más hoy, que vivimos una época de cambios de todo nivel: político, económico, social… Igual que la Tierra genera terremotos, los humanos, las potencias, chocan: Queremos estar por encima del otro, dominar los recursos, sojuzgar…». No cabe duda de que ese afán de indagar en lo otro, en lo misterioso y oculto resulta ambicioso desde su mismo presupuesto.

     El libro en su totalidad se puede leer como un duro alegato contra sí mismo, un examen de conciencia cruel y, en no pocas ocasiones, despiadado, realizado desde la madurez que no escatima reproches ni lamentos, como delatan estos versos: «Ahora solo cuentas / con el odio de algunos, la visible / indiferencia de muchos y, del resto, / una mezcla variable de prudente / distancia y displicencia ocasional». Nada podemos argumentar sobre esa mirada intespestiva que el autor realiza sobre el personaje poético, aunque es muy posible que busque un efecto estético —de teatralidad se habla en algún momento— por encima de aspectos como la contricción o el fustigamiento (conviene no perder de vista que estamos ante una ficción poética), aunque algunos fragmentos parezcan desmentirlo: «¡Pobre idiota, / pobre actor que gastó pavoneándose / su momento en escena y al que nadie / recuerda o quiere oír no ver ya más!». Esa es la misión del poeta, hacer verosímiles los sentimientos que desprenden sus versos.

     En un libro como Debajo de los días, como decíamos, escrito a lo largo de más de diez años, resulta de suma importancia encontrar un tono que unifique las diversas etapas en las que los poemas fueron escritos, y esto lo logra Ángel Paniagua con una sencillez y una naturalidad envidiables, porque estamos seguros que trasmitir una sensación así no resulta nada fácil. Esa aparente sencillez está sustentada en un ritmo acentual cuidadísimo que hace fluir el discurso sin cortapisas, pero, claro, además de ese esmerado ritmo, ha de haber una mano experta capaz de dar sentido discursivo a la experiencia, capaz de hilvanar los recuerdos sin saltos abruptos o paréntesis de la memoria. Acaso el poema final del libro, «Un orden sucesivo» resuma como ninguno otro lo que tratamos de decir. Transcribimos los primeros versos: «Sermón de lo ya sido, de lo inútil / volver a arrepentirse, de lo déjenlo / ya que no se mueve, que la muerte / ya envió a sus hermanas para atarlo / bien atado y dejarlo ahí en medio, / abandonado al borde del camino».

     La poesía de Ángel Paniagua, lo hemos dicho ya, atrapa al lector por su magnífica prosodia, pero, además, emociona porque apela a esa verdad íntima que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro y que tanto nos cuesta mostrarla desnuda, tal y como es. Nuestro autor demuestra, no ya que desconfíe del prójimo, sino que le importa más su propia, podríamos decir, salud mental, más que los posibles juicios morales a los que puede estar expuesto, y esto ya concita una complicidad contagiosa.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/12/angel-paniagua-debajo-de-los-dias/

ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. LA SENDA HACIA LO DIÁFANO

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ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. LA SENDA HACIA LO DIÁFANO. EDICIONES VITRUVIO, 2018

Tenemos la costumbre de asociar la escritura de poesía a etapas vitales tempranas, la adolescencia y la juventud, principalmente. Solo las vocaciones mas perseverantes —pensamos— son capaces de reincidir en este propósito pasadas dichas etapas. Esto, con ser cierto, no excluye las excepciones. Una de ellas es, por ejemplo, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (1947), profesora Titular de Biología en la Universidad Complutense (otra, de María Luz Quiroga (1943), profesora Titular de Química también en la Universidad Complutense, de quien recientemente he tenido la oportunidad de disfrutar de su excelente segundo libro, Fronteras rotas, publicado por Septentrión Ediciones en los primeros meses del año en curso). No creo en las coincidencias, por eso presumo que este tardío encuentro con la poesía es más reencuentro que otra cosa. Es muy posible, además, que la absorbente dedicación docente haya mantenido en un segundo o tercer plano el desarrollo creativo más íntimo y este haya podido salir a la superficie cuando las exigencias laborales han disminuido notablemente. Hablo, claro está, de hipótesis, pero creo que no son descabelladas.

   Isabel cuenta ya con tres títulos precedentes: Al son de las mareas, Luz velada y Las farolas caminan la calle, por lo que deduzco que, en algún momento, ambas actividades se han simultaneado. La senda hacia lo diáfano es, por tanto, su cuarta entrega. Un libro extenso con diferentes registros tanto formales —hay poemas que son casi aforismos, poemas líricos y poemas narrativos (véase el titulado «Como si la noche no sucediera», por ejemplo), de arte menor y de pretensión discursiva— como argumentales. La naturaleza es vista como se espacio intocado y germinal en el que la mirada de la poeta encuentra la justa correspondencia a sus intereses emocionales: «La naturaleza es el arte primigenio», escribe; la naturaleza ampara «la senda hacia lo infinito»; la naturaleza es capaz de lustrar esa «capa viscosa [que] envenena mi cotidiana vida en la ciudad». La naturaleza urbana de altos edificios y semáforos, de asfalto y monóxido de carbono es vista pues como algo, si no infernal, al menos como algo repudiable, algo que rechaza la armonía universal que lo natural procura.

