LUIS ANTONIO DE VILLENA. LUJURIAS Y APOCALIPSIS.

COLECCIÓN VISOR DE POESÍA

La trayectoria poética de Luis Antonio de Villena comenzó muy pronto, cuando el poeta apenas tenía veinte años. “Sublime Solarium”, su primer libro, data de 1971. Desde entonces, su escritura se ha prodigada en diferentes géneros: la novela, el diario, el ensayo y, preferentemente, la poesía, género en el que ha obtenido numerosos galardones. En el año que acaba de finalizar ha visto publicada su obra completa en dos voluminosos tomos, bajo el título “La belleza impura”, que recoge su poesía desde 1970 hasta 2021 y la que hasta ahora es su última entrega, “Lujurias y apocalipsis”, un libro éste que posee varias líneas temáticas: una de ellas se centra en el deterioro que sufre el mundo, la sociedad actual, en la que se siente un extraño ―«Un tiempo de vulgaridad e ignorancia. No lo entiendo, no me gusta», escribe en el Postfacio―, un mundo que acabará reducido a la nada o, más bien, reducirá a la nada los principios vitales que sustentan la vida del poeta, acaso por esa razón sean frecuentes las miradas retrospectivas de tono elegiaco, la recuperación de momentos que invitan a la melancolía ―aunque nadie pretenda recordar los fragmentos más sórdidos de su existencia―: «Pasé una tarde (hace unos días) mirando fotos: mal negocio. / Aparece el pasado con tristeza y esplendores, ves todo lo que / se fue y compruebas que el futuro, el futuro, será corto… / Me centré sobre todo en las muchas bellezas que me acompañaron» ; otra actitud no menos relevante es la dedicada a la consagración a la belleza ―«… dentro del desastre del hombre, solo el arte salva y redime» ―y la lujuria y el impulso sexual como forma de resistirse a la mediocridad y, por último, la constancia de que la sombra del envejecimiento ya no es una pesadilla que oscurece el futuro, sino algo muy presente, algo con lo que se ha de convivir, aunque se esté, como escribió Shakespeare, «golpeado y rajado por curtida vejez». El poema «Adentrado en la edad» resume de manera cristalina esa idea: «¿He dormido mal? ¿Estoy cansado? No, eres viejo ya. 69 largos. / Pero yo sabía de la edad, de sus sumas, de sus limitaciones. / Mas me sentía joven, pues a tantos jóvenes conozco. Hermano mayor. / La ancianidad ha empezado en mí y con serenidad percibo su espanto […] He entrado en la vejez, con desdén, preocupado, sin ganas. / No me engaño. La vejez nada tiene de admirables / pese a los lauros de la tonta corrección política». Como se ve, una postura contraria a la del Neruda, quien afirmaba: «Yo no creo en la edad», todo lo contrario De Villena siente cómo el peso de los años arquea metafóricamente su espalda y solo el recuerdo de ese verano eterno, al menos en la memoria, de sol y de sensualidad, parece mitigar el dolor de vivir, eso sí, momentáneamente. Pero esa idealización del pasado, la glorificación de los cuerpos o el ansia de la belleza intemporal tienen también su fecha de caducidad, por mucho que la escritura trate de inmortalizarlos ―como también pretendía el autor de Hamlet― en memorables versos. Eminentemente descriptiva y con un ritmo muy personal, la poesía de De Villena es pródiga en detalles, va directamente al grano, no oculta nada, describe sus obsesiones de forma cruda, sin ambages retóricos: «Cuando la senectud se abre paso, arrabal de vejez / lodo de rostros ajados, cuerpo torpe, manos con pecas / y todo asediado por miles de tenaces, feroces enemigos, // oh, entonces caes en la cuenta, necio, botarate, sandio, / solo en la oscuridad, en el adiós, en la ciudad estéril / ves ―horror― que la juventud, ciervo de oro, se fue hace mucho». Menudean en sus versos ―versos escritos con un lenguaje voluptuoso, agradable al oído, pese a sus disfunciones métricas―, como siempre, lugares míticos (Cabo Sounion, Gran Café de París) y figuras emblemáticas de nuestro acervo cultural cuya biografía, en algunas ocasiones, sirve de pantalla a la del propio poeta. Por otra parte, no escasean en sus versos las frases lapidarias, los aforismos, como, por ejemplo «El pensar quema» o «Huir es también buscar. Huir es poseer, bajo otro signo». “Lujurias y apocalipsis” es un libro, como hemos indicado más arriba, melancólico, pero no es un libro de fracasos porque en el hay mucha vida, mucha vida apasionada, mucho hedonismo, mucho deseo aún por satisfacer y es que, como el propio poeta escribe, «la lujuria contiene el esplendor y el fin absoluto». Bendito fin, podemos apostillar, porque las servidumbres de la edad convierten la vida en algo vacío. «La vida ―escribió Freud― se empobrece, pierde interés, cuando en el juego de vivir no puede apostarse la ficha más valiosa, la vida misma». Luis Antonio de Villena, como delatan estos versos, ha aumentado la apuesta.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés. 10/03/2023
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