LORENZO OLIVÁN. LOS DAÑOS. TUSQUEST EDITORES
 
El título de un libro no siempre ofrece pistas fiables sobre lo que nos vamos a encontrar en su interior. Además, cuando lo hace, estas pistas suelen ser parciales por su inconcreción y su propósito de ocultamiento. No es el caso de Los daños, el último libro de poemas de Lorenzo Oliván. Este título refleja con mucha exactitud lo que los poemas tratan de representar, aunque, como veremos, no todos surgen de la aflicción. Es cierto que en este libro están más presente que en cualquiera de sus títulos anteriores las heridas y la lucha que el poeta mantiene con ellas, como «criatura de su propio sufrimiento», que diría Edmund Wilson y que, por momentos, la escritura parece practicar una labor terapéutica, pero no es menos cierto que el ejercicio de la escritura en general, aunque no lo haga de forma directa, siempre trata de cauterizar, de cerrar esas heridas que el temblor de la existencia va dejando en todo ser humano. La experiencia del pasado deja cicatrices en la piel de la memoria y estas, quiéralo o no el escritor, se transparentan en su obra, por más que esté envuelta en un halo de oscuridad premeditada. El pasado configura el presente, ese presente en el que se escribe, ese presente en el que se busca la felicidad, tan esquiva.
     Damos por sentado que, en poesía, a diferencia de otros géneros ―si exceptuamos el de la autoficción, tan de moda en los últimos tiempos― la biografía del poeta es la espina dorsal que sustenta el armazón del poema y la fidelidad de la escritura a su experiencia vital no se pone en duda. Al parecer, de nada sirven las réplicas que han escrito poetas como Pessoa y que deberían servir para hacer titubear a quienes se aferran a tal convencimiento. La sinceridad no es, en contra de lo que pensaban poetas de la talla de Pedro Salinas, una virtud literaria. Lo que debe interesar al lector no se sustenta en lo verdadero, sino en lo verosímil, palabras que tienen una raíz común, pero que no significan lo mismo: Lo verosímil no tiene por qué ser verdadero, solo aparentarlo, aunque asistamos a una especie de streptease emocional por parte del poeta. Podemos preguntarnos entonces si la poesía refleja la vida del poeta, si es espejo de su existencia, pero la respuesta está implícita en lo expresado con anterioridad. La ambición del poema no es reflejar la realidad tal cual sino desvelar los misterios que permanecen ocultos. El autor perfora en las capas más superficiales y se adentra en las zonas profundas de su conciencia. Así, con la ayuda inestimable de la imaginación y de su oficio, cumple su propósito de seducir al lector y de hacerlo cómplice de sus angustias y de sus alegrías.
     Al leer Los daños comprobamos que Lorenzo Oliván ha sabido exponer sus daños con crudeza, pero no solo lo que ha provocado esos los daños y esas heridas, sino el efecto que han causado en su vida, La intención de exponerlos a la intemperie de la página, de convertirlos en poema, no es, me atrevo a decir, otra que la de restañarlos al darles nombre, al ponerlos rostro. Del dolor y de la incertidumbre, por lo general, se extraen lecciones que ayudan a enfrentarse el presente, a seguir viviendo. Sí, hay autores que reniegan de esto, como Paul Auster ―un autor, por cierto, que Oliván ha leído con fruición―, quien opina que la escritura no sirve para curar heridas, pero, la mayoría de ellos sabe regenerarse a través de ella.
     A tenor de lo dicho hasta ahora, algún lector puede llegar a pensar que en Los daños va a encontrar un catálogo de desdichas, una lista de agravios. Nada más lejos de la realidad. Oliván no le gusta describir. Sus poemas carecen, afortunadamente, de patetismo y somos nosotros, sus lectores, quienes debemos reflexionar sobre lo leído para cuantificar la magnitud del daño sufrido, que queda en un segundo plano, como escondido, a la espera de poder salir a flote. Lo que los poemas de Lorenzo Oliván dicen no es el daño, sino su efecto, aquello que se ha solidificado en su mente, por eso prefiere dar pistas, establecer relaciones íntimas que emocionen al lector. Estos versos del poema «Realidad» nos sirven de ejemplo: «Cómo necesitamos realidad. / Cómo la mendigamos, / tan pobres como somos, / pobres incluso de nosotros mismos. // Buscamos lo real / yendo hacia su sentido, / esas cosas / que al fin quieren de irse, / en el quicio / o desquicio de ser otras distintas».
