JAVIER BALDA/ALEX CHICO. DEFINICIÓN DE AURA. EL LOTÓFAGO.

Aunque el motivo de la publicación de este libro sea la exposición de Javier Balda en la galería Luis Burgos de Madrid, no estamos frente a un catálogo al uso, ya que en él conviven en pie de igualdad los poemas de Alex Chico (Plasencia, 1980) con el arte de Balda (Pamplona, 1958). Poeta y pintor establecen un fructífero trabajo que, sin embargo, carece de subordinaciones a priori, es decir, las respectivas obras no están supeditadas las unas a las otras. Las relaciones entre la obra artística ―la técnica es mixta: impresión digital y collage, unas veces sobre lienzo y tabla, otras sobre PVC o papel― y los poemas se han establecido una vez creadas, buscando nexos comunes y complicidades a partir de lo ya experimentado, pero con independencia de la expresión plástica y de la literaria. Javier Balda lo explica en la nota final, de la cual extraemos algunos párrafos: «En el desarrollo de las obras, mi actitud cataliza recursos formales, color y materias diversas de imágenes débiles y efímeras que surgen de procesos de trabajo, de fotografías espontáneas propias o de publicaciones de prensa, combinadas casualmente por su aspecto fragmentario y por las sensaciones que ofrecen para la reelaboración de imágenes abstraídas y ajenas de aquellas, como una visión de realidades paralelas». Como vemos, el artista, en este caso al menos, no precisa de la función de un crítico para revelarnos su método de trabajo, y es que el collage ―una técnica que gano seguidores durante las primeras vanguardias, las del siglo pasado― admite la combinación de todo tipo de materiales y de soportes, en una clara huida hacia delante buscando romper los cerrados límites de representación de la pintura propiamente dicha. Hay quien piensa, sin embargo, que son las palabras, más que el arte, el medio que mejor expresa la emoción estética. No vamos a entrar aquí en polémicas ya caducas, basta con observar las obras de Balda y establecer las sorprendentes relaciones, en muchos casos tan arbitrarias como lo es la mirada del lectoespectador, para huir de esas simplificaciones. Además, ninguno de los dos creadores oculta esa simbiosis accidental. El propio Alex Chico escribe que «Los poemas que aquí se recogen han sido escritos durante las dos décadas de este incierto siglo XXI. Las circunstancias que los acompañaron son, por tanto, diferentes a las que siguieron los cuadros de Javier Balda. Sin embargo, aunque partan de caminos distintos, el recorrido de la imagen y la palabra es similar […] Ambos poseen un vocabulario común, más allá del lenguaje por el que haya optado».

    Dejando aparte estas consideraciones, que en absoluto afectan a las obras y que tienen más que ver con desterrar prejuicios taxonómicos que con cualquier otra cosa, lo primero que nos llama la atención en la obra de Balda es la extraordinaria intuición con la que combina los fragmentos de imágenes sustraídos de imágenes previas y la poderosa atracción que ejerce en el espectador el resultado, las formas rotas y distribuidas con un sentido de la composición que imanta la mirada. Es muy posible que todo ello sea fruto de gestos impulsivos, motivados solo por el instinto, pero también cabe la posibilidad de que haya habido una profunda reflexión sobre la espiritualidad de la materia y una búsqueda del sentido último del arte, de su primitiva esencia. Todas las interpretaciones, pensamos, son válidas y no albergamos duda alguna sobre que la contemplación de la obra de arte estimula el pensamiento y, por ende, el lenguaje, por tanto, nada mejor que buscar las afinidades poéticas: «Observas el páramo ―seco, solitario― / a través de una puerta legendaria, / y descubres a lo lejos una comarca / inexacta. Puede ser el territorio que / invade un recuerdo de la infancia», escribe Chico en el poema «A oscuras». La idea no puede extraerse, en el caso de la obra de Javier Balda, de lo tangible, sino de la expectativa con la que está creada ―la desmembración de las imágenes lleva implícita, en la mayoría de los casos, una dislocación de los motivos―y es muy probable que, al igual que sucede con los versos, la obra plástica aspire a convertirse en mucho más que en un juego de ritmos y  texturas, conforman un espacio «que acaba por no saberse / si existió, y logrará prolongarse en la distancia», en palabras de Chico. Como vemos, la experiencia poética «define» el aura, el aliento que ha dado pie a la obra artística, y la idea, lejos de estar prefijada, se construye a la par que la superposición de las imágenes crea una nueva realidad, porque «lo esencial, como escribe Andrés Sánchez Robayna, es que la pintura misma―el collage, en este caso― encierre la reflexión que solo a ella le corresponde hacer, la reflexión propiamente plástica», por más que las huellas de las servidumbres de otras artes sean evidentes. Alex Chico lo resume con «precisión» poética en el poema que da título al libro, «Definición de aura», del que transcribimos la primera estrofa: «No llegas a un lugar, llegas al momento exacto de una historia, a su momento clave. El tránsito no es hacia un territorio concreto, sino a la suma de voces que te preceden para que tú también puedas preceder a alguien». Esta segunda etapa de la colección El Lotófago, dirigida por la poeta Marta Agudo y el galerista Luis Burgos, con el asesoramiento de Jordi Doce, comienza su andadura con ese paso firme que necesita todo proyecto de alcance.

Reseña publicada en https://elcuadernodigital.com/2021/07/20/definicion-de-aura/