EDUARDO MOGA. TÚ NO MORIRÁS.

COLECCIÓN LA CRUZ EL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Enfrentarse a la lectura de un libro de poemas de Eduardo Moga (Barcelona, 1962) siempre supone un reto para el lector porque, en no pocas ocasiones, este se llega a sentir cohibido por el torrente verbal acumulativo que tiende a desbordarse. Gusta Moga de un fraseo largo poco sujeto a los rigores de la métrica y del poema en prosa ―en “Tú no morirás” tenemos excelentes ejemplos de ambos―, que le concede aún mayor libertad expresiva, una libertad que le sirve para enfrentarse a esta especie de diario poético en el que resaltan temas como el desamor, la identidad versus alteridad, la soledad ―«La escritura venía a ser una defensa frente a la “solitariedad”, es decir, a la soledad forzada en la que me veía», escribe Carlos Castilla del Pino en “Pretérito imperfecto”―, la nostalgia y la desolación, aunque trate de contrarrestar todas esas sensaciones con un encendido ensalzamiento en el que resuenan ecos petrarquistas a la persona amada que podemos concretar en este verso del poema prologal: «Porque, amándote, yo soy el afortunado».

     “Tú no morirás” está dividido en doce secuencias. Aunque los temas antes citados espolvorean muchas de estas páginas, en la primera secuencia se trata de acordonar la dolorosa sensación que deja en la mente del sujeto lírico la ausencia del ser querido, que contempla cómo la casa es ahora un lugar vacío: «El vacío está habitado de ti», escribe, para afirmar más adelante que «Todo choca con las paredes de la ausencia, que se extiende, magma frío, entre libros que no leeré, y formas que has impreso en el aire, dotadas ahora de una entereza espectral, y zapatos tuyos que me interpelan con la plenitud contradictoria de lo mutilado, que me miran con pupilas expósitas y la piel dispersa de un cuerpo inmaterial». La desolación que trasmiten estos versos es casi contagiosa porque, como lectores, somos partícipes de que el límite entre ficción y realidad se ha decantado a favor de esta última y lo que leemos no es otra cosa que un fragmento de tipo confesional de una biografía sentimental que da cuenta de un fracaso, lo que suscita una cierta complicidad y sentimientos, no siempre muy bien definidos por causa de las emociones encontradas, de conmiseración y de solidaridad. Acaso por esa constatación, Eduardo Moga, recurre a la figura del ángel ―símbolo un tanto trillado del amor, es verdad, pero aquí desmenuzado hasta la extenuación― en una larga enumeración caótica con la que trata de definir al ángel, indefinible a tenor de lo que leemos, desde todos los ángulos posibles, lo que le lleva a incurrir en numerosas, y voluntarias, definiciones contradictorias, como estas, con las que finaliza el poema: «Los ángeles son mortales./ Los ángeles no mueren», que nos hace recordar los versos de Cernuda «No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos». Ecos de Wallace Stevens en las repeticiones y en algunos rasgos de humor y de Whitman en los efectos del lenguaje, sobre todo en la liberación de las emociones.

     Tiene la poesía de Eduardo Moga un carácter salmódico. Los paralelismos, las reiteraciones ―«El yo no es otro: el yo es este agolpamiento de cavidades que me sepulta; el yo, caparazón de sombra, ceñido por quebraduras vertiginosas, me abruma y me desampara; el yo me impregna de sus fluidos sólidos, de su latitud omnipresente. El yo es lo que alcanzo a ver cuando cierro los ojos»― el deslumbramiento de las imágenes, las cuales, gracias a una sintaxis normalizada, no se aprestan a un hermetismo innecesario, contribuyen a crear una atmósfera envolvente, asfixiante porque la identidad es cuestionada de forma permanente: «Me desconcierta no saber a quién pertenece el cuerpo que se refleja en la luna del lavabo, me oscurece tanta huida, tanto yo». Como se ve, la desconfianza ante el ser, ante quién es el sujeto que escribe vertebra el conjunto de poemas y es, con toda probabilidad, más que cualquier otro asunto, el tema principal de este “Tú no morirás”, por mucho que la separación y la ausencia sean las causas que motiven tal cuestionamiento, como constatan estos versos: «Soy lo que no digo, y lo que siento, y lo que no soy, aunque todo me disloca y me apuntala. / Soy este papel en el que escribo, en el que me escribo. / Soy la casa a cuya intemperie vivo. / Soy la soledad que me apedaza, y los pedazos que aviento a la insignificancia y el olvido. / ¿Quién soy?». Estas confesiones, no exentas de dramatismo, pues el sujeto se siente «herido de amor» y vive aún en la incertidumbre de un destino que no es capaz de controlar, explican las contradicciones y las paradojas. El yo lírico se interroga, se fustiga, se corrige, se contradice, pero avanza, aunque no esté claro hacia dónde. «Cada separación es un principio», escribe, pero un principio de qué. La vena romántica que subyace en estos poemas trata de contemplar el futuro con esperanza: «No estás, pero te encontraré. Y solo / consentiré en morir cuando haya creado / contigo un reino en el que no haya muerte», pero la soledad se impone a cualquier otra circunstancia. Al final, esta poco piadoso ejercicio introspectivo busca, a través de la escritura, un único objetivo, la posesión, porque, como testimonia el poeta: «Escribo para tenerte».

  • Reseña publicada en El Diario Montañés, 17/09/2021