El problema de la identidad en una sociedad como la nuestra adquiere tintes trágicos para quien se plantea su lugar en el mundo. La pérdida de la fe en las doctrinas religiosas, la desconfianza que suscitan las ideologías, el desprestigio del humanismo y la prominencia de la ciencia como medio para solucionar todos los problemas del ser humano ha desembocado en un periodo de incertidumbre que se materializa en la fragilidad de un yo desorientado y expuesto a caer en las redes de los vendedores de humo. Creo que a esto se refiere Trinidad Gan ―excelente poeta que tiene tras de sí una obra amplia y consistente que comienza en 1999 con Las señas del pirata y continúa con libros como Fin de fuga (2008), Premio de Poesía Ciudad de Cáceres; Caja de fotos (2009, Premio Surcos de Poesía; Receta para el fuego. Antología poética (2014); Papel ceniza (2014); El tiempo es un león de montaña (2017), Premio de Poesía Generación del 27 y la nave roja (2020)― cuando escribe en «Teselas para el insomnio», prefacio a los poemas, lo siguiente: «¿Qué somos hoy? ¿Cuál es nuestra identidad, esa que creíamos tan firme, aunque en el caso de las mujeres siempre resultó ser resbaladiza y de frontera? ¿Qué entramado, ilusorio y quebradizo, sostiene ahora esta sociedad neolítica en la que tratamos apenas de sobrevivir entre guerras, pandemias y reiteradas desigualdades?». Los poemas de este Puzles líquidos, escritos hace diez años pero absolutamente actuales, intentan dar respuesta a estas preguntas, y lo hacen desde el único lugar que pueden hacerlo, desde el temblor poético, desde la imaginación y el compromiso con el lenguaje, una imaginación que traspasa las fronteras de la ciencia, que llega a donde esta no puede llegar. Volvemos al texto de Trinidad para dar cuenta del reto compositivo que ha supuesto la tensión de la escritura: «Aquellos textos, que me despertaron una noche con la urgencia de decirse, como emanados de una corriente subterránea y onírica, fueron el inicio de una cacería continuada por mi parte que llega hasta hoy, en un asalto repetido a los baluartes de la palabra. Son, de hecho, mis primeras incursiones en lo que, cercano al poema en prosa o al pequeño relato, es más bien una palabra que trata de buscar su fuerza en lo fragmentario y la búsqueda de estructuras verbales con una respiración y aliento más libres de lo que los cauces métricos, que yo solía manejar, me permitían». La cita es larga, pero necesaria para comprender el alcance de estos textos, a medio camino entre la prosa y el verso ―si nos fijamos bien, el rigor métrico no ha desaparecido del todo, solo se ha saltado la artificialidad del metrónomo―. Por otra parte, no podemos negar que el relato breve y el poema discursivo comparten características como la narratividad, la intensidad y la sorpresa. La sorpresa que se esconde en lo anecdótico, por ejemplo, como ocurre al final del poema «(Despertar)», primero de esta serie que narra las vicisitudes de una mujer desconcertada que parece no reconocerse en la imagen que le devuelve el espejo: «Lentamente desvanezco la imagen de una extraña / que me mira desde el espejo», pero que encuentra en el placer el modo de tomar conciencia de su cuerpo, de su yo más físico. La mirada de Trinidad Gan se detiene en los detalles, explora el horizonte de la ciudad, delimitado por los edificios cercanos, se observa en la mirada desconfiada de los otros: «Ando sobre la superficie de este lago de sombras / y mentiras. Imagino palabras. Construyo en mi mente / un puente de frágiles letras que consigue acercarme / al otro diferente, al otro semejante. / Pero las palabras son burbujas que borbotean / en la planilla del agua». El agua fluye por el cauce de estos versos, es símbolo de pureza y fe de vida, pero también de fragilidad y transformación: «Sé que es agua y podría como ella, en un latido, confundir sus azules con el cielo. Observo que cambia, que cambia y permanece», escribe Gan en el poema «(Imagen en un escaparate)». Esa imagen a la que alude la poeta, nada complaciente, se rebela contra la costumbre, contra los estereotipos, por eso, en unos versos que suenan a increpación, escribe: «Rómpete sobre aquellos cristales, los mismos de los que huyes. / Abandona los caminos marcados, las puertas y los túneles, los cerrojos, sus llaves. Muda incluso esa piel