JOSÉ MARÍA CASTRILLÓN. FORMAS DE SABER QUE SIGUES VIVO. EDITORIAL LA GARÚA

Existen diferentes fórmulas a la hora de organizar una antología. La más común consiste en seleccionar los poemas de los libros que la conforman en orden cronológico y como tal presentarlos en el nuevo volumen. Esta propuesta no altera la lectura tradicional de forma sustancial, ya que la depuración llevada a cabo suele incidir en poner de relieve aquellos poemas que mejor se adecuan a la idea motriz. Otra fórmula, distinta y cada vez más habitual, es la que consiste en realizar una nueva ordenación de los poemas, alterando el orden cronológico y disponiéndolos, bien temáticamente o bien respondiendo a una nueva idea, a un nuevo impulso creativo. El resultado tiene entonces poco que ver con una antología al uso y se parece, en realidad es, a un libro nuevo. Esto es lo que ocurre con Formas de saber si sigues vivo, la reciente entrega de José María Castrillón (Avilés, 1966), autor de una no muy extensa, pero exigente, obra, integrada por Animal de compañía (1988), La vieja munición (2005), Aún por recorrer (2005), el círculo y la piedra (2006) y gramos (2010), todos ellos, más un ramillete de poemas inéditos, conforman este nuevo libro del que el propio autor nos ofrece ciertas claves: «Con excepción de algún texto y alguna referencia familiar modificada, ninguno de los poemas ha sufrido alteraciones serias en esta edición. Su disposición se aparta de la cronológica y sigue un discurrir más cercano al relato íntimo que a los tiempos compositivos», aspecto en el que incide Tomás Sánchez Santiago en «Como quien talla despacio su pasado», un esclarecedor prólogo, cuando escribe: «Haciendo caso omiso de las leyes que rigen la anatomía de toda antología, el autor ha preferido ensayar una reordenación que, ciertamente, ha terminado por otorgar otra intensidad y

otro relieve a lo ya dicho en su día. Las fricciones entre poemas distantes en intención y en gestación —un buen puñado de ellos son inéditos— han logrado el alzado de un libro que supera esa noción, aquí rebasada, de antología».

     Hacemos hincapié en esta característica porque, acaso de una forma transversal, nos muestra la ductilidad de unos poemas no sujetos a una referencialidad concreta y, por tanto, con unas posibilidades semánticas mucho mayores. Ahora esos poemas ya leídos ofrecen, gracias al flujo de compensaciones que establecen en la nueva disposición, al lector una perspectiva no de teleobjetivo, sino de gran angular, por eso no debe extrañar que haya a lo largo del libro, de forma paralela al núcleo argumental, una constante reflexión de carácter metapoético.

     Este nuevo libro se estructura en cuatro apartados: «Sombras,» remite a las vivencias del pasado, como parecen sugerir estos versos iniciales: «Y qué decir del tiempo sino que el cansancio nos hace formular la incertidumbre tallar el sueño». Es la realidad, sin embargo, la base en la que se sustentan los poemas. La mirada comprensiva sobre los padres, sobre sus silencios: «Lo que mis padres nunca se dijeron: / la oración que llevaban tatuada», el velado homenaje a la madre en el poema «Lavadero» o al padre en «Turno de noche» y en «Enfermedad del padre». El peso de la sombra escora la existencia hacia un sentido de pérdida no siempre, por más que resulte inevitable, bien asumido: «Era cierta la sombra en el verdor / no es una sola ciudad la que habitamos».

     «cuerpos,» la segundas sección, se puede concretar en estos versos: «Está en el ser de los cuerpos alzar el vuelo sobre sí mismos / no hay membrana ni certeza / solo la ficción de esa holgura / su registro leve de calor». Varias estampas con descripciones casi pictóricas integran esta parte —los poemas titulados «Marina» o «Contrapaisaje», al que pertenecen estos versos: «las cercas acalambran el aire a pesar de tan poco / y puedo / oír un cauce / seguirte el miedo // pobre amor mío —dices— nunca hubo / en el agua haz ni envés», por ejemplo— en la que no escasean tampoco «escenas íntimas». La capacidad para extraer la esencia de lo visto y sentido, para convertir lo anecdótico en insólito y reducirlo a palabras es en Castrillón extrema, por eso en sus versos encontramos una fuente de sugerencias propia de una poesía encriptada, contenida y fragmentaria, sin concesiones a lo superfluo.  En la tercera sección, «palabras» es donde la indagación lingüística se hace más evidente, como vemos en estos versos que podemos leer a modo de poética: «Cuña / en lo que no existía / el poema / sostiene / lo que no sabíamos que pasaba», pero, aunque las palabras sean un sustento emocional, también muestran sus debilidades, sus límites: «yo sólo sé llegar a las cosas / con las manos / y hablo cada noche a mi esposa / hasta que el sueño nos junta // pero he soñado que me arrojaba de esta casa / y mis hijos bendecían su nombre / / llévatelo / y quede libre yo de las palabras / que azufran las paredes / que alejan a las calles de mi puerta», escribe Castrillón. El libro finaliza con «y cadáver», una sección en la que el presagio de la muerte y su posterior presencia rotunda, plena, absoluta envuelve todo pensamiento, toda acción. No hay palabras nuevas que sean capaces de describir el dolor, las palabras se repiten «ya para siempre convocándose a sí mismas», «la palabra se endurece / da sombra bajo las lámparas / sabe comparecer ante su amo y salpicarle de lejías // al caer en tu silencio // hablo / mano sobre piedra / desnudo / como tú / y ofrecido / a la muerte». Sin embargo, es gracias a ellas que se puede conjurar el olvido, se puede trasfigurar el dolor en una oración ininterrumpida que ayude a reconciliar al intimidad con la realidad, gracias a ella el periodo de convalecencia se hace más llevadero: «Hay heridas imposibles de lamer, te previne. / Pero tu lengua dio con relato en su cadencia, en el cuidado. / Trazó una de las formas de la fe, de saber que sigo vivo. / Volviste mi rostro / y me diste a beber luz». Estamos ante un libro estremecedor pero hermoso —también en su aspecto formal, la edición es exquisita—, porque incluso en lo doloroso, en lo trágico relampaguean instantes de belleza. Como escribe Jordi Doce, «Formas de saber que sigues vivo es el libro de una vida, el testimonio de un hombre que ha llegado a la mitad de su camino […] Libro-resumen que es también libro inaugural, aquí se hace balance, pero también se limpia la pizarra, otra vez, para nuevos ensayos, nuevas conjeturas y conjeturas».

https://elcuadernodigital.com/2021/05/18/castrillon-balance-y-ensayo/