EMILIO AMOR. MANUAL DE PÁJAROS EXTINTOS

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EMILIO AMOR. MANUAL DE PÁJAROS EXTINTOS. GRAVITACIONES. COLECCIÓN GRÁFICA, 2016

No siempre es fácil conciliar dos disciplinas artísticas en un mismo formato, un formato de tamaño acaso reducido para la envergadura de la obra plástica que se reproduce, sin embargo, hemos de reconocer con placer que la esmerada edición de este libro resulta del todo oportuna para combinar pintura y poesía y que la vieja locución horaciana ut pictura poesis cobra así su verdadero sentido. Emilio Amor es un poeta y pintor, además de actor y activista cultural. Asturiano (Gijón, 1955) que tiene tras de sí un largo bagaje, tanto en lo que se refiere a su actividad artística como en la literaria. De su autoría son títulos de poesía como Cuaderno de bitácora (1981), Crónicas de Samuel Stauwton (1989), Canciones de amor en los campos de Marte (2002) o Territorio perdido (2014). Bajo el hermoso título Manuel de pájaros extintos se agrupan, divididos en cuatro secciones, algo más de cuarenta poemas, generalmente intitulados, acompañados de una decena de ilustraciones del propio poeta, que ofrece así dos visiones complementarias de un mismo impulso creativo, la subsidiaria de la imagen y la que revelan las palabras, y hablo de revelación porque estos poemas provienen de un estado que podríamos definir como de ensoñación y es que, aunque el lenguaje utilizado sea cotidiano y realista, logra transferir una capacidad simbólica que sobrepasa la mera función descriptiva, como, por ejemplo, en estos versos: «Cuando el sol se levanta sobre las alambradas/ hay una paloma que vuela en el cielo de los microchips». Debemos dejarnos llevar por lo que dicta la emoción a la hora de leer estos poemas y de contemplar estas obras pictóricas (parcialmente figurativas y de colores impactantes); debemos subrogarnos a la intuición, entendida esta como una mezcla de instinto e inteligencia, solo así conseguiremos desvelar las capas de sentido que palabras e imágenes ocultan. No resulta difícil advertir el vitalismo, teñido con notorias inflexiones de desengaño, que impregna estos poemas, algo perfectamente entendible cuando la experiencia personal se solapa con la experiencia poética. No insinuamos siquiera que abunden los motivos autobiográficos, pero el paso del tiempo va unido inexorablemente a una necesidad de consolación que, de manera obvia, tiene que ver con cierta sensación de fracaso vital, con la presencia de la enfermedad, con la crisis social («Existir es claudicar cien veces:/ los amores perdidos una tarde,/ los trabajos forzados por la necesidad,/ los hijos que se alejan en aviones vibrantes/ hacia un destino incierto y sin fronteras,/ y la salud mellada por los años»), pero es este un fracaso redimido, en ocasiones, gracias también a una exaltación fugaz, como en este verso: «He llegado al lugar donde habitan los sueños». Esta decepción vital, esta conciencia de la temporalidad no está vista, sin embargo, con dramatismo, ni siquiera con pesadumbre, porque la vitalidad creativa de Emilio Amor a la que hemos aludido más arriba se eleva por encima de esas contingencias y el mero hecho de confiar en la palabra poética, por esencia, radicalmente distinta de la palabra comunicativa, así lo atestigua. Quien vive sugestionado por el efecto nocivo de la resignación no puede ser capaz de elaborar esos paisajes anímicos que muestran las obras que acompañan estos poemas, obras iluminadas por colores encendidos, delimitadas por trazos consistentes que sugieren vigor y fortaleza. Manual de pájaros extintos no es un libro nostálgico, no es el libro de alguien que ha tirado la toalla; debemos leer entre líneas y descubrir el esperanzador latido que vibra en esa corriente subterránea que alimenta sus poemas. No todo lo que el poeta ha querido decir se encuentra en lo que dicen los versos, porque, como escribe el poeta, «Para reinar en esos ojos tristes/ he de vivir deprisa y sin aliento».

MONICA YOUN.103 MÁRTIRES COREANOS

MONICA YOUN

103 MÁRTIRES COREANOS

¿Dónde fuisteis esa noche?

Ese edificio largo y vulgar: focos

Enmarcados en lila, la luna repicando

En rosa. Hubiera preferido, pues, haberme quedado

 

Afuera, donde en los húmedos setos de tejo

Brillaban las telarañas como medusas,

Donde los caminos eran de guijarros calcáreos

Mezclados con enormes escalones de piedra.

