JOSÉ INIESTA. EL EJE DE LA LUZ

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JOSÉ INIESTA. EL EJE DE LA LUZ. COL. CALLE DEL AIRE. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

José Iniesta (Valencia, 1962) no es, a pesar de que El eje de la luz aparece solo un año después de Las razones del viento, un poeta prolífico. No puede serlo quien escribe siempre desde la necesidad, quien permanece a la espera, quien solo se sitúa frente a la página cuando siente esa llamada interior que algunos denominan «inspiración» (aunque el término esté muy desprestigiado) y otros la califiquen como destilación emocional: la idea se ha ido fraguando en esa especie de alveolos mentales y, cuando está en su punto, pugna por salir al superficie, a la página. No es la escritura, en este caso, fruto de un relámpago de la inspiración, sino de la maduración en el tiempo. Tanto da. El caso es que, en cuanto leemos un poema de Iniesta tenemos la sensación de que a sus palabras las envuelve un halo de misteriosa armonía que no parece de este mundo. Basta con leer este breve poema para confirmarlo: «Las certezas»: «Ilimitado es todo, si callamos. / Nuestro mirar profundo / al levantar los ojos, / liviano nuestro peso al avanzar, / al abrazar el aire y contentarnos / en el paseo / con este sol de mayo, / desde dónde».

    No son muchas —ni extraordinarias— las cosas que bastan al poeta para sentirse a gusto con el mundo: «… oh, gratitud, / de no sabemos qué que no sucede, / y niega la tristeza y es tristeza / donde se muere el tiempo, y sonreímos», escribe en el poema «La primera nevada». La casa, el patio («Qué suerte envejecer en este patio / al lado del granado que me sabe») y el jardín, esos territorios cotidianos que el tiempo construye a medida de quien los habita, parecen ser, a pesar de ser espacios generalmente colectivos y consuetudinarios, lugares en los que el misterio nace cada día. Al menos así lo percibe la mirada escrutadora de José Iniesta, una mirada admirativa y respetuosa que sabe distinguir el más leve cambio, que sabe rastrear la más mínima huella, la más insignificante variación en la intensidad o el cromatismo de la luz, Cualquier minucia engrosa la lista de materiales que propician el asombro, hasta el punto de que parecen sedimentar esa fortaleza espiritual que trasmiten los poemas, pero acaso más que de fortaleza deberíamos hablar de serenidad, incluso de estoicismo, aunque solo de forma muy tangencial podemos percibir en estos poemas renuncia, desasosiego o dolor. Así finaliza, por ejemplo, el poema titulado «Una nube»: Quién pudiera cantar en su retiro /este silencio puro, alucinado, / esta renuncia justa, la blanca levedad / de ser nube en su vuelo. / contra un azul intacto / de fina transparencia / la nube de mi vida se me va / bogando en esta tarde silenciosa». Tal vez el poema dedicado a su madre, «Un lugar despoblado», sea el más explícito en cuanto a dejar constancia de ese dolor que provoca la pérdida y que se agarra a la mente como una ventosa, como un parásito, pero los poemas de este tono melancólico no abundan en El eje de la luz, antes bien, la mirada de Iniesta celebra la existencia, se dirige hacia la claridad, tanto cuando mira hacia el exterior como cuando mira hacia adentro porque, nos parece intuir, no hay diferencia alguna entre afuera o adentro, tal es la comunión del autor con el cosmos, con la naturaleza que se deduce de estos versos. De esta correspondencia no podemos deducir, sin embargo, intenciones místicas. El yo no se disuelve en la oración, en el canto, el yo está presente de forma contundente y la naturaleza parece estar subordinada a los irradiaciones de la identidad: «No sé, miro a lo lejos desde el alma / y el humo de los años se dispersa, / y albergo en mí, no sé, / todos los sueños / rotos del mundo acaso, / y soy aquí conciencia de una rosa». Una naturaleza que aparece también como escenario en los «Cinco poemas de amor»: «testigo yo del sol sobre los campos / a tu lado, mi amor, con tu presencia».

    No es muy frecuente que el poeta como individuo guarde excesivas similitudes con su escritura, pero el caso de José Iniesta, nos parece, en este aspecto, una de esas excepciones que confirman la regla, porque las cualidades de su escritura no pueden ser impostadas. La nitidez del lenguaje, la fluidez discursiva —dislocada, en ocasiones, por el hipérbaton—, una moderada estética jubilosa que tiene su origen, como mínimo, en nuestro clásicos y ese gusto, por otra parte tan mediterráneo, por el poema meditativo que le lleva a construir en la escritura una vida a su medida, una vida habitable solo pueden provenir de alguien que escribe desde una verdad interna incuestionable, por esa razón, acaso encuentre en la parte más amable de la naturaleza el referente perfecto, la expresión más cierta del acto poético. No olvidemos que el autor «se siente yo entre las cosas» o lo que puede ser lo mismo, uno más de los seres vivos que en la naturaleza conviven. El eje de la luz defiende una poética de la reconciliación —y no estoy hablando en términos políticos— a la cual nos sumamos encarecidamente, pese a no poseer, qué más quisiéramos, los mismos atributos personales que José Iniesta revela.

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CUADERNO ADREDE NÚM. 8. MAYA ALTOLAGUIRRE

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CUADERNO ADREDE NÚM. 8. MAYA ALTOLAGUIRRE. FUNDACIÓN GERARDO DIEGO.

La figura de Maya Altolaguirre, nacida en Málaga en 1934 y fallecida en Madrid en febrero de 2016, es escasamente conocida fuera de un reducido grupo de amigos, profesores y especialistas en la literatura española del pasado siglo, fundamentalmente en todo lo que atañe a la generación del 27. La actividad de su tío Manuel Altolaguirre como poeta de dicha generación, pero también la necesidad de reivindicarle como impresor y promotor de innumerables iniciativas literarias como revistas y colecciones poética fue determinante a la hora de marcar el destino de nuestra protagonista. «Maya vivió —escribe Elena Diego— con la añoranza de aquel grupo de amigos llamado Generación del 27 del que su madre debió hablarle. Gran parte de su vida la centró en el estudio y difusión de su obra y para facilitarlos creó en 1996 una Fundación generación del 27 que gracias al apoyo de la Universidad de Alcalá logró llevar a cabo una importante labor editora en su Biblioteca del 27».

