FEDERICO OCAÑA. HACES. MUROS. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA.

La depuración lingüística que observamos en la poesía  haces. muros se extiende también a la escueta nota bibliográfica: Federico Ocaña (Madrid, 1990). El poeta renuncia a aportar cualquier dato más y no nos cuesta suponer que la razón de esta parquedad estriba en el deseo de liberar la lectura de su libro de cualquier a priori, algo perfectamente legítimo. Son los poemas los que deben suscitar en el lector, de manera individual, emociones y sensaciones y la poesía de Ocaña deja la puerta abierta de par en par, con su concisión alejada de toda retórica, a la especulación reflexiva. El libro está divido en cuatro secciones: «Sales de muerte», cuyo primer poema justifica la primera parte del título del libro: «en haces rompe el habla // en-mudece». Conviene poner de relieve la disposición versal de los poemas, muy fracturada, así como el hecho de la total ausencia de letras mayúsculas y de puntuación. Son esas pausas versales y los consiguientes vacíos, las que determinan el ritmo sincopado del poema, acentuado además por arriesgados hipérbatos: «desnaces en la pared del cuello / del útero dogal y garrote vacío / donde se agita // desnaces vocal de sangre / sales de muerte». El silencio y su contrario, el ruido, la escucha y la voz son términos que instigan el sentido de estos versos. Sobre ellos se entrelaza una expresión fracturada que se extracta en un «haz de voces» que es «útero», «morada» y «sepultura», es decir, nacimiento, existencia y muerte.

«Morada», la casa de la vida, se titula la segunda sección. Una casa que se construye con el decir, con el sonido, con la palabra. Es una casa sin puertas, sin ventanas, sin muros porque «los muros no tienen piedras // el canto la puerta sostiene». Lo explica Federico Ocaña en la «Coda II»: «La materia como lo negativo abierto, como el hueco de sí, matriz que no da forma, la alienta: le da aliento y la expulsa. La materia o la materia. No lugar, morada, pero y en ninguna parte».

Completan haces. muros las  dos últimas secciones, «Diáspora del centro la escritura» —una profunda reflexión poética sobre el acto creativo con influencias de san Juan, de Octavio Paz y de Valente, influencias que podemos detectar en versos como estos: «del hambre de palabra a // vuelo de un ave. En blanca extensión // de pájaro qué sonido // no emites»— y «Otro cuerpo propio», del que transcribimos la «Coda IV», que esclarece, siquiera mínimamente la intención de los poemas que la integran: «De mi palabra en exilio llegue esta a tu cuerpo, la fecunde, enciérrese de nuevo, alojada en él, arrojada madera, materia, madre». Es el punto final a un libro hermético, lleno de yuxtaposiciones y de encabalgamientos, con una estructura compleja que se recrea más que en la contemplación, cifrada esta acaso más en las estupendas imágenes de Irene Tourné que ilustran el libro, en las características fónicas de y en la corporeidad de las palabras.