DONALD HALL. ENSAYOS DESPUÉS DE LOS OCHENTA.

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DONALD HALL. ENSAYOS DESPUÉS DE LOS OCHENTA. TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2017

Produce cierta desazón leer esta especie de testamento, de declaración de últimas voluntades de Donald Hall, un poeta en muchos momentos hímnico, pero al que el peso de la edad (nació en 1928) parece haber vuelto más escéptico, más desencantado, algo absolutamente comprensible, por otra parte. En contacto permanente con una naturaleza semisalvaje, la que rodea Eagle Pond Farm, la granja familiar que tantos vínculos guarda con sus ancestros y en la que vive actualmente, su poesía ha sabido reflejar esa vida bucólica, sencilla, alejada del boato y del apresuramiento, heredera directa de autores como Thoreau, pero no sólo en su poesía está presente esta relación. Hall ha escrito libros de ficción, obras de teatro (Pan y rosas), libros para niños (Ox-Cart Man, Soy el perro, soy el gato), etc.), autobiografía (El mejor día el peor día: La vida con Jane Kenyon, Life Work)) además de ensayo (Escribir bien, Poesía y ambición, Muerte a la muerte a la poesía, etc.), género en el que podemos encuadrar estos Ensayos después de los ochenta, aunque estén entreverados de circunstancias personales, por lo que se acercan más a la biografía que al ensayo propiamente dicho; unas circunstancias que hablan de los impedimentos de la vejez (tangencialmente tratados ya en un libro de poemas como The One Day).

Da cuenta de las indignidades, del desvalimiento, de las concesiones que se ve obligado a hacer por la avanzada edad. Da cuenta también de las mujeres que han pasado por su vida, del vicio de fumar, de las cartas de rechazo a sus manuscritos, de las lecturas de poesía, de la incapacidad de escribir poesía mientras la prosa perdura, de las vistas que divisa desde su ventana («A través de la ventana» fue el primero de los textos que integran este volumen y apareció en el New Yorker en 2012. En él incluye contrapuntos hirientes y grotescos —la insuficiencia cardiaca de su madre, la muerte de Jane, las comidas calentadas en el microondas— a las escenas bucólicas, idílicas —ver nevar, contemplar a los pájaros y las ardillas alimentándose en los comederos puestos al efecto, cerca de su ventana—. No narra situaciones apacibles, sino momentos de privaciones y carencias. La edad, lejos de ser un remanso de paz, es un lastre en el que la imposibilidad de escribir no es la peor de las consecuencias: «Ya hace tiempo que no me salen poemas nuevos con metáforas y sonidos prodigiosos. La prosa se me resiste. Siento que los círculos se hacen más pequeños, y que la vejez es una ceremonia de pérdidas». No es la vejez un pozo de sabiduría, una sabiduría que, por otra parte, carece de objetivos, «La vejez es una galaxia desconocida de la que nunca sabemos qué nos va a deparar. Es una galaxia ajena, extraterrestre, y los viejos son formas apartadas de vida». Ya lo dice en el poema «Afirmation»: «To grow old is to lose everything. / Aging, everybody knows it». Los impedimentos físicos, el deterioro mental, la falta de esperanza son barreras que el paso de los años van haciendo más infranqueables, aunque trate de hacer como que no las ve, de mirar hacia otra parte: «Si por un momento olvidamos que somos viejos, lo volvemos a recordar cuando intentamos ponernos de pie, o cuando nos tropezamos con alguien más joven que parece examinar nuestra piel verde y nuestras dos cabezas con protuberancias». Pero estos textos no hablan solo de los inconvenientes de la vejez. Hall es un excelente conversador al que su afán didáctico le lleva a reflexionar sobre múltiples aspectos de la realidad, una realidad en la que la escritura tiene un papel fundamental (el hecho de que a sus ochenta y tantos continúe escribiendo es tanto un síntoma de vitalidad y de confianza como de perseverancia, una prueba de su carácter inquisitivo), una escritura concebida con una búsqueda de la precisión, como un trabajo de orfebre en el que el tesón, el trabajo constante y la emoción resultan imprescindibles para comprender la experiencia. He aquí algunos consejos que debieran encabezar cualquier manual de escritura creativa: «El mayor placer de escribir es reescribir. Mis primeros borradores son lamentables»; «Corregir lleva tiempo, es un proceso largo y satisfactorio»; «Un poema tiene que funcionar desde la tarima, pero también ha de funcionar en la página». Hay también lugar para asuntos más intrascendentes, como las tres barbas que ha lucido el poeta a lo largo de su vida o su aspecto desaliñado, con el que bromea a menudo, el beisbol y su equipo preferido, Red Sox de Boston: «Desde abril hasta octubre veo todas las noches a los Res Sox. No escribo, no hago nada. Después de cenar me convierto en el macho americano, aunque pienso de manera diferente». Por último, de manera más o menos implícita, un tema transcendental recorre estas páginas, la muerte, protagonista, además, del texto así titulado, «La muerte», en el que escribe cosas como estas, no exentas de ironía: «A mi edad siento complacencia por la muerte, aunque algunas veces me causa tristeza pues todos estamos de acuerdo en que morirse jode»; «Es casi liberador saber que he de morir más bien pronto, lo mismo que es un consuelo no tener que obsesionarme por mi propio orgasmo». Pero no nos engañemos, este es un libro no de claudicación, como pudiera parecer por lo descrito, sino de resurrección. Donald Hall demuestra que si su salud está muy deteriorada, su escritura goza de una vitalidad que ya quisieran para sí muchos jóvenes poetas.