   El poeta malagueño José Infante, amigo y cómplice de la entusiasta profesora en innumerables proyectos poéticos, traza una semblanza de Maya Altolaguirre en la que la vinculación emocional no resta un ápice de rigor documental y de precisión cronológica. Su madre fue Concha Altolaguirre, hermana de Manolo; el padre, Porfirio Smerdou, cónsul honorario de México en Málaga. Durante la guerra civil acogieron en su hogar a numerosos perseguidos de uno y otro bando, lo que provocó la huida de la familia, primero a Tánger y después a París. Sin embargo, la pequeña Maya se queda en Málaga al cuidado de su niñera. La familia opta definitivamente por trasladarse a Madrid. En 1950 conoce a su tío Manolo, que se convertirá, pasado el tiempo, en el asunto de su tesis doctoral, y es que «Maya —escribe Infante— es ya una jovencita que está predestinada para la literatura, estudiante de letras en la Universidad Complutense de Madrid». En 1973 publica su primer libro, una edición crítica de Las islas invitadas y, a partir de ese momento la figura de Manuel Altolaguirre como poeta, pero también como impresor y editor —labor que Maya continuará de manera ejemplar— pasa a ser el centro de su atención, aunque otros poetas del 27 y la literatura del Siglo de Oro son objeto de sus estudios.

   José Infante rememora de forma detallada su relación con Maya Altolaguirre. Se conocieron en Málaga, en 1970, de la mano de Bernabé Fernández Canivell, aunque la amistad se fue fraguando en Madrid: «Maya fue con su proverbial generosidad una de las personas que en aquellos primeros años difíciles madrileños me acogieron y me ofrecieron mucho más que su amistad». Esta amistad permitió al poeta ser testigo y cómplice de muchas de las iniciativas que, con perseverancia envidiable, puso en marcha Maya, que reunió en torno suyo un agrupo de amigos y colaboradores entre los que se encontraban Gloria Fuertes, Rafael Pérez Estrada, José Mercado, Matilde Caparrós, Milagros Polo, Jaime Salinas, Claudio Guillén, Claudio Rodríguez o Fernando Lázaro Carreter «con el que Maya funda en los años setenta la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. A este grupo de amigos se unieron en el transcurso de los años nuevos amigos como Gonzalo Santonja, Rosa Chacel, Joaquín Marco, Pureza Canelo, Antonio Prieto, Pilar Palomo o Pablo García Baena. La nómina en mucho más amplia, porque Maya tenía una especial habilidad para rodearse de amigos «siempre dispuestos a ayudarla y a colaborar con ella».

   En 1976 Maya Altolaguirre funda la revista “Caballo Griego para la Poesía”, cuya dirección tipográfica encomienda a Bernabé Fernández Canivell. Estuvo «La revista inspirada —seguimos de nuevo a Infante— por alguna de las publicaciones poéticas de Altolaguirre, “1616”, “Héroe”, “Poesía” y de forma especial por una de las más celebradas, “Caballo Verde para la Poesía”». Tuvo una corta pero intensa vida. Se publicaron solo tres números, pero agrupó en sus páginas a los mejores poetas de la época. Maya decide entonces crear una editorial con el mismo título y con dos colecciones, Pentesilea, dedicada a la poesía y Héroe a la prosa. Después se ampliarían con la colección Hijos de la ira y la Biblioteca del 27, en colaboración con la Fundación Generación del 27, en la que, a su vez, organizó diez nuevas colecciones. Como ocurre a menudo con este tipo de proyectos, muchos se cumplieron a medias y otros no llegaron a ver la luz debido a la precariedad de medios y la deficiente distribución.

   Pureza Canelo cierra el volumen —que se complementa con un apartado selecto iconográfico y una completa relación de los títulos que se editaron bajo la batuta de Maya— con unas palabras sobre el carácter de la homenajeada: «Maya era autosuficiente, pero a la vez desvalida, dependiente de su estado emocional y de la envergadura del proyecto que había iniciado» y es que solo desde la pasión puede uno implicarse en las cosas hasta el tuétano, como demuestra este nº 8 de la colección Cuaderno Adrede que edita la Fundación Gerardo Diego.

13 ANTOLOGÍA DE LA POESÍA GALLEGA PRÓXIMA. EDITORA MARÍA XEÚS NOGUEIRA

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13 ANTOLOGÍA DE LA POESÍA GALLEGA PRÓXIMA. EDITORA MARÍA XEÚS NOGUEIRA. EDICIÓN BILINGÜE. CHAN DA PÓLVORA & PAPELES MÍNIMOS, 2017

Esta antología es una excelente continuación cronológica de la Antología de la joven poesía gallega publicada en la página digital Enfocarte y coordinada por Noelia Sueiro, que agrupó a dieciséis poetas nacidos en las décadas de los sesenta y setenta, desde Anxos Romeo y Miro Villar, ambos nacidos en 1965, hasta María Lado, nacida en 1979 y de Punto de ebullición. Antología de la poesía contemporánea en gallego, publicada en México en 2015 en edición a cargo de Miriam Reyes, que reunió a quince poetas nacidos a partir de 1950. La Antología de la poesía gallega próxima reúne a trece poetas con edades que oscilan entre 1982, año de nacimiento de Samuel Solleiro, hasta 1996, año en que nace el benjamín del grupo, Antón Blanco. Estamos pues ante la más reciente generación poética, aunque el amplio arco temporal que abarca, casi quince años, nos incline a pensar que conviven dentro de ella, si no dos generaciones, sí puntos de vista lo suficientemente diferentes como para hablar de heterogeneidad y diversidad dentro de un propósito común, el de desembarazarse de ciertos clichés académicos aderezados con un balsámico afán pedagógico y de los «intentos de periodizar las últimas promociones demasiado apegados a criterios biológico-positivistas y generacionales, que articularon el discurso en décadas, de los ochenta y de los noventa», según escribe María Xesús Nogueira que, unas líneas más adelante nos confirma que «Desiguales en edad, heterogéneos en procedencia y, sobre todo, diversos en su lenguajes poéticos, las autoras y autores escogidos constituyen una muestra a mi entender representativa de una época que quizá sea demasiado pronto para rotular». Como hemos dicho, ese afán por etiquetar, por limitar bajo un determinado epígrafe dicha heterogeneidad resulta innecesaria incluso bajo el paraguas pedagógico, sin embargo, sí es cierto que toda antología necesita unos principios en los que asentarse, unos criterios de selección que justifiquen las inclusiones y, sobre todo, las exclusiones. El primero de ellos, y el menos controvertido, tiene que ver con la cronología, con las fechas de nacimiento de los poetas seleccionados, el segundo, aclara Nogueira, algo más arbitrario, es el de «haber publicado cuando menos un libro individual, fuese cual fuese su formato y difusión editorial» y el tercero, el más escurridizo de todos, tiene que ver con «la calidad de las aportaciones poéticas, con el subjetivismo que, de manera inevitable, su validación comporta». Hay, sin embargo, un criterio, acaso el más importante, que se soslaya, cual es el de que todos los autores escriban en gallego, esto que parece una perogrullada, no lo es, porque esta premisa obliga a dejar fuera a aquellos autores gallegos que escriben en castellano (estoy pensando en Pablo Fidalgo Lareo, por ejemplo, nacido en Vigo en 1984).

