PABLO FIDALGO LAREO. EL PERRO EN LA PUERTA DE LA CASA.

EDICIONES LILIPUTIENSES

Pese a no haber cumplido aún los cuarenta años, Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984), posee un amplísimo bagaje literario, centrado fundamentalmente la actividad teatral y en la poesía, que le ha convertido en un autor imprescindible en el panorama poético actual. Y no solo por la cantidad ―entre poesía y textos escénicos, en su caso íntimamente relacionados entre sí, ha publicado cerca de una decena de libros―, sino por la apuesta estética que ofrece en cada uno de sus libros, desde aquel sorprendente “La educación física” (2010) hasta “Qualcosa nascerà da noi” (2019), texto este último que procede de un montaje teatral. Vuelve ahora a la carga con “El perro en la puerta de la casa”, un libro plagado de interrogantes, muy su línea, que trata de indagar en los misterios que dan forma, a lo largo de los años, a una determinada identidad. Es muy probable que este asunto, el de la identidad ―«Ese eres tú intentando definirse», escribe en el último poema del libro―, con ramificaciones que se extienden simbólicamente, por una parte, a la geografía ―en este caso, una isla: «La isla es cualquier cosa menos una isla. / Es una geografía que busca / inevitablemente ponerse en el centro / de todas las otras islas»― y, por otra, a la inestabilidad del sentimiento amoroso y el consiguiente dolor que esta provoca («Solo lloro por desconocimiento de amor […] Solo lloro porque estoy aturdido»), sea el núcleo central de la poética de Pablo Fidalgo Lareo, por más que en el libro que nos ocupa, dicha simbología se amplíe hacia el ámbito animal. Pájaros, caballos, pero, sobre todo, perros son los interlocutores en estos poemas, el perro, en concreto, que da título al libro: «El perro en la puerta de la casa / me ve y se tira al suelo contra la pared / para decir que quiere jugar ahora. / Lo acaricio con el pie y le hago cosquillas / y cuando dejo de acariciarlo se vuelve loco. / Necesita jugar porque la vida de un perro / en ningún sitio fue tan difícil como aquí», un aquí que se disemina en distintos lugares de la isla que aparecen en el libro perfectamente identificados.

La aventura poética en la que se embarca el autor carece de ideas prestablecidas, de hecho, da la impresión de que toda vivencia cotidiana se vincula a un estrato superior en el que se dirime su más pura esencia y es esta destilación de emociones la que da sentido a la vida, como parece trasmitirle a su interlocutor innominado en estos versos: «Aunque haya superado todo el miedo a los perros / y tantas otras cosas / habrás visto que no estoy reconciliado conmigo mismo, / habrás visto que cada cosa que hago, / cada cosa que digo, / cada cosa que soy, / es inaceptable para mí porque estoy lejos de casa, / ¿Es eso lo que te ocurre a ti?» La poesía de Fidalgo Lareo está llena de interrogantes que no encuentran, en general, respuesta. Solo en algunas ocasiones el propio desarrollo del poema permite vislumbrar la experiencia real que se esconde detrás de los versos, aunque esto no ocurre siempre, pues dispone una compleja trama de símbolos, de imágenes y de elementos, naturales o no, (la casa, la barca, el Expresso, la habitación) que intentan llenar ese vacío de sentido existencial que, por momentos, parece gobernar la conducta del persona lírico: «No se trata solo de sanarse / sino de engañar al vacío / que queda después de nombrarlo todo». Por otra parte, en muchos de los poemas que conforman “El perro a la puerta de la casa” se da una simultaneidad de situaciones, como en un montaje cinematográfico, y de emociones ―el poema «La habitación prestada» o estos versos del poema «Eres tú»: «…Navegando entre dos islas / que son dos identidades, que son dos perros, / que son dos formas muy diferentes / de llamar al timbre de tu casa» es un buen ejemplo― que no siempre resultan comprensibles para el lector, el cual queda a merced de su propia interpretación fijando una sucesión temporal íntima.  Y es que los vínculos familiares parecen diluirse, lo que redunda en esa desubicación emocional que padece el yo lírico, un «yo» convertido en «tú» que padece todas las incertidumbres que se han ido fraguando a lo largo de su existencia, un «tú» que intenta, no sabemos con quién, «establecer conversación / como si nada hubiera pasado», que es consciente de que los instantes felices son la antesala de momentos nostálgicos o, incluso, dolorosos. Y es que el personaje de estos poemas es un ser desarraigado que dedica una gran parte de su energía a conocerse y a inventar con las palabras del poema un artefacto que le permita profundizar en la verdadera esencia de sus emociones. De ahí provienen esas extrañas conexiones que, sin embargo, no son fruto del azar, sino de un fuerte deseo de comprenderse y de comprender lo que le rodea. Cada libro y cada poema de Pablo Fidalgo Lareo abundan en esa idea y añaden a los precedentes un peldaño más en esa inacabable ascensión hacia el autoconocimiento.

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 8/10/2021