GABRIEL FERRATER. (O EL DESENCANTO DE LA INTELIGENCIA)*

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GABRIEL FERRATER

(O EL DESENCANTO DE LA INTELIGENCIA)*

Se cumplen 45 años del suicidio de uno de los poetas fundamentales en lengua catalana de nuestra época

«Hubo una vez un hombre que a los treinta y cinco años prometió no vivir más de cincuenta. Se llamaba Gabriel Ferrater. Estaba con un amigo en un café de la plaza Prim de Reus, bebían ginebra en la terraza, el cielo era claro y volaban vencejos». Así comienza la novela de Justo Navarro “F.”, que el autor dedica a recrear la vida del poeta que decía no querer «oler a viejo». Hubiera cumplido los cincuenta el 20 de mayo de 1972, pero el 27 de abril se suicidó en su piso de Sant Cugat. Había empezado a redactar la gramática catalana, un encargo que quedaría, por la fuerza de los hechos, inconcluso.

La mayoría de los testimonios de amigos y conocidos el poeta coinciden en afirmar que Ferrater fue un hombre atormentado, de un pesimismo casi genético, interrumpido en ocasiones por momentos de exaltación, en algunos casos, desbordada. Ferrater no fue un hombre convencional ni en sus inclinaciones profesionales ni en su forma de ponerlas en práctica. Fue un hombre culto e hipersensible y tanto sus fobias como sus filias formaron parte de una personalidad en constante conflicto consigo mismo y con el entorno.

Nació en Reus en 1922 en el seno de una familia burguesa dedicada al sector vinícola, lo que posibilitó que tanto él como sus dos hermanos, Joan y Amàlia, recibieran una educación distinguida y exigente. No fue un gran estudiante pero sí un infatigable lector desde muy temprana edad (su padre, Ricard Ferraté, poseía una biblioteca extensa y actualizada), lo que alimentó su deseo de escribir y de ejercer la crítica tanto literaria como artística desde muy joven. «Fue en el otoño de 1947, y con ocasión de su primera visita al Museo del Prado, cuando el interés intelectual de Gabriel Ferrater se volcó, con la pasión y el rigor que le eran característicos, sobre el estudio de la pintura, al que dedicó gran parte de su atención en el curso de los años siguientes» escribe su hermano Joan Ferraté. En el libro “Sobre pintura”, publicado en 1981, se recopilaron todas los artículos y ensayos que comenzó escribiendo para la mítica revista “Laye”, gracias a la cual trabaría amistad con dos personajes que llegaron a ser importantísimos en su vida, Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma. Estas amistades influyeron en que su antiguo interés por la poesía se reanudara y, seguramente, también tuvieron mucho que ver en el hallazgo de otras tradiciones literarias. Será la influencia de poetas en lengua inglesa la que más se dejará sentir: Hardy, Frost, Auden, pero también Shakespeare o John Donne, aunque no descuida las lecturas en lengua alemana o en la suya propia, el catalán (él mismo reseña «la importancia molt gran que per a mi va tenir l’amistad de Carles Riba. Allò va ser decisiu. Carles Riba tenia una qualitat que no té cap altre escriptor català, una cosa superior. Riba comunicava experiència humana i un es tornava més adult tractant-lo».