 

Pero la película estaba empezando. En la penumbra

Del aire acondicionado, una multitud de extraños,

Familias extrañas (no de nuestra iglesia)

En hileras de sillas plegables de metal para ver

 

A un hombre cuarteado por caballos: presión

Aguda a través de su brillante espalda

Entonces, de una vez por todas, una revelación

Y luego la carne dispersada;

 

Una chica atravesó la puerta,

Desnuda entre soldados:

Ella se hizo mayor para ponerse

Un vestido azul con una cinta brillante.

 

Versión de Carlos Alcorta

KENNETH KOCH. PERROS LADRANDO EN LA NIEVE

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KENNETH KOCH. PERROS LADRANDO EN LA NIEVE. ANTOLOGÍA POÉTICA BILINGÜE. TRADUCCIÓN DE SÍLVIA GALUP Y ANIBAL CRISTOBO. KRILLER71 EDICIONES, 2016

 Kenneth Koch no ha tenido en nuestro país la suerte de otros poetas norteamericanos de su generación como, por ejemplo, John Ashbery, autor de una poesía de sesgo muy diferente, con una estructura menos convencional (usa la técnica del collage, por ejemplo), más hermética y enigmática, ampliamente traducido, sin embargo, al español y miembro, como el propio Koch, de la llamada «Escuela de Nueva York», un marbete controvertido (El éxito de la etiqueta no puede ocultar las divergencias —de nuevo, personales y estéticas— entre ellos. Podría decirse, sin temor a exagerar, que estaban más unidos por sus rechazos y sus aversiones que por sus preferencias», escribe Jordi Doce, el autor del prólogo) pero que nos es, sin embargo, útil, a la hora de establecer un marco general para situar la obra de Koch. «Los poetas de Nueva York —escribe Manuel Brito— se iniciaron en el cosmopolitismo de la ciudad moderna, fueron compañeros y colaboradores estrechos de artistas, respondieron al pasado de manera despreocupada y, especialmente, la vida diaria fue su interés más inmediato».

Kenneth Koch (1925-2002) es autor de una amplísima obra, no solo poética, sino en el ámbito del ensayo y de la dramaturgia. Ha escrito además numerosos estudios sobre la difusión y la enseñanza de la poesía en los colegios, algunos de los cuales se han convertido en manuales de uso común. Fue un poeta especialmente precoz que empezó escribiendo bajo el influjo de los poetas románticos ingleses, Shelley y Keats especialmente. Siendo estudiante en Harvard (tuvo de profesor al también poeta Delmore Schwartz), obtuvo el Glascock Prize (1948) aunque su primer libro no apareció hasta 1953 (Poems). Fue su libro The Art of Love: Poems (1975) el que le granjearía el aplauso del público lector y le colocaría en el lugar preeminente que ocupa en la lírica norteamericana. El presente volumen ofrece una muestra representativa de algunos de sus mejores libros, sin duda, la mejor manera, pensamos, de acercarlo al lector español, ya que su poesía, excepción hecha de algunos intentos esporádicos, no se había traducido nunca. La obra de Koch guarda quizá similitudes con la de otro poeta de la «Escuela de Nueva York», Frank O’Hara, por el recurso permanente a la ironía y por su inmediatez. Nieves Alberola Crespo escribe lo siguiente: «Aunque en sus poemas haya una historia, unos personajes, la atención se va a concentrar principalmente en el lenguaje, que constituye una superficie en la que confluyen diferentes sonidos, frases, silencios, espacios, rima ocasional, e incluso algunos fragmentos de prosa. La poesía debe ser, no significar, debe tener vida propia». Mucho hablan sus poemas de poesía, pero el tono siempre es lúdico. Describe el proceso creativo con un distanciamiento que llega a provocar la carcajada (el larguísimo poema «El arte de la poesía» es un buen ejemplo. Copiamos algunos versos que revelan el tono general: «Porque quienes convierten en famosos/ A los poetas, en general, no saben nada de poesía. Recuerda, tu obligación es escribir,/ Y en la escritura, ser serio, sin ser solemne, fresco sin ser frío…») y es que, como escribe Jordi Doce, «Los grandes molinos que Koch ataca sin tregua, aparte de la pedantería solemne que mencioné antes, son la creación poética convertida en “carrera literaria” y el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justifican toda escritura». Perros ladrando en la nieve, título además del último de los poemas seleccionados en esta antología, recoge poemas de libros como Thank You and Others Poems (1962), The Art of Love (1975), One Train (1994), New Addresses (2000) y A Possible World (2002). El registro de experiencias cotidianas, el autobiografismo, un sentido del humor exacerbado y el carácter didáctico que subyace en muchos de sus poemas están expresados en un lenguaje coloquial, pero muy elaborado. Se equivoca quien piense que esta franqueza discursiva surge espontáneamente. Todo lo contrario. Nada hay más difícil que trasmitir sensación de frescura, incluso de naturalidad. Eso lleva aparejado un arduo trabajo compositivo que tiene en la improvisación su mayor enemigo. Nos daría una gran satisfacción que este libro alcanzara la difusión que realmente merece. Sería, además, una forma de agradecer el notable esfuerzo editorial que hacen las editoriales pequeñas, de las cuales Kriller71 es un buen ejemplo, por ofrecernos una literatura diferente.

