FERNANDO SANMARTÍN. EVITAR LA NIEBLA

EDITORIAL PAPELES MÍNIMOS

Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) alterna con absoluta naturalidad el verso y la prosa, la narración o el libro de viajes y el apunte diarístico con poemas de tono narrativo y carácter testimonial, acaso porque para él no existe fractura entre una y otra forma de seguir el hilo de su existencia. Su escritura no admite, según nos parece intuir, distinciones entre géneros. Es una búsqueda ―por otra parte, no forzada―, de unidad expresiva que surge de modo espontáneo y va tomando cuerpo en títulos como ―por citar solo las últimas entregas― el libro de poemas “Ir al norte” (2020), la novela “Os contaré la verdad” (2020) o el libro de viajes “Diario de Nueva York” (2021). “Evitar la niebla”, el volumen que hoy comentamos, es su nueva entrega poética y está impregnada de las mismas tonalidades que abundan en su obra anterior: ciudades, libros, escritores, políticos, filósofos, músicos, etc. van tejiendo un entramado de referencias que vertebran la escritura de Sanmartín. De hecho, el verso inicial del libro («Aira dice que somos lo que escribimos») nos deja suficientes indicios como para pensar que el ejercicio de la escritura ―en el caso de Sanmartín― no es algo coyuntural, sino una actividad incrustada en la propia vida. Vida y escritura no discurren por caminos paralelos, trazan una misma línea que se orienta hacia un fin común, la voluntad de poner coto al olvido. La memoria necesita el amparo de la palabra para cuantificar pérdidas y desgarros vitales, pero esas palabras, y este es el caso que nos ocupa, también preservan el discurrir cotidiano y el asombro que esa cotidianidad dispensa a quien sabe distanciarla de la rutina, no de otra forma podemos interpretar, pongo por caso, que junto a un muchacho musculado y tatuado aparezcan madame Bovary o Rabelais; que la vendedora de una perfumería ―«que no sabrá que forma parte de un poema»― sea la interlocutora apropiada para preguntar «qué fue del hijo de Moby Dick».

De esa cotidianidad proceden también las reflexiones de cariz metafísico en torno a la muerte: «Temo a la muerte / y protejo mi vida / de cada atardecer / tachando catálogos de rifles / mientras Jesús el Nazareno, / al que nadie conoce / por ser un anciano / que viste pantalón de cuadros, / reza en la basílica del Pilar / y cena en Las Palomas». Sorprenden al lector estas asociaciones de herencia surreal, muy frecuentes en estos poemas, y esta es una de las mejores aportaciones de este libro, ya que en sus anteriores entregas dicho recurso estaba más racionado, acaso porque ahora el poeta necesita dar una mayor relevancia a la metáfora, necesita «un buzón diferente, / desheredarme, oler a pintura, / bailar sobre Nietzsche». Da la impresión de que Fernando Sanmartín ha intentado esta vez hacer borrón y cuenta nueva, reaprender, no como si viviera la infancia de nuevo, sino con la esperanza de que el lastre de lo superfluo se haga progresivamente más liviano. Desprenderse de un bagaje innecesario para hacer recuento de lo verdaderamente importante: «Solo me queda ser / lo que he perdido», escribe. Pero ese proceso de depuración, para ser realmente eficiente, necesitaría una especie de vaciado de la memoria, y eso resulta imposible, más aún en el caso de Sanmartín, por eso no le importa contradecirse (conforma de nuevo su identidad con su bagaje intelectual: «Yo, / la tumba de Potocki, / mi paciencia, / el autorretrato que me hice / después de leer a Gramsci…») y recurrir a la benevolencia del lector: «Rechazo siempre / que el poema / se convierta en la llaga / y exijo, / lector, / tu réplica». Más que llaga, será entonces, venda, apósito.

     Otro de los recursos que suscita mayor interés es el de las alteraciones temporales. Situar, por ejemplo, a Balzac en el aeropuerto de Heathrow o ser testigo en una sala de espera de que Carlos Marx ande «con un problema de cadera» provocan en el lector cierta perplejidad, por más que el propio poeta ofrezca alguna pista cuando afirma que no es fácil para él «convertir el pasado / en un folleto de publicidad, / oponerme a las aceras, / esconder una cita a la que no iré / o adoptar la impureza / como rito de supervivencia». No hay pasado ni futuro. Todo es presente. Y es que no resulta fácil, por supuesto, extraer del pasado un cúmulo de experiencias que ayuden a perseverar en esa búsqueda de la felicidad, como a la chita callando, sin alardes ni esoterismos varios. Fernando Sanmartín, gracias al vuelo semántico de sus metáforas, contempla y se contempla con un voluntarioso entusiasmo y gracias a él logra trasmitir al lector, a pesar de que el mundo sea inexplicable, la importancia de lo aparentemente minúsculo, de los pequeños detalles, para evitar la niebla que ensombrece la existencia.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 29/07/2022