     Esta especie de reconciliación con lo más íntimo del ser humano requiere un tipo de poesía de ritmo lento y reflexivo porque el estado emocional inherente a la mera contemplación busca un equilibrio entre lo degradado y lo que permanece inviolado por la mano del hombre: «Todo invita al recogimiento —escribe—. / De ello bien sabe la quietud / y los colores del agua, / y el pato que se desliza tímido / para no romper el silencio».

     Hablaba antes de la degradación, y este es otro de los temas principales de este libro. No estamos ante un manual de ecología ni ante un número especial de National Geographic, pero la poesía también puede servir para poner evidencia los problemas de la sociedad contemporánea, aunque sea de forma indirecta: «Hubo un tiempo / en que el mar, enamorado, / te admiraba desde la lejanía, / y las noches de luna / te tentaba con un beso de espuma tímida. // Pero hoy, / con la arrogante actitud del poderoso, se adueña de tus arenas, / desprecia la fragilidad de tu vejez / e ignora el quejido de tus silencios». Claro que los poemas de denuncia corren el riesgo de convertirse en meros panfletos. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós casi siempre lo evita, pero, en alguna ocasiones puede más la indignación que el impulso poético, como ocurre en el poema titulado «Contaminación» o en este otro sin título: «La Naturaleza parece indiferente al dolor, / peo es la gran víctima de los intereses humanos. / De ahí su abatimiento». Un texto acaso prescindible en un libro como La senda hacia lo diáfano, donde prevalece la poesía, poesía a secas, sin adjetivos, por encima de las buenas intenciones. El lector que busque una adecuada combinación entre emoción y lenguaje no quedará defraudado.

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN*

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CASTRILLÓN

JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. SUBIR AL ORIGEN. ANTOLOGÍA COMENTADA DE POESÍA OCCIDENTAL NO HISPÁNICA (1800-1941). EDITORIAL TREA

Casi un siglo y medio de poesía compendiado en poco más de 350 páginas. El reto, como se ve, es mayúsculo y, si estuviéramos hablando de una antología al uso, condenado al fracaso desde su inicio por su medida extensión. Sin embargo, el particular enfoque con que José María Castrillón (Avilés, 1966) ha emprendido este proyecto le ha permitido no solo salir airoso del intento, sino crear un precedente que, ojalá, tenga muchos seguidores. No estamos afirmando que esta idea sea completamente original —existen muchas antologías comentadas, sin ir más lejos, algo de similar alcance ha hecho Jordi Doce en el Libro de los otros—, pero lo que si resulta insólito es el modo de acercarse tanto al autor —al poeta— como al poema comentado (aquí el parecido con el libro de Doce es más evidente). Los comentarios que provocan uno y otro están lejos de atenerse al clásico comentario de texto. Como afirma la contraportada del libro «Cada capítulo ofrece información sobre la biografía y la obra de los poetas sin renunciar al apunte literario […] Acompaña a cada poeta un poema en español sobre su figura o su obra, de manera que se conforma una muestra sobrevenida de autores españoles e hispanoamericanos de las últimas décadas». De hecho, Castrillón —filólogo pero también poeta—, en las palabras preliminares, advierte de que el propósito de esta antología, Subir al origen, ha sido despertar interés entre «Lectores no especializados, incluso apenas iniciados en la modernidad [poética]».

   La antología se inicia con William Wordsworth (1770-1850), poeta que junto a Coleridge, cambió el rumbo de la poesía inglesa. Propugnó «un verso más natural, una lengua cercana en la que cualquier lector medianamente culto pudiera reconocerse». La breve selección de su obra está coronada por un poema de un autor en lengua española, en este caso Jordi Doce.