     Hemos hablado hasta aquí de la diversidad de propuestas, pero ¿cuáles son los aspectos que los relacionan? La vinculación con las nuevas tecnologías y las redes sociales parecen evidentes, así como la formación universitaria y, después de revisar las breves notas bibliográficas de cada uno de ellos, la presencia de los premios literarios en el currículum de muchos de ellos así como la relación con el mundo editorial en sus diferentes ámbitos. De cada uno de los autores, además del currículum, se ofrecen unas notas complementarias que señalan a trazo grueso algunas de las características que, a juicio de la editora, mejor definen las respectivas poéticas. Así, Berta Dávila «aborda temas como la escritura o la ausencia desde una retórica de la naturalidad»; Celia Parra «a través de una poética intimista y un lenguaje sencillo, aborda motivos como el recuerdo, la ausencia o la traición»; Andrea Nunes Brións «a través de un lenguaje natural y de un sugestivo repertorio simbólico, aborda el homoerotismo, el deseo, las tiranías del patriarcado y la violencia contra las mujeres»; el asunto de la identidad en conflicto está presente en la obra de poetas como Xabier Xil Xardón, Jesús Castro Yáñez y Samuel Solleiro, aunque en este último «con una actitud desenfadada y en ocasiones provocadora»; Alicia Fernández utiliza «un lenguaje de apariencia a veces infantil» y cargado de simbolismo escribe sobre el amor, el cuerpo y el deseo; «La creación de universos no referenciales está en la base de la poesía de Lara Dopazo Ruibal mientras que Ismael Ramos opta por «la creación de imaginarios propios alrededor de la destrucción, la pérdida y el miedo». Oriana Méndez realiza en su poesía «una reflexión sobre las estructuras del poder, el lenguaje y la barbarie» Gonzalo Hermo ha dejado atrás la poesía de carácter político para «centrase en la pérdida, la memoria, el tiempo o la escritura como ejes temáticos y desarrollar un paisaje simbólico alrededor del frío». Antón Blanco, el más joven de los antologados, tiene como ejes argumentales la destrucción y la ruina. Francisco Cortegoso (1985-2016), desaparecido a muy temprana edad «lleva la sintaxis hasta el extremo para elaborar imágenes llenas de fuerza y un discurso de inquietante hermosura que linda a veces con la poesía del pensamiento…». El panorama, resulta, a tenor de la obra de cada uno de los poetas (nos hubiera gustado que estuviera mejor representada, aunque comprendemos las limitaciones editoriales de un proyecto como este) atrayente por su complejidad, aunque la mayoría de las características mencionadas, con todas sus variantes, se puedan encontrar en los autores que viven y escriben en los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía, lo que, por otra parte, no hace más que constatar la necesidad de romper los muros del aislacionismo lingüístico a través de la traducción regular de sus obras.

     La edición de 13 Antología de la poesía gallega próxima, realizada, en un ejemplo de colaboración, por dos editoriales, la gallega Chan da Pólvora y la madrileña Papeles mínimos posee todos los atributos formales para llamar la atención del público interesado, pero además, esta edición lleva consigo el deseo de difundir la excelencia de una poesía como la gallega y de situarla en el rango que merece dentro del ámbito poético español, algo que debemos agradecer, porque uno tiene la sensación de que, en una época en la que, afortunadamente, se traduce con regularidad a poetas de otras lenguas, estamos desatendiendo las lenguas que forman parte de nuestro común patrimonio cultural y, si no lo remediamos pronto, nos estaremos empobreciendo irremediablemente.

FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA. MIGUEL HERNÁNDEZ: EN LAS LUNAS DEL PERITO*

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FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA. MIGUEL HERNÁNDEZ: EN LAS LUNAS DEL PERITO. BIBLIOTECA HERNANDIANA VARIA. FUNDACIÓN CULTURAL MIGUEL HERNÁNDEZ

El caso del profesor Díez de Revenga es digno de admiración. Lleva casi cincuenta años ejerciendo la docencia y la investigación literaria y aún continúa en la brecha, con un ímpetu similar al que tenía cuando comenzó su carrera. Su labor investigadora se ha centrado fundamentalmente en autores como Jorge Guillén, Gerardo Diego, Pedros Salinas o Miguel Hernández, entre otros. En el caso del poeta de Orihuela, su interés se remonta al año 1971, cuando comienza a estudiar el teatro hernandiano. Desde entonces —y la prueba más palmaria es revisar el listado de publicaciones sobre Miguel Hernández que se detalla en las páginas de este libro, Miguel Hernández: en las lunas del perito— su dedicación al poeta del El hombre acecha ha sido constante y enormemente fructífera. «Apabullan —escribe Aitor L. Larrabide, director de la Fundación Cultural Miguel Hernández— por ejemplo, las tres ediciones de obras del poeta o las otras tantas de volúmenes colectivos que son considerados como imprescindibles para quien quiera acercarse con solvencia al poeta de Orihuela».

     Se recogen en el presente libro diecisiete estudios que resumen de forma magistral esa dedicación tan entusiasta como fecunda. El primero de ellos, «En sus luces y en sus sombras», en el que traza un breve recorrido por la trayectoria interrumpida del poeta: «Su producción comenzaba a madurar cuando sufrió las dos grandes calamidades que la delimitaron y la condujeron por caminos inesperados: la guerra y la cárcel», escribe Díaz de Revenga. De las relaciones con el grupo murciano de la revista Sudeste, al que estaban vinculados, entre otros, sus amigos Carmen Conde y Antonio Oliver Belmás —de quienes se ocupará en el estudio titulado «Tres poetas levantinos»— que invitaron a Hernández a la Universidad Popular en 1933, trata el segundo capitulo. La conversión de la revista en editorial permitió que en sus prensas se publicara el primer libro de Miguel Hernández, Perito en lunas, en 1933, sufragado por el canónigo oriolano Almarcha, un libro que, como explica el profesor en el tercer capítulo, sufrió una poda notable por parte del autor, que excluyó una buena cantidad de octavas, y una significativa incomprensión crítica.