En colaboración con el pintor Josep María Martín escribe, en 1951, una novela policiaca en castellano, “Un cuerpo o dos”, que no vería la luz, sin embargo, hasta 1987. Poco después comienza a ganarse la vida como traductor (aprendió alemán de niño con su preceptora y francés durante los años que pasó exiliado en Francia durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra). No será hasta 1959 cuando aparecen los primeros versos de Gabriel Ferrater, «Seis poesías», en Cuadernos Hispanoamericanos («Hacia 1958, cuando tenía 36 años, que es una edad ya muy mayor para un poeta, me puse a escribir por primera vez porque tenía ciertas cosas que decir, sobre los hombres, sobre las mujeres, España, etc.». El año siguiente aparece su primer libro, “Da nuces pueris”, casi al mismo tiempo que comienza a redactar informes de lectura para la editorial Seix Barral. Él mismo explica sus preceptos poéticos con estas palabras (que traducimos del catalán): «Entiendo la poesía como la descripción de la vida moral de un hombre normal, como lo soy yo… Cuando escribo un poema, la única cosa que me ocupa y me cuesta es definir exactamente mi actitud moral, o sea, la distancia que hay entre el sentimiento que la poesía expresa y el que podríamos llamar el centro de mi imaginación». Como miembro de la delegación de Seix Barral participa en la segunda convocatoria del Premio Formentor, en 1962, defendiendo la candidatura de J.V. Foix. Este mismo año publica su segundo libro, “Menja’t una cama”. Durante seis meses trabajará de lector en Hamburgo para el editor Rowohlt Verlag. Escribe 110 informes de lectura y da forma a los últimos poemas de su tercer —y último— libro de poemas, “Teoria dels cossos”. Estamos en la Navidad de 1963. Regresa a Barcelona y se reencuentra con Jill Jarrel —periodista norteamericana que trabajará después en la Agencia Literaria de Carmen Balcells— en Madrid y con quien contraerá matrimonio el 2 de septiembre de 1964 en Gibraltar. Su carrera profesional parece asentarse cuando lo nombran director editorial de Seix Barral, aunque sus intereses intelectuales comienzan a decantarse por la lingüística, sobre todo después de la profunda decepción que le produce la lectura de la “Gramatica catalana” de Antoni M. Badia. Publica “Teoria dels cossos” —que obtuvo la Lletra d’Or y el Premio de la Crítica en 1967— así como una traducción de “El procés” de Kafka, La relación con su esposa no durará mucho. En 1967 acuerdan separarse y el divorcio se formaliza el 24 de enero de 1969. “Les dones i els dies”, volumen que recoge toda su poesía, aparece en 1968. Su implicación en asuntos lingüísticos es cada vez más absorbente. Traduce “El llenguatge” de Leonard Bloomfield (“Esta vida que me gano traduciendo. Y es durísima, me pongo delante de la máquina de escribir, solo en casa y miro el papel en blanco y me entra una especie de angustia, algo como un vacío en el estómago. Para poder ir comiendo necesito traducir siete u ocho horas diarias, si soy capaz de resistirlo», escribe en 1967). Polemiza con Roland Barthes (Ferrater siempre fue un gran conversador y un contertulio beligerante), imparte cursos sobre lingüística, inicia en Serra d’ Or una serie de artículos bajo el título «De causis linguae» que solo se verá interrumpida por su muerte.

1971 es un año crucial en su vida. Publica dos estudios importantísimos, un prólogo a “Nabí” de Josep Carner y otro a las “Versions de Hölderlin, de Carles Riba. Además comienza a impartir clases de lingüística en la Universitat Catalana d’Estiu. Como colofón, un grupo de críticos proclaman “Les dones i els dies” como la mejor obra en catalán desde 1964.

La noche del 27 de abril de 1972 una alumna, Amelia Bercher, y su marido lo esperaban en su casa para cenar. No se presentó. Mezcló altas dosis de alcohol —del que tenía una gran dependencia— con pastillas y luego se colocó una bolsa de plástico en la cabeza. Dos días después, Marta Pesarrodona, su compañera sentimental en esa época, descubrió el cadáver. Este resumen autobiográfico escrito en tercera persona que el poeta escribió puede ser un buen retrato de la mentalidad crítica de uno de los mejores poetas españoles del pasado siglo: «Ferrater escribió muchos poemas hacia los veinte años, y la versión optimista de la razón porque lo dejó es que se dio cuenta de que eran muy malos. Desde 1955, prácticamente todos sus amigos fueron poetas: por un lado Carles Riba, y por otro, unos poetas más jóvenes que él, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José María Valverde. Es natural que volviera a pensar en las cosas de que se hablaba a su alrededor, y como se le había ido formando un coágulo de contenidos que tenía ganas de manifestar, y como que en la lengua inglesa había encontrado unos modelos de una poesía no del todo decorativa como la romántica, de una poesía que podía satisfacerlo si bien él no era lo bastante creador para inventarla solo, se entiende que acabara como acabó». Como vemos, a pesar de sus problemas con el alcohol, a pesar del carácter voluble y agrio, nunca perdió esa fina ironía que le permitía reírse de sí mismo (se conocía demasiado bien y jamás se mostró indulgente con sus defectos) e, incluso, vaticinar un final dramático como el que tuvo. El novelista mallorquín José Carlos Llop lo define así: «La mirada inteligente sobre la literatura, la sombra feliz de la poesía anglosajona, el complicado amor de las mujeres, en plural y quizá por eso más complicado, y una debilidad final en Pavese que se alía con la decisión irrenunciable de Ferrater [….] “Les dones y els dies”, sí, las mujeres y los días o el diario de un amante vitalista y su visión del mundo, pero también la inteligencia y unos modos de la sensibilidad que desaparecerían pronto». Y es que, conviene no olvidarlo, quizá el desencanto, «esos modos de la sensibilidad» sea la forma suprema de la inteligencia.

  • Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el día 28 de Abril.

 

CLAUDIA QUEVEDO. LAS ALTURAS DE CHICAGO

CLAUDIA QUEVEDO

LAS ALTURAS DE CHICAGO

La luz de Chicago se disuelve en los edificios

pero alguien necesita mirar hacia arriba

para que eso suceda.

Sólo haría falta una persona para verlo,

para nombrarlo,

para que sea.

Sin eso, ese preciado momento no existe en absoluto.

 

El lago Chicago es un océano

que alguien vio desde lejos

y lo llamó lago.

Y la mirada se asombra,

¿por qué la ciencia no puede explicar lo que veo

(un océano que es un lago),

pero desdibujados para revelar lo que veo

(un océano es un océano)?