FRANCIS CATALANO. LA FATIGA DE LAS ESTRELLAS

francisFRANCIS CATALANO. LA FATIGA DE LAS ESTRELLAS. TRADUCCIÓN DE RENATO SANDOVAL BACIGALUPO. LUSTRA EDITORES. LIMA, 2016

Desde Canadá nos llega este exquisito volumen de la editorial limeña Lustra, en una edición bilingüe español-francés del poeta, traductor, novelista y editor, Francis Catalano, nacido en Montreal en 1961. Su nutrida obra poética cuenta con nueve libros en su haber, nueve libros que expresan diferentes estados de conciencia, porque, como el mismo poeta afirma, «cada uno de mis libros corresponde a un determinado tema que, a menudo, es un concepto». Hemos de anticipar que la poesía de Catalano no ofrece concesiones al lector, porque el sedimento tanto de la materia como de esos conceptos de los que habla, se diluye en ráfagas versiculares creando una atmósfera de perplejidadque exige un trato confidencial con la palabra, una palabra exacta que no rehúye, sin embargo, su poder evocador, su función simbólica. «El poeta —decía Luis Cernuda— escribe sus versos cuando no puede hallar otra forma más real a su deseo». Resulta del todo probable que Francis Catalano asuma esta afirmación, porque el desorden enunciativo de los versos que integran este libro no puede ser fruto de un propósito previo; da la sensación de que esa aparente arbitrariedad responde a un orden, y deben perdonarnos los lectores el oxímoron, de los instintos, un orden que está más allá de una estructura lógica, pero que participa de una sucesión de acontecimientos, a veces simultáneos, que la mente del autor desarrolla en potentes imágenes interrelacionadas. Un poema como el titulado «(Autorretrato del poeta pájaro carpintero)», del que tomamos estos versos, puede servirnos de ejemplo: «Al ver que ese carpintero de cresta roja martilla/ la corteza con su pico puntiagudo esperando/ encontrar ahí su alimento, yo me digo// así soy yo cuando escribo, tecleo sin cesar la materia/ blanda, enferma, agrietada, lineal del lenguaje/ a fin de extraer de él mi pitanza espiritual, ese pájaro/ carpintero de ahí no es consciente de que al ocuparme/ de mi campo visual, compongo versos, oso deshago,/ tengo el pico largo de todos los poetas que/ he leído, saqueado, picoteado…». Danielle Fournier, editora y autora del prólogo, abunda en esta idea cuando escribe «Con una forma en apariencia no lograda, incluso inconexa, progresiva, la poesía, los versos de Catalano van y vienen, creando sin pausas una realidad en la que se apoyan los espacios. El poema como un transportador, deja transparentar en su luz paisajes graduados donde la escritura queda como un lugar de paso».