     «Tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida, dominaron la poesía de Miguel Hernández», concluye Díez de Revenga en el estudio titulado «Tres heridas». A continuación analiza la relación del oriolano con las vanguardias y con la Generación del 27, la influencia de Góngora y de Guillén en su primer libro, sobre todo en el uso de la imagen y de la metáfora sin anécdota; la de Quevedo, Calderón y Lope de Vega posteriormente, sobre todo en los sonetos y el teatro de este último: «El rayo que no cesa sorprendió por la perfección de sus sonetos que, en lo que a estructuras se refiere, en lo que a procedimientos rítmicos atañe. Mucho deberán al Lope de Vega poeta».

   No acaba aquí, sin embargo, el rastreo de las influencias de Miguel Hernández. Además de la tradición aurea, «su poesía se nutre, en efecto, de las esencias de España, de sus pueblos, de su campo, y también de la huerta natal, que inspiran una naturaleza viva y fértil, fecunda y riquísima», afirma Díaz de Revenga, quien unas líneas más adelante profundiza aún más y concluye que «en sus fuentes de formación e inspiración fue muy hispánico, y en esto no siguió la senda de sus inmediatos maestros, los poetas del 27, cosmopolitas y conocedores de la poesía en otras lenguas como pocos».

     Hemos aludido más arriba a la vinculación de Miguel Hernández con la vanguardia y este asunto es tratado de nuevo en «Vanguardia e imágenes visionarias». Díaz de Revenga relata su «enorme capacidad para crear imágenes visionarias» y señala las influencias que obraron en él libros como La destrucción o el amor, de Vicente Aleixandre y la cercanía intelectual de Pablo Neruda, quien «más allá de la enorme influencia ideológica, determinó una afinidad estética que se podrá observar en la nueva formulación del universo imaginístico de sus últimos poemas».

     El último capítulo, «Vigencia y Universalidad», es un perfecto colofón a este denso itinerario crítico de Miguel Hernández que ha trazado magistralmente el profesor Díaz de Revenga. No nos cabe la menor duda de que, mientras haya admiradores de la generosidad y de la talla intelectual de Francisco Javier Díez de Revenga, que con tanto rigor, persistencia y afecto ha estudiado la obra de nuestro poeta, su vigencia no decaerá en ningún momento, porque «su figura permanece por encima del tiempo, vivo en el recuerdo de tantos lectores, mostrando cada día la lección imborrable de su originalidad y sincera obra poética y revelando […] su permanente e indeleble vigencia y su creciente universalidad».

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sutileza de El Diario Montañés, el 8/12/2017

JOSÉ LUIS PIQUERO. TIENES QUE IRTE

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JOSÉ LUIS PIQUERO. TIENES QUE IRTE. LA ISLA DE SILTOLÁ EDICIONES. SILTOLÁ POESÍA, 2017

 La publicación de un nuevo libro de José Luis Piquero (Mieres, 1967) siempre es acogida con expectación porque no es poeta de los que gusta prodigarse, antes al contrario, mantiene con la escritura una relación ambivalente que le lleva a permanecer durante meses —años, incluso— en un silencio creativo casi total, pese a que él mismo ha reconocido el efecto benéfico que la poesía desencadena en su forma de relacionarse con el mundo que le rodea.

   Tienes que irte es su sexto libro (no incluimos aquí Autopsia, la edición de su poesía completa publicada por la extinta editorial DVD en 2004 ni la antología Cincuenta poemas, editada por La Isla de Siltolá en 2014). No son muchos libros, si tenemos en cuenta que Piquero empezó a publicar relativamente joven, a los veintidós años. Las ruinas es de 1989. Posteriormente ha publicado El buen discípulo (1992), Cazador de autógrafos (1994), Monstruos perfectos (1997), quizá su libro más crudo, pero también el más celebrado y El fin de semana perdido (2009). Quizá por esa morosidad creativa no es nuestro autor un poeta habituado a cambiar de registro. Desde su primer libro las constantes que mueven sus poemas son casi idénticas aunque en este libro observemos que el paso del tiempo ha metabolizado alguna de ellas, como la del desgarramiento íntimo, ahora menos focalizado en su propia vida, la presencia omnisciente de la autobiografía y esa disección a cara de perro, sin circunloquios retóricos de sentimientos como la amistad o el amor que nos hace pensar que estamos leyendo fragmentos de un diario en verso. Ninguno de estos aspectos ha desaparecido, pero en Tienes que irte, Piquero parece referirse a una segunda persona autónoma, aunque conserve ciertos rasgos (el malditismo, el sarcasmo, la crueldad) personales difícilmente prescindibles en una poética como la suya que muestra a las claras el lado menos amable, el lado más perverso del ser humano- Quizá sea esta característica la que más llama la atención de un lector acostumbrado a leer desahogos emocionales que premian lo supuestamente literario por encima de lo vivido a sangre y fuego. García Martín señalaba en el ya lejano 1994, a propósito de Cazador de autógrafos, cuyos poemas pasaron a formar parte de Monstruos perfectos, que «hay […] poemas que casi hacen daño, por impiadosos, por negarse a disfrazar el sinsentido de vivir con ninguno de los habituales mitos consoladores).

     No queremos inducir a pensar que la poesía de Piquero provenga de un estado de enajenación mental y que su traslación en la página sea torrencial y desordenada. Nada de eso. Piquero no es un poeta visionario ni surrealista, es un poeta realista que sigue los esquemas clásicos de composición, por eso sus poemas poseen un ritmo magnífico, aunque no sean del todo ortodoxos en cuanto a la métrica tradicional. La combinación de metros impares en el mismo verso puede hacer pensar a un oído no muy fino que estamos ante verso libre, pero quien piense así estará equivocado del todo, porque esa acumulación, además de estar justificada por el ritmo interior que el poeta quiera imponer, cumple con rigor con la más acendrada tradición compositiva.

   Piquero ha entendido muy bien que, para analizar sin miramientos sus relaciones con los demás, es necesario despellejar la relación consigo mismo, uno mismo debe ser el primer objeto de observación. Quien se ríe de los demás debe saber reírse de sí mismo; quien desmenuza sin piedad al otro debe ser capaz de infligir el mismo correctivo a su propia identidad. No nos ha mentido. Sus poemas trasmiten una verdad que no es necesario verificar empíricamente. Su verdad alcanza tan alto grado de emoción que nos basta con dejarnos llevar por lo leído para testificar a su favor, sin ampararnos en lo real.