     Son veintidós los poetas seleccionados. Los Himnos a la noche de Novalis (1772-1801) llevan como colofón un poema de Antonio Colinas. Eloy Sánchez rosillo es el encargado de glosar la figura del autor de Los “Cantos “, Leopardi (1798-1837). Algunas de las famosas cartas de John Keats (1795-1821), así como los no menos famosas «Oda a una urna griega» y «Oda a un ruiseñor» se completan con un fragmento del poema «A la tumba de Keats», de Juan Carlos Mestre. Buscando esas correspondencias, a Baudelaire (1821-1867), considerado el precursor del poema en prosa, le ha tocado en suerte Leopoldo María Panero. Luis Antonio de Villena da voz al apasionado Verlaine (1844-1896) en el poema «Un arte de vida». Ildefonso Rodríguez contempla en barco ebrio en el que navega Rimbaud (1854-1891). Walt Whitman (1819-1892) es el siguiente en esta nómina no estrictamente ordenada cronológicamente y es remedado por el poeta dominicano Pedro Mir. La otra pata sobre la que se sustenta la poesía norteamericana moderna, Emily Dickinson (1830-1886), el polo opuesto al torrencial Whitman, encuentra un fiel reflejo en la poesía de Eli Tolaretxipi. Ángel Crespo comparte inquietudes con Stéphane Mallarme (1842-1898). Un poeta joven español, Juan Andrés García Román, buen conocedor de la tradición alemana, se ocupa de Rilke (1875-1926). El resto de poetas, Yeats (1865-1939), Cavafis (1863-1933), Apollinaire (1880-1918), Pessoa (1888-1935), Eliot (1888-1965), Saint-John Perse (1887-1975), Wallace Stevens (1879-1955), Paul Éluard (1895-1952), Eugenio Montale (1896-1981), Gottfried Benn (1886-1956) y Anna Ajmátova (1889-19669 tienen como contrapunto a autores como Antonio Rivero Taravillo, José Manuel Arango, Hugo Gutiérrez Vega, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Eduardo Moga, Andrés Sánchez Robayna, José Luis Quesada, Lorenzo Oliván, José Ángel Valente o Javier Pérez Walías. Debe quedar claro que no estamos hablando de una antología de textos complementarios a los poemas originales, sino de poemas que buscan una confluencia, me atrevería a decir, de carácter espiritual. Las asociaciones en ningún caso han sido gratuitas. Cada poeta ha expresado en algún momento de su trayectoria un interés especial por el poeta al que homenajes.

     Como a toda antología, a esta también se le pueden poner pegas, no porque los poetas seleccionados no merezcan su inclusión, sino por algunas llamativas ausencias —aunque en el epílogo el autor razona sus decisiones y afirma que nunca han tratado de sentar cátedra: «Si alguien ha visto en este libro una propuesta de canon, trataré de combatirla con lo que podría entenderse como otro canon: por ello me ha importado estrechar aún más la malla y extraer de la tradición otros veintidós poetas que bien podrán haber protagonizado las páginas anteriores». En cualquier caso, Subir al origen es obra de un amante de la poesía que ha conseguido unir erudición y pasión como pocas veces hemos visto. Nada nos gustaría más que la excelente acogida de este libro propiciar su continuación. Castrillón menciona la posibilidad de emprender proyectos paralelos. Por supuesto, no estaría de más, pero sin desdeñar la idea de adentrarse en las décadas posteriores (esta antología finaliza en 1941) con la misma estructura, con el mismo entusiasmo.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 7/12/2018

ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA*

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ANTONIO CABRERA. GRACIAS, DISTANCIA. COLECCIÓN AFORISMOS. EDITORIAL CUADERNOS DEL VIGÍA.

Aunque Gracias, distancia puede considerarse el primer libro de aforismos de Antonio Cabrera propiamente dicho, no lo es tanto si nos atenemos a los muchos que encontramos dispersos en libros como El minuto o el año —del que extraigo frases sentenciosas como: «Qué difícil —por no decir imposible— es saber cómo ve el mundo una mirada que no piensa en el mundo» o «[el sol] En el asfalto alarga las sombras de los coches al tiempo que las rellena de un betún sin réplica y las delinea con pulso firme», ambas, como veremos, muy relacionadas con aforismos de Gracias, distancia (un título que, por lo demás, nos remite al Gracias, niebla de Auden, sobre todo en lo que concierne a la forma de ver). También en El desapercibido encontramos afirmaciones que podemos, sin temor a exagerar, calificar de aforismos: «Afirmo que quien mira lo abierto no piensa en nada» o «La muerte tiene su lugar constante en el transcurso constante de los días. Al pregonarla se la hace pertenecer aun más, pero sin drama, al flujo vital común, a la vida»». Encontramos, incluso, una definición de aforismo: «Los aforismos, como es sabido, no expresan ninguna verdad, sino una sensación de verdad intensa, armoniosa, redonda, pero, a la postre, sensación». Podemos además entresacar muchos aforismos de sus versos, pero no vamos a extendernos en recopilarlos. Invitamos al lector interesado a hacer sus propias pesquisas. En cualquier caso, lo que tratamos de argumentar es que la vocación reflexiva y contemplativa de Antonio Cabrera no responde a una moda, sino a un proceder enraizado en los orígenes de su poética.