 

La vida en Chicago continúa.

En los tejados de los grandes edificios

que existen sólo cuando miras hacia arriba.

La ciudad sólo te hace sentir si tú sientes.

 

El viento de Chicago te eleva;

hacia el cielo donde descansan los edificios,

hacia el lago que es un océano,

hacia la vida de la gente que nunca pisa el suelo.

Y luego, Chicago te pregunta:

En cualquier caso, ¿quién desea estar a ras de suelo?

 

Versión de Carlos Alcorta

 

 

 

 

 

LOUISE GLÜCK. PRADERAS.

LOUISE G

LOUISE GLÜCK. PRADERAS. TRADUCCIÓN DE ANDRÉS CATALÁN. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Louise Glück (Nueva York, 1943) se ha convertido en los últimos para el lector español en una inexcusable referencia a la hora de hablar de poesía norteamericana actual. Sus libros se traducen con cierta regularidad (algo que ocurre con muy pocos autores. Quizá Charles Simic y el recientemente fallecido Mark Strand sean los más beneficiados) de la mano de diferentes traductores, amparados, sin embargo, por la misma editorial, Pre-Textos, que ya en 2006 publicó el libro con el que la autora obtuvo el prestigioso Premio Pulitzer de Poesía, El iris salvaje, en traducción del poeta Eduardo Chirinos Arrieta, fallecido como Strand hace escasas fechas. Poco tiempo después, en 2008, vio la luz Ararat, traducido por el poeta Abraham Gragera. De 2011 datan Las siete edades, en traducción de la poeta argentina Mirta Rosenberg y Averno, de nuevo de la mano de Abraham Gragera, en colaboración con Ruth Miguel Franco. Por último, Vita Nova, a cargo del escritor Mariano Peyrou. Le toca ahora el turno a Praderas, publicado en su versión original (Meadowlands) en 1997, en la excelente versión de Andrés Catalán, fecundo traductor y magnífico poeta él mismo. Lo cierto es que, afortunadamente, y contra lo que pudiéramos pensar, este desbarajuste entre las fechas de publicación originales y sus traducciones al español no afecta al conocimiento de la poética que sustenta los versos de Louise Glück, una poética que intenta profundizar en el drama cotidiano de cualquier vida por medio de un lenguaje sencillo, aunque extremadamente depurado, y de una reinterpretación de los mitos –griegos en su mayor parte- a los que conecta con la actualidad de un modo sorprendente. Más en concreto, en Praderas, los conflictos maritales tienen su correspondencia en pasajes de La Odisea y en alguno de sus protagonistas, sobre todo en Telémaco, testigo de la relación truncada entre sus padres (un Telémano invisible parece asistir al proceso de deterioro de la pareja contemporánea que protagoniza los poemas menos complacientes, para actuar como testigo, pero también, en lagunas ocasiones, como cómplice): «Creo/ que las mujeres prefieren a un hombre/ aún entero, en pie, pero/ a punto de derrumbarse: semejante/ desmoronamiento les recuerda/ a la pasión».

La poesía de Glúck, a pesar de rozar la confesionalidad, logra distanciarse de lo meramente íntimo o anecdótico no solo gracias a la intermediación de las figuras mitológicas, sino a través de un lenguaje preciso, infalible, eficaz, poco dado a enfatizar retóricamente la idea que nutre los versos, porque administra los afectos y las antipatías con la misma neutralidad. Da lo mismo que abunde en los detalles de decepción, de rechazo, de un fracaso, en suma, que acaba en divorcio y en el que asume con ironía el papel de víctima («Dije que podías acurrucarte. No es lo mismo/ que poner tus pies helados encima de mi polla.// Alguien debería enseñarte cómo actuar en la cama./ a mí me parece que lo que deberías/ es guardarte tus extremidades para ti sola») o que los ilumine un rayo de esperanza («No dejo de recordar cómo veíamos la televisión,/ cómo solía ponerte los pies en el regazo. El gato solía sentarse/ encima de ellos. ¿No sigue pareciéndote/ una imagen de alegría, de bienestar? ¿Por qué/ no podía entonces continuar más tiempo?»). El distanciamiento ante los hechos resulta fundamental para analizarlos con objetividad, y eso es lo que Glück pretende. Si deja traslucir alguna opinión, esta se matiza posteriormente con un lenguaje más propio de un informe pericial, carente de adjetivos, imparcial, aunque como un abogado experto, haya conseguido que su mensaje cale sutilmente en el jurado. Deja así en manos del lector el dictamen final. Como hemos dicho, en este examen de la vida matrimonial, la poeta se vale de la mitología (en Vita Nova también está muy presente), en este caso y de forma casi exclusiva de protagonistas La Odisea (Circe, Odiseo, Telémaco, Penélope), lo que no acaba de quedarnos claro es si las praderas del título (Andrés Catalán nos aclara que con ese nombre se conocía el antiguo estadio de lo Giants) son un trasunto de esos espacios inconmensurables en los que la mente deja trotar sus propias contradicciones. En cualquier caso, estamos ante un libro magnífico y brutal, excelentemente compensado (aunque los detractores de Glück encontrarán razones para ratificar sus críticas en algunos versos insustanciales) que exige una relectura detenida para percibir sus muchas virtudes: «Si eres capaz de oír la música/ puedes imaginarte la fiesta./ Lo tengo todo planeado: primero/ un amor violento, luego/ dulzura. Para empezar Norma/ y luego tal vez toquen los Light».

