BENITO ROMERO. UNA GALAXIA IMPERFECTA. COL. AFORISMOS. LA ISLA DE SILTOLÁ
Una galaxia imperfecta está divido den cinco secciones. En la primera de ellas, «Trayecto», el autor, Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983) se dirige a una tercera persona que bien pudiera ser el trasunto del autor, o un compendio de actitudes concentradas en un solo interlocutor. En todo caso, el recetor asume que «Las dudas reforzaban su integridad» y, a partir de esta convicción, repasa algunas de los hechos que determinan su conducta, hechos que, en general, no lo dejan bien parado porque: «A partir de cierta edad extendía sobre la cama sus certidumbres y las contemplaba embelesado justo antes de dormirse».  
     En la segunda parte, «Territorio», la escritura se convierte el eje central sobre el que giran los aforismos, objeto de análisis no solo como acto creativo, sino como una actividad profesional que padece los mismos vicios y defectos que cualquier otra, así escribe: «Mundillo literario: soporífera Guerra Fría». El escritor no se libra de un análisis despiadado, un análisis de alguien que demuestra conocer bien el espacio en el que se mueve: «Escritores que salen del armario cuando reconocen que su obra ha sido un error», «El sueño dorado de los escritores autodidactas: que la gramática y la sintaxis se les arrime con lascivia», «Hay escritores cuya obra no tiene mayor mérito que la de ocupar con alevosía un espacio importante» o «Los escritores, tras aplaudirse en público, se despellejan en privado como medida de saneamiento». Los poetas no salen mejor parados, desde «los poetas místicos obsesionados con la fama y el dinero» a los metafísicos que contemplan «la vulgaridad del mundo desde su feliz globo imaginario».
«Gavetas», la tercera sección, es una especie de diccionario personal. Las definiciones que describen cada concepto solo en algunas ocasiones poseen algún parecido con el habitual, así la cultura es definida como «Patio de la cárcel», el desdén como «Playa nudista atestada de cueros decrépitos», como suicida: «Persona que rebusca de manera enfermiza en la poesía y la filosofía. esperando encontrar las proteínas necesarias con las que subsistir».
     «Impresiones» son relámpagos que en su brevedad iluminan toda una teoría vital. En general se asientan en elementos contradictorios, de los que nace la paradoja, como este: «Ser mezquino por amor: perversa paradoja» o este otro: «La función de la realidad es contradecirnos». La diversidad de temas es notable, desde la desmitificación de la infancia, el cinismo, la pedantería, la candidez, el odio, la corrección política, el debate electoral, etc., todos ellos tratados con rigor, sin asomo de un humor que rebaje la crítica subyacente.
     El libro finaliza con la sección «Escombros», que no se diferencia en mucho de la precedente, aunque sean personas ―adolescentes, bebés, opositores, optimistas, cuarentones― y, por decirlo de algún modo, propósitos de reconstruir el mundo desde un nuevo filtro óptico en que no falte la corrosiva ironía: «Un matrimonio de traductores con problemas de comunicación» o «Un club de lectura en el que sus miembros no hayan comprendido ninguno de los libris sobre los que debaten».
     Como colofón, no podemos dejar de mencionar las habituales reflexiones sobre el aforismo, presentes de manera inevitable en todo libro aforismos: «Los mejores aforismos son zarpazos que lamemos con gusto», «El aforismo es la manera más rápida para detectar la sabiduría o la bisoñez intelectual de su autor», y es que, según Benito Romero, «existen dos clases de aforismos: los que poseen algunos aforismos desacertados y los que albergan un puñado de aforismos certeros». ¿En cuál de ellas, querido lector, encuadrarías lo de este libro? Yo lo tengo muy claro.