LUIS BRAVO. LAS HORAS GRISES. EDITORIAL COMARES
Sendas citas de John Keats encabezan dos de las tres secciones ―el poema prólogo y el poema epilogal― en las que está divido este nuevo libro de Luis Bravo (Madrid, 1994), el segundo de su trayectoria ―hasta ahora solo había publicado Triestino (2021)―, la otra corresponde a Luis Rosales, y este hecho nos ofrece algunas pistas sobre sus predilecciones literarias, sobre la influencia del romanticismo, visible sobre todo en la identificación del poeta con la naturaleza, con el paisaje, vinculación también perceptible en los clásicos latinos. Como en ellos, la mirada melancólica ―«Sabed, todo es melancolía», escribe en el poema «Esquina del cementerio»― prima a la hora de participar en el poema un punto de vista concreto, aunque la fluidez del discurso romántico se ve alterado en “Las horas grises” por frecuentes hipérbatos, por alteraciones en la concordancia, por forzados encabalgamientos más propios de nuestro barroco, sin exceptuamos, entre otras cosas, las licencias métricas.
     En ocasiones da la sensación de que el sentido es subsidiario, de que lo importante es conseguir un efecto fónico, musical, sin que importe demasiado si se trasgreden o no las normas sintácticas y los patrones rítmicos tradicionales («¿Temen que lo tilden de barroco, conservador, / reorromántico, disparate», se pregunta en una tercera persona que puede ser una mera encarnación de sí mismo). Según esto, es el poema, al escribirse, quien dicta sus propias leyes y el autor parece sentirse cómodo al respetar esa autonomía del lenguaje que lo retrotrae a épocas pasadas. Por otra parte, Bravo define su poética en el poema titulado «Contra Eliot» ―no resulta descabellado tomar también como poética el dedicado a Béla Bartók, estricto contemporáneo de Eliot―. El mundo que reflejan los poemas del angloamericano, un mundo en descomposición en el que el individuo se siente desubicado, solo, inseguro, a merced de unos acontecimientos que le zarandean: la primera Guerra Mundial coincide con la publicación de “Canción de amor de J. Alfred Prufrock”, un ejemplo de lo que acabamos de decir que está muy lejos de la intención poética de Bravo, quien defiende otro mundo en el que aún es posible la esperanza, un mundo de horizontes cotidianos en el que la belleza no sea el comienzo de lo terrible, sino un principio elemental que rige la voluntad de ser humano, perceptible en el poema dedicado al fotógrafo checo Josef Sudek o en las menciones a los pintores Ramón Gaya o Albert Marquet, por ejemplo. El poema «Desencanto del Modernismo» cuestiona, sin embargo, el retoricismo y la palabra grandilocuente de aquellos poetas ahora casi olvidados: «Qué ciego el poema campestre desde una mesa, / sólo apoyado en el suelo de mármol, sin recónditos / manzanos en flor, ropas tendidas al mareo del insecto, / todo escribiéndote la vida». Su manera de escribir huye de tanto énfasis y se acerca más al prosaísmo y la sencillez de poetas como Bécquer o Luis Pimentel, a escritores y poetas de la Generación del 98 como Azorín, Baroja, Unamuno o Villaespesa: «Teniendo estas bazas del novecientos / seguiré escribiendo. ¿Feliz? No lo sé».
     No son estos los únicos referentes. A lo largo del libro se suceden los homenajes a pintores, artistas o poetas que balizan el itinerario poético de Luis Bravo. A este respecto es necesario señalar el poema «Antonio Colinas escribe su primer libro», cuyo título, no mencionado en el poema, es significativo: “Poemas de la tierra y de la sangre”. «Ahora es tu folio / la tierra y abono bajo el techo morado de la noche», escribe Bravo, emulando el ritmo interno y la cadencia de los poemas de Colinas. En “Las horas grises” encontramos también continuas referencias al desarrollo de la escritura. La capacidad de restituir la emoción sentida en la página y la impresión de que versos de otros hayan logrado captar esa emoción sin merma, por ejemplo, se plantea en versos como estos: «¿Te atreverías a escribir este tiempo arrinconado / cuando inmerecido sopesaste un sentir / entendido superior si prestado de ajenos versos?». Él mismo parece responder a esta pregunta cuando escribe: «Escúdate en los nombres que desee / y no conforme aún, aguanta / cuando ves remolinos en las cuestas / o acumuladas por horquillas para durar segundos».
     En muchos casos, la mirada de Luis Bravo parece estar alimentada por recuerdos de un tiempo que, da la impresión, solo ha vivido a través de las lecturas. El pasado que rememora no se adecúa a la edad de quien lo escribe, pero esta distorsión temporal no impide que el poeta traslade al lector una emoción verdadera: «Lo penoso de saber que aún te crees joven, / escribiendo de pérdidas y fracasos sin lustro / bajo tu pluma, tu luna, tu jarro por calles / despedazado sin amor adolescente». Este es uno de los misterios de la literatura, de la poesía, y este libro incide en ello sin desvelar el artificio. No es un mérito pequeño, sobre todo para quien expone su yo «en la página, sin final».
·         Reseña publicada en El Diario Montañés, 16/09/2022