JAVIER BOZALONGO. PRISMÁTICOS

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JAVIER BOZALONGO. PRISMÁTICOS. EDITORIAL TREA, 2017*

Es probable que el momento más álgido del género aforístico esté aún por llegar y que aumenten de manera notoria las editoriales y colecciones dedicadas a difundir este género híbrido que colinda con la poesía y con el apotegma casi a partes iguales, pero de lo que no nos cabe ninguna duda es que Trea, la editorial gijonesa, es una de las que lo lleva acogiendo en su catálogo desde hace más tiempo —varias décadas— no tenemos más que ver los títulos publicados de un un auténtico experto en estas lides como Fernando Menéndez o el ensayo ‘Pensar por lo breve: Aforística española de entresiglos (1980-2012)’ de José Ramón González, un libro que combina la antología de textos con un estudio pormenorizado de este resurgimiento.

Le toca ahora el turno a Javier Bozalongo (Tarragona, 1961), conocido sobre todo por su quehacer poético, recogido en tres antologías recientes: ‘Nunca el silencio’ (2012), ‘Has vuelto a ver luciérnagas’ (2015) y ‘Las raíces aéreas’ (2016), aunque también frecuenta la narrativa (acaba de publicar el libro de relatos ‘Todos estaban vivos’). Prismáticos recoge un conjunto de reflexiones de diferente calado: unas son como relámpagos: «Vivir es anterior a cualquier verso» y otras desarrollan esa idea originaria con mayor detalle: «Cuando apagas la luz desaparece el mundo. Cuando cierras los ojos desapareces tú. Nunca dejes de asombrarte al abrirlos de nuevo», aunque ambos poseen una fuerza expresiva que no deja de sorprendernos, aborden el tema que aborden, intensificada incluso por una ironía inteligente que brilla con especial energía en la sección titulada «Gotas de tinta», un particular abecedario del que entresacamos, por ejemplo, la reflexión a que da lugar la letra h: «Hotel: puede ser divertido y, como mínimo, cambias de almohada». En una disciplina como esta no debe resultar fácil dominar la tendencia a caer en la ingeniosidad o a dejar que vuele la imaginación hasta el cielo ininteligible de la fraseología buscando beneficios fugaces y significados pretenciosos, sin embargo, ambas gratuidades las solventa Javier Bozalongo con la destreza de quien no necesita justificaciones exógenas. Bozalongo mantiene a raya el juicio fácil y la idea refulgente, las inseguridades valetudinarias porque sabe que abundan menos las joyas que la bisutería, además, como toda idea sin una elaboración definitiva, esta permanece en continuo movimiento semántico. «Cualquier intento de dar solución a una cuestión humana por medio de una pequeña fórmula es una utopía», escribió la Nobel polaca Wistawa Szymborska. Nada más cierto, y es que estos aforismos no pretender pontificar sobre ningún aspecto de la realidad, sino levantar el velo de la cotidianidad para acceder a lo que oculta, a la parte no visible y, sin embargo, porcentualmente, de mayor densidad. Quizá por eso abunden en ellos la preguntas sin respuesta, que no dejan de ser más que formas difuminadas del pensamiento: «¿Ser padre es lo mejor que le pude pasar a uno?. ¿Y ser hijo?». Cada lector urdirá desde su propia experiencia la red que lo atrape.

*RESEÑA PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO SOTILEZA DE “EL DIARIO MONTAÑÉS” EL 21/04/2017

OCEAN VUONG. TELÉMACO

OCEAN VUONG

TELÉMACO

Como cualquier buen hijo, saco a mi padre

del agua, arrastrándolo por el pelo

 

a través de la blanca arena, sus nudillos labrando un sendero

que las olas se apresuran a borrar. Porque la ciudad

 

más allá de la costa no es más extensa

que donde lo dejamos. Porque la catedral

 

bombardeada es ahora una catedral

de árboles. Me arrodillo a su lado para ver a qué distancia

 

podría hundirme. ¿Sabes quién soy?

¿Un licenciado? Pero nunca respondes. La respuesta

 

es el agujero de una bala en la espalda,

relleno de agua de mar. Está tan tranquilo que pienso

 

que podría ser el padre de cualquiera, encontrado

de la misma forma en que una botella verde

 

que contiene un año  que nunca ha palpado

aparece a los pies de un niño. Toco

 

sus orejas. Es inútil. Le doy

la vuelta. Lo pongo de cara. La catedral

 

en sus negros ojos marinos. No mi

cara, pero sí la que me pondré

 

para dar un beso de buenas noches a todas mis amantes:

la forma en que sellé los labios de mi padre

 

con los míos y comenzar

el fiel trabajo del ahogamiento.

