TINA SUÁREZ ROJAS. YO AMABA A TOSHIRO MIFUNE. BIBLIOTECA BÁSICA CANARIA.

No es frecuente que un libro de poesía cuente con un estudio previo de la envergadura y profundidad con la que lo hace “Yo amaba a Toshiro  MIfune”, la nueva entrega de la poeta canaria Tina Suárez rojas (1971), autora de una obra ya lo suficientemente extensa para que goce del beneplácito tanto de la crítica —ha obtenido numeroso galardones literarios— como de los lectores. Entre sus títulos, podemos citar “Huella de Gorgona”, “Una mujer anda suelta”, “El principio activo de la oblicuidad”, ”Los ponientes”, Brevísima relación de la destrucción de June Evon” o “Mi corazón es un cubo Rubik desordenado”. En su nueva entrega, la poeta se reafirma en un tipo de escritura que, desde la ironía y el pulso de la cotidianidad, ensaya una profunda investigación en los elementos que determinan la identidad. En sus poemas el contenido crítico e ideológico está muy presente, pero, felizmente, nunca se decanta en ellos por lo propagandístico, por lo meramente informativo. Esa ironía que mencioné antes —muy visible en versos como estos: «Los crímenes de un poeta / no tienen la menor importancia»— proporciona a Tina Suárez las herramientas necesarias para internarse en las arenas movedizas de la crítica social sin embarrarse, sin caer en el panfleto. La poética que precede estos poemas es ilustrativa al respecto. Para ella el poema está hecho con el ruido de fondo de la realidad, no con las elucubraciones metafísicas de quien vive aislado en la torre de marfil. «Amo / la desapacible belleza de la poesía», escribe en dicha poética, y, cerrando el círculo, lo confirman versos del último poema: «Esto es morirse de belleza , vivir // extrema consumación del salvaje versolibrismo. // Sea la vida quien escriba tu mejor poema». El ideal del poeta será, según esto, un ser inmerso en los problemas cotidianos, que siente y padece las agresiones del mundo actual, no alguien que vive recluido en su propio mundo y permanece al margen del acontecer diario: «El poeta se asomó al espejo / y contempló la devastación. // Y entonces pronunció las palabras: / sobre estas ruinas edificaré mi obra».

La preocupación por el oficio de poeta y por la función de la poesía están muy presentes en muchos de los poemas de este libro, como en «Estética de la consumación», del que rescato los primeros versos: «¿Cuánta devastación cabe en un poema? / ¿Puede un poema albergar mi desconsuelo? // ¿Qué metáfora soporta el cáliz de mis noches? / ¿Conduce la nada a esta sucesión de palabras?, aunque quizá el que mejor resuma ambos aspectos sea el titulado «Ars consolatoria». Pero hay otros vectores imprescindibles que suscitan una reflexión de mayor calibre. Blanca Hernández Quintana, en su magnífico estudio previo, habla de que «en su poesía da voz a los cuerpos silenciados y hostigados, y ofrece una multiplicidad de sujetos experienciales que conforman la diversidad de la sociedad en la que vivimos». Uno de esos personajes tiene como referente a Scardinelli, el seudónimo con el Hölderlin firmó sus poemas de la locura. Suárez se pone en la piel de una loca y adopta sus puntos de vista: «Es fácil menospreciar a las locas. / Las locas no caben por el ojo de una aguja. // De cuando en cuando se asoman al mundo / y sus ojos tropiezan con los ojos de los otros / los otros que las miran desde su feroz cordura. // En cada uno de nosotros vive un demente. / Yo solo sé que una vez estuve loca».  Es este poema un excelente ejemplo de lo que Hernández afirma cuando escribe que «Tina Suárez revisa la mitología clásica y las referencias literarias […] para subvertir u discurso y crear un diálogo intertextual que precisa de una constante descodificación e invita a tomar conciencia de la univocidad del enunciado literario tradicional», de ahí que proliferen las parodias de innumerables referentes que van desde el infierno dantesco a la Anábasis de Jenofonte, pasando por la novela de François Sagan, los cuentos de hadas o los topoi latinos. Todo ello redefinido desde la perspectiva de un yo lírico que se sitúa en lugar extraterritorial, fuera de los cánones asumidos por la normalidad, no en vano, Tina Suárez es, en estas páginas, «la chica que amaba Toshiro Mifune», la chica que solo es capaz de entenderse y de entender el mundo que le rodea desde la escritura: «No sé quién soy cuando no empuño la pluma» escribe quien solo gracias al poder de las palabras se transforma en otro ser: «… falta calor falta consuelo si no me extingo en las palabras. / Morir en las palabras me da vida». He aquí una hermosa, y terrible, declaración de amor al lenguaje que solo puede hacer quien siente como indisolubles vida y poesía y, también, una forma de compromiso con la realidad desde el lugar que el poeta conoce como nadie, desde su propia transformación en poema.

. Reseña publicada en El Diario Montañés, 11/06/2021