MARTA AGUDO. SACRIFIO.

BARTLEBY EDITORES.

Entre las muchas cualidades que posee la poesía, una de las más significativas tiene que ver con la función reparadora, la de ofrecer consuelo, sin que esto implique, por supuesto, menoscabo alguno de esa integridad creativa esencial, de las consideraciones y leyes expresivas que la tutelan para que el poema sea solo poema, no un desagarro sentimental o una proclama con fines propagandísticos, por más que ambos aspectos puedan formar parte del poema, siempre, claro está, que ello no lleve aparejadas coacciones estéticas o servidumbres de cualquier otra índole. La poesía, efectivamente, puede ser un valioso instrumento de trasformación personal, un excelente método de autoconocimiento además de un compendio de nuestra experiencia del mundo. La poesía, escribió Seamus Heaney, fortalece «nuestra inclinación a dar crédito a las sugerencias de nuestro ser intuitivo». Otra cosa será comprobar hasta qué punto esos propósitos se consuman o se quedan tan solo en meritorio intento. En todo caso, son muchas las ocasiones en las que la escritura se ha visto como una catarsis, un reducto en el que reencontrarse con uno mismo y distanciarse de todo aquello que contamina el ser, pero claro, esto no es siempre posible. Cuando los avatares de la propia biografía imponen su secuencia argumental al poema, no resulta fácil encontrar ese presunto poder salvífico, sino, solo, y no es poco, un meritorio propósito sedante. Esto es lo que ocurre, a mi modo de ver, con “Sacrificio”, el nuevo libro de Marta Agudo (Madrid, 1971) que incide en el tema principal de su anterior título “Historial” (Calambur, 2017) —otros títulos suyos son “Fragmento” (2004) y “28010” (2011)—, la enfermedad como presencia cotidiana, una circunstancia que condiciona la vida, los actos, los pensamientos y, por supuesto, la escritura. Marta Agudo ha preferido, sin embargo, por trasladar al poema su experiencia de un modo implícito, huyendo de un confesionalismo desnudo que otros poetas consideran imprescindible para cauterizar las heridas, para mitigar el dolor, sea este físico o espiritual, aunque en ciertos momentos se produzca en sus poemas una simbiosis ente lo la literalidad y lo simbólico. En cualquier caso, cada poeta es libre de elegir aquella retórica que mejor se avenga a los dictados de su mente y, en el caso de Agudo, fiel a su manera de entender el acto poético, una doble vertiente que mezcla lo anecdótico con el simbolismo de carácter mítico. Así, el sacrificio anual de las jóvenes vestales que Teseo debe entregar al Minotauro para aplacar su cólera, se engarza con el sacrificio vital que supone estar atada a una grave enfermedad, que «sin más juicio que el nacer», le ha tocado en suerte. La enfermedad acaba por construir un vínculo indestructible, porque «No es un estado, es una condición. Estar enferma. / Puro centro, puro milímetro donde asentir lo humano. / También la felicidad de esta voz que acompaña» y, para desprenderse de esa atadura, para soslayarla, el refugio de la inconmensurabilidad del mar y de los misterios que alberga, utilizado poéticamente en múltiples ocasiones como símbolo de renovación, pero también de agonía y muerte, es el más idóneo: «He tenido que llegar hasta aquí para entender la caligrafía gozosa del mar», escribe. Dos vectores son entonces, los que guían este libro, por un lado tenemos en frente la dura realidad, el deterioro del cuerpo: «Voluntad suicida. No puedo entonces recriminarle. Supe demasiadas pastilla, supe demasiada droga y ventana abierta como para sermonear a esta víscera hecha de sucesiones» y el proceso evolutivo de la enfermedad, con sus altos y bajos, que pone límites, que enclaustra al ser que la padece, al ser «encarcelado» en su propio cuerpo. Por otro lado, nos encontramos con el regreso al origen: «Bastaría con retroceder hasta cuándo, llegar al dónde en que comenzó todo y saltar, serenamente, con la firmeza del pájaro en extinción», escribe Marta Agudo, quién, tarta de aferrase a cualquier esperanza, incluso la que germina a partir de elementos contrarios, para seguir adelante: «Sólo la idea de poder matarme me ayuda a vivir». Este versos encierra además, la voluntad de ser dueña de su destino, de enfrentarse a la posibilidad de la muerte con entereza. No resulta fácil leer este libro sin que se te erice la piel. Nada más ponerse en el lugar del personaje que padece la tiranía de la enfermedad y tomar conciencia de la dolorosa vulneración del cuerpo que supone su tratamiento —«este Niágara de violencias»—, al lector le invade la certeza de que hay que tener una voluntad de hierro para resistir y, además, para ser capaz de escribir sobre ello con la asepsia que lo hace Agudo, sin caer en sentimentalismos. Por esa razón estremece aún más “Sacrificio”, por su valentía, por esa innegable verdad que estructura los poemas, verdad que, hay que hacerlo notar, en ningún momento prevalece sobre el rigor y la verdad del lenguaje.

~Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, 28/05/2021