     Seis son las secciones en las que está dividido Gracias, distancia, aunque, como suele ocurrir en este tipo de libros, dichas secciones no forman compartimentos estancos. No queremos decir que los aforismos sean intercambiables, pero sí que, con frecuencia, pueden encuadrarse en más de una sección. La más extensa, «Parecido al viento», abre el volumen. La distancia entre lo pensado y la realidad, entre el yo y el mundo, articula gran parte de estas reflexiones. Antonio Cabrera no se deja engatusar por las apariencias y, además, sabe que la verdadera esencia de la materia se muestra renuente a taxonomías y especulaciones más o menos imaginativas. La materia, el mundo, lo real es, y las ideas que suscita son meras aproximaciones que tratan de aprehender, más que desmenuzar las partes que la componen. «Acudir al mundo es mucho más que estar en el mundo». Y es que la pasividad no propicia la reflexión crítica, sino acomodarse sin ofrecer resistencia a la realidad. «Nuestro pensamiento —escribe Cabrera— puede llegar hasta las cosas, incluso doblegarlas; sin embargo no las impregna ni las cambia, y pasa y todo se rehace. El pensamiento es parecido al viento», por tanto, las ideas poseen vida propia, son volubles, mudables, brotan, más que de una reflexión forzada, generalmente inútil, de la intuición, de lo espontáneo: «Cuando las ideas parece que no quieren engendrase en la cabeza, un gusto a intelecto empieza a margar en la boca. Es el sabor de la esterilidad», algo que, por otra parte, parece llevar la contraria al Alberto Caeiro que escribe este aforismo: «Hay suficiente metafísica en no pensar en nada», porque es sabido que, a veces, las ideas poseen más solidez que la propia realidad.

     Antonio Cabrera nos propone, como ha hecho en su poesía, otra forma de mirar el mundo. Debemos abrir bien los ojos para no anclar la mirada en lo habitual. Debemos mirar como si acabáramos de ver, como si todo fuera nuevo, porque «Para el ojo nada es obvio». Esto significa estar alerta sin descanso, lo que no siempre es factible. Concentrar la atención en lo mil veces repetido precisa de un esfuerzo de la voluntad que pone el énfasis en la capacidad del pensamiento para reconstruir la realidad. Sin embargo, Cabrera nos previene contra un exceso de atención: «Lo que no es concentración —escribe— es tiempo verdadero, perdido, ido, tiempo lleno de sí». En la distancia que media entre una actitud u otra encontramos el equilibrio, pero ¿basta la distancia para cambiar el punto de vista? Sí y no. Dependerá de lo cerca que nos encontremos, de si la realidad que queremos aprehender está en un primer en un segundo plano. A debida distancia las cosas se ven mejor.

     «Desde César Simón» se titula la segunda sección. Simón, poeta fallecido hace poco más de veinte años, ha sido un referente para los mejores poetas levantinos y la vinculación estética de Antonio Cabrera con él resulta más que evidente, por eso no sorprende este homenaje en el que advertimos el duelo por el ausente y, a la vez, esa presencia inmaterial que evoca un pensamiento compartido, el de que la cosas no poseen vida propia, «sólo absorben luz», (acaso porque , como decía Caeiro —regresamos de nuevo a él— «… el único sentido oculto de las cosas / es que no tiene sentido oculto»), y es que es la mente del que observa donde se desarrolla la acción, lo inanimado está a la espera de recibir fuerza, impulso vital.

     No podían faltar en este libro las reflexiones poéticas que, en el caso de Antonio Cabrera, se concilian a la perfección con sus poemas, algo no demasiado frecuente en los autores actuales. En una plaquette titulada Líneas de fuga, publicada en 2001, nos dejaba ya algunas reflexiones que se compendian en los aforismos de esta sección. Escribía entonces: «Yo creo que el poema lanza sobre la realidad una red tejida con los significados y la música de las palabras cuyo objetivo es capturar trozos inteligibles de esa realidad, que de este modo adquieren o ganan sentido». Ahora lo dice de otra forma, pero el resultado no difiere gran cosa: «La poesía aparece en la frontera entre las palabras y lo que existe en contacto con ellas, sin ser ellas». Hay un aspecto apenas vislumbrado anteriormente y que tiene que ver con la comprensión del poema. Cabrera nos ofrece en Gracias, distancia algunas referencias que ahondan en las diferencias entre la poesía entendible y la poesía emocionante. En seguida se aprecia el contraste: «Hay una clave de la emoción poética que consiste en querer comprender y no conseguirlo del todo», afirma, y lo rubrica de este modo: «El poema no explica ni cuando explica». Más claro, ni el agua. Pero la palabra, el poema escrito necesita tomar cuerpo en la página; las palabras necesitan un armazón físico, del que las provee la tinta. La cuarta sección, «La letra celebrada» se dedica a rendir homenaje a la tinta y al papel, a las letras y las posibilidades de composición que ofrecen. En ese «paraíso para el papel en blanco» las letras son moradores privilegiados que acceden a cualquier fruto sin temor al pecado, pues nada les está vedado. Las letras son lo que quieran ser: «Las letras son pequeñas estatuas negras, y son flores curvas, y son alfiles de la inteligencia, y son lluvia minuciosa en nuestro interior».

     Las dos secciones finales, tituladas respectivamente «Luz» y «Sobre pintura», están íntimamente ligadas. No se puede observar sin su beneplácito. El pintor crea gracias a ella o a su ausencia, gracias a la penumbra: «El que ve sombras ve más». Antonio Cabrera escribe «Que un poco de sombra conviva con la luz. Que algo de luz manche o toque la sombra. Estos son, además, de mínimos morales, mínimos estéticos necesarios que inconscientemente deseamos cada vez». Con toda seguridad, John Berger, aplaudiría estas conclusiones., tan cercanas a las ideas que defiende en Modos de ver.