que muestras por rutina». El agua, que en los poemas anteriores discurría con cierta calma, como en los charcos en los embalses, se encrespa ahora, es símbolo de una emoción, la del amor, que violenta las más arraigadas costumbres, el «amor es oleaje» y la cama «un mar sin orillas». Sin embargo, gracias a una hermosa metáfora, la habitación vacía se identifica con un cuerpo sumergido, un cuerpo cuyas «manos son de agua y, cuando trato de escribir con ellas, / las páginas quedan disueltas, en blanco». La ausencia, además, convierte la cama en una «cama de hielo», un lecho de agua, una tumba que acoge el cuerpo de la ahogada. El último poema del libro, «(Recuerdos)», nos sitúa de nuevo en la realidad. Todos los poemas previos parecen ser frutos de una alucinación que persiste en el sonambulismo, pero que se diluye cuando ella despierta del todo: «He soñado que era invierno ya. / Que nadaba en una piscina vacía de la que ahora salgo / para caminar de nuevo con mis antiguas huellas, / con esa extraña piel. / De la que ahora regreso, mojada todavía». Las teselas completan el puzle. Quedan en la memoria restos de ese ser que adquirió durante el sueño una identidad líquida, hermosamente construida en unos poemas cargados de símbolos que el lector atento debe interpretar para percibir el intenso aroma de nostalgia que desprenden.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 20/01/2023

TRINIDAD GAN. PUZLES LÍQUIDOS. EDICIONES SONÁMBULOS

El problema de la identidad en una sociedad como la nuestra adquiere tintes trágicos para quien se plantea su lugar en el mundo. La pérdida de la fe en las doctrinas religiosas, la desconfianza que suscitan las ideologías, el desprestigio del humanismo y la prominencia de la ciencia como medio para solucionar todos los problemas del ser humano ha desembocado en un periodo de incertidumbre que se materializa en la fragilidad de un yo desorientado y expuesto a caer en las redes de los vendedores de humo. Creo que a esto se refiere Trinidad Gan ―excelente poeta que tiene tras de sí una obra amplia y consistente que comienza en 1999 con Las señas del pirata y continúa con libros como Fin de fuga (2008), Premio de Poesía Ciudad de Cáceres; Caja de fotos (2009, Premio Surcos de Poesía; Receta para el fuego. Antología poética (2014); Papel ceniza (2014); El tiempo es un león de montaña (2017), Premio de Poesía Generación del 27 y la nave roja (2020)― cuando escribe en «Teselas para el insomnio», prefacio a los poemas, lo siguiente: «¿Qué somos hoy? ¿Cuál es nuestra identidad, esa que creíamos tan firme, aunque en el caso de las mujeres siempre resultó ser resbaladiza y de frontera? ¿Qué entramado, ilusorio y quebradizo, sostiene ahora esta sociedad neolítica en la que tratamos apenas de sobrevivir entre guerras, pandemias y reiteradas desigualdades?». Los poemas de este Puzles líquidos, escritos hace diez años pero absolutamente actuales, intentan dar respuesta a estas preguntas, y lo hacen desde el único lugar que pueden hacerlo, desde el temblor poético, desde la imaginación y el compromiso con el lenguaje, una imaginación que traspasa las fronteras de la ciencia, que llega a donde esta no puede llegar. Volvemos al texto de Trinidad para dar cuenta del reto compositivo que ha supuesto la tensión de la escritura: «Aquellos textos, que me despertaron una noche con la urgencia de decirse, como emanados de una corriente subterránea y onírica, fueron el inicio de una cacería continuada por mi parte que llega hasta hoy, en un asalto repetido a los baluartes de la palabra. Son, de hecho, mis primeras incursiones en lo que, cercano al poema en prosa o al pequeño relato, es más bien una palabra que trata de buscar su fuerza en lo fragmentario y la búsqueda de estructuras verbales con una respiración y aliento más libres de lo que los cauces métricos, que yo solía manejar, me permitían». La cita es larga, pero necesaria para comprender el alcance de estos textos, a medio camino entre la prosa y el verso ―si nos fijamos bien, el rigor métrico no ha desaparecido del todo, solo se ha saltado la artificialidad del metrónomo―. Por otra parte, no podemos negar que el relato breve y el poema discursivo comparten características como la narratividad, la intensidad y la sorpresa. La sorpresa que se esconde en lo anecdótico, por