JULIO MAS ALCARAZ. RITUAL DEL LABERINTO. BARTLEBY EDITORES.

Los lectores de Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1974) hemos tenido que esperar mucho tiempo, casi diez años —los que han transcurrido desde la publicación de su último libro, El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2012)— para disfrutar de la lectura de un nuevo libro. El autor, probablemente más entregado al ámbito cinematográfico en los últimos años —reciente ha obtenido el Premio Milagros Alcalde en la Muestra de Cine Internacional de Palencia con el cortometraje titulado Zapatos de tacón cubano— ha necesitado todo este tiempo para escribir una obra como Ritual del laberinto, en la que, desde el primer vistazo, se aprecia que, por su inquebrantable voluntad estructural y por su secuencialidad, podríamos decir, narrativa, está profundamente pensada. Nada hay fruto del azar. Tal y como escribe Jordi Doce en el «Palabras mensajeras», el epílogo del libro. «Los 83 poemas del conjunto (organizados, a su vez, en trece secciones de diversa extensión) proponen un diálogo entre dos voces, entre dos tiempos o momentos de la historia». Dichos momentos están protagonizados —el verbo está deliberadamente escogido— por dos personajes, dos mujeres, abuela y nieta, Lucia y Lorea respectivamente, y los títulos de las diferentes escenas nos ofrecen, de forma paralela, reflexiones que conducen al entrañamiento mutuo. La nieta, Lorea, visita la casa de la abuela y no puede evitar que le invada un sentimiento de admiración: «Tus sueños eran creencias», escribe, mientras que las generaciones más son «el humo de una guerra». Hay abundancia de lenguaje bélico en estos poemas, sin duda porque la presencia de la Guerra Civil española y las consecuencias que originó están muy presentes en la memoria de Lucía, como parte activa, y en la de Lorea, que ha sufrido sus consecuencias en la actitud de sus familiares. Mas pone en boca de Lucía estas palabras: «Yo veo columnas de soldados con los labios atados a alambres de púas, camiones de ganado cargados de mujeres y cuerpos en zanjas a los que las viudas acercan lámparas rotas para buscar una incandescencia entre los muros. // En los campos de concentración, los prisioneros se agarran a las vallas como hojas pegadas a los cristales por la lluvia». Como se puede observar, las trágicas circunstancias descritas no impiden el vuelo lírico del poema. Es muy frecuente en estos poemas encontrar una alternancia efectiva entre el poema narrativo, casi documental, en ocasiones («Estos niños // recogían caballos abandonados en los campos de batalla, / arrojaban arena a los depósitos de las motosierras que talaban los bosques…», con otros más despojados, más propiamente líricos, conceptuales  («La luz invernal es tan débil / que requiere apoyarse / en las ramas de las encinas. // Recuerda a la serena y sutil luz / que se elige para los cuadros / mas valiosos de los museos». Abundan también opiniones categóricas, aforismos incrustados en los poemas, como estos: «El pasado es la oscuridad / en la que se puede observar»; «Intentar olvidar es dejar a un apersona viva enterrada bajo la nieve». «El mar es ese silencio que se expande» o «El ser / es el tiempo en su final». No resulta difícil averiguar a quién pertenecen cada una de ellas porque las voces son perfectamente distinguibles. La experiencia vital de Lucía determina la forma de enfrentarse al pasado, un pasado lleno de privaciones, de vejaciones, de miedo y de falta de esperanza, por tanto, en su voz es casi imposible detectar optimismo. Es más habitual reconocer en ella la pesadumbre y el desamparo («El miedo me acompaña, habla de mí y de esas presencias que son el temblor de los inocentes») por eso prefiere «la imaginación a la memoria». Lorea, sin embargo, reconoce que le resulta imposible ponerse en la piel de su abuela: «Qué son mis frustraciones y fracasos / comparadas con las huellas de un lobo / que se pierden en dirección al bosque / desde los cubos de basura», porque su sufrimiento es de otra índole, aunque no por ello carezca de intensidad. En tiempos de paz existen sobrados motivos para el desencanto y para el compromiso ético porque «Un camión descarga árboles de Navidad en una cañada y la grúa arranca olivos centenarios para unas villas de lujo» y «Las señales de tráfico bendicen los osarios ocultos en las cunetas».  Al final, la nieta en sienta en la mecedora de la anciana y la escucha «igual que si viviese // y todavía extendiera azafrán / sobre los campos de naranjas»: Lucía, la abuela, «por un instante vio a sus hijas / pero no las reconoció. // En su blanquísima mano de anciana / cayó una sola gota de agua. / ¿Qué hacer con esa gota / que era un trozo de eternidad?». Julio Mas Alcaraz ha escrito un libro que aboga por una reconciliación basada, no en el olvido, sino en la compasión, por esa razón las que inicialmente eran voces dispares, dos manera de contemplar al realidad, mediante la palabra acaban por encontrar modos de comprenderse y la mutua comprensión simboliza la salida de ese laberinto emocional que describe el libro. Como escribe Jordi Doce, «En ambos casos [el de Lucía y el de Lorea] se percibe pasivamente el homenaje del mundo, esto es, de una naturaleza tranquila que ha dejado de constituir una amenaza».

https://elcuadernodigital.com/2021/06/16/ritual-del-laberinto/