     Gracias, distancia representa una cota más alta aún, si cabe, en el corpus del pensamiento poético de Antonio Cabrera, un pensamiento que goza de una solidez inusual y que está asentada no solo en los cimientos de la intuición, sino en los más consistentes de la razón. Poesía y filosofía, conocimiento sistemático e intuitivo —que no anula el razonamiento, sino que lo expande—, de ambos surgen estas meditaciones: «Solo desde la razón pueden reconocerse y analizarse y neutralizarse los monstruos nacidos por la culpa de la razón no vigilante, dormida. Y también los que produce la razón que sueña».

Antonio Cabrera: ‘Gracias, distancia’

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA.*

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JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS. ESCRITOS SOBRE POESÍA. EDITORIAL LIBROS DE LA RESITENCIA, 2018

EL autor madrileño, José Luis Gómez Toré (1973) compagina de manera notable su labor creativa en el ámbito poético —entre sus obras señalamos: Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003), Un corte que no sangra (2015) o Hotel Europa (2017)— con su labor ensayística —La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002) o El roble de Goethe en Buchenwald (2015)—, en la cual abarca una amplia gama de intereses que sobrepasan con creces la tradición española («aunque mi ámbito de trabajo es deudor del contexto español, […] no he querido dejar de prestar atención al otro lado del Atlántico, a esa poesía que, a falta de otro nombre mejor, llamamos hispanoamericana», escribe nuestro autor). En ambos campos, el poético y el investigador, Gómez Toré brilla con una intensidad inusual. No hace mucho comentamos en estas mismas páginas su último libro de poemas, Hotel Europa, y hoy, hacemos otro tanto con Extramuros. Escritos sobre poesía, un libro que recoge ensayos, artículos y reseñas sobre poesía contemporánea publicados en diferentes medios a lo largo de los últimos años, eso sí, como el propio autor advierte, algunos de ellos han sido objeto de actualizaciones y de correcciones.

     Extramuros está dividido en cuatro secciones de muy diferente alcance. La primera de ellas, titulada como la totalidad del volumen, «recoge —en palabras del autor— textos que, de una manera u otra, presentan una visión más general de lo que es la escritura poética o plantean cuestiones tales como la relación entre la poesía y la filosofía o entre poesía y política». Abundando en este último extremo, Gómez Toré afirma que «El lenguaje no está al margen del poder. Tampoco el lenguaje poético, tantas veces cómplice del tirano y del príncipe, pero en él late la precaria esperanza de otro lenguaje que no se ejerza como dominio: la utopía de la palabra inerme». Dice bien nuestro autor cuando habla de utopía, porque, a tenor de la degradación paulatina y sin precedentes que esta sufriendo el lenguaje, mantener alguna esperanza de rectificación, de salvación es, hoy en día, algo más propio de desubicados o de seres de otro planeta que del ciudadano corriente. Los mensajes publicitarios (incluimos aquí, por supuesto, las soflamas políticas), la perversa comunicación que plantean las redes sociales y la falta de un diálogo equitativo entre seres que comparten inquietudes comunes está convirtiendo el lenguaje en una herramienta utilitarista y mercantilista a la cual se priva de lo trascendental, con todos los inconvenientes que esto conlleva. Enjundiosos ensayos como «Filosofía y poesía en Hölderlin» o «¿Poesía y compromiso?» nos invitan a profundizar en cuestiones sobre la cuales se viene debatiendo con posturas enfrentadas, incluso encarnizadamente contrapuestas, en ámbitos académicos y periodísticos. Hablar sobre al autonomía del arte o, por el contrario, sobre su conexión con las circunstancias históricas en las que se produce es moneda común en los debates estéticos. Gómez Toré no esconde sus argumentos: «… el momento de autonomía de la obra artística resulta imprescindible, y sin embargo, desde el carácter doble de la obra como experiencia, desde el “carácter doble de la obra de arte como algo autónomo (que en su autonomía está determinado socialmente) y algo social. (Adorno, 2004, 279)».

     La columna vertebral de «Un templo vacío», la segunda sección, es la obra de José Ángel Valente, un autor por el que Gómez Toré profesa especial veneración y de quien destaca la profunda complejidad de su obra al tiempo que pone al descubierto algunas lecturas interesadas encaminadas a desacreditar su integridad estética. «Valente —escribe— es un poeta en constante evolución, que ensaya numerosos caminos (el poema en verso convencional y el poema en prosa, el lenguaje simbólico y el coloquialismo más desnudo, formas líricas puras junto con otras formas que se contagian de lo narrativo y lo dramático)… […] Aunque no completamente falsa, resulta engañosa y profundamente desorientadora la distinción entre un primer Valente (el que recoge sus primeros libros en Punto Cero) y un segundo Valente (que cuaja en los libros recogidos con el título Material Memoria)».