 

Versión de Carlos Alcorta

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO

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JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO. RULETA RUSA EDICIONES, 2017

La de Jesús Aparicio (Brihuega, 1961) es de esas trayectorias que se han ido forjando a fuego lento y esa lentitud confiere al metal, a sus versos, una solidez que el apresuramiento jamás puede ofrecer. La palabra necesita que la fragua alcance la suficiente temperatura emocional como para que sea precisa y cortante por ambos filos, como una espada, por el filo de la forma y por el del significado. Aparicio, como decimos, lo ha tenido siempre en cuenta, por eso, desde su ya lejano primer libro, Poemas como pasos (1981), ha venido publicando regularmente, pero sin exhibiciones ni afectaciones innecesarias, una serie de libros (La papelera de Pessoa y La paciencia de Sísifo son los más recientes) que, a tenor de los que hemos tenido la oportunidad de leer, mantienen un sostenido tono celebratorio, un tono sosegado y ensimismado en ocasiones, en el que, a veces, cierta morbidez se cuela de soslayo, porque, por más que cerremos los ojos a las iniquidades de la cotidianidad, «Cuanto/ más/ arriba/ miramos// mejor vemos/ nuestro centro». El milagro de la vida es cantado sin reservas, con frenesí aunque sin estridencias, con la voz de alguien que está acostumbrado a disfrutar de los más mínimos detalles que nos regala la existencia, como, por otra parte, expresa de forma admirable el poema titulado «Algo normal»: «Despiertas./ Fruta, leche y cereales./ Te abrigas y dejas en la casa/ otra hoja arrancada al calendario.// En la oficina/ ni la rutina/ te derriba.// Y está ese verso,/ como germen de trigo, que te llena/ de su milagro». La naturaleza es una parte importante del ser en el mundo que es Jesús Aparicio. Quien nos habla no es un mero espectador, es alguien integrado en ese proceso natural de drenaje y erosión, alguien que contempla, por ejemplo, el paso de las nubes no como un fenómeno meteorológico sino como un correlato de su transcurso vital. Pocas concesiones hay en estos poemas a la descripción de la realidad por sí misma; el poeta busca siempre un colofón trascendente a ese inicial rimero de evidencias que tienen como fin, únicamente, testificar que quien da cuenta del milagro de la existencia no realiza ninguna heroicidad por el hecho de hacerlo porque intenta solo dejar constancia de una necesidad, la de mirar sin anteojeras, como lo hace un niño, solo así, se puede escribir un poema tan definitivo como «Arqueología de un milagro», poema que da título al libro: «Luz que al despertar/ ha engendrado la llama,/ aire que la mantiene/ y aviva las palabras/ que eternas permanecen/ fluyendo como el agua/ y que en la tierra siembran/ silencios que son almas.// Polvo de las estrellas/ que el poema levantan:/ fragmentos de una vida/ que crece si se apaga» Hay mucho de nostalgia en estos versos finales, pero también lo hay de honradez ética y estética, de fidelidad a una manera de concebir la vida y la escritura como un todo indisoluble. Lo no dicho, lo sugerido, en muchas ocasiones, es tan elocuente como lo que expresan las palabras. Arqueología de un milagro es un buen ejemplo.

FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES

francisco onie

FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES. XXXVI PREMIO DE POESÍA JAIME GIL DE BIEDMA. EDITORIAL VISOR, 2016

Muchos son los poemas de este libro que pueden emplearse a modo de sumario del libro íntegro, muchos resumen su argumento: el poeta acepta la paternidad como la más comprometida posibilidad de transformar no solo la vida, sino, también, la escritura, una escritura, una poesía que celebra el milagro de la existencia a la vez que se celebra a sí misma, no en vano estamos hablando de creación en ambos sentidos, aunque la palabra solo colinde con la vida verdadera cuando trasmite incertidumbre y emoción, no mera información. Quizá uno de los poemas que mejor ejemplifique esta idea sea el titulado «Mi lugar en el mundo»: «Mi lugar en el mundo/ es tan solo el de un hombre/ que vive con vosotras/ y que, de vez en cuando, acude a las palabras,/ con las que intenta definirse,/ para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida». Las hijas del poeta, vosotras, están presentes, unas veces de forma velada y otras de manera evidente, en estos poemas de Vértices, libro galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y que hace el cuarto de Francisco Onieva (Córdoba, 1976), autor que previamente ha publicado Los lugares públicos (1998), Perímetro de la tarde (Accésit del premio Adonáis, 2007) y Las ventanas de invierno (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, 2013). Pero cuáles son estos vértices a los que se refiere Onieva. De nuevo recurrimos a uno de sus poemas, el último del libro, titulado «Manos», para desentrañar el enigma: «Antes de descubrir tus manos,/ intuyes que esta que te guarda el sueño/ y te acaricia/ es la misma que escribe para ti estos poemas,// […] Es la que avanza, torpe e insegura, hacia el límite/ que funde certidumbre e incertidumbre,/ de donde regresar indemne es imposible/ y se convierte en vértice». Entendemos, entonces, que los vértices son zonas de confluencia entre el sentir y el sentimiento, entre la palabra que nos permite decir yo y/o nosotros, y la certeza de dejar de ser ese yo para ser un nosotros, es decir, los vértices son puntos de unión que ensamblan líneas de tránsito. Por otra parte, el poema, lo apuntó Gadamer, es una especie de diálogo (siguiendo el modelo de los diálogos socráticos) que esclarece a medida que avanza las nebulosa del conocimiento. Francisco Onieva dialoga en estos poemas con el hombre que ha sido desde el hombre que ahora es («El hombre que construye un castillo en la arena/ imita la arquitectura del agua/ para que sea memoria de su hija…»), un hombre transformado por esa mudanza interior que se experimenta con la descendencia: «Sois la única patria/ en la que vale la pena creer», escribe en el poema titulado «Blanca y Marta». La exaltación que provoca la escisión del ser sobrevive incluso a las limitaciones del lenguaje, un lenguaje que confía en el poder del símbolo para aproximarse mejor a lo que elabora desde su hermético caparazón el pensamiento. Sin embargo, recurre Onieva en escasas ocasiones a la ambigüedad de las abstracciones para delimitar las fronteras expresivas. La escala de su mapa sentimental tiene medidas terrenales, no celestes, por más que cualquier interpretación padezca el vicio de la parcialidad y reduzca el número de posibilidades hermenéuticas. «Descreo de fronteras,/ de verdades que excluyan/ y de expresiones pretenciosas.// Escribir es dudar», escribe Onieva en el poema «Regreso». Escribir es dudar, todo un manifiesto poético que el autor va elaborando, como el milagro de la vida, poema a poema, y es que, posiblemente, sean ambos temas, el del deslumbramiento existencial a través de la paternidad y la indagación metapoética, los verdaderos protagonistas de este libro en el que Francisco Oniva ha sabido conjugar una visceralidad atemperada por su responsabilidad con las palabras que la nombran, con un lenguaje, y esto no es una paradoja, que celebra un circunstancial arrebato cuya onda expansiva se expande más allá de esas mismas palabras.