     El libro comienza con un poema, «Distancias», que guarda relación con su anterior libro, Para una teoría de las distancias. La idea de lejanía, de los límites que, a modo de frontera, señalan el itinerario vital es algo que siempre ha preocupado a Oliván, al igual que la idea de movimiento, no sólo físico, sino semántico que le emparenta directamente con las vanguardias de las primeras décadas del siglo pasado, en concreto con el futurismo italiano. Este movimiento ―«Igual en el poema que en el mundo / el movimiento abre / los sentidos»― se palpa en los cambios de significado que han sufrido palabras como distancia («echémonos un pulso de distancia. // Gana el que más se aleje. // Y ya no vuelva», escribe en «El juego» como casa, como soledad, como silencio («El silencio en la luz / no es el silencio a oscuras») a raíz de la pandemia, porque «Algunas frases cambian de raíz /la esencia del carácter / de quienes las pronuncia»), por esa razón es tan «difícil ser / atendiendo al lenguaje». Se pone de manifiesto aquí otro de las cuestiones que frecuentan los poemas de Lorenzo, me estoy refiriendo al conflicto con la propia identidad: «Los genes son un ancla / a un invisible fondo en movimiento», escribe, pero en ese movimiento participa también la mirada del otro, por eso se pregunta «¿En qué hirientes pupilas / se deshilacha el yo? // ¿Quiénes podemos ser ―hasta negarnos― en la visión del otro?». Para alguien acostumbrado a escrutarse por dentro para conocerse, para reflexionar sobre sus debilidades, la mirada ajena es quizá un elemento arbitrario, pero esencial a la hora de configurar el propio yo, un yo que va tomando forma gracias a las palabras y a los silencios, dos realidades opuestas, porque «Hay algunas palabras que, al decirse, / expresan, / sin nombrarlo, / en un instante / lo que tras ellas / ya no se dirá». La reflexión sobre el poema dentro del propio poema es algo que, desde que Mallarmé lo puso en práctica en Coup de Dés, distintos poetas de diferentes estéticas no han cesado de experimentar. El acto creador se constituye en objeto del poema y las palabras son el instrumento gracias al cual se intenta desentrañar el misterio de la creación, aunque «A veces las palabras son como cáscaras / de cangrejos que ambos / dejamos en la mesa», es decir, a veces las palabras expresan tanto, o tan poco, como los silencios porque están vacías de contenido.
     Con frecuencia, en el lenguaje de Oliván se combinan emociones y sensaciones con términos e ideas abstractas: «Es como si las cosas se mostrasen en esquema por fuera, y en su complejidad irresoluble y en su más intrincada confusión por dentro. Nada más que por dentro», escribe en el poema «Casi todo es abstracto». La vecindad de esta idea está muy cerca de algunas teorías científicas en las que no vamos a profundizar aquí. Si conviene decir que poner en un mismo plano abstracción y emoción no es algo fácil y, sin embargo, Oliván lo consigue con frecuencia y, suponemos, es también gracias a esas imágenes que provienen de un campo técnico, como logra evitar el patetismo al que nos referimos más arriba, por eso poemas como «Los rostros» o «El gran desprendimiento» son tan conmovedores, por eso poemas como «El falso hijo» erizan la piel, son tan estremecedores.
    Escribir no implica casi nunca buscar consuelo, sino asumir de lleno los conflictos y las debilidades el ser, asumir que vivimos en el reino de la incertidumbre y que «Vivir consiste en aprender la pérdida». Sobre estas premisas Lorenzo Oliván ha escrito Los daños, su libro más visceral, más doloroso y auténtico.
 
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