«Bocetos citadinos» se titula la primera sección del libro, encabezada por una cita de Silvia Plath. En ella, diferentes lugares (Lima, Costa Rica, Nueva York) son descritos como si se vieran de una forma panóptica, una visión que abarca, desde un mismo punto de vista, en un mismo instante temporal, lo que acontece a su alrededor, por eso no nos resulta extraño que el poeta confiese en algún momento su desazón: «Cierro los ojos, ya no sé bien/ dónde estoy». Es posible que en su afán de asumir como propia la totalidad de la experiencia, una especie de calambre interior, un cortocircuito paralice el mecanismo de inclusión, y provoque ciertos desajustes en la maquinaria de la mente a la hora de sistematizar el conocimiento. Estas estrofas, de poemas distintos, pueden ofrecernos mayor claridad a nuestras hipótesis: «Nanocámara deslizada por una arteria sanguínea/ estratégica veo la vida mezclarse con la vida/ la vida mezclarse de vida» (de «Buffet Tambor»); «DON’T Walk empiezo a hacerme/ transparente tranquilamente/ el inicio de un neoyorquino/ los límites de mi ser es mi piel y mi piel/ se entreabre por doquier WALK/ soy una terminación nerviosa/ el corriente círculo DON’T WALK». La segunda sección, titulada «Ese conmovedor llamado de las distancias», encabezada por citas de Valêre Novarina y Andrea Zanzotto, Francis Catalano narra el periplo que le conduce hacia la Costa Este norteamericana, un periplo, por otra parte, que puede ser tanto mental como físico, porque el lugar de origen se nos escamotea o, quizá, lo integren una sabia combinación de ambas. La erudición se mezcla, como en un elaborado cóctel, con una plasticidad descriptiva propia de quien ha realizado esa travesía cuyo destino es Boston, o Nueva York, o ambas ciudades. La tercera parte del libro se titula «El albor de los lugares». Hay que resaltar aquí que posee una particularidad formal, y es que todos los poemas están escritos en prosa. El poeta encuentra similitudes entre el enjambre de enormes edificios de Wall Street y la magnitud del poema: «Las miradas van de lo bajo a la arquitectura completa del cielo. Hacen uno la marcha y el movimiento con el poema. Las estructuras se alternan, lo nuevo, lo antiguo, lo nuevo. En la intersección, otro poema surge y es un chorro de vapor. Insaciables, las imágenes se comen las formas». Este tipo de reflexiones de carácter metapoético ofrecen otra lectura de la poesía de Francis Catalano, porque, hasta ahora, el propio proceso de elaboración solo había sido mencionado de manera tangencial al asunto concreto del poema. «Las imágenes se comen las formas», escribe, y quizá sea esta la mejor definición de una poesía que da prioridad al engarce de imágenes, antes que al ritmo, a la sonoridad de la palabra (aunque somos conscientes del impedimento que supone no leer el idioma original, para afirmar esto tajantemente), aunque algunas pistas nos hacen inclinarnos hacia esa idea: «suponemos que existen los lapsus óculi que levantan el velo sobre un rincón del inconsciente degenerado, dejando vislumbrar regiones sin fronteras, sin memorias, valles que invalidados llegan a nosotros», El libro finaliza con la sección «Rumbo al sur». La mirada del viajero se concreta en detalles que son descritos con aparente neutralidad, sin apasionamiento. El sur, para Francis Catano, de familia italiana, puede representar también la vuelta al origen (aunque esté situado en EE.UU.), a un origen mitificado por la literatura y el arte, un sur en el que la luz resalta el poder evocador de la naturaleza, del paisaje y, también, del ser que se debate entre fuerzas opuestas, del ser que vive una relación conflictiva con los demás, porque la vice consigo mismo. No lo sabemos a ciencia cierta, pero es muy posible que, de esa confrontación a la que aludimos, brote la fuerza motriz que alimenta estos enigmáticos poemas.

CAROLYNE WRIGHT. SEÑORA DE LAS MONTAÑAS

CAROLYNE WRIGHT

 

SEÑORA DE LAS MONTAÑAS

 

Las paredes de tu habitación privada en la escuela estaban tan asfixiadas

con carteles de Fillmore que no se veía la luz del día,

pero tu mirada estaba muy lejos: el extenso Colorado

que ninguno de nosotras había cruzado. Aunque bromeaste

y fumaste hierba con nosotras hasta altas horas,

nunca te vimos dormir. O ir a clase.

Una vez, en una conferencia, cuando trascendió su argumento

te desmayaste —un golpe muerto, nuestra flor marchita.

¿Qué magia nos transfirió el incienso de pachulí?

¿Cómo podríamos sentarnos durante horas en la postura del loto

viéndote balancearte y entonar el lamento del sitar

o las canciones de estrellas del rock que se habían pasado de rosca?

Finalmente regresaste a casa, donde te casaste.

¿Eras feliz? ¿O has blindado tu casa?

 

