ALEJANDRO PEDREGOSA. BARRO. SONÁMBULOS EDICIONES

La obra de Alejandro Pedregosa (Granada, 1974) se reparte casi por igual entre la poesía y la prosa. Ha publicado novelas como “Hotel Mediterráneo” (2015); “A pleno sol” (2013); “El dueño de su historia” (2008) o “Paisaje quebrado” (2005) y en poesía, títulos como “Postales de Grisaburgo y alrededores” (2001), “Retales de un tiempo amarillo” (2002), Premio Ciudad de Trujillo; “Labios celestes” (2008), Premio Arcipreste de Hita; “El tiempo de los bárbaros” (2013) y “Pequeña biografía de la luz” (2019). Recientemente ha sido galardonado con el Premio Ciudad de Orihuela de poesía infantil por su libro “Álbum de familia”. A este completo bagaje debemos añadir un libro de cuentos, “O”, que mereció el Premio Andalucía de la Crítica en 2018, y su labor como articulista y como profesor de Escritura Creativa. Estamos, pues, ante un autor que vive la literatura en todas sus facetas y que, por ende, es consciente de la dedicación y el esfuerzo que supone indagar en el conocimiento propio y de cuanto le rodea a través de la escritura. Por eso, y pese a la opresiva sensación de fracaso que atenaza cuando no se consiguen los objetivos propuestos (la palabra, como sabemos, es un instrumento dúctil, maleable y, por sus múltiples significados, impreciso, como se manifestado muchos poetas), Alejandro Pedregosa no cesa de buscar el género que mejor se adecúe a su necesidad expresiva, a la idea que la promueve (es la idea la que determina la forma, no a la inversa).

     En “Barro”, su nuevo libro de poemas, la ausencia del padre vertebra los poemas, incluso cuando estos, aparentemente, se ramifiquen en otros asuntos, como el metapoético. Véanse el poema inicial, paradójicamente titulado «Epílogo», y «Sobre la vocación literaria», de carácter más simbólico, en el que se asocia escribir con volar, porque, probablemente, ambos propósitos pertenecen a experiencias remotas, incluso producto de una ambición infantil, de ahí puede provenir el empleo del lenguaje coloquial, sin innecesaria retórica, sin una pirotecnia verbal que, por otra parte, comprometería el objetivo de un poema como «ONG», en el que aparecen chabolas, niños malnutridos o generosos misioneros, los males de una época que las ONGs, y quienes contribuyen con sus donaciones a hacer que su trabajo sea posible, tratan de mitigar. En este poema se menciona por vez primera al padre, más bien la ausencia de la figura paterna. Es el hijo quien debe informar del deceso: «A todos hace tiempo que escribí / una carta sencilla, desflorada, / para anunciar, papá, que ya no eras, / que un cáncer había cesado para siempre / tu larga filiación / con la piedad humana». Percibimos aquí una mezcla de lucidez ―lavar la mala conciencia occidental― y de vitalismo que busca en el ser humano paleolítico los orígenes de la solidaridad y de la compasión: «El único sentido, el más sublime, / de esta historia de barro que te cuento / nos lleva a concluir que estamos / ante el hombre que alumbró / la compasión ajena, / el primer homínido degradado, / inútil, inservible, / que recibió el amor de una comunidad».

       Este sentido de comunidad se percibe también en muchos poemas de Alejandro Pedregosa. Con un manifiesto afán didáctico escribe poemas como «A los jóvenes», en el que alerta de los salvapatrias y los demagogos, porque «El aire es menos aire / si viene de agitar una bandera» o «Los miserables», en el que reflexiona sobre algo que la historia ha desmentido hasta la saciedad: el hecho de ser un buen artista no está directamente relacionado con ser una buena persona. Ética y estática no siempre discurren por el mismo camino («Se prueba aquí la trampa de Platón / cuando invita a creer que la belleza / es trasunto del bien, de la armonía / y la justicia», escribe Pedregosa en el poema «Burdeos». Los ejemplos son innumerables, pero no es menos ciento que el artista con conciencia es, la historia también lo confirma, perseguido, cuando no asesinado. Pedregosa lo personaliza en poetas como Cernuda y Machado: «Ejercer la poesía no es vacuna / contra nada, pero a veces sucede / que un poeta se adentra en la miseria / como el lecto animal que sabe su destino…».

     La sensación de pérdida irreparable, la nostalgia y el desencanto hacen que el personaje lírico, por una parte, parta de un existencialismo cotidiano, a la manera, por ejemplo, de Celaya, es decir, con el nosotros como emblema y, por otra, se sumerja en un doloroso examen de conciencia y recurra a lo biográfico para dar cuenta del conflicto íntimo que produce la muerte: «Perdóname, papá, pues no he sabido / defender con vigor lo que era nuestro. / Criaste un niño sano pero inútil […] Siento vergüenza, papá, por ser el agujero / eternamente negro de tu vida: todo lo tuyo entra en mí y sin dolor / desaparece».

     “Barro” finaliza con una «Contraelegía», en la que se da voz al padre que finaliza con estos versos que encierran una filosofía de vida: «la vida / ―estoy en condiciones de afirmarlo―// es poco más que un soplo / y pierde / quien no ama». Como escribe José Manuel Ruiz Martínez, «Barro es un canto conmovedor de nuestra condición mortal, frágil, humilde […] problemática, impura, pero también moldeable y resiliente, que el poeta abraza con un amor no exento de lucidez».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 22/10/2021