FLORENCIO LUQUE. CAJA DE CROMOS. COL. APEADERO DE AFORISTAS. EDITORIAL CYPRESS.

Más conocido en el género poético, en el que ha publicado varios libros, como Lo que el tiempo nombra (2014), Ai(m)ée (2019) y ha participado en numerosas antología, el escritor, pintor —de él es al ilustración de la cubierta— y profesor de filosofía sevillano Florencio Luque (Marchena, 1955) se interna ahora en el aforismo con Caja de cromos. No es la primera vez que lo hace. En 2018 publicó El gato y la madeja y ha sido también incluido en algunas antologías de este género en constante ebullición. 

     El presente volumen está dividido en cinco secciones que guardan notorias conexiones entre sí, como es habitual. Las reflexiones surgen de modo arbitrario y solo una posterior ordenación puede adscribirlas a uno u otro epígrafe, pero estos no son compartimentos estancos, existen juntas de unión que las mantienen en contacto. Al margen de esto, lo que si podemos afirmar que los aforismos de Luque se ajustan de manera exacta a la brevedad y contundencia que exige el género. Citas de Juan Ramón Jiménez, de Juan Eduardo Cirlot, de Antonio Porchia, de Carlos Edmundo de Ory y de, para mí hasta ahora desconocido, Antidio Cabal, encabezan respectivamente las secciones «Secretos», «Sueños», «Retratos», «Disfraces» y «Esbozos» —estos últimos, como veremos, no son tales, porque están perfectamente desarrollados—. Una de las virtudes de estos aforismos es que nunca caen en la inanidad ni se dejan llevar por el ingenio gratuito. Recurren, sí, a la paradoja («Bienvenidas sean las paradojas, de ellas está hecha la vida», escribe) pero sin abusar de ella —como en esta de contenido metapoético: «Lo que brilla en el poema es su oscuridad» o esta otra referida al sueño: «todo sueño es paradójico: parece verdad porque es mentira»—, para revolver el pensamiento. La forma de tratar los temas, aunque sean trascendentes, no cae nunca en lo inefable. Analiza sus pensamientos y reflexiona a través de ellos sobre los elementos cotidianos de cualquier existencia, acaso porque, como asegura, «Vivir es aceptar la incredulidad de estar vivo». Temas como, entre otros, la identidad, el destino, las emociones («Si no lo sientes, no lo piensas», escribe con un regusto becqueriano) y la creación ocupan estos sugestivos aforismos cuya lectura nos depara excelentes momentos, tal vez porque, como escribe en uno de esos esbozos que no son tales, «el arte no nos cubre de la intemperie en la que estamos, pero hace que, al menos durante un instante, cese la tormenta».