MANUEL JULIÁ. MADRE. EDICIONES HIPERIÓN.

«Somos los únicos seres vivos que percibimos la muerte y nos preguntamos por ella», escribe Manuel Juliá (Puertollano, 1954) en el prólogo a Madre, un título que no deja lugar a dudas. Está dedicado a la madre, pero la muerte sigue siendo un hecho trascendental e incomprensible que asumimos solo a regañadientes amparándonos en religiones y filosofías. «Estamos hechos de palabras que quieren comprenderlo todo, pero también sabemos que hay cosas que no se pueden explicar con palabras», afirma Juliá, al menos con palabras gastadas, anquilosadas, por eso recurrimos a la poesía, ese lugar en el que las palabras poseen significados más íntimos, ese lugar en el que, como escribe Jesús Aguado, «el sentido se manifiesta de manera natural», y este sentido natural es el que le impulsa a escribir: «Escribo de ti y sé que ya no escribo de la muerte. / Escribo del amor, del amor a tu fe y a tu credo absurdo. / Me da igual que haya renegado de él tanto tiempo»

Es este un libro formalmente híbrido, pues alterna la prosa con el verso de una forma aleatoria, aunque esto no posee demasiada importancia. Los vasos comunicantes entre una y otro son notables, no solo el aspecto temático ―es cierto que los poemas en verso, aunque también descriptivos, son más líricos―, sino el propiamente formal, ya que el verso generalmente se alarga tanto que podría llegar a confundirse con la prosa si no fuera por el ritmo acentual, más atento y preciso, como no podía ser menos, en los poemas en verso.

Madre está compuesto por estampas, por fragmentos del pasado, reales o soñados, rescatados de la memoria. No sorprende que esos recuerdos, cuya protagonista principal es la madre, se bifurquen y alcancen la figura del padre, visto también con devoción filial: «Mi padre era un hombre bello, alegre y misterioso, / había venido a este mundo para demostrar / contra viento y marea, a unos y a otros, a todos / que había nacido para amar a sus hijos / sobre todas las cosas…».  En esta especie de memorándum se van sucediendo anécdotas («Mi madre me contaba, mientras cosía, la historia de su vida entre viñas, higueras, naranjos y chumberas en un pueblo del sur»), lamentaciones inconsolables («El puto tabaco padre, el puto tabaco. / Y la mierda de la fábrica. Gasolina, keroseno, gas licuado, benceno […] El jodido benceno se carga la médula ósea. Te deja anémico»), alucinaciones («Me llega tu voz por un hilo de memoria que el viento ha traído a mis dedos. / Me llega tu voz por el teléfono de las sombras. / Me llega tu voz por las venas de papel de mi silencio. / Me llega tu voz entre la dulzura de la música»), escenas familiares, imágenes tal vez mitificadas, objetos amados que tuvieron un importante significado en el pasado. Madre es un torrente de recuerdos y de emociones que surge de un bloqueo: «Aquel día estaba luchando contra una amarga página de letras. No sabía qué escribir, deseaba algo y no sabía qué. Eran las seis de la mañana». Sin embargo, después de un viaje al lugar de origen, al poeta se le aclaran las cosas: «Me volví a casa y durante el viaje decidí de lo que iba a escribir. Escribiría de ella. Aún no sabía ni la estructura ni el contenido, ni siquiera si sería un libro de poemas o una novela, pero tenía claro que escribiría sobre ella y que el libro se llamaría Madre». Manuel Juliá, autor con una larga y sólida trayectoria, con libros de poesía como El sueño de la muerte (2013), El sueño del amor (2014) y El sueño de la vida (2015), todos ellos publicado en la editorial Hiperión; con novelas como Cuarenta latidos (2009), La gloria al rojo vivo. Diario de una proeza (2010) o Que nadie diga que no luchaste contra molinos de viento (2020), ha escrito, sin ninguna duda, el libro más íntimo y confesional. El poeta ha desnudado su memoria para ofrecer al lector esa parte de uno mismo más secreta y doliente y los lectores sentimos como propias gran parte de esas emociones.

  • Reseña publicada en la revista Cuadernos de humo.