CHANTAL MAILLARD. PIEDAD BONET. DANIEL. VOCES EN DUELO. VASO ROTO POESÍA
 
Unos hechos luctuosos, trágicos como pocos, han servido de coartada para confeccionar este libro, Daniel, nombre que compartieron el hijo de Chantal Maillard y el de Piedad Bonet. Ambos se quitaron la vida de la misma forma: «Nuestros hijos —escribe Maillard— llevaban el mismo nombre, tenían aproximadamente la misma edad cuando decidieron quitarse la vida, y lo llevaron a  cabo de idéntica manera, desde la misma altura, en un mes de abril». La toma de conciencia de esta coincidencia puso en marcha la idea de publicar este libro, integrado por poemas de ambas autoras, en una estudiada estructuración, que proceden de diferentes libros. Por parte de Maillard —autora de una vasta obra poética, por la que ha recibido el Premio Nacional  en 2004 y el Premio de la Crítica en 2007, pero también ensayística y filosófica  , sus poemas proceden de  los siguientes títulos: Husos. Notas al margen (2006), Hilos (2007), La herida en la lengua (2015), La mujer de pie (2015) y La compasión difícil (2019). Los de Piedad Bonet —poeta, novelista y dramaturga. Tiene en su haber innumerables premios, entre ellos el de la Generación del 27, de Málaga— proceden de Nadie en casa (1994), Libro de anatomía (2006), Explicaciones no pedidas (2011), Lo que no tiene nombre (2013) y Los habitados (2017). Con este manojo de versos se ha creado un libro distinto y original, ya que los poemas de una dialogan con los de la otra en una perfecta sincronización. Bonnet explica el propósito con estas palabras: «Durante algunos meses trabajamos con rigor en la articulación de los poemas, todos publicados previamente, hasta lograr que se estableciera entre ellos una conversación, no plácida por cierto, sino seca, vibrante, reveladora […] Este libro ofrece una experiencia distinta, más intima si se quiere, donde la palabra habla al oído del lector, que sabrá darle sus inflexiones. Eso lo justifica». Efectivamente, podemos asegurar que la lectura de los poemas, ubicados fuera de su contexto previo, alteran y ofrecen una lectura distinta y, en muchos sentidos, desasosegante, puesto que estas «voces en duelo» se enfrentan a un hecho consumado, pero no del todo asimilado, algo, por otra parte, que se nos antoja del todo imposible. La diferente manera en el que una y otra poeta establecen su relación con la tragedia y cómo se manifiesta en la página, desde unas poéticas no siempre coincidentes, en lugar de desafinar, refuerza la intensidad del mensaje que se intenta trasmitir, un mensaje, a pesar de la pena, de esperanza. La escritura de Piedad Bonnet es más descriptiva, sus poemas mantienen el contacto con la realidad de una forma más directa. El sentimiento se muestra desnudo, solo deudor de las mudables reglas del lenguaje poético: «Mis manos ya no pueden cobijarte. / Solo decirte adiós como en los días / en que al girar,  ansioso, tu cabeza, / mi sonrisa se abría detrás de la ventana / para encender la tuya. Cuando todo / era sencillo transcurrir, no herida, / ni entraña expuesta, ni desgarradura». Chantal Maillard, sin embargo, usa un leguaje alusivo, de verbo entrecortado, con encabalgamientos abruptos en ocasiones, como si su pensamiento fuera incapaz de ordenar las emociones de forma ordenada: «Tarde. Llegar / tarde. / Cuando han encontrado los párpados. // No saber interpretar el eco. / Ángel aún sin hacer».  Su escritura no es complaciente con el lector —tampoco lo es la de Piedad Bonet, pero, en esta última, parece que el pensamiento y el poema fluyen de manera simultánea, por lo que resulta más cercana. En cualquier caso, ambas tratan de urdir una explicación, de encontrar sentido al sinsentido. El poema resulta así ser el testigo de una descarga emocional de alto voltaje: «En qué pupila / quedaste tu grabado para siempre // aún vivo / pero volando triste hacia la muerte, // en el último instante, el cielo a tus espaldas?», escribe Bonet, y en justa correspondencia, manteniendo vivo ese diálogo del que hablamos al comienzo de estas líneas, Maillard escribe: «Los ojos en las estrellas… / ¿Había nubes? // Pájaro de alas rotas / Mi hijo». Todo el libro mantiene esa estructura dual, estructura que va desarrollando la historia siguiendo una especie de cronología, no exactamente paralela en los dos casos, pero, como hemos dicho, sí complementaria. El dolor no desaparece, el dolor es necesario para que se mantenga la intensidad de los recuerdos. En eso coinciden ambas poetas: Piedad Bonet pide al dolor que persevere, «que no se rinda al tiempo, / que no se incruste / como una larva eterna en mi costado // para que de su mano cada día / con tus ojos intactos resucites, / con tu luz y tu pena resucites / dentro de mí». Chantal Maillard lo hace desde un enfoque muy similar: «Ahora, habré de levantarme. Ya te dije, me es difícil permanecer sentada: el dolor pronto asciende por la espalda. Dejaré abierto el altillo y la vela encendida. Como corresponde».
     Esta obstinación en que la ausencia y el paso del tiempo no aplaquen el dolor puede resultar contraproducentes para algunos lectores, sobre todo para quienes el olvido es parte de esa curación necesaria para seguir viviendo, sin embargo, para otros, la mejor maneta de encarar el futuro es teniendo el pasado, y a quienes han formado parte de él, fresco en la memoria, tal vez porque, como se pregunta Maillard, «¿Acaso somos otra cosa que un ensamble de recuerdos». En Daniel sus autoras no tratan de dar carpetazo a la trágica experiencia de perder un hijo por medio del poema, todo lo contrario, es un intento de comunicar al otro una desgarradura íntima que ni siquiera el dominio del lenguaje puede llegar a expresar en toda su violencia. 
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