ejemplo, como ocurre al final del poema «(Despertar)», primero de esta serie que narra las vicisitudes de una mujer desconcertada que parece no reconocerse en la imagen que le devuelve el espejo: «Lentamente desvanezco la imagen de una extraña / que me mira desde el espejo», pero que encuentra en el placer el modo de tomar conciencia de su cuerpo, de su yo más físico. La mirada de Trinidad Gan se detiene en los detalles, explora el horizonte de la ciudad, delimitado por los edificios cercanos, se observa en la mirada desconfiada de los otros: «Ando sobre la superficie de este lago de sombras / y mentiras. Imagino palabras. Construyo en mi mente / un puente de frágiles letras que consigue acercarme / al otro diferente, al otro semejante. / Pero las palabras son burbujas que borbotean / en la planilla del agua». El agua fluye por el cauce de estos versos, es símbolo de pureza y fe de vida, pero también de fragilidad y transformación: «Sé que es agua y podría como ella, en un latido, confundir sus azules con el cielo. Observo que cambia, que cambia y permanece», escribe Gan en el poema «(Imagen en un escaparate)». Esa imagen a la que alude la poeta, nada complaciente, se rebela contra la costumbre, contra los estereotipos, por eso, en unos versos que suenan a increpación, escribe: «Rómpete sobre aquellos cristales, los mismos de los que huyes. / Abandona los caminos marcados, las puertas y los túneles, los cerrojos, sus llaves. Muda incluso esa piel que muestras por rutina». El agua, que en los poemas anteriores discurría con cierta calma, como en los charcos en los embalses, se encrespa ahora, es símbolo de una emoción, la del amor, que violenta las más arraigadas costumbres, el «amor es oleaje» y la cama «un mar sin orillas». Sin embargo, gracias a una hermosa metáfora, la habitación vacía se identifica con un cuerpo sumergido, un cuerpo cuyas «manos son de agua y, cuando trato de escribir con ellas, / las páginas quedan disueltas, en blanco». La ausencia, además, convierte la cama en una «cama de hielo», un lecho de agua, una tumba que acoge el cuerpo de la ahogada. El último poema del libro, «(Recuerdos)», nos sitúa de nuevo en la realidad. Todos los poemas previos parecen ser frutos de una alucinación que persiste en el sonambulismo, pero que se diluye cuando ella despierta del todo: «He soñado que era invierno ya. / Que nadaba en una piscina vacía de la que ahora salgo / para caminar de nuevo con mis antiguas huellas, / con esa extraña piel. / De la que ahora regreso, mojada todavía». Las teselas completan el puzle. Quedan en la memoria restos de ese ser que adquirió durante el sueño una identidad líquida, hermosamente construida en unos poemas cargados de símbolos que el lector atento debe interpretar para percibir el intenso aroma de nostalgia que desprenden.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 20/01/2023

El problema de la identidad en una sociedad como la nuestra adquiere tintes trágicos para quien se plantea su lugar en el mundo. La pérdida de la fe en las doctrinas religiosas, la desconfianza que suscitan las ideologías, el desprestigio del humanismo y la prominencia de la ciencia como medio para solucionar todos los problemas del ser humano ha desembocado en un periodo de incertidumbre que se materializa en la fragilidad de un yo desorientado y expuesto a caer en las redes de los vendedores de humo. Creo que a esto se refiere Trinidad Gan ―excelente poeta que tiene tras de sí una obra amplia y consistente que comienza en 1999 con Las señas del pirata y continúa con libros como Fin de fuga (2008), Premio de Poesía Ciudad de Cáceres; Caja de fotos (2009, Premio Surcos de Poesía; Receta para el fuego. Antología poética (2014); Papel ceniza (2014); El tiempo es un león de montaña (2017), Premio de Poesía Generación del 27 y la nave roja (2020)― cuando escribe en «Teselas para el insomnio», prefacio a los poemas, lo siguiente: «¿Qué somos hoy? ¿Cuál es nuestra identidad, esa que creíamos tan firme, aunque en el caso de las mujeres siempre resultó ser resbaladiza y de frontera? ¿Qué entramado, ilusorio y quebradizo, sostiene ahora esta sociedad neolítica en la que tratamos apenas de sobrevivir entre guerras, pandemias y reiteradas desigualdades?». Los poemas de este Puzles líquidos, escritos hace diez años pero absolutamente