TOMAS Q. MORÍN. COLONIA NUDISTA

TOMAS Q. MORÍN

COLONIA NUDISTA

Viento intempestivo, el rocoso trueno

de la costa machaca los oídos.

Atraviesan la hierba mojada

en relucientes mocasines, sandalias

a juego con el terreno

para beber y divertirse.

En el interior, se enfrentan al vacío

de las horas entre el almuerzo

y la cena en un frágil

edificio con una puerta

achacosa e iluminación

refulgente que envuelve la superficie

mate de sus troncos

con un resplandor ámbar.

Hojas de papel mezcladas, cajas

de tizas gastadas,

óleos revueltos, afilados

lápices que se alinean en formación,

caderas que giran y se asientan

en taburetes de madera

con patas en metal. Ella

entra y sus zapatos taconean

sobre el azulejo blanco

cuando ocupa el centro

de la sala con una falda tubo

y chaqueta a juego, blusa

de color topo y un ceñidor.

A su marido se le pone una aterciopelda

a piel de gallina en el cuello

y comienza a activar sus piernas

de memoria: su primer

íntimo temblor y su deslizamiento

podría ser el de una anguila

varada en roca escaldada

pero el segundo

desgarra la página

que enmarca el largo muslo

y el nudo de la rodilla.

Cambia el peso de su cuerpo

de un pie al otro,

tacones escarlata, dedos en punta

blanca aprisionados.

Roca suave la mano,

la arrastra lentamente

sobre una pared recién encalada

y aplica la presión necesaria

para hacerla más que un remanso

de manchas y papel.

El barro húmedo de la esquina

comienza a endurecerse

y los apagados colores

acuosos del alba

corren por las costillas,

envueltos los hombros

en otoño por tonos

cereales como la desnuda

hierba en los desagües

que soportan úlceras

y golpes de viento.

Las muñecas ocupadas ahora

hostigando y sujetando

pelo al cuero cabelludo,

gorro de piel hasta la cara,

arrugas poco profundas

en las patas de gallo,

hacia el sur, hasta el oído,

hasta el límite del cuello

como suaves líneas agrupadas,

rojizas-pálidas-blancas,

en la bronceada mejilla

de los acantilados bautizados por el crepúsculo.

 

Versión de Carlos Alcorta

PHILIP LEVINE. NEWS OF THE WORLD

IMG_20170410_122040745.jpgPHILIP

PHILIP LEVINE. NEWS OF THE WORLD. Traducción: Juan José Vélez Otero. Editorial Valparaíso, 2016 *

Regresa Philip Levine (Detroit, 1928-Fresno, 2015) a las librerías de nuestro país, esta vez de la mano de Valparaíso Ediciones, editorial a la que hay que agradecer el enorme esfuerzo que está haciendo por divulgar lo mejor de la poesía norteamericana actual entre nosotros. Recordemos, además, que el pasado año la editorial Visor, de la mano de Andrés Catalán, publicó una antología temática de su obra titulada La búsqueda de la sombra de Lorca —poemas escritos gracias a su intensa relación con España—. Ahora, en traducción de Juan José Vélez Otero, aparece su libro “News of the World” (Noticia del mundo), cuya edición original data de 2009. Como sabemos, la ciudad que fuera en otro tiempo símbolo del poder industrial estadounidense, Detroit, la meca de la industria automovilística, ha sufrido un declive industrial especialmente atroz, hasta el punto de declararse en bancarrota en 2013. Estas circunstancias no han pasado desapercibidas a un poeta como Levine, que «se crió —como informa Vélez Otero— en aquel ambiente industrial y obrero […] que modeló su adolescencia e influyó y marcó todo el resto de su vida y de su producción literaria firmada por sus ideas anarquistas y por las circunstancias y la voz de los trabajadores de la industria automovilística de Detroit desde los años posteriores a la Gran Guerra».