     «Lecturas», la tercera sección, esta divida a su vez en dos partes. La primera está integrada por estudios en profundidad de la obra de Gamoneda, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo, de quien en 2017 editó el libro Amadis y el explorador o Ida Vitale, flamante Premio Cervantes. La segunda se ocupa de poetas más jóvenes, como Olvido García Valdés, Jordi Doce, Ana Gorría o Ada Salas.

     Por último, nos encontramos con al sección «Silva de varia lección» la cual, como su título deja traslucir, es un compendio de reseñas y comentarios de menor extensión aunque no de menor alcance, porque en toda ellas José Luis Gómez Toré despliega un conocimiento poco común del acto poético y de la variada herencia estética que precede a la escritura actual, Un libro como Extramuros seduce por las profundas y bien fundamentadas reflexiones que en él tiene cabida, pero también porque nos permite asistir a la construcción del pensamiento poético de su autor, pensamiento que se deja vislumbrar en sus poemas en la misma medida que estos estudios. Ambas lecturas son inseparables.

*https://elcuadernodigital.com/2018/12/03/jose-luis-gomez-tore-extramuros/

RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE*

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RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE. EDITORIAL: EDICIONES LILIPUTIENSES. 2018

La labor editorial que viene desarrollando el poeta José María Cumbreño en pro de la poesía del otro lado del Atlántico —sin desdeñar el interés por jóvenes autores españoles— resulta impagable y más propia de un espíritu quijotesco, que de un avezado emprendedor, tal y como entendemos hoy dicho término. Fue en el año 2011 cuando empezó a fraguarse un catálogo que cuenta ya con muchos de los autores que despuntan por derecho propio en el panorama de la poesía iberoamericana (la nómina es tan extensa que resulta contraproducente mencionar algunos de esos nombres). A lo largo de los años, la expectativas de la modesta editorial y de su alma mater, además de consolidares, se han ampliado. Cumbreño organiza también un Encuentro de Literatura Periférica bajo el epígrafe de Centrifugados, una reunión de escritores y músicos de ambas orillas del océano. Gestionar algo así requiere de un tesón y de una fuerza de voluntad hercúleos, no solo por la magros recursos económicos de que dispone, sino por el esfuerzo que supone coordinar a decenas de personas y los actos respectivos en los que participan en un periodo tan escaso de tiempo (el encuentro dura poco más de dos días).

     Encuadrado en esa labor de difusión de la poesía iberoamericana está el libro Cartas a H. El aprendizaje, de la poeta argentina Raquel Cané (Santa Fe, 1974), de la que conocemos escasos datos. Sabemos que compagina su labor como diseñadora con la escritura. Ha publicado libros de relatos como Soy, El libro del miedo o ¿Cómo nacieron las estrellas?, una recopilación de leyendas brasileñas. En colaboración con Carolina Esses ha publicado Ana y la gaviota. Hasta donde alcanzamos, el libro editado por Ediciones Liliputienses es su primera entrega poética.

     En realidad Cartas a H. El aprendizaje son dos libros reunidos en un único volumen, porque poseen características que los hacen muy diferentes. Y no estoy hablando solo del aspecto formal (el primero, escrito en prosa y el segundo en verso), sino de perspectiva y contenido. Cartas a H recoge 22 cartas que van dando cuenta del proceso de alejamiento emocional que lleva consigo el distanciamiento físico. Pero no son cartas al uso en las que se resumen los acontecimientos significativos de una vida para compartirlos con el ausente, con el otro. El otro es aquí un personaje más que carnal, evanescente, producto casi de la imaginación de quien redacta las misivas, sobre todo porque ignoramos el contenido de las cartas del receptor, al parecer, menos frecuentes que las de L, la emisora. Lo desconocido inquieta, perturba, genera multitud de preguntas, unas explicitadas en el texto y otras solo sugeridas. «¿La pertenencia te construye? Pienso en el lenguaje. ¿Cuánto se vacía para ser ocupados por las palabras del otro?». A medida que avanzamos en la lectura comprendemos el valor que confiere a la palabra, pero hay otro elemento que posee acaso un peso simbólico mayor, la ejecución de un lienzo que, al contrario que en el Retrato de Dorian Grey, parte de una mancha («el lienzo es una mancha aún») que va tomando forma a medida que pasa el tiempo y la relación comienza a diluirse: «Comencé a trazar las líneas del retrato, no quise mirar el rostro, empecé por las manos», escribe. El proceso de artístico corre paralelo, aunque en sentido inverso, al de la pasión. Comienza a surgir las dudas. Lo reproches hacen acto de presencia: «Hace días que no recibo noticas tuyas», «Empiezo a extrañar tus cartas», «Espero tus noticas», hasta el punto de que, cuando termina el retrato («H, el retrato está acabado») se pregunta «¿Seguís ahí?». Así acaba el libro, con una sensación agridulce. La escritura de Raquel Cané es descriptiva, pero la narración no es esencialmente lineal, hay disfunciones temporales que contribuyen a crear zonas vacías, elipsis que aureolan la cotidianidad con una gran dosis de misterio. Lo no verbalizado compite en relevancia con la descripción de algunos hechos que parecen apartarse del motivo central, pero que refuerzan la incomunicación, la soledad de L., como la anécdota del perro del vecino. Resulta llamativa, sin embargo, esa mezcla de contención expresiva y la necesidad de memorizar la experiencia a través del lenguaje.