actuales, intentan dar respuesta a estas preguntas, y lo hacen desde el único lugar que pueden hacerlo, desde el temblor poético, desde la imaginación y el compromiso con el lenguaje, una imaginación que traspasa las fronteras de la ciencia, que llega a donde esta no puede llegar. Volvemos al texto de Trinidad para dar cuenta del reto compositivo que ha supuesto la tensión de la escritura: «Aquellos textos, que me despertaron una noche con la urgencia de decirse, como emanados de una corriente subterránea y onírica, fueron el inicio de una cacería continuada por mi parte que llega hasta hoy, en un asalto repetido a los baluartes de la palabra. Son, de hecho, mis primeras incursiones en lo que, cercano al poema en prosa o al pequeño relato, es más bien una palabra que trata de buscar su fuerza en lo fragmentario y la búsqueda de estructuras verbales con una respiración y aliento más libres de lo que los cauces métricos, que yo solía manejar, me permitían». La cita es larga, pero necesaria para comprender el alcance de estos textos, a medio camino entre la prosa y el verso ―si nos fijamos bien, el rigor métrico no ha desaparecido del todo, solo se ha saltado la artificialidad del metrónomo―. Por otra parte, no podemos negar que el relato breve y el poema discursivo comparten características como la narratividad, la intensidad y la sorpresa. La sorpresa que se esconde en lo anecdótico, por ejemplo, como ocurre al final del poema «(Despertar)», primero de esta serie que narra las vicisitudes de una mujer desconcertada que parece no reconocerse en la imagen que le devuelve el espejo: «Lentamente desvanezco la imagen de una extraña / que me mira desde el espejo», pero que encuentra en el placer el modo de tomar conciencia de su cuerpo, de su yo más físico. La mirada de Trinidad Gan se detiene en los detalles, explora el horizonte de la ciudad, delimitado por los edificios cercanos, se observa en la mirada desconfiada de los otros: «Ando sobre la superficie de este lago de sombras / y mentiras. Imagino palabras. Construyo en mi mente / un puente de frágiles letras que consigue acercarme / al otro diferente, al otro semejante. / Pero las palabras son burbujas que borbotean / en la planilla del agua». El agua fluye por el cauce de estos versos, es símbolo de pureza y fe de vida, pero también de fragilidad y transformación: «Sé que es agua y podría como ella, en un latido, confundir sus azules con el cielo. Observo que cambia, que cambia y permanece», escribe Gan en el poema «(Imagen en un escaparate)». Esa imagen a la que alude la poeta, nada complaciente, se rebela contra la costumbre, contra los estereotipos, por eso, en unos versos que suenan a increpación, escribe: «Rómpete sobre aquellos cristales, los mismos de los que huyes. / Abandona los caminos marcados, las puertas y los túneles, los cerrojos, sus llaves. Muda incluso esa piel que muestras por rutina». El agua, que en los poemas anteriores discurría con cierta calma, como en los charcos en los embalses, se encrespa ahora, es símbolo de una emoción, la del amor, que violenta las más arraigadas costumbres, el «amor es oleaje» y la cama «un mar sin orillas». Sin embargo, gracias a una hermosa metáfora, la habitación vacía se identifica con un cuerpo sumergido, un cuerpo cuyas «manos son de agua y, cuando trato de escribir con ellas, / las páginas quedan disueltas, en blanco». La ausencia, además, convierte la cama en una «cama de hielo», un lecho de agua, una tumba que acoge el cuerpo de la ahogada. El último poema del libro, «(Recuerdos)», nos sitúa de nuevo en la realidad. Todos los poemas previos parecen ser frutos de una alucinación que persiste en el sonambulismo, pero que se diluye cuando ella despierta del todo: «He soñado que era invierno ya. / Que nadaba en una piscina vacía de la que ahora salgo / para caminar de nuevo con mis antiguas huellas, / con esa extraña piel. / De la que ahora regreso, mojada todavía». Las teselas completan el puzle. Quedan en la memoria restos de ese ser que adquirió durante el sueño una identidad líquida, hermosamente construida en unos poemas cargados de símbolos que el lector atento debe interpretar para percibir el intenso aroma de nostalgia que desprenden.

*Reseña publicada en El Diario Montañés, 20/01/2023

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