   Pese a todo, parece que el espíritu indomable de nuestro autor se ha domesticado levemente en este libro, por más que Piquero escriba en la «Nota final» que percibe «esos ocho años [el tiempo que transcurre entre la publicación de El fin de semana perdido y Tienes que irte] como un lapso de unidad literaria y vital. Creo que he estado ausente todo este tiempo dando vueltas tercamente a las mismas obsesiones, escribiendo sobre unos pocos temas y utilizando técnicas muy similares». No encontramos ahora, sin embargo, poemas tan desasosegantes como «Elogio del Pez-Luna» o «Retiro sentimental». Siendo consecuente con esa argucia que el mismo Piquero desvela al recordarnos que sigue «fiel a ciertos atavismos de [su] poética, como el uso de máscaras y escenarios preconcebidos», el poema titulado «Dummy» puede ser un buen ejemplo de esa tragedia existencial y cotidiana que con tanta crudeza retrata Piquero. La imprecación resultante de las últimas estrofas resulta espeluznante: «Óyeme tú, viajero, que recorres triunfante la autopista / y a tu corazón baja / el canto eterno de la radio-fórmula. / Acuérdate de mí cuando, muerto de miedo, levantes la cabeza llena de sangre y grites: // “¡Santo Dios, no lo he visto! / ¿Estás bien?” // Y el silencio».

     El libro está dividido —de una forma un tanto casual, como reconoce el poeta— en cinco secciones y «casi todos los textos podrían haber figurado en alguna otra sección o ser parte de un discurso continuo, sin pausas. «Aspiramos a un orden —escribe Piquero—, pero a un orden ficticio». Y es que los temas que acucian al poeta están presentes de una u otra forma en cada poema. La identidad en conflicto, por ejemplo, aparece en «Elvis, reconocido»: «Soy otro: / un nuevo yo dispuesto a la sorpresa», pero también en el poema «El insomne»: «Ahora ya sé quién soy: un centinela» o en «El inmortal», en que escribe «Poco a poco / olvidaré quién soy». El humor negro y la escatología se dejan sentir en poemas como «Insectos», «Post mortem»o «Narcolepsia». No faltan tampoco los instantes en los que la conmiseración parece apaciguar, si quiera momentáneamente, ese diablo interior que gobierna el infierno de la conciencia, como se deja intuir en estos versos: «Quien hace daño y quien recibe el daño son el mismo. / Esa es la despiadada belleza de la vida, / su verdad espantosa, y así quien ama más / entrega sin pesar su regalo de sangre. / Habrás de convenir / en que en eso fui un monstruo de lo más apacible».

   Como en cada uno de sus libros, Tienes que irte constata una forma de entender la poesía como exorcismo, como una forma pacífica de expulsar a unos demonios con los que, por otra parte, Piquero parece convivir sin demasiadas tensiones, acaso por que admitir la imperfección o la maldad del ser humano es reconocer su debilidad, y en la debilidad se ocultan muchas veces la verdad y la belleza.

JOSÉ MATEOS. UN MUNDO EN MINIATURA

JOSÉ MATEOS

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JOSÉ MATEOS. UN MUNDO EN MINIATURA. DIBUJOS DE PEDRO SERNA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017*

 Ser hombre en sentido pleno, más que un acto de la voluntad, es una cualidad vital, un propósito que va más allá de la toma de conciencia que conduce a la búsqueda de ese estado, es algo incrustado en los genes originarios del ser, es una especie de vuelta al origen y por eso este nuevo libro de José Mateos, Un mundo en miniatura, tan sutilmente acompañado por los dibujos de Pedro Serna, resulta ser una permanente indagación tanto en el propio cuerpo como en las entrañas de las cosas que nos rodean, hasta las más insignificantes, como un aplicado franciscano, buscando, probablemente, esa comunión secreta que une a todos los seres vivos. Tal vez estas palabras de Azorín escritas en el prólogo a Diario de un enfermo puedan aproximarnos mejor a esta idea: «Lector: lee religiosamente estas breves páginas. En ellas palpita el espíritu de un angustiado artista […] fue dejando en estos diarios y tormentosos apuntes su alma entera».

     Un mundo en miniatura está escrito desde unas circunstancias personales que han obligado a nuestro autor a revisar no tanto su itinerario vital sino su relación con la existencia. El dolor transforma la perspectiva desde la que se observan las cosas: «En el dolor el tiempo se hace presente. Y lo que más nos lastima es no poder, no saber, salir sin él del presente», el dolor «convierte el cuerpo en nuestro pero oponente y a nosotros en desesperados mendigos de la nada». El mundo que experimentamos adquiere una tonalidad amarillenta, porque la enfermedad produce alteraciones en el estado físico, pero también, y estás son menos evidentes pero más dañinas, en el estado emocional. La penetrante ataraxia que trasmiten gran parte de los fragmentos de este libro se convierte en desamparo, en angustia vital los más doloridos. Se aprecia bien en las descripciones de su estado de ánimo: «La angustia es pegajosa: se adhiere a todo lo que miro cuando me mira»., pese a todo, prevalece algo lo inefable: «… No sé cómo decirlo: algo inmenso y esencial que no se deja ver sino mezclado en lo que miro […] y que se esconde, no por ser de naturaleza esquiva o difícil, sino por humildad».

     No cabe duda de que los instantes de recogimiento, de catarsis emocional, conviven con momentos de crisis, de duda espiritual y esa alternancia se traslada a la escritura, como en este fragmento aforístico: «Dejar de ser es ser para ser alguien. Después de vivir no se puede no vivir… de alguna manera». Amiel decía que un diario es la farmacia del alma. En lo que concierne a este volumen, creemos que esa afirmación es totalmente cierta. La escritura parece tener, para José Mateos, un efecto terapéutico. Para un hombre de naturaleza solitaria y contemplativa como él, la escritura es la forma ideal de conectarse con lo que le rodea: «En el trabajo gustoso, constante y sin recompensa encuentro destellos de santidad».

