DANIEL COTTA LOBATO. DONDE MÁS AMANECE. PREMIO FERNANDO RIELO. FUNDACIÓN FERNANDO RIELO
 
Nacido en Málaga en 1974, Daniel Cotta comenzó a publicar poesía relativamente tarde, en 2016, pasados los cuarenta ―antes había publicado una novela, Viedojugarse la vida (2012)―. Su primer libro fue Beethoven explicado para sordos y, desde entonces, de manera ininterrumpida, se han sucedido títulos como Alma inmortalmente enferma (2017), Como si nada (2017), Dios a media voz (2019) ―con el que obtuvo el Premio San Juan de la Cruz de poesía mística―, El beso de buenas noches (2020), Alpinistas de Marte (2020), merecedor del Premio Antonio Oliver Belmás y Alumbramientos (2021). Cotta también frecuenta la narrativa en diversos géneros, novela, ensayo y teatro. Es, por tanto, un autor entregado a la creación literaria de un modo, podríamos decir, efervescente, aunque tan adjetivo acaso sugiera cierta improvisación, algo que, conviene decirlo cuanto antes, está muy lejos de la atmósfera de recogimiento y contemplación que envuelve sus poemas.
     En Donde amaneces, su última entrega, al cuidado formal ―abundan las estrofas tradicionales con sus rígidos patrones métricos: sonetos, romances, silvas u octavas reales, combinadas con habilidad con versos libres― suma un ahonda reflexión sobre el ser humano y su carácter trascendente. Como ya ocurría en algunos de sus libros anteriores ―Dios a media voz y Alumbramiento―, la presencia invisible de Dios da sentido a la existencia humana y dirige los acontecimientos del mundo como un experimentado director de orquesta. En el primer poema, «Concierto», queda suficientemente explícito: «E invisible inspira, sopla / y dirige la Batuta». Dios está en todas partes, lo mismo en un atasco en la A-5 que en el vuelo de una golondrina que «saca compases, redefine ángulos, / calcula trayectorias / para que nos quedemos tan perplejos» y es que, según declara el propio poeta, «Procuro siempre, antes de empezar mis ratos de escritura (no sólo de índole religiosa) ofrecérselos a Dios, pues toda disciplina humana contribuye a completar la creación de Dios conforme a sus designios». Visto desde esta perspectiva, todo poema se convierte, más que en una oración, en una alabanza y en una explosión de gratitud que le lleva a equiparar como criaturas de Dios al hombre con un ángel ―los ángeles habitan muchos de estos poemas― porque «somos hijos / del mismo artífice, del mismo amor» y, además «el hombre es tan solo un ángel / al que Dios vendó al vivir», aunque estos carezcan de un atributo que los diferencia, ese «don excesivo»  que comparte con el Señor, el de la paternidad, un asunto que está tratado en uno de los poemas más entrañables del libro: «A mi padre de la carne y de la sangre», un poema que nace de una alucinación: «¡Cuánto júbilo cupo en tres segundos, / tanto que tuve que cerrar los ojos / y ver desvanecerse el sueño en luz!», entendiendo la luz como metáfora de la divinidad.
     Además de los ángeles, alientan estos poemas la figura de Jesucristo, su pasión y muerte («Pero así tu paciencia me enseñaba / que en Ti cualquier dolor era infinito, / pues nace de un Amor que nunca acaba»), y el agradecimiento por ser digno del regalo que Dios le ofrece: «¡Que este entregárseme de Dios excede / todo el haber con que mi ser lo ama!». Según César Franco, obispo de Segovia, Daniel Cotta «ha captado con singular belleza lírica, en un lenguaje de sencillez cotidiana enriquecido con brillantes y poderosas metáforas, ese latir divino que poseen las cosas, núcleo de la teología mística tal como se entiende en el cristianismo». Fernando Rielo, el creador de este certamen de poesía mística, definió esta variante poética con estas palabras: «La poesía mística es personificación, es rostro, es presencia de un alma unida a lo divino. […] La poesía mística consiste, utilizando las mejores posibilidades estéticas de la palabra, en una personal comunicación teándrica; […] La poesía mística no es meditación a partir de la anécdota por mucho que esta quede trascendida, ni tampoco es vía de conocimiento de lo divino». Daniel Cotta no sigue a pie juntillas estos patrones (ver poemas como «Atasco de la 7:45 en la A-5» o «Tráfico detenido», pero, en lo fundamental, sus poemas convergen en la idea de comunión divina, sobrenatural, de expresión de gratitud y, en ocasiones, de lamento, siempre con la vista puesta en lograr una comunicación con Dios de la forma más directa posible.
·         Reseña publicada en el número 7 de la revista Ítaca. Verano 2022