     Un lenguaje muy presente en El aprendizaje, no en vano es «El Libro» el eje que vertebra los poemas, en verso y generalmente breves en este caso. Pero ¿de qué clase de libro estamos hablando? No hace falta mucha imaginación para suponer que se refiere a un libro sagrado, un libro que ilumina la existencia, que guarda en sus páginas todo lo necesario para iniciar el camino del conocimiento personal: «Las páginas traslucidas / superponen un cuerpo / de texto, es demasiado, pienso. / Ella no me ve cerrarlo, suspira y dice / tiene un principio / que no te asuste encontrar el tuyo». Podemos calificar esta poesía de mística porque plantea cuestiones de orden espiritual en los que la fe prevalece sobre la razón porque «La fe es la fuerza que da el sentido». Ambos libros son un buen ejemplo de tensión poética, de conciencia del lenguaje.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 30 de noviembre de 2018

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA*

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ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. BIOLOGÍA, HISTORIA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA.

Un titulo como este, Biología, Historia, con dos palabra separadas por una coma que inducen a pensar en una identificación entre ambos términos, más que a una oposición, como ocurre cuando utilizamos la conjunción «o» en su valor disyuntivo, puede resultar engañoso, a tenor de lo que leemos en los versos finales del libro: «Tú nos dijiste que la decadencia, / el desgaste, la muerte, / eran cuestión de pura biología. / Importaba la historia, sobre todo». El poema, de igual título que el libro, está dedicado a la figura del catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez, maestro de poetas y de profesores (de hecho, fue el director de su tesis: Teoría y práctica del compromiso en la poesía española (1927-1939), centrada en Alberti) del durante varias generaciones, fallecido hace ahora poco más de dos años. De una manera no siempre explícita, dicho fallecimiento —no en exclusiva, claro; hay suficientes indicios en los poemas para pensar que la propia enfermedad intensifica una reflexión que conduce desde la anécdota a lo trascendente— sirve a Antonio Jiménez Millán (1954) para realizar un recuento de su propia experiencia vital. Este recuento tiene varias fases y diferentes maneras de abordarlo que van desde la rememoración de hechos que podríamos considerar remotos en su transcurso existencial, los que se remontan a la infancia, como: «Estoy mirando una fotografía / del mes de agosto del cincuenta y siete…» y la adolescencia, en la que la nostalgia interviene de forma decisiva, sobre todo en las primeras secciones del libro, «Partituras» y «La memoria y los días». El adolescente que va descubriendo calles y lugares de su ciudad natal, el adolescente que la recorre con la secreta ambición de «ponerle nombre a la aventura, / grabarla en la memoria / igual que se recuerda una canción»., el adolescente que ve muy lejana la enfermedad y piensa que «la muerte es siempre cosa de los otros», el adolescente, en fin, «que empieza a no creer / en verdades impuestas» es visto desde la más extrema madurez, esa que te enseña que «Los años sólo aportan /sentimientos de pérdida, / falsa severidad, calma aparente». Esa calma aparente es precisa para no dejarse llevar por la indignación, por la frustración que provocan las tragedias cotidianas. Para seguir viviendo es necesario cierto distanciamiento porque, como se sabe, el exceso de realidad puede matarnos: «La misma voz de siempre me susurra al oído:/ lo que acabas de ver está muy lejos, / no te roza la piel ni se instala en tu cuarto».

     Otra secuencia narrativa está sustentada en hechos más recientes como los poetizados en «Hard Rock Café (NYC)» o «Instrucciones para un victimario (Recordando a Ángel González)», este último poema integrado en «Disolución», la tercera parte del volumen. Unos versos del poema «Banderas» son lo suficientemente explícitos para confirmar el temor que embarga al poeta de que la historia, la triste historia de España, vuelva a repetirse: «Crecí sobre el recuerdo de una guerra: hoy he de confesar que tengo miedo».

     El fugit irreparabile tempus virgiliano está muy presente en este libro, me atrevo a decir que es la columna vertebral de la que parten las diferentes vértebras o ramificaciones argumentales, algunas de las cuales dejan un regusto amargo, como si cupiera en la mente del poeta una especie de sublevación contra la fuerza de los acontecimientos, contra los estragos del tiempo y se creyera capaz de «encontrar la fuerza y el deseo / de aquel verano de mi juventud». La sección cuarta, «Homenajes», no es sino una manera indirecta de revelarse contra el olvido y de saldar cuentas con el pasado, un pasado en el que acaso la función salvífica de la poesía y del arte se mitificó en exceso. Las servidumbres que exige tal sacerdocio se ven ahora fuera de lugar, hasta el punto de que el poeta se pregunta : «para qué la poesía, la erudición, los libros, / si tus hijos te odian». Sin embargo, vida y poesía son, en su caso, indisolubles, de ahí que se rindan homenajes a poetas como Gil de Biedma, Machado , Miguel Hernández o, de forma solapada, a otros como Neruda.

