MARIO OBRERO. PEACHTREE CITY. XXXIII PREMIO LOEWE A LA CREACIÓN JOVEN

EDITORIAL VISOR

La primera impresión que provoca la lectura de la poesía de Mario Obrero (Madrid, 2003) no procede solo de su precocidad ―su primer libro, “Carpintería de armónicos”, obtuvo el Premio de Poesía Joven Félix Grande cuando el autor contaba apenas 14 años ―, sino de la inusual madurez estética de una obra que, aun mostrando al descubierto muchas de sus deudas ―Lorca, Whitman, Fray Luis o Langston Hughes son compañeros de viaje, pero hay otros como Rimbaud nombrados expresamente: «Dear Mr. Rimbaud / hoy oí hablar de la aquilea y los ríos vinieron a mí como gatos dorados cubiertos de espinas…», Ginsberg o León Felipe o Juan Carlos Mestre, este más solapado―resulta del todo inusual en nuestro ámbito poético, me atrevería a decir, a cualquier edad. La poesía de Obrero posee, desde sus primeros poemas una intención, un propósito muy pensado. No se trata de solo de escribir poesía por un impulso un tanto habitual a cierta edad, en la adolescencia, más aún sí, como es el caso, el autor es un enfebrecido lector. No, aquí, sin necesidad de escarbar, encontramos mucho más, hay, me atrevo a decirlo, una temprana vocación irrenunciable que obliga al poeta a escribir consciente de que la escritura, lejos de ser un pasatiempo o fruto fugaz de la inspiración, resulta ser una parte sustancial e irrenunciable de su proyecto vital, por esa razón, y es algo que queda manifiestamente claro en su último libro, “Peachtreee City”, un libro plagado de imágenes deslumbrantes. Valga esta muestra del primer poema: «como un agua invisible los vencejos de hojalata cocinan pollo con miel y galletitas». Mucho se ha escrito sobre el uso deliberado que algunos poetas hacen de un lenguaje complejo y abstracto y de imágenes colindantes con la irracionalidad con el único fin de oscurecer un mensaje que, en muchas ocasiones, carece de un sustento tanto emocional como intelectual y, por siguiente, trata de enmascarar la falta de talento. Por supuesto, no es este el caso, aunque está escrito con 16 años, la voluntad de reunir bajo un mismo aliento una experiencia determinada ―en este caso, un viaje a Estados Unidos para cursar un año escolar, el mismo poeta detalla que el libro «comenzó a escribirse en un BOEING 767-400 destino a  Atlanta el 2 de agosto de 2019 y fue terminado bajo el jazmín de un patio de Getafe durante el confinamiento por COVID-19» más cuatro viajes de placer, a Lisboa, Nueva York, Port Saint Joe y Praga― es imperiosa y da lugar a una reflexión existencial verbalizada en poemas perfectamente estructurados, que se orientan desde la llegada y el asombro ante una sociedad de costumbres diferentes: «América abona sus secuoyas con peces muertos del humedal donde los niños ahogados y miles de republicanos con la cara de Ronald Reagan en sus camisetas celebran el porvenir», hasta el regreso: «el que regresa es alguien que nadie conoce», escribe en el poema final, porque «poco se sabe en el barrio del que regresa con treinta y seis kilos de libros y hojas secas como un arroyo que nace a la mañana siguiente» Como vemos, Mario Obrero combina de manera prodigiosa el lenguaje descriptivo con una sucesión de imágenes irracionales que convierte el cóctel en algo aún más atrayente. Antonio Lucas ha significado con excelente tino en estos poemas «el desconcierto, la celebración, la ironía, el paisaje trascendido y una absoluta libertad para hacer del idioma un acontecimiento, una armonía y una fiesta de imágenes donde la vida se propulsa en todas direcciones», por esta razón, calificarlos como surrealistas quizá no sea lo más adecuado. La escritura surrealista apela al automatismo psíquico, pero las imágenes de Obrero que tanto nos sorprenden tiene más que ver con la desubicación y la progresiva adaptación del propio poeta a una realidad cuya comprensión no siempre es fácil. El choque se manifiesta en muchos poemas ―algo similar le ocurrió a Lorca en 1929 y, en otro aspecto, a Juan Ramón en 1916―, porque el poeta «es alguien que no sabe qué o por qué pero sabe cómo» y continúa: «ahora soy un poeta de lo desconocido que escribe en una lengua desconocida // jacinto albahaca percha mimado campanilla // soy el ratón que despierta matas de tomates y viste mandarinas con plumas naranjas». Hemos hablado de esa facultad innata de Mario Obrero para establecer relaciones conceptuales extraordinarias a través de imágenes, pero debemos subrayar que ellas no provienen de la escritura automática, todo lo contrario. Detrás de ellas hay un proceso de construcción muy elaborado ―esta es una de las diferencias sustanciales con el surrealismo― que se va acrecentado a medida que el cúmulo de experiencias se va asimilando. Así, lo arbitrario no procede tanto de lo imaginado, sino de lo vivido. En cualquier caso, provenga de donde provenga, su plasmación en los poemas seduce al lector como ocurre en contadas ocasiones. Estamos frente a un jovencísimo poeta para quien «La poesía es una realidad coexistente con la nuestra que muchas veces llega a ser la misma. Es otro plano, otra perspectiva que vemos en nuestro día a día. Es en el poema donde la transformamos en lenguaje. Ahí está la magia del poeta, en la capacidad de mostrar ese plano que todos vemos de la manera más certera posible». Muy pronto, si no lo es ya, se convertirá en un referente para sus contemporáneos.

Reseña publicada en El Diario Montañés, el 2 de julio de 2021