ANTONIO DAGANZO. LA SANGRE MÚSICA. EDITORIAL AEREA, 21

Un extenso poema dividido en cinco cantos más un preludio, La sangre música, es la más reciente entrega de Antonio Daganzo (Madrid, 1976), autor de un buen número de títulos, entre los que destacamos Siendo en ti aire y oscuro (2004), Que en limpidez se encuentre (2007), Mientras viva el doliente (2010), Llamarse por encima de la noche (2012), Juventud todavía (2015) y Los corazones recios (2019). Ha escrito también novela y ensayo. Nos encontramos pues ante un autor curtido que se enfrenta a un proyecto ambicioso, el del poema libro, del cual hay magníficos ejemplos, desde Tierra baldía de Eliot, Las elegías del Duino, de Rilke, Espacio de JRJ o, ciñéndonos a la poesía española reciente Alma Venus, de Pere Gimferrer, el Poema inacabat de Gabriel Ferrater,  Álvaro García, por ejemplo.

La música es la columna vertebral de estos versos y el colofón a cada uno de los cantos, como estos finales de «Preludio»: «Venced la tentación de nombrar la derrota / para callarla luego. / Escuchad con la sangre / este idioma que todo lo interpreta / y lo trasciende / y nos devuelve el alma que perdimos. // Comprendamos por fin: / se llama Música».

El primer canto, «Derrota del silencio», el poeta comienza preguntándose, en versos medidos y melodiosos, por el momento, más bien el tiempo en el que el silencio quedó postergado. La digresión tiene un cierto tono onírico, como si estuviera escrito en una especie de sonambulismo, que se va convirtiendo en salmodia en la que el amor actúa como nexo de unión con lo sublime pero también como fuerza destructora y la poesía, fiel reflejo de ese estado de tensión emocional, se ve entiende que «ha de doler como la luz primera, / como la luz primera en los ojos nacidos, / como un enfermo pecho que al fin vive».

«Desafíos del aire» se titula el canto segundo, que comienza con vocación afirmativa: «Aquí está, / súbito siempre como un verbo, / el aire hermoso». Pronto, sin embargo, los versos se adentran en el territorio no siempre diáfano del pasado, de la infancia. El desarraigo pronto se convierte en fuente de sensaciones asombrosas: «No hubo ya niño enfermo al que sufrir: / lo maté de mí mismo, de pasión silenciosa, / contra el feroz augurio de la siembra. / El verano, / por fin, / me desnudó bajo la lluvia». En Galicia están los ancestros, Galicia «es el clamor callado / de los discretos míos que por fin no se esconden / en el hórreo de casa», en esta región del noroeste peninsular el poeta encuentra sus raíces, sus vínculos de sangre. El canto semeja una letanía de reconciliación consigo mismo y la música, de nuevo, funciona como bálsamo: «Subid, subid aquí, / acompañadnos en la dicha / de renunciar al vértigo / para alcanzar la Música».  Pero este espacio geográfico al que hacíamos alusión tiene antecedentes, como vemos en el tercer canto, «El fundado secreto»: «antes, / antes de todo, / fue el tiempo de colmar la duda», acaso porque, como Daganzo afirma en unos versos posteriores, «mi asombro mayor era asumirse / hijo de quien lo soy, / aprenderlo en los gestos de un cariño asediado, / azuzado por el dolor, / por mis roncos silencios». El niño endeble, enfermo ―«cautivo de la asfixia»―, se siente, sin embargo, un dios bajo el amparo de los libros ―«cuantos bronquios indemnes en los libros del mundo»―, hasta el punto de que la lectura desemboca, algo habitual, por otra parte, en la escritura, en la salvación personal: «Muchos años más tarde llegarían los versos, / el haz de libros propios / y el artista que está escribiendo aquí / al que venía leyendo, mis testigos, / mis sabios desde aquella mañana tibia y sola».

El cuarto canto, «Cantar de los galanes», se inicia con una reivindicación del júbilo («Derrotado el silencio, / el júbilo, / con minucioso abrazo, / como abraza a las aves el repetido sol, / fue encendiendo mis horas») y de la escritura, vivida como refugio, más que nunca: «Derrotado el silencio, / tras la súbita hoguera, / las ruinas previsibles de mi noche / y el orgullo del verso no modelado aún / pero al fin madrugada, / el cuerpo, / aquel superviviente cuerpo mío del dolor, / se empeñó en la escritura / y me quiso cantar». Júbilo y escritura, fuerzas unidas para destruir el silencio, son también una especie de antídoto, al menos momentáneo, contra la muerte― «juegos para aplazar la muerte» llamó a los poemas Juan Luis Panero―. Antonio Daganzo escribe: «Cómo nos redimimos de la muerte / por el júbilo, / conscientes de su fin, pero también del sol, / del minucioso abrazo que encendía las horas / y hacía eternas mis palabras».

El libro finaliza con «Toda la sangre música», un excelente compendio en el que el espacio geográfico juega un papel determinante: «Quién nos hubiera dicho / que el esquivo Madrid, la nuez vacía antaño, / acabaría siendo el eco imprescindible / de todas nuestras ansias, / de nuestro firme caminar?». El entusiasmo, las ganas de vivir se apoderan de la voz de nuestro poeta, que resume así este viaje a la conciencia, hasta los límites de una identidad que ha estado a punto de disolverse en el silencio, en la nada, en el vació. El empeño de Antonio Daganzo no era fácil, pero ha conseguido escribir un extenso poema sin decaer en ningún momento, bien por excesivas digresiones o por el uso inmoderado de abstracciones de difícil digestión. Afortunadamente, Daganzo ha sorteado esos riesgos. Al final, toda la sangre es música.

-Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 16/07/2021