VICTORIA CÓCCARO. EL MAR. EDICIONES LILIPUTIENSES.

Toda una teoría del quehacer poético se encierra en los versos de El mar, teoría expuesta desde el primer poema, significativamente titulado igual que el libro: «escribir es intentar llegar a tiempo al montaje / escribir es entrar en la escena / una escena vista como desde abajo del agua / escribir es estar abajo del agua […] escribir tiene un sonido / el sonido de una máquina de escribir es diferente / al de surcar con una pluma / el gramaje de papel / escribir es partir el espesor blanco de una esponja en muchas capas / las esponjas están en el fondo del mar / el mar se mueve parecido al / pensamiento / pensamiento / cuando se piensa algo debajo del agua / leer es escuchar / el mar / convence a unas olas / después otras olas / se borran y escribir es borrar…». Era preciso reproducir los primeros versos de este largo poema porque, como vemos, resaltan la capacidad simbólica del mar, contemplado ahora no desde una visión romántica, ni siquiera metafísica, sino en su realidad más palpable, como un vertedero, como un cementerio. La capacidad asociativa de Victoria Cóccaro resulta prodigiosa. Encuentra parecidos entre «un cerebro y un árbol / o entre un cerebro y el fondo del mar», y estas similitudes le proporcionan el sustento léxico y conceptual para elaborar una secuencia sobre el umbral del dolor y los límites que soporta el cuerpo, fácilmente identificables cuando se nombran, porque «el nombre es lo que se inventa», es como decir que se está «en condiciones de / articular con palabras / un nombre fuera / de la cadena / es casi escalar un faro si se pudiesen / usar las rayas de su traje / como estantes». La proliferación de imágenes descontextualizadas añaden al poema una amplia variedad de significados, generalmente no previstos, como, por otra parte, sucede en la vida: «la vida / no es toda / una inmanencia / como nos gustó pensar / hay algo afuera que es más / o aunque valga menos el tema / es que si hay afuera la inmanencia / se quiebra y deja de funcionar deja /de funcionar la función matemática / que es hasta ahora lo único irrefutable», pero no todo el libro mantiene esta tensión semántica, hay poemas que exigen una menor concentración, que disponen el discurso de una forma más lineal e inteligible, aunque siempre queda claro que la poesía no puede «resolverlo todo». Parece haber, por parte de la poeta, un deseo incontenible de desbordar los límites de la propia experiencia y, con la complicidad del lenguaje —«si un lenguaje controla la conducta al control / se lo excede por el corte»—, entresacar de ella las emociones más intensas, las que dan sentido al futuro.