ANTONIO RIVERO TARAVILLO. SEXTANTE (1982-1998)

COLECCIÓN EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA

El arco temporal en el que se encuadran estos seis libros inéditos de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963), de los que el lector interesado solo había podido leer poemas sueltos, y que ahora ven la luz en su versión íntegra puede inducirnos a pensar que durante estos dieciséis años el autor se mantuvo alejado del mundo editorial y se dedicó por entero a escribir y a acumular obra sin otra finalidad que la que surge de la propia necesidad de dejar por escrito emociones y vivencias indispensables para el devenir existencial de quien escribe y, en el mejor de los casos, para el pequeño grupo de afortunados lectores. Pero no ha sido este el caso. En este periodo, Rivero Taravillo escribió también otros libros que fueron acogidos en diferentes casas editoriales, lo que nos permite hacernos una idea de la extrema dedicación a la escritura de nuestro autor, y digo escritura y no poesía porque sus esfuerzos se consagran en diferentes géneros, como la traducción, el ensayo o los libros de viajes.

     “Sextante” agrupa seis libros ―”Las primeras catástrofes”, “Libro de espirales”, “Siempre el diluvio”, “Hacia el ocaso”, “Cuarentena” y “Separaciones y regresos”―, no los únicos escritos durante esa etapa, que dan, según su autor, «testimonio de mi aprendizaje», no en vano los primeros corresponden a los años de formación universitaria e intelectual. En las palabras preliminares, Rivero Taravillo ofrece una mínima información que, sin embargo, resulta importante. Estos libros, escribe, «Constituyen no tanto un sexteto, porque no son un ciclo cerrado, como sí un sextante, el instrumento astronómico con el que empecé a guíame, a tientas, pero sabiendo que obedecía un rumbo, por la navegación que me ha llevado hasta aquí. Se agrupan en orden cronológico. No he corregido nada para la ocasión, más allá de las enmiendas y escasas modificaciones que haya podido realizar a lo largo del tiempo». Es este último un aspecto a subrayar, pues no es infrecuente la tendencia del poeta a lavar la cara a los poemas, incluso a modificar la fecha de escritura haciendo pasar por tanteos iniciales poemas que han sido escritos muchos años después con el objeto de dar lustre a su bibliografía.

  El título del primer libro es lo suficientemente aclaratorio, “Las primeras catástrofes”, como para darnos una idea del argumento central del libro. Además, la cita inicial de Pedro Salinas nos ofrece una pista central. El amor, el endiosamiento de la persona amada y la posterior frustración son el eje vertebral de la obra, aunque, a diferencia del sentido trágico ante la ausencia de Salinas, Rivero Taravillo se escuda en el humor para minimizar la pérdida, en la línea de Javier Salvago o de Luis Albero de Cuenca: «Me contaste tu amor con inocencia, / no quisiste ver mi melancolía. / Me lo dijiste, ausente amada mía, / y me dejaste amarga tu presencia. //Sí, supe que tu amor para otro era; y yo, mudo testigo solamente. / Así me convertiste en la simiente / de un árbol con tu amor de primavera». El uso del soneto es muy habitual en este libro, aunque dicha estrofa se frecuentará hasta el día de hoy. Por otra parte, esa visión resignada se combina con momentos álgidos, plenos de esperanza («Mi canto es diferente, es un canto de dicha, / es un himno de luz contra el negro silencio. / Pronto veré a mi amiga. Ya por fin será el alba») y de un incipiente erotismo. Las influencias, como no podía ser de otra forma, son muy variadas, desde la lírica provenzal, pasando por Garcilaso y Lope de Vega hasta llegar a Cernuda y los poetas mencionados del último tercio del siglo XX.

     “Libro de espirales” es un libro más heterogéneo. En él aparecen ya la preocupación metapoética: «De verso en verso el alma va penando, / cruza palabras o lenguas de fuego, / atraviesa el poema o el infierno; luego / es una nave a la deriva, ya sin mando». Los homenajes más o menos explícitos a escritores se suceden: Jorge Manrique, Borges, Machado, Pound, Juan Ramón Jiménez o Yeats, por ejemplo. Formalmente se combinan poemas de largo aliento («Leyenda») con poemas breves y haikus. El humor sigue estando presente, como en el poema «Amor moderno» (título que probablemente rinda homenaje a George Meredith).

     “Siempre el diluvio” va perfilando la voz del poeta. La cotidianidad se combina con la mitología con delicadeza. El humor y el erotismo se han afinado: «Quiero el veneno de tus pechos jóvenes, / quiero arañarlos y sorber su leche, / beber la lumbre del deshielo / que baja en primavera desde el norte, / desde picos de lo alto de tus pezones». “Hacia el ocaso”, con una sección integrada por 21 sonetos, “Cuarentena”, con cuarenta poemas en prosa que bien podrían pasar, por su contenido, por microrrelatos, y “Separaciones y regresos”, un libro que vuelve los ojos al pasado tratando de conciliar nostalgia y construcción individual («Un hombre solo vuelve a su guarida fría, / no repican las llaves contra ningún anillo, / la puerta que se abre se cierra, y da lo mismo / el hogar que la calle, todo es gris y es ceniza», componen esta prehistoria literaria que demuestra la coherencia estética de un poeta que, sin renunciar a la natural evolución, ha sabido mantenerse fiel a sus principios.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés, 01/10/2021