La obra de Philip Levine es profusa y homogénea. Además de poesía, género en el que ha publicado veinticinco títulos, ha escrito ensayos y ha traducido a numerosos poetas en lengua española, entre los cuales están Pablo Neruda, César Vallejo o Gloria Fuertes. Su poesía, tildada por algunos críticos como monótona, encasillada siempre en los mismos temas (la crítica social vinculada con su biografía y la Guerra Civil española fundamentalmente —los justamente conocidos poemas ‘Coming Home Detroit 1968’ y En torno al asesinato del teniente José del Castillo a manos del falangista Bravo Martínez, 12 de julio de 1936’ son dos buenos ejemplos. “I think the writing of a poem is a political act”, escribió), consigue, sin embargo, armonizar prosaísmo y emoción como pocas veces hemos leído. Hay quienes confunden el uso de un lenguaje coloquial y las fórmulas de carácter narrativo con falta de aliento poético; quienes cifran en la exuberancia verbal —en muchas ocasiones con tintes visionarios— y/o en el efectismo semántico la verdadera médula de la creación. Estas diferentes posturas no son necesariamente excluyentes. La poesía tiene mil rostros, y en cualquiera de ellos podemos encontrar la imagen de la autenticidad. Levine mantuvo siempre una enérgica fidelidad a sus orígenes y se consideró a sí mismo como un poeta de la clase obrera, hasta el punto que para él la poesía fue un vehículo para ejercer la crítica social, para reivindicar la justicia y la igualdad, para denunciar los abusos de las grandes corporaciones. Su estilo es engañosamente simple porque por debajo de esa aparente simplicidad, de ese coloquialismo se esconde un arduo trabajo de composición. El también poeta Dana Gioia opina que el poema no necesita hacer balance de la experiencia, debe ser verdad solo en el momento de la percepción, debe conectar presente y pasado, y esto es lo que hacen los poemas de Philip Levine, como ocurre en el poema ‘Mis antepasados, los del Báltico’ o ‘Vuelta a casa’, por citar dos ejemplos. Lo cierto es que en la mayoría de sus poemas el tono nostálgico, la eufonía de la infelicidad se impone a cualquier otro sonido, a cualquier otra lectura porque, como hemos dicho, sus poemas poseen una notable influencia autobiográfica y la vida del poeta fue una vida comprometida y de lucha. Sabemos que la poesía, como toda literatura, posee un gran componente de ficción, pero no podemos soslayar que existe un fondo de verdad que condiciona su alcance, que limita su universalidad.

Muchos de los poemas de “News of the World” tienen como tema la reciente historia de España (nos referimos a los años transcurridos desde la contienda hasta la actualidad). El poema que da título al libro habla de una escapada desde Barcelona a Andorra, donde compran una radio que les permitirá sintonizar emisoras prohibidas. En otro, ‘En el pueblo blanco’ (Ronda), habla de Hemingway, “el amigo de Fidel Castro”. El titulado ‘Alba’ es uno de los más dramáticos. El cainismo español más encarnizado se manifiesta en versos como estos que describen un momento puntual de violencia indiscriminada: ‘Llevaron a todos al mismo tiempo, como un rebaño,/ al borde del acantilado y los fusilaron’. Poco después, el poder cambió de manos, pero la sangre no se detuvo. Pocos poetas han calado tan hondo en el imaginario popular. Levine, ganador del Premio Pulitzer en 1995 por su libro “La simple verdad” y Premio Nacional del Libro en dos ocasiones, gozó en vida, con toda justicia, de cientos de lectores porque supo trasladar a sus versos, a través de su propia experiencia, el sentimiento de sus conciudadanos, humillados por unas inhumanas circunstancias socioeconómicas que nunca les resultaron favorables, arruinados por la más feroz especulación (cuando contaba un año, su familia sufrió el crack del 29), explotados laboralmente, arrojados al abismo de la desesperación: “Cuando era niño, doce/ o catorce, como sus hermanos, no se explicaba/ por qué los muchachos, no mayores que él, hacían/ las cosas que hacían, robos, peleas de bandas, sobredosis,/ violaciones, nunca comprendió que su padre/ se alzara en ira ni que saliera dando puñetazos/ y patadas, botellas, platos, vasos desparramados/ por toda la cocina”. Philip Levine falleció hace poco más de dos años, el 14 de febrero de 2015, poco después de que le diagnosticaran un cáncer de páncreas. Tenía 87 años. “Noticia del mundo” fue su último libro publicado.

* Reseña publicada en el suplemento cultural SOTILEZA de El Diario Montañés, el 7 de abril de 2017