   No hay en estos fragmentos de desigual extensión apenas confidencias, testimonios que nos revelen datos sobre la vida del autor. Por supuesto, esta opción es deliberada (recordemos que en su libro “Un año en la otra vida” no se huía de la escritura como documento íntimo, como testimonio). Aquí estamos hablando más de una radiografía del pensamiento que de la acción. Entre sentir y hacer, se opta por lo primero. Entre el habla y el silencio, se opta por este último. Volvemos a citar a Azorín. En su libro El pequeño filósofo, el autor construye una filosofía para sobrevivir, para superar la crisis y volver a vivir y esto es lo que parece hacer José Mateos en este libro, una biografía de lo sentido, no de lo vivido. Un mundo en miniatura es un diario íntimo porque no hay lugar para los sucesos externos (el hospital aparece solo con un escenario circunstancial), sino para la reflexión a partir de la observación, para el apunte de carácter confesional, para el autoconocimiento. No es frecuente encontrar una sintonía tal entre el modo de vivir y la forma de escribir, como ocurre en José Mateos, un discípulo aventajado de su admirado Christian Bobin. Con él comparte esa atención a lo insignificante («El alma se alimenta de destellos»), el estilo sencillo e inteligible, una peculiar forma de analizar la identidad no como algo ya preconfigurado (la vida es multiforme e, incluso, contradictoria), sino como un proceso en evolución continua (la escritura fragmentaria lo refleja perfectamente) . profundo se queda en la superficieratitud vitalua)turaleza.tal aparece solo con un escenario circunstancial), sino para l arefy un cierto panteísmo que nos inclina a ver en el amor a la naturaleza que ambos profesan un permanente canto de gratitud vital, seguramente porque «cuando falta el amor, hasta lo más profundo se queda en la superficie».

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 1/12/2007

MIGUEL ÁNGEL VELASCO. PÓLVORA EN EL SUEÑO (ANTOLOGÍA)

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MIGUEL ÁNGEL VELASCO. PÓLVORA EN EL SUEÑO (ANTOLOGÍA). EDICIÓN DE ALFREDO RODRÍGUEZ. CHAMÁN EDICIONES, 2017

«Lo que intento hacer —responde Miguel Ángel Velasco (1963-2010) a su entrevistador— es una poesía de la atención. Partiendo de un objeto dado, ver cómo este se corresponde estructuralmente con formaciones análogas de otros ámbitos, entregarme a su capacidad evocadora, indagar en esa trama de la correspondencia». No creo que se pueda describir de mejor forma la intensa aventura poética de nuestro autor, una aventura centrada en la atención permanente al entorno y a sí mismo que comenzó muy pronto —Velasco tenía dieciséis años cuando obtuvo un accésit del Premio Adonáis, con la publicación de Sobre el silencio y otros llantos. Poco tiempo después su libro Las berlinas del sueño (1981) alcanzaría el entonces preciado galardón. Este prematuro éxito se vio consolidado con el libro Pericoloso sporgersi, con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla. Siendo fiel al espíritu del poeta, ninguno de estos tres libros, sin embargo, está recogido en Pólvora en el sueño, la antología que ha preparado el también poeta Alfredo Rodríguez, autor además del excelente prólogo (una poda estricta, como ha hecho, por otra parte, Vicente Gallego, antólogo e íntimo amigo de Velasco, con su propia poesía). Miguel Ángel Velasco fue, en palabras de Rodríguez «un poeta verdadero, alguien que vivía la literatura, y por encima de todo la Poesía, más que como un oficio como un sacerdocio, siempre alejado de los aparadores literarios más convencionales […] llevaba la poesía cosida a las entrañas del alma, pues para él suponía un sacramento radical, mágico, telúrico, que le llevó a cruzar unas cuantas fronteras y a buscar en otros mundos, aunque estén en este, nuevos y arriesgados mapas para su creación».

   La selección comienza con poemas de Sermón del fresno (1995), un libro que, después de un largo silencio editorial, supone el inicio de una transformación poética. «En esta segunda etapa —escribe Rodríguez— ya refulge plena la intuición poética y el don de su lenguaje», un lenguaje más lírico, mucho más esmerado y rico, que presta especial atención al ritmo clásico y alterna una métrica endecasílaba y alejandrina, un leguaje, en fin, que se adapta mejor al carácter reflexivo que ha adoptado su poesía. La vida desatada (1998) supone un paso más en esa poesía del pensamiento que se ha impuesto en la dicción del poeta. El motivo no puede ser más elocuente: el proceso de la enfermedad que desemboca en la muerte del padre. Con un tono a medias manriqueño a medias dylaniano, Velasco es capaz de trasmitir el dolor de la pérdida con una intensidad que hace temblar al lector: «Recuerdo que aún en la cama de aquel hospital / me evocabas, en su estantería, los tomos de Gibbon, / diciendo que acaso de vuelta a la casa / podrías leerlos al fin, / y cómo brillaban tus ojos / pensando en el fresco rincón / donde, bajo la parra, en verano, solías sentarte a leer». Esta especie de distanciamiento aséptico no es más que una artimaña, necesaria para no caer en el patetismo, porque encubre una alta dosis de emotividad y de autenticidad sin descuidar la precisión semántica.

   La miel salvaje (2003), Premio Fundación Loewe de Poesía, supone un paso más en la depuración lingüística y la inmersión el concepto visionario de la poesía: «Hablar de la experiencia visionaria —escribe Velasco— es un trance para el que no cabe ahorrar cautelas, por cuanto es fácil ir a dar en una terminología ampulosa, saturada de términos correspondientes al campo semántico de la religión». Poco a poco el poema se adensa, se estiliza, abandona casi por completo el componente narrativo, más propio para describir sensaciones o acontecimientos, para dedicar sus esfuerzos a depurar el lenguaje en busca de esa desnudez que requiere una poesía esencialista, una poesía que busca indagar en el alma de las cosas: «Violenté la bisagra / del ver, saqué de quicio / la ventana del alma», escribe en el poema «Fractal». Esa depuración a la que hemos mención fue, si cabe, agudizándose en los libros posteriores —Fuego de rueda (2006), Memoria al trasluz (2008) y Ánima de cañón (2010) y el póstumo La muerte una vez más (2012)—al tiempo que la reflexión existencial se hace más descarnada, lo que no resta vigor ni sensatez a su vívido sentimiento de gratitud por el hecho de estar vivo. El poeta es, para Velasco, «una especie de médium que es utilizado por el lenguaje», pero si pensáramos que esta elección le hace desentenderse de la realidad, estaríamos equivocados. Baste para desmentirlo esta declaración, trufada de sabiduría y honestidad, del propio poeta, cuando se le interroga sobre la función pública de la poesía: «La poesía, pese a sus evidentes limitaciones para repercutir en la cosa púbica, tiene su modesta pero puntual función política, y clarísima, en cuanto que contribuye a combatir la pereza mental, que es la que hace a los ciudadanos dóciles […] La palabra poética hace hincapié en la necesidad apremiante de recuperar el espacio público para un diálogo maduro». Miguel Ángel Velasco murió demasiado joven («Porque quiso el destino, / en pago a tanta dicha / de aquel amor vibrando su oriflama / por fuentes y espesuras, que muy jóvenes / supiéramos la muerte»), pero su obra posee una entidad tal que podemos considerarla como de las más intensas de las últimas décadas. El magnifico libro que ha editado Alfredo Rodríguez es la mejor manera de constatarlo.

