NONI BENEGAS. FALLA LA NOCHE. BARTLEBY EDITORES

La noche es, para Noni Benegas (Buenos Aires, 1951), «un campo de minas / de fosfenos y alambradas / que empieza en el lóbulo frontal», pero más que la noche, parecer ser el insomnio el causante de que sus pensamientos se desboquen y la lleven a precipitarse en el abismo de la culpa, asunto central, como luego veremos, de la última sección de “Falla la noche”, el nuevo libro de esta autora que cuenta en su trayectoria con un amplio historial de títulos, entre los que mencionaremos “Argonáutica” (1984) “La balsa de la Medusa” (1896), “Cartografía ardiente” (1995), “Fragmentos de un diario desconocido” (2004), “De este roce vivo” (2009), “Lugar vertical” (2011), “Animales sagrados” (2012) y “El ángel de lo súbito” (2014).

     La primera sección, de las cinco en las que está dividido el libro, se titula «Signos», y en ella se esbozan, de forma poética, distintas formas de “significar”. A su manera, una teoría del signo y su relación con el cuerpo subyace en estos versos: «Cuando el cuerpo está inmóvil / apenas teclea», pero, obviamente, más que la relación física, lo que se interesa es la relación emocional entre la mente y las distintas formas no solo de emitir el signo lingüístico, sino de ser capaz de recibirlo (como íntérprete, siguiendo a Charles Morris). A este aspecto nos parecen remitir las menciones a poetas como Wallace Stevens, William Carlos William o Sharon Olds. Pero la palabra no es, en ocasiones, la mediadora perfecta. A veces, su significado se escapa al entendimiento, crean frases que traicionas la idea primigenia, como expresan estos versos: «Así, de frase en frase, / haber dicho por ímpetu / lo imposible de trasmitir», son incapaces de trasmitir «lo que está debajo del discurso», por eso, para comunicarnos, necesitamos el concurso de otros signos, menos contundentes, quizá, menos visibles, como, por ejemplo, el silencio, la mudez.

     «El mundo» se titula la segunda sección, en la que prima lo exterior, el mundo de afuera, lo físico, podríamos decir.  Lo real se hace presente y conforma la identidad de quien observa: «Ahora soy un objeto frágil / en manos / de una torpe relojera, // atraso atraso /adelanto adelanto // marco horas disparate / que suceden en otro lugar, / otros puntos donde no estoy. // ¿Y si fuera en este cuando miro?», pero la perspectiva con la que se contempla provoca alteraciones en la percepción, determina la jerarquía de los objetos y, por tanto, la incidencia de estos en la construcción del yo.

     En «Cosa doliente», los recuerdos dolorosos parecen haberse tatuado en la piel de la memoria: «Y aunque lave y lave / todo está ahí, / por debajo aún / vivo // y no hay torno o túnel / que no lleve a esas cámaras de dolor, / donde lo apresado gime / y recuerda // su avidez por conocer / lo que aquellas circunvalaciones / escondían», escribe Benegas en el primer poema de la sección. Resulta pues difícil desprenderse de ese lastre, vivir sin las ataduras de un pasado que se presenta mortificante: «Vivo dentro de una piedra / rehén de mis cálculos, / calcinada por mi equilibrio / a ras de suelo». La única alternativa será reconstruirse, despojándose «del atributo monstruoso / de las profundidades, / y emerger algo cercano / a la armonía / con movimientos reconocibles, / tranquilizadores», aunque, a tenor de lo que leemos en los poemas de la cuarta y última sección, esa emersión no garantiza el equilibrio emocional. Aparece la culpa: «La culpa es un argumento / para sentirse vivo». La autora reivindica el conflicto íntimo como aliente vital («estar vivo… / es una manera de estar / acosado / por las funciones terrestres»), aunque, unos versos después, afirme que «el argumento máximo / para sentirse vivo es sentir / que se está perdiendo el tiempo» y «Cualquier aliciente que cure / del malheur de vivre / es un propulsor de la culpa / del hecho de estar vivo / sin estarlo lo suficiente». No encontramos, sin embargo, en estos poemas ningún atisbo de confesionalismo. Sí se verbaliza la culpa, pero no para implorar el perdón, sino como proyección pública de la intimidad, afirmada esta por la rotundidad de los significados: «Aun así, / si pierdo el tiempo / la máquina calculadora de mi cerebro / barrunta la falta / y me condena / a la culpa que me hace sentir viva / de mala manera…». El lenguaje contiene y expresa la experiencia porque, como expresan estos versos, «no sé si yo, / fuera del lenguaje, / estoy viva / en particular». La protagonista de estos poemas vive en la duda, pero no de forma traumática, sino conciliadora. La duda es un alimento imprescindible para el espíritu, para avanzar en ese proceso, siempre inconcluso, que es el conocimiento de uno mismo, tema capital de este exigente y polisémico “Falla la noche”.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 18/11/2022

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