SEBAS PUENTE LETAMENDI. TREN DE VIDA.

EDITORIAL PRENSAS UNIVERSITARIAS DE ZARAGOZA

No es improbable que la actividad como letrista del grupo Tachenko influya en los poemas de Sebas Puente Letamendi, aunque, como bien sabemos, los procedimientos de elaboración y las exigencias formales del poema y de la letra de una canción son muy distintas, pero en este caso, la sensación de inmediatez y el mensaje tan directo nos inducen a asociarlas. Por supuesto, no estamos pensando en las canciones comerciales que encabezan las listas de éxitos, sino en temas con un contenido de mayor calado intelectual, mucho más elaborado y alejado de los tópicos al uso. En cualquier caso, Puente Letamendi (Zaragoza, 1979), autor de otros libros de poesía como “Plus de peligrosidad” (1974) y “Escalinata” (2017), ha conseguido con “Tren de vida” escribir una poesía en la cual se aúnan características como la sobriedad discursiva u la economía verbal que potencian el sentido, un sentido que obliga a escarbar en la superficie del verso para aprehenderlo en toda su dimensión. Para subrayarlo, no podemos dejar de mencionar esas dosis de ironía tan bien salpimentadas que dan un sabor especial al poema. Poemas como «Buenas prácticas», «Berlinale», «The New Pope» o «Libro de las mutaciones», que transcribimos completo, no nos dejará mentir: «Me pides que te acompañe, / que suba a probar contigo / el agua de la nieve en la montaña, / que cruce el río, // que mis pupilas sean un espejo, / que reflejen el agua / en vez de reflejarte a ti»

No encontramos en esta poesía grandes acontecimientos ni se da cuenta en estos poemas de hechos trascendentales. Está hecha detalles nimios que, sin embargo, lejos de carecer de importancia, condicionan en mayor medida la existencia. Es una poesía deliberadamente de tono menor que contiene en su sencillez toda una filosofía de vida. La influencia de poetas como Philip Larkin ―en el poema titulado «Vermeer», por ejemplo― y de Gil de Biedma, sobre todo en ese afán por entenderse a uno mismo a través del poema ―y, a partir de ahí, al nosotros― se nos antoja evidente. Si es cierta esa afirmación de que el poema debe ofrecer al lector nuevas percepciones de la realidad y proporcionar experiencias inéditas, no cabe duda de que los poemas de Puente Letamendi lo hacen. El poema «Hoy», tan apegado a la realidad desde el mismo título, compendia esa manera de observar los propios actos y como estos estimulan la conciencia: «Nuestras preguntas no despertarán dudas / y nuestras dudas no despertarán a nadie. / Avanzaremos gracias al piloto automático / y no cruzaremos miradas inquisitivas / en los rellanos. No atenderemos llamadas / ni esperaremos, tras tanto grito, / la llegada de una momentánea / paz vecinal». Como se ve, cualquier detalle circunstancial de la vida cotidiana puede servir como reclamo de un pensamiento de mayor alcance, puede correr el velo de un sentimiento más depurado y, para lograrlo, no son necesarias hacer uso de la grandilocuencia ni forzar el lenguaje, basta con dosificar esa ironía a la que hacíamos mención más arriba y sustraer a las palabras de uso común, a las expresiones coloquiales ese uso habitual, prescindir de la rémora del énfasis para insertarlas en otro escenario, el de una conversación con un amigo, pongamos por caso, en estos poemas subrayado por el ritmo del verso. Y es que el «juego de hacer versos» al que aludía el ya citado Gil de Biedma debe estar sujeto a unas normas, aunque se descrea de su propia utilidad, como el propio Puente Letamendi parece advertir en estos versos: «Ahora que los focos nos apuntan / escogemos palabras más sencillas, / anécdotas sin adulterar, / fábulas sin moraleja. / No confundimos los términos / de esta ecuación, tampoco / nos hemos planteado resolverla: / aunque lo hiciéramos / seguiríamos en el punto de partida, / girando la cabeza, /   mirando hacia aquí y allá, / igual de solos, / igual de vivos» que describen, con una sinceridad casi hiriente ―por supuesto, somos conscientes de lo resbaladiza que es la sinceridad cuando hablamos de poesía―, un estado de desconfianza ante las posibilidades de cambio muy habitual en la época en la que nos ha tocado vivir y, por ende, cierto desencanto existencial enmascarado por la ironía, aunque no siempre. No piense el lector que todo esto se consigue sin asumir riesgos. Quizá el más peligroso reside en somatizar la fórmula y convertirla, más que un distintivo propio, en una receta, perdiendo así una de sus mejores cualidades, la de la extrañeza del sentido. Por fortuna, Sebas Puente Letamendi ha sorteado este escollo y ha dotado a su personaje lírico de esa honestidad que le lleva a reconocer que le «afecta lo inmediato / de la misma manera / que lo lejano». Sí, cada vagón de este tren de vida «es un poema». Es responsabilidad del lector decidir en qué estación pondrá fin a este su viaje.

Reseña publicada en El Diario Montañés, 13/08/2021