 

PHILIP LEVINE. THE SIMPLE TRUTH

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PHILIP LEVINE. THE SIMPLE TRUTH. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017 *

Publicado en 1994, The Simple Truth le valió el prestigioso Premio Pulitzer de Poesía al año siguiente, 1995, confirmado a su autor, Philip Levine (Detroit, 1928-Fresno, 2015) como uno de los autores fundamentales de la poesía norteamericana actual. Encuadrado en el género de la poesía lírica narrativa, Levine es un maestro en describir, a partir de una anécdota, el estado emocional no solo del individuo que la protagoniza sino del ser humano en general, porque el solipsisimo, por muy circunstancial que sea, está casi siempre ausente en los poemas de Levine. Vélez Otero —autor de esta excelente traducción— abunda en esta idea en el sucinto prólogo: «La mayoría de los poemas precisamente empiezan con la exposición de unas circunstancias […] situaciones provisionales que se expanden y conducen al desarrollo de una reflexión más profunda para dar respuesta al planteamiento de una cuestión puramente humana». Levine sabe situarse a una prudente distancia de la experiencia que narra y sabe, además, ponerse en el lugar del otro, por esa razón, aunque la autobiografía forma una parte sustancial de su poesía (poemas como «Lame Ducks, Mckesson & Robbins, 1945» o «My Mother with Purse the Summer» lo constatan), otros, sin embargo, provienen de una sabia combinación de imaginación y memoria (véase ese presunto encuentro entre Lorca y Crane que recrea en el poema «On the Meeting of García Lorca and Hart Crane» o «The Old Testament» en el que describe la actitud combativa que se forjó, y no le abandonó jamás, en la infancia). Pero no pensemos que la minuciosa descripción de los hechos anula la capacidad de sugerencia del poema. Todo lo contario, dicha minuciosidad alienta el deseo de indagar en aquello que queda más allá de las palabras porque la verdad es todo menos simple. Bajo la excusa de la historia, del antisemitismo, de la violencia o del propio ejercicio de la poesía se esconde una reflexión de carácter metafísico sobre el destino del ser humano, sobre la imposibilidad de conocer la esencia de la verdad. No cabe duda de que Levine consigue atrapar la atención del lector utilizando el anzuelo de su propia vida, por otra parte, de una intensidad poco frecuente (los poemas que tratan de España —país al que amó desde la juventud— son, para el lector español, especialmente sugestivos), pero consigue hacernos partícipes de sus experiencias gracias a un lenguaje directo que intenta ser lo más fiel posible a la realidad, aunque esto conlleve, en ocasiones, rozar el anticlímax de lo prosaico. Para hablar de la simple verdad, de las cosas sencillas y verdaderas, parece pensar Levine, no hacen falta trucos semánticos ni andamiaje retórico, basta con dejar fluir el ritmo puro de la conversación, del diálogo interior con la memoria. Los efectos de esa rememoración, tan fecunda en otros autores, nos evoca, por ejemplo, a Proust: «Recuerdo la habitación donde cogía / una cerilla y la encendía con la uña / del pulgar…». Un detalle tan insignificante provoca una catarata de imágenes que se suceden en el poema buscando esa verdad que las justifica en el presente, pero, claro es, no se trata de una verdad “verificable” sino de orden espiritual, íntima, casi indecible y, por tanto, de compleja percepción para un lector neutral. Es muy posible que esa verdad que busca nuestro autor se encuentre, paradójicamente, más en los intersticios de lo no dicho, en lo deliberadamente ahogado en el pensamiento que en lo expresado pormenorizadamente; en la música callada de las cosas, como sucede en la gran poesía.

     El tránsito desde el yo, desde lo personal hasta lo universal lo experimenta Levine en la mayoría de sus poemas de The Simple Truth, pero quizá sea en el largo poema titulado «Magpiety» donde mejor lo podemos percibir. El hecho de detenerse en el arcén de la carretera sin motivo aparente —o acaso con la sana intención de hacer un alto en el camino y preguntarse hacia dónde va su vida— es la excusa perfecta para hacerse uno con la tierra, con el otro, con la naturaleza, con el cosmos (en esto nos recuerda a Neruda): «Todo habla, o canta. / Aún estamos aquí». The Simple Truth, escrito al filo de los setenta años, desmiente ese viejo tópico que afirma que la poesía es más propia de la juventud. La fuerza, la intensidad, la emoción que trasmiten estos poemas es el resultado de una vida fructífera, bien aprovechada y eso solo con el paso del tiempo se puede verificar. Y es que, en ciertos momentos, hay que estar dispuesto a «cambiar un ejemplar de T. S. Eliot / por una navaja y dos espléndidos limones», por más que nos duela.

Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 24/11/2107

DUDU FDEZ. PIEL MUERTA

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DUDU FDEZ. PIEL MUERTA. LA PENÚLTIMA EDITORIAL, 2017

Los versos de Dudú Fdez. (Cabezón de la Sal, 1977) que hemos descubierto con este su primer libro combinan, gracias a un estilo diáfano y preciso, sutiles observaciones cuyo desarrollo es, en muchas ocasiones, trágico, pero aderezado con una ironía que trasciende ese presunto carácter adverso y lo convierte en una experiencia favorecedora, como ocurre, por ejemplo, en este poema: «Cambian las caras, / los sentimientos nacen; / reviven, / explotan / con los matices / del éxito / o del fracaso, / sin dejar de ser la misma búsqueda, / el mismo desafío / de los quince años. // Más viejo, más cínico. / El amor ya no es la salvación. // Es una vacuna / contra la soledad / del espejo».