Versión de Carlos Alcorta

ALFREDO RODRÍGUEZ. HIEROFANÍAS

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ALFREDO RODRÍGUEZ. HIEROFANÍAS. CHAMÁN EDICIONES, 2017

 No conocíamos hasta ahora la poesía de Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969), por eso nuestra lectura de Hierofanías no ha sufrido la influencia de otras consideraciones previas que hubieran delimitado los propósitos de este comentario, aunque, a tenor de lo expresado por el poeta Javier Asiáin en el prólogo, este libro supone un cambio sustancial con respecto de los que lo han precedido: «Guiado por el olfato poético —escribe Asiáin— y la intuición del espíritu, sus versos en este Hierofanías […] han soltado lastre para volverse etéreos y pertenecer, las órdenes del viento, a otra atmósfera diferente respecto de libros anteriores», libros como Regreso a Alba Longa (2008), Ritual de combatir desnudo (2010), De oro y de fuego (2012) o Alquimia ha de ser (2014). Parece, pues, que Alfredo Rodríguez ha cambiado de enfoque desde el volumen publicado en 2014 y lo que antes parecían ser poemas de corte más «intelectual», se han transformado en poemas intuitivos, menos sujetos a los dictados de la razón, aunque esta afirmación necesita ser matizada, y es que la poesía, como decía Luis Cernuda, «es un misterioso dominio donde solamente nos es dado suponer pero nunca comprobar». Decimos que necesita ser matizada porque en Hierofanías están muy presentes una serie de conceptos filosóficos que solo en su desarrollo, no en su propia nomenclatura, poseen altas dosis de lirismo, unos conceptos que menudean por todo el libro y que el propio poeta clarifica en el epílogo del libro, conceptos que «solo quieren reivindicar el carácter sagrado de la Poesía y su significado más alto: el de estar cerca de lo absoluto y lo definitivo», un carácter sagrado que, como quería Eliade, procede a buen seguro, de una «experiencia primordial», la de la fundación del ser a través de la palabra. Y, sin embargo, no siempre apelar a lo sagrado basta para desenmascarar al yo o para revelar lo indecible, aquello que solo percibimos como en sombras. Las cualidades sacramentales de determinada elección se enfrentan en numerosas ocasiones, por una parte, a la comprensible tendencia a racionalizar las cosas y, por otra, a esa propensión que consiste, para los remisos a profesar cualquier fe, a buscar más allá de ese ámbito sagrado, en un espacio terrenal, y no por eso menos legítimo, su axis mundi.

Dicho esto, si tuviéramos que resumir en una sola palabra lo que nos trasmiten los poemas de este libro, esta sería la palabra «entusiasmo», un entusiasmo que se transparenta en los momentos más inspirados (y recurrir a la inspiración resulta obligado en este libro), aunque, como hemos expuesto más arriba, dicho entusiasmo esté lastrado por la proliferación de términos específicos de una determinada corriente filosófica, o religiosa, según se mire. Recuerdo que Stefan Zweig, calificó como «Encuentro peligroso» el contacto de Hölderlin con la filosofía, con el pensamiento sistemático, y lo tildó así porque, para el novelista austriaco, emprender estudios filosófico suponía traicionar en gran medida el instinto creativo, violentar la naturaleza espontánea del ser: «Soy de la firme opinión —escribe Zweig— de que la influencia de Kant limitó en extremo la producción poética de la época clásica, producción que se dejó influir mucho por la maestría constructiva de sus pensamientos. Kant perjudicó en extremo la expresión sensual, la euforia de la poesía, el libre curso de la imaginación, al quererlas llevar hacia un criticismo estético». No pretendemos, al transcribir estas palabras, con las que solo en parte estamos de acuerdo, establecer absurdas comparaciones ni caer en infortunados reduccionismos, sobre todo, porque no somos expertos, ni mucho menos, en la materia que articula este libro, pero estas alusiones han surgido sin pretenderlo mientras leíamos Hierofanías y, de alguna forma, se ven confirmadas por el propio poeta, porque en el citado epílogo afirma que ha resuelto «interpretar, en un ejercicio hermenéutico absolutamente libérrimo, a mi modo y manera, algunos términos y sintagmas que son poetizados en los versos de este libro». Veamos algunos ejemplos: «Fluye de continuo la energía del mundo,/ ruedas de luz refulgen en el azul purpúreo./ Todo lo echas a los pies del Logos,/ enzima que se añade a la fusión,/ tu energía diamante, tu química/ oculta en una espiral ascendente./ Efusiones de vida», del poema XXV o este fragmento del penúltimo poema del libro: «Tú llevas la conciencia/ a la Sombra oculta que nos domina,/ tú llevas la luz a la oscuridad, / fuego del Espíritu en la materia./ Viene la ceremonia del Maithuna./ Y asomos Dos que se hacen/ Uno, para disolverse en el Éxtasis». Hay autores, y Alfredo Rodríguez menciona a alguno, como Vicente Gallego, que han logrado establecer, aunque la frontera entre los género sea cada vez más difusa, distancias entre el quehacer poético y el meramente reflexivo, el referido a las especulaciones teóricas. Es la opción que nosotros preferimos, porque pensamos que no siempre lo espiritual comulga bien con lo didáctico y porque creemos que la revelación poética, por su propia esencia, se aviene mal con la ordenación sistemática del pensamiento. Alfredo Rodríguez consigue en los momentos más afortunados armonizar ambas propuestas, en una simbiosis de expiación y de exaltación, cuando sublima la experiencia y proyecta en la unidad universal su propia práctica, como el poema núm. XVII, que transcribimos en su totalidad para que sean en última instancia los lectores los que juzguen por sí mismos: «Debería despertar, obligarme/ a escribir. ¿Quién no dejaría libre/ así su corazón, a la manera simple?/ Como el cuerpo verbal y revelado,/ como el cuerpo sagrado y absoluto,/ verdadero conocedor él, digno/ de las revelaciones, su brazo ejecutor./ Igual que el fiel aprende,/ igual que el fiel asciende/ en la totalidad original,/ peregrino que asimila doctrinas/ con la experiencia inexpresable suya/ de la Unidad. Y sin esa Unidad/ no somos nada, un espacio vacío./ Cuerpo místico que practica el Tao». Nosotros, obvio es decirlo, preferimos este proceder, pero la labor del crítico que es también poeta, como es sabido, no siempre se libra de las anteojeras inherentes a su propia estética. Nuestras interpretaciones son siempre parciales y, como tales, dejan abiertas otras posibilidades. Serán los lectores, en última instancia, los que se decanten por una u otra propuesta.

