SABRINA FOSCHINI. MORDISCOS Y PLEGARIAS. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE JUAN VICENTE PIQUERAS. EDICIÓN BILINGÜEEDITORIAL RENACIMIENTO.

Resulta cada vez más raro encontrarse con autores capaces de aportar es su obra, en sus poemas, una mirada original sobre la realidad, pero, aunque infrecuente, todavía cabe esa posibilidad, y eso es lo que me ha ocurrido con Sabrina Foschini, poeta italiana nacida en 1968, de quien nada sabía hasta que comencé a leer este libro traducido y prologado por el poeta Juan Vicente Piqueras, el cual nos ofrece de ella una imagen laudatoria y casi sobrenatural: «parece una mujer salida del mar y de una película de Fellini», escribe en un breve, pero instructivo prólogo, en el que, además, para definir los resortes que ponen en marcha su creación, explica que «Su mirada, siempre atenta al misterio de todo lo que vive, está llena de pietas por el ser humano, por todo lo que su alma laica bendice cuando nombra. Su sensualidad es pagana y es cristiana. Es más, su poesía es la delicada prueba de que el catolicismo es la continuación del paganismo […] En sus poemas el verbo se hace carne y viceversa. Su poesía es sensual, salvaje y religiosa […] Erotismo y mística son, en ella, dos caras de la misma moneda, haz y envés de la misma hoja trémula ungarettiana».

Mordiscos y plegarias, un título que resume bien el contenido del libro, recoge poemas de varios de sus libros, Voz del verbo, La sed del mar, Hojas de agua e Himno del cuerpo reconstruido, más una serie de poemas inéditos basados en personajes de la mitología griega. De hecho, el volumen está configurado en tres secciones, poemas que responden a una relectura de asuntos bíblicos ―sin duda, lo mejor del libro―, poemas de amor y los citados poemas que recrean antiguos mitos.

Lo que más llama la atención a la hora de leer los poemas de Foschini es la capacidad para ofrecer otra perspectiva de hechos sobradamente conocidos, que pertenecen ya al acervo cultural de cualquier lector, sea este creyente o no. El arcángel Gabriel nos va describiendo cómo fue el momento en el que le anunció a María ―«Le dije que el rayo de luz que le anunciaba / fecundaría su vientre / como un astro iluminado»― la buena nueva: «Ella no conocía el misterio de dar a luz, / y yo soy un ángel… ¿qué podría decirle?». No hay en estos versos una apología del misterio divino, por el contrario, rebaja la divinidad del ángel a la superficie de lo humano, pues duda, se compadece, se emociona como cualquier ser mortal. Esta es la particular manera de ponerse en la piel del otro que Sabrina Foschini maneja, a la vez que, como he señalado, humaniza y dota de sentimientos a los protagonistas de hechos y revelaciones de carácter místico. Cualquiera de los poemas de esta primera sección ejemplifica perfectamente esta opinión, pero basta con citar un par de ellos para justificarla. El titulado «José» en el que muestra a un José anciano que rememora cómo conoció a María ―«me tocó como esposa la niña», escribe Foschini―, una niña a la que veía jugar en su taller y a la que no se atrevía a tocar, por eso se indignó cuando vio crecer su vientre un fruto no esperado: «se le hinchó el vientre de espanto y yo temblé de vergüenza / por aquel abuso cometido en secreto por otro hombre», hasta que recibió la visita de un mensajero, «un ser mitad hombre y mitad pájaro», que le reveló «la naturaleza luminosa de mi hijo, / la extraordinaria misión otorgada a la niña». No deja de sorprender la magistral forma de asumir la identidad de otro para renovar la lectura de, en este caso, las Sagradas Escrituras. Otro tanto ocurre con el titulado «Marta» en el que aventura la envidia que suscitó en Marta el trato de privilegio que Jesús le dio a María, su hermana: «Desde que éramos niñas / nuestro padre y los huéspedes la preferían, / la querían a su lado en los banquetes, / liberada de la aspereza de las tareas domésticas», aun así, confiaba en que, con el paso del tiempo, ese tarto vejatorio se amortiguaría, pero el «maestro» también sucumbió a «la trampa de sus mohínes».

Los poemas amorosos de la segunda sección no ofrecen un similar grado de recreación semántica, se atienen más a lo previsto, aunque en ellos, en ocasiones, prime una sensualidad extrema, como en estos versos: «Hemos hecho el amor como un festín feroz, / dientes y uñas y huesos, todo lo duro que hay en nosotros, / todo lo duradero junto a lo suave / y a los ojos en blanco» y, también, la conciencia de la temporalidad de todo acto o sentimiento humano: «Dicen que el amor no dura / y duran las estatuas romanas, los estucos de las casas prehistóricas, / duran los huesos de los animales que exterminamos antes de nacer». En otros poemas, por el contrario, es el amor filial, sustentando en recuerdos de la infancia y de la adolescencia, el que se toma como núcleo del poema, núcleo que irradia una imantación plagada de conceptos generales y de símbolos privados que relacionan metafóricamente la carne con el alma.

La tercera sección está compuesta por poemas mitológicos. Personajes como Ícaro, Narciso o Teseo nos relatan aquellos actos por los que se han convertido en mitos. La estructura descriptiva es muy similar a los poemas de la primera sección. Los personajes de ambas secciones, «figuras arquetípicas», se hacen, como escribe Alessandro Giovanardi, «escritura, forma de vida plena». En resumen, estamos ante una poeta excelente que desnuda la tradición y la viste con los ropajes de la modernidad, sin prejuicios y sin complejos.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 19/11/2021