     El libro va avanzando sin otra dificultad que la que suscitan las reflexiones existenciales, cargadas de una melancolía agridulce, porque el verso de Antonio Jiménez Millán —autor de una obra extensa y rigurosa que uno ha seguido desde sus inicios, integrada por libros capitales como Ventanas sobre el bosque (1987), la antología La mirada infiel (1975-1998), con un excelente prólogo de Francisco Díaz de Castro, Inventario del desorden (2003) o Clandestinidad (2011)— es flexible y dúctil, discursivo y lleno de guiños cómplices hacia el lector. La cuarta sección, «Carnets», acentúa estas características, a pesar de que los poemas están escritos en prosa, los que los vincula directamente con el apunte diarístico. Lo anecdótico adquiere, si cabe, más preeminencia, aunque los poemas estén coronados por reflexiones metafísicas de similar calado a las que culmina los poemas escritos en verso. Sin embargo, el foco temático centrado en la identidad, así como el carácter más discursivo asociado a la prosa los convierte en distintos. El poema «Sobre el resentimiento», por ejemplo, finaliza con estos versos tan elocuentes: «Es el reverso de la culpa, pero igual de estéril», un duro autoanálisis que supone casi una claudicación, una renuncia al poder sanador del desagravio. Los carnets vienen a ser, en todo caso, los diferentes yoes que se van sucediendo a lo largo de la vida, porque «La identidad es un perfil borroso, es una construcción lenta y cambiante que fija la mirada de los otros. La única certeza es lo inestable: el simulacro de la libertad que el poder nos concede, aquel carnet que ya no tiene fecha».

     La sexta sección, «Pantallas», nos remite, en principio, al poder evocativo del cine, y así es, porque se mencionan películas como La casa de las palomas o Sin novedad en el frente, pero también nos encontramos recuerdos hilvanados alrededor de los viajes: París, Aix-En- Provence o Venecia, ciudad amada por el poeta Antonio Parra, a quien va dedicado el poema, una ciudad en la que lo bello y lo terrible, la vida y la muerte conviven como acaso en ningún otro lugar. El libro finaliza con dos secciones que, a la postre, como señalábamos más arriba, privatizan el sentido del título. Por una parte está la enfermedad, que señorea la sección titulada «Rehabilitación»: «Por un instante soy el inquilino, / provisional y torpe, / de un cuadro de Picabia». Este forzoso inquilinato provoca hondas reflexiones sobre el tipo de vida que se ha vivido, sobre hábitos y disfunciones. Algunos vicios como el tabaco y alcohol son, en los últimos años, erradicados y el síndrome de abstinencia se convierte en un enemigo invencible que trata de salvar del desastre, a pesar, tal vez, de si mismo, «un cuerpo destruido lentamente». La enfermedad, el deterioro y las limitaciones que origina obligan a ver las cosas desde otro punto de vista («Y todos, al final, / hemos pagado caro los excesos», escribe en la última sección del libro, «Biología, historia»). Acciones que antes se ejecutaban de forma mecánica, ahora precisan de un esfuerzo añadido que no siempre se está en condiciones de realizar. Es entonces cuando se percibe con toda su crudeza la fragilidad del ser humano, desvalido y a merced de la misericordia ajena. Quizá por esa razón. Antonio Jiménez Millán ha encontrado en el acto de escribir, en la escritura, una compensación, una reivindicación de su afán de permanencia. La escritura le ayuda a olvidar «los achaques de la edad» y a celebrar un breve instante de dicha como el que se regala «un sol de primavera en pleno invierno»: «hoy solo quiero celebrar la vida», escribe.

     De la octava sección, la dedicada a la memoria de Juan Carlos Rodríguez, ya hablamos al principio. Una emocionada sucesión de recuerdos que se enlazan con la precaria situación que atraviesa el poeta, internado en ese momento en la habitación de un hospital. Prevalece, sin embargo, no el lamento elegiaco, sino al ternura, contenida y hasta condescendiente con el pasado y consigo mismo:, como delatan los últimos versos del libro: «Es tu herencia / y no renuncio a esa lucidez, / aunque tú ya no estés entre nosotros / y a mí me cueste tanto hablar de ti en pasado». En Biología, historia la mirada infiel se desnuda y muestra las cicatrices del pasado, pero no para suscitar lástima, sino para dar cuenta de que el poeta ha ejercido la libertad de elegir su destino hasta las últimas consecuencias. Pocos pueden afirma lo mismo.

Antonio Jiménez Millán: Biología, Historia