ISABEL MARINA. ACERO EN LOS LABIOS

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ISABEL MARINA. ACERO EN LOS LABIOS. EDICIONES CAMELOT, 2016

Cuando los poemas nacen de una explosión vital, de una erupción repentina que rompe la piel del sentimiento no es fácil someter ese impulso a la matemática de las palabras. La retórica penaliza la intensidad, y de esta circunstancia parece ser muy consciente Isabel Marina (Avilés, 1968), porque sus versos son precisos, diáfanos, propensos, podríamos decir, a las interjecciones, aunque carezcan de ellas, porque su carácter imprecatorio se impone a cualquier otra característica: «Y yo,/ con acero en los labios,/ sigo buscando,/ buscando a Dios». Estamos hablando de una poesía existencial, y combativa, no resignada, frecuente en la poesía de posguerra en poetas como Blas de Otero o José Luis Hidalgo, aunque en nuestra autora la profundidad metafísica de los autores citados esté muy matizada. Más que en ideas, estos poemas parecen estar sustentados en presentimientos, en intuiciones: «Y, entonces,/ comprendemos/ que estamos solos,/ paranoicamente solos». Isabel Marina mira en sus versos hacia atrás, hacia el pasado, como si con ello quisiera huir de una realidad que siente como insufrible, como si deseara evadirse de esa prisión cotidiana que tanto le oprime: «Nuestros afanes son inútiles./ Nuestra vida apenas nada». Ciertos conceptos se repiten a lo largo del libro, ciertas palabras que remiten a la soledad y al enclaustramiento, a la falta de aire y de luz, a una existencia, en suma, conflictiva: Agujero, cueva, caverna, cavidad son algunas de las más evidentes, y en torno de esta impresión de asfixia se articula el libro, aunque el título de la tercera sección, «Somos fulgor», intente trasmitir una visión hímnica de la vida, una visión, sin embargo, fugaz, porque solo se manifiesta con claridad en el poema «XXXII», del que entresacamos esta estrofa: «Grito porque soy feliz./ Lloro porque soy feliz/ y el invierno ha terminado» y, quizá, en algún que otro fragmento de poemas como el «XLI», que finaliza con estos versos: «Aquí resucitan los lirios,/ entre marasmos detenidos./ Aquí confluyen las aguas/ de los aljibes de nácar./ Nos bautiza el rocío/ en la tibia mañana». Esta sensación de plenitud, como hemos dicho, es lo suficientemente fugaz como para no dejar apenas huella en el tono general del libro. Fernando Álvarez Balbuena defiende en el prólogo a Acero en los labios una opinión contraria a la nuestra: «No quiere decir con esto —escribe Álvarez— que en la poesía de Isabel no haya elementos claros de tristeza, o si se quiere de melancolía, que los hay, porque la vida nos ofrece un pesado bagaje de contrariedades y su poesía es ciertamente muy vital, pero a pesar de ello, la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra y llenan nuestra percepción de un sentimiento de superación antes que de frustración y renuncia a la felicidad», lo que lejos de crear alguna controversia, abunda en la potestad última del lector para hacer su propia lectura, sin cortapisas metodológicas, solo guiado por su propia experiencia vital. Isabel Marina ha escrito un libro acuciada por la necesidad de encontrar en las palabras una especie de paliativo al dolor de vivir: «Como Emily Dickinson —afirma—, yo también encuentro mi hogar definitivo en la poesía, mi hogar perfecto, aquel donde puedo calmar la otredad del vivir, aquel donde soy definitivamente libre, dentro de los límites del lenguaje, en el silencio creativo de mi habitación». Es una razón de tanto peso como cualquiera otra para escribir e Isabel Marina ha sabido ponerla en práctica con frescura y emoción. Escribir, escribir para dar visibilidad al torbellino de sentimientos que se acumulan en nuestro interior, aunque debemos ser extremadamente cuidadosos y diferenciar muy bien las necesidades vitales de las circunstancias exteriores, porque el lenguaje es como un espejo: si sabes mirar encontrarás en su reflejo el interior de ti mismo; de lo contrario, solo se apreciará la escenografía.