     Una de las características más evidentes de la poesía de Fernández es la de la economía de medios. Con versos cortos, con poemas generalmente breves consigue dar vida a un pensamiento que proviene de ese tan mudable estado que es la memoria: «Viajes mejores, / casas mejores, / sueldos mejores, / polvos mejores… // La nostalgia / es el spam / de la memoria». Con destreza, Dudu Fernández poetiza unas historias concentradas y con un desarrollo rápido —a lo que contribuye quizá la propia disposición del poema—, con una precisión emocional notable. Como en toda poesía de carácter realista, alienta los versos un contenido autobiográfico cuya función es conocerse a sí mismo a través de la experiencia. Su pasado está plagado de situaciones difíciles que el autor, sin embargo, no tiene remilgos en recrear, tal vez porque cree que la mejor forma de exorcizar dicha experiencia es a través de la escritura. El poema titulado «Biografía del dolor» es un buen ejemplo de este aspecto que reseñamos, aunque este poema, dividido en cuatro partes, finaliza con una indagación de carácter metapoético que nos resulta especialmente interesante: «De él nace el verso. / Enraizado en el golpe / y la traición. / De la rabia nace / el poema. / Enraizado en la sorpresa». Como se ve, subyace aquí toda una teoría de la creación poética: el dolor como motor de la creación, pero cabe preguntarse, como hace Luis Javier Pinar en el prólogo «¿cuánto queda en el verso de nosotros? ¿Cuánto se nos revela de verdad? ¿En qué página hallamos el manto que apacigüe ese dolor?».

     Los poemas de Dudu Fdez., por su ausencia de retórica, por su sensorialidad, por su espontaneidad nos recuerdan a poetas como en norteamericano James Tate o al donostiarra Karmelo Iribarren. Al igual que sucede en los poemas de estos autores, en los de Fernández también se impone la nostalgia, aunque esté teñida de ironía: La métrica del recuerdo va hilvanado fragmentos de la memoria, va acompasándolos a una dicción libre de prejuicios estéticos que busca, sobre todo, que las palabras sean fieles a los vaivenes que sufre la identidad con el paso de los años.

     Una de las cosas que más necesita el poeta, además de establecer un alto grado de complicidad con el lenguaje, es tener gente a la que querer, rodearse de gente que le quiera y de gente que crea en su trabajo. Dudú Fdez., no albergamos duda alguna al respecto, tiene cubiertas todas estas necesidades, por eso sus versos son tan conmovedores y sinceros. Somos lo recordamos, pero también somos como nos ven los otros, por eso necesitamos la mediación de las palabras, para adecuar esos recuerdos y esa mirada ajena a la realidad del presente, y en esta indagación a través del lenguaje es en la que se sumerge cada uno de los versos de nuestro autor.

SANTIAGO ESPINOSA. EL MOVIMIENTO DE LA TIERRA

SANTIAGO IMA

SANTIAGO ESPINOSA. EL MOVIMIENTO DE LA TIERRA. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA JAIME SABINES 2016. EDITORIAL VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

El premio que lleva el nombre del poeta chiapaneco Jaime Sabines es uno de los más importantes que se otorgan en el género poético en México, pero está abierto a poetas que escriban en español aunque residan en otras latitudes, de hecho, el ganador del pasado año fue Santiago Espinosa, nacido en Bogotá en 1985, profesor de la Universidad de los Andes y del Gimnasio Moderno y autor de los libros Los ecos 2010) y Lo lejano (2015), así como de un estudio sobre la poesía colombiana titulado Escribir en la niebla (2015).

     En El movimiento de la tierra, el libro que ha merecido el galardón al que hacíamos mención más arriba, el autor ha querido, y transcribimos sus propias palabras, «encontrar en mi ciudad y en los viajes, en las artes y en la experiencia, en el amor que hace que veamos las cosas tan distintas, la imagen detenida de la alegría. Un punto de contacto con la realidad de mi ciudad, al tiempo que muchos se marchaba de ella». Nos enfrentamos pues a una poesía muy diferente de la que practica el tono bucólico y elogia la vida campestre y en contacto con la naturaleza como su máxima ambición. El joven poeta que es Santiago Espinosa no aspira a habitar ese «paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos» que cantara el granadino Pedro Soto de Rojas, antes bien, podemos considerar al poeta heredero de poetas urbanos como Baudealire, Kavafis, Borges o el Lorca de Poeta en Nueva York, por citar solo unos ejemplos, y es que la ciudad se ha convertido para muchos de sus habitantes en un lugar de la existencia, no exento, claro está, de contradicciones y de ninguna manera visto como ese espacio paradisiaco de reclusión tan afecto a la contemplación y al recogimiento. La ciudad, vivir en la ciudad, exige otro tipo de afectos, acaso más efímeros, pero no menos intensos.

     «Para fundar la ciudad» se titula la primera de las cinco partes que integran este libro (las otras son «De la dificultad para pintar la luz», «El arte de cavar huellas», «Como un caleidoscopio» y «Meridiano») y en ella ya queda de manifiesto que el observador necesita distanciarse del objeto, del lugar observado, para valorar su verdadera dimensión, y no estamos hablando solo de un aspecto físico. Es necesario «lavar la mirada» para apreciar las imágenes rotundas que nos ofrece el tráfago urbano: «El cielo se inclina / en los retrovisores / donde una muchacha / es feliz y se desnuda, / cierra los ojos / hacia otras estrellas». Uno de los mejores poemas del libro, el titulado «Ciudad» ejemplifica de manera fiel el impulso que mueve a los poemas de Espinosa, el de descubrir esas aristas casi invisibles que toda ciudad oculta al paseante despistado. La ciudad de Espinosa «Tiene algo de ballena / cuando brama contra los cerros. / De un galeón fantasma / que partirá sobre las cumbres / cuando suba la marea». Parece evidente que nuestro poeta ha encontrado en la poesía la manera más eficaz de indagar en sus raíces («Sin saber quiénes somos ni hacia dónde vamos, / pienso que no tuve pasado sino un puñado de mujeres»), la forma más elocuente de construir una identidad que se bifurca como las autopistas de circunvalación, que se refleja en el rostro y la conducta de los otros («Lo vi partir, nos vimos / leales a una sombra. / Incómodos frente al filo / de nuestras propias debilidades»).

   El movimiento de la tierra es un libro complejo porque trata de dar voz en cada poema a esas correspondencias íntimas que se establecen entre el ejercicio poético y la resulta de un mundo mejor. Es un esfuerzo que Santiago Espinosa realiza con un éxito casi impensable, acaso porque aún posee una confianza ciega en los efectos del corazón sobre la naturaleza humana. Deseamos que siga manteniendo esa confianza el mayor tiempo posible, aunque mucho nos tememos que pronto el júbilo se convertirá en desencanto, como parecen traslucir los versos finales del libro: «Frente a la luz de las pantallas, / viendo el avance de las formas contra el tiempo, / el rostro de los padres comenzó a cuartearse / y fue grabado en sus semblantes / un mapa imperfecto y movedizo».