ALICIA AZA. AL FINAL DEL PAISAJE. VALPARAÍSO EDICIONES
No se prodiga en exceso Alicia Aza (Madrid, 1966). Cinco títulos, contando este “Al final del paisaje”, en su trayectoria son indicativos del rigor con el que se toma la creación poética y de la morigeración creativa, todo lo contrario de lo que sucede con muchos poetas en la actualidad, que publica un libro tras otro a una velocidad que produce vértigo.
El libro, encabezado por sendas citas de Cesare Pavese y Claudio Rodríguez respectivamente, está dividido en seis secciones y cada una de ellas comienza con un largo poema en prosa, preámbulo, compendio de los poemas en verso que completan dicha sección. La primera, «La suerte no viene fuera de mí», despliega un abanico de reflexiones sobre la mirada y la belleza que desemboca en postulados de tono metapoético, enfatizados en forma de aforismos: «El lugar es poder nombrar. Encontrar la palabra, como quien encuentra una margarita nacida en el asfalto», es decir, encontrar la palabra precisa es un golpe de suerte y «la poesía es un volcán y el poema es la lava sólida en la palabra». Toda una teoría que se va poniendo en práctica a medida que avanza el libro, aunque es preciso reconocer que estas reflexiones son solo la antesala de otros temas, como la ausencia («Y tú, en la distancia agitada / realzas lo que de mí nunca quisiste»), el desamor ( «El tiempo pasará / y cuando ya no estés, / o yo me haya ido / solo la música que hicimos nuestra / será memoria de la arena») o el erotismo, este muy matizado.
«Despertar en esta época del año» se titula la segunda sección. La luz solar, la conciencia del tiempo o la memoria de la piel desembocan de nuevo en la indagación sobre la palabra: «La palabra nombra lo que existe. Creo la palabra y después llega su sonido. La palabra nombra lo que existe. Creo la palabra y después llega su sonido». Estas reflexiones admiten varias lecturas, pero la que nos interesa tiene que ver con el descubrimiento del otro, no solo a través de la palabra ―«Voy hacia tu palabra / y en ella encuentro mi propia Ítaca»― sino de la voluptuosidad de los sentidos: «En mis muslos la danza de las moiras / y, tras sus hilos blancos, / la majestuosidad de tu cestillo de rosas. / En mis labios la piedra / llama a la oscuridad de nuestro exilio».
La tercera sección, «Cada objeto cambia según la perspectiva», poetiza datos que provienen de la física y de la óptica: «Mi mirada transforma el objeto. El objeto permanece inalterable, soy yo quien crea el objeto del objeto. Somos la otredad del objeto». Como es habitual, este preámbulo da paso al cuestionamiento del propio acto de escribir: «Escribo para perderme. Escribo para alejarme de mí. El poema me borra. El verso diluye el ser». Tras esa disolución, expresada posteriormente en versos con una carga hermética importante, la poeta se reencuentra, a pesar de «el deseo de no ser una misma», con esos mismos recuerdos que atenazan el presente. El amor también se desvanece, es una sombra que apenas logar corporeizarse.
«No sé en qué lugar nos perdimos», en qué tiempo, en qué espacio. El amor, antes una sombra, ahora «se quedó encerrado en el olvido de una fortaleza» y la memoria «es confusa. Ella nos construye», pero será la escritura la que la salve porque «con las palabras cada uno construye su amor y su locura. El miedo es la memoria y el amor encerrados». El erotismo reaparece en esta sección con más ímpetu («El erotismo es tensión»). Vamos llegando al final del libro. En la quinta sección, «Amanecer y darte cuenta de que apenas has dormido» la soledad ocupa el eje central de la exploración poética: «Quedarse sola es tomar conciencia de tu esencia. La mirada se torna hacia el interior. Eres tú contigo misma». No hay nostalgia en estos poemas, sino autoafirmación. La babosa se erige en símbolo de autosuficiencia: «La babosa es hermafrodita. Se ama a sí misma. Para amar a otro hay que amarse antes a sí mismo. Solo desde ese lugar es posible el amor sano. El amor duele para saber que existe». El libro finaliza con la sección «Fui madre junto al río Yangtsé» que hace alusión a la adopción de una niña china: «Fui madre con dolor y temperatura. Una maternidad sin vientre […] El vientre tiene que ver con el amor y ese con la entraña. Se ama desde las entrañas». Animales como la araña o la mariposa y frutos como el kiwi («Hay kiwis hembras que se quedan viudas y otras forman un harem») con sus diferentes comportamientos simbolizan la relación de una madre con su hija, una relación ancestral no solo sustentada en los vínculos de la sangre. Alicia Aza ha escrito un libro fascinantemente complejo, compuesto por sucesivos entrelazamientos semánticos que logran poner en guardia al lector. En palabras de Remedios Sánchez, en los versos de Aza habita «esa emoción que solo se alcanza con quien sabe que la poesía debe ser cultivada con idéntico esmero al de aquel que roza, despacioso, los pétalos de una flor erguida al borde de un precipicio».
Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 9/07/2021