DIEGO DONCEL LA FRAGILIDAD. PREMIO LOEWE DE POESÍA

EDITORIAL VISOR

En la poesía de Diego Doncel (Malpartida, Cáceres, 1964) se compaginan, de manera natural y admirable, vida y poesía, como, por otra parte, sucede en la verdadera poesía, pero en este caso percibimos un importante matiz que la dota de originalidad. ¿Y en qué consiste ese matiz? En algo que, por costumbre, pasa casi desapercibido, pero que determina de manera absoluta su escritura y tiene que ver con un componente ético que se ha ido afianzando a medida que su producción poética, y no solo poética, iba creciendo. En la poesía de Doncel no somos solo testigos de unas experiencias vitales más o menos intensas que el autor comparte con nosotros, que describe con las dosis precisas de fidelidad a los hechos; asistimos a una toma de conciencia de la realidad que se consolida verso a verso, a una detallada y, en muchos casos, dolorosa, cata en los estratos más profundas del ser. Gracias a esta labor casi arqueológica, a este proceso de desmembración de la memoria, el poeta se redescubre y se rearma. Surge de este proceso un yo a la vez más compasivo, pero también, y no hay contradicción en ello, más estricto, o, dicho de otra forma, Diego Doncel no se enfanga en un pesimismo de raíz nostálgica, pero no cierra los ojos a una realidad que «progresa» sin freno hacia la deshumanización. Resumiendo, el desencanto no anula la esperanza, aunque tampoco la sobrevalora.

    Todo esto se percibe de forma nítida en su último libro, “La fragilidad”, galardonado con el XXXIII Premio Loewe de Poesía, un premio que refrenda una trayectoria poética que comenzó en 1990, año en el que obtuvo el Premio Adonáis por su libro “El único umbral”. Posteriormente ha publicado, en el género poético, títulos como “Una sombra que pasa” (1996), “En ningún paraíso” (2005), Porno ficción (2011) y “El fin del mundo en las televisiones” (2015). Conviene recordar que, además, ha publicado varias novelas, como “El ángulo de los secretos femeninos” (2003), “Mujeres que dicen adiós con la mano” (2010) y “Amantes en el tiempo de la infamia” (2013) y ejerce como crítico y periodista cultural en diferentes medios. 

     El asunto que vertebra “La fragilidad” es la muerte del padre y, derivado de ella, la necesidad de «poner orden en la historia», de entablar una conversación imaginaria ―«Converso contigo como una forma de conversar con mis fantasmas», escribe en el poema «Monólogo ante el mar»―para «que no se fuera», para realizar un homenaje póstumo. Ante este propósito tan encomiable cabe preguntarse si las palabras, esas «cenizas que quedan en el paréntesis de la muerte», son capaces de desempeñar una tarea lenitiva o si, por el contrario, solo paralizan momentáneamente los efectos de un dolor que no se puede erradicar nunca del todo: «Solo puedo defenderme de tu muerte / haciéndote vivir en la memoria». Doncel ha sorteado con fortuna las trampas que el sentimentalismo disemina por la superficie de la página y hemos de convenir que no es una tarea fácil, más aún cuando existe una primitiva convención colectiva que invita a dejarse llevar por la emoción, subestimando los recursos propiamente literarios. Pese al prosaísmo y el lenguaje coloquial, aquí lo lírico prevalece por encima de cualquier otra consideración, y es que la labor propedéutica tiene tanto que ver con las consecuencias de un amor paternofilial imperecedero como con el sentimiento de culpa que sacude los cimientos de la conciencia: «Somos culpables de crímenes que nunca cometimos, / somos culpables de nuestro silencio. // Sentimos la humillación de nuestra cobardía, / nos queman en las manos / los papeles que olvidamos en la oscuridad». Quizá esta «cobardía» sea la que ha impedido al poeta afrontar la experiencia de la pérdida con anterioridad, aunque, como podemos comprobar leyendo cualquiera de estos poemas, lo que prima en ellos es la valentía a la hora de abordar esta especie de examen íntimo, descarnado y sin efectos especiales. No hay ya, como antes, espacio para el autoengaño. La realidad impone sus propias leyes, no siempre justas, pero inexorables: «Fuimos engañados por lo verdadero, nos perdimos en lo falso. / Algo se ha roto desde hace mucho tiempo en nuestro interior […] Vemos flotar nuestros sueños en el oleaje, / vemos flotar el tiempo en el que nos quisimos / y en el que nos destruimos, el tiempo en el que nos deseamos / y en el que nos traicionamos».

     Hay muchos escenarios, muchos paisajes del alma ―«geografías sentimentales» las ha llamado el propio poeta― en estos poemas, aunque prevalecen los que tiene relación con Portugal, país con el que Doncel guarda una relación muy estrecha, una relación que procede de la infancia, pero el más emotivo es el más cercano, la casa familiar, en la que cada objeto evoca un recuerdo («Después de tanto tiempo, vuelvo a estar en tu casa. // Las fotos del pasillo se han vuelto viejas / de tanto vivir en el pasado»). Pese al tono melancólico y derrotista de la mayor parte del libro, ejemplificado en versos de tan intenso dramatismo como estos: «Mi padre no tiene rostro porque no tiene alma. / Es un hombre borrado: / la fragilidad de un puñado de medicamentos / y las transfusiones de sangre», el libro finaliza con estos hermosos, estremecedores y, a la vez, reconfortantes versos finales del poema «Hacia la felicidad»: «Todo espera porque entre tú y yo / puede haber noche pero nunca muerte, / puede haber lejanía pero nunca ausencia»

Reseña publicad en El Diario Montañés, el 5/06/2021