JANE HIRSHFIELD. MADERA, SAL, ESTAÑO

JANE HIRSHFIELD

MADERA, SAL, ESTAÑO

 

Pequeña alma,

¿te acuerdas?

 

Una vez caminaste

sobre tablas de madera

hacia una casa

que se asentaba sobre pilastras en el mar.

 

Era temprano.

 

El sol trazaba

reflejos en el agua,

y donde quiera que estuvieras sentado

ese reflejo

se dirigía directamente a ti.

 

algunas mañanas

el sendero marítimo tenía el color apagado

del estaño engrifado.

Algunas mañanas cegaba.

 

Entonces se marcharía.

 

Pequeña alma,

es extraño-.

Incluso ahora es temprano.

 

Versión de Carlos Alcorta

JAVIER VELA. FÁBULA

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JAVIER VELA. FÁBULA. FUNDACIÓN JOSÉ MANUEL LARA. VANDALIA, 2017.

 No se aviene la poesía de Javier Vela (Madrid, 1981) a una lectura apresurada ni circunstancial, todo lo contrario, sus versos exigen un lector implicado, atento, cómplice, un lector que esté dispuesto a dejarse seducir por metáforas, por imágenes, por comparaciones fuera de lo habitual —aunque no por ello abuse el autor de cifrar en lo extraordinario un método de composición que, por otra parte, a muchos conduce a cierta abstracción ininteligible— como esta: «su frente ancha y humana, ennoblecida como piedra en el mar». El posible hermetismo de los versos no se encuentra en lo que dicen, sino en esa especie de eco que resuena después de haberlos leído, cuando el poso de su significado se transforma en experiencia vital. Fábula —la fábula, según Wistawa Szymborska, es una mezcla de realismo y fantasía— es un libro complejo que tiene a la memoria como hilo conductor de las seis partes que lo integran. La cita de Wallace Stevens que lo precede despeja cualquier duda sobre el falseamiento que ejercen sobre la realidad tanto la evocación como su reflejo en el lenguaje: «Poetry is the supreme fiction», y es que «El lenguaje —como escribe Gadamer— y lo que el poeta logra en su lenguaje dan testimonio de una realidad común que no necesita de otra legitimación». Es, sin embargo, la escritura, para Javier Vela un modo de conocimiento que parte del yo y se dirige hacia el otro, hacia el mundo del que forma parte: «Escribir, escribir, como si camináramos/ por un hilo invisible,// para buscar a tientas el corazón del otro…» , dice en uno de sus poemas. Como decíamos, son seis las partes que integran el libro. Imbuido por el espíritu de la época en la que vive, la primera parte, «Correspondencias», enlaza su propia experiencia con la de películas o series televisivas. Quizá el más desasosegante sea el poema titulado «El nadador» (la referencia literaria y cinematográfica es evidente): «Sale del agua muerto, y sus pisadas –brillan como diamantes enjaulados». La segunda sección agrupa unos poemas de tono amoroso, «En el país de Amara», en los que la presencia/ausencia de la amada recrea un paisaje anímico mutable y contradictorio, como ocurre a menudo con el amor: «Ahora que te has ido, he de pensar en ti, en la callada estructura del amor, esa extensión anímica que agita dos océanos bajo una misma sábana». En la tercera sección, «El sur», la contemplación retrospectiva se convierte en el leitmotiv principal: «La memoria es un puente derruido/ bajo el que fluye un tiempo sin orillas». Los vínculos familiares y ciertas alusiones a los males de la sociedad contemporánea, no exentas de crítica son la columna vertebral de la cuarta sección, la titulada «Retrato de familia». Las dos últimas, «Habla el fabulador» (cuyo carácter autobiográfico es más palpable) e «Invocaciones» (más metapoética), cierran un libro misceláneo, plural tanto en su construcción, aunque la mayoría de los poemas están escritos en prosa, como en su alcance semántico. La perspectiva que ofrece mirar desde los primeros libros de Javier Vela, La hora del crepúsculo (2004) y Tiempo adentro (2009) esta nueva entrega, Fábula, permite intuir un progresivo cambio de rumbo que solo puede depararnos a sus lectores buenas nuevas.

