GABRIEL INSAUSTI. AZUL DISTINTO.

 COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS

Confirmando el adjetivo de su título, este nuevo libro de Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969) es notablemente distinto a su obra anterior y la razón fundamental para afirmar algo así de un autor cuya poética se ha ido desgranando en títulos ―por lo que respecta a la poesía― como “Últimos días en Sabina”, “Destiempo”, “Vida y milagros” o “Línea de nieve”, en los que predomina una visión contemplativa y melancólica de la existencia muy en la línea de los poetas románticos ingleses y de, centrándonos en la poesía hispana, Cernuda, Francisco Brines, Fernando Ortiz o Juan Luis Panero, por citar solo unos nombres. ¿Qué rasgo distingue entonces a este libro de los precedentes? Quizá podríamos cifrarlo en el uso del humor, lo que amplia considerablemente su espectro poético a la vez que conlleva desmitificar ciertos tópicos y reducir la transcendentalidad del mensaje que lleva implícito todo poema y, paralelamente, un uso metafórico más distendido, más pendiente del hallazgo verbal que de la revelación conceptual. Evidentemente, no pretende este comentario decantarse por uno u otro procedimiento pues las características comunes son numerosísimas, sino subrayar que, para los lectores de Gabriel Insausti, “Azul distinto” despertará en gran medida el asombro de lo inesperado.

“Azul distinto! está compuesto por cuarenta y dos poemas sin título de una extensión, generalmente, similar, escritos en escrupulosos endecasílabos blancos, que tienen como eje vertebrador la ciudad de París, protagonista también de su libro en prosa “La ciudad dormida” y, en cierto modo, su complemento, porque la ciudad que retratan estos poemas no está dormida, ni siquiera somnolienta, respira vida a raudales, no hay más que comprobar las innumerables referencias al mundo físico ─lugares como calles, cafés, puentes, muelles, el Sena («No sé mucho de dioses, pero un río / es un dios turbio, pardo, huraño, bronco, / etcétera […] Un río habla, / merece su destino, nos recuerda / que había un mundo antes que nosotros», escribe en el poema número 27), pero también objetos como vasos, botellas, jarrones, etc.― que rodea al flâneur. Pareciera como si París, remedando el título de Enrique Vila-Matas, «no se acabara nunca» y fuera una fuente de inspiración eterna, heterogénea e, incluso, contradictoria, un espacio donde perderse para encontrarse a uno mismo: «Si encontrases / de pronto por la calle a aquel que fuiste / treinta años atrás , terminaríais / así, a ambos lados de una mesa, / como en una oración hacia el silencio / que comparten los últimos viajeros / en un metro vacío, a medianoche, / mientras París retiembla en los cristales».  Gabriel Insausti ha decidido enfatizar lo cotidiano tal vez para desmitificar el exceso de referencias culturales que abordan a cualquier visitante, como comprobamos en estos versos del poema 21 «Que todavía veas a los muertos / no te convierte en Dante: bajo el logo / del metro de Clichy, entre humo y prisas, / eres más bien un tipo desgarbado / que escudriña el periódico…» o en estos otros del poema 31: «que el mundo era más vasto / de lo que tú supieras por los libros / y la filosofía no la hacían / Foulcalt ni Braudillard, sino unos hombres / curtidos por el siglo en barrios grises; / donde siempre es noviembre y nadie invoca / el sprit de finesse», y en esa cotidianidad no pueden faltar lo grotesco, lo paródico (en este caso unos versos de Auden): «Y eso es todo, / qué deja tras de sí una cosa explica / lo que vemos en ella: hacia el oeste, / los aviones escriben en el cielo / un pésame oficial, se imprime un rostro / en la Sábana Santa en la que envuelven / los muertos de la morgue…» y la visión irónica y desconcertante de la realidad que lleva al poeta a establecer comparaciones del todo inhabituales y sorprendentes. Los ejemplos son muchos, pues casi en cada poema se desliza esta perspectiva inédita, como la de comparar un buzón con un sagrario, o a ese sacristán que «juega con el manojo de llaves / como si fuese un Colt» o ese sol que «se esconde como que una moneda en su ranura». De dónde provienen estás relaciones tan inauditas, pues de mirar, de observar el entorno de una manera diferente, algo muy difícil de lograr porque supone desasirse de corsés y de estereotipos muy arraigados en nuestra mente. Gabriel Insausti enriquece así su poética, mirando ese cielo en el que cada uno de nosotros vemos un azul distinto con cierta incredulidad y con absoluta solvencia estética. Y es que infringir la normalidad lleva años de desaprendizaje, no basta con intentarlo, sino con ejecutar un proceso de acierto y error hasta dar con la clave que permita descorrer el velo que cubre nuestros ojos, tal vez porque, como escribe el propio Insausti, «Llega un momento en que las cosas bastan. / Quizá un templo se erige porque el día / ha indultado ese instante y ahí se guarda / como el diente de un santo. Quizá un templo».

Reseña publicada en El Diario Montañés 20/08/2021