JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. MAPAMUNDI DEL DUELO Y LA MEMORIA

EDITORIAL BAJAMAR.

“Mapamundi del duelo y la memoria” es el primer libro que publica Juan Ignacio González después de publicar su poesía completa, “En tierras como esta. Poesía reunida 1985-2020”, el pasado año, y esta nueva entrega no hace más que confirmar, ya desde el propio título, la columna vertebral sobre la que se articula toda su obra: la toma de conciencia crítica sobre la realidad que le ha tocado vivir, una toma de conciencia, sin embargo, que va más allá de la pura descripción meramente informativa ―próximo a lo que José Hierro denominó «reportaje»―, para internarse en reflexiones de carácter lírico, intimista, con ciertas dosis de irracionalidad. De esta combinación nace una poesía que, sin perder de vista el contexto colectivo, se cimenta en la experiencia personal del poeta, trascendida para convertir el yo en un nosotros.

     Ambos procedimientos están presentes en este libro, que consta de dos partes perfectamente diferenciadas: en la primera de ella, «El duelo», el dolor, la aflicción y la nostalgia subyacen en la mayoría de los versos: «No hay sino dolor tras estos ojos / que van dejando, agónico, este tiempo / triste y parpadeante, de la espera», pero no es el único argumento. En los poemas más descriptivos ―«Malditas guerras», «Bakhit habla del mundo» o «Exposición “Auschwitz”. Madrid, 2017», por ejemplo― se impone, por encima de otros aspectos de carácter poético, el valor de la denuncia, no solo de los hechos en sí, sino también de la manera de interpretarlos en el presente, sumidos ya en la insensibilidad que provoca la costumbre y la banalización del terror: «Suenan flashes, hay ruido por las salas. / Tan lejano parece que hay sonrisas, / y posados grotescos ante el pórtico / que señala la entrada de la expo». Juan Ignacio González siempre ha mostrado una confianza ciega en el poder salvífico de las palabras, del poema, y de este convencimiento hay excelentes muestras en esta como la que sigue primera sección: «Queda abierto al mañana escribir un poema. / Con el construiremos un mundo diferente, / con las casas abiertas / y una inmensa explanada / donde acampen los sueños». Esa certidumbre va unida a la alta estima que tiene nuestro autor del oficio de poeta. En el poema del mismo título escribe: «Nosotros, los poetas […] / Vamos abriendo, lentamente, puertas. / Repintamos los techos, las heridas, / vencemos a la muerte con los versos / que llaman con su luz inquebrantable, / y aniquilan las sombras de la ausencia. // Dibujamos los mapas del recuerdo, / trazamos avenidas donde el llanto / discurre lento, inexorable, / y luego / se aparece un jardín y algunas fuentes, / en que beber la vida / y, exultantes, / dejamos en las páginas la nieve / que habrá de retoñar, en primavera, / los campos yermos de las madrugadas». Evidentemente, atribuir estas funciones al poeta no es, viniendo de un poeta de tan larga trayectoria como González, un voluntarioso acto de mitificación, sino un estrecho vínculo entre vida y obra, entre las palabras y la acción.

     La segunda sección, titulada «De la memoria», reincide en los mismos temas, pero el dolor y la nostalgia provienen del pasado, de los recuerdos que afloran en la memoria. El primer poema, «Hijos del baby boom», es suficientemente explícito: «Nuestros padres crecieron tras la guerra. // Ellos, indoctrinados por maestros / que aleccionaron su quehacer diario / a golpes de regleta y bofetadas / y que en la agria geometría de los patios / les hicieron cantar salmos e himnos / de cara al sol en una España yerta». Junto a poemas como este ―«Maneras de estar vivos» y «El blues de la memoria» son otros ejemplo―, reportajes de un tiempo oscuro que, por fortuna, ya solo es historia para muchos españoles, hay poemas que, sin perder ese afán de luchar contra el olvido, poseen una vena más lírica  como los titulados «Música de agua», «La  fórmula del agua», «Aquel pupitre» o «En la alquimia del aire». Todos ellos van narrando la autobiografía del poeta, eso sí, desde ángulos y perspectivas diferentes, y conformando una identidad que debe, y no lo oculta, mucho a las experiencias vividas en la juventud y la adolescencia, aunque a veces sean contemplados como productos de los sueños. No hay deseo de revancha a la hora de poner en claro estos recuerdos, sino el deseo de dejar constancia de la precariedad, también en el aspecto afectivo, de una época aciaga. Juan Ignacio González los narra como si estuviera hablando consigo mismo en voz alta, con palabras cotidianas y un mensaje claro, la de cauterizar las antiguas heridas, por eso el libro finaliza con esta estrofa: «Qué extraño es este triste tañer de la memoria, / con su pasión de orfebre sutura las heridas, / encaja en las palabras, escritas a la lumbre / de aquellas latitudes, una pasión que juras / habrá de ser el credo que siempre te acompañe».

  • Reseña publicada en El Diario Montañés el 12/11/2021