CHARLES SIMIC. DÍAS CORTOS Y LARGAS NOCHES

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CHARLES SIMIC. DÍAS CORTOS Y LARGAS NOCHES. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

La aparición de un nuevo libro de Charles Simic (Belgrado, 1938) supone siempre un motivo de satisfacción para todos los amantes de la poesía, aunque, en este caso, no sea el género poético el asunto central de estos textos, por más que muchos de ellos estén colmados de aliento poético. Días cortos y largas noches recopila artículos publicados previamente en el New York Times, en un arco temporal que abarca desde el 20 de octubre de 2009 hasta el 25 de agosto de 2015. Pero, como saben muy bien sus lectores, no es este volumen la primera muestra de la calidad prosística del poeta norteamericano que podemos leer en español. Hace un par de años se publicó Una mosca en la sopa (Vaso Roto, 2010), una magnífica autobiográfica; El monstruo en su laberinto (Vaso Roto, 2015), un libro que recoge fragmentos de los cuadernos que Simic escribe regularmente y, anteriormente, se había publicado un volumen misceláneo de prosas titulado El flautista en el pozo: ensayos reunidos 1972-2003 (Ediciones cal y arena, 2011). Las vinculaciones entre estos libros son evidentes, no solo formales sino temáticas: hay asuntos que, como no podía ser menos, se repiten, hay fobias recurrentes y filias inquebrantables, hay un concepto de la creación que unifica todo texto escrito por Simic, porque «Un poeta que merezca la pena leer vive en el presente, lo que le mantiene evolucionando continuamente hacia otra cosa».

     Días cortos y noches largas «no solo ofrece —como escribe la traductora y prologuista Nieves García Prados— su particular visión de la literatura y de la poesía, sino también sus juicios sin cortapisas sobre su país de origen, Serbia, la independencia de Kosovo»: («No sorprende nada la sentencia de la Corte Internacional de Justicia sobre la legalidad de la declaración de independencia de Kosovo en 2008»), sobre la política armamentista de Estados Unidos: («Como alguien que a la edad de seis años estaba acostumbrado a escuchar disparos, explosiones y gritos y a ver muertos y heridos durante la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana y la guerra civil en Yugoslavia, aprendí pronto que el propósito principal de un arma es matar gente. Quien diga que tener un montón de ellas alrededor nos hará más seguros o bien quiere hacer dinero con niños muertos, o bien vive en el paraíso de los tontos») «o la situación de indigencia en la que permanecen miles de sus conciudadanos», asuntos que un poeta como Simic, para quien la poesía es «algo importante que mi perro sea capaz de entender. Desde luego, no es una actividad elitista reservada para almas sensibles» no podía eludir. Pero su posición ante los acontecimientos que suscitan sus comentarios dista mucho de ser neutral. Estamos hablando de artículos de opinión, y la opinión de Simic no suele coincidir con la de la mayoría de sus conciudadanos. Son opiniones de alguien que está atento a lo que sucede a su alrededor, no las de un mero teórico que dialoga más con el pensamiento que con la acción, aunque las lecturas tengan una importancia fundamental en su quehacer: «Donde quiera y lo que sea que lea, tengo que tener un lápiz, no un bolígrafo, preferiblemente un lápiz gastado y pequeño para que pueda estar más cerca de las palabras, subrayar las frases mejor construidas, ideas brillantes o estúpidas, palabras interesantes o alguna información, escribir cortos o elaborados en los márgenes o poner signos de interrogación, marcas de verificación y otras anotaciones privadas junto a los párrafos que sólo yo, y a veces ni eso, puedo descifrar». Como hemos anotado, los intereses que motivan estos artículos son muy variados, desde el cine mudo al fútbol («No he hecho nada en las últimas tres semanas salvo ver fútbol», pasando por la política interior y exterior de Estados Unidos («Lo que tenemos en este país es la rebelión de las armas embotadas contra el intelecto: por eso, aman a los políticos que claman contra los maestros que adoctrinan a los niños contra los valores de sus padres y les ofenden los que muestran habilidad para pensar de forma independiente. Esta, en mi opinión, es la razón por la que se gastan millones en mantener ignorantes a mis conciudadanos») o por la rememoración de escenas infantiles. Ser nombrado poeta laureado de su país le concita sensaciones diferentes, por una parte está la pérdida de intimidad y el ajetreo continuo que desestabiliza sus costumbres y, por otra, la toma de conciencia de las enormes posibilidades de difusión de la poesía que tal galardón permite, aunque no ignora que «Los versos patrióticos, sentimentales y de postal siempre han sido tolerados, pero el tipo de cosas que los poetas modernos escriben ofenden supuestamente a esos “verdaderos americanos” a los que Sarah Palin alababa en las últimas elecciones». Es imposible enumerar en un comentario como este la diversidad de sensaciones que nos producen estos textos, con los que, por otra parte, tanto nos identificamos como poetas y como ciudadanos, por eso nos limitaremos solo a recomendar con especial énfasis su lectura. En la mayoría de sus párrafos encontrarán motivos sobrados para justificar su inversión.